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El psicoanálisis ante la guerra

Silvia Ons
Psicoanalista
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El psicoanálisis nació antes de la Primera Guerra Mundial, Freud no necesitó de ella para descubrir la importancia de la crueldad. En todo caso la guerra —según le confesó a su amigo holandés Van Eden— confirmó que el psicoanálisis había acertado con su tesis: “Los impulsos primitivos salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido, sino que persisten reprimidos en el inconsciente y esperan la ocasión propicia para desarrollarse” [1].

Freud y la guerra

Freud no vio a la guerra de lejos, ya que ella atravesó su vida: sus tres hijos participaron en las acciones bélicas, durante años su práctica como analista se vio condenada a la ruina y Sophie, la hija favorita, murió a causa de su vulnerabilidad a la infección provocada por los desastres.

En ninguna otra contienda en el mundo hubo una matanza semejante a la de Verdún entre los años 1914-1918. Su valor traumático se recorta aún más si se piensa en su acontecer luego de lo que se llamó el siglo de las delicias y también du grand ennui, del gran aburrimiento, del gran tedio y de la gran prosperidad de la clase media.

Hubo antes otras guerras que mostraron, sin duda, horrores difíciles de soportar, pero ninguna de ellas fue más mortífera y sangrienta, anticipando así al estilo de las que le siguieron.

Freud [2] apela a diferenciarla de las guerras en la antigua Grecia en las que los griegos habían prohibido asolar las ciudades pertenecientes a la Confederación, talar sus olivares o cortarles el agua. Se respetaba al herido que abandonaba la lucha y al médico y al enfermero dedicado a la curación. Se consideraba a la población no beligerante, es decir, a las mujeres y los niños. Se preservaban las empresas e instituciones internacionales que habían encarnado la comunidad cultural de los tiempos pacíficos.

Mientras que la guerra de los albores del siglo XX fue mucho más brutal que las de otrora, el perfeccionamiento de las armas le dio más potencia de fuego y no tuvo miramiento por ningún linde, fue cruel, enconada y sin cuartel. Infringió todas las limitaciones a las que los pueblos se obligaron en épocas de paz, no reconoció privilegios ni en herido ni el médico no admitió la diferencia entre los núcleos combatientes y pacíficos, de la población. Derribó, en definitiva, con ciega cólera todo lo que salió al paso, como si después de ella no hubiese futuro. Las atrocidades de la primera guerra mundial marcaron no solo la vida de Freud, sino a su propia teoría.

Si bien el poder de la agresión no había sido un secreto antes de 1914, la guerra sella el descubrimiento de la pulsión de muerte. Ningún descubrimiento freudiano fue más rechazado por los propios analistas que el concepto de pulsión de muerte. Incluso después de la segunda guerra mundial, ellos no le daban crédito, considerándola una noción biológica, cuando en realidad la biología no conoce nada de ella.

Sabina Spielrein

Es incluso el propio Freud quien tardó en asimilar la idea, cuando le fue propuesta por la analista rusa Sabina Spielrein. Antes de ser médica dedicada al psicoanálisis, ella había sido paciente y amante de Jung [3]. Joven histérica, vive el desgarro producido por una pasión tormentosa con el que, además de ser su terapeuta, era un hombre casado que no abandonaría jamás a su esposa.

No pudiendo tener con él al hijo anhelado, escribirá un trabajo sobre la destrucción como causa del devenir, que anticipa el descubrimiento freudiano. Interesa destacar de qué modo el concepto de pulsión de muerte fue enunciado por vez primera por una mujer a partir del estrago de una relación amorosa, mostrando, hasta qué punto esa dimensión está presente no solo en la guerra.

El Leviatán de Thomas Hobbes 

Hoy en día, muchos psicoanalistas tienden a reducir la guerra a la pulsión de muerte, cuando en realidad Freud toma a la guerra —desde la clínica— para reformular el trauma y la pulsión pero, según pienso, no explica a la guerra por la pulsión sino por la manera en la que la cultura trata a la pulsión.

En principio su posición es semejante a la de Thomas Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre” (homo hominis, lupus). Recordemos que, ya en los albores de la modernidad, este filósofo había creado el concepto de “contrato social” para refrenar tal impulsividad que hace de la sociedad humana una formación de individuos dominados la por ambición de mando y de dominio.

En el Leviatán [4] (1651) describe que “en su estado natural todos los hombres tienen el deseo y la voluntad de causar daño” de modo que hay —cuando menos en principio— una constante «guerra de todos contra todos” (bellum omnium contra omnes). El fin de dicho estado y con él las condiciones para que pueda existir una sociedad, surge mediante un pacto por el cual cesan las hostilidades y los sujetos delegan sus derechos, tal renuncia permite el establecimiento de una autoridad que está por encima de ellos, pero en la cual se sienten identificados.

Eric Laurent y Rusell

Sin embargo, como dice Eric Laurent [5], la cuestión es saber si el surgimiento del Estado elimina la presencia de la muerte. La esperanza de los racionalistas del siglo XVIII –como Condorcet–  ha sido desmentida por los hechos. La guerra, afirma Freud, trajo consigo una terrible decepción ya que ella muestra que el progreso de la civilización no ha moderado la violencia y tampoco ha ayudado para que ella se encauce hacia otros destinos. Por el contrario, el progreso tecnológico la dota de armas cada vez más poderosas, incrementando así sus alcances. Ya hace más de 40 años, Rusell se preguntaba si el hombre de la generación tecnológica no estaba condenado a desaparecer.

Lacan

En esa misma época, Lacan predijo que “nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”. Conocemos estos procesos: la segregación de los judíos, de los negros, de los árabes, de los armenios, de los “bolitas”, de los chinos, para solo nombrar algunas de sus tantas figuras. Ahora la segregación se ejerce ya ni siquiera respecto a una clase, bajo el nombre de “gente tóxica” todo el mundo podría ser afectado. Claro que el dedo del acusador se cree “inocente” y nunca responsable, la culpa es la del otro.

Freud no creería jamás en esa inocencia. Y se pregunta qué hace la cultura frente a las inclinaciones del hombre. Se podría suponer que las malas inclinaciones del hombre le son desarraigadas y, bajo la influencia de la educación y del medio cultural, son sustituidas por inclinaciones a hacer el bien. Sorprende entonces que en los así educados, la maldad aflore con tanta violencia.

Freud explica este fenómeno con el argumento de que la cultura fuerza a sus miembros a un distanciamiento cada vez mayor respecto de sus disposiciones pulsionales. Y Freud no duda en llamar hipócrita a quien reacciona siempre de acuerdo a preceptos que no son la expresión de sus inclinaciones. Entonces, si los pueblos, los individuos rectores de la humanidad y los Estados abandonan las restricciones éticas en época de guerra, ello obedece para Freud a la incitación a sustraerse de la presión continua de la cultura, dándole satisfacción a las pulsiones refrenadas.

Respuesta a Einstein

Sin embargo, en la respuesta que le da a Einstein en su artículo “Por qué la guerra”, Freud concluye que “todo lo que promueva el desarrollo de la cultura, trabaja también contra la guerra” [6]. Hay entonces culturas que, rechazando la dimensión pulsional, hacen que ella se acreciente llevando a la guerra, y otras que posibilitarían un destino pulsional diferente, que trabajaría “contra la guerra”.

Es muy interesante la manera en la que Einstein [7] diferencia cultura de “intelectualidad”, diciendo que no estarían más expuestas al odio y a la destructividad las masas iletradas. Y afirma que, por el contario, es muchas veces la llamada “intelectualidad” la más proclive a las desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual ha perdido contacto con la vida.

Es importante recordar que la fiebre bélica patriótica había atacado a novelistas, teólogos, poetas e historiadores. El poeta alemán María Rilke celebró el estallido de las hostilidades con los “Cinco cantos” en los que veía al increíble Dios de la guerra. S. Zweig, más tarde pacifista, tuvo sin embargo posturas militares los primeros días de la guerra.

Thomas Mann la vinculaba con la purificación, de la cual nacía la esperanza [8] y Freud mismo experimentó al comienzo cierta credulidad partidista, vivenciando el mismo ese fenómeno de masa que describiría en “Psicología de las masas y análisis del yo” [9]. En el grupo, dice en este trabajo, se borra lo diverso apareciendo lo uniforme, prevalece la identificación al líder y hay una inhibición colectiva de la función intelectual. Surge un sentimiento de potencia infinita, la multitud influenciable y crédula es proclive a todo tipo de sugestión, que puede arrastrarla a las mayores atrocidades.

Freud plantea que la masa se funda en lazos homosexuales y toma como ejemplo de masas artificiales a la iglesia y al ejército, lugares de exclusión de lo femenino. La guerra se apoya siempre en certidumbres: la de la raza —es decir la sangre—, la nacionalidad —es decir la madre tierra—, y la religión –es decir la creencia–, como certezas apoyadas en la exclusión de lo diferente. La guerra va dirigida a lo semejante en lo que tiene de diferente y a lo que de semejante —ignorado en el sujeto— tiene el diferente.

Dice Freud: “El amor a la mujer rompe los lazos colectivos de la raza, la nacionalidad y la clase social y lleva así una importantísima labor de civilización”. [10] Ruptura pues de las razones que han motivado toda guerra. Tal amor representa la posibilidad de alojar lo diverso en lugar de segregarlo como hostil y como enemigo.

Se podría decir que la mujer encarna no sólo lo heterogéneo del otro, sino lo otro del sujeto que le es ajeno. Son los preceptos universalizantes, las prescripciones válidas para todos, lo monotonoteista de la religión –según una feliz expresión acuñada por Nietzsche– quienes siempre rechazan lo diverso. Lo diverso que es el otro y lo diverso en uno mismo. Ser pacifista es poder atravesar las lógicas binarias que siempre dibujan la cartografía del amigo-enemigo. Lacan apeló a la topología con el afán de superar ese pensamiento dicotómico, vecino de la guerra y del conflicto.

Notas

[1] Freud, S., “Carta al Dr. F Van Eeden”.Obras completas, trad. José Etcheverry, Amorrortu Editores T XIV Bs. As, 1984, p. 302.

[2] Freud, S., “De guerra y muerte, temas de actualidad”, opt. cit. T XIV, 1990. pp. 278-280.

[3] Richebacher, A., Sabine Spielrein de Jung a Freud, trad. Luciano elizaincin, Bs. As., 2008, el cuenco de plata, 2008.

[4] Hobbes,T., Leviatán, en FERNÁNDEZ PARDO, C. A. (comp.) (1977): Teoría política y modernidad, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

[5] Laurent, E. , “ Los Jobs del nuevo Hobbes”, trad, Florencia Dassen, Ciudades analíticas, Bs. As., 2004, Tres Haches, pp.171-176.

[6] Freud, S., “¿Por qué la guerra?”, op.cit., p.185.

[7] Einstein, A., Carta a Freud, 30-7-1932, en ¿Porqué la guerra?”, Obras completasopt. cit. p 185.

[8] Jones, E., Vida y obra de Sigmund Freud “ Los años de la guerra” Paidós, Bs. As, 1976

[9] Freud, S., Psicología de las masa y análisis del yo ”, op.cit ,TXVIII , Bs. As 1976, p 134

[10] Freud, S.,”Psicología de las ….”, p.134

Por gentileza de Página12

 

Hablemos de psicoanálisis | Una breve introducción

Marcelo Colussi
Psicólogo, filósofo, escritor y politólogo
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Psicoanálisis: una nueva visión del sujeto

El psicoanálisis sigue siendo muy poco conocido en Guatemala, y menos aún: apreciado. Son más los prejuicios que pesan sobre él que lo que verdaderamente se le estudia con profundidad. Sin conocerlo, o conociéndolo solo en forma muy parcial, se lo ve como pansexualista, psicología individualista que prescinde de lo social, tratamiento excesivamente largo y costoso, necesitado de un alto nivel intelectual de quien consulta, inaplicable en ciertos contextos (rurales, por ejemplo), teoría europea distanciada de la cultura propia del país, creador de una enfermiza dependencia entre analista y analizado, y otras consideraciones por el estilo, todas totalmente cuestionables, falta del más mínimo rigor científico. Todo ello habla de un gran desconocimiento de qué significa, en realidad, el psicoanálisis. Seguramente, habla también del miedo que produce su descubrimiento: que no somos tan autosuficientes como el sentido común nos dice.

¿Qué es exactamente? Es un cuerpo teórico muy bien articulado, con más de un siglo de desarrollo, que tiene como concepto básico el inconsciente. Es un saber perteneciente al campo de las ciencias sociales, inaugurado por el médico austríaco Sigmund Freud (1856-1939), quien irrumpió subversivamente a inicios del siglo XX en el ámbito de lo “psicológico”, rompiendo una visión biologista del ser humano y de su esfera psíquica, cuestionando principios ancestrales de la tradición filosófica occidental, de la visión aristotélico-tomista de nuestro sentido común, formulando así una demoledora crítica de la noción de normalidad.

Freud, en 1922, lo definió así:

A) Un método de investigación que consiste esencialmente en evidenciar la significación inconsciente de las palabras, actos, producciones imaginarias (sueños, fantasías, delirios) de un individuo. Este método se basa principalmente en las asociaciones libres del sujeto, que garantizan la validez de la interpretación. La interpretación psicoanalítica puede extenderse también a producciones humanas para las que no se dispone de asociaciones libres.

B) Un método psicoterapéutico basado en esta investigación y caracterizado por la interpretación controlada de la resistencia, de la transferencia y del deseo. En este sentido se utiliza la palabra psicoanálisis como sinónimo de cura psicoanalítica; ejemplo, emprender un psicoanálisis (o un análisis).

C) Un conjunto de teorías psicológicas y psicopatológicas en las que se sistematizan los datos aportados por el método psicoanalítico de investigación y de tratamiento [1].

A partir de los conceptos que Freud legó puede decirse hoy que el psicoanálisis es una práctica social, una técnica de trabajo para abordar una amplia gama de problemas en el ámbito de la clínica psicológica, de la educación, de la cultura, y que sirve para entender fenómenos sociales en un extendido espectro de cuestiones.

El psicoanálisis destrona al ser humano llamado normal, dueño de la verdad racional, de su pretendido sitial de honor. El descubrimiento del inconsciente muestra que no somos exactamente esos seres tan racionales que nos decimos ser, los que decidimos nuestra vida en forma autoconsciente. “Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla” [2], afirma Jacques Lacan (1901-1981) [3], principal seguidor de Freud, y a través de cuya relectura introducimos aquí la obra freudiana [4].

El fundador del psicoanálisis decía que hablar de inconsciente es una de las grandes heridas al narcisismo, al amor propio que todo el mundo tiene. Una de ellas fue el descubrimiento copernicano (Nicolás Copérnico, astrónomo polaco), demostrando que no somos el centro del universo, sino que nuestro planeta es uno más de los que giran en torno al sol. La otra herida la produce Charles Darwin (naturalista inglés) al demostrar que no somos los privilegiados de la creación, sino que somos un elemento más de la cadena natural, producto de una evolución, que no estamos hechos a imagen y semejanza de dios. La idea de inconsciente es un nuevo golpe a esa fantasía de perfección: no decidimos tanto como creíamos, sino que nuestra vida está más bien decidida por una historia subjetiva y social que nos antecede. El marxismo (materialismo histórico), en otros términos y desde otra dimensión epistemológica, muestra también la alienación del sujeto (quien produce la riqueza, el trabajador, está excluido de ella, no es dueño del producto de su trabajo).

No podemos existir solos; el individuo aislado es un imposible, es solo un artificio didáctico para presentar lo humano, sin correlato en lo real. El cadáver en la mesa de disecciones es un “sujeto aislado”; la realidad humana es otra cosa: el Otro está indefectiblemente presente. Los seres humanos no somos “individuos autónomos”; siempre estamos en relación social, pertenecemos a un momento histórico, somos significados por un orden que nos sobredetermina. El mito de Tarzán, un niño criado solo en la selva que, llegado a la adultez, habla y tapa sus órganos genitales con un taparrabos, no es sino eso: mito. Hablar un idioma y ocultar una parte del cuerpo, cosas que hace Tarzán, significa haber sido humanizado. Tal humanización, por cierto, no adviene naturalmente. Es dada por otro. Nos observa Néstor Braunstein al respecto:

“Será un individuo mientras haya quien lo nombre y a través del nombre le asigne un lugar en la diferencia de los sexos y en la sucesión de las generaciones (identificación libidinal sancionada por la cultura) y en la distribución de los lugares de sujeto ideológico y político (identificación civil)” [5].

Soy lo que soy no por producto de una elección propia sino por una historia que nos trasciende y constituye. Por todo ello, el psicoanálisis es subversivo, revolucionario en el campo de las ideas. En ese sentido, es siempre y necesariamente social.

“En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, “el otro”, como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio, psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado” [6], dirá Freud intentando romper el prejuicio del individualismo de que podría acusarse al psicoanálisis.

Es una confrontación para el sujeto, para su idea de normalidad, para su moral. Por supuesto, siempre hay una moralidad en juego, una ética en tanto tabla de valores, de leyes y principios que organizan la vida. En cualquier sociedad existe siempre un orden simbólico, un código ético, una axiología (que, a veces, se podrá transgredir). Hay un mundo simbólico, códigos sociales a los que debemos entrar.

La inmensa mayoría ingresamos, y a eso le llamamos, en términos de estructura del sujeto: neurosis. Tenemos miedo a decirnos neuróticos, pero en términos estructurales, en cuanto a la construcción del sujeto psicológico que somos, eso es la normalidad: la posibilidad de ingresar al mundo de la ley humana, de los códigos sociales imperantes, siempre con un manejable monto de angustia, algunos síntomas e inhibiciones que no impiden vivir (¿quién no tiene alguna “rareza”?) [7]. Algo se pierde en ese ingreso, algo queda excluido, reprimido (la fantasía que se es todo, que se puede todo); pero gracias a ese pasaje, la gran mayoría de seres humanos participamos del todo social como sujetos adaptados. En otros términos: ingresamos en la Ley.

Quien no ingresa y queda encerrado en su propio mundo, es el psicótico, que vive en la alucinación, en el delirio [8]. Hay un tercer grupo, muy pequeño, que ingresa a medias: por un lado “juega” a ser normal integrado respetando el orden social, legal, y por otro lo viola, lo transgrede sin culpa (los neuróticos tenemos sentimiento de culpa). Eso es lo que llamamos perversión. Valga aclarar que hoy día este término debe entenderse no como sinónimo de algo “maligno” sino como una estructura de personalidad, alguien que se posiciona contra las normas sociales.

La inmensa mayoría entra en los códigos sociales y vive en el medio de esas normas. En otros términos: la normalidad es una cuestión de adaptación –nunca falta de tropiezos e incomodidades– al marco socio-legal vigente, siempre relativo a una época histórica. No hay normalidad en abstracto; lo social es la dimensión de lo humano. “Solo no eres nadie; es preciso que otro te nombre”, decía Bertolt Brecht [9]. Los rasguños y marcas que deja esa incorporación constituyen el inconsciente. En síntesis: el psicoanálisis, distinto a la psiquiatría, no se empecina en clasificar y decidir –casi con valor de policía de la salud mental– quién está sano y quién no. No se empecina, porque esa búsqueda está fallada desde el inicio, pues así lo que se puede lograr es una segmentación de la sociedad entre quienes sí están adaptados y son aptos para reproducirla (cuerdos), y entre quienes la desconocen, o caminan en su borde (a-normales). El raro, el que no repite los códigos dominantes, es el “loco”, y la psiquiatría lo segrega mandándolo al manicomio, reduciéndolo con electrochoques, con medicación (hoy se habla de “chaleco químico”, sucedáneo del chaleco de fuerza de otras épocas). O dándole “buenos consejos” (lo que también hace la psicología llamada “positiva”). El psicoanálisis, por el contrario, sin etiquetar a nadie, privilegia la palabra, escucha las “rarezas”, con lo que ayuda a procesarlas y resolverlas.

“El neurótico es un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: “asunción de parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro”. El psicoanalista no tiene más remedio que ser el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto profundo sino más bien que es inaccesible a la profundización consciente. Y decía también que en ese inconsciente “Ello habla”: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis” [10].

En psicoanálisis no se parte de una defensa de lo normal, de lo que debe ser, de lo “correcto” (¿lo sano?). No es, en absoluto, una técnica de readaptación, una prótesis para “andar adecuadamente”. Su ejercicio representa una pregunta abierta a la ética dominante, por eso es tan molesto, tan “insoportable”. Por eso, entonces, todos estos prejuicios antes mencionados que intentan menoscabarlo, despreciarlo. La sociedad “normal” no desea que se le muestren sus flaquezas; es más fácil sentirse siempre “sano”, absolutos dueños y dominadores de nosotros mismos, aunque sea mintiéndonos. El psicoanálisis muestra esas flaquezas, para que nos hagamos cargo de ellas.

La idea de normalidad siempre está ante la posibilidad de fracasar, de quebrarse; es una cuestión de adaptación a una “mentira” oficializada, legalizada, aceptada como dominante. Para trabajar con el sufrimiento humano, con los síntomas que pueden llegar a una consulta, la idea de “normal” o “enfermo” no son el mejor punto de partida; en todo caso, son cuestionables. Y el psicoanálisis cuestiona. En realidad, constituye una invitación a que cada quien se pueda conocer, que haga consciente sus contenidos inconscientes encontrándole sentido a su sufrimiento, para modificarlo. Hablar de “sanos” y “enfermos” es una manera de mantener un ejercicio de poder, donde el que no entra en la norma, el que la cuestiona, el que la subvierte de algún modo (el psicótico delirante, el transgresor, alguien perteneciente a la diversidad sexual, cualquier “locura”, extravagancia o contravención) es descartable.

De algún modo, la angustia cuestiona. Es una pregunta abierta que la medicina tradicional o el sentido común no puede responder, ante la cual no hay palabras. Pero “la angustia”, según Lacan, “es lo único que no engaña”, y es ella la que muestra que siempre existe un malestar intrínseco en lo humano. “La neurosis es el precio a pagar por la civilización”, dirá Freud. Por lo pronto, una sopesada obra de su senectud, de 1930, donde plantea la dinámica social, la forma en que se desarrolla la civilización, es justamente “El malestar en la cultura”.

La psicología positiva, la psicología de la felicidad, busca la adaptación y el “final feliz” (película de Hollywood). El psicoanálisis, por el contrario, es una pregunta crítica a la normalidad, para demostrar lo cuestionable que hay siempre en los ejercicios de poder. Resumámoslo con esta provocativa pregunta de ejemplo: ¿por qué se establece la hetero-normatividad como paradigma? No existe una respuesta enteramente biológica, porque lo “instintivo-natural” está fallado/subvertido/trastocado; en todo caso, lo que se intenta mostrar es que las construcciones humanas son eso: construcciones. Por tanto, son cambiantes, históricas, producto de factores humanos y no biológicos, eternos. Mucho menos, designios divinos. Hablando podemos curarnos de los malestares psíquicos; con psicofarmacología, los tapamos, los diferimos.

En muchos países latinoamericanos, y sin dudas también en Guatemala, el psicoanálisis todavía sigue siendo mala palabra, asusta. Lo vemos en la forma en que se lo considera, y en la que se lo enseña. Por lo pronto, casi no está en los planes de estudio de ninguna universidad. Los estudiantes de psicología lo ven muy de pasada, en un semestre, en dos exagerando. En general se lo estudia poco, y mal. Existen unos pocos, muy contados centros extra universitarios donde circula su teoría, pero no tienen mayor incidencia en la formación y práctica del gremio psi (psicólogas/os y psiquiatras). Lo que prima en general en el ámbito de la salud mental, además de la psiquiatría biomédica que inunda de psicofármacos, es una psicología que no pone el acento en la dimensión inconsciente, más cercana a ideas que se alejan del campo freudiano: autoayuda, resiliencia, autoestima, superación personal.

Existe una visión bastante deformada de los conceptos psicoanalíticos; se los conoce a través de manuales de difusión, tomando el psicoanálisis como una escuela psicológica más. Se tiene de él una versión biologista, y en muy raras ocasiones, o más bien nunca, se leen los textos de Freud, menos aún los de Lacan.

Lo que prima en la formación de los psicólogos son los manuales de psiquiatría, las neurociencias, la consejería y las técnicas de readaptación, en general de procedencia estadounidense. No se pone mayor énfasis en la formación social humanística. Tanto Freud como Lacan decían que para formarse como psicoanalistas, además del imprescindible análisis personal, era necesario adentrarse en las humanidades, leer filosofía, conocer historia del arte, historia de las civilizaciones. Ambos, médicos de profesión, recomendaron no tanto el estudio físico-químico de la biología que reciben los estudiantes de medicina sino las “profundidades” de lo “espiritual”. Contrario a eso, un libro de cabecera obligado para los practicantes de la psicología clínica en nuestro ámbito es el Manual de psiquiatría de origen estadounidense, usualmente conocido como DSM [11]. Teniendo en cuenta que la visión no psicoanalítica es lo que más abunda, el psicoanálisis no pasa de ser un rara avis en la academia. Mucho más aún, en la práctica cotidiana de la psicología [12].

Es por eso que en el ámbito psicológico puede encontrarse una muy particular Torre de Babel que da para todo, donde cualquier cosa con el prefijo “psico” pareciera tener ganado su lugar: psicorelajación, consejería, técnicas de autoayuda, coaching, terapia centrada en el cliente, psicología humanista, abordaje cognitivo-conductual, técnicas para “controlar la masturbación”, psicotécnicas metamórficas, relajación tapping-pampering asociadas a psico-caricias activas, selección de personal en empresas para devenirlo nuevos y eficientes “colaboradores” y no quejosos trabajadores, psicoyoga, terapia familiar sistémica, reiki, thai chi chuan, aromaterapia, hipnosis, abordaje gestáltico, dinámica de grupos, constelaciones familiares, psicoenergética …. A lo que debería agregarse: psicología educativa, psicología organizacional, psicología de la publicidad, psicología social-comunitaria, tests de inteligencia, tests de personalidad, ¿también polígrafos? No son pocas las intervenciones donde psicólogas/os oran y leen la Biblia con sus pacientes. ¿Dónde queda lo científico entonces?

De ese modo, el gremio psicológico, como parte de ese capítulo siempre problemático de la llamada “salud mental”, está bastante constreñido a ser el “pariente pobre”. “¿Qué hace usted si recibe un paciente psicótico?”, se le pregunta a un estudiante de psicología en un examen. “Lo refiero a un psiquiatra”. Pareciera que los profesionales psicólogos/as pueden hacer tests, dinámicas, dar consejos… ¿y dejar los casos graves para quienes “sí saben”?

A partir de esa formación académica -algo difusa, donde falta una teoría sólida que enmarque las acciones, donde el sentido común descriptivo es lo dominante-, el psicoanálisis, casi denostándolo, no está incorporado en el tejido social. La población sigue emparentando ir al psicólogo con estar loco, con todos los temores y fantasías que allí se juegan. Al psicoanálisis se lo sigue viendo como algo raro, distante de la gente, como un exótico producto intelectual reservado a minorías. A lo que se suman los otros prejuicios arriba mencionados, obviando lo fundamental: el psicoanálisis es una teoría del sujeto, a partir del concepto de inconsciente, que sirve para transformar el sufrimiento, para mejorar la condición humana, que abre puertas rompiendo tabúes e hipocresías y nos permite construir sujetos más sanos.

El inconsciente y sus formaciones

“Inconsciente” es el concepto principal de toda la teoría psicoanalítica. Con él se sintetiza el sentido del descubrimiento freudiano. ¿Qué es el inconsciente? Es un escenario, un ámbito simbólico que explica lo que el sentido común o la psiquiatría no pueden explicar. La preocupación del psicoanálisis no es, en absoluto, la localización física de ese inconsciente; eso, en todo caso, será preocupación de la neurología. Lo que importa psicoanalíticamente son los efectos de ese ámbito. Esos efectos, que llamamos formaciones del inconsciente, son ciertas cosas que dejan sorprendidos al sentido común, a la medicina, a la filosofía. Ahí tenemos los sueños, los actos fallidos, los chistes y -lo más importante para la dimensión clínica- los síntomas psicológicos.

¿Por qué soñamos? ¿Qué significan los sueños? ¿Por qué a veces nos equivocamos cuando hablamos, olvidamos un nombre, una fecha? Así funciona nuestro aparato psíquico para producir un síntoma: ¿por qué en un determinado momento, sin ninguna afección orgánica, un varón joven está impotente, o una mujer resulta frígida? ¿Por qué se produce un tic, o un delirio? ¿Por qué tenemos los rasgos de carácter que tenemos?: unos son especialmente ansiosos, meticulosos, obsesivos, mientras que otros son despreocupados, o parranderos a

morir. ¿Por qué sucede todo eso? ¿Por qué nos angustiamos? ¿Por qué alguien se suicida, o es alcohólico? ¿Por qué alguien es heterosexual y otro, digamos su hermano criado en el mismo hogar, homosexual? ¿Por qué hay quien llega a los cuarenta años y nunca tuvo una relación sexo-genital, mientras otra persona es promiscua, y otra hace votos de castidad como religiosa o religioso? Cualquiera de esas expresiones: el síntoma, el acto fallido cuando hablamos o leemos, el sueño, el chiste, no puede entenderse desde el sentido común, desde una visión biomédica tradicional. Es ahí donde entra el inconsciente.

