Attila József, o una lucidez desesperada

Rafael Ojeda

Hace cien años nació Attila József, poeta cuya vida reproduce el período más doloroso y mustio de la historia húngara. Tal vez por ello aún resulte un enigma cómo la fatalidad, el abandono y la desprotección pueden habernos dejado versos tan bellos, que discurren en ese tránsito espectral de Eros, Pathos y Thánatos, pero no como sintomatologías freudianas sino en un plano esencial en el que todo, hasta lo más amargo, adquiere inusitadas cuotas de dulzura.

Una suerte de Modigliani de la poesía, un Maiakovski sombrío o un Villon comprometido y defensor de causas perdidas, en el que convergen exacerbados el fervor político, las pulsiones de creación y de muerte. Donde los estigmas de la primera gran guerra, la pobreza y el acecho del fascismo, marcarían su obra y breve destino personal, como el símbolo más sensible de su generación trágica, en una Europa que enloquecería prontamente. Y cuya precocidad lo llevará a publicar sus primeros poemas en la principal revista literaria de Hungría, Nyugat (Occidente), cuando tenía apenas 16 años.

Mas, hablar de precocidad en la poesía, nos refiere frecuentemente a la irreverente y genial figura de Arthur Rimbaud, la cohorte simbolista y la Comuna de París, haciéndonos olvidar a otros, como Thomas Chatterton, aquel niño inglés que a los 16 había escrito los poemas de Rowley, haciéndolos pasar por manuscritos del siglo XV, y que repudiado tras descubrirse el engaño, fue arrastrado por todos desde la miseria hacia el suicidio, cuando tenía tan solo 18 años, escribiendo en su poema Despedidas: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño, / Rechazaron a puntapiés al niño que divulgó / viejas acusaciones, / Y que por querer aprender pagó con una fama vacía” (…) “No permitas que me equivoque. / Ten misericordia, Cielo, cuando deje de vivir. / Y perdonen este último acto de miseria”.

Desde muy niño Attila dio muestras de inusitada inteligencia. Ya a los 12 años había escrito sus primeros poemas, y pese a la pobreza, el infortunio y los trastornos de la pubertad, que habían afectado su mente llevándolo a intentar quitarse la vida en varias ocasiones, fue un estudiante brillante. En su Currículum vitae, escrito en febrero de 1937 para un banco en el que solicitara trabajo, relata: “Al terminar el sexto grado abandoné el liceo y el internado, pues en mi aislamiento me sentía desocupado, no estudiaba, pues me sabía la lección tan pronto el profesor la explicaba”, había aprobado el examen de séptimo y octavo grado de una sola vez terminando la escuela rápidamente.

Poeta proletario lo llamaron. Nació un 11 de abril de 1905, en un suburbio obrero y miserable de Budapest, Ferencváros, lugar en cuya estación de niño robaba madera y carbón para calentarse y salvar del frío a su madre y dos hermanas. Su padre, un jabonero medio rumano medio székely —habitante de Transilvania, de cultura húngara—, abandonó a su familia cuando József tenía apenas tres años. Fue declarado huérfano por la asistencia pública, que lo envió a Öcsöd, pueblo de las llanuras de Hungría donde fue criado por campesinos y tuvo que trabajar cuidando cerdos —como lo hacían los niños pobres del campo para sobrevivir—  hasta los 7 años; edad en la que su madre Borbála Pöcze llega a dicha ciudad para rescatarlo y llevarlo a estudiar a Budapest.

Borbála hacía trabajos domésticos para mantener a sus hijos, pero la pobreza y el terrible «ciempiés» del cáncer le devoró el vientre, matándola durante la navidad de 1919. “Mi madre era menuda y murió pronto / porque todas las lavanderas mueren pronto / la carga hace temblar sus piernas / y la cabeza les duele de planchar” (…) “De tanto lavar su espalda se encorvó / yo no sabía que era tan joven / en su sueño llevaba un limpio delantal”. Esta vez el asilo de huérfanos elegiría como su tutor a su cuñado. Más tarde tuvo que partir a ciudad de Makó, donde pudo obtener una plaza de estudio gratuita. Tenía 17 años cuando apareció su primer libro, El mendigo de la belleza, “me consideraron un niño prodigio, y sin embargo no era sino un huérfano”, escribió en su Currículum Vitae.

