Amor y violencia simbólica: Cincuenta sombras liberadas

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica
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Introducción

El machismo planteado en la novela de 50 sombras parece un compendio de psicopatología fundamentalmente narcisista. En ella, se describe a la perfección las características más esenciales de la triada oscura. Un constructo compuesto de rasgos maquiavélicos, narcisistas y psicopáticos, estos dos últimos referenciados a nivel subclínico.

Representa un mito posmoderno que aglutina elementos de otros mitos más clásicos como el de Narciso, el de la bella y la bestia así como el de cenicienta.

Una de las funciones de los mitos es explicar la realidad, determinando los comportamientos sociales del ser humano. De los mitos se derivan muchas creencias que pasan a formar parte de la tradición y se anexan a la cultura.

De esta función mitológica se sirve el poder para perpetuarse, constituyéndose así en violencia simbólica a partir de la cual se establecerá un sistema arbitrario y cultural, como un sistema natural y permanente.

La dominación masculina, una forma paradigmática de violencia simbólica, es evidenciada aquí, a partir del análisis de la novela en donde queda reflejada la ideología de género en tanto que construcción socio-cultural interiorizada y reproducida por la propia concepción del amor romántico, en particular.

Violencia: Violencia cultural, violencia simbólica

La violencia, ha sido definida como el uso continuado de la fuerza o abuso (Jauregui y Méndez, 2011). Fundamentalmente se trata de la expresión excesiva y sobredimensionada de la fuerza fruto de la impotencia. Se trata de una reacción propia de un ego que no puede seguir siéndolo. El poder no es capaz de realizarse como potencia y entonces, la violencia surge como la expresión de esta incapacidad (Ibid). En este concepto de potencia e impotencia, entroncamos con Johan Galtung (1969) para quien la violencia es justamente esa diferencia entre lo potencial y lo actual, es decir, lo que se puede, pero no se realiza o ejecuta. Lo que no se ejecuta en la violencia parece ser el respeto por la alteridad; no se respeta esa separación entre yo y alteridad. Ese proceso de individuación el cual impide canibalizar toda forma de alteridad, renunciando a la omnipotencia de ser uno, de ser completo. La violencia se presenta como la expresión de un poder totalitario, narcisista, basado fundamentalmente en la objetivación, la cosificación de toda forma de alteridad y de diferencia. El ego narcisista quiere continuar existiendo por encima de las diferencias. No acepta la separación ni la diferenciación. Así, la presencia de toda otredad introduce una insoportable ruptura de una unión paradisiaca tan perfecta como simbólica; ruptura vivenciada como una muerte. De ahí que la violencia se ejerza sobre todo hacia aquello que denota diferencia. La violencia supone pues la ruptura de la intersubjetividad y por tanto de la condición humana.

Para bien representar la generación de la violencia en los conflictos sociales, Galtung (1969) nos dibuja los tres vértices sobre los cuáles la violencia se ejercita, originando una clasificación compuesta de diferentes tipos de violencia: directa, estructural y cultural.

La violencia cultural se refiere a todos aquellos aspectos de la cultura que legitiman la violencia directa y estructural tales como el arte, la educación, la literatura, la religión, la filosofía, el derecho, los medios de comunicación. Esta forma de violencia es considerada como simbólica, porque toma los símbolos representantes de la cultura como principal medio propagandístico. Así la violencia cultural, simbólica, se ejerce a través del lenguaje, la publicidad, la televisión, el arte en general.

Bourdieux (1994), autor destacado en este menester, entiende la violencia simbólica como una serie de estrategias de “persuasión clandestina”, o manipulación, que consiste en hacer creer como natural hasta interiorizarse, una percepción del mundo basada en la dominación. Una visión arbitraria del mundo que no solo es impuesta como única y hegemónica, sino perpetuada. En esta imposición y perpetuación se encuentran los dos pilares de la violencia que hemos señalado al definir la violencia.

Las prácticas de la violencia simbólica están construidas en contextos de esquemas asimétricos de poder cuya finalidad son la reproducción de roles, de clases, de estatus, de género, de categorías, de estructuras mentales. Se trata de una reproducción encubierta, invisible, inconsciente, que esconde la matriz de base de la relación de fuerza sobre la cual se configura. El poder, ese ente invisible que consigue durar, perdurar y reproducirse en el tiempo, lo hace a través de todos estos mecanismos que hace que naturalicemos e interioricemos un orden del mundo inmutable, basado en la dominación.

La violencia simbólica, pone de manifiesto los mecanismos sobre los cuales se articula el edificio cultural; muestra el andamiaje ideológico sobre el cual se cimentan los valores, las creencias, las ideas, las reglas, las normas, las actitudes, las aptitudes, los conocimientos, las tradiciones, las costumbres, que hace de la cultura un aparato arbitrario, entendiéndola como una perspectiva más entre otras muchas. El conjunto de formas y expresiones de una sociedad determinadas son el fruto de una construcción entre muchas otras y por lo tanto, puede modificarse, transformarse, porque no es ni hegemónico ni inmutable ni único, ni mucho menos natural.

El amor no es ajeno a esta construcción y por ello, se aborda desde esta perspectiva constructivista. En este sentido, el amor es una construcción sociocultural (Herrera, 2010) como tantas otras, atravesada por el poder. Un andamiaje más de dominación del patriarcado y a través del cual, la violencia se ejerce, se reproduce y se interioriza. Desde esta perspectiva, el amor porta en sí toda una ideología patriarcal que construye una realidad, basándose en una dualidad jerárquica hombre-mujer con importantes consecuencias sociales, económicas y políticas, destacando una desigualdad estructural entre ambos géneros. El amor en esta matriz, es imposible que pueda desplegarse y realizarse en toda su expresión, puesto que será la expresión de esta dominación, de la canibalización de la diferencia, en este caso, de la mujer.

El amor, la gran trampa

Que el amor es una trampa, especialmente para las mujeres, ha quedado ampliamente demostrado en la tesis de Coral Herrera (2010).

Otros autores han expresado esta idea de múltiples formas. Carlo Fabretti (2009) deja constancia de la utilización de este término y este sentimiento para la creación de la unidad familiar como base de la sociedad. Una estructura basada en la exclusividad y posesividad, permitiendo crear islas afectivo-sexuales llamadas pareja como fundamento social y económico. Una estructura jerárquica y jerarquizada en donde el género determina las posiciones y los roles a jugar.

En este sentido, entroncando con Foucault (2007), el amor se convierte en ideología de dominación en donde la mujer queda libre y voluntaria, aunque inconscientemente esclavizada al rol de secundaria, sumisa y cuidadora, además de cortesana “low cost”. Así se genera un modelo óptimo, en este caso del amor, que estipula un modelo de relación entre hombres y mujeres que, a través de toda una normalización disciplinaria hace que las personas se ajusten al modelo, bien reproducido y transmitido de generación en generación: “Oh mama… No me lo puedo creer… Pareces tan mayor ahora… Vas a empezar una nueva vida; solo tienes que recordar siempre que los hombres vienen de un planeta diferente” (p. 24). Lo normal y natural quedará así definido como aquello que se conforma con la norma, quedando todo lo no normativo como anormal y antinatural, alienado y patológico. El amor patriarcal nos dice que la autorrealización de la mujer no es posible si no es a través de la dedicación a los demás. Esta será pues la norma, constituyendo todo incumplimiento a esta norma, una anomalía. Para bien interiorizar e introyectar esta ideología, el amor se construirá como el bien más supremo y específico femenino, pasando así el amor a formar parte de toda una serie de estrategias de manipulación. Así se crearán diferentes significados del mismo para el hombre y para la mujer, que a través de la socialización, serán “voluntaria y libremente” aprendidos y reproducidos.

