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Psicopatía: locura moral, delirio no psicótico

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica
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Resumen

La línea argumental de este artículo plantea la psicopatía en tanto que forma de locura no psicótica, con su delirio megalómano, y como tal, estrechamente vinculado al narcisismo en su vertiente patológica.

Una locura delirante tanto a nivel moral como afectivo. Una psicopatología del orden moral que tiene su caldo de cultivo en una normalidad patológica, fruto de la interiorización y reproducción de valores culturales psicopáticos.

Una patología de la virtud, de lo virtuoso en el sentido clásico de la palabra. Una forma de ser malévola. Una forma de estar en el mundo ontológicamente reducido a cosa; cosificante y cosificador. Un ser en sí que tiende a la nada.

Una patología vincular cuyo delirio le lleva a negar el vínculo y con ello, toda subjetividad otra suscitadora de deseo. Es la aniquilación de otro como sujeto. Su deshumanización.

Abstract

The line of argument in this article raises psychopathy as a non-psychotic form of madness, with its megalomaniac delirium, and as such, closely linked to narcissism in its patological aspect.

A delirious madness at a moral, affective level. A pathology of the moral order that has its breeding ground in a pathological normality, the result of the internalization and reproduction of psychopathic cultural values.

A pathology of virtue, of the virtuous in the classical sense of the word. A way to be malevolent. A way of being in the world ontologically reduced to something; reifying and reifier. A being in itself that tends to nothing.

A linked pathology whose delirium leads him to deny the link and with it, all subjectivity other that arouses desire. It is the annihilation of another as subject. His dehumanization.

Significado histórico de locura

La locura en sus inicios siempre tuvo que ver con la moral y era una cuestión de la que se ocupaba la filosofía.

La modernidad podríamos decir que se inaugura con y a partir de una importante disociación. Con Descartes se separa el entendimiento de la voluntad y la ciencia se enraizará en esa dicotomía esquizoide, de tal manera que los hechos humanos se separan de su libertad y su volición, en definitiva de su intencionalidad, impidiendo así la conciencia. De esta manera, las enfermedades del alma pasan a tratarse como las enfermedades del cuerpo y por ende, será la medicina la que se ocupe de ello. La dicotomía cuerpo y alma, también se reflejará en el concepto de locura, siendo ubicado lo racional en la mente. De esta manera las funciones intelectuales quedan relegadas en lo más alto de la cúspide de la evolución y el alma pasará a formar parte de «los procesos anímicos» y en consecuencia relegada a un plano inferior. Estos procesos serán catalogados de irracionales e inconscientes. Esta dicotomía, transformará muchos «objetos» de estudio como la psicología: «… la psicología, llevada por un positivismo mal entendido, se ha olvidado de hablar de los temas que presiden las interacciones humanas: amor, odio, fidelidad, traición, deuda, culpa, vergüenza, dominio, sumisión, dependencia, envidia, celos, reciprocidad, egoísmo, altruismo, venganza, crueldad, indiferencia, generosidad y un larguísimo e interminable etcétera» (Villegas, 2018).

En lo que nos concierne, «el estudio de los síntomas en psicopatología ha ido perdiendo peso frente al estudio de las categorías psiquiátricas. La descripción, evaluación y análisis causal de los delirios, las alucinaciones, la culpa, la anhedonia, o la despersonalización, han sido gradualmente sustituidos por el estudio de otras categorías más abstractas como la esquizofrenia, la depresión mayor, o el trastorno bipolar» (Vázquez, Valiente y Díez-Alegría, 1999, p. 311).

En este contexto, la maldad ha pasado a ser entendida como patología mental, y por lo tanto susceptible de cura y de tratamiento médico. Se ha ido desarrollando el «mito de la enfermedad mental» envuelta en un halo ideológico científico [1], perfilando así una concepción de la salud en función de la norma estadística. La ideología cientifista esboza un concepto de anormalidad según el cual serán anormales y susceptibles de tratamiento aquellas personas que se salen de la norma estadística (normativa), esto es, de la obediencia y la adaptación a un estándar. Esta ideología genera a su vez una nueva patología: la «normopatía» o anormalidad de la norma (normal). La patología de la sumisión, de la conformidad, de la obediencia y los convencionalismos, que es capaz de generar no solo enfermedad, sino maldad y amoralidad.

Las etiquetas diagnósticas han cobrado «una inusitada posición de privilegio (…) llegando éstas a ordenar la investigación y el pensamiento clínico» (Vázquez, Valiente y Díez-Alegría, 1999, p. 311). Esta perspectiva no solo ha supuesto una seria limitación al conocimiento de la psicopatología humana, sino que además, en cierto modo ha pervertido dicho conocimiento, ya que pretendiendo objetividad, ha subjetivizado aún más si cabe, dicho conocimiento. No solo porque la sintomatología (síntomas y signos) ha sido relegada a un segundo plano, sino porque las categorías diagnósticas «sospechosamente», es decir, con poco (o nulo) criterio científico pero con mucha carga ideológica, proliferan, mutan e incluso desaparecen como es el caso de la psicopatía que desaparece en tanto que categoría diagnóstica en 1968 (Jauregui, 2008). De hecho, tras la aparición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-III, el diagnóstico de psicopatía se diluye en el trastorno antisocial de la personalidad, poniendo el énfasis en los patrones de conducta antisociales, evacuando así los aspectos de la personalidad esenciales en el concepto de psicopatía, descrito por Cleckley (1976) en su obra «la mascara de la cordura».

Antes de todo este cambio, las «enfermedades anímicas» eran consideradas por el pensamiento filosófico clásico como «defectos morales» (Huertas, 2014). En este sentido, destacaban la injusticia, la ignorancia, la vanidad, la cobardía. Lo contrario de la locura era la virtud. La cordura estaba representada por lo virtuoso del hacer, «areté» o lo que es lo mismo: la excelencia en el sentido de bondad. Esta se entendía como el desarrollo del potencial constitutivo de la naturaleza (humana) y como tal, era considerado como cordura, quedando la locura relegada a lo inhumano, esto es, a no desarrollar el potencial, no comportándose de manera virtuosa. La cordura y la salud estaban estrechamente vinculadas a lo moral, mientras que la locura y la enfermedad a lo inmoral; la maldad.

Platón plantea que cada virtud, a saber, sabiduría, valentía y autocontrol tiene sus propias herramientas, esto es, intelecto, voluntad y emoción (Alasdair, 2004).

Para Aristóteles, vivir bien es vivir conforme a la ética de un hacer bueno, lo que se traduce en actualizar las posibilidades naturales, las (dis)posiciones, y en ello radica la virtud. Para ello, la voluntad es necesaria. Es decir, no basta con conocer el bien y el mal, sino que hay que actuar según estos principios.

El actuar de acuerdo a la naturaleza (humana) era lo virtuoso para los estoicos.

Las enseñanzas occidentales platónico-aristotélicas tienen su origen en Sócrates, quien identificaba la virtud con el conocimiento del bien, íntimamente ligado a la máxima «conócete a ti mismo». Ahora bien, esta máxima iba ligada a otra tanto, si no mas importante: (auto)cuidado. La virtud queda así íntimamente vinculada a la sabiduría, entendida esta como el desarrollo de un ideal virtuoso reflejado en prácticas del buen hacer, lo que incluye una ética del propio desarrollo personal. En todo este paradigma, la sabiduría, es decir, lo virtuoso nunca quedó ceñida a lo estrictamente intelectual. Al contrario, lo intelectual -virtud dianoética- era una entre varias, también conocidas como éticas. Así, la voluntad era considerada una virtud fundamental. Pero también eran consideradas virtudes la justicia, la fortaleza y la templanza (Platón, 2013).Lo virtuoso era una vida moral, es decir, una vida orientada hacia el bien. Y esto estaba incluido en el concepto de razón. En otras palabras, la razón incluye la noción de bien y moral. La moral en los griegos no era una moral normativa externa, sino que «se trataba, mas bien, de realizar un trabajo sobre sí mismo con el objeto de alcanzar una disposición adecuada, una constitución armónica de sí mismo, una condición, en fin, virtuosa» (Samamé, 2010, p. 2). La moral concernía el cuidado de sí, destacando dentro de esta definición de cuidado el reflexionar o «volver sobre sí mismo en una actitud vigilante» (Florián, 2006, p. 60). Cuidado en cuanto a «tratar bien una cosa» (Ibid). La moral concierne todos los aspectos de la vida humana, incluida la ciencia.

La modernidad y su cientifismo particularmente con «las luces» de la ilustración, con su imperialismo de la razón, pervierte el significado de esta, reduciéndolo a lo intelectual, excluyendo el amor y el instinto. La moral se vuelve moralista, una versión perversa sustentada en un imperativo superyoico de obligación. De igual forma, el sujeto moral es así aquel sujeto «sujeto» a la norma, aquel que la sigue, aquel que obedece sin reflexionar. La norma será algo externo al sujeto, quedando definida la anormalidad como el no seguimiento de la norma. Aparece la ley, la legislación de la vida humana. La moral y la virtud quedan fuera, excluidas de la legalidad y de la norma, ya que no pueden objetivarse. De este modo, la razón se va ciñendo a lo instrumental. En esta misma época es cuando la locura, entendida como «lo otro de la razón», se transforma en enfermedad (Huertas, 2014, p. 69). Cordura y locura se separan definitivamente. Dentro de esta separación, la locura queda confinada ideológicamente a una inadaptación normativa, fundamentalmente social, política y económica, la cual, progresivamente, dejará de tener relación con lo anímico, confundiéndose, a base de pervertir y manipular los significados de sano, enfermo, locura, delirio, normal, patológico. Y es en este escenario que lo normal, desde la perspectiva pervertida de la norma, pasa a constituir la patología de la normalidad (Fromm 2008) o normopatia (McDougall, 1978 y 1989). Formas de patología de la normalidad que se concretan en la sumisión, la conformidad, la obediencia y los convencionalismos (Pavon-Cuéllar, 2018). La anormalidad de la norma está en hacer lo normal, que es lo que se espera; en adaptarse a la situación y cumplir su rol (Zimbardo, 1973), en obedecer (Milgram, 1963), en conformarse al grupo (Ash, 1956 y Sherif, 1936). Así se ha ido formando y conformando no solamente una modalidad en el ejercicio y la práctica de la autoridad abusiva conocido como autoritarismo, sino una personalidad autoritaria, un espécimen antropológico, convertido en norma. La normopatia significa que la dominación, basada en una arbitrariedad cultural (Bourdieu y Passeron, 1981), es decir que no puede deducirse de ningún principio universal ni tienen una relación con la naturaleza humana, se ha aceptado como normal, implementándose así la violencia en todas sus expresiones para conformar este orden (psico)patológico. Y en este orden de cosas, la psicopatía pasa a ser normal o incluso el ideal de la excelencia y como tal, representa un modelo racional a imitar. Thomas S. Szasz (2006) hablará en este sentido de «la fabricación de la locura», un fenómeno de segregación social cuyo componente esencial es la violencia, pero con diferentes métodos.

Desde esta perspectiva, «locuras racionales» escapan a la psicopatología, porque no evidencian un alteración intelectual como es el caso de las demencias o los síndromes confusionales. Lo que se ve afectado en la psicopatía no concierne la inteligencia intelectual. Por ello, la vuelta al estudio de síntomas y signos se perfila como una alternativa a la (in)validez de los sistemas nosográficos categoriales, permitiéndonos retomar fenómenos clínicos, como el delirio, rompiendo así la dicotomía psiquiátrica de todo o nada, en pos de «una concepción de continuidad normal-patológico más válida» (Vázquez, Valiente y Díez-Alegría, 1999, p. 311).

Significado de delirio

Castilla del Pino (1998), nos hace un brillante y magnifico ensayo sobre el delirio. En esta obra el delirio es entendido fenomenológicamente como una evidencia, una certeza. Es decir, que «el delirio se define (…) como una interpretación o creencia errónea a la que el sujeto confiere carácter de cierta» (p. 15). La persona delirante no cree saber, sino que sabe certeramente (Matussek, 1952/1987). De esta manera la subjetividad de la creencia (realidad interna) se torno en evidencia objetiva (realidad externa). De ahí la confusión, aunque Castilla del Pino (1988) hablará mas bien de dislocación, es decir que un objeto interno (representación de la realidad o deseo o sentimiento, etc.) es colocado en el espacio exterior. La persona loca dis-loca, «coloca indebidamente su interpretación» (p. 35). Por lo que ahora ya resulta ser una evidencia. El delirio puede ocurrir en inteligencias elevadas e incluso con «un grado de racionalidad suficiente» (Ibid, p. 20).

Para Castilla del Pino, el delirio es la enfermedad del sujeto, no el síntoma. «El delirio constituye el fenómeno fundamental que caracteriza la locura» (Ibid, p. 18). En este sentido, «posiblemente no hay un síntoma históricamente más definitorio de la locura» (Berrios y Fuentenebro, 1996; Colina y Álvarez, 1994 en Vázquez, Valiente y Díez-Algría, 1999, p. 314).

Jaspers utiliza tres categorías para conceptualizar el delirio: certeza subjetiva, idea falsa o irreal y fijeza o incorregibilidad (Vázquez, Valiente y Díez-Alegría, 1999).

Entendido más desde la perspectiva de la comunicación que desde la lógica, Oltmanns entiende el delirio como un (des)ajuste con respecto a lo compartido socialmente y tenido por cierto por los demás (Vázquez, Valiente y Díez-Algría, 1999 ).

Lo característico del delirio además de su carácter disfórico e invasivo, es su autoreferencialidad, es decir, que «el yo está siempre directamente involucrado» Vázquez, Valiente y Díez-Algría, 1999, p. 315). El delirio «es una estructura yoica» (Ibid, p. 57) hecha de una realidad fantaseada independientemente del sentido de realidad, a partir de la cual el sujeto delirante se relaciona. De ahí su rigidez. En este sentido, Castilla del Pino (1998) dirá que el sujeto delirante ha construido un yo magno; un yo absoluto, total. Puesto que ha absorbido todos los demás. Tal y como queda expuesto el delirio, este hace referencia a la desaparición de límites, de tal manera que la línea que marca la diferencia entre exterior e interior queda borrada. En este sentido, el delirio es salirse de los límites, lo que en su sentido etimológico sería «apartarse del surco» (p. 20). Para este autor, el delirio tiene una lógica, es decir, «se trata (…) de una forma de razonar» (p. 36). La locura delirante consiste en convertir la fantasía en realidad. Y la racionalización permite mutar no solo la realidad externa sino la propia percepción de sí.

En este sentido y retomando la sintomatología psicópata, centramos la atención en la forma narcisista del ser psicópata, destacando su autoreferencialidad, su grandiosidad, su tendencia a la superioridad, dominada por la ideación cuasi-obsesiva de poder. La tendencia antisocial de la persona psicópata viene del hecho de su propia concepción normativa. La anomía psicópata lo convierte en una persona fuera de la ley, fuera de la norma normativa, fuera de las reglas del juego. Esto es, las normas sociales no le competen porque este tipo de persona tiene sus propios códigos estrictamente personales. De ahí nos es posible comprender su irresponsabilidad, su inmoralidad y su transgresión. Nada ni nadie puede impedir hacer lo que le parezca o plazca. El es Dios, el rey, y los demás están para servirle. Esta persona juega a su propio juego, poniendo mucho empeño en ocultarlo, mimetizando y mimetizándose como una persona común. De esa concepción megalómana deriva probablemente la cosificación, esto es, la reducción de las personas a cosas, y la utilización de los demás en función de sus «necesidades especiales». Una visión que determina una actuación parasitaria para con el mundo. Establece un «vínculo» parasitario.

De alguna manera, la persona psicópata está cimentada en la megalomanía, entendida como delirio o trastorno delirante estrechamente vinculado al narcisismo en tanto que patología egocéntrica. No se trata de un delirio psicótico porque no hay ruptura; no parece haber trauma. La persona psicópata parece nacer con esa visión. Si la persona psicótica posee una reflexividad, es decir, una capacidad discriminatoria entre realidad interna y externa que se ve abruptamente rota, en la persona psicópata, tal ruptura no existe. «No hay entrenamiento para lograr una mente psicopática (…) no hay un medio que lo genere. Estos seres (…) son así. Son formas de estar en el mundo» (Marietán, 2008, p. 96).

Desde esta perspectiva del delirio megalómano no psicótico, nos permite entender la psicopatía como una enfermedad mental. De hecho, «Henry Ey, en su Tratado de psiquiatría de 1965, incluye a las personalidades psicopáticas dentro del capítulo de las enfermedades mentales crónicas» (Marietán, 2008, p. 44). Sin embargo, la mayor parte de las personas que han investigado el tema saben que «la psicopatía no debe entenderse como el resto de las enfermedades mentales. Los psicópatas no están desorientados ni viven en otro mundo. Tampoco experimentan alucinaciones (…) o el intenso malestar que caracteriza a la mayoría de los trastornos mentales. A diferencia de los sujetos psicóticos, los psicópatas son racionales y se dan cuenta de lo que hacen y por qué. Su conducta es el resultado de una elección libremente ejercida» (Hare, 2009, p.42). Podríamos hablar de locura racional. ¿Porqué locura? El delirio del psicópata resulta ser la expresión de la violencia en estado puro. Pues (se) trata de eliminar toda subjetividad que le haga tomar conciencia de su condición humana. Eso sería reducirlo a la nada y enfrentarse a la angustia de ser, de existir. Recordemos que, desde la perspectiva psicoanalítica lacaniana, el sujeto es un sujeto de deseo y ello implica desprenderse de su mitomanía (narcisismo) y entrar en el deseo del Otro. La persona del psicópata no parece haber entrado en el mundo humano del deseo, de la carencia; parece más bien vivir en el mundo sartriano de la nada.

Entronca con la violencia desde su omnipotencia. Como explica Hugo Marietán (2008), la persona psicópata «se guía por sus propios códigos» (p. 63). No tiene conciencia de (no se siente) trasgredir ni de culpa. Por ello, el autor califica esta patología como una patología (déficit) de la responsabilidad. A tal punto, que la persona psicópata será calificada de transgresora «desde el punto de vista de un observador externo» (Ibid). La ausencia de culpa permite desdibujar, «los contornos y las barreras entre lo prohibido y lo permitido en el lazo social» (Ibid). Y es en esta desaparición de límites que aplicamos el concepto de delirio de Castilla del Pino. En otras palabras, el delirio psicópata está en la negación de esta exterioridad, en la negación de la norma para la cual, desdibuja el límite. No hay exterioridad, sólo interioridad: la interioridad de sus necesidades y la satisfacción especial de las mismas que dirá Hugo Marietán (2009). Ello le sitúa fuera de la realidad. Porque estar en la realidad, jugar en ella, implica sujetarse a la norma.

Si Pinel considera la manía (delirio) como una de las cuatro enfermedades mentales, su discípulo Jean Etienne Esquirol hablará de monomanía en tanto que delirio parcial. Esto rompe la consideración de la locura como «lo otro de la razón» (Huertas, 2014,p. 78). Y en este sentido, razón y sinrazón pueden convivir en un mismo sujeto, de tal forma que puede haber una existencia de locura sin parecerlo. Dentro de estas manías, continua el autor, podrían incluirse comportamientos aberrantes en personas en las cuales no se apreciaban mayores disfunciones intelectuales, transgresiones medicalizadas, pero también locuras.

En cualquier caso, hay algo de locura y de delirio en la psicopatía; hay algo de anormal en esta forma de ser que lo aparta de lo humano, para adentrarse en el mundo inquietantemente extraño de lo inhumano: «Delante de psicópata (…) nos sentimos frente a un ser (…) cuya sola presencia perturba porque ha roto con nosotros todos los lazos de familia (…) un ser errático (…) nos inquieta en lo más profundo» (Bilbeny, 1993, pp. 45-46).

Hay una oscuridad, una malevolencia intrínseca en esta patología cuyo grado de locura está en su certeza. Hay mucho, si no todo, de inmoral en la locura psicopática. «Algo va mal, pero no se exactamente qué» (Hare, 2009, p. 28). Una locura (a)social, (a)política, (a)nómica e inmoral.

Psicopatia: compendio de locura, manía e insania moral

Philippe Pinel a principios del siglo XIX llamó «manía sin delirio» al «insólito comportamiento irracional acompañado, no obstante, por unas facultades de raciocinio intactas» (Pinel en Bilbeny, 1995, p. 44). Más tarde Pritchard lo llamó «locura moral», Scholz «anestesia moral», Tramer «cuadro hipoético» y Morel «locura de los degenerados». Esta anomalía siguió siendo identificada de nuevo como «locura moral» por Kraepelin y definitivamente diagnosticada por Kurt Schneider bajo la rúbrica de «personalidades psicopáticas». Ya en este siglo, para conceder a esta anormalidad su vertiente social, también se la ha llamado sociopatía o trastorno asocial de la personalidad. La denominación tradicional de psicopatía sigue siendo la más utilizada entre los especialistas en la materia (Ibid). No obstante, «las expresiones de “imbecilidad”, “estupidez”, “delirio” y hasta “oligofrenia”, acompañadas del término moral, aparecen aún en tratados relativamente modernos» (Ibid, p. 64). La descripción dada por Pritchard remite a una debilidad volitiva en este tipo de pacientes en los cuales «los principios morales y activos de la mente están intensamente pervertidos o depravados» (Ibid). Es como si los principios y las normas morales (reglas, leyes) no estuvieran interiorizadas en su psiquismo, por lo que su moral está seriamente disminuida o ausente, lo que les convierte en simplemente inmorales. En cualquier caso, lo destacable de la psicopatía es que «involucra el sentido moral del sujeto» (Ibdi, p. 65). A esta incapacidad de sentir, Cleckley lo califica como «demencia semántica» (Ibid). Una especie de «esclerosis de la sensibilidad» que le da esa apatía moral tan peculiarmente fría en la persona del psicópata.

La locura, el delirio no psicótico de la persona psicópata no se ve justamente porque la persona psicópata consigue estar y no estar en la realidad, hasta que su locura (delirio) megalómano llega a extremos, es decir, a evidenciarse públicamente de forma violenta como ha sido el caso de Hitler o Lenin o Mussolini o de los asesinos en serie más conocidos. Mientras, la psicopatía no criminal o «integrada», que parece ser la mayoría, se queda en el dominio de lo íntimo (hogar, trabajo), solo las personas que están con ella, serán tildadas de locas. La locura psicopática será proyectada al exterior y las personas locas serán las otras. Esta locura imbécil, idiota; este fracaso de la inteligencia, pasa desapercibido en la mayor parte de los casos. Y ello, en parte porque la «normopatía» será su gran aliado.

El otro gran concepto que define a la psicopatía es la conciencia, o mejor dicho, su total ausencia. De hecho, «sin conciencia» es el título de la obra de Robert Hare (2009) que retrata la psicopatía. Sin conciencia en este contexto significa sin empatía, sin normas, sin sensibilidad, sin culpa, sin remordimientos, sin responsabilidad, sin capacidad para relacionarse emocionalmente con las demás personas, sin restricciones.

El actuar sin conciencia del psicópata se caracteriza por la cosificación (Marietán 2008), es decir, por despojar a cualquier persona otra, de sus atributos humanos. Para esta persona sin conciencia, toda persona otra que sí misma es una cosa, que resulta ser un obstáculo (a eliminar) para la consecución de sus fines.

La ausencia de conciencia genera un tipo particular de locura, de delirio no psicótico en cuanto a que carece de intencionalidad y por lo tanto, de amor y de voluntad.

La psicopatía resulta ser una condición inquietante, extraña, oscura; una presencia perturbadora fundamentalmente por esa ausencia de sentimiento, de «correlato emocional», aunque con las funciones intelectuales aparentemente intactas. Un ser «desequilibrado» nos dirá Bilbeny (Ibid) por esa incapacidad por emocionarse. Este mismo autor lo califica de moralmente irresponsable. Continua: «Estas mentes de acero no muestran signos psicóticos ni neuróticos (…). El psicópata no delira ni siente complejo (…) no tiene afectadas las funciones psíquicas relativas a la capacidad intelectual» (Ibid, p. 48).

La psicopatía parece ser la condición de la maldad humana; su quintaesencia.

Psicopatía o la idiotez moral

Vicente Garrido (2010) habla de estupidez como un desequilibrio entre los intereses personales y los de los demás. Estúpida puede calificarse a la persona que maximiza el interés personal propio, «eligiendo metas que vulneran los derechos de los demás, siendo un tipo egocéntrico y cruel, en suma viviendo en contra de los valores como la justicia o la compasión» (p. 130). Desde esta perspectiva, los psicópatas pasan a ser considerados estúpidos; estúpidos morales puesto que su comportamiento «es el contrario al que dicta la sabiduría: no persiguen actuar siguiendo un equilibrio entre lo que yo deseo y lo que los demás desean, sino que su meta es, al contrario, anular a los otros para sentirse bien ellos» (Ibid). Psicopatía, idiotez moral e irracionalidad van de la mano. Es el fracaso de la inteligencia (Marina, 2016). Fracasos de la inteligencia son, entre otros, el dogmatismo, el prejuicio, el fanatismo [2]. Si la inteligencia es «la capacidad de un sujeto para dirigir su comportamiento» (Ibid, p. 16), la razón no sirve, puesto que ésta es instrumental y «no puede seleccionar nuestras metas finales» (p. 24). Una inteligencia inteligente tiene en cuenta los marcos. Existen marcos irracionales como la guerra. Estos trazos forman parte de la personalidad autoritaria (Adorno y col. 1959). Además, la ética y la moral forman parte del uso racional de la inteligencia. En consecuencia, el actuar sin ellas, constituye todo un fracaso. La inteligencia no concierne estrictamente lo intelectual, sino que «La verdadera inteligencia (…) es una mezcla de conocimiento y afecto» (Marina, 2016, p. 54). La estupidez tiene que ver con la pobreza afectiva. No hay una inteligencia cognitiva y otra emocional. En este sentido, confundir los afectos es uno de los principales fracasos de la inteligencia. Pero vivir sin estos resulta realmente estúpido y conduce invariablemente al fracaso.

Un aspecto fundamental de nuestra inteligencia es el lingüístico, es decir que «nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística» (Ibid, p. 78). Y «nuestra conciencia se teje con palabras» (Ibid). Por lo tanto nuestra inteligencia, nuestra razón, la racionalidad humana es fundamentalmente narrativa, no numérica. La falta de palabra, la imposibilidad de nombrar, de hablar, el silencio, enferma. De hecho, existen numerosas pruebas entre las dificultades lingüísticas y la violencia. La inteligencia es fundamentalmente dialógica y social. Todo lo que tenga que ver con lo humano es social antes que individual. «La mente individual es en realidad “social”, en su génesis y en su funcionamiento» (Ibid, p. 82) y «la conciencia (…) aparece entonces como una forma de contacto social con uno mismo» (Ibid, p. 83). Por ello, todo lo que sitúe al ser humano fuera de su condición social, será estúpido, es decir un fracaso inteligente, una irracionalidad, además de psicopático.

En el libro «La idiotez moral. La banalidad del mal en el siglo XX» Bilbeny (1995) nos dirá que dicha condición de idiota parece constituir el mal de nuestros tiempos, una apatía moral que se concreta en la insensibilidad, en el exterminio del alma humana, en su deshumanización. Para este autor está claro, el máximo exponente de la idiotez es la persona del psicópata: «Cuando el idiota moral se mueve en el terreno de la guerra es un genocida; cuando lo hace en los intervalos de paz es un psicópata» (p. 41). Un «ser errático», «profundamente antisocial».

Este es realmente el mal que nos acecha: la apatía moral. Una letargia moral, una idiotez fomentada por la «esterilización del juicio moral» (p. 33). El sistema económico neoliberal necesita idiotas morales, «personas» que no piensen, no sientan, personas desafectadas, con falta de empatía, egocéntricas y con poco sentido de la responsabilidad y de culpa. Este es el espíritu de nuestro tiempo: idiotez, amoralidad, estupidez, irracionalidad, inteligencia fracasada. De alguna manera Goya tenía razón cuando dijo que «el sueño de la razón produce monstruos». Así pues, la psicopatía parece haberse convertido en el «espíritu de nuestro tiempo» (Alan Harrington, citado en Garrido, 2000, p. 85). Y constituye «un enorme problema social» (Garrido, 2017, p. 19). «Si cada época tiene una personalidad modal, funcional a su fase propia de relaciones económicas (…) la estructura psicopática se presenta hoy como la personalidad modal. La personalidad psicopática se presenta hoy como la estructura de personalidad mejor equipada para operar de forma funcional en la orden de la fase apocalíptica del capital» (Segato, 2016, p. 101). En este mismo sentido, «… una cultura psicopática puede favorecer el desarrollo de estructuras nerviosas (biológicas) más predispuestas hacia la explotación y la insensibilidad hacia los demás» (Garrido, 2000 p. 96).

La psicopatía, nos dicen las personas expertas, no es necesariamente criminal sino «integrada» o «cotidiana». Así, «otras muchas personas son psicópatas y no se dedican al crimen» (Garrido, 2000, p. 12). Se «adaptan» a diferentes circunstancias, se camuflan, manipulan y desacreditan las instituciones públicas y privadas; socavan la confianza de las personas y son capaces de tomar decisiones que perjudican a muchas personas, desoyendo las necesidades de los demás. Estas personas «Constituyen uno de los mayores desafíos que tiene la humanidad del siglo XXI» (Garrido, 2000, p. 12). ¿Porqué? Porque el medio social puede ser de vital importancia para inhibir este fenómeno o para fomentarlo. De tal manera que actualmente, para muchos autores, estamos ante una sociedad psicopática. «Problemas» como la guerra, el crimen, las drogas, la contaminación, los genocidios, la prostitución, la pornografía, la violencia, la corrupción, entre otros, son fruto de una cultura psicópata. «El perfil psicopático, su ineptitud para transformar el derrame hormonal en emoción y afecto, su necesidad de ampliar constantemente el estímulo para alcanzar su efecto, su estructura definitivamente no-vincular, su piel insensible al dolor propio y, consecuentemente y más aún, al dolor ajeno, su enajenación, encapsulamiento, desarraigo de paisajes propios y lazos colectivos, la relación instrumental cosificada con los otros… parece lo indispensable para funcionar adecuadamente en una economía pautada al extremo por la deshumanización y la ausencia de límites para el abordaje de rapiña sobre cuerpos y territorios, dejando solo restos» (Segato, 2016, p. 102).

Ahora bien, todos estos problemas existen no solo porque hay personas psicópatas, sino porque muchas personas comunes han adoptado formas psicopáticas de relación con los demás. De ahí que creamos que la calidad de vida de nuestra especie, pase por luchar contra la extensión de la psicopatía (Garrido, 2017). Las «normas psicopáticas» se aprenden. Muchas personas sucumben a la presión de una vida en donde la violencia se extiende, adoptando un estilo de vida cercano al de un psicópata. Por lo tanto, por un lado tenemos a aquellas personas psicópatas caracterizadas por un estilo de vida indolente, antisocial e inmoral, para lo cual no les hace falta camuflarse. Son criminales. Duros, egocéntricos y violentos. Pero tenemos otras dos categorías, una, aquellas personas psicópatas delincuentes pero que se camuflan como personas respetables. Asesinos sexuales que trabajan 8 horas, maltratadores de esposas e infantes que asisten a reuniones de padres. Policías que manejan trata de blancas. Jueces que cometen los delitos que juzgan. Industriales y banqueros que siembran la desesperación en la economía, que hunden empresas, bancos, etc. Líderes de sectas. Proxenetas que reclaman ser respetados como empresarios. Esta categoría también está compuesta por políticos y hombres de estado psicópatas, asesinos, criminales de guerra, militares, responsables de asesinatos en masa, genocidios, años de miseria (Garrido, 2017). Todas estas personas tienen una doble vida. Otra categoría de personas psicópatas es la no delincuente técnicamente pero que en relación con los demás, exhibe todas las características de poder, dominio y humillación. Personas que acosan en el medio laboral (mobbing), psicópatas familiares que arruinan familias enteras, que estafan, falsifican. Se conocen como personas «psicópatas integradas o cotidianas».

La cultura actual se caracteriza por la erosión de la ética y la moral. Domina la violencia y la barbarie en todas sus diferentes manifestaciones, porque se ha convertido en formas de negocio, de hacer dinero. El bien individual, particularmente el de una élite parasitaria, no productiva y apropiadora, prima sobre el bien común. La esclavitud, disfrazada y pervertida por la noción de contrato, consenso y libre mercado, parece la forma de vincularse más característica en el sistema. Una sociedad caracterizada por la anomía, el cinismo, el individualismo. En este contexto la personalidad psicopática parece la más adaptativa (Garrido, 2000). Desde luego, valorizada. Se trata de evitar necesitar e interdepender de otras personas, de desarrollar una indiferencia suficiente para despreocuparnos. «El siglo XX ha descubierto que la maldad es cosa de pura rutina, para lo cual sólo hay que anestesiar el sentimiento» (Bilbeny, 1993, p. 57). Se trata de una cultura que cultiva el narcisismo, rasgo de la psicopatía, de un modo desaforado.

Si bien las personas psicópatas han existido en todas las culturas, su prevalencia (distribución) es diferente, lo que prueba el impacto de la cultura en el desarrollo o inhibición de dicha patología.

Dicen que la persona psicópata tiene intacto el intelecto o las funciones intelectuales. La realidad desmiente continuamente esta concepción, quizás por el error cognitivo de referenciar lo intelectual única y exclusivamente desde la perspectiva instrumental. Bilbeny (1995) nos devuelva a la realidad de un intelecto que no puede llamarse tal sin la facultad de pensar. En este sentido, una persona psicópata es una persona ante todo no pensante y efectivamente, hay fallas intelectuales: hay un déficit en el ejercicio de esta facultad. De ahí el apelativo de idiota, además de moral. No pensar es un rasgo constitutivo del idiota, cuyo máximo representante es la persona del psicópata. La «existencia» psicopática parece ser fundamentalmente un «vivir en la ausencia de pensamiento. El idiota moral no percibe la dualidad en uno mismo que hace sentir el pensamiento. Lógicamente, no siente pues ni el acuerdo ni la contradicción en su interior, tan blindado como aparenta. Sobre todo ha conseguido no sentirse a sí mismo» (p. 84)

Conciencia e intencionalidad

La perspectiva de la fenomenología existencial permite introducir la relación como «objeto» de estudio, partiendo del estudio del sentido y la significación a partir de nociones tales como la intencionalidad y la conciencia. En otras palabras, representa toda una epistemología del conocimiento científico.

Rollo May (2000) entiende la intencionalidad como «la estructura que da sentido a la experiencia» (p. 200), la cual se encuentra «en el corazón de la conciencia» (Ibid). La intencionalidad resulta ser el puente entre sujeto y objeto. La intencionalidad supone la trascendencia de la separación, al mismo tiempo que la constancia de la misma; «supone una relación (…) íntima con el mundo» (Ibid, p. 207).

A pesar de que las raíces de este concepto están ya en el pensamiento antiguo, serán filósofos árabes en la edad media (Avicena en particular), los que la significarán en tanto que manera de conocer la realidad. La intencionalidad en tanto que epistemología, permite conocer la realidad mediante la participación, para aprehenderla.

Será en el siglo XIX cuando el concepto de intencionalidad vuelve con fuerza con Franz Brentano que, rompiendo la esquizoide visión cartesiana, otorga a esta la cualidad distintiva y específica de los fenómenos psíquicos, en contraposición a los fenómenos físicos. A partir de entonces y de estas premisas, en el siglo XX, se desarrolla la fenomenología, desarrollándose así las nociones de (auto) conciencia, (inter)subjetividad, que están influenciando corrientes importantes de la ciencia como la psicología (psicología sistémica, psicología existencial, psicología humanista –gestalt-), la física (cuántica), la medicina (neurociencia) y la filosofía (epistemología).

En este sentido, la cualidad de la conciencia, nos dirá esta epistemología, es su intencionalidad, es decir, la conciencia siempre es conciencia de algo (Husserl, 1962): «La conciencia no sólo no se puede separar de su mundo objetivo, sino que ciertamente constituye su mundo» (May, 2000). No podemos separar la conciencia de su intención de ir hacia. Por ello, se entiende que la conciencia es un conocimiento reflexivo, compartido. Tanto el acto como la experiencia de la conciencia misma están en un proceso continuo de modelación recíproca, de tal forma que sujeto y objetos están ontológicamente vinculados. «no es posible concebir ninguno de los dos polos (sujeto y mundo) sin el otro» (Ibid, p. 204).

Una persona sin conciencia, desde esta psicología fenomenológica, se encuentra desconectada de la realidad pero no psicóticamente. ¿De qué realidad hablamos? La «vinculación» psicopática resulta ser puramente instrumental. La ruptura vincular se halla al parecer, del lado de las emociones y de lo moral; ambas, inseparablemente imbricadas. Robert Hare cuando habla de psicopatía como una persona «sin conciencia», quiere decir sin remordimientos; «una persona autocentrada, insensible (…) con total carencia de empatía y capacidad para entablar relaciones emocionales con los demás» (Hare, 2009, p. 20).

Tomando como referencia a Sartre, la persona psicópata es una modalidad del ser-en-si; un ser sin conciencia, es decir sin intencionalidad, sin deseo. Sartre dirá que esta modalidad de ser es la propia de los objetos fijos como una silla o una mesa o un árbol, en el sentido de ser siempre algo, porque su existencia no depende de que nadie tenga conciencia de ellos. Esta modalidad de existencia humana evita el profundo y angustiante sentimiento de la nada; supone la negación de toda dependencia por lo que la persona es reducida a la cosa en sí. Así pues, la existencia de la persona psicópata es equiparable a la existencia de un objeto. Siendo su propia existencia una cosa, su mirada hacia el mundo no puede ser de otra manera que cosificante y cosificadora. Al respecto Marietán (2008) dirá que es una postura psíquica, que «el psicópata nace con una mirada cosificadora, con un pensamiento cosificador del otro» (Ibid, p. 209).

Una persona psicópata se manifiesta pues, como una persona sin conciencia, es decir, sin moral, es decir, monomaníaca, afectiva ( y moral) mente delirante. Sin conciencia podría bien significar sin afecto, sin vinculo, sin intención (tender hacia), sin remordimiento, sin empatía, sin humanidad. Una persona sin vínculo (afectivo), se sitúa fuera de la realidad (humana). Estar dentro de la realidad «entraña estar atado a ella a través de las relaciones afectivas (…). Esto es lo que nos hace miembros de la realidad, del mundo, de nuestro entorno» (Castilla del Pino, 1998, p.70).

La intencionalidad de la «intentio» habla de la carencia con respecto a la posesión del objeto (el otro –sujeto– del afecto); distancia a reducir gracias a la intención. Brentano será quien incorpore esta noción a la psicología, haciendo de esta premisa el criterio diferencial entre fenómenos psíquicos y fenómenos físicos. Así nacerá la fenomenología y la psicología fenomenológica. Los fenómenos psíquicos dejan de estar aislados, adquiriendo así una dimensión que irá más allá de la dicotomía sujeto-objeto, naciendo nuevos paradigmas como la intersubjetividad o el constructivismo, entre otros.

En este sentido la ruptura de la «intentio» en la psicopatía da como resultado la individualidad más pura, reduciendo lo humano a su más pura instrumentalidad (ir)racional. De ahí la cosificación como «uno de los rasgos capitales en la psicopatía» (Marietán, 2008, p. 209). Este rasgo «consiste en quitarle el rango de persona al otro, descalificarlo, minimizarlo hasta vivenciarlo como una cosa» (Ibid). Para este autor, la persona psicópata nace con una visión cosificadora; «los demás son (…) cosas a ser utilizadas para sus propósitos» (Ibid). Por lo tanto, el actuar psicopático no tiene intención, es un actuar que se sitúa fuera de la psique, fuera del alma, fuera del sentimiento, fuera de lo vincular; un actuar estrictamente individual, sin empatía; un actuar sin moral, sin culpa, sin ley, sin remordimientos. Un actuar no inteligente, moralmente idiota, imbécil.

Moral y afecto

Siguiendo la línea de la filosofía moral de Ludwig Feuerbach, el reconocimiento recíproco resulta fundamental en la moral, partiendo de la base constitutiva del ser humano como un ser esencialmente intersubjetivo (Gil, 2015). La subjetividad humana que da lugar a la conciencia, no puede desarrollarse en el solipsismo narcisista de una individualidad pura. El sujeto humano llega a desarrollarse como tal en comunidad. Lo moral concierne fundamentalmente la alteridad, la otredad, concretamente el reconocimiento de la existencia de subjetividades. A su vez, lo que nos permite relacionarnos con los demás es la afectividad, y por lo tanto aquello que concierna la moral, concierne ontológicamente el afecto.

La psicología evolucionista también ve la moral en relación a la naturaleza gregaria del ser humano. Concretamente, la finalidad de la moral sería la de facilitar la cooperación. Así, la moral emerge, evolutivamente hablando para controlar las conductas de los demás. Nace para hacer las comunidades cohesivas y laboriosas (Traver, 2016). En este contexto, el crimen sería querer tenerlo todo para sí mismo; el beneficio propio en detrimento del beneficio de la comunidad.

En el caso de la persona psicópata, lo inquietante de su posición inmoral viene por su aproximación cínica. El cinismo es una escuela filosófica fundada por Antístenes. El pensamiento cínico menospreciaba los valores sociales y predicaba una vida solitaria. Este pensamiento menospreciaba la ley el sentido de la misma. Esta filosofía era un intento de exclusión del otro y de su lugar; preconizaba el placer del individuo aislado. La posición cínica va mas allá del placer, rechazando el principio estructurador de la ley. La presencia de la otredad no tiene cabida.

Podemos afirmar que las personas psicópatas son locas, es decir, que sufren de un delirio (racional) no psicótico, fundamentalmente moral, y se traduce en que las normas las establecen ellas, es decir, que siguen sus propias normas; que viven fuera de la sociedad, fuera de las reglas. Dada su inmoralidad, estas personas no son ni confiables ni cooperativas. Un delirio moral y afectivo desde el momento en que niegan toda subjetividad, incluida la propia. El delirio está en la negación del vínculo. Este tipo de personas parece proliferar en una sociedad caracterizada por una deriva moral (Gray, 2015), la cual, no solo nos lleva a la imposibilidad de distinguir lo malo de lo bueno, sino que además estamos aprendiendo a llamar a lo bueno malo, y a lo malo bueno, situándonos en una especie de neurosis moral que, siguiendo el modelo de neurosis experimental desarrollado por Pavlov [3] (1997), se asemeja a una serie de trastornos conductuales, consecuencia de la incapacidad para distinguir —en ese caso— el bien del mal, surgiendo así patologías morales. Esta proliferación de lo psicópata nos habla del fracaso de la moral normativa.

A nivel psicológico este fracaso y deriva moral nos ha llevado al desarrollo de la «normosis» [4], generando un profundo sufrimiento, debido al vacío por la pérdida del yo. Freud hablará de un superyó, introyección del mandato parental que formarán parte de la conciencia moral, cuya principal función, castigar, presionará al yo, en constante contraposición al ello. El superyo moralista (que no moral) ha hecho que el desarrollo humano se haya convertido así en un desarrollo fundamentalmente estrictamente productivista, desde la óptica economicista instrumental, cosificadora. De ahí que este contexto patológico neoliberal sea caldo de cultivo para la psicopatía.

La alternativa, la terapéutica resulta ser la vuelta a lo virtuoso, a lo moral, abarcando no solo la sabiduría y la conciencia de sí, sino el cuidado de sí, lo que implica un interés en el propio desarrollo personal. Una vuelta a una estética y al restablecimiento de un mundo cualitativamente diferenciado desde el punto de vista ontológico (Koyré, 1973). Porque la enfermedad emocional refleja la ausencia de virtud. La virtud resulta así ser la condición sana, natural del ser humano. Y su ausencia, la enfermedad. Y dentro de esta, la maldad (crueldad, malicia, violencia, explotación) en cuanto ausencia de virtud. La salud está así depositada en la bondad, esto es, en la humanidad. La enfermedad resulta ser el proceso inverso: la deshumanización, la pérdida y el alejamiento del comportamiento virtuoso, moral, cuidadoso, sabio. Descartar lo afectivo, lo emocional desemboca en la enfermedad; en la psicopatología, porque el ser humano se destierra (aliena) de su principal componente: la relación intersubjetiva; una relación de sujeto a sujeto, reconociendo la alteridad. Esta relación no puede entenderse fuera de los parámetros morales. «Este trato intersubjetivo no es espontáneo, ni innato, ni natural, sino el fruto de una evolución moral» (Villegas, 2018, p. 30).

Notas

1. Cientifismo que no ciencia.

2. «Incapacidad de aprender de la experiencia» (Ibid, p. 41), por otra parte, muy propia de la psicopatía.

3. Iván Petróvich Pávlov, médico y profesor de fisiología, introdujo el término de neurosis experimental para denominar a la conducta anormal desarrollada como consecuencia de la imposibilidad por parte de unos perros de diferenciar dos figuras diferentes, asociadas cada una de ellas a un estímulo positivo y negativo respectivamente. Pávlov, una vez enseñó al perro a distinguir entre un círculo y una elipse, fue gradualmente cambiando los ejes de ambas figuras, de tal manera que se volvió imposible la distinción entre ambas figuras. Los perros, ante un estímulo ambiguo y por tanto difícil de discriminar, desarrollaron una serie de comportamientos anómalos, neurosis aguda, a la cual el investigador llamó neurosis experimental.

4. Término acuñado por los psicólogos Pierre Weil y Jean-Yves Leloup que significa una adaptación a un medio (contexto, sistema) enfermo. La patología de lo «normal», en tanto que adopción de normas (valores, actitudes y comportamientos) patógenas.

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Contradicciones en el capitalismo

Marcelo Colussi
Psicólogo, filósofo, escritor y politólogo
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La sociedad capitalista está sostenida por una serie de contradicciones que, lejos de resolverse, se profundizan cada vez más conforme pasa el tiempo, aunque aparentemente se las quiera “suavizar”, hacerlas más digeribles y presentables.

Son contradicciones inherentes al capitalismo en tanto sistema, si bien algunas existían antes de él. Aquella sentencia de Karl Marx de que “Con el capital el mundo se hizo redondo” plantea ya con toda claridad que una de las características fundamentales del modo de producción capitalista desde sus inicios, es su desarrollo a escala global. Por ello puede decirse que la preconizada y a la moda “globalización” actual empezó prácticamente con el capitalismo mismo, con la llegada del hombre blanco a tierra americana.

En el período de la acumulación originaria en los países europeos dominantes, la sobre explotación de la fuerza de trabajo esclava traída a América desde el África y la fuerza de trabajo indígena de este continente jugaron un papel determinante. Eso no puede explicarse sin entender el racismo que acompañó el desarrollo capitalista, racismo que sirvió para justificar la inmisericorde explotación (“civilizados” –hombre blanco– versus “salvajes” –esclavos africanos negros, población originaria de América–). El racismo, o discriminación étnica, para ser “políticamente correctos” al día de hoy, no ha desaparecido. Es más: se ha incorporado cotidianamente, por eso en Guatemala, por ejemplo, un pobre que no se auto-reconoce como indígena puede decir campante: “seré pobre pero no indio”. Como se ve, las contradicciones se articulan, se anudan todas entre sí: para el caso, la económica con la étnica.

Lo mismo puede decirse de los bienes y recursos naturales que se extrajeron de África y América con destino a Europa: oro, plata, piedras preciosas, maderas preciosas, entre otros (sangría que nunca terminó, y que ahora se reaviva, dado el espíritu depredador del actual capitalismo extractivista). Estos recursos, y los de Europa, fueron determinantes en el período de la acumulación originaria. También alimentaron el inicio y desarrollo de la revolución industrial. El extractivismo fue clave en la acumulación originaria de capital y en el posterior desarrollo del capitalismo. En otros términos: la contradicción del modo de producción industrial-capitalista con la naturaleza está en la base del sistema. El mundo, para esta visión, es considerado “gran cantera” de donde extraer materia prima para su posterior industrialización. El “progreso” se abre paso contra el medio ambiente, lo cual abre un interrogante fundamental: ¿eso es el progreso? Evidentemente, con la catástrofe medioambiental que vivimos hoy, está clara la respuesta.

Por otro lado, en este sistema, desde sus orígenes hasta su fase actual, el patriarcado ha constituido un sistema de dominación, opresión y explotación de los varones hacia las mujeres. Si bien existió en los modos de producción anteriores, Federico Engels señala que “es con el capitalismo industrial, el desarrollo de la propiedad privada y del modelo de la familia monogámica moderna, que la opresión patriarcal de las mujeres adquiere un nuevo giro, instaurándose la esclavitud doméstica de las mujeres”. El trabajo doméstico es fundamental para mantener viva a la población; alguien debe reproducir la vida –biológicamente– y asegurar su estabilidad (preparar los alimentos, mantener el aseo de la casa, de la ropa). Eso, habitualmente, lo hacen las mujeres, las “amas de casa”. Para el capitalismo ese trabajo es vital… ¡pero no se paga! Por tanto, el trabajo esclavo de las mujeres como amas de casa (la mitad de la población mundial) es imprescindible. Pero nunca se registra como robo, como explotación. La contradicción brota por todos lados. Sin embargo, como efecto de la cultura-ideología dominante, esa mujer no trabaja: “¿Tu mamá trabaja? No, es ama de casa”. Inadmisible, absolutamente… ¡pero es así! Una contradicción alimenta la otra.

Con todo lo anterior queremos afirmar que con el surgimiento y desarrollo del capitalismo han surgido, por lo menos, cuatro contradicciones fundamentales: capital-trabajo, capital-naturaleza, varones-mujeres (patriarcado) y étnica-racial (racismo). Cada una de estas contradicciones constituye un sistema de dominación en sí mismo; el primero, el tercero y el cuarto son, además, sistemas de opresión y explotación de la fuerza de trabajo, de las mujeres y de la población indígena, originaria y afrodescendiente. Estas contradicciones se reproducen además en un contexto de capitalismo imperialista, en tanto el capitalismo más desarrollado (el europeo en un inicio, el estadounidense luego, o el japonés) arrasa con los llamados “sub-desarrollados”, manteniendo todas esas contradicciones. Hoy día podría anotarse otra contradicción como Norte-Sur (lo que en algún momento se llamó Primer Mundo-Tercer Mundo).

Definitivamente, todas las contradicciones se entrelazan y todas son igualmente importantes. De todos modos, siguiendo a Néstor Kohan, no puede olvidarse que “El capitalismo puede permear cierto pluralismo e ir integrando la política de las diferencias [léase: incluir las contradicciones que algunos llamarán “secundarias”: género, etnia, ecología]. Pero lo que no puede hacer jamás, a riesgo de no seguir existiendo o dejar de reproducirse, es abolir la explotación de clase. Precisamente por esto, dentro de la alianza hegemónica de fuerzas potencialmente anticapitalistas, aunque todas las rebeldías contra la opresión tienen su lugar y su trinchera, el sujeto social colectivo que lucha contra la dominación de clase debe jugar un papel convocante y aglutinador de la única lucha que posee la propiedad de ser totalmente generalizable.

De ese modo, puede concebirse un capitalismo donde las mujeres toman el poder contra los varones, o los pueblos originarios contra los blancos, pero la contradicción de base: la explotación del trabajo, se mantiene. Por tanto, si bien todas las contradicciones marchan juntas y se retroalimentan, la contradicción capital-trabajo asalariado tiene un estatuto especial. Significativo al respecto es que hoy día el capitalismo se permite hablar (pero no cambiar mucho en lo sustancial) de estas contradicciones paralelas (la étnica, la de género, el llamado cambio climático). Sin embargo, de la lucha de clases no menciona una palabra.

Contradicción capital-trabajo

El desarrollo del capitalismo a nivel mundial en las últimas décadas ha supuesto cambios importantes en la configuración de las clases sociales y, por supuesto, en la lucha de clases. Aunque se haya querido proclamar triunfalmente “el fin de las ideologías y de la historia” (Fukuyama), la lucha interclases sigue siendo el motor de la historia.

La acumulación de capital ha trascendido la forma principal enunciada por Marx hace alrededor de 150 años, a partir de la creación de valor (de cambio) en el proceso de producción (de mercancías) y su apropiación por el propietario de los medios de producción. Marx planteó que la acumulación de capital se daba en dos ámbitos: en la producción de los instrumentos de producción y en la producción de bienes y servicios. En ambos, la acumulación de capital es posible por la explotación del trabajador (cualquiera sea: urbano-industrial, rural, de bienes o de servicios, productor manual o intelectual, etc., y habría que agregar: amas de casa haciendo trabajo doméstico no remunerado) mediante el trabajo no pagado (plusvalía), a partir de unas relaciones de producción favorables al propietario de los medios de producción.

La contradicción capital-trabajo se manifiesta en la lucha permanente que se desarrolla entre los capitalistas (burguesía industrial, oligarquía terrateniente, hoy día: clase capitalista global si se quiere) que buscan incrementar la plusvalía pagando menos a los trabajadores, o sobre explotándolos, y éstos que tratan de mejorar sus condiciones salariales. Dicho de otra forma, es la lucha que se da entre las dos clases sociales fundamentales en el capitalismo: los propietarios y los trabajadores.

Con el desarrollo del capitalismo, las clases sociales están sometidas a cambios y reconfiguración. Hoy no son lo que fueron, por ejemplo, durante el capitalismo industrial europeo estudiado por los clásicos en el siglo XIX. Con los procesos de robotización y eso que ha dado en llamarse, engañosamente, deslocalización (ubicación de las industrias del Norte en los países del Sur, donde las condiciones de explotación son mucho mayores, se evaden impuestos y no hay controles medioambientales), esa contradicción fundante ha sufrido variantes. Es válido preguntarse, como lo hace Fidel Castro: “¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esta clase obrera –en el sentido marxista del término– tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?”. A ese conjunto de empobrecidos, precarizados, que sobreviven como pueden, muy acertadamente Frei Betto les llamó “pobretariado”. Eso lleva a plantearse quién es hoy el sujeto transformador en la sociedad. O, dicho de otro modo: cuál es la contradicción fundamental del sistema por la que dicho sistema puede eclosionar.

