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Los conceptos que nos faltan

Boaventura de Sousa Santos
Académico. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EEUU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial
.

A diferencia de los pájaros, los seres humanos vuelan con raíces. Parte de las raíces están en los conceptos que hemos heredado para analizar o evaluar el mundo en el que vivimos. Sin ellos, el mundo parecería caótico, una incógnita peligrosa, una amenaza desconocida, un viaje insondable. Los conceptos nunca retratan exactamente nuestras vivencias, ya que estas son mucho más diversas y variables que las que sirven de base a los conceptos dominantes.

Estos, al fin y al cabo, son los conceptos que sirven a los intereses de los grupos social, política, económica y culturalmente dominantes, aunque matizados por las modificaciones que van introduciendo los grupos sociales que resisten a la dominación. Estos últimos no siempre recurren exclusivamente a estos conceptos. Muchas veces disponen de otros que les resultan más próximos y verdaderos, pero que reservan para el consumo interno. Sin embargo, en el mundo de hoy, surcado por tantos contactos, interacciones y conflictos, no pueden dejar de tener en cuenta los conceptos dominantes, a riesgo de ver sus luchas aún más invisibilizadas o más cruelmente reprimidas. Por ejemplo, los pueblos indígenas y los campesinos no disponen del concepto de medio ambiente porque este refleja una cultura (y una economía) que no es la suya. Solo una cultura que separa en términos absolutos la sociedad de la naturaleza para poner esta a disposición incondicional de aquella, necesita tal concepto para dar cuenta de las consecuencias potencialmente nefastas (para la sociedad) que pueden resultar de dicha separación. En suma, solo una cultura (y una economía) que tiende a destruir el medio ambiente necesita el concepto de medio ambiente.

En verdad, ser dominado o subalterno significa ante todo no poder definir la realidad en términos propios, sobre la base de conceptos que reflejen sus verdaderos intereses y aspiraciones. Los conceptos, al igual que las reglas del juego, nunca son neutros y existen para consolidar los sistemas de poder, sean estos viejos o nuevos. Hay, sin embargo, periodos en los que los conceptos dominantes parecen particularmente insatisfactorios o imprecisos. Se les atribuyen con igual convicción o razonabilidad significados tan opuestos, que, de tan ricos de contenido, más bien parecen conceptos vacíos. Este no sería un problema mayor si las sociedades pudieran sustituir fácilmente estos conceptos por otros más esclarecedores o acordes con las nuevas realidades. Lo cierto es que los conceptos dominantes tienen plazos de validez insondables, ya sea porque los grupos dominantes tienen interés en mantenerlos para disfrazar o legitimar mejor su dominación, bien porque los grupos sociales dominados o subalternos no pueden correr el riesgo de tirar al niño con el agua de bañarlo. Sobre todo cuando están perdiendo, el miedo más paralizante es perderlo todo. Pienso que vivimos un periodo de estas características. Se cierne sobre él una contingencia que no es el resultado de ningún empate entre fuerzas antagónicas, lejos de eso. Más bien parece una pausa al borde del abismo con una mirada atrás.

Los grupos dominantes nunca sintieron tanto poder ni nunca tuvieron tan poco miedo de los grupos dominados. Su arrogancia y ostentación no tienen límites. Sin embargo, tienen un miedo abisal de lo que aún no controlan, una apetencia desmedida por lo que aún no poseen, un deseo incontenido de prevenir todos los riesgos y de tener pólizas de protección contra ellos. En el fondo, sospechan ser menos definitivamente vencedores de la historia como pretenden, ser señores de un mundo que se puede volver en su contra en cualquier momento y de forma caótica. Esta fragilidad perversa, que los corroe por dentro, los hace temer por su seguridad como nunca, imaginan obsesivamente nuevos enemigos, y sienten terror al pensar que, después de tanto enemigo vencido, son ellos, al final, el enemigo que falta vencer.

Por su parte, los grupos dominados nunca se sintieron tan derrotados como hoy, las exclusiones abisales de las que son víctimas parecen más permanentes que nunca, sus reivindicaciones y luchas más moderadas y defensivas son silenciadas, trivializadas por la política del espectáculo y por el espectáculo político, cuando no implican riesgos potencialmente fatales. Y, sin embargo, no pierden el sentido profundo de la dignidad que les permite saber que están siendo tratados indigna e inmerecidamente. Días mejores están por llegar. No se resignan, porque desistir puede resultar fatal. Sienten que las armas de lucha no están calibradas o no se renuevan hace mucho; se sienten aislados, injustamente tratados, carentes de aliados competentes y de solidaridad eficaz. Luchan con los conceptos y las armas que tienen pero, en el fondo, no confían ni en unos ni en otras. Sospechan que mientras no tengan confianza para crear otros conceptos e inventar otras luchas correrán siempre el riesgo de ser enemigos de sí mismos.

Al igual que todo lo demás, los conceptos también están al borde del abismo y miran atrás. Menciono, a título de ejemplo, uno de ellos: derechos humanos.

En los últimos cincuenta años, los derechos humanos se transformaron en el lenguaje privilegiado de la lucha por una sociedad mejor, más justa y menos desigual y excluyente, más pacífica. Tratados y convenciones internacionales existentes sobre los derechos humanos se fueron fortaleciendo con nuevos compromisos en el ámbito de las relaciones internacionales y del derecho constitucional, al mismo tiempo que el catálogo de los derechos se fue ampliando a fin de abarcar injusticias o discriminaciones anteriormente menos visibles (derechos de los pueblos indígenas y afro-descendientes, mujeres, LGTBI; derechos ambientales, culturales, etcétera). Movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales se multiplicaron al ritmo de las movilizaciones de base y de los incentivos de instituciones multilaterales. En poco tiempo, el lenguaje de los derechos humanos pasó a ser el lenguaje hegemónico de la dignidad, un lenguaje consensual, eventualmente criticable por no ser lo suficientemente amplio, pero nunca impugnable por algún defecto de origen.

Cierto que se fue denunciando la distancia entre las declaraciones y las prácticas, así como la duplicidad de criterios en la identificación de las violaciones y en las reacciones contra ellas, pero nada de eso alteró la hegemonía de la nueva cultura oficial de la convivencia humana. Cincuenta años después, ¿cuál es el balance de esta victoria? ¿Vivimos hoy en una sociedad más justa y pacífica? Lejos de eso, la polarización social entre ricos y pobres nunca fue tan grande; guerras nuevas, novísimas, regulares, irregulares, civiles, internacionales continúan siendo entabladas, con presupuestos militares inmunes a la austeridad y la novedad de que mueren en ellas cada vez menos soldados y cada vez más poblaciones civiles inocentes: hombres, mujeres y, sobre todo, niños. Como consecuencia de esas guerras, del neoliberalismo global y de los desastres ambientales, nunca como hoy tanta gente fue forzada a desplazarse de las regiones o de los países donde nació, nunca como hoy fue tan grave la crisis humanitaria. Más trágico todavía es el hecho de que muchas de las atrocidades cometidas y de los atentados contra el bienestar de las comunidades y los pueblos se perpetran en nombre de los derechos humanos.

Por supuesto que hubo conquistas en muchas luchas, y muchos activistas de los derechos humanos pagaron con la vida el precio de su entrega generosa. ¿Acaso yo mismo no me consideré y me considero un activista de los derechos humanos? ¿Acaso no escribí libros sobre las concepciones contra-hegemónicas e interculturales de los derechos humanos? A pesar de eso, y ante una realidad cruel que únicamente no salta a la vista de los hipócritas, ¿no será tiempo de repensar todo de nuevo? Al final, ¿de qué y de quién fue la victoria de los derechos humanos? ¿Fue la derrota de qué y de quién? ¿Habrá sido coincidencia que la hegemonía de los derechos humanos se acentuó con la derrota histórica del socialismo simbolizada en la caída del Muro de Berlín? Si todos concuerdan con la bondad de los derechos humanos, ¿ganan igualmente con tal consenso tanto los grupos dominantes como los grupos dominados? ¿No habrán sido los derechos humanos un artificio para centrar las luchas en temas sectoriales, dejando intacta (o hasta agravada) la dominación capitalista, colonialista y patriarcal? ¿No se habrá intensificado la línea abisal que separa a los humanos de los subhumanos, sean estos negros, mujeres, indígenas, musulmanes, refugiados o inmigrantes indocumentados? Si la causa de la dignidad humana, noble en sí misma, fue entrampada por los derechos humanos, ¿no será tiempo de desarmar el engaño y mirar hacia el futuro más allá de la repetición del presente?

Estas son preguntas fuertes, preguntas que desestabilizan algunas de nuestras creencias más arraigadas y de las prácticas que señalan el modo más exigentemente ético de ser contemporáneos de nuestro tiempo. Son preguntas fuertes para las cuales solo tenemos respuestas débiles. Y lo más trágico es que, con algunas diferencias, lo que ocurre con los derechos humanos sucede también con otros conceptos igualmente consensuales. Por ejemplo, democracia, paz, soberanía, multilateralismo, primacía del derecho, progreso. Todos estos conceptos sufren el mismo proceso de erosión, la misma facilidad con la que se dejan confundir con prácticas que los contradicen, la misma fragilidad ante enemigos que los secuestran, capturan y transforman en instrumentos dóciles de las formas más arbitrarias y repugnantes de dominación social. ¡Tanta inhumanidad y chauvinismo en nombre de la defensa de los derechos humanos; tanto autoritarismo, desigualdad y discriminación transformados en normal ejercicio de la democracia; tanta violencia y apología bélica para garantizar la paz; tanto pillaje colonialista de los recursos naturales, humanos y financieros de los países dependientes, con el respeto meramente protocolario de la soberanía; tanta imposición unilateral y chantaje en nombre del nuevo multilateralismo; tanto fraude y abuso de poder bajo el ropaje del respeto a las instituciones y el cumplimiento de la ley; tanta destrucción arbitraria de la naturaleza y de la convivencia social como precio inevitable del progreso!

Nada de esto tiene que ser inevitablemente así para siempre. La madre de toda esta confusión, inducida por quien se beneficia de ella, de toda esta contingencia disfrazada de fatalismo, de toda esta parada vertiginosa al borde del abismo, reside en la erosión, bien urdida en los últimos cincuenta años, de la distinción entre ser de izquierda y ser de derecha, una erosión llevada a cabo con la complicidad de quienes más son perjudicados por ella. Por vía de esa erosión desaparecieron de nuestro vocabulario político las luchas anticapitalistas, anticolonialistas, antifascistas, antiimperialistas. Se concibió como pasado superado lo que al final era el presente, más que nunca determinado a ser futuro. En esto consistió estar en el abismo y mirar atrás, convencido de que el pasado del futuro nada tiene que ver con el futuro del pasado. Es la mayor monstruosidad del tiempo presente.

Artículo enviado  a Other News por el autor el 2 de agosto  de 2018. Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.

Por gentileza de Other News

Idiota utopía

Noé Jitrik
Escritor y crítico literario
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Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Hay recuerdos de infancia persistentes y otros frágiles. Sobre éstos poco se puede decir, suelen desaparecer o bien, si son evocados, tienen poca consistencia, mientras se los evoca van diluyéndose, no importan a quien los escucha, dejan de importar a quien los evoca.

Los otros tienen otra suerte: por algo, que hay que desentrañar, se obstinan en persistir, a veces hasta la muerte, incluso cuando las vidas son tan abrumadoramente largas que bien podrían haber naufragado. En grandes momentos de las películas de Bergman se puede advertir ese extraño fenómeno; es inolvidable en El ciudadano Kane, de Orson Welles, la palabra “Rosebud”, ¿qué fue para Kane, un trauma, un afecto, una esperanza, una decepción?

Sea lo que fuere, el recuerdo, en ese caso, no sigue la economía general de la memoria que procede ordinariamente encapsulando o borrando, en una dinámica a veces incomprensible: ¿cuántas veces me sentí asediado por una tontería y otras con enormes dificultades para recuperar un momento emocionante? No hay forma de calificar los recuerdos, vienen o no quieren venir sin que uno pueda hacer nada al respecto. Pero hay algunos persistentes, más notables si se han originado en la infancia y uno carga sobre sus espaldas numerosas décadas de experiencias de toda índole. Uno de ellos tiene origen en la fiesta de fin de año, en la escuela primaria, cuando estaba terminando mi primer grado.

Los rasgos de la maestra se me borran pero el hecho definitivo es que sentí por ella una adoración que no sé si marcó mi vida pero sí, involuntariamente, mi destino. Con una propensión incontrolable a la poesía pensó que sus niños debían aprender algunos “versitos” para rubricar el duro año de aprendizaje; a mí me pasó uno que terminé por deglutir pero que me hizo sentir, cuando me tocó el turno de vomitarlo, un “trágame tierra” que un empujón de la maestra resolvió. El versito, no lo olvidé, decía más o menos esto: “Mi padre quiere que sea un general/ mi madre un abogado famoso/ y yo lo que quiero es ser un señor confitero”.

Ese fue mi ingreso a la poesía y al mismo tiempo mi salida: tuve que esperar hasta la llegada a mis manos de un volumen de Rubén Darío para creer que la poesía, esquiva, y encantadora, no me rechazara del todo. Quizás, ese empujón previó mi destino, no lo puedo saber pero, sin duda, debe haber una congruencia en alguna parte, uno va siempre a un lugar, por más impreciso que sea, por más detenido que uno esté o creyendo que está atrapado, inerte y que no hay futuro.

Y el verso, si lo miramos bien, presenta tres temas posibles y todos muy importantes no sólo para mí sino para todo ser social: la vertiente de la vocación, el deseo paterno y materno de éxito en la vida y, el que más me interesa, el de un objetivo a perseguir. Como se puede comprender, no es cualquier cosa como sin duda no faltarán algunos que lo piensen.

¿A qué viene todo esto? Por empezar lleva a afirmar que todo ser humano está atravesado por estas tres líneas; para unos la vocación será determinante; para otros lo importante es el mandato familiar pero para todos el objetivo estará ahí acompañándolos, guiándolos o dejándolos solos. Lo que parece evidente es que las tres líneas no se conjugan siempre, es raro que suceda, la primera  y la segunda se alternan en su presencia pero sea cual fuere la ecuación la tercera no falta, todo ser humano tiene un objetivo para su vida, sépalo o no. Por supuesto, la vocación es clara en algunos, los artistas, los escritores, los científicos, algunos profesionales, médicos o arquitectos, así como artesanos y obreros aunque es enorme la masa de quienes o no tienen vocación o no pueden satisfacerla. El influjo paterno/materno es muy notorio en abogados, médicos, contadores y hasta en algunos que no tienen más remedio que continuar lo que los padres han iniciado. Creo que ese mecanismo es aplicable a la mafia, la familia ante todo, es raro que algún miembro se resista a ese mandato.

Me da la impresión de que el entrecruzamiento de esas líneas genera una red social, y narrativa, intrincadísimo pero, aunque es difícil establecer todos los casos interpretables por ese lado, permite, cuando se presenta una situación particular, comprenderla y aun describirla. Supongamos el caso particular de la familia Macri: el padre, gran hacedor de dinero, vocacionalmente consagrado a ese noble objetivo, quiere que, no obstante su temor a que no garantice la continuidad de esa línea, su hijo prosiga y éste, a lo mejor, después de resistirse un poco, termina por aceptar pero tiene vuelo propio; su genio consiste en que al convertir el mandato en vocación aspira a otra cosa, superior cualitativamente, y lo logra, logra un poder político que no debía ser su vocación inicialmente pero que ahora lo es y todos contentos.

Es un caso, pero son tantas las situaciones que más vale no insistir. Más interesante es la tercera línea, la del objetivo que persigue todo ser y toda vida. También, obviamente, una clasificación de las innumerables situaciones es una utopía, imposible hacerla; en cambio se pueden trazar grandes líneas: por un lado, la de los que no saben qué objetivos persiguen o se contentan con las metas que se les proponen; por el otro, la de quienes saben lo que buscan y se preparan para llegar: pueden llegar, felicidad completa, o no, frustración dramática.

No es mi propósito mostrar cuál es el objetivo que pude querer lograr; estoy lo suficientemente confundido como para dejar este punto inconcluso, con la idea, quizás falsa, de que habrá oportunidad, habrá tiempo para tener alguna claridad. Más interesante es lo que concierne a los integrantes de ese proyecto que, desde el aparato estatal, se están mostrando enigmáticamente: creo que todos queremos saber quiénes son, adónde se dirigen, con los límites que eso implica pues sólo tenemos, y no es fácil interpretarlo, lo que hacen, muy definidamente, y dicen, confusamente; aunque mucho no se sabe acerca de su pasado, sí se sabe que ocuparon funciones en grandes empresas, que estudiaron en lugares exclusivos –pero no por su nivel académico sino por el costo de las colegiaturas–, algo sobre casamientos y divorcios pero poco acerca de vocaciones, mandatos y objetivos.

Por supuesto que están en una especie de vidriera y se los juzga constantemente. Unos dicen que son ineficaces: no suscribiría ese juicio; si por ejemplo han conseguido capear el temporal que se levantó por los depósitos en el esmaltado mundo del  Caribe no se les puede negar eficacia. Otros, almas puras, creen que son insensibles; tengo dos posibilidades para considerar este juicio: o bien nunca supieron lo que era la sensibilidad o bien quienes piden que sean sensibles estiman que son seres humanos, que son los únicos, que yo sepa, capaces de ser sensibles. También están los que los consideran cínicos: no está mal este juicio pues resisten toda clase de críticas y de vituperios sin que se les mueva un pelo; se dice, igualmente, que tienen un precario manejo del lenguaje y, entre otros juicios, que poseen una envidiable impavidez para oponerse a los dictados de la realidad. Más severos, unos cuantos los consideran, lisa y llanamente, lacayos del imperialismo, un juicio duro, sin duda, pero que pasan por alto casi con orgullo. Pero no se puede no mencionar que mucha gente admira la elegancia de las mujeres que los acompañan y otros, en la misma línea, se rinden ante la fortuna hábilmente ligada al poder.

Lo que no se puede dejar de considerar es lo que llamaba el “objetivo”, esa meta, ese deseo que todo ser humano tiene de llegar alguna parte que le sería propia y aun destinada. ¿Cuál sería para este grupo? Admito que cada uno de sus integrantes puede tener la suya pero lo que ante todo parece como objetivo principal es el deseo de acumular mucho dinero y cuidarlo. Sin embargo, como el dinero, decían los sabios antiguos, no da la felicidad, la buscan en lo que el dinero la proporciona y que reside en un lugar que es como el Walhalla para estos guerreros de la plata: Wall Street; llegar a ese emblemático sitio, formar parte de los actores de la épica que se escribe allí, mostrarle al mundo que se ha sido aceptado y, por añadidura, que se tiene mucho que decirles a los semejantes que se reúnen en esa gruta para urdir los modos de usar gobiernos y destruir economías y, con ello, dominar conciencias, ése es el objetivo, claro, luminoso, ahí va todo.

¿Para qué? Para eliminar de la tierra todo lo que queda de un mundo contradictorio en el que el ser humano era el objeto central y crear las condiciones para una amorfa utopía tecnológica, robotizada e idiota, sin principio ni fin. ¿Ése es el objetivo que persiguen estas personas?

Por gentileza de Página|12

El murmullo de las sirenas | Notas sobre el veteado narcisista de las teorías científicas

Marcelo Luis Cao
Psicólogo y profesor

Si alguien que me escucha se viera retratado sépase que se hace con ese destino.
Silvio Rodríguez

“…la venerable Circe me dijo: [a Ulises]…Encontrarás primero a las sirenas que encantan a todos
los hombres que se le aproximan; pero está perdido aquel que, imprudentemente, escuche su canto…
Homero | La Odisea, Rapsodia XII

Introducción al problema

Mientras el positivismo fue amo y señor de la comarca científica, el desarrollo de las ideas y su consecuente aplicación, se encadenaba sin solución de continuidad en una acumulación progresiva y constante. El cielo nos estaba esperando a la vuelta de la esquina. Sin embargo, el agitado arribo de las primeras décadas de este siglo dio paso a nuevas formas para pensar la historia de las ideas, especialmente en el campo de las ideas científicas. El concepto de ruptura epistemológica (Bachelard, G. 1948), quebró con la versión acumulativa (una especie de capitalismo de las ideas), para dar lugar a la fragmentación y al obstáculo como inherentes a todo devenir científico. Y un tiempo más tarde, las luchas por la coronación de un paradigma (Kuhn, T. 1962), que reinaría indemne hasta su caída a manos del siguiente, aportó otro modelo para pensar a este complejo proceso, que -al decir de Bachelard- es la formación del espíritu científico.

Me gustaría sumar otra perspectiva, que suplemente y enriquezca a las mencionadas más arriba. Desde hace tiempo estamos familiarizados con el planteo de Piera Aulagnier acerca de que “Para el Yo, conocer el mundo equivale a representárselo de tal modo que la relación que liga a los elementos que ocupan su escena le sea inteligible: (…) que el Yo puede insertarlos en un esquema relacional acorde con el propio (…) según nosotros el Yo no es más que el saber del Yo sobre el Yo (…) se deduce que la estructura relacional que el Yo impone a los elementos de la realidad es la copia de la que la lógica del discurso impone a los enunciados que lo constituyen (…) La representación del mundo, obra del Yo, es, así, representación de la relación que existe entre los elementos que ocupan su espacio y, al mismo tiempo, de la relación que existe entre el Yo y estos mismos elementos.” (Castoriadis-Aulagnier,P., 1975,  Pág. 26).

Este párrafo nos pone en contacto con una cuestión que ya había desvelado a Kant y que inauguraba la serie de las cuatro preguntas de su filosofía cósmica: “¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?”. Y si bien a la primera de ellas, la que nos interesa en este caso, le respondería la metafísica, Kant no olvidaba señalar la limitación que en sí misma portaba y que quedaba denotada con la utilización del verbo poder en la construcción de la pregunta (Buber, M., 1942).

Varios siglos después las preguntas kantianas permanecen vigentes y, en el caso de la que hemos destacado, la apuesta se redobla: ¿cuál es el estatus objetivo del conocimiento?

Si el mundo es una construcción del Yo en base a los significantes aportados por la violencia primaria, ejercida por la función materna, y metabolizados por el sujeto, esto implica que el conocimiento será una propiedad del Yo fundada en una alteridad todavía no reconocida pero que dejará una marca de vincularidad indeleble para toda aproximación posterior a un objeto. Queda así zanjada aquella vieja dicotomía entre subjetivo y objetivo, para dar paso a una visión de neto corte relacional, donde lo que está en juego es la vinculación del sujeto con el objeto, relación sin la cual no existe ninguno de los dos. [1]

Inmanencia y trascendencia (¿narcisismo y objetalidad?) pierden también su calidad de opuestos independientes para entrar en una alternancia propia de las características del sujeto del vínculo (Kaës,R. 1989), dimensiones imprescindibles para poder pensarlo. En función de esto ya no podemos pensar el desarrollo de las teorías científicas sin tener en cuenta el atravesamiento que portan a raíz de los sujetos que las gestaron y de sus contextos históricos y socioculturales.

La secuencia freudiana para pensar el desarrollo de la humanidad -en base a la estratificación en las capas animista, religiosa y científica, aplicada en este caso a la historia de las ideas científicas- está íntimamente relacionada con el derrotero de la  estructuración del Yo, que se dirige desde un polo más fusional y proyectivo a uno más triangular y discriminado.  El tránsito del Yo de Realidad Primitiva al de Placer Purificado, para recalar finalmente en el Yo de Realidad Definitiva (Freud S. 1915), se relacionaría no solamente con las capas antedichas sino también con la entrada y salida (nunca definitiva), del narcisismo y la estructuración del proyecto identificatorio.

Es posible, entonces, pensar que ciertas teorías que en su época fueron consagradas como valederas y hasta irrefutables y que hoy nos causan risa o indignación (generación espontánea, genio maligno, posesión demoníaca de mujeres y animales, flogisto, etc.), como versiones proyectivas fruto del modo de estructuración del aparato psíquico y de un contexto histórico social determinado.  Toda percepción de la realidad se halla teñida por la proyección, consecuencia propia de aplicar al mundo una idea de mundo que es inherente a la forma que tiene nuestro pensamiento [2], a raíz de aquel mítico momento de imprinting llevado a cabo por la función materna mediante la violencia primaria. No obstante, esta proyección será respaldada o no por la prueba de realidad, si es que el sujeto está dispuesto a someterse a ella.

En los niveles de aprehensión más abstractos de la realidad (campo de las ideas y las teorías), la proyección se filtra con la misma facilidad que en cualquier otro. Por tanto, siempre se ha presentado como una dificultad casi insalvable la cuestión de cuánta proyección hay en la percepción y en la aprehensión teórica de la realidad. [3]

Dentro de este campo ideo-teórico hay una idea persistente y estructurante que se reitera inexpugnable a través de todos los tiempos: la de encontrar una respuesta que desentrañe el origen de las personas y las cosas, o sea una cosmogonía. [4]  Las cosmogonías podrían ser pensadas como un desplazamiento proyectivo de temas ligados a las fantasías originarias: de dónde provengo (es decir, los humanos, el mundo, el Universo) [escena primaria], por qué tengo o carezco (ritmos y ciclos naturales, vida y muerte) [castración], cómo y por qué deseo y me desean (razón de la existencia de Dios y de la {su} Creación) [seducción].

