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El fenómeno de la infidelidad: trauma y estrés postraumático

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica

Este artículo es continuación de Fenomenología de la infidelidad: anatomía de un engaño, ya publicado en epsys.

Resumen

En este artículo se pone de relieve el dolor y el sufrimiento consecuencia de la infidelidad, en un contexto sociocultural que, de manera contradictoria, pretende primar el amor romántico, una construcción patológica dado que genera ilusiones, distorsionando e idealizando la relación amorosa. Relación fuera de la realidad, engañosa pero anhelada por la esperanza que porta. En una sociedad postmoderna en donde los vínculos y las relaciones están siendo sustituidas por redes y contactos superficiales, la fidelidad puede resultar paradójica, aunque deseada y requerida. Hay verdaderas y reales dificultades para poner fin a las relaciones y, como consecuencia, se quiere y pretende superar la infidelidad. La fidelidad se entiende como un contrato consensuado de exclusividad y la infidelidad se define como la violación y traición de ese contrato. Traición vivenciada por muchas personas como traumática y los síntomas que éstas presentan, coinciden con los síntomas descritos en el diagnóstico de estrés postraumático.

Palabras clave: fidelidad, infidelidad, amor romántico, construcción sociocultural, dolor, sufrimiento, resentimiento, trauma, estrés postraumático.

Abstract

This article would like to emphasize the pain and the suffering result of infidelity, in a socicultural context that, somewhat contradictorily, it aims to prioritize romatic love, a pathological construction, since it generates illusions, distorting and idealizing the love relationships. Relathionships outside of reality, misleading but desired because of hope. In a post-modern society in which bonds and relationships are beeing replaced by social networks and casual relationships, the fidelity can result a desired and yearned paradoxe. There are real and truly difficulties to finish the relationships and, as a result, people want to overcome the infidelity. The fidelity is understandood as consensual ad exclusiveness contract and then, infidelity is understood as a violation and betrayal of this contract. Betrayal lived by many people like a trauma and the symptoms that they presents, seems to correspond to the postraumatic stres disorder.

Keywords: fidelity, infidelity, romantic love, sociocultural construct, pain, suffering, resentment, anger, trauma, posttraumatic stress disorder.

Introducción

La infidelidad es una de las principales razones de separación en las parejas, si no la principal causa de divorcios. Genera daños psicológicos que perduran en el tiempo y provoca trastornos psicológicos como ansiedad, trastornos somatoformes o psicosomáticos y enfermedades mentales como la depresión.

La infidelidad genera múltiples problemas que van más allá de la pareja, afectando incluso a la progenitura. En este sentido, provoca daños irreparables que se prolongan en el tiempo, y a menudo, envuelve en una guerra sin fin, tomando a los vástagos como rehenes.

No obstante, a pesar de los destrozos que la infidelidad causa y el enorme coste económico y emocional en que deriva, nos encontramos con poca literatura científica al respecto, aunque es un motivo importante de consulta, tanto individual como de pareja.

La infidelidad, si no tabú, parece constituir un evento ambiguo en nuestros tiempos, ya que no se le ha dado un espacio de conocimiento digno. Si bien la ciencia no le ha dado el lugar que socialmente parece tener, si se ha tratado en la esfera artística, alcanzando una amplia presencia en disciplinas como la literatura y el cine.

Aunque la infidelidad no puede constituir una categoría diagnóstica, urge tomar en serio toda la sintomatología que provoca, fundamentalmente en la persona que la sufre. En este sentido, el presente artículo ofrece una descripción fenomenológica de las consecuencias en personas que sufren –y han sufrido– la infidelidad, a partir de la sintomatología clínica, y tratará de circunscribirlo en una categoría diagnóstica ampliamente conocida como es el estrés postraumático, dada las similitudes encontradas.

No obstante, precediendo la exposición fenomenológica, además de definirla, situaremos la infidelidad dentro de un contexto cultural concreto; la monogamia en el amor romántico del siglo XXI.

El amor romántico, una construcción sociocultural en regresión

La concepción del amor en los tiempos actuales se basa en el amor romántico, un amor-droga que cubre los anhelos de acabar con el doloroso sentimiento de una insoportable soledad alienante y nos conecta a un placer total, a una fusión espiritual – además de carnal– con el otro (Herrera, 2010). En este sentido, en la época de derrumbe de todas las utopías políticas y religiosas, la utopía amorosa cobra un protagonismo hasta cierto punto de vista justificado. Prácticamente el tejido social está roto, se han acabado las solidaridades, las comunidades y la familia extensa. El único y último reducto o bastión es la familia nuclear (Lasch, 1996) cuya base es la pareja.

En consecuencia, podríamos decir que el amor romántico, que surge en el siglo XI con los trovadores provenzales, ha evolucionado hasta convertirse en una individualizada “utopía emocional colectiva” (Herrera, 2010, p. 78). Es, por lo tanto, un “producto cultural occidental” (Ibid, 77) globalizado.

Paradójicamente, el amor romántico tiene muy poco, al parecer, de romántico pues “es un producto mítico que posee… una dimensión cultural que tiene unas implicaciones políticas y económicas” (Ibid, p. 76) fundamentalmente de dominación porque, entre otras funciones, tiene el deber de ejercer un control social (Gutman, 2012). No debemos olvidar que el amor romántico se trata de un contrato social que enarbola un estilo de vida, una forma de ser y estar en el mundo según el cual, estamos incompletos si no estamos en pareja. El amor romántico se plantea, se vende y se compra como un estado civil ideal. El amor romántico como industria: “la mitificación de las relaciones de pareja como una utopía emocional colectiva”(Herrera, 2010, p. 78). El capitalismo necesita de la familia nuclear basada en el amor romántico que significa, por definición, “hasta que la muerte nos separe”. Se trata de una unidad de consumidores, que también acabará –si no lo está ya– cayendo en crisis al igual que todos los paradigmas, fundamentalmente porque el propio amor, también se ha transformado en industria.

La cultura líquida postmoderna en la que nos movemos en este siglo, destruye todo lo concerniente a los vínculos, siendo estos sustituidos por redes en las cuales las relaciones son superficiales. No son tiempos de compromiso sino de relaciones de bolsillo como dice Catherine Jarvie (Bauman, 2006). Y la cultura en la que estamos inmersos, justamente promueve lo contrario a los requisitos de una amor maduro y comprometido: consumidores impulsivos, poco reflexivos sin capacidad crítica, enajenados, angustiados, solos, autómatas, narcisistas, inmaduros, infantiles, sin capacidad reflexiva, sin memoria. Una estructura social y cultural que fomenta la dominación masculina sobre la femenina a través de la violencia en todos sus ámbitos.

En lo que al amor y la fidelidad concierne, la cultura patriarcal, según hechos, parece ser contraria a la monogamia (Pittman, 1994). Por un lado, entendemos –y se nos vende– el amor romántico como un amor cimentado sobre un contrato que, entre otras “cláusulas” estipula la monogamia como la base de la pareja. El contrato amoroso se basa fundamentalmente en la fidelidad. Se trata de un contrato de exclusividad sexual. En otras palabras, el amor romántico es fundamentalmente monógamo. Dicha manera de amar, parece tener que ver con el cuidado, el darse, generar crecimiento de aquello que amamos. Requiere “cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento” (Fromm, 2004, p. 34). Así, el amor –romántico o no– requiere de una madurez emocional y por lo tanto, debe haber un aprendizaje. Erich Fromm (Ibid) nos dirá que amar es un arte que “requiere conocimiento y esfuerzo” (p. 13). Y para ello, es necesario humildad, coraje, fe y disciplina. Rollo May (2000) nos hablará de voluntad en el amor. Todos estos aspectos, parecen del todo contradictorios con el desarrollo de la sociedad postmoderna, caracterizada por una inteligencia fracasada (Marina, 2016).

Por otro lado, si la monogamia es un aspecto que exige una igualdad entre los géneros (Pittman, 1994), la infidelidad define fundamentalmente una relación amorosa en términos de dominación, porque los secretos y las mentiras son una información no compartida y sólo la tiene quien detenta el poder (Gutman, 2012).

Dada la evolución de nuestra sociedad, en el amor romántico confluyen múltiples contradicciones y paradojas que hacen del mismo un esquizofrenizante imposible pues lo mismo y su contrario, es decir, la doble moral, que en realidad es una falsa moral, conduce a una cierta locura. Muy al contrario, lejos de desarrollar este arte, el amor aminora en una cultura claramente regresiva. Es en la infidelidad, precisamente, donde se ve esta regresión, aunándose la falta de voluntad, de compromiso, de coraje y de fe (fidelitas).

El concepto de fidelidad e infidelidad en tiempos líquidos: ¿Una paradoja?

En una sociedad socialmente enferma, en la que los vínculos tienden a licuarse (Bauman, 2006), esto es, a debilitarse, hablar de fidelidad puede resultar incluso anacrónico. En una sociedad consumista en lo que todo dura nada, la fidelidad y la noción de “para siempre” pretenden sobrevivir. Los mitos postmodernos sobre la pareja nos siguen envolviendo y en el imaginario colectivo está a la búsqueda de esa pareja ideal, fiel, eterna. Las principales dimensiones del comportamiento amoroso parecen ser la intimidad, el compromiso y la pasión (Herrera, 2010). La base: confianza y fidelidad. Por lo tanto, la fidelidad conecta directamente con los dilemas existenciales humanos profundos como al amor, la finitud o la muerte, el sentido de la vida, el vacío existencial, la soledad, la eternidad, el compromiso, la libertad, la confianza. El psicoanalista Erich Fromm (2004) ya lo aclaró: “Cualquier teoría del amor debe comenzar con una teoría del hombre, de la existencia humana” (Ibid., p. 18).

En una sociedad líquida como la actual, libre de ataduras, en donde el divorcio es fácil de obtener, ¿qué retiene a las personas en relaciones de larga duración, acusadas, en muchos casos, de ser aburridas, monótonas, deficientes sexualmente, deficientes en su comunicación, desapasionadas, vacías, inmaduras, irracionales, exigentes, dependientes, violentas?(2)

Si elegimos “libremente” a la pareja, ¿qué retiene a la persona que comete infidelidad? Por lo general, la persona infiel suele actuar quedándose en su relación o iniciando una nueva con la persona llamada amante. Rara vez, opta por quedarse sola.

Y por ende, ¿Qué retiene a la persona que tolera lo intolerable: la infidelidad? Por regla general, particularmente en las relaciones de larga duración, la persona víctima de infidelidad intenta recomponer la relación. Rara vez opta por quedarse sola.

Lo que ambos tienen en común, lo que parece estar de fondo en la problemática de la infidelidad es conjurar la soledad (Fabretti, 1982). Porque la separación parece aún más traumática que la infidelidad. “La vivencia de la separatividad provoca angustia (…) Estar separado significa estar aislado (…) De ahí que estar separado signifique estar desvalido” (Fromm, 2004, p. 19).

Si ambas partes de la pareja deciden permanecer juntas, o la persona infiel decide empezar con la tercera persona del triángulo amoroso, es probable que esa búsqueda compulsiva de amor responda al autoengaño necesario para evitar sentir la soledad, el duelo, el sentimiento de fracaso, la inestabilidad emocional, fallas en las comunicaciones, además de problemas psicológicos no resueltos.

Si la fidelidad es la promesa que restaura el miedo fóbico al abandono y conjura la soledad y la angustia que conlleva, la infidelidad nos devuelve al punto de partida donde dejamos de afrontar la soledad y la ipseidad [3].

La promesa o el contrato que se establece durante la etapa de enamoramiento de ser la persona exclusiva para el otro, es vista por ciertos autores como un engaño mutuo, que en el caso de la persona seductora, sería engaño a la pareja y en el caso de la persona enamorada, sería autoengaño (Fabretti, 1982). Autoengaño que sólo es concebible dentro de una cultura del amor igualmente engañosa (Ibid). La infidelidad supone la ruptura del autoengaño; éste ya no funciona. Supone un golpe duro y bajo para el narcisismo de “ser-lo-todo” para la otra persona. Ese narcisismo que consiste en escapar de los estados depresivos tan característicos de nuestros tiempos modernos y que “proliferan en nuestra sociedad debido a la debilidad de la voluntad, al egocentrismo y a la obsesión por uno mismo” (Herrera, 2010, p. 337).

La fidelidad requiere fuerza de voluntad y renuncia al placer inmediato, ambos requisitos combinan mal con el infantilismo propio de las personas infieles, quienes exigen seguridad sin sometimiento a la norma, al contrato.

¿Dónde empieza la infidelidad? El mito compartido dice que la infidelidad se produce cuando se está sexualmente con otra persona, es decir, cuando una de las partes traiciona el acuerdo mutuo libremente consensuado de monogamia o exclusividad sexual. No obstante, lo que en la clínica se observa, es que la infidelidad parece ser más bien la culminación de un proceso –oculto, secreto- de separación, comenzado tiempo antes ¿Qué proceso oculto y secreto pasa la persona infiel hasta llegar a la infidelidad o a la ruptura por ésta? No sólo se omite la infidelidad, es que durante años se han ocultado malestares que han hecho que la persona infiel se separe psicológicamente mucho antes. Proceso oculto y secreto, la mayor parte de veces inconsciente, porque para llegar a la infidelidad, la persona arrastra una crisis personal no compartida durante incluso años, mientras que la pareja piensa que todo va bien o no tan mal, en cualquier caso. El proceso de engaño comienza mucho antes -aunque quizás culmine con la infidelidad-, con el secreto y la ocultación de un malestar psicológico, que nada tiene que ver con la pareja. Un sufrimiento que tiene relación con la historia personal de la persona infiel y que lo lleva arrastrando, inconscientemente, años.

Parece que finalizar una relación no resulta fácil (Bolaños, 1998). Hemos esbozado anteriormente el miedo a la soledad existencial, al vacío propio de la individualidad moderna quizás, como un motivo para mantenerse en una relación insatisfactoria en ciertos planos. Pero hay otras teorías.

La infidelidad desvela fundamentalmente una crisis transicional (Ibid). Así, parece tener relación con crisis individuales, dificultades no resueltas en el ciclo de vida de las personas (Salgado, 2003), dificultades de apego y de elaboración del duelo, que serían camufladas bajo la infidelidad y que nada tienen que ver con la pareja. Elementos patógenos como la disonancia cognitiva [4], pueden entrar en juego en ambas partes de la pareja.

A la persona infiel, posiblemente durante años, su desagradable estado psicológico le ha hecho cambiar mentalmente de actitud, de conductas, todas ellas coherentes con la continuidad de la pareja, evitando, negando y disociándose de aquellas ideas, creencias, pensamientos o acciones disonantes que le pudieran llevar a la ruptura, lo que lleva a suponer que haya estado auto-engañándose durante años. En la persona traicionada, la disonancia cognitiva tendría la forma de autoengaño, es decir, de “ver la realidad de acuerdo con las propias creencias” (Nardone, 2016 p. 191).

También está la teoría del intercambio social de Chadwick-Jones (1976) que concibe la decisión de continuar o no, ser infiel o no, en términos de costes y beneficios. Desde esta perspectiva, podríamos decir que muchas parejas lo son o deciden continuar a pesar de la infidelidad más por conveniencia que por amor.

Por último está la teoría del apego y duelo de Bowlby (1983). La infidelidad se produciría por una posible dificultad, en la persona infiel, de hacer el duelo y separarse de su pareja. Parece tratarse de un estilo de apego ansioso evitativo propio de las personalidades narcisistas, antisociales, obsesivas (Lorenzini y Fonagi, 2014). Estas personas inhiben sus estados emocionales, particularmente si éstos son negativos. Es decir, no reconocerán ni su angustia, ni su malestar ni mucho menos buscarán apoyo. Su estilo evitativo inhibido provoca una disociación entre lo que viven en la relación (exterior) y en su interior, un yo exagerado compuesto de una imagen perfecta de sí mismas, evitando toda vulnerabilidad.

Por el contrario o de manera incluso complementaria, la clínica muestra que, en muchos casos, las personas que deciden permanecer en la relación y perdonar revelan un tipo de apego ansioso (Hazan y Shaver, 1987), inseguro o dependiente, excesivamente sensibles al rechazo y a la ansiedad. Personas que quieren que las quieran, al precio de anularse. En ellas, existe un profundo miedo al abandono. Complacen, cuidan, (sobre) protegen, idealizan. Suele ser propio de personalidades histriónicas y límites. El duelo y la abstinencia parecen resultar insoportables de procesar, produciéndose posiblemente una depresión de abandono que les podría llevar incluso, al suicidio. En estas personas, se rebelan deficiencias en las habilidades sociales sobre todo en lo que concierne a la asertividad y a la autoestima. Tienden a establecer relaciones simbióticas o fusionales, en las que la individualidad resulta fácilmente anulada y anulable.

En estos casos, se habla de personalidades masoquistas, concepto que desde la perspectiva psicoanalítica no significa placer al dolor, sino tolerarlo, en pos de algún beneficio mayor (McWilliams, 2011). En las relaciones de este tipo de personalidades, también llamadas anaclíticas [5], su autodestructividad tiene como finalidad, inconsciente, mantener el apego a costa de sí mismas, de su identidad. Son denominadas “masoquistas relacionales” (Ibid). Este tipo de personas tienden a recrear en sus relaciones circunstancias, normalmente relacionadas con la negligencia y el abandono emocional, que evocan el pasado, con la finalidad, inconsciente, de superarlas, produciendo, paradójicamente, el efecto contrario. Freud llamó a este fenómeno, compulsión a la repetición (Freud, 2001). Estas personas repiten en sus relaciones amorosas, por el tipo de “elección hecha”, el sufrimiento padecido. No deja de ser una autodefensa ante la ansiedad de separación. Apego aunque sea a través del sufrimiento; Este es el beneficio, confirmando permanentemente esa profunda sensación de injusticia. Sacrifican su poder –su potencial– en aras del amor.

La infidelidad: Dolor moral, sufrimiento

La infidelidad parece ser la primera causa de divorcio a nivel mundial (Buss et al., 1992) y “la principal disociadora de familias” (Pittman 1994, p. 31).

El psiquiatra Frank Pittman (1994) define la infidelidad como una “defraudación, la traición a una relación, la violación de un convenio” (p. 18). Sea cual sea el acuerdo, la infidelidad es su violación. El autor lo deja claro: la infidelidad consiste en mentir o mantener en secreto la traición del convenio establecido.

Tras todo lo expuesto anteriormente y a tenor de las secuelas que la infidelidad causa, particularmente en las personas que la sufren, me parece fundamental tratarlo como una patología vincular, en su sentido etimológico, pathos que significa sufrimiento. Un dolor que perturba la tranquilidad del espíritu, del alma (Séneca, 1994). Se trata de “situaciones límites” de las que no podemos salir, quedando atrapadas en ellas y sintiendo que no podemos (Jasper, 1966). Son perturbaciones lógicas “… reacciones verdaderas cuyo contenido está en relación comprensible con el acontecimiento original que no hubieran nacido sin este acontecimiento” (Bercherie, 1986, p. 178 citado en Dasuky et al., 2007). En este sentido y a priori, no hay nada anormal en la personalidad de la victima de infidelidad. Esta sufre las consecuencias; “daños colaterales”.

El sufrimiento inherente a la infidelidad en la persona traicionada, ese dolor del alma, esa aflicción moral, la sociedad postmoderna, en su intento de negarlo, ocultarlo, evadirlo, disociarlo, anularlo, lo tacha de inútil; inútil porque procede de nuestra mente, de nuestros pensamientos y de nuestras creencias (Àlava, 2003). La psicología cognitiva lo deja bien claro, sufrimos no por los acontecimientos, sino por cómo los interpretamos (Beck, J. S., 2009) [6].

Al hilo de esta idea, la pregunta que se impone es ¿cuáles son esas creencias erróneas e irracionales que tenemos, particularmente los occidentales, sobre la fidelidad amorosa que tanto sufrimiento nos generan? Parece ser que la respuesta está en la idea que tenemos del amor; un amor romántico que mitifica las relaciones de pareja, convirtiéndola en una utopía emocional. “Un fenómeno idealizado y vivido de forma irreal por muchas personas” (Herrera, 2010, p. 79). La creencia errónea del amor verdadero puede desglosarse en ese amor eterno, puro, incorruptible. Ese amor fusional que protege “de las inclemencias de la vida y desaloja las vivencias de soledad humanas tan inquietantes como inevitables” (Coria, 2005 en Herrera 2010, pp. 372-373). En definitiva, parece tratarse de un amor maternal, regresivo, a través del cual, las personas pretenden alcanzar la unidad total, el paraíso perdido. Son pretensiones narcisistas y como tales, grandiosas y megalómanas que nos hablan de amores imposibles, irrealizables e inalcanzables. Se asemeja al amor materno con su aceptación incondicional.

La psicología humanista va más allá de la corriente racionalista y afirma que a nivel humano, hay algo más profundo que pone de relieve la infidelidad amorosa, algo cuya dimensión va más allá de la cognición y su inutilidad, empapando globalmente la existencia humana, para que la falta de ello suponga una amenaza. El amor. La búsqueda de ese encadenamiento libre para así liberarnos de la vivencia de la separatividad que además de vergüenza y culpa, genera angustia. A través del amor, el ser humano pretende superar la separatividad, salir de la prisión de la soledad existencial (Fromm, 2004). El amor como la trascendencia de la individualidad, sentir que se forma parte de algo más que de sí mismo. Desde esta perspectiva, podemos fácilmente entender que el amor se haya convertido en una especie de religión en su sentido etimológico de “religare”. No obstante, el amor romántico en tiempos (post)modernos, nos lo venden como una necesidad, una búsqueda anhelada de una mítica unidad perdida; esa búsqueda del alma gemela, esa mitad que nos asegura una fusión perfecta, tanto física como espiritual, reflejando así esa infancia perdida en la que éramos el centro del universo y nos sentíamos seguros. Esa fusión trascendental por la que perdemos nuestra individualidad y somos un colectivo, una comunidad, un nosotros. Dejamos de ser angustiosamente uno para ser dos. Parece un argumento de cualquier película romántica de Hollywood. Pero, de facto, nada más lejos de la realidad. Quizás haya que diferenciar el amor como expresión de la condición humana que trasciende la individualidad en pos de un bien común, del postmoderno amor romántico, patchwork [7] hecho de retales individuales e individualistas, es decir, un narcisismo a dos, para así evitar y sanar heridas narcisistas que alejen de un mundo despiadado (Sennet, 1996).

Si el romanticismo supone un alejamiento de la realidad (Tollinchi, 1989), el mito del amor romántico representa pues esa locura quijotesca, ese delirio [8] sobre el cual basamos nuestras frustradas expectativas. La cultura está llena de estos mitos: el príncipe azul, su vertiente femenina la bella durmiente o cenicienta, por mencionar algunos. Mitos que pretenden demostrar que las “folie-à-deux” [9] amorosas son posibles y necesarias para consolidar la familia. La idealización a la cual nos lleva la mitología romántica del amor, supone una fantasía [10] con la cual es imposible intimar. En la fantasía “el sujeto se repliega sobre sí mismo hasta el punto de que su realidad virtual suplanta a la realidad real, renunciando a toda acción” (Castilla del Pino, 1998, p. 47).

La idealización busca la perfección, distorsionando las cualidades y el valor, en este caso, del objeto amado. De esta manera, éste, resulta engrandecido y exaltado, cuando no inventado, lo que no permite una valoración, digamos realista, de la persona amada ni de la persona que ama. La idealización pretende restaurar un estado primitivo de omnipotencia narcisista infantil (Klein, 1988). Para Mélanie Klein (ibid) este mecanismo de defensa está unido al de escisión (disociación) y negación, pues se vincula con una negación mágica omnipotente de aquellas características indeseables del objeto amado, lo que permite recubrirlo e investirlo de perfección. Con ello, se evita el sufrimiento psíquico propio del duelo y la amenaza de angustia. De hecho, para esta autora, este mecanismo es una defensa maníaca contra una angustia depresiva.

En este sentido, el amor de la persona víctima de infidelidad hacia la persona infiel pone de relieve la magnificencia del ser amado, en tanto que espejismo, la inflación de la pequeñez de la persona infiel. Pero también, el sentimiento de inferioridad, la baja autoestima y la carencia afectiva de la persona que lo tolera y que necesita engrandecer al otro. Este amor parece haber sido un amor fantasioso, idealizado e idealista fruto de una distorsión perceptiva y una disociación entre lo bueno y lo malo. No parece un amor realista sino un amor ideal, romántico en su significado original derivado del término francés “roman”, novelesco. Se viste de “amor”, cuando en realidad se trata de restaurar un narcisismo herido, una imagen personal dañada por no haber sido mirado, valorado, en su esencia, quedando así un vacío emocional a llenar, una carencia afectiva a satisfacer, que el amor romántico se encargará de eliminar, desapareciendo con ello, estados de angustia, de vacío y, evitando el duelo de situaciones pasadas no resueltas.

Este amor novelesco, ficcional, fantasioso, que parte de una personalidad, al parecer, sobreadaptada, excesivamente complaciente a la que Winnicot (1965) la bautizó como “falso yo” [11], nos remite a heridas narcisistas del pasado, ante las cuales ha sido necesario el desarrollo de mecanismos de defensa tales como la disociación, la proyección, la identificación y la idealización de la persona amada, de tal manera que la persona víctima de infidelidad probablemente ha visto lo que quería ver y no lo que realmente era su objeto de amor. Un amor dependiente de la mirada del otro, de su aprobación, de su valoración, de su consideración. Eco [12] enamorada de Narciso.

Los amores infieles parecen ser amores propios, de corte neuróticos (Shapiro 1999), amores bloqueados en etapas infantiles que luego son representados en las relaciones afectivas. Amores llenos de miedos y expectativas proyectados en las parejas que, paradójicamente, impiden desarrollar la capacidad de amar. Demandas encubiertas, agendas ocultas, expectativas inconscientes, que se transfieren o se proyectan al cónyuge, desencadenando conflictos, trastornos emocionales y desequilibrios psicológicos. Por eso, resulta importante precisar que el malestar en el matrimonio no es causa de la infidelidad sino al contrario, la infidelidad lo catapulta.

Concepto de trauma psíquico

En Freud, si bien el concepto de trauma tuvo sus puntos de inflexión, el autor lo define como una invasión disruptiva del psiquismo, con la consecuente ruptura de las defensas, dejando al aparato psíquico en el desamparo, paralizando la capacidad de respuesta del sujeto y generando un tipo particular de angustia (Freud, 1990). Esto es, que el aparato psíquico no es capaz de construir un sentido, elaborar simbólicamente una representación de los afectos por desbordamiento emocional, por lo que se produce una regresión psíquica hacia un funcionamiento más primitivo, menos integrado. En otras palabras, en el trauma se produce un flujo excesivo de excitación intolerable para el psiquismo del sujeto, de tal forma que, acaba generándose una serie de efectos patógenos que dan forma a trastornos de diversa índole. El psiquismo pierde el control, el equilibrio. El sujeto se vuelve prisionero de emociones, perdiendo la capacidad de enfrentarse a sí mismo. El sujeto se vuelve desconocido para sí mismo. Aparecen emociones que antes nunca había albergado como la ira, la rabia, el odio. Puede llegar incluso a pensar en matarse o matar o en vengarse.

Como hemos avanzado en el apartado anterior, el trauma psíquico no se produce exclusivamente por un acontecimiento externo, por muy violento que éste sea. En este sentido, el concepto de trauma psíquico implica una interacción entre el mundo externo, el acontecimiento violento, y el mundo interno, es decir, la manera en que es vivenciado. Por lo tanto, a pesar de que la experiencia traumática tenga dos componentes, uno subjetivo y otro objetivo, podríamos decir sobre lo esencial del trauma: “ Es la experiencia subjetiva de los acontecimientos objetivos la que constituye el trauma… cuanto más cree uno que está en peligro, más traumatizado estará… psicológicamente, el resultado del trauma es una abrumadora emoción y un sentimiento de total impotencia. Puede o no, haber una lesión corporal, pero el trauma psicológico, junto con el trastorno fisiológico, juega un papel principal en los efectos a largo plazo[13] (Allen, J.G. 1995, p. 14). Efectivamente, sabemos que el trauma no puede definirse en base al evento externo sino en interacción constante con la persona que lo vive: “lo traumático es consecuencia de una específica interacción entre lo fáctico y la forma en que esto es vivenciado por el psiquismo” (Tutté, 2004, p. 897).

Dado que, no todas las personas reaccionan igual ante un suceso, es difícil catalogar un suceso como traumático de manera generalizada o global. No obstante, las secuelas psicológicas de la infidelidad por parte de la persona que la vive en tanto que la sufre pasivamente, particularmente si la relación es de larga duración, suelen ser de tal magnitud, que podríamos considerar la infidelidad como un evento traumático para muchas personas, siendo conscientes de la dificultad y controversia que genera la conceptualización de tal diagnóstico (Crespo y Gómez, 2011). En el caso que nos ocupa, la consideración de la infidelidad como evento traumático, parte fundamentalmente de las secuelas que dicho acontecimiento acarrea en sus víctimas y de la dificultad para “superarlo”.

Un criterio importante y fundamental para determinar si un suceso es o no un trauma es el de amenaza (Ibid). Es decir, el peligro al que se está expuesto constituye una amenaza de vida o muerte. Pues bien, la infidelidad puede ser vivida por la persona víctima como una amenaza real. Toda su existencia se desmorona como si por su vida hubiera pasado un tsunami. Si bien no se trata de una muerte física, sino de una especie de muerte psíquica, comúnmente diagnosticada como depresión.

Toda una serie de síntomas se toman en cuenta a la hora de diferenciar un trauma psicológico y éstos podrían clasificarse en síntomas físicos y síntomas emocionales. Entre los primeros están los dolores de cabeza, mareos frecuentes, insomnio, pesadillas, estado de alerta o hipervigilancia, nerviosismo, fatiga y desconcentración. Los síntomas emocionales son: estado de shock, incredulidad, negación, irritabilidad, ira, sentimientos de culpa y vergüenza, sentimiento de aflicción, ansiedad, confusión y aislamiento (Tutté, 2004).

Pues bien, la fenomenología de las reacciones expuesta en la clínica en relación a la infidelidad, pone de manifiesto este cuadro sintomático consistente fundamentalmente en esa profunda sensación de ruptura interior, expresada en múltiples ocasiones como un desgarro del alma que sumerge en las profundidades de un abismo indescriptible a quien la padece. En muchos casos esto es somatizado, debido, fundamentalmente a la desilusión por la pérdida de alguna de las creencias que configuraban su vida.

Estado de Shock

Uno de los primeros síntomas que se relata es la paralización, el bloqueo. Se produce una especie de inmovilidad, de parálisis que se refleja tanto a nivel físico como psicológico. A nivel físico se corta la respiración, el cuerpo tiembla, la boca se seca, hay sensaciones de desmayo, tensión. A nivel psicológico, se aglutinan muchas emociones en un mismo momento, posiblemente de ahí la parálisis o el bloqueo en la acción. La persona, como que no reacciona. La persona vive como una especie de muerte interior, un desgarro. No puede creer que le esté sucediendo. Está asustada, no sabe qué hacer ni a quien llamar. La mente se queda en blanco. Como si estuviera en una película o en un sueño. Está pero no está. Este estado se diagnostica comúnmente como reacción a un estrés agudo, destacando síntomas como adormecimiento, desprendimiento, mutismo, desrealización, despersonalización. Continúan viviendo el evento traumático en forma de pensamientos, sueños, regresiones. En breve, aparecen síntomas de ansiedad o crisis de angustia y empieza todo un deterioro personal, social y laboral.

