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Algunos tipos de carácter y sociedad

Estudiantes de la Universidad de Buenos Aires
C@hiers de Psychologie Politique
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Este texto trata sobre las formas en que una clase de carácter social, que predominó  en los EEUU durante el S. XIX, se ve reemplazada de manera gradual por un carácter social de tipo muy dispar.

Carácter: es la organización más o menos permanente, social e históricamente condicionada, de los impulsos y satisfacciones de un individuo, la clase de “equipo” con que enfrenta al mundo y a la gente.

Carácter Social: es aquella parte del “carácter” que comparten los grupos sociales significativos y que constituye el producto de la experiencia de esos grupos. Esta noción de carácter social permite hablar del carácter de clases, grupos, regiones y naciones.

Los años de infancia tienen suma importancia en la formación del carácter, ya que esos tempranos años no pueden considerarse prescindiendo de la estructura de la sociedad ya que la misma afecta a los padres que crían a los hijos y a éstos en forma directa.

Carácter y sociedad

La conexión entre sociedad y formación de carácter según Erich Fromm:

“Con el fin de que cualquier sociedad pueda funcionar bien, sus miembros deben adquirir la clase de carácter que les hace experimentar el deseo de actuar en la forma en que deben actuar como miembros de la sociedad o de alguna clase especial dentro de ella. Tienen que desear lo que objetivamente es necesario que hagan. La fuerza externa queda reemplazada por la compulsión interna, y por esa clase particular de energía humana que se canaliza en los rasgos caracterológicos”.

Esta es la definición más aproximada del Carácter Social según el profesor Ramos.

El vínculo entre carácter y sociedad es uno de los más significativos ya que se encuentra en la forma en que la sociedad asegura cierto grado de conformidad en los individuos que la constituyen.

En cada sociedad este modo de asegurar la conformidad es inculcado en el niño y luego alentado o frustrado en la existencia adulta posterior, puesto que ninguna sociedad puede garantizar que este modo de conformidad inculcado satisfaga en todas las etapas de la vida a quienes están sometidos a él

Riesman, en este texto, utiliza el término “modo de conformidad” como sinónimo del término “carácter social”, aunque sin duda la conformidad no es todo el carácter social; también el “modo de creatividad” es una parte igualmente importante de aquél.

Riesman está interesado en 2 revoluciones y su relación con el “modo de conformidad” ó “carácter social” del hombre occidental desde la Edad Media:

Primera Revolución

    • producida hace 400 años,

    • nos separó bastante decididamente de las formas tradicionales de vida orientadas según la familia y el clan.

    • incluye el Renacimiento, la Reforma, la Contrarreforma, la Revolución Industrial y las revoluciones políticas de los S. XVII, XVIII y XIX.

    • Esta revolución, en La mayoría de los países adelantados del mundo y particularmente en EEUU, está dando paso a otra clase de revolución: toda una serie de desarrollos vinculados con un pasaje desde una era de producción hacia una era de consumo.

Segunda Revolución

  • Apenas comienza

En el texto, Riesman intenta acentuar el contraste entre las condiciones y el carácter de los estratos sociales que se ven más seriamente afectados por la segunda revolución, y las condiciones y el carácter en estratos análogos durante la primera revolución. Aquí, el comentario sobre las sociedades tradicional y feudal –que fueron derrocadas por la primera revolución- constituye un telón de fondo para estos cambios.

El autor se sirve de unas categorías tomadas de la demografía (ciencia referente a las tasas de nacimiento y de mortalidad, etc.) porque intenta vincular ciertos desarrollos sociales y caracterológicos, como causa y efectos, con ciertos cambios en la población de la sociedad occidental desde la Edad Media.

La tesis del autor es que cada una de las 3 fases en la curva demográfica parece corresponder a una sociedad que asegura la conformidad y modela el carácter social de una manera definitivamente distinta.

Tipos ideales de carácter y sociedades

Sociedad de Alto Potencial de crecimiento: (Edad Media).

  • Carácter Social que desarrolla: la conformidad se asegura por una tendencia a seguir la tradición.
  • Tipo de Individuos: DIRIGIDOS POR LA TRADICIÓN.
  • Tipo de Sociedad: Dependiente de la DIRECCIÓN TRADICIONAL.
  • Población Total: no aumenta ó lo hace con lentitud (el número de nacimientos es equivalente al de muertes, ambos son muy altos). Población joven en proporción elevada; expectativa de vida es baja; cambio de las generaciones es sumamente rápido.
  • Predominio de la Esfera Primaria de producción.
  • Ejemplo: India.

Sociedad de Crecimiento Transicional: (S. XIX)

  • Carácter Social que desarrolla: conformidad asegurada por su tendencia a adquirir un conjunto de metas internalizadas.
  • Tipo de Individuos: DIRIGIDOS DESDE ADENTRO.
  • Tipo de Sociedad: Dependiente de la DIRECCIÓN INTERNA.
  • Población Total: con explosión demográfica (aumento rápido), la tasa de natalidad sigue a la de mortalidad en su declinación.
  • Ejemplo: Rusia.

Sociedad de Declinación Demográfica Incipiente:

  • Carácter Social: conformidad asegurada por tendencia a ser SENSIBLES A LAS EXPECTATIVAS Y PREFERENCIAS DE LOS OTROS.
  • Tipo de Individuos: DIRIGIDOS POR LOS OTROS.
  • Tipo de Sociedad: Dependiente de la DIRECCIÓN DE LOS OTROS.
  • Población: crecimiento es pequeño porque hay pocos nacimientos y muertes.
  • Predominio de la Esfera Terciaria de producción.
  • Ejemplo: EEUU

Existe un vínculo entre fase demográfica y tipo de carácter. Riesman afirma también podría realizar la división de las sociedades teniendo en cuenta la etapa de desarrollo económico alcanzado en cada una. Por eso es que la distinción que hace Colin Clark corresponde muy estrictamente a la división de sociedades sobre la base de características demográficas.

Clark divide entre las esferas:

  • Primarias: agricultura, caza, pesca y minería

  • Secundarias: manufactura

  • Terciarias: comercio, comunicaciones y servicios

Alto potencial de crecimiento: tipos dirigidos por la tradición

Esta fase caracteriza a más de la mitad de la población mundial: India, Egipto, China, etc. Casi todas las áreas del mundo relativamente al margen de la industrialización.

  • Tasas de Mortalidad: ELEVADAS.

  • Tasas de Natalidad: ELEVADAS.

La sociedad llega a un acuerdo maltusiano con la limitada provisión de alimentos, eliminando, parte del excedente potencial de nacimientos con respecto a las muertes. Cultivo prudente del suelo y postergación del matrimonio. Si no se puede limitar los nacimientos y retrasar los matrimonios hay que tomar otras medidas de eliminación de la población. Para ello, se inventó el canibalismo, el aborto, las guerras, sacrificios humanos, infanticidio como medios para evitar el hambre y las epidemias periódicas.

A pesar de este ajuste de cuentas, que pueden originar trastornos y zozobra, estas sociedades tienden a ser estables porque las prácticas sociales, incluyendo los crímenes, que impiden el crecimiento de la población, están institucionalizadas y pautadas.

Expectativas de vida promedio: baja. La mayor parte de la población es joven y el reemplazo de una generación por la siguiente se realiza con mayor rapidez.

Individuo: aprende a manejar la vida mediante la ADAPTACIÓN y NO POR INNOVACIÓN.

Conformidad: la sociedad crea una pauta de conformidad convencional, denominada DIRECCIÓN TRADICIONAL.

Dirección Tradicional: el tipo de orden social considerado es relativamente estable, por ende la conformidad del individuo tiende a estar determinada en gran medida por RELACIONES DE PODER entre los DIVERSOS GRUPOS según edad y sexo, los clanes, las castas, las profesiones, etc. Relaciones que se mantienen durante siglos y poco son modificadas por las sucesivas generaciones. La CULTURA controla la CONDUCTA en cada detalle, una ETIQUETA CUIDADOSA Y RIGIDA gobierna la esfera influyente de relaciones de parentesco. La cultura también proporciona ritual, rutina y religión para orientar y ocupar a todo el mundo. Muy poca energía se aplica para encontrar nuevas soluciones a los viejos problemas.

La ACTIVIDAD DEL MIEMBRO INDIVIDUAL: DETERMINADA POR UNA OBEDIENCIA ARRAIGADA EN LAS TRADICIONES, pero esto no implica que el individuo no sea altamente valorado y alentado a desarrollar sus capacidades. El individuo tiene una relación funcional bien definida con los otros miembros del grupo. Las metas que soy suyas (porque las eligió conscientemente) configuran su destino sólo en un grado muy limitado y sólo en un grado muy limitado existe alguna idea de progreso para el grupo.

Los individuos desviados son canalizados hacia roles institucionalizados, Un innovador ó  rebelde es llevado a ocupar el lugar del chamán o brujo, ya que estos roles hacen una contribución  social aceptable. (por ej.: las órdenes monacales de la Edad Media).

Existe el aliento en ciertos individuos de algún grado de individualidad desde la infancia si pertenecen a familias de status elevado.

MARGEN MÍNIMO DE ELECCIÓN PARA LOS INDIVIDUOS

Estructura del carácter. ADAPTADA, para la mayoría de la gente parece estar en consonancia con las instituciones sociales. Los pocos inadaptados encajan en cierta media, y sólo muy rara vez un individuo es expulsado de su mundo social.

El cambio es más lento.

En la historia occidental se considera a la Edad Media (sociedad precapitalista) como un período en el que la mayoría estaba dirigida por la tradición.

Hindúes, chinos, indios, zulúes, árabes norafricanos, los balineses.

  • Lentitud relativa del cambio

  • Dependencia respecto a la familia y a la organización del parentesco

  • Apretada red de valores

  • La elevada tasa de natalidad no constituye el resultado de una falta de conocimientos o técnicas anticonceptivas. Limitación de la fertilidad mediante el cálculo y la declinación de la energía sexual.

  • Conformidad externa de la conducta: conducta es objeto de una detallada prescripción, la individualidad del carácter no necesita estar muy desarrollada para satisfacer las prescripciones del ritual y la etiqueta.

  • Carácter social: capaz de atender a la etiqueta y obedecer en la conducta.

  • El problema de la elección personal se resuelve canalizando la elección mediante una rígida organización social.

  • Las personas dirigidas por la tradición no piensa en sí misma como en un individuo, ni se le ocurre que puede determinar su propio destino en términos de metas personales o que el destino de sus hijos pueda o ser el del grupo familiar. No está suficientemente separado de sí mismo, su familia o grupo, desde el punto de vista psicológico como para pensar en estos términos.

Crecimiento transicional: tipos internamente dirigidos

El mayor cambio social de los últimos siglos tuvo lugar cuando los hombres se vieron obligados a abandonar los lazos primarios que los unían a la versión medieval occidental de la sociedad dirigida por la tradición.

La declinación de la mortalidad sucede antes que la de la fertilidad, entonces hay un período en que la población aumenta con rapidez (mejoras de las comunicaciones, de las condiciones sanitarias; declinación del infanticidio, del canibalismo). Los adelantos en los métodos agrícolas producen el sustento de un mayor número de gente y ésta produce, a su vez, aún más gente.

Es muy probable que la transición sea violenta, desbaratando las formas estabilizadas de existencia en las sociedades donde la dirección tradicional constituye el principal modo de asegurar la conformidad.

DIRECCION INTERIOR: la sociedad que surgió con el Renacimiento y la Reforma ilustra este tipo de sociedad en que la dirección interna constituye el principal modo de asegurar la conformidad.

  • Mayor movilidad personal

  • Rápida acumulación de capital (con devastadores cambios tecnológicos)

  • Expansión casi constante:

  • Expansión intensiva en la producción de bienes y seres humanos

  • Expansión extensiva en la exploración, colonización e imperialismo

  • Mayores posibilidades de elección generan individuos que pueden vivir socialmente sin dirección tradicional estricta y autoevidente.

  • La fuente de dirección para el individuo es interior, en el sentido de que se implanta desde muy temprano en la vida por la acción de los adultos y apunta a metas generalizadas, pero, no obstante, ineludiblemente decididas.

  • Dirección interna: importante. Se preocupan por la conformidad de la conducta, pero no se contentan con ella.

  • El problema de la elección personal se resuelve canalizando la elección a través de un carácter rígido aunque altamente individualizado.

  • Estas sociedades parecen ofrecer a la gente una amplia elección de finalidades (dinero, posesiones, poder, conocimiento, fama, virtud), pero estas están ideológicamente interrelacionadas y la elección efectuada por cualquier individuo permanece relativamente inalterable durante toda su vida. Los medios para esos fines están limitados por las nuevas asociaciones voluntarias (los cuáqueros, los masones, las asociaciones de técnicos) a las que se vinculan los hombres.

  • El carácter de dirección interior está considerablemente ligado con las tradiciones ya que estas limitan sus fines e inhiben su elección de medios. Aquí hay una escisión de la tradición. Aunque la elección de tradición que hace el individuo está determinada en gran parte por su familia, no deja de percibir la existencia de tradiciones competidoras. El resultado es el de poseer un grado algo mayor de flexibilidad para adaptarse a requerimientos siempre cambiantes.

  • Cuando el control del grupo primario pierde rigidez, se inventa un nuevo mecanismo psicológico adecuado a esa sociedad más abierta: es lo que el autor describe como un giroscopio psicológico.

  • Giroscopio psicológico: mecanismo psicológico que se inventa cuando el grupo primario pierde rigidez. Este instrumento, luego de ser establecido por padres y autoridades, mantiene el “rumbo” de la persona de dirección interna, aunque la tradición no dicte ya sus movimientos.

  • La persona de dirección interna puede mantener un delicado equilibrio entre las exigencias de su meta en la vida y los embates del ambiente externo.

  • En esta fase de crecimiento, la gente logra un sentimiento de control sobre sus propias vidas y ve a sus hijos como individuos con un destino que cumplir.

  • La persona de dirección interna a menudo buscaba y lograba una independencia relativa de la opinión pública y de lo que sus vecinos pensaban sobre él, pero en la mayoría de los casos, tenía muy en cuenta su buena reputación y sus buenas relaciones vecinales. Estas conformidades se veían en detalles exteriores: la ropa, cortinas y cuenta bancaria. Esta conformidad se refería a un estándar.

Declinación incipiente de la población: tipos dirigidos por los otros

En esta fase, es cada vez menor el número de individuos que trabajan la tierra  o en la manufactura, y aumentan los que realizan tareas burocráticas y de servicios. Industrias de servicios (sector terciario) aumentan. Las horas de trabajo se acortan. La gente puede gozar de abundancia material y de ocio. Pero el precio de estos cambios se encuentra en una sociedad centralizada y burocrática y en un mundo encogido y agitado por el contacto, acelerado por la industrialización, entre razas, naciones y culturas.

Aquí el problema radica en “la otra gente” y no en el ambiente material. El control giroscópico no es bastante flexible y se necesita un nuevo mecanismo psicológico.

La psicología de escasez de muchas personas con dirección interna da paso a una “psicología de la abundancia”, caracterizada por el consumo suntuario “despilfarrador” del ocio y el superávit de productos. La gente debe aprender a disfrutar y consumir los servicios considerados costosos en términos de fuerza humana como la poesía y la filosofía.

Los consumidores no productivos (ancianos y jóvenes aún no adiestrados) constituyen una elevada proporción de la población y necesitan la oportunidad económica de ser pródigos.

DIRECCIÓN POR LOS OTROS: tipo de carácter dirigido por los otros surgió durante los últimos años en la clase media alta de las grandes ciudades de EEUU (New York, Los Ángeles, Cincinnati). Son considerados una nueva clase de hombre.

El análisis de este autor sobre el tipo dirigido por los otros es, a la vez, un análisis del norteamericano y del hombre contemporáneo.

El tipo dirigido por los otros se encuentra en EEUU más cómodo que en cualquier otra parte, debido a ciertos elementos únicos de esta sociedad, tales como su origen europeo y su falta de un pasado feudal. Han tenido mayor influencia del capitalismo, el industrialismo y la urbanización.

La Norteamérica metropolitana contemporánea: es una ilustración de una sociedad en la que la dirección de los otros es el modo predominante de alcanzar conformidad.

Correspondencia entre los tipos de carácter social y las clases sociales:

  • Dirección desde Adentro: es el carácter típico de la vieja clase media (banquero, comerciante, pequeño empresario, ingeniero, etc.

  • Dirección por los Otros: carácter típico de la nueva clase media (burócrata, empleado de empresas, etc.)

Educación, ocio y servicio acompañan a un mayor consumo de palabras e imágenes que proceden de los nuevos mass-media. Cada vez más, las relaciones con uno mismo y con el mundo exterior se producen por el flujo de la comunicación masiva…

  • TIPO DE CONDUCTA: más socializado, tanto párale éxito como para la adaptación marital y personal: hay otras modificaciones en la familia y en la forma de criar a los hijos. En las urbes: familias más pequeñas con educación infantil del tipo permisivo en estratos más amplios. Hay una relajación de las antiguas pautas de disciplina. Entre estas pautas, el grupo de pares (de la misma edad y clase) cobra mayor importancia para el niño, mientras que los padres lo hacen sentir culpable –no por la violación de las normas internas sino- por la incapacidad de conseguir popularidad o manejar de alguna otra forma sus relaciones con esos niños.

  • Las presiones de la escuela y del grupo de pares se ven reforzadas y continuadas por los medios masivos y la cultura popular en general.

  • TIPOS DE CARÁCTER DIRIGIDOS POR LOS OTROS: sus contemporáneos son la fuente redirección para el individuo, los que conoce y aquellos con los que tiene una relación indirecta, a través de amigos y de los mass-media. Esta fuente es “internalizada”, en el sentido de que la dependencia con respecto a ella para una orientación en la vida se implanta temprano. Las metas hacia las que se dirige este tipo de persona varían según esta orientación: lo único que permanece inalterable durante toda la vida es el proceso de tender hacia ellas y el de prestar profunda atención a las señales procedentes de los otros. Modo de mantenerse en contacto con los otros que permite una GRAN CONFORMIDAD EN LA CONDUCTA, a través de una excepcional sensibilidad a las acciones y deseos de los otros. NECESIDAD DE APROBACIÓN Y DE DIRECCIÓN POR PARTE DE LOS OTROS –de los contemporáneos antes que de sus padres- con gran importancia a la opinión que los demás tienen de ellos.

  • Insaciable necesidad psicológica  de APROBACIÓN distingue a los miembros de la clase media alta norteamericana de las metrópolis a quienes el autor considera como dirigidos por los otros.

  • El norteamericano dirigido por los otros aparece hoy como un individuo que por su carácter es más capaz y deseoso de mantener un contacto simpático con los otros, tanto en el trabajo como en el juego.

  • La persona dirigida por los otros presta mucha atención a los vecinos, tiende a mantenerse en el mismo nivel que ellos –no en los detalles externos- en otros niveles además de la apariencia y el decoro externos. Recurren a los otros en busca de orientación respecto de las experiencias deseables y la forma de interpretarlas.

Comparación de los tres tipos

Para ver las diferencias estructurales entre estos tipos, es necesario señalar las divergencias relativas a la sanción o al control emocional en cada uno de ellos.

TIPOS DIRIGIDO POR LA TRADICIÓN TIPOS DIRIGIDOS DESDE ADENTRO TIPOS DIRIGIDOS POR LOS OTROS
Siente el impacto de su CULTURA como una unidad, a través de un número pequeño y específico de individuos con los que está en contacto diario, que no le exigen ser de una determinada manera, sino que se comporte en la forma apropiada.

