¿quién pagará la crisis?
Es bien conocida la influencia que la prédica del sistema
capitalista ejerce sobre la psicología de las personas
para convertirnos en compradores compulsivos. Es coherente con
el principio rector que garantiza su supervivencia: la producción
masiva. Para ello requiere de un consumo también masivo
que le asegure la obtención de la mayor plusvalía
posible.
Este sistema que no repara en los medios ni en los recursos utilizados
para conseguir su objetivo, que no es otro que el crecimiento
continuo y exponencial que asegure las mayores ganancias en el
menor tiempo posible es obviamente antinatural e insostenible
desde todo punto de vista. Las sucesivas crisis económicas,
de las cuales la última es la más grave y flagrante,
muestran hasta qué punto son inconsistentes y frágiles
los cimientos de este sistema que sólo se sostiene gracias
a temporales "parches".
A fin remontar esta crisis y salir de la actual recesión
económica, conocidas organizaciones internacionales y "expertos"
pertenecientes a ese indescifrable entramado llamado "mercado",
han resuelto aplicar duras medidas de ajuste cuyos principales
perjudicados somos los ciudadanos europeos en general y los trabajadores
y pensionistas en particular. La complicidad de los gobiernos
con estas políticas destinadas a acabar con el Estado del
bienestar es perversa e indignante, sobre todo porque son aplicadas
en contra de la opinión de la mayoría de ciudadanos,
que hemos votado programas de gobierno que en ningún momento
anunciaban recortes de tal envergadura. La arrogancia y prepotencia
de los dirigentes políticos, decididos a llevar los dictados
del poder financiero hasta sus últimas consecuencias, con
total desprecio por el creciente rechazo de los ciudadanos, convierte
a las democracias europeas en una auténtica farsa. (Ver
el editorial anterior de "epsys": Psicopatía
y neoliberalismo).
Las medidas de ajuste constituyen un castigo unilateral en toda
regla, que pretenden justificar con el peregrino argumento de
que hemos consumido deprisa y demasiado y que, como consecuencia
de ello, hemos contraído unas deudas que no podremos cancelar.
Como si endeudarse fuera una afición o una adicción
y no una necesidad en el caso de la población peor remunerada.
Pide un préstamo y se endeuda quien no tiene dinero —y
también quien lo tiene—, pero buena parte de la demanda
de crédito tiene como origen los bajos salarios, pues quienes
cuentan con rentas modestas deben endeudarse para adquirir bienes
tan necesarios como, por ejemplo, una vivienda.
Quizás estemos excesivamente endeudados, como dicen ahora
esos "expertos" que han sido incapaces de ver lo que
se nos venía encima. Las cifras de la deuda privada y pública
son alarmantes, aunque la mayor parte del débito público
se debe a las ingentes cantidades de dinero que ha requerido el
saneamiento de la banca privada, que pese ha haber obtenido grandes
beneficios provenientes de lo que ha prestado, ha tenido que ser
rescatada por los Estados del descalabro de sus arriesgadas aventuras
financieras. Si el dinero de los Estados —que es nuestro
dinero— se hubiera invertido en reactivar el tejido industrial
y en políticas sociales que paliaran los efectos del desempleo
en lugar de subvencionar a los irresponsables directivos de las
entidades bancarias, la recesión económica seguramente
no sería tan aguda. Pero como ocurre con demasiada frecuencia,
el dinero público siempre salva a los que abogan hasta
el paroxismo por la no intervención del Estado y a favor
de la iniciativa privada. Una flagrante contradicción que
pone a salvo de cualquier riesgo a los "emprendedores"
y condena a los ciudadanos de a pie a pagar los errores de aquéllos.
Un negocio redondo, aunque también una inmoralidad.
En calidad de asalariados los ciudadanos hemos sido disciplinados,
pues hemos trabajado como las altas instancias de la Unión
Europea han decidido que debíamos trabajar, y hemos aceptado
las condiciones impuestas por los planes de convergencia de Maastrich
y los Pactos de Estabilidad. Como consumidores también
hemos consumido como nos han señalado, cediendo a una pertinaz
campaña destinada a incrementar el consumo, sin que "responsables"
gobernantes ni "expertos" economistas nos hayan advertido
de lo que podía suceder. Antes bien, todos han incentivado
con medidas fiscales un consumo que ahora juzgan dispendioso y
compulsivo y un modelo económico asentado sobre bases precarias
y por tanto insostenible.
Por supuesto no faltaron quienes avisaban a tiempo del peligro
y señalaban el riesgo de que las burbujas estallaran, pero
como siempre ocurre a opiniones lúcidas y sensatas, hallaban
poco eco o eran desdeñadas con el argumento de que se trataba
de fantasmas agitados por izquierdistas nostálgicos o excéntricos
pesimistas alejados del pensamiento "económicamente
correcto" y decididos a estropear la gran fiesta. Lo que
ha prevalecido han sido las llamadas a consumir, a invertir y
a contraer deudas; las ofertas de las entidades financieras eran
continuas, el crédito era barato y las hipotecas tenían
un bajo interés. Algo semejante ocurría con los
reclamos a invertir los ahorros en productos y subproductos financieros
de alta rentabilidad.
