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El duelo en la infidelidad

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica [1]

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La infidelidad suele desencadenar una inestabilidad en la relación amorosa que frecuentemente desemboca en separación y divorcio. Tiene graves consecuencias tanto a nivel individual como familiar, social y económico. A pesar de la profunda conmoción, muchas parejas deciden seguir en relación, lo que implica habitualmente atravesar por un proceso de cura.

Tanto si se separan como si siguen juntas, la labor terapéutica se ve impelida a trabajar el duelo, debido a las numerosas pérdidas que conlleva. Un duelo por lo general complicado por su intensidad y duración, así como por lo traumático de la experiencia.

Summary

Infidelity often triggers instability in the love relationship that often leads to separation and divorce. It has serious consequences both at the individual, family and social level. Despite the deep shock, many couples decide to stay in relationship, which usually involves going through a healing process.

Whether they are separated or if they remain together, the therapeutic work is impelled to work the mourning, due to the numerous losses that it entails. A duel that is usually complicated by its intensity and duration, as well as the traumatic nature of the experience.

Introducción

Una buena parte de los trabajos sobre la elaboración del duelo hacen referencia a “la pérdida de un ser querido a través de la muerte” (Neimeyer, 2000, p. 47). No obstante, hay muchas pérdidas vitales a lo largo de la existencia humana que nos confrontan al duelo como por ejemplo una separación o un divorcio, la pérdida de la salud, la jubilación, la pérdida de una mascota, un trauma…, iniciándose un proceso similar al duelo por fallecimiento. Este parece ser el caso de la infidelidad. El tipo de pérdida a la cual se ven abocadas a hacer frente las personas involucradas en relaciones íntimas en las que uno de los miembros ha sido sexual y/o emocionalmente infiel genera, en muchas ocasiones, reacciones de duelo igualmente importantes a las que se generan por fallecimiento. Y es que en la infidelidad hay una serie de pérdidas no solo interpersonales, sino psicológicas y simbólicas que pueden comprometer la estabilidad emocional presente y futura. Las formas habituales de respuesta para gestionar el dolor generado por este suceso tales como el bloqueo, la rabia y la búsqueda de explicaciones, no parecen permitir transformar el dolor, requiriendo así un proceso de elaboración de la pérdida, no siempre fácil.

El motivo de este artículo es el de sugerir que la infidelidad, en no pocos casos, debido a las múltiples pérdidas que ocasiona, afectando de lleno el sentido de la autoestima y la continuidad de la identidad de las personas, genera un proceso de elaboración del duelo complejo y difícil, que encaja en el diagnóstico de trastorno por duelo prolongado.

El duelo: un proceso común a toda pérdida

El duelo es una experiencia humana en parte natural y en parte social. Esto es, por un lado, las respuestas de pérdida son un reflejo de nuestra herencia y evolución tanto biológica como social, derivada de la interrupción de los lazos de apego necesarios para la supervivencia.

El duelo no siempre es sobre la muerte, sino sobre la pérdida. Hay muchos tipos de pérdida y la muerte es uno de ellos. Ahora bien, independientemente del tipo de pérdida sufrida, el proceso de duelo es real. La pérdida es definida como “cualquier daño en los recursos personales, materiales o simbólicos con los que hemos establecido un vínculo emocional” (Harvey y Weber, 1998).

Algunos estudios (Papa y Maitoza, 2013) han demostrado que ciertas pérdidas como el trabajo, la enfermedad, las rupturas relacionales, los lesiones, los traumas… generan síntomas de duelo; sintomatología diferente a patologías como la depresión, desde el momento en que la pérdida afecta al sentido de la identidad. Si las reacciones de duelo son una respuesta a la alteración del sentido del yo, entonces otros tipos de pérdidas personalmente relevantes, también pueden estar asociadas con la experiencia del duelo (Ibid). Es el caso igualmente de la pérdida de la salud por enfermedades crónicas como la enfermedad de Huntington (Klodniskly, 2004).

El fenómeno del duelo

Por duelo se entiende el proceso de adaptación a una pérdida entendida como “la privación de algo que hemos tenido (…), con el fracaso para conservar o conseguir algo que tiene valor para nosotros (…), con una disminución mensurable (..) y con la destrucción o la ruina” (Neymeyer, 2000, p. 15).

Esta adaptación puede ser pasiva o activa. En la concepción pasiva del duelo, los sujetos se ven atravesando un proceso que sigue su curso, empujados por “una experiencia que deben superar, pero sobre la que tienen poco o ningún control” (Ibid p. 67). La pérdida les convierte en víctimas y poco se puede hacer con el dolor.

En el intento de comprender este proceso, hay autores que se han centrado en las etapas del duelo. Uno de los modelos más extendidos es el de Elisabeth Kubler—Ross (2006) quien divide el duelo en cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Otros autores reconocidos en la materia han hablado de fases. En este sentido, el modelo de Parkes (1970) presenta cuatro fases: período de insensibilidad, fase de anhelo, desorganización y desespero y finalmente, la fase de conducta reorganizada. Sanders (1999) ha descrito el proceso en cinco fases: choque o impresión, conciencia de la pérdida, conservación—retirada, sanación y renovación.

Finalmente, otros autores renombrados en la materia como William Worden (1991), siguiendo el modelo del psicólogo evolutivo Robert Havinghurst (1972), se centrará en las tareas del duelo, alegando que, en estos modelos basados en fases, subyace una concepción del duelo pasiva. Este autor plantea este fenómeno como un proceso activo por lo que hablará de tareas, para asimilar y superar la pérdida. Hablará de reconocer la realidad de la pérdida, de abrirse al dolor, de revisar del mundo de los significados, de reconstruir la relación con lo que se ha perdido y de reinventarse. En esta misma línea de pensamiento, Therese Rando (1993) construye una teoría del duelo activo más elaborada, cuyos procesos más importantes serían: el reconocimiento de la pérdida, la reacción a la separación, el recuerdo de la persona pérdida y de la relación que se mantenía con él, la renuncia al apego establecido con ella y la anterior concepción del mundo, el reajuste adaptativo al nuevo mundo y la reinversión en nuevas relaciones. Enfocando el duelo como aprendizaje, Atting (1996) apunta que la tarea fundamental del proceso doliente es la de reaprender cómo es el mundo. Silverman (1986) plantea el duelo como una transición y, como tal, equivalente a una experiencia de aprendizaje. En esta misma línea argumental, Parkes (1986) entiende que la persona doliente es un ser en crecimiento y el duelo lo enfoca como una resistencia al cambio. La pérdida es entendida como cambio y el duelo será entonces el conjunto de reacciones de ajuste a dicha pérdida. De ahí la noción de proceso y de fases durante el mismo.

Sintomatología del duelo

El duelo puede expresarse de formas muy diferentes. Unos síntomas aparecen y desaparecen fácilmente. Otros en cambio, pueden durar tiempo. Pueden ser intensos o leves. Pero dicho proceso presenta, independientemente de pérdida, una sintomatología común dividida en cuatro amplias categorías: a) desorganización cognitiva, b) emociones disfóricas, c) déficits en la salud y d) interrupciones en el funcionamiento social y ocupacional (Bonanno y Kaltman, 2001).

A nivel cognitivo, hay una sensación de confusión y preocupación por la pérdida, una dificultad para aceptar la realidad, así como sensaciones de desrealización y desorganización (Mancini, Prati y Bonano, 2011). Esta desorganización cognitiva se manifiesta habitualmente a través de distracciones, olvidos, incapacidad para concentrarse, pensamientos intrusivos, rumiaciones, incredulidad… (Klodniskly, 2004). Worden (1991) detalla algunos de los patrones de pensamiento que marcan la experiencia del duelo: incredulidad, confusión, preocupación, sentido de presencia y alucinaciones.

A nivel emocional, hay toda una variedad de emociones disfóricas que van más allá de la tristeza, destacando la inquietud, la ansiedad, la angustia, el desasosiego, la ira, la irritabilidad, la hostilidad, la tristeza, el miedo, la culpa y la depresión (Mancini, Prati y Bonano, 2011). Worden (1991) hablará de sentimientos como tristeza, enfado, culpa, ansiedad, soledad, fatiga, impotencia, shock, anhelo, emancipación, alivio e insensibilidad. A nivel de sensaciones físicas destaca vacío en el estómago, opresión en el pecho y en la garganta, hipersensibilidad al ruido, despersonalización, falta de aire, debilidad muscular, falta de energía y sequedad en la boca.

Existen bastantes evidencias empíricas que indican que el estrés de la pérdida tiene un coste significativo en la salud física (Horowitz, 1986; Lindemann, 1944). Los síntomas que se observan con mayor frecuencia, constituyendo motivos de consultación médica

son: dificultad para respirar, palpitaciones, opresión en la garganta y pecho, malestar estomacal, pérdida de apetito, entumecimiento, fatiga intensa y falta de energía, dolores de cabeza, suspiros frecuentes, pérdida de peso, mareos, fuertes latidos del resfriados y gripes, insomnio… También se han registrado correlaciones con problemas de salud mental como crisis de ansiedad, depresión, brotes psicóticos, adicciones y suicidios (Prigerson et al., 1997). El duelo también ha sido asociado a interrupciones en el funcionamiento social y ocupacional. Estas dificultades han sido observadas con mayor frecuencia en forma de aislamiento social y una concomitante dificultad para asumir o mantener roles sociales y ocupacionales ordinarios. También se ha observado una actividad excesiva para distraerse (Ibid).

Ahora bien, que el duelo sea de una u otra manera no depende de la naturaleza del objeto perdido, sino del valor acordado. De ahí, la importancia del aspecto subjetivo del duelo y así poder analizar los factores que pueden incidir en el proceso. Murray Parkes (1986) y John Bowlby (1997), autores reconocidos en la materia, dirán que el duelo es la consecuencia de los apegos afectivos, por lo que la intensidad del duelo será proporcional a la fuerza del apego según Alexander Bain (Pangrazzi, 2004).

Concepto de infidelidad: el síntoma

La condición esencial para definir un acto como infidelidad reside en su ocultación, su mentira, su negación y su secreto. En definitiva, toda intimidad fuera de la pareja ocultada, mentida, negada y secreta será susceptible de entenderse como infidelidad. Al hilo de lo expuesto, la infidelidad puede ir desde el coqueteo oculto entre personas conocidas o compañeras de trabajo, hasta salir con alguien a escondidas, pasando por chatear sin que la pareja lo sepa (Pittman, 2003). También se incluyen el mantenimiento de relaciones ambiguas con exparejas, relaciones no compartidas, no consensuadas, no negociadas, al igual que la pornografía. La infidelidad no será estrictamente una aventura sexual, sino que englobará también una aventura sentimental (Jauregui, 2018). Un consenso general puede extraerse en lo referente al concepto de infidelidad, entendida como el incumplimiento de un convenio donde se infringen acuerdos de exclusividad relacional; una violación del convenio relacional, sea cual sea este. De ahí la infidelidad como traición y fraude (Pittman, 2003). Walter Risso nos explicita: “Cuando los pactos se cumplen, hay fidelidad, y cuando se incumplen de una manera solapada, hay trampa” (Risso, 2010, p. 32). Lo que define en esencia la infidelidad es la forma en que se hace la ruptura del convenio: unilateral, desigual, en secreto, mintiendo, ocultando, engañando, desorientando, desinformando. «Todo esfuerzo deliberado por desorientar a la pareja a fin de rehuir el inevitable conflicto en torno de una violación del convenio matrimonial» (Pittman, 2003, p. 20). La cuestión sobre la definición de infidelidad y fidelidad parece estar bastante clara: «Cuando los pactos se cumplen, hay fidelidad, y cuando se incumplen de una manera solapada, hay trampa» (Risso, 2010, p. 32). Y no parece haber diferencias significativas en cuanto a las consecuencias entre la infidelidad presencial y la virtual, en cuanto a su esencia (Hertlein y Piercy, 2006).

En la infidelidad parecen confluir fundamentalmente dos elementos fundamentales: el primero —y quizás principal—, el sexo; el segundo, el afecto, descrito fundamentalmente como sentirse amada y amar, así como escuchar y sentirse escuchada; otras personas hablan de comprensión y compañerismo (Jaramillo, 2014). No obstante, las personas infieles cada vez más, buscan romanticismo, chispa y afección tanto o más que sexo (Ibid). En definitiva, buscan enamorarse. Así pues, un patrón parece extraerse de las relaciones infieles, de tal forma que perfilan básicamente dos tipos de infidelidad: aquella que implica involucrarse afectivamente y otra muy distinta, en la que no hay una implicación afectiva, pero sí sexo.

Actualmente, en la clínica se observa cada vez con mayor frecuencia el tipo de infidelidad emocional, afectiva e íntima. La sexualidad, cuando llega, llega más tarde. Este tipo parece estar más ligada a entornos laborales, en los que la amistad entre colegas de trabajo se desliza hacia la confidencia y ésta hacia la aventura (Reyes, 2016), poniendo en jaque a la pareja, quizás porque en el fondo, se está iniciando un proceso de ruptura solapado y unilateral. La persona infiel se irá separando progresivamente de su pareja, a medida que profundice la relación con la persona amante. Esta modalidad de infidelidad será pues la culminación de una separación iniciada tiempo atrás. De alguna manera, la persona infiel ya ha iniciado un duelo estando aún en relación. Sin embargo, la persona infidelizada, inicia este proceso de duelo en el momento en que se entera de la relación extraconyugal. En estos casos, la ruptura del contrato parece simbolizar la ruptura de la relación.

La infidelidad también puede ser enfocada en tanto que síntoma, significando la expresión de conflictos psíquicos no resueltos (Jauregui, 2018). Así, es más probable que las partes involucradas en infidelidades románticas lo hagan en momentos críticos de su vida; momentos que demandan cambios estructurales importantes. La infidelidad en estos casos parece ser más un antidepresivo, una forma de desviar la depresión y la atención de aquello que debe modificar. Una cortina de humo. Un paso al acto —acting out—, es decir una acción fuera de la pareja para evitar tomar conciencia. Es la expresión de deseos y fantasías a través de la acción, en lugar de reflexión y sentimientos. En psicoanálisis, estos actos constituyen intentos para poner fin a conflictos infantiles no superados. Acciones impulsivas.

Consecuencias de la infidelidad

Las secuelas de la infidelidad generan toda una gama de malestares físicos, psicológicos, sociales y económicos que van desde un cuadro de ansiedad aguda o trastorno de estrés postraumático hasta la depresión e intentos de suicido, pasando por bajas laborales, absentismo laboral, trastornos somatoformes… A nivel psicológico puede desencadenar angustia, ataques de furia y sentimientos de humillación (Buunk y Van Driel, 1989; Daly y Wilson, 1988). No es excepcional que pueda llegarse a trastornos mentales como la depresión mayor (Cano y Leary, 2000).

Si bien es cierto que la infidelidad es uno de los principales motivos de separación y divorcio (Pittman, 2003), no todas las parejas que viven una infidelidad se separan; algunas se reconcilian y continúan su relación gestionando la situación como pueden. Pero la evidencia clínica pone al descubierto que, el proceso de reconciliación se ha revelado harto difícil y complejo, por lo que en ocasiones es necesaria la intervención terapéutica para llevarlo a cabo. En terapia de pareja, la infidelidad se considera uno de los más difíciles asuntos a tratar (Whisman, Dixon, y Johnson, 1997; Heintzelman, Murdock, Krycak, y Seay, 2014; Hall y Fincham, 2006). No todas las relaciones son rescatables, particularmente aquellas en las que solo uno de sus miembros está interesado en realizar cambios. Algunos investigadores argumentan que la infidelidad puede ofrecer una “oportunidad de crecimiento” a través del conocimiento y comprensión personal y de pareja (Balswick y Balswick, 1999, p. 423). Ciertos estudios sugieren que una pequeña proporción de parejas que han vivenciado la infidelidad permanecen juntas y dicen haber mejorado en sus relaciones, aumentando el conocimiento personal y la comprensión (Heintzelman, Murdock, Krycak, y Seay, 2014). De cualquier modo, la investigación empírica al respecto parece escasa.

Los síntomas hallados en numerosas investigaciones sobre las secuelas de la infidelidad orientan al trastorno de estrés postraumático: Estado de shock, negación, angustia, culpa, ansiedad, ira, rabia, venganza, resentimiento, depresión, flashback, autoestima baja y vergüenza (Jauregui, 2018).

Conceptualizar la respuesta ante la infidelidad como una reacción a un suceso traumático interpersonal ayuda en la formulación de aquellos casos difíciles, así como orienta en la realización del tratamiento (Baucom et al., 2006; Glass y Wright, 1997; Gordon y Baucom, 1998; Allen y al., 2005; Gordon y Baucom, 1999, Gordon y col., 2004, Lusterman, 2005). Este último autor describe las consecuencias de la infidelidad similares en la sintomatología a los indicios de que se ha dado un trauma: dificultades en el sueño, irritabilidad con ataques de ira, hipervigilancia para asegurarse de que no se van a dar de nuevo los problemas, una exagerada respuesta de susto, una fuerte reacción fisiológica a los estímulos que le recuerden la traición, por ejemplo, películas, tv, comentarios, etc. Ortman (2005) acuña el término trastorno de estrés post-infidelidad para definir un tipo de trastorno de ansiedad que se desarrolla a partir del estrés extremo que sigue al conocimiento de la existencia de infidelidad por parte de la pareja. Las defensas psicológicas naturales terminan siendo abrumadoras, dejando a la persona incapaz de funcionar de manera saludable. La ansiedad asociada con el trauma posterior a la infidelidad parece ser crónica y persistente en casos. Los investigadores sugieren que la tasa de prevalencia está entre el 20% y el 40%. Hay terapias que tratan la infidelidad como un trauma interpersonal (Heintzelman, Murdock, Krycak, y Seay, 2014). Se enfoca en la mejora del funcionamiento interpersonal, vinculando los cambios de humor con los acontecimientos vitales o significativos perturbadores y cuyas consecuencias pueden revertirse (Bleiberg y Markowitz, 2014). Se reencuadra el estrés postraumático en tanto que evento de la vida que compromete el funcionamiento, y en el presente, de tal manera que disminuye la focalización en le acontecimiento traumático pasado, redirigiendo la atención a la situación y funcionamiento actuales. La validación de los sentimientos, así como la exploración de opciones, resulta un aspecto clave del trabajo terapéutico (Ibid). La terapia de pareja basada en la emoción afirma que las emociones que siente el miembro traicionado son una reacción consecuente al daño que se ha realizado al vínculo sobre el que se basa la pareja, similar al que se da entre los padres y los hijos (Johnson, 2005). El miembro traicionado ha perdido la base segura sobre la que podía realizar la exploración de nuevas conductas y obtener seguridad y apoyo en las dificultades que podría encontrar en su vida. Esa pérdida genera las reacciones que se han mencionado, tan fuertes como las que se dan en el trastorno de estrés postraumático, la persona infidelizada siente que sus relaciones en el mundo ya no son seguras; que cualquier persona puede hacerle daño, puesto que se lo ha hecho la persona que más quería, en quien más confiaba y que se había comprometido a ayudarla en todas las circunstancias. Esta perspectiva terapéutica, ofrece la ventaja de que se puede hacer ver a la persona que ha sido infiel que las respuestas de la pareja son fundamentalmente consecuencias de su infidelidad y como tales, normales y no patológicas.

Pero no todas las víctimas de infidelidad presentan esta sintomatología traumática particular. La reacción psicológica ante la infidelidad depende de muchas variables como la edad, las circunstancias, la estabilidad de la pareja, los recursos psicológicos, la red social o la propia personalidad.

En las parejas en las cuales la infidelidad salpica a la progenitura, ésta se ve envuelta en medio de un conflicto de fidelidades entre ambos progenitores. Las reacciones observadas son de diversa índole, dependiendo de muchos factores como la edad, el desenlace de la familia… Nos obstante, la respuesta típica suele ser la de reagruparse en torno al cónyuge abandonado (Pittman, 2003). A veces ocurre que los vástagos protegen a la persona víctima de infidelidad y se vuelven cuidadores, dependiendo mucho de los estados anímicos de ambos cónyuges.

Si la progenitura está en edad infantil, hasta los 12 años aproximadamente, la situación puede que no se agrave, pues no acaban de entender bien el concepto mismo. Lo que suele ocurrir en estas edades es que pueden somatizarse o concretarse, los efectos, en trastornos del comportamiento tanto en casa como en la escuela. Estos comportamientos disruptivos parecen tener como finalidad, inconscientemente, distraer la atención del conflicto que la infidelidad ha generado en la pareja progenitora.

Quizás la época más frágil sea la adolescencia y el principio de la edad adulta. En estos momentos y por el desarrollo evolutivo, la pérdida de autoridad de los padres se hace más patente, sobre todo la de la persona infiel. La pérdida de calidad en el contacto con la persona infiel suele generar auto o heteroagresividad, porque se vive como una pérdida. El vástago hasta entonces tenía dos progenitores. Y de la noche a la mañana, dependiendo, puede pasar a tener uno o ninguno. La persona infiel puede centrarse tanto en su nueva relación que pierde de vista su progenitura Y la persona víctima de infidelidad está imbuida de tanto dolor que no puede ocuparse de sus vástagos como antes. En algunos casos, la persona infiel que decide vivir con la persona amante directamente se desliga de su progenitura y forma una nueva familia con sus propios vástagos. En otros casos, la persona infiel pretende que los vástagos de la anterior relación acojan a la persona amante, cuando este proceso requiere tiempo; a veces años.

Estas edades son críticas porque se desidealiza las figuras parentales. En el caso de la infidelidad, esta desidealización llega a cobrar la forma de pérdida de confianza y caída de la imagen que se tenía de la figura parental infiel. La/el adolescente puede sentir el engaño no solo hacia el cónyuge, sino también hacía sí. La decepción puede ser mayúscula, significando un distanciamiento, un cuestionamiento y reproches, perdiendo además del respeto, la confianza básica.

Una situación particular y potencialmente delicada sucede cuando los vástagos se convierten en cómplices indirectos de la infidelidad, ya sea por ser testigos presenciales o por confidente (Pittman, 2003). Esta situación suele marcar mucho, al punto de desconfiar de personas del mismo sexo que el progenitor infiel, generando conductas defensivas o incluso de retraerse a la hora de formar pareja. La infidelidad parental suele crear vívidas impresiones que conducen a reacciones oscilando entre dos extremos: perpetuar el patrón de infidelidad o rehusarlo (Glass, 2003).

La realidad empírica del tratamiento de parejas por infidelidad nos ha dirigido, además de hacia el estrés postraumático, hacia la realización de un trabajo de duelo. Trabajo que no siempre culmina con la aceptación de lo ocurrido, lo que puede significar el fin de la relación. La infidelidad suele ser vivenciada como una gran pérdida que afecta a muchos actores, generando así duelos harto complejos en todos ellos.

El duelo en la infidelidad

La infidelidad emocional suele socavar los cimientos de las relaciones porque este acto parece ser una propuesta, habitualmente de manera inconsciente, de separación. Lo cierto es que esta modalidad de infidelidad es vivenciada por los miembros de la pareja en momentos diferentes como una pérdida amorosa. En efecto, lo que se observa en la práctica clínica es que la persona que inicia una relación sentimental fuera de la pareja, en realidad ya comenzó hace tiempo un proceso de separación con respecto a la relación oficial. A medida que profundiza en intimidad en la relación extraconyugal, debilita los lazos de unión con la relación oficial. La infidelidad en estos casos, parece más bien la culminación de una separación iniciada desde hacía tiempo por la persona infiel pero que, por cuestiones psicológicas sin resolver, no se atrevía a concretarla, haciéndole falta apoyarse sobre el bastón de la infidelidad para realizarla. Para cuando inicia la infidelidad, el proceso de duelo hasta entonces solapado, emerge a la superficie llegando así a su finalización. Sin embargo, lo paradójico y confuso de estas situaciones es que no es frecuente que la ruptura se lleve a cabo. Al contrario, en bastantes ocasiones la persona infiel afirma no querer separarse de la pareja oficial y en algunos casos en que ha habido una separación de facto, la persona infiel regresa a la relación, rompiendo lo establecido con la amante. Es poco frecuente que la ruptura de la pareja se lleva a cabo porque la persona infiel inicia una relación formal con la amante. Y menos frecuente aún, que se lleve a cabo la ruptura con ambas, la amante y la oficial. No solo algunos autores mencionan —según testimonios de personas entrevistadas— la comodidad que supone la relación oficial, sino que muchos relatos escuchados en consulta apuntan en esa dirección.

Como consecuencia de la brecha explícita o implícita que puede traer consigo la infidelidad, tratar el duelo aparece como un elemento a tener muy en cuenta, haciendo más compleja aún la labor terapéutica. La evidencia clínica pone de relieve que la infidelidad suele desencadenar toda una gama de pérdidas no sólo de personas, sino psíquicas. Y, si entendemos el duelo como un proceso de adaptación que sigue a las pérdidas, ya sean éstas simbólicas o físicas, comprendiendo tanto las repercusiones directas de las pérdidas como las acciones que se emprenden para gestionar las consecuencias para adaptarse (Rando, 1993), es fácilmente entendible que un trabajo de duelo sea necesario en la terapéutica por infidelidad.