 

 

 

La persona de dirección tradicional obtiene sus señales de los otros que le llegan de un monótono cultural y no necesita un complejo equipo receptor para captarlas.

Incorporó tempranamente un giroscopio psíquico que sus padres ponen en movimiento y que, más adelante, puede recibir señales de otras autoridades semejantes a sus padres.

Se mueve en la vida con menos independencia, por eso parece obedecer a este piloto interno.

Tienen gran estabilidad aun cuando no cuenten con el esfuerzo de la aprobación social.

La persona con dirección interna puede estar en el extranjero “como en su casa” por su relativa insensibilidad a los demás.

Aprenden a responder a señales procedentes de un círculo mucho más amplio que el forman sus padres. La familia ya no es una unidad cerrada a la que pertenece, sino una parte del medio social a la que él presta atención desde temprano.

Estos tipos de personas se asemejan a los de dirección tradicional puesto que ambas viven en un medio grupal y carecen de la capacidad de la persona con dirección interna para manejarse solas. Pero lo que difiere es la naturaleza del medio grupal: quien está dirigido por los otros es cosmopolita, para éstos la barrera entre lo familiar y lo desconocido se ha borrado.

La persona dirigida por los otros está “como en su casa” en todas partes y en ninguna; es capaz de una intimidad rápida aunque superficial.

La persona dirigida por los otros debe estar en condiciones de recibir señales lejanas y próximas; las fuentes son muchas y cambiantes.

No se internalizar un código de conducta, sino el complicado equipo necesario para captar los mensajes e intervenir en su circulación.

La SANCIÓN a su conducta: tiende a ser el temor a ser cubierto de VERGÜENZA. La SANCIÓN a su conducta; por apartarse del rumbo fijado –como respuesta a impulsos internos ó las voces fluctuantes de sus contemporáneos– conduce a sentir CULPA. La palanca psicológica primordial es una ANSIEDAD DIFUSA. Aquí, el equipo de control, se asemeja a un radar en lugar de un giroscopio.

Prevalecen los controles por culpa y vergüenza.

Ver ejemplos históricos: Atenas, Roma

Algunas aclaraciones necesarias

Por mero accidente, cualquiera de un número de formas para asegurar la conformidad caracterológica puede existir en una sociedad dada. Las sociedades se desintegran y mueren a pesar de lo que pueden parecer métodos exitosos para asegurar la perpetuación del carácter.

No hay que sobreestimar el papel del carácter en el proceso social. Personas de tipos muy distintos pueden adaptarse con el fin de realizar eficazmente una gran variedad de tareas complejas. O bien, las instituciones sociales pueden utilizar toda una gama de motivaciones distintas, que surgen de tipos caracterológicos diferentes, para realizar clases muy similares de tareas socialmente necesarias.

La disparidad entre la conducta socialmente requerida y la conducta caracterológicamente compatible es uno de los motores del cambio.

Los tipos de carácter social son abstracciones. No puede haber algo así como una sociedad o una persona totalmente dependiente de la dirección tradicional, interna o por los otros; cada uno de estos modos de conformidad es universal, y se trata de determinar el grado en que un individuo o grupo social recurre a uno u otro de los 3 mecanismo disponibles. Los tipos de carácter y sociedad de este texto son tipos: no existen en la realidad, son una construcción, basada en una selección de ciertos problemas históricos para su investigación. En un intento por describir mediante un conjunto interrelacionado de características tanto una sociedad como sus individuos típicos, se han buscado los rasgos que vinculan a ambos.

Cada uno de nosotros poseemos la capacidad necesaria para cada uno de los 3 modos de conformidad, por ello es posible que un individuo pase –en el curso de su vida- de una mayor dependencia con respecto a una combinación de modos a una mayor dependencia con respecto a otra. Los individuos organizan las claves en su medio social y responden a ellas.

Es importante destacar esta SUPERPOSICIONES DE LOS DIVERSOS TIPOS

La lucha caracterológica

Se puede describir los últimos 100 años de historia occidental como una SUCESIÓN GRADUAL DE PREDOMINIO EJERCIDO POR LOS DOS ÚLTIMOS TIPOS. El tipo de Dirección Tradicional da paso al de Dirección Interna y éste, al Dirigido por los otros.

La dirección tradicional parece prevalecer en América latina, la zona meridional agrícola de Europa Asia y África.

La dirección interna parece predominar en las regiones rurales y en las pequeñas ciudades norteamericanas y canadienses, en el noroeste europeo y en Europa Central. Con fuerte campaña para introducirla en el este de Europa, Turquía y algunas partes de Asia.

La dirección por los otros insinúa su predominio en los centros metropolitanos de los Estados Unidos y en las grandes ciudades del noroeste europeo.

La mezcla de individuos de distintos tipos caracterológicos y diversas razas y religiones, resultante de la industrialización y colonización, tuvo lugar en todo el mundo. Tipos de carácter que hubieran estado bien adaptados a su situación se encuentran bajo la presión de tipos más nuevos y mejor adaptados.

Dificultades en la adaptación de los tipos con dirección interna de las urbes norteamericanas: (causan resentimiento o rebelión)

  • falta del equipo receptor adecuado para las señales de radar que dirigen la actitud y la conducta en la fase de declinación demográfica incipiente.
  • Negación en la adaptación a causa de desaprobación moral de lo que expresan las señales.
  • Desalentarse ante las señales que, aunque bastante tentadoras, no parecen destinadas a ellos.
  • Los que carecen, en su personalidad, de alguna forma sutil de maleabilidad y sensibilidad requerida frente a los otros.
  • Según Riesman hay millones de norteamericanos con dirección interna que rechazan los valores que emanan del creciente predominio que ejercen quienes son dirigidos por los otros.

Segundo foco de resistencia y resentimiento: los inmigrantes con dirección tradicional (menos numerosos y procedentes de las colonias americanas): les resulta más difícil encontrar apoyo cultural para la propia resistencia frente al forzado cambio de señales denominada “americanización”.

Tercer foco de resentimiento: los mineros, peones de aserradero y hacienda y algunos obreros de fábricas urbanas. rechazan altivamente la cultura dominante y desprecian las costumbres blandas o suaves de la vida en la ciudad.

La lucha caracterológica no tiene lugar sólo en un único país y entre los grupos de ese país que se encuentran en puntos distintos sobre la curva del carácter y la población. Existen también tensiones internacionales, que constituyen un círculo vicioso, y ayudan a preservar, en los países de declinación incipiente, a los tipos de carácter con dirección interna y su psicología de escasez durante la era previa de crecimiento transicional. Así, el grupo de tipos caracterológicos apropiados para una sociedad de abundancia –con la que han soñado los hombres durante siglos- se mantiene en suspenso histórico y subsiste la brecha entre la estructura caracterológica y las potencialidades de la estructura económica.

Las formas de persuasión política: indignación y tolerancia

MORALIZADOR: con dirección interna lleva a la política una actitud originada en la esfera de la producción, pone menos interés en los medios y más énfasis en los fines.

BUIEN INFORMADO: dirigido por los otros, lleva ala política una actitud originada en la esfera del consumo, pone más interés en los medios y menos énfasis en los fines.

La política debe evaluarse en términos de preferencias de consumo.

Los mass-media constituyen los canales más importantes entre los actores dirigidos por los otros en el escenario de la política y su auditorio. Los medios critican a los actores y a la función en general y –directa e indirectamente- adiestran al auditorio en las técnicas del consumo político.

Los medios de adiestramiento directo son los abiertamente políticos con sus editoriales moralizantes de dirección interna.  Es un grupo reducido de medios antiguos.

Los medios de enseñanza directa: más vastos e influyentes, incluyen toda la gama de la cultura popular contemporánea –desde historietas hasta la televisión. Dominan el uso del tiempo libre en todas las clases norteamericana, excepto el nivel más alto y el más bajo. Tienen gran influencia en la creación de estilos de respuesta compatibles con la dirección por los otros.

La pauta de esta compleja influencia, puede resumirse en 3 generalizaciones:

  • La cultura popular es, en esencia, un maestro del consumo porque enseña al hombre dirigido por los otros a consumir y considerar la política y la información y las actitudes políticas como bienes de consumo.
  • Por su sensibilidad a la presión, los medios tienen interés en la tolerancia. Pero aún donde son moralizadores en la intención, la modalidad del auditorio constituido por los grupos de pares hace que el mensaje indignante se reciba en una forma no indignada. Esta situación del auditorio lleva a un énfasis que no recae en lo que los medios dicen (sus contenidos) sino en la “sinceridad” de la presentación. Este acento en la sinceridad, tanto en la cultura popular como en la política, hace que el auditorio tolere la incompetencia de la presentación.
  • Si bien existe un residuo significativo de actitud moralizadora de dirección interna en la difusión de noticias y editoriales, esto basta para debilitar pero no para eliminar las persuasiones ejercidas por la cultura popular a favor de la tolerancia y la pasividad de la dirección por los otros.

La política como objeto de consumo

La capacidad del hombre dirigido por los otros para saber qué quiere, al mismo tiempo que le preocupa lo que le gusta se aplica tanto a la política como a otras esferas de la vida. En contraste con ello, el hombre con dirección interna, en esferas como la política, sabía qué quería, pero no se permitía saber qué le gustaba.

Condiciones de consumo pasivo: gente que abandona la liga de los bien informados e ingresa a la gran masa de los indiferentes del nuevo estilo.

Los medios masivos actúan como una especie de pregonero en la función política. Descubrieron un remedio para estas condiciones de consumo pasivo: el glamour (encanto, fascinación), en términos políticos el glamour es el carisma del líder ó el tratamiento esperado de los hechos por los medios masivos.

Aquí el glamour reemplaza a los tipos de autointerés que gobernaban a los individuos con dirección interna. En general: dondequiera vemos glamour en el objeto de atención, debemos sospechar la existencia de una apatía básica en el espectador.

El resultado de la búsqueda de glamour en la política es el esfuerzo por proporcionar valores psicológicos atractivos al cliente. Y los valores son “los mismos rasgos que nos gustan en nuestros amigos”: limpieza, aspecto moderno, generosidad, cortesía, honestidad, paciencia, sinceridad, simpatía y afabilidad. Quienes tienen tales valores, seguramente sabrían lo que cada uno necesitaba. Los dirigentes políticos norteamericanos han aprendido a tomar en cuenta tales atractivos; cuanto más amplio es el electorado tanto más tiende el glamour a desplazar las cuestiones concretas y las anticuadas consideraciones de patrocinio.

Los medios masivos de comunicación como preceptores de la tolerancia

Hay varios motivos por los que los medios masivos de comunicación desarrollan una actitud de tolerancia que se convierte en el modo de experimentar y enfocar todo, incluyendo la política.

El factor más poderoso es el TAMAÑO DEL AUDITORIO. La prensa está sometida a una variedad de presiones ejercidas por grupos que buscan protección, tales presiones están internalizadas en la estructura del manejo y la distribución de los grandes medios.

Pero el propietario monopolista no tiene mucho que ganar atacando a un grupo poderoso. Prefiere la convivencia del juego limpio y no los riesgos del libre intercambio de golpes e ideas. Entonces, cuanto mayor el alcance del medio, más tiende a producirse y consumirse en un tono de tolerancia dirigida por los otros y menos dirige su atención a los indignados.

LA TOLERANCIA Y EL CULTO DE LA SINCERIDAD

Se realizará un análisis de lo que se entiende por SINCERIDAD para comprender las formas en las que la cultura popular enseña tolerancia a su auditorio. La sinceridad es una de las cualidades mediante las que un negocio mayorista puede conservar una clientela leal.

Es evidente que la gente desea personalizar sus relaciones con sus héroes de consumo y su anhelo de sinceridad es un lúgubre indicador de cuán poca confianza pueden tener en sí mismos o en los demás en la vida diaria, pero resulta menos claro qué es lo que encuentran “sincero” en un cantante u otra clase de artista.

La SINCERIDAD significa la ACTUACIÓN en un estilo que NO ES AGRESIVO O CINICO, incluso puede ser indefenso. La sinceridad por parte del que actúa despierta la tolerancia de su público con respecto a él (no es justo criticar excesivamente a quien se ha entregado sin reservas y fue cordial en una entrevista).

Pero el énfasis popular en la sinceridad es más que eso. Significa que la fuente de criterios de juicio se ha desplazado desde el contenido de la actuación y su valor estético, a la personalidad del que actúa. Se lo juzga según su actitud frente al auditorio, actitud que es sincera o insincera, y no por su relación con su profesión, o sea, su honestidad y capacidad.

En la escena política, obligados a elegir entre la capacidad y la sinceridad, son muchos quienes prefieren la segunda. Se muestran tolerantes con los balbuceos y la ineptitud evidente, si el líder realmente se esfuerza.

Sinceridad y cinismo

El “bien informado” dirigido por los otros está lejos de ser simplemente un cínico. Este es un rasgo compatible con la dirección interna y tradicional, pero son diferentes en ambos casos.

El cínico con dirección interna es ó puede ser un oportunista, implacable en la persecución de sus metas, ó puede ser un idealista descontento, pero sigue comprometido con la rectitud en la práctica. Persiguiendo sus fines puede estar dispuesto a explotar a los demás como el moralizador con dirección interna puede estar dispuesto a obligar a ser moral.

Pero la persona dirigida por los otros, por cínica que pudiera parecer, en general depende demasiado de los demás como para ser completamente cínica a su respecto: puede seguir buscando sinceridad. Esto es, personalidades que, si explotan bien sus emociones, también intervendrán con las propias. Lo que aquí aparece como cinismo suele ser la disposición de la persona dirigida por los otros a aceptar con tolerancia las normas de todo grupo de pares adultos en el que se encuentre.

El cinismo del hombre dirigido por los otros con respecto a sí mismo es uno de los principales motivos por los cuales no puede creer bastante en sí mismo como para saber qué quiere.

Cuando el hombre con dirección interna examina la política, puede que se muestre excesivamente cínico con respecto a la gente, pero no respecto a las instituciones, constituciones y al valor de la política misma. En contraste, el hombre dirigido por los otros, sentimental respecto a la gente, tiende a mostrarse cínico respecto a las instituciones políticas y legales y al gran juego de la política. Esto unido a su preocupación por la sinceridad de sus políticos se convierte en un vicio.

Así, como el moralizador ve bajo una luz romántica un gobierno de leyes y no de hombres, el “bien informado” hace lo mismo con un gobierno de hombres y no de leyes.

Es muy difícil juzgar la sinceridad.

Es la necesidad psicológica de la persona dirigida por los otros, y no su necesidad política la que determina ese énfasis en el calor y la sinceridad.

¿Escapan los medios masivos de la política?

Muchos de los agentes de las comunicaciones masivas dan a las noticias políticas una importancia mayor de la que dictarían las estrictas consideraciones de la investigación de mercado. En esa forma ayudan a mantener el prestigio de la política como un supuesto interés por parte de su público, aún cuando, al mismo tiempo, pocas veces se opongan al estereotipo popular relativo al desprestigio de los políticos.

Esta posición prestigiosa otorgada a la política resulta de particular importancia para la persona dirigida por los otros porque ésta acude a los medios masivos buscando una orientación para su plan de vida y su jerarquía de valores.

Los medios, lejos de ser una conspiración para adormecer el sentido político de la gente, podrían tomarse como una conspiración para encubrir el grado de indiferencia política.

Los dirigentes periodísticos y radiales desean elevarse por encima del mínimo común denominador.

Los que trabajan en las industrias de la comunicación masiva son, a pesar del estilo moralizador con que enfocan la política, típicamente dirigidos por los otros. El radar hipersensible, que es su talón para la comida, no está sintonizado en los momentos libres con el público al que venden sino con el estrato intelectual alrededor y por encima de ellos. Esos estratos a menudo desprecian la cultura popular.

Quienes fabrican los medios están siempre impacientes por llegar al punjo donde, además de entretener, resultan educadores y mejoradores en términos del tópico. Más de un dueño de periódico que comienza como un hombre de negocios serio termina siendo un moralizador político.

Por lo tanto, parecería que los mass-media, entre sus efectos altamente complejos y ambiguos, ayudan a sustentar el prestigio de la esfera política en EEUU y que dentro de esa esfera favorecen a los viejos estilos políticos moralizadores.

No obstante, a pesar de estas buenas intenciones, el impacto total de los mass-media sobre las actitudes políticas de los norteamericanos contribuye más a alentar la tolerancia dirigida por los otros que a mantener la indignación típica de la dirección interna. El mero énfasis en las actitudes de consumidor en los mass-media, un énfasis que alienta y provee a los dirigidos por los otros, tiene efectos acumulativos. Uno de los más básicos es el que los tipos con dirección interna y sus intereses quedan excluidos de los medios en todas las esferas salvo la política.

La reserva de indignación

Fuera de la política, los mass-media ofrecen a los indignados una perspectiva pobre. Las cuestiones morales tratadas en ellos se plantean en formas cada vez más sutiles y reflejan problemas de relaciones personales. Pero el indignado rígido típico, más si es varón, simplemente no se interesa por tales cosas.

El moralizador está privado de sentimientos de eficiencia y ubicación. Ni su carácter ni su trabajo están recompensados. En esta situación, se vuelca contra ambos y contra el mundo. En un último esfuerzo desesperado porque el país retorne a la dirección interna, para hacerlo habitable para él, está dispuesto a unirse a un movimiento político cuya fuerza impulsora básica es la indignación. Un  mundo que le niega un lugar –que lo bombardea con mensajes que lo hacen sentir inadecuado- puede no parecerle digno de salvación, aunque su actitud destructiva esté racionalizada mediante diversas ideologías.

Los mass-media abastecen esta actitud en la política, aun cuando no lo hagan en otros campos. Los motivos para ello: el hecho de que los líderes de muchos medios, por cuestiones de prestigio y otras de índole personal, adoptan una actitud moralizadora frente a la política, y no la de un “bien informado”.

Como resultado, los despliegues de agresión o indignación en la arena de la política son bien acogidos por todos los tipos: indignados, bien informados e indiferentes.

Los norteamericanos siguen considerando una lucha política como parte de su herencia norteamericana a pesar de la tendencia a la tolerancia.

La naturaleza del proceso eleccionario fomenta la entrada del indignado en sus propios términos. En la realización de campañas sobrevive una tradición moralizante, en competencia con la más reciente búsqueda de glamour. Las máquinas también conocen por derrotas pasadas el poder político de los indignados, aquellos que realmente lucharon contra el concejo municipal. Incluso los hombres dirigidos por los otros pueden votar a los políticos moralizadores con dirección interna porque éstos ofrecen una actitud hacia la política más familiar, más dramatizada y aparentemente adecuada.

Los indignados han conservado una de las grandes tradiciones de la política norteamericana, la de pedir al gobierno que gobierne más de lo que sabe.

Los indignados pueden tratar en la política de descargar el peso de la ley sobre los movimientos culturales que simbolizan la sofisticación y tolerancia urbanas. Este esfuerzo es opuesto menos por los individuos tolerantes dirigidos por los otros que los que tienen dirección interna para quienes la tolerancia es un principio moral y no un rasgo caracterológico.

El bien informado tolerante puede mostrarse objetivo a la intolerancia. Sus puntos vulnerables, como sus capacidades, surgen que tiene los ojos puestos en los otros y no en sus principios o necesidades.

Los individuos dirigidos por los otros intentan defenderse contra los ataques políticos de los indignados mediante operaciones internas y no utilizando una actitud contramoralizadora. Poco inclinados a la militancia personal, a salir de su cueva, ejercen presión a través de grupos y asociaciones que hablan en su nombre. Como eficaces manipuladores de las tácticas internas y del proceso de comunicación se sienten cómodos con los mass-media, no todos los cuales están indignados.

Si el indignado pide demasiado de la política, el bien informado tolerante espera muy poco.

