A propósito del sujeto: ¿sostenido o sujetado?

Angelina Uzín Olleros
Doctora en Ciencias Sociales

La noción de sujeto ha transitado por diversos enfoques como sujeto de conocimiento, sujeto ético y sujeto político; esta noción moderna de la condición humana pone el acento en alguien que es lo que es porque responde a su propia naturaleza: racional, social y política. Lo que subyace es lo que hace a ese animal humano un sujeto, lo sostiene. Como concepción antropológica, la de “sujeto” es heredera del término utilizado por Aristóteles hypokeímenon. Este vocablo significa, en principio, lo subyacente, lo que se mantiene por debajo de las propiedades cambiantes, es el soporte de las cosas. Esta palabra se traduce al latín como subjetum, la ontología medieval designa con este término la totalidad de las cosas, de los entes, es lo que está en la base de las cosas, lo que siempre está presente en ellas.

Pero el término hace referencia a todos los entes existentes, a todas las cosas. Mientras que para el racionalismo cartesiano el “yo pienso” pasa a ser el eje del mundo y se perfila cada vez más la noción de sujeto para referirse al hombre, en sentido genérico por supuesto. Por este motivo es que en la modernidad se denomina “metafísica de la subjetividad” a una nueva forma de entender la relación sujeto-objeto.

Cuando Descartes define al hombre como un yo que piensa, una res cogitans, el hombre es fundamento de sí mismo y por lo tanto el único sujeto es el Yo. En este conjunto de designaciones nuevas, subjetividad no hace referencia a lo que cada uno de los sujetos de manera singular entiende o define como lo real, por el contrario en el planteo de Kant el término subjetividad responde a la idea de un sujeto universal que él denomina sujeto trascendental. Ese sujeto trascendental es la condición de posibilidad del hombre, es a priori, independiente de la experiencia. El idealismo que se acuña a fines del siglo XVIII ubica al sujeto en el centro y lo que denominamos “real” es una construcción puramente subjetiva, ya que como sostenía Kant: las cosas en sí mismas son incognoscibles.

Ya en la filosofía contemporánea es Heidegger quien planeta en el da-sein una nueva concepción de subjetividad a propósito de este existenciario que es el ser-ahí, arrojado a la historicidad, existenciario es el equivalente a un a priori (independiente de la experiencia sensible) que hace posible pensar la existencia como tal. El único ente que sabe o puede pensarse como existente es el ser humano, pero Heidegger en la segunda parte de su obra pone el acento en el lenguaje, el lenguaje es donde habita el ser, no en la realidad de las cosas.

El giro lingüístico habitado por una multiplicidad de giros: analítico, hermenéutico, pragmático, estructuralista, define al sujeto y a la subjetividad como un acontecimiento simbólico. Estas concepciones desubstancialistas en sus diferentes versiones sostienen que es lo simbólico lo que funda lo real. La filosofía sale al cruce de las ciencias humanas y sociales, también del psicoanálisis, para pensar y abordar las cuestiones subjetivas, no ya desde la metafísica o la ontología, sino desde un campo problemático, campo disciplinar construido sobre reglas de juego intersubjetivas en situaciones sociales y culturales determinadas.

Por su parte Foucault incorpora a esta saga el concepto de subjetivación, es ella quien provoca la constitución de un sujeto, los campos disciplinares que resultan del entrecruzamiento entre el saber y el poder subjetivan y crean nuevos sujetos, que ya no son universales sino fragmentos locales de situaciones materiales y concretas. La emergencia de un sujeto – para Lacan – es la relación de un significante con otro significante, el sujeto se distingue del individuo viviente; en cada caso el significante funciona representando a ese sujeto frente a otro significante; de este modo se forma una red que es lo que llamamos “saber”.

Para el psicoanálisis lacaniano existen cuatro discursos básicos: el discurso del amo representado por la filosofía, el discurso de la histérica que es el que conduce al saber; el discurso del analista que es el que pretende curar y el discurso universitario que es el que intenta educar. En base a las cuatro imposibilidades, en el sentido freudiano de la incompletud, los cuatro discursos dan cuenta de la imposibilidad (posibilitadora) de gobernar, de educar, de desear y de curar. Ahí donde la filosofía y la ciencia positiva encuentran un límite metodológico, epistemológico, teórico; el psicoanálisis abre la posibilidad de abordar lo simbólico, lo imaginario y lo real en una perspectiva que puede dar cuenta de la trama y su revés de lo social, histórico, cultural del sujeto político. El sujeto está sujetado.