En el caso de la infidelidad, el proceso de adaptación a las pérdidas se ha revelado en la práctica dificultoso, no sólo por la cantidad de personas involucradas en el fenómeno, sino por la cantidad de dimensiones implicadas. Por un lado, al menos tres personas se pueden encontrar sufriendo duelo por la pérdida de un ser querido en un mismo período de tiempo. Por otro lado, hay toda una serie de pérdidas como la confianza, la imagen ideal del cónyuge (idealización), los valores, las creencias… Algunas pacientes han hablado de “pérdida de la inocencia”. En esta dimensión psicológica de la pérdida, también incluimos la pérdida identitaria. Algunos estudios postulan que las mujeres definen su identidad a través de sus relaciones, por lo que el duelo en la infidelidad no sólo puede significar la pérdida de la persona significativa, sino también una sensación de pérdida de sí misma (Zaiger, 1985). Otros estudios hablan del rol masculino en tanto que padre y sostenedor de la familia. Perder este rol, es también perder una parte de la “identidad masculina” (Herrera, 2010).

El duelo puede ser motivo de demanda e intervención cuando las personas no consiguen seguir adelante con sus vidas porque la pérdida interfiere en ella significativamente. Al principio del duelo es normal una dificultad para gestionar el dolor, pero mantenido en el tiempo, más allá de un año o dos, podría convertir el duelo en patológico o complicado. En este sentido, podríamos entender este tipo de duelo por infidelidad como una intensificación del dolor, de manera que la persona está y se siente psicológicamente desbordada, por lo que recurre a conductas —tildadas de— desadaptativas que, de alguna manera, la mantienen en un bloqueo en el proceso de duelo, sin poder resolverlo (Horowitz, 1980). De ahí que la complicación del duelo en la infidelidad, hace que se hable casi indistintamente de duelo complicado (no resuelto), duelo patológico o duelo traumático.

El concepto de duelo traumático nace en la década de los ‘80 de una nueva área de estudios que combina la traumatología con la tanatología, debido a las semejanzas existentes entre los síntomas del duelo y del trauma (Nader, 1997). Un duelo se considera traumático por la particularidad de la pérdida en el sentido de sorpresiva e inesperada, desencadenando mecanismos de supervivencia postraumáticos, además de los comunes del duelo. Prigerson y colaboradores utilizaron el término de duelo traumático por la combinación de trauma con respuestas de duelo (Jacobs, 1999; Prigerson et al., 1997; Shear et al., 2001). Incluye síntomas similares al trastorno de estrés postraumático, pero específicamente enfocados en la persona infiel, incluyendo la preocupación intrusiva y angustiosa por la pérdida, la exploración hipervigilante del entorno, la ansiedad de separación, la futilidad sobre el futuro, una visión del mundo destrozada, la ira y un funcionamiento social deteriorado.

En cuanto al duelo complicado, Horowitz y col. (1980) lo definió como aquel cuya intensidad llega a un nivel tal que la persona está desbordada, recurriendo a conductas desadaptativas, o permaneciendo inacabablemente en este estado sin avanzar en el proceso de duelo hacia su resolución. Muchas personas infidelizadas permanecen fijadas a la pérdida, a cómo ocurrió la infidelidad, e incluso la recuerdan con dolor en muchos casos, pasado mucho tiempo. Incluso la desconfianza generada por la infidelidad frecuentemente se extiende a otras relaciones, de manera que sentimientos de resentimiento, por ejemplo, dificultan la posibilidad de entablar nuevos vínculos. Therese A. Rando (1993) ha desarrollado su propio modelo de intervención en el duelo basándolo en seis estadios, agrupados en tres categorías emocionales: evitación, confrontación y acomodación. El duelo complicado es aquel en el que no se llega a la acomodación por una intensidad y duración prolongada en el tiempo (Worden,1991).

El duelo patológico, es definido como un proceso de duelo que, por la intensidad y lo prolongado del mismo, no se logra trascender el dolor a pesar del tiempo transcurrido, por lo que es susceptible de intervención psicológica. En estos casos, el síntoma de tristeza va adquiriendo mayor connotación e intensidad conforme pasa el tiempo, llagando a desarrollarse cuadros de depresión mayor. En psicoanálisis particularmente este tipo de duelo está constituido fundamentalmente por una constante reconstrucción del recuerdo del objeto [2], al que ahora atribuye unas supuestas cualidades que en el pasado nunca tuvo y que en el presente echa de menos. El malestar que se vive genera un anhelo de un tiempo pasado y un objeto idealizados. Condición que lleva a diferenciar la fijación primaria al objeto, es decir, previa a la pérdida, de la fijación secundaria, esto es fijación a un objeto fantaseado construido en el presente y considerado como la causa de un pasado de supuesta felicidad (Bleichmar, 2012). Según el autor los sentimientos de impotencia e indefensión constituyen un aspecto esencial del duelo patológico. Esta fijación en la infidelidad nos hablará de un antes —idealizado— y un después de la infidelidad —desidealizado—. Hay una desesperanza en la persona herida por la infidelidad de su pareja que se refleja en la imposibilidad de dar marcha atrás y regresar a los tiempos anteriores a la infidelidad. Esta situación es quizás el “talón de Aquiles” que bloquea el proceso de duelo en la infidelidad cuando la pareja desea continuar y que reaviva la rabia y la impotencia.

Las dos clasificaciones utilizadas para los desordenes mentales, CIE-10 y DSM-5 incluyen un diagnóstico específico para los procesos de duelo anormales. Pero un grupo de expertos en el campo del duelo acordó nuevos criterios para el diagnóstico de este tipo particular de duelos llamados “trastorno por duelo prolongado” (PGD) (Prigerson et al., 2009) definido como una forma patológica de duelo que se caracteriza por síntomas crónicos y funcionalmente incapacitantes mucho después de una pérdida. Este nuevo diagnóstico, PGD, incluye síntomas como ansiedad por separación, intenso anhelo por la persona perdida, dolor y pena profunda a diario durante más de seis meses, dificultad para aceptar su pérdida, dificultad para avanzar en la vida, sensación de vacío y sinsentido desde la pérdida. A ello, se añaden síntomas cognitivos, conductuales y emocionales como evitar lugares, personas y símbolos que recuerdan lo perdido (en general la pareja antes de la infidelidad), sentimientos de aturdimiento o parálisis (bloqueo), confusión acerca del papel en la vida, dificultad para confiar en los demás, amargura… Para este diagnóstico, la persona que lo sufre debe continuar mostrando a diario niveles incapacitantes de estos síntomas al menos seis meses después de la pérdida en los ámbitos doméstico, social o laboral.

Particularidades del duelo por infidelidad

Es importante señalar que, en la infidelidad, el duelo no parece tratarse de un proceso convencional. Aunque no hay fallecimiento e incluso muchas parejas siguen adelante juntas, puede hablarse de un duelo amoroso porque hay una pérdida real que se deriva de la infidelidad. En el caso de ruptura como consecuencia de la infidelidad, se han hallado sensibles diferencias entre quienes terminaron el vínculo a causa de la infidelidad, presentando mayor hostilidad y desesperanza en comparación con otras razones como desacuerdos o falta de tiempo (Sánchez y Martínez, 2014). Estas autoras en particular destacan en este tipo de duelo las fases de negociación, hostilidad, desesperanza y pseudoaceptación.

La negociación la definen como “el primer periodo posterior al rompimiento amoroso que se caracteriza por pretensión cognoscitiva y conductual de llegar a un acuerdo de reconciliación con la expareja. Esta intención se basa en el extrañamiento y anhelo de dicha persona, así como en el rechazo a lo que sucede (negación), lo que facilita, por un lado, que la persona reconozca que pudo haber hecho algo mal con respecto a la relación, y por otro, favorece la experiencia de depresión y otras emociones como la desesperación, la frustración y la ansiedad” (Ibid, p. 1338). Durante esta fase es frecuente manifestar signos claros de negación y de búsqueda de soluciones para evitar la pérdida. Es precisamente en este momento cuando muchas parejas suelen acudir a terapia.

La hostilidad parece ser el segundo estadio del duelo romántico en que se dan comportamientos hostiles, “incluyendo el intento de chantaje a la pareja, inventar cosas que no sucedieron o tratar de vengarse, lo que hace evidente que la persona se encuentra desorganizada en su yo” (Ibid, p. 1339). Además, es frecuente que aparezca una tendencia al aislamiento tratando de evitar a la gente, “lo que proporciona la oportunidad de sumergirse en su tristeza, llorar, dejar de comer y auto-flagelarse” (Ibid). Este escenario hace que sea difícil para la persona afectada buscar distracciones, interactuar o manejarse con tranquilidad, contribuyendo con ello a pensar que el rompimiento se dio por la presencia de un tercero o falta de amor. Durante este período no es excepcional que la persona infidelizada se muestre agresiva, desorganizada y emocionalmente decaída al no recibir una respuesta adecuada a su necesidad de continuar la relación.

La desesperanza propia de la fase depresiva del duelo se caracteriza por “un conglomerado emocional que involucra emociones como la desesperación, la frustración, la ansiedad, la decepción, la resignación y la desilusión, en ausencia de emociones que favorecen el bienestar como gusto, entusiasmo, esperanza, calma, entre otras” (Ibid).

La pseudo-aceptación es la última etapa del duelo romántico que “incluye pensamientos de desprecio y arrogancia con respecto a la ex pareja (…)” (Ibid) al mismo tiempo que la persona trata de resignarse, pues ve que no puede hacer nada al respecto, a pesar de tratar de distraerse y adaptarse a la nueva situación. Es frecuente en esta etapa la hostilidad hacia la pareja infiel permanezca, a pesar de los intentos por reorganizar y aceptar la ruptura. Se intentan gestionar emocionalmente las razones por las cuales no se ha conseguido una negociación exitosa. Con frecuencia nos encontraremos con que la víctima de infidelidad va llegando a una resignación, es decir, permanece enojada con la situación. Esta resignación la he encontrado con frecuencia en la clínica con las parejas que han seguido juntas tras la infidelidad. En la terapéutica del duelo por infidelidad lo difícil es llegar a una aceptación.

Duelo en las personas afectadas por la infidelidad

Duelo en la víctima de infidelidad

Es quizás el duelo más complejo porque en él se involucra sintomatología propia del estrés postraumático además de la del duelo. En él se adecuan bastante bien los criterios diagnósticos del trastorno por duelo prolongado (PGD).

La dificultad reside en la persistencia de la rabia e ira, los pensamientos rumiantes y los flashbacks. Estas personas entran en bucle y preguntan obsesivamente buscando un sentido y una comprensión a la que no llegan. Parecen fijadas en una inestabilidad emocional agotadora, ancladas rígidamente en una concepción de la pareja inmaculada. Como se suele decir no pasan página. Algo les impide seguir hacia adelante aceptando lo ocurrido. La aceptación y el perdón se producen difícilmente. Aquellas que llegan a la aceptación, afirman no poder olvidarlo. En el mejor de los casos, aprenden a vivir con ello.

Duelo en la persona amante

En ciertos casos, veremos que este duelo se produce en plena fase de enamoramiento, por lo que suele asemejarse a un duelo amoroso o duelo romántico.

Según el estudio realizado por Rozzana Sánchez Aragón y Rebeca Martínez Cruz (Ibid), existen diferencias entre la experiencia de un duelo ante la muerte de un ser querido y la muerte simbólica que representa la separación amorosa. Una de las diferencias está en la inestabilidad emocional (montaña rusa), ya que, en la infidelidad, se puede mantener la esperanza de retorno durante mucho tiempo e incluso intentar conectar, saber de la persona infiel, lo que hace que las emociones se reactiven. Ante la muerte de un ser querido, hay una certeza: la muerte es un hecho irreversible. En cambio, en las relaciones amorosas, la reversibilidad es posible, lo que hace que la esperanza se alargue. Por ello, este tipo de duelos presente una mayor dificultad de elaboración.

La ruptura de una relación romántica representa una muerte simbólica ante la cual las personas amantes experimentan la esperanza del retorno y con ello la vivencia de emociones y ejecución de conductas con dicho propósito, dando cabida a una pseudo-aceptación, pudiendo abrirse escenarios como la depresión, debido a una expectativa poco realista de que se continúe en relación o de que se pueda restablecer el vínculo.

Duelo en la persona infiel

En la persona infiel el duelo puede llegar a complicarse dependiendo de la decisión que tome.

Puede ocurrir que decida dejar a la pareja oficial e irse con la amante, en cuyo caso, el duelo suele ser complejo, porque el duelo de la pareja oficial puede verse interrumpido o diferido. En estos casos, suelen presentarse cuadros de ansiedad y estados bajos del ánimo —bajones— sin razón aparente porque, de alguna manera, el proceso de duelo se ve interrumpido por la euforia de comenzar la nueva relación. También pululan sentimientos de culpabilidad que sostenidos en el tiempo pueden acarrear la ruptura de la nueva pareja y la vuelta a la pareja oficial.

En el caso de que decida seguir en la pareja oficial y dejar a la amante, se iniciará un duelo con respecto esta última con su consiguiente fenómeno de ambivalencia. Debemos entender que, estructuralmente, todas las infidelidades forman un triángulo perverso en el que, aunque él o la otra desaparezcan, se mantiene una triangulación fantasmagórica, por lo que será indispensable trabajar terapéuticamente con estos fantasmas. Y este duelo se mezclará con el duelo de la pareja oficial en el proceso de reconstrucción.

Por último, y realmente excepcional, la persona infiel se puede encontrar haciendo el duelo de las dos relaciones porque ha decidido vivir en soledad. En este caso los duelos se solapan, coincidiendo con una serie de duelos relacionados con la reconstrucción de la nueva individualidad.

Duelo en la progenitura

A menudo, los vástagos tienen que hacer frente a muchos cambios en la familia cuando los progenitores se ven envueltos en situaciones de infidelidad, especialmente si se separan. Por lo que necesitarán tiempo y asistencia para ajustarse.

Los vástagos se verán abocados a hacer un proceso de duelo, particularmente cuando la persona infiel decide abandonar la familia, en particular como consecuencia del distanciamiento emocional y físico por parte de la persona infiel. El proceso de duelo en estos casos suele teñirse de sentimientos de abandono y de culpabilidad, traduciéndose en trastornos del comportamiento, fracaso escolar e inadaptación social. El duelo por pérdida también puede desencadenarse como consecuencia del distanciamiento emocional del cónyuge infidelizado, produciéndose fenómenos como el de parentificación, que es cuando alguno o alguna de las hijas se convierte en cuidador del adulto. También en la clínica encontramos relatos de hijos e hijas que han decidido distanciarse física y afectivamente del progenitor infiel en su proceso de duelo.

Al igual que en los adultos, las pérdidas no son solamente interpersonales, sino que incluyen pérdidas psicológicas y simbólicas diversas.

La pérdida de la confianza suele ser una variable que puede afectar en las relaciones futuras de los vástagos, ya sea porque tienden a repetir el patrón de infidelidad, ya sea porque en la elección de la pareja futura se tiene en cuenta este fenómeno con el fin de evitarlo. En estos casos, la incertidumbre y la inseguridad están presentes, al punto de establecer criterios rígidos en las futuras relaciones interpersonales. En estos casos suele predominar el estilo de apego ansioso.

Otra de las pérdidas que influye en el proceso de duelo de la progenitura tiene que ver con el poder adquisitivo y el estatus, confiriendo al duelo cierta sintomatología relacionada con el sentimiento de inferioridad, la vergüenza y la baja autoestima.

Hemos observado que el lugar que ocupan padres y madres tiende a tambalearse y a vivirse como pérdida en el caso de la infidelidad. La pérdida de la autoridad moral parental se hace en muchos casos patentes, precipitando el proceso de desidealización como parte integrante del duelo.

No obstante, no hay mucha literatura al respecto. Los diversos autores que han tratado el tema de la influencia de la infidelidad en la progenitura, hacen referencia a las consecuencias de la infidelidad, pero no al proceso de duelo.

Otras pérdidas que se aúnan en el proceso de duelo por infidelidad

Robert A. Neimeyer (2000), uno de los más relevantes en la actualidad y máximo exponente del enfoque constructivista, señala que la pérdida de un ser querido supone un cambio sustancial en el mundo interno y externo de cada uno de nosotros, porque las cosas no volverán a ser iguales, ni las vamos a ver de la misma manera.

En la infidelidad existen otras pérdidas que van más allá de las interpersonales.

Pérdida de confianza

Una de las pérdidas fundamentales es la de la confianza debido a la traición, el engaño, la ocultación y la mentira.

La infidelidad suele darse en secreto y ello implica traición a lo pactado más o menos tácito, lo que acarrea la ruptura de la confianza necesaria y básica sobre la que se establece la relación. Nos encontramos aquí con uno de los objetivos terapéuticos más difíciles de conseguir: la restauración de esa confianza (Lusterman, 2005). Confianza que en algunos casos no acaba de restablecerse. El trabajo consiste en entender que la infidelidad no es algo personal, contra alguien y, por lo tanto, no requiere una exhaustiva vigilancia del cónyuge infiel, sino más bien un posicionamiento. Como volver a empezar en una relación nueva, desde una perspectiva que incluye la finitud.

Pérdida de la inocencia

Siguiendo el mito de la caída de Adán y Eva, esta caída en la infidelidad abre una importante puerta: la toma de conciencia.

Quizás es que se había elevado a la pareja y/o a la relación al rango de Dios y se vivía de espaldas a la muerte. Quizás es que se había idealizado el amor. La infidelidad hace emerger un aspecto profundamente vulnerable en el ser humano que es el de la finitud: de la pareja, del amor, de la pureza… Quizás es que se habían puesto las esperanzas en recrear el paraíso perdido. Quizás es que se había abordado la pareja desde el pensamiento mágico, aquel que no tiene la mediación del trabajo entre la realidad y el deseo, confundiendo ambas dimensiones. Porque quizás, el proceso de duelo que genera esta pérdida de la inocencia es en realidad un proceso de maduración, una superación de lo egótico, del narcisismo primario [3] que supone la recreación del paraíso perdido entre la madre y el bebé en la pareja presente donde las primigenias heridas como el abuso, el abandono, la negligencia, el rechazo… son subsanadas, cuidadas y reparadas. El proceso de duelo de la infidelidad permitiría evolucionar desde una inmadurez adolescente y narcisista que la caracteriza, hacia una realidad y una toma de conciencia de que la infidelidad era una posibilidad. Y es que en toda relación existe la posibilidad de ruptura y de infidelidad. Así pues, la infidelidad parece representar una herida narcisista en los diferentes egos: ni somos tan importantes ni tan especiales, ni tan únicos, ni tan invulnerables, ni tan perfectos, ni tan amorosos, como creíamos. La infidelidad en ese sentido, introduce ese principio de realidad y una buena parte de los protagonistas implicados en el fenómeno infiel están atascados en ese no soltar esa realidad idílica y egótica. La infidelidad baja a muchas personas de un pedestal. Para algunas, representa un duro golpe para el ego. Darse cuenta de que el amor no es para siempre y de que esa promesa de “ser fiel hasta que la muerte nos separe” se vuelve una tragedia.  La realidad acaba por imponerse. Hay mucha ingenuidad en el pensamiento mágico que predomina en muchas parejasEsa pérdida de inocencia nos hace vulnerables.  Nos enfrenta a darnos cuenta de que el amor puede perecer como todo. En el momento de darnos cuenta del engaño, todo lo construido pierde sentido. La duda y un gran pesar invaden al no saber quién es esa persona que duerme al lado. Vienen pensamientos catastróficos. De pronto toda la historia de amor se re-ordena, se re-evalúa. De lo ideal a lo real hay sólo un paso: la muerte. Se muere la esperanza, la certidumbre, la estabilidad, la confianza y en muchos casos, el respeto. Y también muere lentamente un ego: esa parte invulnerable que no acepta perder. Y justamente ahí, es donde le podemos dar un sentido de crecimiento personal, incluso con lo lastimados que pueden quedarse. Este golpe tiene la posibilidad de dar una lección de vida y aterrizar en el terreno de la incertidumbre, la vulnerabilidad y la muerte. En definitiva, la finitud.

Pérdida de valores

La infidelidad es vista como una patología moral, entendiendo esta como todo acto o comportamiento que genera sufrimiento en otro con quien se tiene una relación y con el que existe un compromiso afectivo y emocional. En la mayor parte de las patologías, los comportamientos son interferidos por éstas, afectando a la voluntad y a la razón. No hay intencionalidad de causar daño. En cambio, en la infidelidad, además de haber aspectos relacionados con dificultades psicológicas, afectivas y emocionales, que pueden ser inconscientes, hay una conciencia del engaño. Quien es infiel es consciente de estar mintiendo; sabe que está traicionando a alguien. Esto lleva a muchos autores y profesionales a considerar la dimensión moral a la hora de intervenir en esta vasta problemática. No olvidemos que la infidelidad es una decisión que implica ocultación, mentira, engaño y, por lo tanto, intencionalidad. Por ello, dicho fenómeno es complejo; porque confluyen dimensiones morales, patológicas y culturales. Y por supuesto, los terapeutas no están exentos de prejuicios a la hora de valorar el fenómeno. Como consecuencia sería un requisito importante el adquirir una formación al respecto en la que suspendan sus prejuicios sobre la infidelidad para evitar comprometer el proceso terapéutico.

Pérdida simbólica

Originariamente la palabra símbolo, symbolon, hacía referencia a un objeto partido en dos, siendo cada mitad conservada por dos personas diferentes unidas por un vínculo.

Estas dos partes del medallón servían para reconocer a los portadores del símbolo su compromiso o su deuda.

Los símbolos son fundamentales en el ser humano en general y por supuesto, también para la pareja. Crean sentido. Una relación es una construcción de sentido y significados y por ello los símbolos son fundamentales. Una canción, una cama, un casco de moto, un edificio, lugares… es algo exclusivo de la pareja.

En la infidelidad los símbolos suelen también romperse porque ya no son exclusivos de la pareja. Y eso genera muchísimas dificultades a la hora de hacer el duelo. ¿Qué ha pasado con estos símbolos nuestros? ¿Los habrá compartido? ¿Qué otros símbolos se habrán creado con la persona amante? Muchas preguntas, muchas dificultades. ¿Cómo recomponer esto? Esta recomposición suele generar muchos problemas en terapia. Crear nuevos símbolos, deshacerse de los anteriores, romper la asociación de símbolos a la persona amante… Esta dimensión suele acarrear consecuencias económicas importantes, puesto que en muchos casos supone mudarse de casa, rehabilitación del inmueble, cambiar de (puesto de) trabajo, emigrar, cambiar a los vástagos de colegio, denuncias…

Aspecto identitario de la pérdida

En la vida adulta, cuando se elige estar en pareja, el ser y la evolución individual entran en una dimensión de desarrollo en la que la presencia del otro se incorpora en la constitución de sí mismo. En otras palabras, la experiencia existencial en pareja sobrepasa la individualidad y la catapulta a niveles evolutivos de una mayor complejidad vital. Por lo tanto, entendemos la relación afectiva como una construcción en donde solo se incluyen a dos personas y de manera conjunta, dejan fuera todas las voces intrusivas, para crear una historia y una convivencia con sentidos exclusivos, propios y de intimidad. La relación de pareja requiere de manera permanente la mutualidad y reciprocidad explícita en todos los ámbitos. De lo contrario, lo individual al no ser puesto en común ni contrastado con el otro en la pareja, se convierte en interlocutor privado, abriendo así una brecha entre los miembros de la pareja. Empiezan los diálogos internos que se van volviendo más gruesos y más desviados de lo común de la pareja, creando historias individuales silenciadas que se retroalimentan dando un sentido de realidad a lo fantaseado privadamente sin involucrar al otro en la intimidad de la pareja. En este sentido, la pareja deja de crear significados simbólicos de la relación y emergen significados fantasmagóricos individuales que se traducen en dos historias paralelas que nunca se encuentran y funcionan como fugas que vacían de contenido la intimidad de la pareja. La pareja deja de ser sostenida desde dentro para empezar a ser sostenida desde fuera con un cúmulo de responsabilidades, obligaciones y compromisos que ejercen una presión tácita. A partir de esta perspectiva entendemos por qué la presencia de terceras/os comienza a cobrar importancia para los miembros de la pareja y que de ahí se genere ruido. Y este ruido comienza a deteriorar paulatinamente el vínculo porque no permite una genuina conversación, en la medida en que crea barreras infranqueables en la forma de crear significados desde dentro de la relación.

Conclusión

El duelo en el caso de la infidelidad no hace referencia estrictamente a la ruptura de la pareja “oficial”, sino a las pérdidas que se ocasionan en consecuencia. Debido a la particularidad de las pérdidas por infidelidad, en el abordaje del tratamiento terapéutico, tanto en caso de ruptura como de continuidad, resulta importante el trabajo de duelo. Que se haga este trabajo siguiendo los modelos basados en etapas, fases o tareas, la infidelidad requiere un abordaje particular, puesto que parece, muchos casos, desencadenarse un trastorno por duelo prolongado.

Notas

1. @Inmaculada Jauregui Balenciaga. Email: inmajauregui@gmail.com www.psicologiajauregui.com

2. El concepto de objeto en psicoanálisis hace referencia al sujeto amado.

3. Freud definió el narcisismo primario como un estado en donde el sujeto dirige su libido hacia sí mismo para posteriormente dirigirlo hacia el exterior. Un estado indiferenciado en donde no hay separación entre el mundo externo y el sujeto. Todo forma una unidad. El llamado paraíso perdido. La fusionalidad entre la madre y el bebé.

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Covid-19: Delta, Omicron y el resto del alfabeto griego…

Alejandro Klein
Profesor en la Universidad de Guanajuato (México). Associate Research Fellow-Oxford Institute of Population Ageing

Pasan los meses, la pandemia continúa y procesos que preocupaban por su ominosidad y por su carga de totalitarismo y paranoia, no se han ido sino consolidando cada vez más.

