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el "yo" emergente. las facultades cognitivas en el proceso de hacerse "yo"JUAN CARLOS ZAVALA OLALDE * |
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Resumen El trabajo explora un orden de los términos que está relacionados con el Yo. Se establece una explicación sistemática que deriva en comprender al Yo como el resultado del sistema de interacción entre la serie de términos que explican la facultad humana de ser un Yo en el mundo. El Yo no es una cosa en el mundo sino un proceso auto-organizado que se hace vitalmente existente en la persona. Palabras clave: Yo, conciencia, sí mismo, ego, autoconciencia. Abstract This paper explores an order of the terms that are related to self. It provides a systematic exploration that leads to understanding the self as the result of the system of interaction between all the terms that explain the human ability to be a self in the world. The self is a process that emerge as a living person. Key words: I, self, consciousness, ego, self-awareness. Introducción Por alguna razón, que posiblemente sea la respuesta a nuestra duda existencial en el orden del universo, el ser humano busca generar una explicación de sí mismo. Lo que se ha llamado mente se asocia con una serie de cualidades humanas donde se considera que podemos encontrar una explicación de lo que somos. Las cualidades a las que me refiero son la facultad de pensar, vivir experiencias, sentir y experimentar una vida emocional, tomar decisiones, todo ello y en unidad hace posible que se genere una idea de sí mismo cada ser humano que solemos unir a la idea de soy Yo. De modo que esta conciencia de sí mismo se constituye como la mejor explicación de lo que es el ser humano. Este trabajo explica cómo podemos saber acerca del Yo como un proceso y lo que le constituye, cómo resulta en la persona como quien efectivamente vive y por lo tanto es una aproximación al conocimiento acerca de nosotros mismos. El conocimiento de sí mismo parece razón suficiente para proponer la pregunta ¿Qué es el Yo?, más con esta pregunta establezco una delimitación que es coherentes con el resultado del trabajo. El Yo que resulta de mi investigación no es una cosa, sino un proceso. Eso cambia sustantivamente la propuesta que se sigue. Carnap, en 1929, explica que en filosofía se han generado una serie de seudopreguntas que no son factibles de una respuesta positiva o negativa, sino que en realidad se generan como preguntas para cosas, como la que comienza este párrafo, aplicadas a aquello que no son cosas. De manera muy clara explica cómo la vida es un estado, corresponde a un tipo de comportamiento y fundamentalmente a un proceso. La noción de Yo que se trabaja aquí también corresponde a un proceso, el Yo no es algo que pueda estar ahí como una cosa a la que se tiene acceso. Hume tiene razón al hablar del Yo de esa manera. El Yo surge como resultado de elementos con existencia, esos elementos poseen una existencia material, pero el proceso que es el Yo, es tal que podemos distinguir en su dinamismo, pero no aislar como se hace con los objetos. El Yo surge como el proceso y su presencia en el habla como un pronombre lo hace parecer una cosa cuando en realidad corresponde al proceso al existir. Es el Yo resultado de los componentes que dan lugar a su emergencia, como se caracteriza a los seres vivos, por una serie de principios generales, podemos hacerlo para el Yo emergente que se propone. 1. Es el resultado del proceso evolutivo del cerebro que hace procesual al sistema y le determina un desarrollo ontogenético indispensable para su expresión completa, 2. Establece un sentido de individualidad y continuidad aparente de un sistema orgánico dinámico, 3. Resulta de la percepción y la sensibilidad sobre las que tiene referencia el pensamiento derivando en la conciencia, 4. La conciencia tiene como referencia de contenido a la memoria, 5. Incluye un campo denominado inconsciente cognitivo que también deriva de un modo particular para el acceso de la percepción, la memoria y el pensamiento, 6. Se genera como un proceso de unificación entre la sensibilidad interna y el pensamiento, sobre el exterior en una conciencia de sí mismo, 7. El estado emergente tiene una realidad material en la persona que se presenta como un Yo unificado en el entorno sociocultural que le reconoce existencia individual, continuidad y coherencia orgánica, y 8. Genera una explicación de su existencia como un ente material susceptible de análisis como un ser en el mundo. El trabajo que a continuación presento explica en primer lugar el punto 1 sobre evolución y después el punto 8 acerca de cómo nos explicamos en la lengua que el Yo y lo que somos existe. Después se desarrolla una única explicación de los puntos 2 a 7 constituyendo el sistema de relaciones del que surge el Yo como proceso. Finalmente se justifica que tal sistema del Yo surja como resultado de su propia potencialidad. El Yo, evolución y ontogenia El Yo es un fenómeno que observamos en los seres humanos, considero que debe ser estudiado como una más de las propiedades que le constituyen. El Yo y todo lo que puede constituirle se toma en este trabajo como una realidad analizable (1). Lo que se analiza en este trabajo es el Yo como una realización humana que es producto del proceso evolutivo, se constituye ontogenéticamente, día a día se hace presente y se puede explicar desde muchas perspectivas en un todo coherente. McGinn adelantó una explicación naturalista que no requiere de una perspectiva milagrosa, donde la mente y el cerebro tienen una relación tan prosaica que posiblemente por ello argumenta la imposibilidad de resolver su relación. Por mi parte avanzo en esa explicación prosaica que como él afirma: "si la tesis es de hecho verdadera, de cualquier modo nos seguirá pareciendo difícil de creer" (McGinn 2003: 91). (1) No estoy considerando al Yo como una realidad que escapa al análisis científico. Si existe una realidad en el Yo como el alma o existe el Yo gracias al alma en tanto un tipo de energía supra orgánico y que procede de una divinidad que ha creado todo lo que tiene realidad, ese caso no se está incluyendo en mi perspectiva. Si el Yo resulta de la manifestación material del alma en la Tierra, es posible que tuviese que afirmarse que por lo tanto la explicación que se presenta sólo corresponde a cómo se podría llevar a cabo dicho fenómeno. Hago esta aclaración para tomar en cuenta todas las perspectivas, científicas o no. Este trabajo entiende al Yo como parte de las cualidades de nuestra especie y sujeta a los mismos procesos que la especie lo está y por lo tanto resulta del mismo proceso evolutivo. La evolución del sistema nervioso central ha sido una novedad evolutiva que generó la posibilidad para los animales de habitar nuevos espacios y crear nuevos nichos. La evolución del sistema nervioso constituye un todo coherente con el modo de vida del organismo. El sistema nervioso como una adaptación está ligado no a su sobrevivencia como sistema, sino a su coherencia para la sobrevivencia del organismo. Las funciones que desarrolla no son en ningún modo independientes del cuerpo del que forma parte y ni de todo orgánico que constituye en el organismo. Suele considerarse que eso que llamamos mente en los seres humanos posee una existencia distinta del cuerpo. La herencia que Descartes nos dejó al ver una separación entre la mente y el cuerpo es un terreno aún propicio para la discusión, cuando evolutivamente no hay una separación entre lo que hace el sistema nervioso y la vida del cuerpo del que forma parte. No hay pertinencia para la discusión de cómo se relacionan la mente y el cuerpo, pues evolutivamente son un único fenómeno. Las discusiones acerca del tema plantean de un modo u otro que hay una separación, por eso se busca establecer la relación. Esa discusión surge de nuestra perspectiva humana acerca del fenómeno, pero no corresponde al proceso evolutivo por el cual tiene origen. Quien esto lee podrá considerar como evidente que un animal requiere de su sistema nervioso para sobrevivir, lo que hace su sistema nervioso es controlar las funciones internas y el comportamiento del organismo. Mediante las funciones de control el organismo puede metabolizar los alimentos que es capaz de buscar y controla sus ciclos circadianos y reproductivos. Al enfrentar condiciones cambiantes del medio para las cuales no puede utilizar una adaptación particularmente desarrollada utiliza la adaptación que es su comportamiento para reaccionar de manera rápida y efectiva. Las reacciones perceptuales que su sistema nervioso central puede generar corresponde a su capacidad de responder a los factores ambientales que le permiten sobrevivir. Una gran cantidad de estímulos pasan desapercibidos para sus sentidos y sólo algunos son significativos y está preparado evolutivamente para responder a ellos. La sobrevivencia diferencial del organismo es el factor fundamental para el cual opera funcionalmente el sistema nervioso. En ningún momento consideramos que sea