Los moralizadores y los bien informados constituyen una mayoría entre los individuos más instruidos, pero son una minoría en la población total.

Si en algún momento los indignados se unieran a los indiferentes, los primeros podrían tornarse muy poderosos. internamente, la indignación puede utilizar las grandes reservas de nacionalismo y xenofobia de la clase baja. En lo externo, la indignación puede encontrar contraindignación y la congruencia de los indignados y los indiferentes temporariamente movilizados puede enfrentar  a los tolerantes con un hecho aparentemente consumado. Y los bien informados tolerantes, en comparación con quienes son tolerantes por un principio de la dirección interna, son hombres adiestrados para reconocer un hecho consumado, no para oponérsele.

Por gentileza de C@hiers de Psychologie Politique

 

Frantz Fanon | De la descolonización al pensamiento crítico

Raúl Zibechi
Analista internacional, escritor y periodista
.

“Uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando están equivocados, sin perder de vista, no obstante, que están hechos del mismo barro que sus opresores.”
Emil Cioran

Frantz Fanon fue un ser extraordinario. Vivió su breve vida entre cuatro países: en su Martinica natal, en Francia y en Argelia-Túnez, donde se comprometió con la lucha por la independencia integrándose como militante al Frente de Liberación Nacional (FLN). La coherencia entre su vida y su obra es un faro que nos debe guiar en estos momentos de incertidumbre, cuando afloran riesgos notables que ponen en peligro la existencia misma de la humanidad de abajo.

Intervino en una de las guerras más crueles de la historia moderna. El FLN estimó que fueron asesinados un millón 500 mil de argelinos entre el comienzo de la guerra en 1954 y la proclamación de la independencia en 1962, lo que representa el quince por ciento de una población que no llegaba a los 10 millones. Historiadores franceses reducen esa cifra a un tercio, lo que sigue siendo un porcentaje asombroso. Una cantidad similar de argelinos fueron torturados.

Como médico-jefe del hospital psiquiátrico de Blida (nombrado en 1953), Fanon tuvo una experiencia fenomenal: recibió y atendió tanto a franceses torturadores como a argelinos torturados, lo que le permitió acceder a los recovecos más recónditos de la opresión y la humillación coloniales. Uno de los aspectos menos conocidos de su maravillosa vida fue haber convertido el hospicio-prisión en “una nueva comunidad que introdujo el deporte, la música, el trabajo, y donde se tiraba un periódico escrito por enfermos”.

Su profesión como psiquiatra le permitió comprender actitudes de los seres humanos que nunca fueron explicadas adecuadamente por el pensamiento crítico. En esos años se había consolidado el giro hacia el economicismo y el materialismo vulgar, que todo lo apostaban al desarrollo de las fuerzas productivas, camino en el cual las ideas emancipatorias tendieron a mimetizarse con los postulados capitalistas.

La interiorización de la opresión

La generación militante de las décadas de 1960 y 1970 conocimos a Fanon a través de Los condenados de la tierra , su obra póstuma publicada en 1961. Es el libro/manifiesto de un combatiente que afirma la necesidad de la violencia para enfrentar y superar la colonización, porque sabe que “el colonialismo no cede sino con el cuchillo al cuello”.

Los condenados… es un texto luminoso, plagado de ideas que marchan a contrapelo del sentido común revolucionario de la época, como su defensa del campesinado y del lumpen-proletariado como sujetos políticos, ya que observa que en las colonias los proletarios son el sector más “mimado por el régimen colonial”. Critica también la cultura política de las izquierdas, que se dedican a captar a las personas más “avanzadas” —“las élites más conscientes del proletariado de las ciudades”, constata Fanon— sin comprender que en el mundo del colonizado el lugar central, y liberador, lo juegan la comunidad y la familia, no el partido o el sindicato.

Su apasionada defensa de la violencia del oprimido debe ser tamizada. Siempre es necesario recordar, como enfatiza Immanuel Wallerstein, que “sin violencia no podemos lograr nada”. No es un tema menor, porque el grueso de los partidos y movimientos antisistémicos parecen haberlo olvidado en su apuesta por incrustarse en las instituciones estatales.

Pero también es cierto, como reconoce el sociólogo, que la violencia por sí misma no resuelve nada. Fanon va más lejos cuando afirma que “la violencia desintoxica”, porque “libra al colonizado de su complejo de inferioridad”. En esa línea de argumentación, en Los condenados de la tierra concluye: “La violencia eleva al pueblo a la altura del dirigente.” Sabemos que las cosas son más complejas, como lo enseña medio siglo de lucha armada en América Latina.

Pese a la importancia que tuvo en nuestra generación el último libro de Fanon, considero que el primero, Piel negra, máscaras blancas, de 1952, es el que nos brinda mejores pistas sobre un siglo de fracasos de las revoluciones triunfantes. Aporta una mirada desde la subjetividad del oprimido, algo que los marxistas nunca habíamos conseguido desentrañar de forma tan cristalina. Nos dice que el complejo de inferioridad del colonizado tiene dos raíces: la económica y la interiorización o “epidermización” de la inferioridad. El varón negro desea blanquearse la piel y tener novia rubia. La mujer negra se plancha el pelo y sueña con un varón blanco. Deben abordarse ambos aspectos o la liberación será incompleta.

Fanon pone el dedo en la llaga cuando afirma que “el colonizado es un perseguido que sueña permanentemente en convertirse en perseguidor” (Los condenados de la tierra). En consecuencia, el colonizado no sólo quiere recuperar la hacienda del colono, sino que también desea su lugar, porque ese mundo le suscita envidia. Mira de frente el núcleo duro de los problemas legados por las revoluciones y que no podemos seguir eludiendo, en vista de dramas como los que atraviesa Nicaragua. ¿Por qué los revolucionarios se colocan en el lugar, material y simbólico, de los opresores y los capitalistas, y en ocasiones de los tiranos contra los que lucharon? Nos deja con la pregunta, ofreciendo apenas pistas sobre los caminos posibles para salir de este terrible círculo vicioso que reproduce la opresión y el colonialismo interno en nombre de la revolución. Fanon recorre los vericuetos de la psiquis del oprimido, con el mismo rigor y valor con que cuestiona a los revolucionarios que, cegados por la rabia, cometen abusos en el cuerpo de los colonizadores.

Las similitudes entre oprimidos y opresores sólo pueden desbordarse desde una lógica distinta a la del poder, y sólo pueden desarmarse si somos capaces de reconocerlas. Los dirigentes sandinistas comenzaron ocupando las residencias de Somoza y usando sus coches por razones de “seguridad”, hasta que el clan gobernante terminó actuando como el dictador.

La zona del no-ser

Fanon comprendió en carne propia que existe una zona de nuestras sociedades donde la humanidad es vulnerada sistemáticamente por la violencia del opresor. Se trata de un lugar estructural, que no depende de las cualidades de las personas. Estima que es justamente en esa zona, que denomina “zona del no-ser”, donde puede nacer la revolución por la que está dando su vida, y advierte que el mundo colonial tiene compartimentos cuyas fronteras están señalizadas por cuarteles y estaciones de policía. Esos dos mundos tienen vida propia, reglas particulares y se relacionan jerárquicamente. Sostengo que el período actual de acumulación por despojo/cuarta guerra mundial, implica la actualización de las relaciones coloniales. Es probable que la potente actualidad de Fanon venga de la mano de la creciente polarización entre el uno por ciento más rico y la mitad más pobre y humillada de la humanidad, rasgos propios del período colonial.

En todo su trabajo, el autor se empeñó en mostrar que lo que vale para una zona, no necesariamente puede trasladarse a la otra. Que los modos de hacer política en la metrópoli no pueden ser los mismos que en la colonia. Que las formas de organización legales y abiertas de las zonas donde rigen los derechos humanos de los ciudadanos, no pueden ser copiadas por quienes viven en territorios arrasados como las favelas, los palenques, las comunidades de los pueblos originarios y las barriadas de las periferias urbanas.

Para Fanon, los pueblos oprimidos no deben caminar detrás de los partidos europeos de izquierda, cuestión que en el mismo período denunció su maestro Aimé Césaire en la Carta a Maurice Thorez, donde enuncia el “paternalismo colonialista” del Partido Comunista Francés, que consideraba la lucha de los pueblos contra el racismo como “una parte de un conjunto más importante”, cuyo “todo” es la lucha obrera contra el capitalismo.

*           *          *

En América Latina existen varios movimientos que muestran cómo los oprimidos y las oprimidas van resolviendo a su manera los dos asuntos que he abordado. Los textos “Economía Política I y II ” del subcomandante insurgente Moisés del EZLN , las memorias del dirigente nasa-misak del Cauca colombiano, Lorenzo Muelas, así como las reflexiones y análisis de autoridades mapuche, entre muchas otras que no puedo citar, son buenos ejemplos de pensamiento critico en la zona del no-ser.

En el mismo sentido, las voces de las mujeres de abajo pueblan el grueso volumen recopilado por Francesca Gargallo, Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América. A esa multiplicidad de voces habría que sumar otras formas no occidentales de expresar cosmovisiones, desde el tejido y la danza hasta el cuidado de los animales, las plantas y la salud.

En segundo lugar, descubren que para despojarse de la imagen del opresor no alcanza con recuperar los medios de producción. Es un paso necesario sobre el que debe crearse algo nuevo, pero sobre todo diferente al mundo viejo, tejido de relaciones sociales no jerárquicas ni opresivas. La historia de las revoluciones nos enseña que este es el aspecto más complejo y la piedra con la que hemos tropezado una y otra vez.

Fanon advirtió los riesgos de que la acción rebelde termine reproduciendo la lógica colonial, en una luminosa y premonitoria referencia a Nietzsche: al final de Piel negra, máscaras blancas advierte que siempre hay resentimiento en la reacción. Sólo la creación de lo nuevo nos permite superar las opresiones, ya que la inercia reactiva tiende a invertirlas.

Medio siglo después podemos celebrar que muchos movimientos están empeñados, aquí y ahora, en vivir con dignidad en la zona del no-ser, esquivando las jerarquías estadocéntricas y patriarcales. Imaginemos que en esas creaciones late el corazón generoso de Fanon, desbordante de compromiso y creatividad.

Por gentileza de La Jornada

El problema de la dicotomía naturaleza cultura en psicoanálisis

Juliana Zaratiegui
Licenciada en Psicología. Miembro de Apertura Sociedad Psicoanalítica de La Plata. Supervisora de la residencia del Hospital “Alejandro Korn” de Melchor Romero (La Plata), Argentina
.

La dicotomía naturaleza/cultura o la llamada “gran división” es uno de los temas de la antropología que ha pasado a constituir parte del sentido común de Occidente moderno.

Desde el siglo XVII se piensa que los seres  humanos forman parte de una especie separada del resto de las especies que habitan el mundo. Esto debido a algunas características distintivas como la de poseer un mundo interior y  capacidades subjetivas  reflexivas, lo que diferencia a los humanos  del resto de los seres no humanos tales como plantas y animales. También se piensa  que humanos y no humanos comparten su naturaleza química y biológica, en ello no se distinguen. Philippe Descola llama a este modo de entender el mundo “naturalismo”. Al constituir una cosmovisión, se cree que estas ideas son universales, eternas y tienen un lugar determinante en  cómo se piensa y se vive. Dichas concepciones determinarán lo que se experimenta y hasta serán el material con el que se construyen las teorías y explicaciones sobre el sufrimiento humano.

El psicoanálisis, como teoría concebida para abordar el padecimiento psíquico, no ha sido ni es  ajeno a la influencia de estas ideas que pueden leerse en textos fundantes de dicha disciplina.

En Sigmund Freud esta concepción se ve reflejada, por ejemplo,  en la noción de la pulsión como concepto límite entre lo psíquico y lo somático:

Si ahora, desde el aspecto biológico, pasamos a la consideración de la vida anímica, la «pulsión» nos aparece como un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un  representante  {Repräsentant}  psíquico de los  estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal [1].

También en la idea del inicio de la vida psíquica a partir de la vivencia del encuentro madre-hijo durante el amamantamiento con su correlato representacional que dará lugar al armado del aparato psíquico Inconsciente-Preconsciente-Consciente

El organismo humano es al comienzo incapaz de llevar a cabo la acción específica. Esta sobreviene mediante auxilio ajeno: por la descarga sobre el camino de la alteración interior, un individuo experimentado advierte el estado del niño. Esta vía de descarga cobra así la función secundaria, importante en extremo, del entendimiento {Verständigung; o «comunicación}, y el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales.

Si el individuo auxiliador ha operado el trabajo de la acción específica en el mundo exterior en lugar del individuo desvalido, este es capaz de consumar sin más en el interior de su cuerpo la operación requerida para cancelar el estímulo endógeno. El todo constituye entonces una vivencia de satisfacción, que tiene las más hondas consecuencias para el desarrollo de las funciones en el individuo [2].

Freud ubica en la fuerza de la naturaleza y en la dificultad que encuentran las normas culturales para dominarla la causa más acuciante del sufrimiento humano:

Ya dimos la respuesta cuando señalamos las tres fuentes de que proviene nuestro penar: la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad. Respecto de las dos primeras, nuestro juicio no puede vacilar mucho ; nos vemos constreñidos a reconocer estas fuentes de sufrimiento y a declararlas inevitables. Nunca dominaremos completamente la naturaleza; nuestro organismo, él mismo parte de ella, será siempre una forma perecedera, limitada en su adaptación y operación [3].

Para Freud la cultura tiene como función proteger al hombre de la naturaleza en él:

No pediremos una fórmula que exprese esa esencia con pocas palabras; no, al menos, antes de que nuestra indagación nos haya enseñado algo. Bástenos, pues, con repetir que la palabra «cultura» designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres [4].

En estas citas, seleccionadas entre muchas otras puede leerse que para Freud la dicotomía naturaleza/cultura es algo evidente y se encuentra imbricada en sus teorías acerca del sufrimiento psíquico.

Asimismo, basta leer El Malestar en la cultura o Totem y tabú para advertir que sus ideas se encuentran alineadas con las teorías antropológicas de fines del siglo XIX ligadas al evolucionismo darwiniano. Para esta disciplina la cultura europea era considerada el punto culmine del desarrollo humano, situándose a los indígenas cuya forma de vida no se asemejaba a la europea como salvajes dominados por los instintos, sin instituciones sociales “sin ley, sin fe y sin rey”.

En estos textos se homologa el niño al salvaje en la medida en que todavía no ha sido lo suficientemente expuesto a la cultura. Por su parte, el neurótico es aquel que habiendo recibido la formación esperada lucha para no resignar las mociones de deseo infantil, que la cultura exige abandone, quedando detenido en el desarrollo libidinal cuya punto de arribo es la sexualidad genital adulta.

No es correcto que los neuróticos obsesivos que hoy se encuentran bajo la presión de una hipermoral se protejan sólo de la realidad psíquica de unas tentaciones y se castiguen por unos impulsos meramente sentidos. Hay en ello también un fragmento de realidad histórica; en su infancia esos hombres tuvieron esos mismos malos impulsos, y en la medida en que se los permitió la impotencia del niño, traspusieron esos impulsos en acciones. Cada uno de estos hiperbuenos tuvo en la niñez su época mala, una fase perversa como precursora y premisa de la fase posterior hipermoral. Entonces, la analogía de los primitivos con los neuróticos se establece de una manera mucho más radical si suponemos que también en los primeros la realidad psíquica, acerca de cuya configuración no hay duda alguna, coincidió al comienzo con la realidad fáctica: que los primitivos hicieron realmente aquello que según todos los testimonios tenían el propósito de hacer.

Por otra parte, no debemos dejarnos influir demasiado por la analogía con los neuróticos en nuestro juicio sobre los primitivos. Hay que tomar en cuenta también las diferencias. Es cierto que ni en los salvajes ni en los neuróticos están presentes las nítidas separaciones que nosotros trazamos entre pensar y obrar. Pero el neurótico está sobre todo inhibido en su actuar, el pensamiento es para él el sustituto pleno de la acción. El primitivo no está inhibido, el pensamiento se traspone sin más en acción; para él la acción es, por así decir, más bien un sustituto del pensamiento; y por eso yo opino, aun sin pronunciarme acerca de la certeza última de la decisión, que en el caso que ahora examinamos uno tiene derecho a suponer:  «En el comienzo fue la acción» [5].

En el mismo campo de saber, Jacques Lacan, por su parte, sostiene una posición diferente a la de Freud respecto de la “gran división” que queda  claramente expresada en las siguientes citas:

Lo natural, hablemos de él, pues  de él se trata. Lo natural, es todo lo que se viste  con la librea del saber y Dios sabe que eso no falta y un discurso que está hecho únicamente para que el saber haga de ropaje del que se trata es la idea de naturaleza. No está pronta a desaparecer del primer plano de la escena. No es que yo trate de sustituirle otra. No imaginen que soy de los que oponen la cultura a la naturaleza. Aunque fuese en primer lugar porque la naturaleza es precisamente fruto de la cultura, (…) [6]

De aquí incluso vino la distinción entre naturaleza y cultura. Y justamente es preciso que aquí caractericemos a esa naturaleza por no ser tan natural. Porque allí donde vivimos, la naturaleza no se impone. Lo que se nos impone es otro modo de ese saber, un saber que en manera alguna es atribuible a un sujeto que allí presidiría el orden, que allí presidiría la armonía: y por eso, muy al principio, en mis primeros enunciados, para caracterizar al inconsciente de Freud había una formula —a la que volví varias veces— que propuse en Santa Ana: “Dios no cree en Dios” [7].

Al menos dos autores argentinos, en sendos desarrollos, Carina Basualdo y Alfredo Eidelsztein subrayan estas citas de los últimos 10 años de la enseñanza de Lacan.

Carina Basualdo, por su parte, lo hace en el marco de una tesis que sostiene el desencuentro de Lacan con Lévi-Strauss tanto en sus ideas acerca de la naturaleza y la cultura como en otras [8]. Al respecto señala que el reconocimiento de Lacan hacia Lévi-Strauss en relación a este tema está dado por la discontinuidad marcada por el antropólogo entre naturaleza y cultura que le permitió establecer leyes de funcionamiento de lo humano de estopa puramente simbólica que permitieron explicar fenómenos colectivos del parentesco y la familia que no podían deducirse a partir de dinámicas naturales.

¿Cuál es la originalidad del pensamiento que aporta Lévi-Strauss con la estructura elemental?

Lo que destaca de un extremo al otro es que nada se comprenderá de los fenómenos que se vienen recopilando desde hace largo tiempo con respecto al parentesco y la familia, si se intenta deducirlos de una dinámica cualquiera natural o naturalizante. El incesto como tal no suscita ningún sentimiento natural de horror. No digo que esto pueda servirnos de base, digo que esto es lo que dice Lévi-Strauss. No hay ninguna razón biológica, y en particular genética, que explique la exogamia, y él lo demuestra después de un análisis extremadamente preciso de los datos científicos [9].

No hay ninguna deducción posible, a partir del plano natural, de la formación de esa estructura elemental que se llama orden preferencial.

¿Y esto, en qué lo basa? Lo basa en el hecho de que el orden humano nos pone frente a la emergencia total, que engloba a la totalidad de este orden humano, de una función nueva. La función simbólica no es nueva como función, pues se esboza en otras partes además del orden humano, pero son nada más que esbozos. El orden humano se caracteriza por la circunstancia de que la función simbólica interviene en todos los momentos y en todos los grados de su existencia.

