Agonía de la civilización europea

Durante muchos siglos se consideró que la civilización cristiana, pese a ciertas discrepancias internas, era íntegra, y Rusia, como una parte del mundo cristiano, es una parte inherente de Europa no sólo por su posición geográfica, sino también por su cultura. Ni siquiera los eslavófilos rusos separaban Rusia de Europa, viendo las principales diferencias entre sus partes oriental y occidental. La primera se apoya en la Iglesia ortodoxa, y la segunda en la Iglesia católica romana.

Así fue. Pero hace un año (lo que en la historia es un instante) esta subordinación evidente quedó alterada, y de manera tan fundamental, que ni siquiera puede ser comparada con lo que pasó en los años de la Segunda Guerra Mundial, en el curso de la cual la URSS siguió siendo una parte de Europa que se consolidó para formar una coalición de países aliados. Entonces, ¿qué es lo que ocurrió el año pasado? ¿Cuál fue la última gota para que se separasen definitivamente las dos partes grandes e importantes de Europa? Para contestar a estas preguntas, hay que entender los procesos básicos que sufrió la civilización en el continente europeo en el último milenio.

Desde nuestro punto de vista, las principales tendencias del desarrollo europeo, si hablamos a escala de civilización, fueron la paulatina pero irreversible separación de las Iglesias oriental y occidental, y en segundo lugar la aparición de una actitud totalmente diferente en las dos ‘Europas’ hacia lo que se entiende por “progreso”.

La Iglesia católica romana iba desprendiendo de su cuerpo una herejía tras otra (protestantismo, anglicanismo, luteranismo, calvinismo, etc.) llegando a transformar el Vaticano en una institución decorativa preocupado más por los rituales que por la esencia. Mientras tanto, la Iglesia ortodoxa combatió sus herejías generando el militante ateísmo del bolchevismo, y hoy vuelve a recuperar su autoridad anterior en una nueva comunidad policonfesional.

En cuanto al entendimiento del “progreso”, Europa Occidental no lo ve sino desde la óptica tecnocrática: hasta el progreso social se entiende aquí no como el perfeccionamiento de las relaciones públicas, sino como el desarrollo transpersonal de los individuos, es decir su rechazo a las tradiciones, normas existentes y bases de civilización a favor de diferente tipo de satisfacción tangible. Como resultado, este progreso hundió a los europeos occidentales en un transhumanismo, un marasmo en cuestiones de género, y racismo social, que en realidad no hacen libre al ser humano sino que, al revés, lo hacen caer hasta el estado de una bestia superdependiente (del mercado y sus promotores) y generan cada vez más problemas a gran escala. A su vez, Rusia en varias ocasiones se vio obligada a seguir el modelo de carrera por el desarrollo, lo que no la acercó a Occidente pero alejó al mundo ruso de lo que se suele denominar Europa (aunque este sujeto no es más que una parte sólo del continente europeo).

Pero los eventos principales tanto en la parte occidental, como en la oriental se produjeron en el siglo XX. Europa Occidental llegó a un límite antropológico: primero fue el fascismo hitleriano; y después de su fracaso, una mutación en algo incompatible con la milenaria experiencia del desarrollo de la civilización, una transformación en un espacio de caos de ideas, ideologías, valores e interpretaciones. Pasó a librar una guerra oculta contra todos: naciones y grupos sociales, minorías y mayorías, confesiones y géneros, roles y estatus, y ambiciones crecientes. Como herramienta principal para consolidar este caótico espacio no escogió unas relaciones de solidaridad (como lo intentaron hacer en los 80 del siglo pasado los eurosocialistas, mimados por el poder, y los eurocomunistas, derrotados en los 90), sino unas superestructuras administrativas manejadas por el gobierno en la sombra de un “nuevo orden del mundo”.

A finales del siglo XX el progreso en Europa Occidental se entendía como una irrefrenable tendencia a renunciar a todo lo probado por el tiempo, lo claro y evidente: el natural pluralismo de un conjunto de naciones menores y una corrección política falsa los empezaron ofrecer en lugar de la democracia, el multiculturalismo, por la paz internacional, y la indiferencia, por la tolerancia.