indispensable la existencia de una mente independiente del cuerpo para que lleve a cabo funciones propias de la sobrevivencia del organismo. En nosotros, en cambio, consideramos que la mente constituye un elemento distintivo y distinto de las demás características corporales. Gould, Lewontin y Vrba propusieron una serie de conceptos que nos permite comprender el proceso que seguramente ha llevado a la aparición la mente como parte del proceso evolutivo de nuestra especie. En primer lugar debemos mencionar: 1. La existencia de adaptaciones sobre las cuales está actuando la selección natural llevando a los picos adaptativos de la reproducción diferencial maYor o más efectiva y 2. La coherencia estructural del organismo hace que algunos cambios acarreen modificaciones estructurales o funcionales que son los productos secundarios que resultan de la acción de los mecanismos evolutivos. Esos productos secundarios pueden escapar a la selección natural y no ser adaptaciones como tal y por lo tanto se conocen como exoaptaciones si funcionalmente ayudan a la sobrevivencia de los organismos. Antes de que sean funcionalmente útiles pueden simplemente formar parte de las características y capacidades que los organismos poseen. Comencemos recordando que en el linaje de nuestra especie ha ocurrido un incremento seguramente adaptativo del tamaño cerebral. Ese incremento en el tamaño hace posible que la funcionalidad se incremente y puedan desarrollarse conductas y proceso cognitivos más complejos. La facultad cognitiva de mayor complejidad funcionó adaptativamente, posiblemente en el desarrollo de sistemas sociales y culturales más complejos que ayudaron en la sobrevivencia de nuestros ancestros, incluso podemos sugerir hipotéticamente que alguna parte heredable del lenguaje pudo resultar de ese proceso evolutivo selectivo sobre el tamaño y complejidad del cerebro homínido. Lo que se generó como un producto secundario de la evolución del cerebro es la capacidad humana de conocer acerca de su propia muerte, generar un mundo de ideas sobrenaturales y de vida posterior a la vida orgánica. Esta cualidad que originalmente no es adaptativa no por ello pasa a un lugar distinto de la evolución del sistema nervioso. Esa capacidad de generar una representación más allá de la vida orgánica, es un producto secundario de la evolución del Sistema Nervioso Central (SNC) por la sobrevivencia del organismo. La capacidad funcional de esta capacidad secundaria de la evolución del cerebro no debe confundirse con el proceso evolutivo que le dio lugar. El proceso evolutivo ha sido selectivo sobre el cerebro y su facultad cognitiva, la capacidad de desarrollar mediante la misma un sistema de ideas supra orgánicas es un producto secundario y no necesario para la sobrevivencia. La capacidad de desarrollar ideas supra orgánicas no hace de esa capacidad un producto de un proceso supra orgánico, el proceso evolutivo que operó sigue siendo sobre la sobrevivencia del organismo (gracias al desarrollo cognitivo que puede utilizar). No evolucionó una mente independiente del cuerpo, ha evolucionado el organismos del cual el cerebro y sus funciones son parte indisociable. Por lo tanto existe un todo unificado del cual la mente sólo formará una parte no independiente del cuerpo ni de la sobrevivencia. La importancia del proceso evolutivo está en proveer de la coherencia necesaria para que cada elemento que constituirá parte del Yo pueda ser funcionalmente coherente, establecer relaciones con los demás elementos, resultar en un sistema y este sistema efectivamente pertenece a la sobrevivencia diferencial de nuestra especie. Por lo tanto afirmo que existe la una unión directa entre lo que ocurre en el cerebro la mente y la conducta. La relación no es tan simple como mencionarla. En primer lugar la conducta no se refiere únicamente a la expresión de movimientos corporales, sino a una respuesta adaptativa que permite cambiar sin tener que hacer modificaciones genéticas, para generar modificaciones evidentes por medio de acciones en el entorno. La conducta también puede incluir los estados cerebrales que generan los pensamientos, las sensaciones o la conciencia, entre otros (Kenny 1990d). Desde una perspectiva de la conducta del sistema nervioso para la sobrevivencia de los organismos, evolutivamente una y otra están ligadas, lo que ocurre es que en nuestra especie ocurren fenómenos en nuestro cerebro, como la llamada mente que se consideran independientes de donde ocurren. La idea de una separación entre la mente y el cuerpo también se apoya en que las características de los deseos, esperanzas, etcétera, los cuales poseen propiedades que son distintas de aquellas que poseen las cosas como los planetas o las rocas. Esa aseveración que generalmente se considera justificada es actualmente falsa. Cuando una persona resuelve un problema (piensa), se reconoce (es consciente), siente un estado emocional, etcétera, cada uno de esos fenómenos ocurren en el cerebro, eso que se conoce como mente ocurre en una parte constituyente del cuerpo por medio del lenguaje del sistema nervioso central (impulsos nerviosos y reacciones químicas). Lo que nos hace pensar que hay una diferencia es porque su manifestación no aparece ante nosotros tal como es. Al pensar en una flor no tenemos la percepción ni podemos percatarnos de las sinapsis que ocurren para que sea posible pensar en una rosa. Nuestro sistema nervioso central trabaja por medio de un código, pero nosotros nos percatamos y comunicamos por medio de otro código que es el simbólico (véase Bartra 2006). La percepción de una diferencia entre mente y cuerpo reside en que nuestro cerebro trabaja con dos códigos en paralelo, por una parte el propio del sistema neurona-glía y por otro el simbólico. El primero es absolutamente propio del cerebro, mientras que el segundo pertenece a su operatividad cerebral y a su existencia como parte de un organismo cultural. Más el código cerebral es el que hace posible funcionar por medio de código simbólico y el trabajo en paralelo que se menciona (posiblemente es un solo código cerebral) Ocurre que nosotros sólo nos podemos percatar por medio del código simbólico que adquirimos a lo largo del desarrollo. La percepción humana (humanizada) a partir de símbolos es el resultado de un fenómeno emergente, la percepción humana no es la percepción a nivel celular, sino aquella que se codifica y efectivamente se realiza mediante signos. La supuesta inmaterialidad de emociones, ideas, etc. resulta de confundir nuestra percepción simbólica con su realidad como cosas del mundo. Del mismo modo ocurre la aparición de la conciencia, como producto de la evolución biológica, el proceso y la materialidad del fenómeno. Como he dicho la clave de la evolución del cerebro corresponde al incremento en el tamaño y su reorganización (Holloway 1983), ese proceso evolutivo causalmente puede estar determinado por la necesidad de nuestros ancestros de enfrentarse a un mundo cambiante a través del nicho sociocultural que habían generado nuestros ancestros (Richerson and Boyd 1999). La evolución de la corteza cerebral y en particular de los lóbulos frontales forman parte de este proceso evolutivo y se conoce que corresponden al posible sustrato de la conciencia (Freeman et al. 1941), entre una gran variedad de funciones cognitivas (Rhawn 2000). Llinas propone que es la relación de unificación de la información proveniente del exterior con la generada en el mismo cerebro entre el tálamo y la corteza cerebral lo que genera el sí mismo. Dice: "Este evento coherente en el tiempo, que unifica los componentes fraccionados tanto de la realidad externa como de la realidad interna en una estructura única, es lo que llamamos el sí mismo" (Llinas 2003:147). Lo que hace posible el sí mismo del que habla Llinas es la unificación de la información exterior e interior por acción del sistema tálamo-cortical que al mismo tiempo y de un modo único establece una relación entre lo exterior y lo interior referido a las motivaciones y memorias que se generan interiormente. Surge así la noción del sí mismo. El resultado es lo que llamamos subjetividad, el sí mismo, que metafóricamente Llinas dice; Unifica, luego existo. En cuanto a que el sí mismo resulta de la unificación que el cerebro realiza entre el interior y el exterior como un Yo. Unificación que no sólo corresponde a lo que ocurre en el cerebro, sino también a la conducta que resulta del proceso o habilidad de la conciencia entre los demás fenómenos mentales. Unificación de lo que ocurre en el cerebro de la persona y su modo de vida. El Yo es por lo tanto producto de la más compleja unidad de los mecanismos de selección natural y los procesos evolutivos. El Yo puede ser el resultado tanto de la variabilidad selectiva, así como un ejemplo de adaptación, exoaptación y productos secundarios que se mantienen heredables de generación en generación. Una más de las características que evolutivamente se establecen para el Yo es la capacidad de desarrollarse. En los primates hay dos estrategias