En el ámbito de las clases sociales y la lucha de clases, el actual capitalismo neoliberal que viene desarrollándose estas últimas décadas, ha logrado en gran medida la flexibilidad laboral, que es otra de sus características. La flexibilidad laboral, infame eufemismo que quiere reemplazar la idea de “trabajador” por la de “colaborador” de la empresa, implica la anulación o no aplicación de las leyes laborales favorables a los trabajadores. En los empobrecidos países del Sur esto tiene manifestaciones grotescas: las condiciones laborales de los trabajadores sin prestaciones de ninguna clase, sin derecho a sindicalizarse y reprimidos violentamente cada vez que intentan protestar, pretende “hacer atractivo” a esos países para la inversión de capital transnacional. La profundización de la explotación se da en todos lados, pero son los países pobres del Sur (mal llamados “periferia”, en contradicción con la pretendida “metrópoli”), los que acusan mayormente ese deterioro. Es decir, en las condiciones de expansión capitalista actual existe una sobre explotación de la fuerza de trabajo que agrava la por siempre existente contradicción capital-trabajo. En el Norte la situación no es sustancialmente mejor, por cuanto la pérdida de poder adquisitivo por un capitalismo que se siente triunfal a partir de la caída del bloqueo socialista europeo, hace de la clase trabajadora una víctima sin mayor capacidad de defensa.

Sin embargo, y curiosamente, frente a esta profundización de la explotación, la lucha de los trabajadores (en cualquiera de sus expresiones) no aparece fuertemente, o aparece en expresiones mínimas. Las actuales políticas neoliberales consiguieron postrar así los reclamos de la clase trabajadora, haciendo del tener asegurado un puesto de trabajo un “tesoro” que no se puede perder. Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa era el comunismo, hoy es la desocupación.

El movimiento sindical de clase, combativo en otros tiempos, poco a poco, por efectos de la represión en el Sur y factores como la corrupción y la despolitización/cooptación (en el Norte), se convirtió en un movimiento intrascendente, aliado de las patronales, en definitiva. En general, los sindicatos ya no responden a la lucha de los trabajadores en su conjunto.

La contradicción capital-naturaleza

La contradicción capital-naturaleza puede sintetizarse en que cada vez hay una mayor presión del capital sobre los bienes y recursos naturales para su mercantilización, a fin de incrementar la producción capitalista y mantener el “crecimiento económico” capitalista, vital para la generación de mayor plusvalía. A lo largo del siglo XX, pero sobre todo en las últimas décadas, esta contradicción se ha agudizado. Con la expansión del capitalismo en su fase neoliberal a partir de finales de la década de 1970, la naturaleza, los bienes y recursos naturales han sido sometidos a una mayor presión por las grandes corporaciones transnacionales. La búsqueda desenfrenada de fuentes energéticas y de minerales estratégicos para las industrias de punta (en muchos casos: la militar) marcan esa tendencia.

Los efectos sobre el medio ambiente son desastrosos: agudización del cambio climático que provoca fenómenos naturales cuya magnitud resulta en desastres sociales y económicos; agotamiento de los recursos y bienes naturales; contaminación medio ambiental con polución del agua, del aire y de la tierra. El hiper-consumismo capitalista no se arregla buscando paliativos superficiales, como el reciclar, el separar la basura o la generación de una supuesta “conciencia verde”, no usando pajillas para tomar una gaseosa, por ejemplo. Todo ese esfuerzo hecho a nivel personal logra contener la contaminación global en apenas un 1%. El problema de fondo, la contradicción original es la voracidad del capital, que destruye todo en aras de su propio beneficio.

El modelo de capitalismo neoliberal trajo consigo el dominio absoluto del capital financiero sobre el proceso productivo. Hoy día son los capitales globales que se mueven de un paraíso fiscal a otro sin ninguna regulación los que marcan el ritmo del sistema. En su proceso de expansión, este capitalismo neoliberal provoca una disputa por la tierra y los recursos naturales entre las grandes corporaciones que dominan esa expansión, por un lado, y comunidades y pueblos que obtienen de ella los bienes necesarios para su existencia, por otro. De ahí que esta contradicción capital-naturaleza se evidencia en la lucha de pueblos originarios que defienden sus territorios contra empresas multinacionales extractivistas que invaden sin miramientos destruyendo todo a su paso (compañías petroleras, mineras, monocultivo destinado a biocombustibles, desvío de ríos para empresas hidroeléctricas generadoras de electricidad). Solo para graficarlo: para la obtención de un galón de biocombustible (utilizado en los países capitalistas del Norte próspero), hecho a base de azúcar, maíz o palma aceitera, se necesitan 2,000 litros de agua (robada a los empobrecidos del Sur).

El racismo y la contradicción étnica

En articulación con las anteriores contradicciones destaca la llamada étnica (o racismo). Es la que se desprende de la invasión, despojo y explotación colonial, que conminó a los pueblos originarios de Latinoamérica y los grupos afrodescendientes traídos a la fuerza a estos territorios en calidad de esclavos, a ser considerados casi animales, objeto de esclavitud y sobre-explotación, marginados y excluidos como seres de última categoría, objeto permanente de despojo de sus tierras y territorios, oprimidos en tanto sujetos colectivos y en tanto individuos.

Eso, aun cuando presenta cambios, ha sido mantenido en esencia por un capitalismo que justifica y reproduce la explotación laboral y el robo descarado a partir de razones étnicas y raciales. Esto ha configurado en todo el sub-continente latinoamericano sociedades profundamente racistas, en donde los que se dicen descendientes de los conquistadores (españoles y portugués, que llegaron a “civilizar”), resultan beneficiados por una sociedad estratificada étnicamente, mientras los pueblos originarios se ven afectados por un sistema que los trata como ciudadanos de segunda categoría, como mano de obra barata, excluyéndoles de los escasos y raquíticos derechos sociales, económicos, políticos, culturales, al mismo tiempo que les niega derechos correspondientes a su carácter de sujetos colectivos, como pueblos, entre ellos a los de autodeterminación y autonomía.

En el caso de América del Norte, o más específicamente de Estados Unidos, esa conquista de siglos anteriores confinó a los pueblos originarios en “reservas”. Ahí el racismo se juega fundamentalmente entre los blancos conquistadores (de origen europeo) y la población negra, de origen africano, otrora mano de obra esclava. En todos los casos, el racismo justifica la opresión económica. Queda claro que todas las contradicciones se anudan y entrelazan entre sí.

El patriarcado y la contradicción varones-mujeres

Otra contradicción histórica, íntimamente ligada con el carácter y curso del capitalismo como sistema, pero que debe ser entendido como un sistema en sí mismo, que requiere ser transformado al mismo tiempo y en todo espacio, es la opresión patriarcal.

Esta contradicción se expresa en una relación de sobre explotación de la mujer en el ámbito de las relaciones de producción, su mayor exclusión de las fuentes de empleo formal, del salario y la raquítica seguridad social con que cuenta, e íntimamente relacionada, de los ámbitos de decisión fundamental en el proceso productivo, reproductivo y en el proceso político. Esa condición se agrava cuando es utilizada como mercancía para propósitos de trata de personas, como producto de publicidad y como simple objeto sexual. El sexismo, en tal sentido, es otra contradicción anudada a todo lo anterior.

No obstante, también se expresa en un papel predefinido por el patriarcado, que se orienta a su conminación a la reproducción de la especie, de la familia y del mismo sistema patriarcal que la oprime, lo cual se manifiesta en la violencia, exclusión y dominio que el varón ejerce sobre ella, con el agravante que muchas veces las religiones lo justifican.

Dicha opresión patriarcal se expresa con mayor agudeza en la medida que la mujer pertenece a la clase trabajadora y a comunidades rurales, campesinas y marginalizadas. De todos modos, la exclusión de las mujeres en los distintos ámbitos de la vida es algo que atraviesa todas las sociedades.

En conclusión

Si se intentan modificar profundamente todas estas injusticias, queda claro que todas las contradicciones deberían superarse a la vez, simultáneamente. No es posible una justicia económica si sigue habiendo patriarcado; no es posible equidad de género si no hay equidad económica. Es imposible superar la contradicción étnica sin considerar las anteriores. No puede aspirarse a un mundo más armónico si persiste la locura consumista que nos impone el sistema capitalista depredando nuestra casa común, el planeta Tierra. En conclusión: todas las contradicciones marchan de la mano, y no es posible superar ninguna de ellas por separado. Si ello se intenta, no pasa de un intento vano.

Por gentileza de HispanTV

Implementación de la escucha en el contexto educativo mediante el uso de conceptos psicoanalíticos

Jonathan A. Parra C.
Psicólogo de la Fundación Universitaria “Los Libertadores”. Pasante e integrante del grupo de investigación “Psicosis y Psicoanálisis” de la ciudad de Bogotá, Colombia.
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Resumen

El presente artículo tiene su inicio en el semillero de investigación Psicosis y Psicoanálisis de la Fundación Universitaria Los Libertadores, en donde surge la propuesta de implementar el dispositivo analítico por medio de la escucha sorda en un espacio educativo, llevando a cabo dicho proceso de escucha, partiendo de preceptos psicoanalíticos, buscando dar cuenta de los significantes de cada sujeto. Se mostrará cuál fue el proceso para llevar a cabo el proyecto y los contratiempos del mismo. Se podrá observar qué resultados se obtienen tras la implementación del proyecto y los vacíos de investigación que hay en estos espacios.

Palabras clave: contexto educativo, dispositivo analítico, psicoanálisis, asociación libre, significante.

Abstract

This article has its beginning in the hotbed of research psychosis and psychoanalysis of the Fundación Universitaria Los Libertadores, where the proposal arises to implement the analytical through deaf listening device in an educational space, carrying out a process of Listen, based on psychoanalytic precepts, seeking to account for the signifiers of each subject. It will show what was the process to carry out the project and the countertimes of the same. It will be possible to see what results are obtained after the implementation and the research gaps that exist in these spaces.

Keywords: educational context, analytical device, psychoanalysis, free association, signifier.

Introducción

Este proyecto tiene origen en el semillero de investigación, Psicosis y psicoanálisis de la Fundación Universitaria Los Libertadores, es allí donde se crea la propuesta de implementar una intervención de escucha en una institución educativa utilizando conceptos psicoanalíticos.

El lugar asignado para la implementación de dicha propuesta es el Instituto Técnico Industrial Francisco José de Caldas, siendo compuesta por su población estudiantil comprendida entre grados sexto a once, padres de familia, docentes, directivos, personal de oficios varios y de vigilancia, buscando que todo el personal pueda acceder al servicio de psicología y así escuchar al sujeto, dar cuenta de los significantes que este emplea y poder dar una explicación de dichos discursos usando el lenguaje psicoanalítico.

El proceso de escucha tiene sus bases teóricas en el método psicoanalítico de S. Freud creado a finales del siglo XIX, tras realizar intervenciones en casos de histeria junto con el profesor Jean Martin Charcot en París, y posteriormente con su compañero el Dr. Breuer en Vienna, haciendo uso de la hipnosis para lograr observar el origen del síntoma; tras haber realizado estos procedimientos, Freud observó que se puede conocer el pensamiento inconsciente del enfermo sin necesidad de realizar procesos hipnóticos, utilizando únicamente el discurso del enfermo y las diversas manifestaciones inconscientes que se encontraban en este (chistes, lapsus, sueños y algunos eventos reprimidos desde su infancia) técnica a la cual denominó asociación libre.

Esta técnica buscaba que el sujeto creara un discurso de manera libre en el cual evocara todo tipo de pensamiento por más oculto y reprimido que fuera, esto con el fin de ver las manifestaciones inconscientes del mismo. Laplanche y Pontails (2004), en su diccionario de psicoanálisis, exponen de manera más concreta el significado de asociación libre, y es allí donde refieren que esta consiste en un método terapéutico en el que se espera que el paciente comente todos los pensamientos que vengan a su mente sin importar cual vergonzoso sea o en qué orden se presente, esto se puede expresar por medio del habla, de una imagen o la representación que sea conveniente.

El interés de implementar esta intervención de escucha es con el fin de observar las principales problemáticas o fenómenos que se presentan en el contexto educativo, utilizando únicamente la escucha flotante del terapeuta y el discurso creado por el consultante. Freud (1904) en su conferencia para el Colegio de médicos de Viena menciona que el proceso analítico es capaz de mostrar la génesis de las patologías, esto por medio del lenguaje y el proceso de escucha en la intervención; por otra parte, observó que la sugestión que se realizaba en los inicios del proceso catártico junto con el Dr. Breuer no permitía observar la génesis del trauma o síntoma sino lo que hacía era sobreponerse en este sin poder generar la exteriorización del mismo. Es por esto, que en la aplicación del proyecto, se pretende que la atención que se le brindará a los sujetos va a tener como fin la escucha del paciente sin mayor intervención sobre lo mencionado por él, quizás, al final de la sesión, se harán unos breves comentarios sobre lo mencionado por el paciente, pero siempre procurando no volverlos sugestivos, dado que como menciona Báez (2007), el lenguaje, así como es fundamental para la expresión de realidades propias, individuales y también en algunos casos colectivas, también es capaz de crear realidades.

Este proyecto se llevará a cabo junto con la implementación del dispositivo analítico, el cual promueve acciones para responder a la emergencia de los sujetos en su medio, en este caso, permear a la comunidad educativa provocando que el consultante evoque sus situaciones angustiantes por medio del lenguaje.

El sujeto que habla

Ahora bien, según lo planteado el consultante deberá crear su discurso en el transcurrir de las sesiones provocando la ruptura de las barreras inconscientes en estado de vigilia permitiendo desplazarse a lo más primitivo de situación angustiante, en el cual el terapeuta será su acompañante guía en este proceso; Freud (1912), hace énfasis en que el terapeuta debe pasar por un proceso psicoanalítico previo a la realización del trabajo psicoanalítico, ya que para poder tener una observación clara de lo que aqueja al paciente y no tener puntos ciegos en su discurso, el terapeuta debe vencer las represiones de sí mismo y dar lugar a sus significantes.

Cuando hablamos de inconsciente hacemos referencia al conjunto de contenidos que no están presentes en el campo de la conciencia, siendo situaciones reprimidas representadas en sueños, lapsus, chistes, contenidos que sólo se vuelven accesibles a la conciencia una vez se han superado las resistencias siendo todos aquellos actos y palabras que se oponen al acceso de su incosciente (Laplanche y Pontails, 2004).

Teniendo en cuenta que el contexto a tratar es una institución educativa, es un espacio en donde se encuentra la academia o un entorno de aprendizaje, en el cual el interés del psicólogo es buscar el bien de sus consultantes, siendo intervenciones con libre desarrollo de personalidad evitando todo índole de malestar en ellos.

Implementación del dispositivo en el contexto educativo

Cuando se menciona el dispositivo, se hace referencia a ese medio que genera una formación o un manejo de relaciones, este dispositivo siempre tiene un fin o un objetivo que pretende responder a una urgencia, Agamben (2011); García (2011), también muestra una perspectiva del término basado en lo expuesto por Foucault, mostrándolo como una red de elementos o recursos que conllevan a realizar una determinada labor o que se utilizan para un fin, justificando su objetivo, siendo un medio por el cual la persona realiza procesos y hace de este dispositivo su forma de interactuar con el mundo o con el contexto en el que se sitúa, y que a su vez, logra transmitir con esos recursos su forma de concebir la realidad o de cómo moverse en esta, lo cual está ligado con lo mencionado por Agamben (2011), en el que indica que dispositivo sería todo lo que puede orientar o cambiar la conducta de alguien, y es ahí donde el autor nos dice que el lenguaje es uno de los dispositivos más antiguos que existen, siendo este capaz de movilizar sujetos en los diferentes entornos.

Como se mencionó anteriormente, la implementación de este proyecto llevó a cabo una escucha sorda en la que las respuestas que se lleguen a dar sean presentadas desde el significante, lo cual permite esa emergencia que busca el que quiere ser escuchado y que, a su vez, ese mismo ser parlante logre dar significado a su propio discurso y si es posible un sentido existencial.

Inicialmente se realizó presentación del proyecto en la institución educativa I.T.I Francisco José de Caldas, en esta presentación se contó con la asistencia de los orientadores y docentes de educación especial de la institución, se respondieron dudas en cuanto al proyecto y se concluyó con la aprobación del mismo. Posteriormente, se asigna un espacio para el proceso de intervención, el cual contaba con aproximadamente cinco metros cuadrados de diámetro; al tener el espacio, se crean carteles publicitarios del proyecto con el título “El psicólogo te escucha”, allí se muestran los horarios de atención en jornadas mañana y tarde, estos carteles se distribuyeron en diferentes puntos estratégicos de la institución, también se diseñaron pequeños volantes con información puntual del servicio a prestar, esto se realizó con el fin de que el personal de la institución tuviese conocimiento del nuevo espacio de atención psicológica.

La intervención inicia con la remisión de algunos casos por parte del área de orientación, casos de estudiantes que necesitan atención debido a comportamiento inadecuado y bajo rendimiento académico, se realiza atención con estos estudiantes explicándoles la metodología de la intervención y escuchando sus dudas o inquietudes, dado que este era un espacio diferente al que normalmente conocían. Por medio de la divulgación empiezan a acercarse más estudiantes para recibir atención, pero en estos casos los motivos de consulta ya no son mal comportamiento o bajo rendimiento escolar, sino que son problemas más personales, por ejemplo, disfunción familiar, falta de figura paterna o materna, crisis existenciales, entre otros. Tras la atención de los estudiantes que solicitaron el servicio, inicia el proceso de atención a padres y acudientes de estudiantes, en los cuales hay otras problemáticas, como alcoholismo, estrés laboral y relaciones hostiles con sus hijos; estas sesiones se realizan una vez por semana. Es importante mencionar que hubo ocasiones en que había cursos que no contaban con docentes por diferentes motivos, ya sea por incapacidades laborales o calamidades personales, y es en estos espacios donde se realizan conversatorios, en los que los estudiantes elegían el tema y participaban activamente, dando espacio al debate y la escucha del discurso de cada uno de ellos, promoviendo la emergencia de los posibles fenómenos que se presentaban en cada sujeto. Los temas que los estudiantes eligieron en su mayoría fueron sexualidad y vida universitaria, ellos hacían preguntas sobre estos temas y algunas de estas eran respondidas por los psicólogos en formación o entre ellos mismos surgían las respuestas.

Se realizaron diferentes intervenciones en crisis, las cuales eran generadas en su mayoría por acoso escolar, en estas intervenciones se llevaba al estudiante al espacio asignado para la intervención y se escuchaba el motivo de su crisis, en medio de este discurso el sujeto lograba retornar a una estabilidad emocional y encontrar por sí mismo diferentes alternativas para manejar estas situaciones.

En esta implementación del dispositivo de escucha, se encontraron diferentes síntomas o motivos de consulta los cuales se les dio la importancia que merecían dado que para el sujeto que buscaba atención tenían un gran impacto en su funcionamiento psíquico.

A continuación, se mostrarán los síntomas que mayor atención adquirieron dada la alta demanda de intervención.

Cutting: Se define como un acto de autolesión con el fin de alterar un estado de ánimo, el cual busca terminar con la situación angustiante o buscar alivio en estados de confusión emocional; cortándose los brazos, los muslos o el abdomen con cuchillos, tijeras o cualquier objeto cortopunzante. Este tipo de problemática se observa con frecuencia en adolescentes, en la mayoría casos este tipo de situaciones son a raíz de la existencia de un abuso físico o sexual, alteraciones emocionales y disfunciones familiares en la adolescencia o la infancia (Carvajal et al. 2014).

Carvajal et al. (2014) menciona que el estado de ánimo que un sujeto quiere alterar por medio de autolesión puede ser positivo o negativo, en algunos casos no se ve involucrado ningún estado de ánimo, por lo tanto, puede ser acto repetitivo, en el cual surge la necesidad de sentir placer por medio del dolor, siendo esto un alivio emocional hacia la situación angustiante. Este tipo de situaciones pueden ser relacionadas con algunos conceptos psicoanalíticos, como lo son la compulsión a la repetición y la pulsión de Tánatos. En relación al dolor este se percibe lentamente, el objetivo del sujeto es cortar en el momento agobiante, aunque en un inicio el sujeto no tiene conciencia de ello, siendo esta la única defensa ante la angustia.

Haciendo referencia al acto de cortarse como una defensa contra la angustia, los cortes son síntomas, actos impulsivos opuestos al estado de conciencia del sujeto, se entienden como actos todos aquellos síntomas que encubren la presencia de un conflicto que tienden a ser reemplazados por la verbalización en el tratamiento psicoterapéutico.

Desde una postura psicoanalítica Nasio referido en Flórez (2017), el psicoanálisis posibilita pensar el cutting como una marca en el cuerpo del sujeto, y la comprensión del cuerpo en aquel es diferente al cartesiano cuerpo–alma. El cuerpo es un cuerpo que pasea, un cuerpo libre que nos es exterior. El cuerpo, para el psicoanálisis, es un imaginario en el cual lleva al sujeto atado en su estado inconsciente, en donde allí el cuerpo goza de su sufrimiento, ya que en la vida consciente se pierde ese cuerpo moldeado por problemáticas familiares, escolares y culturales, siendo reconocido como un objeto más de la sociedad.

Al hablarse del cutting como un intento de suicidio en ocasiones es errado, en los sujetos los cortes en la piel, son únicamente la división del sufrimiento psíquico, aquí no hay intento de quitarse la vida, pero si es un llamado de auxilio del sujeto al sentirse en falta, siendo así este el método para expresar lo que no puede transmitir por medio de la palabra.

Por lo tanto, el objetivo de la mayoría de los sujetos que practican el cutting, es hacer un corte al sufrimiento intrapsíquico, de allí, que cuando el conflicto reaparece y no se puede simbolizar, se repite la autolesión o corte. Por lo anterior, lo que permitió en esta práctica identificar dicha problemática fue una postura de Freud (1926), en la cual el síntoma es de carácter lingüístico, ya que el sujeto por medio de la verbalización extrae lo inconsciente, permitiendo simbolizar su imaginario por medio de palabras; siendo estos significantes, los que traen dichos eventos a la conciencia, para que el sujeto se haga responsable de su malestar inconsciente.

Acoso escolar: consiste en un comportamiento agresivo entre pares, siendo sistemático y generando consecuencias no solo en la víctima sino también en los victimarios, es importante mencionar que, en este fenómeno, la víctima generalmente carece de habilidades para defenderse o llevar a cabo la situación adecuadamente, ya que el victimario busca obtener el control de la víctima y a su vez generar sumisión en esta, (Enríquez y Garzón, 2015). Es importante para el lector, tener en cuenta que en diferentes contextos el acoso escolar es definido como Bullying, esto se debe a que el término inicialmente se dio a conocer en Estados Unidos y allí, Bullying hace referencia a matón o matoneo.

Por otra parte, se tiene en cuenta que, según Narváez y Salazar (2012), aparte del maltrato psicológico y físico, el acoso también tiene otras formas de generarse, estas son: ciberacoso, que hace referencia al acoso por medio de redes sociales o haciendo uso de medios electrónicos; el acoso relacional, que hace referencia a la exclusión, es decir, se busca que la víctima se aísle de determinados grupos de pares; acoso verbal, que consiste en insultos, apodos o amenazas dirigidas hacia la víctima y que se diferencia del acoso psicológico ya que en este se hace alusión a conductas dirigidas a disminuir la autoestima o generar temor en la víctima.

Desde una perspectiva psicoanalítica el victimario pretende avergonzar y dominar a la víctima proyectando en el todo aquello negativo de lo que el acosador desea librarse y sacar de si convirtiéndola en alguien débil ante los demás y merecedora de su sufrimiento; las proyecciones e identificaciones del agresor en la cual se presenta una disminución en la empatía hacia su víctima, tiene una disminución en el reconocimiento de sus emociones y las ajenas; al hablar de proyección se hace referencia al medio por el cual el sujeto localiza en el otro sentimiento, cualidades y deseos que rechaza de sí mismo (Laplanche y Pontails, 2004). Teniendo en cuenta el funcionamiento de la identificación proyectiva del agresor, este se ve estimulado por terceros los cuales según Miro (2017) los observadores obtienen una satisfacción sádica presenciando el sufrimiento de la víctima pensando que están del lado del “fuerte” y por el momento no serán la nueva víctima.

Disfunción familiar: Es un fenómeno en el cual hay comportamientos hostiles entre sus miembros o situaciones irregulares en el núcleo familiar, por otra parte, desde una postura psicoanalítica se puede decir que esta disfunción no siempre se debe a esto que se mencionó anteriormente, sino que las relaciones de poder, la prohibición y el uso de la presión no genera un buen desarrollo de sus miembros, Estevez (2016), así mismo, desde que no se haga un proceso edípico totalmente elaborado puede que esto genere situaciones traumáticas que conlleven a la necesidad de psicoterapia

Hunt referido en Pérez y Reinoza (2011) presenta dos definiciones de familia disfuncional: primero, considera que “Una familia disfuncional es donde el comportamiento inadecuado de uno de los padres inhibe el crecimiento de la individualidad y la capacidad de relacionarse sanamente los miembros de la familia. Por lo tanto, la estabilidad emocional y psicológica de los padres es fundamental para el buen funcionamiento de la familia” (p.630). segundo, “Una familia disfuncional es donde sus miembros están enfermos emocional, psicológica y espiritualmente” (p.630). Por lo tanto, para que una familia sea funcional todos sus miembros deben ser saludables.

Si este fenómeno se observa desde una postura psicoanalítica, se diría que la familia funcional no existe, menos aún la familia natural puesto que tanto la maternidad como la paternidad son del orden del significante. Por tal motivo, la figura paterna o materna son para el sujeto objetos de deseo, lo que permite una identidad generacional y civil (Pérez y Reinoza, 2011).

En este caso, las consecuencias no se hacen esperar, se encuentran sujetos con déficit de aprendizaje, alteraciones de conducta, promiscuidad, propensión al consumo de SPA y alcohol, etc.

Este proyecto tuvo lugar en esta institución durante cuatro meses, durante este lapso se atendieron 48 personas, entre ellos estudiantes y acudientes.

Consideraciones finales

Se logra evidenciar una aceptación ante el proyecto realizado en la institución educativa, en la cual la escucha sorda fue una técnica clave en los estudiantes ya que no se sintieron presionados por el psicólogo ante los temas a tratar, fue un espacio libre en el cual su discurso prima en el espacio establecido para el desarrollo de las sesiones, aunque no fue tarea fácil y de muchos contratiempos se logra que el estudiante hable y conocer un poco mas de sus situaciones angustiantes; se observa que, en la mayoría de las casos las problemáticas que se presentan en los estudiantes no siempre tienen un origen en ellos mismos, sino que pueden ser desatados desde lo familiar, lo escolar o interpersonal, teniendo en cuenta que en el caso de los estudiantes, ellos están pasando por una etapa como la preadolescencia o adolescencia, la cual es importante en el desarrollo del sujeto en donde hay diferentes cambios de emocionalidad y de pensarse a sí mismo. Es por esto que, tras la implementación del dispositivo de escucha se logró crear espacios de intervención con un enfoque analítico, en donde el escenario fue centrado en el sujeto dando respuesta a su malestar.

Por otra parte, el hecho de ser un proceso de intervención diferente al que se ha llevado a cabo durante diferentes periodos en la institución, puede dar cuenta de la necesidad del sujeto de recibir atención personalizada, individual y sin elementos sugestivos que llevaran al estudiante a decir lo que el psicólogo quería escuchar, y que puede que se deban repensar los métodos que se han utilizado hasta el momento.

Por último, es importante mencionar que en la mayoría de los casos los asistentes a consulta también tenían curiosidad por este nuevo proyecto, seguido de una fuerte expectativa tras mostrar en qué consistía, por lo cual asistieron a un número significativo de sesiones y manifestaron sentir bienestar tras iniciar el proceso, he aquí el éxito de la implementación del dispositivo en el cual genera un impacto a quien va dirigido.

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (2011). ¿Qué Es un dispositivo? Sociológica. 26 (73). 249-264.
Báez, J. (2007). Escritos Psicodinámicos. Grupos. Bogotá, D.C,.Colombia.
Carvajal, H.; Choque, C; Poppe, V; Gantier, D. y Rivera, Y. (2014). Autolesionismo: síndrome de cutting. Archivos Bolivianos de medicina. 22 (90). 70.
Enríquez, M y Garzón, F. (2015). El acoso escolar. Saber, ciencia y libertad, 10 (1). 219-223.
Estévez, M. (2016). De la supuesta disfuncionalidad de la familia. Revista Psicomotricidad, Movimiento y Emoción, 2, (1).
Flórez S. (2017). Cutting o cortes en la piel: una práctica que habla. Revista Poiésis, (32), 94-100.
Freud, S. (1904). Obras Completas VII. Amorrotu editores. Argentina.
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García, L. (2011). ¿Qué es un dispositivo?: Foucault, Deleuze, Agamben. A Parte Rei. Revista de filosofía.
Laplanche, J. y Pontails., J. (2004). Diccionario de psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires, Argentina.
Martín, A y Reidl, L. (2013). Validación psicométrica del cuestionario “así nos llevamos en la escuela”. Para evaluar el hostigamiento escolar (bullying) en primarias. Revista Mexicana de Investigación Educativa, 18 (56). 11-36.
Miro, M. T. (2017). El acoso escolar o bulling: Una realidad silenciosa. Temas de Psicoanálisis, 14.
Narváez, V y Salazar O. (2012). Bullying, matoneo, intimidación o acoso escolar. Carta de la salud, 200. Fundación Valle del Lili.
Pérez, A. y Reinoza D. (2011). El educador y la familia disfuncional. Educere, 15 (52). 629-634.

La banalización del mal en la prostitución | Entre psicopatía y perversión

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica
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Resumen

La psicopatología social desde sus comienzos ha relacionado civilización con patología. Y actualmente son las patologías narcisistas las que mejor describen el malestar .La prostitución es planteada como una patología del capitalismo neoliberal; una cultura psicópata basada fundamentalmente en la cosificación –mercantilización– , y una violencia impune cimentada sobre relaciones de (abuso de) poder, para satisfacer una serie de necesidades a una parte de la población –masculina–. El capitalismo no es sino la extensión del patriarcado más allá de la familia, siendo el modelo de explotación y esclavismo capitalista, la explotación de la mujer por el hombre. El capitalismo así se erige como heredero de los valores patológicos patriarcales, valores en cuanto a su contenido que casan con rasgos psicópatas y perversos. En la mente patriarcal se encuentra la raíz del mal de nuestra civilización. Los patriarcados contemporáneos aplican la lógica económica a las relaciones de género, de tal manera que la prostitución representa una forma más de esclavitud (sexual) femenina, está estrechamente imbricada con la criminalidad, al límite entre la economía legal e ilegal. La socialización moderna supone la banalización del mal, es decir, la enculturación de la sociedad en la barbarie a través fundamentalmente de la economía y la legalidad.

Summary

Social psychopathology since its inception has linked civilization with pathology. And now it is the narcissistic pathologies that best describe the malaise. Prostitution is posed as a pathology of neoliberal capitalism; a psychopathic culture based fundamentally on reification – commodification – and unpunished violence based on relations of (abuse of) power, to satisfy a series of needs of a part of the population – masculine –. Capitalism is but the extension of patriarchy beyond the family, being the model of exploitation and capitalist slavery, the exploitation of women by men. Capitalism thus stands as the inheritor of patriarchal pathological values, values ​​in terms of their content that marry psychopathic and perverse traits. In the patriarchal mind is the root of the evil of our civilization. Contemporary patriarchates apply economic logic to gender relations, in such a way that prostitution represents one more form of female (sexual) slavery, it is closely intertwined with criminality, the limit between the legal and illegal economy. The modern socialization supposes the trivialization of the evil, that is to say, the inculturation of the society in the barbarism through fundamentally of the economy and the legality.

Sociedad enferma o maldad

Somos ya unos cuantos autores que afirmamos que la sociedad está enferma. Pero, ¿enferma de qué? ¿qué le pasa? ¿cuál es el diagnóstico? Bastantes autores hablan de sociedad y narcisismo, la cultura del narcisismo, el vacío (Lowen, 2000, Lasch, 1991, Lipovetsky, 1993). Al respecto, «Pocas dudas puede suscitar la idea de que nuestra sociedad cultiva el narcisismo de un modo desaforado» (Garrido, 2000, p. 92). Y dentro de este registro patológico, la psicopatía parece ser el espécimen que mejor se adapta a nuestros tiempos. Así «Alan Harrington escribió en 1972 en su libro Psicópatas que lo que “anteriormente se diagnosticaba como una enfermedad mental se ha convertido en el espíritu de nuestro tiempo”» (Ibid, p. 85). Y es que cada vez más autores especialistas en el tema coinciden en afirmar que «la sociedad se está volviendo más psicopática» (Pinker en Dutton, 2018, p. 152). Clive R. Boddy «afirma que son los psicópatas, sencillamente, los que se encuentran en el origen de todos los problemas. Los psicópatas (…) se aprovechan de “la naturaleza relativamente caótica de las empresas modernas”» (Dutton, 2018, p. 156). Robert Hare (2003) dirá que «nuestra sociedad se está moviendo en la dirección de permitir, reforzar e incluso valorar algunos de los rasgos patológicos enumerados en el Psychopathy Checklist –rasgos como la impulsividad, la irresponsabilidad, la falta de remordimientos, etc.– (…). Una “sociedad camuflada”, donde los verdaderos psicópatas se pueden ocultar muy bien» (pp. 230-231). Es conocido el hecho de que «para mantenerse como tal y reproducirse, cada marco social requiere de un modelo de sujeto que lo posibilite, para lo cual todas sus instituciones buscan tal construcción» (Guinsberg, 1994, p.23).

Cuando leemos sobre las características de la persona psicópata, los criterios diagnósticos, sobre todo aquellas que hablan de falta de interiorización de normas y leyes, ausencia de remordimiento y culpa, resulta harto difícil no reparar en el funcionamiento político y económico de nuestras sociedades. Cuando leemos que las leyes y normas no van con estas personas, no podemos dejar de pensar en el funcionamiento político de las «democracias» actuales. Cuando leemos que en las personas psicópatas, domina una lógica perversa e instrumental, no podemos por menos de pensar en el funcionamiento de grandes empresas y corporaciones. Cuando leemos que las personas no les importamos en absoluto, pues sólo nos ven como meros objetos o instrumentos para conseguir sus fines (Piñuel, 2008), no podemos dejar de pensar en la lógica subyacente del capitalismo. El ser humano no importa al capital. El dinero no tiene ética ni moral. Quien dice dinero, dice negocios, dice empresas, dice corrupción, dice política, dice especulación, pero dice sobre todo de aquellas personas que están detrás de este tipo de mercadeo: los psicópatas. De la misma manera que la ley dice que el no conocerla, no exime de cumplirla, el hecho de no saber que una persona se comporta como psicópata no exime de serlo.

Ahora bien, el capitalismo no es sino la extensión del patriarcado más allá de la familia hacia lo político y económico (Naranjo, 2018). El modelo de explotación y esclavismo capitalista se basa en la explotación de la mujer por el hombre, su domesticación, su esclavitud doméstica y reproductora. El capitalismo es heredero de los valores patriarcales; en ellos se encuentra la raíz del mal (Ibid). En la mente patriarcal está la raíz del mal de nuestra civilización.

No obstante, el mal tiene un nombre y un diagnóstico: psicopatía. Esta anomalía –situada en el registro narcisista– es muy «particular». La primera y más importante particularidad es que no es posible comportarse como si lo fuera, sino que es una forma de ser y de estar en el mundo (Marietán, 2008). Representa a un porcentaje de la población, dicen que alrededor del 3 ó 4% de la población. Se trata, al parecer, de una patología innata, no adquirida. No obstante, algunos autores también afirman que es posible actuar y transformarse en una persona psicópata (Piñuel, 2008). Si vivimos inmersos en valores psicópatas, si estamos gobernados por psicópatas, si trabajamos con (y para) psicópatas, aumentamos considerablemente la posibilidad de convertirnos en psicópatas, pues el medio de socialización es fundamentalmente psicopático. Resulta imposible estar sano en un medio enfermo. La comprensión a esta cuestión nos la da claramente Iñaqui Piñuel (Ibid): vivimos en una sociedad cuyos valores favorecen el desarrollo de todo un narcisismo social. Las principales instituciones educativas y socializantes resultan altamente tóxicas porque estas van progresivamente socializándonos en estos valores basados en la carencia de una internalización de las normas éticas o morales. Dada la evolución social, cultural, política y económica, la autora Inmaculada Jauregui (2008), se plantea una especie de institucionalización de la psicopatía, que coincide con su desclasificación diagnóstica. En definitiva, estamos siendo enculturados en normas y valores psicópatas: «en una sociedad psicopática, el narcisismo social dominante hace, además, el resto, inoculando desde pequeños a los niños la necesidad de éxito, de apariencia y de notoriedad social. el virus del narcisismo social les conduce a la rivalidad, la competitividad, la envidia y el resentimiento contra los demás. tal es el despropósito educativo que nos invade y explica por qué muchos de estos niños, al hacerse mayores, se convierten en depredadores en organizaciones en las que recalan como trabajadores» (Piñuel, 2008: 77). Este autor va más lejos, comprendiendo las bases y los mecanismos psicológicos por los cuales ciertas organizaciones pueden transformar a buenas personas en psicópatas. Finalmente, el autor aclara cómo una estructura económica sacrificial como la de las sociedades occidentales, produce una anestesia moral; una dimisión ética interior que conduce directamente al desarrollo de la psicopatía. Jauregui (2008) nos dirá que la psicopatía parece ser una patología consustancial a la modernidad, a modo de pandemia, profundamente ligada a los «valores» económicos, que va filtrándose en la cultura, convirtiéndose en el modelo de éxito y de poder a imitar, socavando así las estructuras sociales y políticas y, devaluando la democracia. «Un hombre diferente sería disfuncional para las necesidades de la misma» (Guinsberg, 1994, p. 23).

Más allá del diagnóstico psiquiátrico, extinto desde 1964, la psicopatía emerge como un problema social en expansión, caracterizado por una crueldad hacia lo humano, fruto no sólo de una constante trasgresión de las normas, sino de una perversión de la ley en beneficio propio. Esta pandemia, generadora de una violencia sin precedentes, se ha notablemente generado con el espíritu protestante del capitalismo y su ulterior desarrollo, es decir, la religión ha sido sustituida por la economía, convirtiéndose esta en la nueva y postmoderna laica religión. No obstante, tal y como nos lo ilustra Piñuel (2008), gracias a la religión sacrificial de la economía, cuyo dogma sagrado es la racionalidad instrumental, cualquier persona normal puede perfectamente convertirse en una persona psicópata sin necesidad de que intervenga su genética. Basta con unos cuantos mecanismos de defensa y la socialización en una organización tóxica, que actualmente son muy numerosas.

Apuntes de historia de una cierta psicopatología social

Sigmund Freud (1981), médico, fue el primer autor que relacionó civilización con patología. Habló de un malestar cultural como precio al progreso. El sacrificio de la vida instintiva y la espontaneidad, ha supuesto el desarrollo de una moral y una ética cultural, en donde se halla la conciencia.

Karen Horney (1984), psicóloga y psicoanalista, coetánea de Freud, habló de la personalidad neurótica de nuestro tiempo. Una estrategia defensiva para hacer frente al medio generador de angustia. Esta autora señala «la gran importancia de las condiciones culturales en la neurosis» (p. 10). Cuestiona el concepto de «lo normal», el cual es variable no solo entre las diferentes culturas, sino también a través del tiempo. En todas las formas neuróticas, hay un común denominador «producto de las dificultades que reinan en nuestro tiempo y nuestra cultura» (p. 33).

Erich Fromm (2008), psicólogo, en su obra «Psicoanálisis de la sociedad contemporánea» apunta de manera más fina, planteándose la normalidad como patología así como el estado enfermo de toda una sociedad. Enfermedad estrechamente vinculada al capitalismo cuya forma de individuo medio resulta ser el individuo enajenado, alienado. Un sujeto extraño a sí mismo. Este estado de enajenación impregna todas las relaciones y la manera de hacer del ser humano, generando fenómenos imprevisibles como el nazismo, el racismo, el holocausto… y el capitalismo. En esta mismo línea, Hannah Arendt (1998), filósofa, acuñará el término de «banalidad del mal», en su análisis sobre el origen del totalitarismo. Esta expresión designa la manera de actuar de ciertos individuos que se comportan según las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexión sobre estos actos, es decir, sin conciencia. Por ello, son capaces de cometer las mayores barbaridades. La maldad forma parte de la condición humana. Pero su banalización está estrechamente relacionada con el propio sistema. Al respecto, Robert Hare titula así uno de sus libros «Sin conciencia» para describir sintéticamente la esencia de la psicopatía.

Alexander Lowen (2000), médico y psicoterapeuta, habla del narcisismo como la enfermedad de nuestro tiempo. Plantea el narcisismo como una enfermedad tanto psicológica como cultural. A nivel cultural, el autor habla de una pérdida de valores humanos, ausencia de interés por el entorno, por la calidad de vida, por las demás personas. Una sociedad que sacrifica su medio natural para obtener dinero y poder, insensible a las necesidades humanas. El progreso se mide por lo material y las relaciones existen por oposición. El narcisismo individual corre paralelo al cultural. Este autor explica que la neurosis de los primeros tiempos caracterizada por los sentimientos de culpa, las ansiedades, las fobias y obsesiones, está siendo desplazada por la depresión, la frialdad emocional, el vacío interior, la falta de humanidad y de valores, la falta de realismo. Hay algo de locura e irrealidad en el individuo y en la cultura que destroza la naturaleza para progresar. Al respecto, «Pocas dudas puede suscitar la idea de que nuestra sociedad cultiva el narcisismo de un modo desaforado» (Garrido, 2000, p. 92).

La filosofía y la sociología parecen tomar el relevo de la medicina, psicoanálisis y psicología en cuanto al análisis de la sociedad y la cultura, emergiendo obras como «La era del vacío» de Gilles Lipovetsky, «La cultura del narcisismo» de Christopher Lasch, Richard Sennet «Narcisismo y cultura moderna». Tenemos también a Zigmundt Bauman, sociólogo y filósofo, que hablará de lo líquido y lo efímero. Analiza la modernidad en base a la vida de consumo. Algún periodista como Vicente Verdú (2009) osará analizar la sociedad: hablará del capitalismo funeral y de ficción, del yo y el tú como objetos de lujo. Más recientemente también tenemos a Eduardo Subirats (2006), filosofo, en cuya obra «Violencia y civilización» hablará de involución social bajo crecientes formas autoritarias de dominación. Abordará el fenómeno de la aniquilación en tanto que espectáculo. Guy Debord (1999), filósofo, hablará de la sociedad del espectáculo dividida en una minoría perversa que domina el mundo a través de la desinformación y las personas ingenuas que la aceptan. ¿Qué es la sociedad del espectáculo? «el dominio autocrático de la economía mercantil que había alcanzado un status de soberanía irresponsable y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que acompañan ese dominio» (Ibid, p. 14). ¿Cuáles son estas técnicas?: «convertir en mundo la falsificación y hacer la falsificación del mundo» (Ibid, p. 21); «hacer desaparecer el conocimiento histórico en general» (Ibid, p. 25); haber «eliminado los últimos vestigios de la autonomía científica» (pág. 51) y conseguido que «el secreto domine este mundo, y ante todo como secreto de la dominación» (Ibid, p. 72).

Otros autores en sociología como Anthony Giddens y Pierre Bourdieu, han reflexionado profundamente sobre la sociedad actual y su violencia simbólica y cultural. Johan Galtung (1989), sociólogo y matemático, uno de los mayores expertos del mundo en el tema de la violencia, la define con gran precisión, dejando claro su origen cultural; la violencia no es innata, no forma parte de la naturaleza humana. Distingue tres niveles de violencia: directa, estructural y cultural. La violencia estructural «está edificada dentro de la estructura y se manifiesta como un poder desigual y, consiguientemente, como oportunidades de vida distintas» (Galtung, 1969: p 37). En este sentido, formas de violencia estructural son la desigualdad de oportunidades, la discriminación sexual del trabajo, la explotación, la feminización de la pobreza, el desempleo masivo –especialmente entre las mujeres–, la diferencia salarial. Una estructura -social- violenta deja marca no sólo en el cuerpo humano sino también en la mente y en el espíritu. Por violencia cultural el autor quiere significar aquellos aspectos de la cultura, la esfera simbólica de nuestra existencia ejemplificada por la religión y la ideología, el lenguaje y el arte, la ciencia empírica y la ciencia formal, que puede ser usada para justificar o legitimar la violencia directa o estructural. En este sentido, la violencia cultural hace referencia a la permanencia de la violencia por su legitimación y su justificación. Este autor afirma que la violencia contra las mujeres es una estructura de poder que se llama patriarcado.

Michel Foucault, filósofo, y Tomas Szasz, psiquiatra, entre otros, analizan las estructuras del poder y la ideología. El poder conforma toda relación sobre la asimetría entre la autoridad y la obediencia. Se trata de estrategias que actúan siguiendo mecanismos de represión e ideología. La ideología sería entendida como una mentira disfrazada de verdad, todo un aparato ideático mitómano para controlar un orden basado en la dominación. No obstante, hay algo de delirante en la ideología, de tal manera que se puede avanzar un común denominador entre ideología y esquizofrenia: una estructura mental que permite fabular una falsa conciencia. El poder, con ayuda ideológica, produce lo real, que no es otra cosa que la obediencia servil, llamado normal.

Se desarrollará la psicología social y política con el estudio de la maldad y la obediencia, entre otros temas. Experimentos como el de Stanford con Zimbardo (1973) o el de Milgram (1963, 1974) sobre la obediencia, ponen en evidencia la maldad en gente corriente y vulgar. Se estudiarán temas como la violencia de grupo, el genocidio. Más recientemente con la neuroética, se estudia la moral (o la ausencia de esta) y su desarrollo.

Estos y otros muchos autores de casi todas las ramas de la ciencia, describen el funcionamiento de la sociedad, un funcionamiento cruel, narcisista, perverso, inhumano, dominante, autoritario, centrado fundamentalmente en el capitalismo. Todas estas líneas de investigación, además de converger, ahondan en la violencia pura como un estado permanente, haciendo desaparecer la política y los estados. Y para ello, se desarrolla todo un sistema perverso de legitimación de esta dominación: la «democracia». Y eso es en definitiva el capitalismo. Todos estos autores, de manera explícita o implícita, hablan de patología cultural y social, cimentada en la violencia y la ideología como forma de legitimación. Una patología inscrita en el registro narcisista. Desde un punto de vista clínico, todas estas descripciones apuntan a una manera de hacer que corresponde a una categoría diagnóstica: la psicopatía. En este sentido, resulta lícito etiquetar al capitalismo y a nuestra civilización de psicópata. Efectivamente, para algunos autores se trata de «una sociedad psicopática» (Garrido, 2000, p. 12), no ya solo por el accionar de estas personas psicópatas, sino como «resultado del comportamiento de personas que, sin desarrollar plenamente esa condición, han adoptado formas psicopáticas de relación con los demás» (Ibid, p. 13). Lo que Hanna Arendt bautizó como banalidad del mal.

Claudio Naranjo (2018), psiquiatra, nos dirá que la estructura central que comparten todas las civilizaciones es el patriarcado. En este espíritu, en esta mentalidad, en esta mente, se halla el mal fundamental de esta civilización. La civilización es la sociedad patriarcal y la historia de la civilización y del patriarcado es en realidad la historia de la brutalidad, de la barbarie enmascarada en el ideal del héroe. Figura que comparte algunos rasgos con la psicopatía. De hecho a quienes afirman que «existe una línea muy fina (…) entre el héroe y el psicópata» (Dutton, 2013, p. 137). La barbarie occidental nos es desconocida porque se oculta bajo nobles ideales. Este autor expone más precisamente la tesis de que el mal de la civilización es la mente patriarcal. Afirma que la raíz ignorada de los males del mundo y del alma está en el patriarcado. En este sentido, la civilización, lejos de haber significado un triunfo en la evolución de la humanidad, constituye fundamentalmente la causa de los problemas colectivos e individuales, idea que ya en su día apuntaron autores como Rousseau, Nietzsche, la escuela de Frankfurt y el Club de Roma. La sociedad de hoy destruye la naturaleza, la cultura, las personas, los valores. El contrato social está roto.

Pero ¿qué es el patriarcado? ¿de qué hablamos cuando hablamos de mente patriarcal? Se trata de un conjunto de fenómenos íntimamente relacionados entre sí. Uno de los principales es la subordinación a una autoridad patriarcal. Una autoridad que además de violenta, implica una desvalorización, subordinación y explotación de la mujer (y de su prole). El fenómeno patriarcal es un complejo compuesto de una autoridad violenta que se concreta en una desvalorización del cuidado y del bien común (solidaridad), en una criminalización de lo instintivo, así como en una desconexión de la intuición (Naranjo, 2010). Destaca una aniquilación lenta y progresiva de lo femenino, tal y como se ha definido e instituido en este paradigma y de todo lo que el mundo femenino implica, según este particular paradigma. Se trata de un «chauvinismo masculino» que afecta a todas las personas en general porque se subordina el cuidado, el amor, la solidaridad y el cultivo (cultura) a la explotación, la competencia y el individualismo, valores que constituyen el trasfondo de nuestras sociedades y del despotismo económico. Como afirma Kali Halloway en su artículo, «La masculinidad patriarcal está matando a los hombres», la construcción tanto de lo masculino como de lo femenino resulta destructivo, generando traumas, disociaciones, adicciones, depresiones. En definitiva, provocando una muerte espiritual. Y estos efectos empeoran cuando conciernen al género, la clase social o la raza entre otros factores de discriminación.

Si el ser humano es un ser fundamental y naturalmente social, los problemas individuales como tales, en realidad constituyen malestares sociales y culturales. En otras palabras, podríamos decir que la mente patriarcal describe una condición cultural, política y social de lo humano, profundamente interiorizada, de tal manera que «… la mente patriarcal subyace a las patologías individuales» (Naranjo, 2018, p. 34). Se trata de un proceso complejo que conlleva una pérdida de contacto con lo instintivo, con la naturaleza humana, con el potencial humano y con el autoconocimiento. El principal instinto natural perdido es el de la ayuda mutua (Kropotkin, 1920), un instinto amoroso, en el sentido de relacional, solidario y afectivo, que nos ha permitido sobrevivir como especie. Un factor evolutivo que obedece a las leyes de la naturaleza relacionado con la sociabilidad.

Una mente disociada tiende a disociarlo todo. La disociación se concreta en una variedad de experiencias que van desde un distanciamiento leve del entorno o de ciertos estímulos, hasta distanciamientos graves como la separación de la experiencia física y emocional. Es un mecanismo de defensa mental que aleja de la realidad. A través de este mecanismo la mente pretende controlar. Desde el punto de vista psicoanalítico, la disociación consiste en escindir, separar, elementos disruptivos para el yo del resto de la psique. Así, el sujeto convive con fuertes incongruencias sin que tome conciencia de ello. En el caso del patriarcado, este se disocia de todo lo femenino, quedando solo lo masculino. La disociación siempre es desvalorizante puesto que la ambivalencia de las cosas de la vida es dividida, separada, de forma maniquea, convirtiendo a lo disociado en distinto, en demonio a expulsar y por lo tanto, siendo proyectado hacia fuera y convertido en enemigo contra el que luchar. El psiquiatra suizo Eugen Bleuler (Novella y Huertas, 2010) a esta incapacidad de integrar existencialmente la ambivalencia que existe en el mundo real, lo bautizó como ambivalencia esquizofrénica. Este tipo de pensamiento maniqueo, disociado, es característico del egocentrismo, ya sea este individual (androcentrismo) o colectivo (etnocentrismo). Un mecanismo patológico esquizoide fruto de la imposibilidad de integrar los «opuestos». La diferencia es vivenciada como amenazadora y como tal, será convertida en opuesta y proyectada hacia fuera, en forma de demonio o enemigo. Para el sociólogo y filósofo húngaro Joseph Gabel (1962) esta forma disociada de pensamiento caracteriza a la ideología. Se trata de una disociación de tipo esquizoide, pero racionalizada; un racionalismo patológico. La ideología, continua el autor, desvaloriza la parte disociada por cosificación o reificación. Y esta cosificación sería el denominador común con la esquizofrenia. Este pensamiento concreto utiliza una lógica arcaica desde un punto de vista del desarrollo. Es decir, que el pensamiento ideológico sería de tipo regresivo; la vuelta a un pensamiento primitivo, más simple, con un componente emocional fuertemente maniqueo, conduciendo a la demonización del contrario, a explicar toda la historia simplificándola; en el caso, por ejemplo, de la ideología nazi, como una lucha entre razas, y en el caso del comunismo como una lucha entre clases. En la ideología, la historia no es temporal, no ha sido vivida sino soñada, delirada, inventada, mitificada. Se trata de un pensamiento encapsulado, enrocado en sí mismo, un bucle, y como tal ajeno, alienado, extraño a la realidad y por lo tanto, inaprehensible a la experiencia. Esta dualidad disociada de manera esquizoide y eyectada al exterior se ve claramente en la ideología patriarcal. Una ideología (con)fabulada en una división (a)histórica de géneros, supuestamente natural y biológica, en la que aparece un género no solamente opuesto a otro, sino disociado, demonizado; enemigo genérico –la mujer– contra el que luchar y a dominar. En esta ideología patriarcal, se plantea la supremacía masculina, se disocia lo femenino de lo masculino en una incapacidad para integrar las diferencias, se cosifica lo disociado, lo femenino, y se le convierte en enemigo a dominar, controlar, por fuerza. De la demonización a la violencia y a su liquidación no hay más que un solo paso. 

En este sentido, la ideología (y práctica) neoliberal, forma extensa y extensiva de la ideología patriarcal cuyo objeto principal es la cosificación de la otredad, convierte a todos los seres humanos en cosas; personas robotizadas que buscan compensar su empobrecimiento o vacío a través de todo tipo de pasiones, adicciones. La adicción es una de las muchas formas que toma la patología de la gente normal dentro del capitalismo. En este escenario, lo normal, en tanto que norma, constituye la patología de la normalidad (Fromm 2008) o normopatia (McDougall, 1978 y 1989). Formas de patología de la normalidad que se concretan en la sumisión, la conformidad, la obediencia y los convencionalismos (Pavon-Cuéllar, 2018). La anormalidad de la norma está en hacer lo normal, lo que se espera; en adaptarse a la situación y cumplir su rol (Zimbardo, 1973), en obedecer (Milgram, 1963), en conformarse al grupo (Ash, 1956 y Sherif, 1936). Así se ha ido formando y conformando no solamente una modalidad en el ejercicio y la práctica de la autoridad, conocido como autoritarismo, sino una personalidad autoritaria, un espécimen antropológico, convertido en norma. La normopatia patriarcal significa que la dominación masculina sobre lo femenino, basado en una arbitrariedad cultural (Bourdieu y Passeron, 1981), es decir que no puede deducirse de ningún principio universal ni tienen una relación con la naturaleza humana, se ha aceptado como normal, implementándose así la violencia en todas sus expresiones para conformar este orden patológico.