Como una ráfaga incontenible, es como si nada ni nadie pudiera contener la supremacía del Estado sobre el sujeto, de lo instituido sobre lo instituyente, el miedo y el terror sobre la capacidad de pensar y reflexionar, la necesidad de obedecer sobre la capacidad de discrepar y abjurar.

No me refiero a las consecuencias sanitarias del coronavirus, ciertamente preocupantes, sino a como el coronavirus es utilizado como la excusa de un pasmoso experimento social donde tendencias sofocantes del siglo XX se han consolidado, tal vez (ojalá que no) irreversiblemente.

En primer lugar, la instauración de lo instituido. Los desarrollos de Habermas y Castoriadis ya parecen cuentos ingenuos de hadas, donde lo instituyente y lo emancipatorio, es decir, la capacidad de decidir, discrepar, ser diferente, generar la propia biografía, apostar a lo subjetivo, guardar zonas de privacidad y potenciar capacidad de decisión y capacidad de cambio social, se han ido evaporando con una velocidad pasmosa y terrorífica.

El coronavirus ha sido la excusa perfecta para que el Estado culmine su política de excrecencia invasiva sobre la vida privada de la gente, para que el orden, la norma y la ley se vuelvan espacios sagrados e incuestionables, para que se consolide una obediencia más allá de lo que es necesario obedecer, todo lo cual nos hace estar inmersos en una sociedad totalitaria. El malestar sobrante se ha vuelto condición de estructura, no accidente de estructura. Nuevamente, las descripciones de Marcuse y Hanna Arendt y Orwell parecen jardines celestiales frente a lo que estamos viviendo.

En un momento en que nuestra sociedad se jacta, pletórica de orgullo y vanidad, que es la mejor sociedad del mundo y la historia ya que es plenamente democrática, plenamente inclusiva, plenamente tolerante, en ese mismo momento, se genera la perversa división diádica entre vacunados y no-vacunados.

Los vacunados son gente adulta, con cubre bocas, ciudadanos reconocidos, responsables, recompensados en su altruismo y entrega a la virtud pública. Los desinfectados, los limpios, los puros, los arios del siglo XXI. Hijos irreprochables que miran con desdén y malhumora los que van sin mascarilla por las calles.

Los no-vacunados son los culpables del Covid, degenerados, irresponsables, psicópatas, a los que hay que deportar (¿a Auschwitz?), a los que se les niega la visa, la entrada a restaurantes y museos, a baños, a trenes. Una versión 2021 de la Leyes de Nuremberg 1935. Emmanuel Macron los va a “emmerder”, o fusilar o expatriar o algo por el estilo. Trágico giro lingüístico de una persona que tiene un nombre que significa: “Dios con nosotros”…

Vacunados-no vacunados remite a una estructura diádica, como negros-blancos, judíos-cristianos, feministas-machistas, e implica reducción y empobrecimiento de pensamiento. Implica anular la posibilidad de pensar con claridad para acentuar solo la crispación del odio, el rencor, la idealización, la denigración, todos aspectos de un psiquismo primitivo e infantil, tal como lo demostró Melanie Klein y continuó desarrollando Bion con su teoría de los supuestos básicos aplicada a los grupos y las instituciones.

En una primera etapa el agente culpable de la enfermedad fueron los viejos, luego se intentó que los jóvenes fueran los chivos expiatorias, plataforma que no tuvo mucho éxito y ahora, en el paroxismo de la histeria colectiva y estatal, los no-vacunados son los chivos expiatorios de este Covid 19, y además (¿por qué perder la oportunidad?) de la pobreza, del malestar colectivo, en fin: de Todo. Nada ha cambiado, ni hemos aprendido nada y decir que esta es una sociedad de tolerancia es un insulto a la inteligencia del ser humano.

Los no-vacunados ya no pueden entrar a cafés ni restaurantes, ni trenes, ni cines.

¿Cuánto falta para que no puedan entrar a supermercados y farmacias?

Muy poco.

¿Cuánto falta para que la vacuna sea obligatoria?

Nada.

En un mundo donde los adultos están desconcertados, en un mundo donde los adolescentes deambulan como zombis, en un mundo donde la precariedad cronificada nos hace actuar por el miedo, en un mundo donde la solución del mundo es reír maníacamente y no poder dejar de estar pegoteados a la ludopatía aterradora de las redes e internet, ya no falta nada

Todo son reglas, obediencia. Y el ser humano obedece y se somete y a pesar de eso es expulsado y es inintegrable. La valiosa descripción de Castel se ha mostrado acertada y adecuada.

Se trata de un mundo donde no podemos decir lo qué pasa y mucho menos, explicarlo

Se dice que vivimos en una sociedad de consumo, pero no es así, vivimos en una sociedad signada por lo endeudante. La gente vive endeudada, los padres viven endeudados, los hijos están en falta, los adultos decepcionan, los niños desesperan. Haga lo que se haga, la experiencia del mundo es estar endeudado y en falta decepcionante.

Todo está controlado. El uso de las tarjetas de débito/crédito no tiene nada que ver con una economía sana y de mercado, tiene que ver con una sociedad totalitaria donde cada movimiento del sujeto es registrado, procesado, catalogado.

Creemos que usamos a internet e internet nos usa a nosotros para armar tendencias, generar opinión, generar prácticas y robar datos privados para armar manipuladoras campañas electorales y seductoras ventas de chocolates y electrodomésticos, entre tantas otras banalidades.

Pero, ¿no es que votamos cada cuatro años? ¿No es acaso eso la democracia? Claro que votamos cada cuatro años, pero nunca más cierta la observación de Lewkowicz de que la democracia occidental no es el ejercicio del poder por el pueblo, sino el proceso por el cual el pueblo (transformado ahora en ciudadano), delega su capacidad de decisión en otros, a un pequeño grupo, una élite…

No hay más que acudir a las hermosas páginas de Castoriadis y Hanna Arendt sobre lo que era la democracia clásica, para entender que esto en lo que vivimos se acerca más la gerusía espartana que al demos ateniense.

Bien indicaba Hanna Arendt que el miedo es una forma eficaz de sostener los totalitarismos. Y bien que los Estados se han encargado de inflamar, difundir, explotar el miedo en todas sus formas y variedades: que el gel, que la mascarilla, que el contagio, que la economía recesiva, que el desempleo, que los migrantes, que el déficit de las arcas públicas, que las salas de hospitales ya no pueden más y están siempre a punto de colapsar…Y los medios de comunicación se hacen eco y multiplican esta versión miserable del horror, transformado en el goce sádico de asustar al Otro de forma siempre renovada.

Pero volvamos a la perorata de la sociedad inclusiva y tolerante, una dónde la única vacuna reconocida es la que administran y controlan los europeos, donde lo que hacen los chinos y los rusos es despreciado, donde lo que viene de Latinoamérica por supuesto es salvaje y “corrupto”. ¿Y de África? No, de África, ya ni se habla. Que se queden allí y que de allí no salgan.

¿Europa ha aprendido la lección? ¿Europa ha aprendido la lección de su arrogancia, de suponerse la supremacía de la civilización blanca, la adalid del progreso, las buenas costumbres, la detentora de los valores cultos y refinados que encumbran a la “Humanidad”? ¿Realmente alguien puede ser tan ingenuo para decir que Europa ha aprendido algo…?

Las vacunas han fracasado. Pero nadie se atreve a decirlo

La mascarilla ha fracaso. Pero nadie se atreve a decirlo.

Por más gel en las manos y por más mechero de Bunsen, las estrategias de prevención han fracasado.

La verdad, la dolorosa verdad es que estamos antes un darwinismo social, atroz y avergonzante.

Pero hace tanto que nada se dice cómo es, que nada se explica cómo es, que parece titánica cualquier otra tarea.

Por ende: vayamos al refuerzo, a la tercera dosis, la cuarta dosis, la quinta dosis.

Recorramos pues con los ojos emplastados, el corazón lleno de espanto y la mente vencida por la obnubilación, las 24 letras del alfabeto griego…

Pero, ¿qué pasará cuando lleguemos a la 25…?

Del analista restaurante al analista restaurado | Algunos señalamientos a la obra de Kohut

Alberto Sanen Luna
Doctor en Salud Mental. Psicoanalista. Catedrático de Grado y de posgrado. Coordinador de Enseñanza en Psicología. Adscrito al Hospital Psiquiátrico Infantil ‘Dr. Juan N. Navaro’ | México

Tras las constantes divisiones que surgieron dentro movimiento psicoanalíticos, se constituyeron diversas corrientes que fueron adaptadas a ámbitos socioculturales y económico políticos y respondiendo a estos hicieron modificaciones a la técnica psicoanalítica, comenzando a realizar propuestas teóricas que respondían a las demandas de su entorno, aun cuando no se vincularan con los postulados planteados por Freud.

De igual manera estas modificaciones estuvieron encaminadas a intervenir psicoanaliticamente con psicopatologías que comenzaban a ser estudiadas o enunciadas, como los trastornos de personalidad de tipo limite o las denominadas enfermedades mentales como la esquizofrenia, la manía o la depresión y en otros casos a realizar ajustes en cuanto a la edad de los pacientes, promoviéndose con ello el trabajo con niños.

A gran parte de estos se les denomino postfreudianos y en una aproximación individual (como todas) comenzaron a trabajar distintos aspectos de la obra de Freud, tomando elementos de manera parcial en algunas ocasiones o en su caso dando una vuelta de ciento ochenta grados a los postulados sobre la técnica y la teoría.

Un punto nodal de elaboraciones teóricas estuvo ligado en cuanto a lo que se ponía en juego respecto a la figura del psicoanalista, al como llevar a cabo su labor y cual era el papel que este tenia dentro del proceso, cual era su sitio, un sitio real, una condición imaginaria, el lugar de donde devenía el conocimiento o siendo su papel el de la enunciación.

Estas confusiones e interpretaciones no representan un hecho nuevo ya que es en el mismo Freud quien lo detona en sus escritos, en su obra el psicoanalista se juega en diferentes lugares, el del que debe de saber, el del sujeto supuesto saber, el de aquel que tiene que llevar a cabo una cuestión educativa, el de seductor ese que sugestiona y orienta hacia su propio interés. Estos son lugares visibles mas aquel espacio inconsciente queda de lado oscuro, el del deseo del analista se pierde o se oculta, pero como ocultar algo que le constituye a uno mismo, ya lo dice Freud “más aquel que tenga ojos para ver y oídos para oír se convencerá de que los mortales no pueden guardar ningún secreto” (Freud, 2003b, 68)

El analista es un ser deseante que muestra su deseo por lo menos en dos vertientes que podemos enunciar en este momento en aquello que quiere escuchar, por algo estar allí y en la satisfacción narcisista de tener ese lugar, de que ese sitio le sea asignado. Si bien esto podría ser aplicable a cualquier analista de cualquier corriente, existe una vertiente que en sus postulados de trabajo deja de manifiesto su deseo y posición casi o completamente omnipotente, los psicoanalistas de yo, siendo abanderados por Kohut.

Estos “desarrollos post-freudianos “heterodoxos” afirman reconocer en Heiz Kohut a uno de los más recientes pilares fundamentales” (Harari, R, 1993, 160) del trabajo psicoanalítico, Un Kohut, lector de Lacan y Freud, pero que deja en el camino a los sujetos como veremos más adelante y que en todo caso se liga de manera importante con la satisfacción narcisista que mencionábamos, la cual esta demás mencionar que nunca se logra.

Pero, que nos dice Kohut en sus textos que nos lleva a que denominemos como omnipotente la postura teórica y practica que argumenta, Para comenzar menciona que únicamente hay dos ocasiones en la vida en las que se puede lograr una constitución adecuada, la relación temprana que se de con la madre y el padre y la segunda cuando se encuentra con el analista, hay aquí el deseo del analista de ser otro que no es un supuesto saber, es el saber en si, con lo cual se supondría que se estableciera una reorganización de los elementos psíquicos, dejando de lado la historicidad del sujeto y la manera inconsciente que se ha estructurado su psiquismo

Pero también podemos distinguir con ello otra jugada, la de poder ser como analista del yo el lugar del saber, es decir el gran Otro, mas un gran Otro sin barra, un gran Otro que puede organizar como ley y no como representante de ella, pues el representante el nombre del padre ya se ha encontrado en juego en su primera experiencia, de tal manera como lo propone Kohut el momento analítico es un retorno al nirvana, no un lugar de juego de transferencias, sino un lugar de completud.

Y por otra parte, para el analizando es como si se abriera un espacio en el tiempo en el que fuera posible el reencuentro con el objeto perdido, mas “no hay ninguna forma de encontrar el objeto sino es la continuación de una tendencia en la que se trata de un objeto perdido, un objeto que hay que volver a encontrar” (Lacan, J, 1984, 14), porque se abre este espacio del tiempo por el mismo juego del analista de mostrar por un acto de prestidigitación que esto es posible, que en este sitio si se puede retornar al objeto e incluso tenerlo, esto es solo una ilusión. Lo que se coloca en juego es el propio fantasma del psicoanalista de que inconscientemente si se abre la posibilidad de encuentro para el analizando especularmente se abre la posibilidad para él mismo.

Aun cuando lo anterior es su apuesta principal para lo que se da en el trabajo psicoanalítico, es el propio Kohut el que nos continua dando pistas de la distancia en la postura del psicoanalista y lo hace a partir de lo que considera como los puntos de diferencia con el psicoanálisis tradicional donde recalca “la psicología del si-mismo no difiere del psicoanálisis tradicional en su caracterización de lo que acontece entre analista y paciente para desembocar en una cura; si difiere en lo siguiente: a) la explicación que da del proceso de la cura, y b) las teorías, que al menos en ciertos casos, fundan las explicaciones” (Kohut, H., 1990, 159-160).

Es, sin embargo con esta distinción, que se aleja de la cuestión teórica en todos o casi todos los campos con el trabajo psicoanalítico y para interés de nosotros marca una distancia con uno de los agentes operantes en el trabajo analítico, tanto clínico como teórico, el psicoanalista.

Al cambiar este ultimo, al adoptar otro papel o al ser colocado en otro sitio, acontece la separación negada por Kohut, dándose una cadena de diferencias, si el analista es distinto: la relación terapéutica que es posible establecer con el paciente será distinta, la teoría que deberá de sustentar los cambios en la apuesta de explicación de los fenómenos tendera por fuerza a desplazarse a otro sitio, los manejos que se hagan de la teoría así como las distintas interpretaciones que se hagan de la misma se encaminaran a territorios que en inicio la apuesta psicoanalítica ha dejado de lado. Así tenemos la oportunidad de asistir a un proceso “psicoanalítico” diferente que por ende lleva a pensar la cura como algo muy alejado de lo que podrían ser las enseñanzas freudianas.

Pero avancemos con calma, como ya observamos se desprenden distintas líneas de trabajo, mas por extensión nos ubicaremos en un solo punto, el psicoanalista, que tiene que hacer y como debe de hacerlo, cuestionándonos en cada punto, mas no por dar una certera respuesta de quien esta mal o bien o que es adecuado o no, sino para dejar señalados una serie de problemas teóricos y prácticos que el trabajo del “psicoanalista” del si-mismo plantea mas no resuelve.

Una manera de acercarnos a nuestro objeto de estudio el psicoanalista del si -mismo, es por medio de los textos que han elaborado teniendo por tanto que mostrar el texto del cual se han desprendido las reflexiones que componen nuestro trabajo

“He llegado a la conclusión de que en estos casos la situación psicoanalítica no produce la activación a largo plazo del caos central del si-mismo dentro de una transferencia operativa (…) Para alcanzar la cura causal del proceso terapéutico tendría que penetrar por debajo de las capas organizadas del si-mismo (…) Es sin duda concebible que, incluso en la vida adulta, la experiencia repetida de una frustración optima dentro de un medio de objeto-si-mismo homeostático arcaico, como el que ofrece la situación psicoanalítica, conduzca al nacimiento de un si mismo nuclear, según sucedió e la primera infancia. No obstante no puedo imaginar que un individuo se somete a la disolución de estructuras defensivas que lo han protegido a lo largo de toda su vida, y acepte por propia voluntad las inenarrables angustias que acompañan lo que, para él, es la tarea de enfrentar un estado prepsicologico que si permaneció caótico es por que el medio de objeto/si-mismo de su vida temprana carecía de la respuesta empatica que hubiera permitido al niño organizar su mundo y preservar su innata autoconfianza. Se que talvez este describiendo mis limites personales como psicoanalista, y por ende mi aceptación de la existencia de psicosis y de estados fronterizos (…) sea como fuere, mi experiencia clínica me sugiere que nos es posible lograr la disolución psicoanalítica de las estructuras defensivas formadas en torno de esa persistente oquedad en el centro del si-mismo del paciente, ni siquiera en los casos en que esta oquedad central es vivenciada por el aspirante a analizando como algo doloroso…Como ya dije, en la base de esta convicción mía este el sentimiento de que yo no seria capaz de mantener un lazo empatico confiable con el paciente cuando, al termino hacia la trayectoria hacia la transferencia básica, el debiera tolerar la prolongada experiencia del caos prepsicologico y tomar en préstamo –no en forma temporaria sino por largos periodos- la organización de la personalidad del analista para poder sobrevivir. Desde luego el hecho de que un terapeuta no sea capaz de acompañar a su paciente a los terrenos del caos prepsicologico no significa que no le pueda servir de ayuda. Aunque sea imposible crear en la terapia el si-mismo nuclear, aun así el paciente puede utilizar al terapeuta como objeto si-mismo a fin de deconstruir nuevas estructuras defensivas y en especial afirmar las ya existentes. En otras palabras, se establece una transferencia con el objeto/si-mismo en que le son expuestas al terapeuta las estructuras defensivas amenazadas para su aprobación especular, o en que la personalidad del terapeuta objeto/si-mismo es utilizada, a través de una fusión gemelar de objetivos idealizadores, para fortalecer las estructuras defensivas del paciente. Además, como consecuencia de actividades educativas directas del terapeuta, el paciente puede aprender como sacar el mejor provecho de dichas estructuras” (Kohut, H., 1990, 23- 24)

Si bien del presente párrafo se pueden extraer cuestiones relativas para todo lo que implica el trabajo psicoanalítico nos centraremos en la figura de quien se supone lo ejerce el psicoanalista

Algo de lo primero que encontramos en el texto es la noción de cura causal, cuestión que sin duda nos remite a la condición de enfermedad causal por su contrario, sin embargo esta noción fue abandonada tempranamente por Freud, entre otras cosas por que remitía a la condición medica y a la mirada que esta tenia de la enfermedad. De esto podemos inferior que esa es precisamente la idea de Kohut y de los analistas que le siguen, los enfermos están así por una causa, es condición de causa-efecto, el discurso impresiona pavloviano.

Cuestión que quizás nos podamos explicar por la necesidad de taxonomizar los padecimientos de este tipo de corrientes, pero que al taxonomizarlas inscriben al sujeto en el apartado de que solamente existe una dirección de la cura, la que determine el analista, que para si- mismo esto es lo que el ya ha alcanzado, una cura causal.

Otra cuestión que se nos presenta a la entrada es la condición de las “frustraciones optimas”, estos actos o discursos que el analizando lanza en un momento dado y que según Kohut dan cuenta, de las condiciones psíquicas de autonomía de los sujetos y que deben de ser esperadas por el analista y no ser vistas como resistencia. El no verlas como resistencia nos llevaría a preguntarnos porque. La respuesta que nos viene a la mente es por la propia resistencia de mirarse en falta del analista, de no poder enfrentarse a que ha cometido algo en el proceso terapéutico que estaba fuera del orden del mismo y por una vuelta en la perilla esto del orden del error lo lleva a recrudecer su postura de completud, estoy completo puesta hasta fallo.

El analista también debe saber manejar una tolerancia hacia una prolongada experiencia de caos prepsicologico. Ese que se supone es en el que se encuentra el paciente mas sin embargo cuando pensamos en un paciente psicotico este ya se encuentra en este caos que en realidad para él representa un orden y cuando hablamos de un paciente borderline, este también tiene un orden o incluso quizás dos ordenes. Entonces a que caos psicológico se refiere Kohut, es entonces el analista el que deberá tolerar su propio caos prepsicologico, esa situación que se le presenta como del orden de lo real y le enfrenta con su real mismo, como manejar esto sino es por medio de un fantasma de omnipotencia, de esta fantasía de se que así les sucede a ellos, los pacientes a mi no pues ya pase por las frustraciones optimas y poseo un si-mismo fuerte y nuclear.

Debe de mantenerse un lazo empatico con el paciente y aun más allá debe de ser confiable. Como inmediatamente se nos presenta la cuestión es la perdida de la neutralidad, esta ha desaparecido del panorama psicoanalítico, si bien seria casi (sino totalmente) imposible trabajar psicoanaliticamente con alguien que fuese de nuestro desagrado, aquí debe de fomentarse lo contrario, debemos de ser empaticos. El lazo empatico debe ser lanzado por el analista, es un analista seductor, debe simpatizar a su paciente, pero para que el sostén de la empatia sino para no sufrir una herida narcisista, saberse en falta y por tanto abandonar su posición de amo en la situación analítica y su paciente debe de ser lo suficiente mente confiable como para no dejarle, para no abandonarlo.

En este punto vale la pena agregar los factores que se consideran se juegan en la cura y que tiene que ver con la construcción empatica que tiene que ir fomentando el analista:

1. La presencia del analista, el que debe de encontrarse siempre en el juego analítico. Es decir comportarse como tal fuera del espacio analítico.

2. La atenta escucha. Lo cual deja en una encrucijada lo que se denomina como atención flotante.

3. El callado espejamiento. Nos coloca en una mirada que se considera silente sin que uno se dé cuenta que inconscientemente puede estar literalmente gritando.

4. La silenciosa serenidad, que es la manera de detenerse frente las afrentas del paciente, sin embargo esto nos enfrenta directamente con lo que expusimos en el punto anterior.

5. Fortaleza para plantear lo que se suscita en las sesiones

Dar en préstamo por largos periodos la organización de la personalidad. Y Lacan (2000) señalaba que la organización de la personalidad o mejor dicho la personalidad misma esta jugada en lo que conoceríamos bajo el nombre de la paranoia. Y es esa personalidad la que debe de tomar el analizando una paranoia prestada, que acaso no le baste con la propia, esta organización de la personalidad esta envuelta en el caos prepsicologico del analista. Además entra a jugar aquí otro elemento, esta personalidad únicamente es manifiesta por la ortopedia del Yo, el analista solo mostrara su yo ortopédico de tal manera que “permite al analista operar por identificación, dando al sujeto su propio yo” (Lacan, J., 1983, 369), el analizando se toma una ilusión que se encuentra montada sobre una alucinación para supuestamente desde allí crear su ilusión misma No hay marcha atrás se da lo que no se tiene en este momento de interacción “Yo soy completo y te ofrezco la posibilidad de que tu lo seas”.

Colocarse en posición de objeto si-mismo. Aun cuando pareciera observarse en los párrafos anteriores que se ha tratado solo de relación de sujeto analista y objeto analizando y que en este momento se invirtieran los papeles, esto es sumamente engañoso, a lo que asistimos es a la posibilidad de ser todo por parte del analista, ser el objeto de deseo, el objeto perdido y no el ser el objeto a (causa de deseo), no puede ser de otra manera ya que el implica la posibilidad de reestructuración de las relaciones gratificantes, es la nueva oportunidad de encuentro con el objeto. Que significa esto que él al colocarse como el objeto puede ser aprendido por quien inconscientemente lo ha dejado en ese lugar, siendo de esta manera rescatado de su propio caos.

Pero además que se otorga en esta relación sino es la gratificación de la que ha carecido el paciente y también el analista, esta nueva oportunidad de reencuentro con el objeto en estos términos es imposible pues como menciona Lacan “no se trata en absoluto del objeto considerado por la teoría moderna como objeto plenamente satisfactorio, el objeto típico el objeto por excelencia, el objeto que da al hombre una base para una realidad adecuada, prueba de madurez” (Lacan, J., 1984, 14). Así por un lado la dificultad y la fantasía, el fantasma de ser objeto perdido, ya que abre la posibilidad de ser encontrado y esto quizás es el fantasma inconsciente que más se manifieste, el analista se convierte en el falo de alguien que lo ha perdido aun cuando nunca la tuvo permitiéndole con ello acceder al lugar del gratificador, del que da, del que es demandado sin que logre observar que el demanda ser demandado, del que tiene el poder sin que pueda asumir su lugar de esclavo, del garante a manera de renegar de ello y de objeto de deseo sin reconocer su deseo propio, el es él que impone la ley, el que la ejerce y quien da los dones, no hay nadie después ni antes de él.

Dar la aprobación especular que le es solicitada. Esta aprobación o negación están jugadas ineludiblemente con la mirada, esa que constituye, jugada en lo que se denomina el estadio del espejo que es “un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación: y que para el sujeto presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad y a la armadura por fin asumida de una identidad enajenante” (Lacan, J., 2003, 90).

Es entonces con la mirada de la madre con la que quiere encontrarse el sujeto y es esa mirada de la madre la que desea ocupar el analista para poder cumplir con su deseo de ser uno mismo, demando que me demandes, demando que demandes mi aprobación, mas paralizándose en este momento se llega a la enajenación tú eres el analizando (que no analizante) y yo soy el analista, asigna lugares mas no muestra sujetos, pues con la enajenación de la mirada se da la enajenación del discurso mismo, estableciéndose una relación de Yo a Yo, Yo y semejante y viceversa sin que se vislumbre en el panorama el sujeto mismo.

En el plano de la mirada que uno de los que se nos presenta en este punto se observaría una única relación posible, una relación ortopédica entre dos yo, que sin reparar, en el sujeto únicamente nos devuelven nuestro propio mensaje de manera invertida y que nos alienan a esa imagen que nos devuelven, atrapando a ambos en el juego de los espejos.