adaptativas para el desarrollo del cerebro, una es que ocurra durante el desarrollo fetal cuando la madre se encarga de proveer todo lo necesario, la otra estrategia resulta de un prolongado desarrollo infantil donde ambos, la madre y el infante, se encargan de los recursos que lo hacen posible (Leigeh 2004), los seres humanos poseemos ambas estrategias que evolutivamente han resultado necesarias para el tipo de SNC que desarrollamos. El Yo generalmente se plantea como un hecho o un fenómeno terminado. Eso querría decir que los infantes al nacer poseen un Yo completamente estructurado y sólo deben adquirir la capacidad de comunicarlo para que tengamos conocimiento de su existencia en ellos. Esto no puede ser así pues el Yo, como se expone en el apartado 4 también incluye a la conciencia, entre otros procesos cognitivo que en los infantes al nacer no están plenamente maduros. El Yo se desarrolla ontogenéticamente, los infantes hacen referencia a sí mismos a partir de su propio nombre antes de nombrarse como un Yo, la capacidad de hacer una auto-referencia es posterior, entre otros ejemplos, esto nos muestra que el Yo se desarrolla a lo largo de la vida hasta que propiamente se puede hablar de conocimiento de sí mismo. Por lo tanto el carácter evolutivo del Yo incluye un elemento más que es la capacidad de desarrollarse ontogenéticamente. En el desarrollo ontogenético la cognición es un estado funcional, el proceso por el cual el infante se percata del ambiente cultural en el cual vive y esa información llega a su cerebro para generar una respuesta. Todo ello ocurre gracias a la unidad cognitiva del ser humano. El sistema nervioso central se comporta como un unificador de la diversidad de estímulos del entorno. La unificación que hace la conciencia es producto del proceso evolutivo al que se han expuesto todos los seres vivos. El proceso fundamental corresponde a la interiorización, la integración de fenómenos generales en un espacio funcional interno que es la conciencia. Precisamente la lengua es el medio por el cual el infante adquieren e interiorizan los signos cuya realidad es cultural y cuyo uso requiere el dinamismo funcional del SNC. En los hechos es un proceso emergente en tanto que es un proceso biocultural. Las propiedades cognitivas de nuestra especie no se aprenden en la vida del organismo, tan sólo de desarrolla una capacidad que evolutivamente hemos heredado de nuestros ancestros como respuesta adaptativa-del-desarrollo al fenómeno cultural. Así los infantes son capaces de reconocer los sonidos del lenguaje humano (Kuhl 1997). Es sólo posteriormente cuando los infantes se convierten en identificadores precisos de los sonidos de su lengua como somos los adultos, en palabras de Patricia Kuhl: "We are "culture-bound" listeners" (Kuhl 2002:6). Antes del aprendizaje de las primeras palabras, durante la primera infancia, el lenguaje funciona como una entrada de estímulos que actúan sobre un proceso de mapeo de la información especie-específico y un sistema perceptual-motor que derivará en una lengua específica. Nuestro SNC nos capacita para "seleccionar e integrar un conjunto de transformaciones universales que representen el mundo externo" (Llinas 2003: 65). "Podemos considerar que la cognición no sólo es un estado funcional, sino una propiedad intrínseca del cerebro y un a priori neurológico. La capacidad de conocer no necesita aprenderse; sólo debe aprenderse el contenido particular de la cognición en lo que se relaciona específicamente con aspectos particulares del ambiente" (ibídem: 67). Esto corresponde a la actividad perceptual-sensible sobre la que actúa el pensamiento y resulta en la construcción del contenido de la conciencia. El desarrollo ontogenético del Yo tiene una repercusión fundamental para la vida humana. Al poder desarrollarse el Yo es susceptible de incrementar sus constituyentes, modificarlos y establecer el vínculo entre ellos. Eso quiere decir que el Yo con el cual nace un infante no es exactamente como el que posee un adulto. El Yo que posee un infante debe ser la potencialidad para el desarrollo del Yo que puede evidenciarse en el estado adulto. El Yo infantil es un potencial, eso lo vemos en la mayoría de la facultades infantiles. Por ejemplo los infantes pueden identificar estados emocionales desde los dos meses de edad, sin embargo, los tipos de estados emocionales que podrán identificar a los siete años son más complejos. Lo que debemos reconocer en cuanto al carácter infantil del Yo es su capacidad de ser un individuo capaz de constituirse en un Yo. El sentido de esta afirmación es que el infante como todo homínido posee una herencia biológica que le permite cognitivamente percatarse de su individualidad, posiblemente no lo muestre al nacer, pero funcionalmente se comporta como un individuo. Este sentido de individualidad será explicado en el apartado 4, por ahora sólo es suficiente afirmar que esta individualidad no es todo el Yo estructurado del estado adulto, sino solamente la potencialidad y apertura para realizar el Yo. La consecuencia relevante y posiblemente que le dota de importancia es que por este proceso de desarrollo del Yo los seres humanos podemos dotar de significado a nuestras vidas. Esta posibilidad de dotar de significado a la vida gracias al desarrollo del Yo es uno más, posiblemente el más importante, de los productos secundarios de la evolución del cerebro en nuestro linaje. Hasta donde ha significado el desarrollo histórico de la humanidad es una duda permanente en nuestro conocernos a nosotros mismos. Evolutivamente nuestra especie adquiere, entre otras facultades bioculturales, la conciencia ligada de igual modo al cuerpo como a la mente de la cual forma parte. El mismo proceso evolutivo que hace posible la existencia de la conciencia determina el proceso ontogenético para su desarrollo. El desarrollo de estas facultades en su conjunto hacen del Yo el resultado tanto del proceso filogenético como de la ontogénesis derivando en un modo de ser en el mundo. La emergencia de un modo particular no se contiene como tal en ninguna de las facultades que le constituyen. Pues el Yo como modo de ser no se contiene en la conciencia, ni en la memoria, ni en el pensamiento, ni en la sensibilidad, es cuando todos en la vida humana interaccionan que identificamos al Yo como el proceso de la interacción en el vivir de la persona. El Yo en la lengua, el uso del proceso como objeto En este trabajo planteo que el Yo refiere a lo que un ser humano es incluyendo a la conciencia, la consciencia de sí mismo, su pensamiento, sensibilidad, su noción y vivencia como persona, su memoria y el contenido de su conciencia, sus experiencias y cómo puede vivir por medio de ellas, su identidad individual y social, en fin, el Yo corresponde a todo lo que cada ser humano puede ser. Lo observable del Yo se palpa en el proceso, en la unidad dinámica que se hace manifiesta en la persona. Cuando decimos Yo, es coherente con esta idea pues el pronombre lo expresa quien en dicha circunstancia se presenta como Yo y lo que presenta como Yo es coherente con el mismo concepto que de Yo contiene la lengua (Kenny 1990a y 1990d). El Yo en la lengua es un pronombre, el de primera persona y constituye una forma que se encuentra en todas las lenguas. Como pronombres corresponden por lo tanto a la persona y evidencian lo que se explica en este trabajo; la primera referencia del pronombre es a un Yo perceptible o capaz de ser percatado sólo desde el individuo y al mismo tiempo es comprensible para el individuo pues poseen un valor comunicativo, pertenecen al ámbito sociocultural, porque presentan a la persona. Esta es una de las características del Yo; genera una explicación suficiente de su existencia, esa explicación generalmente se supone sustancial. También somos capaces de constituirla y comprenderla, de forma más adecuada, como el proceso que nos identifica. Porque el Yo no significa un alma, el cuerpo u otra cosa, sino me significa a mí (Kenny 1990b), como un ser en el mundo. El Yo significa un ser que resulta de todos sus constituyentes tanto individuales como su presencia como un ser sociocultural. Los pronombres al funcionar en la lengua como referencia a los nombres actualizan la importancia del sujeto en el discurso. Los pronombres personales hacen referencia a la persona, no sólo de manera gramatical, también establecen el reconocimiento de la persona como parte de entorno social. Más aún, deben de mostrar el auto-reconocimiento del hablante como persona, al ser agente de la comunicación y quien asume el pronombre Yo. Como Yo se establece cada vez cada emisor, el receptor pasa al lugar del tú para el Yo. En los hechos ninguno de los dos deja de ser Yo siendo entonces tú para sí mismo, el Yo es permanente. Se actualiza en el habla, en el discurso, en los hechos quien se sabe a sí mismo un Yo no entra en una realidad de tú para sí mismo. Al mismo tiempo que el tú no va a ser nunca el Yo mismo. Entonces tenemos dos formas de cada pronombre mencionado. Por un lado está el Yo de la lengua que posee el dinamismo con el tú de la comunicación y por otro lado está el Yo como el sí mismos, el autoconsciente, el que posee experiencias, vive, un Yo que aún cuando sea un proceso emergente es comprensible y puede comprenderse en el tú y en él que también son un Yo. Este Yo no se actualiza en el discurso, es permanente e incluso sostiene la posibilidad dinámica del Yo en el sistema de comunicación. El Yo que emerge es el que hace posible un Yo de la lengua que fuese nombre o pronombre como es tiene realidad en el Yo mismo. Al verse satisfecho el Yo pronominal, solemos confundirlo con el Yo procesual. El Yo de la lengua sólo es un símil, una forma análoga, la imagen del Yo en el sistema de la lengua. Por lo tanto la referencia que el Yo de la lengua nos trae del Yo es sólo distante. Es una referencia inmediata, no posee un contenido profundo, sólo establece reglas del discurso que se evidencian como lógicas para nuestra mente. Podemos decir que el contenido del discurso del emisor dice mucho más que todas las afirmaciones que como un Yo de la lengua pudiera realizarse. Si el pronombre Yo no refiere al Yo del individuo, a la suma de todo lo