La ideología neoliberal, se trata de una patología social cuya raíz se hunde en el patriarcado, una mente patriarcal subyacente todas las civilizaciones desde el neolítico. Empezó por el dominio masculino en la familia y éste se ha transferido de la vida familiar a la vida política y de esta a la económica, particularmente con los valores que han inspirado el liderazgo masculino fundamentado en el espíritu guerrero –hoy depredador– de competencia y conquista. En definitiva, una androcracia sustentada en un «chauvinismo masculino» –machismo– que ha desvalorizado, limitado, desempoderado y explotado a la mujer desde una violencia autoritaria o autoridad violenta. Así pues del despotismo familiar se ha pasado al despotismo político y económico. El sometimiento de la mujer en la familia es el precedente de todos los posteriores sometimientos, esclavitud y desigualdades (Naranjo, 2010). La violencia de esta primigenia apropiación, que empezó siendo directa, se ha, además, transformado en estructural y cultural. Las relaciones de propiedad son incompatibles con relaciones intersubjetivas yo-tu, porque las relaciones de propiedad son relaciones cosificadas. A las posesiones se las deshumaniza. No olvidemos que la mujer fue –y aún hoy– primigeniamente tratada como esclava doméstica. «Esta relación-objeto respecto a la naturaleza, extractiva, no recíproca y explotadora, establecida primeramente entre hombre y mujer y entre hombre y naturaleza, se ha mantenido como modelo para todo el resto de los modelos patriarcales de producción incluyendo el capitalismo, que la ha desarrollado en su forma más sofisticada y generalizada» (Mies, 2019, p. 148)

A nivel intrapsíquico, esta doble apropiación de mujeres y prole, supone una doble inhibición disociativa: todo lo relacionado con el amor y las relaciones humanas: empatía, solidaridad, bien común, y otra, sobre todo lo instintivo, lo intuitivo, lo creativo, lo artístico, lo «inútil». En definitiva, disociada del amor y aplastando la libertad.

Desde un punto de vista neurocientífico, si el cerebro humano se compone de tres partes: reptiliano o instintivo (que se ocupa del 30% del comportamiento humano), emocional límbico mamífero o afectivo o relacional (que se ocupa del 60% del comportamiento humano) y el neocortex, el cognitivo, el más reciente en la evolución, que solo se ocupa del 10% de los comportamientos humanos, podemos decir que la mente patriarcal, elimina (o lo intenta) lo relativo a lo relacional y lo instintivo, quedándose solo con lo racional. El resultado es que la eliminación de lo «irracional» genera paradójicamente una razón irracional que es fundamentalmente violenta y depredadora. El resultado de esta razón idiota es la barbarie. La sobreracionalización nos ha hecho irracionales. La mente patriarcal empobrece el psiquismo humano porque nos disocia de la parte humana y la parte animal del ser humano. Y de la misma manera que el desarrollo de la neurosis viene de nuestra necesidad de adaptarnos a situaciones traumáticas vividas en la infancia, la civilización con sus valores psicópatas parece ser la respuesta adaptativa al trauma del final de la abundancia en el neolítico, que obligó a los hombres a volverse rapaces y bárbaros. La mente patriarcal, la mente de las mayorías dirigidas por unas minorías psicópatas es lo que algunos autores como Christophe Dejours (1998) han llamado normosis o normopatía, es decir, la psicopatía elevada al rango de normalidad, en tanto que norma. Todos los problemas que afectan a la humanidad derivan de esta degradación ética y de conciencia, así como de los intentos de compensar el desequilibrio generado.

La mente patriarcal es más que el conjunto de mentes individuales, es más que una manera de ser aberrante; es mas que una autoridad violenta, desamor o deshumanización, domesticación de la naturaleza humana desconexión o disociación con otras partes del ser humano. Es un fenómeno cultural porque dicha mentalidad se reproduce a través de las generaciones. Todas las instituciones políticas, sociales y culturales se encargan de reproducir esta mente, esta ideología.

Ahora bien, esta ideología disociada no es inconsciente sino consciente, es decir, las personas saben que hacen mal –por eso se oculta– pero lo siguen haciendo. Es lo que se llama encapsulamiento, uno de los criterios diagnósticos de perversión. Y para seguir actuando, se debe legitimar, justificar, explicar, estas acciones. Se debe desarrollar una serie de mecanismos de defensa que produzcan una ceguera ética, para lo cual a su vez, se debe crear toda una serie de instituciones que produzcan y reproduzcan este orden de cosas. Y por eso, esta ideología –para quienes la profesan– debe desaparecer como ideología y ser naturalizada. Es así porque es (y debe ser) naturalmente así. Se trata de invisibilizar la fabricación humana del patriarcado y de la economía neoliberal por extensión. En este sentido, la sociedad queda estructurada por una pequeña minoría que planifica y organiza para que las cosas sigan como están. Estructuras englobadas dentro de las patologías narcisistas. Una población, de manera globalizada, enculturada en valores psicópatas que promueve, gracias a mecanismos de defensa como la disonancia cognitiva, entre otros y una minoría disidente que será aniquilada de una manera bárbara o civilizada, dependiendo de en qué área geográfica nos encontremos.

Pero también nos encontraremos con la perversión que |1] en su sentido más amplio se refiere al funcionamiento comportamental según la máxima del goce y su satisfacción a cualquier precio, es decir, que el yo de la persona perversa no se opone a la modalidad anormal de satisfacción. En este sentido, psicopatía y perversión, no siendo conceptos equivalentes se solapan, se imbrican y retroalimentan, como es el caso de las ideologías patriarcal y neoliberal, condensadas en la prostitución.

Perversión

Para comenzar diremos que la perversión, en sentido etimológico, es una versión exagerada o hiperbólica de algo. Esta exageración altera o trastorna el estado o significado de las cosas hasta el punto de invertirlos. La perversión, sin ser una categoría diagnóstica, incluye una serie de síntomas, para algunos, mecanismos mentales, que operan bajo el principio de la no contradicción o «significaciones opuestas que conviven sin excluirse» (Talavera, 2017, p. 362). En este sentido, se trata mas bien de una estructura cognitiva emotiva lingüística o «figura discursiva (…) una construcción del lenguaje» (Ibid), conformada por mecanismos intrapsíquicos de desplazamiento y condensación como la denegación o repudio: «se que está mal, pero lo hago». La perversión pone por encima de todo el principio del placer, independientemente de si se puede hacer o no. Es un sistema de pensamiento que no admite límite para el deseo. Lo perverso es la satisfacción del deseo por encima de todo.

La perversión, circunscrita «erróneamente» al ámbito sexual, ha sido «dulcificada», «edulcorada», bautizándola como parafilia, esto es, «La excitación por la respuesta a objetos y situaciones sexuales que no forman parte de los patrones normativos de excitación-actividad y que en diversos grados pueden interferir en la capacidad para una actividad sexual basada en la reciprocidad y en el afecto» (Welldon, 2014, p. 76). La condición perversa de la sexualidad está en la objetivización, es decir, la utilización de la otra persona no como individuo, sino como un medio para un fin. La otra persona es percibida como objeto, la menos parcial. Stoller menciona el odio erótico, es decir que «en el centro del acto perverso se halla el deseo de herir a otros» (Stoller en Welldon, 2014, p. 75).

A continuación, se expondrán y desarrollarán una serie de rasgos psicodinámicos y fenomenológicos que describen específicamente la perversión. Welldon (Ibid) nos dirá que para una valoración diagnóstica certera, «al menos cuatro de estas características deberían estar presentes:» (p. 81).

1) Encapsulamiento; una especie de «disociación consciente» puesto que la persona sabe que está haciendo mal o daño y sigue haciéndolo pero de manera oculta.
2) Compulsión a la repetición: es la repetición del acto por necesidad imperiosa, irrefrenable o incontrolable.
3) Participación del cuerpo: tiene que haber conducta perversa, no solo pensamiento o fantasía.
4) Relación de objeto parcial: Solo interesa el objeto parcial, no el total. Solo interesan trozos del cuerpo o el cuerpo, no la persona.
5) Interferencia emocional: es mezclar el odio en el amor. No se hace el amor, se hace el odio.
6) Deshumanización del objeto: cosificarlo. Quitarle su condición humana y cultural, acercándolo al mundo animal y objetal.
7) Sexualización. Fenómeno que ocurre cuando los valores de una persona están directamente relacionados con su atracción y conducta sexual, dejando de lado otras características personales, es decir, la persona siente que vale a los ojos de los demás sólo por sus atributos físicos y por su capacidad de atraer sexualmente a otros.
8) El significado simbólico escapa a la conciencia. La persona puede ser consciente de su compulsión pero no saber porqué o para qué o el origen.
9) Inscripción fija: La rigidez cognitiva autoritaria de que “las cosas tienen que ser así y solo así”, siempre igual. Nada debe cambiar. Siempre ha sido así y siempre seguirá así. Ejemplos de este tipo de “ideas fijas” son los delirios y las obsesiones.
10) Hostilidad: Es la agresividad y violencia. Un tipo de hostilidad inconsciente porque no sabe a quién odia y de quién se quiere vengar. Esta hostilidad incluye la humillación.
11) Temores extremos a sentirse atrapado o invadido.
12) Necesidad de tener el control total.
13) Engaño con el matiz de vivir como si fuese otro, la filosofía del impostor. Un falso yo, un yo disfrazado.
14) La habitual separación entre los asuntos de la vida pública y la privada aparece mezclados en forma de escándalos.
15) Correr riesgos. Irresistible atracción hacia situaciones de riesgo que ponen en peligro vidas.
16) Incapacidad para el duelo.
17) Defensa maniaca contra la depresión» (Welldon, 2014, pp. 81-83).

Todos estos rasgos se evidencian perfectamente en la mente patriarcal, así como en una de sus instituciones, la prostitución. Veamos cómo.

El pensamiento encapsulado en la prostitución se evidencia en la división de la mujer en puta, mala y virgen, buena. Esta visión encapsulada, tiene que ver con la propia concepción masculina en sí misma ya disociada. Gran parte de la carencia masculina de habilidades sociales es consecuencia directa de esta disociación con el cuerpo, con las emociones, con la expresión afectiva, asociado todo ello a la feminidad. Tengamos en cuenta que la identidad masculina se define por oposición y rechazo incluso, a la femenina. No debe haber ningún indicio de feminidad en la masculinidad. En este sentido, también es fundamental para el universo masculino desligar el sexo de cualquier vínculo emocional, para lo cual la prostitución es perfecta. La masculinidad patriarcal induce al odio de lo femenino. No solamente la falta de habilidades sociales o de inteligencia emocional, sino el alejamiento del mundo femenino hace que los hombres desconozcan a las mujeres, lo que les llevará al miedo y al rechazo, cuando no al odio. De ahí, la asociación ideológica de la mujer a lo demoníaco, la brujería. La inquisición como feminicidio representa un ejemplo de ello. Pero en general, son muchos los hombres que perciben en la mujer una amenaza, un ataque a su virilidad. Y por extension, la igualdad es percibida como una amenaza ya que, al identificarse con valores masculinos, si desaparecen estos, desaparecen ellos como hombres. De ahí, la crisis de identidad masculina. Y de ahí, gran parte de la violencia de género, como reacción defensiva a su proyectada aniquilación. En la prostitución, la mujer es objetivizada y representa un medio para un fin: la adquisición identitaria.

En lo referente a la compulsión a la repetición, debemos entender que la prostitución plantea la sexualidad masculina como una necesidad imperiosa que debe ser satisfecha. La sexualidad masculina es planteada como un derecho, una exigencia inmediata. «Dichos mitos implican que un hombre, si se le provoca, no puede resistirse y tiene que agredir a la mujer. Lo que quiere decir que su deseo sexual o como la mayor parte de la gente lo define, su instinto sexual, necesita de una satisfacción inmediata» (Mies, 2019, p. 302). Todo hombre debe tener acceso al cuerpo de una mujer. Y este acceso debe ser compulsivamente repetido dentro o fuera de la prostitución. Por supuesto, el paradigma de la compulsión al sexo, lo tenemos en la adicción al sexo, fundamentalmente masculina. Y en la pornografía.

En cuanto a los criterios de participación del cuerpo, relación de objeto parcial y deshumanización del objeto, decir, que en la prostitución no interesa la mujer en tanto que sujeto libre y sexuado. Interesa solamente el cuerpo de la mujer. Pero, en muchos casos, tampoco el cuerpo globalizado, sino solo partes de este. A veces incluso, solo los agujeros. No basta la fantasía masturbatoria.

Relativo al criterio de deshumanización y cosificación del objeto, en este caso, el cuerpo de la mujer, diremos que el mundo de la prostitución funciona de acuerdo a los valores simbólicos que el mundo social aplica a la mujer, es decir, desde una perspectiva masculina que otorga a los hombres y mujeres distintos significados. A la mujer, de objeto sexual. La cosificación también va en la equiparación de la mujer a una mercancía. Y la relación en general de la mujer a la economía, incluso cuando se la considera como una carga económica. O como cuando algunos prostituidores aducen utilizar la prostitución para ahorrarse el dinero de tener que salir y gastarlo para seducir y conquistar. Con la prostitución se ahorran, dicen. En otras palabas, las mujeres les salimos muy caras. Y a esa parte de la economía también se aduce en los divorcios. Muchos hombres, conciben la pensión alimentaria como un pago a la mujer, no a la descedencia. Muchos de ellos se escaquean de pagar y de reconocer que el desarrollo del bienestar económico de muchos hombres, se ha hecho a costa del sacrificio profesional y económico de las mujeres.

En cuanto al criterio de hostilidad, se ha establecido una relación entre prostitución y misoginia (Segato, 2010). Ese odio a la mujer y al mundo femenino que se expresa en su dominación, denigración, humillación y desvalorización de la cual, la prostitución es una de las múltiples formas de expresión. La hostilidad, agresividad y violencia se ponen de manifiesto de manera transversal en esta práctica, no solamente por el hecho de que la prostitución incluye muchísimas veces violencia directa, llegando incluso hasta el feminicidio. En esta violencia directa incluimos las violaciones, la trata, los abusos, los matrimonios «concertados», el maltrato, las humillaciones, las vejaciones, las amenazas, la intimidación. Además, la prostitución se enraíza en la violencia estructural, particularmente, económica, es decir, que la prostitución existe en gran medida porque se ha sometido a las mujeres a una desigualdad económica y a una pobreza, en muchos casos extrema. La violencia simbólica hacia la mujer en la prostitución se pone en evidencia en la concepción masculina que se tiene de servidumbre y esclavitud. Se sabe por algunos estudios sobre la motivación masculina en la prostitución, que dicha práctica es una estrategia de refuerzo de una masculinidad, esto es, una identidad ambigua y ambivalente, profundamente contradictoria, entre la dependencia –hacia la mujer– instrumental masculina y la independencia o dependencia contrafóbica afectivo-emocional (Ranea, 2012).

Aunque no se ha hallado perfiles socioeconómicos en los prostituidores, si se han hallado categorías discursivas, no necesariamente excluyentes (Gómez-Suárez y Verdugo-Matés, 2015). Varias de estas categorías hacen referencia a la interferencia emocional, a esa especie de ambivalencia amor-odio en la relación con las mujeres. Así, en muchos prostituidores existen dificultades de socialización con el otro sexo y con la gente en general. También hay una desconfianza en la mujer, un cierto temor que en algunos se exacerba en odio.

Sobre el control total, ni que decir tiene que el patriarcado ha designado un lugar y un espacio muy concreto para la mujer con el fin d controlarla. Lugares y espacios de los cuales la mujer no debe salir ni puede en muchísimos casos-, a saber hogar (matrimonio), calle o prostíbulo (prostitución), el ámbito privado o doméstico. En los casos en los que puede salirse, el precio a pagar es el castigo en sus múltiples formas.

La perversión en la masculinidad patriarcal, esa exageración o hiperbolización de las «cualidades masculinas», encuentra su máxima representación en el macho alfa. No obstante, la perversión masculina afecta igualmente a la mujer. Así, tenemos esa exageración hiperbólica de lo que debiera ser la mujer: joven, bella, seductora, sumisa, complaciente y dispuesta a aumentar el ego y autoestima masculina a través de su cuerpo y su actitud. O a la carta, como en la pornografía. El paradigma femenino de la sumisión se encuentra en la prostitución encarnado por la imposibilidad de decir no. La perversión masculina está también en que justamente la prostitución no es una cuestión sexual sino de dominación. Si la satisfacción sexual masculina fuera una necesidad imperiosa bastaría con la masturbación como práctica. La perversión de «lo femenino» también se encuentra en otra institución como el matrimonio, para el cual se pervirtió el significado del amor, de manera a seducir a la mujer, aumentando así su docilidad y sumisión. Pero este es otro menester.

En la psiquiatría clásica los conceptos de psicopatía y perversión significaban lo mismo. Hoy se dice que hay solapamiento en ambos conceptos. Si podemos considerar la psicopatía como una de las figuras de la perversidad actual. Y también que la perversión sexual está englobada como criterio diagnóstico en la psicopatía.

Característias de la psicopatía

Uno de los rasgos distintivos de la psicopatía es la cosificación que consiste en quitarle el rango de persona al otro, descalificarlo, minimizarlo hasta vivenciarlo como una cosa. La cosificación es quitar los atributos que hacen del otro una persona semejante (Marietán, 2008). Las demás personas para la persona psicópata son cosas a ser utilizadas para sus propósitos. Una de las maneras de quitar el rango de humano es deshumanizarlo y para ello, se le atribuye rasgos naturales, comunes a los animales; se les aleja de la cultura, es decir, se les despoja de rasgos específicamente humanos. Una cosificación con impunidad afectiva, es decir, sin costes afectivos. Hugo Marietán (Ibid) define la psicopatía como «una manera de ser con necesidades distintas y formas atípicas de satisfacerlas» (p. 98). No obstante, reconoce que se puede adoctrinar a personas comunes para lograr que cosifiquen a otros. Este proceso se da en las guerras, en las dictaduras, entre otros contextos.

El psicópata tiene un estilo propio, una manera de hacer repetitiva psicopática, un patrón singular de actuación. Veamos algunos de los rasgos descriptores más frecuentes:

«A. Satisfacción de necesidades distintas.

A.1. Uso particular de la libertad.

Al igual que un señor feudal, tiene derecho sobre sus siervos. Puede hacer lo que quiera porque “todo es posible”. Tener poderes hacer y tener impunidad.

A.1.a) Intolerancia a los impedimentos.

A.2. Creación de códigos propios.

A.2.a) Sorteo de las normas. Estas están para saltárselas. Son un obstáculo a las ambiciones. Se ajusta el comportamiento a su propia ley, determinando lo que está bien y lo que está mal.

A.2.b) Falta de remordimientos y de culpa.

A.2.c) Intolerancia a las frustraciones y reacciones de descompensación.

A.2.d) Defensa aloplástica: colocar la responsabilidad de los resultados desfavorables en los otros y en el entorno, para evitar las consecuencias y asumir su participación en ellos.

A.2.e) Autocastigo: estar sin comer todo el día.

A.3. Repetición de patrones conductuales.

A.3.a) Ritos y ceremonias.

A.3.b) Sello psicopático.

A.4. Necesidad de estímulos intensos.

A.4.a) Asunción de conductas riesgosas.

A.4.b) Tendencia al aburrimiento.

A.4.c) Escasos proyectos a largo plazo: viven el presente con desprecio del pasado e indiferencia hacia el futuro.

A.4.d) Uso de drogas.

A.4.e) Búsqueda de emociones intensas.

A.4.f) Satisfacción sexual perversa.

A.4.g) Aspecto lúdico: la persona psicópata es un apostador. Apuesta que “se saldrá con la suya”. Juega a “que no va a pasar nada”.

B. Cosificación.

B.1. Egocentrismo. Solo trabajan para sí.

B.1.a) Sobrevaloración. Hipervaloran su potencial para conseguir cosas, llegando hasta la megalomanía.

B.2. Empatía utilitaria. Habilidad para saber y captar las necesidades de los demás. No es una empatía emocional sino intelectual, cognitiva. Es una mirada en el interior de la cosa, el otro, para saber sus debilidades y obrar a partir de ellas manipulando.

B.3. Manipulación. Manejo de otra persona para que actúe de acuerdo a la voluntad de la persona psicópata. Para ello hay que captar y seducir.

B.3.a) Seducción.

B.3.b) Mentiras.

B.3.c) Actuación: como un actor, miente con el cuerpo.

B.3.d) Fascinación.

B.3.e) Coerción. El medio por antonomasia para ejercerla es la amenaza ya sea física o psicológica. Utilizan el miedo de las personas. Lo explotan hasta doblegar.

B.4. Parasitismo. Es vivir a costa de los demás. El otro es su medio de subsistencia.

B.5. Relaciones utilitarias.

Relaciones mercantilistas.

B.6. Insensibilidad.

B.6.a) Crueldad.

B.6.b) Tolerancia a situaciones de tensión.

C. Acto psicopático grave.

C.1. Tormenta psicopática.

C.1.a) Homicidio.

C.1.b) Masacre.

C.1.c) Violaciones y asesinatos en serie.

C.1. d) Otros actos asociales graves.

C.2. Perversiones sexuales.

C.2.a) Parafilias. Patrón de comportamiento sexual cuya fuente de placer son objetos, situaciones, actividades o sujetos «atípicos». Ejemplos: fetichismo, pedofilia, gerontofilia, exhibicionismo, frotismo, masoquismo, sadismo, voyeurismo, travestismo, necrofilia, zoofilia, hipnofilia, misofilia, urofilia, asfixiofilia, coprofilia, salirofilia, alorgasmia, autonepiofilia, corefalismo, cyesolagnia, morfofilia, xenofilia, etc.

C.2.b) Incesto» (Marietán, 2008, pp. 99-100).

Según las investigaciones, «la psicopatía se compone de dos tipos de constelaciones de rasgos (o dimensiones). La primera incluye el área emocional o interpersonal, es decir, todos aquellos atributos personales que hace que el sujeto psicópata se desentienda de su componente más básicamente humano» (Garrido, 2000, p. 34): la bondad, la compasión, la empatía, el amor, la capacidad de apego o de vinculación, la culpa, el remordimiento. Y «la segunda constelación de rasgos remite a un estilo de vida antisocial, agresivo, donde lo importante es sentir tensión, excitación, sin más horizonte que el actuar impulsivo y dictado por el capricho y los arrebatos» (Ibid).

La psicopatía representa la razón sin emoción; la indiferencia afectiva. Hay un déficit integracional entre emoción y pensamiento. Cleckley (1988) lo denomino «afasia semántica» para indicar que este tipo de personas utilizan perfectamente el lenguaje pero este «no representa o expresa nada significativo» (Garrido, 2000, p. 80). La falla parece estar en la integración y apreciación de la experiencia. No asimila la información emocional proveniente del mundo. Estas personas utilizan el lenguaje sin comprender realmente el significado. Son personas que actúan miméticamente. Simulan la realidad. No aprenden de ella. Tanto su lenguaje como su comportamiento revelan dos profundas disociaciones: a) la falta de experiencia emocional, es decir, el sentimiento está disociado del razonamiento b) su juicio está disociado de su conducta (Ibid). La psicopatía fundamentalmente es un desorden de personalidad que afecta al comportamiento ético y moral (Ibid). Nadie duda de que la psicopatía es una personalidad anormal.

Roberte Hare (2003) describe los siguientes rasgos psicopáticos: autoestima elevada, megalómania, gran narcisismo, egocentrismo descomunal, sensación de omnipotencia y omnipresencia: todo le es permitido. Se siente el centro del universo. Se cree un ser superior que debe regirse por sus propias normas. Arrogante, dominante, seguro de sí mismo. Busca poder y controlar a los demás. Incapaz de entender opiniones diferentes a las suyas. Ninguna empatía ni preocupación por los demás. Justifica y explica todos sus actos y niegan cualquier responsabilidad de sus actos. No sienten nada. Vacuidad. Ausencia de afectividad. Se habla de protoemociones: respuestas primitivas ante necesidades inmediatas. Déficit en el control de su impulsividad, falta de autocontrol, escasa o nula tolerancia la frustración, no tolera las criticas, es reactivo.

Todos los autores expertos en el tema coinciden en que la personalidad psicopática realmente no es estrictamente criminal. Se caracteriza fundamentalmente por los delitos de cuello blanco. Y este tipo de persona predomina en nichos muy particulares próximos al poder y al dinero. Nichos favoritos: empresariado, adjudicatura, política, periodismo, todo lo relacionado con lo militar, religiones (sectas) (Ronson, 2017).

La psicopatía representa la encarnación de la maldad por excelencia, entendida ésta como conductas que, de manera intencionada causan daño severo y sufrimiento. «De forma genérica se describe como “el daño intencional, planeado y moralmente injustificado que se causa a otras personas, de tal modo que denigra, deshumaniza, daña, destruye, mata a personas inocentes”» (Baumeister, 2000, 2012; Darley, 1992; Miller, 2004; Staub, 1989; Waller, 2002; Zimbardo, 1995, 2004, citados en Quiles del Castillo y al, 2014, p. 23). La psicopatía se caracteriza por una capacidad de violencia que puede surgir de modo banal en cualquier momento. Banalidad por la falta de objetivo y su gratuidad. Lo que se (le) antoja en cada momento.

La deshumanización femenina, es decir, la animalización y naturalización de la fémina por el patriarcado es harto conocida. Su fin, parece ser fundamentalmente extractivo. En este contexto cultural, la sexualidad además de tener una dimensión social y política, también tiene una dimensión económica (Herrera, 2010). La dimensión económica en la sexualidad femenina sigue la lógica de intercambio de sexo por recursos, de tal manera que entre la mujer prostituta y la no prostituida no habría sino una diferencia de grado (Barash y Lipton, 2003). Idea ya apuntalada por, entre otras autoras, Simone de Beauvoir (2005), para la cual la casi inexistente diferencia radica en la concepción del acto sexual como un servicio. Si bien, en este particular sentido, el patriarcado ensalza algunos de los rasgos psicopáticos mencionados, en particular la cosificación, la mente patriarcal que construye la masculinidad, particularmente la que se define en la prostitución, tiene muchas de las dimensiones o criterios psicopáticos (Cluster B). Desde el lado del prostituidor, es decir, del hombre que demanda prostitución, destacan argumentos que concuerdan con la cosificación, la falta de empatía emocional. Otros argumentos dados por los prostituidores coinciden con rasgos se encuentran dentro del descritpor «A. Satisfacción de necesidades distintas» como la falta de remordimientos, intolerancia a las frustraciones, defensa aloplástica, autocastigo, tendencia al aburrimiento, búsqueda de emociones intensas, satisfacción sexual perversa, aspecto lúdico y en casos, repetición de patrones conductuales. En algunos prostituidores en particular, además, se añadirán la satisfacción de necesidades especiales, necesidad de estímulos intensos, las parafilias, sobre todo la pederastia. Quizás por ello, no se encuentre un perfil socioeconómico en los prostituidores, aunque si se podría encontrar un perfil antisocial o rasgos psicopáticos si se estudia a fondo los discursos vehiculados, entre otras variables.

Del lado del proxenetismo y la industria del sexo, se observa claramente el rasgo «C. Acto psicopático grave», además del rasgo «A. la satisfacción de necesidades especiales» y «B. cosificación», destacando el parasitismo, las relaciones utilitarias y la insensibilidad. En este ámbito criminal de la prostitución destacan prácticamente todos los rasgos de la psicopatía (Clusters A, B y C).

Psicopatía: ¿se nace o se hace?

Si bien la mayor parte de especialistas en psicopatía coinciden en que esta no se hace, sino que nace, es decir, no hay un medio que lo genere. «(…) no hay un entrenamiento para lograr una mente psicopática» (Marietán, 2008, p. 98). Se trata de una mente con «necesidades especiales y formas atípicas de satisfacerlas» (Ibid). Esto es, hay individuos que operan al margen de la influencia y el control social de su grupo de referencia y cuya manera de actuar es el interés propio y para cuyo actuar, los demás, son meros instrumentos para conseguir el fin. Para estos individuos, el fin justifica los medios, de tal manera que si algo puede hacerse, debe hacerse imperativamente. Se trata de una moral teleológica finalista que «da cuenta de la transformación perversa de muchos seres humanos en psicópatas funcionales». (Piñuel, 2008, p 147). Así pues, tenemos a personas que nacen psicópatas. Personas sin responsabilidad moral, sin conciencia sobre las decisiones que adoptan. Personas que buscan el poder y que llegan a la cúpula de la política, la economía, de organizaciones poderosas.

No obstante, también son los mismos especialistas los que han ido cerciorándose –a tenor de los hechos– de que la cultura puede ser un caldo de cultivo para el desarrollo de dicha patología. Es decir, que el sustrato biológico de esta patología no es incompatible con su transmisión cultural. Hugo Marietán (2008) reconocerá que, si bien «el psicópata es un cosificador nato, sin embargo, se puede adoctrinar a personas comunes y lograr que cosifiquen a otros, que le quiten los atributos de persona» (p. 210). Este autor explica la diferencia entre la cosificación psicopática y la cosificación en la persona común. Así para la persona común «debe tener como incentivo un hecho externo desencadenante y perturbador» (Ibid, p. 211). También añade como factor que la cosificación debe llevarse «de manera consencuada al menos por el grupo de pertenencia y buscando un objetivo común» (Ibid). Esto ocurre en las violaciones en manadas.

Robert Hare (2003) nos dirá que en realidad se trata de una combinación: por un lado, la sociedad es cada vez más tolerante con la personalidad psicopática, de tal manera que la conducta de la persona psicópata puede volverse más normativa.

Piñuel (2008) afirma que es posible que personas comunes se transformen en seres desalmados y psicópatas. Porque desde el momento en que un ser humano puede ser una mercancía o instrumento para otro, es decir, un mero recurso, se están sentando o ya se han sentado las bases para socializar a las personas normales en una cultura psicópata y perversa. Esto es lo inquietante.

La religión económica sacrificial que es el capitalismo transforma personas comunes, en seres con rasgos psicopáticos, es decir, en individuos cuyos comportamientos exhiben características del hacer cosificador psicópata. Por poner un ejemplo muy frecuente, en las redes sociales es muy común que muchas personas utilicen la seducción, la captación, la manipulación y la mentira para obtener sexo. Un hacer cosificador caracterizado por la «racionalidad instrumental», una lógica amoral, una cosificación, un uso particular de la libertad, una intolerancia a los impedimentos, una falta de remordimiento y de culpa, una intolerancia a las frustraciones y reacciones de descompensación además de una defensa aloplástica; una marcada necesidad de estímulos intensos y gusto por el riesgo; con gran capacidad de manipulación, empatía utilitaria además de egocentrismo. Muchos son sujetos no psicópatas que han aprendido normas psicopáticas, de tal manera que terminan «desarrollando un estilo de vida muy cercano al de un psicópata. Pero se trataría de una psicopatía creada por una cultura que, en muchos sentidos, desarrolla en los sujetos la crueldad y el crimen como forma de vida» (Garrido, 2000, p. 16). Y esto pasa justamente con la prostitución. Hay muchísimas personas que aceptan, ven normal y digno de regularse; que ven normal, saludable y deseable que el cuerpo (o trozos de este) de la mujer específicamente, sea objeto y mercancía del deseo (de poder) sexual masculino. Esto es lo que se llama cultura de la prostitución englobada dentro de la cultura neoliberal y patriarcal. En este caso, el error de atribución, uno de entre muchos sesgos cognitivos que deforman la percepción de la realidad, justamente, no permite ver o nos hace incapaces de reconocer que circunstancias situacionales y estructurales puede hacer cometer barbaridades y comportarse psicopáticamente a personas «normales».

Mecanismos de psicopatización

Uno de los principales mecanismos de transmisión cultural es el proceso de socialización, proceso mediante el cual el ser humano aprende los valores y comportamientos en su medio ambiente y los interioriza hasta integrarlos en la estructura de su personalidad. «Sin duda, es la vía principal de transmisión cultural de la psicopatía» (Garrido, 2000, p. 94). El otro gran mecanismo de transmisión es la endoenculturación, «que implica que el sujeto aprende su cultura por estar inmerso en ella, por experimentarla día a día» (Ibid, p. 95). Además, están los mecanismos más intrapsíquicos que entran en juego en esta enculturación de gente corriente en la psicopatía. Uno de los mecanismos por los cuales personas normales pueden convertirse en psicópata en su hacer es la disonancia cognitiva (Festinger, 1975). Una tensión generada entre creencias o actitudes y comportamientos contradictorios que se saldará con, o bien un cambio de comportamiento o bien, un cambio en el sistema de valores y creencias, de cara a mantener una coherencia interna. Esto es, «dejar que la persona adopte un modo de vida cuya incongruencia le termina convirtiendo en una continua justificadora de sus actos, sean cuales sean éstos. La perversión moral consiste en terminar aclimatando nuestro pensamiento moral a nuestros actos. Si no puedes vivir de acuerdo con el modo en el que piensas, entonces modifica tu forma de pensar y empieza a pensar de acuerdo con el modo en el que vives y actúas. Cuanto más perversas sean las actuaciones, mayor será la disonancia y más rápido el cambio hacia la moral psicopática (…). Las sectas, las bandas de delincuencia y los regímenes políticos perversos utilizan este mecanismo de disonancia para estimular a personas normales a practicar actos inmorales y bárbaros, con el objetivo de inducir a sus adeptos a una posición moral psicopática que les transforme moralmente y les haga después más manejables» (Piñuel, 2008, p. 148). Iñaqui Piñuel (Ibid) describe otros mecanismos psicológicos como «la presión situacional o mimetismo grupal» (p. 179), además de la «trivialización y banalización del mal». Así, se producen modificaciones estructurales en el hacer de la persona, efecto de una acomodación psicológica progresiva y paulatina a la maldad a través de una serie de mecanismos como:

1. Generar máxima indiferencia ante las actuaciones perversas y respecto a sus víctimas. Piñuel (2008) habla del síndrome de «esto no va conmigo». Una indiferencia que destruye las redes de solidaridad grupal y de apoyo entre individuos. «Esto no es de mi competencia».

2. Generar un estado de enajenación de la responsabilidad moral por el comportamiento propio y ello, a través de una obediencia a la autoridad. De esta manera, no hay culpables. Y de haberlos, es la propia víctima; proceso de victimización criminal.

3. Involucrar a personas a que jueguen determinados roles estipulados por la organización.

4. Generar distancia psicológica para con las víctimas.

5. Generar un estado de temor y paranoia.

6. Seducir, influenciar a través de un liderazgo carismático. Lavar el cerebro.

7.- Aprendizaje por imitación, emulando modelos.

A su vez hay un proceso progresivo de dimisión ética interior en la gente común. Una especie de anestesia o insensibilización moral que desemboca en una parálisis moral o resignación ante lo «inevitable». Martín Seligman (2000) bautizó a este proceso de incapacitación para defenderse, como «indefensión aprendida». Esto lleva a la resignación, a la depresión, al bloqueo, a la inacción. Nada se puede hacer con el mercado, la economía, etc. No hay otro modo de hacer las cosas. Esta resignación general –renuncia– aplicada al mundo de la prostitución se traduce en creencias como «es el oficio más antiguo del mundo», «la prostitución existe desde siempre», «la prostitución existe en todas las sociedades». A nivel económico, la perspectiva normativa nos dice que los hechos económicos y empresariales tal y como los conocemos son una realidad inevitable e incluso natural propia de la evolución.

Por otra parte, la visión banal y trivial del mal hunde sus raíces en una «arcaica cosmovisión religiosa sacrificial acerca del mundo» (Piñuel, 2008, p. 188). Lo que significa que hacen falta víctimas y recambiar las víctimas, para que el sistema continúe funcionando y retroalimentarlo. Es lo que se llama el pensamiento único de la religión económica o capitalismo neoliberal. Es necesario sacrificar seres humanos, además de animales y otras entidades vivas. Eso si, muchas de esas víctimas son sacrificadas con su «libre consentimiento» y beneplácito. «Es el precio que hay que pagar». Esto aplicado a la prostitución dentro del marco económico del neoliberalismo sexual se traduce en tráfico de mujeres jóvenes para «abastecer el mercado» y responder así «a una demanda», creada artificialmente, cada vez mayor. La ideología de la prostitución dice que corresponde al mercado (de mujeres) satisfacer las necesidades sexuales masculinas, a las cuales el hombre tiene todo su derecho. Por lo tanto las mujeres serán mercancía de usar y tirar, en algunos casos literalmente.

En definitiva, sí se puede adoctrinar en la psicopatía a personas comunes y de hecho se hace. Este proceso se suele dar en toda guerra y en procesos bárbaros como el holocausto. Pero también se suele dar en violaciones en grupo y otra serie de actos bárbaros como la tortura. Sin ceñirnos a la psicopatía criminal, también dicho pensamiento cosificador se da en la economía y en la política. Este pensamiento cosificador propio de la psicopatía está en la base de muchas medidas económicas y políticas que afectan a la población en general en su detrimento para llenar los bolsillos privados de ciertas personas o entidades como las corporaciones. Lo propio de este pensamiento cosificador es crear una distancia psicológica y que la relación persona-persona, se convierta en persona-cosa. La filósofa Sayak Valencia (2010) habla de «capitalismo gore», «una manifestación descontrolada y contradictoria del proyecto neoliberal», «heteropatriarcal y masculinista» que genera profundas polarizaciones económicas, promueve un consumismo compulsivo y utiliza la violencia como forma de (necro)empoderamiento. Según esta autora, la aspiración consciente o inconsciente para formar parte de un sector privilegiado hace que surjan subjetividades capitalistas radicales, «sujetos endriagos» que protagonizan un «agenciamiento perverso», «utilizan la violencia para enriquecerse y ascender socialmente». «Los sujetos endriagos», explica Valencia, «son individuos que, educados para cumplir con las exigencias de la masculinidad hegemónica, tratan de zafarse de la precariedad estructural a la que están condenados (…) a través de prácticas ultraviolentas (asesinatos, secuestros, torturas…) que generan una intensa actividad económica. Una actividad que aunque se sitúa en los márgenes de la economía legal es fundamental para el funcionamiento de ésta. Es decir, hacen del ejercicio de la violencia una fuente de ingresos y con ella consiguen, por un lado, reafirmar su masculinidad y, por otro, abandonar su condición de sujetos económicamente precarios y pasar a formar parte de los sectores privilegiados de la población que pueden satisfacer las exigencias hiperconsumistas. A juicio de Sayak Valencia, la emergencia de estas subjetividades endriagas pone de manifiesto que en el capitalismo tardío, la vida ya no es importante en sí misma sino por su valor en el mercado como objeto de intercambio económico» [2]. En la prostitución (y pornografía) estas subjetividades endriagas están representadas, entre otras, por los proxenetas o las personas que se dedican a la trata, entre otras. De esta forma, se produce una «transvalorización» que «lleva a que lo verdaderamente valioso hoy sea el poder de hacerse con la decisión de otorgar la muerte a los otros» (Ibid). Este nuevo necropoder que se aplica desde esferas inesperadas para los detentadores oficiales del poderpuede verse como una especie de duplicidad deformada del capitalismo y, al mismo tiempo, como un fenómeno que refleja la incapacidad del proyecto neoliberal de generar, en palabras de Mary Pratt, «pertenencia, colectividad y un sentido creíble de futuro».

Frente a estos patriarcados de coerción, existen los de consentimiento (Puleo, 2005) para hablar de un tipo de patriarcado, propio de las sociedades desarrolladas, en el que la coerción deja de ser el método por excelencia utilizado por el poder para seguir las normas sexo-género, para pasar a un sometimiento voluntario, a través de la incitación (seducción y fascinación). Como Celia Amorós ya lo explicó, las formas del patriarcado se van adaptando «a los distintos tipos históricos de organización económica y social, preservándose en mayor o menor medida, sin embargo, su carácter de sistema de ejercicio del poder y de distribución del reconocimiento entre los pares.» (Puleo, 2005, p. 41). 

No podemos olvidar que la práctica capitalista hunde sus raíces en el patriarcado, ideología con rasgos psicópats, aceptada por una inmensa mayoría, por haber sido socializada en ella hasta el punto de invisibilizar la maldad y pervertirla, convirtiéndola en bondad.

Cultura psicopática; cultura de la maldad

La psicopatía, moralmente hablando, puede definirse como la idiotez moral y el psicópata representa el perfecto idiota moral. Vicente Garrido (2010) habla de estupidez como un desequilibrio entre los intereses personales y los de los demás. Estúpida puede calificarse a la persona que maximiza el interés personal propio, «eligiendo metas que vulneran los derechos de los demás, siendo un tipo egocéntrico y cruel, en suma viviendo en contra de los valores como la justicia o la compasión» (p. 130). Desde esta perspectiva, los psicópatas son estúpidos; estúpidos morales puesto que su comportamiento «es el contrario al que dicta la sabiduría: no persiguen actuar siguiendo un equilibrio entre lo que yo deseo y lo que los demás desean, sino que su meta es, al contrario, anular a los otros para sentirse bien ellos» (Ibid). Psicopatía, idiotez moral e irracionalidad van de la mano. Es el fracaso de la inteligencia (Marina, 2016). Fracasos de la inteligencia son, entre otros, el dogmatismo, el prejuicio, el fanatismo [3]. Si la inteligencia es «la capacidad de un sujeto para dirigir su comportamiento» (Ibid, p. 16), la razón no sirve, puesto que ésta es instrumental y «no puede seleccionar nuestras metas finales» (p. 24). Una inteligencia inteligente tiene en cuenta los marcos. Existen marcos irracionales como la guerra. Estos trazos forman parte de la personalidad autoritaria (Adorno y col. 1959).

La ética y la moral forman parte del uso racional de la inteligencia. En consecuencia, el actuar sin ellas, constituye todo un fracaso. La inteligencia no concierne estrictamente lo intelectual sino que «La verdadera inteligencia (…) es una mezcla de conocimiento y afecto» (Marina, 2016, p. 54). La estupidez tiene que ver con la pobreza afectiva. No hay una inteligencia cognitiva y otra emocional. En este sentido, confundir los afectos es uno de los principales fracasos de la inteligencia. Pero vivir sin estos resulta realmente estúpido y conduce invariablemente al fracaso.

Un aspecto fundamental de nuestra inteligencia es el lingüístico, es decir que «nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística» (Ibid, p. 78). Y «nuestra conciencia se teje con palabras» (Ibid). Por lo tanto nuestra inteligencia, nuestra razón, la racionalidad humana es fundamentalmente narrativa, no numérica. La falta de palabra, la imposibilidad de nombrar, de hablar, el silencio, enferma. De hecho, existen numerosas pruebas entre las dificultades lingüísticas y la violencia. La inteligencia es fundamentalmente dialógica y social. Todo lo que tenga que ver con lo humano es social antes que individual. «La mente individual es en realidad “social”, en su génesis y en su funcionamiento» (Ibid, p. 82) y «la conciencia (…) aparece entonces como una forma de contacto social con uno mismo» (Ibid, p. 83). Por ello, todo lo que sitúe al ser humano fuera de su condición social, será estúpido, es decir un fracaso inteligente, una irracionalidad, además de psicopático.

El patriarcado constituye un marco dentro del cual se definen los géneros y sus comportamientos. No tener en cuenta los mecanismo de género, o lo que es lo mismo, someterse a ellos sin cuestionamiento, representa un fracaso de la inteligencia porque significa funcionar sin tener en cuenta que las diferencias culturales imponen también mecanismos lingüísticos (y de significados) diferentes según el género. Por ello, no tener en cuenta este marco cultural y simbólico desemboca en estupidez, irracionalidad, autoritarismo, fanatismo y prejuicio, generando graves daños y perjuicios.

La idiotez moral, nos dirá Bilbeny (1995), parece constituir el mal de nuestros tiempos, una apatía moral que se concreta en la insensibilidad, en el exterminio del alma humana, en su deshumanización. Para este autor está claro, el máximo exponente de la idiotez es la persona del psicópata; un «ser errático», «profundamente antisocial». Este es realmente el mal: la idiotez moral. Una apatía moral, una idiotez fomentada. El sistema económico neoliberal necesita idiotas morales, «personas» que no piensen, no sientan, personas desafectadas, con falta de empatía, egocéntricas y con poco sentido de la responsabilidad y de culpa. Este es el espíritu de nuestro tiempo: idiotez, amoralidad, estupidez, irracionalidad, inteligencia fracasada. De alguna manera Goya tenía razón cuando dijo que «el sueño de la razón produce monstruos». Así pues, la psicopatía parece haberse convertido en el «espíritu de nuestro tiempo» (Alan Harrington, citado en Garrido, 2000, p. 85). Y constituye «un enorme problema social» (Garrido, 2017, p. 19). «Si cada época tiene una personalidad modal, funcional a su fase propia de relaciones económicas (…) la estructura psicopática se presenta hoy como la personalidad modal. La personalidad psicopática se presenta hoy como la estructura de personalidad mejor equipada para operar de forma funcional en la orden de la fase apocalíptica del capital» (Segato, 2016, p. 101). En este mismo sentido, «… una cultura psicopática puede favorecer el desarrollo de estructuras nerviosas (biológicas) más predispuestas hacia la explotación y la insensibilidad hacia los demás» (Garrido, 2000 p. 96).

La psicopatía, nos dicen las personas expertas, no es necesariamente criminal sino «integrada» o «cotidiana». Al contrario, la mayor parte de personas psicópatas no se dedican al crimen: «otras muchas personas son psicópatas y no se dedican al crimen» (Garrido, 2000, p. 12). Se «adaptan» a diferentes circunstancias, se camuflan, manipulan y desacreditan las instituciones públicas y privadas; socavan la confianza de las personas y son capaces de tomar decisiones que perjudican a muchas personas, desoyendo las necesidades de los demás. Estas personas «Constituyen uno de los mayores desafíos que tiene la humanidad del siglo XXI» (Garrido, 2000, p. 12). ¿Porqué? Porque el medio social puede ser de vital importancia para inhibir este fenómeno o para fomentarlo. De tal manera que actualmente para muchos autores, estamos ante una sociedad psicopática. «Problemas» como la guerra, el crimen, las drogas, la contaminación, los genocidios, la prostitución, la pornografía, la violencia, entre otros, son fruto de una cultura psicópata. «El perfil psicopático, su ineptitud para transformar el derrame hormonal en emoción y afecto, su necesidad de ampliar constantemente el estímulo para alcanzar su efecto, su estructura definitivamente no-vincular, su piel insensible al dolor propio y, consecuentemente y más aún, al dolor ajeno, su enajenación, encapsulamiento, desarraigo de paisajes propios y lazos colectivos, la relación instrumental cosificada con los otros… parece lo indispensable para funcionar adecuadamente en una economía pautada al extremo por la deshumanización y la ausencia de límites para el abordaje de rapiña sobre cuerpos y territorios, dejando solo restos» (Segato, 2016, p. 102).

Ahora bien, todos estos problemas existen no solo porque hay personas psicópatas, sino porque muchas personas comunes han adoptado formas psicopáticas de relación con los demás. De ahí que creamos que la calidad de vida de nuestra especie, pase por luchar contra la extensión de la psicopatía (Garrido, 2017). Las «normas psicopáticas» se aprenden. Muchas personas sucumben a la presión de una vida en donde la violencia se extiende, adoptando un estilo de vida cercano al de un psicópata. Por lo tanto, por un lado tenemos a aquellas personas psicópatas caracterizadas por un estilo de vida antisocial, para lo cual no les hace falta camuflarse. Son criminales. Duros, egocéntricos y violentos. Pero tenemos otras dos categorías, una, aquellas personas psicópatas delincuentes pero que se camuflan como personas respetables. Asesinos sexuales que trabajan 8 horas, maltratadores de esposas e infantes que asisten a reuniones de padres. Policías que manejan trata de blancas. Jueces que cometen los delitos que juzgan. Industriales y banqueros que siembran la desesperación en la economía, que hunden empresas, bancos, etc. Líderes de sectas. Proxenetas que reclaman ser respetados como empresarios. Esta categoría también está compuesta por políticos y hombres de estado psicópatas, asesinos, criminales de guerra, militares, responsables de asesinatos en masa, genocidios, años de miseria (Garrido, 2017). Todas estas personas tienen una doble vida. Otra categoría de personas psicópatas es la no delincuente técnicamente pero que en relación con los demás, exhibe todas las características de poder, dominio y humillación. Personas que hacen mobbing, que acosan, psicópatas familiares que arruinan familias enteras, que estafan, falsifican. Se conocen como personas «psicópatas integradas o cotidianas»».

La cultura patriarcal neoliberal se caracteriza por la erosión de la ética y la moral. Domina la violencia y la barbarie en todas sus diferentes manifestaciones, porque se ha convertido en formas de negocio, de hacer dinero. El bien individual, particularmente el de una élite parasitaria, no productiva y apropiadora, prima sobre el bien común. La esclavitud, disfrazada y pervertida por la noción de contrato, consenso y libre mercado, parece la forma de vincularse más característica en el sistema. Una sociedad caracterizada por la anomía, el cinismo, el individualismo. En este contexto la personalidad psicopática parece la más adaptativa (Garrido, 2000). Desde luego, valorizada. Se trata de evitar necesitar e interdepender de otras personas, de desarrollar una indiferencia suficiente para despreocuparnos. «El siglo XX ha descubierto que la maldad es cosa de pura rutina, para lo cual sólo hay que anestesiar el sentimiento» (Bilbeny, 1993, p. 57). Se trata de una cultura que cultiva el narcisismo, rasgo de la psicopatía, de un modo desaforado.

Si bien las personas psicópatas han existido en todas las culturas, su prevalencia (distribución) es diferente, lo que prueba el impacto de la cultura en el desarrollo o inhibición de dicha patología.

El machismo como patología | La prostitución, perversión que confirma y conforma la mente patriarcal

La socialización en la masculinidad patriarcal parece más bien ser una socialización con rasgos psicopáticos cuyo eje central o epicentro está en la violencia moral de la cosificacióon. Y ello puede afirmarse así, porque «está atravesada por la normalización de la crueldad y la brutalidad, a través de la anulación de la empatía hacia los/as otros/as.» (Ranea, 2019, p. s69). El mandato de la masculinidad es «Esa “formación” del hombre, que lo conduce a una estructura de la personalidad de tipo psicopático –en el sentido de instalar una capacidad vincular muy limitada- está fuertemente asociada y fácilmente se transpone a la formación militar: mostrar y demostrar que se tiene “la piel gruesa”, encallecida, desensitizada, que se ha sido capaz de abolir dentro de sí la vulnerabilidad que llamamos “compasión” y, por lo tanto, que se es capaz de cometer actos crueles con muy baja sensibilidad a sus efectos. Todo esto forma parte de la historia de la masculinidad» (Segato, 2018, pp. 47-48). Lo que hace psicopática y estúpida a la masculinidad patriarcal es fundamentalmente el aprendizaje de la insensibilidad: «Aprender a no sentir, aprender a no reconocer el dolor propio o ajeno, desensitizar-se (…) forjan la personalidad de estructura psicopática funcional a esta fase histórica y apocalíptica del capital» (Ibid, p. 81). Los hombres particularmente a través del patriarcado, no están enculturados o socializados en el amor, la solidaridad, el cuidado, el bien común, la compasión, sino en el odio, la guerra, el conflicto, la tensión, la violencia, la hostilidad. El amor no es el centro de sus vidas. Deben renegar de su afectividad, es decir, deben mutilarse emocionalmente: no expresar, ni sentir valores como la ternura, la compasión, el cariño, el amor, la fragilidad. La violencia es un valor en la identidad masculina: «La agresión de los machos de nuestra especie ha militado contra una cultura tierna» (Ibid).

La Asociación americana de psicología reconoce la existencia de una forma ideológica de masculinidad cimentada en la homofobia y la misoginia además de en prácticas violentas físicas y sexuales (APA, 2018).

El machismo o mente patriarcal que diría Claudio Naranjo (2018), es un tipo de locura estándar que ha llegado a considerarse en tanto que norma, como normal, de tal manera que no vemos su insania. La hegemónica mente patriarcal, es descrita como una mente voraz, dominante, competitiva, represiva, insensible, disociada, amoral, instrumental. La mente patriarcal tiene une ética de guerreros nos dirá Claudio Naranjo (2010), siempre en guerra por el territorio. Una mente muy alejada de la naturaleza, del instinto. La sociedad patriarcal, desde sus comienzos allá por el neolítico, es calificada por este autor como canalla, basada fundamentalmente en la propiedad y la domesticación de aquellas personas tipificadas como inferiores. El régimen patriarcal va más allá de la política de los sexos. Destacan la deshumanización y la enajenación. Dicha mente, además de ser, nos sitúa en un mundo competitivo, nada colaborador, posesivo, colonizador, jerárquico, vertical. Una mente conquistadora. Una actitud bandida, canalla, inmoral. El mundo civilizado es un mundo muy inmoral, malvado, porque no quiere al otro; no tiene sentido del bien común.

Dados los rasgos psicópatas y perversos descritos, entendemos el machismo o la mente patriarcal como una ideología con marcados rasgos psicópatas y perversos que atraviesa toda la sociedad en su vertiente directa, simbólica y estructural. La mente patriarcal es fundamentalmente una mente violenta, una mente mala, una mente banal. El (des)orden patriarcal atraviesa transversalmente la sociedad, la cultura y la mente. En este sentido, este orden constituye la condición patológica y patologizante del ser humano actual.

Las –pocas– investigaciones sobre prostituidores parecen hacer emerger que la prostitución está directamente relacionada con las masculinidades contemporáneas construidas sobre una práctica sexual compulsiva o adictiva y sobre una socialización grupal que actúa de testigo confirmatorio y de refuerzo de esa masculinidad (De Miguel, 2018). La prostitución o los espacios de prostitución son espacios de resignificación, escenarios de reconstrucción subjetiva de una masculinidad –y feminidad hegemónica en reacción frente a los cambios sociales. En otras palabras, como un mecanismo de defensa. Ante la crisis de la identidad masculina basada en la desaparición de ciertos criterios constitutivos como son el trabajo para fortalecer rol de proveedor y el de autoridad familiar, quedan asociados a esta identidad, e incluso fortalecidos el ejercicio de la violencia y la actividad sexual en esta nueva construcción o defensa identitaria. No es por azar que más avanzan las mujeres en sus derechos, mayor parece la radicalidad de algunas respuestas como el aumento de la prostitución y la pornografía, la cultura de la violación y ahora los vientres subrogados. En sus declaraciones, muchos clientes relatan razones y justificaciones que apuntan hacia proyecciones misóginas o ligadas a complejos y patologías, y que por tanto, confirman la hipótesis de partida, es decir la práctica clientelista se relaciona con un modelo masculino disfuncional en sus relaciones afectivo-sexuales con los miembros del otro sexo (Villa, 2010). La prostitución es una escuela de desigualdad nos dirá la filosofa Ana de Miguel (2018), en donde se aprende a desempatizar, a cosificar, a (hiper)sexualizar, a maltratar a la mujer. Y eso es una socialización en valores psicópatas.