Se introduce una dimensión de Yo a Yo, que nos lleva a pensar en realidad en un acto de moldeamiento y modelamiento, una dimensión conductual que sin duda se aleja del trabajo psicoanalítico y si en cambio se inscribe en el ámbito de lo que se conoce como Análisis Conductual Aplicado, en donde se menciona que el modelamiento es, “el mostrar al sujeto en repetidas ocasiones la conducta deseada, reforzándola constantemente” y el moldeamiento que es “definir cual es la conducta final que deseamos obtener (….) el paso siguiente consiste en restringir la amplitud de estas conductas y hacerla cada vez más parecida la conducta deseada, mediante un reforzamiento de índole diferencial” (Ribes, E., 1980, 29-30).

Colocándonos entonces en una determinada posición la de la vuelta a la experiencia psicoanalítica freudiana desde la mirada de Lacan, con este modelo se constata lo que sostiene este último en cuanto que:

“De manera innegable que la concepción del psicoanálisis se ha inclinado allí hacia la adaptación del individuo hacia la circunstancia social, la búsqueda de los patterns de la conducta y toda la objetivación implicada en la noción de las humans relations (…) Así pues a la distancia necesaria para sostener semejante posición es a la que puede atribuirse el eclipse en el psicoanálisis de los términos más vivos de su experiencia, el inconsciente, la sexualidad” (Lacan, J., 1984, 235).

Se ha perdido con ello entonces el inconsciente mismo y todo lo que le implique, en tanto construcciones inconscientes, las pulsiones, los objetos internos, las identificaciones…etc.

Si bien nos queda claro con ello la alineación del ser cabe resaltar la posición que tiene entonces el analista, ya que su labor será la de determinar las conductas a tratar, los problemas psíquicos a resolver, es un analista completo, por lo menos en su fantasía, y en ese modelo, ese Ideal en el que se ha autocolocado y que cree ser, se da con toda la violencia que esto implica la alineación discursiva, donde es aún más patente la desaparición del sujeto y la puesta en marcha de un modelamiento clásico, devenido de las técnicas de modificación de la conducta (Ribes, E., 1980, 29-30).

Con lo anterior se cancela la condición del sujeto ya que este habita en el Otro y la intervención analítica que observamos se establece bajo la premisa de una relación imaginaria, que obstruye el paso del mismo, en un encuentro entre semejantes pero en potencia de similares, abriendo la ilusión del encuentro con la totalidad.

Coloca entonces esta persona la imagen grandiosa del psicoanalista en una fusión gemelar con aquellas idealizaciones que se han tenido a lo largo de la vida, es decir se metaforiza al analista con otros personajes que han sido relevantes en la existencia, esto le sirve al analista para cubrirse, para tener una coraza que impida que el analizando le ataque, ya que por un lado menciona lanzara agresiones a las figuras que no le han sido garantes e su infancia y al analista le tomara como ejemplo de cómo debe de comportarse alguien que si tiene un si-mismo nuclear, es decir cuando se gana, gana el analista y refuerza con ello su estructura narcisista, cuando se pierde, el fantasma del analista inmediatamente vela esta realidad atribuyéndola a la desorganización del si mismo, a la vez que considera que él ha motivado esta frustración optima

En todo momento también se encuentran presentes actividades directas educativas por parte del analista, es aquí en que se ponen en juego las propias ideas de Freud cuando señala en su obra “en esta labor educativa, la mejor intelección del medico, difícilmente desempeñe un papel decisivo (…) digamos que el médico en su obra educativa se sirve de algunos componentes del amor” (Freud, S., 2003, 319). Mas sin embargo ya Lacan, lo coloca en su dimensión de problema mencionando que:

“Es la tentación que se le presenta al analista de abandonar el fundamento de la palabra, y esto precisamente en terrenos donde su uso, por confinar con lo inefable, requeriría más que nunca su examen: a saber la pedagogía materna, la ayuda samaritana y la maestría dialéctica. El peligro se hace más si le abandona además su lenguaje en beneficio de lenguajes ya instituidos” (Lacan, J., 2003b, 233).

Esta tentación psicoeducativa, que se presta a discursos hegemónicos de poder, en los cuales la condición de productividad es la única asociada a estar sano o tener salud, es la que se ve reflejada en una postura tendiente a pensar como estar curado igual a estar adaptado. En este juego el analista esta curado pues se ha adaptado a una dinámica de producción.

Ahora bien para acércanos al final de estas líneas que le lleva a Harari a decir que es un psicoanalista restaurante primer enunciado que componen nuestro titulo, precisamente las pretensiones del análisis Kohutiano, mencionando “se procura la expresión creativa y alegre de un Self activo, por medio de la restauración de lo fragmentado o deficitario. Así al analista Kohutiano cabe denominarlo, con toda propiedad, un analista restaurante” (Harari, R., 1993, 162)

A la par de ello nos indica lo que considera como el punto motor del análisis Kohutiano y que se empareja a lo que venimos planteando, organizando su postura a partir de una nota al pie de página en donde se dice lo siguiente:

“La conducta orgullosa o afirmativa de algunos animales… se expresa por movimientos antigravitacionales… ¿Es la postura “erecta”… la que, como la más reciente adquisición en la secuencia del desarrollo, se presta mejor para convertirse en el acto simbólico que expresa la sensación de orgullo triunfante? El sueño y la fantasía de volar podrían entenderse entonces como la expresión individual del deleite de la raza… ante el hecho de que la cabeza se eleva ahora por encima del suelo, de que el ojo que percibe, órgano central del Self, se ha desplazado hacia arriba, ha superado la influencia de la gravedad” (p. 88). Aquí está no sólo el qué quiere hacer Kohut de su analizante, sino también el qué quiere que el analizante haga de él”

Ahora bien que nos lleva a nosotros el declarar que el analista operando de esta manera es restaurado, inicialmente el es quien envía un mensaje de esperanza al analizando, de posibilidad de encuentro con el objeto, esperanza que se juega en el mismo “si tu tienes esperanza yo también”, no hay en este sentido reconocimiento de falta o en todo caso de la posibilidad que existe de una constante negación de ella.

Esto se da negando la demanda misma, ya que la demanda es quedar frustrado, es la no-aparición del objeto, en esta frustración que conlleva toda demanda me encuentro con la ausencia del objeto y ala vez que la demanda pueda ser frustrada abre la posibilidad del deseo, pero en el analista con las características que venimos enunciando, lo que aparece es el fantasma de esperanza de no tener demanda sino solo quedarse en el ser demandado sin que se percate que es su propia demanda la que se le presenta.

Aparece entonces el analista como un ser completo ya que al estar en el papel del saber, al tomar la posición de la madre, toma por ello el lugar del objeto perdido y fantasmaticamente se coloca en un estado nuevamente de completud, “si soy la madre y también el hijo no me hace falta nada”, esta jugado en directo con su deseo de reintegración, su deseo Edipico que se cumple en la fantasía inconsciente.

Que hay entonces con el analista del si-mismo, este que se coloca en el lugar del Gran Otro, de esa A mayúscula, tesoro de significantes pero sin barra, es tan perfecto, que deja ver que se equivoca, esta completo, asume todas las posiciones, es el padre imaginario, el padre simbólico, el padre real, el deseo de la madre, la falta misma, a él no le hace falta nada, por eso puede ser padre, falo, maestro, sujeto, objeto, madre, hermano, amigo, compañero, cómplice etc. El gran problema se hace presente pues desconoce que lugares puede ocupar. Y aun con ello así es como se muestra, más como sabemos todo eso que se muestra es ortopédico, se acomoda a la situación, no se es todo en todo momento.

Con todo esto se ira marcando una gran distancia con respecto a aquello que será trabajado por Lacan, en distintas partes de su obra, y que estará bajo la denominación del deseo del analista y aun cuando queda sin resolverse la cuestión de cual es, si nos deja algunas puntas al respecto de con que cuestiones no se engarza o no debiera de engarzarse, quizás una puntuación de ello sea lo siguiente:

“El analista no actúa en función de un ideal sea cual fuere; por ejemplo, a partir de una representación del hombre, que la neurosis, la psicosis o la perversión vendrían a corromper y que se trataría de recuperar. Tampoco se actúa partir de lo que seria una hipotética pulsión de curar, aspiración samaritana cuyo efecto solo podría ser fastidioso. Por ultimo si ha llevado lo más lejos posible su cura, se puede suponer que se ha librado de la captura del fantasma en tanto regla la realidad de cada uno, y que en particular es menos dependiente de ese Otro del que, en el fantasma, cada uno se hace objeto” (Chemama, R., 2001, 96 – 97)

Tomando en cuenta lo anterior observamos que cae entonces el analista reducido a objeto de deseo de ese Otro, es dependiente de ese Otro y por tanto solo puede mostrarse como yo, es decir ni siquiera en la actitud de modelamiento puede ser sujeto, como mencionábamos en un inicio los sujetos han quedado fuera de la jugada, pero además en Otro como inconsciente también ha quedado eliminado como lo muestra nuestro esquema, insistiríamos los vértices han desaparecido.

De esta manera lo que se manifiesta en el acto “psicoanalítico” es una pantomima psíquica, la imposibilidad de ambos de mostrarse como sujetos se pone de manifiesto y es cubierta por el fantasma de una buena adaptación, adaptación que lleva del analista restaurante a un analista restaurado.

Referencias bibliográficas

CHEMANA, R. (2001) Diccionario del psicoanálisis. Argentina. Amorrortu.
FREUD, S. (2003) “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico” en AE tomo XIV. Argentina. Amorrortu.
FREUD, S. (2003b) “Fragmento de análisis de un caso de histeria” en AE tomo VII. Argentina. Amorrortu.
HARARI, R. (1993) “El analista restaurante” en ¿Cómo se analiza hoy? Argentina. Manantial.
KOHUT, H. (1990) ¿Cómo cura el análisis? Argentina. Paidós.
LACAN, J. (1983) “Introducción del gran Otro”, Seminario 2. Argentina. Paidós. 1983.
LACAN, J. (1984) “Teoría de la falta de objeto”, Seminario 4. Argentina Paidós.
LACAN, J. (2000) De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. México, Siglo XXI.
LACAN, J. (2003) “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” en Escritos 1. México. Siglo XXI.
LACAN, J. (2003b) “Función y campo de la palabra” en Escritos 1. México Siglo XXI.
RIBES, E. (1980) Técnicas de Modificación de Conducta. México. Trillas.

La pista del dinero lleva hasta la varita mágica de la pandemia

Fabio Vighi
Profesor de Teoría Crítica e Italiano en la Universidad de Cardiff | Reino Unido
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Un año y medio después de la llegada del virus, algunos habrán empezado a preguntarse por qué las élites gobernantes, habitualmente sin escrúpulos, decidieron congelar la maquinaria mundial de obtención de beneficios ante un agente patógeno que se dirige casi exclusivamente a los improductivos (mayores de 80 años). ¿Por qué tanto celo humanitario? ¿Cui bono? Sólo aquellos que no están familiarizados con las maravillosas aventuras de GloboCap pueden engañarse pensando que el sistema decidió cerrarse por compasión. Seamos claros desde el principio: a los grandes depredadores del petróleo, las armas y las vacunas les importa un bledo la humanidad.

En los tiempos pre-covid, la economía mundial estaba al borde de otro colosal colapso. He aquí una breve crónica de cómo se iba acumulando la presión:

Junio de 2019: En su Informe Económico Anual, el Banco de Pagos Internacionales (BPI), con sede en Suiza, el “Banco Central de todos los bancos centrales”, hace sonar las alarmas internacionales. El documento destaca el “sobrecalentamiento […] en el mercado de préstamos apalancados”, donde “los estándares crediticios se han deteriorado” y “las obligaciones de préstamos colateralizados (CLO) se han disparado, lo que recuerda el fuerte aumento de las obligaciones de deuda colateralizada [CDO] que amplificó la crisis de las hipotecas de alto riesgo [en 2008]”. En pocas palabras, el vientre de la industria financiera vuelve a estar lleno de basura.

9 de agosto de 2019: El BPI publica un documento de trabajo en el que pide “medidas de política monetaria no convencionales” para “aislar la economía real de un mayor deterioro de las condiciones financieras”. El documento indica que, al ofrecer “crédito directo a la economía” durante una crisis, los préstamos del banco central “pueden sustituir a los bancos comerciales en la concesión de préstamos a las empresas”.

15 de agosto de 2019: Blackrock Inc, el fondo de inversión más poderoso del mundo (que gestiona alrededor de 7 billones de dólares en fondos de acciones y bonos), publica un libro blanco titulado “Dealing with the next downturn”. Esencialmente, el documento da instrucciones a la Reserva Federal de Estados Unidos para que inyecte liquidez directamente en el sistema financiero para evitar “una caída dramática”. De nuevo, el mensaje es inequívoco: “Se necesita una respuesta sin precedentes cuando la política monetaria se agota y la política fiscal por sí sola no es suficiente. Esa respuesta implicará probablemente ir directamente: encontrar la manera de que el dinero del banco central llegue directamente a las manos de quienes gastan en el sector público y privado”, evitando al mismo tiempo la “hiperinflación”. Los ejemplos incluyen la República de Weimar en la década de 1920, así como Argentina y Zimbabue más recientemente.

22-24 de agosto de 2019: Los banqueros centrales del G7 se reúnen en Jackson Hole, Wyoming, para debatir el documento de BlackRock junto con las medidas urgentes para evitar el inminente colapso. En palabras premonitorias de James Bullard, presidente de la Reserva Federal de San Luis: “Tenemos que dejar de pensar que el año que viene las cosas van a ser normales”.

15-16 de septiembre de 2019: La desaceleración se inaugura oficialmente con un repunte de los tipos repo (del 2 al 10,5 por ciento). “Repo” es la abreviatura de “acuerdo de recompra”, un contrato en el que los fondos de inversión prestan dinero contra activos de garantía (normalmente valores del Tesoro). En el momento del intercambio, los operadores financieros (bancos) se comprometen a recomprar los activos a un precio más alto, normalmente a un día. En resumen, los “repos” son préstamos con garantía a corto plazo. Son la principal fuente de financiación de los operadores en la mayoría de los mercados, especialmente la galaxia de los derivados. Una falta de liquidez en el mercado de repos puede tener un efecto dominó devastador en los principales sectores financieros.

17 de septiembre de 2019: La Fed comienza el programa monetario de emergencia, bombeando cientos de miles de millones de dólares a la semana en Wall Street, ejecutando efectivamente el plan “ir directo” de BlackRock. (Como era de esperar, en marzo de 2020 la Fed contratará a BlackRock para gestionar el paquete de rescate en respuesta a la crisis del covid-19).

19 de septiembre de 2019: Donald Trump firma la Orden Ejecutiva 13887, por la que se crea un Grupo de Trabajo Nacional para la Vacuna contra la Gripe cuyo objetivo es desarrollar un plan nacional de 5 años para promover el uso de tecnologías de fabricación de vacunas más ágiles y escalables y acelerar el desarrollo de vacunas que protejan contra muchos o todos los virus de la gripe”. Esto es para contrarrestar “una pandemia de gripe”, que, “a diferencia de la gripe estacional […] tiene el potencial de extenderse rápidamente por todo el mundo, infectar a un mayor número de personas y causar altas tasas de enfermedad y muerte en poblaciones que carecen de inmunidad previa”. Como alguien adivinó, la pandemia era inminente, mientras que en Europa también estaban en marcha los preparativos.

18 de octubre de 2019: En Nueva York, se simula una pandemia zoonótica mundial durante el Evento 201, un ejercicio estratégico coordinado por el Centro de Bioseguridad Johns Hopkins y la Fundación Bill y Melinda Gates.

21-24 de enero de 2020: Se celebra la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), en la que se habla tanto de economía como de vacunas.

23 de enero de 2020: China pone en aislamiento a Wuhan y otras ciudades de la provincia de Hubei.

11 de marzo de 2020: El director general de la OMS califica el covid-19 de pandemia. El resto es historia.

Unir los puntos es un ejercicio bastante sencillo. Si lo hacemos, podríamos ver surgir un esquema narrativo bien definido, cuyo resumen sucinto dice lo siguiente: los confinamientos y la suspensión global de las transacciones económicas tenían como objetivo 1) Permitir a la Reserva Federal inundar los maltrechos mercados financieros con dinero recién impreso a la vez que se aplazaba la hiperinflación; y 2) Introducir programas de vacunación masiva y pasaportes sanitarios como pilares de un régimen neofeudal de acumulación capitalista. Como veremos, los dos objetivos se funden en uno solo.

En 2019 la economía mundial estaba plagada de la misma enfermedad que había causado la crisis crediticia de 2008. Se asfixiaba bajo una montaña insostenible de deuda. Muchas empresas públicas no podían generar suficientes beneficios para cubrir el pago de los intereses de sus propias deudas y se mantenían a flote únicamente mediante la concesión de nuevos préstamos. Las “empresas zombi” (con baja rentabilidad interanual, caída de la facturación, márgenes reducidos, flujo de caja limitado y un balance muy apalancado) surgían por doquier. El colapso del mercado de repos de septiembre de 2019 debe situarse en este frágil contexto económico.

Cuando el aire está saturado de materiales inflamables, cualquier chispa puede provocar la explosión. Y en el mágico mundo de las finanzas, “tout se tient”: un aleteo de mariposa en un determinado sector puede hacer caer todo el castillo de naipes. En los mercados financieros alimentados por préstamos baratos, cualquier aumento de los tipos de interés es potencialmente cataclísmico para los bancos, los fondos de cobertura, los fondos de pensiones y todo el mercado de bonos del Estado, porque el coste de los préstamos aumenta y la liquidez se seca. Es lo que ocurrió con el “repocalipsis” de septiembre de 2019: los tipos de interés se dispararon hasta el 10,5 por ciento en cuestión de horas, el pánico se desató afectando a los futuros, las opciones, las divisas y otros mercados en los que los operadores apostaban tomando prestado de los “repos”. La única forma de desactivar el contagio fue arrojando toda la liquidez necesaria al sistema, como si los helicópteros lanzaran miles de galones de agua sobre un incendio forestal. Entre septiembre de 2019 y marzo de 2020, la Fed inyectó más de 9 billones de dólares en el sistema bancario, lo que equivale a más del 40 por ciento del PIB estadounidense.

Los confinamientos salvaron a los mercados financieros

Por lo tanto, la narrativa dominante debería invertirse: el mercado de valores no se derrumbó (en marzo de 2020) porque se tuvieran que imponer confinamientos; más bien, se tuvieron que imponer los confinamientos porque los mercados financieros se estaban derrumbando. Con los confinamientos llegó la suspensión de las transacciones comerciales, que drenó la demanda de crédito y detuvo el contagio. En otras palabras, la reestructuración de la arquitectura financiera mediante una política monetaria extraordinaria estaba supeditada a que se apagara el motor de la economía. Si la enorme masa de liquidez bombeada al sector financiero hubiera llegado a las transacciones sobre el terreno, se habría desencadenado un tsunami monetario de consecuencias catastróficas.

Como afirmó la economista Ellen Brown, fue “otro rescate”, pero esta vez “al amparo de un virus”. Del mismo modo, John Titus y Catherine Austin Fitts señalaron que la “varita mágica” del covid-19 permitió a la Fed ejecutar el plan de “ir directo” de BlackRock, literalmente: llevó a cabo una compra sin precedentes de bonos del Estado, mientras que, en una escala infinitesimal, también emitió “préstamos covid” respaldados por el gobierno a las empresas. En resumen, sólo un coma económico inducido proporcionaría a la Reserva Federal el espacio necesario para desactivar la bomba de relojería que estaba haciendo tictac en el sector financiero. Cribado por la histeria de las masas, el banco central estadounidense tapó los agujeros del mercado de préstamos interbancarios, esquivando la hiperinflación, así como el “Consejo de Supervisión de la Estabilidad Financiera” (la agencia federal para la supervisión del riesgo financiero creada tras el colapso de 2008). Sin embargo, el proyecto de “ir directo” también debe enmarcarse como una medida desesperada, ya que sólo puede prolongar la agonía de una economía global cada vez más rehén de la impresión de dinero y la inflación artificial de los activos financieros.

En el centro de nuestro predicamento se encuentra un impasse estructural insuperable. La financiarización apalancada por la deuda es la única línea de fuga del capitalismo contemporáneo, la inevitable ruta de avance-escape de un modelo reproductivo que ha alcanzado su límite histórico. Los capitales se dirigen a los mercados financieros porque la economía basada en el trabajo es cada vez menos rentable. ¿Cómo hemos llegado a esto?

La respuesta puede resumirse de la siguiente manera 1. La misión de la economía de generar plusvalía es a la vez la de explotar la fuerza de trabajo y la de expulsarla de la producción. Esto es lo que Marx llamaba la “contradicción móvil” del capitalismo (1). Aunque constituye la esencia de nuestro modo de producción, esta contradicción hoy en día es contraproducente, convirtiendo la economía política en un modo de devastación permanente. 2. La razón de este cambio de suerte es el fracaso objetivo de la dialéctica trabajo-capital: la aceleración sin precedentes de la automatización tecnológica desde los años 80 hace que se expulse de la producción más fuerza de trabajo de la que se (re)absorbe. La contracción del volumen de los salarios hace que el poder adquisitivo de una parte creciente de la población mundial disminuya, con el endeudamiento y la inmisericordia como consecuencias inevitables. 3. Como se produce menos plusvalía, el capital busca rendimientos inmediatos en el sector financiero apalancado por la deuda en lugar de hacerlo en la economía real o invirtiendo en sectores socialmente constructivos como la educación, la investigación y los servicios públicos.

La conclusión es que el cambio de paradigma en curso es la condición necesaria para la supervivencia (distópica) del capitalismo, que ya no es capaz de reproducirse a través del trabajo asalariado de masas y la utopía consumista que lo acompaña. La agenda pandémica fue dictada, en última instancia, por la implosión sistémica: la caída de la rentabilidad de un modo de producción que la automatización desenfrenada está haciendo obsoleto. Por esta razón inmanente, el capitalismo es cada vez más dependiente de la deuda pública, los bajos salarios, la centralización de la riqueza y el poder, el estado de emergencia permanente y las acrobacias financieras.

Si “seguimos al dinero” veremos que el bloqueo económico atribuido taimadamente a un virus ha logrado resultados nada despreciables, no sólo en términos de ingeniería social, sino también de depredación financiera. Destacaré rápidamente cuatro de ellos.

1) Como se preveía, ha permitido a la Reserva Federal reorganizar el sector financiero imprimiendo un flujo continuo de miles de millones de dólares de la nada; 2) Ha acelerado la extinción de las pequeñas y medianas empresas, permitiendo a los grandes grupos monopolizar los flujos comerciales; 3) Ha deprimido aún más los salarios laborales y ha facilitado un importante ahorro de capital mediante el “trabajo inteligente” (que es especialmente inteligente para quienes lo aplican); 4) Ha permitido el crecimiento del comercio electrónico, la explosión de las grandes tecnologías y la proliferación de la industria farmacéutica, que también incluye la tan denostada industria del plástico, que ahora produce millones de nuevas mascarillas y guantes cada semana, muchos de los cuales acaban en los océanos (para alegría de los “nuevos comerciantes verdes”). Sólo en 2020, la riqueza de los cerca de 2.200 multimillonarios del planeta creció en 1,9 billones de dólares, un aumento sin precedentes históricos. Todo ello gracias a un patógeno tan letal que, según datos oficiales, sólo el 99,8 por ciento de los infectados sobrevive, la mayoría de ellos sin experimentar ningún síntoma.

Hacer el capitalismo de otra manera

El motivo económico de la “caza” del covid debe situarse en un contexto más amplio de transformación social. Si rascamos la superficie de la narrativa oficial, empieza a tomar forma un escenario neofeudal. Masas de consumidores cada vez más improductivos están siendo regimentadas y desechadas, simplemente porque el Sr. Global ya no sabe qué hacer con ellas. Junto con los subempleados y los excluidos, las clases medias empobrecidas son ahora un problema que hay que manejar con el palo de los cierres, los toques de queda, la vacunación masiva, la propaganda y la militarización de la sociedad, en lugar de con la zanahoria del trabajo, el consumo, la democracia participativa, los derechos sociales (sustituidos en el imaginario colectivo por los derechos civiles de las minorías) y las “vacaciones bien ganadas”.

Por lo tanto, es ilusorio creer que el propósito de los confinamientos es terapéutico y humanitario. ¿Cuándo se ha preocupado el capital por el pueblo? La indiferencia y la misantropía son los rasgos típicos del capitalismo, cuya única pasión real es el beneficio, y el poder que conlleva. Hoy en día, el poder capitalista puede resumirse con los nombres de los tres mayores fondos de inversión del mundo: BlackRock, Vanguard y State Street Global Advisor. Estos gigantes, situados en el centro de una inmensa galaxia de entidades financieras, gestionan una masa de valor cercana a la mitad del PIB mundial y son los principales accionistas de cerca del 90 por ciento de las empresas cotizadas. En torno a ellos gravitan instituciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Foro Económico Mundial, la Comisión Trilateral y el Banco de Pagos Internacionales, cuya función es coordinar el consenso dentro de la constelación financiera. Podemos suponer sin temor a equivocarnos que todas las decisiones estratégicas clave -económicas, políticas y militares- están, como mínimo, muy influenciadas por estas élites. ¿O queremos creer que el virus les ha cogido por sorpresa? Más bien, el SARS-CoV-2 -que, según admiten el CDC y la Comisión Europea, nunca ha sido aislado ni purificado- es el nombre de un arma especial de guerra psicológica que se desplegó en el momento de mayor necesidad.