La socialización de la mujer en este rol amoroso se hace de muchas maneras y siempre con y desde la violencia, puesto que se adoctrina desde la dominación. Una de las maneras que tiene la cultura de enseñar es a través de los mitos. Cuentos cuyas formas van variando y evolucionando a través de los siglos, destacando en la actualidad la literatura y el cine como formas postmodernas de mitología.

A través del amor y su sacrosanta institución, el matrimonio, la mujer queda disociada, destacando la mujer pura, virgen que será la esposa amante y madre de la progenitura y de la pareja relegada al ámbito de la casa, y la mujer impura sexualmente, relegada a cortesana, geisha o prostituta. La disociación masculina queda pues proyectada sobre la mujer e interiorizada y reproducida por ésta, “voluntariamente”.

La religión amorosa, mitología destinada a conjurar el miedo a la soledad, permite formar grupos fácilmente manipulables por ser atomizados, aislados, para lo cual el amor –la argamasa que une- se torna engaño, frustración y decepción, apareciendo el odio, cruz del amor, de este amor compulsivo (Fabretti, 2009). A pesar de la flexibilización de las reglas matrimoniales (divorcio, parejas abiertas swinger, tríos, prostitución, pornografía), la demanda tan melancólica como edípica de placer, seguridad plena e incondicionalidad están muy presentes todavía, visibles en los ingentes esfuerzos de la gente por encontrar y vivir aislada e individualmente en pareja, la cual parece constituir el vestigio de lo que antaño fue una compleja red social.

Amor compulsivo, cuya cara más oscura está dominada por los celos, la frustración, la decepción, la angustia y la violencia manifiesta o latente. Estos aspectos, intrínsecos al amor (romántico) postmoderno, quedan bien reflejados en la novela de cincuenta sombras, tanto en las oscuras como en las liberadas. Una trilogía amorosa que ejemplifica a la perfección el lavado de cerebro al cual hombres y mujeres somos simbólicamente de forma violenta sometidos, siempre desde el falso contexto democrático de libre expresión.

Durante toda la novela vemos una lucha en Anastasia por preservar su identidad, su mundo, su autonomía, su independencia: “(…) necesito establecer un rumbo (…) que me permita mantener mi integridad y mi independencia y a la vez seguir siendo lo que so para él” (p. 300). Vemos que le cuesta enfados y que el amor que Christian dice profesar, pretende anularla: “quiero seguir manteniendo mi apellido de soltera aquí (…) No me digas que has interrumpido tu trabajo después de tres semanas fuera para venir a pelear conmigo por mi apellido. ¡ Yo no soy uno de sus activos! (…) Estabas interrumpiendo mi trabajo de una forma muy maleducada para pelear por mi apellido” (p. 165).

La desvalorización de lo femenino es más que evidente. Todo lo relativo a Anastasia no parece tener importancia a los ojos de Christian. Esto se hace patente en ciertos aspectos como el laboral: Christian estoy trabajando. A mí me ha parecido que estabas cotilleando con tu ayudante” (p. 168). Porque el trabajo, desde esta perspectiva patriarcal de dominación, constituye una aspiración masculina, no femenina. La violencia de la virilidad hace que el hombre busque la gloria y la distinción en la esfera pública (Bourdieu, 1998). La esfera privada, diseñada para lo verdaderamente amoroso, corresponde a la mujer. Y la novela nos lo pone de relieve muy claramente: “El se queda muy quieto. Sabes que no tienes que volver a trabajar si no quieres me dice” (p. 144).

La paradoja del amor romántico conquistador es que acaba precisamente con lo que enamora en un principio y al respecto, Anastasia lo intuye: “… eres como un tren de mercancías y no quiero que me arrolles, porque entonces la chica de la que te enamoraste acabará despareciendo, aplastada” (p. 192). Es como una burbuja que tarde o temprano acabará por pinchar: “Lo pensé cuando estábamos en la luna de miel, y, bueno… no quería pinchar la burbuja” (p. 193).

La novela dibuja el amor como un campo de batalla entre un depredador y una víctima-cómplice. El cuento de la bella y la bestia llevado además a la gran pantalla. La psicopatología de todas estas construcciones culturales y arbitrarias está muy clara. Tenemos el síndrome de Estocolmo en la figura de Bella y Anastasia, en tanto que la relación se plantea como una prisión. Queda claro perfil psicopático tanto de Grey así como de la bestia. Así, la novela constituye una perfecta muestra de abusos psicológicos y emocionales. Una relación enfermiza, con alto potencial de peligrosidad. La patología sádica o parafilia de Cristian Grey se rebela en el hecho de que sólo le excitan las prácticas sexuales en las que ejerce dominación y obtiene voluntariamente la sumisión. La mujer es concebida como objeto y no como sujeto. Toda la novela es una lucha por la preservación de la subjetividad por parte de Anastasia. Una novela que ejemplifica a la perfección la psicopatología: “Oh, mi pobre marido, patológicamente sobreprotector” (p. 81). En la realidad, contrariamente a la ficción, ninguna persona ya sea esta psicópata, perversa narcisista o maquiavélica, toma conciencia de su patología psíquica.

El amor romántico es el gran mito, y al parecer el último reducto, del patriarcado que perpetua la división de roles según el género. El rol femenino, tradicionalmente de cuidadora, es decir de madre, implica a su vez muchos roles como enfermera y terapeuta. La mujer, diseñada en esta ideología, además de aceptar incondicionalmente a su pareja le debe comprensión. Y eso Anastasia lo borda: “Christian, sé que querías a tu madre y no pudiste salvarla. Pero eso no era responsabilidad tuya. Y yo no soy tu madre” (p. 290).

Falocracia, la ablación del clítoris en Occidente

La falocracia se llama a ese régimen en el que prima un órgano, unas prácticas y una identidad por encima de las demás. El patriarcado postmoderno nos presenta un régimen “soft” o patriarcado de consentimiento (Puleo, 2005) para hablar de un tipo de patriarcado, propio de las sociedades desarrolladas, en contraposición a los patriarcados de coerción. En este tipo de patriarcado, la coerción deja de ser el método por excelencia utilizado por el poder para seguir las normas sexo-género, para pasar a un sometimiento voluntario, a través de la incitación. Como Celia Amorós (2005) ya lo explicó, las formas del patriarcado se van adaptando “a los distintos tipos históricos de organización económica y social, preservándose en mayor o menor medida, sin embargo, su carácter de sistema de ejercicio del poder y de distribución del reconocimiento de los pares (Puleo, 2005, p. 41). Anastasia Nzang, presidenta de la ONG Igualdad y Derechos Humanos de la mujer en Africa, utiliza el término falocracia para hablar del poder o gobierno del miembro sexual masculino. Se trata de un sistema, injusto e inhumano pero de cuello blanco que, invisibiliza ciertos órganos en pro de la visibilidad de ciertos otros. Un régimen que históricamente ha dado protagonismo al falo como símbolo de poder y de control, relegando a todos los orificios, léase ano, boca y vagina a meros receptáculos. En este orden de cosas, el clítoris, que además no es un receptáculo, por supuesto, si existe (forma verbal de tiempo condicional), se trata de aniquilarlo física o simbólicamente.