Conforme el capitalismo avanza hacia el neoliberalismo, la identidad masculina dominante se centra en un falocentrismo narcisista, desplazando al modelo tradicional (padre-protector-proveedor) hacia otros espacios como los espacios prostitutivos donde se ampara, reproduce y legitima lo que queda de la identidad masculina, cimentada en la penetración como una especie de conquista. Los elementos en los que se apuntala esta dimensión son: consumo colectivo; pacto de silencio compartido por los prostituidores y grupos de amigos para que lo que ocurra dentro del club no trascienda, y presencia-uso del falo (Suárez y Verdugo, 2015). Estos elementos originan un impecable código compartido por los sujetos virilizados, conformando la «subcultura prostitutiva», que puede considerarse un exponente más de la violación de los derechos humanos y de la violencia de género. En este contexto, la prostitución resulta un síntoma (patológico) de una forma de vivir (la sexualidad) misógina, violenta y cruel que, en el contexto europeo, se ha abordado de diferentes maneras: bien apostando por su legalización (Holanda y parte de Alemania), bien optando por la abolición, persecución y penalización del cliente (Suecia) o bien por opciones intermedias como en Francia, en donde se persigue el delito de trata de personas, el proxenetismo y a los clientes que compran sexo a personas vulnerables (menores, etc.). Pero, lo que concluyen los investigadores, tales como el politólogo Víctor Lapuente o los economistas Nikles Jabobsson y Andres Kotsadam es que en los países donde se legalizó la prostitución, el tráfico de prostitutas ilegales y víctimas de trata ha crecido considerablemente, al revés de lo que ocurre en los países más restrictivos o abolicionistas (de Miguel, 2018).

Ahora bien, llama la atención que en realidad, la construcción de la masculinidad está cimentada sobre la dependencia, es decir, «se construye en relación a la feminidad» (Ranea, 2019, p. s.66), concebida ésta a su vez como un instrumento reforzador de la hombría. El sujeto hombre aparece en la construcción masculina ficcionado como autónomo. Por lo tanto, la autonomía masculina resulta ser una mentira, puesto que la masculinidad se conforma en una relación jerárquica con respecto a la feminidad. El género se construye en relación patológica, puesto que un hombre se define como tal, a través de relaciones de instrumentalización de las mujeres. Aquí está de nuevo el rasgo cosificador psicópata por excelencia. En esta cosificación femenina, el hombre construye la feminidad en base a una enfatización muy particular según la cual ésta, la mujer, se construye y se representa para los hombres, es decir, para su satisfacción, adaptándose a este y en función de su utilidad para el poder hegemónico masculino. Y aquí es introducido el concepto de utilidad tan característico de la mente psicópata. La mujer tiene que ser útil al hombre. Es lo que decía Rousseau. Toda una paradoja: Se niega la feminidad pero se la necesita para construir la identidad masculina. De esta manera, el capitalismo global fortalece los (patológicos) patriarcados contemporáneos porque la prostitución sostiene el orden patriarcal, perpetuando y fortaleciendo los roles diferenciales de género, particularmente los que se ensalzan en el terreno de la sexualidad (Ranea, 2019). En la prostitución, no solo se aprende sino que se reproduce la mente patriarcal.

Por otro lado, la masculinidad hegemónica resulta ser una encarnación del (abuso del) poder en sí misma, que se representa en determinados comportamientos, actitudes, formas de relacionarse. Y recordemos que el núcleo de la psicopatía es el poder. Para la persona psicópata, la alteridad es inferior y se relaciona con esta desde la utilidad extractiva. La persona psicópata es la reina y los demás están para servirles. Modalidad feudal. En la construcción de la masculinidad, este criterio de la psicopatía está presente en la, supuesta, «inferioridad femenina», desde donde se entiende que la mujer está para servirlo; porque el hombre es el rey, el dios. Narcisismo al estado puro. Que el machismo o la mente patriarcal está dentro de la patología narcisista, es harto conocido. Por ejemplo Pierre Bourdieu (2002) tacha de falonarcisimo a ese modelo patriarcal basado en la sexualidad falocéntrica y en la desigualdad. Anastasia Nzang, presidenta de la ONG Igualdad y Derechos Humanos de la mujer en África, utiliza el término falocracia para hablar del poder o gobierno del miembro sexual masculino (Jauregui, 2018).

Otra característica de la construcción de la masculinidad es la socialización, es decir, la homosociabilidad y la fratria, la cual, se erige mediante la exclusión de las mujeres que no pueden ser parte del grupo de iguales, pero a través de las mujeres, es decir, que los hombres necesitan a las mujeres para demostrar que son hombres. Volvemos a esa dependencia parasitaria. Su identidad no se define en base a sí mismos; sino negando la otredad al mismo tiempo que se depende de ella. Pero al igual que las relaciones entre psicópatas lo son por asociación, la fratría masculina también lo es por asociación, no por vínculo.

Una de las cosas que sorprende a muchas autoras en esta cuestión es la falta de una perspectiva de género en la propia definición de prostitución. La demanda de prostitución es mayoritariamente masculina y la mayoría de personas prostituidas son mujeres y mujeres transexuales (Solo el 3% de las personas prostituidas son hombres), por lo que la prostitución constituye un fenómeno sociológico en tanto que práctica masculina. Entonces hay que definirla reflejando esta realidad. La prostitución no es intercambio consensuado entre sexo y dinero. No. La prostitución, dice Ana de Miguel (2018), es una institución que ofrece a los hombres [4] cuerpos de mujeres de libre acceso para su placer (sexual o no) por un precio variable. La prostitución permite al macho no negociar ni tener en cuenta la subjetividad femenina.

Socialización moderna | La banalización del mal en su doble vertiente capitalista y machista

Con todo lo expuesto, sobre los rasgos perversos y psicópatas en lo referente a los sistemas patriarcal y neoliberal, se nos dibuja el patriarcado como un sistema autoritario, totalitario. Y como dijo Hannah Arendt (1998), el totalitarismo se erige sobre un proceso conocido como la «banalización del mal», cimentada fundamentalmente en la legislación, para lograr sus objetivos de supresión progresiva de la libertad hasta alcanzar una dominación total. Una legislación perversa en donde se vacían las reglas del bien y del mal. La ley deja así de ser un marco estable, y es utilizada para fabricar un ser nuevo. Este término, banalización del mal, expresa el actuar de individuos comunes que son capaces de llevar a cabo actos bárbaros, crueles e inhumanos por estar dentro de un sistema totalitario. En definitiva, la banalización del mal viene del acto de hacer daño por obediencia. La motivación puede ser desde ascender dentro de la organización, hasta alcanzar un estatus. Las personas así actúan dentro de las reglas del sistema sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos, los efectos o el resultado final. Son personas que actúan por obediencia, inercia, moda, por el qué dirán, por miedo. Sócrates ya decía que el mal se comete por falta de reflexión y por eso, no es necesaria ninguna dimensión demoniaca para llevarlo a cabo. Hannah Arendt dice que hace falta además de una falta de pensamiento, «un aislamiento de la realidad». Por ello, la autora quiere significar la perversión de las costumbres y todo aquello a lo que se llama normal. El biopoder se ocupa en ese caso de regular ciertas prácticas para que el mal se normalize y sea habitual. De esa manera no hay disonancia cognitiva, lo que hace que no haya ni remordimientos ni culpa, ni se sientan en contradicción. En un contexto así el mal se asienta día a día, volviéndose normal. Los límites quedan desbordados y todo se desdibuja. En estas situaciones, muchas víctimas se convierten en verdugos.

La banalización del mal viene de par con la liberalización del mercado que se viene realizando en estas últimas décadas a través de la falsa creencia de ser el único camino posible; viene de la extendida creencia de que la economía exige sacrificios por el bien de la humanidad. La economía neoliberal nos dice –por medio de las acciones– que en el mundo no hay lugar para todas las personas, no hay comida para todas las personas, no hay derechos para todas las personas, no hay trabajo para todas las personas, no hay viviendas para todas las personas, no hay agua para todas las personas, no hay leyes para todas las personas; simplemente, no hay para todo el mundo. Una vez que hemos aceptado las reglas del juego, cualquier carnicería, cualquier atrocidad queda legitimada, banalizada bajo eslóganes como «es así», «es por vuestro bien». De esta manera, las catástrofes humanas derivadas de decisiones empresariales nos son presentadas como formas inevitables e incluso naturales de la economía (Piñuel, 2008). Esta actitud y forma de hacer totalmente amoral y psicópata es divulgada por los medios de comunicación –el cuarto poder– como el mejor de los mundos posibles y, como no hay otro modo de hacer las cosas, hay que dejar hacer a la «mano invisible» del mercado que opera de manera democrática, igualitaria y objetiva. Nos resignamos ante los designios de la economía y aceptamos estoicamente cualquier barbaridad. No hay culpables, no hay responsables, no hay autoridad; sólo poder que «permite a los líderes de un equipo dominar a los empleados negando la legitimidad de las necesidades y deseos de éstos» (Sennett, 2000: 121). El tipo caracterológico que hace emerger este tipo de poder sin autoridad es el psicópata.

«Casi todos los productos que consumimos tienen una historia oscura escondida, desde el trabajo esclavo hasta la piratería, desde la falsificación hasta el fraude, desde el robo hasta el blanqueo de dinero» (Napoleoni, 2008: 133). Más que de una economía se trata de una depredación, esto es, una economía parasitaria que vive a expensas de muchas personas hasta canibalizarlas de las formas más diversas e inhumanas que existen, entre otras la esclavitud. Esta economía depredadora, genera un estilo de vida psicópata parasitario que consiste en vivir del trabajo de los demás solo para una minoría. «La característica de este modelo es que aquellos que controlan el proceso de producción y los productos no son ellos mismos productores, sino apropiadores. La denominada productividad presupone la existencia y sometimiento de otros –y, en último término, mujeres productores» (Mies, 2019, p. 148). La mayoría acaba siendo esclava, instrumentos para el bienestar de una minoría. En concreto en lo que a la prostitución acontece, la propia industria del sexo y todos los negocios alrededor, viven depredadora y parasitariamente del cuerpo (o trozos) de la mujer. Y como tal industria, utiliza la pornografía a modo de marketing para estimular la demanda.

La banalización del mal viene acompañada de la legalización del mal y ello, a varios niveles. Por un lado, si las personas psicópatas se encuentran fundamentalmente en las esferas de poder representadas por los negocios, las grandes empresas, la política, la religión, la adjudicatura y la prensa, nos encontramos con que estas son quienes actualmente hacen las normas, dictan los principios (Hare, 2003). No basta con que vivan al margen de la ley sino que ellas son la ley. Por otro lado, el hecho de que la economía se rija por el criterio externo de lo que es formalmente legal o está permitido, hace que aquello que no esté explícitamente prohibido sea aceptable. «De este modo, y en el más puro cumplimiento de la legalidad, se pueden implementar los programas más inmorales y las medidas más antisociales y generadoras de sufrimiento humano» (Piñuel, 2008: 149).

Por otro lado, en la banalización del mal en lo que a la masculinidad respecta, tenemos que considerar lo que Rita Laura Segato (2016) llama «pedagogía de la crueldad», esto es, cómo la socialización masculina está atravesada por la normalización de la crueldad y la brutalidad, a través de la anulación de la empatía hacia las mujeres. En este sentido Miriam Miedzian (1995) expone cómo se «enseña a los hombres a ser duros, a reprimir la empatía y a no permitir que las preocupaciones morales pesen demasiado cuando el objetivo es la victoria» (p. 66). La empatía y las emociones vinculadas a la afectividad, han de suprimirse –reprimirse en el mejor de los casos–. La expresión de las emociones en general está vetada en la masculinidad normativa, con la salvedad de aquellas que se permiten ser expresadas como la ira o el enfado (Hooks 2004), y la materialización de esta emoción a través de la violencia sobre la otredad es clave en el devenir de la masculinidad hegemónica. «La ausencia o limitación de la empatía hacia las mujeres como requisito de la masculinidad se estima que es un elemento necesario para consumir prostitución. Este hecho es posible mediante la incapacidad de reconocimiento de la “otra” que es necesariamente cosificada y deshumanizada por aquel que paga por sexo con mujeres que no le desean.» (Ranea, 2019, p. s69).

Pues bien, a través de esta pedagogía, se transmiten muchos de los rasgos propios de la personalidad psicópata, destacando fundamentalmente la falta de empatía y la cosificación. Así pues, la pedagogía de la crueldad parece ser la socialización del hombre en la psicopatía patriarcal. Se le adoctrina al hombre a devenir psicópata, a comportarse como psicópata, a actuar y pensar como psicópata. La banalización del mal en este caso viene representada por la aceptación obediente de la población en general de los roles de género prescritos sin cuestionar, sin criticar, sin negarse a seguir con ellos. La banalización del mal viene de no querer entender que el equivalente a la esclavitud es la desigualdad. No queremos entender que la esclavitud representa una de las patologías sociales y culturales como la guerra, la prostitución, la pornografía, la inmigración. De la misma manera que el Estado se ha definido por Max Weber como aquella entidad que detenta el uso legítimo de la violencia, el patriarcado puede entenderse como aquella entidad masculina definida por su uso legítimo de la violencia de género. Y no solo su uso, sino la amenaza de ejercerla.

La actividad sexual promiscua define la masculinidad, de la misma manera que la promiscuidad sexual define también la psicopatía. Y ambas, no tanto por el placer, como por la representación vacua de un rol con fines de poder y dominación. La doble moral caracteriza tanto a la masculinidad hegemónica como a la psicopatía (integrada). En la psicopatía criminal, la sexualidad directamente es remplazada por la violencia de la desmembración, la canibalidad, etc. La violencia como dominio y control del otro a través del daño. Eso erotiza la «relación». Y es lo que se ve, se escucha y se practica cada vez más en el contexto de la prostitución. La «prostitución gore».

El mundo patriarcal neoliberal se caracteriza por su deterioro ético y moral, por una voluntad (psicopática) de destrucción masiva (genocidios y feminicidios), por el espíritu de conquista y depredación, así como por la falta de empatía, remordimientos y culpa, por la cosificación y deshumanización; por una afirmación o autoridad violenta. «El hombre-cazador es básicamente un parásito, no un productor» (Mies, 2019, p. 149).

Prostitución: barbarie y banalización del mal / Psicopatia cultural o cultura psicopática

La prostitución puede considerarse una de las formas de banalización del mal. Dicha «institución» se compone de toda una serie de comportamientos vinculados con la cosificación de los cuerpos de las mujeres, por lo que puede considerarse como una manifestación más de la violencia de género, que pretenden legalizarla, normalizarla. No obstante, la propia definición de prostitución plantea mal el problema, desviando la atención del núcleo gordiano. El definirla como intercambio de sexo por dinero supone desviar el verdadero problema que se sitúa en la propia concepción masculina de la mujer y la relación de dominación que sobre ella se establece a través del sexo –como servicio en una economía (precaria) de necesidades-, puesto que la mayor parte de prostituidas son mujeres y no se trata de sexo en general, sino de un determinado tipo de sexo ( De Miguel, 2018). Ajustando la realidad, la prostitución en tanto que «institución internacional, y globalizada se basa en sostener que todo hombre tiene “derecho” a satisfacer su deseo sexual por una cantidad variable de dinero» (Ibid, p. 164). Se trata de una práctica mediante la cual los varones buscan y encuentran placer sexual «en personas que obviamente no les desean en absoluto» (Ibid, p. 171). Una relación de poder mediada por lo económico que poco tiene de libre consentimiento y mucho de necesidad.

La progresiva desaparición del contrato social por el capitalismo tardío va generando formas ilícitas y criminales de economía basadas en la esclavitud, la desigualdad y la necesidad. Formas más o menos «pacíficas, basadas en mecanismos de coerción económica» (Mies, 2019, p. 1423). Los contratos sociales se han convertido en contratos de esclavitud (Patteman, 1995) o esclavitud contractual o esclavitud civilizada. Es la «banalización de la injusticia social» (Dejours, 1998). Y ello se ve ya con tal normalidad que mucha gente lo acepta y el poder lo fomenta con toda una serie de mecanismos de coerción económica (en el mejor de los casos) para legalizar, regularizar, legitimar.

La prostitución, hoy transformada en industria del sexo, acentúa la mercantilización de los cuerpos femeninos, ya expulsados en el contrato social original. El nuevo canon de la prostitución adopta formas propias del capitalismo global, al límite entre lo lícito y lo ilícito. De un negocio con escaso impacto económico ha pasado a ser un negocio de pingues beneficios gracias a la economía ilegal (Cobo, 2017). De hecho esta autora sostiene que el hábitat natural en el que se ha desarrollado la prostitución en el siglo XXI es la economía criminal. Es sabido que la prostitución va unida a la mafia y al tráfico de personas. A través de la prostitución, se está produciendo todo un éxodo femenino del sur al norte del planeta. Los postmodernos «barracones» son los prostíbulos, los «pisos» masificados en donde las hacinan. Las transportan en conteiner y de cualquier tipo de forma en condiciones inhumanas muchas veces. Las secuestran, las engañan, las manipulan, las violan, las maltratan, las coaccionan, las matan. Es un proceso lento de aniquilación. La realidad de la prostitución es el éxodo de mujeres, ya que se calcula que más del 80% son inmigrantes. Es la «shoah» [5] femenina del sur al norte del planeta; el postmoderno y neoliberal feminicidio. La prostitución (a)parece (como) «la solución final».

La prostitución se entronca directamente con la (in/e)migración y (la feminización de) la pobreza, la trata; en definitiva la esclavitud femenina. Al respecto Bales (2000) afirma que la servidumbre por endeudamiento y la esclavitud contractual son las principales formas de la esclavitud en el siglo XXI y estas formas son las que adoptan la trata de mujeres y niñas. En este sentido, la prostitución concierne y legitima la criminalidad. Actualmente una prostituta nueva dura tres años y sólo al primero le sacan pingues beneficios. El tercer año ya está quemada.

El criterio por excelencia del patriarcado es la cosificación de la mujer, barómetro que como ya lo hemos dicho, es un criterio diagnóstico fundamental y diferencial de la psicopatía. Este proceso de cosificación va de par con la naturalización, es decir, con la división del mundo en mundo natural y mundo político o cultural. El mundo natural ha sido utilizado por el capitalismo con fines extractivos y expolitativos, además de utilitaristas. El capitalismo global del siglo XXI trata a la mujer exactamente igual que trata a la naturaleza. Ambas significan lo mismo desde esta perspectiva. La mujer está excluida como individuo y ciudadano. En los «contratos sexuales» (prostitución, maternidad subrogada), las personas son eximidas de su condición humana; son despersonalizadas. Se las deshumaniza. No es como en el deporte por ejemplo, en el que un equipo ficha por un jugador. Su yo, su condición humana queda intacta. No se contratan las piernas de un jugador o sus brazos, se le contrata a la persona deportista con todo su ser, su individualidad, su humanidad. En el caso de la contratación sexual, a la mujer se la deshumaniza, se la desmiembra, se la desnaturaliza. Este proceso de cosificación permite que la «relación contractual» que se establece sea además de utilitaria y mercantilista, extractiva e insensible. La «naturalización» de la mujer, es decir, su conversión en algo natural, permite deshumanizarla, proceso que a su vez permite utilizarla como mercancía sin remordimientos ni culpabilidad. La sitúa en el reino animal. La naturalización de la mujer es realmente una animalización. Aquí la oposición naturaleza-cultura cobra forma y justifica la dominación, la extracción y la (auto)explotación de lo femenino. La legitimación de este bárbaro proceso es la base de la banalización del mal. La perversión legal y lingüística permite confundir, en su proceso de convertir lo ilícito, su extracción, en lícito. De la mujer pura y casamentera, se obtiene sexo, descendencia y trabajo doméstico gratuito, de la mujer prostituta se obtiene sexo fundamentalmente, de la mujer subrogada, se obtiene útero para la descendencia. El cuerpo de las mujeres en el capitalismo, al igual que la naturaleza, se le representa como un instrumento para obtener recursos, materias primas. Se trata de una lógica extractiva, característica del capitalismo neoliberal. Se trata de sacar beneficios a cualquier precio. Esta lógica extractiva y parasitaria resulta ser también la lógica psicópata por excelencia. Debajo del parasitismo psicópata, está la lógica extractiva. Obtener máximos beneficios con un mínimo de esfuerzo, como también sigue esta lógica la economía. La cosificación de la mujer en la prostitución muchas veces acaba con la muerte, la desaparición de cuerpos, el desmembramiento y el arrojar cuerpos a las cunetas. Muchas de ellas acaban en la calle.

En la prostitución neoliberal converge tanto la psicopatía integrada con la criminal. La criminalidad es amplia y variada. La «gente» que lleva estos negocios, lo hace porque hay impunidad y complicidad. Se trata de un «negocio» ilícito, el tercero más lucrativo por delante del narcotráfico y por detrás del tráfico de armas. La criminalidad entra en la prostitución de la mano de la trata y del tráfico de seres humanos y ello, porque no hay tanta «mercancía» para abastecer la demanda.

Esta lógica capitalista hace que la mercantilización se cebe sobre el cuerpo y la sexualidad de las personas más discriminadas y devaluadas socialmente. La prostitución no es posible sin la desigualdad, la pobreza que genera. «Esto es, en sociedades con fuertes desigualdades socioeconómicas, las corporeidades devaluadas son representadas socialmente como mercantilizables» (Ranea, 2019), «la prostitución se produce sobre desigualdades y, a su vez, (re)produce desigualdad.» (Ibid).

Legitimación del mal

Para legitimar el mal, se emplea en general el lenguaje, en particular el lenguaje de la justificación. La prostitución se construye, legitima y justifica a partir de un discurso en donde esta actividad es necesaria para un bien mayor. Así, dirán que se previenen violaciones, se evita la criminalidad, se fomenta la libertad y la democracia. Algunas líneas argumentativas para reglar la prostitución igualándola a «un trabajo como cualquier otro», se hace para evitar supuestamente un mal mayor: la explotación, el esclavismo, la trata, las condiciones, los derechos, la desaparición de la economía ilegal, la eliminación de la criminalidad cimentada en la prostitución, el blanqueo de capitales, etc. Los hechos desmienten este argumento: investigaciones hechas al respecto, demuestran que la regulación de la prostitución no solo no ha disminuido todo lo anterior sino que ha ido en aumento (Cobo, 2017). Amén de, en la realidad de los hechos, no ser considerada la actividad un trabajo como los demás, como en el caso de Holanda. De serlo así, las prostitutas podrían pedir la nacionalidad solo con un contrato laboral de prostituta y no es el caso. Esta subordinación del sufrimiento humano a la finalidad de un bien teológico o metafísico ha sido y sigue siendo habitual y estructural en la cultura occidental, lo que garantiza la ejecución o producción del mal de manera habitual y normalizada. Es el sacrificio necesario en esta religión económica. Ahora bien, esta religión, como todas las religiones monoteístas, tiene la pretensión de ser la única, la mejor, la superior y eso es el espíritu patriarcal, el espíritu hegemónico, el espíritu de conquista. Todas las religiones monoteístas están contaminadas del mismo mal de la sociedad, del mundo civilizado, incluso las seculares.

La sujeción-resignación de las masas productoras a un grupo privilegiado con dinero y poder, apropiador e improductivo, permite que el mal se banalice. ¿Cómo? Una minoría organizada emplea la desigualdad, la violencia, la crueldad, la inhumanidad y la explotación. Luego está la difusión e interiorización por parte de la mayoría de estos valores psicópatas a través de la doma o domesticación, la desensibilización y el embrutecimiento. La disidencia es eliminada. Las formas políticas, sociales y culturales actuales son formas de tiranías benévolas o malignas; autoritarismos antidemocráticos, destructivos de todo lo social. Dictaduras económicas y de mercado. Podemos asemejar la psicopatía como una célula cancerígena, que pone en jaque o metástasis a toda la población, volviéndose el cáncer una manera que acaba con la vida humana. En términos freudianos, hablamos de pulsión de muerte, un impulso que busca el retorno a la no existencia. Este impulso busca satisfacer los impulsos agresivos y destructivos, devolviendo la materia a su estado inorgánico. Es el placer de la disolución. Tiende a desarrollarse a través de la proyección, de la violencia, de la no vinculación con el mundo. «El cuerpo entra a jugar un papel importante en esta violencia» (Diaz, 2002), puesto que se dirige hacia él, ya sea éste físico o social. «Explotar estallando su cuerpo, destruyéndolo» (Ibid). «El cuerpo es el sostén material del sujeto» (Ibid) y como tal, soporta la existencia. Es la parte cohesiva, unitaria de un sujeto fragmentado por sus contradicciones. Se pasa de la fantasía de la destrucción del cuerpo (físico y/o social) al acto.

El capitalismo como patología (psicópata) | Lógica perversa

Que la economía es la religión postmoderna que configura la vida humana, es algo conocido por bastantes autores. Y como toda religión, ésta se cimenta sobre el sacrificio de seres humanos. Las víctimas, en este nuevo capitalismo, además de ser sacrificadas, se (auto)sacrifican o incluso autoinmolan… En este sentido, la religión económica constituye el germen de la psicopatía social y cultural del siglo XXI. En otras palabras, «el capitalismo en su expresión más despiadada es una manifestación de la psicopatía» (Ronson, 2011).

Este capitalismo tiene una lógica perversa que consiste básicamente en que «si puede hacerse», «debe hacerse» o lo que es lo mismo «puedo hacer (se puede hacer) todo aquello que instrumentalmente se pueda realizar» o «lo hice porque podía y nada me lo impedía». Posición cognitiva característica de la psicopatía. Es la lógica de la razón instrumental que pervierte esta facultad de raciocinio, volviéndola irracional. De esta manera, la religión económica hace sus sacrificios humanos en base a la razón de costes y beneficios y por el bien de la sociedad; así lo venden. Para lograr un fin, poco importan los medios; solo la solución (¿Final?). Esta es la racionalidad instrumental totalitaria, que coincide con la posición cognitiva tan característica de la mente psicópata. Una religión amoral, sin restricciones ni limites, ni tan siquiera legales, puesto que la ley es el mercado, es decir, «nadie» y a su vez, el poder, que si tiene nombre y apellidos. La lógica neoliberal se presenta como una lógica amoral basada en el cálculo frio y racional de ganancias que va a obtener de las acciones, solo una minoría parásita. Una lógica psicópata sin remordimientos, ni culpa, ni arrepentimiento, ni miedo. Una lógica que negocia con armas, terrorismo, drogas, política; una lógica que mata a quien se interponga en el camino de lucrarse; una lógica que impone y deroga leyes, gobiernos; una lógica que a veces hace ganar a entidades financieras cantidades equivalentes a los productos nacionales brutos de algunos países (Klein, 2012). Una lógica que ha invadido gradualmente todas las capas sociales y que justifica la especulación, tanto de grandes como de pequeños. Una lógica que miente y manipula si es necesario para disfrazar su verdadera motivación. Una lógica que desestructura la sociedad, deshaciendo todo aquello que la cohesiona. Por dividir, divide hasta lo indivisible, que es el propio individuo –multifrenia–, a través de mecanismos psicológicos, resultando de ello el innumerable e incalculable sufrimiento del individuo moderno representado en las numerosas patologías. Esta lógica psicópata está llevada a la práctica por psicópatas; personas que están detrás de la economía, el mercado, la política, los negocios. Seres desalmados a quienes no les importa las consecuencias de sus actos. Seres que liquidan todo aquello que se interpone en su camino.

Gracias a esta lógica basada en la razón, es factible la «desresponsabilización» de las acciones. No es culpa de nadie sino del mercado, la competencia o la presión de los costes. Gracias a la razón de la lógica psicópata se puede justificar la deslocalización de las empresas, el despido masivo, las grandes hambrunas, las condiciones retributivas, los desastres medioambientales, las masacres, la violencia, la desigualdad, la pobreza, la prostitución. Gracias a ello se pueden justificar las enormes riquezas e ingentes beneficios económicos de grandes empresas. Gracias a la comprensión del funcionamiento de la lógica psicópata podemos entender la transformación de muchas personas en psicópatas funcionales (Piñuel, 2008). Esta lógica causa una disonancia cognitiva entre el pensamiento y la acción. Ante esta tesitura, es decir, si los actos generan una dificultad en el vivir, la gente modifica su manera de pensar para así obtener concordancia. De esta forma, el neopsicópata (normopsicópata) justificará sus terribles acciones en función de sus buenas intenciones finalistas (Piñuel, 2008).

El poder como sabemos ha pasado de lo político a lo económico. Solo interesa el dinero, las ganancias. El motor dominante de la actividad productiva ha pasado a ser la acumulación –y concentración– de capital. Se destaca por la destrucción de todo: ecocidio, feminicidio, suicidios, homicidios… es la ontología de la muerte o lo que Freud llamo thanatos. Soraya Valencia hablará de necropoder. Destruye el sentido de comunidad, porque destruye todo aquello que tiene condición de otredad, de diferencia. Una destrucción sin precedentes. Es la esencia de la barbarie. Esta forma de capitalismo ha industrializado la barbarie. Una forma económica dominada por el odio y el placer de aniquilar.

La perversión de los valores morales que trae consigo el dominio del dinero como fuente de poder, asola la vida humana. La psicopatía capitalista es fruto de una decisión racional, calculada, combinada con una incapacidad para tratar a los demás como seres humanos. La finalidad: el beneficio bruto. Así, se entiende que se plantee la esclavitud como forma de vida para una gran mayoría; una esclavitud en muchos casos voluntaria, elegida libremente.

La psicopatía, antes de desaparecer como diagnóstico, fue conocida también como sociopatía para resaltar la dimensión social de esta patología; desde sus orígenes fue una «locura» racional que atentaba sobre todo al cuerpo social. Y anteriormente fue concebida por J.C. Pritchard como locura moral o locura sin delirio por Philippe Pinel (Garrido, 2000). En este sentido, no podemos aislarla en tanto que problema individual.

El capitalismo actual con su promoción de la riqueza, el poder, la fama o el sexo; su necesidad –una vez anulado el deseo– de rebasar todo límite; este tipo de gratificación como motor del progreso social adoctrina mentes psicópatas. Personas incapaces de satisfacción, con la lógica de «siempre más», guiadas por los impulsos y las gratificaciones inmediatas, negando toda limitación, toda norma, toda otredad.

La psicopatía en la política es producto generalmente de tres factores: 1) uno o varios líderes psicópatas 2) una parte de la población que busca en la identificación con esos líderes una compensación a sus carencias, obediente con las consignas emanadas del poder 3) la existencia de psicópatas criminales que realicen «el trabajo sucio» de asesinar, torturar, exterminar (Garrido, 2000).

Las formas «democráticas» occidentales han permitido la existencia de un modo de hacer política psicópata. Formas políticas bifrontes porque por un lado se benefician de la corrupción y por otro lado «limitan» los efectos de la crueldad. Estas formas «democráticas» cuyo garante era el estado, están sufriendo una profunda metamorfosis que ha comenzado con la desaparición del estado, la ruptura del contrato social y el favorecimiento de la esclavitud. La política psicópata doma a sus víctimas, pues se trata de doblegar a la población en general.

La prostitución: bisagra entre machismo y capitalismo

Desde la visión neoliberal, toda interferencia del estado para regular las leyes del mercado debe ser eliminable. La aplicación de este principio neoliberal al patriarcado en materia de sexualidad hace que la finalidad del deseo sexual masculino sea «la libertad sexual absoluta, es decir, acceso sexual ilimitado a todas las mujeres a quienes encuentre deseables» (Fromm, 2008, p. 67). Así el neoliberalismo y el patriarcado entroncan en el erróneo concepto de libertad entendido como injerencia estatal a la libertad individual, por encima de la colectiva. De la misma manera que se trata de liberar al mercado de todo principio regulador, en el mercado sexual, se trata de liberar la práctica sexual masculina de todo principio regulador, de tal manera que la mercancía sexual –la mujer circule libremente, siguiendo «las leyes del mercado». Un mercado que se regula «automáticamente», eliminando así la necesidad de usar la fuerza. En las «sociedades avanzadas», la satisfacción de las necesidades individuales se ha decidido por la fuerza, complementada por la tradición social y religiosa, constituyéndose en fuerza psíquica interiorizada, de tal manera que en muchos casos la fuerza física se hace innecesaria. El funcionamiento económico del mercado se cimenta en la competencia y así es como la competitividad se transforma en trazo caractereológico del sujeto contemporáneo normopatizado. «En el imaginario perviven viejas ideas que, desde un marco proveniente del determinismo biológico, tratan de naturalizar la sexualidad masculina; junto con nuevos marcos de referencia propios de la sociedad de consumo y de la colonización neoliberal de los imaginarios en términos de “libre mercado”» (Ranea, 2019, p. s73).

Existen dos maneras de relacionarse con un objeto, desde su plena concreción, a través de la cual el objeto se nos aparece con todas sus cualidades específicas, no habiendo así ningún otro objeto idéntico. O de una manera abstracta, teniendo en cuenta sólo las cualidades que tiene en común con todos los otros objetos del mismo género. Pues bien, esta cultura occidental postmoderna, se ha centrado casi exclusivamente en las cualidades abstractas de la mercancía. Así, la mercancía –incluidas las personas es valorada bajo una actitud de abstracción cuantificante, olvidándose de su concreción y singularidad. Su esencia ya no es su naturaleza humana concreta, sino una abstracción que puede expresarse en cifras. Esta es la base de la cosificación y deshumanización. En este sentido, en el mercado de la prostitución, la mujer, como mercancía sexual, importa en la medida abstracta y cuantificable de su uso y disfrute. Y su cualidad principal es el valor de cambio.

Así pues, la prostitución se encuentra en la encrucijada de la violencia de género patriarcal y las lógicas consumistas y economicistas que en este siglo han encontrado su hábitat natural en la economía criminal. De esta manera el capitalismo neoliberal ha reforzado los patriarcados contemporáneos, marcados por la lógica extractiva y destructiva, además de parásita. Sobre todo en parte por esa característica del mercado cuya capacidad para articular las demandas patriarcales se torna ilimitada. En otras palabras, la prostitución ayuda al sostenimiento del orden patriarcal, perpetuando y fortaleciendo los desiguales roles de género, además de generar beneficios ingentes. Así, pues «Se puede afirmar que es una institución a través de la cual se ordenan las relaciones de género de una determinada manera, que sigue patrones patriarcales, capitalistas y colonialistas, y por tanto, es útil para el mantenimiento del status quo. Un status quo que se representa en un modelo concreto de masculinidad (hegemónica).» (Ranea, 2019, p. s64)

Con la revolución de los años 60, la corporalidad comienza a vivirse como libertad sexual y empieza a cultivarse el cuerpo. En este sentido, el cuerpo se entiende como capital en el que invertir y como objeto de consumo y de exhibición. Como Baudrillard (2009) explica, con la expansión de la sociedad de consumo, el cuerpo en sí se mercantiliza y se convierte en un objeto más de consumo. No obstante, lo que nos percatamos ahora es que la liberación sexual fue realmente entendida desde un punto de vista masculino. Y en ese aspecto, en el imaginario masculino, se (re)interpreta la prostitución como el culmen de la liberación sexual femenina, mujeres libres que viven libremente su sexualidad. Esa imagen de mujer moderna y liberada con independencia económica y personal mediante la cual se describe en ocasiones a las prostitutas es una máscara que tiene por función disimular los valores y estereotipos que tradicionalmente han oprimido a las mujeres (Ballesteros, 2001 en Ranea, 2019). Los clientes solamente viven su sexualidad con libertad, ya que por la transacción económica, estos pueden disfrutar de los servicios sexuales de la mujer prostituida. El único límite es el monetario. En este sentido puede afirmarse que la liberación sexual puede entenderse según patrones masculinos. (Cobo, 2017). Las mujeres prostitutas en sus discursos en general no viven la prostitución como una forma de desarrollo sexual; sino como algo mecánico y no deseado.

La prostitución no va de sexo sino de poder, de derecho sobre los cuerpos de una parte de la población del planeta claramente discriminada por su género. Hablamos de la apropiación de los cuerpos y de funciones de estos. Va de desmembrar los cuerpos femeninos para utilizarlos. La prostitución va de esclavitud, de pobreza, de necesidad, de inmigración, de guerras. El sexo, como cualquier otra actividad humana, tiene un carácter simbólico y la prostitución, simbólicamente, es una violación; es violencia además de poder y dominio. Eleva a derecho y exigencia la sexualidad masculina. Siguiendo con el aspecto simbólico, que el cuerpo de la mujer es un campo de batalla, tampoco es una idea ajena. Por un lado, la violencia sexual ha sido y sigue siendo una «táctica de guerra» que deja en la vida y cuerpos de las mujeres unas secuelas devastadoras. La prostitución además de constituirse en violencia directa, representa también una forma de violencia económica, estructural puesto que la prostitución se cimenta sobre la pobreza y la exclusión. Y la reproduce.

Resulta difícil justificar determinadas acciones criminales, como por ejemplo la prostitución, si no media una estructura psicopática que la permita como los son en este caso la mente patriarcal y el neoliberalismo. Y también, esta no puede existir sin que «hombres comunes» actúen como psicópatas. Harían falta estudios más profundos sobre las personalidades de los prostituidores. Tras un somero análisis de discurso a partir de los comentarios en blogs y de algunos discursos, se puede observar en general un potencial antisocial (rasgos psicópatas) así como una orientación autoritaria, autoritarismo y una moralización. Como potencial antisocial, destacamos la falta de empatía, los valores morales antisociales y la exclusión moral, esto es, la exclusión de la aplicación de los valores morales como los derechos humanos a ciertos grupos, las prostituidas. De algunos estudios se desprende un autoconcepto pobre, fácilmente amenazado y una visión hostil, paranoide, del mundo (Gómez y Verdugo, 2015). Destaca en ellos grandes frustraciones, dificultades económicas y falta de confianza. Muchos de ellos muestran una orientación cognitiva a la agresión, una falta de autoconciencia y autoaceptación. Y muestran una orientación autoritaria, es decir, personalidades autoritarias (Ibid).

El machismo como cultura antisocial (psicópata), cosifica, deshumaniza lo femenino. La deshumanización viene del lado de animalizar lo femenino, de generalizarlo, de abstraerlo y hablar indistintamente de mujeres, de disociación entre la emocional y lo racional, entre lo corporal y lo mental. El machismo fomenta la guerra de sexos. Está en abierta guerra con las mujeres. Está tan incrustado en la cultura que prácticamente ninguna persona escapa a ella. Quizás por eso, no haya un perfil sociológico del prostituidor, pero si trazos psicopáticos.

La pornografía parece constituir el principal medio de «educación sexual», a partir de la cual, se deshumaniza a la mujer, convirtiéndola en un «producto penetrable por el hombre» (Cobo, 2017, p. 88). Así se la despoja de toda subjetividad, se la cosifica. La pornografía se constituye como la violencia simbólica por excelencia, a través de la cual se propaga una mujer hipersexualizada al servicio del placer masculino. Así pues, pornografía y prostitución representan ambas «instituciones constitutivas del patriarcado». En ellas, se sexualiza la violencia y la muerte en el cuerpo femenino.

¿Prostitución o pederastia?

Que la prostitución, desde la perspectiva del prostituidor, remite fundamentalmente a una perversa disfunción social y cultural, además de individual, la hemos puesto de manifiesto viendo todos los criterios diagnósticos en tanto que psicopatía y perversión’. La prostitución para las mujeres en general, es una experiencia sexual no deseada, vivida por muchas como abusiva y violenta, puesto que requiere la utilización de estrategias manipuladoras para ejercerse. Quizás en donde esta patología se ve más clara es en la prostitución pederasta, etiquetada como parafilia, perversión psicópata por excelencia.

Un fenómeno que llama la atención es que cuando se habla de prostitución, se habla de mujeres y niñas. Efectivamente, cada vez la edad de las mujeres prostituidas desciende, particularmente en los países del cono sur del planeta o conocidos como tercermundistas. En estos países la prostitución infantil (niñas fundamentalmente) está tanto o más demandada que la femenina. Se habla de turismo sexual infantil; en aumento. La causa principal es económica: las necesidades, la falta de oportunidades, la escasa o nula educación. No obstante, la prostitución infantil no ha aumentado solamente en los países tercermundistas sino también en los primermundistas. «Se va hacia una pedofilización de la prostitución» (Richard Poulin en Cobo, 2017, p. 105).

Por lo tanto, más que prostitución infantil, se trata de pederastia, que sí está tipificada como delito. Se trata de abuso sexual a menores, no de prostitución. Este delito, queda claramente definido, como toda conducta en la cual la persona menor es utilizada como objeto sexual por otra persona con la que existe una relación de desigualdad en lo referente a la edad, poder o madurez. Es decir, que cuando la prostitución concierne a la infancia, en ella sí se reconoce explícitamente la cosificación de la persona, la desigualdad, así como las relaciones de poder y dominación y el no consentimiento. Ahora bien, si la prostitución adulta es violenta, la infantil resulta aún más cruel, porque además del abuso sexual, en ciertos países concierne a la trata, la esclavitud, el secuestro, la muerte, la violencia. Este tipo de prostitución es considerada como una violación de los derechos humanos, análoga a la esclavitud y el trabajo forzado.

La principal diferencia entre la prostitución infantil y la adulta parece radicar en el consentimiento, en el contrato. Es decir, que la persona adulta por ser adulta, se interpreta que consiente, que es capaz de contratar libremente. Ahora bien, como hemos visto, es difícil hablar de prostitución «libremente consensuada» en la trata, la inmigración y la pobreza, que constituye más de un 80% de la prostitución total y global. A este argumento añadimos el trabajo de Carole Patteman (1995), sobre el contrato sexual, el cual no existe desde el momento en que hay relaciones de dominación y subordinación. En otras palabras, es imposible un contrato, y por extensión un consentimiento libre cuyo marco de actuación es el contrato, entre víctima y verdugo. Desde un punto de vista legal, solo las personas incapacitadas no tienen capacidad para contratar. Las personas menores de edad, son capaces, aunque los «contratos consentidos» firmados por menores pueden anularse. En otras palabras las personas menores no son absolutamente incapaces. Partiendo pues de la perspectiva teórica de la incapacidad de establecer un contrato de libre consentimiento en relaciones de subordinación, la prostitución adulta puede definirse exactamente como la infantil: toda conducta en la cual la persona prostituida es utilizada como objeto sexual por otra persona (que paga) con la que existe una relación de desiguadad en lo referente a la edad, poder, madurez. En la prostitución tanto adulta como infantil hay cosificación, desigualdad, relaciones de poder y dominación. Se trata de un abuso, es decir ab usus o uso excesivo, impropio, injusto, perverso, indebido. Suponen un atentado contra los derechos humanos. Y por lo tanto a abolir.

Notas

1. Término utilizado por la psiquiatría clásica, la psicopatología y la sexología para designar un conjunto de prácticas sexuales que no se ajustan a lo socialmente establecido como normal en la época.

2. Extraído de un resumen del Seminario-encuentro “Movimiento en las bases: transfeminismos, feminismos queer, despatologización, discursos no binarios”, sesión 3. http://ayp.unia.es/index.php?option=com_content&task=view&id=649.

3. «Incapacidad de aprender de la experiencia» (Ibid, p. 41), por otra parte, muy propia de la psicopatía.

4. El 99, 7% de la totalidad de clientes, son hombres (Ranea, 2019).

5. Término con el que se designó al «éxodo judío».E

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Biopolítica y malestar contemporáneo

Julio Riveros
Psicoanalista. Profesor de la Universidad de Buenos Aires | Argentina
.

En Defender la sociedad Foucault se ocupa de la tecnología del biopoder y toma la “hipótesis Nietzsche”. Las relaciones de poder son “una relación de fuerza en sí mismo.” Si el poder es fuerza, voluntad de dominio, se trata de una guerra que condiciona las relaciones de fuerza en las instituciones, en las desigualdades sociales, en los cuerpos, en el lenguaje. Es necesaria una nueva poiética en democracias fundadas en un suelo que no sea el del desamparo hipermoderno.

Es obligado revisar el texto Nietzsche, la genealogía, la historia, para situar el valor de efecto Nietzsche en la obra de Michel Foucault.

La incidencia fulgurante de la intervención niestzscheana en la obra del pensador francés, se hace patente con el uso que este último hace de la genealogía, concepto que recorta del primero.

De lo que se trata es de dar cuenta, desde otro lugar, de lo que sucede por fuera de lo que se dio en llamar filosofías del sujeto. Dichas filosofías respondían a proyectos que implicaban una manera de pensar el sujeto de la ciencia, el campo experimental, el método científico y por consecuencia un modo determinado de pensar la episteme, sino también un modo de pensar la política, la sociedad civil y el poder.

Y esta ruptura, quizás no sistemática pero sí por cierto efectiva, la empezamos a registrar en los llamados filósofos de la sospecha, post kantianos, post hegelianos, autores que socavaron la certeza del sujeto como la instancia fundadora al plantearse preguntas, nuevas preguntas, nuevos modos, nuevas miradas e indagar cómo se formaron los saberes, indagación genealógica mediante.

Para este propósito, Foucault recurre a Marx y fundamentalmente a Nietzsche y da cuenta de esa herencia, por ejemplo en el texto mencionado en primer lugar y luego en Defender la sociedad, donde vuelve a situar en su clase del 07 de enero de 1976 qué entiende por genealogía.

Si bien en la Conferencia de 1976 que pronuncia en Brasil, en la que instala el uso de la noción de bio-poder [1] Foucault le cuestiona a Freud el uso del modelo represión/instinto, dado que se sostiene en una doctrina del poder que hay que revisar, no le sirve para dar cuenta de la presencia ineludible del bios, de los cuerpos, en la operatoria de nuevas tecnologías de poder.

Foucault cuestiona estas concepciones de poder contractualistas, economicistas, jurídicas, negativas en última instancia. Pone en juego lo que él va a llamar en Defender la Sociedad, “la hipótesis Nietzsche”, donde le da una nueva vuelta a la noción de represión exceso entendido como tributario de lo que Foucault llama opresión), sino como efecto de poder pero tomando a la guerra como el fundamento de esa represión.

Invirtiendo el aforismo de Carl von Clausewitz, dice que la política como la prosecución de la guerra por otros medios y deja de lado a los pensadores clásicos “belicistas” al estilo de Hobbes o Maquiavelo y se queda con la doctrina del poder nietzscheana y usa incluso el método del filósofo de Así hablaba Zaratustra, es decir la genealogía, método que él se ocupa de situar en el campo de la investigación de los saberes.

Por tanto, la política es la operación de una “voluntad de poder” (Willie zur Macht) tal como pensó Nietzsche. Esta es una noción que usa Foucault para dar cuenta del Bios y su relación con el Poder.

Antidarwin

Queda explicitada también del lado de Nietzsche, la impronta de un filósofo muy valioso para él como lo fue Arthur Schopenhauer, sobre todo cómo pensaba las nociones de vida y voluntad.

Sobre esta problemática de la vida y la voluntad de poder, Nietzsche en su aforismo “Antidarwin”, en El crepúsculo de los ídolos, da cuenta que la vida no se trata del despliegue de una lucha por la sobrevivencia y por la vida misma. Lo que para Nietzsche se pone en juego es una lucha por el incremento, por el aumento de poder. Donde falta esta lucha por el poder, donde hay carencia de voluntad de poder, hay “rebaño”, moral de esclavo en oposición a la moral de los señores.

El libro de Charles Darwin que discute Nietzsche es El origen de las especies. Es una obra iluminante de todos modos, porque descentra al hombre de cómo fue pensado hasta la época victoriana, el hombre como producto final y privilegiado de un diseño que lo preexistía. Nada de diseño previo.

Lo que le objeta Nietzsche es su mecanicismo y la finalidad teleológica. Tampoco se trataría para Nietzsche de una lucha por la vida, por la autoconservación. Nietzsche piensa en el poder, no en la conservación; piensa en la autoafirmación de la fuerza, no en la adaptación homeostática. No se trata de la sobrevivencia del más apto. Tampoco de “lo bueno” como aquello que hace a un ser custodiar su propio ser, preservar su propio ser, tal como lo pensaba Spinoza en su Ética.

Por tanto, para Nietzsche no se trata de ningún lugar central en el campo de las especies que estaría comandado por una supremacía de la criatura humana. Se trata del poder y de la voluntad de poder tal como lo explica en varios aforismos de Más allá del bien y del mal y de La voluntad de poderío.

Más allá de Schopenhauer

Si bien Nietzsche reconoce un antecedente importante y valioso en Schopenhauer por los ataques de este a la primacía de la racionalidad, es crítico de su pesimismo que lo liga a cierta visión cristina de la existencia. Ahí donde A. Schopenhauer situaba categorías metafísicas, Nietzsche habla del instinto, de la fuerza, del poder. Nada de metafísica en su postulado. Se trata de un impulso que no cesa, que se impone, que no se debilita, que no se piensa y en el mejor de los casos que se aviene a ninguna domesticación.

El propone una moral de los señores en lugar de la moral del esclavo que dominó la el universo de valores que él cuestiona: “Hay una moral de señores y una moral de esclavos”, dice en Más allá del bien y del mal, “incluso en el mismo hombre, dentro de la misma alma” [2].

El hombre aristocrático, desprecia lo que debilita. No se trataría de una rivalidad bueno/malo, que es de otra procedencia aclara Nietzsche, sino de aristocrático/despreciable, etc. Sigue esa línea argumental donde toda debilidad es una negación a la vida y la voluntad de poder.

Una segunda lectura que se puede hacer de esta “doctrina” de la voluntad de poder nietzscheana, es que asoma la preponderancia del cuerpo, de la pulsión, de lo que va más allá de la moral cristiana, que por otro lado se ha ocupado por siglos de despreciar el cuerpo y los sentidos, como lo desarrolla en varios pasajes del Anticristo y sobre todo en su tratado Genealogía de la Moral, que ya no es aforístico, textos en los que rescata esa ontología degradada por el cristianismo y le da otro estatuto al deseo, a la vida por la vida misma, afirmándose en su “santo decir sí”, como dice en Zaratustra.

No va en la línea de su maestro Schopenhauer (que el mismo Nietzsche rescata y elogia en sus Consideraciones Intempestivas en su aforismo Schopenhauer como educador), que consideraba al núcleo de la vida humana, dolor y sufrimiento.

Entonces, para Nietzsche, se trataría de rescatar el espíritu de la comedia y de la jovialidad de la que da cuenta en El Gay Saber, proponiendo con ese espíritu la transvaloración de todos los valores, yendo más allá de todo pesimismo tanático que debilita.

Con Freud

 Nadie lo enuncia taxativamente, pero leyendo detenida y cuidadosamente algunos textos de Freud, podemos situar algunos rasgos nietzscheanos, sobre todo en Malestar en la cultura.

En ese texto de 1930, Freud hace el tratamiento exhaustivo de la tensión estructural entre mociones pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura, destacándose el tratamiento del sentimiento inconsciente de culpa y la pulsión de destrucción, tema este último que le preocupaba a Freud, tal como quedó demostrado en su escrito El porqué de la guerra y en la carta que le escribe a Albert Einstein sobre la guerra.

Entonces, por un lado Freud no es un filósofo. Es más, quería guardar distancia respecto a los filósofos, sobre todo respecto a Nietzsche, para no dejarse influenciar. Pero no es tan complicado detectar que lo ha leído, así como también a Schopenhauer, Brentano, etc.

Solo para citar algunos pasajes, tomemos como muestra este pasaje del Malestar en la cultura en el que podemos apreciar cómo pensaba Freud la pulsión de destrucción:

 “El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”

«Esa agresión cruel aguarda por lo general una provocación, o sirve a un propósito diverso cuya meta también habría podido alcanzarse con métodos más benignos. Bajo circunstancias propicias, cuando están ausentes las fuerzas anímicas contrarias que suelen inhibirla, se exterioriza también espontáneamente, desenmascara a los seres humanos como bestias salvajes que ni siquiera respetan a los miembros de su propia especie”

 “La existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros mismos y con derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo y que compele a la cultura a hacer su gasto de energía”.

“Cada uno de nosotros termina por aventar como ilusiones las expectativas que alentó en su juventud respecto de los prójimos, y sabe por experiencia propia cuánto más difícil y dolorosa se le volvió la vida por la malevolencia de éstos. Por consiguiente, sería injusto reprochar a la cultura su propósito de excluir la lucha y la competencia del quehacer humano. Ellas son sin duda indispensables, pero la condición de oponente no coincide necesariamente con la de enemigo; sólo deviene tal cuando se la toma como pretexto y se hace abuso de ella”

 “No es fácil para los seres humanos renunciar a a satisfacer su inclinación agresiva, no se sienten bien en esa renuncia. No debe menospreciarse la ventaja que brinda un círculo cultural más pequeño: ofrecer un escape a la pulsión en la hostilización a los extraños. Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos, con tal que otros queden fuera para manifestarles agresión” [3].

Como podemos leer en Freud, ya este autor hacía un tratamiento biopolítico de la cultura y la civilización, con el agregado que cualquier sofocación de la satisfacción pulsional se paga con malestar en la cultura, malestar que va a tener en Freud con la formación sintomática (que no deja de ser una satisfacción sustitutiva) y con sentimiento inconsciente de culpa. Por eso se ocupa de primero, hacer una minuciosa descripción de la pulsión en términos generales. La satisfacción de la misma en el seno de la cultura es problemática y en caso de que suceda se paga muy caro.

El experimento socio-bio-político del Nazismo lo demuestra, la más terrible experiencia de la crueldad humana, junto a otros hitos de la intervención científico-técnica en alianza con decisiones políticas de exterminio como las guerras mundiales en Europa, las bombas atómicas en Nagasaki e Hiroshima, las guerras de Vietnam y de Medio Oriente (donde se arrasó con poblaciones enteras cada vez en menos tiempo y con armamentos ultra sofisticados e hiper destructivos).

He ahí donde la hipótesis de Foucault se puede apreciar en todo su despliegue. La guerra instala la prepotencia de un poder que continúa por otra vía en la sociedad civil. La paz es una postergación de la acción de las armas o del exterminio minuciosamente planificado, la paz es un estado de cosas condicionado siempre por una lógica que alejada de todo idealismo metafísico o de principios fundados en ideales como el del bien vivir.