que él puede llamar suyo, entonces carece de contenido y es mejor
sustituir el Yo como objeto de estudio por otro verdaderamente asible
como la persona según sugirió Anscombe (1974). En lugar
de denostar el contenido y valor del pronombre Yo, considero más
productivo y justo con la experiencia que tenemos cuando decimos; Yo,
afirmar que tanto la palabra mí como Yo, son capaces de generar
en nosotros sensaciones y un valor emocional que nos presenta a nosotros
mismos (James), que se convierten en designaciones objetivas que significan
la corriente de conciencia que sentimos al sabernos nuestro propio cuerpo,
al adueñarnos de lo que llamamos nuestra vida, que mí, mío,
Yo, corresponden a cómo me presento a mí mismo y me represento
como existente en el mundo con vida propia. Este es el Yo sobre el cual
se habla en este trabajo. El sistema del que emerge el Yo como un proceso Mi objetivo es establecer un orden sistemático y un esquema explicativo de los términos relativos al Yo que permitan comprender el Yo. Esta sección tiene como meta el hacer explícitos una serie de términos relacionados al Yo a partir de sus propias definiciones y su posible orden en un sistema que constituya un Yo emergente. Con lo cual sean claros cada uno de los términos que suelen utilizarse al hablar del Yo y mantengan un orden coherente que permita comprenderlo. El eje de mi explicación comienza por explicar cómo se relacionan la sensibilidad y el pensamiento para hacer posible la noción de sí mismo, el posterior desarrollo de la memoria cómo contenido de la conciencia y así como aparece la conciencia. Finalmente el sistema explicado constituye un Yo como proceso resultante que se hace sustantivo en la persona. La noción de la conciencia como un proceso ya está planteada por Hume y suelen utilizarla en sus argumentos Chomsky y Kenny (Kenny 1990d), que el Yo pueda plantearse como un proceso resultante de todos los elementos lo considero posible y útil para comprender la coherencia del ser humano como un ser unificado. También puede observarse en el planteamiento de Bunge y Ardila donde el organismo que se percata y es capaz de pensar en lo que se percata, lo cual es básicamente su capacidad de sentir, entonces puede tener conciencia (Bunge y Ardila 2002). El Yo lo presentaré como; 1. El Yo que resulta de la sensibilidad y 2. El Yo que resulta del pensamiento. Con ello estoy asumiendo que hay una dualidad que es utilizada por el cerebro del ser humano para la creatividad y el desarrollo. La propuesta busca hacer didáctica la comprensión del Yo y su origen utilizando términos de uso general que son explicitados en el discurso. El uso de esta división dual es tal que el mismo Hume presenta la distinción entre el sentir y el pensar como una base que no requiere de explicación. Pues para Hume la diferencia entre una y otra es absolutamente clara sin que por ello no pueda una estar íntimamente relacionada con la otra. Al plantear que la sensibilidad es todo un campo que incluye la percepción, la sensación, la emoción y la pasión, todo forma una unidad que tiene que ver con la capacidad de tener un conocimiento del mundo que se imprime en un campo sensitivo concuerda con la propuesta de Reid (1895) quien sugiere que las distinción exclusivamente corresponden a la relevancia que tiene en el habla para determinar varias maneras que especifican las particularidades de las sensaciones que en última instancia coinciden en el campo sensible. El pensamiento abarca todo lo que procede de la sensibilidad, incluye en lo que se conoce como el pensamiento empírico, pero además el pensamiento es creador, por medio de la razón. El pensamiento hace uso de la sensibilidad y de la misma facultad pensante para reproducir algo nuevo, la idea A sugiere a B que por su parte no sólo repite A, sino que es una nueva idea C. El pensamiento es por lo tanto la inclusión de la sensibilidad como la posibilidad creativa que es pensar (James 1890). La conciencia surge de la presencia de ambos por su correferencia (según la explicación de Llinas que presentamos en la sección 2). La propuesta resulta fundamental pues se pretende incluir en la explicación el proceso de desarrollo que la hace posible. En ese sentido la vida sensible del infante precede a la vida pensante, por lo tanto es sugerente proponer que gracias a la aparición y desarrollo del pensamiento sobre el sustrato de sentir es que puede tener realización y realidad la conciencia de sí mismo. Mediante el Yo de la sensibilidad es como el organismo presenta la capacidad de los estímulos y las reacciones a ellos. La sensibilidad faculta al organismo con el sentimiento orgánico del Yo, la capacidad de obtener impresiones sensoriales, a parte de todos los procesos intelectuales. La sensibilidad capacita sensorialmente para hacer distinciones de cualidad, intensidad, extensidad y duración. La sensibilidad dota a un organismo para experimentar experiencias afectivas y emotivas. Es por ello que conduce al ámbito de la experiencia. Por el Yo del pensamiento tenemos un tipo de experiencia que es fundamentalmente ideacional simbólica. El pensamiento se presenta como la sucesión o el curso de procesos simbólicos. También se entiende por la noción de pensamiento aquella experiencia cognoscitiva en general. El pensamiento es racional y la razón por su parte corresponde a la facultad psíquica para adquirir conocimiento por medio del pensamiento o de la intuición. Tenemos así que el Yo surge de dos vertientes; el Yo del universo del pensamiento y el Yo cuya existencia se desarrolla en el universo de la sensibilidad. Como no hay un aislamiento entre uno y otro, en la manera en la cual se relacionan hacen posible la existencia de la conciencia. Tanto la existencia de la sensibilidad (donde incluyo la percepción), como el pensamiento, si bien ocurren en el cerebro, su existencia como fenómenos sólo es posible en tanto son parte de la persona donde están sucediendo, es en el ser humano como una ser en el mundo donde es posible su sensibilidad y su pensamiento derivan de este hecho material el que pueda generarse una conciencia, existen en un ser al cual proveen de su facultad, no como un homúnculo que hace desde el interior, sino como facultades del ser humano (Kenny 1990d). Al ser los mencionados elementos básicos, la sensibilidad y el pensamiento, sobre los cuales se sostiene el planteamiento aquí discutido, entonces el mismo principio de existencia fenoménica se aplica al resto de la explicación. La importancia de presentar dos campos que se contrastan es para establecer que precisamente la existencia de dos unidades distintas permite al pensamiento hacer posible la existencia de la conciencia del Yo. Un primer referente lo proporciona la sensibilidad, la sensibilidad construye un mundo coherente de la vivencia, es por sí mismo un código de apreciación del mundo desde el interior. Esta base funciona como sustrato del pensamiento cuyo código ya es simbólico y presenta la realización de la sensibilidad en un nuevo lenguaje. Este lenguaje es el que corresponde propiamente al ser humano, la posibilidad de que ese lenguaje sea sobre sí mismo es precisamente la base de la conciencia. Pues tenemos al mismo ser presentado desde dos perspectivas y generando una nueva perspectiva que es de sí mismo, por lo tanto es el fundamento de la posibilidad de un Yo. Los elementos básicos son la sensibilidad y el pensamiento, su relación hace posible una noción de sí mismo. La noción de sí mismo a su vez corresponde a un nivel de relación del sistema que comienza a constituirse. Esta noción de sí mismo se desarrolla en la presencia de el otro. El otro es el medio social incluyéndose la noción de tú, él, en unidad con los otros. Al parecer durante el desarrollo de la idea de sí mismo un infante se fundamenta en la oposición entre el Yo y el no Yo. En un ámbito así ocurre el desarrollo de una noción de persona. La noción