Los ideales de una igualdad social fueron sustituidos por la mezcla de géneros, la idea de solidaridad, por limosna de caridad, y la honradez y sinceridad, por una transparencia formal. Los de la derecha de Europa Occidental se negaron a defender los valores tradicionales a favor de un apoyo directo a neofascistas, seguidores de Ustaše y Bandera. Y los de la izquierda, al olvidarse de los intereses de los empleados, ofrecieron sus servicios lobistas a los migrantes (incluidos los islamistas) y a minorías sexuales.

En 2014 resultó que la reacción al nazismo hitleriano y su derrota aun no fueron una prueba máxima para la civilización europea. Se hizo evidente que Europa Occidental había perdido su soberanía, al cambiar los altos estándares de consumo por la colocación en sus países de las bases de la OTAN y cárceles de la CIA. Se convirtió en un espacio de una cultura americanizada, es decir, una pseudocultura de masas utilitaria y cada vez más marginal, cuyos portadores, al oír de Michelangelo o Leonardo, más bien recordarán no a los genios del Renacimiento, sino a personajes de dibujos animados como Tortugas Ninja. Hasta el fundamento de Europa Occidental, en lo que a los valores se refiere, la Iglesia católica romana, está obsesionada por la idea de renunciar a sí misma. Al echarse en los brazos del jesuita argentino, el Papa Francisco I, traído a la jefatura del Vaticano por una operación especial de los mundialistas, el Vaticano inmediatamente cedió su banco —y junto con él, el destino de la fe católica cristiana— a los banqueros de Londres.

Europa Oriental se vio sometida a procesos igualmente profundos en el siglo XX. En su aspiración a alcanzar a la Occidental, en lo que a la economía y tecnologías se refiere, las élites rusas cayeron en una tras otra trampas de su propia estupidez: en 1914, en la de las ilusiones paneslavas; en 1917, en la de las utopías comunistas; y en 1985, en la de un sueño liberal. Como resultado, el Imperio ruso y luego la URSS quedaron “liberados” de algunos de sus territorios periféricos, y más tarde la nueva Rusia perdió definitivamente Ucrania y, junto con ésta, la Rus de Kiev: su cuna histórica.

¿Qué ha perdido y qué ha adquirido Europa como tal a raíz de todas estas perturbaciones del siglo pasado en las dos partes suyas? En dos palabras, el resultado de estos procesos es una revolución antropológica, de la que hablaremos más en detalle en nuestro próximo artículo. Ahora me limitaré con decir que la vuelta de los pueblos soviéticos a sus raíces de civilización y valores espirituales en los 80 del siglo pasado y el salto de Occidente al tecnoglobalismo se solaparon predeterminando la revolución antropológica del planeta, un cambio de los guías y los guiados (en lo que a los valores se refiere) a nivel mundial, del que todavía no se han dado cuenta ni las élites rusas ni las occidentales. Europa Occidental se ha convertido en su propia antítesis, cambiando su filosofía y ética del humanismo por los seductivos bienes tangibles. A su vez, Rusia, traicionada definitivamente por Europa Occidental, quedó al margen.

¿Qué pasará en Rusia en próximos años? ¿Se verá arruinada al enfrentarse con Occidente, que la supera en recursos humanos y otros, o subirá a la cima gracias a alguna nueva hazaña? Ya lo veremos, con el tiempo. Ya sabemos, que un nuevo auge de Rusia es muy posible. Aunque hay quienes piensan que será devorada por Asia. Igual que Europa Occidental, por América. Así concluirá la división del mundo en dos antroposistemas subglobales (si no tomamos en consideración la periferia, que quedará fuera de esta división e integración), según fue predicho por George Orwell en su famosa novela 1984.

