Apuntes para una arqueología del terapeuta

Alberto Sanen Luna
Psicoanalista, catedrático de la Universidad Insurgentes. Adscrito al Hospital Psiquiátrico Infantil “Dr. Juan N. Navarro” (México)

Nuestro recorrido da inicio a partir de algunos cuestionamientos que prácticamente son reservados para el resguardo histórico de la memoria, a saber, para la construcción mitológica de un quehacer, de un lugar y de un sujeto. La aniquilación del intercambio con el pasado se  instaura como defensa al nuevo descubrimiento del mismo y a la de-construcción posible, es una manera de perpetuar un equívoco y de soportar una invención. Es por ello que paulatinamente vamos siendo poseedores de respuestas rápidas, automáticas para ser exactos, a los problemas que un quehacer conlleva. Quiénes son los terapeutas, cómo se logra serlo, cómo son producidos, de dónde parten y  si acaso ese lugar existe, son tan sólo la antesala a diversas  respuestas, no siempre alentadoras.

El problema de una génesis [1] del terapeuta establece un recorrido que debe deslizarse a considerar la apreciación global, aunque carente en todo momento, de la realidad y la construcción y constitución de artilugios que el sujeto crea para lograr una aproximación a la realidad de lo que le rodea y de sí mismo. En este punto sabemos que el establecimiento de mitos y teorías tiene como entraña el vacío, el terror y la angustia.

Debemos señalar que no desconocemos el intento de situar e incluso equiparar al terapeuta con la figura del chaman o el médico brujo; es un trabajo que busca dimensionar globalmente un origen y situar un quehacer en todas las culturas, pero tan solo reditúa en un trabajo superficial. Debemos acotar que el mundo occidental tan sólo le toma como referente de legitimación y no como antecedente serio, muy al contrario hay que insistir en que la tendencia generalizada ha sido en los diversos circuitos del saber la eliminación sistemática de posturas  que no emanen de los denominados grandes centros del saber. [2]

Por otra parte, el camino que nos marca una determinada “tradición” académica del origen del terapeuta encuentra su pivote en la constitución mítica del Oráculo de Delfos; en un primer instante dicha equiparación alcanza para hacer una ubicación geográfica del quehacer y del sujeto en el territorio del “nacimiento del saber”, a la par establece correlaciones con la figura, mágica, sabia, poseedora de un conocimiento por encima de los otros, tanto de si como de los demás, con la capacidad de encontrar y vislumbrar los mas escondidos pasajes del sujeto y de prevenirlo para con su futuro.

Sin embargo son justamente esas correlaciones arbitrarias las que expulsan al terapeuta de la imagen misma, es decir, al oráculo al cual se acudía a obtener respuestas devenidas de un conocimiento superior y mágico, el oráculo predecía el acontecer, estaba en un camino intermedio entre lo que era y lo que seria, lo que los hombres decidieran poco importaba ya que el destino estaba escrito, a saber, no solo predecía sino que pre-decía lo ya dicho.

A la par que da cuenta de lo anterior debemos de observarle como un claro esfuerzo por parte del conocimiento occidental de aproximarse a lo que él mismo ha denominado la cuna del conocimiento. Es un artículo de poder y  las disciplinas “psi” no podrían quedar a un lado de ello en su intención constante  o, quizás, su pretensión eterna de ser una ciencia.

Por otra parte en la contemporalidad del Oráculo, bajo incluso la misma denominación socio-cultural griega es factible ubicar, por vía de los textos de Filón de Alejandría a un “oscuro y enigmático grupo en la periferia entre la cultura helenística y la cultura hebraica, llamada los Therapeutae, y marcado por su religiosidad. Se trataba de una comunidad austera, consagrada a la lectura a la meditación conciliadora, a la oración individual y colectiva y a las reuniones y banquetes espirituales.” (Foucault, 1997).

Existe en la descripción anterior un desvanecimiento de dos posiciones específicas; la que le acercaba a un origen sagrado que le colocaba en la cercanía a los dioses con las capacidades extra-humanas, la mirada omnipresente e omnisapiente y la segunda, la restricción del brillo sagrado.

Observamos la cercanía a una dimensión religiosa en los términos laicos de la palabra, la religión como un religarse con el otro y con uno mismo, la devoción al estudio fuera del determinismo escolástico, sino en su justa apreciación como campo global de la otredad, un sujeto dedicado por tanto al estudio, diríamos, general del acontecer y no reducido a la técnica, insertado en el campo de la cultura.