de persona es el opuesto al animal. Los infantes identifican un par de opuestos, la persona y el animal como ejemplo de la no persona. Es sobre esta distinción básica sobre la cual después desarrollan una noción clara de lo que es ser persona. Esta primera noción es muy básica y primaria, su importancia radica en que a partir de ella se construye concretamente, aparentemente sin problemas, y la persona desarrolla una noción de persona cada vez más complejas. Como se verá en su desarrollo está íntimamente ligado a la presencia del otro. Seguramente del mismo modo es que se desarrolla una noción de sí mismo a partir de la existencia del opuesto que es el otro. Al ser el medio social el que funge como el otro, su presencia siempre es evidente y constante en su influencia sobre la noción de sí mismo. La noción de sí mismo frente al otro como un nivel de relación del sistema del Yo requiere de otros elementos con los cuales se relacione y genera la consistencia de relación del sí mismo. En primer lugar la individualidad que corresponde a la suma total y organizada de características de un organismo que le distingue de cualquier otro. La individualidad es una noción general que no sólo se aplica al ser humano como la personalidad. La individualidad se refiere a cualquier rasgo, cualidad o manifestación de conducta. Esta es la distinción entre individualidad y el Yo, pues su aplicación es general. La noción de individualidad genera una noción de indivisibilidad y continuidad para la idea del Yo. Lo más importante de la individualidad es que no procede de una noción filosófica sino de un principio evolutivo. Cada ser vivo, como organismo se constituye como individuo, la individualidad es propia de un ser vivo, el principio vital por el cual todo ser vivo existe y se reproduce corresponde a la individualidad inherente al organismo. La individualidad del organismo no es una cualidad inmutable, por ser parte del ser biológico es mutable y está dispuesta a la evolución, así como al factor fundamental de la vida que es la reproducción y que nos muestra la faceta propia de la individualidad del ser humano. El individuo es capaz de generar seres similares a sí mismo, esa capacidad es además un requisito para la sobrevivencia. El individuo es un todo coherente, como dinámico, mutable, dentro del proceso evolutivo donde se incluye la reproducción de lo similar. Esta individualidad propia de los sistemas vivos es obvia, en los términos del trabajo presentado es fundamental pues establece la posibilidad de la experiencia de individualidad que estamos sugiriendo para el Yo. La experiencia de la individualidad es el elemento que junto con la noción de sí mismo, la identidad y la memoria hacen posible la conciencia. La individualidad ha hecho posible que se hable de identidad, pues como el primero, éste es una característica de un organismo. Desafortunadamente hay una noción definida de identidad que genera cierta confusión pues en matemáticas y en lógica significan la ecuación satisfecha por todos los valores de las constantes y variables, mientras en lógica es la coherencia entre el uso de un término dentro de una parte determinada del discurso. Ambas determinaciones para identidad no son satisfechas por la identidad que corresponde al Yo. La identidad de la que hacemos uso se restringe a la existencia continua de un individuo determinado a pesar de los cambios en sus funciones y estructura. La identidad del Yo tiene un sentido subjetivo de esa existencia continua que hace que para hacer referencia a las experiencias no se requiera de una prueba de la identidad y por lo cual la identidad del Yo posee un estatus espacial (véase Tirado 1987). La noción subjetiva de identidad para el Yo funciona como una prueba objetiva de su existencia. La identidad que podemos incluir en la explicación para el Yo corresponde a una noción dual. En un primer caso tenemos una identidad del proceso, en segundo caso la identidad personal. Efectivamente ni una ni la otra corresponde a la identidad personal que considera Hume necesaria para hablar de la existencia del Yo. En un sentido negativo Hume explica que la identidad sólo resulta de un progreso suave e interrumpido del pensamiento que presenta la imaginación al Yo como una identidad personal. En un sentido positivo debemos decir que es precisamente la continuidad, no sólo del pensamiento, sino también en conjunto con la sensibilidad y la memoria que como un proceso interrumpido permiten constituir la identidad del Yo. La identidad personal no corresponde a la sustancia esencial, sino al sistema en proceso. El sistema en su proceso genera lo que para Hume es la imaginación de una identidad personal y aquí proponemos que es la emergencia del Yo procesual. El segundo tipo de identidad aquí planteado corresponde a cómo se determina que una persona es un tipo de ser humano en el entorno sociocultural. Es una forma de ver la identidad personal que no corresponde a la pretensión filosófica, mucho menos a la matemática, pero que en los hechos es la que corresponde a las personas de carne y hueso, son alguien en la sociedad en la que viven y eso hace posible su vida. Como podemos ver ahora, cada uno de los elementos, los básicos (sensibilidad y pensamiento) y los del nivel siguiente (noción de sí mismo, individualidad e identidad) se relacionan uno con otro y se proyectan, facultan una vitalidad o campo de posibilidades que emergen a un nivel superior de manera coherente y sistémica. El ser resultante puede tener experiencias que influencian su desarrollo como un Yo. La experiencia corresponde a la integración de los fenómenos psíquicos de un individuo en un momento dado o durante cierto periodo. Las experiencias de una persona pueden ser referidas como la totalidad de los fenómenos psíquicos ocurridos en un momento dado y que son recibidos directamente por el individuo, por el Yo. Las experiencias dotan de cualidad como persona al ser lo propio y lo que llamamos subjetivo, por el modo en el cual se viven. La experiencia es posible para todo ser vivo, lo que la hace tan importante en el ser humano es que el desarrolla el contenido de la memoria. La memoria es un término genérico que se ha utilizado para denotar experiencias, funciones o movimientos condicionados por experiencias, funciones o movimientos anteriores. En su sentido más importante para lo que aquí referimos es su propiedad de almacenamiento de información aprendida; a corto plazo (desde minutos hasta horas) y a largo plazo (desde días hasta semanas). La memoria forma un todo donde han ido a parar la sensibilidad y el pensamiento, su funcionalidad en una noción de sí mismo que junto con la individualidad y la identidad forman un todo coherente que es la memoria. Así es como la memoria de experiencias puede sostener la identidad del Yo, defender la propiedad y así la supuesta realidad del Yo. El contenido se adquiere desde la etapa intrauterina, el desarrollo de los sentidos no espera al nacimiento, aunque sea indispensable para su pleno desarrollo. Sabemos que los infantes al nacer se han expuesto a tonos de voz y un ambiente emocional que influencia su percepción como recién nacidos. La reflexión que presenta Locke es un fenómeno de integración de la información que realiza el cerebro a partir de los estímulos externos, en ese sentido los infantes realizan el fenómeno de la reflexión que al carecer de una lengua sobre la cual se sostenga tiene otra realización, pero el proceso es análogo a la reflexión lingüística adulta. La importancia de la propuesta de Locke es que el entendimiento, el conocimiento y en los términos de este trabajo la conciencia se va a constituir a partir de la sensibilidad y el pensamiento. Por eso es tan importante para Locke hacer explicar su propuesta, pues en la teoría del conocimiento será la experiencia la que tenga el papel rector. En nuestra explicación tan sólo tendremos que agregar la nueva perspectiva. El conocimiento y la conciencia que resulta es producto de la sensibilidad y el pensamiento que se suceden desde el desarrollo intrauterino y que tendrá consecuencias en cómo el infante está preparado para percibir el mundo y desarrollarse en él. Con lo que se ha dicho prácticamente se mantiene el proceso que propone Locke, no obstante hay un elemento que tiende a conformar una nueva idea. La experiencia puede dotar de contenido a la vida, el modo en el cual lo realiza, lo describe Locke y lo hemos mencionado. Pues ese modo posee lo que Locke ha negado, el modo por medio del cual se genera el conocimiento y se desarrolla nuestra conciencia posee un carácter innato. El carácter innato puede resultar obvio, pero es sustantivo. Lo más importante está en la facultad simbólica de nuestra especie (considero que la facultad simbólica es innata, prueba de ello es que chimpancés y gorilas son capaces de utilizarla, por lo que debemos de haberla heredado de un ancestro común y por lo tanto es innata). La facultad simbólica nos permite percibir el entorno, sentirlo, pensar en él, generar una reflexión, tener conciencia, poseer