Dentro de este régimen autoritario, sexista y violento, se conceptualizan los fenómenos de enamoramiento como conquista y amor como batalla, cuyo culmen representa la penetración, dejando fuera toda la sexualidad femenina y sometiendo su órgano, el clítoris, a una ablación simbólica en occidente, generado por su ignorancia y su invisibilidad. Al respecto, cabe señalar que todavía en ninguna película en occidente, que no sea pornográfica, se ha visto la eyaculación femenina y mucho menos el “squirt”. Los estudios sobre la eyaculación femenina son bastante recientes, aunque en textos de la antigüedad clásica, tanto oriental como occidental, ya se habló de ello.

Freud habló sobre la sexualidad femenina y la cimentó sobre la envidia del pene. Sin embargo, habría que plantearse, a tenor de la inseguridad que la sexualidad femenina genera en el varón (Herrera, 2010), la envidia del clítoris y de la multiorgasmidad femenina que ello despierta en el hombre.

La falocracia nos representa el acto sexual única y exclusivamente desde la perspectiva masculina de la penetración, ya sea vaginal o anal-sodomia.

Efectivamente la única sexualidad que nos plantea la novela es la penetración y siempre bajo esa capa de violencia disfrazada: “Me agarra la cabeza con una mano y la espalda con la otra y se corre con violencia en mi interior” (p. 52).

En la sexualidad heterosexual patriarcal, la mujer debe encontrar el goce solo y exclusivamente en la penetración. Como mucho, el clítoris será estimulado lo suficiente como para que la penetración sea más fácil.

En este esquema patriarcal, el sexo lo es todo y desde luego en la novela queda claramente expuesto: “Con él todo acaba en sexo. El sexo es su mecanismo para gestionarlo todo” (p. 182). La violencia de este tipo de sexualidad compulsivo queda de manifiesto: “su mecanismo habitual para gestionar las cosas: lanzarse sobre mí para follarme sin piedad” (p. 250).

La sexualidad en la novela, aparentemente transgresora por ser prácticas BDSM, en realidad se da dentro de un marco de una relación tradicional. El contrato que Christian propone a Anastasia entronca con la definición del nuevo contrato sexual desarrollado por McRobbie (2007), según el cual, empodera sexualmente a las mujeres aunque, paradójicamente, manteniéndolas en estructuras de subordinación. Y en este sentido, La novela sitúa a Anastasia Steel en una situación paradójica de ser libremente esclava, es decir, amorosamente subordinada y sumisa.

La paradoja es una comunicación doblevinculante, una forma de comunicación esquizofrénica. Bateson (1956) habla de la particularidad de este tipo de comunicación que se basa en el envío de dos mensajes ambos contradictorios ante el cual, el destinatario no tiene salida, pues no tiene posibilidad de ignorarlos. De ahí, la locura como refugio. Harold Searles (2002), psicoanalista y estudioso de la esquizofrenia, en su obra, dice que volver loco es una forma de poder por la cual, la otra persona no pueda existir por sí misma, ni pensar, ni sentir ni desear, acordándose de sí misma y de lo que es propio. De eso trata la novela, de volver loca a la mujer, Anastasia, de confundirla: “Voy rebotando de una cosa a otra, sin comprender, pasándolo mal. Primero me quieres en casa. Después quieres que dirija una empresa. Es todo muy confuso” (p. 192). Esta es la esencia de la perversión narcisista, según la cual, se trataría de volver loco al otro para así no caer uno mismo en la psicosis (Bouchoux, 2016).

Los investigadores de la Escuela de Palo-Alto (Selvini-Palazzoli y col., 1978) han visto en esta forma de comunicación paradójica un vínculo de dominación (Eiguer, 2012). El doble entrabe de la comunicación subvierte el sentido de la misma. Estos mismos autores subrayan que la elección de la pareja se hace según una curiosa lógica: encontrar a alguien difícil que confronte al sujeto a una lucha de poder. Y esto es lo que se evidencia a la perfección en la novela.

Demostrando en qué el doble entrabe es narcisista, Rosolato (1976) ve en el ejercicio del abuso de poder la manifestación de la omnipotencia no solamente en la persona del emisor sino en la del receptor, que devuelve en forma también de doble entrabe, los negativos de la imagen, es decir, la imagen invertida del narcisista, convirtiéndose en cómplice de esta comunicación esquizofrenizante, la cual tiene como finalidad la de impedir alcanzar y elaborar el conflicto interior de la persona narcisista. Esto lo vemos perfectamente bien en cómo Anastasia interpreta idealistamente el comportamiento de Christian durante toda la novela. Anastasia le devuelve, en ese paradójico doble entrabe una imagen de perfección, de superioridad y de fuerza. La perversión está en la utilización de la comunicación no para transmitir información sino para generar un efecto ya sea éste manipular, crear confusión o hacer daño (Bouchoux, 2009).

50 sombras de grey y la violencia simbólica: Mitos

La enculturación en la violencia simbólica y cultural hoy va más allá, deslizándose desde la esfera social hacia la esfera íntima, diciendo a las mujeres y a los hombres cómo deben comportarse también en la cama.

El modelo que esta trilogía propone es que las mujeres deben ser sumisas, complacientes y masoquistas y los hombres como psicópatas, carceleros, violadores y sádicos. Los hombres, en tanto que proveedores, siguen teniendo que aportar fundamentalmente la economía, la cual, debe ser de lujo y deben prometer seguridad, protección. Deben ser aguerridos y conquistadores. En la intimidad, deben ser fríos, distantes, poco amorosos y deben infligir dolor. Deben ser inestables emocionalmente: “¿Cómo puedo saber cómo va a reaccionar con estos cambios de humor?” (p. 298), se pregunta Anastasia.

En la versión masculina, se trata fundamentalmente de un amor inmaduro, infantil, perversamente narcisista y psicopático que rechaza una alteridad autónoma e independiente, que luego se justificará como natural.

En la versión femenina, también se trata de un amor inmaduro e infantil, cuya idealización del otro la vuelve vulnerable e ingenua. Una dependencia del amor en donde el otro, fuertemente idealizado, es aceptado incondicionalmente.

Anastasia no puede amar porque no puede ser ella misma; no puede expresar su esencia puesto que está condenada a ser la caja de resonancia de la voz de Grey, su amo, el cual a su vez, no puede salir de sí mismo, siendo éste constituido por su rol, su imagen: “si, amo” (p. 598).