Negación

La negación como mecanismo de defensa, entra en juego y se convierte en protagonista para eludir el derrumbe psicológico, para evitar la ruptura interior, para evitar caer en la locura. La negación sirve para mitigar la agresión del impacto de la noticia o agresión; permite amortiguar ese primer impacto casi insoportable y atañe al afecto asociado a la noticia (Cyrulnik, 2013).

No obstante, negar la realidad para evitar el sufrimiento es un mecanismo de defensa que no permite elaborar psíquicamente el acontecimiento e impide dirigir el dolor hacia modificaciones más adaptativas a la realidad. Así, en la clínica se oyen frases como “no me puede estar pasando a mi esto” o “no es posible”. El término “no” de la negación, lo podemos escuchar de múltiples maneras: “Pronto me despertaré y nada de esto habrá ocurrido”. A veces la negación se actúa, la pareja vuelve a la relación sin casi hablar del tema, haciendo como si nada ha ocurrido, proyectando viajes u otros planes en conjunto. Esta manera de negar, muchas veces, produce un efecto a corto plazo de unión y luna de miel, pero a largo plazo, en ocasiones, se repite la infidelidad o estalla el conflicto incluso años más tarde.

Angustia

La angustia parece ser una de las formas de expresión del sufrimiento (Kierkegaard, 1949). La sensación de amenaza ante una pérdida inminente es brutal. La angustia, a nivel psicológico, es una reacción a una situación peligrosa. Una señal de alarma (Freud, 1983).

En este sentido, la infidelidad es vivida como un peligro de desintegración psicológica de la persona. Todo se desmorona y aparecen sensaciones de abandono, desamparo, soledad y desesperación. Representa un estado de inquietud interna que no permite concentrarse ni realizar las tareas más comunes; se trata de una inquietud paralizante. La persona está constantemente invadida por una profunda sensación de peligro que no se va. Siente que su integridad psíquica está amenazada. La desesperación, esa angustia sin salida (Ibid). La angustia, ese afecto desagradable que anuncia peligro, que parecida a la abstinencia, se apodera de la persona, hasta invadirla.

La angustia tiene que ver con el tiempo (Grön, 1995). Esta dimensión se hace patente en la persona víctima de la infidelidad por el hecho de vivir atrapada entre el pasado y el futuro. La angustia, esa reflexión en el que el futuro se ve como pasado. Y el pasado también como futuro. No hay salida. Por eso la angostura, esa visión estrecha en la que se siente atrapada.

A nivel filosófico, la angustia tiene otras connotaciones como esa inquietud ante la posibilidad que trae la nueva libertad (García, 1989). Y efectivamente, tras muchos años de relación, la libertad puede asustar. Fromm (2000), en este sentido, hablará del miedo a la libertad. La separación aporta una libertad. Sí. Pero no elegida.

La angustia tiene también que ver con la soledad, una soledad en el sentido de aislamiento. La persona víctima de infidelidad, despierta de la inocencia; ha sido expulsada del jardín del Edén en donde se sentía confortable, cómoda. Estaba completa. Y la angustia que siente es porque se ve confrontada y enfrentada a la soledad de su individualidad. Una individualidad que se hace consciente, que se piensa por primera vez, posiblemente, en mucho tiempo. Antes era una pareja, se sentía completa, y ahora vuelve a su ser individual, libre, pero rota, abandonada, desamparada. La angustia parece ser el reflejo del aislamiento que sufre la persona víctima de infidelidad… aislamiento derivado de la pérdida. Es la vuelta a sí mismo… el retorno a uno mismo. El bucle melancólico (Juaristi, 1997).

La angustia presagia un cambio brusco, un salto al vacío, a la nada. Nos habla y anuncia la caída. Un despertar tras una época de estar adormilada, tranquila, en seguridad. Con la infidelidad se pierde la inocencia… la inocencia de confiar, de volver a recuperar una seguridad de base perdida. La creencia de que la pareja nunca nos engañará. La persona víctima de infidelidad no vivía la pareja con la posibilidad del engaño. De hecho, vivir con esa posibilidad hubiera sido patológico: duda patológica, celos, paranoia. Esa es la paradoja: sin confianza no hay pareja pero vivir la realidad de la pareja hoy en día, sin autoengaños, entrañaría -y de hecho entraña- desconfianza ¿Qué se hace entonces?

La pérdida de la inocencia que trae consigo la angustia parece ser la pérdida de la ignorancia. La persona víctima de infidelidad por fin sabe. Pero sabe entre comillas. La imaginación juega con ese saber, a veces, hasta hacerse obsesivo. Por eso, necesita saber y saber con detalles. Cree, en lo más profundo de sí misma, que así calmará la angustia. Pero no sucede así porque cuanto más se sabe, más dudas se tienen y más desconfianza, desatando en muchos casos la rabia, el rencor, el resentimiento, la violencia.

Por otro lado, la pareja infiel se ha vuelto extraña, no es reconocible… no se sabe ya quien es esa persona. El sentimiento de inseguridad se extiende a la propia historia vivida: ¿fue cierta? ¿me quiso? ¿me engañaba cuando me decía que me quería? Todo se reinterpreta, supuestamente de manera realista. El optimismo y la fe se pierden.

Lo que parece quedar claro en la clínica es que la infidelidad representa un peligro que emite una fuerte señal de alarma. La infidelidad es una amenaza real de una muerte anunciada. La infidelidad pone ante la tesitura de dejar de ser pareja y volver a un estado de célibe, de soltería, estado castigado, por otra parte, por nuestra sociedad. En la infidelidad se junta la angustia tanto por la amenaza ante la pérdida, como por el abandono, por la soledad. Es una angustia por despertar de un cierto estado infantil e ingenuo de confianza ciega. Aunque la pareja no muera, ya no será la misma. Hay una ruptura, una quiebra. La angustia es la señal de lo real, nos dirá Lacan (2006). La realidad en este caso es la caída, la pérdida. Y ahora, ¿qué va a pasar? De alguna manera, la persona víctima de infidelidad, a veces, se sitúa en una posición de espera del otro, a quien desea por supuesto. ¿me va a abandonar? ¿va a dejar a la otra persona? Esta es la tesitura angustiante. Espera y expectativa angustiante que diría Freud (1983).

La angustia aparece ante la impotencia para deshacer lo hecho” (Castilla del Pino, 1981, p. 59). Quizás esto es lo que se pone de manifiesto en la víctima de infidelidad. Quisiera que lo que ha ocurrido desapareciera y eso es lo que no se puede. Quisiera deshacer, borrar.

Culpa

Junto a la angustia, aparece su corolario, la culpa. Ese sentimiento de pesar, propio de la culpa que “se presenta siempre con ingredientes angustiosos” (Ibid, p. 59). Quizás porque anuncia “que una de nuestras necesidades se quedará insatisfecha” (Ibid, 51). En le caso de la infidelidad, la necesidad de amar y ser amado/a se quedará insatisfecha, parcial o totalmente, dependiendo de si la relación continua o se fractura definitivamente.

La culpa tiene que ver con la falta (Thalman, 2008). La persona víctima de infidelidad cree haber cometido una terrible falta. Piensa haber actuado mal. Supone haber incumplido una norma (Ibid). Ese es el pensamiento que muchas personas creen firmemente y les atormenta cuando acuden a consulta. Están invadidas por pensamientos, y sensaciones concomitantes, de lo que se ha hecho o no se ha hecho, de lo que ha podido ser la causa de que la pareja la abandonara, y además por otra. La persona tiende a culpabilizarse de la infidelidad del otro. Se hace responsable del acto de otra persona. Entra en un profundo sentimiento de falta o falla. Algo ha hecho o no ha hecho que ha causado la infidelidad. “La víctima (…) con frecuencia, tiende a echarse la culpa” (Ibid, p. 55). Y esta vivencia subjetiva de la culpa “modifica la totalidad de la vida psíquica en su conjunto” (Castilla del Pino, 1981, p 62).

Algunas víctimas de infidelidad se sienten profundamente culpables y así también se lo refleja la sociedad al completo, por supuesto, de manera inconsciente. Le culpan y se culpa de no haber dado algo que su pareja necesitaba. Ni que decir tiene que en la mayor parte de casos, se hace referencia al sexo. De esa manera, se justifica que la persona sea infiel con razón. Craso error.

La culpa hace emerger a la superficie todos los defectos por los cuales una persona puede ser rechazada: la gordura, la menopausia, la falta de deseo. La culpa en definitiva nos pone delante de la falta, del fallo. ¿qué se ha hecho mal? ¿cuál ha sido el error? Así, se dedican a buscar en el pasado qué hicieron o dejaron de hacer, qué pudo desencadenar la infidelidad, pero todo esto será en vano. La persona que sufre la infidelidad ha sido desaprobada. Emerge el sentimiento, un tanto patológico en algunos casos, de no haber sido suficientemente buena persona, lo que está muy próximo al sentimiento de inferioridad, que es el que se desarrolla frente a la persona rival o amante. En otros casos, la rivalidad, a veces en sus formas más violentas, aparece. La competitividad hace estragos. Para lo cual, la irracional y mítica creencia de “buscar fuera lo que no se tiene en casa” no ayuda.

Junto con la culpa, en la infidelidad se suele dar el fenómeno de la culpabilización, acto de machacarse repetitivamente con pensamientos de culpa, lo que hace que este sentimiento perdure y se prolongue en el tiempo.

Ansiedad

La ansiedad es un trastorno que se caracteriza por dolores de cabeza, opresión en el pecho, falta de aire, temblores, palpitaciones, sudoración, molestias gástricas, nudo en el estómago, tensión, rigidez muscular, cansancio, hormigueo, sensaciones de mareo, inestabilidad, irritabilidad, trastornos del sueño. Estas sensaciones, típicas de un cuadro de estrés agudo, en muchas ocasiones, se convierte en crisis de ansiedad o ansiedad generalizada o trastorno ansioso-depresivo, afectando a la capacidad cognoscitiva, al pensamiento y a la memoria. La persona sufre de pérdidas de memoria, de falta de concentración, de bloqueo mental. Hay una irritabilidad muy marcada y toda una gama de emociones que hace que la persona se sienta como en una montaña rusa constante. A nivel psicológico, aparece una inestabilidad emocional.

A nivel psicológico, la ansiedad se manifiesta a través de síntomas como una excesiva preocupación, sensación de volverse loco, sensación de agobio, pérdida de la confianza en sí, bloqueos mentales, ganas de huir, de desaparecer, pensamientos negativos persistentes, miedos y fobias, despersonalización, sentimientos de vacío y de extrañeza, dificultad para tomar decisiones.

La ansiedad también tiene su corolario corporal, contribuyendo al desarrollo de trastornos como pérdida de peso, falta de apetito, insomnio, cefaleas, ardor de estómago, dolores musculares, bruxismo, trastorno dismórfico, trastornos de conversión, hipocondría, dolores somatoformes, trastornos endocrinos, fiebres, dermatitis.

Todos estos síntomas, de una u otra manera, los vemos en personas víctimas de infidelidad. Su salud mental se resiente, entre otras razones por la persistencia de los síntomas a lo largo del tiempo.

Ira, Rabia, Venganza, Resentimiento

Ya no hay dudas, si es que las había. Ya es un hecho. Se va… se ha ido… ha traicionado. Se ha ido en secreto… sin hablar, sin dar explicaciones, sin dar la cara, sin asumir ninguna responsabilidad, echando la culpa a lo que no le han dado. La persona víctima de infidelidad se siente como un trapo usado. Cuestionando el para qué tantos sacrificios, tanto invertido. Y emergen emociones como la ira y la rabia, emociones naturales difíciles de controlar. Ya no se es la misma persona. Hay una metamorfosis, una personalidad desconocida hasta entonces. Algunas películas como “Infiel”, además de la realidad, nos han mostrado que la rabia fruto de la infidelidad puede ser mortal.

La ira, esa emoción defensiva que emerge ante un comportamiento amenazante relacionado con la traición y el engaño, se desata con la infidelidad, ya que representa, además, una amenaza de un sistema de vida, de unos valores, de unas creencias.

La ira tiene su parte positiva porque puede movilizar recursos psicológicos para corregir comportamientos equivocados o ayudar a adaptarse a nuevas situaciones. Pero se contempla también su parte negativa por el hecho de que, bajo esta emoción, se pierde de vista la perspectiva de las cosas y la empatía.

En la rabia se manifiesta una incapacidad para procesar emociones o vivencias (Parker, 2008), ya sea porque no ha sido suficientemente desarrollada o, porque se ha perdido temporalmente esta facultad, debido a un trauma reciente.

La percepción de injusticia desencadena la rabia, además de la frustración. Al respecto, la infidelidad es percibida como una injusticia, es decir, una mala conducta, una conducta negligente en contra del bien común que es la pareja. En la infidelidad ha habido un incumplimiento moral del acuerdo. Hemos expuesto que la infidelidad manifiesta una desigualdad, que no es sino una forma de injusticia. Refleja una relación de poder desequilibrada, en donde aquella persona que oculta y miente, no solo detenta el poder, sino que quita a la pareja la posibilidad de decidir.

Querer vengarse deriva de la rabia. A través de la venganza, se pretende encontrar alivio emocional, que el daño sea restaurado, una especie de justicia compensatoria; se trata de equilibrar la balanza. Tener la sensación de que la pareja “se sale de rositas” resulta casi insoportable. La venganza es una manera de quitarse el daño y trasladárselo a quien lo ha provocado. Parece pues un intento de igualar, de hacer justicia. La venganza, ese impulso que nace del resentimiento por haber sido humillado, pretende devolver el daño, aunque finalmente, el resentimiento no se resuelve con la venganza (Améry, 2001). La venganza otorga sentido al dolor. La venganza… es “amor” germinado por la locura del dolor, pretende ser una liberación reparadora. La venganza, compuesta de elementos emocionales y cognitivos, parece más bien una estrategia desesperada para deshacerse del rencor, finalmente en vano. Al contrario de lo anhelado, con la venganza el trauma se actualiza, trauma del que se pretende salir. La venganza es la paradoja en la que vive la persona doliente. Es una respuesta violenta a la violencia. Afín de cuentas, ambas palabras, venganza y violencia, tienen la misma raíz latina, “vis”, que significa fuerza. Paradójicamente, en la venganza se encuentra la fuerza. La venganza, a pesar de parecer ser una manera de dar sentido a lo absurdo en la pérdida, al sinsentido, a su vez representa una manera de mantenerla viva porque, de alguna manera, la venganza mantiene unida a la pareja. La persona que desea vengarse depende emocionalmente de la persona de quien se quiere vengar. La venganza, duelo no resuelto (Quiroga, 2013) parece constituir una manera de mantenerse en relación, de negar la separación. Una separación traumática por el hecho de la traición.

La venganza surge ante la ruptura de la confianza. Venganza y confianza son las dos caras de una misma moneda: el contrato social. Tenemos que entender que la pareja, esa persona que no iba a hacer daño se ha convertido en verdugo. De ahí la confusión: ¿cómo es posible? ¿cómo es posible que alguien que ame o haya amado, sea capaz de hacer tanto daño?

En la venganza se produce una escisión entre lo bueno y lo malo, un oscilar entre el amor y el odio, entre la idealización y la denigración (Lansky, 2009).

En general, en la infidelidad, la venganza se repite frecuentemente en forma de fantasías. Pero a veces se llega al acto.

No podemos hablar de la venganza sin el resentimiento o rencor que muchas veces se ve en las personas que sufren de infidelidad. Esa aflicción que se siente una y otra vez, particularmente cuando se recuerda la ofensa: “una ofensa ocurrida en la realidad que resta enquistada en el sujeto. Desde el psicoanálisis se ha visto este afecto como una defensa compleja frente a vivencias penosas” (Sánchez, 2006, p. 69).

Suele perdurar en el tiempo porque se mantiene en la memoria (Marina y López, 1999) a modo de fijación. Estos autores comprenden el resentimiento como esa incapacidad para borrar el daño. Y eso es lo que mantiene a muchas personas víctimas de infidelidad en el “impass”: esa incapacidad de borrar. El resentimiento no permite soltar. No pueden ni retroceder ni avanzar: El resentimiento bloquea la salida a la dimensión auténticamente humana, al futuro y la víctima queda fijada al pasado deseando que «todo aquello» no hubiera ocurrido” (Sánchez, 2006, p. 72). No hay restauración del daño, una reparación del perjuicio causado, lo que representaría una especie de justicia restaurativa. La infidelidad representa, en este sentido, un conflicto no resuelto, no elaborado.

Améry (2001) propone como desencadenante del resentimiento, la negativa del reconocimiento del daño causado. Y es justamente eso lo que se observa frecuentemente en la fenomenología de la infidelidad. La negación por parte de la persona infiel y en su defecto, un tímido reconocimiento que, oculta más que muestra. Lo que la persona infiel parece vivenciar además de la desinvestidura de una investidura que antaño existió, es el desinterés de los efectos del daño hacia la persona víctima de infidelidad. Esa falta de empatía. En ello radica, quizás, la fijación en el traumatismo (Sánchez, 2006). Los reproches de la persona víctima de infidelidad “consiguen al menos una investidura a mínima” (Ibid, p.74).

La persona víctima de la infidelidad es una mera receptora de un daño ocasionado por la persona infiel, quien en muchos casos, no siente culpa: “Tanto la posibilidad de representación de lo que ha ocurrido como la culpa quedan en manos del agredido que se convierte en propietario de la verdad moral” (Ibid, 73). En este sentido, el resentimiento buscaría que la persona infiel reconociera su falta en términos de conciencia (Ibid).

El psicoanálisis parece entenderlo como una defensa compleja o como diría Freud, una angustia-señal ante un traumatismo, relacionada con la pérdida del objeto (Ibid). Su función sería la de impedir la ruptura del vínculo y así “preservar el capital narcisista del sujeto” (Ibid, p. 74). Al hilo, “el resentimiento puede hallarse directamente vinculado a un tipo específico de traumatismo narcisista” (Ibid, p. 69). Este tipo de herida narcisista es la que muy frecuentemente encontramos en algunas víctimas de infidelidad.

Soltar, renunciar al resentimiento, conllevaría un duelo, a todas luces, insoportable, porque implicaría una “amenazadora retirada de esa investidura imprescindible para la supervivencia, verdadero cemento identitario” (Ibid). Quizás, la amenaza de ruptura que supone la infidelidad en parejas de larga duración, ponga en evidencia una regresiva dependencia emocional, reminiscencia de un primigenio vínculo objetal necesario –madre– para el mantenimiento de la vida, posiblemente en su momento fallido.

Depresión

Muchas personas víctimas de infidelidad se presentan en la consulta abatidas. Tras una ardua lucha, en muchos casos, renuncian; se rinden. La rendición puede ser parcial, es decir, no afecta a todos los ámbitos de la vida, por ejemplo, la persona mantiene la actividad laboral. En este caso, aunque la renuncia no sea total, el malestar es generalizado. Lo que ocurre algunos veces es que la renuncia parcial, toma forma de evitar una futura implicación emocional. Es decir, que la persona víctima de infidelidad renuncia al afecto e incluso a las emociones. Construye una creencia irracional y disfuncional según la cual, si no se implica, nada puede sucederle (Muriana et al., 2007). Así, adopta una postura defensiva ante futuras posibilidades. La depresión en estos casos que, como he señalado, puede durar años, no se caracteriza por una tristeza permanente, sino que “el eje sintomático se traslada de la tristeza a la inhibición, a la pérdida de iniciativa” (Ibid, p. 43). De hecho, hay muchas personas que, como se dice popularmente, no vuelven a rehacer su vida”.

Pero también hay circunstancias en las que la renuncia afecta a todas las esferas de la vida, no pudiendo trabajar y por lo tanto, cogiendo una baja laboral, delegando el cuidado de los vástagos a la familia, entre otras formas de renuncia.

La depresión supone la ruptura de un equilibrio (Ibid). Supone la ruptura de una creencia, esto es, un pensamiento estructurado que la persona toma por verdad; una certeza. Se trata de un conocimiento que estructura toda una visión del mundo que, en el caso de la infidelidad, se viene abajo. Ese acontecimiento inesperado, resquebraja la rigidez de la creencia –certeza– y hace que ésta se rompa: “Todo lo que ha funcionado… ya no funciona, todo aquello en lo que se ha creído se derrumba ruinosamente bajo el empuje destructivo del accidente no previsto” (Ibid, p. 48). En el caso de la depresión, “ la creencia de fondo se hace añicos, se rompe y el paciente incapaz de reconstruirla, renuncia” (Ibid, p. 49). La infidelidad establece un antes y un después. Ya nunca nada será lo mismo. La infidelidad no deja de ser una ruptura.

Desde esta perspectiva, la persona deprimida por ser víctima de infidelidad, es una ilusa desilusionada primeramente por “la traición, nunca contemplada” (Ibid, p. 38). Esta persona vivía en la creencia certera de la fidelidad. Pero es que en eso justamente se basa al amor monógamo; en la confianza. No es una creencia fabricada por sí misma. Es una creencia basada en un pacto mutuo, sin el cual, la pareja no sería viable. Por eso quizás, el profundo sentimiento de impotencia al no poder modificar la situación. Porque la infidelidad ha sucedido sin que ella pueda hacer nada, sin que ella lo sepa.

En algunos casos, la víctima de infidelidad vive con pasividad la condición de sentirse traicionada, ahondando en su condición de víctima y condenando a la pareja infiel. En otros caso, puede perdonar, de tal manera que permita a ambos componentes de la pareja superar esa visión ideal de la pareja original y reconstruirse (Ibid).

Pero ¿qué tipo de ilusión es la de la persona infiel para que se sienta engañada? Se trata de una ilusión que promete aquello que esperamos: la fidelidad. En efecto, si la ilusión no lleva consigo la promesa de cumplir las expectativas –pactadas–, no será ilusión y por tanto no habrá engaño ni depresión. Porque para que una ilusión sea engaño, ésta tiene que prometer aquello que esperamos: “La estafa solo puede tener éxito porque el estafador promete al estafado hacer realidad parte de sus sueños” (Cyrunlik, 2013, p. 41).

Flash-back” o imágenes que invaden

Una vez “revelada” la infidelidad, hay quienes deciden continuar con la relación. Pero no son pocas las personas que reviven una y otra vez el acontecimiento, ya que les invaden imágenes y fantasías sobre el acto mismo, incluso tras haber pasado años. La persona victima de infidelidad se ve asaltada, en cualquier momento, por escenas fantaseadas sobre el acto mismo. No puede parar de pensar en ello, de imaginárselo. La persona, a veces, entra en una especie de bucle o espiral de la cual, le resulta prácticamente imposible salir, es obsesivo. Pueden pasar años y la persona seguir imaginándose situaciones, lugares, frases. Como consecuencia, la persona quiere saber exactamente, busca información de una manera obsesiva, interroga de manera inquisitiva a su pareja. Quiere saberlo todo. Aparecen fenómenos como la desconfianza, los celos, la paranoia y la vigilancia, el registro, como manera de intentar controlar una situación que se escapa de las manos. Una multiplicidad de reacciones se desatan. Si la pareja ha sido capaz de mentir, saber la verdad se impone al precio que sea. Se enfocan en detalles, nimiedades a veces pero que ahora, a la luz de la infidelidad, pueden ayudar a comprender, a explicar, a saber. Se adentra en un bucle del cual es difícil salir. En esta situación, la persona víctima de infidelidad caracterialmente se transforma, aparecen lados oscuros que ni sospechaba. Se vuelve desconfiada, controladora, celosa. Y cada vez que el fantasma de la infidelidad reaparece, muchas reacciones ya mencionadas en apartados anteriores vuelven a suceder, como el primer día. Es decir, es como si la persona víctima de infidelidad volviera a esa primera vez en que se enteró de la noticia y vuelve a pasar por las fases de shock, rabia, ira, deseos de venganza, tristeza, depresión, angustia, culpa, ansiedad, vergüenza. Se vuelve una y otra vez a la casilla de salida. La persona actúa como si la infidelidad se repitiera una y otra vez, lo que ocasiona cambios en el carácter, continuos altos y bajos, cambios de humor, en definitiva, una marcada inestabilidad emocional. Es como si la persona estuviera atrapada en una vivencia de la que no puede salir. Revive la experiencia una y otra vez. Su vida se ha parado. No puede dar ni marcha atrás ni tirar para adelante. Está atascada en un suceso del que no puede salir. Esta reviviscencia, a veces, se manifiesta también a través de los sueños, convertidos muchas veces en pesadillas.

Es como si la persona buscara entender, comprender… necesita explicaciones. Busca un motivo, una causa, una explicación. Busca comprender lo que pasó. Intenta aferrarse desesperadamente a la razón, al entendimiento. Es como si volviera constantemente al lugar del crimen para encajar las piezas. Porque la infidelidad, pertenece a lo inefable. De hecho, el acto de la infidelidad es un acto secreto, no dicho.

El factor sorpresa suele ser, en muchos casos, el tinte que da color al trauma: “No me lo esperaba de él”. Efectivamente, la infidelidad, en muchos casos, pilla por sorpresa. La persona no se lo espera. La persona confía, lo que es normal porque está pactado. Lo contrario sería celotipia y por lo tanto sería del orden de la patología.

Autoestima

La autoestima, el sistema inmunitario de la conciencia, es esa confianza en nuestras capacidades. Pero también para la autoestima, la confianza resulta fundamental: “La esencia de la autoestima es confiar” (Branden, 1994, p. 22).

La baja autoestima en personas víctima de infidelidad viene de la pérdida de confianza en sí mismas y en sus capacidades, particularmente del hecho de verse sustituidas, reemplazadas, vencidas, inferiores a la persona amante. Algunas sienten que han fracasado tanto en su identidad personal como de género. Las personas así, se sienten inseguras, no confían en sus capacidades, abandonando, en muchos casos, actividades placenteras como el deporte, la costura, la pintura, la escritura. Su seguridad, en muchos casos, desaparece. No parece las mismas personas de antes. En parte, debido a la vergüenza y a la humillación, distorsionan la imagen de sí mismas. No se ven como les ven los demás. El concepto de sí mismas se devalúa y tienden a callarse por miedo a perder más aún si cabe. Su mirada se centra en los defectos propios y en cómo podrían camuflarlos mejor. Recuerdo una mujer que lo primero que hizo tras enterarse de la infidelidad fue llamar a una esteticista para hacerse una limpieza de cutis. Era su primera vez.

Aparecen rumiaciones, pensamientos machacantes, casi obsesivos sobre la imagen, el autoconcepto. En este sentido, la persona va intentar lidiar con este sentimiento o bien inhibiéndose aún más o bien, compensándolo, de manera compulsiva, en una especie de explosión maniaca.

Vergüenza

Ese afecto que depende de la mirada del otro, emerge casi inmediatamente, en la infidelidad. Tiene que ver con el rechazo, con el desprecio de la persona de quien esperamos afecto y normalmente se reacciona evitando, ocultándose y retirándose (Cyrulnik, 2013). En la persona avergonzada, “la representación de sí está desgarrada” (Ibid, p. 46). Una representación devaluada por no haber estado a la altura.

La vergüenza está ligada al sentimiento de inferioridad: “la vergüenza es un sentimiento penoso de inferioridad, indignidad o deprecio ante los demás” (Thalman, 2008, p. 58). Y aquí es donde nos encontramos con la dimensión social de la infidelidad, que muy a menudo se ignora. La persona víctima de infidelidad se para a pensar en lo que los demás pensarán de ella, interpreta que los demás verán algo que ella no ve, en quién lo sabe y lo sabía antes que ella. A ojos de los demás, se siente culpable, fracasada y teme ser juzgada. Por eso, tiende a esconderse. Quisiera desaparecer. Porque, recordemos, que la infidelidad, en la mitología popular, ocurre porque esa persona no le ha dado algo que se suponía que le tenía que dar. Es decir, que la infidelidad, desde esta errónea perspectiva, es culpa de la persona víctima de la infidelidad. De ahí la vergüenza social. Todo el mundo sabrá que ella no le ha dado algo. Ella será la culpable.

La infidelidad es vivida como una humillación no sólo privada sino pública. Su vida íntima de alguna manera se ve aireada, sacada a la luz. Lo que pertenece al ámbito de lo privado es publicado sin su consentimiento. A veces se ve hasta “obligada” a contar, a airear aspectos de su vida privada. Algo que no hubiera hecho de no haber habido infidelidad. Pierde un poco su dignidad. Esa transparencia involuntaria que denota su falla, ese poner en evidencia, genera vergüenza.

Como la vergüenza no suele expresarse, se inventan algunas estrategias para ocultarla. Recuerdo una persona víctima de infidelidad que cuando “explicaba” como acabó su relación sólo podía articular la misma frase: la relación se “terminó de manera muy traumática”. Esta persona pasó meses encerrada en casa durante los fines de semana. Dejó de asistir a actos públicos como ceremonias y celebraciones.

Secuelas de la infidelidad y estrés postraumático

Dadas las secuelas que la infidelidad produce en algunas personas, particularmente en parejas de larga duración y que deciden continuar con la relación, podríamos considerar la infidelidad como trauma, y situar los síntomas de algunas personas víctimas de infidelidad dentro de la categoría diagnóstica de estrés postraumático. Precisando que no todas las personas víctimas de infidelidad presentan esta sintomatología particular. La reacción psicológica ante la infidelidad depende de muchas variables como la edad, las circunstancias, la estabilidad de la pareja, los recursos psicológicos, la red social, la propia personalidad, entre otras.

No obstante, la experiencia de la infidelidad en algunos casos transforma, modificando a la persona, de tal manera que altera su personalidad y su manera de apreciar y evaluar la realidad. El recuerdo constante de la infidelidad, impide “pasar página”, generando conflictos que pueden durar años. Es como si la persona víctima de infidelidad, en algunos casos, se quedara atrapada en ese instante, fijada, bloqueada. Por momentos, parece vivir con normalidad, hasta que algo en su mente salta y revive de nuevo la infidelidad. Es un constante rumiar. Es como si esa idea estuviera constantemente en la mente ,a veces como telón de fondo y otras veces, como protagonista. Es como si la experiencia de la infidelidad no se terminara de asimilar. Algo se detiene y no se puede avanzar. Muchas personas realizan esfuerzos ingentes para “superar” la infidelidad y seguir adelante sin conseguirlo. Dos, tres, cuatro y hasta cinco años pueden pasar en ese “impass”. En ocasiones, tras años de haberse separado, aún siguen sin poder pasar página o rehacer su vida. Siguen ancladas en la infidelidad, en el dolor, en el sufrimiento, en la rabia, en el temor. No es extraño que se den cambios en las personalidad, volviéndose desconfiada, paranoide, celosa, irritable, ansiosa. En ciertas personas, la venganza toma forma de promiscuidad sexual, de infidelidad y otros comportamientos impulsivo-compulsivos [14] a menudo adoptando formas de autoagresión como recaídas en adicciones, pudiendo llegar al suicidio. También hay formas de heteroagresión como por ejemplo, ser infiel o convertirse en amante para vengarse, por ejemplo.