Lévi-Strauss sostiene el binarismo naturaleza/cultura aun cuando ha presentado ciertas oscilaciones acerca de cómo concebirlo [10]. En una entrevista que le realiza Eliseo Verón a mediados de los años ’60, queda en evidencia su posición respecto de este binario:

Yo doy el nombre de inconsciente, en general, a un conjunto de imposiciones de naturaleza psicológica y lógica, que dan forma a nuestro pensamiento y que se encuentran, sustancialmente idénticas, en todo espíritu humano, occidental o exótico, cercano o lejano, primitivo o civilizado. La existencia universal de estas imposiciones (contraintes) plantea, evidentemente, el problema de su naturaleza. En mi opinión, la hipótesis más verosímil, a menos a título provisorio, es que ellas expresan directamente en la vida mental, que ellas en cierta manera proyectan en ésta, determinados aspectos de la estructura de la corteza cerebral y de su modo de funcionamiento. En consecuencia, yo concibo el inconsciente de manera aún más “biológica” -para retomar la expresión que usted ha usado- que el psicoanálisis: su último fundamento sería, en efecto, anatómico y fisiológico [11].

En esta cita se lee que el célebre antropólogo se encuentra con problemas en relación a la naturaleza de aquello que fuerza, que empuja ciertas conductas humanas, podríamos decir —aunque en esta cita no están especificadas— como aquellas que configuran las alianzas y el parentesco. Y es allí donde pareciera retomar una continuidad de la naturaleza- cultura en la que esta última resulta un epifenómeno de la primera. Posición que se encuentra apoyada en su adhesión a las ideas marxistas [12].

Lacan critica fuertemente este sesgo de Lévi-Strauss en el Seminario X:

Y bien, creo que se trata, en efecto, de un modo constituyente de lo que es —digamos— nuestra razón, de ese camino que buscamos para discernir sus estructuras, para hacerles entender lo que voy a decirles. Digamos sin más —habrá que volver a ello, pues todavía no sabemos qué quiere decir— el primer tiempo. El primer tiempo es: hay el mundo. Y digamos que la razón analítica, a la que el discurso de Lévi-Strauss tiende a dar primacía, concierne a ese mundo tal como es y le acuerda con esa primacía una homogeneidad al fin de cuentas singular, que es efectivamente lo que choca y perturba a los más lúcidos de ustedes que no pueden dejar de señalar, de discernir lo que esto comporta como retorno a lo que podría llamarse una suerte de materialismo primario, en toda la medida en que finalmente, en ese discurso, el juego mismo de la estructura, de la combinatoria tan poderosamente articulada por el discurso de Lévi-Strauss, no haría más que ir a dar, por ejemplo, a la estructura misma del cerebro, y hasta a la estructura de la materia, de la cual representaría, según la forma llamada materialismo en el siglo XVIII, el doblete, pero no el doble. Sé bien que sólo se trata de una perspectiva que en definitiva podemos acoger, lo que es válido ya que en cierto modo está expresamente articulada.

En la línea de esta crítica que Lacan realiza al “materialismo primario” de Lévi-Strauss,  Alfredo Eidelsztein analiza la concepción del  primero  sobre la contra-naturaleza,  en el marco de una investigación sobre los fundamentos anti-ontológicos de su enseñanza en la que revisa dicha concepción en vecindad con otras como materia y sustancia. Al respecto afirma:

Lacan es el único psicoanalista y el único pensador que sostuvo que los hechos de nuestro padecimiento y nuestra felicidad son, existen, consisten y se apoyan en un mundo que es de lenguaje y que habitan fundamentalmente en los agujeros espaciales  que disuelven la creencia en las sustancias [13].

Y subraya otra cita de Lacan en la propone que aquello que se impone —aquello por lo que Lévi-Strauss se preguntaba en una cita precedente— es lo real en su aspecto de lo imposible:

En resumen, el despertar, es lo real bajo su aspecto de lo imposible, que no se escribe sino con fuerza o por la fuerza —esto es lo que se llama la contra-naturaleza—.

La naturaleza, como toda noción que nos viene a la mente, es una noción excesivamente vaga. La contra-naturaleza es a decir verdad más clara que lo natural. Los Presocráticos, como se los llama, tenían una inclinación a la contra-naturaleza. Esto es todo lo que merece que se les atribuya la cultura. Era preciso que estuviesen dotados para forzar un poco el discurso imperativo, del que hemos visto que adormece [14].

Queda claro que lo que se impone con fuerza no pertenece a lo biológico ni al interior del cuerpo anatómico. Lacan sostiene, a diferencia de Lévi-Strauss, primero la cultura y el saber y propone su materialismo al que llama “moterialismo” (motérialisme), el materialismo de los términos de la palabra [15].

El antropólogo contemporáneo P. Descola, sucesor de Lévi-Strauss en su cátedra del College de France, a partir de su trabajo con los indígenas del Amazonas, y los estudios etnográficos en relación a otros pueblos plantea que la dicotomía naturaleza/cultura no tiene sentido para  muchas comunidades ya que la relación del grupo social y su entorno está dada por una multiplicidad de relaciones interpersonales entre humanos y no humanos, de complicidad, de antagonismo, de seducción, de depredación. Para estos grupos, los no humanos participan del contrato social (en términos occidentales) en igualdad de condiciones que los humanos, teniendo voz y voto. Para estos pueblos categorías como “animal”, “naturaleza” son impensables, no hay una separación entre lo que los occidentales llamamos naturaleza y cultura, los humanos y no humanos no se distinguen por la capacidad reflexiva de los primeros, ya que todos la comparten.

La antropología, una vez más, invita a pensar acerca de un prejuicio, absolutamente vigente y potente en Occidente, fundado sobre teorías que explican, cada vez más, el sufrimiento humano a partir de la naturaleza [16].

S. Freud y J. Lacan sostienen posiciones contrarias respecto de la “gran división”. A los psicoanalistas les tocará revisar la posición a ocupar respecto estas categorías para así determinar qué perspectiva habilita una propuesta adecuada para abordar los problemas que son de su competencia. ¿Se sostendrán ideas consonantes con aquellas implicadas en lo que genera sufrimiento o se intentará alguna vía de respuesta novedosa? [17]

Notas

 [1] Descola, P. (2005): Par-dela nature et culture. Paris: Gallimard. P.219-221, 303-350.

 [2] Freud, S. (1976): Pulsiones y destinos de pulsión. Obras Completa, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu. p. 117.

 [3] Freud, S. (1976): Proyecto de psicología para neurólogos. Obras Completas, Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu. pp. 362-363.

 [4] Freud, S. (1976): El malestar en la cultura, Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu. p.85 (la cursiva es mía).

 [5] Freud, S. (1976): Op. Cit. p.88 (la cursiva es mía).

 [6] Freud, S. (1976): Totem y tabú. Obras Completas. Tomo XIII. Parte IV final. Buenos Aires: Amorrortu. p. 162.

 [7] Lacan, J. Le séminaire XIX. Clase del 4 de noviembre de 1971. Disponible en: staferla.free.fr. pp. 23-24.

 [8] Lacan, J. Le séminaire XIX. Clase del 21 de mayo de 1974. Disponible en staferla.free.fr. p. 239.

 [9] Cf. Basualdo, C. (2011): Lacan (Freud) Lévi-Strauss. Cronique d’une rencontré ratée. Paris: Le bord de l’eau. Pp.137-214.

 [10] Lacan, J. (1983): El seminario, Libro 2. Buenos Aires: Paidós. p.50.

 [11] En 1966, para la segunda edición de Las estructuras elementales del parentesco afirma que “la gran división” no es ni un dato primitivo, ni un aspecto objetivo del orden del mundo, la misma debe verse como una creación artificial de la cultura. En 1962, al final de El pensamiento salvaje, dice “La oposición entre naturaleza y cultura, sobre la cual hemos insistido, hoy nos parece ofrecer sobre todo un valor metodológico”. Cf. Basualdo, C.(2011):Lacan (Freud) Lévi-Strauss. Cronique d’un rencontré ratée. Paris: Le bord de l’eau. P.193-194.

 [12] Eliseo Veron y otro: Estructura Vs. Historia. Reportaje a Levi Strauss. .Zona Erógena. Nº 4. 1990. p. 2.

 [13] (…) tengo la impresión subjetiva de que la forma de estudio etnológico a la que me he consagrado se ins-cribe en la línea del pensamiento marxista, en la medida en que ella da por sentada la distinción fundamental entre infraestructuras y superestructuras, y se presenta como una contribución a esta teoría delas superestructuras cuya necesidad ha demostrado Marx pero que éste, absorbido por otras tareas, apenas pudo bosquejar. Eliseo Veron y otro: Estructura Vs. Historia. Reportaje a Levi Strauss. .Zona Erógena. Nº 4. 1990. p. 6.

 [14] Eidelsztein, A. (2015): Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. Buenos Aires: Letra Viva. p.79.

[15] Lacan, J. Le séminaire XXIV. Clase del 19 de abril de 1977. Disponible en staferla.free.fr. pp.154-155.

 [16] Cf. Lacan, J. (1988): Conferencia en Ginebra sobre el síntoma. En Intervenciones y textos 2. P.126.

 [17] Eidelsztein, A. (2012): El origen del sujeto en psicoanálisis. Del Big Bang del lenguaje y el discurso en la causación del sujeto. El Rey está desnudo. Año 4. N°5. Buenos Aires: Letra Viva. Seminario Psicoanálisis y ciencia. Clase del 27 de mayo de 2017. Buenos Aires.

Referencias bibliográficas

BASUALDO, C. (2011): Lacan (Freud) Lévi-Strauss. Cronique d’une rencontré ratée. París: Le bord de l’eau.
DESCOLA, P. (2005): Par-dela nature et culture. París: Gallimard.
DESCOLA, P. (2016): Diversidad de naturalezas, diversidad de cuturas. Buenos Aires: Capital intelectual.
EIDELSZTEIN, A. (2012): El origen del sujeto en psicoanálisis. Del Big Bang del lenguaje y el discurso en la causación del sujeto. El Rey está desnudo. Año 4. N°5. Buenos Aires: Letra Viva.
EIDELSZTEIN, A. (2015): Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. Buenos Aires: Letra Viva.
ELISEO VERON y otro: Estructura Vs. Historia. Reportaje a Levi Strauss. Zona Erógena. Nº 4. 1990.
FREUD, S. (1976): El malestar en la cultura. Obras Completas, Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu
FREUD, S. (1976): Proyecto de psicología para neurólogos. Obras Completas, Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu
FREUD, S. (1976): Pulsiones y destinos de pulsión. Obras Completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.
FREUD, S. (1976): Totem y tabú. Obras Completas, Tomo XIII. Parte IV final. Buenos Aires: Amorrortu.
LACAN, J. (1983): El seminario, Libro 2. Buenos Aires: Paidós.
LACAN, J. Le séminaire XIX. Clase del 4 de noviembre de 1971. Disponible en: staferla.free.fr.

Por gentileza de Acheronta

¿Furia o violencia?

Héctor J. Freire
Poeta. Profesor en Letras, crítico literario y de cine. Fundador de la Primera Escuela Literaria del Teatro IFT
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Las Erinias, las furias más primitivas, representaban la conciencia ancestral y también la parte instintiva y “animal” del hombre. El “violento” Orestes, acosado por ellas después de haber cometido matricidio, vaga “enloquecido” por las calles y se dirige, siguiendo el consejo de Apolo, a Atenas. Aquí encuentra a Minerva, diosa de la región. El proceso posterior se desarrollará en el Areópago: el primer juicio de los hombres sobre un hombre, y la primera absolución. Las violentas Erinias se transforman entonces en Euménides: las furias que hacen posible el nacimiento de la democracia. La transformación de las Erinias en Euménides indica la posibilidad de una supervivencia no violenta del espíritu y de una convivencia de las furias con las nuevas formas de organización social.

La Furia a diferencia de la Violencia, se presenta como la imagen de un campo de fuerzas no rígido que genera continuamente en su interior otros campos de fuerzas. El movimiento de la furia es siempre centrífugo: “estamos siempre al comienzo de una acción plena”. Furia=Movimiento. Dinámica-Vértigo-Simultaneidad. La furia entendida como una concepción del tiempo y el espacio que reniega de las configuraciones cristalizadas, cerradas. Y que se abre ilimitada, desde el presente hacia el pasado y el futuro, como hacia una incalculable pluralidad de realidades posibles. La furia como un tipo de movimiento, de líneas quebradas o en zigzag. De entrecruzamientos continuos. Extravíos/Encuentros. Desviaciones/Cambios constantes. El placer de la rapidez de la acción “furiosa” –resalto furiosa, y no violenta-, se mezcla de inmediato con una sensación de amplitud en la disponibilidad del espacio y del tiempo.

Mientras, la violencia implica la negación del ejercicio de la libertad. Incluso de la propia libertad. Violencia (del latín, violentia): “dícese de lo que hace uno contra su gusto”. En la historia del cine, por ejemplo, hay demasiados films donde se identifica la violencia con la furia, o se cree que ésta última encuentra en la primera su mejor combustible. Pero lo cierto es que no todo acto de violencia expresa el ánimo de la rebeldía, de la furia. De hecho la violencia, a veces es una mera proyección de nuestra inseguridad, que nada tiene que ver con la furia. Un “NO” pacientemente sostenido puede ser más corrosivo que mil golpes, una voluntad implacable en la resistencia: a la manera de la Antígona griega, o del carácter radical que confiere la eficaz y supuestamente inocente frase, preferiría no hacerlo,  del Bartleby de Melville; o en la furia “silenciosa”, heroica pero contundente  de nuestras Madres de Plaza de Mayo, y que nunca está de más decirlo, no han generado un solo acto de venganza y de violencia, al reclamar -como las furias de la mitología griega-para los genocidas, sólo “juicio y castigo a los culpables”, termina siendo  más eficaz y expansiva que la violencia.

Otra diferencia es que muchas veces la violencia obra como encubrimiento de la ausencia del coraje y la valentía de quienes la ejercen.

En síntesis, lo que termina mostrando la violencia, es que la exageración de lo real es aquí hija de la inseguridad. Esta violencia es más bien, un modo del conformismo. La misma violencia que permite volver la espalda a las audacias auténticas, a la exploración de un pensamiento nuevo, a la experiencia creadora, a la imagen fulgurante de la furia que durará algo más que un día. En este sentido, creo que la violencia constituye en realidad, un seguro contra la auténtica rebeldía de la furia. En esta situación la violencia a diferencia de la furia no puede ser creadora, porque no tiene trascendencia, no es una comunicación, no está animada por un movimiento de salida y retorno.

En la violencia y por ella no hay coraje, ni nacimiento, porque su proceso es un ciclo cerrado: no cuenta con el otro, ni posee continuidad. No hay prolongación futura, ni fluencia procesal, ni vínculo, ni mediación histórica. La violencia es sólo una “interrupción”, no una “continuidad” expansiva como la furia. Es una supresión instantánea, pero no la génesis de una entidad nueva. Se desencadena para que un proceso quede interrumpido pero no superado. Y esto porque en la violencia no hay dialéctica alguna, es la imposibilidad de toda dialéctica puesto que supone la supresión, la destrucción de uno de los términos.

Por gentileza de El Psicoanalítico

Control social

Juan Manuel De Prada
Escritor, editorialista y crítico literario
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Mucho peores que los sicarios del Nuevo Orden Mundial son esos felones que, desde posiciones equidistantes , tratan de descalificar a quienes se juegan el tipo, aduciendo que la crítica sistemática no es de recibo, que hay que ser constructivos , que no se puede ser profeta de calamidades, etcétera. Contra estos tibios y fariseos que, so capa de moderantismo y positividad, impiden u obstruyen la confrontación de ideas, escribió Chesterton La esfera y la cruz. Sin duda, el pensamiento positivo (que no es sino el disfraz de decencia que se pone la más abyecta corrección política) es uno de los instrumentos más aciagos de control social que el sistema ha introducido en nuestras vidas; y sus apóstoles, bajo su apariencia modosita, los más peligrosos jenízaros de la ideología mundialista.

En un libro muy notable que acabo de leer, Oligarquía y sumisión (Ediciones Encuentro), José Miguel Ortí Bordás se refiere muy acertadamente a esta nueva forma de control social o dominación de las conciencias que ya no actúa, como en los totalitarismos clásicos, allanándolas y forzándolas, sino moldeándolas a su gusto, adaptándolas complacientemente a los paradigmas culturales y políticos vigentes, y reduciendo a los pueblos a la categoría de rebaños gustosamente esclavizados, corifeos de la corrección política y del pensamiento positivo, fundado sobre una antropología optimista (¡el hombre es buenecito y, a poco que lo dejen, irá perfeccionándose todavía más!). Por supuesto, este control social se logra sin que nadie tenga la impresión de estar obedeciendo, sino abrazando libremente (¡con entusiasmo de lacayos fervorosos!) sus directrices. Y, una vez logrado el control completo, el discrepante será automáticamente visto como un desviado o un demente peligrosísimo.

Mucho más importante –nos recuerda Ortí Bordá– que alcanzar el poder político es conseguir el control social, pues de hecho el poder político no es más que el ejercicio efectivo de un control social previo, en el que las diversas oligarquías, con sus negociados de derecha e izquierda, pueden turnarse tranquilamente, admitiendo de vez en cuando nuevos socios en el reparto del pastel. Por control social debemos entender los mecanismos sibilinos de psicología de masas que logran el sometimiento de las conciencias a los paradigmas culturales de cada época (llámense ‘capitalismo financiero’, ‘derechos de bragueta’, ‘consumismo’, ‘ideología de género’, etcétera), ante los que se allanan sin darse cuenta, con la misma naturalidad con que respiramos. La finalidad de este control social no es otra sino reforzar la tendencia a la conformidad y lograr que los comportamientos desviados sean automáticamente reprimidos por el propio cuerpo social, que hace sentir a quien osa comportarse o pensar de forma desviada como una suerte de apestado. Para lograr el control social sobre los pueblos, previamente se destruyen las tradiciones culturales y religiosas que los vinculaban y hacían fuertes, hasta convertirlos en una mera agregación de átomos extraviados e individualistas (¡y con conexión a interné, oiga!); una vez rotos todos los vínculos, a esa agregación de átomos condenados a la intemperie espiritual se les da un catecismo gregario que endiose sus apetitos, al que gozosamente se adhieren mientras todos sus bienes materiales y espirituales son saqueados, de tal modo que toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible, tal como establecía Herbert Marcuse en El hombre unidimensional.

Naturalmente, en este tipo de sociedades desintegradas es fácil criar individuos (como las hormigas crían a los pulgones) que consideren que el sistema político y social es difícilmente mejorable. La única discrepancia aceptable, que inmediatamente será asimilada por los negociados de derecha e izquierda existentes, será la que acepte las coordenadas prefijadas por los paradigmas establecidos; y en el caso de que tal discrepancia adopte apariencias airadas, se arbitrará un nuevo negociado (‘marcas blancas’ del sistema) que, con el reclamo de rebelarse contra alguno de los paradigmas vigentes, fomente la aceptación del resto. Así, por ejemplo, se permitirá al rebaño rebelarse contra los abusos del sistema financiero, siempre que no dejen de reclamar aborto y demás derechos de bragueta; pues el Nuevo Orden Mundial sabe bien que el mejor modo de saquear a la gente y así abastecer mejor los mercados financieros consiste en exaltar la lujuria y prohibir la fecundidad, para que la gente no tenga hijos y el expolio que sufre no lo perciba contra un atentado contra su prole.

Así, mediante este sutilísimo control social, nos llevan al matadero.