Ambos personajes forman parte de una relación narcisista complementaria, en donde ninguna de las partes se relaciona con la otra y por lo tanto, son incapaces de amar. Christian y Anastasia son los postmodernos Narciso y Eco, tan grabados a fuego en nuestra cultura. Una cultura destacada por su imposibilidad de amar, es decir, de trascender el ego.

Sin alejarnos tanto en el tiempo, la novela recrea la fantasía del mito de la bella y la bestia, intentándose materializar. Domesticando lo salvaje; el milagro de la transformación de lo salvaje en humano. Recordemos que la condición de Bella es la de una prisionera que reemplaza voluntariamente a su padre para ser condenada. En el mito se activa el arquetipo del huérfano en el personaje de Bella. Aparece la inseguridad y la falta de nutrición. Traiciona sus propios valores, entregándose al enemigo. Hay en este personaje una lucha interior entre el conformismo y la rebelión. El perfecto chivo expiatorio. Bella se ve sometida a la bipolaridad de su captor, la bestia. Bella, gradualmente, logra romper esa dermis exterior dura de la bestia, para ir descubriendo que en realidad es buena. Bella tiene una estrecha relación con el padre y una marcada fría y distante relación con la madre. Bella es una chica conformista que acepta el devenir de la vida sin oponerse. Se presente como buena, en su acepción perversa bautizada como buenismo [1], cuyo sinónimo bien podría ser el de ingenua. La bestia, en realidad, parece tener un origen bondadoso; no nació siendo bestia y por eso se trataría de que vuelva a su estado anterior humano. Lo que se ve en el mito es que ni la bella se muestra obediente ni sumisa al igual que la bestia no posee buenos modales, por lo que en un principio agredirá a la joven y ésta no acatará sus peticiones. Llevada a la gran pantalla, la novela de cincuenta sombras, nos pinta un universo amoroso en donde el psicópata, la bestia, y su complementaria, la bella, se realizan en esa locura a dos folie-à-deux [2], llena de inseguridad, celos, dependencia, posesividad, agresividad, ansiedad, angustia y tensión, combinada con dosis de placer sexual sadomasoquista. Una unión edípica y fusional, patológicamente perfecta de una inocente niña que consigue domesticar al depredador, un psicópata bien integrado, triunfador y con éxito en los negocios. Bueno, al menos lo intenta: “¿Cómo voy a conseguir que se abra un poco más?” (p. 108). Este mito, en tres tomos, nos cuenta un cuento con “final feliz”: la bella, aparentemente, consigue dominar a la bestia. Efectivamente, hacia el final de la trilogía vemos a un Christian cambiado, a un dominante dominado y a una dominada dominante. Aunque siempre se ha dicho que en la práctica sado-masoquista, es la persona masoquista quien realmente controla. ¿O fue así desde el principio?: “… siempre he pensado en Christian como alguien muy fuerte y muy dominante, cuando en realidad es tan frágil… (…) Y lo más irónico es que él me ve a mí como alguien frágil (…). Yo soy fuerte en comparación con él” (p. 300). Incluso parece tomar conciencia de lo que hace y de porqué lo hace, lo que los psicoanalistas llaman “insight”: “Cuando era más joven, Elena era el centro de mi mundo. No había nada que no hiciera por ella. (…) me dio un mecanismo para sobrellevar las cosas que antes no tenía (…) Ella canalizó mi furia (…)” (pp. 569-570). Ser amo, continúa, “me permitía mantener a todo el mundo a distancia, tener el control, mantenerme indiferente (…) No quería que volvieran a herirme. He evitado la intimidad durante tanto tiempo… No sé cómo hacer esto” (pp. 571-572).

Aunque también iremos viendo a lo largo de la novela, cómo Anastasia se irá adaptando a las demandas de él y cediendo hasta perderse: “Voy rebotando de una cosa a otra, sin comprender, pasándolo mal. Primero me quieres en casa. Después quiere que dirija una empresa. Es todo muy confuso. (…) Tienes que dejarme tomar mis propias decisiones, asumir mis propios riesgos y cometer mis propios errores y aprender de ellos. (…) ¿No te das cuenta? Necesito un poco de independencia” (p 192).

El amor en esta novela se plantea como un sentimiento cimentado fundamentalmente en heridas familiares no resueltas que intentan ser suplidas o resarcidas por el amor de pareja, un amor basado en la necesidad… en una relación maternal y paternalista, más que en una de igual a igual. Se trata de un amor construido sobre la posesividad, dependencia, la necesidad y el control: “Te necesito gruñe en voz baja y ronca. (…) Esa necesidad que tiene de mí es tremendamente erótica. Estoy llegando… llegando… y él me está llevando más allá, abrumándome, arrastrándome con él” (p. 90).

El amor romántico de la novela nos recuerda a ese amor medieval de caballero con armadura rescatando a la dama: “Mi caballero de la brillante armadura blanca y negra siempre intentando protegerme” (p. 108). Al fin, un hombre que da al amor el lugar que se merece: “Mi misión en la vida… es mimarla, señora Grey. Y mantenerle segura porque te quiero” (p. 373). Quizás es esto lo que atrae a Anastasia y a muchas mujeres en general, que el hombre considere el amor como algo más importante y fundamental.

Los estereotipos en esta novela son abrumadores. El estereotipo femenino es una mujer joven y bonita, objeto de mirada de los demás, que pretende ser reducida a función de adorno, estimulando su rol pasivo pero fundamentalmente dependiente. Una pasivo-dependencia que provoca en Anastasia una falta de confianza en sí misma y una autodepreciación de sus capacidades y habilidades. A través del relato, observamos el poco tiempo que dedica esta mujer al trabajo y a su propia autorealización. La inmadurez se perpetúa, ya que nuestra protagonista quiere ser protegida y cuidada por su hombre. Pasamos de la dependencia familiar deficiente a la marital, en este caso reincidentemente deficiente; lo que Freud llamaría compulsión a la repetición [3].

Anastasia, casi no tiene tiempo de crear su propio entorno cuando se ve envuelta en la relación, la cual le absorbe prácticamente todo el tiempo, acabando casada y embarazada en poquísimo tiempo.

Una mujer que hace el rol de madre para con su pareja en una irracional aceptación del otro y de su patología: “siempre he pensado en Christian como alguien muy fuerte y muy dominante, cuando en realidad es tan frágil… mi pobre niño perdido” (p 300).

Anastasia encarna la paradoja de la mujer postmoderna pretendiendo conciliar la libertad y la autorrealización por un lado, con la adicción al amor por otro: “necesito establecer un rumbo que nos sirva a ambos. Un rumbo que me permita mantener mi integridad y mi independencia y a la vez seguir siendo lo que soy para él” (p. 300). Misión imposible: no se puede ser lo uno y su contrario. No obstante, nos venden esta utopía como realizable. A pesar de los cambios sociales, la condición femenina no ha podido eliminar las trazas de la dependencia emocional. Ni los valores ni las expectativas han cambiado, tan solo el discurso (Herrera, 2010).

