Consumir ocio o elogio del neg(ocio)

Lorena Bower
Licenciada en Psicología
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…Dejo de lado el reposo del sábado, pero creo que este extraordinario imperativo, gracias al cual, en un país de amos, vemos todavía que un día sobre siete transcurre en una inactividad que, según dicen los proverbios humorísticos, no le deja al hombre común un punto medio entre la ocupación del amor o el aburrimiento más sombrío, esa suspensión, ese vacío, introduce seguramente en la vida humana el signo de un agujero, de un más allá en relación a toda ley de la utilidad…

Jacques Lacan, “La ética del Psicoanálisis”
23 de Diciembre de 1959
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Un antiguo adagio chino reza: “¡Ojalá vivas en una época interesante!”. Singulares palabras que guardan la apariencia de una buenaventura, sin embargo, esta frase supone una sutil maldición.

Los tiempos interesantes coinciden con momentos de crisis, de agitación, de transformaciones, momentos en los que la continuidad personal y colectiva se pone en entredicho. Podríamos afirmar que una época interesante es aquella en la cual los acuerdos establecidos, los pactos firmados y las certezas indubitables comienzan a trastabillar.

Quien se atreva a sustraerse de la prisa cotidiana y contemplar nuestra era, no tendrá duda alguna que estamos viviendo una época interesante.

Asistimos a un momento histórico en el cual los capitales han terminado con el capital, donde en las sociedades capitalistas falta el dinero, donde se alzan indoloras las democracias de Mercado y todo yace en un individualismo condensado.

El mundo contemporáneo está atravesado por una gestión discursiva que tiene características de embestida, viene con ímpetu para apoderarse y causar daño.

En este contexto el sujeto queda presa de los extraordinarios avances de la tecnociencia al tiempo que asiste impávido al desmoronamiento de los valores y normas que otrora oficiaban como sostén de sus instituciones fundamentales. En esos lugares ve erigirse nuevos modos de regulación social fundados, esta vez, en principios económicos.

La economía se estatuye como eje articulador en torno al cual gira el sentido de los objetos: utilidad, eficacia y rentabilidad son los significantes a partir de los cuales hoy se designa al hombre, o mejor dicho, al “recurso humano”, ya que el sistema de producción lo evalúa y nombra en función de la utilidad que pueda aportar. A consecuencia de ello: “nadie accede al estatuto de sujeto sin antes convertirse en un producto de consumo” (1); adviene así la fatal circulación de sujetos-mercancías, mercancías que pueden ser a veces suntuosas, a veces miserables pero siempre productos que responden disciplinadamente a la mercadotecnia. Se instituye así la tiranía de una globalización que impone la igualación obligatoria entre los sujetos y que aniquila toda diversidad promoviendo la cultura del consumo. Contradictoriamente, el mismo sistema es un caldero de segregación, ya que los sujetos se diferencian en base al éxito que son capaces de conseguir, es decir, en pos de su eficacia y su rendimiento. En suma, tal vez nunca las sociedades fueron tan desiguales en sus oportunidades pero tampoco fueron tan igualatorias en las demandas que imponen.

La dependencia de los objetos es extrema. El sujeto es presa de la adic(c)ión. (2). Sumido en el caprichoso imperativo del satisfacere (satis: bastante; facere: hacer) consume hasta el exceso de la satisfacción. Cabe resaltar que este hacer-en-demasía, este consumismo intemperante se aplica a todos los ámbitos de la vida humana, de modo que no sólo se consumen objetos sino que se consume tiempo, espacios, palabras, imágenes e incluso sujetos.

Sumido en la maquinaria de mercado el sujeto-objeto adolece de espacio para el amor o el deseo; sus necesidades, sus relaciones personales y aún el tiempo libre se ordenan y regulan en función del tempo laboral , tiempo siempre planificado por Otro que exige absoluta incondicionalidad. Se observan, entonces, grandes masas de hombres saturados de trabajo, donde el espacio para el ocio y la recreación son inexistentes; el tiempo que queda libre es infructuosamente colmado de múltiples nuevas ocupaciones.

Es precisamente en la (no)planificación del tiempo laboral y del tiempo libre que se percibe uno de los signos patognomónicos del malestar en la cultura.