Pero las cosmogonías no funcionan solamente como una propiedad privada (novela familiar del neurótico, delirio sistematizado, etc.). En la relación de los sujetos, del vínculo con las cosas y con los otros, existen zonas de superposición e indiscriminación que pertenecen al campo de lo transubjetivo. Es allí, en ese polo isomórfico, donde se maceran los elementos comunes a las cosmogonías compartidas, que dan identidad tanto como lugar de referencia respecto a un otro, como también a la situación del sujeto en relación al Universo. Cuando en los conjuntos transubjetivos se sutura el espacio transicional impidiendo la transcripción, el grupo se cierra sobre sí mismo y la cosmogonía pasa a revistar en la dimensión cristalizada de la ideología (Kaës, R. 1980), como se puede observar en forma casi grotesca en las sectas y en los fanatismos de cualquier forma y color.

Retomando la idea freudiana sobre el desarrollo del pensamiento, podemos figurarnos cosmogonías animistas, religiosas, filosóficas y científicas. Todas ellas pueden entrar en el comercio psíquico de las representaciones pudiendo, como de hecho ya ha ocurrido, progresar de unas a otras mediando tiempo y detenciones. Parece importante recordarlo, especialmente en tiempos donde el posmodernismo —en un movimiento de desideologización ideologizante— intenta imponer una actitud de resignación naïf frente a una realidad supuestamente inmutable.

Los científicos en tanto sujetos también forman parte de y pertenecen a grupos [5], por lo tanto no están fuera de las generales de la ley, caen en la ideología y el dogma como cualquier otro humano. La historia de las teorías por ellos pergeñadas da buena cuenta de ello y todas ellas pueden acomodarse holgadamente en la categoría cosmogónica correspondiente.

Existen muchos ejemplos del peso que el dogmatismo tuvo en la ciencia y que hoy nos mueven a risa, como el de los peripatéticos huyendo del anteojo astronómico de Galileo porque los iba a embrujar haciéndolos ver lo que no existía, o lo que el inventor quería que vieran, o —peor aún— lo contrario al pensamiento aristotélico. Así como, también, el de aquel vehemente miembro de la Academia de Ciencias de París que se arrojó sobre el cuello de Thomas Alva Edison hasta dejarlo lívido, gritando que era el truco de un ventrílocuo, mientras el fonógrafo continuaba impasible reproduciendo sonidos. En estos casos la propia tecnología se encargó de demostrar quiénes estaban equivocados, pero cuando se carecía de la misma o cuando los desarrollos teóricos no lo permitían, las teorías se anclaban por años o siglos.

El caso de Claudio Tolomeo es muy ilustrativo. Astrónomo egipcio del segundo siglo de nuestra era, presentó un sistema planetario donde la Tierra se hallaba en el centro del Universo, alrededor de la cual giraban el Sol, el resto de los planetas y las estrellas. A pesar de que ya existían trabajos de autores griegos que lo habían planteado [6], hubo que esperar catorce siglos para que Copérnico lo refutara.

No obstante, en lo que a nosotros respecta, la teoría geocéntrica nos muestra cabalmente lo que puede hacer la proyección en combinación con la observación ingenua de la realidad. Tolomeo, haciéndose eco de un concepto que circulaba en su época, genera una teoría que nos ubica en el ombligo del Universo. Acertadamente, Freud dio un carácter de herida a la debacle narcisista producida por el astrónomo polaco, que nos quitó la ilusión de llevar a nivel cósmico al Yo Ideal. Durante mil trecientos años la humanidad creyó en una concepción narcisista del Universo, la cual fue reafirmada por la Iglesia recetando hoguera a discreción para quienes no la aceptaran. Para nada sorprendente si recordamos que, desde la visión clerical, somos únicos en la Creación y, por lo tanto, el centro de la misma.  Sin embargo, la astronomía no fue la excepción.

Reloj no marques las horas

La física siempre ha tenido un lugar muy especial en el conjunto de las ciencias. Desde la physis aristotélica hasta nuestros días sus construcciones teóricas, madres de todas las cosmologías científicas [7], han marcado el curso de las otras disciplinas, gracias a que cada una de aquellas construcciones ha vertebrado una visión del mundo, determinando líneas de investigación y teorización.

Este poder ejercido por la física, fruto quizá de su amplio y abarcador panorama en sus orígenes y de la sombra tutora proyectada sobre las ciencias que de ella se desprendieron, la convierte en camino obligado para el acceso al conocimiento científico en general y a las cosmologías en particular. No hay más que recorrer las teorías de la física de cada época para comprobar su influencia, especialmente luego de su alianza con las matemáticas.

La teoría de la relatividad, por dar un ejemplo reciente, delineó una nueva geometría del Universo, (a partir de la idea de su forma circunvílinea), reuniendo en una sola categoría los conceptos de espacio y tiempo, o bien, con la velocidad de la luz como valor límite. Esto generó movimientos en otras disciplinas como la química (teoría de los quantas), las matemáticas (teoremas de Gödel), o la astronomía (expansión del Universo, efecto Doppler), etc.

La física, que supuestamente se dedica al estudio de “cómo” ocurren las cosas, se desliza a otros niveles de abstracción a través de la metafísica, que no casualmente se llama así, generando modelos de pensamiento que gravitan fuertemente sobre otras áreas.

La física clásica es buen ejemplo. Tomando los desarrollos que dejaran sucesivamente Galileo, Kepler y Copérnico y logrando armar un sistema a partir de aquellos junto con sus propios aportes, Newton gestó una cosmología que duró aproximadamente tres siglos.

“La ciencia clásica nos ha mostrado un Universo Mecánico Manipulable eficaz: el Universo Reloj de la Modernidad. Esta imagen mecanicista creada por Descartes y adaptada por Newton y sus sucesores reemplazó a la descripción aristotélica de un Universo vivo, orgánico y creativo (…) la ciencia moderna se transformó en la productora de la cosmovisión [8] dominante (…) El mecanicismo laplaciano expulsó a Dios definitivamente de la explicación científica, considerándolo una hipótesis prescindible. (…) No sólo Dios ha sido expulsado del Universo newtoniano sino también la ética y la estética, la metafísica y el alma han quedado fuera de este Universo geométrico, regido por leyes matemáticas ajenas al dolor y al deseo (…) En el Universo científico clásico el destino está fijado por leyes mecánicas; el azar no ha lugar. Todo acontecimiento está determinado y el mundo se rige por una dinámica causa-efecto. (…) en su descripción mecánica del Universo, el proceso y el tiempo son reversibles como el funcionamiento de un reloj. Normalmente sus agujas giran en un sentido, pero podemos hacer que giren exactamente al revés con sólo girar la cuerda (…)”. (Najmanovich, D. 1991)

Esta inmejorable descripción nos permite entrever algo con lo que el Psicoanálisis está muy familiarizado: una peculiar concepción del tiempo. Un tiempo reversible carece de pasado y de futuro, se desplaza libremente en un presente eterno ya que es posible recomenzar la experiencia infinitamente logrando siempre los mismos resultados. Es que “El objetivo de los fundadores de la física clásica era la formulación de leyes atemporales.” (Prigogine, I. 1991), lo cual nos coloca en la perspectiva del inconsciente, del narcisismo y del principio de placer.

En el estudio de los movimientos periódicos se podría pensar que los clásicos buscaban el movimiento perpetuo como modelo del Universo, como una proyección de su narcisismo, donde todo se mantiene igual, todo vuelve a su punto de origen para volver a comenzar [9]. ¿Afán por encontrar afuera lo que pulsaba adentro? ¿Un Universo hecho a la medida de la reversibilidad cíclica del tiempo, o sea de la atemporalidad, no es equiparable a nivel tiempo con el ombligo Tolomeico a nivel espacial? ¿Acaso ser centro e inmortal no es la aspiración fundante y eterna del Yo Ideal?

La vieja y desgastada propuesta tolomeica vuelve a la carga con un nuevo ropaje físico-matemático. El tiempo eterno e igual a sí mismo espeja la aspiración narcisista del principio de placer de regir y controlar el Universo. Develadas sus partes, sus mecanismos y las leyes que los determinan, podemos suspirar aliviados, la seguridad cosmológica tan cara a ciertos sistemas filosóficos idealistas (Platón, Hegel y siguen las firmas) ha quedado restaurada, y con ella la angustia existencial de sentirnos el junco más débil del Universo, al decir de Pascal, se aleja derrotada por el destello enceguecedor de la teoría de la gravitación universal.

Las quimeras de la física clásica se harán carne en su hijo natural, el positivismo tecno-filosófico. Augusto Comte prometerá el paraíso para cuando superemos la fase religiosa y accedamos por la avenida de la ciencia al manejo de lo conocido y lo desconocido. Aquí el Narcisismo muestra uno de sus rostros más conocidos: la omnipotencia conjugada en el futuro imperfecto del indicativo.

Es curioso el destino de las creaciones humanas. Siempre sujetas, en mayor o menor medida, a las vicisitudes de la proyección de aspectos del grupo interno de sus mentores, dentro de un cierto contexto histórico-social (Cao, M. 1992), intentan investirse con la supuesta autoridad de lo “objetivo” para establecer sistemas delirantes consensuados (en algunos casos la ciencia no tiene nada que envidiarle a la religión), que terminan fagocitados las más de las veces por sus propios sostenedores, o bien, fagocitando a éstos últimos. Como decía Freud, los dioses de una época son los demonios de la siguiente.

Esta descripción no le quita definitivamente el valor a los aportes newtonianos que siguen vigentes para sistemas cerrados y en ciertas condiciones de existencia, sino que intenta ubicarlos en su justo lugar. Aquí Prigogine acude en nuestra ayuda: “La mecánica clásica, la relativista y aún la cuántica son ciencias que describen un tiempo reversible. (…) ¿es el tiempo algo que el hombre pone en la naturaleza, pero ajeno a ella? (…) Todo el problema surge porque se han considerado a los sistemas simples como el modelo del Universo. De esta forma, la física clásica terminó concluyendo que el tiempo no existe (…) Siempre he pensado que el tiempo se descubre a través de la complejidad (…) En los estados equilibrados no hay cambio y por lo tanto, parece como si el tiempo no transcurriera: el sistema es reversible ya que su pasado y su futuro no pueden distinguirse. Lejos del equilibrio, por el contrario, la situación es radicalmente distinta: el sistema se hace inestable y al cambiar, va adoptando ciertas configuraciones, aparece la temporalidad marcando una dirección en el transcurso del tiempo [la “flecha del tiempo”], que hace que ese proceso sea irreversible. (…)”. (Prigogine, I., 1991)

La atemporalidad que inventó la física clásica tiene sustento en razones de peso. La pelea que ya había comenzado entre ciencia y religión había dejado un tendal de teorías en el camino, aquellas que no habían podido enfrentarse exitosamente con la “Creación”. Era necesaria entonces una construcción que estuviera a la altura de su oponente. La inmanencia atemporal de las leyes propuestas, válidas en cualquier lugar del espacio donde se las pusiera a prueba, desafiaba a la religión en su propio terreno, eran tan absolutas como la idea de Dios.

Cuando Napoleón le preguntó a Laplace por qué en su obra, Mecánica Celeste, no era mencionado ni una sola vez el Creador, el físico-matemático contestó que no había necesitado de esa hipótesis. Es que “El Universo Laplaciano es un mecanismo de relojería eterno e increado.” (Najmanovich, D., 1991), tan eterno e increado como el propio Dios.  La ciencia de aquella época intentaba arrebatarle a la Iglesia el sitial que ocupaba en la trasmisión de la verdad, lo que en términos del narcisismo implicaría un simple recambio de teorías sobre el absoluto. La Metempsicosis pitagórica, el Mundo de las Ideas de Platón, el Reino de los Cielos cristiano y las invariables leyes de la física quedaban en un mismo plano de equivalencia, todas aludían a un tiempo eterno e inmutable que permanecía en equilibrio perfecto gracias a la contribución de los eventos individuales y accidentales. Parecía cumplirse un sueño que aún permanece vigente, el de encontrar en una fórmula la síntesis del funcionamiento del Universo. La mecánica clásica con sus leyes relevaba de su puesto a la causalidad divina e inauguraba una nueva cosmología.

Tres siglos después, Einstein renovaría la apuesta intentando encontrar con su Teoría del Campo Unificado (curioso significante), la síntesis negada a sus antecesores. Demás está aclararlo, no la encontró.
La ilusión de un porvenir

Cuando realizamos una investigación con un instrumento determinado, estamos sujetos a descubrir fenómenos dentro del campo espectral que éste posea. La cámara fotográfica y el radar ilustran sobremanera esta cuestión. El Psicoanálisis ha generado, mediante la introducción y utilización de su instrumento, un campo de fenómenos hasta entonces desconocido o por lo menos significado de forma diversa. Sin embargo, esta nueva “zona de la realidad” que con la introducción del instrumento queda fundada, y que se ve en parte determinada por el mismo, no es un continente virgen que desde siempre nos esperaba listo para ser explorado. El instrumento “deforma la realidad” así como el peso de los planetas “deforma el espacio” debido a que su masa se ve afectada por la aceleración de la gravedad. Todo experimento produce una alteración de las variables a mensurar, de tal forma que, en ciertos casos, incluso impide o anula la posibilidad de medición de alguna de aquéllas. [10]

La “realidad psicoanalítica” no es la única verdad, como parecería desprenderse de algunas líneas más militantes que teóricas para las cuales todos los fenómenos son explicables, o por lo menos, ocuparían un lugarcito en el diván de Berggasse 19, o bien, florecerían perennes en los bulevares de los Campos Elíseos. Si, a pesar de lo planteado, quisiéramos creer en la presencia de cierta ingenuidad tributaria a esta postura, de cualquier manera ésta pronto devendría postura ideológica (Kaës, R., 1980).

Como hemos visto respecto de otras ciencias, todo corpus teórico tiende a generar cosmovisiones y cosmogonías casi como un fruto natural de su “ser-en-el-mundo”. La forma con la que se estructura un pensamiento científico (y de los otros también), termina tiñendo el Universo a colegir y representar, como lo demuestra el párrafo de Piera Aulagnier citado en la introducción.

Freud, padre-creador de nuestro instrumento, intenta convencernos -pero también (nos aventuramos) convencerse- de que el Psicoanálisis no habría generado una cosmovisión. Con este propósito escribe la N­º 35 de sus Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis donde dedica vastas argumentaciones a tal fin. No obstante, a pesar de sus esfuerzos para que no confundamos los andamios con la construcción, tal como advierte en el capítulo 7 de la “Interpretación de los Sueños”, algunos de los modelos que utiliza a lo largo de su obra se fueron convirtiendo en las piedras basales de una catedral psicoanalítica en la que se oficia y cultiva un modo de delinear la realidad que se parece bastante al de las otras ciencias, cuando no a las religiones, en lo referido a cosmogonías, cosmologías y cosmovisiones.

El Psicoanálisis, como no podría ser de otra forma, ha generado cosmogonías. Trabajaremos con una de ellas, la del origen del sujeto social, plasmada en la saga de la horda primitiva. Esta cosmogonía surge como correlato necesario de la búsqueda psicoanalítica acerca del origen y de la organización del psiquismo, ya que éste surge gracias a los intercambios producidos entre la función materna y el infans (Aulagnier, P. Op.Cit.), apuntalados en la matriz social del grupo, la familia y la cultura (Kaës,R., 1976, 1984). La horda primitiva se nos presenta como un ejemplo de cómo el modelo ideado para dar cuenta de la cosmogonía termina cristalizándose, convirtiéndose en un dogma, a partir del cual es posible explicar el origen de toda sociedad.     Asimismo, tomamos este modelo como ejemplo porque se trata de una cosmogonía socio-psicoanalítica que ha sido largamente discutida desde su temprana aparición en Tótem y Tabú  hasta la fecha.

Quizá por ser una concepción importada de la antropología de la época (Darwin, Ch., 1871 y Atkinson, J., 1903), nunca fue del todo aceptada por algunos de sus seguidores. Otros, en cambio, luego de su posterior refutación por la propia antropología, la sostuvieron a ultranza como una verdad revelada, elaborando teorías tributarias a la misma. O, también, aplicándola, —en algunos casos inadecuadamente o sin intermediarios— a otros campos dentro o fuera del Psicoanálisis para dar cuenta de fenómenos complejos (los cuales de este modo se simplificarían), o bien, forzándola de tal manera que terminara convirtiéndose en un lecho de Procusto. [11]

Esta cosmogonía intenta dar una explicación sobre el origen del hombre cultural, es decir, del hombre que vive asociado a otros bajo normas que imponen pautas de conducta por todos reconocidas, en oposición a la horda donde impera la “ley de la selva” o la del más fuerte, con el contenido de arbitrariedad que esto implica. Freud rastreó este origen en los albores de la sociedad totemista, aquella donde la dramática del Complejo de Edipo se encarnaba a la perfección: deseo, prohibición, incesto, castración, parricidio, sentimiento de culpa, identificación, ambivalencia.

Poner las coordenadas del origen en el Complejo de Edipo es una propuesta que Freud aplica a varias de las escenas que el Psicoanálisis de aquella época ayudaba a colegir: desde la delimitación de las fronteras entre el Icc y el Prcc (o posteriormente entre las instancias de la segunda Tópica), pasando por el contenido de las protofantasías, hasta los ya planteados albores del hombre cultural.  El Complejo de Edipo funcionó como un verdadero analizador (Loureau, R., 1972), que permitió deslindar campos de influencia y aplicabilidad (como el caso de la teoría del desarrollo de la libido, las zonas erógenas, la represión, etc.) y de tiempos lógicos (estructuración del aparato psíquico, estratificación de las ya citadas etapas del pensamiento, etc.)

Sin embargo, a la luz de los desarrollos posteriores hubo que correr las coordenadas hacia atrás, como queda demostrado respecto del contenido de las fantasías originarias. Si bien éstas se resignifican en función de una conflictiva edípica, los materiales con las que están amasadas corresponden a los estratos más arcaicos de la estructuración del sujeto (Laplanche, J. y Pontalis, J. B., 1964). Las categorías adentro-afuera, antes-después y semejante-diferente con las cuales el psiquismo del lactante debe intentar inteligir al mundo y a sí mismo en los albores de la estructuración del aparato psíquico, devendrán luego de un proceso de continua complejización fantasmática en los guiones escénicos de seducción, castración y escena primaria (Bernard, M. 1992).

Lo preedípico llega con peso propio a la teoría cuando su creador se encontraba en el tramo final de su vida y fundamentalmente a raíz de la investigación de la sexualidad femenina. A esa altura esta cosmogonía psicoanalítica estaba bastante crecida y permaneció sin revisión, por lo que siguió generando confusiones entre la realidad histórica y el registro de lo imaginario (Laplanche, J. y Pontalis, J. B., 1964).  Esta confusión que se repite en los propios sujetos, entre las fantasías de los orígenes (teorías sexuales infantiles), y sus verdaderos orígenes históricos, abre un paralelo entre el fantaseo y la creatividad científica que, como vimos, no es patrimonio exclusivo de ninguna disciplina. [12]

Que la horda primitiva haya o no existido carece de importancia. Lo que Freud nos propone es un modelo como tantos otros (el aparato psíquico por ejemplo), y si por momentos parece no presentar dudas acerca de su veracidad haciendo gala del criterio positivista dominante, otros pasajes de su vasta obra desmienten la uniformidad de esta tendencia permitiendo una lectura transversal, que por supuesto tampoco es la única. En todo caso, la literalidad con que este modelo (y no sólo éste) fue tomado, si bien alarma también ubica al Psicoanálisis dentro las generales de la ley: como toda producción científica puede caer presa de sus propias imágenes.

En la segunda década del siglo pasado, Freud se hallaba a tal punto influido por los desarrollos de la época, capitaneados por Lamark, que en un artículo de reciente exhumación (Vicens, A., 1989), y que se supone pertenece a la colección de los seis artículos metapsicológicos perdidos, intenta relacionar el desarrollo de la libido con la secuencia de las eras geológicas, y en especial con el fenómeno de las glaciaciones. Durante las mismas, y en escenarios cavernícolas, es donde las distintas psiconeurosis se originarían debido a las distintas circunstancias vitales y materiales, tal  como escasez de comida y abstinencia sexual. Esta última para evitar el aumento de la prole y consecuentemente un aumento del consumo alimentario.

En este texto se sientan las bases de lo que pocos años más tarde se traduciría como protofantasías (Freud, S., 1918). Estas pretenderán explicar, con su sustrato filogenético, lo que la historia del sujeto no da cuenta. Dan comienzo, así, los intentos para despejar una relación de causa-efecto entre la filogénesis y la ontogénesis tanto en el plano mental como en el social, probablemente por ser una noción fuerte de la época. Un encomiable intento que involuntariamente condujo a reduccionismos.

La sociedad no está edificada solamente en base al Complejo de Edipo; las teorías de los organizadores psíquicos grupales, (Anzieu, D., 1986) (Kaës, R., 1976,1986), dan cuenta de las vicisitudes que sufre el proceso de construcción de las representaciones mentales y la realidad psíquica en su múltiple apuntalamiento sobre las necesidades corporales, el aparato psíquico mismo, el grupo y la cultura (Bernard, M., 1991). Estos aportes permitieron colegir tanto los procesos de formación de un grupo como los de los grupos internos (Kaës, R., 1985), y -por lo tanto- enfatizar la importancia que tiene el papel de la cultura en la formación del psiquismo, dándole estructura y contenido a las disposiciones que provienen de la vía filogenética.

Esto no quiere decir que el Psicoanálisis de las primeras décadas del siglo pasado estuviera equivocado; por el contrario, muestra el límite espectroscópico que le marcaron los modelos que utilizaba en aquella época. El ascenso y caída de conceptos y categorías es propio del movimiento ondulante de las ciencias, la cristalización es patrimonio único de los dogmatismos y las religiones. También dentro del Psicoanálisis el hallazgo de nuevos elementos permite la creación de nuevos modelos que, a su vez, permiten el descubrimiento de nuevos elementos que son integrados en aquéllos, hasta que la presión de éstos excede la resistencia de las paredes del modelo, acaeciendo entonces la ruptura epistemológica.
El cielo protector

La creación de sistemas cerrados o absolutos que garanticen el entendimiento de todo lo que sucede es una vieja aspiración narcisista y vale para cualquier sistema: físico, filosófico, psicoanalítico, etc. Los nuevos paradigmas que impregnan la ciencia actual se alejan cada vez más de la idea de que el Universo funcione como un reloj suizo o de que la predictibilidad de la conducta de los sujetos y las sociedades sea ajena a su historia y al azar. Tal vez estemos alcanzando en ciencia un lugar, ya anticipado por Pascal, que puede resultar desesperante. Es que cuanto más conocemos, más en contacto con los límites de nuestro conocimiento nos ponemos, paradoja de las paradojas que nos hace retornar sin escalas a la dimensión socrática, quitándole a la ciencia el formato de templo que intentó heredar de la religión. Sin embargo, creer esto último a rajatabla nos reconduciría nuevamente al campo de los dogmas.

Quizá el destino humano esté marcado por este derrotero y no podamos hacer otra cosa que crear cosmogonías que prohíjen cosmovisiones, en un intento —capitaneado por el Proceso Secundario— de religarnos [13] con las envolturas perdidas. De hallar un sentido para esos significantes que titilan lejanos y helados noche tras noche y encontrar un consuelo no sólo para lo que perdimos, sino también para lo que habremos de perder.

Freud nos alertaba acerca de que el Psicoanálisis no era una cosmovisión, vano intento. Toda teoría es tentada a caer en ese lugar, pero no sólo en tanto teoría, sino también en tanto quien la porte. Qué otra cosa podemos hacer si, luego de aceptar que fuimos arrojados a este mundo desde aquel paraíso por la ira del divino Padre [14], nos descubrimos abandonados a la buena o mala del azar en un pequeño lugar excéntrico del núcleo galáctico con el peso insoportable de sentirnos solos en la inmensidad del supuesto infinito.

La nostalgia por las envolturas perdidas se resignifica no sólo por las frustraciones a las que nos vemos expuestos, sino también por el contacto con la radical soledad que nos carcome hasta los tuétanos. Entonces, el paraíso cobra forma y representación. Comenzamos a añorar algo que no tuvimos y que ahora se ve sobreinvestido por la imaginarización propia que hace de aquel fluido recinto, el lugar donde se suprimirán las desdichas del hoy junto a la realización de los deseos de siempre. Las cosmogonías tendrán un lugar importante en esta economía psíquica, serán un intento de explicación de aquella pérdida que fue la que nos dio origen. Llegarán, desde una perspectiva del Proceso Secundario infiltrado por el Primario, en formato teísta como “génesis”, apuntando a re-ligarnos con el lugar de la divinidad indivisa de donde provenimos y que por alguna causa perdimos (teoría del pecado original). O bien, en formato científico dando cuenta del origen del Universo.

Sí, como podemos colegir de todo lo expuesto, las cosmogonías intentan resolver —desde un campo animista, religioso o científico— la problemática de las fantasías originarias. Las cosmovisiones están relacionadas con la conformación del Yo y a la visión unificada que éste puede tener de sí mismo. Y, mutatis mutandis, como lo demuestra Piera Aulagnier, del conocimiento del mundo y del Universo. Un Yo sin fisuras, especular, imaginario, completo, tiene el dominio y el saber sobre sí mismo; una “cosmovisión cosmológica” pretende semejante unificación para el saber y dominio del Universo, intenta expandir sus fronteras a todo lo conocido y que lo desconocido sea posible de inteligirse con las mismas leyes.