Por otro lado nos vende un hombre, Christian, que desea en lo más profundo de sí mismo una marioneta, una mujer florero, encerrada en casa, prisionera del amor “Pero tú eres un ermitaño (…) Ermitaño, si. Encerrado en tu torre de marfil (…) Nuestra torre de marfil” (p. 131). Un amor centrado exclusivamente en él. Un príncipe que protege y da seguridad. Un conquistador. Un ser inmaduro, adolescente, hedonista. Un proveedor exigente y exitoso. Seductor y perversamente manipulador.

Psicopatía y complementariedad

La novela, en tanto que modelo, representa un peligro de normalización de la conducta psicopática y de la conducta complementaria.

“—Ana, la negación del orgasmo es una práctica estándar en… No acaba la frase (…) El pone los ojos en blanco y se echa hacia atrás de repente, arrastrándome con él para que quedemos los dos tumbados en la cama, yo en sus brazos. El sujetador me resulta incómodo y me lo ajusto un poco (…) ¿Cómo puede ser tan insensible a veces y tan tierno otras? (…) Este hombre me aturde y me confunde. Mi furia me ha abandonado cuando más la necesito… Me siento entumecida (…) ¿Qué voy a hacer con este hombre tan controlador? (…) Nunca haces lo que te digo. Cambias de idea y no me dices dónde estás. Ana, estaba en Nueva York, furioso e impotente. Si hubiera estado en Seatle te habría obligado a volver a casa. –Por eso me estás castigando? (…) yo se que castigarme era lo que pretendía (…) No prometí obedecerte, Christian (…) tienes que aprender a aceptarlo, por favor. Por el bien de los dos. Y yo procuraré tener más en cuenta tus… tendencias controladoras (…) De eso es de lo que va todo esto: de su miedo, un miedo irracional por mi seguridad (pp. 283-284).

Este es quizás uno de los extractos más reveladores de una relación de un psicópata y su complementaria. Sin desperdiciar lo que revela de él, quiero destacar la distorsión cognitiva en la reinterpretación de la manera de ser de él que hace Anastasia al final. No es que él sea así porque es moralmente insano sino que lo hace por su seguridad, interpreta Anastasia. Y aquí está la trampa y cómo la mente de la complementaria deforma la realidad constantemente. Es la perfecta cuadratura del círculo. Hegel, filósofo idealista, en su defensa a ultranza de la razón, según cuenta la leyenda urbana, ante las críticas que recibía por sus ideas, respondió que si la realidad contradecía sus ideas, tanto peor para la realidad (Barbera, 2016). Pues Anastasia hace algo así. Si los hechos dicen que Christian se comporta como un psicópata y lo es, tanto peor para los hechos. Ella los reinterpreta, inventándose toda una realidad para conservar su teoría tanto sobre él como sobre el amor.

Tenemos todos los ingredientes de la psicopatía integrada servidos en la novela, propagados cual modelo ideal que nos enseña cómo comportarnos en pareja.

La cosificación del otro, es la principal característica del psicópata (Marietán, 1998) y ese proceso queda bastante claro en la novela: Grey lo reconoce “He convertido a las mujeres en objetos durante mucho tiempo” (p. 86). Ante esta revelación Anastasia, continua: “Y te parece que hacerme fotos sería… convertirme en un objeto a mí también?” (p. 86). El fenómeno de la cosificación consiste en quitarle los atributos de persona y considerarla así una cosa, un medio para lograr algo. Es la forma de distanciarse emocionalmente que tiene el psicópata que le permite tener una visión fría sobre la psicología de la otra persona. Así puede ver los entresijos de la psiquis de la pareja, al igual que un técnico desarma un ordenador con nula afectividad (Marietán, 2008). Esta manera de cosificar no es un mero mecanismo de defensa inconsciente, es una manera de ser, de estar en el mundo. En este sentido, en la realidad, nunca tomará conciencia de ello.

La mujer se erige en tanto que complementaria de esa pareja psicopática, desde el momento en que se somete “voluntaria y libremente” a ese sentimiento disfrazado de seducción, sexualidad perversa y enamoramiento (Marietán, 2008). Tanto Grey como Anastasia forma una pareja “perfectamente complementaria”, que parece unirlos un extraño vínculo hecho de heridas psicológicas y luchas de poder.

Grey tiene muchos problemas psicológicos, destacando la impulsividad, la furia o ira, la baja tolerancia a la frustración, la megalomanía, el personalismo, la inmadurez, la necesidad de control y de posesión. Una persona en definitiva muy herida sin conciencia de ello. Es una persona fría, con falta de escrúpulos: “Nunca te prometí juego limpio en lo que a ti respecta” (p. 180). También destacamos su carencia de habilidades emocionales: “No sé cómo gestionar estos (…) sentimientos” (p. 248) o “No sé cómo gestionar toda esta ira” (p. 267).

Se trata de una relación abusiva en toda regla ya que incluye acoso, aislamiento, falta de respeto, intimidación, manipulación, violencia verbal, psicológica y emocional. El aislamiento se refleja un poco durante toda la novela quedando desvelado en ciertos momentos: “Podríamos hacerlo más a menudo, si dejaras de trabajar” (p. 609). Llega incluso al insulto cuando se entera de que Anastasia está embarazada: “¿Cómo puedes ser tan estúpida? (…) grita (…)” (p. 471). Christian tiene dificultades para controlar su ira y gestiona mal su frustración: “Creo que está intentando controlar su ira, pero obviamente pierde la batalla (…) Christian, por favor, no me grites (…) su reacción ha sido exagerada” (pp. 471-472-473).

Lo mismo podríamos decir de Anastasia quien también presenta heridas emocionales importantes.

Una relación, la primera para Anastasia, altamente estresante, llena de tensión, adrenalina, altos y bajos, inestabilidad emocional. Anastasia se siente amenazada en su integridad y busca en todo momento evitar el enfado de su pareja: “¿Se va a enfadar o de verdad quiere saberlo? No quiero ponerle de mal humor… se pone imposible cuando está de mal humor” (p. 157). Una persona poco comunicativa, tímida, además de poco asertiva, pues le cuesta decir no. Su padre fallece en combate siendo ella bebé. Su madre fracasa en los continuos negocios que emprende y se casa varias veces. Anastasia tiene como padre al segundo marido de su madre. De hecho, lleva su apellido. A él le debe gran parte de su equilibrio emocional. Una chica tradicional a quien no le gusta ser el centro de atención. Insegura. Con baja autoestima. Idealista, ha dedicado mucho tiempo a leer y se ha forjado unos ideales romanescos con expectativas elevadas. No solamente no se considera digna de ser amada, sino que además observamos su autoexigencia y perfeccionismo. Se insinúa sutilmente el posible trastorno alimenticio. También se pone de manifiesto la tendencia obsesiva de nuestra protagonista.

Anastasia piensa como tantas y tantas mujeres (y también hombres) complementarias de psicópatas, que son la causa del mal humor de sus parejas. El sentimiento de culpabilidad, una especie de omnipotencia invertida. Se creen tan importantes que son la causa de todo lo que les ocurre a sus parejas. Habitada por una neurótica culpabilidad, se cree la causante de la ira y de otras emociones de él y por lo tanto, cree que debe aplacarla: “intenta aplacar su crispación” (p. 169).