Esa cierta religiosidad, al momento de la aparición cristiana  tiende a ser encasillada como un acto constreñido por las paredes de la institución eclesiástica; los therapeutae se desvanecerán para dar paso a una figura novedosa que logrará agrupar la omnipotencia y omnisapiencia con el estudio detenido. Fecundo campo de poder que se inclina  a regir el actuar, ético, moral y afectivo,  los denominados directores de conciencia harán su aparición para permanecer  casi setecientos años en la vida pública y privada de los sujetos.

Dicho “Director de conciencia”, bajo su premisa propenderá  a establecer un interrogatorio preciso y puntual para acceder a los deseos y voluntades de quienes acuden o son enviados a él. Si bien requerirá de la confesión como medio, no es ubicable como el confesor, no proviene de él un racimo de castigos sino toda una serie de directrices para adecuar y controlar las emanaciones internas atribuidas e mayor medida al mal encarnado en nosotros.

En su quehacer y su aproximación podemos distinguir sin mucho esfuerzo ciertas trazas de lo que venimos perfilando: el terapeuta. Su manera de organizar su pensar sobre el otro, estará sujeta a  ese examen “que es en parte oral y en parte mudo” (Foucault, 2000) es una incipiente instrumentalización de la semiología que hoy día conocemos; las instrucciones para ello se registran en varios textos de directrices y de aprendizaje —quizás deberíamos decir de especialización del sacerdote como director—. En ellos se dice puntualmente “será preciso, sin decir nada, observar su comportamiento, su vestimenta, sus gestos, sus actitudes, el tono de su voz…” Con el director, deberán tratar seminaristas y otros, en “el deseo que todos deben tener de progresar en su perfección […] tratarán con él lo que se refiere su avance en la virtud, la manera en que se comporta con el prójimo y en las acciones exteriores. También trataran con ellos lo que respecta a su persona y a su fuero íntimo.” (Foucault, 2000).

El director, inmerso en la dinámica económico-política donde se juega institución-iglesia, tendrá a su cargo el cuidado del enfermo y el sufriente, pero a la vez deberá castigar bajo las premisas de la penitencia, la justa observancia a la palabra de “dios” y de su representante, y  todo aquello que atente contra el orden. De esta manera la voluptuosidad del cuerpo, con su dimensión erótica, las marcas de la lepra  como indicio de maldad, los actos que trastocan el orden y van en contra de la figura del rey (designado por) dios, se constituyen como elementos de juicio. [3]

En ellos encontramos algunas afinidades con las postulaciones teóricas, las lecturas de los modernos clínicos referentes a la erotización, la seducción, el oposicionismo y el desafío, etc.

Esta presencia divinizada que ejercerá la labor clínica, entendiendo a esta como un saber hacer en el lecho del enfermo, tendrá un relevo en la naciente figura del médico de lo mental, siendo este último indispensable para el replanteamiento de la ruptura del poder, la separación estado-iglesia de la cual emergerá una nueva era hegemónica, el cuidado de los hombres, ahora material de trabajo y próximo medio de producción deberá estar bajo la tutela del Estado.

En este punto surgirán grandes figuras que serán captadas por el imaginario de la época. Será en Salpetriere, la antigua fábrica de la sal, que dará inicio la mirada “moderna” y “humanista” de un cierto quehacer y de un agente  u operador. Tendremos en el lienzo donde Pinel libera a las locas, del maestro Robert-Fleury de 1882, constatan nuestro decir.

En él observamos un médico que captura la atención a su paso y que en un acto, justo y ecuánime, libertario y fraternal como señala la República, logra liberar al fin a la enferma, cuya postura corporal, recuerda los grandes estados de éxtasis que atravesaron las santas y las reconvenidas por dios; la figura del médico por el desplazamiento ha sido investida por el halo divino. Ahora, la divinidad y el saber, pero también, el conocimiento y la humanidad son localizadas en un mismo sujeto, todas estas “cualidades” se pretenderán conservar, de manera flagrante algunas y veladas otras tantas. [4]