experiencias, todo influenciado desde nuestra facultad simbólica. Por ejemplo los sonidos, los infantes son capaces de hacer una diferencia entre los sonidos que corresponden al lenguaje y los demás sonidos. Los infantes recién nacidos son sensibles de forma diferencial al habla de su madre respecto de los demás adultos. Los infantes a los pocos meses son capaces de identificar segmentos morfológicos de la lengua que poseen significado comunicativo. Los infantes recién nacidos son capaces de responder comunicativamente con los adultos. Todos estos ejemplos que con el tiempo se harán más precisos y nos muestran que la herencia evolutiva de una facultad simbólica influye en cómo conocemos y nos relacionamos con el mundo. Aquí estamos proponiendo que la experiencia humana no sólo es aquella que influencia nuestro conocer el mundo de a cuerdo a nuestra vida individual en él, sino también que nuestro pasado evolutivo tiene influencia en cómo puede ser generada nuestra experiencia y la conciencia de nosotros mismos. Como hemos afirmado el individuo no se constituye sólo por sus características, también por las de la especie de la que forma parte y en este sentido la evolución es el elemento que se ha descuidado en su determinante causalidad. La memoria tiene al menos dos facetas que aportan creatividad a la vida y desarrollo del Yo. Me refiero a la memoria explícita y a la memoria implícita, la primera es la que corresponde al almacenamiento de información sobre personas, lugares y acontecimientos, recordada conscientemente, la segunda corresponde al almacenamiento de información, por lo general sobre hábitos, estrategias perceptivas o motoras, y condicionamiento asociativo y no asociativo, recordada inconscientemente. Sobre la memoria se imprimen los conocimientos que procedentes de la percepción sensible y el mundo del pensamiento generan una idea de continuidad del Yo. Sobre la misma memoria se desarrollan los fundamentos básicos de la oposición con el otro y así la existencia del Yo. En el contenido de la memoria actúa la conciencia para establecer la funcionalidad explícita del Yo. El Yo aparece, al ser el proceso, cada vez que se ejerce una auto referencia por cualquiera de las facultades que participan en su elaboración. Como en cada momento la sensibilidad lo es sobre el mismo ser, así como el pensar del mismo ser, la memoria que contiene la experiencia del mismo ente en vida, la conciencia, en fin, cada facultad, hacen posible el proceso que continuamente evidencia la existencia de un Yo procesual. La conciencia como en sí misma es resultado de muchos elementos precedentes su constitución estructural los refiere. La conciencia posee dos niveles opuestos la conciencia fenomenal y la conciencia introspectiva, hacen de piso y techo de la casa que es la conciencia. En el nivel de la conciencia fenomenal tenemos un primer piso donde esta el inconsciente que la conciencia lo muestra por la ipseidad y está fundamentalmente basada en la emocionalidad. Le sigue el preconsciente que está definido por las estradas sensoriales. En tercer lugar y sobre los precedentes tenemos a la consciencia como tal basada en la memoria. En este tercer piso se generan los qualia y el qualia del Yo. Por medio del tercer piso de la conciencia y qualia la conciencia fenomenal se conecta con la consciencia introspectiva donde puede aparecer la autoconciencia (Kircher and David 2003). La conciencia es la capacidad (Kenny 1990c) que resulta de los elementos que le dan forma y se expresa como una facultad que explicamos adelante. La conciencia nos muestra la capacidad que tenemos de un acceso privilegiado a nuestros estados mentales. Este sentido subjetivo se conoce como qualia, es la sensación del percatarme que sólo existe como mi conciencia. Este estado fenomenal se caracteriza por: 1. Su transparencia, 2. Su presencia y 3. Su perspectiva. La transparencia significa que nuestro cerebro construye nuestra realidad, pero cómo lo hace no se representa, sino sólo se muestra la representación como lo que es o existe del mundo. No somos capaces de conocer cómo se forma el qualia, pero nos percatamos de que constituye nuestra conciencia. La presencia significa que la conciencia es el foco de nuestra atención, cuando así ocurre se hace nuestra acción consciente, sino ocurre permanece en los estados de preconsciente o inconsciente. La perspectiva es la noción de que estos estados o proceso que constituyen la conciencia me pertenecen, pertenecen a lo que llamo Yo y puedo decir que son míos. Esta perspectiva puede dividirse en ipseidad y qualia del sí mismo. La ipseidad corresponde al Yo como un campo sobre el cual ocurren todas las experiencias, es una propiedad del qualia, el campo de mi conciencia al cual sólo Yo tengo acceso directo. Es un flujo continuo de la actividad cerebral que ocurre en la persona. Se genera entonces el sentimiento de ipseidad que hace que las experiencias se sientan unidad en un único ser. El qualia de sí mismo o también conciencia de sí mismo contiene el sentir del Yo y sus diferentes aspectos. Su materialización como un ser es gracias a las siguientes capacidades: 1. Agencia del Yo; el sentido de ser el autor de las propias acciones, 2. Coherencia del Yo; el sentido de ser una entidad material unificada, 3. Afectividad del Yo; la relación de todas las experiencias como formando un único núcleo de experiencias de sí mimo, y 4. Historia del Yo o autobiografía; el sentido de lo sobrellevado a lo largo de la vida. Todo lo mencionado corresponde al primer nivel de conciencia, pero no es el único, poseemos un segundo nivel de consciencia que es la conciencia reflexiva o autoconciencia. La autoconciencia es una representación de orden superior acerca de nuestros propios estados mentales, constituyéndose así la conciencia (Kircher and David 2003). Si bien para el modo de vida, precepción y conciencia occidental una explicación individualista del Yo puede satisfacer los requisitos filosóficos y científicos, cuando nos acercamos, aunque de manera distante, al pensar no occidental nos percatamos de una percepción, conciencia y modo de vida que no son totalmente individualista, sino que en la percepción individualista se agrega una conciencia de grupo y de totalidad que hace posible un modo de vida ligado a una totalidad de la cual sólo se es una parte. Esta noción también corresponde al Yo que estamos planteando. Corresponde al Yo que hablamos no restringido a la mirada occidental y que tampoco escapa de nuestra mirada cuando ponemos atención en ello. He encontrado en el trabajo de Jung sobre el sí-mismo la explicación suficiente y útil para hacer referencia a lo que considero es patente en el Yo no totalmente individualizado. El sí-mismo (no confundir con la noción de sí mismo que se habló al principio) se presenta como la expresión de la totalidad del ser humano que incluye lo que se conoce (en psicoanálisis) como inconsciente y que se encuentra unido al Yo consciente. En su momento Freud se vio obligado a justificar el uso de la hipótesis del inconsciente, la idea aún no goza de aceptación y generalmente se descalifica junto con el psicoanálisis como pseudociencia. En realidad existe un ámbito de la cognición que apropiadamente Froufe (1997) llama el inconsciente cognitivo. Es sobre la propuesta del inconsciente cognitivo que podemos trabajar desde una perspectiva científica. El inconsciente cognitivo corresponde a los fenómenos cognitivos como la percepción, la memoria y el aprendizaje sobre los cuales no tiene participación la conciencia y que son relevantes en el conocimiento que el individuo tiene acerca del mundo y de su presencia en él. Si bien el inconsciente no es una única unidad y puede ser dividido (preconsciente, preconsciente reprimido, inconsciente) en este trabajo me restrinjo a la cualidad general según la cual hay un acceso directo a la conciencia y un ámbito al cual no se tiene este tipo de acceso y se califica como inconsciente (Widlöcher 2007) y trabajo como el inconsciente cognitivo. Pues el inconsciente cognitivo posee una gran parte del conocimiento que pertenece a un ser humano, no sólo en la memoria como se justifica generalmente el inconsciente, sino en la cognición general y por lo tanto se considera parte del Yo. Porque el conocimiento presente en el inconsciente cognitivo define en gran medida la manera en la cual los individuos se ven influenciados por el entorno y responden de manera inmediata a los acontecimientos de su vida (Spehn &.Reder 2000). Esa importancia lo hace merecedor de atención para incluirlo en la noción general del Yo. Voy a combinar la propuesta del sí mimo de Jung con la del inconsciente cognitivo de Froufe en el sí mismo que debe contener tanto a la conciencia como al inconsciente cognitivo. El sí mismo corresponde al modo de ser que tiene como causal tanto a la conciencia como al inconsciente. La importancia del inconsciente es que no sólo no es determinado por la conciencia, sino que esta, la conciencia, puede ser efecto de elementos que subyacen en el inconsciente. El