Según nuestra larga tradición filosófica de cuño aristotélico-tomista, fundamento del sentido común cotidiano, somos seres racionales. Dicho de otro modo: somos los dueños de nuestro destino, el conflicto es un cuerpo extraño en nuestras vidas y cada uno de nosotros decide por dónde va. La idea de inconsciente viene a romper esa ilusión: “No somos dueños en nuestra propia casa”, dirá Freud. Asimilar eso es muy cuesta arriba; preferimos quedarnos con la ilusión de ser dueños de nuestro destino.

La experiencia clínica, y el análisis de infinidad de fenómenos cotidianos, nos lo confirma. Freud justamente empezó mostrando su descubrimiento del inconsciente no desde la experiencia clínica, desde la “enfermedad mental”, sino desde la normalidad cotidiana: los sueños (su principal obra es “La interpretación de los sueños”, de 1900), los actos fallidos (lo muestra con un texto genial que es la “Psicopatología de la vida cotidiana”, de 1901) y con el análisis de los chistes (“El chiste y su relación con lo inconsciente”, de 1905). El sentido común, la ciencia oficial de su época, que sigue siendo básicamente la que rige hoy día, la ideología dominante centrada en la razón -que es la que sigue primando- no pueden digerir esa verdad. De ahí que se intenta por todos lados minimizar la obra freudiana, denigrarla. El psicoanálisis, en ese sentido, es visto como “afiebrada elucubración” de su creador, una serie de incongruencias supuestamente pansexualistas, algo impráctico para la vida. De ahí que se sigue poniendo la razón, la voluntad, como el centro de nuestra vida anímica. La consciencia, de la que supuestamente somos dueños, sigue estando por arriba de todo: por debajo estarían esas cosas “pecaminosas”, incomprensibles, esos productos de desecho que serían el inconsciente, emparentado con lo demoníaco. Resuenan ahí las reminiscencias platónicas de un alma racional centrada en la cabeza, círculo perfecto, lo más cercano al sublime mundo de las ideas, versus un alma concupiscente, ubicada por debajo del diafragma, donde estarían los “bajos instintos”, decadentes, lo menos divino del ser humano.

Por eso en psicoanálisis no se habla de “subconsciente”, porque esos contenidos que no dominamos conscientemente (que se muestran en el sueño, en el lapsus, en los síntomas), no están ni arriba ni abajo, no son “sub”. Simplemente son parte de nuestra vida. ¿Por qué tenemos una determinada identidad sexual? No es una decisión voluntaria. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Todos sabemos, por ejemplo, que fumar puede ocasionar cáncer de pulmón, pero una amplia mayoría sigue fumando. Desde la idea de razón, de voluntad, de consciencia, aquellos comportamientos no se pueden explicar; se termina apelando a un puro ejercicio de poder regañando (criminalizando) al portador de los mismos. Se habla desde una pretendida normalidad, y lo sub se ve siempre como un producto marginal. De igual modo, esa visión racionalista no puede explicar el sueño, el olvido o la ansiedad, cualquier fobia, el delirio persecutorio de un paranoico o la alucinación de un esquizofrénico. Para entender esos fenómenos -y para poder operar sobre ellos- es que surgió el concepto de inconsciente. Y a partir de él, toda la práctica psicoanalítica.

El inconsciente freudiano es algo novedoso en el campo de los conceptos. De “inconsciente” ya se había hablado con anterioridad: el jurista escocés Henry Home Kames lo empleó por vez primera en 1751. En la Alemania decimonónica varios filósofos lo mencionan (Schelling, von Hartmann, Nietzsche, Schopenhauer), pero siempre en la línea de algo irracional, el lado oscuro de lo humano, casi lo demoníaco. Freud dará un giro a esto: el inconsciente tiene una lógica muy particular, ahí está siempre en la vida humana como producto de cada historia personal. No está en ningún lugar físico; está en la historia, en las palabras que dan cuenta de esa historia. Es algo dinámico, no debe entendérselo al modo de una “cosa”, un órgano, un elemento establecido; es continua producción. El inconsciente se expresa, habla. Por eso es tan importante, vital, definitorio de la práctica psicoanalítica, escucharlo.

Con esta idea, que toma su mayoría de edad en 1900 con la aparición de “La interpretación de los sueños”, Freud produce un salto fenomenal en la comprensión de lo humano. No solo de lo que la medicina y la psiquiatría llaman “enfermedad mental” sino en el sujeto, en su cotidianidad: todos somos productos de una historia que no elegimos. Esa historia, inconsciente, habla, se expresa. Por tanto, hay que saber escucharla.

Freud, formado en la biología mecanicista de su época, en el clima positivista de finales del siglo XIX, necesita generar un marco teórico nuevo para dar cuenta de lo que va descubriendo. De ahí que apela a una “mitología conceptual” novedosa, tal como él mismo la llama. Conceptos que rompen epistemológicamente con un pasado centrado en el racionalismo, imbuido de un profundo biologismo impulsado por ese espíritu del positivismo finisecular. Estudiar psicoanálisis es sumergirse en esa nueva lógica.

El aparato psíquico, formulado para “hacer inteligible la complicación del funcionamiento psíquico”, tiene un funcionamiento especial. En el Capítulo VII de “La interpretación de los sueños”: La Psicología de los procesos oníricos, aparece su estructura. Freud, en lo que llamará su primera tópica (teoría de los lugares), habla de tres instancias: inconsciente, pre-consciente y consciente. Los contenidos del inconsciente están reprimidos, y solo llegan a la consciencia de manera deformada. Todas estas formaciones que se mencionaban: sueños, actos fallidos, chistes, síntomas, tienen una misma estructura: expresan un deseo. Sucede que el mismo nunca se muestra de modo claro, está deformado, hay que leerlo adecuadamente, interpretarlo.

En esta formulación se halla un salto cualitativo enorme: en estas “cosas” que se consideraban -y que el sentido común actual, incluso la medicina o la psicología de la consciencia- siguen considerando productos desechables, incomprensibles incluso, Freud encuentra una lógica implacable que expresa el conflicto fundamental que anima al sujeto: un choque entre deseo y defensa. En las “Conferencias de introducción al psicoanálisis” dirá Freud, hablando de los síntomas neuróticos (proceso que se da similarmente en todas las formaciones del inconsciente):

“Son el resultado de un conflicto. (…) Las dos fuerzas separadas se encuentran de nuevo en el síntoma y se reconcilian, por así decirlo, mediante el compromiso que representa la formación de síntomas” [13].

Como se ve, el conflicto ocupa un lugar fundamental en la dinámica psicológica del ser humano, siempre, no solo en la llamada “enfermedad mental”. Esto echa por tierra la noción biológica de homeostasis, de equilibrio. Dicen Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis:

“El psicoanálisis considera el conflicto como constitutivo del ser humano y desde diversos puntos de vista: conflicto entre el deseo y la defensa, conflicto entre los diferentes sistemas o instancias, conflictos entre las pulsiones, conflicto edípico, en el que no solamente se enfrentan deseos contrarios, sino que éstos se enfrentan con lo prohibido” [14].

Pero ¿qué es lo que se desea? Es necesario diferenciar claramente “deseo” de necesidad biológica. El deseo del que habló Freud (Wunsch) y que retomará especialmente Lacan, no se colma con ningún objeto real, como sí sucede con las necesidades materiales (aire, alimento, bebida, excreción, abrigo). Es por eso que pasamos la vida deseando, es decir: buscando algo que no sabemos exactamente qué es, que no se colma nunca con algo real, que nos complete, que logre la ilusión de totalidad. Ocurre, sin embargo, que eso no se puede obtener nunca, pues siempre falta algo. La completud absoluta no existe; hay límites. Ese es el conflicto fundacional del sujeto: siempre hay una falta constitutiva. El multimillonario, que ya “lo tiene todo”, ¿para qué sigue buscando más dinero? ¿Por qué existen las relaciones extraconyugales si en el matrimonio se tiene todo? Es más que evidente que nunca se puede “tener todo”. Justamente como siempre hay una falta, vivimos deseando. El deseo es lo que nos mueve a buscar [15].

En esa formulación de nuevas ideas, en esa “mitología conceptual” o “metapsicología”, como la llamó Freud, evocando un pensamiento filosófico16, debió forjar nuevas explicaciones que ni la física ni la química de su momento le proporcionaban. De ese modo concibió conceptos originales, que pudo idear a partir de la clínica, y de la vida cotidiana (recordemos que tan importantes como los síntomas pueden resultar los sueños, los chistes o los actos fallidos).

En las formaciones del inconsciente, tomando como modelo de ellas el sueño, se asiste a un contenido manifiesto (lo que el soñante relata ya despierto) y las ideas latentes (el contenido que devela el análisis). Se da esa deformación debido a la censura que hace que ciertos contenidos, moralmente inaceptables, queden reprimidos. En ese sentido, dirá Freud en “La interpretación de los sueños”: “el sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido”. O sea que las formaciones del inconsciente constituyen una formación de compromiso entre un deseo y una defensa contra el mismo. En otros términos -cosa incomprensible para el sentido común y para la medicina- en el síntoma psicológico hay un nivel de satisfacción. Satisfacción encubierta, por cierto, que al mismo tiempo conlleva una carga de angustia. Ahí se abre una nueva y subversiva visión del sujeto: en eso que nos hace sufrir también hay un nivel de goce. La racionalidad consciente queda absorta ante esto.

En esta primera tópica Freud distingue entre proceso primario y proceso secundario. Este último es el modo de funcionamiento del sistema preconsciente-consciente, en tanto el proceso primario es propio de lo inconsciente. Allí aparece una nueva lógica; ya no estamos ante ese campo de algún modo tenebroso e irracional del inconsciente pre-freudiano, sino que aparecen mecanismos acotados, que Freud presenta de modo impecable. Mientras la consciencia se mueve por medio del principio de realidad, no buscando la satisfacción inmediata sino dando rodeos y adaptándose a las condiciones del mundo externo, en lo inconsciente rige el principio del placer, procurando la consecución de satisfacción en forma inmediata, alucinatoria para el caso, sin contemplar la realidad externa.

Freud, sin conocer los vericuetos de la ciencia lingüística que formularía años después Ferdinand de Saussure, pudo entrever magistralmente cómo funciona ese inconsciente. De ahí que, al hablar de los procesos primarios, elucubró los conceptos de condensación (un elemento determinado condensa en sí varias cadenas asociativas) y desplazamiento (la intensidad de un elemento puede desprenderse del mismo pasando a otros elementos poco intensos, ligados todos por diversas cadenas asociativa). Este modo de actuar de nuestro psiquismo inconsciente permitió años después a Lacan, manejando conceptos tomados de la semiótica, formular su famosa aseveración “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, asimilando las nociones de condensación y desplazamiento con metáfora y metonimia, las figuras básicas del lenguaje. Esto significa que en el sujeto humano partimos de la supremacía del lenguaje (orden simbólico) como su fundamento, como aquello que lo constituye. Recordemos la cita de Brecht: “Solo no eres nadie; es preciso que otro te nombre”. Ese orden simbólico, que viene de otro, es lo que nos construye, nos instituye en lo que somos.

Freud desarrolla esta idea de inconsciente y va ampliando cada vez más su teorización. En un primer momento todo lo inconsciente se consideraba reprimido. El desarrollo posterior lo llevó a formular, en 1923, lo que se conoce como segunda tópica, contenida en su obra “El Yo y el Ello”. Ahí hablará de tres instancias: Ello, reservorio de las pulsiones; Yo, representante de los intereses de la totalidad de la persona, y Super Yo, instancia crítica, portadora de los principios morales y las prohibiciones sociales. La necesidad de formular esta segunda concepción general del aparato psíquico se debe a que no todo lo inconsciente es reprimido; también hay inconsciente represor. En la segunda tópica el Yo no se corresponde mecánicamente con el consciente/preconsciente y el Ello con el inconsciente. Sin embargo, esta nueva concepción no altera la formulación básica: el sujeto no es enteramente dueño de sus actos. Lo inconsciente siempre habla; la historia personal y la incorporación de ese orden simbólico dado por prohibiciones y una determinada carga moral, nunca deja de expresarse a través de alguna de las formaciones ya mencionadas. El síntoma, por supuesto, es la más notoria.

Sexualidad: instinto y pulsión

Entre algunos de los prejuicios que existen en torno al psicoanálisis, uno sumamente extendido es el que lo ve como un desaforado pansexualismo. En otros términos: se dice que todo se reduce a una explicación sexista, que Freud tenía -y alguna imagen ya famosa así lo pinta- “una mujer desnuda en la cabeza”.

Esta tremenda falacia obliga a definir con precisión qué entendemos por sexualidad. La concepción común sobre el tema, lo que decimos a diario sobre ello, tiene una base de corte biologista. Esa visión domina nuestra forma de entender las cosas: el positivismo del siglo XIX sigue vigente, amén de una consideración moralista que envuelve toda la cuestión. Dicho de otra forma: cuando hablamos de sexualidad humana tenemos a la mano la idea de un instinto que gobernaría nuestros actos: macho y hembra de la especie se buscan para unirse genitalmente y dejar descendencia. Habría así, para esa concepción, un modelo instintivista, biológico, que rige nuestra conducta. Pero en el ámbito humano las cosas no son tan sencillas: nos movemos por algo más que por la necesidad de procreación. ¿Por qué cubrimos los órganos genitales, o tenemos prohibición del incesto? (cosa que a los animales no les ocurre). Ahí está la gran diferencia. Todo lo humano es una construcción, producto de una historia social, cultural. Somos animales civilizados.

Los humanos nos movemos por el deseo, una búsqueda, una fuerza que continuamente nos lleva a buscar algo pero que nunca se termina de conseguir. ¿Por qué hay transgresión? ¿Por qué hay leyes, códigos sociales que reglan nuestra vida? No tenemos un instinto que nos asegura nuestro objeto sexual: el objeto sexual es siempre una búsqueda, y puede ser cualquier cosa: un zapato, un ser humano del sexo opuesto, una parte de ese ser humano, una película pornográfica, un juguete. Esa búsqueda, ese objeto deseado, tiene que ver con el placer, que no se corresponde forzosamente con la necesidad biológica. Por ejemplo: hablamos de monogamia, pero las relaciones extramaritales están a la orden día. ¿Por qué sucede esto? No hay instinto que nos conduzca en forma segura, sino configuraciones sociales, simbólicas, culturales. La unión genital se puede dar con la forma de monogamia, de poligamia, de poliandria, de pareja abierta. El ofrecimiento de trabajo sexual -fundamentalmente dado por mujeres, aunque últimamente también por varones- no lo rige un instinto.

De esa misma manera podríamos decir que se construye todo lo que tiene que ver con la sexualidad, que va de la mano del deseo, de la búsqueda de un objeto simbólico que puede ser cualquier cosa. En la sexualidad humana entra siempre un elemento de incomodidad: ¿por qué tapamos siempre, en cualquier cultura, los órganos genitales? ¿Por qué la sexualidad, al menos en la cultura occidental, está asociada con algo tabú, sucio, pecaminoso? ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de eso, pero nos pasamos la vida haciendo chistes sobre el asunto? ¿Por qué en toda cultura se repiten patrones similares; por ejemplo: esconder los órganos genitales? Definitivamente asistimos ahí a una represión social, moral (pensemos en todos los prejuicios que existen al respecto).

Algo se reprime porque la sexualidad demuestra de un modo evidente la finitud de lo humano. Es por eso que tapamos, que cubrimos los órganos genitales externos que dejan ver esa diferencia, por tanto: el límite. La fantasía de completud, poder ser todo, desfallece ante la realidad sexual anatómica: somos una cosa u otra, machos o hembras, que por un largo proceso civilizatorio nos transformamos en caballeros o damas, o alguna identidad en este complejo marco de lo LGTBIQ+, respetando códigos sociales como el incesto. Ese largo y complejo proceso, nunca falto de dificultades, de tropiezos, de rasguños, da como resultado, por ejemplo, una dama como mamá, y la niña cuando crezca y “tome toda la sopa”, podrá tener su “papacito”, que no es el padre real de carne y hueso. Y el niño podrá llegar a ser, quizá, todo un señor como papá, teniendo su “mamacita” una vez que tome toda la sopa y adquiera los estandartes fijados como normales. Procesos, como sabemos, que nunca están libres de dificultades.

Con todo esto queremos significar que la sexualidad en modo alguno queda explicada por lo biológico. Cualquier juguete sexual, la infidelidad conyugal o los interminables problemas que vienen conexos con esta esfera humana, se articulan con esa compleja construcción que hace de la cría humana un ser adaptado, o no, a su realidad circundante. La carga genética no da cuenta de esos procesos: el voto de castidad ¿es algo natural?, cómo debe ser el matrimonio: ¿monogámico, o privilegiamos el harem, o quizá la pareja abierta, eso que ahora llamamos poliamor?, ¿hasta qué edad decimos que es “normal” la masturbación? Nada de esto lo explica la biología.

Para resumir: la sexualidad es el talón de Aquiles de todos los seres humanos porque muestra de modo más que patente la finitud. Como dijo el psicoanalista francés Jean Laplanche: “el instinto está “pervertido” por lo social”. Cuando hablamos de la sexualidad -y nos pasamos muy buena parte de nuestra vida hablando de eso, haciendo chistes al respecto, y cuando no nos ven, en el baño público también escribiendo sobre esto, siempre en forma de chiste grosero-, cuando hablamos de estos temas, cuando nos referimos a este campo, estamos ante la demostración de nuestra finitud. Por eso nos angustia. El psicoanálisis trata de eso: de la finitud del sujeto humano, de su angustia ante eso, que se expresa con síntomas. La disfunción eréctil masculina o la frigidez femenina, como todo síntoma psicológico, hablan de esa finitud, de la dificultad de lidiar con el ingreso al mundo simbólico, a la cultura.

Freud, para dar cuenta de estos procesos, de esta intrincada realidad que no se corresponde con aquella que explica la biología, utilizó el término alemán Trieb, habitualmente traducido como pulsión. “Concepto límite entre lo somático y lo físico”, como la definió, “representante psíquico de los estímulos procedentes de lo interior del cuerpo”, es parte toral de su aparato conceptual. Se diferencia claramente del instinto, que sería un esquema de comportamiento heredado, propio de una especie animal, que varía poco de un individuo a otro, y que se desarrolla siempre según una secuencia temporal fija, teniendo un objeto y una finalidad invariable. La pulsión, por el contrario, es un proceso dinámico consistente en un impulso, una fuerza, un enérgico deseo (nunca con un objeto específico predeterminado) que hace mover al sujeto.

A lo largo de su obra, Freud mantuvo invariable como un gozne fundamental de la edificación teórica del psicoanálisis la idea de pulsión, siempre en una dualidad fundamental. En un primer momento, la misma enfrentaba pulsiones sexuales a pulsiones de autoconservación. A partir de 1920, con su obra “Más allá del principio de placer”, cuando introduce la noción de compulsión a la repetición, ese dualismo enfrentará a las pulsiones de vida o Eros (que subsumen pulsiones sexuales y de autoconservación) con la pulsión de muerte. Lo cierto es que esa dimensión de fuerza implacable, tal como sería la pulsión, atraviesa todo el discurso psicoanalítico.

La sexualidad, por lo pronto, tiene esa característica de perentoriedad, de excitación que debe descargarse. Pero para el psicoanálisis la misma no queda circunscripta a los órganos genitales, y mucho menos a la procreación, sino que es algo presente ya desde la infancia y ligada a muy distintas zonas erógenas [17]. En tal sentido, la pulsión sexual está compuesta por diversas pulsiones parciales, que desde la niñez tienen distintas fuentes. De ahí que Freud habló de una energía psicosexual básica, la libido, que sería equivalente, respecto al amor, del hambre respecto a la nutrición. Sin establecer fases evolutivas al modo biológico, como etapas determinadas genéticamente y que se continúan mecánicamente, se habla de zonas erógenas oral, anal, fálica, pasando por un período de latencia, hasta llegar al despertar genital en la pubertad.

El placer sexual, por tanto, está ligado como un plus a actividades biológicas en las que se apoya: el chupeteo en la oralidad, la retención en lo anal, el apoderamiento en la musculatura, lo escópico en el ojo. Así, cualquier mucosa, o la piel en su conjunto, pueden terminar siendo una zona excitable, erógena. De esa forma, hay una apoyatura donde –y ahí cobra más sentido lo dicho anteriormente– “el instinto está “pervertido” por la pulsión”. Es decir: sobre funciones biológicas puntuales –alimentación, excreción– se erige una búsqueda de placer que será el molde de la actividad sexual. Por eso la genitalidad adulta es un presunto punto de llegada, pero siempre constituida por la suma de momentos anteriores, donde todo puede valer. Para el psicoanálisis el cuerpo humano, el cuerpo así erogenizado, no guarda correspondencia con el cuerpo anatómico. El fetichismo, por ejemplo, está presente, en diversos grados, en la llamada sexualidad normal. ¿Por qué, si no, excitaría ver pornografía?

Está claro: no hay una sexualidad “normal”. La genitalidad adulta, que puede estar al servicio de la procreación, es producto de una larga evolución dada por la entrada del infante en el mundo de lo social, donde el otro (progenitores, la cultura) es quien nos instituye como sujetos sexuados según los vericuetos de nuestra propia, particular e irrepetible historia. Esa construcción está dada por un nudo fundamental, centro de la humanización: el complejo de Edipo.

Para Freud, y para todos los psicoanalistas posteriores, este momento es crucial en el desarrollo del ser humano, es el complejo nuclear. De acuerdo a cómo se lo procese se determinará la historia subjetiva de cada sujeto. Básicamente consiste en el conjunto de deseos amorosos y hostiles que el infante (varón o mujer) experimenta por sus progenitores. Habría una forma llamada positiva –según el modelo de la tragedia griega de Sófocles “Edipo Rey”– según la cual el infante ama al progenitor del sexo opuesto y odia al del mismo sexo, a quien considera su rival. Junto a ello, la forma negativa invierte los tantos: amor hacia el progenitor del mismo sexo y odio hacia el rival del sexo opuesto. Pero ambas formas conviven, en distinto grado, en la forma completa del Edipo.

Este complejo tiene lugar en lo que Freud llamó la fase fálica, entre los tres y los cinco años de vida, momento de capital importancia en la construcción de la subjetividad, porque allí se da para el infante el descubrimiento de la diferencia sexual anatómica. Allí cobra especial relevancia el falo, el cual no debe asimilarse a un órgano concreto sino, tal como lo plantea Lacan, a una condición organizadora de las subjetividades: tener o no tener.

“El falo en la doctrina freudiana no es una fantasía, si hay que entender por ello un efecto imaginario. No es tampoco como tal un objeto (parcial, interno, bueno, malo, etc.) en la medida en que ese término tiende a apreciar la realidad interesada en una relación. Menos aún es el órgano, pene o clítoris, que simboliza. Y no sin razón tomó Freud su referencia del simulacro que era para los antiguos. Pues el falo es un significante, un significante cuya función, en la economía intrasubjetiva del análisis, levanta tal vez el velo de la que tenía en los misterios” [18].

El complejo de Edipo se articula con el concepto de falo y con el complejo de castración. La primacía del falo no es, en modo alguno –tal como erróneamente se ha criticado– una visión machista de las cosas. Es un intento de conceptualizar cómo se edifica la personalidad. Para Freud, la constatación de esa diferencia en los cuerpos reales: pene/vagina, lleva al niño varón a fantasear la posibilidad de ser castrado, a perder eso que tiene. En tal sentido, la castración lo aleja del fantasma edípico introduciéndolo en el período de latencia [19], que le permitirá terminar de socializarse esperando el despertar genital puberal. En la niña mujer, la castración (simbólica), la constatación de que falta algo igualmente la aleja del momento edípico, renunciando a los sentimientos amorosos y hostiles para con sus progenitores, a la espera de su genitalidad adulta. De todos modos, está claro que se trata de construcciones simbólicas, porque en la realidad corpórea no falta nada. En todo caso: hay diferencias.

De ese modo, la castración lleva al niño o niña a renunciar a su Edipo (amoroso y hostil, siempre combinado), optando por mantener la integridad de su cuerpo. La amenaza de castración (la constatación empírica de la diferencia genital evidencia, según la construcción mental que hace el infante, que eso es posible) instaura el temor a la ley. Dicho de otro modo: el mundo organiza la vida del infante en crecimiento, marcándole que hay cosas que no se pueden, que están prohibidas. Esa, en definitiva, es la eficacia de la ley: organiza el mundo, libera del caos, ordena las cosas. El Super Yo, la consciencia moral, es el heredero del Edipo. Salir del Edipo, entonces, posibilita abandonar los personajes familiares como objetos eróticos, estableciéndose así la prohibición del incesto, que abre la exogamia. De hecho, la prohibición del incesto parece un núcleo común a todo grupo humano, informa la antropología [20].

El Edipo, por tanto, posibilita:

“a) Elección del objeto de amor, pues éste, después de la pubertad, está marcado por la libidinización infantil de los objetos parentales, por las identificaciones inherentes al pasaje por el Edipo y por la prohibición del incesto. (…)

a) Acceso a la genitalidad, que en el ser humano, a diferencia de los animales, no está garantizada por la maduración biológica. (…)

b) Efectos sobre la estructuración de la personalidad” [21].

Posteriormente Lacan reinterpretará el Edipo, siempre considerado como núcleo fundamental de la humanización, según un esquema de tres tiempos lógicos, que no cronológicos: 1) unión madre-hijo, el niño desea ser el objeto de deseo de la madre. La madre desea tener el falo: el hijo (varón o mujer) es su falo, lo que la completa. 2) El padre, o la persona que cumpla con esa función, aparece privando al niño del objeto de su deseo –la madre– y privando a la madre del objeto fálico –el niño–. Esa función paterna instituye la ley, o sea: prohíbe (a la madre: restituir su producto, y al niño: cohabitar con la madre), marcando una castración simbólica. 3) Producida esta castración simbólica e instaurada la ley de prohibición del incesto, el niño deja de ser el falo, la madre no es fálica y el padre o su sustituto no “es” la ley, sino que la representa. El Edipo, de este modo, significa el paso del “ser” al “tener” –en el caso del niño–, o “no tener” –en el caso de la niña–.

Como vemos, la sexualidad humana o, dicho de otro modo: la construcción de las subjetividades, es producto de un largo proceso social, no de una maduración instintiva El ocultamiento de los órganos genitales y el temor al incesto son productos de esa socialización. Sucede que los “raspones” que puede dejar ese proceso produce síntomas. De ahí que el psicoanálisis se ofrece, según el apartado B de la citada definición de Freud, como un “método terapéutico” para atenderlos.

La práctica clínica

Por el histórico desconocimiento y/o temor que existe en Guatemala en relación a la teoría psicoanalítica, la práctica clínica en el campo psicológico en muy buena medida queda centrada en el trabajo con los elementos conscientes. De ahí que prima el consejo, la orientación bienintencionada, la recomendación, las técnicas de relajación: “si usted quiere, puede”, “todo es cuestión de actitud”, “eleve su autoestima”, “deje atrás su pasado”, “tenga pensamientos positivos”, “libérese del estrés”. El síntoma se ve siempre como sufrimiento y se parte de un esquema donde el psicoterapeuta “sabe” lo que le pasa al paciente. De ahí que se pidan tests (de personalidad, de inteligencia) para “saber” qué tiene quien consulta.

“El psiquiatra tradicional [e igualmente la psicología de la consciencia] dispone de un saber concebido de acuerdo con el modelo del saber médico: sabe lo que es la “enfermedad” de sus pacientes. Se considera, en cambio, que el paciente nada sabe de ello. (…) La actitud psicoanalítica no hace del saber un monopolio del analista. El analista, por el contrario, presta atención a la verdad que se desprende del discurso” [22].

El psicoanálisis invierte los tantos en relación a la práctica médica: el único saber que cuenta en la clínica es el saber inconsciente. Y eso lo trae quien viene a consulta, quien sufre, quien tiene algo que decir. La clínica psicoanalítica permite develar esos contenidos inconscientes, a partir de lo cual podrán cejar los síntomas, las inhibiciones y las angustias. Para ello, contrariamente a lo que es la práctica más frecuente en nuestro medio, no se parte de encontrar (¡saber!) a qué categoría psicopatológica pertenece quien habla –para eso se enseña casi de memoria un manual de psiquiatría con 216 cuadros nosográficos– sino a permitir que ese sujeto pueda escucharse a sí mismo, preguntarse el motivo de su sufrimiento y encontrar así las respuestas en su propia historia subjetiva.

En resumen, la cura psicoanalítica consiste, como decía Freud, en “hacer consciente lo inconsciente venciendo las resistencias”. De ahí que Lacan, ante la fuerza que venía cobrando la psicología del yo y el creciente llamado a un olvido de la noción freudiana de inconsciente, produce su grito de guerra de retornar a Freud. Es por eso que toma la famosa frase pronunciada por el maestro vienés en 1933 en las “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” de Wo Es war soll Ich werden, habitualmente traducida como “El Yo debe desalojar al Ello”, proponiendo un reposicionamiento de la clínica psicoanalítica: “Allí donde había Ello, Yo debe advenir” (“Là où était du ça, du moi doit advenir”). Es decir: se trata de escuchar las producciones del inconsciente para, a partir de la relación de transferencia establecida entre analista y analizado, lograr una interpretación que resignifique la historia del sujeto hablante y permita su curación. No se trata de dar un “buen consejo” de lo que el paciente debe hacer: “El analista sin duda dirige la cura, pero no debe dirigir al paciente”, dice Lacan. Se trata de, desde la abstinencia y atención parejamente flotante del terapeuta, y a partir de la asociación libre del analizante, reconstruir la historia subjetiva para que, quien consulta, se pueda hacer cargo de esa historia.