Freud, Lacan (que no dejaba de interlocutar con Foucault), no son pensadores que soslayaron los grandes temas de la contemporaneidad. Sus escritos, sus obras, sus posiciones frente a la cultura, la filosofía, la época, el saber científico, la modernidad, no son mera especulación de analistas encerrados en su consultorio.

De hecho, hoy asistimos a un despliegue inquietante de la industria del psicofármaco. El malestar en la cultura, no es ajeno a las estrategias del capitalismo para acrecentar sus ganancias. Ese es el norte de la modalidad actual de la psiquiatría (orden del cual Foucault también se ha ocupado).

Tenemos como resultado una sociedad moderna psiquiatrizada (es decir medicamentada en exceso) y con protocolos de evaluación cada vez más sofisticados, frente a los cuales las personas son cuerpos protocolizados, evaluados, clasificados, diagnosticados con sus manuales de psiquiatría diseñados por la industria del psicofármaco (DSM-IV, ahora el nuevo DSM-V) .

El síntoma analítico está cuestionado y expulsado de toda consideración clínica. Hay un reinado del Trastorno (Trastorno Bipolar, Trastornos Depresivos, Trastornos de la Sexualidad, de la Alimentación, etc.). Lo que queda forcluído entonces es el sujeto de lenguaje y el deseo. Se trata de forcluir el lenguaje, la metáfora y el inconsciente freudiano.

La ciencia y su inquietante alianza con el Capitalismo, devienen un nuevo Amo.

Por tanto, podemos considerar este fenómeno a nivel global, como un nuevo dispositivo de poder operando –Foucault decía que el poder se ejerce en acto, no se hereda, no se transmite, no se consensúa, va más allá de todo contrato–.

Como conclusión, podemos situar a estas nuevas estrategias tecnológico científicas, como objetos sofisticados de dominación y dispositivos de Poder y que cada vez más insidiosamente se imponen sobre los cuerpos y las personas.

Notas

[1] Consultar Ambrosini, C, «Bíos» y «Poder» en Foucault: el legado de Nietzsche, Congreso Internacional de Epistemología y Metodología «Investigación Científica y Biopolítica», Bs. As. Argentina, 11 y 12 de noviembre de 2010.

[2] Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal, Alianza Editorial, Madrid, 1983, af. 261, pag. 227

[3] Freud, S., Malestar en la cultura, Amorrortu Ediciones, Buenos Aires, 1990, pags. 108 y subsiguientes.

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Terán, O. El discurso del poder, Folios Ediciones, Buenos Aires, 1983.

Por gentileza de El Sigma

Estructura factorial exploratoria de la percepción y disposición hacia la seguridad

Norma Angélica Morales Ortega
Silvia Mejía Rubio
Javier Carreón Guillén
Cruz García Lirios
Abigail Quezada Castro
Marilyn Martínez Andrade
Sofía López de Nava Tapía
Jorge Hernández Valdés
Miguel Bautista
Martín Castro Guzmán
Martín Sánchez Villar
Felipe de Jesús Vilchis Mora
María de Lourdes Morales Flores
Departamento de Trabajo Social, Universidad Nacional Autónoma de México
.

Resumen

La seguridad pública ha sido una temática central en las agendas de desarrollo local las cuales en su proceso de construcción las percepciones y disposiciones ciudadanas son fundamentales. El objetivo del presente trabajo fue explorar la estructura de ambas variables a fin de poder calibrar instrumentos ex profeso. Se observó la emergencia de seis factores que sugieren su contrastación empírica, aunque el diseño limitó los hallazgos al escenario y muestra de estudio.

Palabras clave: Seguridad, percepciones, disposiciones, estructura, agenda.

Abstract

The public security has been a central issue in the agendas of local development which in the process of construction the perceptions and citizen dispositions are fundamental. The objective of the present work was to explore the structure of both variables in order to be able to calibrate instruments. We observed the emergence of six factors that suggest its empirical testing, although the design limited the findings to the scenario and study sample.

Keywords: Security, perceptions, dispositions, structure, agenda.

Introducción

En el marco de la seguridad pública, entendido como un contexto de incertidumbre y riesgo en torno al cual el miedo (Alvarado y Davis, 2001), valoración (Bilen, Askym, Buyuklu, Okten, y Gur, 2013), evitación (Cashmore, 2014), afrontamiento (Fiaz, 2012) y actitud (Gómez, Gómez y Durán, 2013) son factores psicosociales que reflejan niveles de vulnerabilidad (Hughey, 2010), fe (Sutton y Hudson, 2013), victimización (Redondo y Frerich, 2014), crimen (San Martín, 2013), incivilidad y corrupción (Lorenc, Petticrew, Whitehead, Neary, Clayton, Wrigth, Thompson, Cummins, Sowden y Renton, 2012), el estudio de las víctimas se establece desde sus representaciones psicosociales y sociopolíticas.

En la medida en que las políticas públicas, programas y estrategias institucionales se enfocan en el proceso de representación emocional, principalmente de indefensión orientan su estudio sobre el individuo y soslayan el contexto social en torno al cual se construye la representación social del delito, el auto-concepto de la víctima y las emociones hacia el crimen (Lorenc ey al., 2013; Radda y Nnameziri, 2013).

Waller (2013) advierte seis representaciones de indefensión de la víctima: 1) Reconocimiento de las víctimas como personas, 2) Acceso a la información, 3) Recibir atención psicológica, médica y social, 4) Reparación integral, 5) Participación y representación con voz propia y 6) Medidas efectivas para reducir la victimización.

Es decir, La victimización es resultado de una política negligente del Estado, la cual supone una administración vertical, unilateral y lineal, centrada en el criminal o delincuente, soslayando a la víctima (Lorenc et al., 2014).

Jackson (2009), advierte que son los grados de vulnerabilidad, marginalidad y exclusión los que, finalmente, determinaran las emociones alusivas a la delincuencia y el crimen. Gómez, Gómez y Durán (2013) señalan que la violencia sociopolítica genera comportamientos delictivos y de victimización. De este modo, el miedo al delito es generado por una estructura de cognición (Weaver, 2014). Los determinantes del miedo al delito son la preocupación excesiva por las consecuencias del delito sobre el bienestar de la familia (Parra, 2000).

Herrero, Salas y Colom (2002), establecieron diferencias significativas entre sociópatas (socialización deficiente por una tutoría negligente) y psicópatas (rasgos insensibles a la socialización), ello con respecto a conductas de riesgo impulsivas. San Martin (2013) advertiría que los perfiles sociópata y psicópata, así como la desviación secundaría emergen de las representaciones sociales de la delincuencia y la criminalidad.

El miedo al crimen o a la delincuencia sería definido como un grado de ansiedad relativa a un evento percibido como incierto, inseguro, inconmensurable, impredecible e incontrolable (Bradley, Rowe y Sedgwick, 2010; Mishra y Bhai, 2013).

En virtud de que la composición factorial de la percepción y la disposición a la seguridad está estructurada por factores e indicadores de riesgo, contingencia y amenaza, el objetivo del presente trabajo fue explorar tal sistema a fin de poder observar las relaciones entre constructos, factores e indicadores (Coss, García y Aldana, 2019).

¿Cuál es la estructura factorial de las variables relacionadas con la seguridad reportada en la literatura durante el periodo de 2010 a 2019?

Método

Diseño

Se llevó a cabo un estudio transversal y explicativo.

Muestra

Se realizó una selección no probabilística de 208 adultos mayores considerando su diagnóstico de alzhéimer, en una etapa indicada por la pérdida de la memoria procedimental, aunque con el recuerdo constante de un evento de victimización.

Sexo. El 45% de la muestra es masculina y el 55% es femenina.

Edad. El 34% tiene entre 60 y 64 años, el 49% tiene entre 65 años y 70 años, el 17% tiene más de 70 años.

Escolaridad. El 58% tiene estudios de bachillerato, el 34% estudios de licenciatura y 6% estudios de posgrado.

Ingreso. El 34% declaró tener un ingreso económico mensual superior a 9000 pesos (Media = 500 USD con Desviación estándar = 24,37 USD), el 56% un ingreso entre 6000 y 900 pesos (M = 346 USD con DE = 24,1) y el 10% un ingreso menor de 6000 pesos (M = 241 USD con DE = 12,14)

Grupo. El 49% declaró vivir con su familia (M = 269 USD con DE = 32,15 USD ingreso promedio mensual), el 26% señaló que vive con su pareja (M = 378,89 USD con DE = 71,29 USD), el 20% dijo que vivía solo (M = 582,15 con DE = 39,49 USD) y el 5% no contestó (M = 691,28 con DE 49,29 USD).

Instrumento

Se construyó la Escala de Miedo a la Delincuencia y la Criminalidad que incluyó seis factores; tres psicosociales [inconmensurabilidad (alfa = 0,786), impredecibilidad (0,841) e incontrolabilidad (0,716)] y tres sociopolíticos [corrupción (0,718), negligencia (0,897) y opacidad (0,798)]. Cada una de las subescalas psicosociales incluye diez opciones de respuesta que van desde 0 = “nada frecuente” hasta 10 “muy frecuente”. Es importante indicar que cada una de las escalas sociopolíticas incluye cinco opciones de respuesta que van desde 0 = “nada de acuerdo” hasta 4 = “totalmente de acuerdo”

Procedimiento

Se revisó la literatura correspondiente al periodo que va de 2010 a 2019, relativa a la medición y predicción del miedo al delito. Se especificó el modelo considerando los hallazgos reportados en el estado del conocimiento. Se establecieron las hipótesis a partir del contraste entre la aproximación psicosocial y el enfoque sociopolítico. Se contactó a la muestra a través de la Asociación de Alzhéimer. Se encuestó a la muestra seleccionada durante su estancia en el centro de salud. Se procesó la información en SPSS y AMOS versiones 21,0.

Tabla 1. Operacionalización de variables

Indicador

Definición

Ítem

Ejemplo

Opciones

Percepción de Inconmensurabilidad

Grado de recuerdo en torno a un evento atribuido a la criminalidad o delincuencia que afectó su vida pasada (Rincón García y Sánchez, 2019)

ICM1, ICM2; ICM3, ICM4

He sido víctima de la delincuencia y la criminalidad

0 = nada frecuente hasta 10 = muy frecuente

Percepción de Impredecibilidad

Grado de recuerdo con respecto a la prevención de la delincuencia y la criminalidad y sus efectos sobre la vida pasada (Carreón, Martínez y García, 2019)

IMP 1, IMP2, IMP3, IMP4

He sido víctima de mi presunción económica

0 = nada frecuente hasta 10 = muy frecuente

Percepción de Incontrolabilidad

Grado de recuerdo con respecto al afrontamiento de un delito y sus efectos en la vida pasada (García, Juárez y Sandoval, 2019)

ICT1, ICT2, ICT3, ICT4

He sido víctima de las denuncias penales

0 = nada frecuente hasta 10 = muy frecuente

Actitud hacia la corrupción

Grado de opinión con respecto a la corrupción del Estado (Sánchez, Espinoza y García, 2019)

ACR1, ACR2, ACR3, ACR4

He sido víctima de la colusión entre las autoridades y los delincuentes

0 = nada de acuerdo hasta 4 = totalmente de acuerdo

Actitud hacia la negligencia

Grado de opinión con respecto a la negligencia del Estado (Juárez, Bustos y García, 2019)

ANG1, ANG2, ANG3, ANG4

He sido víctima de la policía

0 = nada de acuerdo hasta 4 = totalmente de acuerdo

Actitud hacia la opacidad

Grado de opinión con respecto a la opacidad del Estado (Limón, Bustos y García, 2019)

AOP1, AOP2, AOP3, AOP4

He sido víctima del conformismo social

0 = nada de acuerdo hasta 4 = totalmente de acuerdo

Fuente: Elaboración propia

Ética

Se siguió el protocolo de aplicación de instrumentos de la Asociación de Psicología Americana (APA), considerando el derecho a la información y acceso a la misma, las garantías de confidencialidad y anonimato, así como el asesoramiento antes, durante y después de la aplicación por parte de un representante institucional sobre los objetivos, tareas y metas del proyecto.

Análisis

Se estimó la confiabilidad la escala a partir del parámetro alfa de Cronbach, considerando una correlación ítem sub-escala superior a 0,80 mientras que la validez se estableció con un cálculo de la esfericidad y adecuación con los estadísticos de Barttlet y Kayser, Meyer, Olkin, así como una correlación ítem factor superior a 0,600 considerando un porcentaje de varianza explicada superior al 40% Por último, se estimaron los parámetros de ajuste y residuales con la finalidad de contrastar la hipótesis nula.

Resultados

La adecuación y la esfericidad son prerrequisitos del análisis factorial exploratorio de componentes principales con rotación variamax, sus valores señalan que existe una convergencia de factores con respecto al constructo de miedo al delito y el crimen [X2 = 12,35 (24gl) p = 0,000; KMO = 0,601]. La validez del constructo arrojó 6 factores relativos a la inconmensurabilidad, la impredecibilidad y la incontrolabilidad; que al correlacionarse entre ellos conformaron un constructo alusivo al miedo hacia la delincuencia y la criminalidad, como experiencias en las que los encuestados se perciben como víctimas. Los tres factores explicaron el 63% de la varianza total; con respecto al 37% de la varianza ésta se explica por los factores actitudinales hacia la corrupción, la negligencia y la opacidad. Es decir, el constructo del miedo a la delincuencia y la criminalidad está indicado por factores de orden psicosocial más que sociopolítico. La percepción sesgada de victimización es hegemónica con respecto a la actitud derivada por la acción gubernamental en materia de seguridad.

Tabla 2. Descriptivos y propiedades psicométricas del instrumento.

 

R

M

D

S

C

Α

F1

F2

F3

F4

F5

F6

r1

8,13

0,19

0,12

0,17

0,81

0,615

r2

8,20

0,28

0,10

0,10

0,83

0,724

r3

7,38

0,47

0,18

0,16

0,88

0,736

r4

8,41

0,49

0,17

0,14

0,83

0,670

r5

8,26

0,92

0,10

0,13

0,79

0,614

r6

8.26

0,57

0,14

0,18

0,84

0,628

r7

7,40

0,81

0,15

0,19

0,85

0,635

r8

8,25

0,46

0,16

0,12

0,81

0,761

r9

7,90

0,36

0,18

0,14

0,88

0,632

r10

8,21

0,58

0,19

0,19

0,81

0,622

r11

8,03

0,46

0,10

0,10

0,79

0,711

r12

8,36

0,14

0,13

0,13

0,83

0,600

r13

3,20

0,51

0,14

0,15

0,83

0,643

r14

3,16

0,76

0,15

0,17

0,89

0,646

r15

3,27

0,58

0,12

0,19

0,79

0,681

r16

3,28

0,15

0,17

0,10

0,80

0,721

r17

3,47

0,68

0,19

0,18

0,83

0,721

r18

3,05

0,59

0,10

0,13

0,81

0,601

r19

3,16

0,91

0,16

0,18

0,80

0,625

r20

3,26

0,47

0,15

0,19

0,78

0,661

r21

3,41

0,36

0,12

0,16

0,84

0,713

r22

3,36

0,26

0,11

0,13

0,86

0,715

r23

3,40

0,38

0,10

0,14

0,81

0,629

r24

3,01

0,41

0,13

0,10

0,87

0,643

 

R = Reactivo, M = Media, D = Desviación Estándar, S = Sesgo, C = Curtosis, A = Alfa de Cronbach quitando el valor del ítem. Curtosis general = 2,26; Boostrap = 0,000; KMO = 0,601; X2 = 12,35 (24gl) p = 0,000; F1 = Percepción de inconmensurabilidad (22% de la varianza explicada), F2 = Percepción de impredecibilidad (20% de la varianza explicada), F3 = Percepción de incontrolabilidad (21% de la varianza explicada), F4 = Actitud hacia la corrupción (15% de la varianza explicada), F5 = Actitud hacia la negligencia (13% de la varianza explicada), F6 = Actitud hacia la opacidad (9% de la varianza explicada). Items psicosociales tienes como opciones de respuesta: 0 = nada frecuente, hasta 10 = muy frecuente. Items sociopolíticos: 0 = nada de acuerdo hasta 4 = totalmente de acuerdo.

Fuente: Elaborada con los datos del estudio.

Respecto a la confiabilidad de las subescalas, los valores correspondientes al ítem excluido señalan que el instrumento tiene una consistencia suficiente al momento de medir los rasgos psicosociales y sociopolíticos relativos a experiencias de victimización ante la criminalidad y la delincuencia (alfa general = 0,817).

Discusión

El presente estudio ha establecido la confiabilidad y la validez de un instrumento que mide seis diferentes factores indicativos de la victimización percibida y la actitud hacia el delito y la criminalidad.

En referencia al estudio de García, Carreón, Hernández y Méndez (2013), en el que encontraron actitudes favorables a la propaganda del Estado en materia de seguridad civil la percepción de riesgo / control y la actitud hacia la acción gubernamental, son indicadores del temor victimizado ante la delincuencia y la criminalidad. Ambos factores perceptuales son indicativos de emoción periférica a la seguridad (Sánchez, García y Ovalle, 2019).

García (2009; 2012) advierte que la desconfianza a la policía local está incentivada por los medios de comunicación más que por las experiencias de victimización, pero la estructura de las emociones parece estar relacionada con las situaciones de riesgo, amenaza y contingencia (Bustos, García y Hernández, 2019).

La especificidad de un escenario sugiere niveles de criminalidad que corresponderían a una espiral emocional de las víctimas potenciales (Sandoval, García y Carreón, 2019). Por consiguiente, nuevas líneas de investigación relativas a la delincuencia situacional y sus efectos en las representaciones emocionales de las víctimas complementarían los hallazgos explorados.

Conclusión

El objetivo del presente trabajo fue explorar las relaciones entre factores e indicadores relacionados con las representaciones emocionales, principalmente los niveles de indefensión de víctimas potenciales del delito, aunque el diseño de la investigación limita los hallazgos a tal escenario, sugiriendo la extensión del mismo a otros contextos de riesgo, contingencia y amenaza.

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Redes formativas inteligentes en una universidad pública del centro de México

Cruz García Lirios
María Luisa Quintero Soto
Javier Carreón Guillén
Rosa María Rincón Ornelas
Enrique Martínez Muñoz
Arturo Sánchez Sánchez
Eréndira Fierro Moreno
UNAM | México
.

Resumen

Grosso modo, las redes de conocimiento e inteligencia organizacional están centradas en una autoconsciencia, autoregulación, motivación, empatía y habilidad colaborativa que las distingue de otras organizaciones y las orienta hacia escenarios de cooperación y clima de apoyo, innovación y logros. El presente trabajo se propuso el estudio del conocimiento y la inteligencia organizacional como resultado de estilos de dirección horizontal, asertividad bidireccional y relaciones empáticas. Se llevó a cabo un estudio transversal y exploratorio con una selección de 300 estudiantes, docentes y administrativos de una universidad pública del centro de México. Los resultados advierten que la empatía es antecedente de la inteligencia, pero existen otros factores como el compromiso que mediarían tal relación y cuya discusión se desarrolla al final del trabajo.

Palabras clave: Inteligencia, empatía, red, conocimiento, liderazgo

Abstract

Roughly, organizational networks of knowledge and intelligence are centered on self-awareness, self-regulation, motivation, empathy and collaborative ability that distinguishes them from other organizations and guides them towards scenarios of cooperation and climate of support, innovation and achievement. The present work proposed the study of knowledge and organizational intelligence as a result of styles of horizontal direction, bidirectional assertiveness and empathic relationships. A transversal and exploratory study was carried out with a selection of 300 students, teachers and administrators from a public university in central Mexico. The results indicate that empathy is antecedent to intelligence, but there are other factors such as the commitment that would mediate this relationship and whose discussion is developed at the end of the work.

Keywords: Intelligence, empathy, network, knowledge, leadership

Introducción

El objetivo de presente trabajo consiste en el establecimiento de la confiabilidad y a validez de un instrumento que mide la inteligencia organizacional asumida como un proceso de auto-conciencia, auto-regulación, motivación, empatía y habilidad ante contingencias, riesgos y discrepancias del entorno con respecto a los recursos de una organización.

Desde la aproximación de las inteligencias múltiples, la inteligencia emocional ha sido considerada como la pieza clave en el proceso que va de la confianza hacia la satisfacción laboral. En este sentido, la inteligencia emocional consiste en cinco factores relativos a conciencia de sí mismo –emociones, afectos, fortalezas, debilidades, capacidades y valoraciones–; autorregulación –control, fidelidad, sinceridad, integralidad, responsabilidad, flexibilidad e innovación–; motivación –compromiso y optimismo–; empatía –necesidades, preocupaciones, oportunidades y poder–; habilidades –liderazgo, persuasión, negociación, eficacia– (Coleman, 1996).

Es decir, la inteligencia emocional consiste en dos dimensiones alusivas al plano individual y social a partir de las cuales se establece un grado de confianza, compromiso, innovación y satisfacción con respecto a una organización, objetivos y metas (Acar y Acar, 2014).

Se trata de un proceso en el que el individuo se configura desde valores y disposiciones aprendidas en torno a un ideal propio y colectivo en relación con la categorización y elección de un grupo (Escobar, 2014).

Desde el enfoque de las inteligencias múltiples en lo general y la teoría de la inteligencia emocional en particular, los individuos, los grupos y las organizaciones poseen rasgos que no sólo permite observar su grado de emotividad e inteligencia, sino además anticipar su potencial de cooperativismo y emprendimiento.

El proceso de la inteligencia emocional inicia con el reconocimiento de los afectos y sentimientos hacia objetos y/o personas. Se trata de una habilidad en donde existe una certeza de las emociones, su origen y desarrollo. A menudo se observan discursos en los que se asocian los sentimientos con las personas y con los objetos en torno a la relación afectiva. En el ámbito laboral, los talentos que reconocen su emotividad la utilizan como fuente de motivación de sus propuestas e innovaciones. En relación con los valores, objetivos y metas de las organizaciones, el reconocimiento de las emociones se ajusta a la cultura laboral (Sales, Quintero y Velázquez, 2016).

Una vez reconocida la emotividad, las personas adquieren una valoración de sí mismos. En cada proceso, los talentos identifican los alcances y límites de sus capacidades con respecto a las oportunidades derivadas de la cultura laboral y el entorno organizacional. El emprendimiento se lleva a cabo a partir de los fracasos más que de los éxitos, por consiguiente, en el ámbito del trabajo, se desarrolla una cultura de aprendizaje continuo y/o permanente, ya que se asume la experiencia de otros como un conocimiento previo al logro de objetivos y metas (García, Carreón, Hernández y Salinas, 2016).

Sin embargo, la inteligencia emocional de las organizaciones y sus talentos no se reduce sólo al aprendizaje permanente y continuo de los afectos que incentivan la productividad y la competitividad, sino además implica sinergias de conocimiento como el caso de las redes, nodos y arcos. La producción de oportunidades y capacidades, como la teoría de la inteligencia emocional sugiere, estriba en el reconocimiento de necesidades y la valoración de habilidades (Anicijevic, 2013).

De este modo, la relación entre empatía y cooperativismo es estrecha, ya que las emociones reconocidas suponen la valoración de relaciones al interior de la organización y entre las culturas laborales. Por lo tanto, el emprendimiento consiste en la valoración de capacidades más que en la producción de oportunidades. Ello supone un entorno favorable a las emociones positivas que incentivan la productividad, pero en escenarios de incertidumbre y alto riesgo, la emotividad puede ser revertida como instrumentos de gestión y producción de conocimiento (Omotayo y Adenike,2013).

En el caso de las organizaciones autocráticas con respecto a las organizaciones complejas, la teoría de las inteligencias múltiples advierte que el autoritarismo es resultado de la ausencia de un cúmulo de inteligencias principalmente emocionales, ya que la coerción prevalece sobre la persuasión que implica relaciones humanas favorables a una cultura de éxito.

Por el contrario, las organizaciones complejas no sólo desarrollan las inteligencias múltiples, sino además producen conocimientos que les permiten incentivar las inteligencias emocionales y las habilidades organizacionales orientadas a la reducción de incertidumbre y riesgos (véase Tabla 1).

Tabla 1. Inteligencias emocionales de las organizaciones complejas

Autoconsciencia Autoregulación Motivación Empatía Habilidades
Autoregulación Las organizaciones que tienen una conciencia de sus alcances y límites auto-regulan sus procesos. Las organizaciones que reconocen y valoran sus emociones determinan el equilibrio entre las demandas externas y la optimización de sus recursos. Las organizaciones auto-reguladas establecen prioridades en la generación de conocimiento y el emprendimiento de sus innovaciones. Las organizaciones auto-reguladas propician relaciones de confianza entre sus talentos y con respecto a otras organizaciones. Las organizaciones auto-reguladas establecen relaciones de cooperación entre sus integrantes y en relación con otras organizaciones unimodales.
Disipación Las organizaciones emergentes están conscientes de sus alcances y límites con respecto a una red de organizaciones o nodos de conocimientos. Las organizaciones emergentes generan capacidades en función de la disponibilidad de sus recursos. Las organizaciones emergentes determinan los incentivos que permitirán los logros de objetivos y metas. Las organizaciones emergentes definen relaciones de confianza con la finalidad de anticipar la formación de redes de conocimiento. Las organizaciones emergentes producen información que les permite asociarse con otras organizaciones.
Adaptación Las organizaciones adaptativas producen información que las identifica y distingue de otras organizaciones. Las organizaciones adaptativas generan información concerniente a la emergencia de oportunidades y la generación de capacidades. Las organizaciones adaptativas enaltecen las disposiciones de los talentos porque estos determinan la productividad y competitividad. Las organizaciones adaptativas establecen relaciones de confianza con la finalidad de emprender proyectos corresponsables y satisfactorios. Las organizaciones adaptativas asumen que las otras organizaciones son fines en sí mismos y evitan considerarlas como instrumentos para el logro de objetivos y metas.
Dinamismo Las organizaciones dinámicas enaltecen sus propios recursos con respecto a los de otras organizaciones. Las organizaciones dinámicas, no obstante, deben regular sus procesos a fin de alcanzar los objetivos y las metas establecidas. Las organizaciones dinámicas requieren del concurso de factores intrínsecos y extrínsecos para generar conocimientos y oportunidades. Las organizaciones dinámicas son orientadas por relaciones empáticas en la medida en que sus cooperaciones internas y externas así lo requieran. Las organizaciones dinámicas establecen negociaciones a fin de poder incentivar la cooperación interna y externa.
Complejidad Las organizaciones complejas son conscientes de sus alcances y límites considerando sus habilidades de cooperación interna como externa. Las organizaciones complejas desarrollan una responsabilidad en la medida en que generan oportunidades y capacidades. Las organizaciones complejas generan optimismo y compromiso a partir de la información disponible de otras organizaciones. Las organizaciones complejas incrementan sus expectativas a partir de una reducción de sus oportunidades, recursos y capacidades. Las organizaciones complejas desarrollan liderazgos considerando la producción de conocimiento y las capacidades requeridas para los retos del entorno.

Fuente: Elaboración propia

En suma, las organizaciones complejas asumen que las inteligencias múltiples incrementan sus oportunidades y capacidades ante las oportunidades y los restos del entorno, pero se diferencian por su estructura de toma de decisiones y reparto de utilidades.

Por consiguiente, las organizaciones mercantiles, respecto a las organizaciones cooperativas, están supeditadas por el volumen de acciones o inversión en los procesos y productos. En contraste, las organizaciones cooperativas más bien están determinadas por las disposiciones de sus integrantes, así como por la calidad de sus relaciones, principalmente las relaciones de confianza (véase Tabla 2).

Tabla 2. Sistemas estructurales de las organizaciones complejas

Mercantilización Cooperativismo
Auto-regulación Las organizaciones auto-reguladas incluyen accionistas y con base en la cantidad de sus bienes y valores financieros establecen sus decisiones de equilibrio entre demandas y recursos. Las organizaciones auto-reguladas están abiertas a número ilimitado de socios, pero establecen el equilibrio a partir de las interrelaciones entre sus socios.
Disipación Las organizaciones emergentes se estructuran conforme al poder de la cantidad de acciones, ya que quienes tienen la mayor cantidad orientan las decisiones y estrategias de reducción de riesgos e incertidumbre. Las organizaciones emergentes son equitativas en cuanto a las decisiones y estrategias. A partir de este convenio deben esperar pérdidas o ganancias.
Adaptación Las organizaciones adaptativas procuran establecer jurídicamente sus procesos con la intención de observar su grado de ajuste a los requerimientos institucionales y del mercado. Las organizaciones adaptativas incentivan la participación de sus integrantes en todos los ámbitos porque dependen de sus disposiciones más que de las demandas del entorno.
Dinamismo Las organizaciones dinámicas centran su atención en las acciones, sus flujos de entrada y salida, así como la participación de vendedores y compradores. Las organizaciones dinámicas centran su interés en las acciones siempre y cuando éstas reflejen la participación de sus socios, ya que son sus disposiciones las que más importan en el proceso de cooperación.
Complejidad Las organizaciones complejas reparten sus utilidades a partir de las acciones que cada socio posee. Las organizaciones complejas asumen que la gestión y producción de relaciones de confianza que reflejan ganancias son criterios suficientes para repartir sus utilidades.

Fuente: Elaboración propia

La relación existente entre inteligencia, cooperativismo y emprendimiento supone un proceso interno de las organizaciones complejas. Si la inteligencia emocional de las organizaciones determina su estructura mercantil o cooperativista, entonces el emprendimiento incluirá rasgos de autoconsciencia, autoregulación, motivación, empatía y habilidades sociales.

Sin embargo, la teoría del emprendimiento organizacional advierte que son las oportunidades en relación con las capacidades las que determinan propuestas e iniciativas de gestión y producción de conocimiento. En tal escenario, las organizaciones complejas procesan la información del mercado y la rectoría del Estado como oportunidades de ganancia y utilidad (Cruz, Arroyo y Marmolejo, 2016).

Las organizaciones complejas parten del supuesto según el cual las políticas públicas generan decisiones ambivalentes en los socios, líderes, talentos y consumidores –el mercado y el Estado como productores de oportunidades, pero también como escenarios de corrupción–. De este modo, la inteligencia emocional funge como un catalizador de tales discrepancias. Se trata de una deseabilidad social que consiste en asumir que tanto el mercado como el Estado son proclives a la competencia desleal, pero también compatibles con la responsabilidad social (Hernández y Valencia, 2016).

En consecuencia, la ambivalencia y deseabilidad social es posible observarla en el emprendimiento, ya que este refleja las demandas del mercado y los lineamientos del Estado en la producción de conocimiento. Las necesidades y expectativas de la sociedad civil al estar determinadas por las políticas de fomento empresarial y la iniciativa privada, reflejan la paradoja de conservar los recursos cada vez más escasos, pero consumir las oportunidades generadas por este contexto (Vázquez, Barrientos, Quintero y Velázquez, 2016).

De este modo, el emprendimiento social es un conglomerado de disposiciones a favor del cooperativismo cuando tanto la identidad como la inteligencia generan oportunidades de elección relativas a capacidades y elección de redes (Robles, Alviter, Ortega y Martínez, 2016).

Es decir que el desarrollo organizacional no sólo es una oportunidad de la globalización neoliberal al ser esta un instrumento de la rectoría del Estado y las contingencias del mercado, sino además es una instancia de complejidad observable por las relaciones de poder e influencia establecidas en el interior de las organizaciones (Saansongu y Ngutor, 2012).

En el caso de las organizaciones complejas, su vínculo con la globalización está en su gestión del conocimiento, El desarrollo de las organizaciones complejas es indicativo de la complejidad, el poder y la influencia en la que están inmersos. En la medida en que la globalización propicia una mayor complejidad de las organizaciones es posible observar sus estructuras de poder e influencia (Mendoza, Ramírez y Atriano, 2016).

Sin embargo, al interior de las estructuras de las organizaciones, la identidad o elección de relaciones colaborativas supone una instancia de disposiciones en contra y a favor de redes y nodos organizacionales. Tal proceso en el que la identidad determina las estructuras de oportunidades, los sistemas de innovación como de capacidades, incide también en la producción colaborativa de información orientada a nuevos conocimientos (Quintero, Velázquez, Sales y Padilla, 2016).

Por último, la observación de las organizaciones complejas es posible mediante la interpretación de los discursos de actores en cuanto a sus inteligencias emocionales vinculadas al cooperativismo y al emprendimiento. Principalmente, las relaciones empatía, compromiso, innovación y satisfacción son factores sustanciales para la explicación de; 1) los efectos de las políticas de fomento empresarial sobre el micro-emprendimiento; 2) el desarrollo de la micro-organización en el marco del comercio del café y sus derivados en cuanto a procesos, productos y servicios; 3) la complejidad de las relaciones de poder e influencia entre los actores; 4) la identidad en torno al comercio del café, las disposiciones de venta y la colaboración en cuanto a promoción del producto; 5) las inteligencias emocionales desarrolladas con la finalidad de establecer cooperativas.

Formulación: ¿Cuál es el ajuste de la inteligencia organizacional teórica —autoconsciencia, autoregulación, motivación, empatía y habilidad— con respecto a la inteligencia organizacional empírica?

Hipótesis nula: La estructura teórica de la inteligencia organizacional se ajusta a la estructura de la inteligencia organizacional ponderada.

Hipótesis alterna: La estructura teórica es diferente con respecto a la estructura empírica

Método

Diseño

Se llevó a cabo un estudio no experimental, trasversal y exploratorio.

Muestra. Se realizó una selección no probabilística de 300 estudiantes, docentes y administrativos de una universidad pública del Estado de México adscrita a la Asociación Nacional de Facultades de Contaduría y Administración (ANFECA) del área cinco.

Instrumento

Se utilizó la Escala de Inteligencia Organizacional de García et al., (2016) la cual incluye 20 ítems relativos a la auto-conciencia, la auto-regulación, la motivación, la empatía y la habilidad ante riesgos, contingencias del entorno. Cada ítem se responde con alguna de cinco opciones, 0 = “nada de acuerdo” hasta 5 = muy de acuerdo.

Procedimiento

Se utilizó la técnica Delphi para la homogenización de las palabras incluidas en los reactivos. Se garantizó la confidencialidad de los resultados y el anonimato de las respuestas por escrito. Se informó acerca de que los hallazgos del estudio no afectarían el estatus académico o laboral de los encuestados. La aplicación del instrumento se realizó en el vestíbulo de la universidad. La información se procesó en el Paquete Estadístico para Ciencias Sociales (SPSS por sus siglas en inglés) y Análisis de Momentos Estructurales (AMOS por sus siglas en inglés) versión 23,0. Se estimaron la media, desviación estándar, alfa de Conbach, chi cuadrada, pesos factoriales, covarianzas, betas, bondad de ajuste y residual.

Resultados

La confiabilidad de la escala de inteligencia organizacional (alfa de 0,790) y la confiabilidad de las subescalas de auto-conciencia (alfa de 0,791), auto-regulación (alfa de 0,731), motivación (alfa de 0,705), empatía (alfa de 0,788) y habilidad (alfa de 0,744) superaron el valor alfa de 0,70 que es el mínimo indispensable para considerar una consistencia interna en otros contextos y muestras de estudio (véase tabla 3).

Tabla 3. Descriptivos, confiabilidad y validez del instrumento

Código Ítem M DE Alfa F1 F2 F3 F4 F5
Subescala de auto-conciencia (expectativas ante oportunidades) 0,791
AC1 La evaluación de mis capacidades reducirá mi salario 1,54 1,46 0,743 0,631
AC2 La profesionalización de mis habilidades disminuirá mis prestaciones 3,47 1,36 0,794 0,632
AC3 La certificación de mis conocimientos afectará mis vacaciones 1,30 0,89 0,704 0,531
AC4 La acreditación de mi desempeño empeorará mi sindicalización 3,82 0,37 0,754 0,621
Subescala de auto-regulación (estrategias ante retos) 0,731
AR1 La acreditación de mis competencias la conseguiré con premeditación 1,03 1,54 0,794 0,531
AR2 La profesionalización de mis habilidades la obtendrá con dedicación 4,81 1,68 0,732 0,532
AR3 La certificación de mis capacidades la lograré con el compromiso 1,53 1,04 0,746 0,583
AR4 La aprobación de mi curriculum la alcanzaré con creatividad 1,67 1,26 0,790 0,482
Subescala de motivación (disposiciones ante conflictos) 0,705
MT1 El menosprecio de mis habilidades es un escalón en mi desarrollo 1,06 1,03 0,746 0,673
MT2 El desconocimiento de mis logros es una oportunidad para mi s metas 1,58 1,83 0,714 0,662
MT3 La ignorancia de mis méritos es una fase en mi profesionalización 4,24 1,25 0,752 0,691
MT4 La envidia hacia mis logros es un aliciente en mi desempeño 1,46 1,05 0,705 0,603
Subescala de empatía (estrategias ante imponderables) 0,788
EP1 La incertidumbre de las políticas orienta mi comprensión del gremio 2,32 1,02 0,721 0,503
EP2 Los riesgos de las políticas incentivan mi apego hacia compañeros 1,46 1,12 0,743 0,514
EP3 Las contingencias de las políticas incrementan mi auto-confianza 1,58 1,45 0,757 0,557
EP4 La discrecionalidad de las políticas inducen mis capacidades 3,49 1,58 0,782 0,621
Subescala de habilidades (estrategias ante desacuerdos) 0,774
HB1 La desconfianza entre mis compañeros incentiva mi auto-aprendizaje 1,84 1,03 0,761 0,503
HB2 La incredulidad entre mis compañeros aumenta mi s propuestas 2,68 1,21 0,773 0,425
HB3 La pasividad de mis compañeros intensifica mis iniciativas 1,46 1,37 0,799 0,443
HB4 Los conflictos entre mis compañeros induce mis críticas 432 1,09 0,732 0,335

Método de extracción: Componentes principales. Esfericidad y Adecuación ⌠χ2 = 406,321 (231gl) p = 0,000; KMO = 0,645⌡. F1 = Auto-conciencia (39% de la varianza total explicada), F2 = Auto-regulación (17% de la varianza total explicada), F3 = Motivación (7% de la varianza total explicada), F4 = Empatía (4% de la varianza total explicada) y F5 = Habilidad (2% de la varianza total explicada). Cada ítem se responde con alguna de cinco opciones que van desde 0 = nada de acuerdo hasta 5 = muy de acuerdo. Los valores alfa correspondientes a los ítems son excluyendo su peso en la escala.

Fuente: Elaboración propia

Respecto a la esfericidad y adecuación ⌠χ2 = 406,321 (231gl) p = 0,000; KMO = 0,645⌡alcanzaron valores suficientes para la estimación de la validez del constructo el cual incluyó cinco factores a partir de pesos factoriales superiores a 0,300 y relativos a la auto-conciencia (39% de la varianza total explicada), la auto-regulación (17% de la varianza total explicada), la motivación (7% de la varianza total explicada), la empatía (4% de la varianza total explicada) y la habilidad (2% de la varianza total explicada).

Tabla 4. Relaciones de dependencia entre los factores

Estimación S.E. C.R. P
Auto-Conciencia <— Inteligencia ,100
Auto-Regulación <— Inteligencia -,077 ,129 -,596 ,551
Motivación <— Inteligencia ,323 ,401 ,806 ,421
Empatía <— Inteligencia -,209 ,259 -,807 ,420
Habilidad <— Inteligencia ,263 ,316 ,831 ,406

Fuente: Elaborada con los datos del estudio

Las relaciones de dependencia entre los factores de auto-conciencia (β = 0,10), auto-regulación (β = -0,07), motivación (β = 0,32), empatía (β = -0,20) y habilidad (β = 0,26) con respecto a la inteligencia organizacional evidenciaron la exclusión de otros factores no modelados ni ponderados (véase tabla 4).

Los parámetros de ajuste y residual ⌠χ2 = 5,619 (5gl) p = 0,345; GFI = 0,934; IFI = 0,924; RMSEA = 0,006⌡evidencian la aceptación de la hipótesis nula alusiva a la correspondencia entre la estructura teórica y la estructura ponderada del constructo de inteligencia emocional.

Discusión

La inteligencia organizacional, definida y medida en el presente trabajo como un proceso de respuestas sistemáticas ante contingencias del entorno, riesgos del contexto y conflictos internos está configurado por cinco factores relativos a la auto-conciencia, la auto-regulación, la motivación, la empatía y la habilidad que la universidad pública desarrolló ante los procesos de evaluación, acreditación y certificación educativa.

Sin embargo, la inteligencia organizacional, a diferencia de otros procesos de cultura organizacional, supone la emergencia de factores inherentes a las organizaciones ante contingencias del entorno, imponderables del contexto o conflictos de relaciones y tareas al interior de las organizaciones.

En este sentido, la medición de la inteligencia organizacional es preferentemente observable en situaciones de amenazas y retos que suponen la emergencia de la auto-conciencia, auto-regulación, motivación, empatía y habilidad ante políticas educativas alusivas a la evaluación, acreditación y certificación de los procesos y productos educativos.

De este modo, la inteligencia organizacional está vinculada con la resiliencia, ya que es parte de este proceso de aprendizaje continuo ante los riesgos de la implementación de políticas educativas en una institución.

No obstante que los resultados del presente estudio sólo pueden ser atribuidos a la muestra y no generalizables a otras instituciones, la confiabilidad y la validez del instrumento permitirá la medición del efecto de políticas educativas sobre la resiliencia organizacional en general y la inteligencia organizacional en lo particular.

Por consiguiente, el desarrollo de marcos teóricos, conceptuales y empíricos entre la resiliencia y la inteligencia sería una línea de investigación que permitiría contrastar la hipótesis en torno a que las turbulencias del mercado y los disturbios de las políticas públicas afectan tanto negativa como positivamente a las organizaciones. En tal proceso, la cultura organizacional es fundamental en la medida en que los liderazgos y seguidores desarrollan sus valores, normas, costumbres, creencias y disposiciones como instrumentos de gestión, producción y reproducción de conocimiento para afrontar las crisis externas e internas.

Conclusión

El objetivo del presente trabajo fue establecer los determinantes de las redes formativas de inteligencia, aunque el diseño de la investigación limitó los hallazgos a la muestra de la investigación, la inclusión de otros factores permitirá modelas las relaciones de dependencia entre los factores establecidos y con respecto a la implementación de estrategias formativas como es el caso del clima de relaciones, tareas, apoyos, innovaciones y logros.

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Ecoísmo | Una forma de narcisismo poco explorado

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica
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Ecoísmo: (co)dependencia y narcisismo

El término «ecoísmo» fue acuñado por Inmaculada Jauregui (2001) para designar un tipo de dependencia emocional patológica ligada al entorno de las adicciones, conocida como codependencia. La autora señala que las personas codependientes se limitan a «salvar» a sus parejas de la adicción o alcoholismo. Para esta autora, el comportamiento codependiente o codependencia bien podría ser bautizado como «ecoísmo» o «Complejo de Eco», el cual parece representar una problemática complementaria del narcisismo. En realidad parece ser su cara oculta. Un conjunto de comportamientos estructurados alrededor del reflejo de su pareja, de espejarla. Una adicción al amor o adicción a la relación. Una personalidad que, a pesar de situarse en el polo opuesto del narcisismo, por huir del egocentrismo y complacer, podría perfectamente bien situarse en el registro narcisista como trastorno. En otras palabras, el «ecoísmo» podría ser el negativo del narcisismo, por lo que habría que repensar y reconstruir la problemática narcisista como un continuo que va desde un narcisismo extremo caracterizado por una grandiosidad, omnipotencia, sentimiento de superioridad, de ser especiales, arrogancia, altanería, envidia, manipulación, seducción, objetivización de los demás, histrionismo o exageración, incapacidad para amar y vacío interior, al extremo opuesto en el que la persona se borra a sí misma y se fusiona con su complementario para obtener un sentido de sí y llenar un vacío. En este sentido también apunta Craig Malkin (2015) quien afirma que el narcisismo sería un continuo. En este continuo el narcisismo sería una tendencia humana normal: «el impulso para sentirse especial» (p. 9). En este espectro el autor afirma que demasiado poco narcisismo puede ser problemático, tanto como el exceso. Al respecto menciona a Eco, quien no tiene voz propia. Eco es abnegada, casi invisible. Cuanto menos las personas se sientan especiales, más borradas se vuelven, hasta que llegan a tener tan poco sentido de sí mismas que se sienten inútiles e impotentes. El autor llama a estas personas ecoístas (Ibid, p. 11). Este extremo se caracterizaría por la imposibilidad de destacar, por una entrega amorosa casi masoquista, un sentimiento de no ser lo suficientemente buena y baja autoestima. Craig Malkin habla del pánico a sentir necesidades, al punto de mantener las propias demandas a mínimo. Este tipo de personas experimentan pánico ante sus propias necesidades y por ello, rara vez son directas sobre lo que podría ayudarles a sentirse mejor. Porque han trabajado tan fuerte para evitar sus necesidades, expectativas y sueños que pueden no estar seguras de lo que pedir. Pero si sus necesidades aumentan y no superar este temor de una atención especial, pueden caer en depresión. Veamos un ejemplo clínico de funcionamiento ecoísta:

Esta historia comenzó mucho antes de aquel 18 de diciembre en que no sentamos a hacer un picnic y tomar unos vinos en la playa. Esa conexión especial, que se terminó de forjar ese día, ya estaba y surgió como surgen muchas otras cosas, sin querer y con una naturalidad muy especial que siguió su propio curso en el tiempo posterior. Pero ese 18 de diciembre nació algo pasión, amor, confesiones, tacto, suavidad, delicadeza, risas y demás, todo ello con una naturalidad muy exquisita y una cercanía nunca sentida antes. Pero el tiempo quiso que un día te fueras sin motivo y toda esa felicidad que me había abrumado y envuelto desapareció de golpe y porrazo, y sin justificación alguna Me tuve que despedir de la noche a la mañana de todos esos mensajes de whatsapp tan intensos, de tu cercanía, de tus caricias, besos, risas… la ausencia se hizo de lo más terrible, lo tenía todo y de repente ya no había nada, ni siquiera una explicación real que me pudiera hacer entender qué había pasado y quedó un vacío inmenso incapaz de superarse (…) Convivía día a día al lado de una persona por la que sentía y a la que quería; debía reprimir sentimientos, caricias y besos; debía controlar mi actitud hacia él, debía disimular mi tristeza; debía controlar cada acto o palabra que decía; debía, debía y debía una y otra vez. Sin embargo, me mantuve firme a tu lado e intenté ayudarte en todo lo que podía sin tenerme en cuenta porque mi mayor prioridad eras tú. Me permitía sentarme a tu lado para una cerveza y una charla por hundida que estuviera, te escuchaba atentamente, te miraba a los ojos y no hacía más que repetirme que te quería mientras reprimía sentimientos y ganas de abrazarte o besarte, estaba cada vez que necesitabas, te apoyaba en todo momento, te ofrecía todo lo que tenía a mi alcance para que te sintieras a gusto y bien, para que olvidaras el mal que padecías; pero yo siempre quedaba al margen (…) Y llega el tiempo en que decides separarte y pides ayuda. Vuelvo a estar a tu lado sin acordarme de mi y sin pretender recibir nada a cambio. Todo por y para ti (…). Un verano y meses posteriores en que vivimos una relación maravillosa pero siempre a escondidas (…) una relación vetada al exterior, vivida con disimulo (…) Una relación en que ibas y venías dejándote llevar por tus emociones pero sin nada claro, incapaz de decir un te quiero, como mucho un ¿lo sabes, verdad? (…) nunca un te quiero en toda regla (…) En tú último retiro de ausencia y distancia, me citaste un día para decirme que sólo podía haber una relación de amistad y nada más. (…) Siempre he hecho un esfuerzo por ayudarte, por estar a tu lado para que te sintieras bien, para que no tuvieras un sentimiento de abandono (…) he actuado con la mayor empatía posible justificando todas tus respuestas y actuaciones por daño que me hicieran, he permanecido a tu lado cuando apenas podía ni respirar y con una punzada en el pecho y otra en el estómago. (…) Un huracán lleno de emociones e intenso que tal cual llegó, se marchó y dejó la casa en ruinas.» [1]

A nivel clínico, hay características muy similares a cualquier adicción química: dependencia, negación, respuestas emocionales disfuncionales, ansia y recompensa (a través de la interacción con otra persona) e incapacidad para controlar o abstenerse de la conducta compulsiva sin tratamiento. Cada vez se pasa más tiempo pensando, estando con y / o tratando de controlar a otra persona. Otras actividades sociales, recreativas o laborales sufren como resultado. Finalmente, puede continuar su comportamiento y / o la relación, a pesar de los problemas sociales o interpersonales persistentes o recurrentes que genera.

Estaría en le registro narcisista porque obtendría todo el narcisismo pero por procuración. Al respecto, Martine Sandor-Buthaud (2009) nos dice que Eco nos refiere al narcisismo. Contemplado a través de este personaje mítico, la problemática narcisista toma otro aspecto que visto exclusivamente desde el ángulo de Narciso. Esta nueva perspectiva permite otro punto de vista del narcisismo, el cual no es tanto cuestión de imagen y mirada, sino de escucha y de palabra; de entenderse y hacerse entender, de tener su propia palabra. Esta misma autora distingue en el narcisismo un Narciso joven, magnifico, seductor, admirado, así como una Eco humillada, desesperada, en vías de desintegración casi hasta la muerte, pero sin morir.

Ya el psicoanálisis ha profundizado en el narcisismo del personaje mítico de Eco, la pareja de Narciso. En este sentido, hablando del carácter de Eco, Hannan (1992) dice que su comportamiento es consistente en todo con los criterios del DSM-III el trastorno narcisista de la personalidad. En una investigación exhaustiva y profunda sobre el mito de Narciso y Eco, hemos encontrado ciertos artículos que analizaban dicho episodio mítico siempre como la metáfora de un problemática sin nombre, aunque de corte narcisista, pero que sin embargo representa todo un cuadro clínico importante. Sin llamarle «ecoismo», Claudette Lafond respecto a Eco dirá que se trata de un «… complejo pre-edipiano (que) determina una plasticidad en la relación de objeto y (que) facilita las identificaciones a la sumisión» (Lafond, 1991: 1641). La noción de complejo es definida como un «conjunto organizado de representaciones y de recuerdos con fuerte valor afectivo, parcial o totalmente inconscientes. Un complejo se constituye a partir de las relaciones interpersonales en la historia infantil; puede estructurar todos los niveles psicológicos: emociones, actitudes, comportamientos» (Laplanche y Pontalis, 1973: 72).

Buena parte de la literatura sobre este tipo de (co)dependencia ha puesto el acento en la dependencia como una adicción, fundamentalmente afectiva (Prest y Storm, 1988) y ello se expresa a través de diferentes términos: relaciones adictivas, adicción al amor, dependencia patológica y dependencia afectiva. La precursora de esta perspectiva es la psicoanalista Karen Horney (1950) quien habla de «solución autoeliminadora» –self-effacing solution– para describir la «dependencia neurótica» que consiste fundamentalmente en una extrema dependencia hacia los otros de cara a adquirir un sentido de sí. Se trata de una dependencia mórbida que gestiona la necesidad primaria de obtener y preservar la afección, en detrimento del compromiso en una relación de dependencia abusiva (Horney, 1942).

El movimiento anónimo [2] pone el acento en la (co)dependencia como una patología del vínculo y la definen como una excesiva tendencia a encargarse del otro o a asumir responsabilidades por las otras personas (Haaken, 1993). En este mismo sentido, Wegscheide-Cruse (1985) describe esta condición amorosa patológica como caracterizada por una preocupación y dependencia extrema hacia una persona. Eventualmente, esta dependencia al otro deviene una condición tan patológica que afecta a otras relaciones. Mulry (1987) ha definido claramente la (co)dependencia como una adicción (a una persona toxicómana). Peele y Brodsky (1975), por su parte, afirman que una relación personal puede ser tan compulsiva e impulsiva –overdriven– como lo es la adicción química. En otras palabras, este tipo de relación también supone una adicción (Wright y Wright, 1991). Según Cleveland (1987), la codependencia es un término utilizado para describir un patrón exagerado de dependencia llegando hasta la negligencia de sí, debilitando su propia identidad. Schaef (1987) afirma que la codependencia se caracteriza por un patrón exagerado de dependencia, al punto de ser negligente con la propia persona. Lo original de esta autora es la contextualización de las adicciones, toxicomanías y (co)dependencia, dentro de una sociedad y cultura que favorece dichos comportamientos. El término codependencia describe esencialmente el mismo síndrome que el descrito por Norwood (1985) cuando habla de adicción al amor. Gran parte de la literatura sobre codependencia se cimenta sobre el mito de Eco como arquetipo.

Aunque la literatura sobre este tema muestra, en un primer momento, una gran variedad de definiciones y perspectivas teóricas (Neveille, Bradley, Bunn y Gehri, 1991), parece existir actualmente un consenso sobre la problemática relacional de carácter adictivo de la codependencia. De hecho, dicha característica aparece en la definición oficial emergida de la primera conferencia nacional sobre codependencia que tuvo lugar en Arizona, en 1989: «la codependencia es una pauta dolorosa de dependencia de comportamientos compulsivos y de búsqueda de aprobación en un intento de estar a salvo, de adquirir una identidad y un valor de sí mismo» (Lawlor, 1992: 19).

La problemática del narcisismo: la búsqueda del mito

Cuando entendemos narcisismo, no podemos impedir hacer referencia al mito de Narciso y en consecuencia, pensar en ese personaje enamorado de sí mismo a través de la imagen que el agua le reenvía. A partir de este mito, la psicología y más específicamente el psicoanálisis, ha trazado líneas que conciernen esta patología: el narcisismo. Sin embargo, en el mito de Narciso hay una parte que se ha mantenido a la sombra y que hace referencia al aspecto relacional de Narciso con la ninfa Eco. El mito de Narciso, concretamente el episodio de su relación con Eco, se presenta en este trabajo como una metáfora de la «personalidad ecoísta» cuyo rasgo definitorio sería la (co)dependencia. Esta perspectiva metafórica de la codependencia ha sido claramente puesta de relieve por dos autores: Cermak (1986) y Donaldson-Pressman (1994).