Pero él, un ortodoxo de religión, fue perseguido y acusado de haber blasfemado contra Dios en un poema. El Tribunal Supremo lo absolvió, pero eso no pudo evitar que los versos de Corazón puro, escrito a los 17 años, le valieran el odio de un profesor suyo, quien le dijera que mientras él viviese, jamás sería profesor de liceo: “a un hombre que escribe tales cosas nosotros no le podemos confiar la educación de generaciones futuras”. Entonces, fue expulsado de Universidad de Szeged, pero, no obstante ello, el público aclamará el poema, considerándolo una suerte de manifiesto de la generación de posguerra en Europa Central. Y el crítico Pál Ignotus —hijo del fundador de Nyugat, revista forjadora de la nueva literatura magyar en torno a los emblemáticos Ady, Babits y Kassák—, lo presentará después como modelo para la nueva poesía.

El poema en versión de Alberto Bixio, traductor de la Autobiografía de Koestler aquí citada, reza: “No tengo Dios, no tengo rey / mi madre nunca usó anillo, / no tengo choza ni lugar donde morir, / no doy besos no tengo amante. // Durante tres días mastiqué mi pulgar / por falta de un mendrugo de pan. / Aunque tengo veinte años y soy fuerte y sano, / mis veinte años están en venta // Si nadie quiere comprarlos, / el demonio tiene derecho a hacer su oferta: / entonces, usando de mi sentido común, / robaré y mataré inocentemente. // Hasta que me cuelguen alto de una cuerda, y yazga en la bendita tierra…, / Y crezcan venenosas hierbas / desde mi corazón sencillo y puro”.  Ni en sus visiones más sombrías y apocalípticas, Attila sacrifica la frescura ni la pureza ni el lirismo salvaje característicos de algunos poemas suyos: “La opresión, como una bandada de buitres, / convierte en carroña los corazones; / y la miseria se escurre por todo el globo, como saliva por el rostro de un idiota”. Algo también sensible en la aterradora retórica de los versos de No soy yo quien grita: “¡Cuidado! ¡Cuidado¡ ¡El diablo ha enloquecido! /Escóndete en el fondo limpio de los manantiales, fúndete al cristal de la ventana, / ocúltate tras los fuegos de los diamantes, / bajo las piedras, entre los insectos, / escóndete en el pan recién salido del horno. / Oh, Tú, pobre, mi pobre. / Con el fresco aguacero fíltrate en la tierra. / En vano hundes tu rostro en ti mismo, sólo podrás lavarlo en otro rostro…”

Pero, tras esa violencia profética presente en sus mayores textos juveniles, hay un vacío ontológico que lo acosa, una desolación que irá agudizándose con el paso de los años, y se concretará en la imagen glaciar de los versos de Sin esperanza: “Mi corazón sentado en la rama de la nada / su pequeño cuerpo estremece silencioso”; en la invocación existencialista de Resurge en la corriente: “Asústame Dios mío, / Necesito de tu ira. / Resurge en la corriente, / que no te arrastre el curso de la nada” o en el tono lírico de Quizás desaparezca prontamente: “Quizás como la huella en el bosque de la fiera / desaparezca un día / Y mis procesiones se esfumen / con el viento”.

A partir de 1925, año en el que aparece su segundo libro, No soy yo quien grita, pese a su miseria y constantes quiebres de salud —aunque la pobreza lo acompañará a lo largo de toda su vida—, Attila viaja a Viena, donde estudia, vende periódicos y hace la limpieza en una academia húngara del lugar para subsistir. Luego será profesor particular, y gracias a una beca financiada por un barón mecenas de las letras húngaras, partirá a París, donde estudiará en la Sorbona, y conocerá, entre otros, a Tristán Tzara. Para regresar luego a Budapest, y estudiar en la facultad, evitando los exámenes de profesorado, debido a la amenaza de aquel profesor que le impedirían dedicarse a la docencia. En 1929 publica No tengo padre ni madre, volumen de rasgos surrealistas heredados de su experiencia parisina reciente.