¿Por qué deberíamos confiar en un megacártel farmacéutico (la OMS) que no se encarga de la “salud pública”, sino de comercializar productos privados en todo el mundo a las tarifas más rentables posibles? Los problemas de salud pública se derivan de las pésimas condiciones de trabajo, de la mala alimentación, de la contaminación del aire, del agua y de los alimentos y, sobre todo, de la pobreza galopante; sin embargo, ninguno de estos “patógenos” figura en la lista de preocupaciones humanitarias de la OMS. Los inmensos conflictos de intereses entre los depredadores de la industria farmacéutica, las agencias médicas nacionales y supranacionales, y los cínicos ejecutores políticos, son ahora un secreto a voces. No es de extrañar que el día en que el covid-19 fue clasificado como pandemia, el FEM, junto con la OMS, lanzara la Plataforma de Acción contra el covid, una coalición de “protección de la vida” dirigida por más de 1.000 de las empresas privadas más poderosas del mundo.

Lo único que le importa a la camarilla que dirige la orquesta de la emergencia sanitaria es alimentar la máquina de obtener beneficios, y cada movimiento se planifica con este fin, con el apoyo de un frente político y mediático motivado por el oportunismo. Si la industria militar necesita guerras, la industria farmacéutica necesita enfermedades. No es casualidad que la “salud pública” sea, con mucho, el sector más rentable de la economía mundial, hasta el punto de que las grandes farmacéuticas gastan en grupos de presión el triple que las grandes petroleras y el doble que las grandes tecnológicas. La demanda potencialmente interminable de vacunas y brebajes genéticos experimentales ofrece a los cárteles farmacéuticos la perspectiva de flujos de beneficios casi ilimitados, especialmente cuando se garantizan con programas de vacunación masiva subvencionados con dinero público (es decir, con más deuda que caerá sobre nuestras cabezas).

¿Por qué se han prohibido o saboteado criminalmente todos los tratamientos covid? Como admite cándidamente la FDA, el uso de vacunas de emergencia sólo es posible si “no hay alternativas adecuadas, aprobadas y disponibles”. Un caso de verdad oculta a la vista. Además, la actual religión de las vacunas está estrechamente vinculada al auge del fármaco-dólar, que, al alimentarse de las pandemias, está llamado a emular las glorias del “petrodólar”, permitiendo a Estados Unidos seguir ejerciendo la supremacía monetaria mundial. ¿Por qué toda la humanidad (¡incluidos los niños!) debe inyectarse “vacunas” experimentales con efectos adversos cada vez más preocupantes pero sistemáticamente minimizados, cuando más del 99 por ciento de los infectados, la gran mayoría asintomáticos, se recuperan? La respuesta es obvia: porque las vacunas son el becerro de oro del tercer milenio, mientras que la humanidad es material de explotación de “última generación” en modalidad de cobaya.

En este contexto, la puesta en escena de la pantomima de la emergencia tiene éxito gracias a una manipulación inaudita de la opinión pública. Todo “debate público” sobre la pandemia está descaradamente privatizado, o más bien monopolizado por la creencia religiosa en comités técnico-científicos financiados por las élites financieras. Todo “debate libre” se legitima mediante la adhesión a protocolos pseudocientíficos cuidadosamente purgados del contexto socioeconómico: se “sigue la ciencia” mientras se finge no saber que “la ciencia sigue el dinero”. La famosa afirmación de Karl Popper de que la “ciencia real” sólo es posible bajo la égida del capitalismo liberal en lo que él llamaba “la sociedad abierta” (2), se está haciendo realidad en la ideología globalista que anima, entre otros, la Open Society Foundation de George Soros. La combinación de “ciencia real” y “sociedad abierta e inclusiva” hace que la doctrina covid sea casi imposible de desafiar.

Para el covid-19, pues, podríamos imaginar la siguiente agenda. Se prepara una narrativa ficticia basada en un riesgo epidémico presentado de tal manera que promueva el miedo y el comportamiento sumiso. Lo más probable es que se trate de un caso de reclasificación diagnóstica. Todo lo que se necesita es un virus de la gripe epidemiológicamente ambiguo, sobre el que construir un relato agresivo de contagio relacionable con zonas geográficas en las que el impacto de las enfermedades respiratorias o vasculares en la población de edad avanzada e inmunodeprimida es elevado, quizás con el agravante de la fuerte contaminación. No hay que inventar mucho, puesto que las unidades de cuidados intensivos de los países “avanzados” ya se habían colapsado en los años anteriores a la llegada del covid, con picos de mortalidad para los que nadie había soñado con exhumar la cuarentena. En otras palabras, los sistemas de salud pública ya habían sido demolidos y, por tanto, preparados para el escenario pandémico.

Pero esta vez hay método en la locura: se declara el estado de emergencia, lo que desencadena el pánico, provocando a su vez el atasco de hospitales y residencias (con alto riesgo de sepsis), la aplicación de nefastos protocolos y la suspensión de la asistencia médica. Et voilà, ¡el virus asesino se convierte en una profecía autocumplida! La propaganda que recorre los principales centros de poder financiero (especialmente Norteamérica y Europa) es esencial para mantener el “estado de excepción” (Carl Schmitt), que se acepta inmediatamente como la única forma posible de racionalidad política y existencial. Poblaciones enteras expuestas al fuerte bombardeo mediático se rinden por autodisciplina, adhiriéndose con grotesco entusiasmo a formas de “responsabilidad cívica” en las que la coacción se transforma en altruismo.

La prueba PCR es el motor de la pandemia

Todo el guión de la pandemia -desde la “curva de contagio” hasta las “muertes de covid“- se apoyan en la prueba PCR, autorizada para la detección del SARS-CoV-2 por un estudio elaborado en tiempo récord por encargo de la OMS. Como muchos sabrán a estas alturas, la falta de fiabilidad diagnóstica de la prueba PCR fue denunciada por su propio inventor, el premio Nobel Kary Mullis (desgraciadamente fallecido el 7 de agosto de 2019), y reiterada recientemente por, entre otros, 22 expertos de prestigio internacional que exigieron su retirada por claros fallos científicos. Obviamente, la petición cayó en saco roto.

Funciona a través de los infames “umbrales de ciclo“: cuantos más ciclos haga, más falsos positivos (infecciones, muertes por covid) producirá, como admitió imprudentemente incluso el gurú Anthony Fauci al afirmar que los hisopos no tienen valor por encima de los 35 ciclos. Ahora bien, ¿por qué durante la pandemia se llevaron a cabo rutinariamente amplificaciones de 35 ciclos o más en los laboratorios de todo el mundo? Incluso el New York Times -que ciertamente no es una guarida de peligrosos negadores del covid- planteó esta cuestión clave el verano pasado. Gracias a la sensibilidad del hisopo, la pandemia puede abrirse y cerrarse como un grifo, lo que permite al régimen sanitario ejercer un control total sobre el “monstruo numerológico” de los casos y las muertes por covid, los instrumentos clave del terror cotidiano.

Todo este alarmismo continúa hoy en día, a pesar de la flexibilización de algunas medidas. Para entender por qué, debemos volver al motivo económico. Como se ha señalado, los bancos centrales han creado varios billones de dinero recién impreso con unos pocos clics de ratón y los han inyectado en los sistemas financieros, donde han permanecido en gran parte. El objetivo de la fiebre de impresión era tapar los calamitosos déficits de liquidez. La mayor parte de este “dinero mágico” sigue congelado en el sistema bancario en la sombra, en las bolsas de valores y en varios esquemas de moneda virtual que no están destinados a ser utilizados para el gasto y la inversión. Su función es únicamente proporcionar préstamos baratos para la especulación financiera. Esto es lo que Marx llamaba “capital ficticio”, que continúa expandiéndose en un bucle orbital que ahora es completamente independiente de los ciclos económicos sobre el terreno.

La conclusión es que no se puede permitir que todo este dinero en efectivo inunde la economía real, ya que ésta se recalentaría y desencadenaría una hiperinflación. Y aquí es donde el virus sigue siendo útil. Si al principio sirvió para “aislar la economía real” (citando de nuevo el documento del BPI), ahora supervisa su tímida reapertura, caracterizada por la sumisión al dogma de la vacunación y a los métodos cromáticos de regimentación masiva, que pronto podrían incluir el bloqueo climático. ¿Recuerdan cómo se nos dijo que sólo las vacunas nos devolverían la “libertad“? Como era de esperar, ahora descubrimos que el camino hacia la libertad está plagado de “variantes”, es decir, de iteraciones del virus. Su objetivo es aumentar el “recuento de casos” y, por lo tanto, prolongar los estados de emergencia que justifican la producción de dinero virtual por parte de los bancos centrales para monetizar la deuda y financiar los déficits. En lugar de volver a los tipos de interés normales, las élites optan por normalizar la emergencia sanitaria alimentando el fantasma del contagio. El tan publicitado “tapering” (reducción del estímulo monetario) puede, por tanto, esperar, al igual que el “pandexit”.

En la Unión Europea, por ejemplo, el “programa de compras de emergencia para la pandemia” del Banco Central Europeo, de 1,85 billones de euros, conocido como PEPP, está previsto que continúe hasta marzo de 2022. Sin embargo, se ha insinuado que podría ser necesario ampliarlo más allá de esa fecha. Mientras tanto, la variante delta está causando estragos en la industria de los viajes y el turismo, con nuevas restricciones (incluida la cuarentena) que interrumpen la temporada de verano. Una vez más, parece que estamos atrapados en una profecía autocumplida (especialmente si, como han insinuado el premio Nobel Luc Montagnier y muchos otros, las variantes, por leves que sean, son consecuencia de agresivas campañas de vacunación masiva). Sea como fuere, lo fundamental es que el capitalismo senil sigue necesitando al virus, cuya única posibilidad de supervivencia depende de generar un cambio de paradigma del liberalismo al autoritarismo oligárquico.

Aunque su crimen dista mucho de ser perfecto, hay que reconocer a los orquestadores de este golpe global una cierta brillantez sádica. Su juego de manos ha tenido éxito, tal vez incluso más allá de las expectativas. Sin embargo, cualquier poder que pretenda la totalización está destinado a fracasar, y esto se aplica también a los sumos sacerdotes de la religión covid y a las marionetas institucionales que han movilizado para desplegar la psicopatología de la emergencia sanitaria. Después de todo, el poder tiende a engañarse a sí mismo sobre su omnipotencia. Los que están sentados en la sala de control no se dan cuenta de hasta qué punto su dominio es incierto. Lo que no ven es que su autoridad depende de una “misión superior”, a la que permanecen parcialmente ciegos, a saber, la autorreproducción anónima de la matriz capitalista. El poder actual reside en la máquina de hacer beneficios, cuyo único propósito es continuar su temerario viaje, que podría conducir a la extinción prematura del Homo sapiens. Las élites que han embaucado al mundo para que obedezca al covid son la manifestación antropomórfica del autómata capitalista, cuya invisibilidad es tan astuta como la del propio virus. Y la novedad de nuestra época es que la “sociedad cerrada” es el modelo que mejor garantiza la reproducibilidad de la máquina capitalista, independientemente de su destino distópico.

Notas

1. Karl Marx, Grundrisse (London: Penguin, 1993), 706.
2. Karl Popper, The Open Society and its Enemies, 2 volumes (Princeton: Princeton UP, 2013).

Por gentileza de mpr21 y The Philosophical Salon

 

El psicoanálisis: una resistencia a lo medible y observable *

* Pasantía de Grado

Carlos Andrés Acosta Ochoa
Estudiante de último semestre de Psicología
Semillero de investigación: psicoanálisis y sociedad | Fundación Universitaria Los Libertadores | Bogotá | Colombia.
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Resumen

Resumen

El presente artículo abordará el debate académico del estatus científico que actualmente tiene la psicología, pero paralelamente excluyente al psicoanálisis, por lo cual se pretende hacer un análisis de la aversión obtenida hacia este dispositivo terapéutico , que durante mucho tiempo ha participado en acalorados debates relacionados con su vigencia en la actualidad, por lo tanto, nuestra primera cuestión será el ¿para qué? de este rechazo, siendo el que ocasiono el cierre argumental de su mismo discurso, frente a la cuestión mental ofrecida en el abordaje del malestar psíquico. De entrada, se recalca la frontera actual entre el psicoanálisis y la misma psicología, trazada incluso por intelectuales de cada lado, dejando distorsionado el panorama de la participación y relevancia de este dispositivo teórico, investigativo y terapéutico. Según su trayectoria en la historia del estudio mental ha despertado pasiones y acalorados debates, siendo cuestionado por teorías positivistas, que pretenden instrumentalizar la conciencia humana dando a luz a paradigmas emergentes, como fuerzas alternativas de estudio de la mente, comportamiento u objeto de estudio según sus ambiciones, cuando en realidad carecen de la objetividad que tanto exclaman, por lo que, empieza a surgir la necesidad de replantearse nuevos horizontes para la psicología.

Palabras clave: psicoanálisis, ciencia, positivismo, mente, conciencia, paradigma.

Abstract

This article will address the academic debate on the scientific status that psychology currently has, but in parallel excluding psychoanalysis, so we intend to make an analysis of the aversion obtained towards this therapeutic device, which for a long time has participated in heated debates related to its validity at present, therefore, our first question will be the why? of this rejection, being the one that caused the argumentative closure of his same speech, against the mental question offered in the approach to psychic discomfort. From the outset, the current frontier between psychoanalysis and psychology itself is emphasized, drawn even by intellectuals from each side, distorting the panorama of the participation and relevance of this theoretical, research and therapeutic device. According to its trajectory in the history of mental study, it has aroused passions and heated debates, being questioned by positivist theories, which pretend to instrumentalize human consciousness giving birth to emerging paradigms, as alternative forces of study of the mind, behavior or object of study according to their ambitions, when in reality they lack the objectivity they so much exclaim, therefore, the need to rethink new horizons for psychology begins to emerge.

Keywords: science, psychoanalysis, positivism, mind, consciousness, paradigm.

Introducción

En la historia se han caracterizado las teorías de la psique, más conocidas como escuelas psicológicas, diseñadas para abordar los malestares del sujeto actual, que en su afán de solucionar angustias y fenómenos sociales del presente, configuraron saberes, rifando el estatus científico a los postulados más acoplados al clima intelectual de cada época, como si fuera un premio o cuya exclusividad solamente podría ser utilizada, para imponer calificativos tácitos de verdades no cuestionadas en aquel entonces.

Ahora bien, podemos hallar en los trabajos científicos más ovacionados algunas metodologías que al criterio general, y analizadas minuciosamente, se convierten en desaciertos epistemológicos, por no dar coherencia al cuerpo filosófico que exponen, como por ejemplo: examinar objetos de estudio relacionados con la conciencia, creando un constructo no identificado del todo y que el psicoanálisis ha tratado de examinar, otorgándole toda la rigurosidad para no aceptar verdades incompletas, sino al contrario, replantear nuevas preguntas para hallar respuestas en coherencia hacia las interrogantes mal estructuradas.

Esto también lleva la indagación sobre métodos ideográficos a un terreno investigativo, el cual sigue siendo blanco de ataques académicos, que sumergidos en el pragmatismo teórico y no reconocen los aciertos de esta disciplina llamada psicoanálisis. Sin embargo, la cuestión se complica cuanto este problema de plantear buenas preguntas al investigar, no solamente está en los campos asociados a la mente humana, y por lo tanto es necesario recurrir a conocimientos interdisciplinares de otros campos del saber para rellenar huecos argumentales que la psicología actual aun no puede solucionar de forma independiente.

Ahora bien, ¿es oportuno recibir conocimiento de otras disciplinas para que subsanen las dudas que la psicología no ha podido contestar sola? O por lo contrario reconocer que el psicoanálisis lo ha marcado desde el principio, como desaciertos que ha tenido la psicología. Algunos piensan que es un acto desalentador creer que la psicología pueda llegar a resolver sus propias dudas con los métodos que ha diseñado propiamente, incluso es llamativo que se consolide una psicología moderna con aportes de otros departamentos académicos, creando un híbrido nomotético que pueda otorgar fórmulas de acción rápida para los problemas cotidianos.

El contexto histórico de donde emerge un conocimiento logra introducir elementos muy característicos que van impresos, como una firma dentro de un planteamiento o teoría, que si preferimos llamarlo de otra forma seria una huella histórica que reorienta la visión del intelectual, según la época que expone su argumento y paso a paso lo perfecciona, es decir; para defenderlo y compartirlo al mundo, incluso hasta configurar un lenguaje, pues este logra articular ontogénicamente cada grupo disciplinario que estudia algún fenómeno, llevándolo a pensar que está ligado al tiempo donde se exponen, francamente (…) convirtiéndose en limitaciones del mismo, que se representan como problemas sociales o fantasmas culturales.

Actualmente pareciera que la psicología solamente debe orientar su ruta hacia la verdad cuantificada, pero cualquier conocimiento del orden hermenéutico debe estar pre evaluado y encapsulado en la caverna académica, para que sus constructos se orienten únicamente hacia la poesía y literatura, sin que tenga la posibilidad de expresar su carácter disciplinar e investigativo que lo caracteriza en los hallazgos de otros campos del saber ideográfico. La psicología como toda disciplina joven aun “resbala” en sus mismas confusiones epistemológicas, pues el objeto de estudio de la misma nos arrastra al plano de discusión por sus mismas inconsistencias, es decir que, la personalidad, conducta, emoción y sentimiento parecieran ser elementos ya plenamente definidos y entendidos, incluso corroborado por la cantidad de investigaciones existentes en el mar bibliográfico que podemos encontrar por Internet, sin embargo (…) Si estudiamos los oportunos intentos que la psicología positivista ha intentado posesionarse en diferentes áreas del conocimiento humano podremos identificar que han podido colonizar la mayoría de los saberes prácticos exigiendo rigurosidad, evidencia, experimentación y la verdad a cada aspecto que goce del estatus de ser información académica, puesto que la psicología como un abordaje técnico a la realidad psíquica del sujeto, no se salvaría de enfrentar tal cruzada.

Parte 1

Debemos analizar que los exponentes del conocimiento que pasa a ser validado como científico, están ubicados como sujetos en un lugar muy particular de la historia, donde las ideas que promulgan están matizadas por el contexto histórico que afrontan y en cada lazo social del cual tienen contacto. Estamos hablando que las teorías que nacen en determinada época, las cuales llevan un poco de material político, social, tecnológico incluso hasta teológico, convierten al sujeto, en un individuo que arrastra una cantidad de esquemas y posturas con las que ha podido construir su conocimiento, exponiéndolo al mundo (…) “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época” (Lacan, 1953, p. 309), no obstante, aquel individuo también queda atrapado en sus propias contradicciones, pues este será transformado por su deseo de satisfacer resultados que le exige una institución, una empresa, o un círculo científico logrando evadir las aspiraciones iniciales que lo motivaron a conectarse con el mundo del conocimiento y que sin querer van a generar un impacto académico para las generaciones que le sigan, por consecuencia del abandono de sus convicciones intelectuales que llanamente se dilataron por influencia del entorno social.

Es importante que el psicólogo actual, o el que se instruya como profesional de la mente pueda contemplar la posibilidad que en su trayecto como aprendiz tendrá que colocar sus creencias en duda, y vaciar el cántaro de la moralidad que reposa en su personalidad ya definida, esto permitirá que pueda explorar diferentes perspectivas con otras miradas hacia el objeto de estudio que desee conocer en su enfoque psicológico. No es más que analizar los discursos que decoran las más llamativas teorías del comportamiento, y por más desquiciadas que aparenten, están hechas con rigurosidades amparadas por teóricos, científicos e instituciones que defenderán a muerte dichas verdades, será un duro trabajo empezar a diseccionar cada teoría y comprobar su verdad, ¿cómo realizarlo? (…) Debemos plantearnos el interrogante en que época estamos para poderlo hacer, y si tenemos acceso a las herramientas para cuestionarnos, pues esta posmodernidad en la que se vive actualmente ha planteado el método de la experimentación para comprobar dudas, trabajadas con tubos de ensayo, rayos gamma y microscopios, según todo lo que pueda ser real, y lo demás será desechado por no quedar enmarcado en una fórmula matemática o esquema nomotético. Realmente el discurso positivista de la realidad observable, medible y cuantificable puede llegar a reconocer casi todos los fenómenos de la naturaleza externa del hombre, pero (…) ¿la interna?, Como medir las experiencias que la vida mental le otorga a la existencia humana, que, si bien se han representado en el arte y la religión, por no mencionar cada aspecto humano retratado en el mundo tangible. La reducción de estas nociones teológicas y sensibles del alma humana, no se pueden pasar desapercibidas, por el contrario, el psicoanálisis existe para combatir tales criterios he incomodar las supuestas verdades que se tienen sobre la fenomenología psíquica del sujeto, para tal caso es indispensable que los estudios e investigaciones puedan ser contrastadas con las ideas que el autor está diciendo y con el contexto histórico en que está inmerso. Por eso algunos conceptos trabajados en el pasado ya nos acerca al término que podría responder y aclarar el conjunto de personas que valida y acepta los conocimientos en una comunidad y un tiempo en específico, tradicionalmente llamado como: “comunidad científica” pero que en realidad en los términos académicos es de otra forma de definir aquellas elites que se jactan de conocer los fenómenos sensibles de la mente humana (Simonetti, 2012).

La profesión nos exige explorar diferentes paradigmas que construyen los estudios en psicología, y que en sus inicios lograron popularizar el ejercicio de la terapia, amalgamada con la investigación, lográndose instaurar en la memoria de la colectividad, con aquellos imaginarios en los que el profesional de la psique tendría que llevar como su mayor victoria en un mundo de especulación o por lo contrario sería el arma de doble filo que lo llevaría a estructurar la crisis filosófica que hoy vive esta disciplina a la cual cada década pareciera que su definición se pierde más y queda en manos de los interés o grupos elites que no tienen nada que ver con ese constructo llamado psicología, la tradición académica nos remonta a conocer 3 fuerzas con las que se crearon las perspectivas del mundo civilizado actual, son 3 iniciales como el psicoanálisis, conductismo y humanismo. Estas teorías proponen una óptica diferente de la mente humana y su relación con los aspectos clínicos del sujeto, han acompañado la psicología como el corazón teórico para los avances y desaciertos que ha tenido la profesión, sin embargo desde hace unas décadas dichos paradigmas han sido sometidos a verificaciones académicas para analizar y concluir que tan científico son, y al dictaminar lo contrario rechazar dichos saberes, ya que estos conocimientos son realizados en unas épocas muy particulares de la historia de la psicología, iniciando una tradición de métodos introspectivos trabajados en laboratorios para estudiar la sensación y percepción, con la intención de medir variables psíquicas con métodos matemáticos, pero que al tiempo, en diferentes partes del mundo una disciplina del poder de la palabra tomaba muchísima fuerza para el tratamiento de la histeria y la aparición de la neurosis como malestares mentales, que al poco tiempo dicho método seria debatido por los estudios de la reflexología rusa, impulsando los inicios de las teorías del reflejo condicionado y la modificación de conducta que terminarían cambiando el objeto de estudio que inicialmente fue la conciencia, por la conducta… ¿por qué? Esta era observable medible y cuantificable, es decir, matematizar con fórmulas y tubos de ensayo la vida anímica del ser humano por el hecho que la conciencia no puede pasar por los instrumentos tecnológicos con los que experimentan y así poder verla (Bassols, 2014).

La justificación podría estar ambientada por las comunidades científicas que dictaminan los saberes y las verdades de las teorías, ya que en la psicología se gestarían congresos e importantes reuniones con el fin de socializar la información estudiada, en diferentes temas, estos círculos sociales pertenecen a una generación de pensadores que vienen siendo producto del tiempo en el que nacen, exponiendo una “forma específica de organización social en la que la generación, el procesamiento y la transmisión de información se convierten en las fuentes fundamentales de productividad y poder debido a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en este período histórico”(p. 51, Castells, 2000) y, por lo tanto, las sociedades de cada tiempo en resumidas son, ideas y valores muy característicos del momento histórico que se vive, ¿Dónde estaría ubicada los inicios de la psicología? Y ¿dónde está ubicada la psicología en la actualidad? Estas dos cuestiones no parecen tener mucha relevancia en el profesional actual, ya que, edifica su criterio en la línea positivista y pragmática que el desarrollo cultural y tecnológico ofrece, pues estamos viviendo en la era de la comunicación y la información, donde cada dato es un fundamental para capitalizar el modelo neoliberal del cual somos perteneciente. Este influye en la construcción de saberes dentro de la psicología actual, en esta época en particular crea el escenario perfecto para que la psicología adopte los esquemas políticos ya inmersos en las comunidades científicas que sin darse cuenta siguen lineamientos de la modernidad actual anteponiendo los valores éticos que tiene la promulgación científica en cada campo del saber humano, por tanto la bandera del positivismo en la psicología nueva, está proponiendo la reducción del individuo únicamente a la búsqueda del éxito y normalización de conductas, separando lo bueno y lo malo, sin antes estudiar las complejidades que conllevan establecer juicios dentro de una disciplina tan seria como la que estudia la mente y comportamiento humano. Estos valores son muy distanciados de los planteados al iniciar loes estudios de la mente humana, los cuales se enfocaban en estudiar las primeras manifestaciones anímicas relacionadas en intentar comprender la vida interna del hombre, por ejemplo: decir que en la época arcaica las sensaciones internas se orientaban al estudio del alma y los fenómenos que se relacionaban con ella, tanto como exotéricos, artísticos, y religiosos. Esto engloba un conjunto de saberes tradicionales en las primeras culturas existentes de la humanidad, así generando formas de pensamiento míticas para darle una explicación a las subjetividades inmersas en cada persona.