Freud encontró al inicio de su carrera como médico que muchos de los padecimientos psicológicos de quienes atendía no tenían correlato con afecciones somáticas. Por el contrario, eran expresión de “afectos reprimidos”, y que podían desaparecer hablando. Entre 1880 y 1882, Joseph Breuer, médico colega de Freud, atendió a una paciente aquejada de una profusa sintomatología histérica. Años después, en 1895, ambos galenos presentan ese caso, bautizado como Anna O., en un libro preámbulo del psicoanálisis: “Estudios sobre la histeria”. Allí, tomando lo dicho por la propia paciente, el método de trabajo fue una talking cure, una “cura por la palabra”. Es decir: la joven realizó una “limpieza de chimenea” –así decía ella misma–, una evocación y supresión de recuerdos perturbadores que habían quedado inconscientes, y que fueron revelándose como el origen de sus síntomas. Con ese método, llamado en ese entonces catártico (descarga), hablando, verbalizando lo que estaba taponado y se expresaba como angustia y síntomas somáticos –hasta un embarazo histérico tuvo la joven, ficticio pero vivido como real– Breuer encontró que la paciente sanaba. Al teorizar lo allí acontecido, Freud sigue adelante con su elucubración y encuentra que los pacientes neuróticos “sufren de recuerdos”. Si hay un escenario más allá de lo consciente, la cuestión es encontrar esos recuerdos reprimidos, esas “reminiscencias” borradas del campo de la consciencia y, hablando, poder elaborarlas. Dicho de otro modo: si son palabras las que nos construyen (recordemos lo dicho más arriba: “Será un individuo mientras haya quien lo nombre”, “Queremos lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla”), serán también palabras –a través del proceso psicoterapéutico– las que nos curen, las que nos permitan transformar ese sufrimiento.

Surge así el psicoanálisis como técnica terapéutica. Breuer quedó en el camino, no quiso –no pudo, no se atrevió– a profundizar lo que había entrevisto en su atención de Anna O., en tanto su colega vienés elaboró una enorme edificación conceptual a partir de ese caso y de sus propias reflexiones, poniendo así en marcha esto que al día de hoy nos convoca. ¿Qué es y para qué hacer psicoanálisis entonces? Freud lo dijo así:

“El objetivo del tratamiento es suprimir las amnesias. Una vez cegadas todas las lagunas de la memoria y aclarados todos los misteriosos afectos de la vida psíquica, se hace imposible la persistencia de la enfermedad e incluso todo nuevo brote de la misma. Puede decirse también que el fin perseguido es el de destruir todas las represiones, pues el estado psíquico resultante es el mismo que el obtenido una vez resueltas todas las amnesias. Empleando una fórmula más amplia; puede decirse también que se trata de hacer accesible a la consciencia lo inconsciente, lo cual se logra con el vencimiento de la resistencia” [23].

Para que haya acto analítico, es decir: para que pueda producirse la desaparición/elaboración de los malestares psicológicos que porta quien consulta, deben darse algunas condiciones: establecerse transferencia, hablar desde la asociación libre y poder realizarse una interpretación de los contenidos inconscientes. Solo así habrá psicoanálisis. Fortalecer el Yo, lograr que alguien “ponga de su parte” o “se supere” no tiene nada que ver con los fundamentos de la práctica psicoanalítica.

Entonces, ¿qué es la transferencia? Es la repetición, en el proceso psicoanalítico, por parte del paciente de esquemas de relacionamiento infantiles, de amor y odio, vividos como sentimientos de actualidad sobre la figura del analista. Es “el más poderoso medio auxiliar del tratamiento”, el terreno sobre el cual se trabaja. En pocas palabras: analizar la transferencia, analizar la repetición de prototipos de la infancia, permite a quien habla “hacer consciente lo inconsciente” y avanzar en su proceso de curación. El analista, por razones éticas, pero más aún por razones prácticas, técnicas, no debe acceder a los requerimientos transferenciales del analizante, ni los amorosos ni los hostiles. Su abstinencia lo coloca, como diría Lacan, en el “lugar del muerto”; esa supresión del deseo del analista es la que permite que fluya el discurso del analizante. En palabras de Freud:

“La satisfacción de las pretensiones amorosas del paciente [o igualmente las hostiles] es tan fatal para el análisis como su represión. El camino que ha de seguir el analista es muy otro, y carece de antecedentes en la vida real. Nos guardamos de desviar al paciente de su transferencia amorosa o disuadirla de ella, pero también, y con igual firmeza, de toda correspondencia. Conservamos la transferencia amorosa [u hostil], pero la tratamos corno algo irreal, como una situación por la que se ha de atravesar fatalmente en la cura, que ha de ser referida a sus orígenes inconscientes y que ha de ayudarnos a llevar a la consciencia del paciente los elementos más ocultos de su vida erótica, sometiéndolos así a su dominio consciente” [24].

Si se establece esa relación transferencial, podrá haber análisis. Con ello queda superada la noción de hipnosis, eso que primaba en los tiempos iniciales del psicoanálisis a fines del siglo XIX y principios del XX, la sugestión, el intento de direccionar la vida del paciente, modelo del que tomó distancia Freud. O lo que se ve tan a menudo en la práctica psicológica actual en Guatemala, reminiscencia de aquellos tiempos, centrada en el “saber” del profesional: el consejo, la orientación, el coaching (en tanto entrenamiento para conseguir metas determinadas).

El psicoanálisis se apartó del saber técnico del médico que dice al paciente lo que debe hacer, para poner énfasis en eso tan particular que es el convocar a que el analizado diga lo que se le ocurra, regla fundamental de esta práctica. Dirá Freud:

[Se] “invita a los pacientes a comunicar todo aquello que acuda a su pensamiento, aunque lo juzgue secundario, impertinente o incoherente. Pero, sobre todo, se exige que no excluyan de la comunicación ninguna idea ni ocurrencia por parecerles vergonzosa o penosa su confesión” [25].

Esto es lo que se llama asociación libre, elemento medular de la clínica psicoanalítica. A partir de esas asociaciones, que tienen como correlato la atención flotante [26] del analista, y sobre la base de la transferencia debidamente establecida, se da la interpretación.

Ésta, según la definición del Diccionario de Laplanche y Pontalis, es:

“A) Deducción, por medio de la investigación analítica, del sentido latente existente en las manifestaciones verbales y de comportamiento de un sujeto. La interpretación saca a la luz las modalidades del conflicto defensivo y apunta, en último término, al dese que se formula en toda producción del inconsciente.

B) En la cura, comunicación hecha al sujeto con miras a hacerle accesible este sentido latente, según las reglas impuestas por la dirección y la evolución de la cura” [27].

La interpretación psicoanalítica no es una traducción mecánica de contenidos inconscientes a su correspondiente significado consciente. Eso, que se asemeja más bien a la oniromancia, la adivinación del futuro por medio de la interpretación de los sueños, no tiene nada que ver con los fundamentos y la práctica real del psicoanálisis. Se le llama a eso “psicoanálisis salvaje”. La interpretación debe entenderse como el momento en que una intervención determinada –que puede ser una palabra del analista, un comentario, una pregunta, un chiste incluso, o un silencio– produce efecto, permitiendo el desbloqueo de algo que permanecía reprimido. Ese desbloquearse es lo que abre una nueva perspectiva en quien se está analizando, con lo que puede dejar atrás el síntoma que le consumía tanta energía y vivir más tranquilo, menos angustiado.

A modo de conclusión

Dice Juan David Nasio:

“¡Sí, el psicoanálisis cura! ¿Cómo justificar semejante afirmación? Me he dado cuenta de que mi experiencia clínica y mi reflexión teórica se han enriquecido con el paso de los años y de que los pacientes que manifestaban su gratitud luego de concluido su tratamiento eran cada vez más numerosos. Hoy me digo que puedo y debo confiar plenamente en la eficacia de mi larga y apasionante práctica psicoanalítica que no dejo de conceptualizar, de enseñar y de compartir con otros clínicos. Es esta confianza la que me incita a decirlo, sin vacilar: ¡Sí, el psicoanálisis cura! Evidentemente ningún paciente se cura completamente, y el psicoanálisis, como todo remedio, no cura a todos los pacientes ni cura de manera definitiva. Siempre quedará una parte de sufrimiento, una parte irreductible, inherente a la vida, necesario a la vida. Vivir sin sufrimiento no es vivir.

Es útil destacar que el psicoanálisis, contrariamente a lo que sostienen sus detractores, ha demostrado desde el inicio su indiscutible eficacia para tratar numerosas afecciones: trastornos del humor (depresiones), trastornos ansiosos (fobias), trastornos alimentarios (anorexia, bulimia), trastornos obsesivos y muchas otras patologías que llevan nuestros pacientes a la consulta. La eficacia del psicoanálisis se verifica asimismo en el tratamiento de la depresión del lactante, en el de la neurosis infantil, en la resolución de conflictos familiares, conyugales, o hasta profesionales, sin olvidar el papel de coterapeuta que desempeña el analista en el tratamiento de las neurosis graves y de las psicosis trabajando en colaboración con un psiquiatra que prescribe la medicación. Pero, hagamos una salvedad. Para que el psicoanálisis sea eficaz, es necesario que quien consulta reúna las siguientes características: que sufra, que no soporte más sufrir, que se interrogue sobre las causas de su sufrimiento y que tenga la esperanza de que el profesional que lo va a tratar sabrá cómo librarlo de su tormento.

Una precisión con respecto a la palabra “curar”. Habitualmente “estar curado” significa haber superado una enfermedad. Por supuesto, la mayor parte de nuestros pacientes no están enfermos en el sentido médico del término, sufren por estar en conflicto consigo mismos y con los demás. Justamente, es ese conflicto interior y relacional lo que el psicoanálisis intenta hacer desaparecer. En suma, y desde el punto de vista psicoanalítico, uno está curado cuando consigue amarse tal cual es, cuando llega a ser más tolerante consigo mismo y, por lo tanto, más tolerante con el entorno cercano” [28].

Suele decirse, como prejuicio, que el psicoanálisis se despreocupa de los problemas sociales. Como toda teoría –la física, la química, la matemática– lo “social” está en su implementación. Los conceptos de la física nuclear, por ejemplo, pueden servir para generar electricidad con la que iluminar toda una ciudad, o para hacerla volar en pedazos con una bomba. Lo importante es el proyecto político-social, la ideología en que se encarna. El “compromiso político-social” está en la forma en que esa teoría es implementada por trabajadoras y trabajadores concretos, de carne y hueso, que articulan esas formulaciones en una praxis determinada. El psicoanálisis es una teoría revolucionaria por cuanto rompe patrones, deja ver cosas nuevas del sujeto, instaura una pregunta crítica a la ética. Qué se pueda hacer con ella depende del proyecto humano para el que se lo implemente. En otros términos: las y los psicoanalistas pueden trabajar atendiendo pacientes en el ámbito de la práctica privada, o fomentando políticas públicas para beneficio de toda la población. O igualmente, desde su esquema conceptual, se puede abordar la interpretación de fenómenos históricos, sociales, culturales, proponiendo nuevas formas de entender mucho de lo humano.

Sabiendo que el malestar, dicho de otro modo: el conflicto –la interminable “lucha de contrarios”, para expresarlo en términos hegelianos, dialécticos– es el motor de lo humano –en lo micro y en lo macro– quienes ejercen el psicoanálisis tienen mucho que hacer en el ámbito de la salud mental. Desde una posible política pública que no ponga el énfasis en el manicomio ni en la psicofarmacología, se debe generar una cultura que no niegue ni tape los conflictos en la esfera psicológica. Es decir: hay que apuntar a hablar de ellos. Por allí debería ir la cuestión: no estigmatizar los problemas –comúnmente llamados, quizá en forma incorrecta, “mentales”– sino permitir que se expresen. “¡Sea positivo!”, “¡Sera resiliente!” …, ¿y si eso no se logra? Dicho en otros términos: priorizar la palabra, la expresión, dejar que los conflictos se ventilen.

Esto no significa que se terminarán las inhibiciones, la angustia, el malestar que conlleva la vida cotidiana, no terminarán las fantasías, los síntomas, las congojas. ¿Cómo poder terminar con ello, si eso es el resultado de nuestra condición? La promoción de la salud mental es abrir los espacios que permitan hablar del malestar. ¿Qué significa eso? No que podamos llegar a conseguir la felicidad paradisíaca, a evitar el conflicto, a promover la extinción de los problemas (ningún medicamento ni acción terapéutica, consejo bienintencionado o libro sagrado lo podrá lograr nunca). En tanto haya seres humanos habrá diferencias (culturales, étnicas, de género, etáreas, de puntos de vista), lo cual es ya motivo de tensión. Pero no de patología. Por lo que inhibiciones, síntomas y angustias habrá siempre, y no puede dejar de haber. A lo que habría que agregar delirios, alucinaciones, transgresiones. Todo ello es el precio de la civilización. Tal como dice Freud en El malestar en la cultura:

“La maldad es la venganza del ser humano contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del ser humano son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestras pulsiones y nuestra cultura” [29].

El psicoanálisis, en definitiva, aporta su granito de arena para hacer la vida un poco más llevadera.

Notas

1. Freud, S. (1991). Psicoanálisis y teoría de la libido. En Obras completas. Volumen XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

2. Lacan, J. (1975). Joyce, el síntoma I. Conferencia dictada el 16 de junio de 1975. Disponible en: http://biopoliticayestadosdeexcepcion.blogspot.com/2012/11/joyce-el-sintoma-i-16-de-junio-1975.html.

3. Psicoanalista francés que, viendo el rumbo que iba tomando el psicoanálisis a la muerte de Freud con una visión biologista y adaptacionista quitándole fuerza al revolucionario concepto de inconsciente, intenta resituar la obra freudiana en su justa dimensión subversiva. Es así que, amparado en una lectura estricta del texto original, utilizando las herramientas de la semiótica, y posteriormente la topología, propicia un “retorno a Freud”, evitando así la precarización del psicoanálisis, convertido en una técnica de autoayuda que ponía el acento en la dimensión consciente, en el Yo: “Todo depende de usted. ¡Si quiere, usted puede!”

4. Es importante puntualizar que la obra freudiana dio lugar a numerosos seguidores, algunos de ellos duramente criticados en su momento por el fundador del psicoanálisis -como Carl Jung y Alfred Adler- dado su desvío de los fundamentos originarios del psicoanálisis. A la muerte de Freud se dieron diversos desarrollos. Los más notorios fueron los de Melanie Klein (1882-1960), en Gran Bretaña, dedicada en buena medida al psicoanálisis infantil; Donald Winnicott (1896-1971) y Wilfred Bion (1897-1979), ambos ingleses; la Psicología del Yo, desarrollada básicamente en Estados Unidos, con autores como Hartmann, Kris, Loewenstein, Erikson, Rapapport (alejándose en buena medida del radical descubrimiento freudiano) y el ya mencionado Jacques Lacan, acérrimo crítico de todos los anteriores, el “Freud francés”, como se le ha llamado.

5. Braunstein, N. (1980). Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis. Hacia Lacan. México D.F.: Siglo XXI.

6. Freud, S. (1991). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras completas. Volumen XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

7. En términos clínicos, psicopatológicos, y también de estructura “normal”, puede hablarse de neurosis: 1) histérica, 2) obsesiva y 3) fóbica. Todos somos algo de eso; cuando esas expresiones se hacen inmanejables, se debería consultar con el psicoanalista, porque la vida se torna insufrible.

8. En términos clínicos, psicopatológicos, puede hablarse de psicosis: 1) esquizofrénica, 2) paranoica y 3) maníaco-depresiva.

9. Citado por Braunstein.

10. Lacan, J. (1974). Entrevista realizada y publicada por la revista Panorama (Roma, Italia) del 21 de diciembre de 1974. Disponible en: https://www.iztacala.unam.mx/errancia/v14/polieticas_5.html#aste2.

11. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. En inglés: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders.

12. Valga agregar que el referido Manual es producido, financiado y promovido por las grandes empresas farmacéuticas multinacionales, cuyo interés fundamental es vender medicamentos. Ello puede verse en la evolución del libro: en 1952, cuando aparece su primera versión, presentaba alrededor de 100 cuadros psicopatológicos. La última edición, de 2013, duplicó la cifra, con 216 diagnósticos posibles. ¿Crecieron tanto las “enfermedades mentales” …, o creció la voracidad comercial de las empresas fabricantes?

13. Freud, S. (1991). Conferencias de introducción al Psicoanálisis. En Obras completas. Volumen XV. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

14. Laplanche, J. y Pontalis, J.B. (2004). Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

15. Nótese que el término alemán que utiliza Freud: Wunsch, ligado al verbo wünschen, no tiene la connotación libidinosa del “deseo” en español. Para esa connotación, ligada a concupiscencia, a lascivia, utiliza otras palabras: Lust o Begierde. Wunsch habría que entenderlo, más bien, como “anhelo”, “ambición”. El sujeto busca, anhela, procura algo que no sabe bien qué cosa es, porque siempre le falta algo. Nada nos completa ni nos puede completar nunca: los límites nos definen.

16. “Durante mi juventud, solo aspiraba al conocimiento filosófico, y ahora estoy a punto de realizar este deseo, al pasar de la medicina a la psicología”, dirá en 1898 en una carta a su colega Wilhelm Fliess.

17. Cualquier zona del revestimiento cutáneo-mucoso que pueda ser excitada produciendo placer. Hay zonas particulares: mucosa labial, mucosa vaginal, mucosa anal, pezones. En definitiva, toda la piel puede funcionar como zona erógena.

18. Lacan, J. (1971). La significación del falo. En Escritos II. Madrid: Siglo XXI Editores.

19. Período comprendido entre la declinación del complejo de Edito (cinco o seis años) y el despertar puberal (doce años aproximadamente). Durante la latencia los impulsos sexuales quedan adormecidos, siendo la época propicia para completar la socialización de niños y niñas.

20. Fueron los trabajos del antropólogo francés Claude Lévi-Strauss los que dieron esa información sobre esta universalidad.

21. Tubert, S. (2000). Sigmund Freud: fundamentos del psicoanálisis. Buenos Aires: Editorial Ensayos.

22. Mannoni, M. (1976) El psiquiatra, su «loco» y el psicoanálisis. Barcelona: Siglo XXI Editores.

23. Freud, S. (1992). El método psicoanalítico de Freud. En Obras completas. Volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

24. Freud, S. (1991). Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III). En Obras completas. Volumen XII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

25. Freud, S. (1992). El método psicoanalítico de Freud. En Obras completas. Volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

26. “Al igual que el paciente, que debe decir todo lo que pase por su mente eliminando toda objeción lógica y afectiva que le induciría a seleccionar, también el analista debe estar en condiciones de interpretar todo lo que escucha, a fin de descubrir en ello todo lo que el inconsciente oculta, sin que su propia censura venga a reemplazar la selección a la que ha renunciado el paciente”, dirá Freud.

27. Laplanche, J. y Pontalis, J.B. (2004). Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

28. Nasio, J.D. (2017) ¡Sí, el psicoanálisis cura! Buenos Aires: Paidós.

Referencias bibliográficas

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Por gentileza de Marcelo Colussi

 

 

Edipo, sujeto e historia

León Rozitchner
Filósofo y escritor [1]
.

El texto que transcribimos a continuación fue una clase realizada por León Rozitchner, luego de su regreso del exilio, para el Centro de Estudiantes de Psicología de Argentina el 21 de agosto de 1984. Si bien se refiere a cuestiones de un pasado lejano, creemos que muchos de los interrogantes que plantea pueden ser leídos en clave de nuestra actualidad. El texto fue publicado por primera vez por la Revista Topía.

Vamos a hablar de una historia en el campo de la Psicología pero de una manera que merecedores, por decirlo así, desde esta apertura de un campo teórico, todo él también definido por las categorías del poder, por las categorías de un lenguaje que se convierte en un lenguaje de capilla, por la pretensión de una ciencia completamente alejada de los problemas que nos acucian hoy, no solamente los problemas tradicionales nacionales, los que se entienden como política, sino los problemas que seguramente están presentes en todos uds. ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó durante el proceso? ¿Cómo pudo ser que, en este país, en nuestro país se produjera, no es cierto, la presencia de un sistema donde la muerte, el asesinato, la alienación, es decir, la alienación a nivel político hubiera existido?

Frente a esa tremenda realidad en la cual vivimos y que todavía está presente entre nosotros, sin embargo, había aquí una ciencia, una pretendida ciencia, un pretendido saber que se desentiende por completo de toda esta problemática.

Yo no he visto ninguno, o no he escuchado ninguno de estos enfrentamientos por el poder del psicoanálisis en que estuviera presente justamente en el debate, el interés por elucidar, por tratar de comprender ese problema fundamental que tenemos.  Entonces, evidentemente uno se decide a algo, que va a pasar acá, en la Escuela de Psicología, es que aquí también se da lo mismo, es que ahora tendrán que enfrentar uds aquellas formas de conocimiento que sirvieron en su momento para encubrir lo que estaba pasando en el país.

Y les decía que esto forma parte de una historia que tal vez uds no conozcan y que estas “ciencias”, que aparecen pretendiendo la totalidad del saber, también innovan y encubren. Yo por ejemplo podría señalarles que esto que uds están viviendo a nivel del psicoanálisis como una lucha por el poder, y con una pretensión de ejercer el saber cómo un garrote mágico contra los demás, todo en función de un predominio en el campo de la profesión, es decir todo al servicio de un determinado desarrollo de una posición y un mercado.

Me estaba preguntando si uds sabrían que este problema, el problema de un enfrentamiento de una Psicología dentro del Psicoanálisis para abrir un campo que permitiera pensar nuestros propios problemas ya había existido antes de que existiera el proceso. Porque el problema del proceso, uds conocen, tiene un antecedente aquí en el país. Es decir, los gobiernos militares se han sucedido, los intentos de dominación, los intentos de evitar precisamente que el pensamiento, que el conocimiento pudiese habitarse en nuestra propia problemática, eso ha existido hace mucho tiempo y no hemos estado nosotros mismos exentos de participar en el debate.

Entonces, yo recordaba, por ejemplo, antes del proceso, durante los años ´60, justamente cuando se produce el golpe de Onganía, se cerró también la Universidad. Ya en esa época se iniciaba en el país un debate muy importante que dio como consecuencia que la Asociación Psicoanalítica Argentina, que era el recinto sagrado de los teóricos donde la herencia de Freud, que también pretendía permanecer cerrada a los grandes problemas que presentaba el país, y aquellos problemas a los cuales nosotros también estamos inmersos como personas, esa dramática fundamental que nos correspondía vivir en un momento histórico determinado también había sido radiada del campo del conocimiento. También había sido ejercido en nombre de Freud un conocimiento que dejaba fuera del campo freudiano, perdón por la palabra que parecería propiedad privada, había dejado fuera de esa ciencia, inaugurada por Freud, una cantidad de problemas.  Habían hecho que la Psicología creyera estrictamente en el análisis individual. Una individualidad, por lo tanto, separada de la sociedad, separad de lo histórico, de lo colectivo, encerrado, presuntamente en una intimidad que para nada necesitaba, en tanto los problemas y las dificultades de los enfermos iban requiriendo el trabajo médico, para nada requería ser incluido en ese campo como si hubiese una dramática esencial, una dramática metafísica que no estuviese constituida con el surgimiento del hombre dentro de una determinada circunstancia histórica. Decíamos que en la A.P.A., que pretendía también ejercer ese saber y mantener la herencia de ese otro muerto ilustre que era Freud, se vio enfrentada al desarrollo de la lucha política argentina, frente al desarrollo de ciertos partidos.

Dentro de esa A.P.A. aparecieron, entonces fuerzas que trataron de abrirse campo, que trataron de defender el saber de la Psicología para convertirlo en un conocimiento que englobara aquellos aspectos que estaban también presentes en Freud señalados, pero que la asociación psicoanalítica tradicional había dejado de lado. Así, apareció el grupo Plataforma, el grupo Documento, que se separaron de la A.P.A.

La ideología lacaniana, que justamente se declaraba como proviniendo de Freud  pero que pretendía, de alguna manera determinar qué era lo bueno y que era lo malo en Freud, cuál era el verdadero y cual el falso Freud, es decir, nuevamente regentear un muerto a cuyo nombre se erigía un nuevo saber

Al mismo tiempo que esto sucedía, al mismo tiempo que desde estos grupos enfrentados al poder, que de alguna manera regenteaban el saber freudiano, frente a esa situación, frente a ese enfrentamiento aparece en la Argentina, con la presencia de Masotta y a través de él, el conocimiento de Lacan. Y nosotros meta repetir el mismo esquema del despotismo dentro de esta nueva corriente, ahora acentuando porque la presencia de Lacan le permitía a él excluir todo lo que se refiriese a la temática nacional, excluir todo lo que se refiriese a una ampliación o extensión del saber freudiano, que justamente estaba abierto con el grupo Plataforma y Documento, para volver a restringirlo ahora en función de una nueva ideología, la ideología lacaniana, que justamente se declaraba como proviniendo de Freud pero que pretendía, de alguna manera determinar qué era lo bueno y que era lo malo en Freud, cuál era el verdadero y cual el falso Freud, es decir nuevamente regentear un muerto cuyo nombre se erigía un nuevo saber. De aquí que las características de ese nuevo saber eran las mismas, era un nuevo saber que ocultaba todo aquello que, en la Argentina, dificultosamente se estaba abriendo en el campo del conocimiento.

Era la misma época en que estábamos nosotros dando clase acá. Y ese grupo, de ese grupo, de esa, de alguna manera, primera aparición del lacanismo en la Argentina que trataba de copiar exactamente el mismo poder despótico que estaba presente en la escuela lacaniana de París, esa misma escuela es la que se desarrolla aquí durante todo el proceso militar. Esa misma escuela es la que permite elaborar aparentemente un conocimiento científico, y así no habría ningún achaque particular por no haber enfrentado estos problemas, simplemente decimos que durante el proceso, ese sistema, esa forma de comprensión de la teoría freudiana, y por lo tanto de la Psicología y del Psicoanálisis le permitieron, bajo la evocación de Lacan, destruir todo lo que pudiese hacerle correr peligro frente al sistema aterrorizante que dominaba en la Argentina, y que por algo, por lo tanto fue utilizado en tanto tal, es decir, permitir o seguir permitiendo el ejercicio de la profesión sin tener que enfrentar ningún otro problema que pudiera presentarse si uno aspiraba a ir más allá. Es esta misma ideología, por lo tanto, producto de la presencia del sistema apolítico que hemos vivido la que pretende ahora prolongarse en la realidad luego del proceso político vivido. Es la misma forma de pensamiento, es la misma forma, por lo tanto, de tornar invisible, convertir en un punto ciego, los problemas fundamentales que son justamente aquellos, insistimos una vez más, que están presentes en la obra de Freud, y no por nada tanto, en esta presencia nueva de un Freud envidiado por Lacan como, en la presencia anterior de un Freud descubierto por la Escuela Psicoanalítica, siendo que se trata de desplazar, de admitir una herencia, tratando justamente de circunscribir el campo de lo solamente pensable, el campo de lo solamente audible, aquello que esta camarilla, así presente, que se adueña de ese poder hablar ella únicamente en función de la verdadera ciencia, es la posibilidad de seguir excluyendo de nuestro propio campo la presencia de los problemas fundamentales que nosotros estamos viviendo todavía aquí como continuación del proceso político. Por eso les decía, me extraña no encontrar dentro de lo que se está elaborando en este momento en la Argentina, no encontrar que la Universidad, que el saber que están recibiendo ahora en la Universidad no ponga en juego, no trate de ampliar el campo de la teoría, no trate de profundizar en el problema del saber cómo para poder dar cuenta de aquello que está todavía presente en nosotros. ¿Cómo comprender nuestro propio pasado? ¿Cómo comprender aquello que tan profundamente nos transformó? ¿Cómo no comprender el problema del terror que circunscribía el problema del saber? Y ¿Cómo no comprender, por lo tanto, que se trataba de inaugurar otra forma de conocimiento? Conocimiento que incluye aquello que antes tal vez no podía ser pensado por la existencia del poder aterrorizador militar pero que ahora sí. Nosotros, pienso, no podemos seguir en ese juego de mantener presente, una vez ya desaparecido, el terror militar, la presencia del terror en la cabeza del que piensa como prolongación de aquel anterior. Por eso les decía entonces que no se trataba de un retorno.

Nosotros no podemos continuar con aquellas categorías que estaban presentes en el proceso y que impedían pensar. Yo no vengo aquí a pedir que nadie haya hecho más de lo que hizo o podía hacer, puesto que yo mismo estuve fuera del país y hacía afuera lo que uds, tal vez no podían decir. Ese es otro problema. Yo no vengo acá a reivindicar ningún discurso. Solamente digo lo siguiente, por el hecho de haber pasado por el proceso no podemos seguir pensando y recibiendo una teoría que fue adecuada al encubrimiento y que sigue ahora.

Decía entonces que, ¿cómo es posible, ¿cómo podemos pensar que después de lo que ha pasado vengan a reunirse mil profesionales, estudiantes argentinos, aquí en Buenos Aires, a discutir el problema de la herencia de Lacan, y donde desaparece el problema fundamental? ¿Qué capacidad tenemos para resolver esos problemas, para volver a pensar con un instrumento adecuado eso que no pudimos pensar en su momento? ¿Qué nos pasó a nosotros los argentinos en este país? Eso es de alguna manera a lo que me estaba refiriendo. No estaba pidiendo para nada que hicieran algo que no podían hacer.

Pero lo que sí ahora podemos hacer es exigirnos a nosotros mismos no caer de nuevo en la trampa de aquellos que, o por qué no quisieron, o por qué previeron antes del proceso que no convenía pensar, porque no pueden negar que no hizo falta solo la presencia del proceso para que en la A.P.A. desde mucho tiempo atrás se encubrieron los verdaderos problemas de la realidad nacional.