Cermak (inédito) ve la persona codependiente como aquella que está dispuesta a reflejar a los otros, es decir actuar como espejo reenviándoles sus propias imágenes. El relato mítico del poeta griego Ovidio que data de hace dos mil años y que concierne, entre otros personajes, a Eco, parece la mejor ilustración de la condición codependiente o ecoísta. En los trabajos de Cermak (1991), la codependencia se revela como una problemática complementaria al narcisismo. En otras palabras, la codependencia y el narcisismo son dos manifestaciones de un mismo proceso subyacente: «si el narcisismo puede ciertamente presentarse como comportamiento necesitado, tenaz y absorbente, esto levanta la posibilidad de que Narciso y Eco sean simplemente dos manifestaciones de un mismo proceso subyacente» (Cermak, 1991: 141). Esta (hipó)tesis de la complementariedad de la codependencia con el narcisismo, viene apoyada por los propósitos de Freud, quien de hecho reconoce este papel complementario del narcisismo cuando escribe que las personas narcisistas sienten mayor atracción por esas otras personas que han renunciado a una parte de su narcisismo: «el narcisismo de otra persona ejerce una gran atracción para aquellos otros que han renunciado a parte de su propio narcisismo y buscan el objeto del amor» (Sandler, Spector y Fonagy, 1991: 19). Al respecto, Masterson (1981) distingue entre los problemas de personalidad narcisista, una serie de manifestaciones más particulares llamadas por él «narcisismo oculto»» –closet narcissism–, frecuentemente mal diagnosticado como personalidad límite. Este autor afirma que estas personas narcisísticamente ocultas, «ecoístas», codependientes, se centran en las necesidades de las otras personas (pareja principalmente) más que en ellas mismas y son el reflejo (espejo) del otro. Estas personas fusionan con el otro para evitar la fragmentación de su yo interno (self). La pareja a quien se fusionan no es más que una idealización, en cierto modo, una invención. En esta forma particular de narcisismo, todavía hoy no clasificada y por lo tanto no del todo reconocida oficialmente, hay una renuncia de sí. La problemática subyacente parece ser del orden de la depresión de abandono (Masterson, 1993). A esta forma de narcisismo también se la ha descrito como narcisismo encubierto –covert narcisism–. A este respecto, Jean Charles Bouchoux (2012) hablará de las angustias de abandono como propias del narcisismo.

Estas personas «ecoístas» suelen ser en general personas complementarias en relaciones con personalidades narcisistas (psicópatas, perversos narcisistas y maquiavélicos), es decir, personas que a pesar de la malquerencia que sufren, permanecen en este tipo de relaciones conocidas popularmente como tóxicas. Personas que entienden que el sufrimiento forma parte del amor. Personas que sufren y que, más se apegan cuanto más rechazo sufren : «Echo´s love (…) increased by the pain of having been rejected» (Ovidio, 1955 en Hamilton, 1982, p. 128). Esta autora habla de una fidelidad masoquista que reafirma este tipo de relación amorosa. Narciso la contempla no ya como un perfecto espejo sino como una criatura patética. A su vez, a través de la pérdida de la autoestima, Eco se enmascara de la melancolía. Cae presa de una ansiedad inmitigable que la absorbe y rumiaciones compulsivas y obsesivas. Personas que intentan tanto acoplarse a la persona amada, que llegan a perder parte de su personalidad. Catherine Chabert (2003) hablará de un «femenino melancólico» –tanto en hombres como en mujeres–, y verá en Eco una representación arquetípica de esta problemática. Bajo el masoquismo, en la brecha de Eco, se encuentra una forma de testarudez delirante que mantiene la esperanza de eliminar la pérdida o de llenar el vacío, con una presencia maternante de la que obtener una escucha, una existencia con sentido. Personas a quienes les falta independencia en su identidad y por lo tanto, buscan en la fusionalidad relacional con un Narciso el sentimiento de identidad y de completud que les falta (Bergmann, 1984).

Jean Charles Bouchoux (2012) dirá al respecto, que «tanto la víctima como su verdugo son a menudo como el negativo y el positivo de una misma foto. Ambos utilizan los mismos tipos de mecanismos de defensa pero tienen, sin embargo una actitud inversa.» (p. 51). Estos mecanismos de defensa son la denegación, la disociación, la proyección y la identificación proyectiva. Y utilizan este mecanismo para evitar la depresión que la desidealización causaría. A este tipo de personas el autor las denomina «personalidades abandónicas». Estas personas tienden a idealizar de manera omnipotente. En este lucha contra la angustia de abandono, la pareja es idealizada y así no se decepcionará nunca. Para mantener esta ilusión, muy a menudo la pareja debe ser inaccesible ya sea porque está casada, distante geográficamente o psicológicamente no disponible. Es el teatro de la imposibilidad.

Claudette Lafond (1991) llama a este tipo de personalidad «el sujeto imposible»; personas con un sentimiento de inexistencia, de ignorar quienes son, una especie de falso-sí, lleno de deseo que no permite el desarrollo de la persona. Esta autora dice que el mito de Eco (nos) sugiere la prohibición de la afirmación de una identidad singular y que la finalidad de la tragedia es la inexistencia. Una existencia que para existir debe reflejar, fusionarse, imitar. Mimetizarse para poder tener una existencia por procuración o para que esta tenga un sentido. La realidad es que este tipo de persona se fusiona a un sujeto narcisista –en el sentido clínicamente conocido–, por lo que su individualización, su identidad, su existencia nunca consigue pasar más allá del deseo de llegar a ser. Eco es el objeto del otro, Narciso. Su espacio psíquico está ocupado por el de otras personas. A defecto de ser, estas personas son portadoras de sufrimientos parentales o víctimas de parentificación. Estas personas cuidan de otras como cuidando de sí mismas. Reproducen así las primigenias relaciones determinantes y la compulsión a la repetición se instala, de tal manera que van en cada pareja repitiendo el mismo escenario de inexistencia o abandono o rechazo a modo de patrón.

Cermak (1986) ilustra a partir del mito el contrato relacional que, según él, está en la base de la codependencia: Eco, queriendo ganar la afección de Narciso por el reflejo de sus propias palabras, seducción, pierde aquello que quería realmente decir, quedándose así con un profundo sentimiento de impotencia, sobre todo del hecho de que le había dado su propio poder a Narciso. El don en el sentido de cesión de su propio poder, de su propia voluntad, sacrificándose ella misma está en el centro de la codependencia. El precio a pagar es la pérdida de la corporeidad y así de su propio lugar de habitación. Sin embargo le quedará la limitada voz.

Eco muestra a Narciso cómo ella se le parece: las palabras eran casi las mismas. Eco, en el mito, hace de espejo sonoro de Narciso. El rasgo diferencial en las personas codependientes es que en sus relaciones, se limitan a reflejar, a actuar como espejo. El problema de la personalidad codependiente podría muy bien llamarse «Ecoísmo», de la misma manera que el problema de personalidad narcisista se le conoce bajo el nombre de narcisismo.

Las investigaciones relacionadas con este mito, en particular con la figura de Eco hablan de una dependencia patológica particular característica como la esencia de esta personalidad. Como una personalidad que no ha podido en su desarrollo emocional llegar al final del proceso de individuación. Un tipo de persona con dificultades para comunicar y responsabilizarse de sus necesidades si no es por procuración, es decir, de manera fusional y parasitaria.

Claudette Lafond (1991) sitúa la «problemática ecótica» en la óptica del proceso de subjetivación. La autora toma como punto de partida una problemática particular encontrada en su práctica profesional. Se trata de una serie de síntomas que presentaban ciertas personas pacientes, fundamentalmente femeninas. Todos los síntomas le llevaron a la reflexión sobre el sujeto, es decir su existencia. La autora piensa que se trata de «… una subjetividad que no ha podido llegar a ser» (Lafond, 1991: 1639). La persona no ha podido edificar «… una mitología personal sin la alienación de la relación imaginaria con el otro» (Lafond, 1991: 1640). Este imposible sujeto no ha podido construir su yo, su morada, a través de «… la posesión psíquica de su territorio, allí donde uno se siente en su casa con un perímetro bien definido y allí donde las aperturas hacen posible evolucionar. Un lugar que se construye en un tiempo. Un lugar que contenga, paralelamente al tiempo, y que constituye la historia del sujeto» (Lafond, 1991: 1640). Comprendemos que el desarrollo de un sí (self), de una subjetividad, de una persona, es la creación de un espacio de habitación intersubjetivo que en ciertos casos no ha podido ser creado. Si esta realización no ha podido tener lugar es porque hay alguna falla en la relación con otra persona que es del orden de la alienación. Se trata, por supuesto, de una relación primaria o constituyente del sujeto. La autora encuentra en el mito la metáfora de esta condición que es la de pacientes que no han podido desarrollar su propia subjetividad. A través del análisis de este mito, la autora intenta aproximarse a esta problemática sin diagnóstico. En su aproximación mítica de esta realidad del imposible sujeto, encontramos puntos comunes revelados por otros autores que tratan de la codependencia y el ecoísmo, sobre todo a aquellos que tratan del aspecto disfuncional o narcisista de la familia original (Donaldson-Pressman y Pressman, 1994). Encontramos así el problema de triangulación entre Eco y sus padres. Encontramos la falta de espacio psíquico en Eco para crear su propio espacio habitable, su morada, ya que se encuentra bloqueada en el espacio parental; un espacio conflictivo entre los cónyuges. Encontraremos también la condena de Eco a ser el espejo sonoro del otro por la pérdida de su capacidad de palabra, fruto de un castigo maternal; encontramos también la problemática incestuosa del padre para con las hermanas de Eco, y encontramos finalmente la dificultad relacional de intimar en su relación con Narciso. El final del drama es la inexistencia de Eco en tanto que sujeto. Eco intenta construir su propia habitación intentando entrar en relación íntima con Narciso, aunque no lo consigue. En otras palabras, su relación con Narciso deviene también tan alienante como la mantenida con sus padres. Eco no consigue establecer un lazo a partir del cual pueda construir su morada, su propio yo, su palabra.

Finalmente, los autores Besson y Brault (1992), aunque sin centrarse en el personaje de Eco, analizan la complementariedad de la relación de esta ninfa con Narciso. Señalan la existencia de una problemática relacional complementaria al narcisismo: «en esta relación mortal, Narciso y Eco son extrañamente complementarios: en los ojos de Eco, Narciso no ve sino a él mismo mientras que Eco no tiene existencia propia, ella no puede hacer otra cosa que repetir lo que el otro dice» (Ibid, p. 194). Este pequeño análisis revela que Eco no tiene una existencia propia. Su comunicación está limitada a repetir las palabras del otro, a modo de reflejo. Eco es simplemente un espejo y no el otro relacional con autonomía propia. Se trata de una relación mortal en donde no solamente Narciso muere sino que también lo hace Eco, en parte. Si la relación es calificada de mortal es porque se trata de una relación de duelo a muerte, en donde la presencia mediatizada por la palabra, la ley, no existe. La mediación, en este contexto, sería la aceptación de la función de la ley; lo que en términos psicoanalíticos hace referencia a la función paterna: «…la función paternal es en primer lugar la de facilitar esta separación del infante y de la madre. Esta función es sobre todo una función simbólica y por tanto tiene una relación con la Ley» (Ibid, p. 187). La dimensión plenamente humana «…supone la confrontación y aceptación de la función de la ley en donde la referencia a un tercero, simbólico, es fundamental» (Ibid, p. 188).

La relación de Eco con Narciso es una relación en donde reina la fusión; hay una incapacidad de encuentro en el sentido de que el encuentro se definiría por una estructura ternaria y no dual. Con la finalidad de que el sujeto pueda reconocer al otro como verdaderamente otro, diferenciado, el sujeto debe tener acceso a la función simbólica o cultural; proceso que pasa ante todo por una separación seguido de un duelo, a partir del cual es posible establecer una relación hospitalaria con el otro: «este reconocimiento de la alteridad pasa necesariamente por la experiencia de la separación (con la madre), de la experiencia del destete» (Ibid, pp. 188-189). Eco está inmersa en una relación de tipo narcisista en donde ella se considera como una prolongación de Narciso, un espejo de éste. No podemos decir que no hay encuentro pues estaríamos en el terreno de la psicosis. Se trata de una relación en donde la existencia del otro no es percibida como tal, sino como una prolongación de sí. La alteridad no se concibe. La otra persona es considerada como objeto y no como sujeto.

A la luz de esta exposición, es de constatar que todos estos autores hablan de síntomas parecidos y de un escenario familiar particular. Ciertos autores han nombrado a esta problemática clínica como codependencia mientras que otros la han llamado «ecoísmo», otros hablan de «personalidad ecoísta». No obstante, ciertos autores sitúan esta problemática dentro del narcisismo, el cual habría que redefinir. Este síndrome, todavía mal conocido y poco reconocido en el dominio de la psicología, se ha quedado atrapado bajo una rúbrica ambigua sin ser reconocido como tal, aunque clínicamente existe. Ells (1990) dirá que no es más un que un nuevo nombre para un viejo problema. Pero en definitiva, existe una problemática narcisista muy conocida en la clínica conocida bajo diferentes nombres: codependencia, narcisismo encubierto, ecoísmo. Una problemática narcisista que reclama la revisión nosológica del trastorno narcisista de la personalidad, de manera a incluir la complementariedad narcisista dentro del trastorno.

El mito de Eco y Narciso

Nuestras lecturas sobre el fenómeno narcisista de la codependencia así como la persona ecoísta nos han llevado hacia un tipo de narcisismo representado por el personaje mitológico de Eco en su relación con Narciso.

El mito de Narciso se encuentra en una colección de historias greco-latinas bajo el título de “Metamorfosis”, completadas en el año VIII a. C. cuando Ovidio fue expulsado fuera de Roma por el emperador Augusto (Berman, 1990). Los historiadores de la literatura han recogido mucho sobre el tema de Narciso a partir de la poesía, el drama y la ficción con la finalidad de documentarse sobre el tema (Ibid).

Si hemos tomado la versión del poeta latino Ovidio es porque esta versión del relato mítico, además de ser antigua y clásica, se considera la más rica en detalles. De hecho ha sido la fuente de numerosas adaptaciones artísticas (Zwettler-Otte, 1990). El mito, tal y como escrito por Ovidio, representa una versión altamente estructurada y compleja (Ibid). Sin embargo, hay versiones más antiguas –que Ovidio conocía ciertamente– y versiones posteriores (Ibid). A pesar de ello, Ovidio pareció ser el primero en relacionar los dos mitos: el de Narciso y el de Eco (Hannan, 1992).

Ovidio era el poeta latino por excelencia. Su lugar en la historia de lo amoroso está asegurada por dos de sus libros: AmoresEl arte de amar  –Ars Amatoria (Bergmann, 1984)–. El genio de este poeta reside en su fineza psicológica y el lazo narrativo que crea entre diferentes mitos.

El relato del episodio mítico de Eco y Narciso presentado aquí es una traducción castellana realizada a partir de la versión latina de “metamorfosis” de Ovidio (Álvarez e Iglesias, 1997).

«Contempla a éste, que azuza hacia las redes a los asus-
tadizos ciervos, la habladora ninfa, que no aprendió a
callar ante el que habla ni a hablar ella misma antes, la
resonante Eco. Hasta ahora, Eco era un cuerpo, no
una voz; pero, parlanchina, no tenía otro uso de su                  360
boca que el que ahora tiene, el poder de repetir de entre
muchas las últimas palabras. Esto lo había llevado a
cabo Juno, porque, cuando tenía la posibilidad de sor-
prender a las ninfas que yacían en el monte a menudo
bajo su Júpiter, ella, astuta, retenía a la diosa con su lar-
ga conversación, hasta que las ninfas pudieran escapar.         365
Cuando la Saturnia se dio cuenta de esto, dijo: «De esa
Lengua, con la que he sido burlada, se te concederá una
mínima facultad y un muy limitado uso de la palabra»,
y con la realidad confirma las amenazas; ésta, sin
embargo, duplica las voces al final del discurso y de-
vuelve las palabras que ha oído. Así pues, cuando vio               370
a Narciso, que vagaba por apartados campos, y se ena-
moró, a escondidas sigue sus pasos, y cuanto más lo si-
gue más se calienta con la cercana llama, no de otro
modo que cuando el inflamable azufre, untado en la
punta de las antorchas, arrebata las llamas que se le
han acercado. ¡Oh!, cuántas veces quiso acercarse con             375
lisonjeras palabras y añadir suaves ruegos! Su naturale-
za lo impide y no le permite empezar; pero, cosa que
le está permitida, ella está pronta a esperar sonidos a
los que puede devolver sus propias palabras. Por azar
el joven, apartado del leal grupo de sus compañeros,
había dicho: «¿Alguno está por aquí?», y «está por                        380
aquí» había respondido Eco. El se queda atónito y,
cuando lanza su mirada a todas partes, grita con fuerte
voz: «ven»: ella llama a quien la llama. Se vuelve a mi-
rar y de nuevo, al no venir nadie, dice: «¿Por qué me
huyes?», y tantas veces cuantas las dijo, recibió las pa-
labras. Insiste y, engañado por la reproducción de la                  385
voz [3] que le contesta, dice: «En este lugar reunámo-
nos [4] y Eco, que nunca habría de responder con más
agrado a ningún sonido, repitió: «“¡unámonos¡” [5], y
ella misma favorece sus palabras y, saliendo de la selva,
arrojando [6] sus brazos al deseado cuello. Huye él y, al            390
huir, aleja las manos del abrazo. «Moriré antes», dice,
«de que te adueñes de mi». Ella no repitió nada a no
ser «te adueñes de mi». Despreciada se oculta en el bos-
que y avergonzada cubre su cara con ramas, y a partir
de entonces vive en solitarias cuevas; pero, sin embar-              395
go, el amor está dentro y crece con el dolor del recha-
zo: y las insomnes preocupaciones amenguan su cuer-
po que mueve a compasión, la delgadez contrae su
piel, y todo el jugo de su cuerpo se va hacia los aires;
solamente le quedan la voz y los huesos: permanece la
voz; cuentan que los huesos adoptaron la figura de
una piedra. A partir de ese momento se oculta en los                 400
bosques y no es vista en montaña alguna, es oída por
todos: el sonido es el que vive en ella».

Análisis del mito

La narrativa literaria mitológica de Eco se estructura en tres partes: el castigo de Juno (madre) a Eco (primera metamorfosis), la relación de Eco con Narciso, y finalmente la conversión de Eco en sonido después del rechazo de Narciso a Eco (segunda metamorfosis).

Eco

El carácter de Eco no cambia como consecuencia de la relación con Narciso, en donde vemos emerger el perfil de verdugo, el explotador de otras personas. Eco mira fuera de sí misma. Su naturaleza se revela parasitaria, «reflectiva». Se trata de un personaje comunicacionalmente hablando, limitado, puesto que Eco no puede establecer un diálogo; está condenada a repetir palabras, es decir a espiarlas. Su comunicación aparenta empatía por el hecho de que repite, refleja, lo que Narciso dice. Pero veremos que más que empatía, parece un mecanismo de defensa que se llama identificación. Esta tan centrada en Narciso que ignora sus sentimientos así como sus necesidades. Tiende a idealizar y proyectar sus anhelos. Eco crea al Narciso que ama. Lo vislumbra bajo su fantasía. Teniéndolo, tendrá éxito y felicidad. Eco ha creado un narciso a su imagen y semejanza para satisfacer sus escondidos y recónditos deseos de existencia y reconocimiento. Así, encontramos en la clínica personas que desean cambiar a la pareja, lo cual, suele resultar imposible. Para ello, intentan comprenderla, llegar el núcleo de la personalidad de su disfuncional pareja. La impotencia de pacientes «ecoístas» se torna omnipotencia. Pacientes que pretenden domesticar parejas en algunos casos claramente narcisistas, psicópatas, perversas (adictas). Parejas con las que sufren mal trato y mal querencia, con las cuales son infelices, pero aún así persisten. Parejas Narcisos autocentradas, incapaces de empatizar; parejas que engañan, a veces sistemáticamente. Parejas delincuentes a quienes pacientes Eco pretenden rehabilitar a base de comprensión y amor. Un amor a todas luces romántico, más del orden de lo imaginado o posible, que de lo real. En este tipo de demandas, poca pizca de realidad se observa a veces. Es cuasi-delirante este deseo de cambiar a la pareja. Muchas de estas personas pacientes vienen cargadas de un profundo sentimiento de culpa e impotencia.

Eco, prototipo de este tipo de pacientes ecoístas, se ha visto en Narciso; ha creado en Narciso una imagen que le satisface. «Cuanto más lo ve, más convencida está de que él es quien quiere que sea» (Hannan, 1992, p. 564). A pesar de que estas personas pacientes ven en cierto modo (a veces intuyen) su error cognitivo, deciden seguir adelante con la relación. Encontramos en ocasiones a Eco bajo los efectos del sesgo perceptivo fruto de la disonancia cognitiva. Las personas Eco se vuelven obsesivas en sus fantasías sobre «sus Narcisos» y lo persiguen obsesivamente hasta hacer realidad lo fantaseado. Tienden a interpretar la conducta de de manera deformada para que cuadre en su fantasía. No acaban de aceptar la realidad. A veces, pretenden comprenderlo, meterse en su mente. Se trata de un amor pasional, doloroso. Cuando no lo consiguen, no pueden cambiarlos, emerge una rabia muy profunda, muchas veces volcada hacia sí. Esperan, desean que Narciso cambie.

La autoestima y el sentido megalómano de su valía la obtienen de engrandecer la valía de la pareja; una valía en muchas circunstancias mediocre y pobre. Su propia valía queda «entre bastidores»; oculta en un segundo plano, intentan dominar y controlar la situación: una relación que se les escapa; que no les pertenece. Isak Dinesen, pseudónimo literario utilizado por la escritora y baronesa de origen danés, Karen Von Blixen-Finecke nos traza este retrato «ecoísta» en el personaje conocido por la película «Memorias de África». Una mujer que pretende cambiar la naturaleza un tanto salvaje de Denis Finch Hatton, un cazador británico que no quiere ningún compromiso a largo plazo, tras el estrepitoso fracaso amoroso con el Barón Bror Blixen-Finecke, el cual había resultado ser un infiel compulsivo, con trazos claramente narcisista y egocéntrico. No solo pretende cambiar a ambos, sino que pretende cambiar el curso del río, pretende alfabetizar a los kikuyu, pretende sembrar café en tierras imposibles. Pretende estar en pareja aún a costa de su fortuna. Pretende controlarlo todo. Es una pretensión bastante megalomaníaca y omnipotente. Al final, lo pierde todo, incluso su capacidad de procrear. Una mujer con gran dificultad para pedir ayuda. Aparentemente independiente y desenvuelta. Pero con profundos miedos e inseguridades.

Volviendo al mito clásico, queremos subrayar algunos puntos importantes. El primero, hace referencia a la corporeidad de Eco. En el mito, Eco aparece corporalmente sólo cuando Narciso le propone reunirse. Hasta ese momento, y después, Eco se esconderá en los bosques, escuchándose de ella sólo la voz. Su presencia se anunciaba por la voz. Efectivamente el eco está hecho de palabras; es una sonoridad, una música. Didier Anzieu (1976) lo describe como un espejo sonoro. Ser entendida (comprendida, validada) por otra persona forma parte de la conformación psicológica sana del ser humano. Como dice este autor, la mitología griega conocía bien el inconsciente y como tal, Ovidio se dio cuenta de la importancia del espejo tanto visual como sonoro de la constitución del narcisismo.

El segundo punto, si prestamos atención a la narrativa, es que ante la proposición de Narciso para reunirse, Eco repetirá solamente la palabra unirse, cuya connotación es totalmente diferente. De esta manera, Eco puede manifestar su propio deseo de intimidad sexual (o relacional) con Narciso (Hannan, 1992). Con ello, Eco rompe la imagen sonora perfecta enviada para seducirle y se presentará ella misma como siendo el otro diferente con corporeidad e iniciativa. De alguna manera rompe el contrato relacional existente entre ambos.

Tercero, Eco estaba ya enamorada de Narciso antes de que éste reclamara su presencia física. De hecho, Eco le seguía furtivamente, esperando una oportunidad para repetir sus palabras y así manifestarse. Eco espía a Narciso y cuando puede, salta a abrazarlo como cualquier cazador que espera su presa. De alguna manera, Eco hace lo mismo que Juno: espiar y saltar cuando la presa cae en la trampa. El espionaje representa aquí la modalidad de interacción unilateral, un amor de una sola dirección.

Cuarto, el amor de Eco por Narciso crece y se retro-alimenta sin que Narciso haga nada por ello. El hecho de seguirle y espiarle de cerca alimenta su amor por él. No es pues el contacto con él lo que alimenta su amor. Lo que alimenta su amor hasta quemarla de pasión es la distancia, la espera y finalmente, el rechazo. Parece pues un amor idealizado, fantaseado puesto que el otro real no está presente.

En la clínica, observamos en este tipo de relaciones tres etapas fundamentales. La primera caracterizada por un inicio similar al amor romántico pero con mayor atención y dependencia de su pareja, así como deseos claros de complacer. En esta etapa, la persona puede obsesionarse con la pareja, negar y racionalizar el comportamiento problemático, así como dudar de las propias percepciones, intuiciones, dejar de mantener límites saludables y renunciar a amistades, actividades e incluso familia. En una segunda etapa, ya la persona ecoísta debe realizar mayores esfuerzos para minimizar los aspectos dolorosos de la relación. Aparece la ansiedad, la culpa (en forma de autoinculpación). La autoestima disminuye conforme va aumentando el compromiso de sí misma para mantener la relación. En otras palabras, la persona ecoísta va dando más, prácticamente sin recibir nada o muy poco a cambio, creciendo así la ira, la decepción, el resentimiento, la impotencia. Durante esta etapa comienzan los intentos de cambiar a la pareja. Suele haber algún tipo de violencia. El estado de ánimo empeora así como aumenta la obsesión, la dependencia, el conflicto, el retiro, el incumplimiento. Cuanto más desesperadamente la persona ecoísta intenta modificar a la pareja, más esa la rechaza, hasta llegar a escenas crueles. Tal y como lo señala Berman (1990), «The more desesperately Echo pursues Narcissus, the more cruelly he rejects her» (pp. 8-9). En la etapa tardía, los síntomas de esta montaña rusa emocional derivada fundamentalmente de los comportamientos, comienzan a afectar a la salud física y la persona ecoísta comienza a somatizar el estrés con trastornos del sueño, problemas digestivos, cefaleas tensionales, dolores musculares, trastornos alimenticios, recaída en adicciones, alergias, enfermedades cardiacas o autoinmunes. Los comportamientos obsesivo-compulsivos así como otras adicciones aumentan, al mismo tiempo que disminuyen en picado la autoestima y los autocuidados. Aparecen sentimientos de desesperanza, ansiedad, depresión así como ideaciones suicidas cuando no, intentos o suicidios fallidos. Posteriormente a ello, viene la separación y más adelante las recaídas, reiniciándose un ciclo.

La ambigüedad de la relación así como su carácter patológico en donde cada miembro de la misma atormenta al otro, se manifiesta en diferentes contextos de la narrativa mítica. Al respecto, hemos destacado el cambio de palabras –unión por reunión–, cambiando así el contrato relacional –de imitar por presentarse. Hemos destacado también el gesto de aproximación rápido que hace Eco, el cual no deja espacio ni tiempo para una respuesta del otro. Echarse al otro abrazándole es un gesto sin autorización del otro; lo que hace que este gesto tenga una connotación de asalto, de ataque, de fuerza. No es una invitación a amar al otro. Finalmente, Narciso se siente decepcionado por esa imagen sonora, esa voz que al alternar, cambia el propósito del encuentro que él proponía: «alternae deceptus image vocis» (Hannan, 1992). En esta relación ambigua, vemos que cada uno pretende presentarse al otro, con una demanda personal. Por un lado está Narciso, con su necesidad de fusionarse con el otro, con la finalidad de que este otro le refleje. Se trata de una relación maternal, pues el papel de la madre es esencialmente el de ser el espejo del infante. La demanda de Eco es también clara: pretende la unión marital con el otro sin que éste pueda decidir. La necesidad del otro parece así un imperativo más que un deseo.

El nudo del drama entre Eco y Narciso se sitúa justamente en el momento en donde intercambian el contrato relacional. La no reciprocidad del intercambio es puesta en evidencia cuando Narciso, escapando del abrazo de Eco, le dice: “moriré antes de que te adueñes de mí» [7]. A lo cual Eco responderá “te adueñes de mí» [8].

Etimológicamente y, en este contexto, el término «copia» hace referencia a la plenitud –en el sentido de abundancia (Bremkman, 1976)– que se siente ante el otro. La presencia amorosa del otro satisface el deseo del ser humano de sentirse completo. Nos hace sentirnos vivos, plenos, satisfechos. En este sentido, Narciso rechaza no solo la relación con el otro, sino ese sentimiento profundo de unión y de satisfacción que se alcanza con el otro. Por su parte Eco, a pesar del rechazo, acepta dar, ofrecer su presencia sin respuesta del otro y, en consecuencia, tampoco conseguirá satisfacer su deseo de plenitud ya que no hay reciprocidad en la relación. Eco, a pesar del rechazo, continúa amando a Narciso. Pero si prestamos atención al texto, Narciso no pudo escuchar las últimas palabras de Eco, o lo que es lo mismo, Eco habló sin auditorio, sin que nadie la escuchara.

La complementariedad de estas dos dinámicas relacionales ha sido puesta en evidencia en esa relación interpersonal. Este episodio mítico testimonia la gran sensibilidad de Ovidio «hacia su gemelidad y hacia una falta de un yo consistente en el narcisismo» (Savitz, 1986:332).

Eco y el espectro familiar

En esta parte de la narrativa, tenemos una rica descripción de la dinámica familiar. Mientras que Júpiter, esposa de Juno y padre de Eco, se abandonaba a los juegos amorosos con las ninfas de la montaña, hermanas de Eco, Juno (madre de Eco) lo intuía y quería saber qué ninfa concretamente era con la que su esposo se divertía. Eco, tan habladora, distrajo y divirtió incluso a Juno, de manera que durante ese tiempo las ninfas pudieran escaparse. Juno se da cuenta de lo que Eco intentaba hacer y en consecuencia, le condena a la ecolalia. El castigo de Juno es así una regresión hacia un estado anterior del desarrollo, es decir una vuelta al estado natural de la palabra humana. La ecolalia es una fase propia del desarrollo del infante (Barclay, 1993) y que debe desembocar en el desarrollo de la palabra. Al respecto, subrayar que el término infante viene del latín infans que quiere decir «sin palabra».

¿Qué significa el castigo de no poder iniciar una conversación? En esta primera metamorfosis, la condena a repetir las últimas palabras de la frase de los otros tiene consecuencias importantes. El pasaje de la conversación a la ecolalia significa una regresión importante. Significa igualmente una naturalización de la palabra, es decir el lenguaje humano se transforma en lenguaje natural –balbuceo– que consiste en emitir sonidos sin significado y dirección claros, lo que imposibilita el ser reconocido por lo otros. De esta manera, Eco no puede responder ni por el silencio, único espacio en donde la palabra del otro puede emerger, ni dirigirse a otro en primer lugar. En consecuencia, el castigo va en «… dirección inversa al proceso de subjetiviación» (Lafond, 1991: 1641). Dado que la humanidad del ser se adquiere en conversación con el otro dentro de un contexto intersubjetivo o interrelacional, Eco no podrá adquirirla y su proceso de humanización quedará comprometido. Sin palabra no hay expresión y sin ésta, no hay existencia humana. La pérdida de iniciativa al diálogo en Eco es la pérdida de la capacidad de dirigirse y, en consecuencia, de construir una relación intersubjetiva y hospitalaria con otra persona. En esta pérdida de la capacidad dialógica hay igualmente una imposibilidad de escucha del otro, lo que significa una imposibilidad de recibir al otro en tanto que invitado para ofrecerle la hospitalidad.

Hacemos un paréntesis para especificar que la conversación de Eco antes del castigo era un «parlar», es decir un hablar desmesurado, en abundancia, cuya finalidad no era comunicar nada, sino entretener. Esta manera de hablar, lejos de revelar al sujeto hablante como es el caso de la palabra dirigida (Arendt, 1961), lo que hace es aturdir al otro, dejándolo fuera de juego. Se trata más bien de una palabra compulsiva que sirve para confundir e incluso seducir. Se trata de un discurso vacío, un monólogo. Las palabras no revelan nada del sujeto hablante. Se trata de una palabra que, habiendo perdido su sentido específico de formar una comunidad humana, una unión, deviene un medio y no un fin en sí mismo. Ello se produce cuando se está por o contra alguien (Arendt, 1961). En este caso podríamos decir que Eco estaba contra Juno y con Júpiter y sus hermanas. Todo ello nos deja entrever conflictos entre los esposos, entre Eco y Juno y finalmente entre Eco, Juno y Júpiter.

Por otra parte, Eco está condenada a seguir al otro de cerca para que pueda repetir fielmente sus palabras. En otros términos, Eco no podrá mantener una distancia propia e inherente al diálogo, sino que es condenada a una relación simbiótica con el otro; una relación en donde haya fusión entre ella y el otro.

El castigo implica también una falta de iniciativa en la acción de ella. Ella no actúa sino que reacciona al otro, repitiendo las palabras: Eco es reactiva. En psicología, la reacción es del orden de la impulsividad y de la inmediatez (Laplanche y Pontalis, 1973). La impulsividad es «actuar» según la impulsión del movimiento donde los actos no son reflexionados sino espontáneos en el sentido de naturales, instintivos, es decir fuera del contexto de la conversación humana. En otras palabras, son actos involuntarios, automáticos, maquinales, reflejos.

La noción de inmediatez hace referencia a carentes de mediación, sin espera. La inmediatez es del momento presente. Inminente, de inminere, quiere decir amenaza. Se trata pues de una reacción ante la proximidad del otro concebida como amenaza y, en este sentido lo es, puesto que no hay mediación alguna entre ella y el otro. Se trata de una proximidad en donde ambos personajes pierden los límites. Se trata de una relación no intencionada, no dirigida, en bruto.

¿Porqué Eco toma el papel de distraer a Juno? ¿porqué Eco no mantiene relaciones sexuales con Júpiter como lo hacen sus otras hermanas? Ovidio nos muestra aquí una ninfa de la montaña, Eco, que no participa directamente de los juegos amorosos de su padre y hermanas pero que los favorece de manera indirecta. Para ella, parece más importante retener a Juno que dejarse ir ella misma a una aventura amorosa con Júpiter. Eco, de alguna manera, evita los contactos sexuales íntimos con los hombres y ello se refleja claramente en otras versiones más antiguas del mito de Eco. En éstas, Eco tiene un gran admirador, Pan, el dios de los bosques y las praderas. Pan castiga a Eco por su rechazo a unirse a él a ser desmenuzada por otros pastores. Eco rehúsa unirse a otro hombre y, de hecho, en la elección de Narciso no habrá consumación sexual con él.

Por otro lado, Eco tiene una gran complicidad con Júpiter manifiesta en el hecho de que protege su placer. Pero ¿dónde se sitúa su propio placer? En el grado de placer de Júpiter primero, de las ninfas en segundo lugar y finalmente en el de Narciso, la búsqueda afectiva de Eco «… toma el camino de la gratificación narcisista del otro» (Lafond, 1991: 1642). En otras palabras, Eco no parece tener un placer propio sino que éste parece ser el de satisfacer el de otros, incluyendo su madre, pero también veremos que se trata de una satisfacción indirecta.

Júpiter y Juno: padres de Eco

Júpiter es un ser divino, un dios en la mitología griega, que se caracterizaba por sus innumerables relaciones sexuales extraconyugales con mujeres más jóvenes. Tenemos aquí el personaje de un megalómano «eternamente infiel» con dificultades importantes ante la intimidad relacional, confundida con la intimidad sexual. Un personaje que necesita constantemente esa juventud perdida que no deja de anhelar en otros. En todo ello reconocemos marcados trazos narcisistas en la figura del dios Júpiter.

Juno, en la mitología griega, ha sido descrita en general de manera poco halagadora. Mujer extremadamente celosa, justificado en parte por las numerosas mujeres honoradas por Júpiter. Es descrita como una mujer colérica y rencorosa pues jamás olvida una injuria. Está persuadida de que los hombres son más felices que las mujeres y tienen mayor placer (sexual). De alguna manera, ella envidia a los hombres. En la mitología, Juno es la diosa protectora del matrimonio y se ocupaba especialmente de las mujeres casadas (Hamilton, 1996), protegiendo la integridad de sus hogares.

La relación entre los esposos no parece ser una relación recíproca puesto que Juno mantiene una relación de espía hacia su marido. Eco, por iniciativa propia, se interpone entre Juno y Júpiter y se convierte en una especie de chivo expiatorio entre aquello que es causa de litigio entre los esposos. Estamos ante la dinámica familiar en donde la triangulación hace acto de presencia. Este fenómeno se define como «una pauta de comunicación utilizando a una persona como intermediario» (Friel y Friel, 1988: 74). Eco ejerce una función particular en la economía psíquica parental, con lo cual ella no es una persona autónoma y diferenciada: «en particular el mito nos dice […] que cuando hay una conexión ausente […] entre padre y madre (Juno y Júpiter), la hija estará abocada a un papel de mediador en una alianza-estructura triangular, sirviendo como un afecto-puente entre ambos progenitores –[…] y al mismo tiempo aportando un portavoz o canal para el deseo no expresado de la madre que es el de conectarse con su marido y su vida» (Kalsched, 1980: 55).

El término «mouthpiece» se refiere a un medio para expresar las opiniones de otros. De hecho, en la etimología del término eco encontramos esta noción de portavoz, particularmente en el periodismo, en donde el término eco tiene la significación de propagación de una noticia. En este sentido, el término eco es concebido como un agente de difusión indirecto. Dicho de otro modo, el eco es la voz de la opinión (pública) de alguien y en ciertos países encontramos hoy esta apelación en un periódico donde las pequeñas noticias circulan.

«Como puente mediador en la indiferenciada atmósfera de dicho ambiente familiar, la hija nunca desarrolla su propia diferenciación interna y autonomía» (Kalsched, 1980: 55). En tanto que alma o principio del sistema familiar, Eco «… nunca llega ella misma a tener su propia ánima, a encarnarla» (Kalsched, 1980: 55). Dicho de otro modo, «nadie ha sido jamás eco de Eco» (Lafond, 1991: 1642). El alma es el principio, el fundamento, el origen, la fuente y no hay otro principio o fuente anterior. Así, comprendemos que el principio humano, el origen, reside en la mediación simbólica de una relación intersubjetiva con el otro, pero este principio no está encarnado por una persona dentro del sistema familiar sino por la cultura, lo simbólico entre las diferentes relaciones que se tejen en la familia. Sin embargo, en este tipo de familias, la persona que juega el papel de portavoz es elevada a la categoría de principio o fuente familiar; de ahí su sensación de no ser percibida por nadie ni nada y en consecuencia su sentido de desarraigo.

El mito nos ofrece una imagen apropiada de «la injuria narcisista oculta en la persona» (kalsched, 1980: 57) de Eco. En otras palabras, Eco «es el núcleo oculto, herido que nunca ha encontrado una voz real o sustancia encarnada en el mundo» (Savitz, 1986: 332).

Júpiter mantenía relaciones sexuales con las hermanas de Eco, y Juno es la madre de Eco. En definitiva, podemos hablar de un entorno familiar en donde el incesto está presente. Sin embargo, Eco no es la persona incestuada físicamente, sino sus hermanas. En la narrativa, Eco defiende a su padre y el acto incestuoso de Júpiter hacia sus hijas (hermanas de Eco). De alguna manera Eco desvía el deseo de su madre y defiende a su padre de la intrusión maternal. Eco mantiene una alianza secreta con su padre y forman así una coalición contra la madre, aunque el precio a pagar por el servicio prestado a Júpiter resulta muy caro. Eco lo paga con la pérdida de su alma, de su palabra, de su psique.

La transgresión del tabú del incesto entre Júpiter y las ninfas, la intromisión de Eco en el conflicto parental y las coaliciones familiares nos hablan de un entorno poco diferenciado, en donde las diferencias transgeneracionales están borradas.

A pesar del castigo del cual Eco es objeto, ella no maldice ni a Júpiter ni a Juno, lo que plantea interrogantes. Eco guarda el secreto sin decir nada, sin defenderse, tomando el castigo como si ella fuera verdaderamente la culpable, como si ella lo mereciera realmente.

La parentificación: el corazón del ecoísmo

A la luz de este mito, comprendemos que el complejo o la problemática ecótica puede emerger de un contexto relacional familiar disfuncional, y a temprana edad. En este mito, concerniendo a la ninfa Eco, «… se trata de una prohibición de la afirmación de una identidad singular» (Lafond, 1991: 1641). Es dentro de esta imposibilidad de que el yo devenga, donde el mito de la ninfa Eco se inscribe.

La obra de Alice Miller (1983) trata de una problemática particular que tampoco tiene todavía diagnóstico, aunque sí cuadro clínico. Desde su perspectiva, la problemática del narcisismo se extiende más allá del narcisismo patológico comprendido como la excesiva idealización de sí mismo, y recubre un espectro particular que es el de los infantes que juegan el papel de sus madres/padres; lo que ella llama el drama del infante dotado. La autora se sirve del episodio mítico de Eco, inmerso en el mito de Narciso, para ilustrar la problemática de estos infantes dotados, inteligentes y sensibles que van a investir a sus madres/padres, produciéndose así una inversión de papeles en donde el infante cuidará de su madre, asegurándose así su amor:

«esta actitud es luego desarrollada y perfeccionada, hasta que estos infantes lleguen a ser […] de sus madres, y que se ocupen de sus pequeños hermanos y hermanas, desarrollando una sensibilidad particular por las señales inconscientes de las necesidades de los otros » (Miller, 1983: 20).

El síntoma central de estos infantes, una vez llegados a adultos, parece ser la depresión. La compulsión a la repetición de este escenario se traduce por una puesta en escena consistente en encargarse de otra persona, y así existir en su rol maternante, con la oculta esperanza de que un día, a su vez, alguien haga de madre. La falla del papel maternal parece subyacer a esta problemática. Esta se acompaña de un profundo sentimiento de vacío, de absurdidad, de sin-sentido y de desarraigo. Sienten una necesidad profunda de recibir eco, de ser reflejados, vistos y comprendidos.

Nos encontramos una vez más con la misma problemática, los mismos síntomas y el mismo escenario de origen: la inversión de papeles revelado de hecho por otros autores cuando hablan del fenómeno de parentificación.

En la obra de Donaldson-Pressman y Pressman (1994) estos autores analizan el carácter mitológico de los personajes Eco y Narciso, describiendo así las características de una familia narcisista o disfuncional. Hacen especial hincapié en las relaciones e interacciones de familias en donde el sistema parental, de trazo marcadamente narcisista, encubierto o abierto, tiene consecuencias nefastas para la prole. En dichas familias el papel parental de conocer las necesidades de la descendencia, con la finalidad de satisfacerlas, está invertido de tal forma que son los infantes, en especial alguno, los «encargados» de conocer las necesidades parentales para satisfacerlas. Son roles asignados como guiones. Lo que caracteriza a estas familias es la comunicación indirecta, la triangulación, la falta de accesibilidad parental, los límites y barreras generacionales oscuros, la falta de autoridad. El pervertido trazo común de estas familias es siempre el mismo: la primacía de las necesidades parentales sobre las necesidades de la progenitura. Así las necesidades de la prole no sólo son secundarias, sino que se ven dañadas y comprometidas seriamente, de tal manera que éstas no son conocidas ni por ellos/as mismos/as. El comportamiento de los infantes es evaluado siempre en términos de su impacto en el sistema parental. Con el tiempo, estas personas parentificadas descubren que sus sentimientos tienen poco valor o más bien tiene un carácter negativo. Comienzan por distanciarse de sus sentimientos, perdiendo así contacto con ellos y con su corporeidad. Negar los sentimientos resultó funcional en una época de sus vidas. En vez de comprender, reconocer y validar sus propias necesidades, estas personas «ecoístas» desarrollan un exagerado sentido de su impacto en las necesidades de los padres, convirtiéndose así en el reflejo de las necesidades emocionales de estos. Estas necesidades se convierten en «un blanco-móvil por el cual luchan por apuntar» (Ibid, p. 6), desarrollando así un profundo sentido de fracaso. Los orígenes de este tipo de familia hay que buscarlos en el seno de la sociedad y de la cultura en la que estamos inmersos. Para estos autores la olvidada leyenda de Eco y Narciso representa la metáfora de la familia narcisista. Narciso representa el sistema parental mientras que Eco representa la progenitura que intentará tener la atención y la aprobación de los padres a través del reflejo reactivo de las necesidades emocionales parentales sin desarrollar así jamás su propia voz.

Y es que ante la dificultad de dar nombre a esta problemática de corte narcisista, existe una unanimidad bastante consensuada sobre su origen sistémico. En el corazón de las relaciones ecoístas, codependientes –addictive relationships– se encuentra el concepto de parentificación (Olson y Gariti, 1993). La parentificación se entiende como una situación de inversión de papeles en la cual el/la niño/a es situado en el papel de abuelo/a o padre/madre de su propio progenitor. La parentificación implica una distorsión de una relación como si el/la niño/a fuera el otro progenitor. En la parentificación, es cuestión de una apropiación inadecuada de la autoridad parental, dando como resultado la interiorización en el/la niño/a de un sentimiento profundo de victimización y de injusticia. Lo que es importante revelar es que el infante se encuentra a menudo en el papel de llenar el vacío de los progenitores. Concretamente, este cumple las funciones de uno de los dos padres (Boszormenyi-Nagi y Spart, 1973). Bowen (1978) cree que las dificultades relacionales de los padres que no han sido resueltas, se canalizan a través de una relación de triangulación en donde el infante parentificado es uno de los vértices del triángulo. La incorporación patológica del/de la niño/a es necesaria para mantener la relación diádica parental y así el sistema familiar puede mantener su equilibrio.

Las consecuencias de esta parentificación son importantes y están relacionadas con la noción de pérdida y abuso. Así, la pérdida en el proceso de parentificación es particular. Para el infante parentificado, éste se convierte física y emocionalmente en cuidador –caretaker– de uno de sus padres o algún otro miembro familiar, produciéndose una pérdida real de su infancia. La persona parentificada entra rápidamente en el mundo de las obligaciones, orientado a la realización de tareas –task-oriented activities–, sacrificando su propio tiempo y esfuerzo mientras que, al mismo tiempo, sufre de la pérdida de ser cuidado por el progenitor del cual se encarga. Pero además, se produce un abuso denominado incesto psicológico ya que el infante parentificado es investido en tanto que cónyuge, pudiendo en algunos casos ir hasta el abuso físico –sexual– del mismo.

Boszormeny-Nagy y Spart parten del principio de que la progenitura está ligada a sus progenitores, pues su supervivencia depende de ellos. Ocurre que en determinadas circunstancias de negligencia, abandono o sobreprotección, el infante «comprende» que las necesidades de los otros, en este caso de los padres, adquieren primacía por encima de las suyas propias. Se trata de situaciones en las cuales este siente que si el progenitor no es apoyado (maintained), su propia existencia, es decir su yo más profundo (self), correrá serio peligro. Aquí empezamos a ver los comienzos de la confusión de límites o de fronteras generacionales entre los miembros de la familia, es decir el enmarañamiento relacional (enmeshed). Cuando el infante parentificado estructura su comportamiento al servicio de otras personas, la pérdida es fundamental: su propio yo (self), su persona. En su lugar, emerge un yo adaptativo, en general (hiper)responsable que llegará a ser cada vez más real, hasta confundirse. En este sentido, las pérdidas de esta persona parentificada durante este proceso son numerosas y variadas. Estas pueden incluir la pérdida de experiencias personales, tales como el afecto –caring– y la crianza –nurturing– por parte de los padres, así como otras formas de validación. Hay igualmente una perdida de objetivos y de identidad. Una de las consecuencias más grandes de este desarrollo es la incapacidad para adquirir un sentido propio del valor personal. Cuando más tarde, una vez adulto, la persona experimenta la pérdida de alguien próximo como un cónyuge, la experimenta como una perdida de sí mismo. Así, la ansiedad de separación, la depresión de abandono y mismo el suicidio son susceptibles de aflorar. Esta sintomatología indica generalmente muchas cosas: fallas a nivel de la diferenciación individual, posibilidad de la existencia de problemas de personalidad y soluciones extremas arraigadas en la propia familia de origen. Este tipo de personas, una vez adultas, tienden a repetir el mismo patrón en las relaciones amorosas, encontrando una y otra vez a personas de corte narcisistas a quienes fusionare. La pérdida de estas relaciones tóxicas es evitada a costa de sí mismas, pero cuando inevitablemente llega, experimentan esta pérdida de manera tan insoportable, que idean el suicidio como salida. Frases como son a menudo escuchadas en el cuadro psicoterapéutico: «siento como si hubiera perdido una parte de mí mismo», «me siento como si no supiera quien soy ahora», «es como si la tierra desapareciera y estuviera suspendida, sin raíces», «es el vacío». Lo que pasa a menudo es que en este tipo de relaciones disfuncionales, la persona (co)dependiente sostiene, nutre narcisísticamente, admira, idolatra al cónyuge, con la inconsciente finalidad de recibir aquello que no recibió de sus padres. La paradoja es que nunca llega ese momento. En otros casos, ni espera, simplemente por procuración obtiene su propia valía.

Para las relaciones atrapadas en este círculo relacional tóxico, esta relación adictiva tiene un sentido. La función subyacente de estas dinámicas repetitivas o compulsivas es instaurar la relación en su estadio original de desequilibrio –allí donde se produjo la falla– en el cual, cada cónyuge puede entonces poner en práctica su papel adaptativo e históricamente confortable, mas sin embargo destructivo. En este sentido, el cónyuge narcisista es utilizado como objeto transicional, objeto material cuya función psicológica fundamental es suplir ciertas funciones maternas cuando la madre está ausente. Constituye una fuente de seguridad para el infante; permite constituir un área intermedia entre él mismo y la otra persona, entre sí mismo y la realidad. Dicho objeto es tanto objetivo como subjetivo. Objetivo porque se materializa en un objeto o persona real y subjetivo porque imaginativamente se le atribuyen ciertas funciones (Winnicot, 1982).

Del mito a la realidad: Raquel (Heredia, 1998), un ejemplo de personalidad ecoista

Raquel: Contexto

Raquel es una madre que un día descubre que su hija es adicta a la heroína. Desde entonces, hará todo lo posible por sacarla de ese mundo de la drogadicción, llegando a reducir prácticamente su vida a dos actividades: el trabajo y salvar a su hija. Durante este duro y penoso trayecto, Raquel se sumerge en las profundidades más abismales de su propio vacío existencial del cual no saldrá. Así mismo, la obra no solo culmina con la muerte de su hija, consecuencia del SIDA, sino también con la pérdida de la razón de vivir de Raquel quien se aferra a sus dos nietos para intentar restaurar el lazo afectivo con Ada y que no pudo encauzarse de otro modo. Con la presencia de estos dos niños, Raquel llena el vacío de su propia existencia sin llegar a cuestionárselo.

A pesar de que muchas cosas del mundo de Raquel se transforman a partir del problema de heroína de su hija, Ada, hay ciertos trazos de personalidad en Raquel presentes mucho antes de que Ada desarrollara su adicción a la heroína que nos dan una perspectiva del mundo codependiente en el que Raquel y toda su familia vivieron.

Raquel, su marido y la familia

Su marido nos es descrito como un hombre mujeriego, seductor y manipulador. A pesar de que Raquel se percató enseguida de estos rasgos de carácter, ella lo eligió como marido y padrei. El futuro marido y padre resultaba ser una persona más bien narcisista, centrado en su apariencia de bohemio-intelectual con marcado aire donjuanescoii. Tenía dones «naturales» para la manipulación y no dudaba en utilizar a cualquiera, mismo a su hija, para conseguir sus finesiii. Aunque el físico de este hombre debía ser más bien exquisito, su punto de atracción estaba más bien en que Raquel tenía la firme convicción de poder cambiarloiv. El tema de querer cambiar al otro, moldearlo como si de arcilla se tratara, nos recuerda a la leyenda judeo-cabalística del Gólem (Hajer, 1988) o el mito moderno de Frankestein. Esta pretensión nos sitúa delante de una construcción de carácter delirante en donde lo interior se confunde con lo exterior, con la realidad. El término delirante hace referencia a una confusión entre ambos planos (Castilla del Pino, 1997) que en el caso de Raquel se expresa en la confusión entre ella (interior) y su marido e hija (exterior). Esta forma de dependencia parece ser un fenómeno muy antiguo, y hace referencia al delirio de grandeza del creador desplazado hacia la criatura, ese ser cuasi-perfectov. El tema de la creación, por parte del hombre, de una criatura cuasi-perfecta nos habla de la pretensión, en Raquel, de jugar a ser Dios (omnipotencia). Ello se acompaña de la negación a aceptar la realidad tal y como ésta se presenta refugiándose en un ideal: la construcción de otro yo pero perfecto o casi.

Lejos de conseguir moldearlo, su marido la abandona dejándola por otra. El abandono y la traiciónvi representan el tema central de la vida de Raquel, y está presente a lo largo de todo el libro. El abandono es el desenlace de su matrimonio después de haber aceptado bastantes situaciones humillantesvii, denotando así un cierto trazo sadomasoquistaviii de la relaciónix. Raquel no sólo no superó este abandonox sino que además ella se sumerge en un agujero del que no encuentra salidaxi.

A pesar de todo el rechazoxii y el abandonoxiii del que Raquel fue objeto, esta siguió amándolexiv. Esta trama recuerda a la narrativa mítica de Eco y Narciso (Lafaye, 1961). Narrativa explorada por diversos autores (Cermak, 1986; Miller, 1983); Donaldson-Pressman y Pressman, 1994) bien como una metáfora de la condición codependiente o bien como una metáfora de una condición clínica particular, todavía sin nombre, pero asemejándose a la problemática de la codependencia (Lafond, 1991). Raquel se comporta exactamente como Eco, quien habiendo sido rechazada y humillada por Narciso, sigue estando enamorada de él; pasión que acaba por consumirla, como de hecho pasa con Raquel.

Si el sentido familiar pareció tambalear y resquebrajarse con el problema de la heroína de Ada, en realidad la familia ya estaba mal desde mucho antesxv y de hecho, Raquel sabía que los cimientos sobre los cuales su familia se asentaba eran muy frágilesxvi. La familia de Raquel presentaba serios problemas, explícitamente alrededor de la figura paternal. Uno de los elementos más indicativos del problema familiar era el fantasma incestuoso. Raquel pone de manifiesto su miedo, inconsciente en un principio, de una relación incestuosa entre padre e hija. Raquel elabora este miedo en sus incesantes y angustiosos sueños llegando a transformarse en pesadillasxvii. Sin embargo, este miedo inconsciente parece estar justificadoxviii.