Criterios de estrès postraumático en la infidelidad

La conceptualización y definición de esta categoría diagnóstica así como su modificación a través de los años, resulta controvertida. Otro punto polémico es el parentesco sintomatológico con otras categorías diagnósticas como trastorno de estrés agudo. Finalmente, lo que añade más debate al tema es la evaluación de esta problemática en los adultos (Crespo y Gómez, 2011).

No obstante, ante la noticia de la infidelidad, en la práctica clínica encontramos un patrón que se repite, particularmente en las relaciones de larga duración, coincidiendo con la sintomatología propia del estrés postraumático. En este sentido, vamos a revisar dichos criterios y a mostrar esta particular coincidencia.

Para comenzar, debemos precisar que el trastorno de estrés postraumático es ante todo un trastorno de ansiedad. Un estado de inseguridad, conmoción, intranquilidad, nerviosismo y preocupación, caracteriza a algunas personas que han sido víctimas de infidelidad. Estado que puede extenderse a lo largo del tiempo e, incluso cronificarse. Estas personas ven su vida, sus sueños, sus proyectos peligrar, cuando no, desaparecer. Este estado anímico no permite dormir, relajarse, estar en determinados lugares, alimentarse, al contrario, desencadena muchas otras reacciones como la hipervigilancia, falta de apetito porque el estómago se cierra, agitación psicomotriz en muchos casos, dolores diversos de origen tensional. Es un estado que lo invade todo y genera mucho miedo fundamentalmente por la sensación de no poder controlar.

Pero además del cuadro ansioso, se presentan circunstancias características como la re-experimentación del evento traumático, la evitación de estímulos asociados al trauma y un embotamiento de la capacidad de reacción del sujeto. Una de las cosas que más destacan en las personas a quienes se les comunica la infidelidad de su pareja y que deciden permanecer en la relación, es la constante reviviscencia de la infidelidad. Su cabeza no puede parar de imaginárselo, de verlo. Son imágenes que invaden la mente, que irrumpen, sorprendiendo a la persona. Por ello, en parte, se intenta evitar todo aquello que recuerde la infidelidad, la mayor parte de veces sin éxito.

La sorpresa del desvelamiento de la infidelidad en la mayor parte de ocasiones, en un primer momento, deja sin capacidad de reacción. La persona entra como en un estado de parálisis. En algunos casos, no se siente nada. Recuerdo una persona que dijo que empezó a reaccionar, a darse cuenta [15], a tomar conciencia, a despertar, a los seis meses de la noticia y al año, osó preguntar finalmente, lo que realmente había sucedido. La persona no puede creerlo. Por supuesto que las personas continúan con su vida pero a nivel emocional, algo se para. No se entiende. Esa incomprensión del porqué, del cómo, y los numerosos interrogantes que emergen y que, en la mayor parte de casos no son revelados, tampoco permite elaborar psíquicamente la situación, con lo que el embotamiento puede ser mayor. La falta de comunicación, las mentiras, las ocultaciones, en definitiva, la falta de información y la deshonestidad por parte de la persona infiel, no permite salir de ese estado de incredulidad.

El estado de estrés postraumático está representado por toda una sintomatología que exponemos a continuación y que coincide en muchísimas personas víctimas de infidelidad (Bobes et al., 2000).

Cuadro clínico:

A. La persona ha estado expuesta a muerte o amenaza de muerte o peligro de daño grave, o violación sexual real o amenaza, en una o más de la siguientes maneras:

1. Experimentar uno mismo el acontecimiento. 


2. Ser testigo del acontecimiento que le ha ocurrido a otro. 


3. Tener conocimiento de un acontecimiento que le ha ocurrido a alguien cercano o a un amigo.

4. Experimentar exposiciones repetidas o de extrema aversión a detalles del acontecimiento (por ejemplo personal de emergencias que recoge partes de cuerpo; agentes de policía expuestos repetidamente a detalles sobre abuso infantil).

Lo extraño de este ítem es que en ciertos casos, no hay una exposición directa al acto infiel en sí, lo que se experimenta en primera persona es el hecho de saber o de enterarse. Lo que resulta particularmente traumático es “la ausencia física del cónyuge traicionado” (Pittman, 1994, p. 43). Esa revelación de su ausencia resulta ser una forma de exposición en primera persona a un peligro o daño grave. La amenaza está fundamentalmente en la desaparición, la aniquilación de todo un sistema de vida que la infidelidad implica, además del distanciamiento emocional que suele conllevar. La infidelidad golpea en la línea de flotación psicológica de la persona, la cual, en un principio, tiende a quedar paralizada, bloqueada. A veces, entra en tal estado de confusión que le puede llevar meses incluso, para salir de él. Cuesta reaccionar. Dicho estado impide en muchos casos tomar decisiones. Hay una resistencia mental a creerlo, frecuentemente acompañada de otros mecanismos de defensa como el de la negación “Esto no me puede estar pasando” o despersonalización “Es un sueño y en cualquier momento me voy a despertar”.

En algunos casos, la infidelidad puede llevar a la ruptura amorosa, al abandono sin mayores explicaciones por parte de la persona infiel, sin hablar de lo que ocurre en la pareja. Esta desaparición aumenta la cualidad traumática del acontecimiento. La persona infiel lleva en completo silencio y ocultación, por adelantado e individualmente, todo un proceso de separación que comenzó mucho tiempo antes incluso de la infidelidad. La persona víctima de infidelidad recibe un duro golpe que, por no ser físico, no es menos dañino. No estaba preparada. Empiezan las preguntas, la lucha para no volverse loca. El mundo se derrumba. La cabeza no fluye, se embota, brotan preguntas para intentar comprender, retomar el control: ¿desde cuándo? ¿qué ha pasado? ¿cuántas veces? ¿le quieres? ¿cómo es posible?

Lo difícil para ser considerado estrés postraumático es calibrar a qué llamamos exposición al daño. Porque no le ha pasado físicamente nada. Su integridad física no ha sido amenazada. Pero si su integridad psicológica. El daño tiene secuelas irreversibles tanto en ella como en la familia. Muchos vástagos llegan a enterarse, incluso, los progenitores los utilizan como árbitros en la contienda, en la medida en que se posicionan del lado de la víctima en muchas ocasiones, negándose a tratar con la persona que ha sido infiel. Ocurre que la modificación caracterial no sólo afecta a la persona a quien se le “notifica” la infidelidad, sino a la progenitura. Esta puede expresarlo de muchas maneras: cambios bruscos de humor, bajada en el rendimiento escolar, depresión, ansiedad, fobias diversas, culpabilidad, ira, rabia, agresividad, violencia, trastorno negativista desafiante. También afecta a la economía familiar, empobreciéndola, en la mayor parte de los casos.

Lo particular de esta situación es que la persona experimenta la infidelidad repetidamente con cada exposición a imágenes, conversaciones, películas. Cualquier mención al tema puede ser un desencadenante para revivir toda la sintomatología.

B. Síntomas intrusivos que están asociados con el acontecimiento traumático (iniciados después del acontecimiento traumático), tal y como indican una (o más) de las siguientes formas:

1. Recuerdos dolorosos del acontecimiento traumático, espontáneos o con antecedentes recurrentes, e involuntarios e intrusivos.

2. Sueños recurrentes angustiosos en los que el contenido y / o la emoción del sueño están relacionado con el acontecimiento. 


3. Reacciones disociativas (por ejemplo, flashbacks) en el que el individuo se siente o actúa como si el acontecimiento traumático estuviese ocurriendo (estas reacciones pueden ocurrir en un continuo, en el que la expresión más extrema es una pérdida completa de conciencia del entorno).

4. Malestar psicológico intenso al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático. 


5. Importantes respuestas fisiológicas al recordar el acontecimiento traumático.

Ni que decir tiene que este grupo de síntomas intrusivos son quizás los más destacados en las personas víctimas de infidelidad. El revivirla constantemente, el reactivarla a través de los estímulos tanto externos como internos, el intenso malestar psicológico ante evocaciones, las respuestas fisiológicas ante el recuerdo o la referencia a la infidelidad como vómitos, mareo, nauseas, contracción del estómago, ansiedad. Muchas veces, la persona queda atrapada en una especie de bucle, un “impass”, caracterizado por rumiaciones constantes de tipo obsesivo, evocando el evento doloroso.

Cada uno de estos cinco ítems de este criterio diagnóstico refleja a la perfección las secuelas de muchas personas víctimas de infidelidad. Así, los recuerdos dolorosos de la infidelidad se evidencian y reactivan de manera intrusiva, es decir, sin que la voluntad de la persona intervenga, involuntaria y recurrentemente.

En muchos casos hay sueños angustiosos y pesadillas relacionadas con el tema, incluso mucho tiempo después.

Las reacciones disociadas, entre otras, a modo de flashback, es decir, escenas retrospectivas o ilusiones visuales propias de un trastorno de percepción (Howell, 2005), se suceden incluso años después. La reviviscencia de estas escenas hace que, en la persona que las vive, se desencadenen toda una serie de reacciones como las que brotaron al principio. Algunas personas víctimas de infidelidad se ven atrapadas en un bucle de fantasías e imágenes del evento que no han visto, pero lo sufren en propia carne. Quizás esta es la mayor de las paradojas. Verse asaltada por fantasías de un evento que no le ha sucedido pero al mismo tiempo, sí. Es decir, es una situación no vivida como protagonista pero afecta directamente justamente por no haberla vivido, es decir, porque su pareja no mantuvo una relación con ella en ciertos momentos, sino con otra persona. Pues bien, estas imágenes fantaseadas, son vividas en la mente una y otra vez. Las personas no parecen tener ningún control sobre ellas. Cuando éstos flashbacks se producen, la persona vuelve a reaccionar como al principio, desencadenándose reacciones fisiológicas y fundamentalmente un profundo malestar psicológico, destacando la angustia, la ansiedad y la depresión, síntomas que pueden estar presentes durante años.

Muchas de las respuestas psicológicas, como resultado de un estrés prolongado, pueden desencadenar incluso enfermedades psicosomáticas como síndrome de colon irritable, hipotiroidismo. En general, enfermedades de carácter autoinmune. También se producen dolores musculares de origen tensional que, en ciertos casos, se vuelven crónicos, apareciendo contracturas que necesitan tratamiento a largo plazo.

Desesperanza, depresión y ansiedad. Es una triada emocional que generalmente se concatena.

C. Evitación persistente de estímulos relacionados con el acontecimiento traumático (iniciados después del acontecimiento traumático), a través de la evitación de una (o más) de las siguientes formas:

1. Evitación de recordatorios internos (pensamientos, sentimientos o sensaciones físicas) que estimulan recuerdos relacionados con el acontecimiento traumático.

2. Evitación de recordatorios externos (personas, lugares, conversaciones, actividades, objetos, situaciones) que estimulan recuerdos relacionados con el acontecimiento traumático.

Esta evitación cambia la vida de la persona víctima de infidelidad. A consecuencia de la evitación, la persona suele cambiar hábitos de vida, a veces drásticamente. Deja de rodearse de gente, deja de frecuentar lugares habituales, pierde contactos y, en algunos casos, tiene que empezar la vida desde cero. Hay personas que llegan incluso a cambiar de puesto de trabajo para evitar toparse con la tercera persona en discordia. La persona hace lo que sea con tal de evitar aquello que puede suscitar de nuevo toda la sintomatología descrita.

No obstante y paradójicamente, también hay personas víctimas de infidelidad que persisten en querer saber, incluso de manera obsesiva, detalles del acto y de la tercera persona, en un intento, al parecer, de comprender, llenar el hueco, el vacío que deja lo incomprensible, conocer personalmente a la figura de la amante, hablar con ella. En este sentido, su comportamiento lejos de ser evitante, puede parecer hasta persecutorio, lo que no deja de ser una reacción dañina y particularmente obsesiva.

D. Alteraciones negativas en las cogniciones y del estado de ánimo que se asocian con el acontecimiento traumático (iniciadas o empeoradas después del acontecimiento traumático), tal y como indican tres (o más) de las siguientes formas:

1. Incapacidad para recordar un aspecto importante del acontecimiento traumático. 


2. Persistente y exageradas expectativas negativas sobre uno mismo, otros, o sobre el futuro. 


3. Culpa persistente sobre uno mismo o sobre los otros sobre la causa o las consecuencias del acontecimiento traumático. 


4. Estado emocional negativo generalizado- por ejemplo: miedo, horror, ira, culpa o vergüenza.

5. Reducción acusada del interés o la participación en actividades significativas.

6. Sensación de desapego o enajenación frente a los demás.

7. Incapacidad persistente para experimentar emociones positivas

Con respecto a los lapsus de memoria, la persona a veces disociada o en estado de shock, no escucha o no retiene cierta información. Por eso, mucho tiempo después puede volver a escuchar lo sucedido y sentir que no lo había escuchado antes o, que es la primera vez que lo escucha cuando igual la pareja infiel ya se lo había dicho.

La persona víctima de infidelidad puede llegar a entrar en una espiral de baja autoestima que puede incluso desembocar en actos autolesivos. Las ideas de suicidio se pasan en algunos casos por la imaginación, cuando no, se realizan. Algunas fantasean pensando en tener accidentes de coche, imaginan las reacciones de las personas allegadas si “desaparecen”. La persona víctima de infidelidad en esta situación postraumática se piensa la más fea, la más gorda y la persona más denigrante del mundo. Piensa que nadie va a quererla nunca y que nunca saldrá de ese pozo. Fantasea sobre la posibilidad de quedarse sola hasta el fin de sus días. Desarrolla muchas fobias y comportamientos fóbicos o de evitación. Tiene miedo de salir incluso a comprar. Siente una mezcla de sentimientos que van desde el miedo, pasando por la rabia, la culpa y sobre todo la vergüenza, el qué dirán, cómo va a explicar lo sucedido. Evita salir a la calle para no exponerse. Se plantea si hay personas que saben lo que ella no ha sabido hasta ahora. Por supuesto, que deja prácticamente todas las actividades de lado, exceptuando el trabajo en algunos casos. Se distancia de todas las personas, se aísla. Puede incluso pasar meses sin salir de casa, sin llamar a nadie. No siente nada… algo se ha congelado, parado en su interior.

E. Alteraciones en la activación y reactividad que están asociados con el acontecimiento (iniciadas o empeoradas después del acontecimiento traumático), tal y como indican tres (o más) * de las siguientes formas:

1. Comportamiento irritable, enojado o agresivo. 


2. Comportamiento temerario o auto-destructivo. 


3. Hipervigilancia.

4. Respuestas exageradas de sobresalto. 


5. Dificultades para concentrarse.

6. Trastornos del sueño – por ejemplo, dificultad para quedarse o permanecer dormido [16].


Cabe destacar la rabia, la ira incluso llegando a la agresividad y la violencia, además de un estado permanente de irritabilidad. Esta rabia, en algunos casos, asesina, se ve claramente en la película “Infiel” en el que el protagonista víctima de la infidelidad, mata al amante. Sin llegar a esos extremos, conocemos bien escenas de peleas entre la persona víctima de infidelidad y la persona amante o situaciones en las que, la persona víctima y la persona amante se ponen en contacto y se informa de lo sucedido. También sabemos de actos de agresión consistentes en amenazas, llamadas telefónicas acosadoras, de planes sobre cómo vengarse, de venganzas a través de impedir que la persona infiel vea a los vástagos. Hay muchas maneras en que las personas víctimas de infidelidad han generado respuestas violentas. No obstante, hay personas que sufren este estado de ira como irreal, como estados en que no son ellas mismas como si algo se apoderara de ellas. Se asemejan a formas alteradas de conciencia o estados disociativos.

El comportamiento temerario y autodestructivo se impone, llegando en algunos casos hasta el suicidio. Ya nada importa. La persona no tiene nada que perder. Es un estado de desesperación. “¿Qué más da ya?” oiremos en consulta muchas veces. En otras ocasiones, las personas vuelven a recurrir a sustancias tóxicas: recaen en el tabaquismo o retoman el consumo de cannabis, por ejemplo.

La hipervigilancia se caracteriza por una sensibilidad sensorial acentuada acompañada de una exageración de conductas overreacting, con la finalidad de detectar amenazas (Bobes et al., 2000). Algunas víctimas de infidelidad, desarrollan una marcada atención a cualquier señal que le indique de nuevo otra infidelidad, rozando a veces la paranoia, puesto que en su día, no fueron capaces de preverla. Están atentas a cualquier llamada, cualquier detalle, cualquier cambio de voz, de comportamiento. La infidelidad les ha pillado por sorpresa y ahora tienen que prevenir.

Una mayor atención y alerta suele ir acompañada de una exaltación sensorial, cognitiva y afectiva. Hay una mayor consciencia que suele paradójicamente ir acompañada de una marcada distraibilidad. De ahí, en parte las dificultades para concentrarse y para dormir, muchos tiempo después, incluso años.

F. Estas alteraciones (síntomas de los Criterios B, C, D y E) se prolongan más de 1 mes.

Todas las alteraciones mencionadas y explicadas se producen mucho tiempo después, incluso años, y con nuevas parejas. Hay personas que la celotipia se vuelve caracterial, es decir, que los cambios de carácter sufridos en la infidelidad permanecen a lo largo del resto de la vida. La desconfianza particularmente pasa a formar parte del carácter, impidiendo incluso impide que la persona rehaga su vida. Las nuevas parejas podrían –y de hecho, en algunos casos lo son– ser víctimas de estas secuelas.

Hay que precisar que ciertas alteraciones persisten cuatro y cinco años después, a veces, con la intensidad del primer día.

También matizar que la mayor parte de estas secuelas, perduran fundamentalmente en las parejas que, a pesar de la infidelidad, siguen adelante con la relación, es decir, que no ha habido separación.

En las parejas que se separan, si bien la mayor parte de los síntomas pueden permanecer con el tiempo, mucho tiempo, años después, también desaparecen algunos, sobre todo aquellos síntomas descritos en las secciones A, B y C.

En general, suelen permanecer los trastornos del sueño, la hipervigilancia, las secuelas psicosomáticas, la evitación, la baja autoestima, la culpa, el desapego, la desconfianza. La depresión y la angustia suele remitir o tomar diferentes formas. La ansiedad tarda más y puede desaparecer aunque en otras personas, la ansiedad se transforma en ansiedad flotante generalizada. En la clínica, se ha observado también síntomas que remiten, pero que pueden volver a surgir al iniciar otra relación como la desconfianza, los celos, el control, la hipervigilancia, la susceptibilidad.

No obstante, el tipo de reacción de las parejas ante el hecho, lleven mucho o poco tiempo, suele mostrar un patrón similar, destacando un malestar psicológico intenso (ansiedad, depresión y angustia), insomnio, trastornos del sueño, comportamientos de evitación de estímulos relacionados, manifestaciones de ira y agresividad, embotamiento afectivo, hipervigilancia, comportamientos autodestructivos. La diferencia suele radicar en el factor tiempo. En cualquier caso, la mayoría de estos síntomas suelen durar más de un mes.

G. Estas alteraciones provocan malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

A riesgo de ser redundante, la persona víctima de infidelidad tiende a suspender actividades cotidianas, si bien en muchos casos llega a mantener el trabajo y los estudios, particularmente si el trabajo es fuente importante de ingresos. En otros casos, las bajas laborales se suceden así que como el abandono temporal o definitivo de los estudios. En muchos casos, se produce un aislamiento social y el cese de actividades, fundamentalmente de ocio. El distanciamiento puede afectar también a la familia de origen, familia extensa.

H. Los problemas no se deben a efectos fisiológicos directos de una sustancia o a una condición médica general.

Los síntomas frutos de la infidelidad de la pareja expuestos, no parecen estar conectados o relacionados con el consumo de sustancias tóxicas ni enfermedad alguna.

Reflexión final

La infidelidad, en muchas personas, no se supera del mismo modo que se supera la muerte de un ser querido ni ninguna otra pérdida. En este sentido, la infidelidad en algunas víctimas, parece una herida que no cicatriza, que no puede parar de supurar o que puede sangrar en cualquier momento de manera intensa a modo de hemorragia. Y que sigue influyendo a pesar del tiempo transcurrido. Puede llevar y de hecho lleva, años para “superarse”, debido fundamentalmente a la persistencia de la sintomatología a través del tiempo y a las enormes consecuencias que ésta acarrea en la persona que la sufre particularmente. La persistencia de la sintomatología traumática puede ser en parte, por la propia estructura de la infidelidad basada en una profunda herida narcisista infringida por la falta de conciencia moral de la persona infiel, quedándose estancada, la persona que la sufre “pasivamente”, en un bucle depresivo compuesto fundamentalmente de estructuras y mecanismos defensivos, difícil de digerir, generando altos niveles de sufrimiento.

Entroncamos la infidelidad con el concepto de trauma psíquico entendido éste como una experiencia vivida por el sujeto cuyo impacto, deja secuelas en forma de cuadro sintomático que guarda, en muchos casos, similitudes con el trastorno de estrés postraumático.

En este sentido, la infidelidad nos parece una problemática que tiene, en muchos casos, graves consecuencias en la salud mental de la víctima y para la familia en general. Hay que precisar que las víctimas de infidelidad son numerosas y las consecuencias tienen un coste económico y emocional muy elevado. Desgraciadamente, la bibliografía es escasa y poco rigurosa y llama la atención que no sea un foco de estudio e investigación más destacado.

En parte quizás aún se piensa que la infidelidad es una cuestión moral asociada a los valores morales, hoy en día en desuso. Percibimos en la infidelidad y en su trato, una cierta banalización de este mal. La psicología, y por extensión las ciencias en general, abordan poco y mal asuntos existenciales tales como el amor, la fidelidad, la voluntad, la honestidad, la fe, el perdón, el sufrimiento, el dolor, el daño, la moral, la ética, la libertad, el bien común. Todo ello queda oculto en el secreto profesional encerrado en clínicas terapéuticas en forma de síntomas, claras manifestaciones de dolor y sufrimiento difícil de tratar en muchas ocasiones.

Gran parte del trabajo consistiría primeramente en desmitificar muchos juicios y prejuicios sobre la infidelidad que circulan en forma de creencias populares. En dar a las relaciones y vínculos una mayor relevancia tanto en sus aspectos patológicos como sanos.

Notas

1. Agradables y breves. No se necesita esfuerzo alguno para disfrutar de ellas.

2. Móviles de la infidelidad (Salomon, 2005).

3. Término filosófico que significa sí mismo.

4. Discrepancia, contradicción o incompatibilidad entre las creencias, los pensamientos e ideas (cogniciones) y las acciones.

5. Anlehung”, término que define un tipo de relación de dependencia. Fue utilizado por Freud, por primera vez en “Tres ensayos sobre una teoría sexual” en 1905. Ha sido traducido por apoyo o apuntalamiento.

6. Cuyo precursor podríamos situarlo en el filosofo estoico griego Epicteto quien decía que las personas son afectadas por la opinión que se hacen de los acontecimientos, no por los acontecimientos en sí.

7. Pieza tejida con fragmentos de otras telas.

8. Delirio, es decir, evidencia, más que creencia, de una interpretación de la realidad dislocada. Algo interno, tras ser disociado, es proyectado en el exterior. Y ese error –percepción paranoidemente rígida– es entendida como un auténtica verdad. Se trata de una “forma de razonar” por la cual se percibe como real algo que no lo es (Castilla del Pino, 1998).

9. Delirio compartido.

10. Mecanismo de defensa regresivo que consiste en suplantar una realidad virtual a la realidad real. No tiene nada que ver con el concepto de imaginación, proceso sano orientado hacia una realidad (Castilla del Pino, 1998).

11. “False self”.

12. Ninfa que habitaba escondida los bosques castigada a responder a la voz del otro, repitiendo la última palabra pronunciada (Ovidio,1997).

13. It is the subjective experience of the objective events that constitutes the trauma…The more you believe you are endangered, the more traumatized you will be…Psychologically, the bottom line of trauma is overwhelming emotion and a feeling of utter helplessness. There may or may not be bodily injury, but psychological trauma is coupled with physiological upheaval that plays a leading role in the long-range effects”.

14. Acting out o pasaje al acto, término psicoanalítico que en la clínica psiquiátrica designa una serie de acciones impulsivas, violentas, agresivas que expresan una imposibilidad de representar, es una forma simbólicamente distorsionada y en general, no forman parte de la manera de reaccionar del sujeto (Laplanche y Pontalis, 1993).

15. En el sentido del término inglés “realize”.

16. Los síntomas necesarios para el cumplimiento de este criterio serán contrastados con datos a nivel empírico.

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Contacto

inmajauregui@gmail.com

Inteligencia emocional

Inmaculada Carrascosa Moreno
Psicóloga General. Psicoterapeuta

Claudia Westedt Blanco
Psicóloga General. Psicoterapeuta
.

Introducción

Los primeros autores en usar el término de inteligencia emocional (I.E.) se remontan a textos de Beldoch (1989) Leuner (1966) y Stanley Greenspan en (1989).

El concepto de I.E. apareció por primera vez en el año 1990 en un artículo publicado por Peter Salovey y John Mayer como una habilidad para manejar los sentimientos y emociones, discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones.

En el año 1995 publica Daniel Goleman su libro “Inteligencia emocional” proponiendo una nueva visión de la inteligencia humana más allá de lo cognitivo e intelectual apostando por la educación emocional y social para comprender el desarrollo de la vida de las personas. A partir de Goleman el concepto de I.E. tiene una difusión espectacular y fue popularizado a partir de su primer bestseller “Inteligencia Emocional”.

Goleman plantea que un coeficiente de inteligencia (C.I) tiene que ir acompañado de un buen nivel de coeficiente emocional C.E. Un C.I. nos puede permitir sacar un sobresaliente en un examen pero no nos asegura triunfar en la vida.

El C.E. implica las relaciones interpersonales, la autoestima la consciencia de uno, la sensibilidad y adaptabilidad social.

El C.I. es de carácter fijo y no se puede cambiar, el C.E. si se puede modificar, podemos madurar emocionalmente y tener más capacidad para reconocer nuestras emociones y las ajenas.

Según Goleman el C.I. parece aportar aproximadamente un 20% de los factores determinantes del éxito, por ello saber gestionar la I.E. es la base le la competencia emocional, entendida como una capacidad adquirida que puede desarrollarse a través del modelamiento y la educación emocional.

Definiciones sobre Inteligencia emocional

Según Mayer y Salovey (1997): “la I.E. incluye la habilidad para percibir con precisión, valorar y expresar emoción, la habilidad de acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan pensamientos la habilidad de comprender la emoción y el conocimiento emocional o la habilidad para regular las emociones para promover el crecimiento emocional e intelectual”.

Existen dos tipos de inteligencia:

  1. Racional: estudiar, calcular, leer, escribir y aprender.

  2. Emocional: Conocemos, valoramos, controlamos, comunicamos y el querer.

Según Goleman: “la I.E. es una forma de interactuar con el mundo que tiene muy en cuenta los sentimientos y engloba habilidades tales como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, la agilidad mental. Ellas configuran rasgos de carácter como la autodisciplina, la compasión o el altruismo, que resultan indispensables para una buena y creativa adaptación social”

La I.E. es una capacidad humana que nos permite:

  • Percibir, conocer, comprender, expresar y regular nuestras emociones manejándolas de forma adecuada y evitar emociones incontroladas.

  • Conseguir un adecuado control de las emociones: con mayor tolerancia a la frustración, mejor manejo de las emociones negativas (estrés, ansiedad, ira, tristeza).

  • Potenciar la autoestima, automotivación, esfuerzo, tenacidad, constancia, reconocimiento y rectificación de errores, resolución de problemas, seguridad, autorrefuerzo y percepción de control.

  • Reconocer las emociones de los demás, a través del lenguaje del tono de apariencia de su comportamiento. La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprender lo que los demás necesitan o desean.

  • Entrenarnos en habilidades que nos permitan comunicarnos, tener, mantener y disfrutar de las relaciones interpersonales.

La I.E. incluye dos grandes tipos:

1. Inteligencia intrapersonal: integrada por tres componentes:

  • Conciencia en uno mismo: las fortalezas, debilidades, estados de ánimo, emociones e impulsos que tendrán efecto sobre los demás.
  • Autorregulación o control de sí mismo: es la habilidad de controlar nuestras propias emociones e impulsos para adecuarlas a un objetivo.
  • Automotivación: es la consecución de los objetivos, haciendo frente a los problemas y generando soluciones.

2. Inteligencia interpersonal: está compuesta por otras competencias que determinan el modo en que nos relacionamos con los demás.

  • Empatía: es la habilidad para comprender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás.
  • Habilidades sociales: capacidad para inducir respuestas deseables en los demás.

El cerebro emocional: factores biológicos y anatómicos

Según Goleman la I.E. tiene una base física en el tronco encefálico, encargado de regular las funciones vitales básicas.

Nuestro centro emocional es conocido como neocórtex, cuyo desarrollo es anterior a nuestro cerebro racional.

  • La amígdala cerebral: también es importante en el proceso asociado a la I.E. porque segrega la noradrenalina que es la encargada de estimular los sentidos.

  • El núcleo amigdalino: regula la conducta emocional innata y base de las respuestas y aprendizaje emocional. Especialmente vinculado a las experiencias generadoras de miedo y conductas agresivas.

  • El hipotálamo: Rector de las expresiones motoras emocionales básicas.

  • El hipocampo: principal estructura asociada al aprendizaje y a la memoria espacio temporal.

  • El área septal: asociado al reforzamiento de conductas de supervivencia, motivación sexual.

  • La circunvolución cingulada: donde se integra la información emocional con la cognoscitiva, modulando los estados cognitivos y afectivos.

Se considera la amígdala cerebral como la gestora de las emociones ya que prepara una reacción emocional ansiosa e impulsiva, pero otra parte del cerebro de encarga de elaborar una respuesta más adecuada.

El regulador cerebral que desconecta los impulsos de la amígdala se encuentra en el extremo de una vía nerviosa que va al neocórtex, en el lóbulo prefrontal. Esta área prefrontal es un modulador de las respuestas proporcionadas por la amígdala y otras regiones del sistema límbico dando una respuesta más analítica y equilibrada.

Concretamente el lóbulo prefrotal izquierdo es el encargado de atenuar los impulsos emocionales más perturbadores.

Resumiendo las conexiones existentes entre la amígdala y el neocórtex son el núcleo de la gestión entre los pensamientos y los sentimientos.

Esto explicaría el motivo por el cual la ecuación es básica para pensar eficazmente, tomar decisiones adecuadas y encontrar la autonomía y el bienestar personal.

Por qué es tan importante la Inteligencia emocional

Las personas que tienen I.E. o consiguen desarrollarla cumplen los siguientes objetivos en su relación con los demás:

  • Que quienes la rodean se sienten a gusto con él.

  • Que al estar a su lado no experimentan las sensaciones negativas.

  • Que confíen en él cuando necesiten algún asesoramiento tanto a nivel personal como profesional.

  • Es capaz de discernir o encauzar las emociones negativas que experimenta (ira, tristeza, frustración, estrés.)

  • Tiene mayor capacidad de relacionarse con los demás por saber empatizar y ponerse en el lugar el otro.