Su identidad se ve amenazada en todo momento y sus tímidos límites se ven vulnerados. Nadie con los antecedentes de Anastasia es “libre” de elegir una relación BDSM. Su pasado le condiciona demasiado.

Se trata de una relación asimétrica, disfuncional, dependiente y abusiva con la parafilia del sadomasoquismo.

Los dos tienen algo en común: el abandonismo. Esto es lo que los une fundamentalmente. El miedo fóbico al abandono en ambos, será el fondo sobre el cual se construya esta pareja narcisista, complementaria.

Los trazos psicopáticos de Grey, aunque suavizados y minimizados por estar enfocados desde la perspectiva romanesca del amor, se evidencian a lo largo de todo el texto: “Las palabras del doctor Flynn resuenan en mi cabeza: “emocionalmente, Cristian es un adolescente” (p. 57). Una manera suave de hablar de inmadurez: “Pero ahora eres adulto. Tienes que crecer, enfrentarte a las cosas y dejar de comportarte como un adolescente irritante” (p. 489). Por ello es un ejemplo novelesco de amor romántico. Pero el grueso no puede evitarse. Así, vemos en Christian la característica bifronte de la que habla Marietán (2008) de estas personas: “Es como acostarse con dos hombres diferentes: el Cristian furioso y el Cristian dulce” (p. 60). Por un lado, un aspecto socialmente amable, solícita, agradable. Un tipo bien educado. Y por otro lado, un ser despótico, tirano, frío, cruel, vengativo. Esta bifrontalidad se pone de manifiesto durante toda la novela: “Puede ser tan perfecto a veces y tan insoportable otras…” (p. 185). A lo largo de la misma veremos como Christian va minando la autoestima de su complementaria, esculpiendo todos los valores de ésta hasta eliminarlos progresivamente, y convertirse en un ser dependiente y a merced de la persona psicópata. Le quita su dignidad: Está bien. Lo voy a hacer por él. Para darle la seguridad que sigue necesitando” (p. 194). Es un proceso gradual, lento pero constante, del cual la persona complementaria no es consciente. Solo el entorno de la complementaria se va dando cuenta de un cambio –a peor- progresivo. Por ello, en parte, la persona psicópata va aislando a su complementaria, de tal manera que sea la persona psicópata su único referente.

La disonancia cognitiva propia de parejas complementarias de psicópatas se ve bastante bien reflejada por momentos: “¿Cómo puede ser tan insensible a veces y tan tierno otras? Este hombre me aturde y me confunde. Mi furia me ha abandonado cuando más la necesito… Me siento entumecida…. ¡Qué voy a hacer con este hombre tan controlador? ¿Aprender a dejarle que me controle?” (p. 283).

La poca autonomía que muestra Anastasia es interpretada por Grey como rebeldía y tomada muy a personal, típico en la personalidad de un maltratador: “Nunca haces lo que te digo. Cambias de idea y no me dices dónde está” (p. 283). Y por supuesto, de una manera paternalista, la castiga por esa rebeldía: “¿Por eso me estás castigando?… castigarme era lo que pretendía” (p. 283). Ante esta toma de conciencia, llama la atención la reacción de Grey, típicamente psicópata: “El ríe burlón” (p. 283).

En la novela, queda claro que ambos pretenden cambiar al otro. Grey ha dedicado toda su vida emocional a cosificar: “He convertido a las mujeres en objetos durante mucho tiempo” (p. 86). Christian pretende que su mujer sea su sumisa y haga lo que él ha pensado para ella y, parcialmente, lo consigue. Esta lucha parece constituir la esencia del matrimonio y del amor, en definitiva.

Por otro lado, Anastasia pretende la domesticación de Grey y parcialmente lo consigue. Lo que aumenta también la megalomanía de ésta, trazo eminentemente narcisista: “Oh, cuánto ha cambiado su humor… Me alegra saber que he sido yo quien ha logrado ese cambio” (p. 198). Anastasia quiere que su rana se convierta en príncipe. Y de alguna manera, lo que nos cuenta la novela es que mágicamente, gracias a la pócima del amor, efectivamente el salvaje se domestica bastante y la rebelde se somete también bastante.

Vemos que en Anastasia se encarna la profunda y terrible tensión entre ser ella misma y ser para otro (amor). Ella intenta plantear un tipo de relación, negociarla incluso, en donde haya cabida para estas dos partes irreconciliables por contradictorias, pero él no acepta. El establece una relación de poder de tipo paternalista y por supuesto dominante: “Solo quiero darte todo lo del mundo, Ana, cualquier cosa, todo lo que quieras. Y Salvarte de todo también. Mantenerte a salvo. Pero también quiero que todo el mundo sepa que eres mía” (p. 192).

La persona complementaria del psicópata, en lugar de huir, intenta comprender, entrar en la mente de su psicópata particular: “Le observo intentando comprenderle, intentando entender cómo ese hombre puede pasar en un abrir y cerrar de ojos de ser un obseso del control rabioso a ser un amante seductor” (pp. 291-292). En este sentido, deja claro la atracción que muchas mujeres sienten por este tipo de hombres frágiles: “No solo estoy encandilada por el atractivo de su preciosa cara y de su cuerpo; es lo que hay debajo de la perfección, su alma frágil y herida, lo que me atrae, lo que me acerca a él” (p. 70).

En la novela vemos que el amor y Christian pretenden anular a Anastasia: Tengo una tonelada de trabajo que hacer tras tres semanas de vacaciones. Su mirada sigue siendo fría y calculadora… distante incluso (…) Tengo que conseguir que lo entienda, explicarle las razones de mi decisión” (p. 169). Es todo un proceso de despersonalización: “con mi esposa descarriada (…) ¡ Esposa descarriada! ¡ Ni soy una descarriada ni soy uno de sus activos!” (p. 172), de desintegración identitaria: “quiero seguir manteniendo mi apellido de soltera aquí” (p. 165).

Vemos un fenómeno que ocurre en estas parejas. El psicópata utiliza habitualmente, y a lo largo de la novela lo vemos como una constante, el hacer de una situación nimia un grave problema y estar sobre esta situación muchas horas incluso. A partir de un hecho mínimo, superficial, banal, la persona psicópata lo convierte en un hecho importante y luego en un problema, para finalizar con todo un acoso sobre el detalle en cuestión: “su tendencia al acoso llevada hasta el extremo” (p. 169). La complementaria se empeña en entrar en ese diálogo interminable para aplacarlo, para hacerle entender: “Tengo que conseguir que lo entienda, explicarle las razones de mi decisión” (p. 169). Un ejemplo revelador de esta dinámica la tenemos es la discusión generada alrededor de la cuestión de la autonomía de Anastasia en cuanto al trabajo y al apellido. Anastasia quiere conservar su apellido de soltera en el trabajo y quiere llegar por sus propios medios. Pero Christian no lo encaja y no para hasta provocar la escalada: “¿Por qué es tan importante para ti? Le pregunto desesperada por intentar aplacar su crispación” (p. 169). Este comportamiento suele ser muy típico en las personas complementarias de las personas psicópatas, las cuales, a su vez, suelen ser monotemáticas y repetitivas hasta conseguir lo que quieren y de la manera que quieren. No paran. Son reiterativas.