En lo que a la familia se refiere, en Raquel se refleja una necesidad –y búsqueda– incesante de la figura paterna. En realidad esta figura paterna no es más que la necesidad de un orden, una estructura, una leyxix y de cuya carencia nace un profundo sentimiento de vacíoxx. La estructura, el orden, hacen referencia a una organización en dónde, para que su funcionamiento sea óptimo, el establecimiento y el reconocimiento de diferencias es necesario; diferencias fundamentales para el desarrollo y formación de la persona que evitan la confusión entre el sujeto humano y los otros. Sin el otro diferente la sensación de incompleto se impone y el ser humano se siente vacío; todo se viene abajo y se desmorona y eso es lo que le ocurría a Raquelxxi. Estas reflexiones nos adentran en la necesidad de la presencia del padre en la familia. Sin él, la familia está incompleta, rota, creando así una especie de vacío a diferentes nivelesxxii.

En la familia de Raquel, a parte del marido, la otra figura paternal era el abuelo, pero éste por cuestiones de edad, tampoco ejerció de autoridad, es decir, en la familia de Raquel hay una clara y manifiesta ausencia de la presencia adultaxxiii. La falta paternal parece haber sido remplazada por un bienestar y confort materialesxxiv. La familia de Raquel parecía vivir una situación confusa y caótica, en el sentido de falta de reglas, de autoridad.

Otro indicativo de la confusión familiar era la desaparición de la barrera generacional madre-hijo(s)(as). A lo largo del libro, vemos como esta distancia que separa la generación de la madre y la de los hijos se acorta llegando incluso a desaparecer; lo que sume a la familia en una deriva por la desaparición del elemento último de orden y estructura. Raquel quiso establecer una relación amistosa para con sus hijosxxv; situación que ella misma cuestionaráxxvi. Esta relación de amistad se ve claramente en la relación con Adaxxvii. Raquel llegó incluso hasta hacer suya una amiga de su hijaxxviii. Por otro lado, Ada comparte los amigos de su madrexxix; llegando incluso a tener relaciones sexuales con alguno de ellosxxx. Si bien en este tipo de situaciones no hay incesto, se puede sentir una cierta transgresión sexual; como un incesto desplazado o estupro.

En la relación de Raquel con Ada, no solamente hay una distancia que se borra sino que hay también una especie de inversión de roles. Así, Raquel vuelve a iniciar la relación con su ex-marido a petición de Adaxxxi.

Esa manera de tratar a los hijos como amigos, esa competencia que Raquel establece para con su hijaxxxii, esa dificultad a estar presentexxxiii, a poner límites cuando la situación lo requierexxxiv, a decir noxxxv, parecen más bien índices de una dificultad en Raquel a asumir su papel de adulto y madre.

Raquel y Ada (madre e hija)

Lo primero y más sobresaliente de esta relación es el carácter simbiótico y fusional de la mismaxxxvi. Así, a Raquel le empiezan a aparecer unas manchas (hematomas) similares a las de los heroinómanos. Esto revela una incorporación –embodiment– del sufrimiento de su hija. Las manchas, calificadas por Raquel de estigmas, representan la marca de una especie de identificación. La significación etimológica del término estigma parece muy revelador en este caso. Así, dicho término hace referencia a una marca corporal, símbolo de participación del dolor espiritual del otro. Es una marca de esclavitud y es que, en efecto, Raquel se convierte en una especie de esclavaxxxvii. Es como si Raquel se apropiara de la vivencia de su hija, no solamente a nivel corporalxxxviii sino también a nivel moralxxxix. Sin embargo, a pesar de que Raquel muestra una dificultad en separar la experiencia de su hija con la suya propiaxl, hay que subrayar la existencia de una distancia abismal para con ella y esto se revela en una excesiva idealización de Ada por parte de Raquel. En efecto Raquel idealiza a Ada, la pone en un pedestal, la mitificaxli y al hacer esto la expulsa de su mundo cristalizándola en un más allá inalcanzable, idílico e imposible de tocar. De alguna manera, Raquel parece haber depositado en Ada todas sus aspiraciones y esperanzasxlii y en cierto modo vivía de ella y en ella; Raquel era Ada y Ada Raquel y aquí encontramos de nuevo esa construcción delirante en la que Raquel vivía lo de su hija como propioxliii. Es en cierto modo, lo que hizo también con su marido. Esta situación de incorporación y expulsión se expresa en una relación de amor y odioxliv. Son dos movimientos fragmentados que se reflejan en toda su cosmovisión. Así, para Raquel, la familia y la profesión son incompatiblesxlv. El mundo esta dividido sin una mediación –rol paternal– posible; lo que le imposibilita habitar un mundo real y humano. Para Raquel, el vivir se había convertido en un vegetarxlvi.

Esta ambivalente relación entre Raquel y Ada aparece contaminada por una competencia entre ambas, competencia de la que solamente Raquel es conscientexlvii. De alguna manera, es como si Raquel tuviera envidia o celos de su propia hija y se pusiera a su altura a competir, como si de amigas se tratara. Y es que, en efecto, Raquel siempre trató a Ada más como una amiga que como hijaxlviii. En esta consideración, constatamos la ausencia de una barrera transgeneracional, es decir, Raquel suprime, transgrede, los limites entre dos generaciones: la suya y la de su hija.

Ada fue testigo del sufrimiento conyugal de su madrexlix. Ada desarrolla, pues, un apego fuerte hacia su madre hasta el punto de convertirse en una especie de sombra vivientel. Sin embargo, más tarde Raquel llegaría a convertirse en la sombra de su hijali. Así, la actitud predominante en esta relación es la vigilancialii. Ada llegó a convertirse en el objeto de obsesión de Raquelliii, el monotema del delirio. En la obsesión, no hay una distancia hospitalaria y acogedora para recibir al otro. La obsesión se caracteriza por su aspecto invasor ya que ella invade todo el campo de la consciencia. Lo que caracteriza toda obsesión es su constancia, su insistencia. La obsesión no permite el descanso, el reposo. La obsesión es una fijación.

Para Raquel, la relación con Ada, lejos de madurar, representaba una regresión, una vuelta a un estado primario y primitivo en el que ella debía estar constantemente a su ladoliv e implicaba un dejar de lado una parte de su vidalv. Pero Raquel tenía muy asumido su papel de salvadoralvi habiéndolo intentado primero con su maridolvii y luego con su hijalviii. Raquel llegó a centrarse tanto en el problema de Ada que desatiende al resto de sus hijoslix.

La falta de presencialx y de diálogo de Raquel para con sus hijos está claramente manifestadalxi a lo largo de toda la obra. Concretamente, en cuanto a la relación con Ada, Raquel era incapaz de abordar abiertamente con ella ciertos temas que le pudieran hacer cuestionarselxii. Sin embargo Raquel pensaba que hablaba con su hija con libertad y claramente solamente porque permitía a su hija cosas que ella no había tenido o podido, siempre en referencia a una cierta filosofía de vida liberal alrededor del sexo y la rebeldía contra un orden establecido de carácter dictatorial. Raquel aparece como el prototipo de una generación –babyboom– fruto de un contexto socio-político en donde la autoridad se confundió con autoritarismolxiii y se quiso compensar esta ruptura con el orden social anterior con una substitución de valoreslxiv. El resultado parece haber sido desastrosolxv.

Trazos de la personalidad de Raquel

Llama la atención la actitud de Raquel de no querer ver la realidad de su vida, tanto familiarlxvi, como personallxvii. Esta manera de negar le impide hacer frente a la realidad.

Raquel se presenta como una mujer con grandes complejos de inferioridadlxviii, con una baja estima y una gran desvalorizaciónlxix. Además, Raquel tiene tendencia a comportarse de manera más bien autodestructiva lo que le hace perder la poca estima que le quedalxx.

Raquel tiene gran dificultad de expresión y elaboración de sus propios problemas personales; a falta de elaborarlos, ella los somatizalxxi. La somatización es pues una válvula de escape; una manera de digerirlos sin una elaboración psíquica.

En Raquel hay una división –split– entre la realidad y lo ideal, entre la razón y los sentimientoslxxii, entre la vida profesional y la familiarlxxiii. Esta separación del mundo en dos partes incompatibles, se asemeja a una herida que no puede cicatrizarse lo cual, dificulta una percepción global y matizada de la realidad y al mismo tiempo transforma su percepción deformándolalxxiv.

Raquel presenta síntomas claros de depresiónlxxv, melancolíalxxvi e incluso pensamientos de suicidio y de muertelxxvii. Ella siente que efectivamente algo no iba bien en ella, que necesitaba con urgencia una ayuda profesionallxxviii. Así Raquel va a consultar dos psiquiatras, abandonando el tratamiento al poco de empezarlxxix. Raquel se cierra las puertas que pudieran abrirle nuevos horizontes o perspectivas. Se cierra en una actitud más bien defensiva bajo el pretexto de conocer la causa de lo que le pasabalxxx.

Raquel presenta gran dificultad para situarse en la relación con los demás; es como si ella se ausentara de la escena dejando ésta para el otro. De alguna manera, Raquel está ausente en la relación con los otros; es como si ella no existieralxxxi. Con ello, evitaba tomar posición ante los demás. Raquel evitaba ante todo y sobre todo el abandono del otro y, sin embargo, tal como profecía autorrealizadora, el abandono acababa sucediendo; lo que sumía a Raquel en un vacío profundo. Raquel buscaba llenar un vacío existencial, el que guiaba todas sus acciones. Este tema del vacío, aunque no verbalizado claramente, aparece en forma de sueñolxxxii.

A pesar de toda la actividad de Raquel –que la mantenía ocupada– y de todo su estilo de vida «liberal»lxxxiii en donde predominaba la ida y venida de mucha gente convirtiendo su casa de verano en una especie de comunalxxxiv permisiva, Raquel estaba solalxxxv. Ella se aísla cada más y este aislamiento se reflejaba a todos los niveles: amigoslxxxvi, trabajolxxxvii. Su aislamiento viene de ella pero también desde el exterior de ellalxxxviii. Sin embargo su soledad databa de mucho tiempo, y ello se veía claramente en su sus esfuerzos por desempeñar los roles de madre y padre a la vezlxxxix, aunque al final no desempeñara ninguno en concreto. A pesar de su soledad, ella concebía el ser humano como un ente aisladoxc. Esta concepción viene de su propia dificultad a ser ella misma cuando está con otros; en cuanto está con otros, como por ejemplo sus hijos, una parte de ella la deja de lado. Es como si ella se desdoblara, se desdibujara para ocupar el papel de madrexci. El problema parece ser el hecho de su única dimensión que no era ni exterior ni interior, sino un vacío, una nada. Raquel no se otorgó ningún momento para ella en donde pudiera restaurar la barrera entre interior y exterior pudiendo así introducir un orden en su vida. De ahí probablemente su proprio sentimiento de vacío. Raquel vivía en una especie de errancia ya que siempre estaba en el exterior de la casa, ocupada ya sea en su trabajoxcii, ya sea en su hijaxciii.

La soledad de Raquel habla más bien de un retiro del mundo, de un situarse a parte, al margen de éste. Este retiro se refleja en su idea de vivir en un paréntesisxciv, en una especie de estado de hibernaciónxcv. Raquel estuvo durante una buena parte de su vida en una especie de fuera de juego que la distanciaba del mundo realxcvi. Es como si una parte de su vida estuviera suspendida, fuera del tiempo humanoxcvii. Era un paréntesis oscuro, silencioso y sin horizontesxcviii. Finalmente, el paréntesis en el que Raquel había vivido durante muchos años parecía más bien el habitáculo de una prisión. Raquel estaba atrapada en una única dimensión natural y no podía alcanzar la dimensión humanizante que es la de la mediación, la cultura, la de la intersubjetividad que le hubiera llevado a estar en contacto con el otro de manera diferente a la que ella conocía: la apropiación.

La adicción latente de Raquel pone en evidencia esta dificultad de vivir la vida, de implicarse en ella, de entrar en el juego. Efectivamente, Raquel muestra y verbaliza a lo largo de su libro una relación problemática con determinadas sustancias y actividades. En lo que a las sustancias se refiere, destacan el cánnabis y el alcohol. El problema estaba en la actitud de Raquel, quien utilizaba dichas sustancias para relajarse, dormirxcix, desinhibirse y olvidarc. Su dependencia hacia el alcohol fue creciendo hasta convertirse, durante un tiempo, en su refugioci. Raquel incluso llegó a comprender muy bien cómo y por qué se llega a la toxicomanía puesto que fue lo que a ella le paso viéndose atrapada por la drogacii y de hecho, reconoce en un momento que casi llega a convertirse en alcohólicaciii. La necesidad del alcohol era tan imperiosa que tenía que salir a buscarlo –si no lo tenía– a cualquier hora del día o de la noche aún pagando un precio exhorbitado por dicho productociv. Raquel reconoce ser una toxicómana en potenciacv. Pero además, ella se hace partícipe de la toxicomanía de su hijacvi

En lo que a las actividades respecta, llama la atención no el hecho de trabajar para mantener y sacar adelante a la familia, sino esa especie de trabajar compulsivo, ese trabajar sin descansocvii para mantenerse ocupadacviii y no cuestionarse sobre su vida que ella califica de tristecix. El trabajo, más que una ocupación, parecía una forma de fuga, de huida, de escape ante una situación personal y familiar impregnada de un vacío y falta de una razón para vivir digna y humanamente. La consecuencia era su ausencia. Raquel estaba ausente, fuera de juego, no solamente a nivel familiar sino también personal. El trabajo la mantenía más que ocupada hasta el punto de convertirse en su sola dedicacióncx. Raquel estaba tan ausente que no tenía tiempo ni para dedicárselo a ella mismacxi. Pero en general, en Raquel no es solamente una cuestión de falta de tiempo, sino de un hacer compulsivo sin pensar en ella mismacxii. Así por ejemplo, a pesar de todo lo que paso con su marido y tras la dolorosa separación, ella vuelve con él a petición de Ada.

Raquel vivió durante muchos años una vida febrilcxiii, si parar de hacer cosas ni darse tiempo, sin descanso ni treguacxiv. Vivía en una situación de urgencia continua que le impedía pararsecxv. El mundo de Raquel estaba dominado por la inmediatez de la urgencia del momento presente. La dimensión de lo mediado estaba borrada. Raquel no tenía la posibilidad de pararse y elaborar puesto que no se daba un espacio y un tiempo para ello. Pero ¿elaborar qué? Elaborar ese vacío existencial, ese paréntesis en el que su vida y ella fueron sumergiéndose, ese abandono, esa falta de nexo de unión. Elaborar una narrativa de su vida para que ésta tenga un sentido y una razón de ser propia. En realidad se trataba de elaborar una separación de un mundo inmediato, infantil y sin palabras tan añorado por ellacxvi para entrar en un mundo real y adulto, donde la mediación representa la única vía de acceso al otro, al mundo humanocxvii. Esta dificultad de separación de un mundo inmediato se refleja en la imposibilidad de Raquel de decir nocxviii. El aprendizaje del no conlleva, en la evolución del ser humano, a la elaboración de un momento crucial –turning point– que es el de la separación del mundo simbiótico maternal, ese paraíso terrenal en donde el niño vive en una unión fusional con la madre para así darse la vuelta y entablar relación con el otro, el padre, de una manera más elaborada y madura por mediación del lenguaje. El aprendizaje del no permite al ser el pasaje de un mundo natural inmediato a un mundo humano mediado. En otras palabras, el saber decir no es el primer paso de la emancipación del ser humano; proceso que conlleva su humanización. Sin el aprendizaje del no, dicho proceso corre un serio peligro: el de estancarse en relaciones infantiles.

La obra de Raquel termina con la muerte. No se trata solamente de la muerte de su hija Ada, sino de su propia muerte simbólica manifiesta en ese vivir que era más bien un vegetar. De alguna manera, Raquel no vislumbra el horizonte de lo intersubjetivo; se queda en la verticalidad oscura que la conduce a un pozo vacío que hay que llenar. Así, Raquel, a la muerte de su hija, se aferra a sus dos nietos, todavía de corta edad, pero sobre todo que la necesitaban. Esa sensación de ser necesitada por otro era lo que Raquel buscó constantemente durante su vida sin encontrarlo. A pesar de todos sus esfuerzos, Raquel siguió luchando para llenar un vacío que nunca podrá ser llenado.

La vida de Raquel había estado orientada hacia los demás, sobre todo su hija; de tal manera que cuando los otros desaparecen, ella se queda sin razón de existir; su vida no tiene ya ningún sentidocxix y de ahí su sentimiento de vacío.

Notas

1. Extracto de un escrito de una persona amante en el transcurso de un proceso terapéutico.

2. Alcohólicos anónimos (A.A.), Codependientes anónimos (ACOA).

3. «Imago vocis es el modo de llamar al eco en latín y en griego. En tal juntura se ve perfectamente la unión visión-sonido». (Alvarez e Iglesias, 1997; 285).

4. Aquí he traducido directamente de las versiones francesas e inglesas que dan más fidelidad del cambio de sonidos que hace que Narciso se siente engañado pues ya no es la imago vocis, sino los deseos de Eco los que se manifiestan por esta pequeña alteración de sonidos.

5. Las versiones francesa e inglesas, parecen traducir el término latino coeamus –en su doble sentido de “reunirse en un lugar” y de “unirse amorosamente” (coitus)–, por unirse».

6. Una vez más utilizo las traducciones francesas e inglesas.

7. “Quam sit tibi copia nostri”.

8. “Sit tibi copia nostri”.

Citaciones de la novela

i. «Conocí al que sería mi marido en los exámenes de ingreso a la Escuela. Era uno de los más guapos y arrogantes de cuantos se presentaban; con un estudiado toque de desaliño y, sobre todo, de despiste, como por ejemplo, y fue una de las cosas que me chocaron en él, que llevaba los calcetines de colores diferentes y, naturalmente, los enseñaba para que se lo dijeran y hacerse el sorprendido. Le acompañaba una chica rubia, alta y vistosa que aparentaba ser su novia, y, bajo el brazo, un grueso tomo encuadernado en piel marrón que le mostraba al primero que se lo pedía: resultó ser el cuaderno de apuntes de rincones y edificios de París, ciudad en la que, según él, había pasado los últimos años, preparando su ingreso en arquitectura. Los dibujos tenían calidad y los colores resultaban excelentes, pero el cuaderno era de su padre y él nunca había estado en la bella ciudad del Sena […] a pesar de todo, lo elegí para ser mi marido y el padre de Ada» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 27-28).

ii. «Mi marido era mitómano, lo sabía; mujeriego […] así como ansioso del sexo no siempre ortodoxo […] encantador y maestro de resortes en el arte de enamorar […] fabulador» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 31).

iii. «Buen padre en apariencia, lo fue mucho con Ada durante los primeros años de vida de la niña hasta convertirse en imprescindible. Se la llevaba, siendo bebé, como un juguete precioso […] como si se tratara de una princesa y fardaba; más tarde me enteré de que ligaba gracias a ella, pobrecita, abandonada por su madre nada más nacer… ¡Claro!, a la niña le salían madres voluntarias a montones pensando en la recompensa: el padre. Y por eso, cuando la niña creció y fue prematura en el hablar, muy charlatana y cotilla, a él ya no le hizo tanta gracia y no se la llevaba a pasear con la asiduidad del primer año» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 32).

iv. «En realidad, me sentía tan segura de mi y tan fuerte, que, como una moderna Juana de Arco, di por descontado que aquel guapo muchacho de ojos azules, cabello claro y magnifico estilo, cambiaría en mis manos como si se tratara de arcilla, convirtiéndose en un ser cuasi-perfecto, el mejor engendrador para la hija que soñaba, un marido aceptable y hasta un buen periodista» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 28).

v. «… convirtiéndose en un ser cuasi perfecto, el mejor engendrador para la hija que soñaba, un marido aceptable y hasta un buen periodista» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 28).

vi. «Pero sobre todas las cosas me sentía traicionada en la amistad» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 43).

vii. «Los días que siguieron a aquel momento del despertar a la verdad fueron terribles, me puse enferma, creí morir, supliqué amor…¡y de qué modo! […] Andrea y mi marido aparecieron por la casa algunas horas después de nuestro regreso y alabaron el trabajo que habíamos hecho convirtiendo el que había sido su picadero en hogar para una familia con cuatro niños […] Y cuando a veces se había equivocado al pronunciar mi nombre y decir el suyo, no era una casualidad… Y las desganas amorosas, pues él no era hombre que aguantara muchas cabalgadas… […] De madrugada desperté y me encontré sola. Me vestí y bajé a la playa en busca de mi esposo […] Estaba dentro de su coche; entré, aparentaba dormir, pero pronto, al sentirme, abrió los ojos. Le pregunté con una voz que apenas se oía: ¿Es que no sientes nada por mi, no estás enamorado, no te atraigo como mujer ? ¡No! ¡No! ¡No!… empecé a llorar amargamente… […] Me confesó cruel y llanamente que Andrea le atraía irresistiblemente, pero no de ahora, sino desde hacia años. Si me había dado hijos era porque yo le inspiraba compasión [… ] Sin más, se acostó y se durmió […] Le desperté con caricias y arrumacos que había visto en alguna revista porno –no me importaba comportarme como una prostituta (es lo que el me dijo la primera vez que se me ocurrió)–, y… conseguí que hiciera el amor conmigo… Aún hoy, al cabo de tantos años, me resulta penoso recordarlo, porque una vez hubimos terminado, se levantó y se fue al cuarto de baño a vomitar. Aún hoy se me llenan los ojos de lágrimas y un temblor de humillación recorre mi cuerpo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 36,37 y 38).

viii. «Aún hoy no puedo explicarme, después de tantos años, cómo fui tan ingenua y crédula. No había pasado ni uno desde que me llevé el gran palo y dejé que me golpeara de nuevo en la misma herida»[Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 46).

ix. «El sexo con él fue tan humillante y decepcionante desde la primera noche, la de bodas, que me habría separado al día siguiente, dando por descontado que ya estaba embarazada después de trece coitos que me dejaron exhausta, tan dolida e insatisfecha […] A pesar de todo, me enamoré de él e intenté ser una buena esposa, achicando mi paso profesional» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 29).

x. «… tardé casi toda mi existencia en superar su abandono y su ausencia» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 131).

xi. «… del pozo en que me había metido el abandono de mi marido» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 69-70).

xii. «… por no mencionar mi estado de ánimo, que no podía ser más lamentable, porque también sufría la vejación de haber sido rechazada como muher y sustituida por otra muy unida a mí» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 43).

xiii. «… separada a los nueve meses de matrimonio –o para ser más exacta, abandonada» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 29).

xiv. «Le deseaba, a pesar de todo […] Aunque mi cerebro martilleaba una y mil veces gritándome que no, mi cuerpo quería estar con el suyo» » [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 37). «Y aún quería a mi marido» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 43).

xv. «Y no éramos una familia nunca lo fuimos en el sentido representativo de la Iglesia ni en el del orden establecido por las normas sociales» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 32).

xvi. «… Andrea […] se metió en mi vida y en mi hogar, cuyos cimientos no eran muy sólidos» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 34).

xvii. «… un terrible sueño que me atormentaba desde que había vuelto a vivir con mi marido. Subía por unas larguísimas escaleras que estaban colocadas en un espacio infinito y cuando llegaba al final de las mismas miraba hacia abajo y sólo veía una enorme cama sobre la que estaba tumbada, desnuda, una mujer de larga melena castaño claro; cuando distinguía su cara, era Ada, y encima había un hombre, haciendo el amor con ella, cuyo rostro nunca veía… Pero la mujer gritaba el nombre de mi marido» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 45).

xviii. «No fue aquel día, sino años más tarde, cuando en una sesión de confidencias en la que intentábamos buscar el origen d sus males, se atrevió a confesarme que su padre se lo había querido hacer con ella. Traducido: Incesto. De modo que esa era la explicación de mi eterna y angustiosa pesadilla» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 165).

xix. «Añoraba al padre de mis hijos […] quizá por lo que él debería haber representado de autoridad y de fuerza, de lo que oficialmente se llama «el cabeza de familia»» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 129).

xx. «… mi familia […] desde la marcha del padre […] empezó a resquebrajarse […] No supo no pude estar en todos los frentes, cubrir los vacíos. ¡Eran tantos…!» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 116).

xxi. «Todos mis esquemas y planteamientos se venían abajo […] pero ahora me encontraba incompleta, porque yo quería una familia tradicional, con papeles diferenciados y asumidos, padre y madre, gestores de la empresa […] Me había fallado uno de los principales accionistas, el padre, que era como el presidente de la compañía, y me sentía incompleta»[Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 43).

xxii. «No supe o no pude estar en todos los frentes, cubrir los vacíos. ¡Eran tantos…! De todos, el que más me preocupaba era el económico, y en ello empleaba todo mi tiempo y relegaba mis aspiraciones profesionales, pero ¡claro!, con ello dejaba sin cubrir otros frentes como el afectivo, el formativo, el psicológico y el sentimental»[Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 116).

xxiii. «Mi padre, con el paso de los años, no tenía nada que ver con el autoritario dictador que fue en mi juventud, y los dejaba hacer. Cuando yo me enfadaba con el por el exceso de permisividad, me contestaba que prefería tenerlos en casa y vigilarlos que no sueltos por ahí […] Y los trataba como amigos, equivocación que yo también cometí» » [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 161,162).

xxiv. «Pero por entonces creía que lo más urgente era proporcionarles una vida material cómoda, que no echaran en falta lo que podrían haber tenido en el seno de una familia tradicional» » [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 54-55).

xxv. «… el planteamiento de amistad que con ella había hecho, como luego con el resto de mis hijos» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 65).

xxvi. «Yo creo, ahora, que el planteamiento de amistad que con ella había hecho, como luego con el resto de mis hijos, estuvo totalmente equivocado» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 65).

xxvii. «… la creencia de que se podía ser amiga y madre a un tiempo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 56). «… un planteamiento de amistad y compañerismo con ella» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 56). «Una noche fuimos Ada y yo, con un matrimonio amigo mío, a ver la película La Luna, de Bertolucci» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 168).

xxviii. «… Mafalda […] de la edad de Ada y, en principio, amiga suya, aunque luego se convirtiera en mía» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 73).

xxix. «Ada, eso sí, las pocas veces que había salido lo había hecho invitada por alguno de los amigos «comuneros» […] contando con mi permiso y beneplácito» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 79).

xxx. «Alguno de ellos, como Rafa, […] desapareció durante un tiempo de mi panorama y cuando regresó lo hizo dando muchos rodeos y con aires de colegial sorprendido y castigado, para confesar que se había llevado a la niña a la cama. Yo lo sabía porque me lo había dicho ella» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 79).

xxxi. «… Y cuando estaba consiguiendo mi propia redención, Ada rompió el ritmo y me rogó que volviera con su padre… «Que fuéramos una familia otra vez…» La escuché atentamente, pues había empezado a fallar en sus estudios, a dejar de comer y a escribirme largas misivas, que dejaba bajo mi almohada, contándome sus tristezas – la principal, la ausencia de su padre – y el abandono de muchos de sus amigos y condiscípulos […] Conversé con mi esposo y llegamos al acuerdo de intentarlo de nuevo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 44).

xxxii. «Siempre habíamos hablado con libertad y crudeza y, sin querer, hasta competíamos como mujeres sin que ella entendiera en toda su dimensión mi frustración femenina y el triunfo que para mi suponía gustar más que ella, tan joven, tan hermosa, tan sensual» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 65).

xxxiii. «… Pero no me tenían a mi, que es lo que todos me han reprochado después» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 57).

xxxiv. «A modo de anécdota, diré que como estábamos cerca de uno de sus proveedores, al que como pago de una mercancía anterior había dado un valioso anillo mío, me convenció para ir hasta allí a que me lo devolvieran y pillar algo más para no comerse a pelo el mono durante las primeras horas… Accedí… ¿Estaba loca?» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 169).

xxxv. «… el no haber sabido decir no a rajatabla» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 55).

xxxvi. «… y sentía su fracaso como mío» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 181).

xxxvii. «Empezaba a sentir […] una especie de esclavitud» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 152).

xxxviii. «… e incluso había descubierto unas manchas oscuras con leves puntitos […] Al observar aquellas machas, cada vez más intensas, comencé a darme cuenta de que habían salido en los mismos lugares en donde ella se pinchaba; efectivamente, también me salieron en los tobillos y en la yugular […] eran mis estigmas» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 152-153).

xxxix. «Copio de las notas de un cuaderno de Ada […] esta frase: «mi vida era una amalgama que sólo daba un color […] el color del desamparo». Nunca he adivinado cuál es exactamente, pero lo he hecho mío» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 192).

xl. «… y ser una experta en la adicción, casi tanto como mi hija yonqui. En algunas ocasiones me he considerado una especie de yonqui subliminal» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 82).

xli. «… llegué a convertirla en mito» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 181).

xlii. «… se desvanecían tantas ilusiones depositadas en aquella hija… Recordaba, sin poder remediarlo, cuántas metas le había marcado, alas que siempre llegaba vencedora, aún antes de nacer, cuando le buscaba un nombre y le moldeaba su cara y daba color a sus ojos y vigor a su cerebro y la completaba con un cuerpo esbelto y bien formado y un atractivo especial. Siempre le soñé triunfos y un lugar privilegiado en la vida… fue mi primera creación» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 180-181).

xliii. «… sentía su fracaso como mío» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 181).

xliv. «Empezaba a sentir una mezcla de amor y odio» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 152).

xlv. «Los decepcioné, como a mi misma en lo profesional, pero había elegido un camino incompatible: la familia» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 29).

xlvi. « … se había convertido para mí […] el vivir cotidiano […] en un vegetar» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 192).

xlvii. «… y sin querer, hasta competíamos como mujeres sin que ella entendiera en toda su dimensión mi frustración femenina y el triunfo que para mi suponía gustar más que ella, tan joven, tan hermosa, tan sensual» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 65).

xlviii«Yo creo, ahora, que el planteamiento de amistad que con ella había hecho, como luego con el resto de mis hijos, estuvo totalmente equivocado» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 65).

xlix. «… Ada que no se separaba de mí ni un momento, estaba asustada porque en cierto momento, debido al calor y al disgusto, me dio una lipotimia que me tuvo ausente varios minutos. Su sombra creció, como diría Sartre, cinco veces más que su edad real, y se convirtió en una mujer asustada y burlada» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 36). «Ada se había enterado de todo y fue ella quien no quiso que regresáramos a Madrid» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 38).

l. «Su sombra creció […] cinco veces más que su edad real» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 36).

li. «Nuestro amigo Jorge se convirtió en su segunda sombra, como ya he dicho; la primera era la mía»( Heredia, R. (1998). La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 143).

lii. «Cuando pasó la gravedad tuve que retomar el hilo de mi vida, de mi trabajo. Iba a la clínica a dormir y en cuanto tenia un minuto libre, pero, ¡ay!, ello significaba que la vigilancia había disminuido» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 155). «… el vigilarla sin que ella se diera cuenta» (p. 161). «Si quería vigilarla, tenia que hacerlo personalmente» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 195).

liii. «… mi obsesión por ella» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 156). «Ada me obsesionaba e invadía hasta mis sueños» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 165).

liv. «Era como cuidar a un eterno bebé o a un deficiente físico y psíquico» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 164).

lv. «Lo que no me atreví a confesar es cuanta vida y éxitos profesionales me había costado también, y todo lo que había dejado de hacer, no por su culpa, sino porque mi obsesión por ella, el continuo y extenuante esfuerzo por sacarla del pozo en que se había metido me precipito en el de cabeza» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 156).

lvi. «mi carácter a lo Juana de Arco, salvadora de desahuciados» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 117).

lvii. «… mi carácter a lo Juana de Arco, salvadora de desahuciados. Ya me había ocurrido con mi marido» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 117).

lviii. «Sólo me atrevía a abrazar muy fuerte a mis nietos y a susurrarles que “mamá va a ponerse muy bien; la abuela va a salvarla» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 193-194).

lix. «… yo era consciente de que abandonaba a mis otros hijos, casi los olvidaba» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 152).

lx. «Yo sabía que debía pasar más tiempo con mis hijos […] que debía hablar más con ellos, pero las muchas obligaciones me lo impedían. Veía que alguno se torcía y cuando quería enderezarlo era tarde» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 162).

lxi. «interminable soliloquio sobre lo bueno y lo malo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 162).

lxii. «Apenas coincidíamos en casa, pues ella llegaba cuando yo salía, y siempre la misma apostilla: «Hija, tenemos que hablar. esta vida que llevas no es posible…» Yo, quizá sin querer saber porque me hacía ilusión de que el peligro había pasado, no concretaba el momento, y ella ni siquiera contestaba, como dando por sentado que no le interesaba demasiado la conversación» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 125).

lxiii. « Pensé una vez más que la culpa era nuestra: de los adultos, padres, educadores, políticos, sociólogos, informadores que habíamos confundido la felicidad con el materialismo; la libertad con el libertinaje…» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 216).

lxiv. «… aquellos que conocí y que llegaban hasta mi casa atraídos por la libertad que yo misma representaba y por la que casi todos, supuestamente, llevábamos años luchando contra viento y marea, en los tiempos duros del franquismo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 74).

lxv. «Yo había dicho y escrito en muchas ocasiones que estábamos haciendo de nuestros hijos una generación perdida a fuerza de sumergirlos en una sociedad de consumo que no se ganaban con el sudor de sus frentes. Queríamos darles […] cuanto nos había sido negado a nosotros, que éramos la auténtica generación perdida de la posguerra» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 88).

lxvi. «Pero yo paraba poco en casa y no le di importancia al principio, achacando las faltas a mi despiste» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 69). «Empecé a observar que apenas salía de ella, que a pesar del calor utilizaba camisetas o blusas de manga larga y que le había dado por dibujar sorprendentes paisajes y escenas cotidianas […] Venía mucha gente a verla, según me contaban mis amigos y, luego, el resto de mi familia; gente de lo más diversa, desconocidos en su mayoría, algunos guiados por mis sobrinas, amigas suyas y de su edad, amigos de ellas y otros que nadie sabía quiénes eran. No formaban tertulia con los demás y sus visitas eran rápidas y revestidas de urgencia; casi siempre pedían discreción […] La discreción, por supuesto, tenía que ver con su familia, con mi hermana, que ignoraba, como yo, los caminos que recorrían nuestros hijos. Pero ya estaban, de manera irremediable, actuando de camellos» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 75-76). «Empezaron a faltarme objetos de valor, pequeñas joyas, pero sobre todo las que tenían oro, más que piedras; también utensilios de plata, bandejas, ceniceros, marcos y chucherías de esas que antes regalaban cuando uno se casaba; algún dinero del que se tiene en casa para gastos de diario; recibos devueltos de los domiciliados en el banco y cheques, muy bien falsificados, pero no firmados por mí, ante los que me quedaba perpleja y sin saber qué decir al empleado del banco que me aconsejaba que los denunciara… Todo ello, unido como creo que ya he apuntado en otro lugar de este relato, a los olores cítricos podridos, muy peculiares […], el seguir y perseguir esos olores y encontrar su origen en un limón ya casi seco y podrido guardado en los lugares más insólitos de la casa: los cajones de un escritorio de la entrada, un florero con flores secas que decora el cuarto de baño; el cesto de la ropa sucia; cualquier recoveco del armario del cuarto de las niñas…; las bolitas endurecidas de algodón, las cucharillas de café, cuya merma era un misterio, o la forma arqueada del mango de las mismas y la evidente señal de haber sido quemadas por la parte inferior; alguna jeringa de las llamadas de insulina o, sencillamente, el caperuzón que tapa la aguja. Corbatas, cinturones y bufandas, a modo de cintas de goma para resaltar las venas. Objetos no habituales hasta entonces que, naturalmente unidos al confinamiento voluntario en una habitación de la casa, al miedo a salir a la calle por el día y la vigilancia continua por ver si algún coche de policía se detiene ante el portal, más los sobresaltos, aparentemente innecesarios, originados por la presencia de un policía … o simplemente por la luz anaranjada e intermitente de uno de sus vehículos o la sirena de alguno de paso, el no atender las llamadas telefónicas y avisar insistentemente: «¡No estoy si es fulano o mengano o zutano!». El pasar horas encerrada en el cuarto de baño cuando meses antes había que insistir en que cerrara la puerta en lugar tan íntimo; el aparente pudor de no enseñar el cuerpo, aunque el calor fuera agobiante, cuando antes se carecía tanto de él que había que insistir para que no anduviera en pelotas por la casa, todos ellos son motivos más que suficientes para alarmarse o al menos empezar a vigilar. Yo los encontraba raros, pero más bien los achacaba a la edad, a la mala crianza de la juventud en general y las muchas excentricidades que a veces se permite a los hijos en nombre de la modernidad. Y así quedó la cosa, y pasó el verano» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 77-78-79).

lxvii. «Así fue como Andrea se acercó a mí. Se metió en mi vida y en mi hogar […] Durante todo el invierno, siempre que llegaba del trabajo la encontraba en mi casa, con la misma familiaridad que si fuera la suya […]. Hasta Justa, una sirvienta […] se había dado cuenta de que allí pasaba algo […]. Otro personaje entró en escena, un periodista algo más joven que nosotros […] Carlos […] me advirtió un día del rollo que se traían mi prima y mi marido, pero no le hice caso… ¿por qué no podían ser amigos simplemente ? […] !Y pensar que yo no me daba cuenta de nada y hasta me enfadaba con los que me advertían!» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 34-35). «Yo lo había imaginado, me resistía a la constancia de los hechos; lo mismo que sus ausencias, que empezaron de nuevo […] cómo fui tan ingenua y crédula» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 46).

lxviii. «…el no haber sabido encer mi natural timidez y los complejos de inferioridad» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 55).

lxix. «… extrema timidez y porque de mi no me gustaba casi nada, ni siquiera mi voz» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 26).

lxx. «… estuve a punto de convertirme en alcohólica, perdí toda autoestima y acepté como compañero sentimental a un ser profesional y humanamente frustrante, envidioso y con aires de grandeza, acomplejado, en fin… que hizo lo imposible por minar las pocas ilusiones que me quedaban…» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 157).

lxxi. «… en cierto momento, debido al calor y al disgusto, me dio una lipotimia que me tuvo ausente varios minutos» (p. 36). «Mis ánimos no estaban preparados en esta ocasión para aguantar aquel personaje aburrido que recordaba; estaba muy cansada, apenas había dormido y, sí, ¿por qué no decirlo?, la imagen de Ada en la planta de psiquiatría del Ramón y Cajal invadía mi pensamiento. A la media hora, más o menos, de empezar el desayuno, noté que me iba… Una lipotimia hizo que me trasladaran a la habitación» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 171-172).

lxxii. «Le deseaba, a pesar de todo […] Aunque mi cerebro martilleaba una y mil veces gritándome que no, mi cuerpo quería estar con el suyo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 37).

lxxiii. «Los decepcioné, como a mí misma en lo profesional, pero había elegido un camino incompatible: la familia» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 29).

lxxiv. «Los decepcioné, como a mí misma en lo profesional, pero había elegido un camino incompatible: la familia» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 29).

lxxv. «A medida que pasaban los años comprobaba que eran mis hijos quienes movían los hilos de mi destino y de mi comportamiento. De modo, pues, que yo no era más que una marioneta que cuando quería decidir por sí misma caía en las depresiones más profundas» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 203).

lxxvi. «Dice Machado: “Yo no sé leyendas de antigua alegría/sino historias viejas de melancolía…”. Hago míos estos versos al recordar lo que pasó por aquellos días» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 107).

lxxvii. «Empezaron a palpitarme las sienes y pensé en la muerte como calmante que pusiera fin a ese latido que recorría todo mi cuerpo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 37). «Aquella noche no pegué ojo, sopesando los pros y los contras de mil ideas que daban vueltas en mi cabeza, sin encontrar solución alguna, y cuando parecía que daba con ella, había de desecharla de inmediato pues no era viable. Fue entonces, quizá, y porque aquella tarde la vi de cerca, que pensé en la muerte; en la suya o en la mía» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 129).

lxxviii. «Estaba lo suficientemente cuerda como para darme cuenta de que necesitaba con urgencia un psiquiatra y, sin dudarlo, pedí hora al mejor de cuantos conocía, un hombre que había tratado a amigos en circunstancias parecidas a la mía» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 45).

lxxix. «Después de varias visitas, el especialista de enfermedades de la piel no encontró explicación para aquellas manchas y ni siquiera pudo achacarlas a mi predisposición antigua a las alergias, en vista de lo cual me mandó a un psiquiatra, del que me cansé al cabo de los meses, después de haberme dejado en su consulta gran cantidad de dinero» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 152). «Volví a la consulta de un psiquiatra, al cabo de unos meses de tratamiento de “aniquilación por sueño inducido”, como le llamo yo, con la consiguiente mengua de mi bolsillo, decidí que o no dormía o lo hacía después de haberme bebido las copas necesarias para caer en estado de inconsciencia» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 166-167).

lxxx. «… como ésa era la causa y yo la conocía, de nada me servían los consejos y tratamientos psiquiátricos» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 203).

lxxxi. «A medida que pasaban los años comprobaba que eran mis hijos quienes movían los hilos de mi destino y de mi comportamiento» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 202).

lxxxii. «… al oír mis gritos, que, como digo, procedían de un terrible sueño […] y cuando yo quería bajar por la escalera, ésta desaparecía y me encontraba en mitad del vacío» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 45). «Apenas dormí dos horas, si dormir se le puede llamar a una pesadilla continua e inconexa, repleta de horrores que yo contemplaba, como siempre, desde lo alto de una larguísima escalera que de repente desaparecía y me dejaba situada en el vacío» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 130).

lxxxiii. «Durante los veranos, mi vieja casa del barrio de Salamanca se convertía , como ya he dicho, en una comuna. Desfilaban por ella los personajes más variopintos» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 71).

lxxxiv. «… mi casa era el refugio de amigos raros, ácratas y disconformes y se convertía en una especie de comuna o fonda de paso donde permanecer unas hornadas hasta que llegara el otoño y cada uno volviera a su puesto y a vestir el uniforme de la disciplina social establecida, al aburrimiento de los despachos y al discurso oficial» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 191).

lxxxv. «Me encontraba sola, hablando conmigo misma, que es la peor de las soluciones a la soledad» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 129).

lxxxvi. «… mis amigos de siempre […] dejaron de visitar mi casa y sólo uno de ellos fue capaz de explicarme la razón, disculpándose como pudo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 200-201). «… me sentía sola, rechazada» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 202).

lxxxvii. «Estoy, por aquellos días y ya de vuelta a Madrid, hundida moralmente y mal en el trabajo, unas veces porque se cierran medios en los que solía colaborar, otras porque he comenzado a encerrarme en mi circulo, que es oscuro y siniestro, y empiezo a sentir […] frustración» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 179).

lxxxviii. «Me aíslo al mismo tiempo que me aíslan» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 179).

lxxxix. «… mantenedora y responsable de mi familia, como si la hubiera engendrado yo sola» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 173).

xc. «Rara vez pensaba en mí como ente aislado, como ser humano» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 172).

xci. «… me desdibujaba de inmediato para ocupar el lugar de madre» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 172).

xcii. «Pasaba más horas en el palacio de la Carrera de San Jerónimo que en mi casa» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 164).

xciii. «Yo vivía prácticamente en el sanatorio, adonde incluso me había llevado la máquina de escribir» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 151). «Iba a la clínica a dormir y en cuanto tenía un minuto libre» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 155).

xciv. «Empecé a meterme en un paréntesis –es la mejor expresión que he encontrado de lo que ha sido mi vida– […] de más de treinta años» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 55). «… paréntesis, como digo yo, en el que me he pasado media existencia» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 82).

xcv. «… como si hubiera permanecido en un estado de hibernación» (p. 55).

xcvi. «Durante los últimos veinte años de mi vida ha transcurrido como dentro de un paréntesis. Fuera, todo se movía, cambiaba, mis compañeros prosperaban en la profesión, se casaban, algunos más de una vez, o elegían a sus parejas del mismo sexo; otros profesaban en ordenes religiosas, los menos se hacían ricos, y hasta alguno terminó en la cárcel» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 23).

xcvii. «También murieron algunos, pero todos estaban fuera, en la corriente del tiempo, con los acontecimientos visibles en las pantallas de televisión, en las paginas de la prensa escrita, en los oídos de quienes escuchan la radio, en las portadas de los libros» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 23). «… me quedé sola en la barra, con dos copas delante de mí. Entonces recordé quién era, mis obligaciones, mi trabajo, mi realidad en fin. Ya estaba en el paréntesis y empezaba a notarlo. Fuera, el tiempo tenía una dimensión distinta y la realidad toda un matiz diferente» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 133).

xcviii. «… dentro del paréntesis […] todo es oscurantismo, silencio y horizontes de muerte» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 23).

xcix. «… decidí que o no dormía o lo hacía después de haberme bebido las copas necesarias para caer en estado de inconsciencia total» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 165).

c. «Fue en el verano del 68 cuando fumé el primer porro de mi vida y descubrí el whisky, que me hacía olvidar, dormir y, sobre todo, me desinhibía hasta el punto de que hacia cosas inimaginables en estado normal» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 40). «Me levanté a oscuras y a tientas busqué en mi bolso de viaje una botella de whisky que había comprado en el aeropuerto… Y bebí y bebí… y garrapateé, más que escribí, lo que sentía» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 62). «En uno de los establecimientos donde compré canutos hechos de «maría», tomé una jarra de cerveza y me fumé un porro tranquilamente» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 64). «Aquella tarde había llegado antes a mi casa porque tenía trabajo, y no había hecho nada; dispuesta a no tomar ni una copa, y de madrugada casi estaba borracha; dispuesta a no tomar ni uno solo de los somníferos que me recetaba el psiquiatra, y sustituyéndolos por lingotazos de whisky que me hacían perder la noción del tiempo y de mi propia identidad» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 129).

ci. «… y el alcohol, que descubrí tarde, fue durante un tiempo mi refugio y la única manera de olvidar» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 77).

cii. «Me detengo a pensar y encuentro el motivo de que cada cual, con problemas, agujeros en su realidad o complejos, se agarre a la droga que más le guste para resolverlos, o creer resolverlos, que es lo que en principio atrae… hasta que te atrapa. Con esta aparente lucidez me veía como una mala y peligrosa amistad para mi hija» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 65).

cii. i«… estuve a punto de convertirme en alcohólica» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 156).

civ. «Pronto caí en la cuenta de que se me habían acabado el tabaco y el whisky. Fui a un establecimiento cercano a mi casa, de los que no cierran en toda la noche y venden, a precios astronómicos, pequeños vicios» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 173).

cv. «En algunas ocasiones me he considerado una especie de yonqui subliminal» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 82).

cvi. «… y algunas veces que la acompañé – otras he ido yo sola a pillar para remediarle un mono» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 103). «A modo de anécdota, diré que como estábamos cerca de uno de sus proveedores, al que como pago de una mercancía anterior había dado un valioso anillo mío, me convenció para ir hasta allí a que me lo devolvieran y pillar algo más para no comerse a pelo el mono durante las primeras horas… accedí» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 169). «A los dos días Ada se escapó del hospital y tuve que ir a un poblado de gitanos de la avenida de Guadalajara a comprarle una papelina, porque no aguantaba el mono. Como no había chuta de las de insulina, mi padre le preparó la jeringa de cristal» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 172). «Me pidió algo de pasta para ir a pillar y no sólo se la di sino que yo misma la llevé a la avenida Guadalajara» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 192).

cvii. «… trabajar como una mula» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 57).

cviii. «De todas maneras estaba muy ocupada […] tenia mucho trabajo» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 70).

cix. «¡Qué tristeza de vida la que transmitía!» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 57).

cx. «… y me dediqué a trabajar, a decir sí a cuentas faenas me salían al paso, sin tener en cuenta mi porvenir profesional» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 55). «Me dediqué a mi nuevo cometido con todo el ardor profesional posible, asistiendo a sesiones que a veces se prolongaban por espacio de doce horas» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 121-122).

cxi. «Rara vez pensaba en mí» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 172).

cxii. «No tuve en cuenta mi pensamiento, mi cerebro» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 44).

cxiii. «… un ritmo de trabajo febril» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 118).

cxiv. «Sin ir más lejos recordé que a las siete había reunión de la junta directiva de la Asociación de la Prensa, de la que era vicesecretaria. No podía faltar […] A las nueve tenia una entrevista importante con un líder de la oposición y luego una cena en el club Siglo XXI. Y, por supuesto, la cabeza repleta a rebosar con mis asuntos propios» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. pp. 133-134).

cxv. «¡Todo eran problemas! Y por si fuera poco, yo era consciente de que abandonaba a mis otros hijos, casi los olvidaba. Todo lo que se relacionaba con Ada era tan urgente, tan de vida o muerte, que no había posibilidad de elegir» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 152).

cxvi. «Me habría gustado […] no despertar nunca de ser niño» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 157).

cxvii. «Rara vez pensaba en mi […] como ser humano» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 172).

cxviii. «¡Me he reprochado tanto el no haber hablado más con ella, el no haber estado a su lado cuando sus fuerzas flaqueaban para enseñarle a decir no…!» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 43). «… pero reconozco mis culpas […] el no haber sabido decir no a rajatabla» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 55).

cxix. «… Cuando se fue tuve ganas de morir; ¿qué pintaba yo en el mundo?» [Heredia, R. (1998)]. La Agenda de los amigos muertos. Plaza y Janés. Barcelona. p. 216).

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De la frontera a la pluralidad

Reseña del libro La Razón Manual de Manuel Fernández Lorenzo (Lulú, Morrisville, Carolina del Norte, 2018)

Carlos Javier Blanco Martín
Doctor en Filosofía
.

El hombre fue hecho por la mano. La mano, órgano de los órganos y fuente de los instrumentos, es la responsable y causante de nuestra inteligencia. La genial intuición de Anaxágoras acerca de la génesis manual de la inteligencia, corrige todo el mentalismo, y no sólo eso, lo esclarece a la luz de la evolución de la habilidad manual. Este es el meollo del programa de investigación emprendido por Manuel Fernández Lorenzo, quien hace suya la intuición del griego por medio de un programa de investigación dotado de doble faz, positiva y filosófica, programa que recibe el mismo y ajustado título de su último libro: La Razón Manual.

Para fundamentar el programa de doble faz (positiva y trascendental) es necesario rastrear los antecedentes históricos del mismo.

Los antecedentes positivos, propios de las ciencias categoriales, son bien recientes: de una parte, la antropología evolutiva ha ido señalando, en el transcurso del último siglo, la importancia de la bipedestación para explicar el tránsito de los antropoides a los homínidos, a resultas de cambios climáticos decisivos en el continente africano en los últimos tres-cuatro millones de años. Ese caminar erguido, quizá implicado con una mejor refrigeración del cerebro bajo el tórrido sol austral y una adecuada visión vigilante en un paisaje de sabana y altas hierbas, tuvo que ver con la pérdida de masas arbóreas y una mayor cantidad de tiempo invertida en el deambular pedestre, a ras de suelo. Los «brazos» dejaron de ser largas extremidades delanteras con capacidad colgante de las ramas, y las copas de los árboles apenas fueron para aquellos animales un refugio nocturno elevado para evitar ataques de fieras. Las distintas especies halladas de australopitecos presentan notables modificaciones que orbitan en torno a unas manos «libres», esto es, colgantes al extremo de unos brazos más cortos, también colgantes. En realidad, las manos y los brazos colgantes y liberados de la locomoción y apoyatura en el suelo, conforman todo un sistema de navegación exploratoria y manipuladora en torno al propio eje vertical que es el cuerpo del homínido. Ese homínido erguido se desplaza con sus pies y explora el entorno a ras de suelo, como tantos animales. Pero aun plantado en el suelo, inmóvil, no deja de ser activo casi en los 360 grados en que puede rotar —siempre que haga un pequeño cambio con los pies— pues los brazos-manos alteran cuanto se encuentran en torno, o son capaces de hacerlo sirviéndose de instrumentos oportunos, que ahora, el australopiteco y los primeros miembros del género Homo empiezan a fabricar. La actividad de un animal dotado de habilidad manual no es simple actividad, es verdadera acción y operación. Otros mamíferos, con garras no liberadas, con patas sustentadoras, con pezuñas, etc. emplean su boca para el transporte y prensión de objetos. El hombre prehistórico completaba su prensión manual con la oral mucho más de lo que hoy hacemos, en una fase en la cual la actividad mandibular (desgarro de alimentos, sujeción de objetos) era protagonista y compensatoria de la escasez de instrumentos extrasomáticos.

También en esa doble capacidad prensil-operatoria, oral por una parte, manual, por otra, tiene el sexo su incardinación. La extraordinaria sensibilidad concentrada en la mano, como elongación de la piel, y muy concretamente en la yema de los dedos, hace del Homo sapiens el animal sensible por excelencia, sensible al tacto. Pero junto con los dedos como antenas de la piel-receptora tenemos los humanos la boca como órgano que comparte la doble función prensil-operatoria y sensible. Como parte del programa investigador que promete Manuel Fernández Lorenzo, la evolución sinérgica y simultánea de nuestras capacidades sensoriales, operatorias y erógenas desde la lejana noche en que nuestros ancestros comenzaron a tener las manos libres y colgantes, así como la boca al frente, y no volcada al suelo, parecen asuntos de prioritaria atención. La antropología evolutiva, junto con otras disciplinas como la psicología, las ciencias cognitivas, la lingüística, etc. pueden aportar sus metodologías y enfoques centrándose en estos dos órganos, boca y mano, aunque de manera mucho más significativa en la mano, órgano clave a la hora de entender el radio creciente con el que el hombre, como columna-eje bípeda, construye un mundo «en torno».