  • Consigue utilizar las críticas como algo positivo analizándolas y aprendiendo de ellas.

  • Al tener esa I.E. sabe analizar las emociones negativas permitiéndole mantener una vida más equilibrada en lo personal, académico, laboral y social.

  • Señales de identidad de una persona con I.E.:

  • Huyen de la monotonía, buscan alternativas para tener una vida más plena y feliz.

  • Son firmes cuando así se requiere.

  • Siempre miran hacia adelante a la hora de seguir viviendo con un alto grado de motivación y optimismo.

  • Están continuamente aprendiendo.

  • Ventajas de las personas emocionalmente inteligentes:

A. Competencia personal:

A.1. Conciencia de uno mismo: Conciencia de nuestros propios estados internos, recursos e intuiciones:

  • Conciencia emocional: reconocer las propias emociones y sus efectos.
  • Valoración adecuada de uno mismo: conocer las propias cualidades y debilidades.
  • Confianza en uno mismo: Seguridad en la valoración que hacemos sobre nosotros mismos u sobre nuestras capacidades.

A.2. Autorregulación: Control de nuestros estados, impulsos y recursos internos.

  • Autocontrol: Capacidad de manejar acertadamente las emociones y los impulsos conflictivos.
  • Confiabilidad: Lealtad al criterio de sinceridad e integridad.
  • Integridad: Asumir la responsabilidad de nuestra actuación personal.
  • Adaptabilidad: Flexibilidad para saber gestionar los cambios.
  • Innovación: Ser flexible ante nuevas ideas, enfoques e información.

A.3. Motivación: Las tendencias emocionales que guían o facilitan el logro de nuestros objetivos.

  • Motivación de logro: esforzarse por mejorar o satisfacer determinadas metas.
  • Compromiso: Secundar los objetivos de un grupo u organización.
  • Iniciativa: Rapidez para actuar cuando se presenta la ocasión.
  • Optimismo: Tenacidad en la consecución de los objetivos a pesar de los contratiempos vinculándolos hacia pensamientos positivos y realistas.

B. Competencia social:

B.1. Empatía: Es la conciencia de los sentimientos, necesidades y preocupaciones de los demás personas.

  • Comprensión de los demás: Captar los sentimientos y los puntos de vista de otras personas y sus preocupaciones.
  • Orientación hacia el servicio: Anticiparse, reconocer y satisfacer las necesidades de los otros.
  • Aprovechamiento de la diversidad: Aceptar las oportunidades que nos ofrecen diversas personas.
  • Conciencia política: Capacidad de darse cuenta de las corrientes emocionales y de las relaciones de poder subyacentes en un grupo.

B.2. Habilidades sociales: Capacidad para introducir respuestas deseables en los demás.

  • Influencia: Utilizar estrategias de persuasión eficaces.
  • Comunicación: Emitir mensajes claros y comunicantes.
  • Liderazgo: Como un conjunto de habilidades directivas que tiene un individuo para influir en la forma de ser o actuar de las personas o en grupos de trabajo.
  • Catalización del cambio: Iniciar o dirigir los cambios.
  • Resolución de conflictos: Capacidad de negociar y resolver conflictos.
  • Colaboración y cooperación: Trabajar con los demás para conseguir objetivos y metas comunes.
  • Habilidad de equipo: Ser capaces de crear la sinergia grupal en la consecución de objetivos de grupo.

¿Qué es una emoción?

Las emociones son fenómenos efectivos y subjetivos entendidos como una manera de adaptación de ambiente en que el individuo se desarrolla.

Una emoción es un proceso que se activa cuando el organismo detecta algún peligro, amenaza o de desequilibro con el fin de poner en marcha los recursos para controlar la situación.

Según el psicólogo V. J. Wukmir: “La emoción es una respuesta inmediata del organismo que le informa del grado de favorabilidad de un estímulo o situación. Si la situación le parece favorecer su supervivencia experimenta una emoción positiva (alegría, satisfacción, deseo, paz, etc.) y si no, experimenta una emoción negativa (tristeza, desilusión, pena, angustia, etc.)”

Hockenbury y Hockenbury (2007): “Una emoción es un estado psicológico complejo que implica tres componentes distintos: una experiencia subjetiva, una respuesta fisiológica y una respuesta conductual o expresiva”.

¿Para qué nos sirven las emociones?

  1. Psicológicamente: potencian o alteran la atención, la concentración, incrementan o reducen ciertos comportamientos, activan asociaciones, influyen en nuestra forma de ver e interpretar el mundo…

  2. Fisiológicamente: provocan respuestas somáticas por ejemplo alteraciones cardio – respiratorias y digestivas, afectan a expresiones faciales, músculos, voz, actividad del Sistema Nervioso Central…

  3. Contractualmente: establecen nuestra posición respecto al entorno, nos acercan o eligen de ciertas personas, estímulos, objetivos…

Funciones de las emociones

Adolphs 2002: “Las emociones constituyen una serie de mecanismos corporales desarrollados durante la historia evolutiva de los organismos (filogenia), se pueden modificar mediante el aprendizaje y la experiencia (ontogenia) cuya finalidad es aumentar el equilibrio, la supervivencia y el bienestar del organismo”.

Las tres funciones principales son:

  1. Adaptativa: Las emociones positivas/negativas tienen una función determinada ajustando el organismo a nuevas condiciones ambientales.

  2. Motivacional: potencian y dirigen las conductas mediante la atracción-repulsión.

  3. Comunicativa: Tanto a nivel intrapersonal como interpersonal.

Existen seis categorías básica o tipos de emociones:

  • Miedo: anticipación de una amenaza o peligro que produce ansiedad, inseguridad, tensión y alarma.

  • Sorpresa: asombro, desconcierto, pasmo es la emoción más breve.

  • Aversión: disgusto, solemos rechazar lo que nos produce aversión.

  • Ira: enojo, rabia, furia, malhumor, desprecio.

  • Alegría: euforia, diversión, nos aporta bienestar, seguridad.

  • Tristeza: pesimismo, pena, nostalgia, generando un sentimiento negativo, acompañado de deseo de aislamiento y positividad.

Clasificación de las emociones

  1. Emociones primarias: conllevan una alta carga genética, presentando respuestas emocionales preorganizadas que aunque son modeladas por la experiencia y el aprendizaje existen en todas las personas y culturas.

  2. Emociones secundarias: Están conectadas a las primarias, y su evolución depende del desarrollo individual y sus respuestas son muy diferentes de unas personas a otras (hostilidad, amor, cariño)

  3. Emociones negativas: generan sentimientos desagradables, percibiendo la situación come dañina buscando recursos para su afrontamiento (ira, tristeza, asco…).

  4. Emociones positivas: conllevan sentimientos agradables, valorando la situación como beneficiosa, con una duración temporal corta y moviliza muy pocos recursos para su afrontamiento (felicidad…).

  5. Emociones neutras: Son las que no producen básicamente reacciones no agradables ni desagradables, tienen como objetivo facilitar la aparición de posteriores estados emocionales (la sorpresa…).

  6. Emociones sociales: Es condición necesaria la presencia de otra persona para que esta, puedan aparecer (admiración, orgullo, culpa, envidia, simpatía, vergüenza…).

Educación emocional

La educación emocional es un proceso educativo, continuo y permanente, cuyo objetivo es el desarrollo emocional como elemento primordial del proceso cognitivo, constituyendo ambos los dos pilares para conseguir una personalidad integral con bienestar personal y social. Sus objetivos son:

  1. Tomar conciencia de nuestras emociones.

  2. Comprender las sentimientos de los demás.

  3. Tolerar las tensiones y frustraciones en los ámbitos personales, académicos, laborales y sociales.

  4. Fomentar la capacidad de trabajo en equipo.

  5. Adoptar una actitud empática y social fomentando nuestro desarrollo personal.

  6. Participar, deliberar y convivir con todos desde un ambiente armónico y una actitud positiva ante la vida.

  7. Conseguir construir emociones positivas.

  8. Ser capaz de lograr la automotivación.

  9. Aprender la capacidad para controlar el estrés, la ansiedad y los estados depresivos.

  10. Tomar conciencia de los factores que inducen al bienestar subjetivo.

  11. Potenciar la capacidad para ser feliz como una armoniosa satisfacción de tres grandes necesidades; el bienestar personal, la vinculación social y la sensación de progreso.

  12. Desarrollar el sentido del humor.

  13. Potenciar la capacidad para no obtener las recompensas inmediatas a favor de otras de mayor nivel pero a largo plazo.

  14. Controlar la frustración canalizándola.

Conclusiones

Cualquier persona que se encuentre leyendo este artículo, seguramente se preguntará… y finalmente ¿Cómo se hace esto? ¿Cómo puedo ser una persona con mayor inteligencia emocional? ¿Cómo puedo madurar emocionalmente? ¿Cómo mejorar mi bienestar y rendimiento? O en resumen ¿Cómo puedo triunfar en la vida?

A modo de curiosidad ofrecemos algunas de las técnicas o herramientas que componen la parte práctica de la competencia emocional entendida como ya dijimos como una capacidad adquirida que puede desarrollarse a través del modelamiento y la educación emocional.

1. El “autocontrol” es una aptitud y habilidad esencial de la inteligencia emocional. Entre otras cosas, implica identificar cómo influyen en nuestras reacciones factores como: nuestros pensamientos y valoraciones; los cambios fisiológicos que experimentamos ante determinadas situaciones; y los comportamientos y acciones a las que tendemos.

2. Para “hacernos cargo de nuestros pensamientos y valoraciones” se recomienda: determinar nuestros “pensamientos automáticos”, así como nuestros “pensamientos distorsionados”. Para enfrentarlos se puede acudir a técnicas como: los “diálogos interiores”, y la preparación de “afirmaciones positivas”.

3. Para identificar los “cambios fisiológicos o respuestas emocionales que experimentamos” debemos prestar atención a “indicadores” como: alteraciones en el ritmo cardíaco, presión arterial, ritmo de la respiración, e intensidad de la sudoración que, generalmente, nos informan sobre un cambio en nuestro nivel de ansiedad. Percibir a tiempo estas señales corporales, nos permite actuar y controlar nuestras emociones. Para esto, se proponen ejercicios y consejos que nos ayuden a identificar nuestras respuestas emocionales ante determinadas situaciones. Entre las técnicas que se proponen está la llamada “relajación condicionada”.

4. Para “tomar el control de nuestros comportamientos y acciones”, primero tenemos que ser capaces de reconocerlos. Para esto se recomienda que hagamos un “seguimiento” de estos comportamientos, buscar pautas y, de ser necesario, pedir opiniones a otros. Todo esto nos permitirá desactivar los comportamientos y acciones que nos perjudiquen. Entre las técnicas que se recomiendan para esto están: la respiración profunda reiterada y el inicio de un diálogo interno constructivo.

5. La solución de problemas es una de las actividades más importantes, y estresantes, a las que tenemos que enfrentarnos la mayoría de las personas en nuestro día a día. Para reducir su impacto en nuestras emociones y reacciones se recomienda seguir un proceso que transite por los siguientes momentos: identificar y definir la situación problemática, generar alternativas de solución, definir las mejores estrategias, y evaluar los resultados. Además, debemos desechar la reacción habitual de buscar sus causas “fuera” de nosotros, centrándonos en lo que debemos superar y lo que podemos hacer en nuestra área de influencia.

6. Otras técnicas que se recomiendan para controlar las emociones son: usar el sentido del humor; reorientar nuestra energía emocional hacia la realización de tareas más sencillas y agradables y; tomar un tiempo de descanso.

7. Además del autocontrol, existen otros enfoques y propuestas prácticas interesantes como el desarrollo de habilidades sociales para “saber escuchar”, escucha atenta, comunicación interpersonal y emocional, la comunicación asertiva y la empatía.

Por último hacer mención a la importancia práctica del control del estrés, mediante técnicas de respiración, relajación, visualización, meditación y control del pensamiento como también apunta la terapia cognitiva. Esto nos ayudara en el camino para ser personas emocionalmente inteligentes siendo capaces de manejar nuestras emociones, pensamientos y acciones.

Referencias bibliográficas

ADOLPHS, R. (2002): Emoción y conocimiento: “La evolución del cerebro y la inteligencia”. Barcelona: Tusquets.
BISQUERRA, R. (2000)
Educación emocional y bienestar: Barcelona: Praxis.
CODINA, A (2009): El autocontrol en la inteligencia emocional (degerencia.com)
EVANS, D. (2002):
Emoción; “La conciencia del sentimiento”. Madrid: Taurus.
FERNÁNDEZ BERROCAL, P. y RAMOS, N. (2002): “Corazón y razón”. En Fernández Berrocal, P. y Ramos, N. (Eds.)
Corazones inteligentes. Barcelona: Kairós.
GOLEMAN, D. (1896:)
La inteligencia emocional. Buenos Aires: Javier Vergara Editor.
GOLEMAN, D. (1999):
La práctica de la inteligencia emocional: Barcelona: Kairós.
MORA, F.; SAGUINETTI, A. M. (2004):
Diccionario de Neurociencia. Madrid: Alianza Editorial.
WEISINGER, H. (2003):
La inteligencia emocional en el trabajo. Madrid: Suma de letras.

El sujeto desde la perspectiva lacaniana

Leonardo Peskin
Profesor titular de seminarios de la Asociación Psicoanalítica Argentina y miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional
.

“El psicoanálisis no es ni una Weltanschauung, ni una filosofía que pretende dar la clave del universo. Está gobernado por un objetivo particular, históricamente definido por la elaboración de la noción de sujeto. Plantea esta noción de una nueva manera, conduciendo al sujeto a su dependencia significante.”

Lacan, Seminario 11 (1964).

Definición e introducción

El concepto de sujeto, para Lacan, se origina en la sujeción al significante y, por ende, al inconsciente. El universo simbólico-significante es esencial para la humanización y determina la aparición del inconsciente estructurado como un lenguaje, aunque la complejidad de lo humano no se limita a eso.

Se considera que la “falta en ser” de la especie promueve la existencia del sujeto en el campo del significante. Es en el Otro donde el sujeto va a constituirse como un significante más dentro de la cadena simbólica y se estabiliza en tanto opera el Nombre del Padre.

Reconocemos al sujeto en las formaciones del inconsciente como los síntomas, lapsus, sueños, transferencia, etc. Estas producciones se presentan como expresiones subjetivas y también son localizables en cualquier discurso que exploremos. Cuando ha sido expulsado o no hay lugar a su configuración estamos en presencia de una clínica de la ausencia de un sujeto del inconsciente.

Lo que podemos denominar la “metapsicología lacanina” opera con los tres registros: Imaginario, Simbólico y Real. Por consiguiente, lo importante pasa a ser todas las relaciones que sostiene ese sujeto simbólico con lo imaginario y lo real. Imaginario referido al yo y a dimensiones imaginarias que trascienden al yo y al narcisismo; Real que implica al objeto a y el goce.

Todo esto hace del sujeto un eje central para comprender el pensamiento de Lacan. Es uno de los conceptos más insistentes a lo largo de su obra y va adquiriendo nuevas implicancias a medida que por su desarrollos teóricos se complejizan las articulaciones entre los tres registros, se pluralizan los nombres del padre y se diferencian los goces.

Reseña

Si bien el sujeto está implícito en toda la obra freudiana, hay que extraerlo en una relectura ya que no se lo nomina tan explícitamente. Esto es lo que encontramos en Lacan con su retorno a Freud, que al modo de los trabajos de refinería química entre otros productos refina este concepto de sujeto para poder apreciarlo.

El proceso de refinamiento, si se me permite seguir con la analogía, se basa en un intenso debate que se despliega en varios frentes y que lo encontramos en toda la obra de Lacan acerca de la definición de subjetividad atinente al psicoanálisis. En primer lugar, ubicaría la discusión con la mayor parte de los filósofos que tocaron el tema. Otro frente de debate son las ciencias, por ejemplo las matemáticas, en particular cuestiones de álgebra, grafos, topología (formas, nudos y cadenas), teoría de conjuntos. Intentaré ir situando muy someramente algunos momentos en que Lacan desarrolla algunas de estas cuestiones, y en particular con algunos problemas de la lógica, incluyendo ideas muy particulares sobre lógica, que implicarían discusiones con cada una de estas disciplinas, algunas dentro de las matemáticas y otras que son linderas con la filosofía.

El otro frente de debate que se plantea es con la lingüística, o con las teorías del lenguaje, y que proponen a partir de ciertos planteos de Lacan dar vuelta conceptualmente algunas cuestiones.

Y también yo diría que hay debates con el conjunto del resto de los psicoanalistas, y hay debates localizables dentro de la propia teoría de Lacan. Es decir, Lacan debate con Lacan en la medida en que va desarrollando su posición teórica o su pensamiento sobre todas estas cuestiones.

Por eso el campo que abre toda la problemática del sujeto es demasiado vasto, es tan amplio que abarca todo el psicoanálisis. Incluso algunas definiciones de ciertos epistemólogos del psicoanálisis proponen que el objeto del psicoanálisis no es el inconsciente, sino que es el sujeto, y que, del inconsciente, lo que nosotros conocemos como tal, es a través del problema del sujeto.

En esa posición, si el psicoanálisis se definiese sólo como un abordaje del problema del sujeto, creo que podríamos vernos restringidos. Lo mismo que si dijésemos que solamente tiene por objeto al inconsciente. Esto es lo que vamos a tratar de exponer.

Lacan parte de una idea básica que aparece en los primeros escritos y seminarios, que hay una condición de desarraigo instintivo de la especie, y que por lo tanto la única posibilidad de realización de la especie es por vía de un recurso a un Otro, que tendría que ver en este primer momento con alguna definición del lenguaje o de la relación del humano con el significante o con la cultura, en un sentido más amplio.

En ese primer momento, el tema inicial en la época del estadio del espejo es diferenciar el concepto de moi [1] del concepto de je, tomando dos nominaciones posibles del problema de yo en francés, pero lo que vamos a ver es que en la evolución teórica, el concepto de je va a ser sustituido por el concepto de sujeto.

En ese mismo momento en que se juega la definición de un sujeto diferente del yo, siguiendo esta cuestión del sujeto y del moi (yo), vamos a ver que nuevamente se nos desdobla el sujeto en el “sujeto del enunciado” y en el “sujeto de la enunciación”. Lo que dice y quién lo dice, o desde donde lo dice como posición determinada por el inconsciente.

Éste es un momento teórico donde la incidencia de la teoría del significante y del lenguaje es importante, y donde aparece cierta concepción que tendría que ver con una cierta adscripción estructuralista de Lacan, donde él pensaría que hay una cierta estructura donde debe constituirse un sujeto existente, para dar cuenta de un ser, que no podría jugarse de otra forma que no sea a través de una existencia como sujeto. Aclaro que considero que Lacan nunca fue estructuralista en un sentido pleno.

Esta teoría del significante con este sujeto desdoblado, sujeto del enunciado/sujeto de la enunciación, que definiría de un modo inicial esa manera de ver la incidencia del Inconsciente en la constitución del sujeto, sería solidaria con una serie de otros planteos, como que tendría que haber un cierto significante ordenador como Nombre del Padre de una estructura preformada sobre la cual el sujeto se constituiría, pero queda en claro aun en ese momento teórico que el sujeto se instaura o se instituye en un lugar donde en esa estructura falta algo. Es decir que la idea de que la estructura no sería absoluta o completa ya aparece aun en este momento supuestamente estructuralista.

Es decir, el sujeto se instaura en un lugar donde hay una falta, y él pasa a ser un significante más dentro de la estructura, y ahí vienen ciertos tipos de aforismos que homologan al sujeto con el significante. Incluso una definición de qué es un significante: “es lo que representa un sujeto para a otro significante”, y el sujeto mismo es un significante más dentro de ese conjunto significante.

La teoría del Nombre del Padre, en ese momento (me refiero a los seminarios 3 y 4), es que un determinado significante o un pequeño conjunto de significantes fijos, establecidos, soportan la estabilidad de la significación al desplazar por una operación metafórica el deseo de la madre como real incestuoso. Lacan usa la alegoría de un taburete apoyado en cuatro patas y lo que acontece si falta una en la forclusión [2]. Hay también ahí una teoría de la intersubjetividad, es decir que no sólo se hablaría de un sujeto, sino que un entre sujetos sostendría esta estructura mediante un pacto. Para situarlos en el debate, en ese momento estamos en algunas cuestiones relativas al uso del álgebra, para definir toda la cuestión del significado al sujeto, las significaciones fálicas, que están matematizadas utilizando recursos del álgebra, y haciendo algún tipo de operación donde el desdoblamiento que escinde al sujeto aparece como un quebrado algebraico como efecto de su inclusión en el conjunto de significantes; hay una parte de sí que es reconocible, contabilizable, y otra que deja de ser posible de ser considerada, es inconsciente.

En los años sesenta, el artículo de los escritos “La subversión del sujeto y la dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” plasma este desarrollo teórico, proponiendo como eje al sujeto, y todas las consecuencias que se podrían derivar en los otros registros de estos procesos simbólicos, es decir sus incidencias en lo imaginario y lo real. Si ustedes recuerdan, aparece un grafo muy importante, que es tomado de seminarios anteriores, “Las formaciones del inconsciente”, y en ese grafo, que es el del recorrido de la pulsión, define que todo lo que acontece gira alrededor de fenómenos relativos a la subjetividad, sea la constitución del deseo, de la demanda, del fantasma, la solución de la pulsión en la cadena significante, todo ese movimiento giraría alrededor de un punto central que es la teoría del sujeto en ese momento. Que ya incluye algo importante: el objeto a. Ésta es una de las inflexiones teóricas internas en la teoría de Lacan, siguiendo comparativamente a lo que significó para Freud la crisis del descubrimiento del problema de la pulsión de muerte y la repetición. En Lacan se presenta el cambio a partir del énfasis en la incidencia de lo real, en particular la teoría del objeto a, con el seminario sobre la angustia en el año ’63, donde termina de ser formalizado.

Entonces yo diría que en cierta lectura posible, lo que antes era un proyecto de lograr la instalación de un sujeto en una estructura preformada, y que este sujeto logre su inscripción (y si no logra su inscripción, queda en una especie de deriva y de falta de solución, como podría ser el problema de la psicosis cuando fracasa el Nombre del Padre, y el sujeto no logra su lugar), a partir de los trabajos y los desarrollos alrededor de la problemática del objeto a la importancia del significante es que se convierte en el medio de creación y chances de dar destino a este objeto a. Así se esboza una disputa teórica interna acerca de lo que es más importante, si la problemática del sujeto con relación al significante o la problemática de este orden de lo real, que va más allá del problema del significante a la relación del mismo con lo real. Este objeto a, al igual que la pulsión de muerte, nace de las evidencias clínicas [3] y una búsqueda de mayor eficacia terapéutica, aunque a esa búsqueda curativa del psicoanálisis se la haya considerado como un sacrilegio.

El sujeto habla, incluso habla de sí, pero porque habla hay cosas que no logra decir, se le tornan imposibles; aunque vemos que en el desarrollo teórico los grados de imposibilidad van variando: así como se va puliendo un sujeto más nítido, se va definiendo un imposible más ligado a diferentes categorías de ausencia, diferentes estatutos de “nada”, como el objeto a o el goce.

Así como Freud buscó ir más allá con Más Allá del principio de placer, Lacan intenta ir más allá de la estructura y más allá del sujeto, más allá del padre, buscando esta cuestión que no estaría totalmente resuelta dentro de la estructura, pero que tiene que ver con la estructura.

Probablemente, en esta línea vemos cierto tipo de desarrollos que empiezan a invertir el énfasis. Si uno definiese que el sujeto es lo que da cuenta del deseo, o que hay una relación intrínseca entre la problemática del deseo y la teoría ligada al significante vinculados al sujeto, a Lacan le comienza a interesar más la angustia como cuestión y la causa del deseo como real, el objeto a como causa de deseo. Y tanto el deseo como el sujeto vienen a ser productos o están causados por otra dimensión que pertenecería a este orden de lo real.

En el Seminario 11 aparece una redefinición del asunto del sujeto. El sujeto se constituiría por alienación en el conjunto significante, pero a la vez el sujeto implica una operación que es la que Lacan pone como diferencial o distinta a otras propuestas teóricas, que es que el sujeto se separa, o el sujeto implica una operación de separación del objeto a. Aumenta así la relativización del estatuto de la estructura con relación al problema del sujeto. Es decir que no es sólo lo que se aliena en el significante, sino que es lo que se separa de lo real.

Lacan alcanza un desarrollo más amplio cuando formaliza la cuestión del fantasma, que ya la venía planteando desde antes, pero entonces le da un estatuto más fuerte a la problemática de la relación del sujeto con el objeto a en el contexto de las fantasías, el fantasma, que viene a ser como un eje distinto de abordaje del tema.

Es por esta vía que reaparece el ello como una vertiente distinta del inconsciente estructurado como un lenguaje. Es decir que si el sujeto es del inconsciente, en algún sentido el objeto a y ciertas dimensiones que determinarían ese objeto, tendría más que ver con el ello freudiano. Categorías útiles para diferenciar órdenes de acto o de relación posible de un sujeto, con cosas que no tienen estrictamente que ver con una especie de verdad simbólica, en el sentido estructural de la verdad, sino que la verdad estaría más en relación con lo real.

El pasaje al acto es un acto que Lacan define como una alienación en el ello, no es una alienación en el significante, sino que es una alienación en alguna dimensión que está más allá. Él lo contrapone a una operación que se llama de pensamiento inconsciente u operación verdad, que es el acting-out. Se trata de dos tipos de actos totalmente distintos, y que tienen cierta importancia en relación con el problema de cómo concebir el acto en general; es decir, qué orden de acto diferente es el acto determinado por el ello o por el objeto a, de lo que es un acto determinado por el inconsciente.

Aquí está implicada una concepción de la transferencia, que alcanza un estatuto ligado al problema sujeto cuando se la define como Sujeto supuesto Saber, una especie de dispositivo que tiene que ver con el inconsciente y con la teoría del significante, pero a la vez Lacan le da un estatuto de construcción artificial, y de suposición de un sujeto posible al saber, cosa que ya está refutada teóricamente por él mismo, de que en algún sentido hubiera un sujeto que pudiese ser como el poseedor. Es el dispositivo por el cual el análisis se mueve, pero a la vez está en cierto modo condenado a ser desbaratado en el fin de análisis, como destitución de este sujeto que es una especie de ficción a resolver, dando lugar a lo imposible de ser sabido.

Es en el Seminario 17 podemos ver cómo Lacan relativiza más drásticamente todo lo que puedan ser fenómenos de estructura, y los vincula más con una adscripción a discursos. Los discursos vienen a sustituir la concepción de estructura y a proponer la existencia de términos (matemas) que interjuegan entre sí. Lacan define cuatro discursos: el histérico, el del analista, el del amo y el universitario, donde hay términos que interjuegan, entre los cuales se encuentra el objeto a, que es lo que hace que estos discursos, en cierto modo, si bien manejan significantes, porque los otros términos incluyendo el sujeto como tal S son significantes, no sean discursos solamente vinculables al significante. Tanto los lugares como los matemas van dando las sigularidades del tipo de subjetividad de ese discurso.

Más tarde surge la problemática del sujeto con relación al problema de la sexuación. En el Seminario 20 hay un recurso a una especie de lógica paradojal, entramos así en otro debate de Lacan con la lógica, o de Lacan con Aristóteles, y lo que vino después en cuanto a configuraciones lógicas, donde él trata de demostrar justamente que habría, en la sexuación humana, un lado para el sujeto que tendría que ver con el lado masculino, y toda la teoría del falo y la significación fálica, y otro lado u otra dimensión que tiene que ver con lo femenino en la teoría, y que abriría todo ese otro campo de la relación con un orden de lo imposible, que se hace relativamente posible a través de cierta relación con el sujeto.

Pero ese campo que se define como del otro lado, el otro goce, puede ser otro modo, queda extremadamente abierto, es decir que este momento es todavía más radicalmente no estructuralista.

Luego se va introduciendo en una línea que creo que es la más interesante al final, y que tiene más que ver con cuestiones tomadas de la topología, los nudos y ciertos encadenamientos topológicos [4] que ya habían aparecido antes en el seminario de la indentificación. El sujeto como la banda de Moëbius, con la singularidad de ser ésta externa-interna, al tener un lado y un borde caracteriza al sujeto y redefine su relación con la realidad. La “extimidad” como neologismo caracteriza esta cuestión afuera-adentro.

Más tarde, Lacan intenta concebir algún sujeto ligado al problema de la invención o de cierto orden de creación por vía de poder hacer ahí con lo real. Lacan trabaja este punto en relación con el problema de la escritura, es lo que lo ligaría al tema de lo escrito y la letra. La escritura como algo que tiene que ver con el arte está presente cuando trabaja toda la problemática del sinthoma [5] y de Joyce [6]. Pero también en otras formas de escritura no necesariamente literarias.

Es decir que ahí sí se iría acercando a relacionar el sujeto con el síntoma, pero no con un síntoma en un sentido corriente, sino en una especie de rara concepción del síntoma, que seria esa manera singular y propia de cada humano, de posible solución, de una especie de subjetividad nueva, rara porque no seria estándar, no sería consensual, y tendría mucho que ver con una singularidad más extrema de lo que se había requerido hasta este momento.

Todavía nos estamos preguntando cómo se hace eso, quién lo logra, quién hace sinthoma, quién no, y cómo es eso del fin de análisis haciendo eso, y cómo quedaría alguien que hizo eso.

Resultaría interesante en base a estos datos debatir sobre la singularidad del sujeto, poder pensar que la subjetividad no es un hecho dado estructuralmente, sino que ya en el Seminario 11 el sujeto es algo que aparece y desaparece, que el inconsciente como tal tampoco es un hecho dado, sino que hay fenómenos de apertura y cierre, y momentos donde se expresa. Una pregunta importante es pensar: y en el próximo intento, ¿logrará ese hecho?, ¿el próximo movimiento de apertura y cierre producirá esa misma subjetividad?, ¿está condenada a una repetición? Éste es un poco el planteo que aparecía cuando había un determinismo estructural, o podría en un nuevo movimiento abrirse una otra forma, que sería quizás radicalmente distinta.

Todos sabemos que no hay certeza absoluta de que en el próximo movimiento no vaya a aparecer en un sujeto una psicosis, o una creación, sin embargo habitualmente hay una perseverancia concordante con los antecedentes históricos: los acontecimientos se producen sobre la base de una existencia anterior. Los prontuarios son importantes, el humano y quizás en algún sentido los animales también tienden a repetir lo preformado. Sin embargo, como psicoanalistas creemos en un cambio posible, pero sobre la base de lo anterior: no hay creación desde la nada, o por lo menos desde una pura nada, sino sobre el antecedente de algún algo que responde a esa nada que es la pulsión o el objeto causa del deseo.

Es decir que Lacan abre la posibilidad de teorizar una movilidad subjetiva, o bien que el fenómeno subjetivo entendido de esta manera implica soportes de identificación que lo sostendrían en el tiempo. La propuesta importante de Lacan alrededor del tema del sinthoma es alguna fórmula de producción no neurótica ni psicótica, de su neurosis o psicosis, para el humano, y cómo sostenerla en el tiempo, y cómo hacer de eso algún orden de sujeto no neurótico ni psicótico.