En ciencia se denomina error de expectación cuando uno espera encontrar en una experiencia dada algo que supone de antemano. Este concepto terminó de incluir al científico dentro del campo de la experiencia y canceló la fantasía de objetividad del conocimiento cambiándola por la de implicación (Loureau, R., 1990). Sin embargo, en las entrelíneas del discurso de la ciencia aún podremos hallar la aspiración de reencontrar aquel lugar perdido. Y no podría ser de otra manera, ya que el científico en tanto humano porta la marca fundante e irremisible del narcisismo, que se manifestará de alguna forma y grado en su obra.

Leamos a Sábato, un físico devenido escritor: “(…) Todo gran arte es un poco como el sueño, una reacción contra el mundo exterior y, en ocasiones, una violenta y rencorosa negativa. Un gran creador levanta sus obras porque le disgusta el mundo que lo rodea, malogrado por la fealdad, la imperfección, la relatividad y el desorden. Y el gran artista busca lo absoluto. (…)  Esta es la esencial diferencia entre la ciencia y el arte: la ciencia es la visión de la realidad que logra un hombre que debe prescindir de su yo; el arte es la visión de alguien que no puede lograr esa prescindencia. Esa incapacidad es justamente la raíz de su originalidad. (…)”(Sábato, E., 1992).

Un científico, hombre al fin, no puede prescindir de su Yo para la visión de la realidad, porque Yo y realidad son polos de una estructura vincular intra, inter y transubjetiva. Ni la realidad está “afuera” esperando que la vayamos a descubrir —para deleite del espíritu de niño explorador del positivismo y sus aliados filosóficos— ni es una alambicada proyección originada en un saber inherente a la intuición cósmica inmanente del ser.

Todos tenemos en tanto humanos algo de artistas y de científicos, somos creadores, a nuestra imagen y semejanza, de todos los dioses y todas las teorías. Y las diferencias son menos de las que se piensan, ya que la idea de re-crear el mundo vale tanto para la obra como para la teoría. Formatos y embalajes diferentes para el procesamiento de la investidura pulsional que transcribe la sublimación.

Quizá no esté de más recordar la precaución con la que deberíamos movernos a través de las sendas de las ideas. Si bien intentamos reencontrar el viejo y anhelado origen desde diversos planos: físico (orgasmo), espiritual (religiones, instituidas o instituyentes), intelectual (teorías totalizadoras), conducentes todos ellos a una experiencia de fusión (con otro, con el cosmos, con el saber), es necesario sobrellevar esta situación de fascinación encandilante hasta que las vicisitudes de la reacomodación de la libido y de los estratos identificatorios permitan reposicionar al Yo frente a su objeto, para poder entonces apreciar sus matices y diferencias desde nuestra fragmentaria visión.

El narcisismo, como decía el poeta, es un rayo que no cesa. Resulta imposible escapar completamente a la captura de su fulgor. Nuestra tarea desde la ciencia, cualesquiera sea el campo donde operemos, es la de optimizar la distancia que nos une y separa con la tentación de caer en sus brazos y deleitarnos con su canto arrullador.  Para ello se han abierto en su espesura diversos senderos que permiten regular con distintas trayectorias y perspectivas la atracción que ejerce y que nos llama a internarnos gozosamente y sin rumbo en él. Hay un par de senderos que dejan su tronco común para bifurcarse en dos modelos opuestos y relacionados entre sí, a través de la gradualidad de sus respectivos intermediarios y cuya mejor ilustración proviene de la saga de La Odisea.

Para escuchar el canto de las sirenas y evitar ser cautivado por el mismo, Ulises tapó los oídos de sus marineros con cera y se hizo atar al palo mayor. Y si bien la supresión temporaria, en este caso sensorial, permite a los marineros continuar remando sin registrar la atracción de arrojarse al mar en pleno éxtasis y ahogarse, entraña el peligro de no saber de lo que se están defendiendo. Lo cual, tarde o temprano, termina volviéndose en contra ya que impide la elaboración y transcripción de aquellos estímulos, a raíz de la amputación de un sensorio interno. En cambio, resistir a pie firme la tentación eterna del llamado del espejo de Narciso desde el anclaje de la renuncia (siempre parcial), y el reconocimiento de la castración (siempre fluctuante), permite intentar, con mayor trabajo psíquico y menor placer inmediato, la continuación de la travesía por otros medios.

En el campo literario de La Odisea, la solución fue eficaz para llegar al buen puerto de Itaca, quizá en el de la ciencia también pueda serlo.  Desde lo profundo de nuestra historia cultural la visión de un autor ciego (condición en la que todos nos hallamos frente al misterio y al desconocimiento), iluminó un camino a desandar a través de las peripecias sufridas por sus personajes. Esta fue su enseñanza y su legado.

Que Ulises nos sirva de inspiración.

Referencias bibliográficas

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Por gentileza de El Psicoanalítico

Necesidad del enfoque reichiano

Erick Daniel Granados Monroy
Licenciado en Filosofía, Máster en Desarrollo Humano y Doctor en Gestalt. Profesor de la Universidad Latina, Campus Sur, Distrito Federal (México). Colaborador de las revistas electrónicas Mundo Gestalt, Filosofía Mexicana, Razón y Palabra y Revista de Psicología y Humanidades.
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Resumen

En esta reflexión retrotraemos los fenómenos señalamos por Wilhelm Reich en las nociones de Irracionalidad e Ideología como procesos deformadores de la realidad y del Ser, que podemos observar en situaciones y problemáticas contemporáneas de nuestro entorno.

Palabras clave: Psicología Política Reichiana, Irracionalidad, Ideología.

Introducción

En estas líneas queremos retomar algunas de las categorías principales de la psicosociología de Wilhelm Reich, primordialmente las categorías de Irracionalidad e Ideología, en pos de denotar su verdad y actualidad ante las distensiones contextuales que las neocolonias tercermundistas seguimos padeciendo por un lado, y avivando por otro.

Los métodos utilizados en este proceso heurístico fueron el doxográfico y el dialéctico, ambos bajo el enfoque cualitativo. El esquema estructurante que se siguió fue el Francés Clásico.

El documento se encuentra constituido por cinco apartados: Introducción, Desarrollo, Conclusiones, Referencias bibliográficas y Notas.

Tras esta presentación elemental, procedemos a argumentar los tópicos.

Desarrollo

Recordemos, solo para contextualizar, que la secuencia conceptual reichiana que enlaza las categorías que comentaremos, es la siguiente:

Partimos de la noción de Pulsión Vital, el proceso de expansión-contracción que se correlaciona con el funcionamiento biológico, y con la distinción entre materia animada e inanimada. De ahí surgen las nociones de Racionalidad e Irracionalidad: actos, procesos, decisiones, ideas o instituciones, que se enfocan en desarrollar o impedir los procesos de crecimiento, de complejización y profundización de la vida y del Ser.

Lo Racional buscará manifestarse en procesos que en sentido macro se proyectarán en la Democracia Laboral, y en sentido micro en la Política Sexual. Elementos que buscan el crecimiento, la libertad y la felicidad tanto en los procesos comunitarios, como en las dinámicas afectivas y sexuales interpersonales, más allá de lo planteado por tradiciones, instituciones y autoridades.

Por otro lado, la Irracionalidad será mantenida por la Ideología, un proceso homogenizante, cosificador y focalizador que lleva a la persona a ser lo que el Poder necesita para afianzarse y crecer.

Lo Irracional se refiere a una modalidad utilitaria [1] que busca estructurar la sociedad y a lo humano, lo macro y lo micro, a los fines y beneficios de un sector minoritario, en detrimento de la mayoría explotada.

Un acercamiento a la teoría reichiana, donde se hace una explicación del origen de la Irracionalidad, expresará lo siguiente…

“Todas las discusiones acerca del tema de si el hombre es bueno o malo, si es un ser social o antisocial, son en realidad pasatiempos filosóficos. Que el hombre sea un ser social o una masa protoplasmática de reacciones irracionales, depende de si sus necesidades biológicas fundamentales están en armonía o en conflicto con las instituciones que el mismo ha creado.

Por ello es imposible relevar al hombre trabajador de su responsabilidad por el orden o el desorden, o sea, de la economía, individual y social, de la energía biológica. Delegar entusiastamente esa responsabilidad en algún Führer o político, se ha convertido en uno de sus rasgos esenciales, puesto que no puede ya entender ni a sí mismo ni a sus propias instituciones, de las cuales sólo tiene miedo.

Fundamentalmente es un ser desvalido, incapaz de libertad, y que clama por autoridad, pues no puede reaccionar espontáneamente; está acorazado y espera órdenes, porque está lleno de contradicciones y no puede confiar en sí mismo.

La burguesía europea culta del siglo XIX y principios del XX, había adoptado las compulsivas formas de conducta moral del feudalismo, convirtiéndolas en el ideal de la conducta humana. Desde la era del racionalismo, los individuos comenzaron a buscar la verdad y clamar por la libertad. Mientras las instituciones morales compulsivas estuvieron en vigencia —fuera del individuo como leyes compulsivas y opinión pública, dentro del mismo como conciencia moral compulsiva— había algo así como una calma de superficie, con erupciones ocasionales desde el volcánico mundo subterráneo de las tendencias secundarias. Mientras eso se mantuviera así, las tendencias secundarias sólo eran curiosidades que únicamente interesaban al psiquiatra. Se manifestaban como neurosis sintomáticas, actos neuróticos criminales o perversiones.

Pero cuando los cataclismos sociales comenzaron a despertar en los europeos ansias de libertad, independencia, igualdad y autodeterminación, ellos se encontraron naturalmente impelidos hacia la liberación de las fuerzas vitales dentro de sí mismos.

La cultura y la legislación sociales, el trabajo de avanzada en las ciencias sociales, las organizaciones liberales, todos trataron de traer la “libertad” a este mundo. Después que la primera guerra mundial destruyó muchas de las instituciones autoritarias compulsivas, las democracias europeas trataron de “conducir a la humanidad hacia la libertad”.

Pero ese mundo europeo, en su pugna por la libertad, cometió un gravísimo error de cálculo.

No tomó en cuenta que la destrucción de la función viviente en el ser humano durante miles de años, había engendrado un monstruo; olvidó el profundamente arraigado defecto general de la neurosis del carácter. Y entonces, la gran catástrofe de la plaga psíquica, esto es, la catástrofe del carácter humano irracional, emergió en la forma de las dictaduras.

Las fuerzas que habían sido exitosamente contenidas por tanto tiempo bajo el barniz superficial de la buena educación y el autocontrol artificial, dentro de las mismas multitudes que estaban clamando por libertad, irrumpieron ahora en acción. En los campos de concentración, en la persecución a los judíos, en la destrucción de toda decencia humana, en la matanza de poblaciones civiles por monstruos sádicos para quienes era un deporte encantador ametrallar a los civiles y que sólo se sentían vivir cuando desfilaban al paso de ganso, en el gigantesco engaño de las masas allí donde el Estado pretende representar el interés del pueblo, en el aniquilamiento y sacrificio de cientos de miles de adolescentes que, lealmente, creían servir un ideal; en la destrucción de trabajo humano evaluado en billones, una fracción de los cuales hubiera sido suficiente para desterrar la pobreza de la faz de la tierra; brevemente, en una danza de San Vito que continuará mientras los poseedores del conocimiento y del trabajo no consigan desarraigar, tanto dentro como fuera de sí mismos, la neurosis de masas que se denomina “política” y que prospera a base de la desvalidez caracterológica de los seres humanos.

Entre 1928 y 1930, en la época de las controversias con Freud que describí antes, yo no sabía más del fascismo que el término medio de los noruegos en 1939 ó de los norteamericanos en 1940. Sólo entre 1930 y 1933 fue cuando llegué a conocerlo en Alemania. Me encontré perplejo cuando me enfrenté con él y reconocí en cada uno de sus aspectos el tema de la controversia con Freud.

Gradualmente comencé a comprender la lógica de todo eso. Esas controversias habían girado en torno a una estimación de la estructura humana, al papel desempeñado por el ansia humana de felicidad y al irracionalismo en la vida social.

En el fascismo, la enfermedad psíquica de las masas se revelaba sin disfraces.

Los enemigos del fascismo, demócratas liberales, socialistas, comunistas, economistas marxistas y no marxistas, etc., buscaban la solución del problema ya fuera en la personalidad de Hitler o en los errores políticos de los diversos partidos democráticos alemanes.

Tanto lo uno como lo otro significaba reducir la plaga psíquica a la miopía del individuo humano o a la brutalidad de un solo hombre.

En realidad, Hitler no era más que la expresión de un conflicto trágico en las masas, el conflicto entre el anhelo de libertad y el miedo real a la libertad.

El fascismo alemán decía de muchísimas maneras que estaba operando no con el pensamiento y el conocimiento del pueblo, sino con sus reacciones emocionales infantiles. Lo que lo llevó al poder y le aseguró luego la estabilidad no fueron ni el programa político ni ninguna de sus innumerables y confusas promesas económicas: fue, esencialmente, su llamado a oscuros sentimientos místicos, a un anhelo indefinido, nebuloso, pero sin embargo extremadamente potente.

No comprender eso, significa no comprender el fascismo, que es un fenómeno internacional.” [2]

¿Les sonó a algo conocido y contemporáneo? [3]

De acuerdo a lo anterior, la Irracionalidad —la rigidez sadomasoquista, producto de la insatisfacción individual y comunal, deliberada, temprana y constante—, deviene en Fascismo.

Fascistas son aquellos esquemas conductuales masivos de irresponsabilidad y destructividad; pautas sociales e intersubjetivas tradicionales, anti-vida e inalterables, que pueden y de hecho son utilizadas para movilizaciones utilitarias, mercantilistas y colonialistas.

El fascismo, manifestación grupal de una introyección personal, de un ser lacerado, cuyas necesidades e impulsos primarios y biológicos han sido milenariamente reprimidos y tendenciados, focalizados a lo necesario por el Poder.

Entonces, la Irracionalidad es el egoísmo, estupidez y brutalidad personal, producidas por el Estado Irracional, por la Institución Fascista, en pos de sus programas, objetivos y ambiciones.

Esto nos lleva a la siguiente categoría, la Ideología.

La Ideología tiene como propósito crear un Zeitgeist, un habitus, una cosmovisión que focalice los aspectos medulares de una ubicación espaciotemporal, en pos de permitir facilitar y mantener los procesos irracionales que necesita la clase alta para mantener su hegemonía.

Ampliando la noción y correlación de la Irracionalidad, su origen, lo deliberado y utilitario de su conformación, desarrollo e implantación, Reich explicará la noción e influencia de la Ideología del siguiente modo…

“Las condiciones económicas de una ideología explican su base material, pero no nos enseñan nada sobre su núcleo irracional. Lo que constituye directamente este núcleo es la estructura caracterológica de los hombres sometidos a las condiciones económicas respectivas, y que reproducen de este modo el proceso histórico-económico de la ideología.

Al crear las ideologías, los hombres se transforman a sí mismos; es en el proceso de formación de la ideología donde encontramos su núcleo material. La ideología aparece, pues, con un doble fundamento material: uno indirecto en la estructura económica de la sociedad, y uno directo en la estructura típica de los hombres que la producen y que, a su vez, está determinada por la estructura económica de la sociedad. Es evidente, pues, que las formaciones ideológicas irracionales estructuran a los hombres de modo irracional.” [4]

Entonces, la ideología deviene de la dinámica de procesos hegemónicos y de mercado y tiene como propósito realizar un proceso performativo en el cual se produzca un tipo de persona que confluya y coadyuve con los criterios e intereses de esa clase económica a la cual él no pertenece.

La ideología tiene un trasfondo económico clasista, pero se manifiesta como un producto cultural neutro; como cargas semánticas positivas y comunitarias; como una creencia saludable, elegida e inexorable.

Entonces, hay una completa correlación entre ambas categorías, entre los proyectos irracionales y los procesos de ideologización.

El Irracionalismo en la persona y en la comunidad, surge, es producido por la acción de la Ideología: construcción y estrategia semántica y pragmática, cultural y fáctica, que será primordialmente: separativa, excluyente, magnificadora, minimizadora y utilitaria; adoctrinamiento que configurará personalidades irracionales.

La ideología, entendida como un tipo de proceso irracional, focalizador, tendenciante y estructurante, que influye en el percibir-sentir-pensar-hacer del humano ubicado en ese tipo de entornos occidentalizados: monetaristas, unidireccionales y violentadores.

En la ideología, nosotros confluimos con la agenda de los estamentos altos. Creemos que nosotros construimos nuestra comunidad, cultura y personalidad, pero simplemente estamos acatando los comandos que las clases altas programan.

Sabes que una persona está ideologizada porque ostenta una estructura caracterológica donde él y sus cercanos salen dañados.

Ideas, creencias, valores, criterios y acciones que él no eligió, que no le sirven, que a su vez le afectan, y que no obstante defiende.

Nadie que haya crecido en esta comunidad irracional estará libre de los preceptos deformadores y manipuladores programados por las élites, y menos las clases medias y bajas. Condicionado está el campesino y el obrero, pero también el estudiante y el académico.

No solo los iletrados son atacados por el proceso irracionalizante de la hegemonía, no, ojalá; ese proceso de homogenización no tiene límites, afecta a jóvenes, adultos y ancianos; norteños, sureños y chilangos; cultos, iletrados y analfabetas funcionales; ni siquiera los “universitarios” y “académicos” son inmunes a esa inoculación.

Ahí tenemos el caso de varios profesores que aún con posgrados y especialidades fueron afectados, manipulados por los procesos simbólicos y alienantes de las culturas de masas, de los procesos partidistas que recién vimos. ¿Cuántos “profesionales” y docentes vieron ustedes azuzados en el partidismo, por las propagandas, por la supuesta izquierda, por nuestra “luz de esperanza”?

Lamentable que “incluso” los leídos y escribientes hayan sido engañados por ese mesías de pseudo izquierda que es Obrador. Esa persona sólo es uno más de los empleados que sirven a la corporativocracia. Él no lo dice, no lo acepta, y las masas crédulas e irreflexivas no lo entenderán.

En esa relación de sadomasoquismo entre el poder y la población, incluso el “electo” ya ha hecho comentarios directos y explícitos para que al rato no se sientan engañados; lo enuncia frontalmente: respetará empresas e instituciones. Ahí sí está siendo sincero, dice la verdad, no los engaña; está siendo más bien cínico, pero de fondo es veraz. Seguirá respetando a la camarilla financiera que lo puso ahí, y a los siervos de ellos, a los cuales obviamente no va a afectar.

Ciclos, procesos repetitivos decía Spengler en “La Decadencia de Occidente”, esos momentos donde los caudillos surgen, donde lo imperante es lo utilitario, donde los sectores económicamente poderosos expolian salvajemente y las masas aúllan y trastabillan entre dolor, ignorancia, necesidad y placer.

Egotismo ensimismante que lleva a mentirse a uno mismo, a dejar de lado las evidencias, a ignorar los indicios, a creer, pese a que los hechos indiquen lo contrario.

Pues bien, ya muchos lo dijeron previamente, Vasconcelos por ejemplo, y obviamente Reich.

Un tipo de fascismo azul que nos lleva a mantenernos en el performance funcional de obrero eficiente y ciudadano obediente. Puedes gritar, marchar, rayonear muros, escupir iglesias, quemar puertas, pero acabando tu catarsis, el lunes, de vuelta a la máquina, a seguir haciendo funcionar el sistema.

Esto es algo que tampoco entienden las feministas: se les “conceden” derechos, ellas “ganan” garantías, pero no van a la raíz. Ya pueden adoptar, cambiar sus apellidos, modificar su fenotipo, ya tendrán más y más “representantes”, más “emponderamiento”, pero igualmente, el lunes, después de bailar y gritonear en sus marchas, a trabajar, a pagar impuestos, a producir, y a mantener esta cosmovisión clasista. ¿Algo varió esta etapa histórica con sus cacareados derechos de género? Parece que no.

A sabiendas de que las palabras no tienen la capacidad constructiva y destructiva que uno quisiera, en esta sociedad neurótica, en esta fase histórica, se tienen que hacer denunciamientos conceptuales lo más claros y radicales posible. Cuando menos en nuestros ámbitos micro; ser críticos, no dejarnos arrastrar por aquellos que deforman, manipulan y usan.

Reich fue radical.

Reich fue una figura excepcional.

Reich lo hizo: fue radical con sus aserciones sobre el proceder de los siervos del Poder. Y por ello fue expulsado y vilipendiado por el Partido Comunista Alemán, por la Sociedad Psicoanalítica —siendo voto decisivo el de su presidente, Freud—, para finalmente ser asesinado por la FDA.

Estas tres instituciones y sus integrantes denotaron una horrenda incongruencia, cobardía y falsedad.

Toda institución tiene detrás, y medularmente, elementos utilitarios, acciones y fines a favor de las clases altas. No importa si en la fachada dice salud, democracia o universidad, detrás de ellas, medularmente, está la camarilla financiera expandiéndose, controlando y beneficiándose.

Si tú no lo ves, eres ingenuo; bien intencionado quizás, pero con tu ceguera, parte del problema serás.

Como con el movimiento de la UNAM que “surgió” en el CCH Azcapotzalco; como con López Obrador; como en el zapatismo; como en el 68.

Lo de la UNAM…

Tendenciado; cotos de interés manipularon a los jóvenes, pastorearon a los estudiantes, influyendo y focalizando —previa infiltración en— sindicatos, organizaciones estudiantiles y consejos académicos [5]

Obrador…

No es autónomo, no es independiente, no es genuino. Bajo la psicosociología, el partidismo es herramienta de la hegemonía, simple diversificación exterior, pero con el mismo trasfondo corrupto. Diría Javier Villegas…

“Con sus declaraciones más mesuradas, Obrador le está bajando la emoción a la audiencia, para que cuando entre en funciones, como no se podrá hacer todo lo prometido, con lo que cumpla, todos queden contentos; y tampoco quieran tantos resultados con esa realidad desde ahora descrita.

Es lo mismo que cuando comenta que todos los mexicanos son honestos y trabajadores. La palabra construye la conciencia colectiva. Es la herramienta del político.”

Al ser México una neocolonia tercermundista, el Poder se sirve de la violencia, impone un concepto de Estado, que se concretiza en un tipo de gobierno apto para su agenda, que necesitará instituciones para conseguir y acrecentar sus diversos intereses, necesitando un tipo de persona particular para mantener esas instituciones de ese gobierno con esos trasfondos. En esa visión, la figura del gobernante es la de un mero instrumento; un empleado, sí, pero no del pueblo, sino de los linajes económicamente dominantes.

Decía Reich en 1937 en la introducción a “La Función del Orgasmo”: ¡Hagan de la democracia una cosa viva! ¡No simulen una democracia! ¡De otro modo, el fascismo ganará en todas partes!” [6]

Pues bien: enunciado que fue presagio, profecía, y ahora, realidad.

El zapatismo…

Nunca un movimiento genuino, farsantes que no tuvieron ningún empacho en sacrificar población sureña y en manipular a la comunidad internacional. Necesidad que enceguece. Ignorancia que nubla. Complicidad de la masa que coadyuva a la consecución de objetivos de la clase alta.

Y finalmente el 68…

Celebración mítica como la que hizo Porfirio Díaz en torno al personaje de Juárez; fiasco de movimiento social; evocando a niños ingenuos que sólo hacen ruido, que no entienden ni son radicales [7]. Detalle curioso: varios de esos “activistas”, ahora todos unos chapulines hueseros. [8]

Así:

En la UNAM, en el partidismo, y en los supuestos movimientos sociales, se denota irracionalidad producto de la ideologización. Homogenización y estupidización en pos de mantener operando y creciendo al imperio. México, la neocolonia que dice ser república independiente; población alienada que cree ser libre, singular e inteligente. No hay individuos. No los puede haber en esta fase histórica monstruosa y eficientemente adoctrinante.

Con esto cerramos la parte del Desarrollo, procedemos con el cierre.

Conclusiones

Compañeros: lean a los rusos, lean a los alemanes; después de ellos, no hay nada más qué decir sobre el fenómeno humano. La vuelta a los vetustos pensadores; lo que en Spengler es el salto de cultura a civilización; el regreso a las viejas ideas; lo que algunos denominan la Sobremodernidad; lo que para Chinaski es atender a los perros viejos. Lean a Thomas Mann, a Hermann Hesse, Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Gorki, y obviamente a Reich.

Ideas que quizás en un mundo no neurótico ya tendrían que estar en la basura o en algún museo, pero dadas nuestras condiciones retrógradas y medievales, son pensadores que aún tienen mucho qué decirnos en torno a nuestras problemáticas y vejaciones.

Como estudiantes y estudiosos de las ciencias sociales y las humanidades, debemos desromantizar las figuras míticas de la política y la historia. Contrastar a los caudillos y héroes de las clases medias y bajas, impuestos por las clases altas.

Más nos vale criticar. Sólo los ingenuos, tontos y desahuciados creen siempre. Creen ingenua e indiscriminadamente.

Sólo la vida racional es la verdadera. Existencia real más allá de ésta neurosis, más allá de ésta estúpida mentira.

Notas

[1] Entendemos lo utilitario como la postura en la cual se maximiza el Yo y se minimiza el Tú; un proceso cosificador, reificante, donde se vuelve objeto a la otra persona, se le usa, se le consume y se le desecha. Una modalidad altamente cuestionable por el embrutecimiento, destrucción, dolor y muerte que provocan los sectores económicamente poderosos. Donde se enfocan en aumentar sus bienes, ganancias y poder, en detrimento del sufrimiento, injusticia y padecimientos de las clases medias y bajas.

[2] Reich, La Función del Orgasmo, pp 184-186.