¿El Para qué?

Las intenciones que la psicología demanda en la actualidad son un conocimiento que tenga un valor pragmático, técnico y económico, debido a que la utilidad de la información adquirida se debe enfocar hacia un avance futurista, planteando metas y así en el camino se pueda ir obteniendo toda la sabiduría por medio de la experimentación. Por lo tanto, si no pasa por la rigurosidad del laboratorio o del análisis experimental será desechado sin ningún valor, ya que la tendencia del modelo positivista expone la búsqueda de la verdad por medio de la cuantificación estadística únicamente, creando así una serie de manuales con pasos específicos para que técnicamente se elabore la ruta que reduzca las complejidades a unidades manipulables, y por último poder obtener una ganancia monetaria por dichos esfuerzos. Se convertiría en una amenaza directa cualquier paradigma que pretenda cuestionar las bases teóricas de esta epistemología conceptual llamada psicología moderna, la cual viene constituida por las corrientes cognitivas, existenciales, motivaciones, conductistas y neurocientíficas que exponen un desarrollo de avances en la academia actual (Bassols, 2014).

Las hostilidades que padece el psicoanálisis como paradigma se han podido analizar desde la frontera que une el sistema social actual llamado posmodernidad, ya que, el neoliberalismo del siglo XXI expone una serie de ideales y valores muy particulares en la sociedad moderna, dicho contenido es instaurado de forma cultural en la masa, y desde los primeros años de la infancia se puede ver una tendencia política, que es enseñada al primer contacto con la sociedad que son las instituciones educativas. Dichos temas de la escala cognitiva en el aprendizaje del infante son un terreno bastante extenso que el psicoanálisis ha venido estudiando y ha podido sustentar con investigaciones del sujeto en sus primeros años de vida, y como este entra en conflicto con la moralidad social de un sistema económico político, que puede influir en un desarrollo inconsciente de la mente. Lo mencionado anteriormente la psicología lo conoce de mano, reconoce que la política de los estados y territorios a nivel global logran ejercer un control y modelamiento sobre el crecimiento intelectual de los sujetos, independiente de la nacionalidad, puede ser claro en afirmar que los niños que crecen en china continental no reconocerán las mismas motivaciones sociales que un neonato mexicano, ya que por obvias razones políticas los dos individuos se desarrollan en diferentes sistemas económicos totalmente opuestos.

Por otro lado la psicología en su intento de llegar a la verdad, decide que en sus inicios enfocar su investigación al estudio de la conciencia, y los fenómenos sensibles que ella involucra, pero con la introducción de la ciencia moderna y paradigmas emergentes, dichas intenciones se orientaron a cambiar el objeto de análisis por el de la conducta, apartando de lado la realidad psíquica que inicialmente que contemplaba la fenomenología, como un estudio riguroso y serio de la vida interna del hombre, y de este como interactuaba con su entorno, esto lleva a descubrir que la aversión teórica al freudismo, que está estrechamente relacionada con la imposibilidad de asemejarse a los principios técnicos y pragmáticos, por lo tanto no podría tener un valor científico, y cualquier conocimiento independiente fuera de este orden tendría que ser de otro conjunto académico (…) pero jamás psicológico, llegando a manifestar que la psicología es una disciplina que se limita únicamente a los aspectos conscientes del sujeto.

Rápidamente el psicoanálisis quedaría excluido del plano académico, y para garantizar que no se involucrara en los aspectos mentales, se categorizó sus intenciones como pseudocientíficas y poco confiables, utilizando todos sus elementos literarios que sirvieron para materializar la investigación del inconsciente, como posibles desaciertos y poco pragmáticos para el ejercicio de la investigación. Esto llevo a nombrar dichos resultados como conclusiones románticas, fantasiosas, incestuosas, pornográficas e inmorales, ya que, venían de una época arcaica y primitiva, como si las letras y los pensamientos allí reflejados no tuvieran ninguna relevancia en la psique de las personas, o peor aún (…) como si la conciencia humana estuviera estructurada solo con perfección y pureza moral.

Se logró encasillar al psicoanálisis en un contexto poco confiable, dejándole de lado, solo por no doblegar sus convicciones, y poderse adaptar a las que le ofrecía el supuesto mundo del progreso, para prueba de eso; en la cultura popular solo se les quiso mostrar los trabajos de la teoría sexual, los desaciertos que tuvo los tratamientos de la hipnosis, la experimentación de la cocaína, el Edipo y sus confusiones. La consecuencia de tal desprestigio, se encuentra en el lugar que ocupa el analista, quedando marcado para siempre, y poniendo a cuestionar si realmente hubo una intención sistemática para marginar un conocimiento de tal forma que solo se pudiese analizar bajo el mal criterio de los círculos científicos, o por lo contrario, le daría la razón total al psicoanálisis, reforzando la idea de que la naturaleza inconsciente de la civilización siempre está destinada a negar sus temores y miedos, a esconder por vergüenza sus verdaderos instintos ontogenéticos por encima de cualquier moralidad social. Por esas opiniones emergentes, las diferentes corrientes empezaron a remplazar las primeras ambiciones que tenía la psicología en sus inicios, y los representantes del psicoanálisis trazarían una frontera filosófica para separarse (Ferndez, 1999).

El psicoanálisis nace por la intención de establecer una teoría, una terapia y una forma de investigación a los fenómenos instaurados en la vida psíquica del sujeto partiendo de la noción del inconsciente pudieron establecer las primaras rutas de estudios, que llegarían a funcionar como una cura para los malestares cotidianos de la época, más allá del tratamiento a la histeria o las intervenciones clínicas que un psicoanalista le pueda hacer a una neurosis, cabe recordar que la teoría del inconsciente creada por Sigmund Freud, logro desarrollarse en un contexto bastante hostil, no solo por los ataques académicos a sus postulados, si no la realidad social que un judío en la Europa clásica, tendría que vivir en aquel sistema que imperaba en la época, permitiría realizar ciertas libertades políticas y artísticas, sin embargo, al mismo tiempo en aquella época se sometía al individuo a un balance casi alienante, sin ninguna contradicción que pusiera en duda sus creencias actuales o sacudiera su esquema moral familiar, debido al frecuente discurso moral eclesiástico, fue así el caso con la religión que en aquel entonces era más radical con las interpretaciones de la realidad que exponían los intelectuales, tratando de dejar el difícil legado del oscurantismo medieval, planteo su contradicción a los temas frente a la sexualidad y naturaleza humana, constituyéndose así como una institución dogmática donde el uso de la razón se vería orientado únicamente a los intereses internos de su círculo eclesiástico. Esto generaría que naturalmente los conocimientos religiosos se tomaran como esotéricos y místicos, ya que no abría las puertas al mundo científico y prefería centrarse en las creencias monoteístas, sin embargo, más adelante el modelo filosófico que manejaba la iglesia seria único e irrepetible, no por su verdad o discurso frente al mundo, si no por lo contrario, convirtiéndose en la piedra en el zapato de varios avances sociales que involucraban al hombre y su papel en el mundo. Es necesario recordar esa mirada religiosa radical, porque esa misma visión empezó a ser replicada dentro de los mismos paradigmas científicos de la época, ¿cómo sería posible que el dogmatismo filosófico criticado por años en la religión, ahora se convirtiera en un modelo para replicar dentro de los mismos círculos científicos ?, Esta pregunta compromete a conocer las razones del fanatismo existente dentro de la misma academia científica, y da a reconocer que el conocimiento que no es evaluado y examinado, se convierte en un problema deteriorando las buenas intenciones con las que pueda tener tal fin, creando una atmósfera de necedad por conceptos que atraen y poéticamente enamoran a la sociedad acompañado de loables promesas para los malestares del diario vivir más allá de eso, la ciencia como se conoce la podemos definir en diferentes perspectivas, que han evolucionado al paso de la historia algunos afirman que “la ciencia es valiosa como herramienta para domar la naturaleza y remodelar la sociedad; es valiosa en sí misma, como clave para la inteligencia del mundo y del yo; y es eficaz en el enriquecimiento, la disciplina y la liberación de nuestra mente” (p. 36, Bunge,1981). Partiendo de este principio técnico, dicho conocimiento humano podría enfrentar varios conflictos para intentar ser definido, generado una dicotomía entre lo que es y lo que no, así empezaría avanzar con los mismos pasos criticados en la religión, promoviendo algunas profecías de mejorar el mundo y crear una sociedad más civilizada, mencionando a los mesías del laboratorio, quienes no podrían ser criticados ni puestos en duda jamás, como si se tratase de también dichas doctrinas de los estudios realizados solo se podrían seguir al pie de la letra sin duda alguna, como un manual expuesto sobre un ritual que no era más que el estudio de la conciencia y los fenómenos relacionados con la mente, pero que dichos hallazgos solo se podrían trabajar de la manera en que la indicara el paradigma, o en este caso el intelectual, científico, psicólogo, analista, o como se le categorizara al sujeto que tuviera el poder de vender y ofrecer su verdad a la colectividad. Del mismo modo que un símbolo goza del estatus de deidad o ente superior, suelen tratar a los eruditos que diseñan las más atractivas teorías, y cada intento de debate o critica seria tomado como una blasfemia sin ningún valor académico, solo sería sumergido a la burla y poca cientificidad, estas consecuencias son producto del elevado fanatismo científico que en las últimas décadas la psicología y el mismo psicoanálisis adoptaron, pero cual fue el punto de quiebre definitivo que desencadenaría la separación definitiva de los postulados y convertida en dicotomía las formas de pensar de cada lado. A continuación, explicare dicho argumento.

Si bien la psicología se adaptó a las demandas del medio académico, ya que este estaba influenciado directamente por un sistema político neoliberal que logro centrar las bases y principios de la ruta actual que continuara la disciplina, se empezaría a gestar una corriente de pensamiento diferente, generando oposición a los postulados actuales que tienen las disciplinas que estudian los procesos mentales. Emergen las posiciones psicoanalíticas que parten de la idea de los procesos inconscientes que desarrolla el sujeto en lo largo de su existencia, dando oportunidad a que la conciencia también ocupe un papel importante pero no decisivo para el tratamiento y comprensión de la psique humana, esto genera divisiones en las teorías que tradicionalmente contiene la psicología, ya que en su afán de experimentación de la objetividad de la realidad, no toma estudio de los contenidos inconscientes ya previamente analizados , y opta por tomar una posición más objetiva del ser humano en función de su mente, esto lleva a generar espacios de debate, donde la génesis de los conflictos psicológicos tienen un fundamento netamente consiente y las experiencias que el sujeto llegue a manifestar serán tratadas solamente en esta instancia, para eso, fue necesario que otras disciplinas pudieran interactuar y poder ayudar a solucionar tales conflictos , como la naturaleza humana, el lenguaje, la enfermedad mental, el desarrollo, el aprendizaje etc. Si se detiene y se opta por analizar los métodos para estudiar estas instancias del conocimiento científico se podrá llegar fácilmente a la conclusión que en la actualidad algunos de estos solo son científicos por la aceptación social que, en los paradigmas sociales, políticos incluso hasta religiosos fueron aceptados, cometiendo una falla crucial para limitar otras propuestas que se salgan del estudio netamente consiente y objetivo.

Exponiéndolo de esta forma existe un problema que aqueja a la psicología desde hace mucho y no es más que, la pobre interpretación que tiene sobre ella misma, eso quiere decir que no hay claridad de algún rumbo fijo y objetivo que pueda tomar en un futuro, el desespero por obtener la carrera hacia la verdad a sesgado grandes espacios de discusión , y es donde el malestar filosófico que tiene , empieza a evidenciarse, el enfoque actual de la disciplina solo apunta a un futuro distorsionado sin haber solucionado, las calamidades del pasado, y lo que no logra ver en sí, es el gran peso que está arrastrando por no solucionar los inconvenientes del pasado, por eso es más que necesario una reflexión histórica de lo que ha llevado la psicología y el psicoanálisis hacia los tiempos modernos, donde es más fácil dividir y dilatar los conceptos , antes que exponerlos y utilizarlos (García, 2007).

Si bien el psicoanálisis se opone al estudio netamente consiente de la mente humana, es de esperar que para desarrollar este discurso tenga que sacrificar varios estatus sociales e incluso generar contradicciones, se mantendrá esta visión para continuar militando hacia el camino de la verdad, el discurso del psicoanálisis genera las molestias que están nacidas en ese pasado confuso que la psicología no ha podido solucionar, cambiando los objetos de estudio solo por no comprenderlos suficientemente, cuando en realidad la supuesta ciencia que venerar y siguen existe que si no hay respuestas se debe cambiar el método sin tocar el objeto (…) es un error fatal que se sigue cometiendo y por tanto el psicoanálisis hace su aparición para intentar solucionar esto. Si el planteamiento inicial de Freud es estudiar los procesos inconscientes sin desviar los estudios a los contenidos consientes, porque no orientar esos fundamentos dentro de la psicología, es decir que el psicoanálisis pueda tener un lugar más dinámico en la ciencia de la conducta, o como suele llamarse en la actualidad nuestra disciplina, la ciencia del comportamiento humano, no sería tan complicado, partiendo de la idea que en el mismo psicoanálisis se han generado distintas escuelas de pensamiento que fundamentan su estudio en el yo del sujeto, esa parte consiente del individuo que claramente le pertenece al estudio de la psicología moderna, pero que en realidad puede nutrir el discurso freudiano, sirviendo como catalizador que ahorra suficiente trabajo en la comprobación de hipótesis del mismo freudismo, si, en realidad los aspectos cognitivos del hombre pareciera ser que los paradigmas actuales ya los tuvieran definidos, así les han dado el sello de científicos al convencerse del conocimiento que supuestamente tienen sobre ellos, por tanto si se explora este terreno consiente desde el ello del psicoanálisis , será más fácil comprobar las fatales consecuencias que tienen los postulados modernos de la psicología, que harían reconocer el valor teórico del psicoanálisis, abriéndole más participación y menos difamación, esto empezaría a dar mayor aceptación a los postulados freudianos, con más rigor y menos despreciados.

Se debe reconocer que la psicología por sí misma no ha podido entenderse y en cambio desecho los conocimientos que el psicoanálisis inicialmente aporto, quedándose únicamente con algunos modelos clínicos y aspectos éticos viéndolos como beneficiosos para su cuerpo teórico, sin embargo prefirió abrir puertas a la mate matización de la mente y la relevancia química por encima de la realidad psíquica del sujeto, que si bien logran interactuar no se puede poner por encima del objeto de estudio que es la psique humana, asi que para evitar estos conflictos el psicoanálisis opta por crear un escuela centrada en la idea del yo, para alivianar los conflictos que en la disciplina se puedan generar, dándole un rol más catedrático en la academia, no como una fase en la construcción de la psicología, por lo contrario, el corazón de la misma.

Un diván para el paradigma

El permitir que las demás ciencias tacitas puedan examinar e investigar los asuntos de la psicología, cada vez se vuelve un tema más popular, y empieza a generar malestar, al reconocer que la población en general le es más atractiva una propuesta facilista que involucre un estado de felicidad, el cual pueda dar solución a sus más mínimas dolencias, sin ni siquiera sentarse a reflexionar las valiosas cicatrices que deja una vida anímica caóticamente desarrollada. Se debe entender que la realidad contempla varios matices en diferentes estadios de la vida que puede afrontar un individuo, y por mas crisis que logren moldear su carácter frente al problema de la existencia, no se podrá ignorar ese valioso conjunto de experiencias que la mayoría de veces se llevan reprimidas en la mente y poco salen a flote por medio de las palabras, las cuales son el material de trabajo por antonomasia del psicoanalista. Los miedos reprimidos que fácilmente los charlatanes del hoy, pueden disfrazar como debilidades, por el simple hecho de que no son variables manipulables y por lo tanto entendibles, estos pseudo-mesenas de la posmodernidad con sus discursos sobre el éxito y la poca alusión al fracaso, han logrado disfrazar cualquier conocimiento de la psicología para usarlo a sus más ridículas intenciones mercantiles. El fracaso que, si bien mantiene una noción negativa en la actualidad, ya el psicoanálisis desde el pasado aún mantiene el concepto como una alusión al camino alternativo que la clínica y la investigación estarían llevando por no cumplir los estatutos que demanda la modernidad. En cambio, hemos perdido terreno como estudiadores de la mente y conducta, debido al exceso de contenido práctico en las metodologías que como profesionales se deben promover, se debe estructurar un conocimiento sólido, razonable y crítico que pueda hacer frente a los problemas que enfrenta la disciplina y volver a recuperar el lugar que perdió por las seducciones de la modernidad. Un aspecto solido consolidado de teorías y saberes que hayan podido ser examinados y cautelosamente estudiadas, con un soporte investigativo y clínico que dé cuenta de la rigurosidad de sus planteamientos, y que Allan podido pasar por el objeto de estudio que se cuestione, sin alteración del método, así lograr una coherencia epistemológica con lo que se plantea, Esto permitirá que las disciplinas que no han desarrollado un conocimiento solido de la mente puedan estar opinando y modificando los aspectos más importantes de la psicología.

En los últimos años la tendencia crece, al identificar que otras profesiones libremente estructuran teorías de la funcionalidad de la mente sin tener ningún bagaje investigativo valido, por lo contrario, logran configurar un lenguaje atractivo a las comunidades del mundo moderno, donde el uso de significantes basados en la felicidad y el éxito prometen una armonía pasajera a cualquier mal. Sin importar si es académico, económico, social o emocional. Para las nuevas teorías que salen de este conjunto de ideas se les facilita remplazar los conocimientos solidos del pasado, por el hecho de que se encuentren en una época muy alejada de la vida presente, separadas del aspectos tecnológicos y de fácil comprensión, sin siquiera detenerse a reflexionar los avances que se lograron desde atrás, es muy fácil encapsular la vieja psicología y el psicoanálisis en aquellos tiempos de grandes hechos sociales, como la segunda guerra mundial y las epidemias que jamás volveríamos a tener, y demás sacudidas sociales que registrarían la verdadera naturaleza del hombre, una instintiva, violenta, creadora y destructora a la vez. Esta tendencia a rechazar estos importantes datos recolectados en estas épocas, son la premisa que estructura el pensamiento moderno actual, un miedo sin mesura al reconocimiento de las tendencias del hombre y su naturaleza animal que podría entenderse en buenos términos para subsanar los problemas modernos, llevados por medio de un psicoanálisis bien definido y estudiado por la psicología actual que no genere brechas epistemológicas y por lo contrario permita la alianza a conocimientos de su mismo terreno y pueda así limitar los datos dudosos de la modernidad actual.

La profesión imposible

El mundo actual está sumergido en el desarrollo tecnológico que tecnifica cada conocimiento subjetivo y tácito que pueda contemplar la vida emocional del ser humano, construyendo un distanciamiento con pretensiones de acercamiento. Puesto que la comunicación ha puesto sobre la mesa todas las falencias negadas y avergonzadas que ha intentado ocultar muy penosamente algunos modelos psicológicos. La naturaleza del ser humano está siendo moldeada por la estética artificial que podemos observar en redes sociales, pues para nadie es un secreto que en la era actual se viene gestando un fenómeno cultural que ha empezado a conectar y generar malestar en la maza, donde la participación del sujeto es reiterativa a las demandas que el medio digital le dictamina, pero que si observamos con lupa, ese medio digital no es más que una fachada que contiene las más debatibles características humanas y que en la actualidad han sido decoradas con la toxicidad extrema del éxito y su vínculo con la felicidad positiva que podrá obtenerse con discursos mediocres de superación. Discursos los cuales no aceptan definiciones complejas, ni tampoco explicaciones debatibles, pues es más fácil articular métodos de entrenamiento “tutorializados” y de fácil acción, sin importar si solucionan los conflictos que un sujeto en su desarrollo no debería enfrentar. Tal criterio nace como si el conocimiento para dictar tales juicios fueran puros y verdaderos, con títulos de entrenadores mentales, coaching y gurús del saber, que pretenden conocer la realidades subjetivas de cada individuo, coartándolo de su libertad y su función para reconocer los altibajos de la vida, remplazando todo conocimiento razonable por una felicidad motivacional encaminada al éxito material y la espiritualidad egocentrista que el internet puede ofrecer, por tanto no sería raro pensar que aquí nuevamente como en cualquier paradigma , en este caso social, estos nuevos individuos que se jactan de exponer doctrinas falsas y soluciones fáciles al malestar humano se incomodaran por la aparición de la crítica filosófica, hacia los métodos que se usan para explorar los aspectos mentales de las personas. Sin duda alguna el psicoanálisis en la actualidad mantiene una vigencia sólida en sus convicciones y abriendo nuevas posibilidades a la exploración mental de nuevos fenómenos, que emergen del contacto de la realidad psíquica con las interacciones virtuales que un sujeto pueda tener. Para comprender esto deberíamos plantearnos la idea de: ¿qué es el psicoanálisis ahora?, ¿continúa siendo el mismo de hace 100 años? (…) o ¿el trayecto de su historia ha permitido articular nuevos escenarios para su aplicación? (…) se reconoce los desaciertos y abre nuevos horizontes para el tratamiento de la condición humana, sin descartar la definición misma que tiene el psicoanálisis que se contrapone a los valores que están en auge, y que la época actual mercantiliza a favor del interés individual positivista. De forma contraria el psicoanálisis es más simple si se define a través del negativismo y, por ende, señalando lo que no es el psicoanálisis, se podrá llegar más rápido a su comprensión, sin perder el sentido propio de su significado. El mundo actual prefiere otorgarle problemas de la vida mental a cualquier dispositivo que prometa la solución a los malestares, de forma práctica y fácil, dejando atrás la historia del sujeto y enfocándose en solo lo que está deseando materialmente, sin ni siquiera detenerse a reflexionar si aquello que desea el sujeto es lo que realmente quiere, negándole la posibilidad de que analice la situación que propiamente lo ha llevado a consultar la desdicha de sus síntomas, más allá de eso se ha podido confirmar que este escenario, donde las personas enfermas acuden al criterio de una teoría, religión, comunidad, o entrenamiento finalmente salen peor de trastornadas, dado que al ignorar los verdaderos deseos, son engañados por las motivaciones conscientes del éxito y la vanidad estética que el mundo del éxito le ofrece, y para terminar, se convierten en presas fáciles de las motivaciones personales del supuesto amo que los intentara ayudar, generando mucho malestar, empeorando la situación y generando confusiones. (Carreño, Gastaldi y Panero, 2020)

El último bastión del psicoanálisis

Es de esperar que en la era de la comunicación y la información se desarrollaran varias miradas en un escenario digital, con un impacto social bastante sólido, pues todo conocimiento está emparejándose con las tecnologías de la actualidad y los medios digitales están ofrecidos al nivel intelectual de la población, generando una gama de posibilidades para que el sujeto construya su realidad, basado en todos los datos que pueda obtener e intercambiar, dado que en las redes sociales existe un lenguaje donde el espectador podrá convertirse en aquello que sus deseos le dicten y podrá plasmar en la red toda su psicopatología de la vida cotidiana, esta vez en un plano digital, dándole el triunfo a sus conductas reprimidas, pasándolas por el canal de las palabras y finalmente llevando a estudiar que “El intercambio simbólico es lo que vincula entre sí a los seres humanos, o sea la palabra, y en tanto tal permite identificar al sujeto” (Lacan, 1954, p.215). Dichas aproximaciones de los psicoanalistas permiten identificar que el ser humano está constituido por una inclinación latente a comunicar su lenguaje, deseando ser escuchado, observado, y confrontado. Esto lleva a pensar que los espacios digitales muchas veces se convierten en refugios de la psique donde el usuario que las frecuenta, podrá sustituir todo aquello que lo aqueja, cambiándolos por elementos de su realidad interna aun no percibida conscientemente y que en la interacción con los demás podrá obtener el reconocimiento que por medios propios con dificultad no estarían al alcance. Las ciencias sociales están presentes en cualquier instancia y por más acercamiento que las herramientas virtuales le ayuden, el sujeto mismo tendrá que ir re direccionando nuevas estrategias mentales para obtener lo que busca. Esto somete a la persona a una situación complicada que afectara su estabilidad pulsional, y para una mayor solución a sus angustias recurrirá por fragmentos momentáneos, que logren satisfacer las demandas que afuera de la red no pueda conseguir, generando un bucle temporal que se mueva entre sus emociones y que de manera artificial lo coloque en una armonía social. (Campo, 2020)

Los contenidos mentales que afligen al sujeto en la época actual muchas veces se filtran a través de las plataformas tecnológicas, aun mas cuando son de carácter público, creando un personaje con el cual podrá moverse entre las demandas de la sociedad actual, dichos contenidos no son más que los atributos ontogénicos de nuestra especie llevados innatamente en cada uno de sus comportamientos y que forman parte de su esencia, donde se plasma toda su estructura de personalidad, y que por lo tanto pareciera que ha encontrado un sitio en las redes sociales, donde podrá proclamarse como un monarca del narcisismo o terminara siendo un esclavo de la angustia, dos posibles escenarios muy característicos de un individuo en construcción, dado que este fenómeno social de las redes, mantiene una desbocada tendencia a construir una imagen falsa que sustituya sus más oscuros temores. El acercamiento de las personas entre sí , no solo atrae sus virtudes sino también aquellas cosas con las que podrán generar o romper lazos sociales, es decir llevar y compartir los deseos de todos los sujetos en conjunto sin importar si son reales o simples motivaciones sin ninguna finalidad más allá de satisfacer sus propios deseos, por tanto “Si la constitución del yo se encuentra vacilante, mayor podrá ser la tendencia a atribuir carácter de realidad a la satisfacción hallada en la realidad virtual de la pantalla a despecho de una realidad externa que le resulta displacentera” (Sahovaler, 2009, p.37).