El surgimiento y la emergencia de nuevas expresiones políticas y culturales en América Latina han dado lugar a subjetividades y subjetivaciones tales como por ejemplo: cartoneros, piqueteros, punteros, refugiados ambientales, activistas; personas en situación de calle, con capacidades especiales, beneficiarios de planes sociales, etc. Nuevas denominaciones que intentan por un lado, desviar las nomenclaturas herederas del racismo/clasismo/sexismo y por otro, designar formas diferentes de tramas sociales y situaciones culturales.

El conjunto de significantes se encuentra excedido en sus partes y queda abierto a nuevos tipos de lazo social, esos tipos de lazo social son las relaciones entre impotencia e imposibilidad que se dan en las formaciones discursivas. El sujeto cartesiano de la ciencia que busca un conocimiento verdadero, que rechaza toda autoridad exterior, que decide aceptar como verdadero lo que experimenta por la propia razón, ese sujeto que se revela a sí mismo y por sí mismo una única certeza científica, ha estallado. El sujeto lacaniano no es previo, es supuesto, está sujeto al significante al que se identifica y del cual es el efecto.

El yo pienso no basta para sostener el yo soy, el inconsciente freudiano que genera la herida narcisista del no-saber, es el olvido olvidado, es ese lugar vacío desapercibido de la pura ausencia del significante (significante vacío). Entre un sujeto y otro opera el malentendido del cual venimos. De este recorrido teórico e histórico, sujeto, subjetividad y subjetivación política son la tríada desde la cual es posible dar cuenta de lo nuevo, de lo acontecimental, nada se cierra en la teoría, ni nada se completa en lo absoluto.

A estas apariciones subjetivas, las pariciones de rostros nuevos en la escena política nos conducen a este desafío de lo abierto del evento cultural. El discurso político está desbordado, debe inventarse a sí mismo recurrentemente, en esa invención política cabe el Otro, no como otro sujeto sin como otro lugar, el lugar del Significante. Para la consideración de los procesos políticos y la problemática cultural latinoamericana, por ejemplo, han surgido teorías sobre la localización de los problemas y los autores que estudian las situaciones políticas en América Latina, sus sujetos, sus acontecimientos y sus luchas simbólicas. Ejemplo de esto son los sujetos sociales que aparecen en los últimos años como los cartoneros, los piqueteros, los punteros, los que se encuentran en situación de calle, etc.; y las subjetividades políticas que se designan a su alrededor. Al decir de Juan Samaja: “Es el sujeto el que temporaliza; el sujeto inaugura la temporalidad y si no hubiera sujeto no habría tiempo; por lo menos, no el tiempo que conocemos nosotros”.

Esta noción moderna eclosiona en la perspectiva de Nietzsche y sobretodo en la presentación freudiana de un sujeto más inconsciente que consciente de lo que le ocurre. El siglo XIX estaba signado en su segunda mitad por el Positivismo, postura epistemológica que entiende a la ciencia como el estudio sistemático de lo concreto a partir de los datos de la experiencia sensible y de la observación; pero que, a pesar de renegar de toda afirmación metafísica, tiene su propia filosofía: el conciencialismo ingenuo, sostenido desde un empirismo gnoseológico y alimentado por tres grandes teorías científicas: la física de Newton, la teoría de la conservación de la energía de Meyer y la teoría de la evolución de las especies de Darwin. Esto da como resultado un fenómeno pluriforme que se manifiesta en tres modelos: el mecanicista, el energetista y el evolucionista.

Cuando Freud acuña el concepto de “aparato psíquico” se denota la presencia de un elemento concreto al psiquismo que se traduce en “energía pulsional”. Del mismo modo el descubrimiento del inconsciente irrumpe en la escena creando una ruptura epistémica bastante radical con la filosofía de la conciencia (ego cogito cartesiano) y con la autocomprensión positivista de la ciencia. Otros grandes aportes del Psicoanálisis son la importancia de la palabra (el relato) y del análisis que el terapeuta debe realizar en su entrenamiento hermenéutico.

La búsqueda en la historia del sujeto que ha “enterrado” en sus recuerdos infantiles la clave para comprender su comportamiento traumático. Todo el material que la Psicología clásica desechaba: sueños, lapsus, actos fallidos, el chiste…, son la punta de un ovillo que el psicoanalista desmadejará hasta encontrar la respuesta de aquello que queda oculto al sujeto; bajo la metáfora del iceberg que sólo deja ver un mínimo porcentaje de su información total sobre la superficie, se nos aparece esta imagen de un consciente pequeño ante la profundidad de su verdadera historia y su real saber. Aparecen nuevas categorías: censura, resistencia, complejo, trauma… Y el paradigma psicoanalítico se expresa básicamente en dos tópicas. Es preciso aclarar aquí lo que entendemos por paradigma, esto es “matriz disciplinar”, siguiendo la epistemología de Kuhn y su definición última del concepto. Pero debemos hacer la salvedad que, para Kuhn, la comunidad científica se constituye al amparo de un solo paradigma; algo que no ocurre en la comunidad de psicólogos. A tal punto que, Gentile, entre otros, diferencia la Psicología del Psicoanálisis, como dos teorías y dos prácticas claramente diferenciables entre sí. La diferencia está dada porque la Psicología trabaja desde la conciencia y el Psicoanálisis a partir de lo inconsciente.