[3] En la excelentísima introducción de David Carpio a “La Decadencia de Occidente” de Oswald Spengler, se enuncian ideas que se aparejan medularmente con lo planteado por Reich. Aquí la cita…

“Las Altas Culturas son organismos “vivientes”. Siendo orgánicas por naturaleza, deben pasar por los estadios de nacimiento, desarrollo, plenitud, decadencia y muerte. Esta es la “morfología” de la Historia. Todas las culturas anteriores han pasado por estas diferentes etapas y la Cultura Occidental simplemente no puede ser una excepción. Más aún: hasta es posible detectar en cual de esos estadios orgánicos se ubica actualmente.
El punto más alto de una cultura es su fase de plenitud, que es la “fase cultural” por antonomasia.

El comienzo de la declinación y el decaimiento de una cultura está constituido por el punto de transición entre su fase “cultural” y su fase de “civilización” que le sigue de modo inevitable.

La fase de “civilización” se caracteriza por drásticos conflictos sociales, movimientos de masas, continuas guerras y constantes crisis.

Todo ello conjuntamente con el crecimiento de grandes “megalópolis”, vale decir: enormes centros urbanos y suburbanos que absorben la vitalidad, el intelecto, la fuerza y el espíritu de la periferia circundante.

Los habitantes de estas aglomeraciones urbanas —comprendiendo al grueso de la población— se convierten en una masa desarraigada, desalmada, descreída y materialista, sin más apetitos que el pan y el circo instrumentados para mantenerla medianamente conforme.

De esta masa provienen luego los felahs subhumanos, típicos representantes de una cultura moribunda.

Con la fase de la civilización viene el gobierno del dinero y sus herramientas gemelas: la democracia y la prensa. El dinero gobierna al caos y sólo el dinero saca provecho del mismo. […]

La dictadura del dinero desaparece pero la fase de la civilización termina dando lugar a la siguiente, que es la del cesarismo, en dónde grandes hombres se hacen de un gran poder, ayudados en esto por el caos emergente del último período de los tiempos plutocráticos.

El surgimiento de los césares marca el regreso de la autoridad y del deber, del honor y de la estirpe de “sangre”, y el fin de la democracia.

Con esto llegamos a la fase “imperialista” de la civilización, en la cual los césares con sus bandas de seguidores combaten entre sí por el control de la tierra.

Las grandes masas o bien no entienden lo que sucede, o bien no les importa.

Las megalópolis se deshabitan lentamente y las masas poco a poco “regresan a la tierra” para dedicarse a las mismas tareas agrarias que ocuparon a sus antepasados varios siglos atrás. El frenesí de los acontecimientos pasa por sobre ellos.

Y en ese momento, en medio de todo ese caos, surge una “segunda religiosidad”; un anhelo a regresar a los antiguos símbolos de la fe de esa cultura.

Las masas, fortificadas de ese modo, adquieren una especie de resignación fatalista y entierran sus esfuerzos en el suelo del cual emergieron sus antepasados. Contra este telón de fondo, la cultura y la civilización creada por ella, se desvanecen”.

Spengler, La Decadencia de Occidente, pp 5-6.

[4] Reich, Psicología de Masas del Fascismo, p 112.

[5] Con relación a lo que ocurre en la “máxima casa de estudios”, tenemos dos de las clásicas estrategias de los cotos de poder.

Por un lado lo ya visto, ataques de falsa bandera; fuerzas de choque controladas por uno de los grupos utilitarios, que al provocar y acentuar la crisis, emergen como salvadores. Chapulines hueseros mafiosos que, al terminar la revuelta, aseguran su poder con el miedo que previamente provocaron, acentuando la “seguridad”, y con ello evitando riesgos a su hueso y permanencia. Eso funcionará para cierto sector de la población.

Por otro lado, un distinto modo de control, barnizando como cientificismo o híper razón-dedicación a otro sector de la población. En esa otra estrategia: los saturas, enemistas, ensimismas y abstraes. Ahí, con ellos, no es necesario hacer ataques de falsa bandera: a ese sector más bien no le interesa lo histórico, por estar ensimismados con su disciplina, con su estudio, con su cientificidad, y en ese sentido, no se meten en el camino de la gente que toma las decisiones.

Así, dos tipos de estrategia de control: engañando a los que puedan disentir, y endureciendo y pasivizando a otros. Pasa en el ámbito gubernamental, pasa en la esfera empresarial, y la universidad no está exenta de eso. Antes bien, ahí también se refleja la realidad neurótica y utilitaria de nuestro país.

Lo que pasa en lo macro, pasa en lo micro.

[6] Reich, La Función del Orgasmo, p 17.

[7] No entienden que los movimientos están tendenciados, que las organizaciones están corruptas.

Y no son radicales porque sólo son reformistas y revisionistas. No llegan a la raíz, no tocan la cabeza putrefacta. Tienen lo principal: el factor humano. Y lo desperdician con mantas, marchas y diálogos con las mismas autoridades irracionales que los usan y engañan.

No entienden que en las universidades los cargos de autoridad -los rectores y directores-, no son cargos académicos para los cuales se requieran habilidades epistemológicas. Son puestos políticos, y esos altos funcionarios actúan como tales: los verbean, les prometen, y ellos caen, los estudiantes les creen.

Tienen que tener muy claro que decir universidad es como decir televisión o ejercito: herramienta que fundamentalmente sirve para mantener y expandir el control de las clases altas. Entendiendo eso, todo lo demás se clarifica. En su sentido primordialmente oscuro, pero preferible saber, a seguir engañado e ilusionado y dando vueltas como gallina sin cabeza, y dándose de frente contra la pared.

[8] Chapulín: el que va de una administración a otra buscando carguitos. Mismos que se los dan por derechista: arrastrado y alienado.

Huesero: aquel que no se compromete con la actividad en la cual se desenvuelve, sólo interesándole el bisne que pueda hacer en ese ámbito laboral, la comodidad y estabilidad.

Referencias bibliográficas

GRANADOS, E. (2016): Fundamentos de Psicología Política de Wilhelm Reich. México: Universidad Nacional Autónoma de México. FES Zaragoza.
REICH, W. (1992): La Función del Orgasmo. El Descubrimiento del Orgón. Problemas Económicosexuales de la Energía Biológica. Traducción: Felipe Suárez. México: Paidós. 7ª reimpresión.
REICH, W. (1980): Psicología de Masas del Fascismo. Traducción Roberto Bein. España: Bruguera. 1ª edición.
SPENGLER, O: La Decadencia de Occidente. Bosquejo de una Morfología de la Historia Universal. Traducción del alemán por Manuel G. Morente.

Pulsión de muerte en la vida y obra de Phillip Mainländer

Cristian Camilo Quiroga Umbarila
Psicólogo en formación de la fundación universitaria los libertadores. En pasantía del grupo de investigación psicosis y psicoanálisis. Realizando prácticas profesionales en psicología educativa en LABPSILIB

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Resumen

En el presente artículo, se abordarán tres autores, con el propósito de hacer un análisis de la vida y la obra de la filosofía de Mainländer y relacionarlo con la pulsión de muerte. Para esto, en primera medida se abordará la filosofía de Schopenhauer, en segundo lugar, se abordará a Freud y finalmente, el autor que convoca este artículo, al filósofo alemán Phillip Mainländer, quien se suicidará a la edad de 34 años siendo consecuente con su filosofía. Se abordará la diferenciación realizada por Freud, en su segunda tópica, del documento titulado el “porvenir de una ilusión” donde, se propone un dualismo pulsional que va inseparablemente unido, centrándose este artículo en la pulsión de muerte. Entendida como aquella tendencia de todo lo vivo a un estado inerte e inanimado. Posteriormente se hará una descripción de la filosofía de Arthur Schopenhauer en lo que concierne a la interpretación de la voluntad, entendida para este autor, como un ser o esencia cuyo correlato se da únicamente a través del mundo fenoménico y no como la simple facultad de querer. Aspecto central en la filosofía de Mainländer puesto que se consideraría discípulo de Schopenhauer a través de la experiencia que tuvo a los 19 años al leer “el mundo como voluntad y representación”. Finalmente se abordará el autor central de este artículo la vida y la obra del filósofo Mainländer, quien postulará una “voluntad de morir” almacenada en cada ser y que describirá en su libro la “filosofía de la redención” que el único bien posible se da a través de la muerte dejando para la posteridad el argumento ontológico “no ser es mejor que ser”

Palabras clave: voluntad de vivir, vacío, voluntad de morir y pulsión de muerte.

Abstract

In the present article, three authors will be approached, with the purpose of making an analysis of the life and work of Mainlander’s philosophy and relating it to the death drive. For this, the philosophy of Schopenhauer will be addressed first, secondly, Freud will be approached and finally, the author who convenes this article, the German philosopher Phillip Mailander, who will commit suicide at the age of 34 years being consistent with his philosophy. The differentiation made by Freud, in his second topic, of the document entitled “the future of an illusion” will be approached, where a drive dualism is inseparably linked, focusing this article on the death drive. Understood as that tendency of everything alive to an inert and inanimate state. Subsequently a description of the philosophy of Arthur Schopenhauer will be made regarding the interpretation of the will, understood for this author, as a being or essence whose correlation is given only through the phenomenal world and not as the simple faculty of wanting . Central aspect in the philosophy of Mailander since he would consider himself a disciple of Schopenhauer through the experience he had at the age of 19 when he read “the world as will and representation”. Finally, the central author of this article will address the life and work of the philosopher Mailander, who will postulate a “will to die” stored in each being and that will describe in his book the “philosophy of redemption” that the only possible good is given through death leaving for posterity the ontological argument “not being is better than being”

Keywords: will to live, emptiness, will to die and death drive.

Introducción

Un discípulo de Arthur Schopenhauer de nombre Philipp Batz, pero más conocido por su seudónimo Mainländer, da un giro a la interpretación de la “voluntad de vivir” postulada por el filósofo de Danzig a partir de la lectura realizada del tratado El mundo como voluntad y representación proponiendo en su lugar que “la voluntad es propiamente de morir” y que esta se encuentra almacenada de forma individual en cada ser de forma inconsciente. De modo que la vida a través del absurdo de la existencia mostraría a la larga que lo mejor es “no existir más que existir”. De esta forma, Mainländer niega el monismo de la voluntad, proponiendo en su lugar que el mundo es mera multiplicidad a causa del exterminio del ser primigenio y que además a través del transcurso de la existencia la “voluntad de morir” se va manifestando mostrándole a los individuos que de una u otra forma la no existencia es mejor que la existencia (Pinto, 2012).

Por consiguiente, el argumento de la “voluntad de morir” es similar a lo que fue propuesto por Freud en el libro “más allá del principio de placer”, de hecho Freud (2011), afirmaría que en los individuos hay una tendencia a la repetición, donde estos buscan una unificación con la nada a partir de la búsqueda del individuo por un placer inmediato que desencadenaría un cese de hostilidades en el psiquismo, es decir, aquella tendencia a regresar a un estado inorgánico e inanimado. Además, si se tiene en cuenta que tanto Mainländer como Freud desprenden parte de sus pensamientos de la filosofía de Arthur Schopenhauer se podrá entender como los dos pensadores interpretan la voluntad de forma individual inconsciente en cada ser y no como una fuerza universal con dominio sobre el mundo de los fenómenos como lo expuso Schopenhauer (Volpi, 2005).

Por el motivo de los parecidos existentes entre la “voluntad de morir” y la pulsión de muerte en este artículo se tendrán en cuenta aquellos postulados y también el de la “voluntad de vivir” propuesto por Schopenhauer, ya que el propósito fundamental de este artículo es analizar la vida y la obra de un pensador como Mainländer ya que se hace interesante no solo por la antinomia cometida frente a la filosofía de Schopenhauer (pues el filósofo de Danzig no promueve el suicidio y además propone salidas para la renuncia de la voluntad), sino también por sus consideraciones en relación a la ciencia, por ejemplo: su teoría del debilitamiento de las fuerzas que posteriormente los físicos describirían como el segundo principio de la termodinámica, es decir, entropía, sus críticas a la política de sus tiempo sobre todo a la socialdemocracia, sus crítica a la estética y su negación a aceptar la moral de la compasión propuesta por Schopenhauer, además también se hace llamativo su explicación acerca del suicido de Dios y el surgimiento del Big Bang y por consiguiente la creación de todos los seres que de una u otra forma llevan en su interior la tendencia la muerte a causa de que son cadáveres de Dios. Y no solo esto, sino que además es llamativo que se haya suicidado a la edad de 34 años llegando a morir por un argumento ontológico (Baquedano, 2008).

El orden del artículo irá primero con una biografía de Mainländer. Después se abordará la pulsión de muerte y lo escrito por Freud y otras reflexiones y, finalmente, se abordará la filosofía de Schopenhauer a partir de la interpretación de la cosa en sí de Kant, la voluntad de morir del autor central de este artículo y sus postulados y la pulsión de muerte con el propósito de que el lector tenga una noción más cercana de aquello dicho por Mainländer en consideración de los significados de la vida y lo que aproxima a la muerte a través de las susodichas vivencias.

Biografía de Mainländer

Mainländer nace el 5 de octubre de 1841 en el seno de una familia de comerciantes acomodados. Fue el menor de seis hermanos, tres de los cuales cometieron después suicidio. Por cuanto provenía de la región de Main se le otorgo el seudónimo Mainländer. Pasado un tiempo, cuando cumplió 17 años su padre lo envió a Nápoles, donde aprendió italiano leyendo con gran afición los poetas Leopardi, Dante, Bocaccio y Petrarca. También estudiaría con profundidad las obras de Hegel y a Spinoza. Aunque un momento decisivo para su vida vino en el año de 1860 cuando contaba con 19 años, puesto que, llegaron desde Leipzig los ejemplares de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer. Mainländer diría lo siguiente:

“Entré a una librería y le eché un vistazo a los libros frescos llegados desde Leipzig. Ahí encontré El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer. ¿Schopenhauer? ¿Quién era Schopenhauer? El nombre nunca lo había oído hasta entonces. Hojeo la obra, leo sobre la negación de la voluntad de vivir y me encuentro con numerosas citas conocidas en un texto que me hace preso de sueños.” (Tomado de Baquedano, 2008).

En 1863 regresaría para hacerse cargo del negocio familiar. En 1869 se emplea en un banco en Berlín donde se hace accionista de acuerdo a los deseos de su padre. Sin embargo, este periodo de su vida repercute en bajones anímicos, lo que hace que se refugie en la lectura leyendo críticamente a Heráclito, Platón, Aristóteles, Escotus, Locke, Berkeley, Hume, Hobbes, Fichte, Kant, Hegel y Schopenhauer. En 1874 es llamado como coracero en el regimiento de Magdeburgo en Halberstadt; concluye en este periodo el primer tomo de la filosofía de la redención. En 1875 concluye el segundo tomo de su obra. El 31 de marzo llegaría a Offenbach el primer tomo de su obra ya finalizada. Finalmente, en la noche del 1 de abril de 1876, convencido de que, concluida su gran obra, ya no quedaba nada por hacer, se quita la vida, por medio de la horca, sirviéndole de pedestal algunos ejemplares de la filosofía de la redención (Pinto, 2011).

Pulsión de muerte

Según Castro (2011), el término pulsión de muerte fue originariamente propuesto por la psicoanalista Sabina Spielrein en su escrito titulado La destrucción como causa del devenir. Este escrito provocaría que Freud reconsiderase el tema de las pulsiones y en su libro Más allá del principio de placer postularía que en el psiquismo hay un dualismo pulsional que, aunque parezcan contrarias trabajan finalmente unidos (eros-thanathos). En Más allá del principio de placer Freud dejaría patentado que la pulsión de muerte es aquella tendencia inherente de todo lo vivo a buscar un estado anterior a la vida, (Freud, 2003).

Para llegar a la noción de la pulsión de muerte, Freud no solo se basaría en la lectura realizada del tratado La destrucción como causa del devenir de Sabina Spielrein, sino también analizaría la experiencia del trauma psicológico de los soldados que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Los análisis realizados a los soldados le llevarían a descubrir que las personas de una u otra forma tendían a recrear experiencias desagradables, lo cual al final violaría todo principio de placer, de manera que al final la pulsión de muerte se opondría a la mera preocupación por la ganancia de placer empujando al individuo a un retorno de todo lo inorgánico e inanimado (Sánchez, 2013).

Por otro lado, el filósofo Phillip Mainländer en su obra capital La filosofía de la redención, publicada en 1876, plantearía que en cada individuo se encuentra inmersa una fuerza, que este autor llamaría “voluntad de morir”. Esta fuerza estaría configurada desde la muerte de Dios, originando la pluralidad de lo físico y el sufrimiento en la parte moral. De forma que, si todo es sufrimiento y si el tiempo está ligado a la muerte de Dios y la espiritualidad, la única salida de liberación se daría a través del suicidio, ya que, en resumidas cuentas, todos los seres quieren en el fondo morir pues entienden que después de la muerte no hay nada, que finalmente no habría más sufrimiento que habría una liberación (Mainländer citado por Baquedano, 2008).

Aunque Freud no llega a las conclusiones radicales de Mainländer, si llegó a considerar que en el psiquismo no se almacena solo una tendencia a la vida, sino también a la muerte (Freud, 2011). Aunque sus pensamientos estuvieron más ligados al maestro de Mainländer, es decir, al pensamiento del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, quien en su tratado El mundo como voluntad y representación postularía que lo que Kant denominaba como “cosa en sí” no era más que la “voluntad de vivir” manifestada por la naturaleza para conseguir el orden (Schopenhauer, 2009).

Existiría un principio metafísico que se manifiesta en el mundo fenoménico apareciendo en todos los estratos del mundo natural, hasta hacerse deseo consciente únicamente en el hombre. De ahí Schopenhauer explicaría que todos los seres buscan propagar la vida a través de la interacción con otros seres, ya que, por ejemplo, el amor no es más que el juego de la voluntad que empuja a los individuos a copular para generar supervivencia. Por esta razón Schopenhauer consideraría que aquellos espíritus que ponen todas sus fuerzas en el amor son los más valiosos, ya que estos son objetos de la voluntad para fines más altos en lo tocante al orden de la naturaleza (Schopenhauer, 2009).

Aunque el postulado del “eros” es muy similar a la “voluntad de vivir” postulada por Schopenhauer posteriormente Freud discreparía de solo una tendencia a la auto conservación llegando a postular una tendencia a la destrucción, no solo interna sino externa (Freud, 2003). Aunque Schopenhauer haya sido conocido como el filósofo del pesimismo este no entiende a la voluntad como destrucción, sino como el orden implantado en la naturaleza que no se preocupa por algo tan obsoleto como el individuo, sino que tiene fines más universales, orden que es necesario para propagar la vida (Schopenhauer, 2003).

Sin embargo, un discípulo de Schopenhauer llegaría a plantear una tendencia a la muerte de todo lo vivo, este autor crea una antinomia de la “voluntad de vivir” proponiendo en su lugar la “voluntad de morir” como destino del hombre, afirmando a la larga que la filosofía de la redención no es solo la confirmación del budismo y del cristianismo puro, sino la verdadera esencia de todo conocimiento, al traer consciencia de los individuos de la caída profetizada como destino del mundo (Mainländer citado por Pinto, 2012).

Sería esta una visión de redención en parte muy similar a la de Freud pues no se puede negar que tanto en la noción de pulsión de muerte como en la voluntad de morir hay muchos parecidos, sin embargo, Freud no vio el suicido como una forma de redención, de hecho, tampoco lo hizo Schopenhauer quien reprobó el suicido, ya que, en este acto no se niega la voluntad, sino que por el contrario se incrementa (Schopenhauer, 2003).

Si bien hasta acá no se puede pasar por alto la antinomia cometida por Mainländer quien decide morir por un argumento ontológico contradiciendo a su maestro en lo tocante al suicido ya que para este pensador la liberación se da únicamente extinguiendo el ser, de forma que su mirada se torna radical al sostener la imposibilidad de la felicidad y del bienestar, pues todo acto hasta el más efímero conlleva a un ciclo de sufrimiento del cual el ser humano se hace esclavo y la única liberación posible se patentaría solo con la muerte al igual que el suicido del ser primigenio (Pinto, 2012).

Schopenhauer, Freud y Mainländer

Según Volpi (2003) la palabra nihilismo describe aquella doctrina filosófica que sostiene la imposibilidad del conocimiento, llegando a la conclusión que la vida no tiene ni propósito ni valor. El nihilismo está ligado a la filosofía de Schopenhauer, quien sostendrá que este mundo es el peor de todos los mundos posibles a causa de que el hombre es empujado continuamente por una voluntad ciega e irracional (Schopenhauer, 2003).

La descripción que realizó en un primer momento Schopenhauer con respecto a “la voluntad de vivir” la tomo a partir de la lectura que hizo del criticismo de Kant sobre todo a lo mencionado por el filósofo de Königsberg en la primera crítica, sobre la imposibilidad de conocer el noúmeno o cosa en sí. De ahí, partiría Schopenhauer para postular un principio metafísico que denominó “voluntad de vivir” entendido como una esencia cuyo correlato es el mundo de los fenómenos. Sería a fin de cuentas la voluntad la causante de que este mundo sea el peor de los mundos posibles, ya que, la existencia humana es una constante pendular entre el dolor y el tedio.

Sin embargo, aunque Schopenhauer vea este mundo como el peor del mundo posible, el filósofo desarrollaría a la larga tres vías de escape del sufrimiento. Para esto, propone en primer lugar la contemplación desinteresada del arte, en segundo lugar, la práctica de la compasión como núcleo de su ética y finalmente la tercera gira alrededor de la vida ascética como renuncia a la vida. De estas tres vías se desprende que el filósofo no aprueba el suicidio como forma de escape ya que el propósito del ser humano es vencer a la voluntad más que terminar cediendo ante ella (Schopenhauer, 2003).

La descripción de la “voluntad” para Schopenhauer no se refiere a la mera facultad de querer, ya que en este pensador se hace mucho más prolífica, puesto que, lo que empuja todo en la vida sería una “voluntad de vivir” que desencadena la supervivencia necesaria para el hombre en todos los aspectos de su vida, pues todo comportamiento hasta el más efímero, estaría regido por las coordenadas de la voluntad que no se refiere simplemente a la mera facultad de querer, sino a una fuerza metafísica capaz de objetivarse y manifestarse en el mundo fenoménico, por medio de la representación (Schopenhauer, 2009).

Años después de la muerte de Schopenhauer ocurrida el 21 de septiembre de 1860, en el año de 1920, el médico vienés Sigmund Freud describiría la pulsión de muerte a partir del análisis realizado a personas que habían participado en la guerra, dándose cuanta para su sorpresa que los individuos tendían a recrear situaciones aversivas en sus vidas. Tal descubrimiento llevo a pensar que los individuos no buscan meramente el placer, sino que plantean elevarse o por mejor decir traspasar determinado estado con el propósito de unificarse finalmente con la nada. Tal tendencia a la nada sería similar a lo expresado por el budismo y el cristianismo puro, puesto que, las dos doctrinas proponen el aniquilamiento del ser por medio de la renuncia a la vida. Esto tal vez describiría, aunque no de forma fidedigna, la necesidad inconsciente de los seres que al parecer buscan el sufrimiento como una forma de redención (Pinto, 2012).

Llevado por la fatalidad de la existencia el trágico Philipp Batz llega a plantear una antinomia frente a la filosofía de Schopenhauer influenciado por el capítulo IV del “mundo como voluntad y representación” interpretando la “voluntad de vivir” como la “voluntad de morir” llegando a plantear, que la vida no es más que una máscara de las verdaderas intenciones del ser humano que es la muerte y que todo en el universo está configurado a la extinción a causa del ser primigenio que creo este universo a partir de su destruición, y por ende, cada ser del universo a partir de la iluminación de su consciencia, poco a poco ira entendiendo que lo mejor es cometer el acto suicida, puesto que, con ello se completaría el cese inmediato de sufrimiento y la consecución final de la redención (Baquedano, 2008).

Además, el filósofo Mainländer sostendrá unos aspectos similares a Schopenhauer en lo tocante a aquella afirmación que dicta que todo el mundo vive de apariencias, puesto que, es imposible ver las cosas tal cual son, sino que vive en una constante representación (Pinto 2012). De modo que, si todo es apariencia, a causa de la pluralidad, sería la unificación con la nada la salida a la trágica desesperanza que azota al ser humano en todos sus caminos. Y por ende la única filosofía verdadera seria aquella de la inmanencia, negando aquello dictado por Kant del posible conocimiento del principio divino, de esta forma en la filosofía de la redención se defendería el ateísmo científico, puesto que, la esencia de Dios es incognoscible y los seres conocerían a través del tiempo que lo único verdadero es la extinción (Baquedano, 2008).

Parece curiosa toda esta teleología de la existencia, puesto que, Mainländer partiría que los individuos existen a parir de la muerte de Dios, contrario a lo dicho años después el filósofo alemán Friedrich Nietzsche sobre que fue “El hombre quien mato a Dios” (Nietzsche, 2008). Sobre la extinción, Mainländer afirmaría que el propósito del ser humano está en organizar las partículas y reintegrarlas a la unidad primigenia a través del aniquilamiento de la consciencia y no como sostenía Kierkegaard a través del humor medio del humor (Kierkegaard, 2017).

Concluyendo, se visualizará que el filósofo alemán Mainländer no solo llevo sus consideraciones de forma teórica, sino que literalmente acabo con su vida. De hecho, ciertas circunstancias vividas durante su infancia, como el suicido de algunos de sus familiares pudieron influir en ciertas de sus consideraciones, quizá también la muerte de su madre, desencadenando que este Hegesias moderno se sumergiera en la lectura de los clásicos. Otro dato fundamental de su vida fue su iniciativa de hacerse soldado con el propósito de encontrar la muerte, aunque no consiguió su cometido pues regresaría a su casa en Ofenbach casi en bancarrota decidido a escribir los últimos capítulos de su obra capital la filosofía de la redención.