Arthur Koestler, quien con Andor Németh, lo conocieran cuando Attila tenía 27 años, y viera en él a un intelectual apasionado por discutir incansablemente hasta las tres o cuatro de la mañana, a “un perfecto acróbata de la dialéctica” que permanentemente estaba huyendo de la poesía para dar en lo cerebral y de lo cerebral para dar en la poesía, lo describe así en su Autobiografía: “rostro alargado, de frente amplia, ojos serenos y pardos y rasgos regulares, tranquilos (…) en su aspecto sereno nada indicaba que había estado varios meses en un manicomio, enfermo de desilusión y que se encaminaba a un fin trágico” (…) “A decir verdad, en la época de nuestra amistad era un hombre perfectamente normal, salvo sus obsesiones intelectuales. Entre éstas últimas las dominantes eran el psicoanálisis y la dialéctica hegelianomarxista”. Creía que lo que le confería carácter a la poesía última de József, era esa milagrosa conjunción de lo intelectual y lo melancólico: “… sus poemas más complejos y cerebrales, sus poemas marxistas y freudianos, suenan como canciones folklóricas y a veces hasta como canciones de cuna; “la ideología está completamente disuelta en la música. El ritmo de Attila casi siempre se traduce automáticamente en canto”.

Su producción poética intensa pero desigual, es una concreción de influencias surrealistas, expresionistas, baladas del folklore húngaro, y de una estética obrerista distante del realismo socialista vigente en su época. Su estilo casi autobiográfico, intimista y políticamente comprometido, reside en una luctuosa y dulce originalidad, que lo hace descollar sobre sus coetáneos. Es decir, en ese talento para hacer de lo horroroso imágenes sublimes, envolviendo lo irrelevante, lo cotidiano, en fuertes dosis de ternura. Algo que asume niveles paradigmáticos en los siguientes versos: “Bella es la noche. Duerme tranquila, dulcemente. / Mis vecinos se acuestan. / Los adoquinadores caminaron a paso lento. / Lejos la piedra resonaba pura, / y el martillo / y la calle, / y ahora hay este silencio. / Hace tiempo que no te veo. // Tus brazos laboriosos son tan frescos / como este río del gran silencio / que no murmura y se aleja lentamente, / tan lentamente que a su lado se duermen los árboles, / y luego los peces / y yo me quedo solo, solo. // Estoy cansado de tanto trabajar, / También voy a dormirme. / Duerme tranquila, dulcemente. / Seguramente tú estás triste, / y por eso estoy triste también. // Hay silencio. / Ahora las flores nos perdonan”.

Tampoco estuvo distante de las angustias de otros pueblos. Durante un tiempo trabajaría en una traducción de una comedia de Lope de Vega que quedaría inconclusa, pero su poesía, como la de muchos otros poetas de su generación, tuvo resonancias de la Guerra Civil Española, directamente en los versos de Epitafio de un labriego español, que en palabras de Fayad Jamís dicen: “Franco, el general, me enroló, feroz soldado, en sus filas. / Temí ser fusilado. No era posible huir. / Temí: luché con él contra la libertad, contra el derecho / tras los muros de Irún. Y así también me halló la muerte”.

Al aparecer en 1931, Abate el capitalismo, no te quejes, el libro es censurado por su carácter político. Attila formó parte activa de aquella efervescencia política y revolucionaria que recorría la Europa de su tiempo, lo que hizo que él, un lector de Marx y Freud —aunque Koestler diría que murió víctima de ambos—, se afiliara al clandestino partido comunista húngaro, del que será expulsado por la facción sectaria de éste en 1933, que vio peligrosa su tendencia trotskista. En tanto él, un socialista puro que detestaba “el de Stalin con la pasión de un jacobino”, un revolucionario con el corazón destrozado y más dolido aún por la miseria de su patria y la amenaza mundial del fascismo, nunca se alejará emocionalmente de sus antiguos camaradas: “Abajo el capitalismo / ¡Carne y poder a los obreros!”. “Se agitan los imperios capitalistas, / rechinan sus colmillos que desgarran al mundo”. “!Anda poesía, participa en la lucha de clases! / ¡Iras ascendiendo junto con la masa!”.