En definitiva hay sujeto del inconsciente, lo hay de la pulsión (sujeto acéfalo), del falo (el sujeto a la represión), del síntoma (otra formación de arreglo de la represión que incluye el retorno de lo reprimido vuelto a reprimir), de la sexuación (como hombre o como mujer, según asuma la represión), también hay sujeto del fantasma, sujeto sintomático y sujeto como sinthoma, etc. Todos son el mismo pero desde diferentes perspectivas, por eso se puede decir que el tema del sujeto abarca todo el psicoanálisis y que, cuando hablamos de sujeto, siempre tenemos que aclarar a cuál nos referimos. Y según cómo lo abordemos, estaremos en tal o cual enfoque analizando, por vía del fantasma al modo kleiniano, por vía del falo al modo de aquellos que jerarquizan la sexualidad manifiesta o los valores aparentes, por vía del atravesamiento en búsqueda del objeto real en ciertos lacanianos, etc., dentro del psicoanálisis. A menos que la política y la ética varíe y se dirija con ingenuidad al yo pretendiendo pactar con alguna dimensión preconsciente, y entonces estaríamos en otro campo, el de la psicoterapia; si ésta es estratégica con relación al inconsciente será psicoterapia psicoanalítica y si no considera la dimensión ética del deseo inconsciente será una de tantas formas de psicoterapia no psicoanalítica. Estas caracterizaciones un tanto amplias y desordenadas buscan mostrar cómo el sujeto como expresión del inconsciente es el referente central para definir una compresión clínica y una decisión de abordaje. 

Hay análisis en tanto opera la transferencia y hay un sujeto que la denota en tanto permanece en este eje referencial al analista evidenciando formaciones del inconsciente como los sueños, los lapsus, las asociaciones, las actuaciones, etc. Aunque puede haber transferencia y sujeto aun cuando el terapeuta no lo sepa y suponga que está haciendo sólo psicoterapia.

Esta reseña sintetiza algunas cuestiones tratadas extensamente en el libro Los orígenes del sujeto y su lugar en la clínica psicoanalítica (Peskin, 2003).

Clínica de ausencia de subjetividad

En nuestros días, por múltiples razones, hay una pretensión social y seudocientífica de abolir las diferencias y singularidades, lo que lleva a promover algo que ya conocíamos pero se ve incrementado y que son las presentaciones clínicas que aparecen sin la subjetividad para la cual el psicoanálisis tiene sus mejores recursos.

La adicción como ausencia de dicción (de discurso) agrupa la anorexia, la psicosomática, el delito y muchos actos en general, la bulimia, la drogodependencia, etc., presentan formaciones no subjetivas que serán teorizables como formaciones narcisíticas o impulsiones, compulsiones y una serie de alternativas donde el inconsciente no tiene oportunidad de intervenir como soporte significante de un modo directo, y la subjetividad que vemos aparecer es fallida o hay una presubjetividad, o formas alienadas en extremo refractarias a cualquier intervención que busque suscitar una transferencia. Los modelos de las sectas o de la psicología de masas como militancias ideológicas adquieren mayor eficacia a partir de la sofisticación tecnológica al servicio de un “aparato” del Estado o de otros grupos circunstanciales que caracterizan la base de la llamada globalización. 

El psicoanálisis está en condiciones de estudiar y comprender la mayoría de estos fenómenos, pero encuentra dificultades para abordar muchos casos por la más diversas razones. Es importante no adoptar una actitud diferente de la que siempre tuvo con relación a los obstáculos clínicos que Freud denominó resistencias al psicoanálisis y que Lacan ubicó del lado de los analistas. Hay épocas y lugares mejores y peores para el abordaje y el pensamiento psicoanalítico, pero esto no debiera invalidar la investigación y el avance aun frente a la adversidad. Aunque reconozcamos que no todo es abordable psicoanalíticamente, la mayor parte de los hechos que involucran a los humanos son comprensibles desde el pensamiento psicoanalítico, si bien en algunos casos no es pertinente aplicarlo y menos agotar la comprensión desde este enfoque exclusivamente.

Notas

[1] El moi como yo imaginario especular narcisístico, y el je como la nominación simbólica del sujeto en un discurso. [2] Falta de inscripción: término de origen jurídico que se refiere a la caducidad de tiempo para la realización de un paso en el proceso jurídico, con lo cual queda imposibilitado hacerlo.

[3] A partir del objeto transicional de Winnicott.

[4] Una rama de las matemáticas que tiene diversas vertientes en cuanto a álgebra y geometría.

[5]Nombre que da Lacan a una nueva formación a partir de una transformación del síntoma en sinthoma, que le permitiría al sujeto una nueva identificación, una nueva nominación de sí mismo que operaría como salida de la psicosis o de la neurosis.

[6] James Joyce, famoso escritor irlandés que crea un estilo muy especial de escritura mediante el cual, según Lacan, elude la psicosis y el padecimiento.

Referencias bibliográficas

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: Los orígenes del sujeto y su lugar en la clínica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós, 2003.
: “Historia del ‘objeto a‘”, Psicoanálisis, ayer y hoy, nº 2, Revista Virtual de la AEAPG.

Por gentileza de El psicoanálisis

Población sobrante

Yago Franco
Psicoanalista y escritor de textos psicoanalíticos y ensayos. Miembro titular del Colegio de Psicoanalistas de Argentina y director de MAGMA, grupo inspirado en la obra de Cornelius Castoriadis (www.magma-net.com.ar) y dedicado a la obra de dicho autor
.

¿A quién le interesan las noticias de ayer?

¿Quién quiere leer los diarios de ayer? “Who wants yesterday´s papers?” Cantaban/gritaban los Rolling Stones hace 50 años. En enero del año pasado leo una noticia en http://www.laizquierdadiario.com/Rolando-Nunez-En-el-Chaco-hay-un-genocidio-etnico-sobre-las-poblaciones-indigenas, y meses después, ante la proximidad de las elecciones presidenciales que terminarían con el gobierno kirchnerista y dejarían el gobierno de Argentina en manos del macrismo, escribí lo que sería la primera versión de este texto, que por alguna razón extraña nunca fue publicado y cayó en mi olvido. Me encontré con él casualmente, lo cual coincidió con la difusión del índice de pobreza de Argentina, que sobrepasa al 30% de la población, con una indigencia del 6%. Por otra parte la noticia y el encuentro con ese texto coincidieron con la elaboración del presente número de El Psicoanalítico, que trata sobre la exclusión, el desempleo, la precarización laboral… Demasiadas coincidencias. Esas noticias de ayer cobraban una presencia central en el presente.

De modo que retomé lo escrito en ese momento, desarrollé algunos puntos y agregué otros. Reproduzco en bastardillas lo escrito entonces, para diferenciarlo de lo agregado y desarrollado ahora.

Lo(s) que sobra(n)

Rolando Nuñez (quien dirige el Centro Mandela de Derechos Humanos con sede en la capital chaqueña), al referirse a la muerte de Oscar, niño de la comunidad Qom fallecido de desnutrición a los 14 años y pesando 10 kgr, ha sostenido que el niño pertenecía a una población sobrante.

Decidí agenciarme del término población sobrante, por las resonancias que tiene con el concepto de sobre-represión utilizado por Herbert Marcuse, retomado como represión sobrante por Silvia Bleichmar. Estos conceptos apuntan a la pérdida de libertad de los sujetos debido a ser privados de los elementos simbólicos y materiales esenciales para la vida tanto física como psíquica. Psiquesomas mortificados como el de Oscar. El contrato narcisista entre el sujeto y la sociedad se ha quebrado: no es posible suscribirlo para buena parte de la población, el Poder le niega el acceso a una vida vivible, vivible inclusive para poder alzar la voz y así luchar contra un régimen absolutamente inequitativo. Lo que está más allá del malestar en la cultura tiene en su extremo a estos sujetos, privados de lo mínimo para su subsistencia, reducidos a la supervivencia.

Ciertamente hay una población que sobra, que está de más, que es un estorbo. Eso que sobra es “lo otro”, no llega a ser un otro, no se reconoce su alteridad. Y a “lo otro” se lo deja a un lado, o se lo extermina, el Poder (quienes se han apropiado del mismo) arroja toda la crueldad sobre él. Los Qom están en la avenida 9 de julio desde hace 7 meses –esa era la noticia en enero de 2015- esperando ser recibidos por alguien del poder político (recordemos que en ese entonces gobernaba el régimen kirchnerista). Ignoran que son transparentes para dicho poder, ese poder que encarna a un Otro para quien no tienen ningún lugar. También —lamentablemente— lo son para el común de las personas, ante quienes están o invisivilizados, o son también lo otro, fuente de peligro y por lo tanto de rechazo. Astucias del Poder (tanto del Estado como de a quienes representa) que consigue que buena parte de la población castigada por él adhiera al mismo, utilizando artilugios mediáticos y disposiciones del psiquismo humano: por algo serán pobres, por algo se quedan afuera, por vagos, por su raza, por no saber hacer las cosas, etc.

La Qom es una comunidad diezmada por la tuberculosis y el mal de Chagas (el 40% de la población está enferma del mismo) entre otras enfermedades, sin agua potable, leche, alimentos… Un genocidio silencioso sostiene Nuñez: más de 2000 muertos en los últimos cuatro años (2010/2014), acerca de los cuales seguramente tanto el gobierno provincial como el nacional intentarán justificar   —como lo están haciendo ahora—, que esto sucede por otra causa que la de la desnutrición, la tuberculosis, etc.

La población sobrante es la que ha sufrido el gesto de exclusión (Foucault) del Estado —de los que han estado a cargo del mismo desde el retorno de la democracia burguesa, lo que los inculpa y responsabiliza a todos por igual— un gesto que al mismo tiempo de realizarse crea esa categoría. Están en un extremo de los excluidos, de los cuales también forman parte los cartoneros, los sin techo que viven en las calles de Buenos Aires y otras ciudades, aquellos que habitan las villas miseria, los jóvenes pobres desocupados, etc. La “racionalidad” del capitalismo ha creado esta nueva categoría, que incorpora en su interior a clases existentes previamente, pero ahora está claro que es para que no vuelvan, o, como en el caso de los cartoneros, para que permanezcan en ese status y no molesten. Y para el extremo de los excluidos, los radicalmente sobrantes, que vayan desapareciendo como efecto de enfermedades supuestamente erradicadas y, sobre todo, del hambre. Sí, que mueran de hambre. Son los Desaparecidos 2.0.

Desnutriciones: consecuencias clínicas

Desnutrición: es física, también lo es psíquica. Los estragos de la desnutrición —arraigada durante los últimos 14 años— son también neurológicos y psíquicos. De la desnutrición los niños suelen pasar a la adicción al paco —niños y jóvenes sin estudios, sin trabajo más que el menudeo de la venta de esa misma sustancia en muchos casos… para poder adquirirla— , terminando ahorcados en un número de entre 20 y 25 por mes en Tucumán. Veamos: en Tucumán hay chicos de 7 u 8 años que comienzan a drogarse y hasta hay familias completas que lo hacen. El barrio Antena es donde más fuerte se ve este problema. Ahí casi todos los fines de semana se mata un chico por sobredosis o se suicida ahorcándose. Esto se lee en http://lv12.com.ar/nota/14793/el-paco-mato-a-su-hermano. Donde también dice que hay chicas de 13, 14 años que se prostituyen por drogas o por dinero para comprarlas.

La desnutrición —que no está presente solamente en esa provincia— llegó para quedarse una vez que la población que la padece es considerada como sobrante. Una población que puede no comer o comer poco, puede no estudiar ni trabajar… María Cristina Oleaga en El pan te pertenece, recuerda lo sostenido por Freud en relación al trabajo: sobre él se desplazan —y sobre los lazos sociales que lo acompañan— “una considerable medida de componentes libidinosos, narcisistas, agresivos y hasta eróticos”. Esto es, el trabajo forma parte de las actividades (como el arte, la educación) que permiten un trabajo psíquico complejo, de ligazón pulsional —que si no corre el riesgo de quedar mortíferamente libre, como en el caso citado de estos niños—:  son alimento simbólico. Y hacen a la posibilidad de poner en juego a la sublimación: sin la cual no hay sociedad, sin la cual no hay lazos sociales, cultura… Estos sujetos han sido privados también de ese alimento.

Y así terminaba ese texto:

Asistimos también a la utilización lacrimosa y vacía que la llamada oposición al kirchnerismo hace de esta circunstancia. Debe quedar en claro que si el Pro o el Frente Renovador (Massa) tuvieran el poder político harían lo mismo, nada diferente, ya que también forman parte de este sistema y su alianza es con el mismo. Es bueno considerar esto ya que se aproximan las elecciones presidenciales.

Renegaciones

Por cierto que se cumplió lo sostenido en el último párrafo. No era necesario ser muy sagaz para saber lo que iba a ocurrir. Tampoco para saber que las cifras de pobreza e indigencia —¡un 6%!— que difundía el régimen kirchnerista eran falsas. Muy falsas, muy alejadas de una realidad que, para quien quisiera verla, era palpable en cualquier lugar del país, incluyendo a su Capital. Pero lo cierto es que sus adherentes creyeron (¿creen?) a pies juntillas en dichas cifras (¡Ah!, ¡la idealización del Líder, la ceguera que ese enamoramiento —como todos— produce! ¡la renegación que promueve!). La recuperación que hubo durante dicho gobierno —un 30% menos de pobres en relación a la catástrofe económica de 2001/2002— debe ser entendida como la recuperación producida luego de una catástrofe económica. Es decir, luego de una situación por entero atípica. Por lo cual su valor se relativiza a la luz de eso que suele decirse: una vez que se toca fondo todo lo que queda es ir subiendo. Eso es lo que ocurrió, acompañado de una agresiva política de subsidios que maquilla en algo la pobreza pero no la elimina. Se crean así pobres que penden de un hilo para no caer en la indigencia.

El actual gobierno macrista —tal como se esperaba, aunque tantos hayan también renegado de lo evidente: ¡una renegación anticipada!, renegar de lo que se sabía que iba a producirse— se encargó de empeorar las cosas, mientras cínicamente echa la culpa a la administración anterior.  200 mil nuevos desocupados en menos de seis meses.

Es fundamental hacer un poco de historia: el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) consigna que en 1968 la pobreza alcanzaba al 3% (¡!) de la población. Esto salta al 8% durante la dictadura militar (año 1980) y al 10% una vez recuperada la democracia (burguesa, siempre es necesario aclarar este punto). Luego va ascendiendo hasta el doble: 16% en 1986; y en 1988/1989 (momento de la hiperinflación) casi llegará al 40%, sobrepasado en el 90, para prácticamente no bajar del 30 durante toda la década del 90 llegando a un pico del 55 % en 2002. Luego irá retrocediendo durante los últimos 14 años, aunque este organismo del Estado deja de medirla en 2007. Otras mediciones acusaron alrededor del 30 % hasta ahora, que es de poco más del 32%. Estos números son ilustrativos de cómo las políticas neoliberales lograron, a partir de la dictadura de 1976, modificar la distribución de la riqueza, la conformación de clase de este país. Del 3% se pasó a diez (¡10!) veces más de pobres. Un tercio de la población está bajo el nivel de pobreza. Lo cual quiere decir que el movimiento de ascenso social que caracterizó a este país fue suplido por un movimiento descendente. Una espada de Damocles sobre la población.

Estar excluidos del Otro

Ha habido así una suerte de genocidio económico y simbólico. Sus perpetradores siguen libres, impunes, y continúan llevándolo a cabo. Y nadie los ha detenido.

El arrasamiento económico ha sido también cultural y simbólico. Una de las formas del avance de la insignificancia, de la depredación de sentido colectivo que permite labrar el individual. Sin que quienes habitan bajo la línea de pobreza tengan la posibilidad de establecer un proyecto identificatorio (Aulagnier) en una sociedad que además los ha diezmado simbólicamente: no tienen futuro.

Lo dicho sobre los Qom puede parecer un ejemplo extremo, pero cerca, muy cerca de la ciudad de Buenos Aires, y en la ciudad misma, una masa de excluidos deambula fantasmalmente, o yace tirada en las veredas, en las entradas de edificios o en los lugares más insólitos. El dolor del psiquesoma se corresponde con un estado de crueldad: el estar excluido debe ser entendido como un estado producido por quienes ejercen crueldad sobre una parte de la población encarnando la crueldad del Otro.

Hablamos así de quienes están excluidos del Otro: del trabajo, la salud, la educación, la justicia, de cualquier proyecto futuro: es vivir en un ahora eterno. Eso es quedar en las márgenes del registro simbólico, de aquello de lo que el Otro provee a través de los portavoces. Pero aquí los portavoces mismos van quedando afuera. Sólo podrán transmitir subsistencia, supervivencia… Sus hijos crecen en ese panorama.

Sujetos, familias, que sobran: la sociedad capitalista no los necesita, no califican como consumidores, y encima hay que ocuparse de ellos. Sujetos que no ocupan un lugar en el Otro, en su deseo. La exclusión comenzó en los 90, y llegó para quedarse. No se sale de ser cartonero, de recibir subsidios, de haber quedado —literalmente— en la calle, o de formar parte de una población originaria desaparecida.

El fantasma de la exclusión recorre los consultorios cuando se trata de sujetos que trabajan en empresas estatales —que esperan la próxima lista de “desvinculados”— o privadas en proceso de “racionalización”. También en quienes trabajan por su propia cuenta y se ven afectados por la caída de la producción del sector para el cual ofrecen sus servicios. Debe entenderse lo siguiente: no hay ejército de reserva: el que queda afuera, no vuelve a ingresar. Y lo sabe. Este es al mismo tiempo un elemento disciplinario que obliga a muchos sujetos a aceptar condiciones laborales denigrantes, lo cual también se aprecia en la consulta, sea en hospitales o a nivel privado, y obliga a un trabajo sobre la violencia secundaria que se ejerce sobre ellos. La cual favorece —al obligar a aceptar lo inaceptable— aún más la precarización laboral.

Exclusión y pulsión de muerte

Finalmente: el desocupado de hoy puede ser el excluido de mañana. Que no es estar desempleado: es lo que se conoce como indigencia, eufemismo que denomina a quienes no tienen con qué subsistir. Pero por supuesto que pobreza, desempleo e indigencia tienen profundas conexiones. Resulta difícil asimilar que —como consigné previamente— hace 50 años la población que estaba debajo de la línea de pobreza alcanzaba al 3%: ahora es el 32.2, siendo el año pasado del 30 %. Aunque —decíamos— según las cifras oficiales era ridículamente inferior: el 6%. Otro gesto de crueldad, ya que quienes estaban bajo esa línea se habrán sentido como formando parte de un pequeño grupo que seguramente “algo habría hecho mal” para estar en esas condiciones. Ya lo sabemos: cuando la realidad golpea duramente se incrementa la severidad superyoica (Freud).

Al haberse iniciado en los 90, son ya varias las generaciones que han crecido sin conocer lo que es tener un trabajo. Esto agrega complejidad a la cuestión de la exclusión: se puede pasar a ese grupo, o se puede haber nacido en el mismo. Y en relación a la severidad superyoica diremos que desata lo más mortífero de esa instancia, lo cual se aprecia en la predominancia de los actos autodestructivos descritos previamente. Gozar en la muerte, tal vez ser alguien por única vez en ese preciso y fugaz momento de autoproducirla; ser alguien en ese acto delictivo suicida o en el cuerpo colgado: ser alguien para el Otro; o inmolarse y quitarse de encima de una vez el peso de su crueldad. Destruirse en defensa propia: excluirse de la vida para, por fin, hallar sosiego. O —por qué no— hacer un radical rechazo del Otro, “triunfar” sobre él…


Las noticias de ayer son, por lo tanto, las de hoy. Las páginas podrán darse vuelta, pero para volver a encontrar la misma noticia —que será cada vez peor— en la próxima. Pero entre página y página la desnutrición, el consumo de drogas, la prostitución, el suicidio, la delincuencia suicida, etc.,  dejarán un tendal de vidas jóvenes en el camino. El gesto de exclusión del Otro echará sombras sobre la mayor parte de la población, como decía: un gesto de disciplinamiento.
Entre la orden de gozar ilimitadamente en el consumo —y la angustia por estar en falta que produce— y el terror a la exclusión podemos hallar las pesadillas de la vida diurna de los que aún están incluidos.

Who wants yesterday´s papers?

Who wants yesterdays papers
Who wants yesterdays girl
Who wants yesterdays papers
Nobody in the world

After this time I finally learned
After the pain and hurt
After all this what have I achieved
I’ve realized it’s time to leave

Cause
Who wants yesterdays papers
Who wants yesterdays girl
Who wants yesterdays papers
Nobody in the world

Living a life of constant change
Every day means the turn of a page
Yesterdays papers are such bad news
Same thing applies to me and you

Songwriters
Jagger, Mick / Richards, Keith

Por gentileza de El psicoanalítico

La corrupción política por el soborno

Angel Rodriguez Kauth
Profesor Extraordinario de la Universidad Nacional de San Luis. Cátedra de Psicología Política (Argentina). Excatedrático visitante en el doctorado en Psicología Social de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense (España)
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Extracto

Con este artículo intentaré describir como en las estructuras partidarias liberales se estimula y alienta la corrupción de los militantes políticos mediante la compra de las voluntades con cargos y empleos que limitan las posibilidades de expresar opiniones contrarias a quienes detentan el poder. Este fenómeno también se produce —con distintas características— bajo las dictaduras militares de derecha que han asolado y han transitado como aves voraces por “nuestra” América (Martí, 1891).

Palabras clave: corrupción, política, dádiva, partidos políticos

Abstract

With this article I will try to describe as the liberal party structures is stimulated and encouraged the corruption of political activists by buying wills with positions and jobs that limit the possibilities to express opinions contrary to those in power. This phenomenon —with different characteristics— also occurs under the right-wing military dictatorships that have plagued and have traveled as voracious birds “our” America (Martí, 1891).

Keywords: politics, corruption, gift, parties

Intentaré revisar al autoritarismo de Estado y partidario a través del proceso de cosificación de los militantes. A la vez que se reseñará como se ven afectadas las dimensiones psicológicas y de participación social, a la par que se provocan los fenómenos de extrañamiento y de alienación social.

En nuestras particulares situaciones que se viven en el subcontinente se ha propuesto -en un típico giro gatopardista (Lampedusa, 1958)- que las jóvenes democracias de “nuestra” América modifiquen las estrategias tradicionales de corrupción. Para ello una estrategia utilizada es que ellas sean reemplazadas por otras que simulan ser de participación y movilización activa para que, de tal modo, se puedan robustecer loa procesos de democratizaciones que hemos estado viviendo en la región, a partir que se alcance tomar conciencia del valor del protagonismo popular.

Acudiendo directamente a la dádiva, hemos encontrado que ya en la Biblia la “dádiva” era considerada una forma de soborno, agregando más adelante que la “dádiva en secreto calma el furor”. En Argentina dádiva es sinónimo de coima o de —en lunfardo de “tragada”—. Por esta razón los militantes políticos o los funcionarios que han sido “tocados” por la varita mágica de la dádiva, mientras la reciban, no han de molestar a las estructuras burocráticas partidarias con reclamos personales, doctrinarios, ideológicos o gremiales. Es decir, no van a efectuar críticas a la función de gobierno del Partido político que los nombró en un cargo y les da de comer.

De esta manera cuando un afiliado —o simpatizante— empieza a protestar por alguna conducta partidaria que le parece salida del cauce ideológico, la partidocracia liberal que tiene el dominio sobre la estructura partidaria, rápidamente acalla sus gemidos y quejas dándole un cargo público, con lo cual el protestón se tranquiliza y queda conforme y satisfecho en sus demandas; se ha conformado con ser “coimeado” sin tener oportunidad para ejercer la protesta y/o la crítica.

La teoría de la dávida

Este fenómeno que venimos de relatar coincide plenamente con la metodología de las partidocracias burocráticas liberales contemporáneas, las que aquejan por doquier dentro de las estructuras políticas de “nuestra” América, en el decir de José Martí. Espero que no se vayan a interpretar estos dichos como una reivindicación de las dictaduras cívico-militares-clericales de la derecha autoritaria que supieron -y saben a través de engendros políticos como es el PRO en Argentina- enquistarse en los poderes políticos. Para ellas el fenómeno de la dádiva, o de la coima, también es una realidad, tanto en cuanto hace a recibirla o a darla.

En otras épocas —por suerte superadas— cuando un miembro del partido militar se ponía levantisco rápidamente se lo acallaba asignándolos a una embajada, o con un cargo en el directorio de alguna empresa estatal, o se hacía un “enroque” con alguna asesoría en una empresa privada multinacional que deseaba mantener buenas relaciones con los órganos de gobierno administrativo para tener mejor acceso a la institución de la “coima”. De manera que téngase presente que de ningún modo pretendo justificar, amparar —a aquellos sistemas de gobierno dictatoriales a los cuales repudio— en perjuicio de otro sistema de gobierno al que fervientemente deseo y que protejo, cual es el sistema democrático y republicano de vida y de gobierno.

Precisamente porque tenemos la intención de proteger, mejorar y hacer crecer este sistema es que preferimos dedicarnos a criticar sus “partes malas” las cuales, en definitiva, atentan contra la propia estabilidad del sistema. La desestabilización de los sistemas democráticos no hay que buscarlas solamente afuera de e1los, sino que con sus contradicciones se encuentra la fuente fundamental de la desestabilización. ¡Ojo! Con esto no pretendo negar la influencia de los actores externos, que los hay y son muchos y del más variado pelaje. Por tal motivo entendemos que aquellas contradicciones deben ser reconocidas y analizadas para poder superarlas en un conjunto de síntesis integradoras de un mayor y mejor nivel del manejo político y administrativo.

Gracias al uso y aplicación casi cotidiana que se hace de la “teoría de la dádiva” es que se llena la administración pública de personajes vagos, inútiles e irresponsables. No importa cuán capaz puede ser un individuo para desempeñar un cargo, sino que lo que importa es darle una posición en la estructura de gobierno para tenerlo conforme, ya sea con un sueldo o ya sea con una posición de poder relativo que lo haga sentir importante. De esa manera se logra no sólo el acallamiento de las críticas internas a las gestiones de gobierno y/o partidarias, sino que se los puede meter en una misma bolsa y hacerlos cómplices del silenciamiento de las eventuales críticas y denuncias que se realicen de posibles actos administrativos aberrantes -o, por lo menos- que son no compatibles con un uso saludable del ejercicio del poder.

También a través de esta metodología de meter en una misma bolsa se alcanza e1 objetivo de la desmovilización de las bases electorales que les han permitido alcanzar el poder a las estructuras partidarias y solamente se “moviliza” a los militantes para hacer número en los actos partidarios programados por el gobierno en aras de sus intereses particulares. Esta metodología política liberal no sólo nos debe preocupar como militantes políticos sino que fundamentalmente nos preocupa como hombres comprometidos con un proyecto político trascendente que apunte no únicamente a las mejores condiciones de vida de nuestros contemporáneos —y de las generaciones futuras—, sino que nos interesan los medios a través de los cuales se alcance ese objetivo.

Evidentemente que el mecanismo que venimos someramente de presentar -y criticar- comete la torpeza de jugar con las necesidades más primarias de los individuos como son las alimenticias y las de seguridad sanitaria. Este juego no sólo es inmoral por sí mismo sino que entraña e1 enorme riesgo con la casi absoluta de certeza, como lo demuestra la experiencia histórica, de provocar la corrupción no solamente de quienes son pacientes aquiescentes del proceso, sino también de quienes lo organizan. A partir de la aplicación de esta metodología está implícita una concepción reificadora del hombre por el cual éste no es más que una cosa. Cosa esta última que en la concepción maquiavélica del bonapartismo se sintetizaba en que “cada hombre tiene su precio, sólo hace falta saber cuál es”. Sin dudas es la peor representación del ser humano, pero que es conocida y utilizada por los políticos enquistados en cargos gubernamentales o partidarios.

Es verdad, sabemos que la “necesidad tiene cara de hereje”, pero eso no es causal como para que quienes detentan el poder político lo usen a partir del conocimiento que los hombres tienen necesidades urgentes que satisfacer y, entonces, se los comienza por apretar políticamente a través de esas necesidades. El modelo psicológico sobre el que opera esta metodología es el de la recompensa, el castigo y el de la anticipación del castigo por la pérdida de recompensas, si es que no se cumple con lo que espera quien distribuye las gratificaciones. Es un modelo éticamente sólo utilizable con ratas de laboratorio pero que no justifica en modo alguno que sea utilizado con los humanos.

La cosification del hombre

Este proceso de cosificación —o de reificación, como originalmente lo llamó Marx (1867) y que más tarde lo ampliara G. Lukacs en 1923— es un proceso propio de los estadios propios de la protohistoria de las sociedades industrializadas modernas.

Al escribir sobre esto es obligatorio referirse a la alienación, la cual según Marx (1844) resulta ser -en los individuos- la pérdida del conocimiento de sí mismo y su trasmutación en un objeto, el cual es considerado como una mercancía más que en última instancia es nada menos que su subjetividad. Obvio es que esto lo sufren los trabajadores asalariados bajo el capitalismo y así lo afirma de manera concluyente a decir: “En su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega… no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo, arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí”.

Sin embargo, en la actualidad la teoría de la alienación no se ha preocupado del fenómeno descripto en e l párrafo anterior. Esto es, a partir de una hipótesis ideológica, debido a que en los países de la centralidad se salta ininterrumpidamente de los análisis de la cosificación que han producido los autoritarismos de derecha —o por los estalinianos— al análisis de la reificación de la sociedad postindustrial contemporánea donde lo que manda es el mercado (Rodriguez Kauth y Falcón, 2003), en la que el consumismo es el vicio alienante por excelencia tal como hace más de una centuria lo reflejaba Veblen (1899) haciendo referencia a la opulencia y al ocio de las clases más privilegiadas de la sociedad del fin del siglo decimonónico. El consumismo es el que hace perder las dimensiones del Yo y del sí mismo en un proceso de despersonalización constante. En consecuencia, el trabajador “viene a ser esclavo de su necesidad tanto como de las necesidades del prójimo. Todo el poder ejercido por cada individuo sobre la actividad de los demás proviene de su posesión de los valores de cambio, del dinero, mediador de poder social.” Carpintero (2013).

Con lo anterior me estoy refiriendo a una realidad que en los pueblos endeudados —del que hace más de 30 años le llamaban “del Tercer Mundo”—y que en la actualidad son una realidad cotidiana que se vive en la mayoría de los pueblos del mundo. EI autoritarismo de Estado, como así también el partidario, se expresan aún en los que pretender ser los regímenes más democráticos, esto lo realizan bajo la metodología del “amordazamiento” de las personas por temor a la pérdida de las recompensas que siempre fueron meramente simbólicas. Y, la recompensa principal, es la de mantener el trabajo sin temor a perderlo por expresarse diferente a lo que ordenan los poderes hegemónicos. A todo esto, lo que es peor aún, ni siquiera -en su intimidad- se atreve a poder pensar diferente a lo establecido como si se temiera que desde algún lugar alguien podría estar espiándolo, como si fuera un “Gran Hermano” que todo lo que sucede bajo su ejido lo ve y lo controla (Orwell, 1949).