Entonces, una vez más lo que plantea, es que tiene que ver Freud con todo este problema, que tiene que ver Freud con esta limitación del pensar, hasta tal punto que yo he escuchado una vez un lacaniano, y no voy a hablar de Lacan, esto es solo un ejemplo, voy a rescatar los aspectos más positivos, que de pronto, se asiste a un club socialista donde yo estuve presente, se estaba discutiendo el problema del marxismo, la decadencia del marxismo y un profesor, un psicoanalista lacaniano creo, comienza a explicar lo que decía Lacan y dice: “claro porque Lacan también había hablado bien de Marx”, como  reconfortándose. Claro, lo que él decía era que lo más importante era que Marx había puesto el énfasis en el problema del signo…(risas). Claro, se dan cuenta uds, Marx había puesto el énfasis en el problema del signo. Pero no es el problema del signo que está presente en el primer capítulo del Capital, se extiende hasta abarcar todo el proceso de producción, se extiende hasta abarcar toda la contradicción social, y desarrolla a partir de allí y de ese signo minúsculo para dar cuenta de todo el problema del Capital y de la organización social, por lo tanto, de todo un problema de la teoría de la acción y de la teoría transformadora lacaniana. Se dan cuenta de que no depende desde que perspectiva nosotros leamos el problema. Si estoy esperando que Lacan me venga a anunciar a mí la verdad que tengo que describir en Marx estamos bien listos, ¿no es cierto?

Es evidente que no tiene sentido.

El problema de la alienación tiene que ser leído desde más atrás, desde aquel planteo que viene desde Hegel, que viene desde Marx, el problema de la alienación que nos atañe a todos, no simplemente al enfermo, todos estamos alienados en un sistema que encubre la relación que tenemos con él

Todo eso da cuenta de un estrechamiento de la perspectiva, que antes, puedo decirles, antes del proceso no existía. De pronto antes del proceso la Universidad del estado hubiera dado este surgimiento, actualmente más determinada por la teoría del psicoanálisis. Antes pretendíamos por lo menos, creo leer a Freud y tratar de encontrar una temática que permitiera pensar. Pero ahora nos pretenden mostrar un Freud donde los aspectos positivos de la teoría freudiana, aquellos aspectos expresados desde un comienzo cuando Freud decía que la Psicología individual es ya desde un comienzo y en un principio psicología social, no estaba diciendo meramente una frase, estaba diciendo que el análisis, el discernimiento de estructuras más específicas, más profundamente individuales tenemos que ver, ya presente aquí dentro la estructura social y colectiva. Y esto no es un juego, entonces por qué diablos, nos preguntamos este psicoanálisis ramplón que viene a buscar el descubrimiento del lenguaje que creo más preciso cuando más encubridor es, que cree que son más independientes cuando menos se dan cuenta de la sujeción, que permanecen ignorando el problema de la alienación, que no es un problema referido a la enfermedad “mental” de la madre. El problema de la alienación tiene que ser leído desde más atrás, desde aquel planteo que viene desde Hegel, que viene desde Marx, el problema de la alienación que nos atañe a todos, no simplemente al enfermo, todos estamos alienados en un sistema que encubre la relación que tenemos con él.

Entonces, por lo tanto, lo que nos interesa mostrar es que en Freud ya está presente, incluso en ese Freud revolucionario extremadamente izquierdoso señalado como un liberal y pequeño burgués.

Hasta en estos que están tratando de administrar al derecho de Freud bajo la vocación de Lacan, hay un encubrimiento de una verdad muy profunda que tenemos y que pienso justamente que lo importante sería volver nuevamente a Freud apoyándose en una concepción teórica que pueda analizar los presupuestos de los que parte cada teoría en cada teoría científica. En ese caso una concepción filosófica que haya debatido previamente el problema de los presupuestos de esa ciencia, esos presupuestos de los cuales nosotros comenzamos a pensar los presupuestos de la ciencia, tal vez y solamente desde allí, podamos entonces tratar de comprender que significa una ciencia y una psicología. Por eso pienso que no se puede leer a ninguno de estos autores sin remitirnos a una constitución anterior. La desgracia es que ahora está todo separadito y atomizado. Se estudia psicología, pero no filosofía, la psicología es una rama y la filosofía es otra. Pero, sin embargo, pienso que no hay posibilidad de hacer una sin la otra. Pienso que justamente ese requerimiento está presente en Marx y en Freud. No por nada Freud en última instancia se consideraba a sí mismo como un filósofo frustrado frente a por ejemplo la filosofía hegeliana. No por nada en Marx está presente una psicología a la cual él tiende a elaborar y dar los primeros pasos. Es decir que el problema que ha determinado toda esta búsqueda, el problema de estos hombres que han sentado las bases de un desarrollo nuevo del saber, ha sido justamente que no han atomizado ni han separado. Así como Marx tendía a abarcar desde lo histórico y lo individual, así también Freud trató de abarcar desde lo individual lo histórico, y no podía estar separado un aspecto del otro.

Y, qué nos enseña este nuevo psicoanálisis que nos vienen a mostrar en nombre de Lacan, un sujeto sin historia, así como, por otro lado, Althusser nos quería mostrar una historia
sin sujeto

Y, qué nos enseña este nuevo psicoanálisis que nos vienen a mostrar en nombre de Lacan, un sujeto sin historia, así como por otro lado Althuser nos quería mostrar una historia sin sujeto. No sé si uds recuerdan, pero el debate de Althuser ha sido superado porque Althuser no estaba ligado a un problema profesional, salvo el de la proyección revolucionaria, y fracasado ese proceso revolucionario con el también desaparece, por así decirlo, la concepción althuseriana que había relegado el problema del sujeto en el problema del proceso histórico, que había relegado al problema de la subjetividad en el proceso político.

Pero encontramos ahora una contraposición semejante y análogo en cierto sentido, en el seno del psicoanálisis encontramos una concepción que excluye la historia. Es decir, una subjetividad sin historia, una subjetividad que quedaría para ser comprendida en su más profunda dramaticidad separada completamente de lo que nos ha pasado, por ejemplo, lo que pasó en el proceso militar que acaba, o mejor dicho que está queriendo terminar. Estos aspectos están presentes en Freud, yo no creo que tenga que iniciarlos a uds, hoy en ese desarrollo. Está presente en la enunciación más elemental del Edipo. Uds saben es la estructura mínima de la cual se constituyen, tanto para Freud como desde una concepción marxista, se constituye el primer poder despótico en la subjetividad del niño. Pero para Freud el problema del Edipo es la presencia, la aparición de una subjetividad despótica como determinando la conducta y la acción, y por lo tanto la escisión del yo.

Ese problema no lo podemos analizar si no lo vemos y lo ponemos de relieve sobre el fondo de un deseo colectivo, entonces tratar de recurrir para analizar el problema de lo individual, de lo individual que estaría constituido por la matriz elemental de la familia, recurre a un tránsito histórico, trata de comprender como fue el advenimiento de la historia el tránsito de una colectividad a otra, el tránsito de la horda primitiva a la alianza fraterna, el tránsito forzosamente violento que implicó la muerte del dominador a la alianza fraterna, es decir, de la misma manera aparece en Freud una extensión de los límites de lo individual, como exigiendo que para poder ver lo minúsculo, él dice así, de la conducta individual es preciso ampliar la visión y esta ampliación de la visión solo se consigue a nivel de las ciencias humanas, ampliando el marco en el cual está inscripto, ampliando más hasta abarcar la totalidad del proceso histórico.

Supongamos que sea válida que la explicación que hacen los lacanianos hayan deformado aún la teoría de Lacan.

Lacan no se basta a sí mismo, hay que recurrir a Freud. Pero más todavía, retomando la teoría de Lacan yo no veo que haya prolongado ninguna de las teorías de Freud hasta abarcar el problema de lo colectivo y lo político. Es decir, a incluir dentro de todo lo que aconteció, la teoría de la definición histórica. Esto es visible aún en la concepción de lo simbólico en Lacan, donde el problema de Edipo, todo el problema que muestra Freud, el enfrentamiento que tiene que ver con lo económico, es decir, con la creación de fuerzas antagónicas, y por lo tanto con la represión de la agresión. Todo eso no aparece planteado en la obra de Lacan.

Yo digo que aún está también presente como está en el campo de esta gente que de alguna manera se actualiza al negar el código que legó Lacan, como también creo que es posible negar en Lacan porque él también está negando a Freud.

Una cosa es Lacan que puede ser un tipo admirado por el enfoque y el desarrollo que hizo, aún en su imparcialidad, eso no hace, por lo tanto, que tenga que ser reverenciado como el que abre un nuevo campo científico como es Freud. Podríamos nombrar un sinfín de autores que han aportado a la teoría freudiana, pero que de ninguna manera han significado un olvido de aquella triste matriz que elaboró esta teoría y que era mucho más rica en su desarrollo de lo que está presentando el lacanismo. De ahí la insuficiencia con la cual nosotros leemos a Lacan, de ahí al mismo tiempo los psicoanalistas que son expertos en detectar el problema de la sumisión o de la identificación con el otro, no perciben que Lacan exige para ser leído, solamente para ser leído la sumisión. Para ser desentrañable exige que de alguna manera nosotros tengamos que ser reverentes con su discurso y admitir la profundidad de su verdad que nos obliga a insistir varias veces en su lectura para desentrañar su mensaje. Esa característica del lacanismo no puede pasar desapercibida porque evidentemente sí somos teóricos verdaderamente del discurso no podemos dejar de lado aquello que está circulando en él, en su primera presentación. Ahí también circula una significación especial. En fin, esto lo dejamos de lado como algo parcial.

Pregunta inaudible.

Prof.: Al escucharte hablar parecería que no hay nada que hacer porque el poder hace de nosotros lo que quiere. Y parecería también que la represión no viene a reprimir nada, sino que se instala simplemente como una represión pura. Si el proceso viene a reprimir y a asesinar y a violar y a matar y a destruir y a transformar la economía del país es evidente que lo que hace una presencia de un poder que estaba emergiendo.

Ningún poder represivo reprime por placer, sino porque detecta en ciertos índices, la aparición de un posible futuro contrapoder que lo puede enfrentar.

Yo creo que los militares veían más lejos en ese momento. No eran procesos esporádicos que aparecían aquí y allá sin significación.

Y por algo cuando reprimen, no solo reprimen a la clase obrera, destruyen toda la educación del país, cierran las universidades, expulsan a los profesores, niegan la posibilidad en la sociedad de que empiece a expandirse un saber diferente, destruyen las organizaciones de barrio, las organizaciones populares, destruyen las organizaciones a nivel agrario del interior del país. En fin, no golpeaban de cualquier manera. Ellos veían cuales eran los puntos de emergencia de ese poder que evidentemente no estaba constituido de manera cabal porque estaba formándose, y eso les sirvió, de alguna manera para encontrar el punto de aplicación del terror valiéndose del terror. Para ellos no era el problema de la guerrilla, era el problema del país.

Bueno, retomando, en la medida en que el Edipo se va abriendo, lo que quedó relegado como sometimiento del niño, permanece como intento de dominación también.

Justamente, lo que Freud nos da es una teoría donde están presentes los dos aspectos en el niño mismo. La presencia de lo que en el niño es absolutamente indelegable, que es su propia libertad, que por un momento cede en esa situación equívoca de la salida infantil. ¿Pero eso no desaparece para siempre, queda por lo menos presente en el campo inconsciente, que explico? Es decir, como algo que vuelve nuevamente a plantearse en ¿?? Nueva relación de sometimiento a la cual el niño, convertido en adulto va a tratar también en gran parte, de escapar. Por eso creo que de la teoría no vamos a tener solamente el aspecto de sometimiento, el aspecto de la implantación de la ley, si mantenemos eso no hay salida, caemos en el pesimismo, pero si mantenemos justamente eso que esta presente en el niño ya; aquello que va a subsistir en el adulto. Podemos contar con una dimensión e optimismo de pensar que la represión, que sigue reprimiendo, reprime porque hay algo incontenible que no puede resistir lo que está presente siempre. Esa es la conclusión de Freud.

Alumno: -En este planteo estaría el deseo antes que la represión.

Prof.: -Está presente el deseo y también como una salida imaginaria del niño. Lo que Freud plantea en el deseo es la primera aparición en el campo imaginario de satisfacción, es el esquema de la repetición, saliendo del pecho de la madre, del vientre de la madre la primera satisfacción de alimento, ahí aparece claramente expresado. El deseo es el intento de repetir la percepción del primer objeto que produce satisfacción y repetirlo tal cual.

Pregunta no desgrabada.

Profesor: -…Un campo político que simplemente se plantea el problema de la alienación enfrentando la determinación despótica en el campo del estado o enfrentándola en el campo de la economía, descubriendo la estructura falaz de la economía o descubriendo el problema de la religión, todos estos son planteos insuficientes, porque si vos pretendés movilizar a la gente para una acción tenés también que movilizarlos desde ese punto fundamental que quedó sin tocar en esta teoría que es lo que se llama politiquismo habitual, que es lo que a izquierda habitualmente desarrolló. La izquierda habitualmente desarrolló aquello que se refiere a la puesta en duda y a la puesta, por lo tanto, en el cauce de la cuestión del sometimiento infantil que sigue presente en el adulto. No tocó las estructuras afectivas de dominación presentes en nosotros. Es por eso que podía tener la cabeza a la izquierda y el cuerpo a la derecha.

Profesor Kaminsky: -Comenzaste generando un fenómeno restringido pero que tiene que ver con nosotros, que es un fenómeno de sometimiento profesional que explica agresiones, sumisiones, etc. Llegamos a la conclusión de que en el campo colectivo solamente podemos pensar si podemos hacernos cargo del fracaso.

Este pedido colectivo de pedir una receta tiene que ver creo yo, no tanto con la receta sino con sobre el fondo de qué subjetividad social podemos estar analizando este fracaso, sobre el fondo de que colectividad esta subjetividad se desarrolla.

Entonces cómo construir una teoría que resista bien, cómo construyo una subjetividad que sea fuerte frente al embate de este poder despótico y cómo me amplío en un cuerpo común colectivo que también pueda enfrentar el poder colectivo despótico. Yo creo que más allá de las recetas hay un punto que creo que duele, me gustaría saber qué pensás y qué lo tocaste tangencialmente hace un ratito, acerca de que, entre el fracaso y la resistencia, hay algo que duele mucho en el campo profesional de la psicología y en el campo colectivo del poder despótico implantado en los años anteriores, que es la cuestión relativa a qué es lo que hemos invertido nosotros para ser sometidos.

Es decir, esta represión, además de ese garrote del que hablaba, ha sido productiva, ha podido reconstruirse tomando elementos que estaban ahí. Así como existe una política de destrucción de la economía nacional, Martínez de Hoz, existen por la calle coches importados, en este sentido hay un juego de agresiones, algunos sociólogos que le quieren llamar consenso, que tienen que ver con el sometimiento. Entonces yo quisiera que ahondaras un poquito más en esto: qué de sometimiento ha habido en cada uno de nosotros y colectivamente en todos para comenzar a pensar los índices, la profundidad y el registro de este profundo fracaso y para poder imaginar con estos optimismos que podemos sacar desde el fondo del Edipo y desde lo colectivo. Entonces me gustaría que apuntaras un poco más a esto: entre fracaso y resistencia está el tema del sometimiento y la adhesión positiva en esto del sometimiento y no el “nos tuvimos que callar la boca”, nos mataron, etc. Hubo un cuantus de agresión y lo señalaste claramente en un campo restringido como el de la psicología. Cree que de manera ampliada puede haber ocurrido exactamente lo mismo ¿Qué pasó con esto del sometimiento?

Profesor Rozitchner: – Yo, francamente ante esa pregunta puedo decir no sé que pasa. No sé que pasó, primero porque yo estuve fuera del país y por lo tanto no sé qué pasó porque estuve fuera de lo que les pasó a los que se quedaron acá. No estoy autorizado a contestar esa pregunta porque no tengo con qué contestarla, podría contestarla a nivel teórico y sería una presunción, el querer hacer una teoría con un contenido que desconozco. Por eso pienso que uno viene más bien tratando de escuchar y comprender más que de dar recetas y hablar y decir cómo hay que enfrentar con recetas concretas este problema. Yo vengo a ubicarme en la misma posición en que estamos todos acá, a preguntarnos qué nos pasó y en última instancia a preguntarles a uds también, así como algo nos pasó a los que nos quedamos afuera, que pasó con los que se quedaron adentro. Pero ese es un campo todavía reconquistable, a reconquistar, a comprender. Yo no sé, en ese sentido qué pasó. Podría tirar unas categorías que me aproximen a ese entendimiento y que seguramente uno podrá utilizar para entender. Pero ahora yo no podría decir sobre eso nada más.

Alumno: -Perdón, cuando el profesor se refirió al sometimiento, a mi se me ocurrió, se me conectó con el tema de la desaparición y el tema de la forclusión respecto de la desaparición. Entonces…

Profesor: -de la forclusión…

Alumno: -Si, eso de quedarse sin registro, de un número, un nombre, sin ninguno de los estatutos en que uno estaba acostumbrado a vivir. De allí es que pensé, quizás ese terror, ante ese terror, el tema del sometimiento se hace efectivo.

Profesor Kaminsky: -Yo decía esto porque yo también estuve algunos años afuera.

Señalaba León hace un rato que el miedo no se deja, el terror está, que esta situación uno la padeció desde afuera, desde ese extrañamiento que se llama exilio sobre el que León tiene un trabajo. Y esta pregunta yo la hacía un poco indirectamente para justamente ver desde ahí, desde ese encuentro, Norman Brisky decía: “Si hubo dos exilios, uno interior y otro exterior, tiene que haber dos regresos”, y tenemos que regresar y encontrarnos, no podemos correr, caminemos despacio. Pero tenemos como direcciones bastantes precisas, pero solamente lo podemos hacer en la medida en que podamos hacernos cargo de las trampas que están anudadas en nosotros mismos, no ponerlas afuera o nosotros ponerlas adentro en términos geográficos. Y en términos subjetivos de la misma forma.

Hubo los que se entregaron, hubo los que se resistieron. Yo creo que tenemos que empezar a desenmarañar y tenemos algunas herramientas y algunos instrumentos, vamos a ver que eficacia tienen todos estos instrumentos, teorías, elementos y autores. Lo que tiene que haber fundamentalmente es la voluntad de hacer. Además, recogiendo lo qué decías antes, reorganizando experiencias de seminarios, de grupos, etc…, en donde de alguna manera esto de lo colectivo y lo individual comience a resolverse. Pero desde la idea de que también el sometimiento transitó por nosotros. Eso es un poco la pregunta.

Yo decía qué de adhesión hay en nosotros en toda esta cosa que ahora reconocemos, qué de terrorífico tengo yo ante este problema adentro mío cuales son mis propios aspectos monstruosos. Yo no se realmente si tiene que ver con, o si lo podemos analizar a partir de esto que señalaba el compañero que es la forclusión. En ese sentido podríamos decir, bueno qué asociación hacemos entre forclusión y terror. Habría que pensarlo. Pero desde estas adhesiones, desde estas inversiones de deseo qué es lo que nosotros tenemos invertido en todo esto.

Si nosotros no lo reconocemos en nosotros mismos lo vamos ampliando mal y vamos a poder analizarlo aparentemente, objetivamente.

Profesor Rozitchner: -Para terminar un poco la cosa. Yo lo que veo, por otra parte, es este juego entre dos aspectos de la teoría que desarrollábamos siguiendo a Freud, el aspecto de lo individual y lo colectivo, y aquí apareció, evidentemente, lo platearon uds., los distintos niveles en los cuales la contradicción se ha planteado.

Yo pienso que lo fundamental, lo importante es la aparición como propia de una teoría que se ocupa de la subjetividad, de una teoría que se ocupa de la subjetividad, de una teoría que se ocupa de la psicología social, de estos problemas que no pueden estar al margen, y tienen que ser, como uds lo hacen, recuperados.

Me parece que como punto de partida es importante esta recuperación, este volver en este campo que anteriormente estaba vedado, este sinnúmero de problemas que tal vez no tengan o con seguridad no tienen una solución, un enfoque adecuado, pero que los tengamos presentes para poder comenzar dese allí en estos dos extremos y manteniéndolos presentes, plantear los problemas que nos traen, de alguna manera, que nos traen aquí. Eso es lo que me parece digno de ser señalado como punto de partida para esta charla. Haber hecho o haber dejado que aparezcan, que afloren estas dimensiones de la realidad que habitualmente ponemos entre paréntesis, al margen, como suspendidas, cuando nos metamos en el campo de la teoría así llamada científica, tanto de Freud como de Lacan.

Yo no sé si hay algo que agregar a todo esto. No se si podemos, por el modo en que se ha ido desarrollando todo esto. Intentar un resumen cabal paso a paso de lo dicho en cada momento. A no ser que haya alguna pregunta que pueda contestar.

Aquí se está repitiendo un poco lo que dice Foucault y lo que por otro lado también dice Freud. El sistema no podría subsistir si solamente reprimiera, para poder subsistir tiene que conceder y a través de la concesión, reprimir. Las formas más sutiles de la represión son las formas de la satisfacción.

Es decir, el sistema no aparece solamente para reprimir, insisto, aparece con la intención de satisfacer, pero la forma sutil que tiene justamente este poder es que en la satisfacción misma que nos va proporcionando nos reprime. La forma más útil de esto que les estoy diciendo es la aparición de Perón. Perón reprimió, pero no reprimió de golpe inmediatamente, reprimió en la medida en que organizaba, en la satisfacción a la clase obrera y tenía que conceder, pero esta concesión tenía también su contraparte.

La parte de sometimiento que él obtenía a través de esta concesión y que por otra parte le permitía a él obtener lo esencial, como decía Perón: “asentarse en el corazón de los hombres”. Este asentarse en el corazón de los hombres, Perón lo lograba a través e dar, a través de conceder, a través de gratificar.

De modo tal que no podemos seguir pensando el poder como simplemente desnudo represivo, como el que aparece en el momento de decir su verdad, en el momento del terror. Ese es un momento, nada más, un momento extremo en el cual ya no puede satisfacer y solamente queda en ese momento si, la necesidad de reprimir. Lo característico del poder es eso.

Peor, en fin, habría que hablar mucho más y tal vez hablar de por qué es necesario acudir a la teoría de la guerra para entender que el Edipo no funciona estrictamente a nivel individual, sino que también funciona a nivel de una teoría, de la elaboración de una teoría que organiza las fuerzas dominantes de la sociedad. Pero, en fin, estas son palabras mayores que acá no vamos a desarrollar ahora. Yo creo que tendríamos que terminar acá.

Aplausos.

Notas

1. León Rozitchner, nació en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, el 24 de septiembre de 1924 y falleció en CABA, el 4 de septiembre de 2011. Fue filósofo, escritor y uno de los intelectuales argentinos más importantes. Estudió Humanidades en La Sorbona de París, Francia, donde se graduó en 1952. Fue codirector en 1953 de la mítica revista Contorno, donde compartió espacio con Ismael, David Viñas y Oscar Masotta. Siendo profesor de la Universidad de Buenos Aires, en 1976 tuvo que exilarse en Caracas, donde fue profesor de la Universidad Central de Venezuela, director del Instituto de Filosofía de la Praxis e investigador del CENDES (Centro de Estudios del Desarrollo).

Por gentileza de Topía

 

EL sur invisible

José Ernesto Nováez Guerrero
Profesor, escritor y periodista
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Las naciones del Sur hemos sido, en lo que al Occidente conquistador y colonizador respecta, siempre invisibles. El proceso iniciado por Europa a finales del siglo XV y principios del XVI, denominado por el historiador Serge Gruzinski como la mundialización ibérica (y por extensión europea), puso a los occidentales por primera vez frente a sociedades y culturas con las que no tenían ningún tipo de relación y de las cuales, muchas veces, ni siquiera tenían referencias.

La llegada de los portugueses a África y Asia y la llegada de los españoles a América marca no solo el inicio de un violento proceso de dominación del otro, sino el inicio del olvido para muchas de estas sociedades. Olvido forzado por la destrucción de las fuentes escritas u orales por las cuales se preservaban y transmitían los elementos constitutivos de la identidad de estos pueblos. Por la imposición de una lengua, de una religión y de prácticas culturales completamente extrañas a lo que dichos pueblos eran. Y también por la reescritura consciente de importantes pasajes de su historia, particularmente los relativos al momento de la conquista, buscando presentar una empresa exclusivamente de lucro como una piadosa acción civilizatoria.

Claro que el éxito de este ejercicio de sumir en el olvido va a depender en gran medida no solo del éxito de la conquista, sino también del carácter de la propia sociedad con la cual se enfrentan los intereses europeos. En su libro El águila y el dragón. Desmesura europea y mundialización en el siglo XVI (Fondo de Cultura Económica, México, 2021), el historiador Serge Gruzinski compara dos procesos que se pudieran considerar como paradigmáticos en cuanto a la expansión europea. Por un lado, la llegada portuguesa a China y, por el otro, el arribo de Hernán Cortés a México.

Los portugueses, que ya habían irrumpido violentamente en el sudeste de Asia, anhelaban añadir a sus posesiones el vasto y rico país de la seda. Con este fin, envían una primera expedición disfrazada de embajada diplomática al mando del mercader y conocedor del Oriente Tomé Pires. Tras un largo proceso lleno de contradicciones, incomprensiones, errores de los portugueses y un poco de mala fortuna, toda la expedición acaba fracasando, son arrestados, los chinos derrotan la flota enviada a rescatarlos y ejecutan a todos los prisioneros. Los anhelos portugueses chocan con el muro de miles de años de cultura y una civilización que, si bien acumulaba cierto retraso tecnológico con respecto a Europa, no podía ser sometida tan fácilmente. Como vencedores, los chinos escribieron su recuento de los hechos, incluyendo importantes advertencias con esos bárbaros venidos de tierras desconocidas.

En México el proceso fue otro. A diferencia de China y el sudeste de Asia, las sociedades mesoamericanas eran sociedades que vivían en un relativo aislamiento. A pesar de la riqueza de su mundo, no contaban con las armas físicas y biológicas para hacer frente a la irrupción de los conquistadores españoles. La destrucción del mundo precolonial americano, que va mucho más allá del derrumbe de la Triple Alianza encabezada por Tenochtitlán, marca el inicio del proceso de invisibilización violenta del mundo colonial durante la modernidad. La historia de este proceso y las sociedades indígenas la van a contar los cronistas españoles. La voz de los indios va a permanecer totalmente invisibilizada hasta hace relativamente poco tiempo.

El emergente capitalismo europeo necesitaba riquezas para poder desarrollarse. Estas fueron robadas al mundo colonial mediante un sistema especialmente articulado para este fin. Mientras eran condenadas a producir unos pocos recursos, las tierras coloniales daban salida al excedente de bienes de la producción manufacturera europea, perpetuando un modelo que permanece hasta hoy.

El mundo colonial solo existía como lo exótico o lo bárbaro. Así fue reflejado en numerosos grabados, novelas y otros textos de la época. Sus vicisitudes solo importaban si, como protagonista, aparecía algún europeo. Muchas de las mentes más ilustradas solo se acercaron a nuestras realidades desde una perspectiva parcial, sin lograr comprender muchas cuestiones esenciales.

Si bien es cierto que, entre los europeos, hubo quienes expusieron con acierto las particularidades de nuestras sociedades, inclusos quienes denunciaron las barbaridades de la conquista y del régimen colonial, estas fueron voces en el desierto que no modificaron en esencia la actitud de Europa hacia el mundo colonial.

Que algo sea conscientemente invisibilizado, no quiere decir que no exista. Los pueblos sometidos resistieron. Fue una resistencia en ocasiones violenta y, muchas veces, cultural, solapada. Camuflaron sus creencias detrás de las de sus opresores, adaptaron sus ritmos a los instrumentos musicales del amo y, en no pocas ocasiones, derivaron géneros nuevos donde se mezclaban elementos de diversa procedencia.

De esta dialéctica entre identidades opresoras y oprimidas fueron naciendo las nuevas sociedades que, con el paso de los siglos, se comprobarían criollas más que europeas e iniciarían los complejos y dilatados procesos de descolonización que, con intervalos más o menos largos, se extienden desde, por lo menos, el siglo XVIII hasta el presente.

Pero la independencia política, como apunta atinadamente Franz Fanon en su libro de 1961 Los condenados de la tierra, escrito ante el hecho de la revolución argelina pero mirando con agudeza a todo el mundo postcolonial, no implica necesariamente la independencia real. Muchas veces los movimientos populares carecen de fuerzas para ir más allá del momento de la derrota del enemigo. La falta de programa, la traición, derrota o muerte de los principales líderes, las divisiones al seno de las fuerzas revolucionarias son muchas veces factores que acaban dejando el proceso en manos de la burguesía nacional. Y esta burguesía, que nació tuerta, manca y coja bajo la cobija del sistema colonial, no sabe hacer otra cosa que garantizarse las mayores prebendas para sí y vender el país a los representantes financieros de los antiguos amos coloniales.

Vencer por las armas el colonialismo no implica vencerlo en las almas de los sujetos coloniales. La invisibilización no es solo un proceso del dominador sobre el dominado, sino que es un proceso de conciencia del dominado sobre sí mismo y lo suyo. Acostumbrado a no ver, el sujeto colonial considera en positivo todo lo que venga de la metrópoli y desdeña y demerita lo que le es propio, lo que debieran ser los elementos que muestre orgulloso como pruebas de su identidad. El desprecio del Sur por el Sur, las violentas fracturas entre sociedades y países, el desdén con que algunas naciones miran a otras y sus habitantes, la dificultad crónica para articular políticas conjuntas por el bien común son resultados inevitables de este proceso.