inconsciente al que nos referimos es un campo del Yo procesual que adquiere información del entorno que es causal sobre la conciencia sin que esta sea capaz de realizar su función. El inconsciente permanece con tal conocimiento a lo largo de la vida. También es el lugar sobre el cual se ha ido desarrollando la conciencia misma, dejando este espacio del Yo procesual sin ser incluido. En este inconsciente existe: 1. El sentimiento de estar en la verdad y lo justo desde la absoluta individualidad, 2. El sentir de estar fundado en objetos y circunstancias objetivas que permiten una noción de inclusión en un orden universal y 3. El espacio amoral que escapa a la educación moralizante y hace posible salirse del orden sociocultural o tomar una perspectiva. Estos son conocimientos que funcionan y son causales de la vida de una persona y por lo tanto del Yo, comunes en la generalidad de la especie y que mientras no se pueda justificar que son heredables propongo que se adquieren en las primeras etapas del desarrollo o son propias del sistema del Yo procesual que forman. Cuando reunimos cada uno de los elementos que hemos mencionado, según su nivel, las relaciones que establecen para un nivel superior, las nuevas relaciones y facultades que aparecen y finalmente se llega a la conciencia, ese todo sistémico y coherente es un sistema que al existir como un proceso constituye el Yo. La manera en la que solemos plantear la existencia del Yo es como una entidad sustancial o una esencia que hace posible la existencia y continuidad de un Yo, aquí proponemos que es el resultado del proceso de integración sistemática de los componentes del Yo. El Yo es un resultado emergente que no corresponde a uno u otro de sus elementos, sino a cómo se imbrican en unidad. La propuesta no es en sí misma novedosa y podemos encontrar su raíz en el mismo Hume. Hume apoya esta no sustancialidad del Yo, también en que el Yo no es una esencia inmutable, sino que todo el tiempo y en todo momento como un proceso donde se suceden sensaciones e ideas, como un flujo de movimiento perpetuo. Cuando Hume explica la negación de la existencia del Yo nos muestra, según el presente trabajo, su realización. Lo que hace Hume para demostrar la no existencia de un Yo es utilizar los elementos del Yo de manera separada, trabaja mediante la reflexión, una manifestación del pensamiento sobre la sensibilidad y da cuenta de la sensibilidad, cada una de manera separada. El análisis le obliga por afirmar la no existencia de lo que en realidad está haciendo uso. Es esa relación del pensamiento sobre la sensibilidad lo que hace posible el núcleo del Yo que, en realidad, emerge como resultado del proceso. El fenómeno que exponemos es explicado por Ryle (1949) como el resultado de la confusión al hablar de los diferentes niveles que corresponden al Yo. Cuando nos preguntamos por el Yo, como lo hace Hume, y encontramos elementos separados que no terminan de darnos cuenta de la unidad y continuidad del Yo, nuestra búsqueda es infructuosa precisamente porque hemos aislado lo que tiene realidad en unidad sistémica y procesual al hacerse el Yo. En realidad tenemos que observar en el nivel emergente del cual el Yo es fundamento. Si observamos en un nivel inferior sólo observamos los constituyentes que no son el Yo que es el todo. Del Yo que emerge sólo nos podemos percatar directamente en primera persona y si tiene una existencia es la social como persona. Esta aparente dual expresión no es sino una sola unidad perceptible desde dos ámbitos diferentes y por lo tanto desde dos perspectivas distintas, sin dejar de ser un único Yo representado en la unidad de los elementos que le constituyen de manera coherente, permanente, dinámica y en particular de manera efectiva como Yo que al expresarse socioculturalmente se reconoce como persona. Planteemos que el Yo resultante es un primer escalón, del mismo va a resultar la persona como el tercer escalón que se hace plenamente sustancial, entre ambos hay un segundo escaló que propongo, sin discutir, es la voluntad y la reflexión que establecen la relación entre el Yo procesual y la persona. La voluntad como acción que surge de los elementos que constituyen el Yo como proceso y que ejerce la persona (Kenny 1990a) y la reflexión como una función de la conciencia sobre sí misma y su constitución. Veamos el tercero que corresponde al Yo procesual que se hace sustantivo en la persona, confirmando el proceso completo del Yo objetivo de este trabajo. Por persona podemos entender a un ser humano que en su entorno sociocultural es identificado en su individualidad de acuerdo a valores morales y a las costumbres aceptadas en el grupo. A la persona se le asigna un determinado rol en la sociedad que hace de la persona un tipo de persona, una personalidad. La persona está dotada de autonomía, aquello que le es propio le caracteriza como tal para ser reconocida. Posee el sentido de autonomía y continuidad a lo largo de su vida. La autoidentificación hace sustantiva a la persona y autorreferencial. La persona por lo tanto corresponde a una vivencia del Yo, del elemento inherente a la vida de la persona, la sensibilidad de sí mismo como un ser unitario que se encuentra con el mundo que posee sus propias ideas acerca de él. Tenemos en esta dualidad una búsqueda de coherencia que realiza la persona por medio de la cual genera, crea, una idea unitaria de sí mismo, una noción propia de ser persona. En una forma absolutamente concreta Strawson propone desde el anti-cartesianismo cómo se puede tener un concepto coherente de la mente individual y la conciencia a partir del concepto de persona; una persona, una conciencia; la misma persona, la misma conciencia (Strawson 1966). El concepto de persona para Strawson es elemental y básico, más que el de mente (capacidad de adquirir habilidades intelectuales (Kenny 1990d), pues lo que se llama estados mentales son en realidad propiedades de las personas. No es posible pensar en estados mentales independientes de la persona (Rosenthal 1991). La persona es quien recibe y a quien corresponde toda vivencia, el Yo procesual que le sustenta no se ve afectado por la vida sino por medio de la persona. Es la persona quien vive (fuese o no un Yo), la persona existe y se encuentra en el mundo, es efectivamente quien realiza las acciones y sobre quien se ejerce la acción de mundo. El Yo plenamente sólo se ejerce en la existencia de la persona. Aunque no debemos olvidar que al mismo tiempo es la coherencia del Yo es lo que dota de identidad a la persona (véase Locke cap. XVII). El Yo como un sistema auto-organizado Los términos que nos refieren de un modo y otro al Yo muestran lo complejo, difícil e interesante, lo esencial del tema para el conocimiento de nosotros mismos. Evolutivamente nuestra especie es capaz de formar una noción biocultural del Yo y junto con esa facultad puede describir su conocimiento. El conocimiento acerca del Yo forma un sistema que busca dar cuenta de los elementos, las características y las propiedades del Yo. El Yo del que hablamos es como tal una entidad emergente, surge de la existencia del sistema de relaciones. Surge como realidad al ser funcional cada uno de los elementos que hacen el sistema. Así la conciencia no es capaz de dar cuenta del Yo sin la memoria, y la experiencia no genera aquel sustrato sin el pensamiento y la sensibilidad. Concretamente es en la funcionalidad coherente del sistema donde surge el Yo. Debe resaltarse que en los hechos no nos encontramos como un Yo en el mundo, sino como una persona que es un Yo en su entorno humano. Cada elemento del Yo genera un aspecto cuya unidad es el Yo que sabe de sí mismo. Por ello Hume sólo encuentra contenidos en la búsqueda del Yo, pues el Yo se genera en el sistema de relaciones que hemos buscado establecer con un grado de orden. El Yo es lo más próximo a la explicación de lo que se llama mente en tanto que puede captar, evaluar, transformar, almacenar, recuperar y emitir información desde sí mismo y del entorno (Diaz 2007). El Yo como la mente se constituye como un sistema. En este momento volvemos al punto uno de este trabajo para cerrar un círculo hablando del Yo como un sistema auto-organizado, lo cual es fundamental para plantear la realización del Yo como un elemento emergente, como el sistema que resulta de los elementos que le constituyen. Esta explicación como sistema auto-organizado se une al aspecto evolutivo pues como una estructura biológica el Yo no sólo es compleja, sino que la auto-organización resulta del proceso adaptativo que conduce a la reproducción y sobrevivencia diferencial de los organismos que en este caso poseen y viven por el Yo (Maynard Smith 2000). Para poder tener el Yo como el sistema auto-organizado que se plantea que es requiere cumplir con ciertos requisitos: 1. Cuál es el Yo (sí mismo) que se está auto-organizando, 2. Porqué es un Yo, 3. Qué proceso inherente al sistema hace posible su auto-organización y 4. Cómo interacciona con el entorno en cuanto a que no es determinado, pero recibe una influencia (Collier 2004). Como respuesta a las primeras dos preguntas, el Yo que se auto-organiza es el cerebro de un ser humano que vive en un entorno sociocultural. Es un Yo porque es la referencia a sí mismo, lo que es, explica su ser, es igual a sí mismo, al mismo tiempo que no es una copia de sí mismo y ese conjunto de características le hace ser Yo. El Yo posee un desarrollo de auto-organización determinado por el desarrollo ontogenético. Y el desarrollo ontogenético corresponde a la integración del Yo y su entorno sociocultural como un ser Yo. Estas son las características que resultan de la auto-organización del Yo, al menos debe sugerirse el modo en el cual se desarrolla esta auto-organización del Yo. Para dar cuenta de qué proceso inherente al sistema hace posible su auto-organización y cómo interacciona con el entorno en cuanto a que no es determinado, pero recibe una influencia planteemos cómo se puede desarrollar el sistema nervioso como un todo auto-organizado del que surge el Yo. El principio por medio del cual un sistema se auto-organiza es porque al estructurase el orden que se genera disipa energía, es decir se genera entropía que es un principio general del universo por el cual se llega a un estado de equilibrio con el entorno. Un sistema auto-organizado disminuye la resistencia al flujo de energía a través del sistema y reduce la energía necesaria para mantener el sistema. La segunda ley de la termodinámica explica este fenómeno, pero es un principio de los sistemas cerrados, mientras ni el ser humano, ni el Yo pueden considerarse sistemas cerrados. Además sabemos que la evolución del cerebro precisamente requiere de un mayor aporte de energía, pues el cerebro representa un del gasto energético total para el ser humano (Aiello y Wheeler 1995). Cómo podemos sugerir que el sistema nervioso en nuestro linaje resulta de una auto-organización como se ha mencionado. La posibilidad es que el cerebro conduce a su orden mediante la organización como un sistema que reduce el desorden de la vida en un entorno sociocultural. El cerebro como hemos dicho adquiere la facultad de permitirnos percibir el mundo a partir de un código de signos mientras trabaja mediante su código electroquímico, esta facultad permite al ser humano la vida en un entorno sociocultural plagado de signos de distintos tipos. Los comportamientos físicos y signicos por los cuales desarrollan su vida los seres humanos constituyen un mundo que se debe percibir, codificar, comprender, recordar y actuar en consecuencia. El desarrollo auto-organizado del cerebro durante la infancia estaría guiado por la capacidad que define para generar una representación ordenada y coherente en un mundo en el cual puede efectivamente sobrevivir. El ser humano con un cerebro auto-organizado de acuerdo al mundo sociocultural reducirá la necesidad de una codificación desde cero de cada evento o fenómeno humano que vive. Cada ser humano estará dispuesto a ciertos tipos de respuestas posibles al poseer un cerebro auto-organizado al mundo de signos que constituyen el mundo humano. Imaginemos que una persona cada vez que ve un semáforo tiene que aprender que color significa siga, alto o preventivo, de ser así la posibilidad de acción se vería claramente reducida en efectividad. En cambio el sistema de signos es conocido y se aprende a manejarlo con cierta maestría a lo largo de la vida. La funcionalidad de un sistema auto-organizado que efectivamente permite vivir en el sistema de signos es una ventaja que puede ser la que selectivamente permite la evolución del cerebro para interpretar signos y actuar en consecuencia. La propuesta que se sugiere no sólo corresponde a lo que observamos en la vida cultural, sino que también está de acuerdo a lo que se observa en el sistema nervioso central que mantiene una homeostasis de cambio y continuidad (Turrigiano 1999, 2008). Aún cuando no se conoce el mecanismo que lo hace posible se poseen evidencias que muestran cómo el ambiente puede tener una influencia en la sobrevivencia y desarrollo de las dendritas, los axones, las sinapsis, la interneuronas, las neuronas y la glía (Joseph 1999). Por lo tanto en cómo el sistema se auto-organiza de acuerdo a la vida humana. El Yo como un sistema auto-organizado debe hacer posible cómo interaccionan el pensamiento con la sensibilidad, la generación de una nueva identidad y noción de sí mismo, para finalmente apoyarse en la memoria pueda desarrollarse la conciencia. Ahora menciona algunas propuestas que coinciden en cierto grado con el desarrollo de la conciencia. El Yo surge entonces de todo el sistema en proceso de actuación vital de la persona. Neisser sugiere tres tendencias en el desarrollo del cerebro que hacen posible conocer la conciencia: 1. Se incrementa la riqueza y el detalle de la conciencia objetiva, lo que genera un sí mismo-ecológico (es la conciencia de nosotros mismos, de la situación propia y con respecto del ambiente), 2. Se incrementa la flexibilidad de anticipación y la memoria que posibilitan al infante imaginar situaciones posibles, por lo cual puede aparecer en él un sí mismo-extendido, 3. La acumulación de la percepción social y la comunicación interpersonal hacen posible que el infante pueda desarrollar un sí mismo-evaluado al percibirse como agente social (Neisser 1992). La perspectiva de Neisser coincide con la propuesta de Rochart (2003) de cinco estados del desarrollo de la conciencia. La conciencia se plantea que tiene su desarrollo a partir de la percepción del cuerpo (auto-percepción) y las acciones que puede realizar hasta cuando se es capaz de percibir las evaluaciones que se hacen a la persona por parte de los otros. Esos cinco estados de conciencia incluyen un estado cero que corresponde a la no conciencia o estado de conciencia propio del sueño y que el autor acepta que no se ha planteado con precisión. Los niveles de conciencia que además corresponden al desarrollo ontogenético de la conciencia se mencionan enseguida. Nivel 1: Diferenciación. Se refiere a la capacidad de los infantes de identificarse al verse en un espejo, la identificación que realizan de sí mismos es de una realidad del mundo que no es igual a todas las demás cosas, pues la imagen es la propia, es una diferenciación entre los seres del mundo y uno mismo como forma que posee una existencia susceptible de percibir diferente una de otra. Nivel 2: Situación. Es la identificación de los propios movimientos como una expresión de sí mismo. Incluye la exploración que hace de los propios movimientos y la imagen que generan en el espejo. En este punto el infante es consciente de que la imagen que ve es la de sí mismo. Nivel 3: Identificación. En este nivel el infante se identifica como un Yo, en mi trabajo con los mayas identifiqué que por lo regular los infantes se identifican primero señalándose a sí mismos con la mano, ocasionalmente o de forma posterior es más evidente la identificación por un nombre, en tercer lugar los infantes se identifican mediante la forma Yo y finalmente por soy Yo. Experimentalmente esta identificación la realizan los infantes que con un "Post-It" sobre su cabeza buscan quitárselos. Esta es la forma de identificación de sí mismos. Nivel 4: Permanencia. Es la capacidad de los infantes de identificar imágenes de sí mismos tomadas en el pasado y que muestran la permanencia de la imagen que de sí mismos poseen. Es la expresión de sí mismo como permanente a lo largo del tiempo. Nivel 5: Conciencia de sí mismo o meta autoconciencia. Es cuando el infante no sólo posee la idea de sí mismo sino también como es visto por los otros o cómo puede estar representado en la mente de los otros. En el nivel 3 de Rochart agregué algo que refiere a cómo la conciencia puede desarrollarse en paralelo con la adquisición de la lengua. Morin (2006) argumenta que en general es necesario hablar a nosotros mismo para conocer quién somos realmente. Efectivamente, durante el desarrollo los infantes adquieren la lengua y desarrollan su conciencia, posiblemente ese desarrollo sea uno sólo, pero no tengo datos para asegurarlo. Lo que sabemos que ocurre es que los infantes expresan ese conocimiento de sí mismo en el sistema de la lengua. El desarrollo de la conciencia se da a la par del desarrollo del sistema simbólico. Con lo que he planteado es lógico suponer que el cerebro que trabaja con su código electroquímico y está procesando nuestra percepción en el código de signos, genera por consecuencia una estructura ordenada y única de la conciencia de sí mismo en el entorno. Lo que se desarrolla en los cinco niveles de conciencia propuestos por Rochart (2003) es el orden del Yo que se muestra en las tres tendencias del desarrollo propuestas por Neisser (1992). En términos más amplias se desarrolla el Yo capaz de saberse un Yo, de proyectarse y de vivir como un Yo en el entorno sociocultural. Contestándose cómo interacciona el Yo procesual con el entorno en cuanto a que no es determinado, pero recibe una influencia para la auto-organización del Yo. |
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