Es preciso tener cuidado, es necesario advertir que cuando hablamos de situación cosificante o cuando planteamos que al individuo se lo puede cosificar, en realidad lo estamos haciendo sobre la base de un pensamiento poco conocido, como lo fue el del psiquiatra y neurólogo español Carlos Castilla del Pino (1970). Este autor afirma que el hombre nunca podrá llegar a ser, ni aún en las situaciones de mayor degradación esclavista, una “cosa”, sino que siempre será una “casi cosa”, que atraviesa por una situación que resulta ser “casi cosificante”. Esto ocurre debido a que el ser humano siempre va a guardar la posibilidad de reflexionar -aún en la oscuridad de su soledad- sobre los riesgos de la pérdida de su libertad, pérdida a la que fue arrastrado por situaciones coyunturales por las que se encontraba y a las que ha sido conducido por los artífices del poder que han pretendido cosificarlo.

Este concepto es necesario tenerlo presente, porqué es el que precisamente nos va a permitir visualizar la fórmula de salida del intríngulis al que nos han arrojado los mandamases de turno. Así es que desde que se puso en funcionamiento la legislación del voto universal y secreto, los hombres tienen una herramienta poderosa e incontrolable: cuál es la del voto. Desde 1916 en adelante, y más particularmente desde 1946, en la Argentina el pueblo aprendió que tiene esa herramienta de modificación de la realidad política y que en el cuarto obscuro el individuo es el soberano y no hay poder coactivo para presionarlo ni sojuzgarlo. Si bien es cierto preferimos manejarnos con el concepto de “casi cosa” al de hombre “cosa”, por las razones que ofrece Castilla del Pino rescatadas a su vez del Hombre Unidimensional”, de H. Marcuse (1984), a los que brevemente hemos intentado sintetizar en los renglones anteriores.

Sin embargo, es preciso hacer nuevamente otra llamada de atención acerca del valor del voto. Este solamente servirá como herramienta política si es que el electorado no es tratado como una “cosa” durante las campañas electorales por los candidatos y sus aparatos de campaña. Suele ocurrir que en más de una oportunidad los electores son manipulados por la propaganda como si fuesen títeres. Tal es el caso de lo sucedido con de los triunfos de varios partidos neoliberales en “nuestra” América y, en el caso argentino sucedió lo impredecible con el logro alcanzado por una agrupación de derecha, el PRO. Una derecha que nunca durante los últimos 110 años tuvo la posibilidad gobernar al país si no era a través de golpes militares que destituían a gobiernos nacionales y populares.

La propaganda política —entre sus múltiples variedades: televisiva, radiofónica y de periódicos— en Argentina presentó una doble faceta. Una de ellas fue atendiendo las demandas del electorado a través de tirar “carne podrida” y ofreciendo por los canales de televisión —los que apoyaban a los candidatos del PRO— programas “idiotizantes”, como almorzando con una vieja, bailando con un tipo -de alto rating- o asistiendo a programas de preguntas (tontas) y respuestas donde se ridiculiza a los participantes. Esa programación en nada facilita la posibilidad de pensar por parte del pueblo, se lo ha tomado como una “cosa”, pero que consume aquellos programas. Ganaron. La segunda también tiró “carne podrida”, pero ofrecía a los televidentes programas que hacían mover las células grises, no lo trataron como una “cosa”. Fue el gobernante Frente Para la Victoria. Perdieron.

Saliendo de la coyuntura electoral argentina de 2015 y retomando el tema de la cosificación, debemos destacar que existen niveles de profundidad en aquella “casi cosa” que hace que, en algunas oportunidades, el “casi cosa” esté muy cercano de ser absolutamente una “cosa”. Ocurre en el caso de que el hombre sepa que está siendo utilizado para acallarlo, a partir de la utilización bastarda de sus necesidades básicas entonces, ya vimos, que las personas tienen la oportunidad de reflexionar sobre la dialéctica de su situación como persona y pueden utilizar algunos instrumentos, como los electorales, para romper las cadenas que los tienen sojuzgados, sin necesidad de sacrificar la satisfacción de sus necesidades básicas.

Se podrá argumentar, desde una posición academicista y cómoda de sillón, que esta forma de resolver el estado alienante es realizarlo de una manera hipócrita (Rodriguez Kauth, 2012) la cual, en definitiva, termina por ser una forma de alienación, por qué no le hace jugar al hombre su papel revolucionario o de modificador de la realidad a cara descubierta. Digo que ésta es una crítica de una intelectualidad cómoda debido a que entiendo que la ética no se hace desde una perspectiva de elucubración y retórica verbal, que es muy fácil exponer y proclamar, cuando no se atraviesa por angustias económicas, sino que la ética es fundamentalmente una respuesta a la realidad de vida que define nuestras conductas y convicciones.

Mal se puede pedir a un trabajador asalariado que piense con la ética elitista de quienes tienen un buen pasar económico y se pueden dar el lujo de renunciar a posiciones sociales o a ingresos económicos superfluos. El hombre que necesita del puesto para mal subsistir lo hace no solamente con un criterio egoísta personal, sino que también lo hace pensando en una familia que mantener y a la cual hay que brindarle educación, salud, vestimenta y una vivienda digna, como elementos materiales de sustentación de una vida que pueda considerarse más o menos digna. Este hombre prefiere ser una “casi cosa”, a cambio de la satisfacción de esas necesidades primarias y sociales. Es claro, también existen de los otros, aquellos que prefieren hacer el ejercicio de des-cosificarse y no aceptan las reglas del juego impuestas por los aparatos partidarios enquistados en el poder del Estado.

Estos son los “hombres nuevos”, los mismos que pretendiera lograr hace más de 50 años el Che Guevara (1967). Aprendamos de ellos, aunque no pretendamos que todos los hombres usen esa metodología de ser hombres nuevos, porque a veces la realidad se impone y no hay más remedio que agachar la cabeza y prestarse al juego alienante, aunque, eso sí, nos podemos reservar espacios para continuar luchando por nuestra dignidad total —no ya solamente material— como hombres libres; y uno de los mecanismos sustanciales que se tienen para esa liberación es e] voto secreto y universal.

Vuelvo a repetir, es muy fácil hacer una crítica moralista -o de moralina barata- a los hombres “casi cosa” que no se sublevan. Es muy fácil hacerlo, cuando se tienen oportunidades económicas u ocasiones de poderío en otros ámbitos o estructuras. El autor puede dar cuenta de ello con su experiencia, cuando se dio el gusto, en la única oportunidad que tuvo de ser por algunos meses funcionario público, de transformar la dádiva que se le había encajado para dejarlo conforme en un puesto público y devolviéndoles el cargo a sus autoridades partidarias y de gobierno. Lo que en ese momento hice no es de modo alguno ejemplificador para los miles de asalariados que no lo han hecho y no pueden hacerlo. Personalmente en esos momentos pasaba por una holgada situación económica que me permitía tomar esa respuesta de conducta en apariencia heroica frente a una política del gobierno provincial que no compartía. Pero en modo alguno esa conducta fue heroica porque el heroísmo supone sacrificio de valores o bienes y en este caso concreto no sacrifiqué bien o valor alguno, muy por el contrario, rescaté un valor muy caro para mi salud mental y mi autoestima humana y política. Yo pude hacerlo, porque no sacrificaba bien valioso alguno; el problema adquiere dimensión existencial cuando la situación tiene caracteres distintos. Si lo hubiese hecho en una situación económica de pobreza, no lo sé, ni lo puedo aventurar, hacerlo sería entrar en el plano de la metafísica que escapa al de los hechos reales y sobre el cuál sería muy fácil extenderme en consideraciones que muy difícilmente coincidirían con la realidad

Por último nos dedicaremos al análisis del hombre “cosa” aparentemente reificado en su totalidad. Es el amanuense, el servil, el que resuelve las situaciones de disonancia cognitiva (Festinger, 1957; Rodriguez Kauth, 1976) presentada por los elementos doctrinarios del conocimiento político al cual él adhirió en una campaña electoral y que, sin embargo, ahora que se gobierna y él ha sido callado —y no puede protestar— con la adjudicación de un puesto de trabajo. Esa persona, al observar el manejo corrupto de la administración y de los compañeros políticos que detentan el poder, intenta justificar tales actos —tal como hace el inconsciente con el mecanismo de la negación (Freud, 1915)— reinterpretando la doctrina partidaria y aceptando los abusos del poder.

Se trata de una persona que resuelve el conflicto planteado por la realidad y los conocimientos que se tienen de la misma con un sentido partidario, identificándose con la nueva política instrumentada a despecho de sus convicciones, pero en favor de satisfacer sus demandas personales. Este es el hombre peligroso, ya que antepone sus intereses privados a los intereses colectivos y a las demandas doctrinarias. Es quién llega a traicionar a los movimientos nacionales y populares de liberación porque, dentro del esquema liberal capitalista, se encuentra más cómodo como está hoy, sin importarle que pueda pasar mañana. Se desentiende de los reclamos de sus bases populares y se obnubila con los autos negros y largos de los dirigentes o funcionarios, y con las alfombras rojas que adornan los despachos oficiales. El abrazo de un ministro hipócrita que lo está utilizando bastardamente es más importante para él que el reclamo desgarrador de su pueblo, que sangra por la liberación. Es el hombre posible de corromper… y de estos hay muchos, sobran.

No vamos a decir fácil o difícilmente de ser corrupto, simplemente es corruptible, se presta al juego alienador que plantean los artífices del poder.

Pero cuidado con el análisis que estamos haciendo. Para que haya corrupción administrativa y moral en el ejercicio político no sólo hace falta que hayan estos hombres “cosa” que se dejan corromper, sino que también hacen falta, en igual medida, aquellas personas que corrompen, también ellos son personas “cosa”. En la dialéctica de la corrupción interviene y son agentes necesarios tanto el corrompible como el corruptor. No hay corrompibles sino existen quienes los corrompen y, a su vez, no hay corruptores sino existen los que se dejan corromper. Ambos tipos de personas se necesitan y complementan necesariamente para que aparezca la corrupción como fenómeno social y político en la administración del poder; obviamente, ambos papeles son intercambiables según se vayan dando las circunstancias y las coyunturas políticas en que se apoyan.

También el corruptor es un hombre “cosa”, è1 también está reificado, también está cosificado, en cuanto piensa y percibe a los otros hombres como “cosas”. Ya Hegel (1841) nos señalaba, hace 200 años, al plantear la dialéctica de1 amo y del esclavo, que no solamente el esclavo es tal, sino que también lo es el esclavista, este es un esclavo de su realidad esclavista. Diríamos en lenguaje psicológico contemporáneo que el esclavista —en este caso para nuestro análisis el corruptor— ha internalizado y tiene dentro suyo al esclavo.

También A. Memmi (1969) nos plantea algo semejante frente a la relación entre el colonialista y e1 colonizado a partir de la aplicación de los conceptos y desarrollos tan acertadamente elaborados por J. P. Sartre (1960), desde su crítica de la razón dialéctica. En definitiva, tan “cosa” es quien se deja corromper como quién corrompe, tan alienado está uno como el otro y ambos se necesitan y complementan para dar lugar al todo integrado que es el fenómeno de la corrupción.

Obviamente, que para poder completar nuestro análisis de esta relación, debiéramos dedicar un espacio a los mediadores que se utilizan para corromper. Sin embargo, en este caso los dejaremos sólo señalados, ya que no nos interesan específicamente para nuestro objetivo. Ellos tienen diferentes formas, que pueden ir desde una curvilínea damisela ligera de cascos hasta el uso y el abuso del poder, para quienes se prenden en los altos cargos del gobierno. Para los otros las formas y medios con que se corrompen adquieren manifestaciones más pedestres y rutinarias. Es la comida de todos los días, es el colectivo (bus) en que se traslada gratuitamente a los niños a la escuela, el tratamiento médico gratuito que se le brinda a la madre de varios hijos y que, de otra forma, no lo podría sostener, etc. Estas últimas formas de corrupción son las más lamentables y peligrosas ya que actúan sobre las necesidades básicas de la población desamparada (Rodríguez Kauth, 2013) y pegan fuerte en la autoestima de los individuos, los que deben prestarse a este manejo alienante y mendaz. Este proceso que venimos de reseñar no sólo afecta al individuo como tal en sus dimensiones psicológicas y de participación social; sino que fundamentalmente provoca el fenómeno de aislamiento y, más propiamente, el de extrañamiento, el que fuera reconocido acertadamente por G. Lukács (1969), hace más de 80 años. El individuo se siente algo así como un objeto, una “cosa”, a través del uso de estas metodologías manipuladoras y que, consecuentemente, es tratado y considerado por los otros como tal, siendo en definitiva una simple mercancía. Entonces, las personas no son más que el producto de una relación entre “cosas”, tal como ya lo señalara K. Marx (1843) al referirse brevemente a los procesos de cosificación.

Al ser un objeto de la relación social cosificada, el hombre, la persona, pierde su potencia protagónica y aparece en él la sensación de impotencia que le impide considerarse un protagonista más de la historia y, por consiguiente, un miembro importante en el proceso de cambio histórico. El individuo cosificado por la corrupción del poder se pierde en su dimensión humana y se desmoviliza en su papel de protagonista de la historia. El eje de ésta pasa por el piolín de los titiriteros de turno que son los que lo mueven como a una marioneta, dado que él ya enajenó su capacidad y poder de decisión a quienes les colgaron una dádiva.

Asimismo este proceso, descripto en el párrafo anterior, se enlaza simultáneamente con la falsa identificación que hacen los titiriteros entre el Estado y el Partido, confundiendo ambos niveles de la actividad política y provocando, tanto en los afiliados y simpatizantes partidarios en particular, como en los ciudadanos en general, esta falsa identificación que conlleva la ambigüedad perceptual y no poder entender lo que está sucediendo. Este último es un fenómeno fácil de observar entre aquellos gobernantes que juegan las internas partidarias desde el aparato de gobierno para satisfacer y acallar los reclamos internos del Partido. Si unimos los dos procesos enlazados que venimos de señalar, se comprenderá, sin mayores esfuerzos, porqué se producen las desmovilizaciones populares, las que dejan aislados a los gobernantes y quedan solamente rodeados de una corte de alcahuetes, adulones y acomodados de turno rodeando a los gobernantes que caen en esa tentación de la seducción del poder.

Cuidado con esto último. Vale aclarar que no es el pueblo el que aísla a estos gobernantes, sino que son ellos mismos los que se aislaron del pueblo al dejar de considerar a éste como un conjunto soberano, para considerarlo bastardamente como un rebaño de ovejas. Este fenómeno de la desmovilización particularmente nos preocupa, debido a que el mismo no sólo se puede leer como una nueva frustración del pueblo a la confianza depositada, sino que, desde una perspectiva macro estructural, significa la caída de las banderas de liberación o, por lo menos de cambio, con el consecuente repunte de los programas retardatarios y reaccionarios, representados por las derechas fascistas, amparadas y sostenidas por los fusiles de la dependencia y lo anti popular.

Todo lo cual abre, sin lugar a dudas, un panorama sombrío e incierto para las incipientes democracias de “nuestra” América, si sus gobernantes no cambian la metodología de trabajo y dejan de considerar a los ciudadanos como insignificantes “cosas”, a las cuales se las contenta con una dádiva, a la vez que dejan de identificar falsamente los niveles de gobierno y partidarios.

En conclusión

Considero que es oportuno terminar este articulo recordando unas palabras del humanista E. Fromm (1971) quien nos recuerda y alerta que “… no podemos, sin sufrir grave prejuicio, enfrentar la pérdida de ninguna de las conquistas fundamentales de la democracia moderna, ya se trate del gobierno representativo —esto es, e1 gobierno elegido por el pueblo y, responsable frente a él— o de cualquiera de los derechos garantizados a todo ciudadano por la Declaración de los Derechos del Hombre. Ni podemos hacer concesiones con respecto al nuevo principio democrático, según el cual nadie debe ser abandonado al hambre -pues la sociedad es responsable de todos sus miembros-, ni al miedo y la sumisión, o bien condenado a perder el respeto de sí mismo, a causa del temor a la desocupación y a la indigencia. Estas conquistas fundamentales no solamente han de ser conservadas, sino que también deben ser desarrolladas y fortificadas”.

Referencias bibliográficas

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Por gentileza de C@hiers de Psychologie Politique

Una revisión teórica para el estudio de la gobernanza de la seguridad pública

Javier Carreón Guillén
Doctor en Administración, Profesor de Carrera Titular “B”, UNAM, Coyoacán, México
Jorge Hernández Valdés
Doctorando en Trabajo Social, Profesor de Carrera Titular “C”, UNAM, Coyoacán, México
Cruz García Lirios
Doctor en Psicología, Profesor de Asignatura, UAEMEX, Huehuetoca, México
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Resumen

Los ejes y temas de discusión entre gobernantes y gobernados son construidos y establecidos en una agenda pública, así como el escenario en el que éstas diferencias se superan es entendido como gobernanza. A partir de ésta distinción, se llevó a cabo una revisión de los marcos epistemológicos, teóricos, conceptuales y empíricos en torno a la seguridad pública con la finalidad de anticipar escenarios de conciliación entre actores políticos y sociales respecto a la rectoría del Estado y participación civil. Se advierten líneas de investigación concernientes a la corresponsabilidad como factor de transparencia y rendición de cuentas en los medios de comunicación. Además, se proponen dos áreas de la psicología relativas a la agenda y la gobernanza como subdisciplinas explicativas de las diferencias entre actores políticos y sociales, así como el advenimiento de compromisos y acuerdos en la toma de decisiones.

Palabras clave: Seguridad, gobernanza, agenda, rectoría, participación.

Introducción

La seguridad pública está asociada con un grado de violencia tal que incluso los medios de comunicación la deben minimizar o maximizar, según sus intereses, para incidir en la opinión pública y la agenda política. En virtud de que los homicidios son el indicador principal de violencia en México, el presente trabajo se avocó a discutir la relación asimétrica entre Estado, medios de comunicación y ciudadanía. Para tal propósito, se revisan La Teoría del Establecimiento de la Agenda y la Gobernanza que explican el sesgo de los medios con respecto a los hechos y las políticas de seguridad y violencia en el país. Posteriormente, se explica la relevancia de la violencia en referencia a los medios de comunicación y su función mediática de los hechos.

El Instituto Ciudadano de Estudios Sobre la Inseguridad A. C. en su informe correspondiente al año 2010 relativo a los homicidios identifica al Estado de México como la entidad con mayor número de delitos de privación de la vida durante el periodo 1997 a 2010

Alrededor de seis mil homicidios por cada 100 mil en promedio, El Estado de México lidera la lista de urbes más inseguras. En contraste, los estados de Baja California y Colima tuvieron el número más bajo de homicidios por cada 100 mil habitantes.

Respecto a homicidios culposos definidos como lesiones no intencionadas de privar de la vida a una persona mediante cualquier objeto, el Estado de México y después Jalisco son las entidades con mayor riesgo de ser privado de la vida incidentalmente. Los estados de Baja California y baja California Sur tienen el menor número de los casos durante el mismo periodo de 1997 a 2010.

No obstante, la tendencia de homicidios cometidos en el Estado de México y el estado de Jalisco, los homicidios dolosos se han presentado con mayor frecuencia en el estado de Chihuahua durante los últimos años. En este sentido, la prevalencia de casos de homicidios intencionales parece estar relacionado con la interacción entre los habitantes de estados Unidos de América (USA por sus siglas en ingles) y los Estados Unidos Mexicanos a lo largo de la frontera.

Por el contrario, los estados con el menor número de homicidios, Yucatán, Colima y baja California Sur parecen comprobar la hipótesis de la frontera insegura entre EUA y México. En el caso del estado de Sinaloa, los homicidios se han incrementado sustancialmente en los últimos años. No obstante, el Estado de México es la entidad en donde se comete más homicidios.

La tendencia de homicidios concentrada en el Estado de México es corroborada por la cantidad de homicidas del fuero común. Sin embargo, la Ciudad de México lidera este rubro con el mayor número de privadores de vida.

Respecto a la impunidad, el estado de Tlaxcala parece cometer el mayor número negligencias.

En el caso de la Ciudad de México, el mayor número de sentencias parece indicar un sistema eficaz de procuración e impartición de justicia puesto que de los 800 homicidas reportados todos fueron sentenciados.

En síntesis, la prevalencia de homicidios en el centro del país parece indicar un sistema de violencia sociopolítica en la que la opacidad, corrupción y negligencia serían los elementos consustanciales de la tendencia ascendiente de homicidios. En contraste, la violencia en la frontera norte, a pesar de tener una incidencia menor por cada 100 habitantes, ha sido magnificada por los medios de comunicación. El análisis y la discusión de ambos aspectos podrían llevarse a cabo considerando el enfoque de sistemas políticos y mediáticos, así como el establecimiento de la agenda política a partir de los temas incluidos en la agenda de los medios y su incidencia en los temas de opinión pública.

En México los casos de homicidios ocupan un lugar preponderante en la agenda mediática, pública y política. En tanto tendencia de violencia social, los homicidios, principalmente los dolosos, al ser difundidos por los medios de comunicación, repercuten en la opinión pública, principalmente en su percepción de inseguridad.

De acuerdo con el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad (ICESI), la tendencia de homicidios se ha concentrado en el Estado de México. En dicha entidad, los homicidios dolosos y el número de homicidas se han incrementado durante el periodo que va de 1997 a 2010. No obstante, el número de sentencias ha disminuido notablemente.

A pesar de que esta tendencia es estadísticamente consistente con los reportes del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) correspondientes al informe de 2010, los medios de comunicación parecen concentrar sus esfuerzos en demostrar la hipótesis en torno la cual se considera a las ciudades fronterizas con los Estados Unidos de América (EUA) como las más inseguras del país. O bien, los medios de comunicación parecen enfocar su cobertura en los estados identificados como entidades de narcotráfico en el que los cárteles se disputan el territorio e incrementan con ello, la inseguridad, la violencia y los homicidios.

Sin embargo, la tendencia de los homicidios reportados por el ICESI, INEGI y los medios de comunicación parecen no coincidir con las percepciones de inseguridad reportadas por los estudios del estado del arte. En estas investigaciones, los homicidios son considerados como el resultado de estados emocionales o características sociodemográficas que hacen más proclive la comisión del delito. Es decir, los perfiles socioeconómicos, demográficos y psicológicos de los homicidas parecen indicar que la privación ilícita de la vida es el resultado de una combinación de tendencias estadísticas que determinarían la comisión del delito.

En síntesis, la tendencia de los datos reportados por el ICESI e INEGI parece contradecir la cobertura de los medios de comunicación y las percepciones de inseguridad esgrimidas en el estado del arte. Para demostrar esta aseveración es indispensable estructurar metodológicamente un estudio longitudinal.

La primera etapa necesariamente sería retrospectiva porque el registro de los hechos puede compararse con la cobertura mediática y en consecuencia, establecer sus diferencias con base en el sesgo sistemático informativo.

Demostrado el sesgo sistemático, la segunda etapa consistiría en la demostración del efecto del sesgo informativo en la percepción de la gente. En este sentido, resulta fundamental delimitar o circunscribirnos a los hechos relevantes que pueden estar presentes en la memoria de la opinión pública. Tales son los casos del “Casino Royal”, “las ejecuciones de migrantes”, “La Caravana por la paz con justicia y dignidad” entre otros que al estar presentes en la memoria colectiva pueden ser evidencia de la relación causal entre la cobertura mediática y la percepción.

En esta segunda fase, habría que demostrar la presencia de los hechos relevantes en la memoria colectiva. Para tal fin, se le preguntaría a las personas que nombrasen los diez hechos más importantes según sus experiencias y los diez eventos según la prensa. Una vez recabada la información, se construirían reactivos con contenidos de los eventos relevantes y se aplicarían a una muestra de las personas previamente entrevistadas. Posteriormente, se construirían reactivos con las citas textuales de la cobertura mediática y se aplicarían a la misma muestra. Los resultados esperados podrían indicar una relación entre los reactivos de las experiencias y los reactivos de la cobertura mediática. 

La contrastación de los dos principios de la Teoría del Establecimiento de la Agenda no sólo explicaría el sesgo y la manipulación informativa de los medios de comunicación sobre la opinión pública, además develaría la opinión pública de las políticas, programas y acciones de gobierno ante la inseguridad y la violencia. En la medida en que los medios de comunicación intensifiquen los contenidos de su agenda, propiciarán un aumento en la opinión ciudadana respecto a la procuración e impartición de justicia, y un decremento de la opinión crítica. En este sentido, el establecimiento de la agenda de seguridad nacional ya no sólo se realizaría desde los medios para incidir en las estrategias de las fuerzas coercitivas tales como la gendarmería, la armada, el ejército o la policía, sino desde la persuasión y la evaluación ciudadana de las políticas públicas y sociales relativas a combatir los noticieros, los editoriales o los documentales alejados de las mediciones académicas de inseguridad y violencia.

Teoría de la Gobernanza y la Agenda de la Seguridad Pública

En México la violencia sociopolítica definida como el sesgo informativo en torno a la prevalencia de un delito respecto a otros delitos, en un espacio determinado por la agenda de los medios de comunicación, y en referencia a la opinión pública de las políticas públicas del Estado para combatir dicha prevalencia mediática, alude a un contexto en el que la inseguridad pública es reducida a una prevalencia de homicidios en la frontera norte a pesar de que el centro del país tiene un mayor número de casos.

La violencia sociopolítica implica a tres actores: Estado, medios de comunicación y ciudadanía inmersos en la perspectiva de un país inseguro y violento en el que la acción gubernamental ha sido evaluada por la opinión pública como corrupta, pero matizada como “mal necesario” para seguridad nacional por los medios de comunicación cercanos a la política de seguridad y como “acción inecesaria” por los medios de comunicación críticos.

Ante este panorama el análisis de la violencia sociopolítica podría llevarse a cabo a partir de los sistemas políticos coercitivos y persuasivos, así como desde la Teoría del Establecimiento de la Agenda (TEA). Dos hipótesis sustentarían el análisis: el sesgo informativo coercitivo y la manipulación comunicativa persuasiva.

La primera sostiene que los medios de comunicación seleccionan los contenidos de sus programas a partir de criterios coercitivos más que de veracidad o verosimilitud de los hechos. Se trata de un sesgo mediático puesto que los hechos, una vez que han ocurrido son susceptibles de ser reducidos o amplificados por parte de reporteros, comentaristas o comunicadores. En el caso de la violencia, la interpretación que los medios llevan a cabo de los hechos es transmutado en noticias, reportajes o comentarios. Tal metamorfosis reduce el contenido de un hecho a un lenguaje accesible para las audiencias. Sin importar la magnitud de los eventos, los medios de comunicación y el Estado contextualizan, enmarcan e intensifican las relaciones entre los hechos.

La segunda hipótesis plantea que el sesgo de los hechos por parte de los medios de comunicación y el Estado lleva a las audiencias a procesar las imágenes y los datos de modos distintos. Las audiencias que perciben los hechos a partir de imágenes con un bajo discurso interiorizan los mensajes para desarrollar sentimientos o afectos respecto a los eventos. Las audiencias que procesan datos, tienden a cuestionar los mensajes estadísticos o gráficos y desarrollan necesidades de cognición que las llevarán a buscar más información al respeto, contrastar las versiones de los medios y construir argumentos a favor o en contra de los sesgos mediáticos.

Ambos procesos, afectivo y racional en torno a los mensajes con respecto a los hechos, se construyen en escenarios sociopolíticos en los que el poder de persuasión y disuasión están presentes. Es decir, la relación entre los medios de comunicación y las audiencias está permeada de asimetrías en las que los individuos pueden ser persuadidos o disuadidos en sus opiniones. En el caso de la violencia, las imágenes pueden influir en quienes opinan que el país se encuentra bajo un clima de concordia. O bien, los datos estadísticos pueden disuadir a quienes piensan que la violencia es un mal endémico.

Precisamente, el objetivo del presente trabajo es discutir los alcances y los límites de la TEA en referencia a los casos de homicidios reportados en el año 2010 por el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad A. C. El análisis permitirá construir una metodología para el estudio de la violencia a partir de las dos hipótesis de la TEA expuestas líneas arriba. El ejercicio reflexivo y metodológico permitiría esclarecer el impacto de la cobertura de los medios de comunicación sobre la percepción de inseguridad pública y las políticas públicas del Estado ante la coyuntura de violencia sociopolítica indicada por la prevalencia de homicidios. Por último, el análisis permitirá develar dos sistemas políticos: uno coercitivo y otro persuasivo inherentes a la violencia sociopolítica.

Un sistema, definido como un modelo de factores orgánicos abiertos al intercambio de energía con otros sistemas, fue planteado por Bertalanffy (1968) para explicar la estructura de la biosfera. Esta propuesta fue retomada por Luhmann (1986) para referir a la autorganización comunicativa del poder. A diferencia de Bertalanffy, quien afirma que todo sistema está organizado a partir del intercambio con su entorno, Luhmann (1992) sostiene que el Estado es un sistema de comunicación que se especializa en la persuasión de sus subsistemas.

La simplicidad política es una dimensión coercitiva del Estado derivada de la ilegitimidad electiva y concentración del poder en un líder o grupo. La simplicidad coercitiva alude a procesos irracionales en los que la personalidad del líder o la dinámica del grupo en el poder determinan sus decisiones y acciones sin considerar los costos y los beneficios de sus convicciones. La simplicidad ilegitima se sustenta en una ética carente de responsabilidad y propensión al futuro. Se trata de una aversión a la certidumbre en la que las emociones definen el rumbo de un Estado. El azar aunado a la mística parece ser considerados para emprender conflictos en nombre del nacionalismo, la identidad, el poder e ideología. La simplicidad coercitiva representa una dimensión de la historia de la humanidad en la que los conflictos producían cambios aún a pesar de que tales discrepancias se sustentaran en los límites personales o grupales que ilegítimamente representan a un Estado. La simplicidad política es un mecanismo de coerción de los sistemas tribales, autoritarios, totalitarios o en transición que aspiran a la democracia, aunque ésta implique un cambio diversificado en las formas de Estado y los regímenes de gobierno.

El pensamiento sistémico luhmaniano parece coincidir con la propuesta de un Estado moderno sólido. Bauman (1998) sostiene que las ciudades fueron construidas bajo el principio de modernidad que consiste en seguridad e identidad en torno a un Estado omnipresente. Las urbes fueron edificadas para proteger a sus habitantes de las invasiones o inundaciones. Toda ciudad moderna, tenía un centro de poder en el que ubicaban panópticos que permitían la vigilancia interna y externa. Durante esta etapa de modernidad, el Estado era sinónimo de solidez y robustez. Este planteamiento baumaniano del poder monopólico del Estado, concuerda con el concepto luhmaniano de autorganización sistémica.

El Estado, es un sistema que se organiza en torno a sus elementos internos y factores externos que justifiquen su coerción. Ambos, son esenciales para el funcionamiento sistémico del Estado. Los elementos endógenos, al ser amenazados por los factores externos, necesitan someterse a un sistema de coerción que garantice su seguridad. Tanto Bauman como Luhmann piensan en un Estado coercitivo que unifica las simetrías y extermina las asimetrías.