Pero, además del rostro positivo, o científico-categorial, que presenta el programa del «Pensamiento Hábil» o la «Razón Manual» del profesor Manuel Fernández Lorenzo, hay otra faz, esta vez estrictamente filosófica. En la línea de la más venerable «filosofía como ciencia rigurosa», este programa filosófico que ha iniciado el autor de «La Razón Manual» se inicia en la Edad Contemporánea con el idealismo alemán de Fichte. En el primer gran autor idealista, discípulo de Kant, encontramos formulada una concepción dialéctica, que no geométrica, de la Filosofía. Hallamos en esta figura señera que es Fichte el empeño más serio de la historia, nunca registrado hasta entonces, orientado a forjar un sistema filosófico total a partir de un fundamento inconcuso. El fundamento reside en el Yo, de ahí el idealismo, pero no un Yo meramente representativo, pasivo, especular. Se trata de un Yo definido por su actividad, pero esta actividad no es a su vez ni meramente el cogito cartesiano, un «principio de conciencia» (Reinhold), ni tampoco se trata de un principio radicado en la experiencia sensible (empirismo, positivismo), el fenómeno. La actividad del Yo fichteano consiste en acción y operación. En el mismo momento en que el Yo se pone (se afirma, «yo soy»), se le contra-pone un no-Yo, esto es, aquello que le niega y aquello mismo que la filosofía dogmática anterior al idealismo entendía por materia, el ser, la realidad, etc., y esto en la medida en que recortaba, limitaba y circundaba al Yo. Pero el Yo contra-puesto al no-Yo, incluso en el acto más simple de percepción o memoria exige un tercero, un Yo reflexivo que distinga aquel no-Yo de antes y éste no-Yo de ahora, de la misma manera que ese Yo reflexivo, de segundo grado, distingue la posición del primer Yo, de su negación y de su propia reflexión. Y así sucesivamente. Con lo que tenemos que el Yo reflexivo de segundo grado es más que reflexivo, es absoluto o trascendental. En el desarrollo de la actividad que le es propia, el Yo primario, ya «puesto» o afirmado, exige la presencia de un Yo absoluto que es síntesis de aquel y de su contra-posición o no-Yo. El proceso fichteano, que Fernández Lorenzo resume de manera clara y didáctica, es dialéctico (tesis, análisis, síntesis), superador de la simple deducción geométrica. La nueva filosofía que parte de un Yo de acciones y no de un espejo representacional del mundo, se inserta en la misma tradición del racionalismo que pugnaba por la edificación de un sistema. Ahora bien, la relación entre las partes del mismo (que es lo que debe darse para poder hablar de «sistema») no es deducida, como si la filosofía fuera una parte o una prolongación del saber matemático. El fundamento del nuevo sistema idealista requiere un punto de partida (el Yo de las acciones, en lugar del cogito cartesiano o de la sustancia espinosista) y un procedimiento (la dialéctica en lugar de la deducción). Con esta revolución fichteana inicia su andadura una filosofía que no será, simplemente, una «metafísica» en el sentido en que la crítica moderna fue entendiendo la metafísica, esto es, un abanico de «doctrinas» u «opiniones» sobre el ser, a gusto del consumidor, cada una de ellas carentes de fundamento completo y entre sí plagadas de contradicciones. La sustitución de la metafísica dogmática por una filosofía no ya solo crítica, sino constructiva, es la meta de la filosofía del pensamiento hábil. Se trata de esclarecer en un doble plano (positivo y trascendental) cómo se generan estructuras objetivas. Todas las estructuras generadas a partir de sistemas de acciones y operaciones entrañan ya —en grados diversos— dosis de «conocimiento».

Pero una inflexión importante en esta «filosofía constructiva», y orientada a ser un sistema riguroso, jalonada ya por brillantes desarrollos posteriores al idealismo a lo largo del siglo XX (la Fenomenología de Husserl, la Epistemología Genética de Piaget, el Materialismo Filosófico de Bueno) consiste en incorporar una ontología «fronteriza». En el plano positivo, la idea del cuerpo como centro generador de acciones y operaciones, y constructor de relaciones ha ido ganando terreno en las ciencias psicobiológicas, cognitivas, en la antropología, etc. más allá de ser considerado simplemente como un término, esto es, como un punto de partida y de llegada en las operaciones gnoseológicas. Dentro del cuerpo del hombre, y en contra del fuerte enfoque neurocentrista de nuestro tiempo, son las manos las que dotan al ser humano de ese carácter fronterizo. En las manos no sólo hay una dimensión «plana», de superficie receptora, sino n-dimensional en cuanto que las manos «hacen» y aumentan las posibles superficies de operatoriedad. Mientras que los pies están forzados gravitatoriamente a contactar con un suelo, plano único de sustentación, las manos «vuelan» y con la versatilidad de los dedos alzan mundos enteros de carácter construido. El objetivismo dogmático dice: el mundo es lo que se muestra «a distancia» de las manos, y de los demás receptores sensoriales. El idealismo mentalista, en cambio, sostiene: el mundo ha de ser absorbido o interiorizado en la mente o en el cerebro, y sólo entonces el sujeto puede manejarse en él, y así debe haber una especie de duplicado del mundo para formar parte cognitiva y activa en él. Pero la filosofía de la Razón Manual establece la generación de estructuras de acción-cognición precisamente en el quicio (que recuerda algo la «filosofía fronteriza» de Eugenio Trías) en el que el cuerpo dotado de manos modifica el mundo, y el mundo incide sobre la propia superficie corpórea activa. Es un «medio» diferente del medio externo envolvente, y del medio interno de la agencia (organismo, sujeto, cerebro). Manuel Fernández Lorenzo, aunque se reivindica como discípulo (heterodoxo) del materialista Gustavo Bueno, y debe una parte de su aparato conceptual y terminológico al recientemente fallecido filósofo español, está elaborando una filosofía (o mejor, un complejo programa doblemente positivo y trascendental) de muy diferente naturaleza. Una filosofía del «quicio», de la frontera, que al principio es una mera raya, una línea de ruptura entre géneros inconmensurables, un «imposible físico» o un abismo sin fondo, pero de esa mera raya separadora provienen acciones y operaciones que permitirán un mundo «hacedero», así como nuevas fronteras y categorizaciones. De una línea que marca el límite de una racionalidad parcial brota, con todo su espesor, policromía y solidez, toda una pluralidad ontológica.

Ética y enfermería

Norma Herrera Roque
Licenciada en Enfermería y Obstetricia de la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia (ENEO), con maestría en Ciencias de la Salud Pública. Profesora en la Carrera de Enfermería en la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Wendy Nallely Francisco Flores
Enfermera de primer nivel de atención, egresada de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, UNAM, México.

Erick Daniel Granados Monroy
Profesor de Ciencias Sociales de las carreras de medicina y enfermería, en la FES Zaragoza, UNAM, México.
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Introducción

Ética, son los aspectos formales de los cuales emanan los aspectos procedimentales, que en forma de moral, regulan los procesos intergeneracionales, intergenéricos e intragenéricos de una cierta comunidad, de una cierta época.

Dicho de otra forma, Ética son las ideas, valores, sentidos, significados y creencias, que se van a corporalizar en la Moral, que son los actos, los comportamientos, las conductas, mismas que se basan en las ideas y sentidos contenidos en la Ética.

Así, ética son las creencias que se concretizan en actos, actos que son la moral; ética son las ideas que dirigen el comportamiento moral, de un cierto enclave, de cierta etapa histórica.

La ética que da forma a la moral, regulará los procesos de interacción entre gente de distinta época, de distinta generación; entre personas de distinto género; y entre personas del mismo género.

Por otro lado, la ética se liga con la axiología, la ontología y la deontología.

La axiología es la teoría del valor, examina aquellos elementos que en un cierto lugar, se ubican como primordiales, preferibles, deseables, prioritarios, en contraposición con aquellas nociones que se ubican como secundarias, execrables, indeseables.

La ontología estudia al Ser, los elementos que estructuran a la persona, aquellos elementos que se conjugan para constituir a un hombre y a una mujer. El acercamiento ontológico o la valoración ontológica son importantes, porque, tanto pueden potencializar a la persona, como la pueden minimizar, restringir, disminuir y cosificar; recordemos a los griegos del siglo V antes de nuestra era, donde la mujer sólo tenía como función ser una incubadora, productora de nobles, ciudadanos y esclavos; donde no tenía el derecho ni de educarse ni de participar en los asuntos de la Polis, dado que se visualizaba como un Ser sin capacidades cognitivas, una menor de edad eterna. Como aquí en nuestro país, antes de que Ruiz Cortines les “reconociera” el derecho al voto en 1953 [1].

A su vez, la deontología es la ética particular de cada profesión. Es decir, existe la ética general, para la comunidad, y otra específica para cada actividad particular, sea técnica, física o cognitiva. En ese sentido hay una ética para el sastre, el albañil o el profesionista; a los esquemas formales para cada una de esas disciplinas laborales o educativas, se les denomina deontología.

Ahora…

Bajo el enfoque sociológico, todas esas disciplinas y teorías se supeditan a los criterios del Poder.

Puede ser algo contraintuitivo o incluso chocante, el saber que detrás del saber, de la voluntad y de los pueblos, hay un sector que los dirige y controla, es detestable saberlo, no obstante, se tiene qué decir.

Algo que no debemos olvidar, es que el área de la educación y de la salud, son dos de los ejes primordiales para la estructuración de un Estado.

Todo Estado tiene detrás un grupo económicamente poderoso que domina al enclave y subyace a cualquier elemento estructural.

El esquema básico de la estructuración de una sociedad, de acuerdo al Materialismo Histórico y a la Psicología Política de Wilhelm Reich, es el siguiente:

  • Un grupo de poder que domina ese enclave.

  • Violencia explícita, autoridad evidente que ejerce ese grupo hegemónico, en pos de imponer su voluntad e intereses a los habitantes de esa comunidad.

  • Al refinar sus mecanismos de control, el Poder crea un elemento simbólico que domina desde la violencia implícita, la autoridad anónima, una supuesta racionalidad y una supuesta elección de los integrantes de la comunidad.

El elemento simbólico será el Estado, una creación de los ricos, que se hace creer a los pobres que es por ellos y para ellos.

  • El Estado, más allá de su elemento conceptual, se concretiza en un gobierno.

  • El gobierno es esa construcción que supuestamente emana de razones, consensos y voluntades populares, pero que en realidad es una herramienta del poder, del grupo hegemónico.

  • El gobierno requiere servos, miembros, herramientas, operadores; esas herramientas serán las diversas instituciones que sirven a él y a la comunidad, al menos oficialmente. Serán las instituciones jurídicas, administrativas, de seguridad, educación y salud; las principales.

  • Las instituciones requieren personas que las hagan funcionar.

Esas personas serán aquellas que sirvan a los criterios inmediatos de las instituciones y ulteriores de los intereses de las clases altas dominantes.

En ese sentido, toda institución, será medularmente dañina para la persona y la comunidad, y beneficiosa para la élite gobernante, que no son los políticos.

Los políticos son también empleados de los poderes económicos.

Absolutamente ningún presidente o primer ministro será el verdadero líder de un entorno, el auténtico mandamás será el clase alta. La casta política sirve fundamentalmente a la agenda de los altos capitalistas, son sus voceros, sus representantes, los capataces y administradores, pero nunca los dueños.

En este documento interpretaremos dos categorías básicas: ética y enfermería, bajo los postulados de la psicosociología reichiana.

Este análisis se encuentra estructurado con seis apartados básicos: Introducción, Desarrollo, Conclusiones, Bibliografía, Anexos y Notas.

En cuanto a enfoques, se ubica bajo la modalidad cualitativa.

Se trata de un análisis teórico, documental o de gabinete.

Se usó el método dialéctico para la configuración de las secuencias argumentativas.

Tras la presentación básica, procedemos con la exposición y contrastación.

Desarrollo

Aquí encontraremos cinco subapartados: ética; enfermera y paciente; enfermera y compañeras de trabajo; enfermera e instituciones; y código de ética.

Procedemos con nuestra primer noción principal, con nuestra primer categoría.

Ética

La ética, elementos que regulan los procesos contextuales e interpersonales de una cierta comunidad, de ciertas condiciones espaciotemporales.

No obstante, la ética, como el resto de elementos culturales (idioma, religión, educación, ciencia, sistema legal y económico) no son elegidos por la población.

Todos los elementos culturales son proyectados e impuestos por las clases altas, en pos de sus agendas, beneficios e intereses.

Y en ese sentido, lo que se difunde en nuestro país, no será una ética pro-vida.

Antes bien, como toda construcción cultural, producto de esas instituciones supeditadas al capital, será un producto dañino, será una construcción anti-vida.

¿Por qué?

Simple:

Los poderes son sociópatas:

Egoístas, totalitarios, cosificadores, utilitarios, depredadores.

Para las clases altas, las clases medias y bajas solo son pasto, ganado, piezas y herramientas. Cosas que usarán para sus fines.

Para mantener su imperio requieren una combinación, un performance de:

Empleados eficientes y mentes sumisas. Buenos trabajadores y conciencias dóciles, obedientes, pasivas e irreflexivas.

La cultura en general, y la ética en particular, son una de las herramientas, en este caso simbólicas, abstractas, que sirven para mantener en control a la población.

Las herramientas físicas como la policía o el ejército, sirven para coaccionar materialmente, físicamente, violentamente.

Las herramientas simbólicas-abstractas-culturales, tales como la religión, la televisión y la ética, sirven para -vía las creencias, ideas, temores y malos valores-, manipular al entorno social con base al miedo, a la ignorancia, el engaño y el chantaje.

Entonces, la ética no la elegimos, no la construimos: se nos impone. Es negativa para el pueblo y beneficiosa para el rico.

¿Por qué es dañina para nosotros y beneficiosa para las altas esferas?

Para nosotros, son reglas de comportamiento, desde donde nos programan líneas conductuales donde lo que impera es la obediencia que facilita el control. Y curiosamente esa ética que nuestros padres irreflexivos colaboran a inocular, no es acatada ni respetada por las clases altas.

Recuerden cuando eran infantes, de niños y niñas, ¿sus padres, madres u otros familiares les dijeron, les dieron como reglas el no mentir, no robar y no matar?

Quizás se los presentaron como un valor, como una cualidad, como un elemento humano a seguir.

Y no obstante: Obrador miente, Elba Esther roba, Salinas mata.

Las clases altas le dan a las clases medias y bajas una lista de comportamiento que ellos mismos no ejercerán.

Le hacen creer a la persona que son valores universales que todos respetan, pero ellos no lo hacen porque así es como se benefician y enriquecen, y no quieren que tú afectes el negocio, por tanto, es necesario que con relación a su agenda, tú te portes bien, seas un buen ciudadano que es respetuoso, pacífico, no violento.

Tomando como metáfora la bandera gringa y el racismo y clasismo que ahí ocurre, se dirá: para algunos son las barras, para otros las estrellas.

Así mismo, para los pobres cierta ética, para los ricos otra, obviamente una más amplia, flexible, potente y conveniente.

La axiología, la teoría del valor, aquellos aspectos que en una comunidad serán considerados los deseables, positivos, elegibles y preferibles, también estará moldeada por la agenda de los grandes consorcios. Te piden que elijas algo, que convenientemente ellos programan con sus leyes, difunden en sus medios de comunicación, y controlan y dosifican en los procesos de mercado.

Lo mismo ocurre con la ontología, el estudio del Ser, el análisis de los elementos que conforman a la persona: se nos marcan esquemas y místicas, donde por ejemplo, sólo vales con grados académicos, sólo sirves con cierto fenotipo, sólo te realizas en ciertos contratos, al amparo de las instituciones. Por ejemplo, hasta la fecha, aún en las áreas urbanas y con las nuevas generaciones, existen sectores de ellas que caen bajo la programación de esquemas rigidizantes y esquematizadores, donde emerge el mito del matrimonio ineludible, donde aparece la leyenda de la plena realización vía la maternidad. Y sin un hombre a tu lado, y sin hijos, no estás completa y realizada.

El poder programa y difunde ciertas sendas o estructuras de personalidad que son introyectadas, en pos de crear sectores de la población que respondan a ellas.

Algunas fracciones de la comunidad se controlan con religión, otras con adicciones, otras con espectáculos, con ciencia y educación, y otras más con los elementos culturales mencionados.

Los amantes del dinero, la exaltación del ego, el reforzamiento de la individualidad que combate a los Otros, los apabulla y deja atrás, son ejemplos de cómo ciertos elementos simbólicos, ciertos valores, ciertas imágenes representativas y valoradas de lo que es el hombre y la mujer, nos vuelven enemigos de los Otros y de la comunidad, y a su vez sirven para mantener el Statu quo, para preservar esta sociedad piramidal, injusta y asimétrica.

Y la deontología, los criterios éticos y axiológicos para una actividad o profesión específica.

La deontología, más allá de su discurso explícito, más allá de sus fines oficiales, tiene trasfondos utilitarios, que coadyuvan a los intereses de las clases altas, al colaborar a la explotación y despojo de las clases bajas. Como en la “ética” de ciertos abogados o científicos, que actúan de acuerdo a la norma, y no obstante, tras esas reglamentaciones se encuentra indiferencia, sadismo, intereses, dolor. ¿Cuántas veces se repite la escena donde el profesionista se lava las manos de actos destructivos, al enunciar que él actuó por órdenes, o siguiendo el reglamento?

Es coparticipe de actos injustos, que no obstante, están dentro de la legalidad y la misión-visión-filosofía de la institución.

En otras ocasiones, no será un enunciamiento y actuar directo y asumido, pero desde la inconsciencia e irreflexividad de la persona, con sus ideas fijas y su comportamiento dañoso y rígido, colaboran a los procesos que dañan al ser y benefician al capital.

La deontología tóxica, que envenena profesiones, dinámicas, procesos e instituciones, está presente en todas las carreras, en todos los ámbitos productivos, no podría ser de otra forma; y la enfermería no es una excepción.

El punto principal del utilitarismo, es que es un acto donde alguien se beneficia, al dañar, destruir, despojar al otro.

En el utilitarismo hay un ganar-perder; gana el yo, perdiendo el tú.

Es obtener una ganancia o beneficio, causando dolor y destrucción en quien está enfrente.

Son utilitarios los ladrones, los violadores, los políticos y empresarios. No les importa causar dolor, traumas, enfermedades y muertes, con tal de obtener dinero, influencia, poder.

Y el utilitario es sociópata porque no tiene ni pizca de empatía, de compasión, comprensión y consideración por quien tiene enfrente.

Le preocupa su agenda, sus beneficios, su poder, su grupo de apoyo.

Los demás sólo son objetos, cosas, utensilios, herramientas, entes que están ahí para ser usados, para que le sirvan a él. En ese sentido, el utilitario vuelve objeto a la persona, es un cosificador.

En la siguiente parte examinamos al personal de la salud en algunos de sus procesos relacionales.

Enfermera y paciente

La enfermería…

En su manifestación positiva, es una fuerza, un catalizador, las milicias que coadyuvan a la recuperación del ser doliente, disminuido, afectado, herido, enfermo o envejecido. Actuar vital, presencia positiva, desempeño primordial, profesionales esenciales.

Quienes verdaderamente están cerca del doliente, del enfermo, del destrozado que no puede levantarse ni encarar la problemática biológica por él mismo.

Sin la enfermería, los dolientes no podrían salir, no podrían recuperarse, serían bajas irremediables.

Se les debe la vida, se les debe la salud, se les debe la oportunidad de volver al ruedo, a la carretera, a la vida, a los proyectos y anhelos.

En su faceta negativa, es una simple burócrata, altamente negativa: neurótica, perversa, sádica, intransigente, intolerante, necia. Una oficinista frustrada, insensible a las problemáticas del ser y de la comunidad.

Y es así, porque se dejó cambiar, porque permitió ser influida por la mala ética, por la pésima axiología, por la dañina ontología, por la destructiva deontología. Es así —destructiva e indiferente—, porque se dejó institucionalizar, se dejó paradigmatizar, volverse un instrumento rapaz de las instituciones monstruosas.

La enfermera positiva es la que es humanista, la que obra en una dinámica intersubjetiva, en la que se desarrollan procesos de diálogo, escucha, acompañamiento, comprensión, apoyo y afabilidad.

La enfermera negativa es la que está bajo el influjo del utilitarismo sociópata, donde impera lo neurótico, lo sadomasoquista, lo tóxico, lo estéril.

La enfermera positiva no se ha dejado infectar, no deja que su mala crianza, mal entorno, mala formación, mala sociedad y mala institución la cambien. Mantiene su esfuerzo humanista, donde se preocupa por el Otro, y trata de aportar algo a la persona y a la comunidad.

La enfermera negativa es la que se dejó programar. Que cree que es mejor al sojuzgar, al lastimar, al ser ególatra y egoísta, pensando que eso la encumbra y la distingue, cuando solamente se volvió una rapaz, una depredadora, una parricida de sus hermanos, congéneres y cercanos.

Repetimos:

No es excusa enunciar que se obra por órdenes, por inercia, por mayoría, por la dimensión del problema. Eso sólo encubre la mala fe, la deshonestidad, la incongruencia.

Si tú vas a actuar bien, humanistamente, constructivamente, en lo intersubjetivo, lo harás:

Sin la institución, con la institución, pese a la institución, y más allá de la institución.

Lo más cómodo, fácil y de hecho “casualmente” redituable, es dejarse arrastrar y ser uno más de los sociópatas que colaboran a que éste estado de cosas injusto e injustificado siga.

Al tratar bien a la persona, al paciente, estás en el esfuerzo positivo por no dejarte deformar.

Al tratarlo mal, ya te convertiste en policía, en soldado, en diputado, en burócrata, en asesino, en alguien que al hacer el mal al hermano y la comunidad, colaboras para que esta sociedad siga asimétrica, piramidal, extremosa, dominada, explotada y embrutecida.

Al actuar ventajosamente, dañosamente, manifiestas tu programación, la que te lleva a convertirte en el enemigo de la persona y del entorno, y que al mantener a la comunidad desorganizada, débil, confundida y doliente, permites que las clases altas sigan dominando desde sus castillos a esta sociedad embrutecida, agotada e inconsciente.

A continuación, la profesional de la salud con sus pares.

Enfermera y compañeras de trabajo

Desunidos caemos.

Lo más conveniente para el capitalista, es una comunidad individualista, indiferente, sádica, irresponsable.

No le conviene que las personas sean analíticas, reflexivas, empáticas, cooperativas y compasivas.

Alguien inteligente y comprensivo, no se prestará a actos, ideas, creencias, acciones e instituciones donde se envenenará, donde se empobrecerá, donde se explotará y endeudará. Entiende lo negativo de ese actuar utilitario, y no desea que otros humanos padezcan eso.

Es un tipo de persona que se contrapone a los designios del poder.

Quien sí se presta, es el neurótico, el indiferente, el egoísta, el individualista, el idiotizado.

Ese pútrido ser es conveniente para los malos manejos del capital, de las empresas y de las instituciones.

Es conveniente porque se presta a la corrupción, al cuatazgo, al nepotismo, al daño.

Así, más allá de la misión, visión y filosofía institucional; más allá de la deontología de la enfermería, hay una currícula oculta, una nata, un pantano, que busca influir en el personal, de tal manera que caigan en los malos manejos, en la comodidad, en la ley del menor esfuerzo, en el sadismo, utilitarismo e indiferencia. Sí, de inicio con los pacientes, pero también con los compañeros de trabajo.

¿Qué gana el personal adoctrinado al tratar mal a los demás?

Básicamente nada, o si acaso migajas, pero quien sí se beneficia mucho es el Poder, porque así, al imperar las enemistades, los conflictos y las distensiones interpersonales, en la institución no se permitirán ni fomentarán ni apoyarán los elementos positivos, los intentos humanistas.

Será un estado de guerra, un conflicto de todos contra todos, una carrera de ratas, donde no habrá consensos, donde no habrá esfuerzos conjuntos, donde no habrá cooperación.

Las instituciones sirven al gobierno, el gobierno al Estado, el Estado al Capital.

Y al capital sólo le interesa él mismo, no le interesa el indio, no le interesa la persona, no le interesa el enfermo, no le interesa el profesional de salud.

A todos engaña, a todos les miente, a todos los manipula y usa.

Al actuar neuróticamente, denotas tu programación.

Al prestarte a actos, decisiones y situaciones dañinas, para con la persona, para con tu compañero de trabajo, ya le estás haciendo el trabajo sucio al capital.

Ya eres enemigo, ya eres parte del problema.

Al avivar el conflicto interpersonal en la institución, eres factor de caos y desorganización, y eso le sirve al imperio, porque nos tiene muy ocupados peleándonos entre nosotros, como para organizarnos y atacarlo a él. Tu malestar, tu malhumor, tu frustración, está mal encaminada, es hacia los poderes hacia quienes tendrías qué enfocar tus baterías, tus uñas, enojo y dientes.

Continuamos con la interacción entre la profesional de la salud y las estructuras.

Enfermera e instituciones

Si tú no le interesas a la institución, ¿por qué habrías de ser tú leal con ella?

Aquí entra nuevamente la reflexión, el análisis, el cuestionamiento, la dialéctica.

Si hay algún elemento positivo, humanista, racional, en la institución, hay que reconocerlo, apoyarlo, salvaguardarlo.

Y a los elementos negativos, se hace necesario enunciarlos, y en la medida de lo posible, confrontarlos.

No nos engañamos, sabemos cuan corrupto es el sistema.

Sus servidores colaboran en el ámbito educativo desde el 92, y desde ahí conocemos lo hipócrita, deshonesta y violenta que puede ser una institución.

Hacer cambios estructurales, reformaciones comunitarias, revoluciones, es algo que nunca creímos plausible.

Hay tantos ojos en el cielo, orejas en las paredes y armas en el espacio, que el imperio imposiblemente caerá.

¿A qué le apostamos?

A lo micro.

Nunca vamos a llegar al Banco Mundial, a la Reserva Federal, al Fondo Monetario Internacional o a la Organización Mundial de la Salud.

Y aunque se llegue, no nos van a escuchar.

Y aunque nos escuchen, no van a considerar nuestras opiniones, sugerencias o propuestas.

Por ello, le apostamos a lo micro:

Lo positivo que se pueda aportar, y lo negativo se pueda evitar, por lo menos en nuestros ámbitos familiares, comunales y laborales.

Ser racional con aquellos con los cuales interactuamos.

No estamos llegando a la raíz, no estamos llegando a la cabeza, y aunque finalmente así fuera, el poder es una hiedra que evoluciona y regenera.

Pero de menos, en los ámbitos donde nos desenvolvemos, con las personas con las que convivimos, evitar el mal y hacer por lo menos un micro-bien; en verdad les digo, eso ya es algo.

Si hay un problema, y si a mí me interesa mi disciplina y mi ámbito profesional y laboral, lo peor que puedo hacer es ignorarlo, negarlo, invisibilizarlo.

Es como en una pareja o en un matrimonio; si ese hombre es adicto, si ese padre o familiar es golpeador, y si yo niego el problema, si se racionaliza, se justifica, se invisibiliza, su resolución será imposible dado que ni siquiera se señala o reconoce.

Pues bien, eso mismo aplica para con el ámbito educativo y para con las situaciones laborales: se hace necesario un esfuerzo creativo y compasivo por lo menos con nuestros cercanos, y es signo de valor el señalar aquello que a todos afecta, pero que por miedo o conveniencia, nadie señala.

Último punto, análisis dialéctico del documento que concretiza lo deontológico del profesional de la salud.

Código de ética de enfermería

Para cerrar este apartado, algunos comentarios sobre el decálogo del código de ética para las enfermeras y enfermeros de México [2] [3].i

Sobre el punto 1 (respetar y cuidar); uff, ante la tremenda sobrecarga de trabajo, absolutamente ningún profesionista podría mantener todas sus habilidades al cien. Y al modo de lo que ocurre en el ámbito educativo, se usa la misma estrategia: se satura de trabajo, no se reconoce, no se agradece, no se reditúa, para que la persona, el profesional, se desmotive, enoje, psicotice y se haga sádico con sus pares y subordinados. Imposible estar motivado y atento, con condiciones de trabajo paupérrimas, con sueldos por debajo al de los soldados y futbolistas, gentes que en nada aportan a la comunidad, y que no obstante se les aplaude, consiente y gratifica.

Sobre el punto 2 (proteger); difícil, dado que la misma enfermera se pone en riesgo, ¡vive en riesgo! por el entorno contaminado, resultado de la misma condición afectada del enfermo, pero también por las condiciones paupérrimas de su lugar de trabajo: poco equipo, mal equipo, remedos, parches y pegotes que se realizan, para mantener a flote los servicios, dado el presupuesto insuficiente que se otorga al ámbito de salud. Por un lado se destinan cantidades ridículamente vergonzosas para salud y educación, pero por otro lado, los altos jerarcas institucionales se apropian de ellas y sólo poco llega para el estudiante y el paciente, para el personal sanitario y docente.

Punto 3 (relación profesional); dejando de lado los problemas de la supuesta objetividad científica, en realidad sí tendrían qué tener un juicio histórico y político con relación a la persona con la cual se relacionan. Por un lado es vital el fomento del aborto y eutanasia para las clases bajas, y por otro lado es necesario desarrollar pensamiento y actuar radical para contra las clases altas, que son los artífices de las condiciones que enferman y matan al ciudadano, por el proceso de explotación, y de las pésimas condiciones de trabajo donde se desenvuelve el CBS. Se destina más a milicia y a inútiles burocracias, que a salud y educación, ¿eso da qué pensar no? Claro está que aunque Gobernación, Derechos Humanos, Presidencia, Tribunal Electoral, Diputados, Senadores, y el resto de zánganos burocráticos no aporten nada para el ciudadano a pie, para la comunidad, para las clases medias y bajas, sí colaboran a escenificar ese burdo engaño de la supuesta república democrática representativa.

Punto 4, responsabilidad; ese punto ya ni debería de tocarse. Dejando de lado los casos de aquellos con conductas sociopáticas, se entiende que el CBS no podría avanzar de estudiante a profesional, si incurriría en actos dañosos. Antes bien, serán las instituciones, las autoridades y la contraparte del equipo sanitario —los médicos—, quienes en ocasiones deforman las situaciones fallidas para no asumirlas ellos y embarcar a la enfermera. Cero lealtad, completa rabiosidad.

Lo del secreto, también es una constante general. Por redes sociales y medios masivos de comunicación, en ocasiones se satanizó a alguna enfermera por algún acto de ligereza con relación a algún paciente, pero ojalá, ojalá que con esa misma fiereza que se juzga al CBS, se juzgara al empresario y político. Pero no, se sabe, siempre se supo, que ellos tienen capacidades y derechos metaconstitucionales, que nosotros nunca tendremos. Así, es hipócrita que quieran linchar a algún enfermero por no discreto o ligero o burlesco, cuando el cinismo de la clase alta y de la casta política, son más groseros que un escupitajo en la cara.

Punto 6, bueno, ojalá pudiésemos decidir sobre las condiciones del entorno, pero nosotros no manejamos el presupuesto; los que lo manejan, o se lo roban, o no lo usan de forma racional, así, estamos en un hacinamiento y en una carestía que nos vuelve agresivos o indiferentes. Con buenos deseos, con proclamas, con carteles de misión-visión-filosofía, con charlas mañaneras, no se resuelven los problemas, mismos que son irresolutos porque en la agenda así se marca.

Al modo del modelo gringo, los poderes dan la indicación a los altos funcionarios, de que los servicios gubernamentales sanitarios y educativos sean deliberadamente insuficientes y deficientes, y así, la persona se irá a los servicios privados -escuelas privadas y hospitales privados-, y eso será realmente conveniente para los potentados, porque por un lado no gastan en la población, y por otro lucran, en empresas particulares, con esas necesidades de la población. Y a la persona trabajadora por cierto, se le sigue descontando por lo menos el veinte por ciento de su sueldo, para impuestos, que no alcanzan para que tenga servicio educativo y sanitario suficiente. ¿Negocio redondo, no? ¿A dónde se va el dinero sobrante? A manos privadas, y a maquinaria de control.

Sobre la competencia…, hipócrita cuestión; desde estudiantes vuelven la profesión una carrera de ratas; los vuelven rapaces, los convierten en predadores, al condicionar diversos aspectos de su presente y futuro, con un número, por una calificación. Impiden la organización, al volverlos enemigos, al hacerlos pelear por un recurso reducido.

En el ámbito académico pasa lo mismo: vuelven abarroteros egoístas y mezquinos a los académicos, en pos de ganar su bono o basificación o tiempo completo, insertándolos en una dinámica donde se vuelven enemigos de los alumnos, de sus pares, del saber. Esas competencias por ascensos o gratificaciones dividen al sector y alejan de la población.

Quieren que sean leales y compartidos entre ustedes, cuando los ponen a pelear por sueldos, recursos y ascensos. Una vez más, el sistema miente, la estructura manipula, la institución lucra y divide. Nos enemistan al hacernos pelear por platos de comida. ¿Puede haber algo más hipócrita, sádico e incongruente que eso?

Sobre el punto 8 —actualizar—, también ocurre lo mismo que con los obreros o los estudiantes: los saturan de actividades inútiles, de procesos engorrosos, de burocracia agotadora, de tal manera que se consume mucho tiempo (aparte de conflictos interpersonales e institucionales), en actividades que podrían omitirse, simplificarse o eficientizarse. Pero no se hace, porque la idea es agotarlas, que sean bestias de carga embrutecidas que no tengan más energía para actos que podrían ser dañinos para la hegemonía.

¿Cuándo un obrero, mesera o albañil, tendrá -al terminar su jornada laboral-, la energía para cuestionar su vida, la realidad, el gobierno y a lo laboral?

Así mismo, el profesionista ya no pude dedicar tiempo y atención a elementos artísticos o reflexivos, dado que el trabajo lo deja hecho un guiñapo, donde -como obrero-, sólo quiere llegar a dormir, a cenar, a ver la tele para distraerse. Y está así de agotado y embotado, porque así está planeado:

Dejarlo en reptiliano, robótico, reflejos, lo básico, que haga pero que no esté conciente, que no cuestione, que no problematice.

Punto 9 —dignificar—, mismo caso:

¿Cómo puedes ser creativo, propositivo, humanista, si por un lado la institución es impermeable a los cambios y a lo racional, y por otro lado, la jornada no te deja más energía que la suficiente para seguir caminando, produciendo y sosteniendo el proceso utilitario de los potentados?

Sobre el último punto —espíritu de grupo—, misma situación: primero vuelven esto una carnicería, una lucha de todos contra todos, conejos saltando por su zanahoria, perros luchando por la palmadita y el plato de croquetas, y luego quieren que la gente sea solidaria. Le piden a la persona que avasalle y traicione a su hermano, y luego quieren que exista confianza y apoyo entre ellos.

El Poder es una bestia malsana y burlesca que disfruta vernos destriparnos mutuamente.

El Capital no tiene nacionalidad, no tiene lealtad, no tiene reparos en mentirnos a la cara, en embaucarnos en una carrera destructiva y obscena.

Para ellos, nuestro dolor y agotamiento es nada, sólo les interesa nuestro sudor en la medida que ellos se benefician, y aunque nuestro sufrimiento no es su propósito, les importa un bledo idiotizarnos, agotarnos, enfermarnos y sacrificarnos.

Es claro e incontestable:

Para el poder solo somos materia, repuestos, herramientas.

Vemos mucha hipocresía y mala fe en los enunciados que conforman el decálogo.

Parecido a lo que está en las escuelas, en los carteles de misión-visión-filosofía: enunciados utópicos, engañosos, groseros, hipócritas, incongruentes con lo que es la realidad y el manejo de las autoridades. Pero como en el cuento del traje nuevo del rey, todos lo saben, lo padecen, lo sufren, pero nadie lo señala, éste sistema es despiadado y brutal con aquel que lo cuestiona.

Así como el capital se burla de nosotros, así como el presidente se ríe en nuestra cara, así esos códigos son una ofensa cruel y desvergonzada ante la realidad que se nos impone a los asalariados, a los no amafiados, a los que no estamos en el círculo interno de los intereses [4].

Con esto concluimos el Desarrollo, procedemos al cierre.

Conclusiones

En otros milenios, en la sociedad había relaciones intersubjetivas, relaciones entre sujetos, donde uno y otro, uno y otra, una y otra, reconocían a quien estaba enfrente, como una entidad digna de respeto, de reconocimiento y de aprecio.

Eso fue así, porque el Poder aún no era tan fuerte ni tan refinado en sus mecanismos.

Pero… Se dieron cuenta que lo intersubjetivo no era bueno para el negocio, porque el humano compasivo, con redes, con empatía, no iba a permitir que el Otro sufriera.

Entonces, modificaron el entorno, la sociedad, la familia, lo ético, axiológico y ontológico.

Lo que programaron y que por tanto impera, es la dinámica interobjetiva, la relación entre objetos.

Ya no hay sujetos pensantes, reflexivos, comprensivos, cooperativos.

Ya no hay porque el capital creó una realidad donde lo que se produce, son humanos-objetos. Predeterminados, fijos, esquemáticos, inconscientes, necios, irreflexivos y egoístas.

A un objeto no le interesa otro objeto; sólo se usan, desechan y destruyen mutuamente.

Y claramente no es su elección.

Actúan así porque es su programación, y ellos son tan débiles, están tan idiotizados, que no alcanzan a darse cuenta de que su supuesta “elección” o “personalidad”, no es suya.

Hacen lo que se espera de ellos; hacen lo que le conviene al capital; hacen lo que le beneficia al poder.

Y por eso tantos secuestros, asaltos, agresiones, violaciones e indiferencia.

Eso, precisamente es lo que le conviene al Poder: que estemos disgregados, que estemos desunidos, que seamos perros rabiosos con nuestros hermanos, pero nunca con el amo.

Porque nuestro sadismo nunca lo dirigiremos a los patrones y gobernantes, sólo a otro indio condicionado, embrutecido y debilitado, como nosotros mismos.

Un último agregado…

En México, en la capital, recientemente hemos visto algunas muestras de manifestación de inconformidad y organización por parte de la otra licenciatura CBS, de los otros profesionales de la salud, los médicos. Situación que de inicio, tiene que ver con la manera como la “cuarta transformación” está manejando recursos. En su populismo, está redistribuyendo recursos que quita de otro lado; ¿de dónde saca recursos para darle sus “apoyos” a sus solovinos? Pues de los servicios básicos, que ven aún más disminuido su presupuesto.

Claramente, acción paliativa, actos burdos y vulgares que buscan aceptación, apoyo y confluencia.

La supuesta izquierda es igual de populista que cualquier otra presidencia priista.

Pero el punto aquí es otro.

La situación toma un cariz diferente, cuando nos damos cuenta de dos pequeñas cuestiones.

1. Por un lado, esos residentes, son aquellos estudiantes que cumplieron el pregrado, la formación de la licenciatura en medicina, y ahora están haciendo una especialidad.

2. Esos estudiantes que se están especializando, están actuando de manera abstraía, aislacionista, elitista, burguesa.

Sobre el primer punto:

Esa licenciatura tiene ciertas características, que implica que las personas que las cursan, tienen qué ser estudiantes de tiempo completo. Eso implica que tienen qué tener un grupo de apoyo, un grupo de respaldo, una familia que los mantenga totalmente, que se haga cargo de su ropa, su alimentación, los insumos escolares, y la logística doméstica necesaria para las necesidades básicas.

No es poco.

Son muchos recursos.

Es mucho dinero para alguien que no está retribuyendo lo mínimo para la familia.

De manera general, los alumnos de la licenciatura en medicina, vienen de las clases medias, oscilando entre la media-baja y la media-alta.

Difícilmente el hijo de un obrero, de una afanadora madre soltera, de un albañil alcohólico, podría solventar los gastos para alguien que quisiera formarse en esa licenciatura.

Entonces, y una vez más, las condiciones históricas, las circunstancias socio-económico-culturales serán factor determinante para los alcances existenciales, para las posibilidades fácticas, para los rangos formativos.

Y ellos, los que ya están inscritos en la licenciatura, los que concluyen pregrado, y los que entran a la especialidad y son residentes, están ahí, estuvieron ahí, cerraron el proceso de licenciatura e iniciaron su especialidad, porque tuvieron esas condiciones, porque se las aportaron sus grupos de apoyo.

Es decir, siguen siendo estudiantes, siguen siendo hijos de familia, siguen sin aportar nada a la casa, y si pueden seguir formándose ya como especialistas, es porque sus padres y allegados tienen la posibilidad de seguirse haciendo cargo de ellos.

Y aquí entra un punto álgido:

Ellos son privilegiados.

¿Por qué?

Porque les están pagando por estudiar.

Quizás es poco, quizás esa cantidad que ellos están recibiendo del erario, no sea suficiente para mantener una casa, para irse de vacaciones a Cancún, o para comprarse un carro, pero es una cantidad que viene de recursos federales, que no se está usando para otros rubros, y que en últimas, en sus condiciones de hijos de familia clase media, no lo necesitan, o incluso no lo merecen.

Y no obstante, pese a ser varios de ellos juniors, varios de ellos pequeñoburgueses hijos de profesionistas, se indignan y lo exigen.

Sobre el segundo punto:

Muestran su estructura de personalidad clasemediera, burguesa, al sólo erigirse ellos como afectados, y no considerar a quien es parte primordial del equipo de trabajo: los enfermeros y enfermeras.

Cualquier persona que ha laborado en el ámbito hospitalario, sabe que en sentido numérico, es mucho mayor el número de personas que laboran de enfermería, que de medicina. En los servicios sanitarios hay más enfermeras y enfermeros, que personal de medicina.

Eso cuantitativamente.

Ya ni nos metemos en el aporte cualitativo, relacional, técnico y didáctico de la enfermería, con relación al paciente.

Como ya se ha comentado en otros lados:

Quienes verdaderamente están con el paciente, lo acompañan, lo cuidan, lo atienden, lo limpian y alimentan, es el personal de enfermería.

Lamentablemente, la persona —el paciente— demuestra su adoctrinamiento, su ideologización, su condicionamiento, su estupidización, al besar la mano de aquel que el Poder le programa como su representante: el sujeto del supuesto saber, el denominado especialista.

La persona clase media y baja es programada para escuchar, respetar y atender la indicación de aquellos encargados de sus herramientas de control y manipulación: el presidente, el gobernador, el diputado, el patrón, el padrecito y el médico.

Casualmente, cada uno de ellos, responde a los intereses del capital; casualmente, cada uno de ellos se rige con las normas y fines ulteriores de las clases altas.

Entonces, les es concedido a esos empleados cierto estatus, predominio y potestad, no porque ellos se lo hayan ganado, no porque en verdad lo merezcan, no porque aporten mucho a la población, sino porque con su actuar institucionalizado, sirven a la camarilla financiera.

Los que no somos CBS, pero sí somos simples usuarios de las instituciones de salud, aquellos que hemos ido a las instituciones sanitarias por alguna atención, podemos testimoniar el trato despersonalizado, cosificante, grosero, insensible e intolerante de los médicos.

Y claro, minorías: así como existe un sector de enfermería cuestionable, también existe un sector valioso de personal médico, mínimo, pero existe. Pero el que predomina es aquel falto de paciencia y consideración por el Otro.

Y su chauvinismo, su megalomanía fanática, aquello que los vuelve unas bestias petulantes y presuntuosas, no solo se limita a los pacientes, también se derrama en el personal de enfermería.

Uff, imagínense si los normalistas, si el magisterio no estuviera podrido e invadido, ¿imagínense cuánto podrían presionar y hacer por el pueblo de México?

Su número es grande, su influencia considerable, podrían ser factor de transformación social. Pero no lo son, porque fueron corrompidos, trastocados, los hicieron traicionar al pueblo para más bien servir al régimen de turno y a los intereses de los capitales extranjeros que controlan el mundo.

Así mismo, el área de la salud, al ser otro de los componentes esenciales de una comunidad, si se organizaran, podrían ser catalizadores, renovadores, revolucionarios, radicales. Pero no lo son, porque en primer lugar, se provoca conflicto entre ellos mismos, se enemista a médicos con enfermeros; y si las dos facciones principales están contrapuestas, ya no hay posibilidad de consensos, de organización, de acción amplia, profunda y renovadora.

Y en segundo término, les pasa lo mismo que les pasa a los académicos:

Los alejan del pueblo.

El médico, en parte por ser clase media hijo de familia, y en parte por ser usado por el Poder como sujeto de conocimiento y autoridad, está enormemente alejado de las circunstancias y problemáticas de juan pueblo, del indio, del ciudadano a pie, del mexicano sencillo, humilde e inculto. Que con todo y vergüenza, tenemos que aceptar que es la mayoría del país.

El médico, si no se hubiese dejado manipular, si no se creyese el tinte de pseudoélite que su patrón le marca, podría ser potencia, factor de cambio, si se aliara al enorme elemento cuantitativo y cualitativo que aporta la enfermería.

Pero no lo hacen, porque son egoístas, porque están alienados, porque les falta conciencia social. Tienes conciencia de clase, pero de una clase que no es ni la de las enfermeras ni la de los pobres incultos.

Si los viejos marxistas rusos quisieron ganarse, unos a los campesinos y otros a los obreros, fue porque sabían que esos sectores no solo eran número, también eran potencia, factor, catalizador.

El médico olvida la potencialidad del enfermero, y con ello, pierde fuerza y aliados. Y al aislarse, es más fácil que el sistema lo invisibilice. Podrían aunarse a su lucha, el personal de enfermería, y con ello, se convertirían en una fuerza que podría poner de rodillas a la banca y a las corruptas burocracias. Al no conjuntarse el médico con el enfermero, su lucha es como de lumpen, un asalariado que no entiende las fuerzas que moldean la realidad, es ciego, ignorante y necio con relación a la raíz de los problemas; no le interesa entender, sólo quiere medrar en la cadena alimenticia y cebarse en su carroña.

Andan los médicos llorando por sus apoyos al estudiar especialidad, pero son burgueses elitistas que no entienden que se podría lograr mucho más si consideraran a la enfermería y se organizaran con ella.

Podrían hacer temblar al sistema, podrían cruzarse de brazos y paralizar al país. Podrían conseguir tantas cosas buenas, no solo para el gremio y las instituciones, sino para el pueblo, aquella población simple e ignorante que ellos olímpicamente ignoran.

Ah, y por cierto, así como un médico no toma en cuenta digamos a un psicólogo, la enfermera con experiencia, con conocimiento, con elemento vivencial y teórico, tampoco considera ni respeta mínimamente a ese médico ingenuo, grosero y cobarde, que se aprovecha del organigrama para vomitar su frustración, sus traumas y sus deficiencias.

Quizás lo oiga en su momento, pero tras partir ese nefasto, su influencia es nada, ¿lo sabían señores usuarios y pacientes?

Ciudadano, usuario, enfermo, paciente:

No seas ingenuo, piensa tantito.

Así como tú no le interesas en nada al diputado o al padrecito, así también tú eres menos que cero para el médico alienado.

Tu programación se nota cuando le aplaudes a algún candidato, a un dizque santo representante de la iglesia, y cuando le agradeces a un médico a quien no le importas en lo absoluto.

Él se lleva tus lágrimas, tus agradecimientos, tus besos y buenos deseos, cuando es la enfermera quien literalmente estuvo contigo.

Pero ándale pues, sigue manteniendo bandidos, sigue admirando y adorando a alguien que jamás en su vida sabrá de ti, que nunca tendrá el mínimo interés por ti.

La culpa no la tiene el indio, sino el que lo hace compadre; tú los encumbras, te mereces que te escupan en la cara.

Por cierto (y ahora sí ya para terminar), ¿les tocó ver en alguna clínica o centro de salud, el 30 de abril día del niño, a médicos disfrazados de payasos o superhéroes?

Acto demostrativo, yóico, paliativo, más hecho con falsa modestia y deseo de protagonismo, que con verdadero deseo de servir.

Patético y de muy mal gusto:

En esos eventos se muestran juguetones y bondadosos, pero el resto del año son sádicos, indiferentes, intransigentes e incapaces.

Hay tantos huecos en la formación del médico, que el decálogo de ética de la profesión sólo es un mero paliativo, un burdo pegostie, que pretende cubrir todos los déficits y vicios de esa carrera y del sistema de salud.

Notas

1. Chéquese http://www.unamglobal.unam.mx/?p=50780 página de la cual se extrajo información en torno al reconocimiento del derecho de la mujer a votar y ser votadas para puestos de elección popular.

2. Cfr. Secretaría de Salud, Código de Ética, p 19.

3. Nota: dos de las autoras son profesionales de la salud que ejercen en campo y en hospital, el tercero es ajeno a la formación y experiencia CBS, por tanto, sólo hace una lectura alterna, desde fuera, sociológica, a eso que ustedes viven.

Por cierto, CBS son las siglas de la división de Ciencias Biológicas y de la Salud, área de conocimiento que engloba a las licenciaturas en odontología, biología, química, medicina y enfermería.

4. Para complementar estos enunciados, insertamos en el Anexo un elemento testimonial y reflexivo; chéquese por favor.

Referencias bibliográficas

PÁGINA de la cual se extrajo información en torno al reconocimiento del derecho de la mujer a votar y ser votadas para puestos de elección popular. Revisada el 24 de abril del 2019: http://www.unamglobal.unam.mx/?p=50780
SECRETARÍA DE SALUD (2001): Código de Ética para las Enfermeras y Enfermeros en México. México: Secretaría de Salubridad y Asistencia.

Anexos

El Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha aprobado la propuesta de declarar el próximo 2020 como el Año de la Enfermería, fecha en la que se cumple el bicentenario del nacimiento de Florence Nightingale, ésto tras una reunión del organismo en Ginebra, en la que estuvo presente Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general del organismo.

Sin embargo en México, la Enfermería sigue siendo una profesión subvalorada, menospreciada.

Aun cuando ha generado su propia metodología y su fundamentación científica para ejecutar cuidados independientes, el resto de los profesionales del equipo de salud, minimizan su accionar y sus intervenciones.

A continuación me permito brindar un panorama de mi realidad laboral actual:

En primer nivel de atención, específicamente para la detección de pacientes sospechosos de tuberculosis pulmonar, es en la mayoría de los casos el personal de enfermería quien identifica al sintomático respiratorio para ofertarle un estudio denominado baciloscopia (estudio de las flemas), que consta de una tinción que se procesa en laboratorio, la cual permite el diagnóstico oportuno de una enfermedad que por miles de años ha aquejado a la humanidad y que se ha identificado por la Secretaria de Salud como un problema de salud pública. Objetivos primordiales de dicha institución son: disminuir la mortalidad, incrementar la tasa de curación y cortar la cadena de transmisión.

Una vez diagnosticado, el tratamiento consta de valoración médica y controles bacteriológicos mensuales, y uno de sus pilares más importantes es la estrategia TAES, que consiste en la administración de un fármaco llamado DOTBAL, el cual debe ser supervisado por un personal de salud, en la mayoría de los casos es un personal de enfermería. Durante la fase intensiva que consta de dos meses, administra de lunes a sábado, fase de sostén los días lunes, miércoles y viernes durante cuatro meses, haciendo un total de 105 dosis en un tx de tb pulmonar pansensible.

Dado el alto riesgo de resistencia por abandono de tratamiento y la importancia de la farmacovigilancia por los efectos secundarios asociados al tratamiento, más el abordaje integral de las comorbilidades asociadas tales como: DM2, VIH, desnutrición, entre otras, se generó la Red TAES de Enfermería, la cual surge como un esfuerzo de colaboración y apoyo para fomentar el apego terapéutico del paciente afectado con tuberculosis.

El panorama anterior denota la vital importancia del actuar de enfermería en el tratamiento de esta patología, sin embargo, su ejercicio es invisible ante los ojos del programa nacional, programa estatal y jurisdicción sanitaria, aun cuando es el enfermero quien programa las consultas, administra el fármaco, notifica efectos secundarios, toma las baciloscopias de control y está acompañando al paciente durante todo el tratamiento.

Como personal contratado directamente por el programa de tb -trabajo como personal eventual, de 12 meses trabajo 9 bajo contratos de tres meses-, mi trabajo consiste en darle cumplimiento a las metas de detección y el seguimiento de los pacientes en tratamiento. Sin embrago, con formación de Licenciatura, mi código corresponde a Enfermera Auxiliar “A”.

Respecto a mis actividades, me encuentro bajo el mando de un médico, quien me solicita avances de dos coordinaciones municipales, que en total suman 12 centros de salud. Anteriormente, brindaba capacitaciones a los compañeros que integraban la red TAES de enfermería en la jurisdicción sanitaria para la cual trabajo.

Sin embargo, y a pesar de tener experiencia de casi cuatro años, he sufrido de maltrato hacia mi persona y descalificaciones sobre mi actuar, aun cuando dichas metas y seguimientos se han cumplido en tiempo y forma.

Respecto a las capacitaciones, también he sido desvalorizada, no se me permite dar réplicas de cursos que he tomado, ni tampoco reforzar conocimientos sobre la elaboración de planes de cuidado, que son requisito indispensable para el seguimiento de cada paciente con TBP.

Acudo a las unidades de salud a supervisar, capacitar, retroalimentar, fomentar el apego terapéutico de pacientes y realizar estudio de contactos, sin pago de viáticos y por mi propia cuenta y riesgo.

En absoluto recibo algún apoyo para comidas o desplazamientos, de eso, nada.

Sin embargo, para mí, el trabajo per se, no es problema; lo complejo, es la situación que vivo a diario y el desaliento que me genera saber que a pesar de haber egresado de una Universidad, no se me permita tomar mis propias decisiones respecto al cuidado de los pacientes.

Por ética profesional, por cumplimiento de mi juramento como enfermera y por el humanismo que se me fomento durante mi formación, no desisto: es la luz que incentiva mi espíritu, saber que trabajo por y para los pacientes.

Entender que el cuidado de la persona es igual de importante que el diagnóstico y la pauta de tratamiento.

Somos los enfermeros los que ejecutamos y en concordancia con el principio bioético de beneficencia, velamos por el bienestar del paciente.

Los enfermeros no nos formamos para tratar enfermedades, sino para cuidar de la persona, respetando su individualidad y tratando de apoyarlos en sus necesidades de cuidado.

Es difícil luchar con el estúpido, implantado y arcaico paradigma de que “la enfermera es la ayudante del Dr.”

Que para cualquier situación “hay que pedir permiso” o “esperar la firma de alguien más, que si pueda respaldar mi trabajo”.

Es frustrante e injustificado que siempre esté bajo la sombra de alguien más, sin embargo, mi ímpetu como profesionista no se pierde.

Sobra decir que ésta es la segunda carrera que estudio, me formé cuatro años en al área administrativa, me forme como mercadóloga, y me bastaron esos años para comprender que no quería vivir de la venta de productos y servicios que en la mayoría de los casos satisfacen necesidades superfluas, necesidades creadas por los potentados que controlan los países y el mundo.

Mientras tanto, aprovecho para exhortar a los compañeros enfermeros a que continuemos edificando y dignificando la profesión, salir de las sombras y generar protagonismo profesional, hacer visible nuestros cuidados.

Ejercer éticamente y comprometernos con el bienestar del paciente, ya que trabajamos por y para seres humanos que al igual que nosotros sienten, sufren, enferman, se recuperan, y que mayor satisfacción que saber que lograremos un camino propio y digno si luchamos y entendemos que somos un grupo numeroso; que escogimos un camino que pocos eligen por lo desventajoso que parece y que somos una profesión emergente, en constante evolución.