Adelantando a Freud, este pensador hizo consciente aquello oculto en el interior que pugna por aparecer a través del curso de la existencia, lo llamativo es que a través de su determinación teutónica decide poner fin a su vida llevando el argumento ontológico hasta sus últimas consecuencias.

La filosofía de la redención

Esta obra está estructurada en seis partes que son: analítica de la facultad cognoscitiva, física, estética, política, metafísica y un apartado de las doctrinas de Kant y Schopenhauer. En estos apartados Mainländer se propone hacer una revisión y una complementación de las doctrinas de Kant y Schopenhauer. En el primer capítulo titulado como “analítica de la facultad cognoscitiva” intentara dar una explicación a los procesos del conocimiento (sentidos, ideas, cosa en sí, los límites de la percepción y el conocimiento a través de la percepción). En el segundo capítulo, Mainländer intentará introducir el concepto de voluntad dentro de las ciencias físicas donde disertará sobre la vida abarcando lo vegetal, lo animal y lo humano intentando encontrar una “teoría del todo” filosófica. En el siguiente capítulo disertará sobre la estética donde se propondrá dar a entender por qué el arte y el goce estético no dan sentido a la vida, ya que, no son suficientes para compensar el vacío de la existencia contradiciendo en este punto a Schopenhauer para quien el goce estético significa un cese de la voluntad por lo menos de en un corto tiempo. En el siguiente capítulo dedicado a la ética expondrá sus ideas en lo tocante al bien y al mal el trato del hombre con sus semejantes, deduciendo que lo mejor es que el hombre se abstenga de traer más seres al mundo a causa de la constante agitación que hay en todos los seres. En el siguiente capítulo estará centrado sobre la política, donde será partidario de la consecución de un estado ideal intentado defender las pretensiones de los movimientos obreros en aras de que haya una equidad y por consiguiente exista un estado ideal, en donde la mayoría de los ciudadanos tengan las mismas comodidades materiales lujos y tiempo para que germine la idea de la aniquilación total.

Para Mainländer cuando suceda que todas las personas tengan las mismas comodidades materiales habrá un cambio de consciencia, hacia aquello de que la no existencia es mejor que la existencia. Este pensamiento es en resumidas cuentas el desear que todo el mundo se haga millonario para que todo lo exterior pierda su atractivo, pues al no quedar nada por hacer solo quedaría el exterminio. Finalmente, el ultimo capitulo se titula “metafísica” donde se abordará la aparición del universo a través de la muerte de Dios y la aparición de todos los seres que de forma individual llevan “la voluntad de morir”. Para finalizar, se evidencia como este pensador es un puente entre la filosofía de Schopenhauer y la Nietzsche, sin embargo, su filosofía ha sido olvidada quizá porque parece una filosofía demasiado radical desesperanzadora y porque a nadie le gustan las malas noticias (Pinto, 2012).

Conclusiones

Cuando se aborda a Freud a partir de lo planteado sobre la pulsión de muerte se llega a reflexionar acerca del placer y no solo de este sino de la tendencia primigenia que va más allá de todo placer, que a la larga en resumen sería el encuentro del individuo con la nada o por mejor decir con el vacío. El encuentro con la nada o de la tendencia del individuo a la autodestrucción conocido como la pulsión de muerte es lo que se analiza en este artículo en relación a un filósofo no muy conocido de cuna alemana llamado Phillip Batz, ya que este autor expondrá primero que Freud una tendencia inconsciente de todos los individuos a la auto aniquilación. Pues a partir de su postulado la “voluntad de morir” se llega a desprender todo un sistema filosófico diferente al planteado por Arthur Schopenhauer.

Por otro lado, en este artículo algunos conceptos como la voluntad pudieron no ser muy claros por eso se hizo necesario exponer de forma más o menos resumida los pensamientos de Schopenhauer, Mainländer y Freud, sin embargo, siempre teniendo presente que el autor Mainländer es el punto central sobre lo que recae un análisis desde la postura freudiana, aunque no solo se partiría del punto de vista freudiano sino que también de la mismísima visión de Mainländer en lo tocante a la exposición de una tendencia que empuja al individuo a la muerte ya que el concepto de “la voluntad de morir” se hace fundamental en miras de lograr hacer una comparación entre los dos autores teniendo presente la antinomia de Mainländer frente a la filosofía de Schopenhauer y finalmente las consideraciones sobre la búsqueda incesante del ser por el exterminio.

Referencias bibliográficas

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Discusión de los factores endógenos del desarrollo local sustentable en la gobernanza de los recursos y servicios municipales

Gerardo Arturo Limón-Domínguez
UPN, Chihuahua (México)
Margarita Juárez-Nájera
UAM, Azcapotzalco (México)
José Marcos Bustos-Aguayo
UNAM, Zaragoza (México)
Bertha Leticia Rivera-Varela
UNAD, CDMX (México)
Cruz García-Lirios
CEPS, Cuernavaca (México)
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Resumen

El desarrollo local, entendido como un balance entre demandas y recursos, desafíos y capacidades, supone escenarios de negociación, mediación y responsabilidad social compartida. En tal sentido, el propósito del trabajo es discutir las relaciones entre espacios, habitus y capacidades con la finalidad de vislumbrar horizontes de investigación que contribuyan al estudio del fenómeno. Se incluye una revisión de la literatura, el procesamiento de hallazgos, una propuesta de modelación y la discusión con otras iniciativas.

Palabras clave: Desarrollo local, sustentabilidad, cogobierno, modelo, Delphi

Introducción

El desarrollo local sustentable, entendido como un proceso de cogobierno, cogestión y corresponsabilidad que considera a los recursos y a los servicios como comunes, es el objeto de estudio e investigación del presente trabajo y el objetivo del presente trabajo es establecer un modelo de complejidad, considerando la información publicado en repositorios internacionales.

El desarrollo local sustentable supone un escenario de cogobierno de conflictos, libertades, oportunidades, capacidades y responsabilidades de gestión como de autogestión orientado hacia la conservación de espacios y especies (Carreón et al., 2016).

En el marco de los efectos del cambio climático sobre la salud pública ambiental, los gobiernos locales han implementado políticas y estrategias para reducir tales efectos, pero la gestión y la administración ha sido preponderantemente estatal, excluyendo a los ciudadanos o en el mejor de los casos confinándolos a participar en la evaluación del desempeño de instituciones o funcionarios, soslayando los derechos que garantizan y obligan a la sociedad civil a proponer y discutir con sus autoridades un futuro común (García, 2013).

En consecuencia, las propuestas de autogobierno, autogestión y autoadministración de los recursos naturales y los servicios públicos se han edificado contraponiéndose a las leyes, instituciones y decisiones estatales, aún y cuando los medios de comunicación han difundido a la corrupción política como el obstáculo para el desarrollo local sustentable (García, Carreón y Hernández, 2016a).

Por consiguiente, desde la academia es menester la integración del autogobierno con la rectoría del Estado en materia de cogobierno, cogestión y coadministración de los recursos naturales y los servicios públicos a fin de reducir el impacto del cambio climático en la salud pública ambiental (García et al., 2012).

Teoría del desarrollo local sustentable

Los marcos teóricos y conceptuales que explican el desarrollo local sustentable son: 1) teoría de las espacialidades, 2) teoría de los habitus y 3) teoría de las capacidades (Bustos, Ganga, Llamas y Juárez, 2018).

La teoría de las espacialidades, para los fines del presente escrito, refieren a la explicación de la fetichización de espacios a los que se les atribuye un poder que los diferencia como es el caso de residir o aspirar residir en la ciudad con respecto a la periferia o al campo (Sánchez, Hernández, Martínez, Villegas y García, 2018).

Es así como una espacialidad supone una atribución desmedida de privilegios con respecto a procesos, cosas, objetos o personas. De esta manera, la fetichización de los espacios genera la exclusión de personas, aunque también se excluyen especies, espacios, cosas, procesos u objetos por el simple hecho de atribuirles un sitio fuera de una urbe (García, Carreón y Hernández, 2016b).

Sin embargo, la teoría de la espacialidad no advierte que tales atribuciones de poder a los espacios urbanos devienen de habitus tanto heredados como aprendidos. Este es así porque las disposiciones de quienes residen en urbes son transferidas de generación en generación y se moldean en la interrelación familiar, escolar o laboral (Juárez, Limón y García, 2018).

De esta manera, la exclusión a partir de la atribución de una superioridad a las urbes, sintetizada en las percepciones de la calidad de vida o la estética residencial, es una disposición negativa hacia todo aquello que no esté en la ciudad, pero también es una disposición que se aprende (García et al., 2013).

Al interactuar, los residentes de una urbe desarrollan habilidades y conocimientos en torno a lo que consideran servicios de seguridad y confort que los llevan a enaltecer su elección de residencia con respecto a quienes residen en espacios sin servicios que consideran esenciales como pavimentación, alcantarillado, drenaje o potabilización (García et al., 2014).

Ambos habitus, heredados y aprendidos explican la elección de un habitad, una estancia de residencia, así como una travesía hacia el confort y un retorno al lugar de primera residencia, pero no explican el aprovechamiento de oportunidades de compra o venta de casa residencia, ni el esparcimiento o entretenimiento que supone el turismo solidario o la búsqueda de empleo o estudios en las urbes (García et al., 2016).

La teoría de las capacidades advierte que los servicios públicos; salud, educación, empleo, vivienda o entretenimiento, aparentemente distintivos de una urbe con respecto a la periferia o el campo, son producto de las habilidades y los conocimientos que un residente desarrolla a partir de una lógica de escasez o abundancia (Rivera, Limón, Sandoval y García, 2018).

La lógica de la escasez no sólo explica la ineficiencia e ineficacia de la rectoría del Estado, la ilegitimidad de sus políticas urbanas o la nula efectividad de sus estrategias sino, además advierte que, en un contexto de austeridad o contingencia, los residentes se organizan para hacer frente a la crisis de desabastecimiento, aunque animados por la idea de que conservarán los recursos naturales para sobrevivir a la ingobernabilidad creciente (García et al., 2017).

En contraste la lógica de la abundancia, aunque refiere a una serie de creencias acerca de que el entorno natural es abundante y de que los residentes deben optimizar tales recursos, plantea el desarrollo de habilidades y conocimientos necesarios para importar de otros lugares los recursos que se demandan (García, Valdés y Sandoval, 2016).

La lógica de la escasez supone una cooperación solidaria mientras que la lógica de la abundancia sugiere una competencia por los recursos del entorno inmediato y circunvecino (Hernández et al., 2014).

Por tanto, el desarrollo local sustentable, desde los enfoques revisados, refiere a percepciones de escasez o abundancia de recursos y su reflejo en la calidad de los servicios locales (Sandoval, Bustos y García, 2018).

Estudios del desarrollo local sustentable

El trabajo se inscribe en el humanismo desarrollista (libertades, capacidades y responsabilidades), el constructivismo estructuralista (habitus, capitales y campos) y el urbanismo marxista (espacialidades); a) libertades, capacidades y responsabilidades para la reapropiación de la ciudad (espacios y recursos hídricos); b) habitus, capitales y campos en los que se gestan los conflictos por la redistribución de los recursos y los espacios de la ciudad (acuíferos, redes y pipas); c) espacialidades para la gobernanza de los recursos locales de la ciudad (conciencia para la distribución equitativa del agua).

La proximidad de los conceptos a los estilos cotidianos permitirá discutir la importancia del sistema político de gobernanza en referencia al sistema económico de ecociudad. En tal sentido, es menester abrir el debate en torno a la inclusión social a través del derecho a ciudad, principalmente a los recursos naturales y esencialmente a los recursos hídricos como elementos de desarrollo sustentable local (Juárez, García, Bustos, Sandoval y Molina, 2018).

La ciudad como un escenario de símbolos, significados y sentidos en torno a los cuales se representan las asimetrías entre las políticas públicas y los estilos de vida citadinos. La ciudad es un escenario de recursos que incrementan capacidades, pero también aumentan las responsabilidades (Valdés, Bustos y García, 2018).

Los estudios relativos a los servicios inmobiliarios; espaciales y tecnológicos señalan que la dimensión de las casas habitación y la tecnología de sus instalaciones, al ser cada vez más reducidas las primeras y más automatizadas las segundas, facilitan la captación fluvial y el reciclaje, pero inhiben el almacenamiento y reutilización de agua. La capacidad de provisión parece incentivar la irresponsabilidad del derroche de agua (Llamas, Bustos y García, 2018).

La interrelación entre recursos, servicios, escenarios, habilidades, conocimientos y responsabilidades que harían necesario un sistema de gobernanza suponen un equilibrio entre los factores mencionados este regulado por el Estado, supervisado por la ciudadanía y financiado por el mercado (Juárez, Bustos y García, 2018).

Sin embargo, a partir de un marco político desarrollista en el que las libertades darán paso a las capacidades y éstas a las responsabilidades. Tal proceso parece inhibirse dada la escasez de los recursos naturales en las ciudades. Es decir, la disponibilidad de los recursos, al ser un hecho objetivo más que subjetivo, influye en los estilos de vida de los usuarios que habitan las ciudades. Tal fenómeno de escasez activa políticas públicas que buscan abastecer de recursos a un sector social en detrimento de otro (García, Juárez y Bustos, 2018).

En respuesta a la exclusión o marginación de los servicios públicos, la población segregada construye habitus intuito, adopta estilos de vida desde los cuales se confrontarán simbólica y activamente con las autoridades. Las protestas, cierres, mítines, manifestaciones, marchas confrontaciones físicas o verbales son el resultado de la escasez de recursos, las políticas públicas y los estilos de vida o habitus de la ciudadanía (García, Bustos y Sandoval, 2018).

Los estudios en torno a los estilos de vida en las urbes en materia de desabasto, ahorro y reutilización de agua muestran que una disponibilidad inferior a los 50 litros diarios por persona incrementa la austeridad, pero aumenta las confrontaciones con las autoridades locales; secuestros de pipas, cierres de avenidas, boicots a redes y tomas clandestinas. La ciudadanía segregada de los espacios hídricos y los servicios públicos, desarrollan habilidades y estrategias para evidenciar la situación en la que se encuentran, manifestar su indignación y apropiarse de espacios (García, 2018).

En el marco de los conflictos hídricos entre autoridades y usuarios, los estilos de vida ciudadanos en una situación de escasez son una consecuencia de las políticas públicas. La ciudad es un campo de interrelación entre capitales y hábitos socialmente constituidos. De este modo, los capitales económicos y políticos están confrontados con los capitales naturales y ciudadanos. Es decir, el mercado y el Estado requieren de acuíferos que abastezcan la industria y los servicios privados como públicos de la ciudad, empero la disponibilidad de agua, a través de la recarga de acuíferos, es cada vez menor a los estándares internacionales o los registros históricos nacionales. Tal escenario explica la emergencia de habitus o estilos de vida en los sectores vulnerables, marginados o excluidos (Amemiya, Valdés, Espinoza y García, 2018).

Sin embargo, los estilos de vida son coyunturales, emergentes e inherentes a un grupo o agente social. Es decir, ante una situación de escasez y desabasto, la austeridad subyace y de igual modo, desaparecería en una situación de sustentabilidad hídrica en la que la recarga de los acuíferos garantizaría el desarrollo humano y local de las demarcaciones de una ciudad. Tal planteamiento, es insuficiente si se requiere entender el proceso histórico que llevó a las ciudades a concentrar los recursos, servicios, estilos de vida y capacidades (Quintero, García, Rivera, Sandoval, Figueroa y Molina, 2018).

La ciudad como un escenario simbólico en el que se materializan las relaciones de producción. La ciudad concentró las relaciones económicas asimétricas entre las clases dueñas de los medios de producción y la fuerza laboral. En este sentido, la ciudad es un escenario de producción industrial más que de servicios ya que las relaciones asimétricas entre burguesía y proletariado prevalecen sobre otras relaciones asimétricas. Por ello, la conciencia del espacio es menester ya no para apropiarse de la fábrica, sino de la ciudad que la alberga. El derecho a la ciudad sería la extensión del derecho a una relación de producción simétrica (García, 2018).

Si la fuerza laboral sólo se apropia de los medios de producción, los espacios serían únicamente un accesorio de la lucha de clases más que un elemento constitutivo de las diferencias entre dichas clases (Juárez, Bustos, Quintero, García y Espinoza, 2018).

La redistribución de los recursos y su impacto en el desarrollo humano, local y sustentable se explica desde las diferencias existentes entre individuos (sexo, edad, habilidades, educación, localidad) determinan las libertades que los individuos requieren para desarrollarse sostenidamente. En este sentido, las capacidades son conocimientos y experiencias derivadas de la interrelación entre las características individuales, los recursos y los espacios. A medida que los recursos escasean, las capacidades se ven diezmadas y los espacios son escenarios de conflictos ya que el Estado limita las libertades para garantizar una distribución proporcional de los recursos (Rosas, Goméz y García, 2018).

En el caso del agua, las capacidades juegan un papel fundamental ya que el uso cotidiano del agua implica el desarrollo de estilos de vida o habitus que pueden ayudar a contrarrestar la situación de escasez y desabasto. En tal sentido, la explicación de las discrepancias entre las políticas locales de abastecimiento de agua y las acciones de autogestión, cierre de avenidas, intervención de redes, secuestro de pipas y boicots al sistema son el resultado de transformaciones de los recursos y espacios a los que un sector de la ciudadanía no tiene acceso (García, 2018).

Si las capacidades y los habitus son indicadores de los conflictos entre las expectativas de la ciudadanía y las decisiones públicas, entonces es fundamental la reapropiación de los espacios para el debate sobre el derecho a la ciudad, sus recursos y sistemas de abastecimiento como de distribución hídrica.

En tal sentido, la categoría de poder para explicar las diferencias entre las relaciones de producción simbólica y material. La ciudad se erige como un símbolo de poder que homogeniza las relaciones de producción porque las condiciones materiales para la misma ya están pre-establecidas espacialmente. Es decir, las relaciones espaciales, son relaciones de poder, pero no relaciones comunicativas o discursivas, sino materiales, aunque su fetichización las hace parecer como objetos tangibles, pero sólo a nivel discursivo, tales relaciones podrían transmutarse (Molina, García y Bustos, 2018).

El fetichismo del espacio como mercancía desvirtúa el principio según el cual las condiciones materiales de existencia determinan la superestructura ideológica. Esto es así ya que el enaltecimiento de los objetos es inherente al valor de su uso. El espacio, real o simbólico tendría un valor de uso, pero no de cambio, aunque lo interesante de su fetichización está en que indica el grado de alineación a las relaciones de producción capitalistas sobre cualquier otro tipo de relaciones en la que los espacios no fuesen transformados en mercancías.

En cierto modo, las capacidades y los habitus serían precedentes a la alineación y estarían indicadas por su grado de representación fetichista del espacio. Si las capacidades y los habitus son habilidades circunscritas a los recursos y espacios, entonces la alineación sería el resultado de la escasez de recursos y la distribución asimétrica de los mismos. La escasez de agua fetichizada en desabasto supondría la emergencia de habilidades de ahorro o habitus de dosificación, pero tal proceso inhibiría la representación del conflicto y cambio social. es decir, la escasez, desabasto, confrontación o boicot indican un seudo-conflicto ya que es resuelto por abastecimiento de pipas, la distribución de garrafones, la provisión regular de agua o el otorgamiento de vales para la compra de agua. Las contradicciones existentes entre las políticas públicas y los estilos de vida, derivadas de la demanda del mercado farmacéutico, refresquero o cervecero, son reducidas a relaciones de distribución más que de producción o apropiación de espacios.

La fetichización del espacio impide observar las diferencias entre las relaciones sociales y la estratificación de las mismas a partir de mecanismos de segregación espacial y económica. Por ello es menester considerar como un complemento sociohistórico a las categorías de habitus y capacidades las cuales son a-históricas por considerarlas emergentes o subyacentes a la ausencia de libertades o la generación de conflictos abstractos entre la estructura (políticas públicas) y la agencia.

Los sistemas de gobernanza de los recursos naturales, principalmente los hídricos a los estilos de vida de los usuarios en referencia a las políticas públicas de oferta de agua y abastecimiento irregular. En tal sentido, la reconceptualización de los sistemas de gobernanza local permitirá una mayor equidad entre los sectores a través de un marco jurídico normativo de derecho a la ciudad en lo general, los recursos naturales y servicios públicos en lo local y el confort del agua en lo particular.

No obstante, la urgencia de un sistema político más justo en torno a la ciudadanía de las urbes, los proyectos de ecociudad son multidimensionales y en dicha diversidad estriba su complejidad (García et al., 2017).

El concepto ecociudad es multidimensional. Ha sido entendido como un sistema económico, político y social para reducir la huella ecológica de las generaciones antecedentes en referencia a las capacidades de las generaciones precedentes, un espacio delimitado a un millón de habitantes, cuyas actividades son la agricultura y la industria en función de la disponibilidad hídrica, aunque escenario de conflictos, el reciclaje se plantea como su principal instrumento de desarrollo (García et al., 2013).

El concepto de ecociudad está relacionado con otros de índole sociohistórica. Aunados a las categorías de libertades, capacidades, responsabilidades, habitus, capitales, campos y espacialidades, los conceptos de gobernanza, segregación, sustentabilidad, centralidad, inclusión, periferia y plusvalía permitirán conceptualizar la problemática de escasez, mercadocracia y desabasto en la demarcación de estudio (García et al., 2014).

Si se consideran los conceptos esgrimidos, un sistema de gobernanza orientado a la ecociudad es opuesto a la segregación vía la relocalización de sectores sociales a partir de la naturalización de su exclusión, pero está más próximo al desarrollo local ya que el termino sustentabilidad incorpora al sistema de gobierno como rector de los recursos y servicios de la ecociudad. Antes bien, un sistema de gobernanza se gesta en localidades pequeñas tales como el barrio o la periferia hasta extenderse al centro de la ciudad. Es así como los indicadores de ecociudad serían aquellos relacionados con la sustentabilidad e inclusión. En este sentido, los estudios en torno a los proyectos de sustentabilidad y ecociudad parecen demostrar la viabilidad de los términos a partir de indicadores heterogéneos (García et al., 2016).

Los estudios latinoamericanos en torno a la escasez, la mercadocracia y las políticas públicas de los recursos hídricos en las ciudades han utilizado diversos instrumentos para medir los indicadores de sustentabilidad hídrica local. El manejo de los recursos hídricos; la apropiación étnica del espacio urbano; la densidad poblacional como factor de sustentabilidad residencial; la identidad nacional como argumento de diseño de las edificaciones; el reordenamiento a partir de la inclusión y exclusión espacial, las políticas de turismo bi-oceánico periurbano; la percepción de riesgo periurbano; la segregación de las plazas públicas y la representación de la ciudad según estratos sociales son ejemplos de la relevancia empírica de estudiar la escasez, mercadocracia y políticas públicas en torno a los recursos hídricos de la Ciudad de México (García et al., 2014).

Los estudios empíricos respecto a la sustentabilidad y ecociudad han incorporado la dimensión simbólica y representacional de quienes consumen los recursos y por tanto evalúan los servicios públicos. De este modo, los estudios se han enfocado en el impacto de las políticas públicas sobre los estilos de vida de los pueblos originarios, comunidades, barrios y localidades periurbanas en referencia a la centralidad y el ordenamiento territorial (Hernández, Martínez, Duana y García, 2018).

En tal proceso, los estudios cualitativos han sustituido a la cuantificación de los espacios, los instrumentos tales como planos, registros y mapas han sido sustituidos por entrevistas a profundidad. La indagación de las relaciones espaciales y los recursos naturales ahora han incorporado las representaciones de los servicios públicos como elemento fundamental del sistema de gobernanza a través del establecimiento de tarifas por los servicios urbanos (Carreón et al., 2016).

Las relaciones de apropiación, transformación y distribución de recursos y espacios en su proceso de desarrollo incentivaron la diferenciación de las clases sociales. A medida que las diferencias se exacerbaron, la segregación de los espacios resguardó las diferencias apropiativas y transformativas al mismo tiempo que enalteció las diferencias distributivas de los recursos, principalmente los hídricos. Tal proceso confrontó a las políticas públicas frente a los estilos de vida privilegiando las demandas del mercado (Hernández, et al., 2014).

En torno a la situación de escasez y desabasto generada por las políticas públicas que se ajustaron a las demandas del mercado, los sectores marginados, excluidos y vulnerables desarrollaron habilidades, conocimientos y estrategias de apropiación de espacios (acuíferos, instalaciones, redes) para abastecerse y confrontar a las autoridades por la regularización del servicio. En este marco, la transformación de los recursos hídricos fue delegada al gobierno federal y el cobro del servicio al gobierno local (García et al., 2012).

En este sentido, el desabasto de agua y el incremento de las tarifas orientaron los conflictos hídricos hacia la condonación de deudas, la implementación de medidores, la reparación de fugas visibles, el resguardo de instalaciones, el control de las manifestaciones y los acuerdos entre autoridades delegacionales con representantes de los usuarios. En contraste, las concesiones de los acuíferos, la tecnología de reciclaje y captación fluvial, la inversión en infraestructura, la detección de fugas imperceptibles, la contaminación y sobrexplotación de los acuíferos, las culturas del agua y la desregulación inmobiliaria fueron soslayadas como problemáticas que impiden la sustentabilidad de la ciudad (García et al., 2014).