Por gentileza de El espía digital

Especulando sobre inteligencia artificial

Alejandro Nadal
Doctor en economía, profesor, investigador y periodista
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El martes 23 de abril de 2013, cuando el reloj marcaba las 13:07, los operadores en el piso de remates de la Bolsa de Valores en Nueva York vieron el siguiente mensaje de Twitter en sus monitores: Última: Dos explosiones en la Casa Blanca; Barack Obama, herido. En unos instantes el mercado entró en una caída vertiginosa y en los siguientes 90 segundos el indicador Dow Jones perdió 160 puntos, eliminando las ganancias del día. En minutos se confirmó que el mensaje era falso. Había sido generado por hackers que penetraron la cuenta de la agencia Associated Press. Y así como había comenzado el vendaval, de pronto todo regresó a la normalidad. Pero en esos minutos de frenesí financiero se generaron pérdidas por más de 140 mil millones de dólares.

El episodio ilustra de manera singular uno de los principales problemas que enfrenta en la actualidad la globalización financiera, en la medida en que se ha ido profundizando el empleo de sistemas de inteligencia artificial (IA). Hoy, cerca de 70 por ciento de transacciones en los mercados financieros se lleva a cabo mediante computadoras institucionales. Y, por supuesto, la velocidad de las transacciones se ha acelerado vertiginosamente. En los mercados de bolsa más desarrollados del mundo un título permanece en manos de un participante del mercado un promedio de 22 segundos antes de entrar nuevamente en otra transacción. La especulación automatizada ya domina en los mercados financieros.

Una pregunta llama la atención de los operadores de bolsa: ¿son más eficientes los sistemas de IA que los métodos tradicionales para obtener mejores rendimientos en una cartera de inversión? La respuesta no es evidente. La mayor parte de los operadores todavía prefiere el uso del análisis convencional, en el que los indicadores sobre la salud económica y financiera del corporativo que emite un determinado título son la base para tomar una decisión. Aunque muchos operadores son excelentes para hacer un buen análisis en poco tiempo sobre un emisor de títulos financieros, hay muchas otras variables que necesariamente serán ignoradas. Es ahí donde entra la capacidad de un programa para procesar enormes cantidades de datos en una fracción de segundo.

Los métodos tradicionales de evaluación siguen siendo válidos cuando se trata de tomar una decisión sobre la adquisición de un activo para obtener un buen rendimiento. Sin embargo, cuando se busca adquirir un título con el único propósito de venderlo inmediatamente para obtener una ganancia, las cosas cambian. En un entorno en el que proliferan las opciones sobre una gran variedad de activos, incluyendo derivados y todo tipo de productos exóticos, es vital poder sintetizar grandes cantidades de información y poder comparar diferentes senderos de transacciones para poder explotar con ventaja los diferenciales de precios entre distintos títulos. Es aquí donde las computadoras y sus sistemas de IA muestran su superioridad frente a los análisis tradicionales.

Otra pregunta se relaciona con el efecto que tiene el empleo de sistemas de IA sobre la volatilidad y estabilidad de los mercados financieros. Muchos analistas consideran que el uso de computadoras elimina el factor emocional de la ecuación, reduciendo la volatilidad y el riesgo de un pánico financiero. Pero lo cierto es que los predictores de los algoritmos de esos sistemas de IA están diseñados para replicar el mismo comportamiento de cualquier operador frente a una señal de alarma. En otras palabras, si alguien grita ¡fuego! a la mitad de una función de teatro, esos predictores también aconsejan salir como rayo hacia la puerta más cercana. Los múltiples episodios de pánico financiero generados por fallas en la tecnología en años recientes son testimonio de lo anterior.

Las plataformas que permiten transacciones en un entorno no lineal, en el que imperan el caos y la incertidumbre, todavía están en una fase experimental. Esos nuevos modelos de IA para la especulación financiera buscan alcanzar rutinas de comportamiento con una lógica no lineal, incorporando variables aleatorias y mimetizando el comportamiento humano para resolver problemas. Eso es algo paradójico, pues pareciera que ahora se busca reintroducir en la ecuación los parámetros (de conducta humana) que antes se buscaba eliminar para maximizar los beneficios de la IA.

Es prematuro predecir el resultado final de esta evolución. La difusión de computadoras con capacidad de aprender ya está ocurriendo, y los operadores de corredurías pueden sentir que sus puestos de trabajo están amenazados. En la medida en que avance la capacidad de estos sistemas para analizar océanos de datos y detectar tendencias, aumentará su capacidad para tomar las decisiones que en su mayoría siguen reservadas a un operador humano. La IA no va a cambiar la naturaleza de la especulación financiera ni sus efectos nefastos en el plano macroeconómico, pero sí puede hacerla más peligrosa por la velocidad y volúmenes involucrados en cada transacción.

Por gentileza de La Jornada

Los conceptos que nos faltan

Boaventura de Sousa Santos
Académico. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EEUU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial
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A diferencia de los pájaros, los seres humanos vuelan con raíces. Parte de las raíces están en los conceptos que hemos heredado para analizar o evaluar el mundo en el que vivimos. Sin ellos, el mundo parecería caótico, una incógnita peligrosa, una amenaza desconocida, un viaje insondable. Los conceptos nunca retratan exactamente nuestras vivencias, ya que estas son mucho más diversas y variables que las que sirven de base a los conceptos dominantes.

Estos, al fin y al cabo, son los conceptos que sirven a los intereses de los grupos social, política, económica y culturalmente dominantes, aunque matizados por las modificaciones que van introduciendo los grupos sociales que resisten a la dominación. Estos últimos no siempre recurren exclusivamente a estos conceptos. Muchas veces disponen de otros que les resultan más próximos y verdaderos, pero que reservan para el consumo interno. Sin embargo, en el mundo de hoy, surcado por tantos contactos, interacciones y conflictos, no pueden dejar de tener en cuenta los conceptos dominantes, a riesgo de ver sus luchas aún más invisibilizadas o más cruelmente reprimidas. Por ejemplo, los pueblos indígenas y los campesinos no disponen del concepto de medio ambiente porque este refleja una cultura (y una economía) que no es la suya. Solo una cultura que separa en términos absolutos la sociedad de la naturaleza para poner esta a disposición incondicional de aquella, necesita tal concepto para dar cuenta de las consecuencias potencialmente nefastas (para la sociedad) que pueden resultar de dicha separación. En suma, solo una cultura (y una economía) que tiende a destruir el medio ambiente necesita el concepto de medio ambiente.

En verdad, ser dominado o subalterno significa ante todo no poder definir la realidad en términos propios, sobre la base de conceptos que reflejen sus verdaderos intereses y aspiraciones. Los conceptos, al igual que las reglas del juego, nunca son neutros y existen para consolidar los sistemas de poder, sean estos viejos o nuevos. Hay, sin embargo, periodos en los que los conceptos dominantes parecen particularmente insatisfactorios o imprecisos. Se les atribuyen con igual convicción o razonabilidad significados tan opuestos, que, de tan ricos de contenido, más bien parecen conceptos vacíos. Este no sería un problema mayor si las sociedades pudieran sustituir fácilmente estos conceptos por otros más esclarecedores o acordes con las nuevas realidades. Lo cierto es que los conceptos dominantes tienen plazos de validez insondables, ya sea porque los grupos dominantes tienen interés en mantenerlos para disfrazar o legitimar mejor su dominación, bien porque los grupos sociales dominados o subalternos no pueden correr el riesgo de tirar al niño con el agua de bañarlo. Sobre todo cuando están perdiendo, el miedo más paralizante es perderlo todo. Pienso que vivimos un periodo de estas características. Se cierne sobre él una contingencia que no es el resultado de ningún empate entre fuerzas antagónicas, lejos de eso. Más bien parece una pausa al borde del abismo con una mirada atrás.

Los grupos dominantes nunca sintieron tanto poder ni nunca tuvieron tan poco miedo de los grupos dominados. Su arrogancia y ostentación no tienen límites. Sin embargo, tienen un miedo abisal de lo que aún no controlan, una apetencia desmedida por lo que aún no poseen, un deseo incontenido de prevenir todos los riesgos y de tener pólizas de protección contra ellos. En el fondo, sospechan ser menos definitivamente vencedores de la historia como pretenden, ser señores de un mundo que se puede volver en su contra en cualquier momento y de forma caótica. Esta fragilidad perversa, que los corroe por dentro, los hace temer por su seguridad como nunca, imaginan obsesivamente nuevos enemigos, y sienten terror al pensar que, después de tanto enemigo vencido, son ellos, al final, el enemigo que falta vencer.

Por su parte, los grupos dominados nunca se sintieron tan derrotados como hoy, las exclusiones abisales de las que son víctimas parecen más permanentes que nunca, sus reivindicaciones y luchas más moderadas y defensivas son silenciadas, trivializadas por la política del espectáculo y por el espectáculo político, cuando no implican riesgos potencialmente fatales. Y, sin embargo, no pierden el sentido profundo de la dignidad que les permite saber que están siendo tratados indigna e inmerecidamente. Días mejores están por llegar. No se resignan, porque desistir puede resultar fatal. Sienten que las armas de lucha no están calibradas o no se renuevan hace mucho; se sienten aislados, injustamente tratados, carentes de aliados competentes y de solidaridad eficaz. Luchan con los conceptos y las armas que tienen pero, en el fondo, no confían ni en unos ni en otras. Sospechan que mientras no tengan confianza para crear otros conceptos e inventar otras luchas correrán siempre el riesgo de ser enemigos de sí mismos.

Al igual que todo lo demás, los conceptos también están al borde del abismo y miran atrás. Menciono, a título de ejemplo, uno de ellos: derechos humanos.

En los últimos cincuenta años, los derechos humanos se transformaron en el lenguaje privilegiado de la lucha por una sociedad mejor, más justa y menos desigual y excluyente, más pacífica. Tratados y convenciones internacionales existentes sobre los derechos humanos se fueron fortaleciendo con nuevos compromisos en el ámbito de las relaciones internacionales y del derecho constitucional, al mismo tiempo que el catálogo de los derechos se fue ampliando a fin de abarcar injusticias o discriminaciones anteriormente menos visibles (derechos de los pueblos indígenas y afro-descendientes, mujeres, LGTBI; derechos ambientales, culturales, etcétera). Movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales se multiplicaron al ritmo de las movilizaciones de base y de los incentivos de instituciones multilaterales. En poco tiempo, el lenguaje de los derechos humanos pasó a ser el lenguaje hegemónico de la dignidad, un lenguaje consensual, eventualmente criticable por no ser lo suficientemente amplio, pero nunca impugnable por algún defecto de origen.

Cierto que se fue denunciando la distancia entre las declaraciones y las prácticas, así como la duplicidad de criterios en la identificación de las violaciones y en las reacciones contra ellas, pero nada de eso alteró la hegemonía de la nueva cultura oficial de la convivencia humana. Cincuenta años después, ¿cuál es el balance de esta victoria? ¿Vivimos hoy en una sociedad más justa y pacífica? Lejos de eso, la polarización social entre ricos y pobres nunca fue tan grande; guerras nuevas, novísimas, regulares, irregulares, civiles, internacionales continúan siendo entabladas, con presupuestos militares inmunes a la austeridad y la novedad de que mueren en ellas cada vez menos soldados y cada vez más poblaciones civiles inocentes: hombres, mujeres y, sobre todo, niños. Como consecuencia de esas guerras, del neoliberalismo global y de los desastres ambientales, nunca como hoy tanta gente fue forzada a desplazarse de las regiones o de los países donde nació, nunca como hoy fue tan grave la crisis humanitaria. Más trágico todavía es el hecho de que muchas de las atrocidades cometidas y de los atentados contra el bienestar de las comunidades y los pueblos se perpetran en nombre de los derechos humanos.

Por supuesto que hubo conquistas en muchas luchas, y muchos activistas de los derechos humanos pagaron con la vida el precio de su entrega generosa. ¿Acaso yo mismo no me consideré y me considero un activista de los derechos humanos? ¿Acaso no escribí libros sobre las concepciones contra-hegemónicas e interculturales de los derechos humanos? A pesar de eso, y ante una realidad cruel que únicamente no salta a la vista de los hipócritas, ¿no será tiempo de repensar todo de nuevo? Al final, ¿de qué y de quién fue la victoria de los derechos humanos? ¿Fue la derrota de qué y de quién? ¿Habrá sido coincidencia que la hegemonía de los derechos humanos se acentuó con la derrota histórica del socialismo simbolizada en la caída del Muro de Berlín? Si todos concuerdan con la bondad de los derechos humanos, ¿ganan igualmente con tal consenso tanto los grupos dominantes como los grupos dominados? ¿No habrán sido los derechos humanos un artificio para centrar las luchas en temas sectoriales, dejando intacta (o hasta agravada) la dominación capitalista, colonialista y patriarcal? ¿No se habrá intensificado la línea abisal que separa a los humanos de los subhumanos, sean estos negros, mujeres, indígenas, musulmanes, refugiados o inmigrantes indocumentados? Si la causa de la dignidad humana, noble en sí misma, fue entrampada por los derechos humanos, ¿no será tiempo de desarmar el engaño y mirar hacia el futuro más allá de la repetición del presente?

Estas son preguntas fuertes, preguntas que desestabilizan algunas de nuestras creencias más arraigadas y de las prácticas que señalan el modo más exigentemente ético de ser contemporáneos de nuestro tiempo. Son preguntas fuertes para las cuales solo tenemos respuestas débiles. Y lo más trágico es que, con algunas diferencias, lo que ocurre con los derechos humanos sucede también con otros conceptos igualmente consensuales. Por ejemplo, democracia, paz, soberanía, multilateralismo, primacía del derecho, progreso. Todos estos conceptos sufren el mismo proceso de erosión, la misma facilidad con la que se dejan confundir con prácticas que los contradicen, la misma fragilidad ante enemigos que los secuestran, capturan y transforman en instrumentos dóciles de las formas más arbitrarias y repugnantes de dominación social. ¡Tanta inhumanidad y chauvinismo en nombre de la defensa de los derechos humanos; tanto autoritarismo, desigualdad y discriminación transformados en normal ejercicio de la democracia; tanta violencia y apología bélica para garantizar la paz; tanto pillaje colonialista de los recursos naturales, humanos y financieros de los países dependientes, con el respeto meramente protocolario de la soberanía; tanta imposición unilateral y chantaje en nombre del nuevo multilateralismo; tanto fraude y abuso de poder bajo el ropaje del respeto a las instituciones y el cumplimiento de la ley; tanta destrucción arbitraria de la naturaleza y de la convivencia social como precio inevitable del progreso!

Nada de esto tiene que ser inevitablemente así para siempre. La madre de toda esta confusión, inducida por quien se beneficia de ella, de toda esta contingencia disfrazada de fatalismo, de toda esta parada vertiginosa al borde del abismo, reside en la erosión, bien urdida en los últimos cincuenta años, de la distinción entre ser de izquierda y ser de derecha, una erosión llevada a cabo con la complicidad de quienes más son perjudicados por ella. Por vía de esa erosión desaparecieron de nuestro vocabulario político las luchas anticapitalistas, anticolonialistas, antifascistas, antiimperialistas. Se concibió como pasado superado lo que al final era el presente, más que nunca determinado a ser futuro. En esto consistió estar en el abismo y mirar atrás, convencido de que el pasado del futuro nada tiene que ver con el futuro del pasado. Es la mayor monstruosidad del tiempo presente.

Artículo enviado  a Other News por el autor el 2 de agosto  de 2018. Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.

Por gentileza de Other News

Idiota utopía

Noé Jitrik
Escritor y crítico literario
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Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Por gentileza de Página|12

El murmullo de las sirenas | Notas sobre el veteado narcisista de las teorías científicas

Marcelo Luis Cao
Psicólogo y profesor

Si alguien que me escucha se viera retratado sépase que se hace con ese destino.
Silvio Rodríguez

“…la venerable Circe me dijo: [a Ulises]…Encontrarás primero a las sirenas que encantan a todos
los hombres que se le aproximan; pero está perdido aquel que, imprudentemente, escuche su canto…
Homero | La Odisea, Rapsodia XII

Introducción al problema

Mientras el positivismo fue amo y señor de la comarca científica, el desarrollo de las ideas y su consecuente aplicación, se encadenaba sin solución de continuidad en una acumulación progresiva y constante. El cielo nos estaba esperando a la vuelta de la esquina. Sin embargo, el agitado arribo de las primeras décadas de este siglo dio paso a nuevas formas para pensar la historia de las ideas, especialmente en el campo de las ideas científicas. El concepto de ruptura epistemológica (Bachelard, G. 1948), quebró con la versión acumulativa (una especie de capitalismo de las ideas), para dar lugar a la fragmentación y al obstáculo como inherentes a todo devenir científico. Y un tiempo más tarde, las luchas por la coronación de un paradigma (Kuhn, T. 1962), que reinaría indemne hasta su caída a manos del siguiente, aportó otro modelo para pensar a este complejo proceso, que -al decir de Bachelard- es la formación del espíritu científico.

Me gustaría sumar otra perspectiva, que suplemente y enriquezca a las mencionadas más arriba. Desde hace tiempo estamos familiarizados con el planteo de Piera Aulagnier acerca de que “Para el Yo, conocer el mundo equivale a representárselo de tal modo que la relación que liga a los elementos que ocupan su escena le sea inteligible: (…) que el Yo puede insertarlos en un esquema relacional acorde con el propio (…) según nosotros el Yo no es más que el saber del Yo sobre el Yo (…) se deduce que la estructura relacional que el Yo impone a los elementos de la realidad es la copia de la que la lógica del discurso impone a los enunciados que lo constituyen (…) La representación del mundo, obra del Yo, es, así, representación de la relación que existe entre los elementos que ocupan su espacio y, al mismo tiempo, de la relación que existe entre el Yo y estos mismos elementos.” (Castoriadis-Aulagnier,P., 1975,  Pág. 26).

Este párrafo nos pone en contacto con una cuestión que ya había desvelado a Kant y que inauguraba la serie de las cuatro preguntas de su filosofía cósmica: “¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?”. Y si bien a la primera de ellas, la que nos interesa en este caso, le respondería la metafísica, Kant no olvidaba señalar la limitación que en sí misma portaba y que quedaba denotada con la utilización del verbo poder en la construcción de la pregunta (Buber, M., 1942).

Varios siglos después las preguntas kantianas permanecen vigentes y, en el caso de la que hemos destacado, la apuesta se redobla: ¿cuál es el estatus objetivo del conocimiento?

Si el mundo es una construcción del Yo en base a los significantes aportados por la violencia primaria, ejercida por la función materna, y metabolizados por el sujeto, esto implica que el conocimiento será una propiedad del Yo fundada en una alteridad todavía no reconocida pero que dejará una marca de vincularidad indeleble para toda aproximación posterior a un objeto. Queda así zanjada aquella vieja dicotomía entre subjetivo y objetivo, para dar paso a una visión de neto corte relacional, donde lo que está en juego es la vinculación del sujeto con el objeto, relación sin la cual no existe ninguno de los dos. [1]

Inmanencia y trascendencia (¿narcisismo y objetalidad?) pierden también su calidad de opuestos independientes para entrar en una alternancia propia de las características del sujeto del vínculo (Kaës,R. 1989), dimensiones imprescindibles para poder pensarlo. En función de esto ya no podemos pensar el desarrollo de las teorías científicas sin tener en cuenta el atravesamiento que portan a raíz de los sujetos que las gestaron y de sus contextos históricos y socioculturales.

La secuencia freudiana para pensar el desarrollo de la humanidad -en base a la estratificación en las capas animista, religiosa y científica, aplicada en este caso a la historia de las ideas científicas- está íntimamente relacionada con el derrotero de la  estructuración del Yo, que se dirige desde un polo más fusional y proyectivo a uno más triangular y discriminado.  El tránsito del Yo de Realidad Primitiva al de Placer Purificado, para recalar finalmente en el Yo de Realidad Definitiva (Freud S. 1915), se relacionaría no solamente con las capas antedichas sino también con la entrada y salida (nunca definitiva), del narcisismo y la estructuración del proyecto identificatorio.