En una Antología de la poesía húngara, publicada en 1981, Éva Tóth, desde una lectura afectada de visiones ideológicas y asonante con la canonización post morten que los comunistas húngaros hicieran de él; lo presenta como representante de rango mundial de la nueva clase obrera: “József recorre, pues, la escala entera de la «miseria nacional», el hambre y la esquizofrenia (…) los conflictos y frustraciones de raíz individual y social, son analizados por él en poemas tan musicales que a veces presentan la sencillez de una canción popular. Su poesía de amor es única y novedosa por la pureza hímnica y la determinación biológica y social”, con esa conclusión en extremo determinista, Éva identifica en su desafortunada vida, el génesis de la genial obra de József, y su poética, “que moviliza como consignas combativas, cual coro de recitadores obreros, y lo llevan a elaborar síntesis socio históricas que lo elevan a la cima de la poesía filosófica húngara”. Sin embargo, en vida fue mal visto e incomprendido por sus compañeros de partido, que criticaron su poesía por su pesimismo y ser insuficientemente de agitación, siendo paulatinamente puesto de lado y marginado, siendo excluido también de la delegación húngara que asistió al Congreso de Escritores Soviéticos, de 1935, realizado en Moscú, asistiendo en su lugar el poeta Gyula Illyés.

Sus últimos libros serán Noche de arrabal (1932), Danza del oso (1934) y Duele mucho (1936). Y para eso Attila ya había roto con la gente de Nyugat. Es posible que la belleza extraordinaria de su última poesía haya surgido de la búsqueda de salvación en la palabra, que al final le fue insuficiente, y que debido al morbo congregado en torno a su trágico fin, muchos críticos tengan especial predilección por este período en el que descubren una complejidad simbólica depurada y una intensidad inédita hasta entonces en József y en la poesía contemporánea, en esa simbiosis de lo intelectual y lo lírico, de lo ideológico y lo amoroso. Pero, contra eso diré que él no buscaba redención en la poesía, sino en la vida real. Por ello, quitándole dramatismo al asunto, escribirá: “Sí soy poeta, ¿pero a mí qué puede interesarme la poesía en sí misma? No sería tan bello si la estrella del río nocturno subiese al cielo…”

El volumen de publicación póstuma, Flora amor mío, de cartas y poemas que escribiera durante sus últimos meses de vida, y el texto sobre la enfermedad de Attila que su neurólogo Robert Bak publicara en 1937, en Szép Szó (Argumento) —revista literaria de tendencia radical e izquierdista, fundada en 1936, en la que József trabajó como redactor durante aquella época—, tiene algunos indicios para aquellos que quieran indagar y saciar su con obsesión necrófila, en torno a las evidencias sicológicas que expliquen el por qué de su decisión fatal. En uno de sus últimos poemas escrito cuando aún bregaba con el psicoanálisis, para no caer en la locura, se plasma claramente lo planteado por el autor de El Cero y el infinito, como una nueva rama de la poesía, creada por Attila: la canción popular de contenido freudiano, El Pecado: “Parece que soy un lóbrego pecador, / pero gracias a ti, me siento bien. / Sin embargo, me preocupa saber por qué / ese pecado siendo mío, me elude (…) Les digo, pues: una vez maté a un hombre, / era mi padre, según yo creo. / Ante mis ojos corrió su sangre roja, / en una noche de coagulada tinta. // Por Dios que lo ataqué con un cuchillo; / —somos humanos, después de todo, / y en cambio nos corroerá el diente del asesinato—, / y, apuñalado como lo fue, cayó. (…) Acaso mi pecado sea una mancha infantil / Y, en verdad, nada peor; / y pronto el mundo volverá a encogerse / y yo volveré a montar en mi caballo de juguete. // Dios me deja indiferente; el diablo también; / no fueron ellos los que me hicieron. / Un día descifraré mis pecados, / y toda la humanidad me ayudará”.

Su vida sentimental estuvo marcada por la desilusión, el desengaño y los amores no correspondidos. Había amado a Martha Vágo, pero su familia burguesa se opuso al matrimonio. En 1930 conoce a Judit Szántó, y con el amor de ella parece alcanzar el equilibrio emocional, pero todo se viene abajo al intentar envenenarse ésta, atormentándolo y afectando su frágil psicología. La historia nos dice que dos seres así sólo pueden hacerse daño. Sus posteriores desencuentros amorosos tendrán una explicación indesligable de su estado mental ante el avance de la esquizofrenia: “¡amadme con vehemencia, ahuyentad mi enorme dolor!”, escribe.