En el marco de los proyectos de ecociudad y la evaluación de sus sistemas de gobernanza, principalmente políticas públicos en torno a los recursos naturales, esencialmente los hídricos, el Índice de Desarrollo Humano pretende observar, medir y comparar las libertades, capacidades y responsabilidades, pero en el mejor de los casos sólo registra la cantidad de bienes públicos que evidenciarían la sustentabilidad local. Por ello se requiere de un índice que describa la sustentabilidad con énfasis en los recursos hídricos en referencia a su disponibilidad, extracción, distribución, consumo, reutilización, reciclaje y tarifa como elementos constitutivos de un sistema de gobernanza local (García et al., 2016).

Método

Se llevó a cabo una investigación documental que consideró la literatura publicada de 1974 a 2018 en repositorios internacionales: Dialnet, Latindex, Publindex, Redalyc y Scielo, así como la inclusión de los conceptos “espacialidad”, “habitus” y “capacidad” (véase Tabla 1).

Tabla 1. Descriptivos de la muestra informativa

 

Espacialidad

Habitus

Capacidad

Dialnet

43

31

27

Latindex

32

26

19

Publiendex

25

15

10

Redalyc

16

8

5

Scielo

9

3

1

 

Fuente: Elaborada con los datos el estudio

La información seleccionada fue procesada a partir de la técnica Delphi, la cual consiste en la selección, síntesis e integración de los datos consultados. Para ello, se realizó otro estudio documental con una selección intencional de fuentes, asumiendo que su periodo de publicación ubica a la fuente informativa en un grupo selecto para discutir las relaciones entre las variables indicativas del objeto de investigación: un modelo para el estudio del desarrollo local sustentable (véase Tabla 2).

Tabla 2. Construcción de la matriz de análisis de contenido

Definición

Indicación

Medición

Interpretación

Espacialidad

Refiere al uso y a la apropiación de un contexto en función de su fetichización.

Datos relativos al uso y apropiación de espacios

-1 para información desfavorable al desarrollo endógeno, 0 para información desvinculada y +1 para información favorable

Altos puntajes refieren al desarrollo local a partir del uso y apropiación de espacios

Habitus

Alude a un quehacer simbólico heredado y aprendido con orientación hacia el desarrollo personal y colectivo.

Datos alusivos al aprendizaje de símbolos de desarrollo compartidos.

-1 para información desfavorable al desarrollo endógeno, 0 para información desvinculada y +1 para información favorable

Altos puntajes suponen un desarrollo endógeno a partir de oficios favorables al entorno

Capacidad

Supone la emergencia de habilidades, conocimientos y experiencias incentivadas por políticas de desarrollo endógeno.

Datos vinculados a los objetivos, tareas y metas alcanzadas de bienestar subjetivo y percibido

-1 para información desfavorable al desarrollo endógeno, 0 para información desvinculada y +1 para información favorable

Altos puntajes sugieren un desarrollo centrado en las experiencias, habilidades y conocimientos favorables al entorno.

Fuente: Elaboración propia

Jueces expertos evaluaron, calificaron y acreditaron los ejes y temas de la agenda investigativa sobre la temática, considerando los valores de vinculación o desvinculación de los datos. La codificación de los datos se procesó en el paquete de análisis cualitativo de datos (QDA por su acrónimo en inglés versión 4,0 ).

Resultados

Un modelo es una representación de las trayectorias de relaciones entre los factores esgrimidos en el estado del arte.

El desarrollo local sustentable, indicado por los campos de capacidad de libertades, espacios de capacidad de oportunidades, campos de fetichización de capacidades y espacios de capacidad de responsabilidad supone la construcción de un sistema de cogobierno, cogestión y coadministración.

Los campos de capacidad de libertad sugieren que, en el desarrollo local sustentable, los gobiernos promueven y garantizan los derechos económicos, políticos, sociales, laborales o sexuales en función de las habilidades y conocimientos de sus gobernados. En tal sentido, la relación entre gobernantes y gobernados se establece en campos de poder en los que ambos actores se influyen mutuamente.

Por consiguiente, los espacios de capacidad de generación de oportunidades se gestan en la medida en que entre los actores políticos y sociales dirimen sus asimetrías a partir del establecimiento de una agenda pública en la que los temas a gestionar y administrar son compartidos.

Empero, los campos de fetichización de capacidades advierten que si bien, las libertades y las oportunidades son más difundidos y protegidos en las urbes, ello no explica las diferencias entre la centralidad y la periferia o la semiperifería. En consecuencia, se gesta un apego hacia los recursos y los servicios urbanos.

Los espacios de capacidades de responsabilidad son resultado del cogobierno. Es decir, la conciliación de intereses entre las partes en conflicto. Por tanto, indican la cogestión y la coadministración al ser la corresponsabilidad un síntoma de gobernanza.

Consideraciones finales

El aporte del presente trabajo al estado del conocimiento estriba en el establecimiento de un modelo para el estudio del desarrollo local sustentable, pero el tipo de selección de la muestra, la búsqueda en repositorios nacionales y la técnica de análisis limitan el modelo, por lo cual se requiere una selección informativa en repositorios internacionales con una técnica de análisis más sofisticada como la minería de datos.

Tal estrategia permitiría la inclusión de marcos teóricos, conceptuales y empíricos relativos al desarrollo local sustentable como la movilización social, la acción colectiva, las esferas civiles y las redes ciudadanas en conflicto y concertación con sus autoridades.

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Competencias de la clínica en el ámbito educativo

Gabriela Prieto Loureiro
Máster en Psicología y Educación. Profesora adjunta del Instituto de Psicología Clínica en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Uruguay)

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Las conceptualizaciones sobre las competencias en el ámbito de la educación se encuentran intensamente discutidas a mediados de la década de los noventa, del siglo, pasado como una opción para mejorar los procesos de formación académica tanto en el nivel de educación básica como en la formación del técnico medio y la formación de profesionales con estudios de educación superior (Díaz Barriga, 2005).

Como señala Fernández Sacasas (2000), la educación superior en relación con las carreras vinculadas a la salud ha sufrido cambios profundos en cuanto a la metodología utilizada a efectos de su aprendizaje y de su enseñanza. Para este autor, las prácticas de enseñanza vinculadas a la clínica aparecen cada vez más centradas en el sujeto que aprende y esto se relaciona a su vez con las motivaciones para el aprendizaje y los Estilos de Aprendizaje presentes en los estudiantes.

A pesar de los cuestionamientos dentro de la enseñanza de la clínica y especialmente en el campo de salud, el aprendizaje por competencias ha ido desarrollándose a pesar de que muchas veces no se explicite en forma directa tal acción por parte de las instituciones de enseñanza superior. Cabe señalar que en la enseñanza de la clínica, así como en la educación en general, se observa el uso cada vez más frecuente de la enseñanza personalizada (Venturelli, 2003) por medio del uso de de tutores.

Por su parte, Parra y Lago de Vergara (2003) sostienen que en el ámbito de la salud, sus profesionales deben desarrollar dispositivos para atender un gran número de estudiantes, desarrollar destrezas a efectos del reconocimiento de problemas, de la obtención de datos y de la formación de su pensamiento para la toma de decisiones. En este sentido, autores como Barbier (1999) entienden que la acción dirigida a adultos que en el futuro ocuparán un lugar laboral, suele estar atravesada por la representación que se tenga de la profesión y del profesional. Para Barbier, el mundo de la formación actúa como transformador de capacidades y desarrollador progresivo de las mismas.

Otros autores (Ferry, 1997, Schön 1992) han definido la formación como vinculada a la forma de moldearse. Esta sería un estilo para actuar, para reflexionar y para ir moldeando esa forma. Ferry (1997) señala que cuando se habla de formación se hace referencia a la formación profesional y a la posibilidad de ingresar en condiciones de ejercer la práctica profesional. Así mismo, Souto (1999) considera que el acto pedagógico es producto de la interacción entre un sujeto que enseña y otro que aprende lo que está mediado por un tercer elemento que sería el contenido. Esta relación es para esta autora cognitiva a la vez que social y afectiva.

Otros autores, en cambio, jerarquizan en relación con la enseñanza de la clínica, la presencia de capacidades personales, de competencias y de aptitudes de tipo social que refieren a la convivencia e interacción con otros. Las competencias se van perfeccionando a través de una práctica y de la posibilidad de realizar una reflexión sobre la acción. (Irby 1995 y Hernández Aristu 1995, citados por Finkelstein y Gardey, 2004),

En este sentido, Lifshitz (2004) señala que el aprendizaje de la clínica no obedece a las estrategias usadas en otro tipo de aprendizaje y sostiene que no se logra el aprendizaje de la clínica solamente en base a memorización y lecturas. Este tipo de aprendizaje presenta, además, una mayor carga de los aspectos afectivos. Este autor, señala que los retos más significativos para la enseñanza de la clínica radican en la existencia de una estrecha vinculación entre teoría y práctica. Este autor considera que es necesario partir de la práctica para luego incorporar la teoría en la enseñanza de la clínica.

En su versión más elemental, la competencia clínica abarca la capacidad para acercarse al paciente, ganarse su confianza y lograr obtener de él la información pertinente; el dominio de los procedimientos para la práctica cotidiana y utilizar el razonamiento diagnóstico para tomar decisiones. (Lifshitz, 2004, p. 211)

Tal es el caso de otros autores que señalan que las calificaciones personales y las habilidades que presuponen la necesidad de competencias cognitivas para el saber, se crean a través de la práctica y de la posibilidad de reflexionar sobre la acción realizada. (Hernández Aristu, 1995, citado por Finkelstein y Gardey, 2004).

Otro autor que jerarquiza la reflexión sobre la acción en la enseñanza es Schön (1992) señalando que la acción debe ser acompañada de la reflexión. Considera que la reflexión es parte de la autonomía y la responsabilidad de un profesional. Schönn plantea que cuando se aprende el arte de una práctica profesional, se aprenden nuevas formas de utilizar diferentes tipos de competencias que ya se poseen.

Por su parte Andreozzi (1998) señala que a efectos de la enseñanza de la clínica se opera un régimen de alternancia entre el ámbito de la academia y el del trabajo profesional, lo que condiciona y limita el proceso de formación de los estudiantes. Para Parra y Lago (2003) en relación con la clínica vinculada al ámbito de la salud, los profesionales que en ésta se desempeñen deben incorporar destrezas para reconocer problemas, recolectar datos y poder dar cuenta de la toma de decisiones.

En este sentido, la pirámide de Miller (1990) contempla cuatro niveles. Dos niveles en la base de la pirámide, en los que el autor ubica los conocimientos (saber) y el cómo aplicarlos a casos concretos (saber cómo). Un nivel superior, en que ubica la competencia cuando ésta es establecida y desplegada en ambientes simulados, en los cuales el profesional clínico debe demostrar todo lo que sabe hacer. Por último, un nivel en la cima, donde se ubica el desempeño en la práctica real (hacer).

Por último, a partir del planteo de los diferentes autores mencionados, puede concluirse que la clínica exige poner en práctica habilidades y competencias específicas, que serán necesariamente diferentes a las desarrolladas en el contexto del aula tradicional.

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Disquisiciones sobre el uso y abuso de opiáceos y otros psicofármacos. El caso de Islandia

Inmaculada Jauregui Balenciaga
Doctora en psicología clínica e investigación. Máster en psicoeducación y terapia breve estratégica
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Resumen

Toxicomanías, adicciones, dependencias. Todos ellos conceptos que intentan definir y diferenciar ente uso y abuso de un fenómeno todavía mal entendido, comprendido, explicado.

Psicofármacos, drogas, estupefacientes, psicotrópicos. Términos todos ellos que intentan definir y diferenciar toda una serie de sustancias que modifican, alterando el sistema nervioso, la mente, el cerebro, la personalidad, el alma. Tampoco se sabe bien.

No se sabe cómo definir el fenómeno, lo que hace realmente imposible su estudio, su investigación y aún mucho menos su comprensión, desde un punto de vista científico. Entonces, ¿cómo tratarlo?

El resultado de toda esta confusión resulta ser un confuso conglomerado de investigaciones, programas y tratamientos igualmente imposibles de evaluar.

Lo que parece estar cada vez más claro es la relación entre este fenómeno y las condiciones de vida postmodernas. Estilos de vida que demandan paliativos en forma de consumo de sustancias que a su vez originan problemas de salud pública que a su vez requieren de intervenciones globales.

Abstract

Toxicomanies, addictions, dependencies. All of them concepts that try to define and differentiate between use and abuse of a phenomenon still poorly understood, understood, explained, from a scientific point of view.

Psychopharmaceutical, drugs, narcotic psychotropic drugs. Terms all of them that try to define and differentiate a whole series of substances that modify, altering the nervous system, the mind, the brain, the personality, the soul. It is not well known either.

We do not know how to define the phenomenon, which makes it really impossible to study it, research it and even less understand it. So, how to treat it?

The result of all this confusion turns out to be a confusing conglomeration of research, programs and treatments equally impossible to evaluate.

What seems to be increasingly clear is the relationship between this phenomenon and postmodern living conditions. Lifestyles that demand palliatives in the form of substance use that in turn cause public health problems that in turn require global interventions.

Introducción

La definición de un problema es el paso fundamental y primigenio en cualquier investigación que quiera tildarse de científica. Si bien en ciencias sociales, sabemos que los criterios de cientificidad no pueden ser los mismos que en ciencias naturales, si se apela a un consenso porque lo que se busca es un sentido, no una verdad.

Llamar a las cosas por su nombre nos permite distinguir lo que es de lo que no es. Para ello, nos servimos de la descripción: descripción de características, de comportamientos. Sabemos  del carácter subjetivo impreso en la ciencia. Por ello, la objetividad no la ponemos en la verdad sino en entender la realidad tal y como se presenta y no como desearíamos que fuera.

Somos conscientes de que definir como problema cualquier fenómeno, es ante todo un hecho político y por lo tanto ideológico. No podemos abstraernos de la realidad. Y es que las instituciones, dotadas de un poder simbólico, no solamente seleccionan los “problemas” mediante procedimientos muy sutiles, sino que además facilitan la extensión social de determinados diagnósticos a partir de los cuales también serán definidas las intervenciones (Crespo y Serrano, 2016).

Definir conceptos como uso y abuso resulta extremadamente difícil por la falta de rigor científico de las definiciones y conceptos, esto es, falta de consenso y de sentido de realidad. Falla procedente también del uso indiscriminado de términos distintos y dispares como sinónimos, lo que lejos de consensuar confunde.

Quizás por ello, una buena descripción del fenómeno uso y abuso precedido de una serie de estudios sistematizados haya desembocado en un proyecto con resultados. Este parece haber sido el caso de Islandia.

Definiciones y complejidades

En general, en cualquier investigación que se jacte de rigurosa y científica, resulta fundamental la definición porque a partir de ésta, la investigación cobra un sentido. En parte, porque la definición viene respaldada por los hechos. Esto es, la definición representa el contenido real, la realidad vivida, experienciada. En ciencias, se trata de una abstracción que representa, por común acuerdo, lo que es una realidad (Bozzoli, 1961). Por otra parte, porque a partir de la definición, se podrán vislumbrar tratamientos eficaces que de otra manera, podrían dar pocos e ineficaces resultados.

El rigor científico pretende evitar la aleatoriedad, el sesgo, la ideología, para llegar así a un conocimiento científico de los hechos, eliminado el prejuicio y llegar a un juicio (Arendt, 1997). Es fundamental que cuando hablemos de fenómenos pertenecientes al campo de la realidad, de su fenomenología, sepamos de que estamos hablando exactamente, además de respetar el consenso de la comunidad científica.

Ahora bien, no vamos a pecar de ingenuos en cuanto a la eliminación total de prejuicios en los hechos científicos porque como ya lo demuestra la epistemología constructivista, estos no escapan a su propia construcción (Watzlawick y col., 2005). Los hechos tildados de científicos  son ante todo una construcción cultural (Latour y Woolgar, 1995). El lenguaje crea, conforma y transforma la realidad humana puesto que configura la percepción y la visión del mundo (Austin, 1981). Las teorías y discursos, más que explicar la realidad, lo que hacen es construirla. Son prácticas orientadas por toda una estructura social y cultural, que como tal, contiene elementos de poder y de control (del Olmo, 1996).

Particularmente en lo que respecta al uso y abuso de opiáceos y psicofármacos, nos encontramos en general con una gran nebulosa en torno a la rigurosidad de los conceptos, implicando en sus definiciones procesos de estigmatización, de medicalización, de poder, de ideología, de moral, de política, de economía, de marketing, entre otros. En este sentido, se hace difícil una construcción rigurosamente científica de estos términos. Esta falla impregna pues, tanto los intentos de comprensión ligados al fenómeno como los tratamientos.

Para empezar, debemos cuestionarnos qué significa uso y abuso y sobre todo reflexionar sobre quién los define. También debemos cuestionarnos a qué responde la utilización de términos, aparentemente sinónimos, para denominar un fenómeno, que por otra parte, no acaba nunca de ser consensuadamente definido y por tanto, validado.

Uso y abuso

Se define el uso cuando el consumo es ocasional, episódico o aislado, constreñido a ciertos acontecimientos, sin ocasionar dependencia ni habituación a la sustancia, ni repercusiones negativas en áreas importantes en la vida de la persona (Damín, 2017). Parece tratarse pues de un patrón de consumo sin consecuencias negativas para la salud y en donde no aparecen problemas individuales ni dependencia.

El abuso se define como el uso compulsivo, es decir, hay una dependencia y un estilo de vida asociado en torno a este tipo de uso (Cormier, 1993). El uso aquí viene determinado por la necesidad. Digamos que hay un patrón comportamental en el abuso, que ocasiona trastornos y dificultades físicas, destacando aspectos tales como la tolerancia, la abstinencia, el alto consumo, un deseo obsesivo o persistente, mal uso del tiempo, abandono de actividades, consumo continuado. Esta forma de uso desencadena un deterioro clínico significativo, afectando negativamente esferas de la vida como las relaciones sociales e interpersonales, las familiares, las laborales, entre otras esferas (Ibid).

El término abuso de sustancias se encuentra en el manual DSM-IV y se define como un trastorno consistente en un patrón desadaptativo de consumo de sustancias que conlleva un deterioro o malestar clínicamente significativos. Esta definición se asemeja a lo que en el CIE-10 aparece como categoría diagnóstica denominada uso perjudicial, fundamentalmente definido a partir del perjuicio en la salud que el consumo genera, es decir, que por las cantidades y la frecuencia generan consecuencias negativas tanto en la persona consumidora como en su entorno. Esta perspectiva parecer hacer hincapié en cuestiones cuantitativas.

Desde el cuerpo médico se define el abuso como “… el uso, normalmente por autoadministración, de cualquier droga, cuando se desvíe de pautas médicas o socialmente aprobadas dentro de la una cultura dada” (Jerome H. Jaffe en Szsaz, 1990, p. 30). Desde esta mirada, el abuso tiene que ver con la desviación de pautas sociales y médicas. Desde esta mirada, entendemos que la frontera entre uso y abuso está en la manera de administrarse, es decir, que si es autoadministrado, es abuso y si es médicamente administrado, se etiqueta como uso. En esta consideración no entran en juego ni la dependencia ni la degradación psicosocial de la persona, a pesar de que la pueda haber. Tampoco se hace alusión a la frecuencia ni las cantidades.

Lo que observamos en todas estas definiciones es la vaguedad de los términos utilizados que se prestan a interpretación. Plantean más interrogantes de los que resuelven: ¿dependencia?. Al respecto, dicha noción no está claramente definida la dependencia ni hay un modelo científicamente validado de la dependencia como patología. ¿Problemas individuales? El consumismo genera muchos problemas individuales, además de sociales, y no se considera abuso. ¿Consecuencias negativas para la salud? El uso prolongado de muchos psicofármacos tienen más consecuencias negativas para la salud que positivas como indican los prospectos, y sin embargo se considera uso. ¿Patrón desadaptativo? Ya David Rosenhan (1973) expuso las dificultades no solo de definir sino de distinguir entre un estado sano y uno enfermo y todavía hoy no se ha aclarado dicha diferencia. Sabemos por Benedict que los conceptos normalidad y anormalidad no tienen validez general. Y aunque la psiquiatría ha hecho de la adaptación a la realidad un criterio objetivo, sabemos también que no es un criterio exacto. Por ejemplo, muchos alemanes se hicieron nazis como forma de adaptación a la realidad pero ¿qué pasa si la realidad es generadora de locura o insania moral?. ¿Malestar clínicamente significativo? ¿Cómo se define este concepto? ¿Qué hay de la distinción entre clínico y subclínico?

En el caso de los psicofármacos, el hábito de autoadministración se va extendiendo y propagándose a nivel privado, por lo que es difícil poder diagnosticar, creándose además así una “toxicomanía a los medicamentos”, caracterizada por una búsqueda de efectos positivos en la socialización y la performance, totalmente diferente de la decadencia y desestructuración atribuida a la toxicomanía de las drogas (Ehrenberger, 2004). El abuso de psicofármacos, en este contexto, aunque genere dependencia y adicción, no necesariamente entraba la vida cotidiana del individuo. Es más, hay muchas personas que dependen de psicofármacos y otras sustancias para “bien” funcionar en el cotidiano. Este abuso se plantea como necesario por parte de los consumidores, para funcionar con “normalidad”. Por otro lado, gracias a la integración del psicotrópico como herramienta de autocontrol, el individuo se hace cargo personalmente del malestar social. De esta manera, el individuo se integra y adapta socialmente, además de favorecer una banalización de este tipo y forma de consumos. Esta forma de abuso puede generar dependencia pero no necesariamente una desestructuración psicosocial en la persona. En estos casos, estas personas también escapan al diagnóstico y por lo tanto, al tratamiento.

Al abuso también se le llama consumo problemático, definiéndose como un uso inadecuado en cuanto a su cuantía, frecuencia y finalidad (Damín, 2017). Para definir este tipo de uso también se utiliza la expresión “uso indebido” (Kierbel y Ciccia, 2013). Dudamos del rigor científico de conceptos tales como inadecuado o indebido, particularmente de la credibilidad, puesto que no se llega a un consenso comunicativo.

Lo que parece claro es que “el abuso de drogas, es un asunto convencional; por tanto, es una tema que pertenece a la antropología y la sociología, a la religión y al derecho, a la ética y la criminología” (Szasz, 1990, p. 31). Así pues, volvamos a los orígenes: la etimología.

El término abuso, del latín abuti, agotar, es una palabra compuesta del latin ab que significa lejanía, privación, separación y usus que significa uso. En este sentido podríamos afirmar diciendo que el término abuso significa un uso separativo, un uso alienante. También un uso que agota en el sentido de que priva y aleja. Aventurándonos más allá, podríamos finalmente deducir que el abuso es un uso que aleja del original significado de uso, una utilización que va más allá del uso, alejándolo cada vez más de aquella utilidad para la cual el fenómeno fue diseñado. Puede ser un alejamiento contextual en el sentido antropológico o puede ser un alejamiento en cuanto a frecuencia y cantidad del uso. Puede también ser un uso alejado de su forma original o incluso un uso que aliena de sí mismo. Un uso maniaco, delirante, errático, ilusorio. Así pues, para diferenciar entre uso y abuso, hay preguntas claves que debieran ayudar al diagnóstico y tratamiento como: ¿para qué se utiliza?, ¿cuál es el uso original? ¿cuál es la forma de usarlo? ¿hay una desviación en la utilización?, ¿qué efectos genera? entre otras. El abuso podría definirse como la perversión del uso. Usar hasta agotar, despareciendo su funcionalidad primaria. Usar hasta alterar la condición natural o cultural. Desde un punto de vista psicológico, la perversión refiere a una anomalía, a una desviación de una tendencia natural.

En consecuencia, estudiar el abuso y diseñar planes de tratamiento eficaces, requeriría estudios cualitativos en la población en general para poder diagnosticar como abuso a todo uso pervertido de todo tipo de sustancias que de alguna manera, alejen a la persona y la alienan, poco importa si es autoadministrado y administrado con receta; poco importa si la sustancia la adapta socialmente o la desestructura.

Hay otros conceptos que se entrelazan y solapan como el de dependencia y adicción (Valleur y Matysiak, 2003), sin que por ello, quede mejor reflejado el fenómeno de uso y abuso. Así por ejemplo, el abuso puede desembocar en dependencia, entendida como la necesidad de consumir una sustancia. La dependencia se define cuando no se puede dejar de consumir porque al hacerlo, emergen síntomas físicos y/o psicológicos desagradables de malestar. En la dependencia parece haber una pérdida de control y un impulso hacia el consumo. La dependencia puede ser física o psicológica. No obstante, la dependencia es una tendencia natural en el ser humano y por lo tanto no puede ser utilizada como sinónimo de patología o abuso. En todo caso debiéramos hablar de abuso como perversión de la dependencia, es decir, aquello que altera una dependencia sana y natural.

La adicción, del latín addictus, refiere a la condición de esclavo temporal hasta acabar de pagar su deuda, perdiendo temporalmente el estatuto de hombre libre (Jauregui, 2002). Y en este caso sobre el uso y abuso de sustancias, haría referencia a la condición de esclavo de una sustancia, perdiendo la libertad, esto es pervirtiendo el estado natural del ser humano, un estado libre. No obstante, el término adicción se aplica en nuestra sociedad solo a ciertas sustancias o actividades, dejando fuera otras tantas sustancias y actividades que podrían entrar perfectamente en la definición de adicción (Ibid).