Para sostener nuestra invisibilidad, los poderes fácticos han apostado por recursos que van más allá de los medios coactivos. La coacción solo garantiza el sometimiento físico temporal. Es preciso sembrar en el alma de los dominados verdades ideológicas que no desaparezcan aunque desaparezca el poder que las sembró. Con este fin el sistema colonial usó lo que Althusser denominaba como “aparatos ideológicos del Estado”, particularmente la religión y la escuela, aunque no es de desdeñar el papel de la familia en esta “educación” de los individuos. A estos aparatos tradicionales el desarrollo capitalista sumó un desarrollo sin precedente de los medios de comunicación, que pasaron de ser meros vehículos de transmisión de noticias a ser poderosas estructuras de construcción de sentidos.

A la pretensión homogeneizadora de la conquista se sumó luego la del capital y con ella la de las poderosas industrias culturales del capitalismo contemporáneo. El resultado, hoy como ayer, es que el Sur no existe, no se ve y, si aparece, es folclor o escenografía.

Tomemos como un pequeño botón de muestra de esta estrategia de invisibilización permanente a las numerosas películas de superhéroes que abundan en las pantallas contemporáneas como una verdadera hemorragia. No solo son la glorificación idealista de las capacidades del individuo, sino que son una fuente de educación ideológica de primer nivel para audiencias millonarias en todas partes del mundo. En estas películas casi todos los protagonistas son hombres y mujeres de increíble belleza, casi todos caucásicos, aunque hay algún asiático, negro o latino como muestra de diversidad y corrección política. Cuando un villano ataca lo hace siempre en las grandes capitales del mundo desarrollado, en Londres, París o Nueva York. Si de casualidad atacara algún país de África sería en alguna de las ciudades de Sudáfrica o El Cairo, relevante por su pasado faraónico. Si atacara en Asia sería en Pekín o en Singapur. Jamás se le ocurriría a ningún villano atacar Bamako, Lomé, Kinshasa, Ulan-Bator, Asunción, Paramaribo o cualquier otra capital de nuestros olvidados países.

Para estas grandes industrias culturales, para el capitalismo que las sustenta y que sustentan, la mayor parte del mundo solo existe en la forma de fuente de materias primas, mercado para sus productos excedentes y fronteras cada vez más vigiladas para impedir que ingrese el otro. Por eso solo interesan las guerras y las catástrofes que involucran directamente a los países ricos o a sus intereses. Por eso se rasgan las vestiduras ante la invasión rusa a Ucrania mientras tienden un oneroso silencio sobre la masacre cotidiana de Israel sobre el pueblo palestino o los bombardeos sauditas sobre el empobrecido Yemen.

Somos invisibles precisamente porque fuimos sometidos. Porque hace quinientos años el naciente capitalismo europeo nos asimiló a su maquinaria y, a pesar de varios contratiempos y resistencias, así permanecen la mayor parte de nuestros pueblos. Porque nuestras burguesías nacionales, muchas veces vendieron y siguen vendiendo nuestros países al capital trasnacional. Y, cuando hablamos de Sur, vamos mucho más allá de un concepto geográfico, es una condición política y social.

Recientemente un importante político europeo, el presidente francés Emmanuel Macron anunciaba que “Estamos viviendo el fin de la abundancia”. Esta sola frase demuestra la magnitud de nuestro olvido. Porque las sociedades subdesarrolladas, que somos la mayor parte de la humanidad, no hemos vivido ninguna abundancia. Muchas personas en las propias sociedades del capitalismo desarrollado no han vivido ninguna abundancia. Es el fin entonces solo para los privilegiados en los países del núcleo duro del capitalismo contemporáneo y las élites aliadas en otras partes del mundo.

El resto de la humanidad se enfrenta a una crisis multifactorial donde está en peligro incluso la propia supervivencia de nuestra especie. La resistencia del Sur en esta hora no es solo la lucha por tener un espacio visible en las vitrinas del capitalismo actual, sino que debe ser la lucha por un orden superior, donde quepamos todos y todas, sin ningún tipo de discriminación. Un orden donde el ser humano y la naturaleza estén por encima de los beneficios de unos pocos.

Nosotros, los habitantes del Sur, somos los modernos proletarios. Trabajemos donde trabajemos, más allá de cualquier posesión personal, no tenemos otra cosa que nuestra fuerza de trabajo que vender. Vemos como se roban la materia prima de nuestros países y solo nos devuelven deuda y medidas de ajustes. El régimen del capital es violento por naturaleza y no cederá su lugar sin lucha. Debemos estar dispuestos entonces a dar la batalla por todos los medios a nuestro alcance.

Debemos apertrecharnos con lo mejor del pensamiento crítico y buscar, como individuos y como pueblos, la necesaria unidad. Solo unidos podemos hacer frente al absurdo fuertemente armado que ha secuestrado nuestra época.

Y debemos dar la batalla cargando con las taras heredadas de nuestra condición colonial nunca totalmente superada. Contra el subdesarrollo estructural, la corrupción, la incultura, las burguesías entreguistas, el individualismo consumista, los atavismos de cualquier índole, las diferencias impuestas. Contra nuestras conciencias de individuos y pueblos sometidos.

El Sur debe recuperar el Sur. La belleza de sus pueblos y la grandeza de sus gentes. Como avizoraran los grandes revolucionarios de épocas recientes, Lenin, el Che, Fidel, el futuro pertenece a las naciones periféricas. Aunque nos desconozcan, nos desvirtúen, nos obvien, el fuego de la necesaria transformación sigue ardiendo y emergerá formidable donde todos lo vean.

Por gentileza de La Jiribilla

 

Psicoanálisis y mentalización | De la pulsión al pensamiento

Gustavo Lanza-Castelli
Psicoanalista. Psicoterapeuta. Presidente de la Asociación Internacional para el Estudio y Desarrollo de la Mentalización [1]
.

“…si bien el psicoanálisis se desarrolló sin preocuparse demasiado de los
procesos de pensamiento en los casos de psiconeurosis de transferencia

bien estructuradas, la aparición de variadas estructuras no neuróticas
demostró que, para entender estas manifestaciones, hacía falta

una concepción psicoanalítica del pensamiento”.

André Green, 2003

Resumen

El trabajo comienza planteando que, a pesar del desarrollo que la teoría de la mentalización propuesta por Fonagy y colaboradores ha conocido en los últimos veinte años, de su llamativa similitud con la teoría de Bion y de los buenos resultados obtenidos en la práctica clínica a la que informa, no es mayormente conocida en las instituciones psicoanalíticas.

Postula que cabe pensar que es posible llevar a cabo una articulación entre las caracterizaciones que la misma hace del pensar y el enfoque de Freud acerca del mismo tema.

A efectos de realizar dicha articulación, se reseñan los principales aportes de Freud a la teoría del pensamiento.

Posteriormente se caracteriza la forma en que, desde el punto de vista de la mentalización, se enfoca este proceso mental y se lo relaciona con el pensar preconsciente-consciente, tal como es desarrollado en la obra freudiana.

Seguidamente se ilustra el modo en que la consideración del pensar mentalizador puede ser de utilidad para comprender las vicisitudes de la acción específica, así como las dificultades de ciertas situaciones clínicas, cuando falla y se ve reemplazado por un modo pre mentalizado de pensamiento.

Se concluye señalando las limitaciones y alcances del presente trabajo.

Palabras clave: mentalización, teoría del pensamiento, preconsciente, acción específica.

Abstract

This work starts positing that, in spite of the development of Fonagy and colleagues’ mentalizing theory during the last 20 years, of its resemblance to Bion’s theory and its evidenced good results in clinical practice, it is still relatively unknown within psychoanalytic institutions.

This paper suggests that it is possible to articulate the notions of this theory has about thinking, and the conceptions of Freud about this same topic.

To carry out this articulation, Freud’s main contributions to the theory of thinking are reviewed.

The paper then advances into characterising the way in which mentalizing theory conceives this mental process and related it to preconscious-conscious thinking, as it has been discussed by Freud.

An illustration is given, in how this idea of mentalizing thinking can be useful to understand the vicissitudes of the specific action, as well as the difficulties arising in certain clinical situations when mentalizing thinking fails and it is replaced by a pre mentalizing mode of thinking.

This paper is concluded with the scope and limitations of this work.

Key words: mentalization, theory of thinking , preconscious, specific action.

Résumé

Le travail débute disant que, malgré le développement que la théorie de la mentalisation proposée par Fonagy et collaborateurs, a connu dans les derniers vingt ans, de sa notable similitude avec la théorie de Bion et des bons résultats obtenus dans la pratique clinique qu’elle a informé, elle n’est pas majoritairement connue dans les institutions psychanalytiques.

Le travail énonce que c’est possible d’établir une articulation entre les caractérisations que cette théorie fait sur la pensée et celles de la théorie de Freud au sujet du même thème.

Aux effets de réaliser une telle articulation, on mentionne les principaux apports de Freud à la théorie de la pensée.

Par la suite il caractérise la façon dans laquelle le point de vue de la mentalisation comprendre ce processus mental et sa relationne avec la pensée préconscient-consciente, tel qu’elle est développée dans l’œuvre freudienne.

En suite se développe la façon dans laquelle la considération de la pensée mentalisateur peut être utilisée pour comprendre les vicissitudes de l’action spécifique, tout comme des difficultés de certaines situations cliniques, quand le mentaliser fait default et se voit remplacé par une façon pre-mentalisé de la pensée.

La conclusion est de signaler les limitations et les conséquences de ce travail.

Mots clé: mentalisation, théorie du pensée, préconscient, action spécifique.

Introducción

La teoría de la mentalización, presentada originariamente por Fonagy (1991), Fonagy y Target (1996), Target y Fonagy (1996), Fonagy et al. (1998) y la práctica que de ella deriva, se han extendido de manera exponencial en los últimos veinte años en Inglaterra, EEUU, Alemania, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Italia, Holanda, España, Suiza, Austria, Nueva Zelanda, Australia y países de Latinoamérica como Brasil y Perú (Jurist, 2018, p. 92). Por otra parte, una serie de estudios de seguimiento sobre los resultados de la terapia basada en la mentalización (MBT) muestran que la misma posee un elevado grado de eficacia en el tratamiento de los pacientes no neuróticos (Bateman, Fonagy, 2008; Jørgensen et al., 2013; Kvarstein et al., 2015). No obstante esos datos, en la mayoría de los círculos psicoanalíticos continúa siendo ignorada, a pesar de sus innegables aportes y de su parentesco notable con el pensamiento de Bion y con algunos de los desarrollos de Winnicott (Jurist, 2018; Mantilla Lagos, 2007; Taubner, 2015).

Al igual que el autor de Aprendiendo de la experiencia (Bion, 1962), la teoría de la mentalización pone un fuerte acento en los procesos de pensamiento y sus perturbaciones, en sintonía con el epígrafe de Green y con los muchos desarrollos que éste y otros autores dedicaron a este tema, considerándolo de vital importancia en la comprensión y tratamiento de los pacientes no neuróticos (Bion, 1962, 1967, Donnet, Green, 1973; Green, 1995, 2003; Marty, de M’Uzan, 1963; Marty, de M’Uzan, David, 1963; Smadja, 2005).

Por esa razón, es dable considerar que a pesar de las innegables diferencias que existen entre el pensamiento freudiano y las propuestas del así llamado psicoanálisis contemporáneo (Green, Urribarri, 2013), por un lado, y los desarrollos de la teoría de la mentalización, por otro, vale la pena llevar a cabo algunas reflexiones a efectos de interrogarnos si esta teoría tiene algo que aportar a la teoría y práctica psicoanalíticas.

Con este objetivo in mente, en lo que sigue llevo a cabo en primer término algunas puntualizaciones sobre la teoría freudiana del pensamiento. Seguidamente reseño algunos conceptos claves de la teoría de la mentalización. Por último, intento articular algunos de los conceptos de esta última en el corpus freudiano y utilizo esta articulación para considerar hasta qué punto estos aportes permiten comprender mejor las vicisitudes de la acción específica, así como ciertas situaciones clínicas que presentan desafíos complejos a nuestras intervenciones.

La teoría freudiana del pensamiento

En un artículo ya clásico de 1911, Freud diferencia dos tipos de pensar, uno de ellos que se rige por el principio de placer y otro por el principio de realidad, manifestándose el primero en los sueños, el fantasear, el juego y los sueños diurnos.

Dado que una caracterización pormenorizada de ambos tipos de pensamiento excede largamente el objetivo de este trabajo, me limitaré a señalar algunas características de los mismos, que nos permitirán establecer comparaciones con la teoría de la mentalización.

En lo que hace al primero de ellos, que se expresa en fantasías, sueños, etc., cabe decir que su origen es muy anterior a la constitución de estas formaciones complejas y que se remonta a la vivencia de satisfacción.

En dicha experiencia, tal como nos enseña Freud (1900), lo esencial es el empuje de “las grandes necesidades corporales”, cuya excitación busca primeramente un drenaje mediante la alteración interna (expresión de las emociones), sin conseguirlo. Será a partir del auxilio externo, de la madre que da de mamar al niño, que se alcanzará la vivencia de satisfacción, la cual cancelará el estímulo interno… hasta que éste reaparezca.

Un componente esencial de dicha vivencia consiste en la presencia de percepciones (gustativas, motrices, olfatorias, táctiles, visuales) del objeto materno, que quedarán inscritas en el psiquismo como huellas mnémicas asociadas a la huella dejada por la vivencia de satisfacción y a la huella dejada por la excitación emanada de la necesidad corporal. De este modo, cuando reaparezca la tensión de la necesidad, y gracias a la asociación establecida, tendrá lugar un movimiento psíquico (al que Freud denomina deseo) que buscará investir nuevamente las huellas de aquella percepción del objeto, a efectos de reproducir la misma percepción satisfactoria. Cuando tal cosa se logra, se produce una alucinación consistente en una identidad de percepción.

Pero no por ello se consigue el apaciguamiento de la necesidad, por lo que esta “primitiva actividad de pensamiento” (ibidem) se muda paulatinamente en otra, más acorde al fin, consistente en la inhibición de este camino corto e inmediato y el establecimiento progresivo de un rodeo, a partir de la imagen mnémica, para buscar en el mundo externo la identidad perceptiva deseada, en un objeto real capaz de calmar la necesidad.

Como dice Freud,

“…toda la compleja actividad de pensamiento que se urde desde la imagen mnémica hasta el establecimiento de la identidad perceptiva por obra del mundo exterior, no es otra cosa que un rodeo para el cumplimiento de deseo, rodeo que la experiencia ha hecho necesario” (ibidem)(cursivas en el original).

Este conjunto de huellas mnémicas, comandadas por las huellas mnémicas visuales, se organizan como representaciones de cosa, que son el contenido primordial del sistema inconsciente de la primera tópica y que permiten la primera ligazón de la pulsión (Green, 1987) en lo inconsciente, donde la energía es libre, rigen los procesos primarios (desplazamiento y condensación) y prevalece el principio de placer (Freud, 1900, 1915b).

Una segunda ligazón tendrá lugar por medio del sistema preconsciente, tal como sucede, por ejemplo, en los sueños y en la psicoterapia (1900).

Cabe aclarar que las representaciones de cosa, no consisten en las huellas mnémicas de objetos del mundo exterior, sino en huellas derivadas de la percepción de un otro humano, de un “prójimo”, tal como refiere Freud en el Proyecto (1950[1887-1902]).

Por otro lado, es evidente que las representaciones de cosa no existen aisladas unas de otras, sino que tienden a combinarse y formar unidades mayores, sea en lo inconsciente ―“El núcleo del inconsciente consiste en representantes de la pulsión (Triebreprepräsentanzen) que quieren descargar su investidura; por tanto, en mociones de deseo” (1915b, p. 183)―, sea en sus retoños en el preconsciente, entre los que encontramos las escenas, las fantasías, los sueños diurnos, etc. (Freud,1907 [1906]; 1908 [1907]; 1909 [1908]), En la construcción de estos retoños participan tanto el sistema inconsciente como el preconsciente. De este modo, se conjugan en ellos dos tipos de pensamiento, el previamente señalado, que tiende a la ligadura del representante psíquico de la pulsión (Green, 1987) y a su descarga, y el pensar propio del preconsciente., que posee otras características. Así, en relación con las fantasías, señala Freud que reúnen notas contrapuestas, ya que presentan una alta organización y están exentas de contradicción, habiendo aprovechado todas las adquisiciones del sistema preconsciente, pero no son susceptibles de devenir conscientes. “Por tanto, cualitativamente pertenecen al sistema preconsciente, pero, de hecho, al inconsciente” (1915).

Otro tipo de pensamiento que pertenece al inconsciente es el pensar por medio de símbolos, que el pensamiento de la vigilia no conoce ni reconoce, pero que se abre paso en los sueños, los mitos, los cuentos tradicionales, los proverbios, las canciones populares y las poesías (Freud, 1915-1916).

Una de las características del pensar inconsciente es que por su intermedio se liga y se vehiculiza la pulsión, a la vez que adquiere figurabilidad el representante psíquico de la misma. Esta necesidad de conquistar la figurabilidad se halla particularmente sugerida en la segunda tópica, ya que en ella el Ello consiste en una serie de mociones pulsionales sin representante representativo ―a diferencia de lo que ocurre en la primera, en la que la representación es el dato de partida―, al cual deberán ligarse, según postula Green en diversos textos (1987; 2000; Green, Urribarri, 2013).

En lo que hace al movimiento pulsional, podríamos decir que su recorrido es predominantemente interno ―aunque la huella de la experiencia con el objeto primario sea decisiva―: comienza en el cuerpo, prosigue con el representante psíquico de la pulsión y continúa con las formaciones ya mencionadas, pero siempre al servicio del trabajo que la pulsión exige a lo psíquico “a consecuencia de su trabazón con lo corporal” (Freud, 1915a).

Es indudable que el movimiento no termina en la representación, sino que ha de llegar hasta el objeto para que la pulsión alcance su satisfacción mediante la acción específica (Freud, 1895 [1894]) y es ésta la razón por la que ha de ser tenida en cuenta la realidad y por la que será necesaria la puesta en juego de otro tipo de pensar, capaz de tomar en consideración las restricciones y peligros que aquélla conlleva.

Vale la pena aclarar que el objeto del que se trata aquí ―caracterizado del siguiente modo: “… es aquello en o por lo cual [la pulsión] puede alcanzar su meta. Es lo más variable en la pulsión” (1915a)― es visualizado desde el objeto fantasmático. El objeto de la realidad es visto siempre por el sujeto desde este entramado representacional investido libidinalmente, tal como lo expresa Freud reiteradas veces, por ejemplo, de un modo sumamente sintético, en los Tres ensayos: “El hallazgo (encuentro) de objeto es propiamente un reencuentro” (1905).

Yendo ahora al segundo tipo de pensar, referido al comienzo y mencionado por Freud en el artículo de 1911, cabe decir que le atribuye allí relación con la realidad y la función de representar las condiciones del mundo exterior por más que sean desagradables, lo que es correlativo del establecimiento del principio de realidad. Esto implica el aumento en la importancia de la realidad, de la aprehensión de las cualidades sensoriales, de la conciencia, la atención y de parte de la memoria. Asimismo, el que en lugar de la represión surja el fallo imparcial, que decide si una representación es verdadera o falsa, y que la descarga motriz se transforme en acción dirigida a modificar la realidad.

La suspensión de la descarga motriz ―“… inhibición de la proclividad a la descarga, característica de las representaciones investidas” (1915b)― ha quedado entonces a cargo del proceso del pensar preconsciente-consciente, que requiere la transformación de las investiduras libres en investiduras ligadas. “Es probable que en su origen el pensar fuera inconsciente, en la medida en que se elevó por encima del mero representar y se dirigió a las relaciones entre las impresiones de objeto; entonces adquirió nuevas cualidades perceptibles para la conciencia únicamente por ligazón con los restos de palabras” (1911).

Este último párrafo señala la importancia de las representaciones de palabra, propias del preconsciente o del yo de la segunda tópica, que establecen diversas relaciones con las representaciones de cosa y entre sí, tema que sería demasiado extenso desarrollar en el presente trabajo (Forrester, 1980; Maldavsky, 1977). Baste decir que dichas representaciones se organizan en frases y éstas en relatos, para la comprensión de los cuales es necesaria la presencia de lazos lógicos, responsables de su ensambladura. Entre ellos, podríamos citar: “sí”, “porque”, “así como”, “o bien… o bien”, “en consecuencia”, “semejante a”, “diferente de”, “contradictorio con”, etc. (Freud, 1900; Maldavsky, 1977). Son estos lazos los que organizan el “material concreto del pensamiento” (Freud, 1923), que es lo único que puede devenir consciente en el pensar visual, sin palabras (ibidem).

Sintetizando lo expuesto hasta este punto, podríamos decir que el primer tipo de pensamiento (representación cosa, fantasía, etc.), que se rige por el principio del placer, tiene como objetivo, al decir de Green (1987), ligar el representante psíquico de la pulsión y tornarlo representable, lo que lo habilita para dar lugar a la descarga del quantum pulsional, sea por la vía corta del sueño o el síntoma, sea por mediación del rodeo impuesto por el principio de realidad, con la participación del segundo tipo de pensamiento. Como hemos visto, el principio de realidad se enlaza con este tipo de pensamiento ―ligado a la representación de palabra y poseedor de lazos lógicos― y tiene como objetivo, no la cancelación del principio de placer, sino su aseguramiento: “… el yo decide si el intento [de satisfacer la pulsión] desembocará en la satisfacción o debe ser desplazado, o si la exigencia de la pulsión tiene que ser sofocada por completo como peligrosa (principio de realidad)” (Freud, 1938).

Cabe agregar que, en el Proyecto, Freud postula que el pensar solo se torna posible después de que ha tenido lugar una inhibición, por parte del yo, de la intensidad del deseo, lo que permite entonces distinguir entre percepción y recuerdo.

Cobran entonces valor los signos de realidad objetiva, suministrados por la percepción del objeto real.

Respecto a este último es útil para el sujeto compararlo con la investidura deseo del complejo de recuerdos, ya que “… la experiencia biológica enseñará que es inseguro iniciar la descarga cuando los signos de realidad no corroboran el complejo íntegro, sino solo una parte” (Freud, 1895 [1894]).

Por tal motivo, el juicio descompone el complejo perceptivo en una parte constante (a lo largo de diversos complejos-percepción), que es semejante al núcleo del yo y es denominada “la cosa del mundo”, y una parte variable: su predicado.

Esta descomposición favorece el establecimiento de la concordancia entre el complejo-recuerdo y el complejo-perceptivo ―lo que hemos llamado “la identidad perceptiva por obra del mundo exterior”―, con lo cual la descarga (acción específica) se volverá posible, poniendo término al acto de pensar.

Cuando tal concordancia no se logra, el trabajo del pensar continúa mediante investiduras nuevas que permiten llegar al elemento faltante para lograr dicha concordancia. Nos encontramos aquí con el proceso secundario del pensar reproductivo, el cual tiene entonces un fin práctico, consistente en alcanzar la identidad y el “derecho a la descarga” (ibidem).

Ha sido el interés por establecer la situación satisfactoria la que ha producido, en un caso, el meditar reproductor y, en el otro, el apreciar judicativo “… y ello, como un medio para alcanzar desde la situación perceptible dada, real, la situación perceptiva deseada” (ibidem). Esto habla del “sentido eminentemente práctico de todo trabajo de pensar” (ibidem).

Posteriormente, en el mismo texto, Freud introduce los signos de descarga lingüísticos ―que posteriormente denominará representación palabra―, los cuales “… equiparan los procesos del pensar a los procesos perceptivos, les prestan una realidad objetiva y posibilitan su memoria” [cursivas en el original] (ibidem). Tenemos así el pensar observador consciente (ibidem) o pensar discerniente (ibidem).

Dejo sin consignar aquí las consideraciones freudianas acerca de la economía del pensar, el pensar desinteresado, las representaciones-meta en el pensar, el pensar reproductor recordante, el pensar crítico, el desprendimiento de displacer en el pensar y su domeñamiento, la defensa de pensar primaria, el error en el pensar, etc. Estas elucidaciones revisten el mayor interés, pero su consideración nos alejaría del objetivo de este trabajo.

Baste consignar que el pensar práctico es “… el origen de todos los procesos de pensar, [y] sigue siendo también su meta última. Todas las otras variedades se han desprendido de él” (ibidem), y tiene lugar en el pasaje entre la representación investida y la acción específica. Su función se relaciona con la inhibición de la investidura de modo tal que no se llegue a la alucinación, y con la función del juicio, que descompone el complejo perceptivo hasta lograr la concordancia con la imagen de deseo, para dar curso, entonces, a la acción específica.

Podríamos decir, entonces, que el pensar práctico es el mediador entre la representación investida y la acción específica.

Cabe agregar que en la medida en que el pensar se interpola entre el deseo y la acción, recurriendo a los restos mnémicos de la experiencia, anticipa también si la satisfacción de la moción pulsional acarreará algún peligro (pérdida de objeto, castración, etc.), en cuyo caso el yo dará una señal de alarma que pondrá en marcha el mecanismo de la represión (Freud, 1926 [1925]; 1933 [1932]), o decidirá no llevar a cabo la acción, si el proceso transcurre de modo consciente.

Sintetizando lo expuesto hasta aquí, cabe decir que podemos diferenciar dos tramos en el recorrido que va del proceso corporal hasta la acción específica.

El primer tramo parte del cuerpo, que encuentra un representante en el representante psíquico de la pulsión, el cual inviste la representación (derivada de las huellas mnémicas del objeto primario y erigida como representación de cosa), a la vez que se descarga como afecto. Estas representaciones de cosa se ligan luego con representaciones de palabra y están en la base de las fantasías, los sueños, los sueños diurnos, etc. En estas últimas producciones participa también el pensar preconsciente, con sus lazos lógicos.

Llegamos así a la representación investida (objeto fantasmático), diferenciada de la alucinación, que tiende a buscar la satisfacción en el mundo real.

El segundo tramo, entonces, comprende el pasaje desde la representación investida a la acción específica en el objeto real y supone la puesta en juego de los diversos tipos de pensar, mencionados más arriba, que son los mediadores entre una y la otra.

Por su parte, Fonagy y colaboradores ponen el acento de modo decidido (aunque no exclusivo) en este segundo tramo, en este ámbito de la relación con el otro, pero de un modo diferente. Y es en ese aspecto que creo que tienen algo que ofrecer al enfoque psicoanalítico.

Para decirlo de una vez: en este segundo tramo privilegian el estudio de las interacciones interpersonales efectivas entre dos sujetos, así como sus perturbaciones, en el interior de las cuales sitúan el pensar mentalizador.

Así, en uno de los pocos textos en que Fonagy se ocupa de cuestiones filogenéticas, postula que las capacidades mentales se desarrollaron (en nuestros antepasados homínidos) no tanto para lidiar con las fuerzas hostiles de la naturaleza, sino para hacerlo con la competencia con los otros hombres, lo que tuvo lugar después de que nuestra especie hubo alcanzado un dominio relativo sobre el entorno físico. Fue en ese momento que nuestros congéneres se volvieron las fuerzas hostiles principales, así como los aliados más importantes en la lucha contra los otros grupos que disputaban un mismo territorio. En ese contexto, el éxito en dicha empresa dependía esencialmente de la experticia alcanzada en la cognición social, cuya faceta nuclear es la capacidad para representar simbólicamente los estados mentales. Predecir y anticipar el comportamiento del otro, forjar estrategias y prever contraestrategias, basándose en la comprensión de sus estados mentales, se volvió una herramienta poderosa en esta competencia social (Fonagy, 2006).

Más allá de la eventual exactitud de esta conjetura filogenética, lo que resulta útil de la misma es que expresa con claridad el punto de vista que privilegia este autor y torna comprensible que enfoque los procesos de pensamiento desde otro vértice, poniendo el acento en un tipo de proceso mental que, si bien no fue desconocido por Freud, no mereció su conceptualización debido a su propio ―y diferente― punto de vista en relación al pensar.

Cabe en este punto recordar las consideraciones de André Green, quien hace referencia a un cierto solipsismo en el enfoque freudiano, a la vez que destaca la presencia en el psicoanálisis actual de una especie de tercera tópica, la que se centra en la relación sí mismo-objeto (1982), de la cual el pensamiento de Fonagy es tributario.

Por su parte, considera el autor francés que más que marcar una contraposición entre ambos enfoques, resulta más adecuado a los hechos clínicos y más enriquecedor en el aspecto teórico, postular una unión indisoluble entre la pulsión y el objeto (1995), o, dicho de otro modo, una articulación entre lo intrapsíquico y lo intersubjetivo (Green, Urribarri, 2013). Éste es el punto de vista que adopto en este trabajo y de ahí mi propuesta de articular algunos desarrollos de la mentalización en el contexto del corpus freudiano.

En referencia a Peter Fonagy y colaboradores, cabe decir que han identificado y diferenciado un tipo de pensamiento al que llamaron capacidad de mentalizar (o mentalización), que podríamos definir como un pensar que habilita al sujeto para comprender el comportamiento propio y ajeno en términos de estados mentales.

Este pensamiento debe diferenciarse del pensar ―vigente en el primer tramo ya señalado― que busca la ligadura y figurabilidad de la pulsión, o su procesamiento en el interior del aparato psíquico (aunque pueda enlazarse con él de múltiples formas), como así también de aquellos tipos de pensar ―que corresponden al segundo tramo― de los que habla Freud en el “Proyecto” y que tienen al pensar práctico como su meta última.