Conclusiones

Más allá de las diferencias conceptuales que puedan tener la psicología y el psicoanálisis, no se puede negar la influencia social, política y filosófica que introdujo la ciencia en estos dos paradigmas, al orientar sus propios discursos generando espacios del debate, donde se tuvo que reconocer los fracasos y victorias que han tenido en la cultura. Irónicamente lograron unir esfuerzos para solucionar las interrogantes de la mente humana, cada lado aportando sus diferentes perspectivas, en las que se puede analizar un sujeto inmerso en la sociedad y fue necesario crear corrientes psicológicas, que reconozcan las ideas que el psicoanálisis ha trabajado desde el inicio del estudio de la mente humana.

Ahora bien, el positivismo se ha convertido en el factor primordial para la ciencia, que determina la validez de los paradigmas, lo cual estropea todo aquello del ser humano que no es medible ni observable, causando un reduccionismo en la concepción de la psique. Es así que, se empieza a patologizar la cotidianidad, ya que, la psicología positivista no toma en cuenta la realidad del sujeto y su compresión.

El sujeto es puesto en unos parámetros de normalidad impuesta social y moralmente por la ciencia, por lo que, el psicoanálisis en contra de esto, rechaza todo tipo de noción generalizada y empieza a indagar la realidad humana de una forma introspectiva, en la cual, somete al ser humano a hacer una auto-reflexión de su vida, a través de las desdichas, emociones, vivencias, malestares y su objeto es esclarecer todo aquello que está oculto en el inconsciente y brindar estabilidad y equilibrio a su existencia.

Referencias bibliográficas

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GARCÍA, J. E. (2007). La psicología científica y los cuestionamientos al psicoanálisis. Recuperado de: https://www.academia.edu/25689421/La_psicolog%C3%ADa_cient%C3%ADfica_y_los_cuestionamientos_al_psicoan%C3%A1lisis
LACAN, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. Escritos I. Buenos Aires – Argentina. Editorial Paidós.
SAHOVALER, D. (2009). El Sujeto Escondido En La Realidad Virtual: De la Represión del Deseo a la Pornografía del Goce. Buenos Aires-Argentina. Editorial Letra Viva.
SIMONETTI, A. (2012). El bien decir del psicoanálisis frente a la ilusión de la ciencia. Virtualia, 25, 1-3. Recuperado de: http://www.revistavirtualia.com/

Faltan historias

Lautaro Vilo
Escritor, director teatral, actor, traductor y maestro de dramaturgia. Profesor en la Maestría de Dramaturgia UNA, en la Universidad de Quilmes y en UADE. Dicta talleres privados de escritura y de lectura de la obra de William Shakespeare.
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Un recorrido por las diversas formas del cuento de la mano de Piglia y una revelación durante una clase respecto de la necesidad y función de las historias.

En su clásica “Tesis sobre el cuento”, Piglia enseña que todo cuento narra siempre dos historias: el relato visible (1) y el relato secreto (2). Luego, define las dos formas dominantes del género: el cuento clásico y el cuento moderno.

Para la primera, señala como ejemplo las narraciones de Poe y Quiroga, en las que se narra en primer plano la historia 1 mientras se construye y aparece cifrada a lo largo de la misma la historia 2, la cual se revelará al final. Así, en “El almohadón de plumas”, seguimos la incomodidad creciente de una mujer recién casada, quien padece una fuerte influenza de la que no se repone y que la lleva a quedar postrada —sin recibir nunca a partir de ahí una respuesta médica convincente—, por la cual padece alucinaciones monstruosas, dolores y debilidad hasta que fallece. Al final del relato, descubrimos junto al viudo y su sirvienta, la existencia de una alimaña, una “bola viviente y viscosa”, cuya boca apenas se distingue, que -sin que nadie lo supiera- estaba dentro del almohadón de plumas que usaba la finada durante su convalecencia. Quiroga indica también la manera en que había progresado la alimentación del horroroso bicho: mientras el almohadón era removido, la alimaña había tenido períodos de ayuno, pero una vez que la mujer no se levantó más, se negó a que le tocaran la cama y removieran su almohadón, —hecho que en el cuento se menciona al pasar, como un comportamiento propio de su decaimiento—, la succión de la alimaña fue imparable y, tras cinco días de chuparle la sangre por una mordida a la altura de las sienes, este “parásito de las aves” había adquirido una proporción enorme. Las historias 1 y 2 confluyen en la advertencia inquietante que cierra el cuento: “la sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma”.

El cuento moderno, en cambio, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada para trabajar en la tensión entre esas dos historias sin resolverla nunca, contando la historia secreta de un modo cada vez más elusivo. Desprovisto del gesto clásico de contar una historia anunciando que hay otra, cuenta las dos historias como si fueran sólo la historia 1. El truco y oficio del narrador es aquí el de construir o disponer los elementos de esa historia secreta a partir de lo no dicho, mediante el sobreentendido y la alusión. Por momentos, este tipo de cuentos no parece más que una descripción trivial de algunos hechos, pero el uso de la elipsis parece indicarnos en cada salto, todo el tiempo, la existencia de un relato ausente que debemos construir.

“Mecánica popular”, de Raymond Carver, sucede en el crepúsculo de un día invernal. En el dormitorio, un hombre guarda su ropa en una valija ante la mirada de una mujer que lo insulta y entre llantos le dice que está feliz de que él se vaya. La mujer ve la foto de su hijo, la agarra, sale del dormitorio y, aunque él se la reclama, ella no se la da. Cuando el hombre deja la habitación, ella está en la cocina con su bebé en brazos. Él dice que quiere al bebé, ella se lo niega. Discuten, el bebé llora mientras forcejean por él, cae un florero, él la presiona contra la pared y tuerce los dedos de ella, hasta que ella siente que sus dedos son forzados a abrirse, y que el bebé se le escapa:

“— ¡No! —gritó al mismo tiempo que sus manos cedían.
Ella tendría este bebé. Intentó agarrar al bebé del otro brazo. Lo tomó por la muñeca y se echó hacia atrás.
Pero él no lo soltaría. Sintió al bebé escapándosele de las manos y tiró muy fuerte.
De esta manera, la cuestión quedó resuelta.”

Y ese es el impresionante final del cuento. Sin revelación ni explicación de quienes son estos personajes, cuál es la causa de la separación por la que él “ni siquiera la puede mirar a la cara”, ni cómo llegaron a ese nivel de violencia. No sabemos en dónde sucede la acción ni el nombre de pila de ninguno de ellos. Carver no nos dice cómo quedó resuelta “la cuestión” ni qué manera es “esta manera”: su arte está en incitarnos a imaginar. Toda su estrategia elusiva está al servicio de obligarnos a “completar” la historia 2. El problema es siempre cómo contar una historia mientras se está contando otra.

A estas dos formas dominantes, Piglia le suma la anomalía kafkiana, quién expone al principio de sus relatos el punto de partida de la historia secreta 2: Gregorio Samsa convertido en cucaracha, por ejemplo, sin ningún tipo de explicación, y luego “narra sigilosamente la historia visible, hasta convertirla en algo enigmático y oscuro”. Esa inversión, dice Piglia, funda lo kafkiano. No habrá revelación alguna, y preguntarse por qué fenómeno biológico Samsa es ahora una cucaracha excede los límites del análisis del relato, para entrar en el terreno de la interpretación.

Días atrás, recorriendo esta clasificación en una clase de la Universidad de Quilmes, analizábamos “Un Médico Rural”. Un médico debe ir, en medio de una tormenta de nieve, a atender a un enfermo grave, en un pueblo a 10 millas de distancia. Su carruaje está listo, pero su caballo ha muerto y nadie le presta uno, hasta que su criada descubre a un hombre con dos caballos magníficos metido en una dependencia abandonada de la misma casa del médico. Este hombre presta y prepara los caballos, hace subir al médico al carruaje y golpea a los caballos, que arrancan sin freno, para quedarse en la casa del médico y violar a su criada. El médico sabe que esto va a suceder, quiso oponerse, pero la velocidad de la estampida lo tomó por sorpresa, y mientras se aleja, oye crujir la puerta de su casa, hecha pedazos por los golpes del hombre, para luego hundirse en esa tormenta que confunde sus sentidos. Cuando llega a la casa del enfermo, en un viaje que sin embargo no dura más que un instante, es arrastrado al cuarto del enfermo por sus familiares. El enfermo no parece estar grave, aunque le pide en un susurro que lo deje morir. Al doctor le indigna la reacción del paciente, el llamado en vano, e incluso la aparición providencial de los caballos, fundamentales para cumplir con su deber, tanto como la atención de la familia, que lo retiene ahí, mientras recuerda a su criada, a quién miró como mujer por primera vez antes de partir, y se atormenta pensando en cómo rescatarla, cómo regresar con unos caballos que se han soltado del carruaje quién sabe cómo, y ahora asoman sus cabezas por la ventana de la habitación. Ausculta al paciente y ve que está sano, que lo mejor sería sacarlo de la cama, pero lo deja dónde está, ya que él, piensa, es “un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración (…) ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno?” Tiene que encontrar la forma de volver y rescatar a su criada.

Cuando quiere irse, la familia lo retiene escandalosamente, hasta que él vuelve otra vez a ver al paciente dispuesto a creer “bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo”. Esta vez, descubre que el paciente tiene una gran herida cerca de la cadera, infectada, poblada de gusanos. Sabe que no podrá hacer nada, pero ve que la familia se alegra de verlo trabajar, cuchichean entre sí, incluso entra gente de visita a verlo trabajar, el joven le pregunta si él lo salvará, “siempre esperan que el médico haga lo imposible”, piensa. En ese momento, más parientes y ancianos del pueblo, empiezan a desvestir al médico, mientras un coro infantil canta: «Desvístanlo, para que cure / y si no cura, mátenlo. / Sólo es un médico, sólo es un médico…»

Una vez desvestido, lo meten en la cama junto al enfermo, del lado de la herida, luego se van y cierran la puerta. A solas con el enfermo bajo el calor de sus mantas, éste le reclama su falta de ayuda, él lo tranquiliza diciéndole que su herida no es muy terrible, aunque “fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo”. Y que “son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque, ni sienten cuando el hacha se les acerca”. Esa es su palabra de honor de médico, y “puede llevársela al otro mundo”. Luego, junta sus cosas y se escapa, sin siquiera vestirse, montado a uno de los caballos, con el coche apenas agarrado. Azuza a los caballos, pero éstos no dejan de marchar lentamente, mientras escucha el canto burlón de los escolares: «Alégrense, enfermos, / tienen al médico en su propia cama.» Desnudo en la tormenta, sabe que no llegará nunca a su casa, que ha perdido a sus pacientes, que otro ocupará su cargo, y que su criada está a merced de ese hombre horrible. “Medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.”

Luego de analizar este cuento en esa clase ante la pantalla de la laptop en la que escribo estas líneas, en ese momento dividida en una serie de cuadrados sobre un fondo negro con los nombres de los asistentes, porque la conexión en la zona es deficiente y no permite que uno vea los rostros de los asistentes; luego de señalar la falta de explicación de las muy extrañas conductas de los personajes en el cuento de Kafka, el misterio de sus motivaciones, la curiosa aparición del palafrenero abusador en la misma casa del médico, la voz de un alumno me detiene. No comprende a qué me refiero con lo de la conducta extraordinaria. Insisto en marcar esos elementos, la falta de explicación; él señala que la aparición del hombre con dos caballos tremendos le parece extraña, sí, pero el hecho de que luego quiera violar a la criada no tanto: es otro caso de abuso. Tampoco le parece tan llamativo el comportamiento de los habitantes de ese otro pueblo al que el médico va. “¿O no pasó hace un tiempo, profe, que la gente aplaudía a los médicos a las nueve pero también ponían notas en los edificios los mismos vecinos, con insultos, diciendo que si no se iban del edificio los sacaban a trompadas? ¿O el otro día, que se juntaron a quemar barbijos?” Le parece un cuento moderno, con sus zonas de indeterminación y sus elipsis, quizás un poco más “retorcido”, pero eso es todo. Extraña revelación de la clase, a pesar de la distancia y la pantalla en negro: el relato kafkiano como crudo costumbrismo pandémico. Ya conocíamos la analogía de lo kafkiano y la burocracia, pero esto va más allá. La relación que hace el alumno con la realidad narrada en los medios me parece sorprendente y abrumadora.

A partir de ahí, discutimos los relatos que nos atraviesan, noticias en las que los comportamientos sociales se acercan en ferocidad y gratuidad al universo del cuento. Al fin y al cabo, las noticias también son historias (varias de ellas sólo cuentos), aunque parecen sólo narrar un relato de superficie, se arman sobre determinadas alusiones, hacen foco sobre determinados personajes y comportamientos, con preponderancia de los sucesos más extravagantes, marginales, repulsivos. Medios opositores y oficialistas replican los mismos personajes dándole micrófono y cámara a minorías marginales como si fueran mayorías que ganan la calle (quemadores de barbijos, por ejemplo), para obtener rápido una respuesta emocional. ¿Cómo es que en seis meses no tenemos relatos de otra índole, cómo no hay suficientes relatos de las víctimas, no de los números sino de las personas, de los sufrimientos de los parientes, de la vida del personal de salud, de los héroes de estos momentos, de las resoluciones creativas de tantas personas ante el encierro o el distanciamiento? Al fin y al cabo, ¿cómo llegamos a comprender algo del amor, de la justicia, del heroísmo, de la venganza, de la generosidad o de la muerte si no es a través de las historias leídas, vistas o contadas sobre el amor, la justicia, el heroísmo, la venganza, la generosidad y la muerte? Paradójicamente, en tiempos de multiplataformas, el recorte de experiencia narrativa al que vivimos expuestos tiende a ser cada vez más sesgado, las tecnologías de la información, las redes sociales y el streaming, se articulan para producir un horizonte cada vez más pequeño y adictivo mediante fórmulas que conjugan brevedad e iteración, y en su mayoría replican una misma visión de mundo. Ante este cierre del universo, las historias ayudan a expandir la experiencia, para no quedar atrapados en una sola prosa del mundo. En el futuro, deberemos evitar a toda costa que nos parezca normal, incluso en una historia, despertar una mañana convertido en cucaracha.

Referencias bibliográficas

Carver, R. (1993). “Mecánica Popular” en De qué hablamos cuando hablamos de amor. Barcelona: Editorial Anagrama.
Kafka, F. (1998). Un médico rural. Madrid: Editorial Vitalis.
Piglia, R. (1999). “Tesis sobre el cuento” en Formas Breves. Buenos Aires: Temas Grupo Editorial.
Quiroga, H. (2009). “El Almohadón de plumas” en Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte. Buenos Aires: Ediciones Colihue.

Por gentileza de El Psicoanalítico

 

La vejez | ¿Edad dorada o edad aborrecida?

Marcelo Colussi
Psicólogo, filósofo, escritor y politólogo

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Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hayamos llegado
Francisco de Quevedo

Envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven
Oscar Wilde

Los límites nos aterran. El psicoanálisis hace evidente lo que nos atemoriza a todos los seres humanos por igual: los límites. De ahí que siempre, en todo momento histórico y en toda forma cultural conocida, ese bicho tan raro que somos los Homo sapiens sapiens, hemos luchado contra ellos. Si algo patentiza esos límites, es decir: la carencia, el hecho de no ser completos ni eternos, son la sexualidad y la muerte. Ambas demuestran nuestra originaria finitud. La sexualidad nos muestra que siempre falta algo: o macho o hembra, no hay completud en juego. Por eso tapamos las diferencias que evidencian la incompletud, no queremos saber nada de ellas. En toda forma civilizatoria escondemos los órganos genitales externos (desde un taparrabos a la ropa más fina de la parasitaria realeza, desde un traje de baño «hilo dental» hasta la ropa de los astronautas); la constatación de que «algo falta», es decir: que somos una cosa o la otra y no «todo», nos aterra.

La patencia del otro límite, absoluto, que jamás puede ser transgredido, es la muerte. Como eso nos horroriza, la especie humana ha tratado en toda su historia de minimizarla, de alejarla lo más posible, de exorcizarla. Obviamente, sin resultado positivo. A no ser que consideremos que es una ventaja prolongar cada vez más las expectativas de vida. O sea: la edad a la que morimos. ¿Para qué queremos vivir tanto? Solamente por la fantasía en juego —siempre presente, aunque se diga ingenuamente que «a mí no me asusta la muerte»— de buscar la eternidad. Dicho de otro modo: de rechazar el límite, de resistirnos a la incompletud, a la finitud. Nadie quiere morir; el suicidio es un acto psicótico, no voluntario, una expresión de la más absoluta despersonalización: «La sombra del objeto ha caído sobre el yo», dirá Freud. En el suicidio no me mato a mí mismo sino a un fantasma. Si no somos psicóticos, en su variedad de melancólicos, nadie quiere morir. Los intentos de suicidio no melancólicos (o sea: los que no logran la muerte) deben leerse como síntomas que expresan otra cosa, no la búsqueda de la muerte. Los «suicidios en cámara lenta o disfrazados», como se le llama al consumo compulsivo de tóxicos (alcohol, drogas ilegales) o a ciertas conductas autoagresivas (actividades o deportes extremos, por ejemplo) abren preguntas sobre la «psicopatología» en juego. ¿Por qué alguien querría manejar una moto a 200 km. por hora sin casco, o jugar con serpientes venenosas?

Por tanto, la muerte, para el común de la gente, es algo siempre repelido, abominado. Las enfermedades, cualquier afección que reduce nuestras capacidades, son una demostración palpable de los límites, un recordatorio de la finitud. Cuando hay impedimentos —desde una fiebre por un resfrío a una enfermedad terminal— se nos hace evidente que no somos eternos, que tarde o temprano nos iremos de la vida. Eso aterra.

El cuerpo humano de la actual subespecie sapiens sapiens tiene un diseño anátomo-fisiológico cuya edad promedio ronda los 60 años, alcanzando su plenitud física y sexual a los 25, y la madurez intelectual a los 40. Después de cuatro décadas de vida, inexorablemente comienza la decadencia. Como alguien dijo «simpáticamente»: «si después de los 40 años un día despertamos y no tenemos ningún dolor… ¡es que estamos muertos!».

Cada cultura que transcurrió en la historia asume y maneja la vejez y la muerte de una manera distinta. De todos modos, la muerte siempre espanta, por eso se trata de procesarla con la menor angustia posible. En algunos casos, incluso, de un modo heroico se la puede ensalzar, se le pueden cantar loas (cualquier suerte de kamikaze, por ejemplo). En otras, la partida de alguien es celebrada con fiestas, con alegría (¿negación maníaca?).

La vejez es la antesala del final. En las civilizaciones de cazadores y recolectores y en las agrarias sedentarias, milenarias todas ellas (mucho de ello aún persiste en el capitalismo desarrollado global de hoy día, en buena medida en forma marginal), la vejez era reverenciada. Los ancianos de las tribus constituían el grupo de dirección, el segmento que guiaba. Eran los que sabían, los que podían conducir al colectivo en vista de su larga experiencia de vida. Por el contrario, el capitalismo hiper desarrollado actual necesita cada vez más una fuerza de trabajo especializadísima. En muchos segmentos, un título universitario ya no alcanza; son precisos posgrados (más allá del negocio que pueda haber en juego, en tanto parte de la mercancía «educación»), llegándose a los posdoctorados, obtenidos mucho después de los 30 años, para recién ahí incorporarse plenamente al mercado laboral. La edad especialmente productiva va desde los 25 o 30 a los 60 0 65. Los ancianos, para el capitalismo consumista, sobran (no producen y consumen poco).

Sin dudas, la fantasía de la vida eterna, de la prolongación al infinito de la juventud como sinónimo de inmortalidad, nos marca como especie. En toda cultura puede encontrarse esa búsqueda, expresada en forma de mito, leyenda, religión. El rechazo de la muerte —dicho de otra manera: la juventud eterna— está siempre presente. El capitalismo moderno con su portentoso desarrollo científico-técnico ha logrado extender la esperanza de vida en forma creciente. Por tanto, esa fantasía… parece hacerse realidad (la persona más longeva llegó a los 122 años). La venta de tinturas para las canas, cremas antiarrugas, botox, gimnasios para «gente mayor» y toda una parafernalia rejuvenecedora, constituye un gran negocio. Y en el capitalismo, lo sabemos, no importa tanto la salud sino los negocios.

Con el mejoramiento general de las condiciones de vida, la misma viene alargándose cada vez más. En 1950 la población mundial de más de 65 años era el 5 %; para el 2000 ya llegaba al 7 % (se le llamaba «tercera edad»). Las proyecciones indican que para 2050 esa población será el 16 % del total («cuarta edad», los mayores de 80). Las diferencias entre países son notorias, replicando la estructura global, pues mientras Japón o los escandinavos alcanzan en promedio los 85 años, los más pobres de África no pasan los 52.

Vivir hoy más años es un hecho muy positivo que ha mejorado el bienestar individual. Pero la prolongación de la esperanza de vida acarrea cargas financieras, para los Estados a través de los planes de jubilación del personal y los sistemas de seguridad social, para las empresas con planes de prestaciones jubilatorias definidas, para las compañías de seguros que venden rentas vitalicias y para los particulares que carecen de prestaciones jubilatorias garantizadas. Esas «molestias económicas» —desembolsos cada vez mayores— de la prolongación de la vida (el llamado riesgo de longevidad) son, cuanto menos, perniciosas en términos presupuestarios, según dice el Fondo Monetario Internacional. «Las implicaciones financieras de que la gente viva más de lo esperado (el llamado riesgo de longevidad) son muy grandes. Si el promedio de vida aumentara para el año 2050 tres años más de lo previsto hoy, los costos del envejecimiento —que ya son enormes— aumentarían 50%. (…) Para neutralizar los efectos financieros del riesgo de longevidad, es necesario combinar aumentos de la edad de jubilación (obligatoria o voluntaria) y de las contribuciones a los planes de jubilación con recortes de las prestaciones futuras».

Entonces, si la longevidad es un «riesgo», ¿por qué sería positiva? ¿Cuánto habría que vivir, dado que algunos «viven más de lo esperado»? Además de la fantasía de vencer los límites ganándole —ilusoriamente— la pulseada a la muerte, ¿cuál es el beneficio de envejecer tanto? ¿Terminar en un asilo? ¿Padecer demencias seniles o Alzheimer, dado que el cerebro no está hecho para resistir en buenas condiciones tanto tiempo? Cuerpos ya deformados que no se hacen atractivos objetos sexuales, y en los varones disfunción eréctil casi segura, ¿cuál es la razón de seguir prolongando artificialmente la vida? Entonces, la vejez ¿edad dorada o aborrecida?

Por gentileza de Marcelo Colussi

Religión | Salud y neurosis

Diego González
Psicólogo
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El fenómeno religioso es generado por la dinámica psíquica en su función defensiva, es decir esta es creado como una barrera ante la impiadosa, magna y cruel naturaleza que nos ofrece la muerte como único desenlace. A esto se refería Freud (Freud. OC. V. XXI) cuando decía —con esa frialdad de los genios— que entre la misión de los dioses estaba: ¨desterrar los terrores de la naturaleza¨, y ¨conciliar con los terrores de destino, en particular la muerte¨ (p, 18). En pocas palabras, mediante los dioses ¨humanizamos la naturaleza¨ y nos defendemos de la angustia existencial.

Si bien las ¨representaciones religiosas¨ hacen parte de las ¨ilusiones¨ de una cultura, también hacen parte de su acerbo anímico, y es una especie de mecanismo por el cual la cultura ¨prohíbe¨ el desenfreno de las pulsiones del individuo; prohibición que premia mediante el acceso a la cultura, y el goce de los pactos colectivos (Ibíd.) Esta respuesta es una elaboración mediada por su repertorio simbólico, entre los que se encuentra la palabra, la imagen, el comportamiento, que suponen elaboraciones complejas de pensamiento, que luego forman sistemas de significado del que se desprende los rituales y las costumbres. Este mecanismo puede ser considerado como un mecanismo tan primitivo como esencial y adaptativo. Desde esta base partimos para darle contenido a nuestro acercamiento.

El primer objetivo de este articulo simple es indagar en que momento la religión colige al fenómeno neurótico; para luego darle paso a otras conclusiones de la mano de un psicoanálisis de tipo humanista.

La primera aproximación del sentimiento religioso lo tenemos en la justificación de su existencia, es decir, ¿por qué las religiones? Respuesta que parece adecuarse a un tratamiento ontológico de tipo temporal. El tiempo como categoría objetiva y medible remite a las ideas de ¨historicidad¨ e ¨irreversibilidad¨, y fue San Agustín quien formulo que el tiempo es una dimensión ¨constitutiva¨ del ser humano y su sentido profundo deviene de la vivencia de la temporalidad, que necesita cristalizar mediante el lenguaje. Por lo tanto, esta vivencia tiene un carácter de ¨Estructura Narrativa¨ en el hombre (Ibañez, E. 2003); o lo que sería equivalente a decir que el lenguaje ¨define¨ y ¨fija¨ al tiempo.