Sin embargo, entre el planteamiento baumaniano y la propuesta luhmaniana hay una diferencia sustancial que alude a la modernidad del Estado. Para Bauman (2002) el mercado está sustituyendo al Estado, para Luhmann el Estado se ha complejizado hasta un punto tal que el mercado es un nuevo mecanismo de control persuasivo.

El Estado guiddeniano refiere a una autoestructuración de sus subsistemas endógenos. Se trata de una democracia estructurante. Es decir, los elementos endógenos del Estado convergen en normas que los diferencian de los factores exógenos. Más aún, los elementos internos del régimen, son considerados, en primera instancia, súbditos por Guiddens (1979) porque sólo internalizan sus normas coercitivas. Luhmann sostendría que el Estado, en tanto se organiza internamente, determina sus subsistemas endógenos, pero son éstos elementos internos los que configuran al régimen.

Si la política es el debate de ideas y la construcción de consensos en torno a una agenda, entonces el Estado incide en el debate público a través de sus instituciones de gobierno al mismo tiempo que los individuos, grupos, asociaciones, sindicatos, gremios, agrupaciones, conglomerados y sociedades reconfiguran su gobernanza. En este nivel de análisis, Luhmann parece referir a una democracia participativa en el mismo sentido planteado por Kymlicka (1969). El filósofo alemán parece convenir con el filósofo canadiense en la idea de participación política como complemento de la estructuración del Estado. Es aquí donde el mercado tiene cabida en el esquema sistémico del poder político, las formas de gobierno y los regímenes de Estado.

El mercado, aparece como un tercer poder, incluso coercitivo, entre el Estado y sus elementos endógenos que Kymlicka (1995) llama ciudadanía participativa y Guiddens reconoce, en segunda instancia, como agencia. Estado, mercado y ciudadanía serían estructuras de un mismo sistema develado por su tendencia a excluir la diversidad que atente contra su estructuración política coercitiva. Esta triada en tanto sistemas interdependientes o subsistemas convergentes de coerción son los fundamentos sistémicos de la realidad política. Es decir, los individuos que integran las instituciones, las personas que trabajan en las organizaciones y los ciudadanos que participan en las sociedades, son factores de coerción con el objetivo de excluir a portadores de normas, valores y creencias que diversifiquen la realidad política.

La coerción política esgrime instituciones pretorianas que se encargaban de ejecutar los designios de los líderes. Tales instituciones mantenían una vigilancia sobre los súbditos porque eran considerados disidentes y por ello había que someterlos a un régimen represivo que les impidiera vaticinar cambios estructurales desfavorables al sistema.

No obstante, los avances técnicos y científicos incrementaron el intercambio comercial entre los feudos y con ello el aumento de la población fue considerada una amenaza para el régimen. Por ello, las fronteras se abrieron al comercio y la migración. Ambas germinaron en ideas de libertad. Una vez puesta en marcha la ideología liberal se requería de instituciones que contribuyeran a la legitimidad de la república reduciendo la disidencia a un plano crítico disuasivo de las movilizaciones armadas.

Una vez creadas las constituciones, los partidos, los líderes, los simpatizantes e incluso los disidentes, se firmaron los protocolos para legitimar la contienda, el debate, los comicios, la transferencia y el ejercicio del poder político. El nuevo sistema se diversificó, fue adoptado y ajustado según las características de la ciudadanía y sus integrantes.

En sociedades individualistas tales como las europeas y las norteamericanas, en el ámbito público, los Estados otorgan autonomía absoluta o relativa a sus ciudadanos para que en el ámbito privado su autocontrol determine decisiones y acciones personales más que grupales, sectoriales o sociales. El crecimiento y la prosperidad económica es el resultado de esfuerzos, capacidades, conocimientos, habilidades e innovaciones individuales.

En sociedades colectivistas tales como las latinas o asiáticas, los Estados intervienen en las esferas públicas y privadas para contribuir a la identidad y el arraigo de sus ciudadanos. El Estado apela al crecimiento, al avance y al progreso como resultado de la unión de las diferencias y las desigualdades, la solidaridad y la cooperación.

En el plano político, el sistema persuasivo no ha sido diversificado del todo a pesar de que cuenta con tres modelos de representación y gobernanza. Se trata del parlamentarismo, el presidencialismo y el semi-presidencialismo. El sistema presidencialista ha sido asociado con la concentración del poder de iniciativa y el poder de veto, y estaría relacionado con los sistemas coercitivos puesto que en sociedades con un presidente tienden al populismo. Es decir, el poder de iniciativas y el poder de veto no han sido desarrollados como instrumentos persuasivos, sólo como instrumentos de desequilibrio en torno a la relación entre el ejecutivo, legislativo y judicial.

La prevalencia del ejecutivo sobre las otras figuras políticas abre la posibilidad de un sistema clientelar ya que las decisiones populistas estarían en función del electorado. El desarrollo de un sistema político persuasivo implicaría el sesgo deliberado los problemas económicos y políticos en función de la racionalización de la opinión pública y un proyecto colectivo de nación.

Sin embargo, los sistemas persuasivos en el futuro parecen orientarse hacia dos formas de Estado y regímenes de gobierno. Dado que el deterioro ecológico amenaza cada vez más a economías, regímenes políticos y ciudadanos-consumidores, el nuevo modelo de desarrollo sustentable definirá dos sistemas complejos: aversión ó propensión al futuro. El primero se caracterizará por un amplio espectro de opciones partidistas, candidaturas, debates, contiendas en general que vaticinaran a la escasez o extinción de recursos y distribución condicionada entre las especies animales y vegetales, las generaciones actuales y futuras como su principal justificación, estrategia, plataforma y legitimidad política. El segundo tendrá una amplia gama de ideas en las que cada una serán discutidas para definir una agenda universal como principal estandarte de disponibilidad y distribución equitativa de los recursos entre especies y generaciones.

En síntesis, la simplicidad coercitiva y la complejidad persuasiva son políticas de aversión y propensión al futuro construidas por instituciones tanto ilegítimas como legítimas en torno a las cuales coexisten desigualdad e igualdad, represión y libertad, injusticia y justicia, sometimiento y dignidad, irracional y racionalidad, disidentes y adherentes, estructura y coyuntura, economía y comunidad, globalización e identidad. En suma, Estado y ciudadanía. Tal coexistencia se debe a la transferencia sesgada y manipulada de información por parte de los medios de comunicación masiva de una entidad política a una entidad cívica.

El Estado, en su proceso evolutivo que va de la simplicidad coercitiva a la complejidad persuasiva, ejerce su poder sobre la ciudadanía predominantemente en imágenes y discursos que por un lado propician emociones y comportamientos intermitentes y por el otro provocan razonamientos sistemáticos sobre su legitimidad.

El Estado puede ser coercitivo, estructurante al individuo mediante sus instituciones según Giddens (1979), pero es en esencia un modelo persuasivo que excluye del poder a sus subsistemas competidores para autorganizarse. Bauman (2005) se aproxima al concepto luhmaniano de Estado al considerar que evolucionó para ser considerado un instrumento de seguridad, confort e identidad para los habitantes de la zona central sólida urbana en referencia a la inseguridad, pauperización y desarraigo de los migrantes asentados en la periferia urbana. Sin embargo, Luhmann aclara que en tanto sistema, el Estado diversifica las relaciones de poder que tiene con sus subsistemas. Si el Estado Baumaniano ha transitado de la solidez a la liquidez, el Estado luhmaniano ha transitado de la simplicidad a la complejidad, de la coerción a la persuasión.

En esencia, el Estado Moderno y su sistema político persuasivo difunden imágenes más que discursos porque tales símbolos propician indecisión e inacción entre los habitantes de un territorio.

Luhmann sostiene que un sistema autoevoluciona a partir de un subsistema persuasivo regulador de las desigualdades entre sus elementos endógenos. En esencia, éste subsistema ha evolucionado de otro que empleaba la coerción para dividir y unir a los subsistemas. Este sistema regulador es persuasivo porque controla los flujos de información que les permitirían a las personas tomar decisiones acordes a la situación por la que atraviesa el sistema. En la concepción luhmaniana, el control de los medios masivos de comunicación provee de un poder limitado al Estado ya que las nuevas tecnologías y sobre todo su evolución, conllevan más costos que beneficios.

El Estado debe evitar envolverse en la incertidumbre que caracteriza a las sociedades. Incluso, mediante campañas políticas, el Estado debe disuadir a los factores exógenos que lo amenazan y persuadir a los elementos endógenos que lo fortalecen. El Estado totalitario o autoritario que controló los medios de comunicación terminó por construir una imagen de injusticia. En cambio, el Estado que otorga libertades a los medios se somete a la crítica, infundada, de sus disidentes e incluso simpatizantes. Por ello, el Estado debe mostrarse con apertura al dialogo, al debate, al plebiscito, al juicio moral, social y político.

El Estado alcanza su legitimidad construyendo una imagen que el electorado perciba como justa o cuando menos, no injusta. Luhmann descubrió primero que nadie, el futuro mediático del Estado y enfocó su análisis en la comunicación con sus subsistemas. En tiempos donde la imagen se impone al discurso, el Estado requiere de publicistas, mercadólogos y diseñadores más que de estrategas antimotines, policías antidisturbios o periodistas proselitistas. En efecto, la justicia es un tema que se olvida en la medida en que la apariencia de la imagen se impone como instrumento de legitimidad y legalidad ante la percepción del electorado. En este sentido, Kymlicka (1995) advierte que la participación ciudadana debe ir más allá de la exigencia, la crítica o la manifestación, la libertad le ha sido otorgada al individuo para construir un sistema redistributivo del poder en el que los contrapesos son fundamentales para su conservación. No obstante, Bauman (2008) asegura que al vivir en un sistema consumista no será necesaria la perpetuación del Estado, la persuasión subsistémica o la participación multicultural porque antes de que eso ocurra el sistema se habrá autoliquidado. Es decir, los medios de comunicación en tanto subsistema persuasivo de la complejidad política, seleccionan y difunden los temas que la opinión pública, en primera instancia, y el Estado, en última instancia, adoptaran en una agenda pública de discusión.

McCombs (1972) elaboró la Teoría del Establecimiento de la Agenda para explicar dos mecanismos subsistémicos de selección y difusión de los temas que la opinión pública y la clase política adoptará como agenda de discusión pública. Los titulares y encabezados de los medios de comunicación masivos son elaborados a partir de criterios mediáticos tales como los niveles de audición y comercialización. En este sentido, los eventos, sucesos o hechos no implican necesariamente la cobertura mediática sino implican altos niveles de expectación e interés de patrocinadores.

Debido a que la cobertura mediática es diferente a los hechos porque los maximiza, los minimiza, los omite o los distorsiona, los medios de comunicación inciden directamente en la agenda pública e indirectamente en la agenda política. McCombs considera a la televisión, la radio y los periódicos no como medios transmisores de los acontecimientos públicos sino como productores de información. En este sentido, los públicos no son los receptores de la información sino intermediarios que transmiten los intereses informativos de los medios para incidir en las políticas públicas.

McCombs concibe a los medios de comunicación como estructuras persuasivas que determinan tanto los elementos endógenos como los elementos exógenos del sistema político. Al seleccionar y difundir determinados hechos, los medios de comunicación definen la inclusión y exclusión de temas y criterios de discusión correspondientes. Al incidir en la opinión pública, los medios de comunicación homogenizan los subsistemas persuasivos reduciendo las libertades a una agenda mediática.

En tal sentido, McCombs contrapone el término “audiencia” al concepto de participación de Kymlicka. La justicia es para McCombs el resultado de una selección y difusión de temas y criterios para su discusión. La agenda mediática para Kymlicka es el resultado de la participación racional ciudadana. La audiencia en el planteamiento mccombsiano es intermediaria y transmisora de la información fragmentada y reducida a imágenes que influirán en las protestas, mítines, marchas, bloqueos y manifestaciones colectivas que en la concepción kimlickaniana son el resultado de la racionalidad individual y la discusión pública.

La Teoría del Establecimiento de la Agenda de McCombs complementa el planteamiento baumaniano de la modernidad líquida. Si la modernidad sólida se sustentaba con los subsistemas coercitivos tales como el ejército que proveía seguridad a los súbditos, la posmodernidad líquida se construye con subsistemas persuasivos tales como los medios de comunicación que proveen criterios de discusión de temas a los públicos o audiencias. No obstante, McCombs estaría en desacuerdo con Bauman sobre la liquidez del sistema político.

El Estado, su sistema persuasivo y sus subsistemas mediáticos, son productores de información que las audiencias adoptan en forma de valores, normas, percepciones, creencias, actitudes, motivos e intenciones improvisadas, pero permanentes porque se activan cada vez que las audiencias discuten un tema. Es decir, el sistema de la complejidad política se perpetúa a través de la estructura de creencias y valores provocados por la selección y difusión de información. En este punto, McCombs (1972) y Giddens (1991) interceptan sus teorías al evidenciar la primacía de las normas, valores y creencias sobre los conocimientos de la opinión pública y las políticas públicas.

La relación asimétrica en el Estado y la ciudadanía, al estar mediatizada, produce afectividad discursiva más que conflicto y cambio. Es decir, los símbolos en torno a la disponibilidad y distribución de los recursos naturales a partir de derechos, capacidades, necesidades y expectativas de la ciudadanía delinean creencias, decisiones y acciones antropocéntricas que por su naturaleza emotiva son intermitentes.

Si la complejidad de un sistema consiste en un incremento de la identidad ciudadana hacia su Estado, si la identidad denota acuerdos y desacuerdos con el Estado, si los subsistemas muestran la diversificación del poder, entonces el Estado une a disidentes y adherentes al mismo tiempo que fragmenta principios, creencias, decisiones y acciones.

Si el Estado ha dividido a sus subsistemas en centrales y periféricos favoreciendo a los primeros y obstaculizando a los segundos, el Estado luhmaniano ha seducido a sus subsistemas hasta un punto tal en el que lo consideran imprescindible para su desarrollo. A pesar del liberalismo político, que supone la maximización de las libertades frente a la minimización de las igualdades, el Estado luhmaniano se erige como el gendarme por excelencia y legitimidad sin el cual, el mercado estaría condenado a su extinción. Es por ello que Rawls (1971) se aproxima a la concepción luhmaniana del Estado al considerar que una libertad sin Estado o por el contrario, el totalitarismo, son polos injustos cuyas consecuencias convergen en una distribución asimétrica del poder. Por ello, tanto Rawls como Luhmann están de acuerdo en que el Estado asuma el control limitado de la sociedad para perpetuarse como la institución política más importante de la historia.

De este modo, el Estado es un sistema persuasivo que distribuye asimétricamente el poder para perpetuar su hegemonía sobre los subsistemas que lo configuran.

Si el Estado busca su eternización y trascendencia complejizando su hegemonía política, entonces los subsistemas son factores externos e internos que fundamentan la autorganización del Estado.

Kymlicka observa un problema fundamental en la sociedad multicultural canadiense a la que expone como un conglomerado de diversidad. La preocupación del filósofo canadiense es muy parecida a la advertencia del filósofo ingles Rawls: la justicia en la equidad y la diversidad. En efecto, detrás de todo sistema político está el dilema fundamental de la igualdad versus la libertad.

Un sistema en el que todos tienen el mismo punto de oportunidad y necesariamente tendrán un mismo punto de llegada o encuentro, es una sociedad altamente coercitiva y por ende, injusta. Un sistema en el que las oportunidades están reservadas para unos cuantos limita la libertad de elección y con ello amplifica la brecha entre los subsistemas favorecidos y los subsistemas excluidos. Por ello, tanto el filósofo canadiense como el filósofo norteamericano están a favor de la libertad en su más amplio sentido. Sin embargo, Kymlicka es menos efusivo al plantear que la participación ciudadana es la determinante de toda libertad y justicia en un sistema.

En contraste Rawls (1971) considera que es el mismo sistema quien debe procurar la compatibilidad entre la libertad individual y la equidad social. Ambos, están a favor de la libertad que diversifique y al mismo tiempo unifique al sistema. Un Estado que promueve la libertad ciudadana para su participación acepta su restructuración en función de la diversidad de ideas. Un régimen que limita la libertad asume las consecuencias de la injusticia social. Una democracia injusta requiere de subsistemas para legitimarse y un Estado justo se legitima a partir de la libertad de sus elementos endógenos a costa de eliminar los factores externos.

La distribución de recursos en un sistema implica un problema fundamental en torno a su redistribución. En esencia, el Estado no podría encargarse de regular las relaciones entre sus elementos endógenos, pero puede otorgar libertades de decisión y acción. Por ello, en la concepción liberal de Nozick (1998), el Estado se enfoca en cuestiones mínimas tales como el derecho de propiedad y la seguridad de la misma. El Estado deja a la libre elección la competencia y la solidaridad entre sus elementos endógenos.

El Estado produce injusticia retributiva porque sólo atiende a las necesidades de quienes son propietarios de recursos. En contraste, Rawls considera que el Estado debe impulsar la libertad de elección como contrapeso a las desigualdades endógenas del sistema. El Estado rawlsiano, a diferencia del nozickniano, maximiza la libertad y minimiza la desigualdad, se trata de un Estado en el que se produce justicia limitando las decisiones personales que contravienen el bienestar colectivo. Este mecanismo de coerción al individualismo requiere de mecanismos de consenso en donde los subsistemas endógenos participan racionalmente en el debate, votación, legislación e implementación de una ley reguladora de la competencia por los recursos. Nuevamente, la complejidad del sistema se asoma para insistir en el final de la coerción y el devenir de la persuasión.

En torno al concepto de agenda se han propuesto dos términos. El primero de Muñiz (2007: p. 92) define agenda como una colección de temas compartidos por comunicadores, políticos y audiencias. No obstante, los estudios sobre el establecimiento de la agenda se enfocan en el proceso por el cual los medios de comunicación seleccionan los temas que las audiencias recepcionaran como de suma importancia y posteriormente discutirán con base en los conceptos difundidos por los medios. Una segunda propuesta de Chihú (2011: p. 31) la define como un problema social, a menudo conflictivo, que ha recibido cobertura mediática sesgando la atención del público hacia determinados objetos o cuestiones de la escena política y social en los que el público confía y asigna importancia en función del grado de relevancia mediático.

La Teoría del Establecimiento de la Agenda (TEA) asegura que los medios de comunicación difunden temas de violencia a partir de sus intereses y no de la tendencia de casos del fuero común o federal. Igartua, Muñiz, Otero, Cheng y Gómez (2008: p. 5) plantean que los medios de comunicación masiva determinan y dictan los temas que la gente comentará. La opinión pública construirá percepciones sobre la importancia de los temas expuestos en los medios. Posteriormente, la gente comentará los temas incluso con las palabras utilizados por los profesionales de la comunicación en televisión, radio, prensa e internet. Obregón, Arroyave y Milena (2009: p. 24) plantean que el establecimiento de la agenda pública se construye con estrategias de contexto tales como; mayor primacia, cobertura, tiempo y espacio a noticias relativas. En esto consistiría el poder mediático ya que los medios de comunicación pueden enfatizar un tema sin tener que asumir riesgos.

La TEA explica la prevalencia de imágenes y sus efectos sobre la percepción de inseguridad de las audiencias y en el caso de los medios impresos, el efecto es en el discurso de sus lectores sobre la violencia y particularmente, los homicidios dolosos. De León (2008: p. 166) demostró que los medios de comunicación invisten de atributos los temas para facilitar su inclusión en la agenda pública. A través de los titulares y encabezados, los medios masivos de comunicación difunden expectativas en sus audiencias. Esto corrobora la hipótesis en torno a la cual los medios de comunicación influyen en la sociedad produciendo temas y colocándolos en la agenda de discusión pública. A partir de la TEA, sería posible explicar el proceso de construcción de la agenda mediática, pública y sobre todo política en torno a la inseguridad, la violencia, los homicidios, los perfiles y la impunidad que durante 1997-2010 ha azotado a México. En tal sentido, Penalva (1999: p. 159) sostiene que la Teoría del Establecimiento de la Agenda estaría más cercana al análisis de las noticias internacionales que la opinión pública no puede conocer directamente y por ello se ve sumamente influenciada por los medios de comunicación dado que otras fuentes de información, incluso internet, no ofrecen contenidos cercanos al entendimiento de las personas comunes y corrientes que aprenden con base en imágenes más que con base en discursos estructurados o razonamientos lógicos científicos.

Sin embargo, la TEA ha sido sumamente cuestionada en dos sentidos. En primera instancia, Cervantes (1999: p. 141) crítica el planteamiento de McCombs en torno al establecimiento de la agenda–setting a las que considera como fases no inductivas en las que sólo se incluyen las noticias externas susceptibles de ser codificadas para demostrar la incidencia de los medios de comunicación en la opinión pública. En segundo lugar, Ugarte, Menéndez y Cuesta (2009: p. 79) critican el énfasis político en los temas que permitieron corroborar la hipótesis del establecimiento de la agenda. Reducen a las audiencias a meros espectadores incapaces de seleccionar información y construir su agenda de discusión. Paradójicamente, McCombs, a decir de los autores, concluye perfilando la investigación hacia los efectos psicológicos de los medios de comunicación en la opinión pública.

En torno al establecimiento de agenda-setting, los estudios mediáticos seleccionan, fragmentan y sesgan el ejercicio periodístico con estudios de sondeo simultáneo en el que las percepciones de los encuestados son una extensión de la agenda-setting de los medios. Por otra parte, los experimentos de recepción y percepción corroboran no sólo el sesgo informático, sino además su poder de influir en la opinión pública.

No obstante, la TEA refiere solamente al sesgo informativo sin precisar un tiempo y espacio definidos para su comprobación empírica. En efecto, la tendencia ha sido medir simultáneamente, durante un lapso de tiempo determinado, el sesgo mediático y la influencia en la percepción de la gente. 

Sin embargo, no es posible, realizar dos diagnósticos simultáneos de los hechos y concluir que existe una relación directa y significativa entre ellos. Si partimos de la premisa en torno a la cual un hecho es observable simultáneamente más de una vez entonces tendríamos que pensar que la percepción si y sólo si está influida por los medios olvidando que puede estar influida por el hecho en sí, por otros acontecimientos relacionados, por experiencias directas, indirectas e incluso por otras notas informativas. McCombs (1972) sostiene que el sesgo informativo es inherente al ejercicio periodístico y esto significa que en realidad los medios no influyen directamente en la agenda-setting pública. Es decir, los medios son sólo intermediarios de los errores del ejercicio periodístico.

En todo caso, la hipótesis en torno al cual los medios sesgan la información e influyen en la opinión pública puede ser contrastada si consideramos el sesgo sistemático de la información. Esto es, si los medios repetidamente maximizan o minimizan un hecho entonces podríamos esperar que traten de influir en la gente. Vázquez (2004: p. 268) plantea que al construir una agenda mediática, los medios de comunicación construyen una agenda pública y política esencial para el Estado. Es decir, los medios de comunicación utilizan marcos de referencia en los que la opinión pública se basa para construir su agenda de discusión pública. Se trata de atributos en torno a un tema que orientan la percepción, selección y recepción de la información por parte de las audiencias.

Estado del conocimiento de la agenda y la gobernanza seguridad pública

Los estudios psicológicos de la agenda y la gobernanza de la seguridad pública advierten que ambos fenómenos no sólo son consustanciales, sino además son parte de procesos emocionales en los que el avance de la ciencia y la tecnología ha hecho posible la diseminación de información y contenidos en múltiples dimensiones y plataformas que enaltecen la percepción de seguridad y riesgo de las audiencias.

De este modo, el estudio clásico de McCombs (1972) en el que se identifica el encuadre de los medios con respecto a información catalogada como privilegiada, exclusiva y patrimonial de las élites políticas al exponerse a las audiencias no sólo es asimilado de un modo opuesto, sino además es instrumentado como evidencia de un complot en contra del bienestar social y el interés común.

García (2007: p. 31) sostiene que el establecimiento de la agenda es un efecto de resonancia informativa en el que los medios emiten temas que a posteriori las audiencias amplificarán o disminuirán su relevancia, pero en definitiva incluirán en su agenda de discusión una vez que los medios se han encargado de difundir la noticia. Luengo (2009: p. 114) relaciona el establecimiento de la agenda con la formación de actitudes y decisiones de discusión en torno a los temas seleccionados por los medios y aceptados por la opinión pública como los asuntos públicos de mayor interés e importancia. Se trata de un efecto mediático que construye la opinión pública a través de sus expectativas e intenciones de llevar a cabo una discusión pública al interior del grupo de referencia o pertenencia.

Empero, Chihú (2011) advierte que el encuadre informativo no sólo es un instrumento de control y manipulación mediática. Además, es un proceso en el que la transformación de la realidad depende de los significados y atribuciones de la fuente, el mensaje y el emisor con respecto a los objetivos e interés de quienes reciben ésta información. En otras palabras, el encuadre es parte de las expectativas personales de quienes esperan contrastar, en muchos casos corroborar sus ideales o prejuicios, respecto a información relativa a la seguridad o inseguridad según el medio de comunicación.

Es el caso de la migración a la que se le atribuyen intenciones y actos delictivos, pero que se refuerzan con la difusión sistemática de homicidios o condenas de latinos en contextos anglosajones. Muñiz (2007) estableció la reducción de las virtudes de comunidades migrantes a expectativas de inseguridad de oriundos que no sólo esperaban un incremento de la violencia en su localidad, sino además de llevaron a cabo acciones de contención, expulsión y estigma hacia grupos migrantes.

Es por ésta razón de hostigamiento a comunidades y flujos migratorios que Vázquez (2004) considera que las relaciones entre oriundos y migrantes dependen de la cultura de prevención del delito o la criminalización de trabajadores indocumentados. En su estudio observó que cuando los medios de comunicación intensifican las noticias de delitos perpetrados por indocumentados, la percepción de inseguridad se exacerba, pero en el caso contrario, la inseguridad percibida no se reduce y más bien se mantiene el estigma.

Los estudios psicológicos del establecimiento de la agenda y la gobernanza parecen mostrar que la seguridad es un tema central, preponderante y sistemático en cuanto a su difusión mediática, pero además es un fenómeno que se asimila con la interrelación de oriundo para con los medios que reportan los hechos delictivos y no por el diálogo con otros grupos minoritarios o las experiencias con grupos migrantes.

Consideraciones finales

La psicología al ser una disciplina avocada al estudio de los determinantes cognitivos del comportamiento humano está llamada a entender y explicar los escenarios de conflicto y pacificación entre gobernantes y gobernados con respecto a bienes que se consideran públicos. En el caso de la seguridad pública, la psicología del autocontrol y la psicología de la violencia han contribuido decididamente en el esclarecimiento de los procesos internos al individuo y su eventual patología cristalizada en actos violentos, corruptos o criminales.

En el caso de la psicología de la felicidad ésta ha explicado fehacientemente las emociones y los procesos neuropsicológicos que dan cabida a los sentimientos y emociones vinculadas con la producción de dopamina y que ha sido vinculada a estilos de vida libres de violencia y por tanto susceptibles de alcanzar la felicidad.

Por su parte, la psicología de los movimientos sociales ha contribuido al esclarecimiento de las diferencias entre comportamiento individual y colectivo respecto a fenómenos de comunicación de masas, propaganda o ideología que, en el caso de la psicología de las masas ha explicado minuciosamente el impacto del autoritarismo en las movilizaciones colectivas y las acciones de protesta como es el caso de la defensa de la naturaleza, las especies y recursos.

En efecto, la psicología ambiental ha avanzado hacia la explicación del comportamiento favorable a la conservación del medio ambiente como parte de un entorno colectivo y significado de apego al lugar, así como la psicología de las minorías ha explicado los efectos del desarraigo y la migración en los pequeños grupos que no obstante son activos en sus propósitos de emancipación, reivindicación o conciliación con otros grupos.

Sin embargo, ninguna de las subdisciplinas en comento ha dado cuenta de los conflictos entre autoridades y usuarios de servicios públicos; los desencuentros entre quienes legislan y quienes contribuyen con sus impuestos al mantenimiento de los servicios públicos; las diferencias entre quienes son elegidos y quienes eligen una ideología y estilo de gobierno.

La psicología de la gobernanza, al igual que la psicología del autoritarismo se preocupa por las diferencias existentes entre gobernantes y ciudadanos, pero a diferencia del autoritarismo en donde los ciudadanos son reducidos a su mínima expresión, en la gobernanza son participes de la toma de decisiones en la gestión y la administración de los servicios públicos.

De este modo, la psicología de la gobernanza explica el proceso en el que los actores políticos y sociales están involucrados para reproducir sus diferencias, o bien, enaltecer sus objetivos, tareas y metas comunes. Aunada a la psicología de la gobernanza, la psicología de la agenda explica la persuasión de las audiencias con respecto a una propaganda que legitima la rectoría del Estado en la vida pública y privada.

La psicología de la agenda explica los escenarios de relaciones de dependencia entre los mensajes persuasivos o disuasivos con respecto a la participación ciudadana y su transformación en activismo político. A diferencia de la psicología de la gobernanza que se avoca a explicar la conciliación de intereses entre políticos y ciudadanos, la psicología de la agenda resalta la importancia de la discusión y el consenso públicos que no siempre terminan en conciliación de intereses, sino que exacerban la negociación hasta la supresión del Estado o el desinterés civil por los asuntos públicos.

La gobernanza, en su sentido más pragmático, es un sistema de confrontación de ideas con la finalidad de establecer una agenda común e incidir, en la mayoría de los casos, en la participación ciudadana y trascender ésta en una participación política indicada por el grado de corresponsabilidad, cogestión y coadministración de los recursos y servicios considerados públicos.

Por consiguiente, la agenda es un elemento central en la construcción de una gobernanza. incluso, es un factor preponderante al momento de establecer los escenarios posibles de conflicto y pacificación entre los actores políticos y sociales. La agenda, en su sentido más pragmático, es un área de oportunidad ante la cual se reduce la gestión del estado y la autogestión civil a su mínima expresión para enaltecer la cooperación y la solidaridad entre dos actores con una problemática común como la seguridad pública.

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Contacto

Javier Carreón Guillén
jvierg@unam.mx
Jorge Hernández Valdés
jorheval@unam.mx
Cruz García Lirios
cgarcial213@profesora.unam.mx

Dominación de tiempo completo

Raúl Zibechi
Analista internacional, escritor y periodista
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En todo tiempo ha sido importante conocer los modos en que dominan las clases dominantes. Buena parte del pensamiento anti-sistémico, en sus más diversas vertientes, ha estado dedicado a la comprensión de esos modos, en particular en los periodos de cambio y viraje, cuando los de arriba crean nuevas formas de opresión, en ocasiones brutales, las más de las veces sutiles e invisibles.

El historiador catalán Josep Fontana publicó semanas atrás un removedor artículo titulado La lógica del campo de concentración (Sinpermiso, 19 de julio de 2015), en el que afirma que Grecia se ha convertido en un campo de concentración donde los trabajadores no tienen derechos y además tendrán pensiones miserables, que es el modo de eliminar a los que ya no son productivos.

Fontana es uno de los más respetados historiadores vivos, de vasta producción y sólida formación marxis­ta. No es una persona que acostumbre agitar sin fundamento. En su breve artículo (que merece la mayor difusión) y con base en los más recientes trabajos sobre los campos, sostiene que no eran –solamente– lugares de exterminio, sino organizaciones industriales gestionadas con criterios económicos peculiares, pero muy racionales, para obtener los máximos beneficios.