Si bien la cognición social es central en este enfoque, los desarrollos del mismo no se restringen a ella, sino que abarcan también la mentalización del propio self, la regulación emocional y el énfasis en las relaciones interpersonales mediadas por el mentalizar.

A lo largo de más de veinte años estos autores han investigado las características de este tipo de pensamiento, su evolución, su relación con los vínculos tempranos; los tres tipos de déficits o fallas que puede experimentar, a los que denominan modos pre mentalizados (equivalencia psíquica, modo teleológico, modo como sí [pretend mode]), así como su relación con los pacientes no neuróticos y el modo en que determina una serie de desenlaces clínicos en estos pacientes.

El cuerpo teórico elaborado en todos estos años en el campo de la mentalización es de tal magnitud que sería imposible reseñarlo en este trabajo, ya que incluye las relaciones de apego tempranas con los progenitores, la constitución de las representaciones secundarias para simbolizar los afectos, los modos de pensamiento a partir de los cuales surge el mentalizar, los modos pre mentalizados, las polaridades de la mentalización, las etapas en el desarrollo del self y su relación con el mentalizar, la regulación emocional, el self ajeno, el pensamiento concreto, la hiper mentalización, etc. (Allen, Fonagy, Bateman, 2008; Bateman, Fonagy, 2004, 2006, 2016; Fonagy et al., 2002).

De todo este conjunto me centraré exclusivamente en caracterizar la capacidad de mentalizar y, posteriormente, trataré de enlazar dicha capacidad con la acción específica, como así también las fallas de esta capacidad con ciertos desenlaces psicopatológicos.

La capacidad de mentalizar o mentalización

Según la propuesta de Fonagy y colaboradores, el concepto mentalización se refiere a una actividad mental, predominantemente preconsciente, muchas veces intuitiva y emocional, que permite la comprensión del comportamiento propio y ajeno en términos de estados y procesos mentales.

También cabe definirla diciendo que este constructo se refiere a una serie variada de operaciones psicológicas que tienen como elemento común focalizar en los estados mentales, de uno mismo y de los demás. Estas operaciones incluyen una serie de capacidades representacionales y de habilidades inferenciales, las cuales forman un mecanismo interpretativo especializado, dedicado a la tarea de explicar y predecir el comportamiento propio y ajeno mediante el expediente de inferir y atribuir al sujeto de la acción determinados estados mentales intencionales que den cuenta de su conducta (Gergely, 2003).

La capacidad de mentalizar está sustentada por un cierto número de habilidades cognitivas específicas, algunas de las cuales encontramos también en la caracterización que hace Freud del pensar preconsciente-consciente (como la atención), mientras que otras son exclusivas de la mentalización.

Entre estas últimas encontramos la comprensión intuitiva de los estados emocionales ajenos, la capacidad para representar los estados mentales de los demás con contenido epistémico (creencias), la habilidad para representar estados mentales con contenido ficcional (imaginación, fantasía). Esta capacidad para representar los estados mentales ajenos es complementaria de la capacidad para diferenciarlos de los propios.

De igual forma, encontramos la capacidad para realizar juicios acerca de los estados subjetivos propios y ajenos, así como para pensar explícitamente acerca de los estados y procesos mentales, etc. (Fonagy, 2006; Fonagy, Gergely y Target, 2007).

Cabe diferenciar entre un mentalizar automático y otro deliberado. El primero no es reflexivo ni consciente (sino preconsciente), tiene un tiempo de procesamiento rápido, procesa estímulos en paralelo (gestos, tonos de voz, ritmo del habla, posturas, etc.), no requiere esfuerzo ni atención concentrada, se mueve en el registro de lo sensorial y suele conocérselo como intuición (Allen, Fonagy, Bateman, 2008). Su discernimiento no escapó a la aguda percepción de Theodor Reik (1948).

El segundo es deliberado, tiene un tiempo de procesamiento más lento, procesa la información de modo serial, se vale de las palabras y requiere esfuerzo y atención concentrada.

En relación a la capacidad para representar y hacer juicios acerca de los estados mentales ajenos, podríamos decir que fue llevada a cabo por el propio Freud hasta límites difíciles de igualar, e inclusive no se le escapó que constituía una capacidad humana universal, tal como consigna en el siguiente párrafo:

“En verdad, se puede aseverar universalmente que cada persona practica de continuo un análisis psíquico de sus prójimos, y por eso los conoce mejor de lo que cada quien se conoce a sí mismo” (1901, p. 207).

No obstante, Freud no desarrolló teóricamente este discernimiento, ni incluyó en el pensar preconsciente-consciente el pensar acerca de los estados mentales, diferenciándolo del pensar práctico e investigando los efectos de sus perturbaciones en diversas patologías no neuróticas, tal como han hecho Fonagy, Bateman y otros (Bateman, Fonagy, 2004, 2006, 2016).

El mentalizar implica también una serie de conocimientos y supuestos acerca de los estados mentales, que son de dos tipos: generales e idiosincráticos. Entre los primeros encontramos, entre otros, el conocimiento del tipo de experiencias que están en el origen de ciertas creencias y emociones, de las actitudes y comportamientos esperables dado el conocimiento de determinadas emociones, motivaciones y creencias, de las relaciones transaccionales esperables entre emociones y creencias, como así también de los estados mentales propios de determinada fase del desarrollo, o de determinado tipo de situación vincular (como el amor de la madre por su hijo, por ejemplo). Este conocimiento no está organizado en forma declarativa, sino en forma procedural, por lo que no es de esperar que las distintas personas puedan articularlo de modo explícito, pero sí que incida de modo implícito en el desempeño mentalizador que tiene lugar en las relaciones interpersonales (Fonagy et al., 1998).

Entre los idiosincráticos encontramos el conocimiento de los estados mentales habituales de tal o cual persona particular, de su modo de funcionamiento mental, de su forma de reaccionar a determinadas situaciones interpersonales, etc., que le son propias. La experiencia muestra que cuanto mayor conocimiento tenemos de una persona, mayor es nuestra capacidad para entender su comportamiento en términos de sus estados mentales y su modo de funcionamiento mental.

Por otra parte, para focalizar en los estados mentales y poder reflexionar sobre ellos, necesitamos contar con un sistema representacional simbólico para los mismos, que es específico y diferente del conjunto de representaciones con las que pensamos el mundo de los objetos materiales. Así, el niño de tres años de edad posee una serie de símbolos para operar en el mundo físico, pero no posee aún símbolos para sus propios procesos mentales (Fonagy, 1991). Estos símbolos se construyen a lo largo de un complejo proceso, que comienza por la construcción de representaciones secundarias para simbolizar los afectos. En dicho proceso, el reflejo parental de los estados emocionales del niño juega un rol cardinal (Fonagy et al., 2002).

La caracterización del mentalizar esbozada hasta este punto, subraya tres variables que le son específicas: a) determinadas habilidades cognitivas; b) ciertos conocimientos generales e idiosincráticos; 3) un sistema simbólico particular.

Esta caracterización muestra con claridad lo propio de este modo de pensamiento, así como su diferencia con el pensar práctico ya mencionado. Asimismo, permite postular la importancia que posee su deslinde y caracterización detallada, en la medida en que sus disfunciones se encuentran en la base de perturbaciones de la más variada índole, según postulan los autores previamente mencionados (Bateman, Fonagy, 2004, 2006, 2016).

Por lo demás, podríamos incluir este tipo de pensamiento en la secuencia que hemos consignado más arriba: soma ― representante psíquico de la pulsión ― representación de cosa ― fantasías y otras formaciones complejas ― representación de palabra ― pensar preconsciente-consciente… incluyendo el mentalizar. La justificación de esta inclusión se pondrá de manifiesto en los dos apartados siguientes.

Acción específica y satisfacción pulsional mediada por la mentalización

Podríamos ahora considerar el hecho de que en la teoría freudiana el objeto es caracterizado ―tal como hemos dicho― como aquello en lo cual la pulsión puede encontrar su satisfacción (Freud, 1915a). En su enfoque el objeto es, por tanto, visto básicamente desde el punto de vista de la pulsión y no es resaltada ni su actividad ni su condición de “sujeto”, así como tampoco se pone el énfasis en el intercambio que tiene lugar, en las relaciones interpersonales, entre dos sujetos.

Otro aspecto importante de la relación con el objeto, tiene que ver ―tal como ha sido mencionado― con la acción específica que se realiza sobre el mismo a efectos de lograr la satisfacción pulsional (Freud 1950 [1887-1902]). En este caso el otro es visto como un “objeto” de la realidad, a la que hay que tener en cuenta y cuyos peligros hay que evitar (Freud, 1938). En el acceso a este objeto tiene lugar ―según hemos dicho ya― un rodeo, diferente al circuito corto a través del cual se satisface la pulsión en el sueño, el sueño diurno y el síntoma.

En los desarrollos de André Green, y en la medida en que este autor habla de una unión inextricable entre la pulsión y el objeto (1995), se pone el acento en la relación, así como en la necesidad de tener en cuenta al objeto de la realidad. Entre otros párrafos elocuentes al respecto, cabe citar el siguiente:

“La evolución exige, no como decía Freud, que la pulsión acabe domesticada por el yo, sino que éste consiga ligarla. Entonces, y solo entonces, el objeto podría ser reconocido en su realidad, lo cual implica una cierta renuncia al cumplimiento irrestricto de la totalidad de las metas pulsionales. De un lado, porque no todas las que nacen en su mundo interno pueden ser satisfechas, pero, además, porque el sujeto se ve llevado a considerar también las pulsiones del objeto, fijándose la meta de satisfacerlas, al menos en parte, incluso si algunas de ellas no gozan de su favor” [cursivas agregadas] (Green, 1995, pp. 43-44).

En este párrafo de Green se ve un cambio considerable respecto al enfoque de Freud, ya que el “objeto” es considerado como un sujeto que tiene sus propias pulsiones, que hay que tener en cuenta para que sea posible alcanzar la satisfacción.

De todos modos, cabe agregar que la conceptualización de Green, del otro como sujeto, no va mucho más allá de señalar su condición de sujeto de pulsiones, que es menester tener en consideración.

En el enfoque de Fonagy, en tanto el mentalizar (considerado como aprehensión de los estados mentales ajenos) permite anticipar cómo determinada actitud (o verbalización) propia impactará en el otro, su eficaz desempeño posee la mayor importancia para regular la propia conducta en función de la reacción probable del otro que podamos prever.

Para lograr este rendimiento tienen que tener lugar una serie de complejos procesos mentales.

Uno de ellos consiste en la capacidad para construir un modelo de la mente del otro que nos permita aprehender los estados desiderativos, afectivos y cognitivos que tienen lugar en él en determinada situación vincular, de un modo descentrado, esto es, desde el punto de vista del otro y no como mera proyección de nuestras características o ilusiones. A partir de esta información, será posible prever cómo será vivida por el otro una solicitud pulsional determinada (una propuesta amorosa o erótica, por ejemplo).

Dicha previsión, edificada sobre la inferencia de los estados mentales ajenos, se encuentra en la base de la decisión de si dar cauce, o no, a la moción pulsional de que se trate, así como del “modo” en que habrá de dársele cauce para que la misma encuentre una respuesta que permita alcanzar la satisfacción, lo que da una idea de la importancia del mentalizar en la tramitación del empuje pulsional.

La imposibilidad de realizar algunas de estas operaciones (inferir los estados mentales ajenos, anticipar las consecuencias de la propia acción, identificar el mejor modo de dar cauce al empuje pulsional teniendo en cuenta el sentir del otro) da pie para toda clase de conflictos interpersonales, desarrollos de afectos displacenteros y frustraciones en el intento de canalizar la pulsión, esto es, de llevar a cabo la acción específica.

Podemos decir entonces que para encauzar el devenir pulsional de modo satisfactorio en un entramado intersubjetivo específico, es necesario ponerse intuitivamente en el punto de vista del otro, identificar su deseo o saber cómo despertarlo (a partir de la construcción de un modelo de su mente) y llevar a cabo aquel repertorio de acciones que encuentren un eco en él, con las que sintonice, que ayuden a crear un clima de reciprocidad, etc. Sin ello, la acción específica carecería de guía para poder llegar a un desenlace adecuado.

Lo que se vuelve importante del objeto en este punto no es solamente aquello que lo hace atractivo como objeto de la pulsión, sino también aquello que lo convierte en un sujeto con un deseo propio, con modos de sentir, creencias, representaciones, valoraciones, etc., también propios. En suma, con una serie de estados mentales que es necesario tener en cuenta, ya que deciden acerca de su conducta y de su respuesta a cualquier solicitud que se le haga. Y es solo en la medida en que son tenidos en cuenta y en que se puede incidir sobre ellos de algún modo, que el empuje pulsional puede ser satisfecho de un modo interpersonalmente satisfactorio.

De este modo, vemos cómo en este punto (la satisfacción pulsional en el mundo real) es posible lograr una fructífera inclusión del mentalizar en el pensar preconsciente-consciente, que da cuenta del tipo de rodeo que es necesario llevar a cabo para satisfacer la pulsión.

Podríamos ilustrar esta idea con el caso de un paciente de cuarenta y cinco años, separado, al que llamaremos Fernando, que conoció a una mujer, Marisa, en una reunión, la cual le pareció muy atractiva y seductora. Salió con ella dos veces sin que el acercamiento físico pasara a mayores, no obstante el deseo ardiente que en él se había despertado y el enamoramiento que comenzaba a sentir. Así las cosas, Marisa lo invitó a cenar a su casa, en la que convivía con su hijo de dieciséis años, Germán, fruto de un matrimonio que se había truncado por la muerte de su cónyuge, cinco años atrás.

Durante la cena, el hijo hizo gala de sus habilidades deportivas e intelectuales en una serie de relatos sobre la escuela, mientras su madre lo miraba arrobada. Por lo demás, en la medida en que Fernando expresó algunas ideas políticas y opiniones sobre un coche que pensaba comprar, Germán descalificó sus opiniones con actitud soberbia y hostil.

En la sesión en la que hizo el relato de esta velada, Fernando refirió la hostilidad que en él se había despertado a raíz de la actitud y comentarios del hijo de su amada, agregando que había tratado de responderle de la manera más suave y conciliadora posible, porque el amor que había identificado en Marisa hacia Germán (y que podríamos también considerar como un conocimiento general, en el sentido expuesto más arriba) podría hacer que ésta se molestara con él si hubiese respondido de una manera hostil hacia ese “chaval engreído”, como lo llamó en la sesión. Pensó entonces que las actitudes de Germán, que supuso derivaban de los celos que su presencia había despertado, así como el amor de Marisa hacia su hijo, eran dos variables que tenía que tener muy en cuenta si quería avanzar en la relación con ella. Por esta razón, pensó que su trato con el hijo debía mantenerse en el cauce que había podido sostener durante la cena, esto es, inhibiendo la hostilidad que le surgiría si situaciones de similar índole volvían a repetirse, a los efectos de no predisponer a Marisa de manera negativa hacia él.

En este breve y sencillo ejemplo podemos ver cómo, a los efectos de llevar a cabo la acción específica, la consumación de sus deseos sexuales y amorosos, el paciente necesita “mentalizar”, esto es, aprehender el sentimiento de Marisa hacia Germán y anticipar las consecuencias que tendría en el sentir de aquélla que él se dejase llevar por el impulso a mostrarse hostil, a su vez, con su hijo. Esta aprehensión y la anticipación basada en ella, permitía que inhibiera dicho impulso a los efectos de no obstaculizar la concreción de la acción específica. Vemos cómo operan también en esta situación la mentalización del self (identificación del impulso hostil) y la regulación emocional (inhibición del mismo).

La experiencia clínica, así como las experiencias de la vida de cada quien, muestran con elocuencia que el caso mencionado no es una excepción, sino más bien la regla, en la medida en que la capacidad para aprehender los estados mentales de la persona amada, así como los propios, como asimismo la de anticipar consecuencias de determinadas acciones, son variables de la mayor importancia a los efectos de que la acción específica pueda tener lugar. Podríamos decir, entonces, que en este sentido le hacen de guía.

De todos modos, cabe agregar que en el ejemplo mencionado lo que primordialmente vemos en acción es la mentalización deliberada. En la mayor parte de las interacciones que tienen lugar en el camino hacia la consumación de la acción específica, en cambio, juega un papel de la mayor importancia la mentalización involuntaria, que procede de un modo que podríamos llamar intuitivo, según fue mencionado con anterioridad.

Mentalización en el trabajo clínico

Llegados a este punto vale la pena consignar que la identificación, deslinde y caracterización de este tipo de pensar (el mentalizar) no solamente resulta de interés en tanto nos permite un mejor discernimiento de la dimensión interpersonal en que tiene lugar la acción específica, sino que también nos resulta de la mayor utilidad a los efectos de comprender ―y actuar sobre― diversos tipos de perturbaciones que pueden ocurrir en él, las que son responsables de diversos desenlaces y dificultades clínicas.

Dada la variedad de estas perturbaciones, cuya consideración excede largamente el espacio disponible en este trabajo, en lo que sigue me limitaré a describir una sola de ellas, la “equivalencia psíquica”, uno de los modos pre mentalizados que pueden activarse cuando colapsa el mentalizar.

Diremos entonces que cuando este modo pre mentalizado forma parte de la problemática clínica de un paciente adulto, estamos asistiendo a la reactivación de una manera de experimentar el mundo interno que es normal en la temprana infancia. Hasta los tres años de edad, aproximadamente, el pensamiento del niño es muy diferente de lo que es para el adulto promedio, ya que no ha adquirido todavía una teoría representacional de la mente y, por tanto, no considera que sus ideas sean representaciones de la realidad, sino más bien réplicas directas de la misma, reflejos o copias de ésta que son siempre verdaderas y compartidas por todos (Gopnik, 1993).

Cuando tiene vigencia este modo de experimentar el propio pensamiento, no es posible que haya distintos puntos de vista sobre el mismo hecho, ya que pensamiento y realidad no se diferencian y, por tanto, hay solo una única forma de ver a esta última (Target, Fonagy, 1996) y basta la existencia de una idea para que sea considerada como “real”. Lo que existe en la mente ha de existir en el exterior, y lo que existe fuera ha de existir también en la mente.

En los pacientes límite vemos que en ciertas situaciones padecen una perturbación de la capacidad que permite diferenciar los pensamientos de la realidad efectiva, junto con una reactivación de este modo pre mentalizado, lo que configura entonces un modo de funcionamiento mental diferente al normal o al neurótico, ya que en este último caso no se pierde la capacidad de tomar a la representación como mera representación en el preconsciente o en la conciencia (sabemos que en el sistema inconsciente dicha diferenciación no se produce, según nos enseña Freud en 1911).

Esta diferenciación entre “mera representación” y “equivalencia psíquica” posee la mayor importancia, no solo en cuanto a las manifestaciones que produce la vigencia de la segunda, sino también en lo que hace al enfoque clínico que debemos adoptar en un caso y en el otro. Cuando lo que predomina es un modo de experimentar el mundo interno en el que la representación es reconocida como tal (un modo “mentalizado”), cabe trabajar mediante un abordaje interpretativo que busque desvelar lo latente de dicha representación, sea que ésta aparezca como síntoma, fantasía, sueño, idea obsesiva, etc. En tanto el paciente reconoce este carácter “representacional” de sus fantasías, sueños y creencias, se predispone a trabajar sobre ellas en la búsqueda de los determinantes que las subtienden. Pero si en él predomina el modo de equivalencia psíquica, el intento del terapeuta por “interpretar” dicha manifestación confundirá al paciente (¿cómo “interpretar” algo que es “real”?), lo perturbará, o no tendrá el menor efecto sobre él.

Intentaré ilustrar esta diferencia con dos breves viñetas clínicas, de dos pacientes diferentes.

La primera se refiere a una paciente con rasgos histéricos y fóbicos, con un funcionamiento mental mentalizado, que presentó, como uno de sus motivos de consulta, la angustia que le despertaban las relaciones sexuales y el dolor que sentía en las mismas. En el curso del trabajo analítico fuimos descubriendo que poseía una imagen de su novio como agresivo y de su pene como un arma que podría dañarla (como resultado de la proyección en él de su propia hostilidad hacia los hombres). En los comienzos del trabajo sobre esta temática la paciente seguía viviendo de esta forma a su novio y sintiendo angustia pero, a la vez, podía identificar conscientemente que se trataba de una imagen suya y no de una “realidad”, aunque este saber no implicara en el primer momento mayores cambios en su sentir. Más allá de cómo prosiguió el análisis de esa situación ―que no es el objeto de este escrito― lo esencial para nuestro tema es que el “carácter representacional” que la imagen mencionada del novio tenía para la consultante, posibilitaba que la misma se volviera “analizable” y que pudiera ser abordada mediante un trabajo interpretativo, con la colaboración de la paciente, en la medida que sus resistencias se lo permitían.

Como dicen Target y Fonagy (1996): “El analista y el paciente discuten fantasías, sentimientos e ideas que “saben”, al mismo tiempo, que son falsas” (Target, Fonagy, 1996, pág. 66).

Distinta fue la situación en el caso de una paciente esquizoide con rasgos paranoides y evitativos. La consultante comenzó una relación de pareja a poco de iniciado el análisis y al poco tiempo relató una situación en la que su novio se había mostrado algo agresivo, lo que desencadenó en ella una intensa angustia. A la semana siguiente relató que su pareja se había rapado el pelo, lo que la angustió porque lo vio transformado en un militar (un militar la había violado en su adolescencia). A partir de ese momento interpretaba diversos estados de malhumor y actitudes algo bruscas de su novio como signos de una violencia que ella suponía intensa y contenida, pero susceptible de emerger en cualquier momento de una manera brutal, lo que le daba mucho miedo y era origen de múltiples dificultades en la relación. Hablaba de esto con la mayor seguridad y sin que asomara en su decir un atisbo de duda o crítica respecto de sus propias afirmaciones (lo que hubiera indicado la activación de la capacidad de mentalizar).

Intenté entonces una aproximación similar a la mencionada en la viñeta anterior, ya que conjeturaba también en este caso (a raíz de una serie de indicadores) una proyección de la propia hostilidad en la persona de su pareja. Comencé diciendo que suponía que lo que ella veía en su novio era una “imagen” que había construido de él como violento, cuya razón de ser sería cuestión de investigar. Pero esta intervención desató una reacción levemente paranoide y una fuerte angustia en la paciente: si ella creía (o yo le hacía creer) que se trataba de una “fantasía” suya, esto haría que bajara la guardia y que quedara inerme frente a la “realidad” de la agresión de él. Si mi intervención resultó tan perturbadora fue porque en aquél entonces no advertí con suficiente claridad que en la paciente se había reactivado un modo de experimentar el mundo interno, consistente en la “equivalencia psíquica”, por lo que sus pensamientos eran para ella equiparables a la realidad: era “real” la violencia del novio, y constituía un elevado riesgo que “le hicieran creer” que la misma era solo una fantasía suya.

La comprensión de esta situación me llevó a realizar un abordaje diferente, centrado no ya en la interpretación, sino en estrategias y técnicas que buscaban favorecer la reactivación de las capacidades mentalizadoras inhibidas, de modo tal que la equivalencia psíquica fuera reemplazada por el mentalizar (esto es, por la dimensión “representacional” de la mente) y se recuperara paulatinamente la capacidad reflexiva. Y fue solo en la medida en que se iba logrando este objetivo y que la paciente recuperaba poco a poco dicha dimensión representacional, así como la capacidad de interrogarse y de reflexionar sobre su propia mente, que comenzaba a ser posible inquirir por las razones de esa construcción mental (el hombre como violento) y trabajar de un modo centrado en la interpretación.

Consideraciones finales

Las consideraciones propuestas hasta este punto pretenden llamar la atención sobre una serie de desarrollos recientes, poco conocidos en el ámbito del psicoanálisis, algunos de los cuales considero que pueden ser integrados provechosamente en el contexto del pensamiento psicoanalítico, y más específicamente, del pensamiento freudiano y del psicoanálisis contemporáneo (Green, Urribarri, 2013; Revue Française de Psychanalyse, 2001).

No obstante, dichas consideraciones adolecen de, al menos, dos limitaciones. Por un lado, no he llevado a cabo una reflexión metapsicológica acerca del pensamiento mentalizador y de los modos pre mentalizados, aunque en la obra de Freud se encuentran referencias que podrían utilizarse provechosamente para tal fin. Por esa razón, las consideraciones que he vertido en este escrito sobre las propuestas de Fonagy y colaboradores se despliegan en un plano diferente, más descriptivo, que aquél en el que se encuentran los conceptos freudianos que he reseñado.

Por otro lado, he tomado en consideración solo unas pocas ideas del complejo acervo conceptual producido por estos últimos autores, lo que no permite formarse una idea cabal de sus desarrollos teóricos y sus propuestas clínicas.

De todos modos, el presente escrito no pretende ser más que un pequeño aporte en la dirección de articular estos desarrollos y propuestas en un marco conceptual psicoanalítico. Si dicha articulación se ha logrado, queda cumplido el objetivo que me había propuesto al redactar estas páginas.

Referencias

1. Gustavo Lanza Castelli. Psicoanalista. Psicoterapeuta acreditado por la Federación Latinoamericana de Psicoterapia y el World Council for Psychotherapy.
Presidente de la Asociación Internacional para el Estudio y Desarrollo de la Mentalización.
Director de Mentalización. Revista de Psicoanálisis y Psicoterapia, disponible en  http://revistamentalizacion.com | gustavo.lanza.castelli@gmail.com

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Por gentileza de Temas de psicoanálisis

Las pasiones tristes agenciadas por los nuevos modos de la derecha y el fascismo

Enrique Carpintero
Psicoanalista. Director de la revista Topía
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El fascismo histórico

El 28 de octubre de 1922 Benito Mussolini celebra el triunfo de la insurrección que él mismo denominó “la marcha sobre Roma”; de esta manera logra tomar el poder en Italia. Un día después escribió un editorial en el diario Il Popolo d´Italia: “La situación es esta: la mayor parte de Italia septentrional está completamente en poder de los fascistas. Toda la Italia central (…) está ocupada por los ‘camisas negras’ (…) La autoridad política -algo sorprendida y muy consternada- no ha sido capaz de enfrentarse al movimiento (…). El gobierno debe ser claramente fascista (…). Esto ha de quedar claro para todos (…). Cualquier otra solución será rechazada (…). La inconsciencia de ciertos políticos de Roma oscila entre el grotesco y la fatalidad; que se decidan de una vez. El fascismo quería el poder y lo tendrá” [1].

Es cierto, lo tuvo durante más de 20 años.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, en Italia se empezaron a enfrentar dos formaciones políticas contrapuestas. Por una parte, los veteranos que habían sido partidarios de la guerra donde, desde posturas nacionalistas se consideraban los defensores de la victoria; por el otro, los socialistas y comunistas que denostaban la guerra, eran internacionalistas y querían hacer una revolución proletaria al estilo del gobierno soviético de la Rusia de Lenin. En este contexto aparece en la escena política Benito Mussolini, quién tenía una gran ambición política y era un reconocido orador; siendo director del diario socialista Avanti! escribía incendiarios editoriales políticos. No obstante, al poco tiempo considera que no puede liderar el partido, con lo cual no duda y renuncia para fundar otro periódico que llama Il Popolo d´Italia. Fiel a su pragmatismo hace un giro a la derecha y empieza a escribir las primeras consignas que nuclean al fascismo; el eje de su política era la violencia contra los socialistas, los comunistas, los liberales y todos aquellos que se opusieran a un gobierno nacional autoritario. Era un grupo muy pequeño cuando funda los Fasci di combattimento quienes junto a los futuristas de Gabriele D´Anunzio y los Arditti (nombre con que se conocía a los antiguos comandos del ejercito creados para la guerra y que tenían una ideología ultranacionalista) participaban de acciones violentas contra los opositores del fascismo. En ese primer momento Mussolini era un hombre aislado dirigiendo un pequeño grupo que no obtenía el apoyo de la población. De allí que, ante los triunfos electorales de los socialistas y comunistas y las movilizaciones de los sindicatos, se presenta como un movimiento “surgido como una reacción a la degeneración bolchevique del PUS” que se va afianzando “por medio de tiros de revolver, incendios y destrucciones (…) el fascismo no es una reunión de políticos, sino de guerreros.” [2]. Frente a este panorama, los sectores de poder dominantes y la clase media encuentran en Benito Mussolini y sus “camisas negras” a quienes pueden poner orden y disciplina para hacer una “limpieza de los elementos subversivos”. Los errores políticos de los partidos de izquierda afianzan una guerra civil antisocialista que se desarrolla en varias provincias. En ese momento escribe en Il Popolo d´Italia: “las manías ministeriales se obstinan en considerar la marcha sobre Roma como una metáfora, pero la marcha ya está en curso, en la historia, porque Roma está infectada y hay que marchar para purgar la herida, para arrebatársela de las manos a los politicastros ineptos. La milicia está lista reformada por la violencia de un ejército en guerra, la profecía de la violencia se hace realidad, hay una violencia que libera y otra que encadena, la masa es manada, el siglo de la democracia ha terminado, el Estado liberal es una máscara, el fascismo es la Italia joven, fuerte, viril, el impacto es inevitable, el momento es propicio, la hora del ataque es esta, la profecía es ahora. Cuando suene la campana, marcharemos como un solo hombre.” [3]

En este período Italia tenía un gobierno democrático liberal que aprobaba los métodos violentos de Mussolini contra los sindicatos obreros y los partidos de izquierda. Cuando se produce “la marcha sobre Roma” el gobierno se asusta y le pide al rey Víctor Manuel que le declare la guerra a los fascistas. Era tarde: el rey apoyado por los grandes empresarios se niega; lo cual lleva a que se produzca la dimisión del gobierno y se declare a Mussolini presidente de Italia. Es así como cuestionando la democracia “del número” restringe el sufragio universal masculino, censura a la prensa, elimina los sindicatos de izquierda, el derecho de huelga, anula los partidos políticos, establece la policía secreta y organiza, bajo el liderazgo absoluto del Duce, un Estado sostenido en la represión a toda disidencia.