La dependencia a ciertas sustancias etiquetadas de drogas, en sus inicios se llamaba toxicomanía, definiendo así a la dependencia tóxica como manía, termino acuñado para definir una enfermedad mental, en un principio asociada a la melancolía, posteriormente a la depresión y finalmente a la psicosis maniaco-depresiva o depresión bipolar, caracterizada por la euforia exagerada, la presencia obsesiva de una idea fija y un estado anormal de agitación y delirio (Luque y Berrios, 2011). Siendo la manía una de las fases de la psicosis caracterizada por una alteración del estado del ánimo de tipo eufórica. Se trata de un trastorno del ánimo caracterizado por la pasión y la obsesión compulsiva. Es una forma de locura (Pinel, 1998). En la época clásica se clasificaba manía a “la presencia de ira, agresión, excitación y pérdida de control. En ella se incluían entidades que hoy se identificarían con (… ) la intoxicación por drogas” (Luque y Berrios, 2011, p. 132). Pero este término también sufrió un cambio conceptual que se desarrolló a lo largo de los siglos XIX y XX, en parte por ser “una categoría demasiado amplia y general” (Ibid). A pesar de estas imprecisiones, podríamos extrapolar diciendo que el abuso de sustancias sería una forma de manía que hunde sus raíces en una depresión o melancolía, constituyendo una alteración o incluso podríamos decir que una desviación. En este sentido, si la manía sería entendida como una gran defensa contra la depresión (Klein en Soler, 1992), el abuso de sustancias opiáceas y psicofarmacológicas, por extensión, representan ese intento de defensa maníaco y evitante, de manera a bloquear el proceso madurativo con reminiscencias infantiles relacionado con la pérdida y el duelo del paraíso perdido: la unidad madre-infante. Es decir, el abuso de sustancias sería pues una defensa contra el reconocimiento de un yo separado, individualizado pero a su vez, necesitado en el sentido de dependiente, de relaciones más allá de sí mismo. Y aquí nos topamos con la herida narcisista y la aceptación de la ley. La pérdida de esa omnipotencia infantil alrededor de la cual gira el mundo. El abuso convierte a la persona en un ser incapaz de satisfacción y de deseo y por consecuencia, incapaz de acceder a su dimensión humana. El abuso no permite la ley, limitar el uso, construir un bastante, satis-facere. Y aquí se desliza la frontera entre el uso y abuso. El abuso de sustancias tóxicas sería ese intento de satisfacción plena e inmediata. Prohibición necesaria para el desarrollo de la civilización (Freud, 1981). Efectivamente, el abuso aparta del mundo exterior, encerrándose en una relación paradisiaca entre el sujeto y la sustancia.

Opiáceos y psicofármacos: problemas terminológicos

El término opiáceo es concretamente un adjetivo que se aplica a toda sustancia que deriva del opio. Opio refiere a una sustancia amarga y fuertemente olorosa obtenida del proceso de desecado de las cabezas de adormideras –planta harbácea- verdes con propiedades analgésicas, hipnóticas y narcotizantes (Seidenberg y Honneger, 2000).

El organismo “Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica” ANMAT, define psicofármaco a todo producto farmacéutico compuesto por sustancias psicotrópicas, utilizado como objeto del tratamiento de padecimientos psíquicos o neurológicos (Bolaños et al., 2014). También define como psicotrópico a cualquier sustancia natural o sintética, capaz de influenciar las funciones psíquicas por su acción sobre el Sistema Nervioso Central (Disposición ANMAT N° 885/10 en Bolaños et al., 2014). Parece claro, pero no lo es. Así, Graciela Jorge (2005) presenta nada menos que tres definiciones para el mismo concepto: una más clásica en la que se hace hincapié en la modificación de síntomas propios de enfermedades mentales por medicamentos. Una segunda en la que utiliza la expresión fármaco o droga útil cuya finalidad médica es producir efectos sobre el comportamiento. Por última, una tercera en la que amplia el campo y habla de aliviar síntomas y aquí ya no habla estrictamente de enfermedades mentales sin para todas las estructuras tanto psicóticas como neuróticas.

En cuanto al opiáceo, a pesar de la clara definición aportada, en la literatura vamos a encontrar muy a menudo la utilización de opioide en lugar de opiáceo. El término opioide se utiliza para designar aquellas sustancias endógenas o exógenas que tienen un efecto análogo al de la morfina y poseen actividad intrínseca. Así, no todos los opiáceos son opioides ni todos los opioides son opiáceos.

En lo referente a psicofármaco, existen en la literatura otros términos que funcionan a modo de sinónimos como estupefacientes, sustancias psicoactivas o droga, confundiendo el panorama.

Estupefaciente se refiere a toda sustancia psicotrópica, con alto potencial de producir conducta abusiva y/o dependencia (psíquica/física, con perfil similar a morfina, cocaína, marihuana, etc.), que actúa por sí misma o a través de la conversión en una sustancia activa que ejerza dichos efectos.” (Disposición ANMAT N° 885/10 en Bolaños et al., 2014 ).

Sustancia psicoactiva o psicoactivos, según la organización mundial de la salud, hace referencia toda sustancia química de origen natural o sintético que al introducirse por cualquier vía (oral, nasal, intramuscular e intravenosa) ejerce un efecto directo sobre el sistema nervioso central, ocasionando cambios específicos a sus funciones (Caudevilla, 2008). Y en esta definición no todas las sustancias son opiáceas.

Otro de los términos utilizados indistintamente y que portan a confusión es droga, definida por la organización mundial de la salud como “toda sustancia que, introducida en un organismo vivo, pueda modificar una o varias de sus funciones”(OMS, 1969, en Caudevilla, 2008). En esta definición se engloban tanto los fármacos de prescripción médica, como las sustancias psicoactivas como plantas y sustancias químicas tóxicas para el organismo.

Bien que estas sustancias parecen estar claramente definidas, el empleo de diferentes conceptos como sinónimos confunde al punto de cuestionarnos sobre la finalidad y pertinencia de la definición, si luego en las investigaciones no se mantiene esa rigurosidad terminológica.

En definitiva, todos estos conceptos se funden hasta confundirse cuando se trata ya sea de opiáceos, psicofármacos, sustancias psicoactivas, droga o estupefacientes y su abuso, uso indebido, uso perjudicial, dependencia, manía, adicción, compulsión.

En la breve historia de los términos utilizados, observamos un constante deslizamiento de sentido, sin llegar a una comprensión del fenómeno. Esta hegemonía de nuevos conceptos intenta definir estrategias legítimas de combate, teniendo un importante impacto ideológico en la propia construcción del fenómeno.

El fenómeno de la medicalización y el abuso

Todas las sustancias tildadas “adictivas” en general son analgésicos y su utilidad es paliar el dolor. Así pues, la utilización de sustancias psicoactivas o psicótropos tiene como primera y última finalidad, al parecer, paliar el dolor, calmarlo. Un dolor al parecer, fundamentalmente emocional, existencial. Hablar de uso y abuso es hablar de dolor y de las diferentes  maneras de escapar de la angustia. Si queremos entender los abusos y en última instancia, atajarlos, deberemos adentrarnos en ese sufrimiento, tan generalizado en nuestros tiempos. Tratar las adicciones en cualquiera de sus múltiples formas es abordar el dolor y evitar escapar de él.

Que desde los albores de la humanidad se utilizan (se usa y abusa de) sustancias adictivas o psicoactivas o psicotrópicas eso es un hecho ampliamente sabido y aceptado (Cuerno, 2013). Con ello se pretendía modificar la percepción de la realidad ya sea con fines médicos o paliativos, placenteros o religiosos.

Con el desarrollo de las sociedades moderna y postmoderna, las sustancias naturales han ido siendo sustituidas por psicotrópicos, es decir, sustancias legales, por haber sido legalizadas, cuya base científica pretende ser la bioquímica cerebral del malestar social promulgado en estos últimos tiempos por la neurociencia. La medicina se ha ido apropiando de este tema, remplazando los valores religiosos por los sanitarios. Por lo tanto, el uso y el abuso de psicofármacos está relacionada con la prescripción y por lo tanto, con el poder. ¿Quién tiene el poder de determinar, prescribir, proscribir la utilización o no de una sustancia sino la medicina?

La medicalización es un proceso general comenzado en el siglo XVIII por el cual la medicina se vuelve una estrategia biopolítica ampliando su área de acción a aspectos sociales, culturales, económicos y políticos (Foucault, 1996, 2000).

La medicalización es un proceso de manipulación que consiste en el trato por separado de problemas que van juntos como es el de la salud con la economía, con el poder (adquisitivo, entre otros), en definitiva, cuando problemas de orden no médico, son tratados como médicos definidos generalmente como enfermedades, trastornos o desórdenes. En este sentido, la medicalización no es ni medicina ni ciencia sino una estrategia ante todo semántica y social causando perjuicio a un sector de la población y beneficiando a otros (Szasz, 2007).

El proceso de medicalización que sufrimos gracias, en gran medida, a la industria farmacéutica, intenta por todos los medios solucionar problemas sociales y políticos. Un proceso por el cual comportamientos normales se convierten en conductas susceptibles de tratamiento y aquí es donde se genera el caldo de cultivo para el abuso de sustancias adictivas.

Además, tanto el uso como el abuso de opiáceos y otros psicofármacos no podemos extrapolarlo de la sociedad postmoderna contemporánea, basada en el capitalismo de consumo anclado en grandes industrias y corporaciones, dentro de las cuales destaca la industria farmacéutica, a modo de mafia, tiende a buscar en las adicciones su fuente de ingreso.

Las adicciones, abuso de sustancias, se encuentran entre las postmodernas enfermedades del alma que paradójicamente también se abordan con uso y abuso de sustancias psicoactivas muchas de ellas. La profecía de Aldous Huxley (1976) hecha realidad. Los medicamentos y las sustancias psicoactivas o drogas permiten eliminar rápidamente y sin esfuerzo cualquier estado de malestar, materializándose así el ideal de la sociedad actual, cimentado en el rendimiento y el éxito, responsabilizando –y aislándolo– al individuo de los resultados.

Concebidos para depresiones graves, los antidepresivos ya se recetan para toda una serie de trastornos añadidos como la ansiedad generalizada, los trastornos obsesivo-compusivos, los trastornos de estrés postraumático, el trastorno de pánico. Y muchas veces, sin fecha para terminar dicho tratamiento, es decir, se empieza pero no se sabe cuándo se acaba de tomar ni cuando se está curado. Al respecto, recuerdo las palabras que un psiquiatra le dijo a su paciente adicta a las benzodiacepinas por depresión, cuando quiso “desengancharse”: “hágase a la idea que usted es como un diabético que necesita su insulina”. Efectivamente la medicalización de la vida cotidiana incita al uso y abuso de medicamentos, creando así una nueva problemática denominada iatrogenia. Se trata de una daño no intencionado que resulta de intervenciones diagnósticas o terapéuticas. El uso indiscriminado, y en muchos casos innecesario, de intervenciones y prácticas tales como la excesiva medicación, así como la indicación abusiva de tratamientos, estudios y análisis, desembocan en un abuso de fármacos en el día a día, generando así daños “colaterales”. Así patologías moderadas y trastornos leves, pasajeros como los fenómenos de duelo, rupturas sentimentales, problemas laborales, fobias, trastornos adaptativos son tratadas como psicopatologías graves, normalizando un uso gratuito de pastillas y eliminando así recursos psicológicos personales fundamentales como el esfuerzo y la voluntad. En la evolución de la propia nosología, las clasificaciones se han alterado modificándose el sentido del diagnóstico como consecuencia de la irrupción de la industria farmacéutica. Así, “mientras antes abundaban las alteraciones reactivas, agudas y breves, ahora, con el modelo de enfermedad implícito (los trastornos se deben a un desajuste de algún neurotransmisor), se destacan los trastornos de larga evolución, lo que implica un tratamiento farmacológico muy duradero (…) de manera que aumenta tanto el coste como los efectos secundarios y acumulativos tóxicos” (Samaniego, 2016, p. 183).

Como consecuencia de este proceso de banalización en el uso de psicofármacos, el abuso de medicamentos recetados o no, aumenta, siendo incorporados a la normalidad hasta hacer de ello un estilo de vida (Gilbert, Walley y New, 2000). Se trata de un crecimiento en consonancia con la economía de mercado en donde el mercado farmacéutico, en pleno auge, pone a las drogas en el centro de un estilo de vida (Lexchin, 2001). Un crecimiento en el que también aparecen las diferencias de género, afectando en mayor medida a las mujeres en el caso de los psicofármacos (Burín, s/f). En este sentido, la industria farmacéutica a través de sus intermediarios “psi”, promueven las adicciones psicofarmacológicas.

El principal enemigo de la medicina siempre fue la automedicación (Comelles, 1993). Y en lo que respecta al uso y abuso de sustancias, la diferencia entre droga y medicamento, está en la legitimidad legal, es decir, entre si la suministra un médico o un camello. Recordemos que droga y medicamento se usan indistintamente porque desde un punto de vista biológico y químico son lo mismo. Las diferencias entre una y otra hacen referencia a la fabricación, distribución, promoción, consumo, finalidad de consumo, dosis.

Las drogas suelen ser compuestos naturales aleatoriamente mezclados mientras que los psicofármacos se supone que están testados y aprobados siguiendo unas normas. Aunque esto también está siendo modificado, de tal manera que la legalidad en materia de protocolos de investigación está siendo cada vez más vulnerada (Blech, 2003).

El proceso de distribución, promoción así como la finalidad del consumo de drogas y psicofármacos también difieren.

El drogadicto o adicto o toxicómano se la suministra a sí mismo al margen de la legalidad pero la persona abusadora de psicofármacos depende del cuerpo médico, de una receta aunque también cada vez más estas sustancias se venden en el mercado negro, siendo una gran fuente paralela de negocio.

Por otra parte, los médicos se van transformando en intermediarios entre la industria farmacéutica y la demanda, lo que les convierte en camellos (Conrad y Leiter, 2004). Pero también se observa cada vez con mayor frecuencia la distribución de fármacos por parte de amistades, familiares y compañeros de trabajo, lo que es una forma más de automedicación.

En otras palabras, el uso y abuso de sustancias psicoactivas legales e ilegales constituye actualmente, uno de los mayores problemas de salud pública además de un fenómeno social complejo y difícil de solucionar sin otro tipo de cambios.

Podríamos avanzar diciendo que el problema del abuso de sustancias en nuestra sociedad no tiene cura, es decir, solución médica porque no es un problema médico-sanitario sino una situación, problemática o no, social. A ello, tenemos que decir que el proceso de medicalización contribuye y bastante al abuso de sustancias, no pudiéndose constituir como parte de la solución puesto que se configura como parte del problema.

Promoción de medicamentos en lugar de promoción de la salud

La promoción de la salud, se ha convertido en la promoción del uso y abuso de fármacos y ello, porque “ en la sociedad contemporánea la enfermedad se ha convertido en una especie de forma de vida “ (Rodríguez y de Miguel, 1990, p. 22). Al respecto, el autor Thomas Szasz (2007) denomina farmacracia al sólido vínculo establecido entre el estado y la medicina.

El modelo de medicalización no es otro que la ordenación y el control de los prejuiciosos disfuncionamientos sociales en aras de un buen nivel de adaptación. De esta manera, campañas de promoción de medicamentos, de difusión de las enfermedades bajo pretexto de prevención y con el apoyo de las compañías farmacéuticas, han permitido una profunda distorsión tanto de las enfermedades como de su cura fácil e inmediata a través de medicamentos. En realidad lo que se ha promocionado es la filosofía de la intolerancia al malestar o indolencia, a través del consumo de fármacos legales o ilegales. El abuso o adicción a las drogas, a sustancias psicoactivas o psicotrópicas, comenzaron siendo un tratamiento médico restringido por prescripciones. Y sabemos igualmente que todos los medicamentos en dosis excesivas y durante períodos muy prolongados, producen efectos secundarios, cruce de interacciones, efectos adversos e inducen al abuso y a la dependencia.

El malestar generado por nuestra cultura y nuestra sociedad necesita sus paliativos. El sufrimiento que se ha generado rápidamente refiere a la desaparición del sujeto y de su deseo. Si definimos al sujeto como un actor fundamentalmente relacional, vincular, podemos afirmar que la intersubjetividad ha ido minando la esfera pública y privada, despojándonos de nuestra principal base de construcción yoíca y ello, no sin gran culpabilidad y angustia.

Lo que todo adicto y en ello, incluyo a la sociedad entera, intenta paliar es esa angustia existencial. Un dolor en la existencia que por ser alienada, ya que el sujeto está fuera y se ha quedado sin deseo, resulta insoportable sin algún tipo de anestesia que permita calmar el dolor.

En esta sociedad perversamente hedonista, el propio dolor de la existencia nos impulsa a anestesiarnos, a inmunizarnos. Y para ello tenemos el fetichismo del fármaco, que como mercancía, nos proporcionará la felicidad.

El personaje del adicto evita el duelo de lo ideal, de lo absoluto, de la fragilidad, de la dependencia. Como buen “perverso” evita depender y procura autosatisfacerse.  La cura pasa por la otredad y así acabar con ese goce autoerótico, con esa condición onanista que le impide el deseo. Porque el deseo es deseo del otro.

El estado depresivo patológico subyacente en el abuso de sustancias emerge fundamentalmente durante la abstinencia. Podemos establecer un cierto paralelismo entre la evolución del infante del narcisismo absoluto de la completud hasta la individuación. De alguna manera, la persona “abusante” en su restablecimiento también debe evolucionar hasta un estado intersubjetivo, aceptando sus límites, su finitud, el duelo del poder absoluto que le da su fetiche ya sea sustancia o actividad.

Contexto sociocultural abusivo

Tal y como nuestra sociedad está estructurada, es muy difícil tratar los abusos a sustancias o consumos abusivos puesto que constatamos que se trata de unas prácticas promovidas e impulsadas por la propia sociedad y que de alguna manera, particularmente algunas de estas prácticas, quedan invisibilizadas, mientras que paralelamente se estigmatizan otras.

Por otro lado, también deberemos contextualizar los abusos de sustancias en una cultura como la nuestra con unos valores profundamente adictivos como por ejemplo la cultura del exceso. Sociedad y cultura utilizan el mecanismo de defensa de la disociación, dividiendo los abusos en buenos y malos, en transgresores y en consecuencia prohibidos, frente a abusos socialmente bien admitidos, permitidos e incluso fomentados.

La vinculación estrecha y directa entre los abusos a sustancias y problemas que amenazan la cohesión social y comunitaria deben ser tenidos en cuenta a la hora de abordar el fenómeno que no es únicamente responsabilidad individual. Así fenómenos como la pobreza, las desigualdades, la desestructuración social, económica, laboral, familiar; las guerras, la corrupción, entre otros forman parte de las amenazas al tejido social con los cuales el fenómeno abusivo está estrechamente emparentado (Rhodes, 2009). El abordaje de los problemas relativos al fenómeno del abuso de sustancias debe incluir el contexto sociocultural.

A nivel cultural y desde una perspectiva más antropológica, se trata de una cultura que ha borrado cualquier huella de ritos de paso, de los estados alterados de conciencia buscados a través de actividades como la danza, la religión. En las sociedades occidentales y occidentalizadas se ha borrado todo elemento relativo a la dimensión mística, por lo que el uso de sustancias se ha ido tornándose en abuso en ausencia de marcos y estructuras adecuadas. En otras palabras, se ha desacralizado el uso, llegándose a profanar y pervertir los usos hasta convertirlos en abusos.

Toda sociedad y cultura tiene sus formas de hacer frente al estrés y la nuestra ha escogido ciertos abusos a sustancias como manera socialmente admitidos para afrontarlo, demonizando otros. Y en este sentido, hay toda una interiorización de valores y normas acerca del consumo de sustancias que desembocan en representación simbólicas compartidas a través de toda una serie de mecanismos que se cristalizan en conductas de uso y abuso de psicofármacos y otras sustancias.  Dentro del fenómeno de medicalización, debemos incluir por un lado el fenómeno de la psicologización y por otro lado, la neurociencia.

La psicologización, ese lavado de cerebro psicológico que a través de toda una serie de herramientas “psi” (Arizaga et al., 2007), nos inoculan la idea de calidad de vida, sobreresponsabilizando a un individuo que no puede más porque no está a la altura. Este término define el fenómeno del “incremento progresivo del recurso a la atribución o sobreinterpretación psicológica sobre un número relevante y creciente de fenómenos y problemáticas sociales” (Rodríguez, 2016, pp. 352-353). Este fenómeno está estrechamente ligado y emparentado al neoliberalismo cuyo ethos empresarial, largamente expandido, construye la postmoderna subjetividad. Una subjetividad basada en la propia responsabilidad, mutando así los espacios de lucha social y desplazando los conflictos y luchas externas hacia el interior del ser humano.

En esta línea, el consumo de sustancias “es asociado al logro de una calidad de vida definida según los cánones actuales de proactividad (iniciativa individual), hedonismo y seguridad “ (Arizada et al., 2007, p. 61). La publicidad, haciendo eco de estos ideales, penetra en el inconsciente colectivo, conformando representaciones sociales del consumo para adaptarse a estos tiempos no solo a nivel laboral, sino a nivel social y personal. El individuo postmoderno es el único culpable y responsable de todo lo que le ocurre, incluida su salud o enfermedad. Y tanto para una u otra condición, el consumo de sustancias resulta fundamental.

La neurociencia centrada en el funcionamiento del cerebro, ha avanzado ostensiblemente hasta el punto de cristalizarse en la especialización que más está influenciando en el panorama médico, hasta el punto de transformarse en marketing político, desplazando así a la psiquiatría. Esta especialización se hace cómplice del sistema neoliberal, de tal manera que la subjetividad postmoderna se va configurando siguiendo el modelo empresarial (Duarte, 2016). Un modelo uniforme y unidimensional basado en la biologización no ya del comportamiento humano individual, sino del comportamiento social y cultural, culminando así todo un proceso de alienación del sujeto empezado hace ya siglos. Disfrazados de argumentos científicos, “esta cultura invisibiliza en gran medida el componente sociológico de la realidad así como la consideración político-económica de la misma” (Rodríguez, 2016, p. 370). De lo que se trata es de definir lo normal, lo patológico, la salud y la enfermedad en función del medicamento y toda la industria alrededor. En otras palabras, el uso y abuso de fármacos sigue las mismas reglas del mercado.

No entendemos que dejar de abusar de sustancias pondría a nuestra sociedad en jaque mate. La sociedad del espectáculo de la mercancía y el fetiche, este capitalismo abusivo, adicto y adictivo no lo aceptaría porque ello supondría un vuelco bastante radical: supondría dejar de huir, dejar de evitar la finitud, aceptar la fragilidad, aceptar nuestra intrínseca dependencia intersubjetivo a la otredad, aceptar el dolor y los fenómenos que lo acompañan como el duelo, como parte natural y constructiva de la humanidad. Sería volver a crear redes sociales como la solidaridad. Sería el bien común por encima del individual; aceptar la ley como el cimiento humano.

El abordaje del uso y abuso de sustancias opiáceas y psicofarmacológicas requiere un profundo cambio social, cultural y económico. Los estudios sobre el abuso a sustancias implica todo un cambio antropológico, encaminado hacia una mirada fenomenológica de los mismos para entender y comprender realmente su significado y dibujar un proyecto nuevo de cultura, remitido a la imbricación de lo subjetivo y lo intersubjetivo.

¿Cómo abordar el abuso?

La antropología habla de tres usos fundamentales a lo largo de la historia que las sociedades han hecho de sustancias: curar y en su defecto, aliviar, divertir y rezar (Marti, 1997). Estos han sido clásicamente los tres contextos en los cuales se ha prescrito el uso de sustancias: médico, religioso y lúdico.

Y si tenemos en cuenta que la dependencia es consustancial al sustrato humano, es decir, que “la dependencia es sin duda alguna un fenómeno total que atraviesa toda la condición humana” (Marti, 1997, p. 221), el problema del abuso, la perversión de del uso de sustancias, hay que buscarla en otras fuentes para realmente comprender y proponer programas realmente eficientes.

La pregunta de cómo abordar el abuso, nos remite a cómo enseñar a las personas a convivir con el dolor, a construir algo con su dolor más allá de la propia autodestrucción. Entendemos que resulta fundamental comprender de qué trata el dolor. En este sentido, se necesitan más habilidades que el prejuicio y la condena moral y/o social como la compasión. Para ello se necesita una sociedad capaz de cuestionarse a fondo sobre el problema del abuso, de las diferentes formas de abuso, de quien y cómo se abusa. Hacer el duelo es quizás el primer y más importante trabajo en los abusos. Se trata de generar un espacio de elaboración del dolor. Duelo de la completud, de la perfección, del ideal, del narcisismo y su perversión, duelo de un mundo libre de dolor y sufrimiento. Duelo de la frustración, de la omnipotencia. Aceptación de la otredad, de los límites.

Este trabajo debe entroncarse con un trabajo a nivel social y cultural: hacen falta nuevos modelos de socialización, de empoderamiento; nuevos modelos económicos, educativos, políticos, sanitarios. Resulta imprescindible reforzar los vínculos del individuo con los diferentes grupos comunitarios: familiares, vecinales, grupales, comunitarios. Hace falta reinscribir al sujeto dentro del entramado social y cultural. Hace falta vincular políticamente al Estado con la ciudadanía. Es imperativo restaurar el mercado económico. El neoliberalismo representa hoy el postmoderno malestar en la cultura con su arrasadora pulsión de muerte cristalizándose en la desintegración vincular. Todo lo que se mueve en dirección inversa, es decir, orientada por la pulsión de vida y regulada por normas y leyes constituye ya todo un programa de prevención en materia de abuso de sustancias.