Dice que hasta la propia aniquilación de los judíos fue pensada con criterios de rentabilidad, forzados los prisioneros a trabajar hasta el agotamiento y la muerte en la construcción de carreteras, minas de carbón, granjas y hasta en la fábrica de caucho sintético de IG Farben.

Para Fontana, es importante pensar en las semejanzas que hay entre la lógica de los campos de concentración y las políticas de austeridad que nos imponen, ya que los fundamentos son los mismos: reducir al mínimo los costes del trabajo y eliminar a quienes no producen. Suena muy fuerte, pero es una invitación a reflexionar sobre el mundo en que vivimos, algo que nos resulta urgente en América Latina.

Giorgio Agamben, en Homo sacer (Pre-Textos, 1998), advierte: El campo de concentración y no la ciudad es hoy el paradigma político de Occidente (p. 230). Dice más: Desde los campos de concentración no hay retorno posible a la política clásica (p. 238). Llega a esa conclusión a través del concepto de nuda vida, vida desnuda, desprovista de derechos reales, carne sin más, indistinción entre derecho y hecho, norma y vida biológica.

Nos dice Agamben que hoy la dominación consiste en que nuestras vidas han sido despojadas de toda cualidad humana, como si los seres humanos hubiéramos sido reducidos a vegetales o carne animal.

No se trata de pensar el campo de concentración como espacio cercado de alambradas y torres de vigilancia, sino como mecanismo más sutil (a veces), que reduce nuestras vidas a un mero ir y venir desde el trabajo (casi esclavo) al consumo (ambos en espacios hipervigilados con cámaras). Vida biológica, donde a los sujetos les han quitado la menor posibilidad de regular sus tiempos de trabajo y de reproducción. Heteronomía en estado puro, como ya sucede en la maquila, pero en realidad en todos los espacios y tiempos de la vida cotidiana. Dominación de tiempo completo. Por eso Agamben señala que la vida desnuda, nacida en los grandes estados totalitarios del siglo XX, es hoy la vida normal.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿cómo se hace política en estas condiciones? ¿Cómo se trabaja para la emancipación? La respuesta más acertada es que no sabemos, que tenemos que aprender, reflexionar, probar. Desconfiar de quien tiene ya la respuesta preparada.

La pregunta decisiva: ¿qué izquierda, qué tipo de movimientos, para una realidad de dominación y control de este tipo?

La experiencia reciente de Grecia puede ser un buen comienzo. Decir que Tsipras es un traidor es el peor camino, porque sugiere que todo consiste en poner a otro en su lugar para resolver el dilema. Cuando el problema es, precisamente, que cualquiera que ocupe ese lugar no puede hacer otra cosa. En términos del campo, el que ocupa esos cargos no puede sino hacer el papel de guardián. O lo aniquilan.

A partir de estas consideraciones, para quienes seguimos empeñados en la resistencia y la emancipación parece necesario reflexionar en dos direcciones.

La primera es poder discernir sobre las distintas modalidades que va asumiendo el paradigma del campo de concentración en nuestras sociedades, cómo se manifiesta, cuáles son las alambradas inmateriales que nos cercan, quiénes son los guardianes, dónde están los barracones, y así hasta tener un panorama claro.

Es tarea central, que nos permitirá situarnos dónde estamos, observar qué características tiene la dominación, pero también cuáles son sus puntos débiles. En principio, y salvo demostración contraria, las instituciones estatales deben ser consideradas parte del dispositivo campo.

La segunda es comenzar a construir un tipo de organización para operar dentro del campo, con la perspectiva de escapar y, en algún momento, destruirlo. Hasta ahora la mayor parte de las organizaciones, partidos de izquierda y movimientos populares han actuado más como guardianes que como organizadores de fugas, aun no siendo conscientes de ello.

Serán necesarias organizaciones capaces de construir espacios seguros fuera del control de los poderosos (James Scott), donde sea posible organizar fugas y otras acciones. Ya no estamos en la era fabril (disciplina en espacios cerrados), cuando la opresión se concentraba en el taller, donde burlaban el control de los capataces. Lo mismo vale para las mujeres, que siempre crearon espacios de libertad en la opresión. “La biopolítica –escribe Agamben– hace vano cualquier intento de fundar las libertades políticas en los derechos del ciudadano” (p. 231).

Para recorrer este camino no hay manuales. La experiencia histórica, la de los esclavos y los indios, puede servirnos de inspiración. La comunidad y el quilombo parecen referencias ineludibles. Lo demás deberá ser improvisado. Salvo la ética y el deseo de libertad.

Por gentileza de La Jornada

La maquinaria del bio-poder

Raúl Prada Alcoreza
Filósofo, sociólogo y escritor [1]
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Cuando hablamos de poder no imaginamos unas estructuras de poder edificadas en un afuera, externas, como una maquinaria, separada de la sociedad, que actúa contra ella, desde esa exterioridad. Esta es la imagen que, de alguna manera, ha sido compartida por la ciencia política, la filosofía política, las “ideologías”; incluso críticas y pretendidamente “revolucionarias”. Si bien, como concebimos, el poder solo se puede entender como economía política del poder, en el contexto complejo de la economía política generalizada, por lo tanto, como bifurcación, separación, del Estado respecto de la sociedad, hay que tener en cuenta que esta separación es imaginaria, aunque también institucionalizada. En realidad, efectivamente, el Estado no se separa de la sociedad, sino, como también dijimos, captura parte de sus fuerzas para reproducirse. Cuando más se dice que se separa por ejemplo desde la tesis de Louis Althusser y la interpretación de Alain Badiou es cuando, efectivamente, está más enraizado a la sociedad, por lo menos, en la sociedad institucionalizada [2]. Pues requiere de energía vital, requiere de la vida, requiere capturar energía de vida, para lograr funcionar como maquinaria del poder. En este sentido, retomamos la tesis de Michel Foucault sobre la biopolítica y asumimos la interpretación de Antonio Negri, que propone una diferenciación entre biopoder y biopolítica. Siendo la primera, la que corresponde a las dominaciones; siendo la segunda, la que corresponde a la espontaneidad de la vida; por este camino, a la potencia creativa.

Por estas consideraciones, nuestra crítica giró hacia esa parte de la sociedad capturada, atrapada en la redes del poder, de las mallas institucionales del Estado. El poder, en todas sus formas, en todos sus engranajes y genealogías, emerge de los cuerpos capturados. Estos cuerpos, en su relación con el poder, han constituidos sujetos adecuados a la reproducción del poder, subjetividades afines a la reproducción del poder. Son como los cuerpos que ejecutan las acciones y prácticas que reproducen, constantemente, las relaciones de dominación polimorfas. Son los cuerpos que emiten los discursos de legitimación o que comparten esos discursos. Son también los que hacen circular y por donde circulan los imaginarios del poder, también las formas de pensamiento social, por así decirlo, que interpretan el poder como si fuese la realidad.

Entonces, hay que tener otra configuración del poder. No es externo a una sociedad interna. Es, por así decirlo, usando provisionalmente el viejo lenguaje, externo e interno, a la vez. El poder no solo puede ser descrito como genealogía, a partir de las genealogías de las dominaciones, sino como metamorfosis. Las instituciones, que van a convertirse en las mallas institucionales del Estado, son creadas por los mismos humanos, por la misma sociedad. Estas construcciones y edificaciones institucionales, como estructuras y como organizaciones funcionales, se convierten, poco a poco, de instrumentos útiles en dispositivos de poder; por lo tanto, de dominación. La sociedad institucionalizada elabora interpretaciones para legitimar esta mutación. Las instituciones se fetichizan, sobre todo, el conjunto de ellas, el Estado. Es cuando las interpretaciones conforman “ideologías”, que, aunque pretendan exposiciones racionales, configuran el mito del poder, el mito del Estado, el mito del gobierno. Las instituciones se convierten en el principio y el fin; son, definitivamente, la “realidad” producida por el poder.

No hay que considerar esta metamorfosis, como dada en el tiempo, en el ciclo largo de la historia, pues las instituciones ni el Estado tienen vida propia. Ocurre constantemente; el poder tiene que reproducirse permanentemente, tiene que ser rehecho todos los días. Para que esto suceda requiere que haya cuerpos que lo reproduzcan en sus prácticas e imaginarios. Los cuerpos son especializados; unos como funcionarios, otros como usuarios; unos como gobernantes y administradores de la cosa pública, otros como gobernados. Unos, como maestros, los que enseñan la “ideología” estatal, en todas sus versiones, temas, tópicos y rubros; otros, como los que aprenden, los que escuchan y son inducidos a creer en lo que comparten “ideológicamente”. Ciertamente, esta división del trabajo de la reproducción del poder no queda ahí; continúa, pues la dominación no es única, homogénea y general, sino hay múltiples formas de dominación, distribuidas en la sociedad. Esta multiplicidad de dominaciones connota múltiples relaciones de biopoder entre Estado y sociedad. Para dar una imagen ilustrativa, son como innumerables cordones que conectan los cuerpos a los dispositivos de poder. Estos funcionan absorbiendo vida, capturando vida, canalizando esta energía a la reproducción y expansión del poder.

Los sujetos sociales capturados por las mallas institucionales del poder no se ven como capturados, sino, mas bien, como beneficiados por instituciones del orden, del progreso, del desarrollo. Hay como una satisfacción de establecer esta relación de biopoder; se da como un placer de formar parte de esta marcha histórica y civilizatoria. No pueden imaginarse otra realidad posible, otro mundo alternativo. Este es el único mundo posible. Lo demás o son especulaciones delirantes, utopías imposibles o, en otras versiones, radicalismos soñadores, románticos, hasta irresponsables.

La configuración entonces se parece más a la de una conformación biotecnológica; entendiendo tecnología en el sentido amplio como lo sugiere Foucault. Hay también tecnologías sociales, formas de organización, de estructuras, de diagramas, que se aplican a los cuerpos, buscando inducir sus comportamientos. Ciertamente, estas tecnologías de poder no dejan de usar las técnicas, las tecnologías, en sentido restringido, como herramientas específicas. En consecuencia, por esta vinculación, este conjunto de conexiones, entre cuerpos y dispositivos de poder, se refuerza la imagen de que el Estado vive, de que las mallas institucionales viven; tienen vida propia. Pues, al chupar la sangre de los cuerpos vivos – diciéndolo en sentido metafórico -, sangre que circula por las venas artificiales de los aparatos del Estado, el gran vampiro, cobra vida, por así decirlo; más bien, la portentosa edificación fabulosa donde habitan los vampiros, que son fantasmas, es decir, imaginarios sociales, cobra vida.

En consecuencia, efectivamente, no hay separación entre Estado y sociedad; esto se da imaginariamente, como “ideología”; mito sostenido por la separación institucional, que no deja de ser imaginaria, empero, funciona materialmente. Para decirlo, de algún modo, la realidad efectiva del poder, que en la economía política generalizada funciona como bifurcación, disociando lo abstracto de lo concreto, valorizando lo abstracto, desvalorizando lo concreto, existe, funciona efectivamente, como articulación imprescindible.

Esta configuración del poder, nos ha llevado a la interpretación de que la clave de la reproducción del poder se encuentra en los que lo padecen, al aceptar esta relación de subordinación, de delegación y de representación. Hay como un deseo del amo, de que ocurra así, de que se perpetúe un orden, basado en las dominaciones. Éstas pueden cambiar, edulcorarse, adquirir mimesis democráticas; empero, las polimorfas formas de dominación se preservan. Pueden, incluso cambiar las élites; parte de los que eran gobernados, ahora, gobernar. Empero, la estructura estructurante del poder se conserva, perdura, se reproduce, mutando y transfigurándose en sus mutaciones.

Notas

[1] Raúl Prada Alcoreza. Filósofo, sociólogo y escritor boliviano. Profesor-investigador en la Universidad Mayor de San Andrés. Participa activamente en la política boliviana y en organizaciones y movimientos sociales. Es miembro de ‘Comuna’, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas y asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Se desempeñó como miembro de la Asamblea Constituyente boliviana de 2006-2007 y como viceministro de Planificación Estratégica del Ministerio de Economía y Finanzas.

[2] Althusser y Badiou lo dicen, distanciándose de la tesis determinista de la concepción mecánica de la relación entre estructura económica y superestructura ideológica, política, jurídica y cultural, buscando explicar la función del Estado como instrumento de dominación. Esta interpretación de la autonomía relativa del Estado supone el contexto de la lucha de clases. En Acontecimiento político retomamos esta interpretación. Sin embargo, si bien ayuda a comprender la puesta en juego “ideológica”, institucional y política, no explica el funcionamiento mismo del poder, de las dominaciones, sus dinámicas moleculares. Revisar de Louis Althusser Maquiavelo entre nosotros. AKAL; Madrid. Así mismo, revisar de Alain Badiou Teoría del sujeto, también La revolución cultural. ¿La última revolución? Prometeo Libros; Buenos Aires 2009. Les conférences du Rouge-Gorge. Ver también Acontecimiento político 1: https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-i/. Acontecimiento político 2: https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-ii/.

Por gentileza de Bolpress

La pornografía del cyborg

César Hazaki
Psicoanalista y escritor. Editor de Topía Revista
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La otra cara de Victoria

“Durante la penetración, la mujer debe mantenerse lo más rígida posible. El movimiento corporal podría ser interpretado como un signo de excitación por parte del optimista esposo.”[1] Así aleccionaba la sociedad victoriana a las esposas. Los varones eran aterrorizados desde el siglo XVII con los efectos nocivos de la masturbación: “Era considerada un derroche que enfermaba, estaba severamente perseguida. En este sentido el combate contra la masturbación fue uno de los principales esfuerzos en la guerra librada por asegurar la correcta y medida privacidad (…) ya que la vida privada debía mantener las apariencias que la burguesía capitalista, en su primera época, dictaba para la vida pública. Ambos mundos necesariamente tenían que coincidir.[2] Era consecuencia de la unión de capitalismo y calvinismo, que glorificaba el trabajo, la austeridad y el enriquecimiento personal como los caminos para ganar la eternidad. Así producción económica y salvación religiosa se combinaban para la transformación de Inglaterra.

En los bordes de este modelo proliferaba la prostitución y otras variadas experiencias sexuales. Tenían cobijo en burdeles y bares de los bajo fondos londinenses. En esas calles oscuras la sexualidad desbordaba y era considerada pornográfica por el poder. De allí que sostenemos que la historia de la pornografía, sus características de época, si está cerca o lejos del poder central, sus esplendores y prohibiciones tienen mucho para enseñarnos. Especialmente cuando su profusión actual se naturaliza y no se buscan conceptos para dar cuenta de lo que ocurre con ella en la sociedad del espectáculo.

Los penetrantes algoritmos

Desde la Revolución Industrial para acá se ha modificado el lugar que ocupa la pornografía. Su expansión actual es enorme. Siendo la pornografía pura imagen es comprensible que, por vía de las máquinas de comunicar, haya sido una vía regia para marcar algunos rumbos de la hiperconectividad. Ha dejado de ser una industria marginal para convertirse en un enorme negocio y una pasión de multitudes en la web. Si en su origen el capitalismo requería de una moral severa, el capitalismo tardío promueve para su sostenimiento del exhibicionismo erótico a tiempo completo. Llama la atención que quienes estudian las redes sociales no nos indiquen la importancia de la pornografía en la web, cuando no se puede negar lo obvio: las multinacionales con sus máquinas de comunicar y la pornografía han hecho un maridaje que les sienta muy bien a ambas para sostener el despliegue de la sociedad del espectáculo.

Cyborgs

Actualmente cada dieciocho meses, proceso conocido como Ley de Moore, se produce una revolución tecnológica que transforma a la web en su conjunto. Beneficiada por estos desarrollos, la placenta mediática trae modificaciones en las plataformas, en los aparatos, en los modos de comunicación que la cultura de la globalización impone y que profundiza la constitución cyborg –un híbrido de hombre y máquina[3]- de los usuarios. Es la era de las aplicaciones en los Smartphone. Permiten múltiples usos y un control cada vez mayor de los usuarios.

La primera dificultad es que el cyborg minimiza este conocimiento que sobre él tienen las grandes empresas por vía de los algoritmos que lo escudriñan todo el tiempo. Tampoco reconoce que ese conocimiento tiene un objetivo: promover la fascinación con el consumismo.[4] Las multinacionales imponen amar la hiperconectividad, que el hombre sea una unidad indisoluble con sus fetiches: el Smartphone, la Tablet, etc. En este proceso se sostiene una parte central de la cultura dominante. “Por ello en la actualidad no es el goce en la búsqueda de un deseo imposible el motor del consumismo, sino la ilusión de encontrar un objeto-mercancía que obture el desvalimiento originario.”[5]

Por eso sostenemos que la figura del cyborg ha cambiado de manera sustancial: ya no es una representación revulsiva que conmueve y cuestiona a la cultura hegemónica como en la película Blade Runner, ha perdido su posición de figura antisistema.[6] El cyborg hoy es pura adaptación social, es el despliegue de lo que denominamos cuerpo mediático.[7] No hay sociedad del espectáculo sin cyborg en estado de consumidor serial. Bajo el consentimiento entusiasmado de los usuarios, escudriñar y penetrar la subjetividad de cada uno por vía de los motores de búsqueda es el objetivo primordial de las empresas. Las infinitas aplicaciones que se implementan buscan formatear a cada cyborg de manera personalizada. Veamos cómo colaboró la pornografía en este proceso.

Cuando los teléfonos celulares no habían cobrado la relevancia que hoy tienen y las empresas no tenían tan perfeccionado el sistema de investigación y sujeción de sus clientes usaron las páginas pornográficas para investigar cómo y de qué manera accionaban y deseaban los consumidores. Google, aquella empresa que en sus comienzos se ufanó en pregonar que no iba hacer el mal, para el sistema Android [8] investigó exhaustivamente las páginas de pornografía de la web con el objetivo de capturar y utilizar los caminos del erotismo para usarlos en su propio beneficio.

Google sabía que hacia las páginas pornográficas iban la mayor cantidad de visitas de los internautas. Existía una relación de tres visitas a páginas pornográficas contra una a un sitio informativo o cultural. Lo declaró Bernardo Huberman (director del laboratorio de computación social de H.P. por aquél entonces) quien investigó las redes de pornografía con el interés de descifrar cuáles eran los deseos de los internautas. Sus conclusiones fueron: que hay un conjunto básico de deseos, que de los mismos se pueden realizar algoritmos para saber hacia dónde y de qué manera inducir a los internautas. En consecuencia se trató de aprovecharlos, Huberman reconoció que el software del Android está basado en las investigaciones que provienen de las teorías de las redes, las que se produjeron observando las páginas pornográficas.[9] Es decir el Android que apasiona multitudes es producto del maridaje entre la tecnología de punta y la pornografía.

Yo muestro, ¿Tú miras?

En la sociedad del espectáculo los cyborgs se ven compelidos a mostrar. Exhibirse es la obligación para pertenecer, dado que sin unos “me gusta” o “re-tuiteos” la autoestima es barrida y se cae en la temida irrelevancia personal. La vida así se convierte en un rating de popularidad.

Al existir tan enorme empeño por mostrar surge la dificultad: es difícil encontrar alguien que mire. Ergo es necesario mostrar cada vez más para obtener los consabidos minutos de fama. Como todo circula por la mirada, es necesario que nada íntimo quede en el tintero y eso, más temprano que tarde, pondrá al cuerpo desnudo en el centro de la escena. Sostenía Freud: “La impresión óptica sigue siendo el camino más frecuente por el cual se despierta la excitación libidinosa”, Gubern lo refuerza: “En nuestra sociedad que ha semiatrofiado la función del olfato, la principal actividad teledetectora sexual se ejerce mediante el sentido de la vista, agudamente sensibilizada para la función erótica. Y tal hipersensibilidad erótica haría al hombre destinatario óptimo del estímulo pornográfico.”[10] Lo vemos en las páginas de ligue sexual: muchas personas exigen fotografías del partenaire que se encuentra del otro lado de la pantalla para realizar devaneos cysexuales, el oído o la lectura en el cysexual[11] funcionan mejor si se tiene una imagen del otro.

El amigo americano

Hace ya tiempo que los motores de búsqueda se introducen como catéteres en nuestro interior y no requieren imperiosamente el recurso de la pornografía. Por el contrario, constituidos en anticipatorios creíbles de nuestros deseos son, por ejemplo, organizadores del encuentro entre muchachos y muchachas con ganas de touch and go en unas pocas cuadras a la redonda. Hay que tener la aplicación… y sólo es cuestión de hora y lugar para el entrevero sexual. Pero antes de esto los Smartphone inducen lugares de comida, de compra de ropa, de espectáculos, de viajes, etc. Convencen al cyborg de que conocen antes que él sus deseos. Estrictamente hablando formatean, como un cordón umbilical nutricio, los deseos personales de acuerdo al lugar dónde el cyborg está: come dónde le indican, compra en el lugar sugerido, etc.; el cyborg se regodea en la comodidad que promueve el fetiche sabelotodo. La placenta mediática dice qué hacer y dónde, el cyborg obedece dócilmente por vía del Android / Androide. Nos encontramos así con el marcapasos del corazón consumista.

Para el protestantismo del inicio del capitalismo, austeridad y trabajo eran pilares culturales para dominar al conjunto social, la ilusión consumista del capitalismo actual promueve y anuda hedonismo y exhibicionismo. Es necesario mostrar desde los datos personales a escenas sexuales. Los encuentros sexuales deben ser anotados con hora y lugar y con quién se realizó en el mapamundi para tal fin o subir rápidamente el video del acto a la web. El cenit del acto es que muchos miren. Se despliega así una profusa pornografía amateur que busca exhibir la experiencia al comentario de los otros.

Otra vez el burdel

El cliente del prostíbulo ha cambiado sus conductas habituales. Como visitante del mismo ya no quiere conservar su condición de anonimato, también allí busca sus quince minutos de fama mediática. Veamos dos ejemplos. 1) “Big Sister, Praga, Republica Checa: el cliente experimenta la misma sensación que un protagonista de reality show (por el popular programa Gran hermano). El local está repleto de cámaras que emiten en directo a través de webcams a Internet y a un círculo local de habitaciones para voyeurs. El establecimiento cuenta (…) con habitaciones tematizadas donde las chicas preparan sus numeritos y cualquiera puede participar en ellos. (…) sólo se paga a la entrada, pero no por los servicios sexuales, dado que el usuario consiente en ser filmado.”[12] Es decir, paga para que sus hazañas sean transmitidas por la web. El cliente quiere que el mundo lo vea.

2) “Pasha (Colonia, Alemania): Como si fuera una zona de tolerancia de la antigüedad, el burdel es una torre gigantesca de 27.000 m2 donde trabajan 120 prostitutas (…) descuento para colectivos de los mayores de 65 años. (…) protagonizó otras de las campañas de marketing más innovadoras del sector al ofrecer la entrada gratis (no el servicio) de por vida para aquellos hombres que se prestaran a tatuarse el logotipo del local.”[13] Como se ve éste burdel usa, acorde con la sociedad del espectáculo, para promocionarse: el tatuaje en el cuerpo del cliente.

Provisorio final

Esta manera de apropiarse de la subjetividad no hace más que aumentar el control social, muy especialmente a las nuevas infancias digitales. En consecuencia, no se trata de establecer una prohibición de la pornografía en haras de una moral retrógrada como la victoriana, sí de no omitir las relaciones entre pornografía, el entusiasmo que ella despierta en los cyborgs y los beneficios que de esto sacan las empresas multinacionales. La pornografía no intenta desentrañar, como antaño, el saber de la prostituta, sino de unificar el consumismo con el Smartphone constituyendo así el gran fetiche internalizado dentro del cuerpo del capitalismo global.

La sociedad del espectáculo insiste en indicarnos que cada usuario ha producido una burbuja personal en el uso de las redes sociales acorde con los exclusivos intereses personales. Sin embargo, por debajo la pornografía es un masivo unificador, nos debe dar elementos para analizar a los cyborgs que viven con múltiples pantallas abiertas y se lanzan a realizar pornografía amateur. Cabe preguntarse si el erotismo ha perdido su capacidad trasgresora. Si esto fuese así deberemos seguir investigando dónde se instalan las prohibiciones, cuáles son las barreras del pudor y qué es la subjetividad en una cultura donde las máquinas formatean la vida cotidiana del cyborg.

Es indudable que en niños y adolescentes, en sus juegos sexuales, en sus fantasías amorosas, en sus vínculos grupales están las respuestas para investigar las consecuencias de este enorme proceso.

Recordemos una historieta del humorista Copi: Un poderoso burgués le enseña cuadro tras cuadro sus posesiones a un hombre común. Así desfilan: su castillo, su auto, su caballo, su fábrica. En el último cuadro el hombre que permaneció en silencio ante la exuberante riqueza se baja los pantalones y le muestra al burgués lo único que tiene: su culo. Quizás aquí encontremos la verdad pornográfica final del cyborg, despojado de su intimidad y desposeído de sí mismo lo único que pueda ofrecer a la cultura de la imagen, que ya le exprimió todos sus secretos, sea exhibir una parte íntima de su cuerpo transformada por siliconas, con un chip debajo de la piel y un tatuaje.

Notas

[1] García Massaagué, Mónica, Historia de los burdeles, Océano, Barcelona, 2009. Esta cita la toma la autora de los Consejos sexuales para maridos y mujeres de Mrs. Ruth Meyers.

[2] Carpintero, Enrique, “La sexualidad evanescente. La perversión es el negativo del erotismo”, Revista Topía Nº 56, Agosto 2009.

[3] Hazaki, César, “Cyborgs. Los nuevos procesos subjetivos y sociales de adaptación”, Revista Topía N° 69, Noviembre 2013.

[4] La exitosa publicidad de la pareja del Banco de Galicia que todo el tiempo compra es un ejemplo paradigmático.

[5] Carpintero, Enrique, Actualidad de El Fetichismo de la mercancía, Editorial Topía, Buenos Aires, 2013.

[6] Ese modo radical de ruptura con la supuesta esencialidad de lo humano está claramente expuesta en El Manifiesto Cyborg de Donna Haraway.

[7] “Cuerpo mediático: una relación entre el cuerpo de los hombres y el corpus tecnológico”. Ver en Hazaki, César, El Cuerpo Mediático, Editorial Topía, Buenos Aires, 2010.

[8] Android con su nombre demuestra desembozadamente la intencionalidad de Google. Se denomina Androide a un robot con apariencia humana que imita las acciones de los seres humanos. Un organismo sintético.

[9] Hazaki, César, 2010, op. cit.

[10] Gubern, Román, La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, Anagrama, Barcelona, 2005.

[11] Definición de Facebook en Argentina que define a aquellos que sólo experimentan actividad sexual a través de internet.

[12] García Massagué, Mónica, op. cit.

[13] García Massagué, Mónica, op. cit.

Por gentileza de Topía

Karl Marx, un ecologista adelantado a su tiempo

Elisabeth Beague
Periodista
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A menudo se olvida que Karl Marx es, ante todo, un filósofo. Sin embargo, debido a que sus ideas, demasiado contestatarias, no fueron del agrado de los poderes fácticos, nunca pudo obtener una cátedra en una universidad. Entonces, intentó el periodismo pero, de nuevo, fue atacado y se vio obligado a exiliarse. Se propuso un objetivo científico: el análisis de las condiciones sociales y económicas en las que se lleva a cabo el proceso de producción y explicó cómo las relaciones de dominación y subordinación eran ellas mismas producto de las relaciones capitalistas de producción.

La naturaleza está muy presente en su pensamiento. Marx subraya de hecho la importancia que tiene para el hombre y, por tanto, no sólo su valor como tal, sino la riqueza que produce. También llama la atención sobre los riesgos que corre debido a la sobreexplotación y al daño recibido por la contaminación del agua y del suelo. Hay que tener en cuenta que la contaminación del aire no era una preocupación en su tiempo, a pesar de los vapores de las máquinas que asfixiaban la atmósfera.

Marx cree que el hombre, a través de su trabajo, no puede producir riqueza material sin la ayuda de la naturaleza y habla de “intercambios orgánicos con la naturaleza”. Pero el trabajo no es para Marx la única fuente de valores. Él escribe que “el hombre no puede hacer tanto como la propia naturaleza”, es decir, simplemente cambia la forma del material y, en este trabajo de transformación “es sostenido constantemente por las fuerzas naturales”. Añade que si la tierra proporciona al hombre víveres preparados y un objeto de trabajo, no necesita el ser humano para existir.

Valor de uso/valor de cambio

Los bienes naturales, gratuitos, son en primer lugar valores de uso. Y, junto con los bienes disponibles, la tierra también proporciona al hombre la oportunidad de trabajar con los medios de producción de procedencia natural. No es necesario un cambio para que los bienes tengan un valor de uso. “El valor de cambio aparece en principio como una relación cuantitativa, como la proporción en la que valores de uso de diferentes especies se intercambian una con la otra”.

Tratando en primer lugar sobre la explotación de la mano de obra, Marx lamenta que “las máquinas agrícolas reemplacen a los hombres y que es equivocarse extrañamente suponer que el nuevo trabajo agrícola con máquinas lo compensa”.

Y remarca la destrucción del suelo que supone la intensificación de la agricultura: “la agricultura capitalista genera problemas incluso en el intercambio orgánico entre el hombre y la tierra, lo que hace más difícil el retorno de sus elementos de fertilidad, ingredientes químicos que le son arrebatados”.

Marx critica, por tanto, el progreso de la agricultura capitalista, que no sólo explota al trabajador, sino que asola el suelo. Aumentando la fertilidad a corto plazo, los procesos utilizados arruinan en efecto, a largo plazo, las fuentes sostenibles de fertilidad. Y, cuanto más industria moderna entra en ella, más rápida es la destrucción. La gran industria destruye bosques enteros y lo que pretende hacer para la reforestación es absolutamente insignificante.

Y, si Marx toma nota de los efectos desastrosos de la contaminación sobre los humanos, también se preocupaba por la naturaleza, incluyendo el agua del río, porque se da cuenta de los efectos destructivos de la industria sobre la calidad del agua: el uso de sustancias colorantes, liberar la basura en el agua, los buques en tránsito, la construcción de canales… privan a los peces de su entorno de vida.

La producción capitalista, escribe, concentra las fuerzas históricas motrices de la sociedad y al otro lado la interacción metabólica sin control entre la humanidad y la tierra; ella impide, en otras palabras, el retorno a la tierra de sus elementos nutritivos constituyentes. Lamenta que la naturaleza sea considerada como un objeto cuyo uso está sujeto a la responsabilidad del hombre, ya que postula que el hombre no es propietario de la tierra. Tiene su disfrute, es de alguna manera usufructuario, pero tiene que legarla a las generaciones futuras después de haberla mejorado como un “buen padre de familia”.

Las interpretaciones de la ecología de Marx pueden diferir. Pero si Marx escribe que “en tanto existan los hombres, su historia y la de la naturaleza se condicionarán recíprocamente”: ¿Se puede aún dudar?

Traducción de Carles Acózar Gómez para Investig’Action

Por gentileza de Investig’Action