En la Guerra, su alianza con Hitler, lo lleva a que su política comience a deteriorarse y en 1943 es destituido y detenido; lo encierran en una cárcel del Norte de Italia donde, a los pocos meses, un comando alemán lo libera. Trata, sin éxito, de fundar una república Social Fascista en Saló. Al finalizar la guerra intenta fugarse de Italia, pero es apresado por partisanos que lo fusilan.

Maus: el gato que intentó exterminar a todos los ratones

El fascismo encuentra la forma de extenderse en las particularidades propias del nazismo en Alemania que, probablemente no hubiera existido sin el peso que tenía Mussolini en muchos países de occidente. Recordemos que el Duce consideraba a Hitler un discípulo y este sentía una profunda admiración por su maestro.

La Shoah es la expresión paradigmática de la barbarie nazi. Mucho se ha escrito -aunque nunca es suficiente- sobre las tremendas consecuencias que llevaron a la idea de implementar “la solución final” con la población de origen judío. La novela gráfica Maus -nada mejor que utilizar la expresión que usó Oscar Masotta sobre la historieta como “literatura dibujada”- que ganó el premio Pulitzer, nos plantea abordar el tema del Holocausto desde una mirada emocional que la asemeja al desgarrador documental Shoah dirigido por el francés Claude Lanzmann.

La historieta creada por Art Spiegelman tiene un estilo sencillo en blanco y negro que refuerza lo que el ser humano es capaz de hacer si se deja llevar por el odio con promesas ilusorias. De una manera irónica y trágica el autor nos cuenta hechos históricos y personales que se refuerzan al estar los personajes representados por animales: los nazis son dibujados como gatos y los judíos como ratones; las pocas personas polacas que encontramos son chanchos y los franceses conejos. Si bien el autor no explica esta forma de representación, la podemos entender como una ironía al leer los epígrafes que aparecen en los dos tomos que componen la obra. En el primero de 1986, cuyo título es “Mi padre sangra historia”, lo encabeza con una frase de Hitler: “Es indudable que los judíos son una raza, pero no son humanos.”; la segunda parte de 1991, titulada “Y aquí comenzaron mis problemas”, transcribe como epígrafe un artículo periodístico publicado en Alemania durante 1935: “El ratón Mickey es el ideal más miserable que haya habido…las emociones sanas le indican a cualquier joven independiente y muchacho honorable que esa sabandija inmunda, el mayor portador de bacterias en el reino animal, no puede ser un tipo ideal de personaje…¡Fuera la brutalización judía del pueblo! ¡Abajo el ratón Mickey! ¡Usemos la cruz esvástica!” [4].

Sin palabras: ¡los dibujos empiezan a hablar por sí solos!

Art Spiegelman nació en Estocolmo en 1948, sus padres Anja y Vladek eran judíos polacos que sobrevivieron al campo de concentración de Auschwitz. La familia se traslada a EEUU cuando Art tenía tres años.

La historieta relata las terribles vivencias de los padres de Spiegelman durante los años previos a la guerra hasta que finaliza en 1945. A través de varias conversaciones con su padre reconstruye historias que carga sobre sus hombros. Además, incluye la difícil relación entre ambos. Con toda la empatía que podemos sentir por un sobreviviente, su hijo no escatima en señalar a una persona egoísta, ingrata, misógina, y racista; como cuando llama Schvartze (un término despectivo en idish para referirse a las personas negras) a un afroamericano. Regaña a su hijo por la ropa que lleva puesta o como come; persigue a su segunda esposa con interminables quejas. Sin embargo, mientras pedalea con su bicicleta o cuando caminan juntos va relatando historias tremendas que reflejan lo peor del Holocausto.

Dos suicidios son muy importantes en el texto. El primero, el de la madre de Art que había publicado años antes de dibujar Maus, y que en este texto aparece como una pieza separada e insertada; es una secuencia de cuatro páginas donde es la única parte de la historia que dibuja a seres humanos reales. En ella vemos como Art al final se encuentra rodeado de un laberinto interminable de celdas con barrotes y grita: “Me asesinaste, mami, y me mandaste aquí para recibir la culpa.”

En los encuentros con su padre quiere conocer la historia de su madre. Cuando descubre que ella escribió un diario trata de encontrarlo; pero, a su pesar, se entera que Vladek los quemó. Su reacción es de mucha bronca, que se va atemperando a medida que transcurre el relato; al final del primer volumen le susurra a su padre la palabra “asesino” ya que considera que volvió a matar a su madre al quemar los diarios.

El segundo suicidio es el de su hermano Richieu. En la época del nazismo sus padres envían a su hijo de cinco años a vivir con su tía, ya que era un gueto más seguro. Al poco tiempo, cuando los nazis entran para exterminar a los habitantes de ese gueto, la tía Tosha le da al niño y a otro primo veneno y se mata. El peso de esta historia es tan fuerte que lo lleva a Art a iniciar el segundo volumen con una foto de su hermano.

El tema del suicidio de los sobrevivientes del Holocausto nunca se ocultó: muchos judíos se suicidaron. Sin embargo, en el Estado de Minnesota en EEUU lo “políticamente correcto” llevó a que Maus se “cancelara” -como se nombra a una nueva forma de censura- por mostrar “escenas crudas sobre el suicidio.” Sabemos que no se puede exponer el Holocausto sin encontrarse con sentimientos incomodos de tristeza, miedo, rabia, dolor, desesperación. Vladek es un héroe sobreviviente de la barbarie de la historia: junto a su esposa, cuando se quedaron sin un hogar donde se podían proteger, caminaban las calles heladas de Polonia refugiándose en graneros; en Auschwitz, inhalando las chimeneas de los crematorios y conviviendo con los cadáveres de sus compañeros; sin embargo, encontraron formas creativas de sobrevivir. Esta es su enseñanza, aunque sus contradicciones no solo molesten a su hijo, sino también al lector que puede dar cuenta del costo de haber padecido un horror imposible de ser narrado. En este intento, Art Spiegelman logra con-movernos.

Los nuevos modos de la derecha y el fascismo: el fascismo neoliberal

En la actualidad, predomina una gran frustración que se manifiesta -en especial, en los sectores jóvenes- en el desarrollo de los efectos de la pulsión de muerte: la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada; la depresión y la violencia son los síntomas paradigmáticos de nuestra cultura. Es en este marco donde aparecen nuevos modos de la derecha y del fascismo cuya política -como en el fascismo clásico- es gestionar el odio de la clase media y de algunos sectores obreros para dirigirlo hacía grupos sociales estigmatizados: inmigrantes, musulmanes, mujeres feministas, judíos, la casta de los políticos, etc. [5].

Desde esta perspectiva, nos equivocamos si limitamos el miedo al fascismo a cierta imagen de Mussolini, de Hitler o del Holocausto. No debemos olvidar sus políticas de barbarie: es necesario seguir recordando. Sin embargo, la forma que actualmente gestionan el odio las diferentes formas de la derecha y del fascismo tienen otras particularidades. El fascismo clásico, en Italia, era de origen popular donde sostenía una violencia que llamaba purificadora, en la que adhería al triunfo de la voluntad sobre la razón. El nacional-socialismo ha trocado en nacional-liberalismo. De allí que hoy abarca una multiplicidad de corrientes e ideas, algunas de fuerte contenido neofascista, como en Italia con “La Liga” de Matteo Salvini y de “Los Hermanos de Italia” de Giorgio Melani, y neonazi con “Alternativa para Alemania”. Pero también aparecen variantes, que dan cuenta de particularidades propias de la cultura de cada país entre las que podemos mencionar el anarcocapitalismo (donde podemos ubicar a Milei), el nacionalcatolicismo (cuyo eje es atacar lo que llaman “la ideología de género”, propuesta por los movimientos feministas y las diversidades sexuales), el nacionalbolcheviquismo y podríamos seguir. Una mención aparte es el movimiento populista liberal de Trump (amigo de Mauricio Macri y Patricia Bullrich) donde se nuclean los supremacistas blancos, el Ku Klux Klan, los negacionistas del cambio climático, los que sostienen la teoría paranoica del “Gran Reemplazo” en la que los blancos van a ser reemplazados por negros, hispanos, judíos o mahometanos. Esta diversidad de perspectivas se entrecruzan y potencian mutuamente ya que encuentran su fuerza en crear un enemigo común donde dirigen su odio en la defensa de un individualismo a ultranza. La importancia de su propuesta radica en que es un nuevo tipo de fascista que ganó porque apoyándose en la devastación social y subjetiva producida por el capitalismo financiero y la digitalización supo expresar y construir subjetividades fascistas, racistas y sexistas. De esta manera le supo dar “voz” y expresión política a los miedos y angustias del hombre endeudo desplazando la confrontación al campo identitario poniendo a los blancos contra los migrantes, mujeres, extranjeros, afroamericanos y otras minorías [6].

El odio alimentado por estos grupos es sostenido por las creencias y los prejuicios socialmente asentados y trasmitidos por la cultura hegemónica sobre el género, el color de piel y la orientación sexual. Su difusión a través de Fake news (el eufemismo con que circulan las mentiras en las redes sociales) van dirigidos centralmente a los jóvenes blancos de clase media cisheterosexual. Allí nos encontramos con una masculinidad con fallas identificatorias [7] cuyas consecuencias son la misoginia, la LGTBfobia en la defensa de un modelo tradicional de masculinidad que defiende la derecha fascista. Por ello los efectos de las pasiones tristes son agenciados por las derechas y los nuevos modos del fascismo que les dan consistencia a las subjetividades devastadas del capitalismo neoliberal.

Como dice Mauricio Lazzarato [8], el auge de estos movimientos y partidos del fascismo-liberal encuentra su razón en la capacidad que ha tenido el neoliberalismo de hacernos olvidar como éstos se constituyen a través de su violencia fundadora; en especial en América Latina con Pinochet en Chile, la dictadura militar genocida en nuestro país y por los generales de los gobiernos en Brasil y Uruguay. Milton Friedman, líder de la escuela neoliberal denominada Los Chicago Boys, fue su principal apoyo y asesor en la organización de la economía de estos gobiernos. En todos debemos reconocer el alcance de estos procesos neoliberales no solo en el aspecto social y económico sino en la dimensión subjetiva; ya que, como decía Margaret Thatcher: “Las ciencias económicas son el método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma.”

Por ello la pregunta que se impone es ¿Cómo lograr que este objetivo deje de cumplirse? Debemos reconocer que, en todos estos años aparecieron fuerzas políticas de izquierda y progresistas que se le opusieron, algunas definidas como populismos progresistas, donde -al decir de Ernesto Laclau- el “significante vacío” fue ocupado por el pueblo; sin embargo, no alcanzaron para frenar a la ultraderecha. Al contrario, en ciertos aspectos la potenciaron. Por ello es importante reconocer lo que afirma Lazzarato: “La alternativa ´fascismo o revolución´ es asimétrica, desigual: estamos inmersos en una sucesión en apariencia irresistible de ´rupturas políticas´ ejecutadas por fuerzas neofascistas, sexistas y racistas; y la ruptura revolucionaria resulta ser por el momento una mera hipótesis dictada por la necesidad de reintroducir lo que el neoliberalismo logró borrar de la memoria, de la acción y de la teoría de las fuerzas que luchan contra el capitalismo. Esa ha sido su victoria más importante” [9].

En este sentido, las nuevas formas del fascismo y de la extrema derecha no es una opción más, sino son movimientos y grupos políticos cuyo objetivo es destruir las libertades, la igualdad, la justicia social y el medio ambiente apelando al odio que se sostiene en miedos que generan problemas de Salud Mental y contribuye a que el mundo vaya siendo un lugar imposible de ser habitado.

Referencias

1. Scurati, Antonio, M. El hijo del siglo, Penguin Randon Hause, Barcelona 2020.

2. Scurati, Antonio, Op. Cit.

3. Scurati, Antonio, Op. Cit.

4. Art, Spiegelman, Maus, Tomo I, Mi padre sangra historia, Tomo II, Y aquí comenzaron mis problemas, Emecé editores, Buenos Aires 1994.

5. Sobre estos temas ver Carpintero, Enrique, “Los nuevos modos del fascismo en las democracias occidentales” revista Topía N° 85, abril de 2019; “El miedo como forma de perpetuar el sometimiento”, revista Topía N° 86, agosto de 2019 en www.topia.com.ar

6. Lazzarato, Mauricio, El capital odia a todo el mundo. Fascismo o revolución, Eterna Cadencia editora, Buenos Aires 2020.

7. Barzani, Carlos, Vainer, Alejandro, “El malestar en los varones” revista Topía N° 94, abril de 2022.

8. Lazzarato, Mauricio, Op. Cit.

9. Lazzarato, Mauricio, Op. Cit.

Por gentileza de Topía

Adiós a Noé Jitrik

Demian Paredes
Periodista cultural, crítico, editor y bloguero
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Tras una vida asombrosamente longeva y fructífera en obras y enseñanzas, el narrador, crítico y ensayista Noé Jitrik murió el pasado 6 de octubre a los 94 años. La obra que deja, la que todavía está disponible para ser publicada, es tan vasta como multifacética, pero sobre todo signada por dos ideas que lo definieron en la vastedad: la irrupción de la crítica como hecho central de la relación entre autores y lectores y la «incesancia» como la forma del enigma, el misterio de la literatura. Radarlibros lo despide con un retrato de lo inabarcable, tratando quizás no tan inútilmente de desandar algunos de sus más notables aportes a la cultura argentina y universal.

“No por esperada, la muerte es menos inesperada”, escribió Octavio Paz, a propósito de la muerte de Alfonso Reyes. La extraordinaria, asombrosa longevidad de Noé Jitrik, narrador, poeta, crítico y ensayista, su inteligencia, entusiasmo y capacidad de trabajo permanentes en los ámbitos de la academia y la literatura, la cultura y el periodismo, junto a su curiosidad, apertura y generosidad absolutas, parecían hacer creer que se lo tendría “por siempre”, “eternamente”, aunque se supiera que no (sólo por pura imposibilidad biológica, ya adentrado en el período de lo que actualmente se denomina como “cuarta edad”). Ahora, ante lo inesperado que, sin embargo, contra cualquier pronóstico, sucedió, se hace difícil, por no decir directamente imposible, ponderar y relatar en un todo “completo”, más o menos “coherente”, semejante trayectoria, un extenso camino de décadas y décadas, de pura dedicación al trabajo, alimentado y desarrollado por la riqueza de sus experiencias, estudios e imaginación, y también por los críticos avatares del país: las dictaduras, el exilio y las crisis económicas; y el sinnúmero de relaciones con maestros y amigos en su juventud, con estudiantes suyos devenidos pares, con colegas en Europa y América, como los escritores del “boom” y José Saramago (con quien compartió una gran amistad); y con especialistas de otras disciplinas, como la psicología, la arquitectura, las artes y las ciencias en general. La obra de Noé es gigante, vasta, monumental; seguramente no haga más que aquilatarse, enriquecer su valor literario, cultural y teórico con el transcurrir del tiempo.

Noé nació el 20 de enero de 1928 –e inscripto el 23 en el Registro civil–, en la localidad de Rivera, en la provincia de Buenos Aires. Con una familia proveniente de Europa, de orígenes judíos, muy humildes, se trasladó con esta en 1939 a la Capital Federal, donde el ajetreo urbano y todas sus delicias culturales le despertaron curiosidad, sensaciones e infinitos deseos. En numerosos libros de relatos “incidentalmente” autobiográficos como MediodíaLos lentos tranvías (recientemente traducido al italiano), Atardeces y Libro perdido (que abarca un período de tiempo más amplio) se puede disfrutar de una prosa memoriosa y de asombrosa plasticidad, y conocer mucho de su vida y entorno en sus primeros lustros de vida.

Como estudiante universitario, participó de Centro junto a Darío Canton –-su amigo-hermano de toda la vida–, Jorge Lafforgue y Amanda Toubes, entre otra gente. Puede verse al respecto Revista Centro. Una antología, volumen con selección y prólogo de Miguel Vittagliano. Esta revista sería una “antecesora” de la célebre Contorno, que es un parteaguas, un antes y un después histórico para la crítica literaria de Argentina, donde también estaría Noé junto a los hermanos Viñas, León Rozitchner, Juan José Sebreli, Oscar Masotta y tantos más. Luego seguiría su propio camino, entablando nuevas relaciones y proyectos, sin dejar de abrirse a la aventura del viaje, por ejemplo conociendo Francia. Todo un rico período de juventud que incluye su trabajo como profesor en la provincia de Córdoba y su relación con Tununa Mercado (futura compañera de vida y escritora), su corta experiencia política con el frondizismo, y sus primeros libros de poesía y de crítica como FeriadosHoracio Quiroga: Una obra de experiencia y riesgo y Procedimiento y mensaje en la novela; vivencias que se encuentran en El río de las terneras atadas y Casa Rosada, otros dos volúmenes de relatos. Por esos mismos años, junto a Francisco Urondo –otro amigo-hermano–, César Fernández Moreno, Edgar Bailey y otros, darán pie a la revista Zona de la Poesía Americana, y a varios libros, incluyendo una Antología interna, que presentaba todas las piezas fusionadas en cuanto autoría, con los poemas agrupados por temas, sin firma, sólo declarada al final, en el índice. Como si “fuera el libro de un solo poeta, hasta como si fuera un poema solo”, decía la solapa sobre esa fraterna cofradía de artes y escrituras. Noé nunca dejará de leer y escribir poesía (¡y de memorizar y recitar, en diversos idiomas, hasta el presente!), y, en materia de revistas, impulsaría luego, en la década de los ’90, sYc, de teoría y ensayo.

Noé leyó, incorporó y se transformó a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX, por medio de las grandes teorías de la literatura: el formalismo ruso, las cartas de Flaubert, Roland Barthes, Maurice Blanchot, el estructuralismo, el psicoanálisis, Gaston Bachelard, el marxismo, y la crítica latinoamericana. Así, no sólo difundió de manera pionera a muchos autores, corrientes y tendencias, sino que fue poniendo en pie su propio aparato o método crítico, que se amplía desde la literatura nacional en sus especificidades, recovecos y detalles, al fenómeno literario “como tal”, en sus múltiples dimensiones, extensiones y bifurcaciones, para derivar en una omnívora filosofía, si se quiere ver a así, que ya no sólo aprecia la obra y el signo literario, su contexto, sino su transformación misma en fenómeno social, parte de su “producción y circulación”, en lo que será una semiótica de la cultura, con todas sus preocupaciones e implicaciones, devenidas de un profundo humanismo.

La aventura intelectual de Noé, su largo viaje, incluyó la labor docente en varias universidades de numerosos países: México, Francia, Estados Unidos, Uruguay, Puerto Rico, Chile, Colombia, haber presenciado el Mayo del ‘68, in situ, y ver nacer y desarrollarse, crearse, muchas de las obras del “boom” literario latinoamericano. Su correspondencia con grandes autores como Roa Bastos, Cortázar y García Márquez –por sólo mencionar a unos pocos– así lo atestigua.

Profesor en la universidad durante el período camporista, ante la amenaza anónima pregolpista (probablemente de la Triple A), él y su familia se exilian y asilan en México, desde 1974, hasta poder iniciar un retorno –intermitente– luego de 1983. Tanto Noé como Tununa desplegaron una acción militante y de solidaridad con el exilio argentino y latinoamericano, a la par que trabajaron, escribieron y establecieron numerosas relaciones en los ámbitos universitarios y culturales locales, abriéndose al arte y la historia, la gastronomía y la naturaleza que se les ofrecía. Fue afrontar el exilio con voluntad, talento e iniciativas, para transformar tamaña adversidad (el destierro, el desarraigo, junto a las noticias que les llegaban de un país a merced del genocidio), pese a todo, en una experiencia de riqueza y nuevos conocimientos. Ahí está su libro sobre el período, La nopalera, y la gigantesca labor como docente que ejerció en El Colegio de México, en la UNAM y varias instituciones más, junto al trabajo periodístico. Entre sus numerosos testimonios, se pueden leer Tierra que anda. Los escritores en el exilio, de Jorge Boccanera, 1983. El año de la democracia, de Germán Ferrari, y Ráfagas de un exilio. Argentinos en México, 1974-1983, de Pablo Yankelevich.

Tan sólo algunos títulos de los libros de Noé podrían indicar ya las paradojas que veía en “la condición intelectual”, como aventura y descubrimiento, y como hipótesis y aun vacilación: Cálculo equivocadoLa piedra en el zapatoEl melódico perplejoVerde es toda teoríaLas armas y las razones, Lámpara diurna (¿pretender poder iluminar en pleno día?). Desde la década de 1990 fue director del Instituto de Literatura Hispanoamericana (ILH), alentando publicaciones de libros y revistas, seminarios y congresos. Sea con el sello editorial de la UBA o incluso como “NJ Editor”, compiló volúmenes colectivos como Atípicos en la literatura latinoamericana y Revelaciones imperfectas:  Estudios de literatura latinoamericana. En 1993, como parte de una iniciativa del ILH para conmemorar el Centenario del nacimiento de Julio Noé –crítico literario y secretario de redacción de la revista Nosotros–, publicó y prologó Escritos de un lector. Otra gran tarea colectiva, que abarcó casi dos décadas, fue la Historia crítica de la literatura argentina: doce volúmenes dirigidos y trabajados hasta el detalle por él, junto a directores y directoras en cada uno de esos volúmenes que, a su vez, se abrían a la participación de decenas y decenas de investigadores/as, escritores/as y estudiosos/as en general, para entrelazarse en un gran relato polifónico, crítico-narrativo, que recorre, visita y analiza fenómenos y autores: el lenguaje y el oficio de escribir, la narración como género que se impone, la condición de la crítica, Sarmiento y Macedonio Fernández, el período de la dictadura y sus numerosas secuelas.

Sería interminable seguir enumerando y comentando sus trabajos y relaciones, viajes y premiaciones, desde el libro realizado junto al artista plástico y amigo Luis Felipe “Yuyo” Noé, En el nombre de Noé, al Honoris Causa que le dio la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA recientemente; del Premio internacional de ensayo “Pedro Henríquez Ureña” al nombramiento como miembro corresponsal de la Academia Mexicana de la Lengua; de la presentación, prepandemia, en la Feria del Libro, de sus memorias lectoras publicadas por Ampersand: Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura), al volumen publicado por la Universidad de Santiago del Estero, con una selección de sus clásicas contratapas en Página/12.

Se puede también recordar que uno de sus grandes amigos, Tomás Eloy Martínez, escribió en su clásico Lugar común la muerte el episodio del velorio de otro amigo, Manuel Puig, con Noé y Tununa como los primeros en llegar a la ceremonia fúnebre en Cuernavaca. ¿Y su amistad con Augusto Monterroso? ¿Y con Juan José Saer, quien le dedicó una de sus novelas, Nadie nada nunca? Noé también mantuvo relación durante los últimos años de Bioy Casares, mientras que con Borges tuvo más bien desencuentros, devenidos en “sentimientos complejos”. Con todo lo anterior, siendo autor de más de un centenar de títulos, y junto con haber formado a varias generaciones de críticos, docentes, escritores e investigadores de primera línea, no podría extrañar que se lo haya postulado para el Premio Nobel.

Quien aquí escribe se permite ahora unas líneas a modo personal. Fui amigo de Noé por quince años, hicimos juntos un libro de conversaciones sobre literatura, y nuestro vínculo se tramó en una infinidad de intercambios y complicidades a diario, andanzas, actividades y proyectos. En particular, tuve el privilegio de oír y leer sus opiniones sobre prácticamente todo lo que produje en materia literaria y periodística. Durante la pandemia, además de cumplir con los protocolos de protección y cuidado, siguió trabajando, siempre infatigable, escribiendo para la web sus “diarios de vida” y “tanteos en la sombra” (artículos sobre el presente y otras ocurrencias, hechos a vuelapluma), nuevos libros y publicando, participando de charlas y presentaciones por zoom, y, cuando se pudo, comenzar nuevamente “a circular”: asistimos a la presentación de La voz de Olga Orozco, de Jorge Monteleone, y abrió la lectura colectiva de una “maratón” del Facundo en el Museo Sarmiento, evento organizado por Adriana Amante y filmado por Mariano Llinás y equipo, y también participó –como buen argenmex– de los homenajes a Carlos Fuentes en el Centro Cultural Borges. Ya teníamos a punto Seres de imaginación, precioso y delicado volumen con pequeñas viñetas y perfiles de colegas y amistades, un tanto inspirado en aquel que hiciera Manuel Gálvez. En la galería de Noé están Ángel Rama, Henri Meschonnic, José Emilio Pacheco, Margo Glantz, Diamela Eltit, Julieta Campos, Gonzalo Celorio, Nöel Salomon, Michel Lafon, Edgar Tripet y más. Este último año trabajábamos en su voluminoso archivo, revisando sus artículos inéditos, y especialmente sus libros de poesía sin publicar. Hay un gigantesco tesoro, con decenas de volúmenes terminados e inéditos en múltiples registros. Entre los temas de actualidad, comentábamos el ataque contra Salman Rushdie, y el recentísimo atentado fallido contra la vicepresidenta.

Y me consta que una de las palabras que definen a este incesante caballero de las letras, como se viene leyendo en la mayoría de recuerdos y homenajes, generosidad, la tenía, y en grado sumo: Noé podía leer un libro nuevo que yo le acercara, pongamos por caso, de ensayos de alguien “consagrado” como César Aira, y luego de leerlo le enviaba un mail con sus comentarios y pareceres; pero también hacía lo mismo con Zelmar Acevedo Díaz (un caso único de escritor “best-seller under”, que ha vendido durante varios años miles de sus cuentos, autopublicados en cuadernillos, en el transporte público), y con cualquier autor o autora novel que le llevara su poemario, novela o volumen de cuentos. Y, aunque pudiera demorar dos y hasta tres años, Noé concluía su lectura, reflexionaba, redactaba y enviaba su “devolución”, con las disculpas del caso. La semana previa a su viaje, estábamos concluyendo dos poemarios: Baladas otoñales y Cálculo equivocado II; en el medio, había dado una conferencia para el Colegio de Psicoanalistas; y seguíamos trabajando en una antología de ensayos para El cuenco de plata, con la intención de la editorial de que aparezca a comienzos de 2023, para celebrarle su cumpleaños 95. Por su parte, los editores de InterZona y 17grises anunciaron también futuras publicaciones.

Las aportaciones de Noé Jitrik a la cultura son inconmensurables. Conceptos como libros insomnestrabajo críticorecontextualización y la literatura “como biblioteca” en la que se pretende o desea ingresar (y permanecer), y la “incesancia”: el misterio o enigma de la literatura, que nos convoca, son algunas propuestas que hizo.

 

Detengo aquí este recuento, pensando en todo eso que no cesa, en esa vida entera dedicada a la literatura –y en todo lo que esta nos devuelve y transporta–, con un pasaje de “Ventanas altas”, poema de Philip Larkin, en versión de Marcelo Cohen: “más que en palabras, pienso en ventanas altas: / el cristal en donde cabe el sol y, más allá, / en el hondo aire azul, que nada muestra, / y no está en ninguna parte, y es interminable”.

Por gentileza de Página12

Esto solo es el principio

Héctor Illueca
Vicepresidente segundo de la Generalitat Valenciana | España
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La guerra de Ucrania se ha convertido en el parteaguas de un mundo nuevo que se hace legible ante nuestros ojos. EEUU ha utilizado el conflicto para impulsar una recomposición del bloque occidental, subordinando a sus aliados europeos desde el punto de vista político y militar. La UE ha devenido en el brazo político de la OTAN y su autonomía estratégica se ha reducido hasta extremos que parecían impensables. Lo fundamental, a mi juicio, es la derrota de Alemania, cuya estrategia económica se ha visto dramáticamente frustrada en apenas unos meses, provocando un inmenso vacío de poder en el seno de la UE. EEUU ha movido ficha para defender su hegemonía y ha sacrificado a los países europeos como si fueran peones en una partida de ajedrez. De fondo, como importantes analistas vienen advirtiendo, aparece la posibilidad real de escalada militar en una guerra que Rusia no puede perder y la OTAN no puede ganar. El complejo militar-industrial que denunció el presidente Eisenhower concentra cada día más poder, dirige las operaciones y condiciona la política mundial.

Definitivamente, el mundo ya no es el que era, y la mejor prueba de ello son los efectos de las sanciones económicas impuestas por Occidente, muy limitados en Rusia pero masivos en el territorio UE. Al principio, se dijo que la confiscación de las reservas de oro y de divisas de Rusia provocaría un derrumbamiento del rublo, pero la verdad es que el rublo está batiendo récords e incluso el Banco Central de Rusia ha podido bajar los tipos de interés. También se dijo que las sanciones a las exportaciones de petróleo y gas harían que se hundiera la economía rusa, pero la verdad es que han alimentado un proceso inflacionario en todo el mundo que está haciendo que Rusia reciba más ingresos que nunca por las exportaciones de energía.