Con relación a la distinción entre Filosofía y Psicoanálisis, haremos referencia a un escrito de Freud de 1923: El psicoanálisis y la teoría de la libido, en el que afirma: “El Psicoanálisis no es un sistema filosófico. Lo que caracteriza al sistema filosófico es su ambición de concebir la totalidad del mundo (das Weltganze): el sistema filosófico pretende pues ser concluso de una vez por todas, de suerte que no deje ningún lugar para nuevos descubrimientos y puntos de vista mejorados”.

Ardua tarea la del Psicoanálisis: esquivar la mirada omnipresente de la Filosofía sin caer en el reduccionismo metodológico del mundo concreto de las Ciencias naturales. Desde el punto de vista estrictamente epistemológico, la matriz disciplinar psicoanalítica se gesta tomando elementos discursivos de la literatura, la mitología griega, la filosofía vitalista, la mirada empirista de la neurología y —a los ojos positivistas— es un híbrido, una pseudociencia. El camino trazado será largo, extenso: desde el individuo al grupo, desde el sujeto a la cultura. En el Psicoanálisis el sujeto quiere conseguir la felicidad y mantenerla; Freud señala que esto significa tanto acrecentar el placer como evitar el dolor, que es el programa mismo del principio del placer: uno de los principios que rige la vida psíquica.

La consecución del placer puede verse impedida por el sufrimiento proveniente de tres fuentes diversas: la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los seres humanos. El principal conflicto está entre el frágil equilibrio entre el principio de placer (ello) y el principio de realidad (super yo ideal). Tal estado de cosas genera un intenso sentimiento de frustración ante la cultura, ya que esta nos pide grandes esfuerzos y renuncias sin retribuirnos con la recompensa esperada. La cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, y hay que explicar por cuáles mecanismos esto se logra y por qué esa renuncia desemboca en un fracaso. Para comprender el esquema explicativo de Freud a este problema del malestar en la cultura, lo primero que hay que apreciar es lo que podemos denominar el modelo pulsional.

El primer modelo pulsional distingue una dualidad entre autoconservación y sexualidad. Un segundo modelo también dualista muestra los polos entre eros y thánatos: pulsiones de vida y pulsiones de muerte. La conclusión de la interpretación freudiana es que el malestar es un rasgo esencial de la cultura, no uno que obedezca a tal o cual coyuntura histórica, ni a algún aspecto particular, sea de orden económico, social o político. Esto no lleva necesariamente a pensar que entonces no hay salida; y que las esperanzas de una vida más dichosa deban sumarse a causas perdidas de la humanidad. Pero sí indica que no puede desconocerse la naturaleza de ese malestar, pues eso nos llevaría a acrecentar nuestro sufrimiento. Los dos modelos pulsionales dan cuenta de la sexualidad como expresión biológica hormonal, entendida conjuntamente como manifestación cultural y social.

La disputa ya clásica entre “natura” y “nurtura“, entre lo “innato” y lo “adquirido”; debe superarse a través de un enfoque constructivista y pluriforme que trabaje con elementos que provengan tanto de las ciencias naturales como de las ciencias sociales. Conjugando lenguajes e imágenes de distintas procedencias que permitan abordar la sexualidad como un fenómeno complejo y diverso. A la tradición teórica de “ver” lo que acontece en la sociedad, las diferentes versiones del psicoanálisis, sobre todo a partir de Lacan, se opone el “oír” a la época. Tener oído para lo que acontece y adolece el ser humano, no como sujeto sino como subjetividad que aparece y se constituye alrededor del acontecimiento.

Sin caer en un enfoque dogmático, construyendo un esquema abierto, asentado en unas cuantas certezas ancladas en una praxis desprovista de prejuicios y opiniones. De eso en definitiva se trata el quehacer de toda disciplina que pretenda ser científica: romper en primer término con la doxa y las modas intelectuales imperantes en una época y en segundo término evitar que nuestros esquemas conceptuales se transformen en universos cerrados cercanos a un dogma de fe.

Definir al sujeto como algo que se sostiene en una naturaleza, o que está sujetado a un deseo que entra en conflicto con la cultura, trae aparejadas consecuencias teóricas y prácticas, porque las subjetividades que aparecen al hilo de los acontecimientos sociales tornan cada vez más difícil la acuñación de conceptos que den cuenta suficientemente de quiénes somos.

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Por gentileza de la revista Topía. Psicoanálisis, Sociedad y Cultura