Una vez borrado el recuerdo de las consecuencias de crisis anteriores
y viviendo en un ámbito en el que adquiría dimensiones
épicas la utopía de una economía en constante
expansión, regida por un mercado que supuestamente era
capaz de autoregularse y alcanzar el perfecto equilibrio, muchos
ciudadanos cedieron a la invitación de las corrientes de
opinión dominantes, a la acción de los gobiernos,
a los estímulos de la propaganda, a las opiniones de los
expertos, a las campañas de publicidad, a las ofertas de
compra, a las insistentes incitaciones de los bancos y a las múltiples,
diversas, atrayentes y reiteradas llamadas a consumir sin medida
ni descanso.
Con esta obediente actitud, muchos ciudadanos han contribuido
a elevar el Producto Interior Bruto y a alimentar la lógica
del sistema capitalista, aguijoneado por un clima de opinión
que desde la publicidad a la industria de la cultura y el ocio,
pasando por los medios de información —o de distorsión—,
induce a consumir por encima de las posibilidades personales.
Para consumir a cuenta de una renta que aún no se tiene
o de un salario que aún se ha de percibir, el sistema financiero
ha puesto a disposición de las personas un amplio abanico
de formas de pago: hipotecas, ventas a plazos, pagarés,
líneas de crédito, tarjetas... Sin el consumo masivo
el sistema se detiene. No obstante, durante décadas, ni
los expertos ni los gobiernos ni los organismos internacionales
que ahora se echan las manos a la cabeza nos han advertido de
que pudiera hacerlo. Es más, en vísperas del estallido
de la burbuja inmobiliaria en EE.UU., las todopoderosas y presuntamente
infalibles agencias de calificación de riesgos seguían
confiando en la buena salud del sistema financiero.
Ahora se nos acusa de haber consumido demasiado y se nos castiga
por ello como si fuéramos los únicos responsables
de la crisis. Omiten que no todos hemos dispuesto de la misma
información que poseían quienes nos han incitado
a consumir, ni tampoco la misma capacidad de decisión que
quienes han auspiciado y defendido este modelo económico
—que es más bien de ellos que nuestro— y al que
se ha impulsado desde herméticos foros nacionales e internacionales
(el G-8, el G-20, Bruselas), desde organizaciones cuyas actividades
son secretas (Davos, el Club Bildenberg, la Trilateral) o amparado
en las misteriosas decisiones surgidas de ese turbio universo
llamado mercado.
Sin duda todos tendremos que pagar la crisis, pero hay que tener
en cuenta que no todos hemos gastado en la misma proporción
ni acuciados por las mismas urgencias, pues mientras unos han
consumido para cubrir necesidades básicas, otros lo han
hecho para satisfacer sus caprichos. Tampoco hemos obtenido las
mismas recompensas en los años de bonanza, pues en lo que
respecta al mundo laboral, no ha habido por parte del empresariado
excesiva largueza en materia de remuneración salarial,
sino todo lo contrario. (Es conocida —y sabemos sobradamente
qué significa— la cantinela de los empresarios acerca
de los bajos costos y la flexibilidad como garantía de
una "competitividad" imprescindible para la creación
de empleo y el crecimiento económico). Pero lo que sí
es seguro, es que serán exclusiva o principalmente los
trabajadores y pensionistas quienes padeceremos las peores consecuencias
de la recesión y los que, mediante el impuesto a las rentas
del trabajo, el aumento generalizado de la presión impositiva
y la reducción del dinero destinado a servicios y asistencia
social, contribuiremos a sanear los negocios privados que han
generado durante años fabulosos beneficios y cuyos directivos
no son precisamente un modelo de probidad y contención.
El dinero público —nuestro dinero, insisto— siempre
acaba en las arcas de la empresa privada y en las cuentas corrientes
de sus directivos.
Los gobernantes han estado bastante lejos de actuar como moderadores
del consumo y reguladores del mercado. En realidad han realizado
el trabajo que los poderes financieros esperaban de ellos, favorecer
a ultranza un modelo insostenible y peligroso que finalmente se
ha derrumbado por el peso de su anormal desmesura. No sólo
no han avisado del riesgo que corríamos sino que han utilizado
electoralmente la bonanza económica y han minimizado los
efectos de la crisis cuando ésta ha llegado. Pero lo que
es aún más grave es que quienes han tenido la posibilidad
y la oportunidad de actuar de manera responsable, imaginativa
y creativa, han desaprovechado el periodo de auge económico
para corregir —no ya cambiar, eso sería pedir peras
al olmo— el modelo económico que ahora hemos de reflotar
a costa de nuestros salarios, nuestras pensiones y una importante
merma en los derechos del Estado del bienestar.
Por todo ello las movilizaciones que sacuden al continente europeo,
y que los gobiernos intentan minimizar o silenciar con la ayuda
de unos medios de comunicación que callan o distorsionan
las noticias (recomiendo leer el editorial Goebbels
y la información en nuestros días en esta
misma revista), están más que justificadas. Seguramente
serán necesarias muchas más para producir un cambio
de paradigma que nos lleve a una nueva manera de entender el mundo
y que cambie radicalmente el sistema económico que destruye
el planeta y empobrece a sectores cada vez más amplios
de la población mundial.
Diciembre 2010
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