La agricultura y la industria rusas se están adaptando a las sanciones y son cada vez más autosuficientes, reorientándose hacia China para encontrar nuevas vías de desarrollo. La multipolaridad económica y social se está transformando en multipolaridad política, ofreciendo alternativas a todos los países para buscar su propio camino. Desde que se impusieron las sanciones, India, Pakistán y China se han convertido en los principales clientes de Rusia, y América latina dirige su mirada hacia este nuevo mundo que nace.

Mientras tanto, Europa ha caído en una trampa mortal y se enfrenta a dilemas que van a marcar su futuro. La inflación golpea ya las clases populares, y todo hace pensar que los tipos de interés van a seguir subiendo en un contexto de elevados niveles de deuda, tanto pública como privada, a causa de la pandemia. De confirmarse esta tendencia, la subida de tipos podría poner en aprietos a los países más endeudados, multiplicando los riesgos de que se produzcan insolvencias que podrían desencadenar una crisis financiera. Ya ha habido algunos avisos en los mercados, y el BCE ha reaccionado a la desesperada creando un nuevo programa de rescate con condicionalidad opaca denominado Instrumento para la Protección de la Transmisión (TPI por sus siglas en inglés). Y aún hay más: la sombra de una recesión anunciada por casi todos se proyecta sobre las economías europeas, añadiendo el problema del paro a un escenario que ha sido calificado, con razón, como una «tormenta perfecta«. Arrastrada por EEUU, la UE se ha metido en un inmenso atolladero que compromete su futuro inmediato y pone en riesgo la existencia del proyecto europeo.

La pregunta surge inmediatamente a la vista de los acontecimientos: ¿Por qué? ¿Cómo es posible que los gobiernos europeos hayan aceptado una estrategia que perjudica gravemente a sus propias poblaciones? Para responder a esta pregunta debemos mirar de frente a una verdad incómoda que casi siempre permanece oculta: en la actualidad, Europa no es más que un protectorado militar de EEUU que alberga en su territorio centenares de miles de soldados y más de 400 bases norteamericanas, muchas de las cuales están nuclearizadas. Lo que significa que el poder real de decisión está en Washington, no en Bruselas, y que Europa carece de autonomía en la configuración de su política exterior. Esta subordinación se ha manifestado de una forma obscena en la celebración de la pasada cumbre de la OTAN en Madrid, en la que los dirigentes europeos, empezando por Pedro Sánchez, rindieron pleitesía a Biden y aceptaron dedicar el 2% de su PIB anual al presupuesto militar, un incremento brutal que se va a detraer inevitablemente del gasto social. Lo subrayo: inevitablemente.

Todo está cambiando a velocidad de vértigo, y la España de 2019 ya no existe. El país ha sido transformado por la pandemia y lo va a ser mucho más como consecuencia de la crisis que ha provocado la guerra. Los conflictos sociales están agudizándose y emergen contradicciones profundas que serán ineludibles en la fase de excepción en la que entramos.

Las condiciones que hicieron posible la constitución de Gobiernos de coalición progresistas en el ámbito estatal o en territorios como la Comunitat Valenciana han cambiado por completo. Debemos poner en valor los avances conseguidos, sin duda, pero también hacer un balance crítico de las limitaciones objetivas que supone gobernar con esta correlación de fuerzas a la hora de afrontar asuntos como la reforma fiscal, el cambio de modelo productivo, el problema territorial o, seamos claros, la defensa de la paz frente a la creciente militarización de las relaciones internacionales. Los logros cuestan mucho, a veces llegan tarde, y otras desvirtuados porque la subordinación del PSOE a los poderes económicos dificulta o impide los cambios que necesita el país. En nuestra tierra lo hemos constatado de forma rotunda con motivo de la aprobación de la tasa turística.

La guerra lo ha cambiado todo y cada cosa tiene su tiempo histórico. La estrategia belicista de la OTAN determina la agenda económica y aboca a una crisis que puede ser muy larga con la inflación al alza y, me temo, elevadas tasas de desempleo. La sociedad no necesita una izquierda que asuma este estado de cosas. Debemos crear las bases para la constitución de nuevas coaliciones de gobierno, sí, pero con una correlación de fuerzas distinta que permita consolidar y desarrollar los avances sociales sin hipotecas a ninguna estructura de poder.

El ejemplo de Mélenchon demuestra que hay espacio para un polo democrático-republicano que apueste por un proceso constituyente y defienda una política exterior y de defensa auténticamente europea. Un proyecto que tenga en la base la construcción de una economía nacional, la planificación ecológica, la reindustrialización del país y la transición hacia un modelo de sociedad diferente. Llevar esperanza a la gente y decirle que hay futuro si nos comprometemos colectivamente a construirlo. Esto sólo acaba de empezar.

Por gentileza de Socialismo21

El capitalismo destructivo del tejido social y ecológico

Enrique Carpintero
Psicoanalista. Director de la revista Topía
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Las características destructivas ecológicas y sociales del capitalismo en su versión mundializada han llegado para quedarse. No se arreglan con retoques en su funcionamiento. Un síntoma de esta situación -aunque regularmente no se lo menciona- es la pandemia. El origen, desarrollo y expansión del covid-19 está ligado a las condiciones de producción y reproducción del capital. No fue un hecho natural; menos un error circunstancial. Su resultado es una crisis de las relaciones de producción cuyos efectos aparecen de forma diferente en cada región del planeta. Pero también, como no podía ser de otra manera, la desestructuración traumática de las condiciones corposubjetivas en relación con uno mismo y con los otros.

Muchos son los efectos de la pandemia cuyos síntomas pusieron en evidencia circunstancias previas de un sistema socioeconómico sostenido en la desigualdad y la ruptura del lazo social. Los necesarios cuidados que requieren protegernos del virus afianzan la sensación de que el otro es el enemigo de quien nos tenemos que proteger: el encuentro ya no se establece con un fuerte apretón de manos sino con dos manos apretadas en un puño que se chocan. Es decir, un saludo que simbólicamente no invita a encontrarse sino a establecer el lugar donde cada uno está parado. No es difícil imaginar la cantidad de personas que, al borde del colapso psíquico, ante la sensación de angustia e incertidumbre adoptan conductas agresivas, crueles y violentas cuyas consecuencias la padecen los más desprotegidos; por ello el aumento de la violencia familiar, el abuso de menores y el femicidio.

Un hecho significativo se encuentra en aquellas personas, en especial jóvenes, que se aíslan y se encierran en su habitación o en departamentos. Esto ha adquirido una gran difusión en otros países; en Surcorea toma la fuerza de un movimiento que se llama Hanjok que reivindica la soledad. Apareció un año antes de la pandemia y hoy se lo identifica como una “epidemia de soledad” donde aquellos que se encierran son en su mayoría jóvenes mujeres. Pero si la búsqueda de la soledad ideal, para disfrutar la vida contemplativa puede ser un objetivo, en las actuales circunstancias no es algo que se decida sino producto de miedos y angustias, ante una sociedad amenazante que se acentúa con la pandemia, que llevan al deterioro de la corposubjetividad que pone en peligro su vida. En Japón la gravedad de este problema condujo a que el primer ministro creara un “Ministerio de la soledad” con el fin de atender a estas personas en una situación de desconexión extrema; uno de cada tres japoneses vive en departamentos muy pequeños. Durante el año 2018, en Inglaterra, la ex primera ministra Theresa May crea el “Ministerio de la soledad” inglés con el fin de paliar los intentos de suicidio y la desestructuración psíquica que aumentan entre los jóvenes y personas mayores ante la pandemia. En el resto de Europa y EEUU vamos a encontrar esta problemática. Aunque las características culturales son muy diferentes en todas estas regiones, podemos afirmar que en nuestro país se da una situación similar: la población etaria de jóvenes y adolescentes son las que padecen la más alta tasa de suicidios.

Ante esta situación de extrema gravedad en la que predomina la incertidumbre, la angustia y el miedo el mecanismo de defensa que prevalece es la negación que se sostiene en la renegación: negar que se niega. Pero este no es un efecto primario ya que es la consecuencia de creer. La necesidad de creer en consecuencias mágicas que nos salven conlleva la renegación. Esta forma de creer es propia de la religión, pero la podemos extender a otros patrimonios culturales como los científicos, políticos e ideológicos que pretenden transformarse en una cosmovisión donde todo se resuelve ilusoriamente. Como planteaba Freud no me interesa demostrar -en esto seguía a Spinoza- que la ilusión es falsa, sino que es el resultado de un deseo de plenitud y, como tal, una distorsión de la realidad. La ilusión es lo que el deseo da por realizado: por ello en la actualidad a los negacionistas no les interesa ver las relaciones socioeconómicas y culturales que permiten los acontecimientos. Por lo contrario, lo que quieren es corroborar sus propias creencias. El engaño y la mentira -que paradójicamente se enuncia con un eufemismo como Fake News– es el centro de las llamadas redes sociales -otro eufemismo para mencionar relaciones virtuales a través de mensajes mediados por algoritmos cargados de ideología-. Estas circunstancias conllevan a que la esperanza ante un conocimiento que se lo pretende infalible desconoce que la ciencia y otros saberes científicos funcionan por ensayo y error. Las ideas negacionistas del cambio climático y el rechazo a las vacunas son su consecuencia. Cuando la ciencia se equivoca o muestra que sus aciertos nunca pueden ser ciento por ciento seguros conduce a que se confirme la desconfianza. Desconfianza que equipara la ciencia con una religión; es decir, un mundo donde la ilusión permite la creencia en que todo es posible. Desde aquí vamos a encontrar una multiplicidad de teorías sociales, políticas y supuestamente científicas que transforman los prejuicios en verdades indisolubles donde el “terraplanismo” se transformó en la metáfora de nuestra época. Esto no es nuevo, al contrario, es tan viejo como la historia de la humanidad; allí están las diferentes formas de dictaduras y fascismos en los cuales la mentira y la manipulación formaban parte de sus políticas. Pero nunca alcanzó la difusión y masividad que ha adquirido a través de los medios virtuales.

Los sectores de la cultura dominante utilizan esta situación para aprovechar las necesidades que provoca el protegerse del covid-19 aumentando el control de la población con la coartada de la seguridad sanitaria de los ciudadanos. De esta manera velan sus consecuencias socioeconómicas de un sistema que ha llevado a la máxima desigualdad de la historia. Veamos. El reporte del colectivo World Inequality Report establece que el 10% más rico disponía del 52% de los ingresos y del 76% de la riqueza; la clase media del 39.5% y del 22% y el sector más pobre de solo el 8.5% y el 2%. Este último segmento representa la mitad de la población mundial, es decir unos 3 mil millones de personas. Cuando estas cifras se comparan con las del pasado se observa que son peores que a principio del siglo XX, cuando los imperios europeos alcanzaban su máximo dominio, pero también con las de 1820: si los pobres de hoy disponen de 8.5% del ingreso total, en 1820 poseían 14%, con la aclaración de que aquéllos eran algo más de mil millones y hoy cuadriplican esa cifra. Desde el inicio de la pandemia cada 26 horas hay un nuevo multimillonario mientras 160 millones de personas han caído en la pobreza. Ante esta disparidad, que no es solo económica sino también corposubjetiva, regional y de género, cada día mueren 21.300 personas; es decir, una cada cuatro segundos. Según Oxfam internacional -movimiento global para combatir la desigualdad- cerca de 17 millones de personas murieron desde el inicio de la pandemia. En los países ricos y de recursos medios la población está mayoritariamente vacunada, en los países pobres la vacunación es inexistente. Este apartheid de las vacunas, producto de las políticas de las empresas farmacéuticas internacionales, lleva a la muerte a cientos de miles de personas y sustenta las desigualdades donde las mujeres son las principales víctimas de la doble pandemia: sanitaria y de exclusión. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el desempleo aumenta en forma alarmante. Lo mismo ocurre con la pobreza. En nuestro país el 40% de la población vive bajo el nivel de pobreza y más del 50% de los menores de edad son pobres.

Estos datos incontrastables no forman parte del centro de debate de los diferentes gobiernos del poder en su versión neoliberal o progresista. Las minorías que acaparan la riqueza del mundo tienen tanto poder (militar, político e informático) que hacen difícil pensar un necesario cambio ecológico y social estructural. En estas perspectivas las distintas formas de la derecha fascista se oponen a las necesarias medidas contra el covid-19 (mascarilla, distancia social, vacunación, certificado de vacunación, etc.) diciendo que éstas deben ser decisiones individuales. Como si esta decisión fuera propia de cada sujeto: no hay decisión individual en un problema de salud pública; mi límite es el límite que me impone el colectivo social. No aceptar estas medidas no solo me afecta sino a quienes me rodean.

Sin embargo, estas disposiciones contra la pandemia son aprovechadas por el poder para controlar a la población mediante recursos sanitaristas ya sea para impulsarlas o dejar de aplicarlas de un día para otro. Ante estas circunstancias no le debemos oponer la ilusoria libertad del individuo, sino la fuerza del colectivo social que permita generar propuestas de participación.

De allí la necesidad de apropiarnos de la cultura -que Spinoza llama la naturaleza- en la que estamos y pertenecemos para construir alternativas que enfrenten los procesos de sometimiento del poder hegemónico. Nada mejor, para finalizar, que recordar a Jean Paul Sartre cuando escribe en Los condenados de la tierra: “No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros.”

Por gentileza de Topía

 

Los agujeros del alma | Análisis desde el Efimov de Dostoievski

Diego González 
Psicólogo [1]
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Según Freud, el tipo más grave de enfermedad mental era la causada por una fijación (o una regresión) a los primeros niveles del desarrollo de la libido.

E. Fromm (1966:130)

Explorar la psicología indagando al cielo infinito pintado por F. Dostoievski es una maravilla cercana al milagro. Su personaje Efimov [2] es una incógnita que deviene en certeza en las patologías del narcisismo, y en esa tendencia oscura de quienes desmienten la vida. Su devenir quizás se parece a aquella maldición vivida por Sísifo, de llegar al final para volver a fracasar.

1

Egor Efimov fue un músico mediocre, el padre de Nietoscka Nezvanova, a quien se le atribuía cierta delicadeza para tocar el violín, pero que termino tocando El Clarinete en una orquesta de pueblo. Algunos expresaron que su talento pertenecía al de un genio, pues sus palabras develaban ¨una comprensión profunda, clara e intuitiva del arte¨ (Dostoievski, 1997:21); pero una sensación devanaba sus sesos, la del no saber de sí. Efimov declaro: ¨Señor, aunque me dijiste usted Egor, ¿Qué deseas? Puedo dártelo todo, no le pediría nada, porque yo mismo no sé qué deseo…¨ (Dostoievski, 1997:19).

Esa sensación que afligía su alma empezó por socavar primero sus sueños, y luego los cimientos de su vida.

Durante siente años de meditaciones e ¨imaginación desordenada¨, llegaba a lo alto de las cumbres, maravillado por la gloria, las ilusiones y la ambición de la grandeza; pero terminaba en bares y cantinas gastando sus últimos pesos. De Efimov, su amigo B… declaró:

Albergaba una sola idea: la de salir de aquella situación y economizar el dinero suficiente para ir a Petersburgo. Pero era ésta una idea vaga y oscura, una especie de grito interior que, con los años, había perdido su precisión, hasta el punto de que, al encaminarse a San Petersburgo, parecía obrar sólo por la inercia de su deseo continuo de emprender semejante viaje, y no sabía bien qué era lo que iba a hacer a la capital. Su entusiasmo será contenido, irregular, bilioso, como si quisiera engañarse a sí mismo y convencerse de que su primitiva energía, el ardo y la inspiración no se había agotado en él todavía (…) vieron que toda aquella fiebre, toda aquella impaciencia no eran otra cosa que la desesperación del talento perdido (21).

Efimov parecía tener una vida perdida y un destino marcado, pero volvamos atrás. Al lugar donde hipotéticamente se hilvana las hebras del alma; y si esta malla no queda zurcida con precisión, los agujeros del alma son irreparables.

2

Suponemos que el alma, el aparato psíquico, ese espacio virtual lleno de ¨representaciones mentales¨ que es como el ¨teatro del cerebro¨ —tal cual lo dijo Freud— se teje en los primeros años. El cariño, el cuidado solicito, la protección cálida, en una palabra ¨el amor¨, permiten la estructuración psíquica del infante, y la formación de la malla de su personalidad. W. Bion (1975) hablara de la capacidad de Reviere de la madre, que ¨alude al estado mental requerido en la madre para estar en sintonía o empatía con las necesidades del bebé y contener las angustias¨ (Borelle-Ruso, 2017:35). De esta forma los ¨elementos beta¨ que produce él bebe y son expulsados fuera de sí, deben ser sustituidos por ¨elementos alfa¨ que provee la madre para hacer posible la vida mental del menor. Sin esta capacidad, su psique sufrirá lo que hemos llamado agujeros del alma. En conclusión, el amor crea, y el odio destruye lo que es el hombre desde su más tierna edad.

Una segunda hipótesis se explica como sigue: en la medida en que él bebe crece, y se hace independiente y autónomo, necesita crear para sí ¨elementos mentales¨ que le provean seguridad y confianza en sí mismo. Estos se denominan ¨objetos mentales¨. Su formación depende de la calidad del vínculo con su figura protectora. Por ello Guidano (1987) proponía ¨durante la temprana infancia, el vínculo se vuelve un vehículo altamente estructurado a través del cual llega a ser disponible una ilimitada información cada vez más compleja acerca de uno mismo y del mundo (p.47), de lo que se colige, que entre el vínculo y los objetos mentales hay una ligazón inmediata.

La formación de los ¨objetos¨ está dada por la capacidad de lo que Splitz (1972) ha llamado ¨Integración de los impulsos¨ (p. 57). Siguiendo a Hartmann el autor propone que existen en el infante dos impulsos, ¨el malo¨ y ¨el bueno¨, hacia el primero se dirigen ¨la agresión¨, la violencia, el odio innato; y hacia el bueno ¨el impulso libidinal¨, la vida, y la capacidad de creación. El psicoanalista propone que es durante el sexto mes de vida que el ¨yo¨ rudimentario del bebe puede realizar la síntesis de estos dos impulsos en un solo objeto: su madre (Ibid. p. 57). De acuerdo a lo anterior, la integración que pueda hacer él bebe de sus impulsos de ira y sus impulsos de amor en su madre, permite la formación de objetos mentales, y de la capacidad de pensamiento. Recordemos que la madre es la primera persona que aparece en el mundo del bebe, por lo tanto, será el representante del Otro, o de la sociedad. Decíamos que esta dinámica potencia el pensamiento, porque él bebe está obligado a regular sus impulsos de amor y de odio para con su madre, y esta exigencia es la génesis de su capacidad de vincularse, socializar, y mentalizar la alteridad. En un ejemplo, él bebe quizá muerda con violencia la teta, pero luego la succionara con amor, ya que es su fuente de vida, y esto es producto de la integración de los dos impulsos.

Siguiendo con el desarrollo del menor, podemos hipotetizar que una de las claves en la formación del pensamiento, es la capacidad de los padres para ¨frustrar¨ la satisfacción inmediata de los niños. Puesto que la consecuencia de esa frustración, es la imposición del ¨principio de realidad¨ sobre su mundo mágico. En definitiva y por toda la vida, la palabra NO impone realidad. Splitz (1972) lo explica así: ¨La capacidad de tolerar la frustración ha reforzado el funcionamiento del principio de realidad y de organización del pensamiento¨ (59). Siguiendo con el ejemplo del niño un poco más grande, el ¨No¨ de los padres permite al niño integrar sus impulsos agresivos, y cambiarlos por pensamientos y conductas más adecuadas a la realidad.

La frustración en su justa medida, es lo que permite en el niño la aparición del pensamiento y la reflexión, por la cual hará como suya la ley que prohíbe, y quizá estamos ante el nacimiento de esa instancia punitiva o superyoica de la moral.

3

Nuestra tesis central en este escrito corto, es una formulada por Splitz (1972) que se refiere a la relación que existe entre ¨narcisismo¨ y ¨estadio preobjetal¨. Es decir, la imposibilidad del sujeto de reconocer la alteridad, porque un sujeto narciso no permite la apertura de su yo. Su escisión al otro, que es la condición de toda sociabilidad.

El estadio preobjetal podría definirse inicialmente como el génesis del yo. Para Splitz (1972) los primeros bosquejos del yo aparecen luego de la ¨sonrisa social¨ aproximadamente a los cuatro meses cuando él bebe sonríe a su madre. Por lo tanto, es un estado de desprotección, de simpleza del aparato psíquico y predominio del sistema somático, en donde el sujeto este marcado por la carencia y el vacío. Por ello Freud (1911) decía: ¨nos ha llamado la atención un estadio evolución de la libido, estadio que se atraviesa del autoerotismo al amor de objeto¨ (56). En el narcisismo se retira la libido de objeto, y se la deposita en el yo. Por lo tanto, el destino de la libido queda truncado, y se altera el juicio de realidad, al juzgar lo exterior como un producto de la necesidad interna. Es decir, un narciso no puede leer la alteridad que lo acompaña, ya que su dinamismo psíquico le impide amar (Freud, 1911).

Lo anterior es un rasgo característico de Efimov, que corroboran Nezvanova:

Pero la ceguera, la idea fija de mi padrastro (Efimov) y sus extravagancias le tornaban un ser casi inhumano y privado de todo sentimiento. No hacía más que reír, y juraba que no tocaría un violín hasta que muriese su mujer, poniendo en esta declaración una cruel franqueza. Mi madre, quien hasta que exhaló el último suspiro lo amó apasionadamente, no podía, a pesar de todo, soportar semejante vida. Se altero su salud. Siempre enferma, vivía en constante inquietud. (Dostoievski, 1997: 29)

Otro rasgo del narcisismo es el egoísmo, que se hace casi paranoico. Recordemos que Freud (1911) proponía que ¨la paranoia fragmenta¨, y tiende a ¨disolver las identificaciones¨ (p.44), por lo cual estos sujetos tienden a menospreciar a sus congéneres. Este egoísmo rompería el lazo social, y el sujeto queda abandonado a su yo, o al ¨tenebroso déspota¨ tal como lo define Freud. Nuevamente Nezvanova corrobora este rasgo en Efimov:

Luego declaró que en aquel tiempo había alcanzado casi la perfección del violín, y que B (Amigo de Efimov) … uno de los primeros violinistas de la ciudad, no le llegaría a la suela del zapato, sí él quisiera.

—Entonces, ¿Qué significa todo esto? —exclamó, haciendo con la mano un movimiento de indiferencia—. ¿Quién de vosotros comprende algo? ¿Qué sabéis vosotros? Nada. Eso es todo lo que sabéis… Tocar en un baile, en una reunión, nada más… vosotros no sabéis visto ni oído nunca a un buen violinista. No vale la pena de haceros caso. Continuad siendo lo que sois. (Dostoievski, 1997: 26).

En aquella época, B… tenía grandes relaciones y empezó inmediatamente a recomendar a su camarada, al cual le hizo dar su palabra de honor que se conduciría bien. Entre tanto, le compró ropa nueva y le presentó a algunos personajes conocidos, de quienes dependía el empleo que deseaba obtener para él. Efimov se mostraba algo soberbio en sus expresiones. Pero acepto con el mayor júbilo la proposición de su antiguo amigo. (…) por fin encontró una vacante en la orquesta de un teatro. Hizo brillantemente su presentación, y en un mes de aplicación y de trabajo recobró cuanto había perdida en dieciocho meses de inacción. (…) Les explico en seguida que él era un hombre desconocido, que tenía un enorme talento, que su mujer le había perdido, y en fin, que el director de orquesta no entendía una palabra de música. Se burlaba de todos los artistas, de la orquesta, de las obras que se representaban, e incluso de los autores de éstas. (…) Comenzó, además, a desarrollarles una nueva teoría de la música. Lo hizo tan bien, que enojó a toda la orquesta; se enemisto con sus compañeros y con su jefe; se mostró grosero con sus superiores y adquirió una reputación del hombre más desequilibrado e inepto del mundo. Resulto, desde luego, insoportable para todos (Dostoievski, 1997: 26).

Conocía a todos los violinistas de Petersburgo, y en su opinión, ni uno solo podía rivalizar con él. Los aficionados y principiantes que frecuentaban al desdichado loco, gustaban de citar en su presencia cualquier violinista célebre con el fin de obligarle a hablar. Saboreaban entonces su maldad, sus acertadas observaciones, sus frases causticas e ingeniosas, cuando criticaba a sus rivales imaginarios. (…) Los mismos artistas de quienes se burlaba le temían un poco, pues sabían su mala lengua y tenían bastante conciencia de la justicia de sus ataques y de la seguridad de sus juicios. (…) Aquella vida duró dos o tres años; pero, por último, aun representando este íntimo papel, consiguió hastiar a todo el mundo. Se le expulsó definitivamente, y durante los dos años postreros de su vida, mi padrastro desapareció por completo de la circulación. (Dostoievski, 1997: 31)

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Ahora vamos a ver un poco los mecanismos de defensa para las patologías del narcisismo. Para Sneiderman (2012) un mecanismo de defensa es un procedimiento del Yo que busca reducir, modificar, o suprimir toda fluctuación que ponga en peligro el equilibrio o la integridad del sujeto. La finalidad de una defensa es básicamente ¨evitar el displacer¨ (p. 45).

Citando a Freud, Sneiderman propone que una defensa es patológica cuando ¨perturba el refinamiento yoico, o le impone una regresión¨ (46). En las neurosis, la defensa acepta la realidad y la admiten con temor y distancia. En este caso la pregunta fundamental del terapeuta es ¿Qué desea el sujeto?; pero en las patologías narcisistas ¨desmienten la realidad¨, al punto de volverla añicos. Está implicada la regresión a un estado anterior del desarrollo, y de aquí la concepción tanática de la vida. Recordemos que Fromm (1966) define las patologías por su nivel de regresión, y todo ¨profundo deseo regresivo choca con el deseo de vivir¨. En toda regresión hay una vuelta al universo materno, a la figura del océano de paz, y ¨estar en el seno materno es estar alejado de la vida¨ (p. 120).

Efimov tuvo problemas toda su vida con la bebida, Nezvanova declara ¨durante sus horas de duda, se entregó a la bebida, lo cual hacía desaparecer su angustia¨ (Dostoievski, 1997:27). La bebida es un ejemplo de defensa patológica, que finalmente aniquilo su capacidad para sostener un único objetivo en su vida.

En alguna ocasión su amigo B… le decía:

eres impaciente; tu enfermedad es la impaciencia. No tienes bastante sencillez. Eres demasiado sagaz, reflexionas demasiado, haces trabajar al cerebro más de lo debido…Eres audaz en tus palabras y cobarde cuando deben tomar el arco en tu mano. Efimov escuchaba a su antiguo compañero con una atención profunda. Conforme hablaba este, la palidez abandonaba las mejillas de Efimov. Sus ojos brillaban con un fuego insólito de aliento y esperanza. Bien pronto aquel noble aliento se transformaba en audacia, y luego en su acostumbrado descaro; y cuando B… terminó su exhortación, Efimov sólo le escuchaba distraídamente y con impaciencia (Dostoievski, 1997:27)

Las últimas cuatro líneas se corresponden de manera exacta con la Desmentida como mecanismo patológico. Para nuestra suerte Dostoievski escribió sus personajes como un libro de psicopatología abierto, y su profundo conocimiento del alma humana llevo a Nietzsche a decir que era el único psicólogo.

Definamos un poco para finalizar. Siguiendo a Sneiderman (2012) mediante la Desmentida el sujeto eleva una defensa ante lo que el sujeto cree que es la realidad exterior, y crea un ¨ordenamiento y una configuración sensorial¨ al servicio del ¨principio del placer¨. Por lo tanto, tiende a desconocer muchos aspectos de la realidad, y a entregarse al placer. Efimov siempre vivió en una buhardilla, en la pobreza más sórdida sin el deseo de enfilar su voluntad hacia su superación personal y material, y con una gran capacidad y genio para interpretar el violín. Esto lo llevo a tocar en las primeras orquestas de San Petersburgo, pero luego huyo. En la desmentida el sujeto no puede hacer uso de sus recursos personales, porque su pasión ¨estriban en desviar la atención y el interés hacia otros aspectos (como un fetiche), o hacia detalles de la realidad o del yo propio, en lugar de los centrales¨ (50-51).

Efimov muere pobre y olvidado. Abandonando todo proyecto de realizar algo con su vida, y consumido en su soledad.

5

Como conclusión tenemos que el génesis del ser humano, es el amor. Los cuidados y el buen vinculo tejen sobre el alma lo que será el destino. Sin estos vínculos se generan lo que hemos llamado ¨agujeros del alma¨. Una de las consecuencias es estos vacíos son la formación del Narcisismo como patología, que carga en si el odio necesario para la destrucción del sujeto.

Notas

1. Psicólogo IUE-USAL. dag227@hotmail.com
2. Personaje de novela Niétoscka Nezvanova de Fiodor Dostoievski.

Referencias bibliográficas

BORRELLE, A.; RUSSO, S. L. (2017): Clínica psicosomáticaSu especificidad en la evaluación y el diagnostico. Buenos Aires: Paidós.
DOSTOIESVSKI, F. (1997): Niétoschka Nezvanova. Madrid: Club internacional del libro.
FREUD, S. (1911): Introducción al narcisismo.
FROMM, E. (1966): El corazón del hombre. México: Fondo de cultura económica.
GUIDANO, V. (1987): La complejidad del si mismo. Un enfoque evolutivo de la psicopatología y de la psicoterapia. EEUU: Guilford Press.
SNEIDERMAN, S. (2012): El cuestionario desiderativoAportes para una actualización e interpretación. Buenos Aires: Paidós.