Encontramos la duplicación y repetición de dicha escena y motivos en varias de las obras que enmarcan el quehacer artístico referente al “arte médico” de la época; compartirán dicha condición Esquirol, Baillarger y otros hasta que llegue el turno a Jean Martín-Charcot. La imagen “moderna” tendrá ya no sólo como espectadores cautivados a los enfermos como en el caso de Pinel, sino que serán los asistentes, médicos, filósofos, pedagogos e incluso psicólogos los nuevos capturados por el embrujo de la mirada. El terapeuta moderno será tomado por la imagen de un “deber ser”, preciso, justo y sabio, con control sobre lo que se suscita, con plena planeación, tal como en una obra teatral, de lo que se desarrolla en el escenario. [5]

Se logra desprender de ello esa determinación que acompaña a la enseñanza moderna que alude a controlar la sesión y dirigir la cura, donde se da la reducción del sujeto enfermo a objeto de uso y de placer. Lo central en el cuadro de Charcot, es él mismo; lo central en sus intervenciones será también así. Los terapeutas que emergerán de ello tendrán como marca de origen una proximidad con estos planteamientos.

Trascienden dos grandes nombres, uno mas conocido que otro; por una parte el Profesor Freud y a su sombra el señor Janet [6], dos líneas de pensamiento con origen similar, pero que se alejarán en su modus operandi y por tanto en las operaciones representativas y representacionales que el entramado social se haga de ellos.

El campo  de origen en este punto se bifurca, y tan sólo por una operación de fama, es como se elige un punto de partida, en tanto que Janet, optase por su análisis psicológico y la perspectiva de perdida y déficit, sustentando su trabajo por vía de la medición ya abordada por su maestro Ribot. Freud por su parte, cercano a Brentano y otros filósofos subvertirá el campo removiendo los escombros  internos del sujeto, el inconsciente será  la punta de lanza del conocimiento.

Esta justa entre hermanos tiene otros efectos. Los nacientes psicoanalistas se ubican en el lado de lo psíquico, del aparato psíquico, del inconsciente y el Ello como dueños de la casa y desde el punto ético de la doxa ignorancia y la supuesta neutralidad; es decir, el analista, no sabe que sucede con su paciente, asume que no puede comprender nada de esa vida por qué carece de haberla vivido y por tanto las impresiones del sujeto no le pertenecen, con ello también acepta que no tiene el poder de curar, sino la capacidad de enunciar el discurso del inconsciente y punto, el resto, depende del sujeto.

Por el lado de Janet, apegado a lo cuantificable, lo aprehensible, alineado con los paradigmas del “saber científico” en gestación, estarán las mediciones, las pruebas, la ética sustentada en un “yo se lo que te sucede, tengo el conocimiento para saberlo.” Recuerda dicha organización el discurso positivista de Comte tan caro a la subjetividad.

La emergencia de cada método conlleva la instauración de parámetros específicos para la construcción del terapeuta. Por una parte el camino de Freud permite pensar a  los “legos”, a saber, los no médicos en el campo de la psicoterapia. En su proceder debe de estar incluido el trabajo profundo dentro de si, la reflexión constante, la apertura casi religiosa al campo del saber del otro. Con Janet la regulación implica que sólo algunos cuantos puedan y deban acceder al campo del terapeuta, se reorganiza la psique en campos parcelarios, competencias de algunos cuantos y la tekne, este arte, cobra su actual uso de mera técnica, repetición y manufactura.

El imaginario artístico cobrará conciencia de las diferencias radicales e inconciliables que  gestan y agitan  el momento histórico posterior a la guerra, la exaltación de la imagen, la apreciación de la vida  y el anhelo de control de la misma para articular la angustia desatada y por el otro lado, el retorno al simbolismo y al mito y al pensamiento como única vía profunda de desenfado del sujeto.

El surrealismo se internará en ambas vías, no para trabajarles sino para anunciarlas y anunciarnos lo que se agita en las figuras, para ilustrarnos que siempre somos ignorantes del otro. Específicamente con Renè Magritte podemos comprender algo de las trazas genealógicas de nuestro objeto.