Es una característica humana ¨transformar¨ el tiempo de lineal a ¨cíclico¨, es decir, cambiar la irreversibilidad del tiempo por algo que termina y empieza nuevamente. Este es uno de los puntos esenciales de todas las religiones, ¨controlar el tiempo y volverlo un circulo¨; así, el fin de los tiempos será el principio en otro nivel. La mente humana hace esto quizá porque si pudiéramos percibir el tiempo como una ¨linealidad¨ que corre hacia el ¨infinito¨ de manera irreversible sería probablemente una emoción desestabilizadora y perturbadora (Guiando, 2001)

La fugacidad de la vida, la angustia por su paso, y el insoportable temor que produce la irreversibilidad del tiempo, nos llevaría a una respuesta pre-lógica adaptativa: la de crear figuras simbólicas mediante el lenguaje que permitan paliar la angustia existencial o el miedo a la muerte ingrata. La opacidad lógica de la explicación carece de importancia, puesto que la creación de dioses le daría a la experiencia humana una estabilidad y un sentido con un correlato emocional positivo. Así, la impotencia del hombre es diezmada por una de sus creaciones, que en el primero momento de las religiones son ¨mito¨, y ofrecen una funcionalidad psicológica. Rollo May (1992) lo dice así:

¨Un mito es una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene. Los mitos son patrones narrativos que dan significado a nuestra existencia Tanto si el sentido de la existencia es sólo aquello a lo que damos vida merced a nuestra propia fortaleza, tal y como mantendría Sartre, como si es un significado que hemos de descubrir, como afirma Kierkegaard, el resultado es el mismo: los mitos son nuestra forma de encontrar este sentido¨.

Otra explicación que existe corresponde a Fromm (1947) quien propone que las religiones son el producto de una necesidad de equilibrio —entendido como armonía— debido al profundo estado de desequilibrio del hombre; y al sentimiento de ¨dicotomía insoluble¨ creada por la experiencia de la muerte. La respuesta mística haría parte de ese impulso innato a llenar los vacíos de su conocimiento para crear ¨puntos de referencia¨ en la totalidad del proceso de la vida. La religión hace parte del mundo de las ideas, de lo atemporal y la necesidad de lo infinito, y es necesario decir que ¨el hombre no es libre de elegir entre tener o no ideales¨ (p. 43). En ese sentido las religiones ofrecen al hombre una colección de ¨objetos¨ de sentido, a quien mira turbado la majestuosidad de la naturaleza.

Las religiones moldean las pautas colectivas o culturales. Son un elemento funcional de la sociedad que funde con un molde diversos comportamientos de tipo moral de grandes colectivos; incluso los a-religiosos, son modelados en sus prácticas sociales por la moral religiosa. Para Durkheim la religión es un hecho social por excelencia, puesto que es un ¨sistema solidario de creencias¨ compartidas por una comunidad, lo que hace que estas pautas solidarias sean ¨eminentemente colectivas¨ y coercitivas. En consecuencia, lo compartido es altamente gregario y restrictivo, y también un factor de alienación porque alejan al hombre de su realidad de acuerdo a la lectura de Marx.

En las religiones las practicas devienen de un conocimiento o una concepción de lo sagrado, en esta línea podemos decir que las creencias colectivas son anteriores a los ritos, y estas creencias fundamentan las prácticas culturales. Por ejemplo, el respeto y miedo al dios padre, creador, atemporal, mágico y poderoso—bajo cualquiera de sus formas—, genera un vector utilizado por la ley, la moral, y los principios que ordenan una sociedad. Genera una verticalidad que ordena jerárquicamente nuestras prácticas de respeto a nuestros congéneres.

Esta línea vertical de poder la creamos para poder ordenar nuestras prácticas sociales. En un ejemplo simple, el juez invoca el poder divino para castigar, tal como lo hizo Menelao en su disputa con Antíloco con ocasión a la muerte de Patroclo [1] cuando dijo:

«Pon tu mano derecha sobre la cabeza de tu caballo; sujeta con la mano izquierda tu fusta y jura ante Zeus que no cometiste irregularidad.»

Tenemos que el acto de juzgar es análogo al principio religioso de buscar un principio de moral superior. Acto que se replica en todo el conjunto social. Pues todos juzgamos motivados quizá por nuestro egoísmo innato en el camino de la supervivencia. Bajo el riesgo de equivocarnos podríamos plantear que el amor y el respeto por lo sagrado es análogo del respeto por la norma; y el odio y la necesidad de juzgar deviene del odio a lo profano. En suma, cada quien juzga lo que considera profano es su escala de valores.

Pasando a nuestro tema central, las neurosis, estas no son consideradas ¨enfermedades¨ en términos médicos. Su curso puede ser ¨crónico¨ con ¨fluctuaciones¨ de naturaleza dimensional ¨ya que el neuroticismo es un factor de personalidad que se desplaza cuantitativamente de ¨menos a más a lo largo de un continuo¨. Lo que ocurre es que un individuo con un ¨alto nivel de neuroticismo¨ se ¨descompensa¨ con facilidad en situaciones que apenas entrañan conflicto; mientras que uno ¨poco neurótico¨ sólo puede llegar a desarrollar síntomas en situaciones altamente ¨traumatizantes o estresantes¨ (Cortese, 2004. p, 115).

K. Horney (1963) expone en los neuróticos una serie de rasgos que pueden ser observados con facilidad en estos individuos. Primero ¨actitudes frente al dar y recibir cariño¨ en donde predomina a la aprobación y el cariño del prójimo ¨la aprobación resulta desmesurada si se coteja con la importancia real que los demás conceden a su existencia¨; segundo ¨actitudes frente a la valoración de sí mismo¨ por lo cual jamás faltan ¨sentimientos de inferioridad, inadecuación, incompetencia, estupidez, fealdad y minusvalía¨; tercero ¨actitudes frente al problema de la autoafirmación¨ y es donde aparecen una serie de ¨inhibiciones¨ en relación a sus afectos e intereses propios, y pueden verse arrastrados por ¨temores neuróticos¨ o fantásticos en su mayoría que no les permiten afirmar su deseo; cuarto ¨la agresividad¨, que son actos de conducta, actitud, voluntad que denotan ataque y hostilidad hacia alguien generalmente bajo la forma de exigencia, critica, dominio u opinión ofensiva. Para terminar ¨la sexualidad¨ pueden aparecer problemas de tipo ¨compulsivo¨ o ¨desarrollar inhibiciones¨ (pp. 24-27).

Si revisamos el anterior listado, y la religión es una renuncia a las preocupaciones del alma, o un mecanismo para olvidar nuestras inquietudes de tipo existencial, y la religión es la renuncia a lo ¨intolerable¨ para optar por la idolatría y la renuncia, seguramente es un fuerte narcótico cuyos efectos producen el carácter neurótico. Renunciar bajo un precepto externo genera un pensamiento desligado del afecto, que produce seres escindidos de sí. Viviendo una realidad casi esquizofrénica.

Pero si entendemos como lo demostró Freud que ¨la enfermedad mental no puede ser entendida al margen de los problemas morales¨ (Fromm, 1963) que existen exigencias del alma en el terreno espiritual sin respuesta por la racionalidad fría e instrumental que desliga al hombre de su naturaleza, estaremos llegando a una nueva valoración, ya no de la religión, pero sí de la fe, como un medio de desarrollo de potencialidades humanas (Amor, valores, razón). Desarrollos que no están relacionado con la aceptación de dogmas religiosos, pero si con la indagación de los problemas del alma.

Uno de los ¨mecanismos psicológicos¨ que funciona en la experiencia religiosas es la ¨Proyección¨, porque hay que partir que Dios es hecho a imagen y semejanza del hombre; ya que es parte de su proyección —la del hombre—, y no de la de Dios.

El problema con las religiones autoritarias es el siguiente: ¨cuanto más poderoso es Dios, menos poderoso es el hombre¨ y este se vacía de sus potencialidades para ofrendarlas a un dios … ¨después de haber dado a Dios todo cuanto tiene, le ruega a Dios le devuelva parte de lo que fue originalmente suyo¨…¨cuando más alaba a Dios, queda más vacío. Cuando más vacío queda, más pecador se siente. Cuanto más pecador se siente, más alaba a Dios y es menos capaz de recobrarse¨ (Ibíd. pp, 73-74). Por lo tanto, el camino del rebaño, la aceptación la autoridad, la idolatría de Lideres, Dioses, Cosas, la aceptación de dogmas parece ser una extensión del problema en temas religiosos.

En consecuencia, proponemos un desarrollo religioso en el sentido espiritual. Proponemos lo religioso como el desarrollo de las ¨potencialidades humanas¨, tal como denomino Fromm (1963) a las experiencias religiosas de tipo ¨humanista¨. Valores como ¨amor, verdad y justicia¨ son el tronco común compartido por Buda, Isaías, Cristo o Sócrates, ya que tienen como centro la búsqueda de la ¨autonomía personal¨(p, 88).

Cuando los pensamientos son las expresiones de los sentimientos profundos y expresan la genuina motivación de trascender: durante la vida; en la tierra; en medio de la naturaleza; y con el Otro, se habrá llegado a una concepción de la religión como una realidad humana más allá de los sistemas de pensamiento que promueven; donde todo desarrollo espiritual abogue por la ¨libertad y la independencia¨ cómo atalayas de la condición humana.

Para finalizar diremos que la angustia de vivir es inherente a la vida misma. El ser viene al mundo con ella, y será su esencia hasta el último día. La libertad produce vértigo y temblor. Tal vez miedo. Por ello es necesario desarrollar un fundamento del espíritu, que le de honor a la existencia misma.

Notas

1. Testimonio de investigación de la verdad utilizado por los griegos, que aparece en La Ilíada. Citado por Foucault, M. La verdad y las formas jurídicas.

Referencias bibliográficas

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700 años de la muerte de Dante Alighieri

Fernando Bogado
Escritor, periodista y profesor universitario
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El 25 de marzo es día de celebración en Italia, cuando se calcula que el poeta hizo su ingreso al Infierno dando comienzo a Divina Comedia.

Como cualquier libro llamado “clásico”, el magno poema de Dante Alighieri (1265-1321) se escribió en el peor de los contextos posibles. Hasta 1295, si bien ya había dado a conocer un primer trabajo que le dio cierta trascendencia, Vita nuova —dedicado a la figura de Beatrice, una mujer de la que se había enamorado profundamente, pero que falleció joven en 1290—, Dante Alighieri, hijo del comerciante Aligherio di Bellincione, era fácilmente reconocible como una figura política de importancia en el ámbito florentino de finales del siglo XIII.

Por una cuestión de herencia familiar, Dante defendía los valores de los güelfos, que se habían instalado en el poder promediando el siglo y lograrían hacer llegar su influencia hasta varios años después. Recordemos, los güelfos, en ese momento, se enfrentaban a los gibelinos, dos bandos que se habían formado luego de una diferencia dentro de la política del Sacro Imperio Romano Germánico entre un grupo más cercano al papado y, otro, más próximo al emperador.

A su vez, a finales del siglo XIII, cuando Dante comienza su rol como político, los güelfos vuelven a dividirse entre los blancos y los negros. Esto es, los que tenían una posición más conciliadora opuestos a los que respondían a una suerte de ideal de venganza que buscaba reinstalar el poderío que algunas familias nobles sentían que estaban perdiendo con el desarrollo de una proto-democracia florentina controlada por mercaderes y artesanos. Un sistema en donde Dante jugaba un rol central como uno de los miembros del priorato de la ciudad.

Pero, en 1301, su suerte cambia, y cambia para mal. El papa Bonifacio VIII envía a Florencia a Carlos de Valois como pacificador, lo cual obliga a Dante a viajar a Roma como embajador del gobierno florentino. Bonifacio VIII retiene a Dante durante el lapso de tiempo que le lleva a los güelfos negros hacerse con el poder de Florencia. El resultado es una masacre, en donde caen varios güelfos blancos y el propio Dante, varado en Roma, es encontrado culpable de fraude y corrupción, de haber “bloqueado” la injerencia del Papa y, además, es sentenciado a cumplir con una multa imposible de pagar o ser exiliado. En 1302, un exilio preventivo de dos años pasa a convertirse en uno de por vida, con el agregado de que, si algún miembro de la guardia del nuevo poder establecido lo encontrase, tenía la habilitación de ajusticiarlo en el momento.

Dante nunca volvería a la ciudad que tanto amó, en donde había desarrollado una carrera, en donde había criado a sus hijos y tenía su patrimonio, y pasaría a mejor vida en septiembre de 1321, en Ravena. En esos últimos años de su vida, lejos de la patria, odiado por todo el mundo y entregado a un errar cuyo fin no conocería, Dante Alighieri, político, escribiría una obra que tenía, que tiene, tanto de denuncia como de filosofía, tanto de literatura como de huella de algo que nos entrega a pensar en un orden más allá del mundo conocido, una obra en la que él mismo sería protagonista y, en rigor de verdad, el único “vivo”.

Él la llamaría su Commedia, aunque, poco tiempo después, se le agregaría ese adjetivo determinante que adelanta un poco su tema: Divina. A 700 años de la muerte de su autor, la salida de una nueva traducción de esta obra central en la literatura occidental, anotada, comentada y en formato bilingüe, aparecida en el sello Colihue y realizada por la especialista Claudia Fernández Speier, nos invita a reencontrarnos con un texto que siempre ha sido considerado importante, pero que es más mencionado que leído. Pena que, exagerando un poco lo que solía decir Borges, tienen siempre los libros canónicos: son aquellos que, sin haber girado ni una página, decimos conocer (partes) de memoria.

¿Cómo es “volver” a Dante en nuestra arena intelectual, en donde insiste esa tensión entre alta cultura y prácticas populares, en donde la obligada democratización de la lectura propuesta por el mundo digital choca, a veces, con el gesto de lentitud que tiende a realizarse con un libro en papel?

Un buen principio es la traducción. Abrir un texto de tanto peso simbólico a lo contemporáneo es volverlo a traducir y, en ese gesto, reconstruir la mirada de un mundo perdido por viejo y lejano (la Italia de los estertores del Medioevo) y cruzarlo con el nuestro, cosa que la edición de Colihue Clásica logra con creces a través de un trabajo que no sólo lleva una larga “Introducción” que sitúa a Dante, su cosmovisión y su obra para el lector interesado, sino que, además, ofrece un cuerpo de notas nutrido y algo que muy pocas publicaciones de la Divina Comedia tienen en nuestro país y en el resto del mundo: un comentario al final de cada canto que repasa los principales eventos sucedidos y repone las numerosas referencias que aparecen en cada estrofa del poema.

En algún sentido, es una forma de hacerle honor a la larga tradición de traductores de Dante que han surcado nuestro país, empezando por la primera traducción de la Commedia a cargo de Bartolomé Mitre. Alguien que, en algo más mítico que real, empezó a pasar al castellano tercetos del “Infierno” en ese otro averno que era la Guerra del Paraguay, entre los momentos de tensa calma de un enfrentamiento por demás injusto.

El gesto de apropiación de Mitre, en algún punto, abre también la reflexión en torno a la Divina Comedia en la Argentina. Actitud que, a la larga, determina el lugar que puede tener un “clásico” en la lengua de llegada, la nuestra, y que pone en escena, mal o bien, el gesto democratizante avant la lettre, político y plurilingüe del exiliado florentino.

“Dos traducciones argentinas son las que más lectores han tenido”, argumenta la doctora Fernández Speier, quien también se especializó en investigar las versiones previas del poema en una tesis de doctorado publicada con el título de Las traducciones argentinas de la Divina Comedia. De Mitre a Borges (Eudeba, 2019). “La de Mitre, verdadero acto fundacional, y la de Ángel Battistessa, que la reemplazó en la circulación sobre todo entre estudiantes. En el siglo XXI, la de Jorge Aulicino representa un cambio pronunciado, ya que se presenta como la primera hecha por un poeta; a diferencia de las dos anteriores, tiene muy pocas notas, y todavía no hay estudios sobre su difusión. No sé si puede extrapolarse alguna impresión general sobre la intelectualidad nacional a partir de esto. Sí es claro que, con la tradición de Mitre, la Argentina se apropia por primera vez, con una notable libertad interpretativa, del centro del canon europeo. Con Mitre nace la figura del ‘traductor-intérprete’ que acompañará en mayor o menor medida a Dante en nuestro país. La actitud de Mitre puede verse, en mi opinión, como un anuncio de la que Borges enunciaría en ‘El escritor argentino y la tradición’.»

La literatura obliga a esas paradojas que la política no se permite confesar: el padre del liberalismo argentino expropiando pertenencias europeas. Todo por amor al arte.

Buscando la lengua nacional

Además de la Divina Comedia, Dante escribe en el exilio un tratado de filosofía que resumía el pensamiento de su tiempo, el Convivio, atravesado tanto por los trabajos de la Antigüedad clásica, de Aristóteles a Virgilio, como por la discusión y lectura de los grandes pensadores de ese presente, como Santo Tomás de Aquino o Alberto Magno.

Los mismos textos que aparecen de base para el poema mayor por el cual Dante todavía es recordado, a fin de cuentas. Sin embargo, es en este trabajo donde se confiesa una intención que va a cruzar estos escritos y que confirman el rol humanista de Alighieri: Dante elige escribir tanto el Convivio como la Commedia en lengua vulgar, en el florentino de su tiempo, con el cruce de voces que eso representa, y no en latín. En definitiva, la lengua que manejaban las mujeres y los niños, los que no sabían la lingua franca del pensamiento medieval.

La salvación, después de todo, estaba dirigida a toda la humanidad, y el gobierno y las artes de esa humanidad debían responder al orden divino en tanto representación en la tierra del Paraíso. Ya en el siglo XX, un artista tan radical y exquisito como Pier Paolo Pasolini eligiría el nombre de La divina mímesis para su obra-diario póstumo en espejo a la obra de Dante porque, precisamente, en la obra dantesca se ponía en juego el uso de voces heterogéneas, funcionando para ese presente como un manifiesto en contra de la homogeneización lingüística propiciada por el mercado.

Si para Pasolini el dialecto del friuli era una forma de responderle al capitalismo que borraba las diferencias para promover los negocios, en Dante, en un momento previo a la globalización pero casi en los orígenes del desarrollo de los bancos y la idea misma de capital privado, el cruce de lenguas (en donde el latín, el florentino y hasta los más diversos neologismos tenían lugar) buscaba darle espacio a las voces del pueblo, a la mayoría no representada en el saber. También, en esa actitud, puede leerse un anacronismo: el germen de una forma de democracia.

“En efecto, el poema dantesco se caracteriza, según una definición ya clásica del siglo XX, por su plurilingüismo”, retoma Fernández Speier, apuntando a una de las características más sobresalientes y más complejas de atravesar para cualquier traducción de la Divina Comedia. “Para contar su viaje al más allá y describir la gran variedad de paisajes, tormentos, personajes, estados de ánimo, delicias, Dante se sirve de distintos registros, de voces de idiomas y dialectos diferentes del florentino de base, e incluso inventa palabras cuando su experiencia supera lo humano, sobre todo en el ‘Paraíso’. Esto es algo que cualquier lector italiano percibe inmediatamente o, en algunos casos, las ediciones anotadas lo informan. Eso comenzó a valorarse a partir del siglo XIX. Por supuesto, supone un desafío al momento de traducir, como lo es siempre el problema de las variedades sociolingüísticas, que en el caso de la literatura italiana es central.»

Basta sólo un ejemplo para entender esta puja interna dentro de la Italia contemporánea en tanto Estado: el hecho mismo de que consideremos a la lengua de nuestros antepasados, la mayoría, migrantes pobres del sur que llegaron a la Argentina buscando otra oportunidad, como “dialecto”. Frase que pareciera rebajar el tipo de italiano que manejaban. La lengua literaria o la lengua de mercado, que estandariza y liquida esas variantes, paradójicamente, es algo diametralmente opuesto a lo que puede encontrarse en la obra misma que se cita como primera manifestación lingüística del italiano moderno. En Dante no hallamos, en definitiva, la conformación de una “lengua nacional”, sino, muy por el contrario, el mosaico de la multitud de experiencias lingüísticas que habitaban ese territorio.

Hay algo que se pierde de vista, a veces, cuando se habla de la Commedia, y es el hecho de que, por más que el lector se meta en su “historia”, en el viaje que se inicia por una “selva oscura” con Virgilio y termina en los cielos del Paraíso con Beatrice como guía, lo que tenemos frente a nuestros ojos es un poema.

Sumado a la complejidad de voces, la música misma de las estrofas, de tres versos (tercetos) endecasílabos (de 11 sílabas), se sostiene en un invento de Dante llamado terza rima, o terceto encadenado. Así, en una estrofa, el primer y tercer verso riman, pero el segundo verso rima con el primer y tercer verso de la estrofa siguiente. Esa estructura permite una repetición indefinida: no hay límite para el encadenamiento.

Es por eso que, buscando encapsular esa infinitud en una construcción que pueda controlarse, matemáticamente perfecta, Dante presenta esa sucesión en tres grandes partes subdivididas en 34 cantos (“Infierno”) y dos de 33 (“Purgatorio” y “Paraíso”), dando un total de 100 cantos. La proliferación del número 3 es también una forma de entender el Universo, la Creación: responde a la Santísima Trinidad, replica el orden mismo del poema y a los tres planos aludidos, el lugar donde se castiga a los pecadores, el terreno medio recientemente inventado en esos años por la Iglesia y el gozoso cielo en donde la contemplación de la divinidad satisface por fin el deseo humano de conocimiento. Para todo eso, entonces, no hay una única lengua, sino una obligación: recurrir a todas las formas posibles para retratar, en “dialecto” humano, aquello cuya experiencia es inefable.

Dante nuestro

Parece una verdad de Perogrullo, pero darla por sabida es pecar de soberbio. La Divina Comedia es un poema complejo, de una factura que a 700 años de la muerte de su autor todavía nos sigue interpelando. Más allá de que la historia política argentina haya elegido quedarse con el poema y no con el pueblo allí evocado (a comienzos del siglo XX, el respeto por Dante chocaba con el desprecio por los tanos inmigrantes, por ejemplo), la disputa de sentido que una nueva traducción abre nos permite colocarnos en plena discusión en torno a qué es lo que hace que un libro sea canónico. Algo que tiene una clara respuesta: el hecho de que su lectura todavía siga generando interés y polémica.

La Commedia no es un texto aristocrático: es un libro abierto cuyo sentido debe disputarse, como todo lo que consideramos “alto” dentro del mundo occidental. Si se nos presentó históricamente como algo para pocos, dedicado sólo a algunos iluminados, basta con volver al poema para encontrar una respuesta justa a esas pretensiones. En continuidad con la recuperación de Aristóteles que el mundo Medieval terminó por completar en el mismo siglo XIII, con la recepción de la Física, la Metafísica y la Política, Dante considera (junto con Tomás de Aquino) que el deseo humano apunta siempre al conocimiento, y que ese conocimiento se completa en el mundo por venir. La felicidad es posible, entonces, siempre y cuando se pueda ser coherente con ese anhelo de saber. Ese mismo deseo fue el que empujó al poeta, en el medio del camino de su vida, a “conocer” el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Lección final, entonces, de la Commedia; voluntad y saber se conjugan en el viaje de la vida. Y nadie tiene vedado cumplir con ese deseo de felicidad.

Pero, ¿hay algo que la Divina Comedia tenga estrictamente para el mundo contemporáneo, tan distante (o no) de esas consideraciones medievales? ¿Algo que amerite una nueva traducción? “Probablemente sí, pero no es fácil definirlo sin la perspectiva del tiempo”, señala Fernández Speier. “Creo que hasta ahora las traducciones argentinas se alimentaron sobre todo de las lecturas críticas del siglo XX. Algo que tal vez se añadió últimamente en los estudios dantescos, y es un aspecto de enorme interés, es la posibilidad de hacer búsquedas informáticas: estas revelan un control asombroso del léxico por parte de Dante, que usa cada palabra de manera sumamente significativa en diferentes pasajes, trazando líneas de tópicos transversales a través de los tres libros. En mi trabajo, le di gran relevancia a este fenómeno, tanto en la traducción como en las notas y los comentarios. Otra tendencia de la dantología de las últimas décadas es la de privilegiar el Paraíso, que por diferentes causas culturales fue injustamente desplazado en las lecturas críticas del siglo XIX y de gran parte del siglo XX. En ese sentido, tengo la ilusión de que esta nueva edición colabore en la lectura de ese tercer libro, que es el más difícil de los tres, pero también el más novedoso lingüísticamente, el más audaz y tal vez el más bello”.

Saber, lengua, tradición, pero todo entendido de una manera abierta: la Divina Comedia puede convertirse en un texto para cualquier lector siempre y cuando entendamos que no hay gesto más rabiosamente democrático que no tomar al otro por tonto. Así como Dante hizo con la Commedia, con el Convivio, el conocimiento más preciado en un momento de la historia puede y debe ponerse al alcance de todos, buscando la herramienta exacta. La cual, a veces, puede ser un poema.

“Las ediciones en las que se publicó la traducción de Battistessa son, sin dudas, las más parecidas a la de Colihue”, concluye la traductora de una edición que sienta un nuevo precedente en la historia de Dante en el país. “A pesar de un estilo de traducción y de notas muy diferente, también tienen el texto italiano enfrentado, una introducción, notas al pie. Esta nueva edición aspira, de algún modo, a ocupar el lugar de aquellas que hace algunas décadas eran las más leídas en la universidad. El proyecto de Aulicino está en las antípodas, por ejemplo: se trata de una traducción de autor que, según la intención del traductor, propone que el texto se abra paso sin ‘las muletas’ de un paratexto. Creo que es bueno que existan todas estas alternativas, como sucederá también en estos años, en donde van a aparecer distintas ediciones para el público muy variado que puede acercarse a la Comedia. Público que tiene el derecho de leerla, en definitiva, de la manera que más le guste y le sirva.»

Por gentileza de Página|12