Marietán (2008) menciona como una de las características de las personas complementarias en la relación con un psicópata su tendencia al aburrimiento con personas normales. La complementaria evita el aburrimiento y la monotonía afectiva que el varón “bueno” podría ofrecerle: “Vaya… la vida nunca va a ser aburrida con Christian y estoy comprometida con esto a largo plazo” (p. 599).

El psicópata aparece como una “tormenta afectiva” (Marietán, 2008), lo cual parece conmocionar a la complementaria. Al principio lo relaciona fuertemente a lo sexual. Luego emerge la “montaña rusa”, es decir, los altos y bajos emocionalmente intensos.

El psicópata necesita generar y descargar adrenalina y lo consigue a través de estas estrategias provocativas: ¿Yo te asfixio? (…) No…sí… no. Qué conversación más irritante. Y además es algo que preferiría no tener que hablar aquí. (…) Estamos hablando de mi apellido. Quiero mantener mi apellido porque quiero marcar una distancia entre tú y yo” (p. 171). Vive en una permanente y constante tensión: “Ya te lo he dicho, acabarás muriendo antes de los cuarenta si mantienes ese nivel de ansiedad” (p. 364). La persona psicópata es experta en mantener tensión, en generar expectativas y crear incertidumbres: “¿De qué va esto? ¿Peleas? ¿Fantasías? ¿Me vas a hacer daño?” (p. 355).

Una conquista… conquista fálica hecha de sexo y amor. Aquí entra en juego la penetración no sólo literal sino simbólicamente. El se hace con la empresa de ella, de modo que se convierte en su jefe: “Si no hubiera interferido, yo podría seguir con normalidad mi vida” (p. 169). Porque el dominio tiene que ser total. Y para el dominio, se utiliza la penetración sexual como arma fundamental aunque no la única. El dinero es otra de las principales armas; una herramienta más de dominio.

El psicópata es fundamentalmente posesivo, no celoso: “Entonces quiere poseer cosas (…) Si nena. A ti, para empezar (…) Quiero merecer poseerlas, pero sí, en el fondo es eso” (p. 635). Y la complementaria es una cosa que le pertenece, su cosa y por eso la controla tanto: “Quiero que todo el mundo sepa que eres mía” (p. 170). Una especie de marcaje territorial propio de las especies animales, particularmente en los depredadores.

En la novela es constante el tema del control: “su obsesión por el control” (p. 169). Quiere que su cosa, su objeto, esté haciendo lo que él quiere que haga, cuando él lo quiera y cómo él lo quiera: “Quiero que tu mundo empiece y acabe conmigo” (p. 170). Evidentemente la imagen que nos viene es la de un niño de teta quien no es capaz de distinguir su mundo del mundo del otro. Y en esto reside el narcisismo: “Ana, es que te quiero para mí solo. No quiero compartirte (…) Quiero ser el centro de tu universo, al menos por un tiempo” (pp. 575-576). Anastasia lo ve: “Y la imagen que me viene a la mente es la de un niño pequeño asustado” (p. 170). Anastasia, como buena complementaria de psicópata, ve más o menos todo: “Ya estoy harta de este comportamiento displicente, arrogante y muy infantil” (p. 177). De hecho, nos va desvelando el carácter de Christian en multitud de párrafos: “La siguiente vez que venga a verme, pida una cita par que al menos pueda prepararme con antelación para su megalomanía dominante de adolescente” (p. 176). En todos estos comentarios, también vemos una cierta tolerancia maternal hacia él. Como persona inteligente que es, se da cuenta de aspectos de él más sin embargo, no parece ser consciente de estar con un psicópata integrado. No solo no puede salir de la telaraña, sino que se va metiendo cada vez más. Emocionalmente parece atrapada. Esos intentos de comprenderlo no hacen sino sumergirla progresivamente, porque de alguna manera lo va aceptando: “Lo observo intentando comprenderle, intentando entender cómo ese hombre puede pasar en un abrir y cerrar de ojos de ser un obseso del control rabioso a un amante seductor” (pp. 391-392). Tampoco podemos decir que es del todo inconsciente. Anastasia, va aumentando su umbral de tolerancia hasta convertir en aceptable algo absolutamente inaceptable. Y ello, por el miedo al abandono. Christian de alguna manera, promete que siempre estará ahí presente para ella. Y a su manera, así lo hace. Esa promesa de presencia para siempre, amor, parece ser generadora de una gran seguridad, por la cual Anastasia está dispuesta a pagar el precio de su identidad. Christian está para ella y todos esos mecanismos de control y posesividad son sospechosamente interpretados como signos de cuánto amor le profesa. Marietán (2008) al respecto habla del fenómeno de la doma. Hay una habituación a lo negativo; hacer normal lo anormal. El dominio total, la mente, el alma de la persona complementaria dirá Iñaqui Piñuel (2015). Uno de los aspectos en donde se evidencia muy bien esta doma es en la batalla que se desencadena porque Anastasia quiere mantener su apellido Y es que, a pesar de tanta lucha y aparente rebeldía, Anastasia acabará cediendo: “¡Si eso significa tanto para ti, me cambiaré el apellido!” (p. 174). Christian lo premedita todo en general, planteando la relación como una guerra en la que tiene que ganar: “Misión cumplida” (p. 174). Responde cuando consigue que Anastasia ceda.

Christian siempre va un poco más allá en su demanda; nunca es suficiente. Anastasia no debe tener vida propia, debe vivir como satélite para él: “Ah, y en los próximos días tengo un montón de compromisos sociales relacionados con los negocios y quiero que me acompañes” (p. 175). Por supuesto, Anastasia vuelve a ceder: Vale digo completamente desconcertada, perpleja y asombrada” (p. 175). Y la batalla sigue durante toda la novela: “Creo que me tiene en situación de desventaja (…) ya me tienes donde querías tenerme” (p. 355).

El amor que plantea es un amor fusional en el que él es el centro, dios, principio y fin del otro: “quiero que tu mundo empiece y acabe conmigo” (p. 170). Amor satelital, patología o perversión amorosa que ocurre cuando un miembro de la pareja funciona a modo de satélite de la otra persona. Hay un corrimiento del eje propio. Se trata de acomodarse forzadamente en lo ajeno, escondiendo la propia y auténtica personalidad (Coria, 2005). Se trata de un amor regresivo, en el sentido psicoanalítico del término, según el cual, hay una involución a estados anteriores del desarrollo. Anastasia, por momentos, lo ve y por ello, de vez en cuando, emerge en ella esa necesidad de distancia, de cordura propia en una relación sana. Este alejamiento parece formar parte del ciclo de la complementaria, como lo explica Marietán (2008). Cuando ésta se harta, huye, se aleja el tiempo suficiente como armar su vida en consonancia a sus propios parámetros. Posteriormente, cometen el error, continúa explicando este autor, de dialogar con el psicópata, cayendo de nuevo en el circuito psicopático.