Es posible, entonces, pensar que ciertas teorías que en su época fueron consagradas como valederas y hasta irrefutables y que hoy nos causan risa o indignación (generación espontánea, genio maligno, posesión demoníaca de mujeres y animales, flogisto, etc.), como versiones proyectivas fruto del modo de estructuración del aparato psíquico y de un contexto histórico social determinado.  Toda percepción de la realidad se halla teñida por la proyección, consecuencia propia de aplicar al mundo una idea de mundo que es inherente a la forma que tiene nuestro pensamiento [2], a raíz de aquel mítico momento de imprinting llevado a cabo por la función materna mediante la violencia primaria. No obstante, esta proyección será respaldada o no por la prueba de realidad, si es que el sujeto está dispuesto a someterse a ella.

En los niveles de aprehensión más abstractos de la realidad (campo de las ideas y las teorías), la proyección se filtra con la misma facilidad que en cualquier otro. Por tanto, siempre se ha presentado como una dificultad casi insalvable la cuestión de cuánta proyección hay en la percepción y en la aprehensión teórica de la realidad. [3]

Dentro de este campo ideo-teórico hay una idea persistente y estructurante que se reitera inexpugnable a través de todos los tiempos: la de encontrar una respuesta que desentrañe el origen de las personas y las cosas, o sea una cosmogonía. [4]  Las cosmogonías podrían ser pensadas como un desplazamiento proyectivo de temas ligados a las fantasías originarias: de dónde provengo (es decir, los humanos, el mundo, el Universo) [escena primaria], por qué tengo o carezco (ritmos y ciclos naturales, vida y muerte) [castración], cómo y por qué deseo y me desean (razón de la existencia de Dios y de la {su} Creación) [seducción].

Pero las cosmogonías no funcionan solamente como una propiedad privada (novela familiar del neurótico, delirio sistematizado, etc.). En la relación de los sujetos, del vínculo con las cosas y con los otros, existen zonas de superposición e indiscriminación que pertenecen al campo de lo transubjetivo. Es allí, en ese polo isomórfico, donde se maceran los elementos comunes a las cosmogonías compartidas, que dan identidad tanto como lugar de referencia respecto a un otro, como también a la situación del sujeto en relación al Universo. Cuando en los conjuntos transubjetivos se sutura el espacio transicional impidiendo la transcripción, el grupo se cierra sobre sí mismo y la cosmogonía pasa a revistar en la dimensión cristalizada de la ideología (Kaës, R. 1980), como se puede observar en forma casi grotesca en las sectas y en los fanatismos de cualquier forma y color.

Retomando la idea freudiana sobre el desarrollo del pensamiento, podemos figurarnos cosmogonías animistas, religiosas, filosóficas y científicas. Todas ellas pueden entrar en el comercio psíquico de las representaciones pudiendo, como de hecho ya ha ocurrido, progresar de unas a otras mediando tiempo y detenciones. Parece importante recordarlo, especialmente en tiempos donde el posmodernismo —en un movimiento de desideologización ideologizante— intenta imponer una actitud de resignación naïf frente a una realidad supuestamente inmutable.

Los científicos en tanto sujetos también forman parte de y pertenecen a grupos [5], por lo tanto no están fuera de las generales de la ley, caen en la ideología y el dogma como cualquier otro humano. La historia de las teorías por ellos pergeñadas da buena cuenta de ello y todas ellas pueden acomodarse holgadamente en la categoría cosmogónica correspondiente.

Existen muchos ejemplos del peso que el dogmatismo tuvo en la ciencia y que hoy nos mueven a risa, como el de los peripatéticos huyendo del anteojo astronómico de Galileo porque los iba a embrujar haciéndolos ver lo que no existía, o lo que el inventor quería que vieran, o —peor aún— lo contrario al pensamiento aristotélico. Así como, también, el de aquel vehemente miembro de la Academia de Ciencias de París que se arrojó sobre el cuello de Thomas Alva Edison hasta dejarlo lívido, gritando que era el truco de un ventrílocuo, mientras el fonógrafo continuaba impasible reproduciendo sonidos. En estos casos la propia tecnología se encargó de demostrar quiénes estaban equivocados, pero cuando se carecía de la misma o cuando los desarrollos teóricos no lo permitían, las teorías se anclaban por años o siglos.

El caso de Claudio Tolomeo es muy ilustrativo. Astrónomo egipcio del segundo siglo de nuestra era, presentó un sistema planetario donde la Tierra se hallaba en el centro del Universo, alrededor de la cual giraban el Sol, el resto de los planetas y las estrellas. A pesar de que ya existían trabajos de autores griegos que lo habían planteado [6], hubo que esperar catorce siglos para que Copérnico lo refutara.

No obstante, en lo que a nosotros respecta, la teoría geocéntrica nos muestra cabalmente lo que puede hacer la proyección en combinación con la observación ingenua de la realidad. Tolomeo, haciéndose eco de un concepto que circulaba en su época, genera una teoría que nos ubica en el ombligo del Universo. Acertadamente, Freud dio un carácter de herida a la debacle narcisista producida por el astrónomo polaco, que nos quitó la ilusión de llevar a nivel cósmico al Yo Ideal. Durante mil trecientos años la humanidad creyó en una concepción narcisista del Universo, la cual fue reafirmada por la Iglesia recetando hoguera a discreción para quienes no la aceptaran. Para nada sorprendente si recordamos que, desde la visión clerical, somos únicos en la Creación y, por lo tanto, el centro de la misma.  Sin embargo, la astronomía no fue la excepción.

Reloj no marques las horas

La física siempre ha tenido un lugar muy especial en el conjunto de las ciencias. Desde la physis aristotélica hasta nuestros días sus construcciones teóricas, madres de todas las cosmologías científicas [7], han marcado el curso de las otras disciplinas, gracias a que cada una de aquellas construcciones ha vertebrado una visión del mundo, determinando líneas de investigación y teorización.

Este poder ejercido por la física, fruto quizá de su amplio y abarcador panorama en sus orígenes y de la sombra tutora proyectada sobre las ciencias que de ella se desprendieron, la convierte en camino obligado para el acceso al conocimiento científico en general y a las cosmologías en particular. No hay más que recorrer las teorías de la física de cada época para comprobar su influencia, especialmente luego de su alianza con las matemáticas.

La teoría de la relatividad, por dar un ejemplo reciente, delineó una nueva geometría del Universo, (a partir de la idea de su forma circunvílinea), reuniendo en una sola categoría los conceptos de espacio y tiempo, o bien, con la velocidad de la luz como valor límite. Esto generó movimientos en otras disciplinas como la química (teoría de los quantas), las matemáticas (teoremas de Gödel), o la astronomía (expansión del Universo, efecto Doppler), etc.

La física, que supuestamente se dedica al estudio de “cómo” ocurren las cosas, se desliza a otros niveles de abstracción a través de la metafísica, que no casualmente se llama así, generando modelos de pensamiento que gravitan fuertemente sobre otras áreas.

La física clásica es buen ejemplo. Tomando los desarrollos que dejaran sucesivamente Galileo, Kepler y Copérnico y logrando armar un sistema a partir de aquellos junto con sus propios aportes, Newton gestó una cosmología que duró aproximadamente tres siglos.

“La ciencia clásica nos ha mostrado un Universo Mecánico Manipulable eficaz: el Universo Reloj de la Modernidad. Esta imagen mecanicista creada por Descartes y adaptada por Newton y sus sucesores reemplazó a la descripción aristotélica de un Universo vivo, orgánico y creativo (…) la ciencia moderna se transformó en la productora de la cosmovisión [8] dominante (…) El mecanicismo laplaciano expulsó a Dios definitivamente de la explicación científica, considerándolo una hipótesis prescindible. (…) No sólo Dios ha sido expulsado del Universo newtoniano sino también la ética y la estética, la metafísica y el alma han quedado fuera de este Universo geométrico, regido por leyes matemáticas ajenas al dolor y al deseo (…) En el Universo científico clásico el destino está fijado por leyes mecánicas; el azar no ha lugar. Todo acontecimiento está determinado y el mundo se rige por una dinámica causa-efecto. (…) en su descripción mecánica del Universo, el proceso y el tiempo son reversibles como el funcionamiento de un reloj. Normalmente sus agujas giran en un sentido, pero podemos hacer que giren exactamente al revés con sólo girar la cuerda (…)”. (Najmanovich, D. 1991)

Esta inmejorable descripción nos permite entrever algo con lo que el Psicoanálisis está muy familiarizado: una peculiar concepción del tiempo. Un tiempo reversible carece de pasado y de futuro, se desplaza libremente en un presente eterno ya que es posible recomenzar la experiencia infinitamente logrando siempre los mismos resultados. Es que “El objetivo de los fundadores de la física clásica era la formulación de leyes atemporales.” (Prigogine, I. 1991), lo cual nos coloca en la perspectiva del inconsciente, del narcisismo y del principio de placer.

En el estudio de los movimientos periódicos se podría pensar que los clásicos buscaban el movimiento perpetuo como modelo del Universo, como una proyección de su narcisismo, donde todo se mantiene igual, todo vuelve a su punto de origen para volver a comenzar [9]. ¿Afán por encontrar afuera lo que pulsaba adentro? ¿Un Universo hecho a la medida de la reversibilidad cíclica del tiempo, o sea de la atemporalidad, no es equiparable a nivel tiempo con el ombligo Tolomeico a nivel espacial? ¿Acaso ser centro e inmortal no es la aspiración fundante y eterna del Yo Ideal?

La vieja y desgastada propuesta tolomeica vuelve a la carga con un nuevo ropaje físico-matemático. El tiempo eterno e igual a sí mismo espeja la aspiración narcisista del principio de placer de regir y controlar el Universo. Develadas sus partes, sus mecanismos y las leyes que los determinan, podemos suspirar aliviados, la seguridad cosmológica tan cara a ciertos sistemas filosóficos idealistas (Platón, Hegel y siguen las firmas) ha quedado restaurada, y con ella la angustia existencial de sentirnos el junco más débil del Universo, al decir de Pascal, se aleja derrotada por el destello enceguecedor de la teoría de la gravitación universal.

Las quimeras de la física clásica se harán carne en su hijo natural, el positivismo tecno-filosófico. Augusto Comte prometerá el paraíso para cuando superemos la fase religiosa y accedamos por la avenida de la ciencia al manejo de lo conocido y lo desconocido. Aquí el Narcisismo muestra uno de sus rostros más conocidos: la omnipotencia conjugada en el futuro imperfecto del indicativo.

Es curioso el destino de las creaciones humanas. Siempre sujetas, en mayor o menor medida, a las vicisitudes de la proyección de aspectos del grupo interno de sus mentores, dentro de un cierto contexto histórico-social (Cao, M. 1992), intentan investirse con la supuesta autoridad de lo “objetivo” para establecer sistemas delirantes consensuados (en algunos casos la ciencia no tiene nada que envidiarle a la religión), que terminan fagocitados las más de las veces por sus propios sostenedores, o bien, fagocitando a éstos últimos. Como decía Freud, los dioses de una época son los demonios de la siguiente.

Esta descripción no le quita definitivamente el valor a los aportes newtonianos que siguen vigentes para sistemas cerrados y en ciertas condiciones de existencia, sino que intenta ubicarlos en su justo lugar. Aquí Prigogine acude en nuestra ayuda: “La mecánica clásica, la relativista y aún la cuántica son ciencias que describen un tiempo reversible. (…) ¿es el tiempo algo que el hombre pone en la naturaleza, pero ajeno a ella? (…) Todo el problema surge porque se han considerado a los sistemas simples como el modelo del Universo. De esta forma, la física clásica terminó concluyendo que el tiempo no existe (…) Siempre he pensado que el tiempo se descubre a través de la complejidad (…) En los estados equilibrados no hay cambio y por lo tanto, parece como si el tiempo no transcurriera: el sistema es reversible ya que su pasado y su futuro no pueden distinguirse. Lejos del equilibrio, por el contrario, la situación es radicalmente distinta: el sistema se hace inestable y al cambiar, va adoptando ciertas configuraciones, aparece la temporalidad marcando una dirección en el transcurso del tiempo [la “flecha del tiempo”], que hace que ese proceso sea irreversible. (…)”. (Prigogine, I., 1991)

La atemporalidad que inventó la física clásica tiene sustento en razones de peso. La pelea que ya había comenzado entre ciencia y religión había dejado un tendal de teorías en el camino, aquellas que no habían podido enfrentarse exitosamente con la “Creación”. Era necesaria entonces una construcción que estuviera a la altura de su oponente. La inmanencia atemporal de las leyes propuestas, válidas en cualquier lugar del espacio donde se las pusiera a prueba, desafiaba a la religión en su propio terreno, eran tan absolutas como la idea de Dios.

Cuando Napoleón le preguntó a Laplace por qué en su obra, Mecánica Celeste, no era mencionado ni una sola vez el Creador, el físico-matemático contestó que no había necesitado de esa hipótesis. Es que “El Universo Laplaciano es un mecanismo de relojería eterno e increado.” (Najmanovich, D., 1991), tan eterno e increado como el propio Dios.  La ciencia de aquella época intentaba arrebatarle a la Iglesia el sitial que ocupaba en la trasmisión de la verdad, lo que en términos del narcisismo implicaría un simple recambio de teorías sobre el absoluto. La Metempsicosis pitagórica, el Mundo de las Ideas de Platón, el Reino de los Cielos cristiano y las invariables leyes de la física quedaban en un mismo plano de equivalencia, todas aludían a un tiempo eterno e inmutable que permanecía en equilibrio perfecto gracias a la contribución de los eventos individuales y accidentales. Parecía cumplirse un sueño que aún permanece vigente, el de encontrar en una fórmula la síntesis del funcionamiento del Universo. La mecánica clásica con sus leyes relevaba de su puesto a la causalidad divina e inauguraba una nueva cosmología.

Tres siglos después, Einstein renovaría la apuesta intentando encontrar con su Teoría del Campo Unificado (curioso significante), la síntesis negada a sus antecesores. Demás está aclararlo, no la encontró.
La ilusión de un porvenir

Cuando realizamos una investigación con un instrumento determinado, estamos sujetos a descubrir fenómenos dentro del campo espectral que éste posea. La cámara fotográfica y el radar ilustran sobremanera esta cuestión. El Psicoanálisis ha generado, mediante la introducción y utilización de su instrumento, un campo de fenómenos hasta entonces desconocido o por lo menos significado de forma diversa. Sin embargo, esta nueva “zona de la realidad” que con la introducción del instrumento queda fundada, y que se ve en parte determinada por el mismo, no es un continente virgen que desde siempre nos esperaba listo para ser explorado. El instrumento “deforma la realidad” así como el peso de los planetas “deforma el espacio” debido a que su masa se ve afectada por la aceleración de la gravedad. Todo experimento produce una alteración de las variables a mensurar, de tal forma que, en ciertos casos, incluso impide o anula la posibilidad de medición de alguna de aquéllas. [10]

La “realidad psicoanalítica” no es la única verdad, como parecería desprenderse de algunas líneas más militantes que teóricas para las cuales todos los fenómenos son explicables, o por lo menos, ocuparían un lugarcito en el diván de Berggasse 19, o bien, florecerían perennes en los bulevares de los Campos Elíseos. Si, a pesar de lo planteado, quisiéramos creer en la presencia de cierta ingenuidad tributaria a esta postura, de cualquier manera ésta pronto devendría postura ideológica (Kaës, R., 1980).

Como hemos visto respecto de otras ciencias, todo corpus teórico tiende a generar cosmovisiones y cosmogonías casi como un fruto natural de su “ser-en-el-mundo”. La forma con la que se estructura un pensamiento científico (y de los otros también), termina tiñendo el Universo a colegir y representar, como lo demuestra el párrafo de Piera Aulagnier citado en la introducción.

Freud, padre-creador de nuestro instrumento, intenta convencernos -pero también (nos aventuramos) convencerse- de que el Psicoanálisis no habría generado una cosmovisión. Con este propósito escribe la N­º 35 de sus Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis donde dedica vastas argumentaciones a tal fin. No obstante, a pesar de sus esfuerzos para que no confundamos los andamios con la construcción, tal como advierte en el capítulo 7 de la “Interpretación de los Sueños”, algunos de los modelos que utiliza a lo largo de su obra se fueron convirtiendo en las piedras basales de una catedral psicoanalítica en la que se oficia y cultiva un modo de delinear la realidad que se parece bastante al de las otras ciencias, cuando no a las religiones, en lo referido a cosmogonías, cosmologías y cosmovisiones.

El Psicoanálisis, como no podría ser de otra forma, ha generado cosmogonías. Trabajaremos con una de ellas, la del origen del sujeto social, plasmada en la saga de la horda primitiva. Esta cosmogonía surge como correlato necesario de la búsqueda psicoanalítica acerca del origen y de la organización del psiquismo, ya que éste surge gracias a los intercambios producidos entre la función materna y el infans (Aulagnier, P. Op.Cit.), apuntalados en la matriz social del grupo, la familia y la cultura (Kaës,R., 1976, 1984). La horda primitiva se nos presenta como un ejemplo de cómo el modelo ideado para dar cuenta de la cosmogonía termina cristalizándose, convirtiéndose en un dogma, a partir del cual es posible explicar el origen de toda sociedad.     Asimismo, tomamos este modelo como ejemplo porque se trata de una cosmogonía socio-psicoanalítica que ha sido largamente discutida desde su temprana aparición en Tótem y Tabú  hasta la fecha.

Quizá por ser una concepción importada de la antropología de la época (Darwin, Ch., 1871 y Atkinson, J., 1903), nunca fue del todo aceptada por algunos de sus seguidores. Otros, en cambio, luego de su posterior refutación por la propia antropología, la sostuvieron a ultranza como una verdad revelada, elaborando teorías tributarias a la misma. O, también, aplicándola, —en algunos casos inadecuadamente o sin intermediarios— a otros campos dentro o fuera del Psicoanálisis para dar cuenta de fenómenos complejos (los cuales de este modo se simplificarían), o bien, forzándola de tal manera que terminara convirtiéndose en un lecho de Procusto. [11]

Esta cosmogonía intenta dar una explicación sobre el origen del hombre cultural, es decir, del hombre que vive asociado a otros bajo normas que imponen pautas de conducta por todos reconocidas, en oposición a la horda donde impera la “ley de la selva” o la del más fuerte, con el contenido de arbitrariedad que esto implica. Freud rastreó este origen en los albores de la sociedad totemista, aquella donde la dramática del Complejo de Edipo se encarnaba a la perfección: deseo, prohibición, incesto, castración, parricidio, sentimiento de culpa, identificación, ambivalencia.

Poner las coordenadas del origen en el Complejo de Edipo es una propuesta que Freud aplica a varias de las escenas que el Psicoanálisis de aquella época ayudaba a colegir: desde la delimitación de las fronteras entre el Icc y el Prcc (o posteriormente entre las instancias de la segunda Tópica), pasando por el contenido de las protofantasías, hasta los ya planteados albores del hombre cultural.  El Complejo de Edipo funcionó como un verdadero analizador (Loureau, R., 1972), que permitió deslindar campos de influencia y aplicabilidad (como el caso de la teoría del desarrollo de la libido, las zonas erógenas, la represión, etc.) y de tiempos lógicos (estructuración del aparato psíquico, estratificación de las ya citadas etapas del pensamiento, etc.)