Existe entre la producción de Magritte dos cuadros específicos [7]; el más conocido, El terapeuta. Un bastón puede hacernos pensar que, aun cuando puede ser leído como un elemento fálico, no se encuentra hacia arriba, es hacia abajo, en función ortopédica, de sostén, ya sea por el cansancio, ya sea porque solo así con un algo más se puede andar por la vida. Su bolso, grande para lograr transportar todo  lo que aquellos que le visitan llevan; una jaula abierta donde puede entrar y salir un ave, dispara nuestras asociaciones, motiva a la construcción del discurso y por tanto a la aparición del inconsciente, nos muestra las entrañas mismas de la representación del  terapeuta, mas sabe que mostrar la imagen de la cosa no es la cosa misma, en todo caso intuye Magritte que la cosa es inmostrable, eso mismo intuye el analista. Un sombrero de paja, sombrero de sotti, de loco, de neuf de foi. En fin, toda la imagen de Magritte es un cuerpo fuera del sentido común de las palabras.

Por otra parte un lienzo menos conocido asegura diversos derroteros del significante. En el cuadro designado bajo el nombre de El psicólogo encontramos alguien de carne, un ser corporal, sosteniendo una postura que hace pensar en el mito de narciso, donde pareciera exclamar su admiración por sí mismo. [8]

El campo, terreno de conflicto, tendrá  los siguientes años un desarrollo nunca antes visto. Los encuentros y desencuentros en cuanto a quiénes y cómo son los terapeutas alcanzarán dimensiones aterradoras; cualquier intervención tenderá a ser considerada en si mismo terapéutica y por vía del deslizamiento y la pérdida del rigor del significante, la clínica como acontecer, será ahora puesta al servicio de la estética, entendiendo a ésta también con un relajamiento, la encargada de velar ya no por lo bello o lo sublime sino por lo bonito.

Para responder a la diversidad, el campo del terapeuta se verá reglamentado en todo orden. La instrucción será determinante, los previos a serlo encuentran  su legitimación en si mismos, dando por resultado  lo que los sujetos inmersos en el campo puedan —a condición de cumplir con los requerimientos técnicos y teóricos— acceder al campo del terapeuta, a saber, sólo tras el “adiestramiento” dirigido se podrá ser un terapeuta, produciendo la fantasía que es el título y la carrera lo que soporta un quehacer.

Dicha especialización, no puede ni debe, ser observada fuera del campo de la nueva institución regulativa del saber. La Universidad, centro de almacenamiento y acopio de erudición y conocimiento, validará la emergencia de los nuevos terapeutas, avalando un saber, que en todo caso es como señala Maud Mannoni, es “un saber que no se sabe”.

A la par de ello se tendera a “cientifizar las disciplinas” sobre todo aquellas que debiesen de ser ciencias del hombre,  a expulsarle de inicio para estar acordes con un parcelario pensar; de allí se desprende un cierto terapeuta, este sujeto moderno, incuestionable e irreflexivo, técnico de la salud mental, que inicia a su recorrido por vía del simulacro de la enfermedad, y su encumbramiento de salud.

Notas

[1] Consideramos génesis a partir de genealogía, esta última en el sentido que le atribuye Nietzsche en su Genealogía de la Moral.
[2] Estos grandes centros del saber que imaginariamente colocaron el conocimiento y su cuna en el mundo helénico, han desplazado en la actualidad su epicentro a las Ciudades universitarias.
[3] El cuerpo se constituye en receptáculo y habitáculo del “mal” y el director de conciencia, como después en cierta medida el terapeuta, creerá en la cruzada que emprende para curar y sanar de los “males” a quienes acuden a él.
[4] Cabe señalar que si bien partimos del lienzo de Fleury de 1882, este no es el primer trabajo artístico sobre la figura de Pinel, quien le representa por primera ocasión será Muller en 1840. La distancia entre ambas representaciones es que en el segundo se ve al alienista liberando a un anciano, la locura y la vejez, pero en el segundo en auge de los cimientos victorianos, él mismo medico de lo mental libera a la locura encarnada en una mujer.
[5] Véase la lección clínica en La Salpetriere, lienzo de Brouillet de 1887.
[6] Para mayores detalles de dicha situación remitimos al lector al libro de Jacques Maitre, Una célebre desconocida, editorial Epele.
[7] Magritte, El terapeuta en cualquiera de las versiones que realiza el autor, por ejemplo el denominado Número tres de 1967 y El psicólogo, lienzo atribuido a los primeros años del pintor.
[8] Característico del intento narcisista de re-situarse por encima del resto de los sujetos para evitar vislumbrar sus faltas y carencias.

Referencias bibliográficas

FOUCAULT, M. (2000): Los anormales. México: FCE.
FOUCAULT, M. (1997): Las tecnologías del Yo. España: Paidós.