Rechazado por sus camaradas, acorralado por la pobreza, el desamor, la soledad y la locura, buscará desesperadamente una razón para asirse a la lucidez, aferrarse a la cordura. Mas pese a las constantes adversidades Attila resistirá, pues tenía la piel dura debido a los constantes sacrificios, carencias y ausencias que tuvo que sufrir desde niño, pero en esos últimos años, todas las adversidades eran agentes detonantes: “En esta época, no obstante, la suerte me golpeó de modo tan imprevisto que por más endurecido que yo estuviese, no lo pude soportar”. Sus fuertes depresiones, y el pavor a la locura harán que en 1935, fuera hospitalizado experiencia que lo llevará a escribir: “Siento que mis ojos saltan de la cabeza. Si me vuelvo loco, por favor, no me hagan daño. Simplemente atráiganme con sus manos fuertes”.

Tal vez, un acercamiento a su última poesía nos pueda dar indicios de sus batallas interiores, de sus esfuerzos por escapar de aquel hoyo de angustia en el que se estaba sumiendo, donde los versos fluyen a manera de exorcismos lingüísticos. En la intensidad intimista de Duele mucho, podemos hallar algunos síntomas: “De la muerte / que te acecha por dentro y por fuera / (asustado ratón en tu agujero), / huyes apasionado / hacia aquella que amas/ para que te proteja / con brazos, rodillas y senos”. Quizás esto explique por qué durante sus últimos años se enamoraba tan rápidamente de las mujeres que conocía. Durante su tratamiento con la doctora Edit Gyömrői, se enamora de ella, quien tras rechazarlo, interrumpirá las sesiones psicológicas a fines de 1936. “Pero mira: hubo una mujer / que comprendía estas palabras, / y no obstante me echó de su lado. // Así pues, no tengo lugar / entre los vivos. La cabeza me zumba; / mi dolor, mi ansiedad, son como un enredo // soy como un niño que, / dejado solo por sus padres / agita la sonaja entre sus dedos”.

Esa exacerbada necesidad de cariño y protección, tal vez —como lo proponen algunos estudios— sea achacable a la temprana muerte de su madre, pero en él se percibe esa necesidad mayor de aferrarse a algo que le impida naufragar en el océano de la demencia, sentando sus esperanzas de ser purificado y redimido por el amor. De allí sus invocaciones desesperadas, de un tenebrismo conmovedor: “¡Socorredme! / chiquillos, que cuando ella pase, / revienten vuestros ojos puros. // ¡Inocentes¡ / chillad como si os pisoteasen / y decidle: / ¡duele mucho! // ¡Perros fieles! / caed bajo las ruedas / y ladradle: ¡duele mucho! // Mujeres encinta, / abortad y lloradle / retorcidas: ¡duele mucho! (…) Peces mudos, morded / el anzuelo bajo el agua helada y boqueadle: ¡duele mucho! // Y vosotros, vivientes, / conmovidos por el dolor, / que ardan vuestros techos y surcos, // y, en torno de su lecho, / calcinados, mascullad conmigo / mientras ella duerme: ¡duele mucho! // Que mientras viva lo escuche. / Ha rechazado lo mejor de sí misma. / Por su comodidad despojó en este mundo // al viviente que huye / por dentro y por fuera, / del último refugio”.

Durante el último año, sus crisis se harán más frecuentes. Y en febrero de 1937, en una de esas terapias psicológicas, conocerá a Flora Kozmutza, especialista en pedagogía rehabilitativa, de quien se enamorará inmediatamente, pero tampoco será correspondido. A ella le dedicará sus últimos poemas de amor afectados también por sus ansias de libertad y de un mundo nuevo. Algunos versos, con desenlace a la manera de Apollinaire en la traducción del cubano Fayad Jamis, dicen: “Te necesito, Flora, como el campo requiere / escuela y luz eléctrica y un pozo en la sábana. / Como el niño al juguete y al pecho que lo quiere / y todos los obreros a la conciencia humana. / Igual que necesitan los pobres de este mundo / la virtud y la audacia, tú me haces falta. Flora, / tal como necesita este caos profundo / una razón ardiente que instale aquí la aurora”.