Sin embargo, a la luz de los desarrollos posteriores hubo que correr las coordenadas hacia atrás, como queda demostrado respecto del contenido de las fantasías originarias. Si bien éstas se resignifican en función de una conflictiva edípica, los materiales con las que están amasadas corresponden a los estratos más arcaicos de la estructuración del sujeto (Laplanche, J. y Pontalis, J. B., 1964). Las categorías adentro-afuera, antes-después y semejante-diferente con las cuales el psiquismo del lactante debe intentar inteligir al mundo y a sí mismo en los albores de la estructuración del aparato psíquico, devendrán luego de un proceso de continua complejización fantasmática en los guiones escénicos de seducción, castración y escena primaria (Bernard, M. 1992).

Lo preedípico llega con peso propio a la teoría cuando su creador se encontraba en el tramo final de su vida y fundamentalmente a raíz de la investigación de la sexualidad femenina. A esa altura esta cosmogonía psicoanalítica estaba bastante crecida y permaneció sin revisión, por lo que siguió generando confusiones entre la realidad histórica y el registro de lo imaginario (Laplanche, J. y Pontalis, J. B., 1964).  Esta confusión que se repite en los propios sujetos, entre las fantasías de los orígenes (teorías sexuales infantiles), y sus verdaderos orígenes históricos, abre un paralelo entre el fantaseo y la creatividad científica que, como vimos, no es patrimonio exclusivo de ninguna disciplina. [12]

Que la horda primitiva haya o no existido carece de importancia. Lo que Freud nos propone es un modelo como tantos otros (el aparato psíquico por ejemplo), y si por momentos parece no presentar dudas acerca de su veracidad haciendo gala del criterio positivista dominante, otros pasajes de su vasta obra desmienten la uniformidad de esta tendencia permitiendo una lectura transversal, que por supuesto tampoco es la única. En todo caso, la literalidad con que este modelo (y no sólo éste) fue tomado, si bien alarma también ubica al Psicoanálisis dentro las generales de la ley: como toda producción científica puede caer presa de sus propias imágenes.

En la segunda década del siglo pasado, Freud se hallaba a tal punto influido por los desarrollos de la época, capitaneados por Lamark, que en un artículo de reciente exhumación (Vicens, A., 1989), y que se supone pertenece a la colección de los seis artículos metapsicológicos perdidos, intenta relacionar el desarrollo de la libido con la secuencia de las eras geológicas, y en especial con el fenómeno de las glaciaciones. Durante las mismas, y en escenarios cavernícolas, es donde las distintas psiconeurosis se originarían debido a las distintas circunstancias vitales y materiales, tal  como escasez de comida y abstinencia sexual. Esta última para evitar el aumento de la prole y consecuentemente un aumento del consumo alimentario.

En este texto se sientan las bases de lo que pocos años más tarde se traduciría como protofantasías (Freud, S., 1918). Estas pretenderán explicar, con su sustrato filogenético, lo que la historia del sujeto no da cuenta. Dan comienzo, así, los intentos para despejar una relación de causa-efecto entre la filogénesis y la ontogénesis tanto en el plano mental como en el social, probablemente por ser una noción fuerte de la época. Un encomiable intento que involuntariamente condujo a reduccionismos.

La sociedad no está edificada solamente en base al Complejo de Edipo; las teorías de los organizadores psíquicos grupales, (Anzieu, D., 1986) (Kaës, R., 1976,1986), dan cuenta de las vicisitudes que sufre el proceso de construcción de las representaciones mentales y la realidad psíquica en su múltiple apuntalamiento sobre las necesidades corporales, el aparato psíquico mismo, el grupo y la cultura (Bernard, M., 1991). Estos aportes permitieron colegir tanto los procesos de formación de un grupo como los de los grupos internos (Kaës, R., 1985), y -por lo tanto- enfatizar la importancia que tiene el papel de la cultura en la formación del psiquismo, dándole estructura y contenido a las disposiciones que provienen de la vía filogenética.

Esto no quiere decir que el Psicoanálisis de las primeras décadas del siglo pasado estuviera equivocado; por el contrario, muestra el límite espectroscópico que le marcaron los modelos que utilizaba en aquella época. El ascenso y caída de conceptos y categorías es propio del movimiento ondulante de las ciencias, la cristalización es patrimonio único de los dogmatismos y las religiones. También dentro del Psicoanálisis el hallazgo de nuevos elementos permite la creación de nuevos modelos que, a su vez, permiten el descubrimiento de nuevos elementos que son integrados en aquéllos, hasta que la presión de éstos excede la resistencia de las paredes del modelo, acaeciendo entonces la ruptura epistemológica.
El cielo protector

La creación de sistemas cerrados o absolutos que garanticen el entendimiento de todo lo que sucede es una vieja aspiración narcisista y vale para cualquier sistema: físico, filosófico, psicoanalítico, etc. Los nuevos paradigmas que impregnan la ciencia actual se alejan cada vez más de la idea de que el Universo funcione como un reloj suizo o de que la predictibilidad de la conducta de los sujetos y las sociedades sea ajena a su historia y al azar. Tal vez estemos alcanzando en ciencia un lugar, ya anticipado por Pascal, que puede resultar desesperante. Es que cuanto más conocemos, más en contacto con los límites de nuestro conocimiento nos ponemos, paradoja de las paradojas que nos hace retornar sin escalas a la dimensión socrática, quitándole a la ciencia el formato de templo que intentó heredar de la religión. Sin embargo, creer esto último a rajatabla nos reconduciría nuevamente al campo de los dogmas.

Quizá el destino humano esté marcado por este derrotero y no podamos hacer otra cosa que crear cosmogonías que prohíjen cosmovisiones, en un intento —capitaneado por el Proceso Secundario— de religarnos [13] con las envolturas perdidas. De hallar un sentido para esos significantes que titilan lejanos y helados noche tras noche y encontrar un consuelo no sólo para lo que perdimos, sino también para lo que habremos de perder.

Freud nos alertaba acerca de que el Psicoanálisis no era una cosmovisión, vano intento. Toda teoría es tentada a caer en ese lugar, pero no sólo en tanto teoría, sino también en tanto quien la porte. Qué otra cosa podemos hacer si, luego de aceptar que fuimos arrojados a este mundo desde aquel paraíso por la ira del divino Padre [14], nos descubrimos abandonados a la buena o mala del azar en un pequeño lugar excéntrico del núcleo galáctico con el peso insoportable de sentirnos solos en la inmensidad del supuesto infinito.

La nostalgia por las envolturas perdidas se resignifica no sólo por las frustraciones a las que nos vemos expuestos, sino también por el contacto con la radical soledad que nos carcome hasta los tuétanos. Entonces, el paraíso cobra forma y representación. Comenzamos a añorar algo que no tuvimos y que ahora se ve sobreinvestido por la imaginarización propia que hace de aquel fluido recinto, el lugar donde se suprimirán las desdichas del hoy junto a la realización de los deseos de siempre. Las cosmogonías tendrán un lugar importante en esta economía psíquica, serán un intento de explicación de aquella pérdida que fue la que nos dio origen. Llegarán, desde una perspectiva del Proceso Secundario infiltrado por el Primario, en formato teísta como “génesis”, apuntando a re-ligarnos con el lugar de la divinidad indivisa de donde provenimos y que por alguna causa perdimos (teoría del pecado original). O bien, en formato científico dando cuenta del origen del Universo.

Sí, como podemos colegir de todo lo expuesto, las cosmogonías intentan resolver —desde un campo animista, religioso o científico— la problemática de las fantasías originarias. Las cosmovisiones están relacionadas con la conformación del Yo y a la visión unificada que éste puede tener de sí mismo. Y, mutatis mutandis, como lo demuestra Piera Aulagnier, del conocimiento del mundo y del Universo. Un Yo sin fisuras, especular, imaginario, completo, tiene el dominio y el saber sobre sí mismo; una “cosmovisión cosmológica” pretende semejante unificación para el saber y dominio del Universo, intenta expandir sus fronteras a todo lo conocido y que lo desconocido sea posible de inteligirse con las mismas leyes.

En ciencia se denomina error de expectación cuando uno espera encontrar en una experiencia dada algo que supone de antemano. Este concepto terminó de incluir al científico dentro del campo de la experiencia y canceló la fantasía de objetividad del conocimiento cambiándola por la de implicación (Loureau, R., 1990). Sin embargo, en las entrelíneas del discurso de la ciencia aún podremos hallar la aspiración de reencontrar aquel lugar perdido. Y no podría ser de otra manera, ya que el científico en tanto humano porta la marca fundante e irremisible del narcisismo, que se manifestará de alguna forma y grado en su obra.

Leamos a Sábato, un físico devenido escritor: “(…) Todo gran arte es un poco como el sueño, una reacción contra el mundo exterior y, en ocasiones, una violenta y rencorosa negativa. Un gran creador levanta sus obras porque le disgusta el mundo que lo rodea, malogrado por la fealdad, la imperfección, la relatividad y el desorden. Y el gran artista busca lo absoluto. (…)  Esta es la esencial diferencia entre la ciencia y el arte: la ciencia es la visión de la realidad que logra un hombre que debe prescindir de su yo; el arte es la visión de alguien que no puede lograr esa prescindencia. Esa incapacidad es justamente la raíz de su originalidad. (…)”(Sábato, E., 1992).

Un científico, hombre al fin, no puede prescindir de su Yo para la visión de la realidad, porque Yo y realidad son polos de una estructura vincular intra, inter y transubjetiva. Ni la realidad está “afuera” esperando que la vayamos a descubrir —para deleite del espíritu de niño explorador del positivismo y sus aliados filosóficos— ni es una alambicada proyección originada en un saber inherente a la intuición cósmica inmanente del ser.

Todos tenemos en tanto humanos algo de artistas y de científicos, somos creadores, a nuestra imagen y semejanza, de todos los dioses y todas las teorías. Y las diferencias son menos de las que se piensan, ya que la idea de re-crear el mundo vale tanto para la obra como para la teoría. Formatos y embalajes diferentes para el procesamiento de la investidura pulsional que transcribe la sublimación.

Quizá no esté de más recordar la precaución con la que deberíamos movernos a través de las sendas de las ideas. Si bien intentamos reencontrar el viejo y anhelado origen desde diversos planos: físico (orgasmo), espiritual (religiones, instituidas o instituyentes), intelectual (teorías totalizadoras), conducentes todos ellos a una experiencia de fusión (con otro, con el cosmos, con el saber), es necesario sobrellevar esta situación de fascinación encandilante hasta que las vicisitudes de la reacomodación de la libido y de los estratos identificatorios permitan reposicionar al Yo frente a su objeto, para poder entonces apreciar sus matices y diferencias desde nuestra fragmentaria visión.

El narcisismo, como decía el poeta, es un rayo que no cesa. Resulta imposible escapar completamente a la captura de su fulgor. Nuestra tarea desde la ciencia, cualesquiera sea el campo donde operemos, es la de optimizar la distancia que nos une y separa con la tentación de caer en sus brazos y deleitarnos con su canto arrullador.  Para ello se han abierto en su espesura diversos senderos que permiten regular con distintas trayectorias y perspectivas la atracción que ejerce y que nos llama a internarnos gozosamente y sin rumbo en él. Hay un par de senderos que dejan su tronco común para bifurcarse en dos modelos opuestos y relacionados entre sí, a través de la gradualidad de sus respectivos intermediarios y cuya mejor ilustración proviene de la saga de La Odisea.

Para escuchar el canto de las sirenas y evitar ser cautivado por el mismo, Ulises tapó los oídos de sus marineros con cera y se hizo atar al palo mayor. Y si bien la supresión temporaria, en este caso sensorial, permite a los marineros continuar remando sin registrar la atracción de arrojarse al mar en pleno éxtasis y ahogarse, entraña el peligro de no saber de lo que se están defendiendo. Lo cual, tarde o temprano, termina volviéndose en contra ya que impide la elaboración y transcripción de aquellos estímulos, a raíz de la amputación de un sensorio interno. En cambio, resistir a pie firme la tentación eterna del llamado del espejo de Narciso desde el anclaje de la renuncia (siempre parcial), y el reconocimiento de la castración (siempre fluctuante), permite intentar, con mayor trabajo psíquico y menor placer inmediato, la continuación de la travesía por otros medios.

En el campo literario de La Odisea, la solución fue eficaz para llegar al buen puerto de Itaca, quizá en el de la ciencia también pueda serlo.  Desde lo profundo de nuestra historia cultural la visión de un autor ciego (condición en la que todos nos hallamos frente al misterio y al desconocimiento), iluminó un camino a desandar a través de las peripecias sufridas por sus personajes. Esta fue su enseñanza y su legado.

Que Ulises nos sirva de inspiración.

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Por gentileza de El Psicoanalítico

Necesidad del enfoque reichiano

Erick Daniel Granados Monroy
Licenciado en Filosofía, Máster en Desarrollo Humano y Doctor en Gestalt. Profesor de la Universidad Latina, Campus Sur, Distrito Federal (México). Colaborador de las revistas electrónicas Mundo Gestalt, Filosofía Mexicana, Razón y Palabra y Revista de Psicología y Humanidades.
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Resumen

En esta reflexión retrotraemos los fenómenos señalamos por Wilhelm Reich en las nociones de Irracionalidad e Ideología como procesos deformadores de la realidad y del Ser, que podemos observar en situaciones y problemáticas contemporáneas de nuestro entorno.

Palabras clave: Psicología Política Reichiana, Irracionalidad, Ideología.

Introducción

En estas líneas queremos retomar algunas de las categorías principales de la psicosociología de Wilhelm Reich, primordialmente las categorías de Irracionalidad e Ideología, en pos de denotar su verdad y actualidad ante las distensiones contextuales que las neocolonias tercermundistas seguimos padeciendo por un lado, y avivando por otro.

Los métodos utilizados en este proceso heurístico fueron el doxográfico y el dialéctico, ambos bajo el enfoque cualitativo. El esquema estructurante que se siguió fue el Francés Clásico.

El documento se encuentra constituido por cinco apartados: Introducción, Desarrollo, Conclusiones, Referencias bibliográficas y Notas.

Tras esta presentación elemental, procedemos a argumentar los tópicos.

Desarrollo

Recordemos, solo para contextualizar, que la secuencia conceptual reichiana que enlaza las categorías que comentaremos, es la siguiente:

Partimos de la noción de Pulsión Vital, el proceso de expansión-contracción que se correlaciona con el funcionamiento biológico, y con la distinción entre materia animada e inanimada. De ahí surgen las nociones de Racionalidad e Irracionalidad: actos, procesos, decisiones, ideas o instituciones, que se enfocan en desarrollar o impedir los procesos de crecimiento, de complejización y profundización de la vida y del Ser.

Lo Racional buscará manifestarse en procesos que en sentido macro se proyectarán en la Democracia Laboral, y en sentido micro en la Política Sexual. Elementos que buscan el crecimiento, la libertad y la felicidad tanto en los procesos comunitarios, como en las dinámicas afectivas y sexuales interpersonales, más allá de lo planteado por tradiciones, instituciones y autoridades.

Por otro lado, la Irracionalidad será mantenida por la Ideología, un proceso homogenizante, cosificador y focalizador que lleva a la persona a ser lo que el Poder necesita para afianzarse y crecer.

Lo Irracional se refiere a una modalidad utilitaria [1] que busca estructurar la sociedad y a lo humano, lo macro y lo micro, a los fines y beneficios de un sector minoritario, en detrimento de la mayoría explotada.

Un acercamiento a la teoría reichiana, donde se hace una explicación del origen de la Irracionalidad, expresará lo siguiente…

“Todas las discusiones acerca del tema de si el hombre es bueno o malo, si es un ser social o antisocial, son en realidad pasatiempos filosóficos. Que el hombre sea un ser social o una masa protoplasmática de reacciones irracionales, depende de si sus necesidades biológicas fundamentales están en armonía o en conflicto con las instituciones que el mismo ha creado.

Por ello es imposible relevar al hombre trabajador de su responsabilidad por el orden o el desorden, o sea, de la economía, individual y social, de la energía biológica. Delegar entusiastamente esa responsabilidad en algún Führer o político, se ha convertido en uno de sus rasgos esenciales, puesto que no puede ya entender ni a sí mismo ni a sus propias instituciones, de las cuales sólo tiene miedo.

Fundamentalmente es un ser desvalido, incapaz de libertad, y que clama por autoridad, pues no puede reaccionar espontáneamente; está acorazado y espera órdenes, porque está lleno de contradicciones y no puede confiar en sí mismo.

La burguesía europea culta del siglo XIX y principios del XX, había adoptado las compulsivas formas de conducta moral del feudalismo, convirtiéndolas en el ideal de la conducta humana. Desde la era del racionalismo, los individuos comenzaron a buscar la verdad y clamar por la libertad. Mientras las instituciones morales compulsivas estuvieron en vigencia —fuera del individuo como leyes compulsivas y opinión pública, dentro del mismo como conciencia moral compulsiva— había algo así como una calma de superficie, con erupciones ocasionales desde el volcánico mundo subterráneo de las tendencias secundarias. Mientras eso se mantuviera así, las tendencias secundarias sólo eran curiosidades que únicamente interesaban al psiquiatra. Se manifestaban como neurosis sintomáticas, actos neuróticos criminales o perversiones.

Pero cuando los cataclismos sociales comenzaron a despertar en los europeos ansias de libertad, independencia, igualdad y autodeterminación, ellos se encontraron naturalmente impelidos hacia la liberación de las fuerzas vitales dentro de sí mismos.

La cultura y la legislación sociales, el trabajo de avanzada en las ciencias sociales, las organizaciones liberales, todos trataron de traer la “libertad” a este mundo. Después que la primera guerra mundial destruyó muchas de las instituciones autoritarias compulsivas, las democracias europeas trataron de “conducir a la humanidad hacia la libertad”.

Pero ese mundo europeo, en su pugna por la libertad, cometió un gravísimo error de cálculo.

No tomó en cuenta que la destrucción de la función viviente en el ser humano durante miles de años, había engendrado un monstruo; olvidó el profundamente arraigado defecto general de la neurosis del carácter. Y entonces, la gran catástrofe de la plaga psíquica, esto es, la catástrofe del carácter humano irracional, emergió en la forma de las dictaduras.

Las fuerzas que habían sido exitosamente contenidas por tanto tiempo bajo el barniz superficial de la buena educación y el autocontrol artificial, dentro de las mismas multitudes que estaban clamando por libertad, irrumpieron ahora en acción. En los campos de concentración, en la persecución a los judíos, en la destrucción de toda decencia humana, en la matanza de poblaciones civiles por monstruos sádicos para quienes era un deporte encantador ametrallar a los civiles y que sólo se sentían vivir cuando desfilaban al paso de ganso, en el gigantesco engaño de las masas allí donde el Estado pretende representar el interés del pueblo, en el aniquilamiento y sacrificio de cientos de miles de adolescentes que, lealmente, creían servir un ideal; en la destrucción de trabajo humano evaluado en billones, una fracción de los cuales hubiera sido suficiente para desterrar la pobreza de la faz de la tierra; brevemente, en una danza de San Vito que continuará mientras los poseedores del conocimiento y del trabajo no consigan desarraigar, tanto dentro como fuera de sí mismos, la neurosis de masas que se denomina “política” y que prospera a base de la desvalidez caracterológica de los seres humanos.

Entre 1928 y 1930, en la época de las controversias con Freud que describí antes, yo no sabía más del fascismo que el término medio de los noruegos en 1939 ó de los norteamericanos en 1940. Sólo entre 1930 y 1933 fue cuando llegué a conocerlo en Alemania. Me encontré perplejo cuando me enfrenté con él y reconocí en cada uno de sus aspectos el tema de la controversia con Freud.