La verdad sea dicha, las perspectivas de Rusia constituyen un tema especial, ya que aún tiene posibilidades de mantener su soberanía y papel de un sujeto de política mundial. Pero Europa Occidental no parece tener ninguna oportunidad de sobrevivir. Es que estaba preparándose para un suicidio desde los principios del siglo y lo cometió, al fin, el verano pasado, cuando decidió mentirse a sí misma sobre el Boeing de Malaysia Airlines, derribado en el este de Ucrania, y adoptar sanciones contra Rusia, presentándolas como reacción a esta tragedia, cuya responsabilidad le achacaron a Putin, en vez de asumirla honestamente. Es más, sobre la conciencia de Europa Occidental pesan además los francotiradores de Maidán, la masacre en Odessa, miles de mujeres, ancianos y niños fusilados en Ucrania Occidental, y la reacción silenciosa al notorio comentario de Yatseniuk sobre la agresión soviética contra Alemania, así como muchos otros ejemplos de mentira y tergiversación flagrantes. Y ahora estamos observando la agonía de este cuerpo medio muerto. Vemos histerias de los medios europeos, esposados por la censura de Washington, y las manifestaciones cada vez más frenéticas de los engañados (véase la novela de George Orwell) a favor de todo lo bueno (es decir, lo occidental) y contra todo lo malo (es decir, contra los que no estén de acuerdo con los “superhombres”). Escuchamos debates huecos en la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, vemos a Gazprom expulsado de Europa, en detrimento de ésta, vemos a los productores europeos privados del consumidor ruso, y otras muestras de idiocia, que nos hacen entender que se trata de convulsiones de un suicida agonizante.

Fíjense: mientras a los europeos occidentales les están matando, la única respuesta de éstos a los patrocinadores de atentados e islamistas radicales son las notorias caricaturas, publicadas con fines comerciales en tiradas caricaturescas.

Los teléfonos privados de los políticos de Europa Occidental (miembros del “partido Exterior”, según la terminología de Orwell), ya son escuchados por la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU, pero ellos insisten en declarar enemigos a los que aspiraban a ser sus socios de verdad. Las mujeres de Europa Occidental ya no dan a luz tantos hijos como para resolver los problemas demográficos, y por eso los burócratas europeos encontraron la salida en quitar niños a las madres rusas.

Algunos, como Miloš Zeman, Helmut Kohl, Viktor Orbán, Matteo Salvini o Sahra Wagenknecht intentan que sus compatriotas se den cuenta de sus errores, pero, desgraciadamente, la mayoría de los europeos occidentales juraron lealtad a los asesinos que inundaron con sangre Yugoslavia, Irak, Somalia, Libia, Siria y ahora, las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk.

La libertad de Occidente se ha convertido en un fetiche, y por lo tanto, en su antítesis, en una esclavitud, con dependencia de clichés que sugieren la libertad de odiar y matar a cualquiera, denominando estos crímenes como lucha por la democracia, y la resistencia a esta libertad por algo propio de los “hombres de segunda categoría”, como puede ser el estalinismo, chovinismo y con otros títulos cuyo sentido, al parecer, ni siquiera está claro para los europeos occidentales.

Europa está convirtiéndose en un pingajo marginal que vive gracias a las subvenciones de los migrantes y desempleados, y de limosneros cada vez más desvergonzados de los países de Europa Oriental, que se sienten felices esperando los prometidos restos de la mesa europea. ¿Acaso no tengo razón calificándolo como un suicidio para la Europa de Aristóteles y Rousseau, Hegel y Hugo, Rembrandt y Cervantes?

Parece que a la Unión Europea no le quedan más fuerzas que para la agonía de unos 15 o 20 años de duración. Y luego, en el espacio desde Lisboa hasta Brest y Tiráspol ya veremos no una Europa europea, sino una colonia americana, poblada por seres moralmente deformados que intervienen por tener la libertad de escoger medios de autodestrucción, adeptos de sectas totalitarias, parásitos sociales y perdedores… A no ser que Rusia vuelva a salvarles.

Por gentileza de Club Zinóviev