El amor que ofrece la persona psicópata está disfrazado de buenas intenciones. Una cosa es lo que dice y otra opuesta, lo que hace: “Me gusta cuidar de ti. Eso es lo que quiero hacer siempre. susurra con aparente tranquilidad, pero sus ojos le traicionan cuando una chispa de triunfo se enciende en sus profundidades grises. Es como si hubiera ganado algún campeonato mundial” (pp. 353-354).

El juego de poder se evidencia a lo largo de toda la relación: “De hecho, traerte por la fuerza a la cama es una fantasía que tengo (…) sería mejor si opusieras más resistencia” (p. 355). De esto trata la relación: de doblegar.

Narcisismo perverso: El núcleo de la novela

En la novela vemos fundamentalmente las primeras fases de conquista clásicas de psicópatas y perversos narcisistas, a saber seducción e invasión (Chapaux-Morelli y Couder, 2010). No veremos la fase de destrucción, que comienza con el sufrimiento consciente de la víctima, cómplice o complementaria. El ideal cae y tanto el psicópata como el perverso narcisista, en esta fase, revelan claramente sin ocultarlos aspectos negativos de su personalidad Si bien vemos que Anastasia Steel se va dando cuenta de algunas señales, éstas todavía son reinterpretadas para preservar lo ideal.

La fase de seducción se platea sobre todo en la primera parte de la trilogía: “Y me doy cuenta de que este es su juego: la lenta seducción de su esposa” (p. 274). Una seducción particular: “dirigiéndose a una parte profunda y oscura de mi mente que solo él conoce” (p. 203).

La fase de invasión se plantea en la segunda y tercera parte. Una fase caracterizada por hacerse indispensable e invadir la vida de ella a la vez que la aísla y aleja de lo que es ella y ama. La vida en común marca en general, el comienzo del encierro (Chapaux-Morelli y Couder, 2010), algo que empezamos a ver claramente en esta última parte de la novela.

En cuanto a la sexualidad, propia de un interprete y al parecer propia de perversos narcisistas (Chapaux-Morelli y Couder, 2010), se trata de una sexualidad que arrastra al otro hacia un torbellino sensual. Estos autores explican que los perversos narcisistas, se empeñan en hacer que sus parejas traspasen sus límites en el plano sexual, conduciéndoles a prácticas nuevas para ella, que a su vez ella considerará como variantes atractivas de una sexualidad plena y normal. En la novela se ve claramente que la práctica BDSM no es un práctica que Anastasia quiere pero acaba por ceder. Bajo las apariencias de normalidad, Christian llevará a anastasia más allá del horizonte sexual hasta llegar a ser demasiado: demasiado impuesto, demasiado fuerte, demasiado violento: “Me agarra los dos tobillos y me empuja hacia atrás hasta que caigo de espaldas sobre la cama. Las esposas me obligan a mantener las piernas dobladas y me aprietan la carne si tiro de ellas. Tiene razón, se me clavan casi hasta el punto del dolor (…) quiero retorcerme, pero no puedo. No tengo la posibilidad de mover las caderas. Mis pies están suspendidos en el aire. No puedo moverme (…) Esto va a ser duro… No tenía ni idea (…) Intenta calmarme (…) Christian… le suplico, y siento su sonrisa triunfante contra mi piel (…) Oh… por favor (…) ¡Oh! ¡Christian, por favor! (…) ¡Christian! (…) lloriqueo. Por favor (…) Vuelve a hacer ese círculo en mi interior, ignorando mi suplica (…) Christian (…) Por favor, Christian (…) se me llenan los ojos de lágrimas” (pp. 49-50-51 y 52). En estas páginas se ve perfectamente el rechazo hacia esta sexualidad; rechazo que es ignorado.

Quizás podamos mejor entender la perversión como la forma erótica del odio (Stoller, 1978); algo que se ve claramente en Christian. Para este autor, los elementos principales que provocan la excitación en la perversión son el riesgo, la venganza, el desafío y el triunfo: “Esto no es amor. Es venganza” (p. 281). Añade, que si estas formas son fácilmente identificables en formas violentas de perversión, también están en el corazón de formas aparentemente no violentas de la perversión como la pornografía y ciertas formas de prostitución, entre otras (Stoller, 1978). Lo esencial de la perversión parece estar constituido por el deseo de la potencia fruto del odio, de la dominación aplastante del objeto (Eiguer, 2012).

Narciso busca la admiración a través del reflejo del otro, sea este otro cosa o persona. Anastasia, al igual que Eco, refleja la perfección de su narciso. Y Christian admira todo aquello que le hace admirable. Ante todo, se desea a sí mismo… es amante y amado a la vez. Christian, como buen narciso, necesita su espejo. No desea. Así aborda el amor a Anastasia, a través de una demanda de confirmación de ser un ser admirable. Anastasia es su reflejo humano.

Conclusión

Engels señaló que la explotación de la mujer por el hombre es el origen de todas las demás explotaciones y Fabretti afirma que es el fundamento de nuestra cultura y de casi todas a lo largo de la historia.

En este marco, resulta difícil sino imposible, conciliar la relación amorosa con el sometimiento si no es a través del mito del amor. Para Fabretti esto es posible gracias a dos metonimias que implican la reducción del amor a un estricto sentido erótico, y la identificación del objeto amoroso con el sentimiento mismo. Gracias a esta doble metonimia el autor se explica que las personas establezcan este tipo de relación con bases insuficientes, que en el marco cultural patriarcal resulta tan difícil como traumática. Para este autor, el aspecto filial subyace en el afecto erótico, afecto compulsivo por recuperar el paraíso perdido y en este sentido, un amor infantil y regresivo que se niega a aceptar la separación irreversible, la alteridad autónoma. La perversión del amor quizás sea más visible teniendo en cuenta la frágil línea entre este y el odio, anverso y reverso de la compulsión amorosa. Los aspectos negativos del amor subrayados frecuentemente como accidentales y erráticos, quizás hay que considerarlos como aspectos intrínsecos del amor entendido como una forma de alienación.

Por todo lo expuesto, es fácilmente constatable toda una amalgama de patologías en el amor, considerado por Fabretti como un trastorno afectivo sexual de naturaleza ideológica.

Notas

1. Corriente de pensamiento que se caracteriza por la negación de la existencia del mal. Corriente espectral que va incluyendo muchas modas (mindfulness, coaching, inteligencia emocional, neurociencia), estrechamente asociadas al “managment”, que está siendo promulgada por la industria de la felicidad. Se trata de hacer desaparecer las patologías. En definitiva: “la manipulación del mal consiste en convencer al mundo de que no existe”.

2. Folie-à-deux o también trastorno psicótico compartido, sucede cuando los delirios son compartidos. Término introducido por Laségue y Falret, pero propuesto anteriomente, 1899, por Hoffman. En este tipo de locura, un miembro de la pareja es considerado como el elemento activo, el que crea e impone progresivamente el delirio y el segundo miembro, considerado como elemento pasivo, aunque al principio resiste, sufre la presión, creándose así el delirio común. En el caso de la novela, podríamos hablar de delirio no psicótico o psicopatía, formándose el delirio de grandeza común que será asumido por Anastasia, convirtiéndose así en complementaria.

3. Proceso inconsciente por el cual el sujeto se mete repetidamente en situaciones penosas; repite una y otra vez experiencias antiguas.

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