Es probable que las ausencias, la pobreza y la mala alimentación, hayan ido mermando paulatinamente su cuerpo y salud mental, y lo arrastraran a terminarlo todo. Y quizás también porque esos deseos de evasión fueron recurrentes a lo largo de su vida, había intentado suicidarse desde muy niño. La primera vez fue a los nueve años, tragándose una barra de almidón que pensaba era venenosa. Luego, ya adolescente, se tendería en las vías de un tren que extrañamente no llegaba a la hora de siempre. Y al salirle al encuentro, caminando sobre las rieles, se enteraría de que a un kilómetro y medio del lugar, el tren que debía venir por él, había arrollado a otra persona: “El tren encendido de sol ha rodado / ante mi umbral indiferente. / Vete, / las huellas de tus pies / ya no hacen daño”.

Desde entonces, la idea de que alguien murió en su lugar lo acompañará como fogonazos recurrentes, convirtiendo la imagen de esos trenes de mercancías transitando a gran velocidad, en una de sus amargas obsesiones. Hasta que un 3 de diciembre de 1937, luego de haber pasado algunas semanas en una clínica para enfermos mentales, ser dado de alta y puesto al cuidado de sus hermanas debido a una aparente mejoría, aquella imagen fantasmal de vagones rugiendo a toda marcha se concretará, y será arrollado en una estación cercana al lago de Balatonszárszó. Y con ello nacerá la leyenda del poeta trágico y comprometido, del “Suicidado por la sociedad”, como escribiera Artaud refiriéndose a Van Gogh.

Después, hasta Flora —que se casará en 1939 con el poeta Gyula Illyés—, publicará en 1985, un libro titulado Los últimos meses de Attila József. Illyés confesará luego, en un artículo en memoria suya publicado en la revista Nyugat: “Fuimos contemporáneos, compañeros, camaradas, sin embargo el destino, casi con intención cruel, ha echado tantos contrastes atormentadores entre nosotros”. Luis La Hoz, cuenta que el poeta Luis Hernández, traductor de los poemas de József que integran aquella antología de poetas suicidas suya, de título pavesiano, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, tenía un especial entusiasmo al trabajar en ellos. Hernández había estado una noche en el mismo lugar en el que József se había matado, y, tal vez tratándose de una macabra imitación, el peruano hará lo mismo en 1977, arrojándose al paso de un tren en marcha, en Buenos Aires. El poema Sin trabajo, en la traducción de Luis Hernández, adquiere una musicalidad sobrecogedora: “Soy un ave a quien las alas han fallado. / Hace dieciocho meses que sobrevivo. // En las más profundas grietas del mercado. / Traté de volar entre las sucias canastas y las cajas. // Al tomar en el puño los férreos cables del Danubio. / Me encontré las manos de un asesino. // Intenté vender libros pero no vi oportunidad ni en Shaw, ni Cocteau, ni en Barbuse, ni en Zola. // Hambrientos comerciantes del dorado grano/ vi quebrarse. // No tengo sopa, ni pan y ahí permanezco. / Durmiendo por las noches en un banco, en el pasto de los ángeles”.

Arthur Koestler relata este penoso final con una imagen estremecedora —tal vez análoga a la del atormentado Vincent cortándose la oreja—: “Al aproximarse a la estación el tren comenzó a marchar lentamente. Attila corrió, pasó por debajo de la barrera, se arrodilló junto a las vías y mientras el tren aumentaba su velocidad, puso el brazo derecho sobre un riel en el intervalo del paso de dos vagones. Posteriormente hubo de encontrarse aquel brazo, limpiamente cercenado, a alguna distancia del destrozado cuerpo. Pocos días después de la muerte de Attila, su familia halló en una gaveta una camisa a la cual se le había cortado la manga derecha con unas tijeras. El complejo de culpa, por lo visto, le había inspirado la idea de que debía amputarse el brazo derecho; y cuando lo hizo, el tren «clamando por más presa», arrastró el resto del cuero bajo las ruedas. Quien anunció la muerte del poeta a sus hermanas fue el idiota de la aldea, que lo hizo entre risitas y balbuceos”.

Aquella última crisis encontrará a Attila, con un complejo de culpa que pretenderá expurgar, y al intentar hacerlo, tal vez no como un intento de suicidio como habíamos pensado hasta ahora, será arrastrado por la muerte. Y con ese tren se irá al poeta más importante de la patria del Nobel, Imre Kertész, de Endre Ady o László Nagy.

Por gentileza de voltairenet.org