Programas y sustancias

Hay muchos programas propuestos para acabar con el abuso de sustancias y para prevenirla. En un principio se inscribieron dentro de la perspectiva tolerancia cero, enfoques prohibicionistas, para después muchos de ellos ser abordados desde la perspectiva de reducción de daños.

Los programas se han ido también diversificando a medida que las investigaciones han ido avanzando y mostrando todos los actores que hay en esta problemática. La diversidad está servida: planes y proyectos regionales, provinciales, nacionales, internacionales; planes y proyectos destinados a consumidores, a productores; planes y proyectos para modificar cultivos; planes y proyectos destinados a frenar la producción y distribución de sustancias; planes y proyectos destinados a la prevención primaria, segundaria y terciaria.

Sin embargo, no sabemos muy bien la eficacia de los mismos. Cuando leemos informes al respecto, se subraya la necesidad de políticas más efectivas, de planes efectivos, de medidas efectivas. Se pone el acento en la ineficacia de lo punitivo frente al desarrollo de medidas intervencionistas a todos los niveles: social, educacional, económico, familiar.

No hay análisis profundos sobre las bases científicas de dichos modelos y mucho menos sobre los resultados. Ya hemos visto igualmente las fallas de las que parten en su mayoría, concerniendo fundamentalmente las definiciones de los conceptos y la comprensión del fenómeno abusivo.

Sospechamos que están asentados sobre bases morales, religiosas, apoyados sobre postulados cientifistas más que científicos, es decir ideológicos, favoreciendo el desarrollo de toda una ideología del capitalismo neoliberal que promociona y favorece el abuso de sustancias, lo que resulta contradictorio y paradójico. Por un lado se favorecen e incentivan los abusos a sustancias y por el otro lado, se intenta atajar a través de todo un abanico de programas este problema con tintes epidémico.

Los abusos sin embargo no solo no cesan sino que mutan, según las mutaciones sociales y culturales, lo que deja al descubierto el fracaso de la guerra contra las drogas.

De los informes leídos se puede deducir que a una mayor eficacia contribuyen la ruptura de tabúes a partir del diálogo sobre una crítica a lo realizado hasta ahora; el abordaje de la problemática de manera científica, incluyendo enfoques económicos, políticos, sociales, de salud, social, educativos; el abordaje desde perspectivas más flexibles, menos punitivas, más coordinadas y que requieren cambios legisladores, cambios sanitarios, cambios culturales y sociales. En general, podría decirse que requiere un cambio de paradigma siguiendo el modelo de salud pública que pone el énfasis en las personas y comunidades para hacerlas más saludables.

Giro cultural en el tratamiento del abuso: el caso de Islandia

El cambio fundamental en Islandia en materia de abuso de sustancias viene del hecho de entender el sustrato adictivo, esto es, fomentar un cambio social basado en la “embriaguez natural”, a través del deporte y el arte. Dicha tesis parte del trabajo de doctorado de Milkman (1975) según el cual, el problema adictivo o de abuso de sustancias tiene como finalidad lidiar con el estrés a través de un cambio en la química cerebral. Se realizaron en Islandia una serie de estudios a escala nacional durante los años 1992, 1995 y 1997 en donde emergieron patrones de comportamientos predictivos del abuso de sustancias en los jóvenes. Así, la práctica deportiva asidua, pasar tiempo con los padres, integración y aceptación escolar y evitar pasar noches fuera de casa, fueron algunos de los patrones encontrados en dichas investigaciones capaces de contrarrestar el abuso de sustancias (Young, 2017). A partir de estos trabajos se dibuja en 1999 un plan nacional bautizado como “Juventud en Islandia” (Ibid). Este proyecto se basó en un programa anterior que Harvey Milkman puso en marcha en Denver en 1992 (Ibid). Así pues, se empezó el proyecto fomentando manera naturales y alternativas de embriagarse. Empezaron ofreciendo modelos relacionados con la música, la danza, el arte en general y el deporte, en particular las artes marciales.  El programa prosiguió con un conocimiento de sí y de la existencia humana así como la manera de relacionarse con los demás.

Todo este programa fue implantado en Islandia pero aderezado con cambios en el sistema judicial, penalizando y prohibiendo; en el sistema social, fortaleciendo los vínculos parentales, de manera a reforzar la autoridad parental así como fomentar las relaciones entre los padres y las escuelas. Se trataba de hacerles sentir partícipes y miembros de grupos y de la sociedad gracias al impulso de la creatividad, canalizada a través de clubes deportivos y actividades extraescolares, fundamentalmente artísticas (Ibid). En definitiva, una terapéutica basada en la reeducación psicosocial.

Fue un plan diseñado a largo plazo, es decir, longitudinal, sobre el cual 20 años después, empiezan a cosechar frutos. Y todo ello con un estudio bastante rigurosos sobre los resultados obtenidos. De hecho todos los años se siguen realizando encuestas.

Ahora bien, el refuerzo relacional se ha extendido más allá de la familia alcanzando la relación entre ciudadanía y Estado. Se realizó para ello un importante esfuerzo económico, financiando todo tipo de actividades deportivas, además de bonificaciones a las familias destinadas a pagar actividades recreativas para jóvenes.

A través de este ejemplo, vemos las implicaciones de los cambios a generar, que abarcan toda la sociedad y su manera de vincularse. Tenemos que entender más allá de lo intelectual, que cualquier cambio abarca transversalmente toda la sociedad.

Como bien dice Moscovici (1981), el problema de las minorías es el problema de la mayoría y el problema del abuso de sustancias es un problema que nos afecta a toda la sociedad puesto que ella entera es adicta (Schaef, 1988). Y su primera adicción se denomina consumismo. Y es que: “las sociedades que ponen énfasis en la idea de consumir terminan también generando personas compulsivas que beben, fuman, realizan deportes o actividades que en sí mismas pueden ser peligrosas” (Rodríguez y Miguel, 1990, pp. 5-6). Y ello se hace extensible al campo de la salud: “En la misma línea, se observa también una compulsión por utilizar médicos/as, consumir medicinas, experimentar dietas de adelgazamiento, o en general usar recursos de tipo sanitario” (Ibid).

Si analizamos bien el modelo finlandés observaremos una desmedicalización del problema adictivo así como una inclusión de variables sociales, culturales, educativas, económicas y políticas. En realidad, el éxito del programa radica en abordar el problema desde la raíz: fortalecimiento de los lazos sociales. Se regeneró el deteriorado tejido social, es decir, se fueron tejiendo vínculos tanto familiares, como sociales y políticos. Se fueron atajando problemas sociales que también afectan al individuo pero que no por ello, son individuales. Al contrario, hubo una implicación de la comunidad y de las familias; se creó una unión entre gobierno, padres y profesores. Y todo ello desplegando toda una serie de esfuerzos económicos destinados a invertir. Evidentemente había una voluntad política de atajar el problema: el propio alcalde de Reikiavik se interesó en el trabajo de Miklkman.

Tenemos que entender que el abuso de sustancias es una cuestión de estilos de vida, algo que ya lo subrayó Dollard Cormier (1993). Autor que pone el acento de una percepción sistémica del fenómeno adictivo, concluyendo que el cambio pasa por el aprendizaje o reaprendizaje de nuevos modos de ser y de actuar.

Referencias bibliográficas

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Psychologie du consommateur : l’impact des « publicités Borderlines » sur le comportement des individus

Romain Cally
Docteur en Sciences de Gestion | Spécialité Psychologie du consommateur
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En psychologie du consommateur, on peut dire qu’une publicité est « Borderline » à partir du moment où elle est perçue par les consommateurs comme « à la limite » de ce qui paraît acceptable voire tolérable. En général, la publicité interpelle par son contenu et laisse rarement indifférent.

Que l’on veuille ou non, de plus en plus de publicités et d’images « borderlines » sont diffusées chaque année, que ce soit à la télévision, sur des panneaux publicitaires ou encore sur Internet. On ne compte plus le nombre de plaintes déposées auprès de l’Autorité de régulation professionnelle de la publicité (ARPP) pour dénoncer des publicités jugées «  violentes », « sexistes », « discriminatoires », voire dans certains cas, « racistes ». Par exemple, en janvier 2018, la marque suédoise de prêt à porter H&M s’est attirée les foudres des internautes du monde entier. En cause, une image publicitaire polémique, perçue par les consommateurs comme « raciste », montrant un enfant noir portant un sweat-shirt vert à capuche avec l’inscription ambigüe : « le singe le plus cool de la jungle ». Après le tollé mondial suscité sur les réseaux sociaux et l’appel au boycottage d’internautes en colère, H&M avait annoncé, quelques jours après, le retrait de cette image de son site Internet et présenté ses plus plates excuses.

En janvier 2018, H&M était au cœur d'une polémique après la publication d'une photo à connotation raciste.

En janvier 2018, H&M était au cœur d’une polémique après la publication d’une photo à connotation raciste.

Cet exemple nous mène à nous poser certaines questions : Pourquoi des marques franchissent-elles le pas de la publicité borderline ? N’y aurait-il un attrait du consommateur pour ces publicités situées à la limite du tolérable voire du « politiquement correct »? Enfin, la publicité borderline n’est-elle pas devenue, dans certains cas, un objectif marketing ?

A l’heure d’aujourd’hui, les entreprises éprouvent des difficultés pour attirer l’attention des consommateurs. Il faut dire que l’aversion du consommateur envers la publicité ne cesse de s’amplifier, surtout sur Internet, où le rejet est assez palpable. D’après un sondage IFOP [1], 2 Français sur 3 jugent que la publicité en ligne est une mauvaise chose, 17% la jugent carrément néfaste et seulement 2% la considèrent comme une très bonne chose. De manière quasi unanime, les Français interrogés ont le sentiment d’être submergés par la publicité sur Internet : elle est « omniprésente » affirment 90% d’entre eux, et ils la perçoivent largement comme un contenu parasite qui leur fait perdre du temps (84%). Ces chiffres accablants, montre clairement une aversion, voire une répulsion croissante des consommateurs envers ces publicités. Aussi, pour enrayer cette répulsion, les entreprises se doivent d’innover et, certaines d’entre elles, afin de captiver rapidement l’attention de futurs clients, n’hésitent pas à développer des publicités « Borderlines ».

Attrait du consommateur pour l’interdit ou pour la transgression ?

Comme disait Oscar Wilde : « Le seul moyen de se délivrer d’une tentation c’est d’y céder. Résistez et votre âme se rend malade à force de languir ce qu’elle s’interdit». Face à une publicité « borderline », le consommateur est face à un dilemme, car se pose la question de « l’interdit » et de sa transgression. Les consommateurs sont simultanément soumis à ces deux mouvements : respecter l’interdit (castration) ou la transgresser (résistance). Tout individu, face à l’interdit est donc habité par cette ambivalence.

L’être humain s’est toujours senti attirer par « l’interdit ». Si nous observons notre vie au quotidien, nous pouvons repérer de nombreux exemples qui illustrent ce propos. En fait, bien souvent, lorsque quelque chose nous est interdit, notre esprit décide de s’y intéresser plus intensément que d’habitude. Il suffit, par exemple, qu’un film affiche complet au cinéma pour que celui-ci devienne soudainement plus attrayant; une chanson attise davantage notre curiosité si elle a été critiquée dans les médias; un humoriste attire plus l’attention si ce dernier fait l’objet d’une censure. Une publicité intéresse davantage, si elle a été interdite. En fait, « l’interdit » créée en quelque sorte un « manque », que l’individu va chercher à combler du mieux possible.

Dans le contexte présent, la transgression, de son côté, fait référence à une sorte de désobéissance, voire de « résistance » de la part du consommateur : transgresser, c’est ne pas suivre la Règle. Lors de la transgression, l’individu jouit de récupérer sa pleine liberté d’action. Donc, si certains trouvent une jouissance à transgresser, c’est surtout parce que la Règle continue à exister même quand elle est enfreinte, la transgression ne l’annulant aucunement. Certains consommateurs peuvent ainsi trouver un certain plaisir à visionner les publicités « borderlines » parce qu’elles leur permettent de franchir indirectement certaines limites sociétales : voir une publicité sexiste peut conforter un misogyne dans ses idées, visionner une publicité à connotation « raciste » peut satisfaire l’égo d’un xénophobe, regarder des images violentes dans une publicité peut éventuellement attirer un consommateur en recherche de sensations fortes ; ou encore, une publicité subversive peut exciter l’esprit d’individus aux idées transgressives.

Publicité borderline et « Buzz marketing »

L’enjeu d’une « publicité borderline » est de générer une polémique, laquelle va générer à son tour une curiosité collective et donc, le « buzz marketing [2] ».

N’oublions jamais que l’objectif final d’un marketer est d’aboutir à la vente d’un produit. La publicité n’a ici qu’un seul intérêt, celle d’être vue par un maximum de personnes, considérées tous, comme des clients potentiels. Mais, provoquer l’achat n’est que la résultante optimale de la publicité, c’est l’incidence positive recherchée. Cependant, la toute première fonction de la publicité, c’est surtout d’être visionnée et mémorisée par le plus grand nombre. Sur ce point, la « publicité borderline » possède plusieurs atouts, dont :

La provocation : Les marketers utilisent de plus en plus la provocation à l’intérieur de leurs annonces publicitaires. Comme le dit Richard Vézina, « de nos jours, on bombarde les consommateurs de publicités. Les entreprises éprouvent donc plus de difficultés à attirer leur attention. Les compagnies se doivent d’innover en matière de publicité et voilà la raison pour laquelle la provocation est devenue une tendance si populaire ces dix dernières années ». L’originalité de l’idée, du texte ou de la mise en scène augmente fortement la mémorisation du message. Aussi, étant donné que la mémoire humaine est sélective, le fait de sortir des normes, de « briser les codes », de rompre la bienséance, va attirer l’attention et attiser fortement la curiosité de l’individu : c’est la stratégie qui consiste à provoquer pour se faire remarquer.

Certaines marques pour se différencier de la concurrence n’hésitent pas à jouer clairement sur la provocation, en touchant à des tabous de la société, tels que la mort ou encore, le blasphème.

Dans cette publicité subversive, la marque « Antonio Federici » a choisi de se différencier sur le marché en jouant sur le blasphème

Dans cette publicité subversive, la marque « Antonio Federici » a choisi de se différencier sur le marché en jouant sur le blasphème

L’ambigüité : Une publicité qui laisse entrevoir un second sens aux images accroît fortement la curiosité et, attire par là même, l’attention du public. D’après Richard Vézina (1997), « L’ambiguïté en publicité est une composante de la provocation. Elle survient lorsque l’interprétation d’une annonce publicitaire diffère selon les gens ou groupes de personnes ». Pour argumenter son propos, l’auteur cite l’exemple de la marque Benetton et sa polémique de 1993. En effet, lors de cette campagne publicitaire, plusieurs groupes d’homosexuels, en France, n’ont pas du tout accepté la publicité de la marque Benetton, tandis que d’autres Français ont cru sincèrement que la marque s’intéressait à la cause du SIDA. Une ambigüité qui a joué pour la marque, mais qui ne l’a pas empêché d’être condamnée par la justice en 1995.

Publicité de Benetton polémique. En 1995, a société italienne Benetton Group et la société suisse United Colors of Benetton Communications ont été condamnés pour leur publicité «HIV positive», diffusée à l'automne 1993

Publicité de Benetton polémique. En 1995, a société italienne Benetton Group et la société suisse United Colors of Benetton Communications ont été condamnés pour leur publicité «HIV positive», diffusée à l’automne 1993

Parfois, l’ambiguïté d’une publicité est tellement forte que le consommateur, n’arrive plus à identifier le type du produit qui est promu. Dans les publicités réalisées par Benetton, par exemple, bien souvent, plus rien n’indique que nous avons ici affaire à une marque de vêtements. On peut alors se demander pourquoi les marketers utilisent une stratégie de publicité « borderline » si une telle confusion chez les consommateurs est rendue possible? Comme tente de l’expliquer Richard Vézina, « les entreprises désirent avant tout se faire connaître, même au risque de dégager une image négative et de ne pas mettre l’accent sur leurs produits. Les concepteurs publicitaires savent très bien que, devant deux articles identiques, le consommateur optera pour le produit dont le nom lui est familier. En général, l’image négative de la compagnie s’estompe lorsque vient le temps d’acheter ». Aussi, certaines marques choisissent ce genre de stratégie dans le seul et unique but de se différencier fortement de leurs concurrents sur le marché.

L’humour : Certaines publicités « borderlines » réussissent à allier humour et ironie. En usant de l’humour, les marketers atténuent le caractère potentiellement polémique/choquant desdites publicités, et les rendent ainsi, « plus acceptables » aux yeux des consommateurs. L’humour aide également, à mieux retenir le message publicitaire divulgué.

Publicité du site allemand « Jobsintown.de » lors d’un salon étudiant

Publicité du site allemand « Jobsintown.de » lors d’un salon étudiant

Prenons un exemple : en 2009, le site allemand « Jobsintown.de » spécialisé dans le recrutement sur internet, s’est fait amplement connaître sur le marché allemand grâce à sa campagne de communication « borderline » alliant provocation et humour. Lors d’un salon étudiant, ce site n’a pas hésité à user du slogan ironique « man kann auch anders karriere machen », traduit littéralement par «  vous pouvez aussi faire une carrière différente ». Un slogan qui donna une pointe humoristique à une image publicitaire très indécente (voir image).

L’horreur: Certains marketers peuvent user de l’horreur dans leurs publicités afin d’attirer l’attention du consommateur ou/et attiser sa curiosité. C’est une stratégie largement employée quand il s’agit d’exprimer avec force un message, une idée, pour être efficace. En utilisant la violence et l’horreur, les professionnels jouent prioritairement sur la sensibilité et l’émotionnel des consommateurs (Cally, 2015).

Publicité de « Sanctuary Asia » pour la lutte contre la déforestation dans le monde (campagne « Wildfire »)

Publicité de « Sanctuary Asia » pour la lutte contre la déforestation dans le monde (campagne « Wildfire »)

En 2014, le célèbre mensuel environnemental indien « Sanctuary Asia » avait lancé une campagne « choc » pour protester contre la déforestation et sensibiliser l’opinion publique à la disparition de nombreuses espèces suite à la déforestation de forêts vierges. La campagne baptisée « Wildfire » mettait en scène des animaux décapités sur des arbres coupés par l’Homme. Des images sanglantes accompagnées d’un message fort : « When the wood go, wildlife goes » (en français : quand le bois s’en va, la faune et la flore s’en vont). Autrement dit, avec cette publicité borderline, le mensuel indien a choisi de marquer les esprits avec des images horrifiques et violentes.

Le risque du « bad buzz »

Toutefois, la « publicité borderline » comme son nom l’indique, joue sur la ligne rouge du « politiquement correct », ce qui peut mener à terme vers, ce que redoute la majorité des marketers, à savoir un « bad buzz ». Autrement dit, un « bouche à oreille » négatif, pouvant conduire au boycottage de la marque par les consommateurs. « A jouer avec le feu, on se brûle » comme dit le proverbe. Avec la publicité borderline, il est difficile de savoir jusqu’où on peut aller, sans offenser la moralité et l’éthique. Un « bad buzz », une fois déclenché, est difficile à annihiler, car les perceptions des consommateurs, une fois ancrées, sont difficilement modifiables.

Exemple de « bad buzz », en 2014, cette affiche publicitaire pour le conseil général de Moselle avait fait polémique, jugée « sexiste » par les femmes

Exemple de « bad buzz », en 2014, cette affiche publicitaire pour le conseil général de Moselle avait fait polémique, jugée « sexiste » par les femmes

De la « perversion » dans la publicité borderline ?

Il nous est tous déjà arrivé de ralentir en voiture pour regarder de plus près un accident de la route. On peut alors s’interroger : est-ce une attitude perverse ? Comme le dit le psychologue Louis Brunet (2013) [3], ce genre de curiosité n’a rien de mauvais en soi, «quand on roule sur une autoroute et qu’on passe devant un accident, on regarde. C’est normal qu’on soit fasciné. La mort, la violence, la destruction font partie de nos angoisses naturelles. Nous sommes tous mortels, tous sujets à la violence et aux accidents. On pourrait fermer les yeux quand on voit quelque chose de violent. D’ailleurs, certains le font. Mais regarder est une façon de chercher à comprendre et à maîtriser nos angoisses». Donc, face à des faits divers tragiques et dramatiques, nous ressentons un sentiment ambigu et paradoxal : d’un côté, nous compatissons avec la souffrance des victimes et, de l’autre, nous ressentons également un certain plaisir. « Les malheurs des autres ont une fonction rassurante pour tout un chacun » comme le rappelle Thierry Jandrok (2009). En fait, quand nous observons un accident de la route, sur le moment, nous savourons de ne pas souffrir et d’être en bonne santé.

En psychologie, cette « curiosité pour le morbide » est un phénomène étudié depuis longtemps. Le sentiment « d’attraction-répulsion » irrationnel qui en résulte, existe bel et bien (Cally, 2015). D’ailleurs, les Pouvoirs publics et la Sécurité Routière profitent, amplement de ce sentiment ambivalent, dans leurs campagnes de prévention.

Dans ces publicités, le caractère « borderline » est censé être canalisé et dirigé dans un but purement préventif. C’est la stratégie publicitaire qui consiste à choquer pour alerter et par là même, prévenir. Les marketers choisissent délibérément de mettre la violence et l’horreur, en toile de fond de leur message.

Une campagne « choc » de sensibilisation de Sécurité routière

Une campagne « choc » de sensibilisation de Sécurité routière

A contrario, pour certains spécialistes, ces images « chocs » n’auraient pas l’efficacité escomptée au niveau préventif. En effet, l’efficacité émotionnelle de la publicité serait modulée par les arbitrages subjectifs des sujets sur la sévérité de la menace, leur conviction en l’efficacité des conseils promulgués et en leur capacité à les suivre. Ces arbitrages peuvent motiver le sujet à davantage contrôler sa peur du danger plutôt que le danger lui-même (Witte, 1994).

Il est interdit d’interdire ?

Force est d’admettre que critiquer, blâmer voire stigmatiser une publicité peuvent, dans certains cas, accroître paradoxalement, son attractivité. La stigmatisation d’une publicité, surtout si elle est collective, installe une sorte « d’interdit éthique » qui pourrait éventuellement accroitre la réactance psychologique [4] envers ladite publicité. Ainsi, lorsque les individus sentent que l’on leur déconseille de visionner telle ou telle publicité, qu’on tente de contrôler leurs actions, qu’on essaye de limiter leur liberté, il peut y avoir une « résistance » à cette influence.

Parfois, pour certaines publicités, les limites du « tolérable » sont malheureusement franchies, et la publicité est alors interdite, bannie et donc non diffusée. En France, le contrôle des communications commerciales est confié au CSA (Conseil Supérieur de l’Audiovisuel) et à l’ARPP (Autorité de Régulation professionnelle de la Publicité). Cette dernière étant une association dont la mission est de contrôler et de réguler les publicités avant diffusion. Ainsi, les annonceurs doivent lui soumettre leurs publicités audiovisuelles avant diffusion. Mais, même si une publicité est suspendue par le CSA, s’ouvre à elle (et de plus en plus souvent) une nouvelle voie : celle d’une diffusion « sauvage » sur le Web où tout semble presque autorisé.

Autrement dit, une « publicité interdite » peut devenir plus attractive, précisément parce qu’elle est « interdite ». La théorie de la réactance suggère que lorsqu’une personne tente d’influencer trop fortement une autre, il prend le risque d’entraîner une réaction contraire à celle recherchée : une sorte « d’effet boomerang » (Clee et Wicklund, 1980). Une publicité parce qu’elle est « interdite », pourrait donc, par « effet boomerang », être encore plus visionnée et faire le Buzz sur Internet.

En conclusion, la publicité borderline ne serait-elle pas finalement une stratégie publicitaire perverse ? Comme le dit Bernard Maris (2016), « la Pub est violente. Les publicités des marques sont les acouphènes d’un monde violent qui n’est jamais muet. La Pub vise à susciter, à provoquer, à être le désir ». Force est de constater, que la « publicité borderline » tend à devenir de plus en plus une alternative privilégiée par les marketers quand il s’agit d’attirer l’attention des consommateurs, et de se différencier rapidement sur un marché concurrentiel.

Références

[1] Sondage IFOP à télécharger en ligne : https://www.ifop.com/publication/les-francais-et-la-publicite-sur-internet/

[2] L’appellation de « buzz marketing » désigne toute action de promotion d’un produit ou d’une marque capitalisant sur le bouche à oreille traditionnel ou électronique, que le produit soit ou non en situation de lancement.

[3] Dans Cally (2015).

[4] Selon Brehm (1966), la réactance psychologique est le résultat d’un sentiment intense chez l’individu qui se concrétise par la préservation d’un comportement « libre et autonome » et/ou par un accroissement de l’attraction pour le comportement « proscrit ». Dans cette théorie, chaque fois que notre liberté se trouve limitée (ou seulement menacée), nous y attachons soudainement plus d’importance et estimons davantage les produits qui y sont liés. Cependant, l’auteur Pez (2008) rappelle que la réactance psychologique n’est pas obligatoire, certains individus peuvent très bien ne pas réagir ou rester indifférents à une restriction de leur liberté. Surtout la « restriction » est perçue comme justifiée sur le plan social ou légal, alors elle ne conduit pas forcément à la réactance (Brehm, 1966).

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