Gradualmente comencé a comprender la lógica de todo eso. Esas controversias habían girado en torno a una estimación de la estructura humana, al papel desempeñado por el ansia humana de felicidad y al irracionalismo en la vida social.

En el fascismo, la enfermedad psíquica de las masas se revelaba sin disfraces.

Los enemigos del fascismo, demócratas liberales, socialistas, comunistas, economistas marxistas y no marxistas, etc., buscaban la solución del problema ya fuera en la personalidad de Hitler o en los errores políticos de los diversos partidos democráticos alemanes.

Tanto lo uno como lo otro significaba reducir la plaga psíquica a la miopía del individuo humano o a la brutalidad de un solo hombre.

En realidad, Hitler no era más que la expresión de un conflicto trágico en las masas, el conflicto entre el anhelo de libertad y el miedo real a la libertad.

El fascismo alemán decía de muchísimas maneras que estaba operando no con el pensamiento y el conocimiento del pueblo, sino con sus reacciones emocionales infantiles. Lo que lo llevó al poder y le aseguró luego la estabilidad no fueron ni el programa político ni ninguna de sus innumerables y confusas promesas económicas: fue, esencialmente, su llamado a oscuros sentimientos místicos, a un anhelo indefinido, nebuloso, pero sin embargo extremadamente potente.

No comprender eso, significa no comprender el fascismo, que es un fenómeno internacional.” [2]

¿Les sonó a algo conocido y contemporáneo? [3]

De acuerdo a lo anterior, la Irracionalidad —la rigidez sadomasoquista, producto de la insatisfacción individual y comunal, deliberada, temprana y constante—, deviene en Fascismo.

Fascistas son aquellos esquemas conductuales masivos de irresponsabilidad y destructividad; pautas sociales e intersubjetivas tradicionales, anti-vida e inalterables, que pueden y de hecho son utilizadas para movilizaciones utilitarias, mercantilistas y colonialistas.

El fascismo, manifestación grupal de una introyección personal, de un ser lacerado, cuyas necesidades e impulsos primarios y biológicos han sido milenariamente reprimidos y tendenciados, focalizados a lo necesario por el Poder.

Entonces, la Irracionalidad es el egoísmo, estupidez y brutalidad personal, producidas por el Estado Irracional, por la Institución Fascista, en pos de sus programas, objetivos y ambiciones.

Esto nos lleva a la siguiente categoría, la Ideología.

La Ideología tiene como propósito crear un Zeitgeist, un habitus, una cosmovisión que focalice los aspectos medulares de una ubicación espaciotemporal, en pos de permitir facilitar y mantener los procesos irracionales que necesita la clase alta para mantener su hegemonía.

Ampliando la noción y correlación de la Irracionalidad, su origen, lo deliberado y utilitario de su conformación, desarrollo e implantación, Reich explicará la noción e influencia de la Ideología del siguiente modo…

“Las condiciones económicas de una ideología explican su base material, pero no nos enseñan nada sobre su núcleo irracional. Lo que constituye directamente este núcleo es la estructura caracterológica de los hombres sometidos a las condiciones económicas respectivas, y que reproducen de este modo el proceso histórico-económico de la ideología.

Al crear las ideologías, los hombres se transforman a sí mismos; es en el proceso de formación de la ideología donde encontramos su núcleo material. La ideología aparece, pues, con un doble fundamento material: uno indirecto en la estructura económica de la sociedad, y uno directo en la estructura típica de los hombres que la producen y que, a su vez, está determinada por la estructura económica de la sociedad. Es evidente, pues, que las formaciones ideológicas irracionales estructuran a los hombres de modo irracional.” [4]

Entonces, la ideología deviene de la dinámica de procesos hegemónicos y de mercado y tiene como propósito realizar un proceso performativo en el cual se produzca un tipo de persona que confluya y coadyuve con los criterios e intereses de esa clase económica a la cual él no pertenece.

La ideología tiene un trasfondo económico clasista, pero se manifiesta como un producto cultural neutro; como cargas semánticas positivas y comunitarias; como una creencia saludable, elegida e inexorable.

Entonces, hay una completa correlación entre ambas categorías, entre los proyectos irracionales y los procesos de ideologización.

El Irracionalismo en la persona y en la comunidad, surge, es producido por la acción de la Ideología: construcción y estrategia semántica y pragmática, cultural y fáctica, que será primordialmente: separativa, excluyente, magnificadora, minimizadora y utilitaria; adoctrinamiento que configurará personalidades irracionales.

La ideología, entendida como un tipo de proceso irracional, focalizador, tendenciante y estructurante, que influye en el percibir-sentir-pensar-hacer del humano ubicado en ese tipo de entornos occidentalizados: monetaristas, unidireccionales y violentadores.

En la ideología, nosotros confluimos con la agenda de los estamentos altos. Creemos que nosotros construimos nuestra comunidad, cultura y personalidad, pero simplemente estamos acatando los comandos que las clases altas programan.

Sabes que una persona está ideologizada porque ostenta una estructura caracterológica donde él y sus cercanos salen dañados.

Ideas, creencias, valores, criterios y acciones que él no eligió, que no le sirven, que a su vez le afectan, y que no obstante defiende.

Nadie que haya crecido en esta comunidad irracional estará libre de los preceptos deformadores y manipuladores programados por las élites, y menos las clases medias y bajas. Condicionado está el campesino y el obrero, pero también el estudiante y el académico.

No solo los iletrados son atacados por el proceso irracionalizante de la hegemonía, no, ojalá; ese proceso de homogenización no tiene límites, afecta a jóvenes, adultos y ancianos; norteños, sureños y chilangos; cultos, iletrados y analfabetas funcionales; ni siquiera los “universitarios” y “académicos” son inmunes a esa inoculación.

Ahí tenemos el caso de varios profesores que aún con posgrados y especialidades fueron afectados, manipulados por los procesos simbólicos y alienantes de las culturas de masas, de los procesos partidistas que recién vimos. ¿Cuántos “profesionales” y docentes vieron ustedes azuzados en el partidismo, por las propagandas, por la supuesta izquierda, por nuestra “luz de esperanza”?

Lamentable que “incluso” los leídos y escribientes hayan sido engañados por ese mesías de pseudo izquierda que es Obrador. Esa persona sólo es uno más de los empleados que sirven a la corporativocracia. Él no lo dice, no lo acepta, y las masas crédulas e irreflexivas no lo entenderán.

En esa relación de sadomasoquismo entre el poder y la población, incluso el “electo” ya ha hecho comentarios directos y explícitos para que al rato no se sientan engañados; lo enuncia frontalmente: respetará empresas e instituciones. Ahí sí está siendo sincero, dice la verdad, no los engaña; está siendo más bien cínico, pero de fondo es veraz. Seguirá respetando a la camarilla financiera que lo puso ahí, y a los siervos de ellos, a los cuales obviamente no va a afectar.

Ciclos, procesos repetitivos decía Spengler en “La Decadencia de Occidente”, esos momentos donde los caudillos surgen, donde lo imperante es lo utilitario, donde los sectores económicamente poderosos expolian salvajemente y las masas aúllan y trastabillan entre dolor, ignorancia, necesidad y placer.

Egotismo ensimismante que lleva a mentirse a uno mismo, a dejar de lado las evidencias, a ignorar los indicios, a creer, pese a que los hechos indiquen lo contrario.

Pues bien, ya muchos lo dijeron previamente, Vasconcelos por ejemplo, y obviamente Reich.

Un tipo de fascismo azul que nos lleva a mantenernos en el performance funcional de obrero eficiente y ciudadano obediente. Puedes gritar, marchar, rayonear muros, escupir iglesias, quemar puertas, pero acabando tu catarsis, el lunes, de vuelta a la máquina, a seguir haciendo funcionar el sistema.

Esto es algo que tampoco entienden las feministas: se les “conceden” derechos, ellas “ganan” garantías, pero no van a la raíz. Ya pueden adoptar, cambiar sus apellidos, modificar su fenotipo, ya tendrán más y más “representantes”, más “emponderamiento”, pero igualmente, el lunes, después de bailar y gritonear en sus marchas, a trabajar, a pagar impuestos, a producir, y a mantener esta cosmovisión clasista. ¿Algo varió esta etapa histórica con sus cacareados derechos de género? Parece que no.

A sabiendas de que las palabras no tienen la capacidad constructiva y destructiva que uno quisiera, en esta sociedad neurótica, en esta fase histórica, se tienen que hacer denunciamientos conceptuales lo más claros y radicales posible. Cuando menos en nuestros ámbitos micro; ser críticos, no dejarnos arrastrar por aquellos que deforman, manipulan y usan.

Reich fue radical.

Reich fue una figura excepcional.

Reich lo hizo: fue radical con sus aserciones sobre el proceder de los siervos del Poder. Y por ello fue expulsado y vilipendiado por el Partido Comunista Alemán, por la Sociedad Psicoanalítica —siendo voto decisivo el de su presidente, Freud—, para finalmente ser asesinado por la FDA.

Estas tres instituciones y sus integrantes denotaron una horrenda incongruencia, cobardía y falsedad.

Toda institución tiene detrás, y medularmente, elementos utilitarios, acciones y fines a favor de las clases altas. No importa si en la fachada dice salud, democracia o universidad, detrás de ellas, medularmente, está la camarilla financiera expandiéndose, controlando y beneficiándose.

Si tú no lo ves, eres ingenuo; bien intencionado quizás, pero con tu ceguera, parte del problema serás.

Como con el movimiento de la UNAM que “surgió” en el CCH Azcapotzalco; como con López Obrador; como en el zapatismo; como en el 68.

Lo de la UNAM…

Tendenciado; cotos de interés manipularon a los jóvenes, pastorearon a los estudiantes, influyendo y focalizando —previa infiltración en— sindicatos, organizaciones estudiantiles y consejos académicos [5]

Obrador…

No es autónomo, no es independiente, no es genuino. Bajo la psicosociología, el partidismo es herramienta de la hegemonía, simple diversificación exterior, pero con el mismo trasfondo corrupto. Diría Javier Villegas…

“Con sus declaraciones más mesuradas, Obrador le está bajando la emoción a la audiencia, para que cuando entre en funciones, como no se podrá hacer todo lo prometido, con lo que cumpla, todos queden contentos; y tampoco quieran tantos resultados con esa realidad desde ahora descrita.

Es lo mismo que cuando comenta que todos los mexicanos son honestos y trabajadores. La palabra construye la conciencia colectiva. Es la herramienta del político.”

Al ser México una neocolonia tercermundista, el Poder se sirve de la violencia, impone un concepto de Estado, que se concretiza en un tipo de gobierno apto para su agenda, que necesitará instituciones para conseguir y acrecentar sus diversos intereses, necesitando un tipo de persona particular para mantener esas instituciones de ese gobierno con esos trasfondos. En esa visión, la figura del gobernante es la de un mero instrumento; un empleado, sí, pero no del pueblo, sino de los linajes económicamente dominantes.

Decía Reich en 1937 en la introducción a “La Función del Orgasmo”: ¡Hagan de la democracia una cosa viva! ¡No simulen una democracia! ¡De otro modo, el fascismo ganará en todas partes!” [6]

Pues bien: enunciado que fue presagio, profecía, y ahora, realidad.

El zapatismo…

Nunca un movimiento genuino, farsantes que no tuvieron ningún empacho en sacrificar población sureña y en manipular a la comunidad internacional. Necesidad que enceguece. Ignorancia que nubla. Complicidad de la masa que coadyuva a la consecución de objetivos de la clase alta.

Y finalmente el 68…

Celebración mítica como la que hizo Porfirio Díaz en torno al personaje de Juárez; fiasco de movimiento social; evocando a niños ingenuos que sólo hacen ruido, que no entienden ni son radicales [7]. Detalle curioso: varios de esos “activistas”, ahora todos unos chapulines hueseros. [8]

Así:

En la UNAM, en el partidismo, y en los supuestos movimientos sociales, se denota irracionalidad producto de la ideologización. Homogenización y estupidización en pos de mantener operando y creciendo al imperio. México, la neocolonia que dice ser república independiente; población alienada que cree ser libre, singular e inteligente. No hay individuos. No los puede haber en esta fase histórica monstruosa y eficientemente adoctrinante.

Con esto cerramos la parte del Desarrollo, procedemos con el cierre.

Conclusiones

Compañeros: lean a los rusos, lean a los alemanes; después de ellos, no hay nada más qué decir sobre el fenómeno humano. La vuelta a los vetustos pensadores; lo que en Spengler es el salto de cultura a civilización; el regreso a las viejas ideas; lo que algunos denominan la Sobremodernidad; lo que para Chinaski es atender a los perros viejos. Lean a Thomas Mann, a Hermann Hesse, Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Gorki, y obviamente a Reich.

Ideas que quizás en un mundo no neurótico ya tendrían que estar en la basura o en algún museo, pero dadas nuestras condiciones retrógradas y medievales, son pensadores que aún tienen mucho qué decirnos en torno a nuestras problemáticas y vejaciones.

Como estudiantes y estudiosos de las ciencias sociales y las humanidades, debemos desromantizar las figuras míticas de la política y la historia. Contrastar a los caudillos y héroes de las clases medias y bajas, impuestos por las clases altas.

Más nos vale criticar. Sólo los ingenuos, tontos y desahuciados creen siempre. Creen ingenua e indiscriminadamente.

Sólo la vida racional es la verdadera. Existencia real más allá de ésta neurosis, más allá de ésta estúpida mentira.

Notas

[1] Entendemos lo utilitario como la postura en la cual se maximiza el Yo y se minimiza el Tú; un proceso cosificador, reificante, donde se vuelve objeto a la otra persona, se le usa, se le consume y se le desecha. Una modalidad altamente cuestionable por el embrutecimiento, destrucción, dolor y muerte que provocan los sectores económicamente poderosos. Donde se enfocan en aumentar sus bienes, ganancias y poder, en detrimento del sufrimiento, injusticia y padecimientos de las clases medias y bajas.

[2] Reich, La Función del Orgasmo, pp 184-186.

[3] En la excelentísima introducción de David Carpio a “La Decadencia de Occidente” de Oswald Spengler, se enuncian ideas que se aparejan medularmente con lo planteado por Reich. Aquí la cita…

“Las Altas Culturas son organismos “vivientes”. Siendo orgánicas por naturaleza, deben pasar por los estadios de nacimiento, desarrollo, plenitud, decadencia y muerte. Esta es la “morfología” de la Historia. Todas las culturas anteriores han pasado por estas diferentes etapas y la Cultura Occidental simplemente no puede ser una excepción. Más aún: hasta es posible detectar en cual de esos estadios orgánicos se ubica actualmente.
El punto más alto de una cultura es su fase de plenitud, que es la “fase cultural” por antonomasia.

El comienzo de la declinación y el decaimiento de una cultura está constituido por el punto de transición entre su fase “cultural” y su fase de “civilización” que le sigue de modo inevitable.

La fase de “civilización” se caracteriza por drásticos conflictos sociales, movimientos de masas, continuas guerras y constantes crisis.

Todo ello conjuntamente con el crecimiento de grandes “megalópolis”, vale decir: enormes centros urbanos y suburbanos que absorben la vitalidad, el intelecto, la fuerza y el espíritu de la periferia circundante.

Los habitantes de estas aglomeraciones urbanas —comprendiendo al grueso de la población— se convierten en una masa desarraigada, desalmada, descreída y materialista, sin más apetitos que el pan y el circo instrumentados para mantenerla medianamente conforme.

De esta masa provienen luego los felahs subhumanos, típicos representantes de una cultura moribunda.

Con la fase de la civilización viene el gobierno del dinero y sus herramientas gemelas: la democracia y la prensa. El dinero gobierna al caos y sólo el dinero saca provecho del mismo. […]

La dictadura del dinero desaparece pero la fase de la civilización termina dando lugar a la siguiente, que es la del cesarismo, en dónde grandes hombres se hacen de un gran poder, ayudados en esto por el caos emergente del último período de los tiempos plutocráticos.

El surgimiento de los césares marca el regreso de la autoridad y del deber, del honor y de la estirpe de “sangre”, y el fin de la democracia.

Con esto llegamos a la fase “imperialista” de la civilización, en la cual los césares con sus bandas de seguidores combaten entre sí por el control de la tierra.

Las grandes masas o bien no entienden lo que sucede, o bien no les importa.

Las megalópolis se deshabitan lentamente y las masas poco a poco “regresan a la tierra” para dedicarse a las mismas tareas agrarias que ocuparon a sus antepasados varios siglos atrás. El frenesí de los acontecimientos pasa por sobre ellos.

Y en ese momento, en medio de todo ese caos, surge una “segunda religiosidad”; un anhelo a regresar a los antiguos símbolos de la fe de esa cultura.

Las masas, fortificadas de ese modo, adquieren una especie de resignación fatalista y entierran sus esfuerzos en el suelo del cual emergieron sus antepasados. Contra este telón de fondo, la cultura y la civilización creada por ella, se desvanecen”.

Spengler, La Decadencia de Occidente, pp 5-6.

[4] Reich, Psicología de Masas del Fascismo, p 112.

[5] Con relación a lo que ocurre en la “máxima casa de estudios”, tenemos dos de las clásicas estrategias de los cotos de poder.

Por un lado lo ya visto, ataques de falsa bandera; fuerzas de choque controladas por uno de los grupos utilitarios, que al provocar y acentuar la crisis, emergen como salvadores. Chapulines hueseros mafiosos que, al terminar la revuelta, aseguran su poder con el miedo que previamente provocaron, acentuando la “seguridad”, y con ello evitando riesgos a su hueso y permanencia. Eso funcionará para cierto sector de la población.

Por otro lado, un distinto modo de control, barnizando como cientificismo o híper razón-dedicación a otro sector de la población. En esa otra estrategia: los saturas, enemistas, ensimismas y abstraes. Ahí, con ellos, no es necesario hacer ataques de falsa bandera: a ese sector más bien no le interesa lo histórico, por estar ensimismados con su disciplina, con su estudio, con su cientificidad, y en ese sentido, no se meten en el camino de la gente que toma las decisiones.

Así, dos tipos de estrategia de control: engañando a los que puedan disentir, y endureciendo y pasivizando a otros. Pasa en el ámbito gubernamental, pasa en la esfera empresarial, y la universidad no está exenta de eso. Antes bien, ahí también se refleja la realidad neurótica y utilitaria de nuestro país.

Lo que pasa en lo macro, pasa en lo micro.

[6] Reich, La Función del Orgasmo, p 17.

[7] No entienden que los movimientos están tendenciados, que las organizaciones están corruptas.

Y no son radicales porque sólo son reformistas y revisionistas. No llegan a la raíz, no tocan la cabeza putrefacta. Tienen lo principal: el factor humano. Y lo desperdician con mantas, marchas y diálogos con las mismas autoridades irracionales que los usan y engañan.

No entienden que en las universidades los cargos de autoridad -los rectores y directores-, no son cargos académicos para los cuales se requieran habilidades epistemológicas. Son puestos políticos, y esos altos funcionarios actúan como tales: los verbean, les prometen, y ellos caen, los estudiantes les creen.

Tienen que tener muy claro que decir universidad es como decir televisión o ejercito: herramienta que fundamentalmente sirve para mantener y expandir el control de las clases altas. Entendiendo eso, todo lo demás se clarifica. En su sentido primordialmente oscuro, pero preferible saber, a seguir engañado e ilusionado y dando vueltas como gallina sin cabeza, y dándose de frente contra la pared.

[8] Chapulín: el que va de una administración a otra buscando carguitos. Mismos que se los dan por derechista: arrastrado y alienado.

Huesero: aquel que no se compromete con la actividad en la cual se desenvuelve, sólo interesándole el bisne que pueda hacer en ese ámbito laboral, la comodidad y estabilidad.

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