Ahora bien, si en la sociedad se rechaza insistentemente el ocio en pos del neg-ocio cabe preguntarse: ¿qué del sujeto se pone en juego en esos momentos que se presentan vacíos de actividades?

Históricamente se reconocen dos categorías para nombrar el uso del tiempo: el llamado “tiempo productivo” que es aquel dedicado a la obtención de energía o información para la transformación de productos o servicios remunerados y el “tiempo libre” o “tiempo de ocio” que es el que resta de estas tareas. (3)

Vale en este punto introducir una breve digresión a propósito de la relación entre tiempo libre y ocio: el término griego skolé permite diferenciar estas nociones al establecer que el último supone una tarea de instrucción. El ocio es el tiempo de la formación y el mejoramiento personal, de las artes y la política, de la contemplación y la creatividad; en suma: el momento recreativo por antonomasia. Es por ello que no todo tiempo libre es ocioso en tanto éste supone el ejercicio de una capacidad que no tiene una finalidad instrumental prefijada y que, en principio, resulta ajena a cualquier beneficio material inmediato.

A lo largo de la historia, las actividades de ocio han estado reservadas para las clases dirigentes, hallándose vedadas para el resto de la sociedad, a la cual correspondían las labores de no-ocio (negocio), esto es, la resignada labor de obtención y transformación de objetos tendientes a satisfacer las necesidades vitales. De ello proviene la diferenciación entre dos tipos de ocio: el “vulgar” y aquel que podría denominarse “filosófico”. La distinción radica en la dignidad que conlleva el segundo respecto del primero, ligado al ocio de la plebe o de los marginados sociales. A tal categorización subyace una valoración de los seres humanos y sus grupos sociales de pertenencia que resulta concreta y excluyente.

En la ciudad global, el ocio, ese tiempo auténticamente humano en el cual el sujeto se ve consagrado a una actividad autotélica (4) dejando, temporalmente, de estar sometido al significante del Otro que ordena y planifica su ocupación, se presenta como una entelequia. En su lugar se promociona una modalidad de tiempo libre que parece más bien cercana a aquello que los romanos denominaban circus : el espectáculo formidable de los gladiadores en el Coliseo; sólo un momento de distracción —imprescindible— para poder tornar al trabajo diario.

Simultáneamente, desde la lógica del mercado, este tiempo libre es el tiempo para el consumo, tiempo conquistado por la publicidad para promover sus productos, de modo que el tiempo disponible es tiempo de consumo, tiempo de ser atrapado por las deslumbrantes maravillas que se exhiben en los más diversos anaqueles (reales o virtuales), con lo que el mercado del ocio resulta el mejor negocio (nec-otium).

Es en este registro donde se ubican la multiplicidad de objetos intercambiables que el mercado ofrece, los incontables gadget que se presentan desde el discurso publicitario como objetos de deseo, provocando la ilusión de que existe un objeto para cada necesidad y para cada padecer.

Es ante la certeza angustiosa de esa alienación que el sujeto procura hallar paliativos que obturen, fantasmáticamente, la dimensión de su propio deseo.

Recordemos la celebre sentencia freudiana de 1930 según la cual: la vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes. (…) Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas. Algo de este tipo es indispensable… (5)

El ser humano siempre ha buscado “construcciones auxiliares”, tal como las designase Fontaine, sustitutos y formas de escapar de esa angustia que produce estar solo y con tiempo libre; pero en la actualidad, el modo de producción capitalista crea un mercado donde la oferta constante de “objetos pasatiempos” se sostiene sobre la base de hacer dinero y sobre la ilusión de autonomía que genera en el sujeto el discurso imperante según el cual todos tienen iguales posibilidades de acceso.

Entonces, ¿no será acaso, esta búsqueda incesante de pasatiempos y esta sobresaturación de actividades, un intento de no caer en el aburrimiento, el desinterés y el aislamiento que emergen como síntomas de las dificultades del sujeto en relación al lazo social?

Etimológicamente, aburrimiento es un término derivado del latín abhorrere, que significa “tener horror”. El aburrimiento es un signo de la posición del sujeto frente a la angustia, es una defensa que tiende a mitigar el horror de encontrarse con lo más particular de sí mismo transformándolo en desinterés.

Lacan (1979) plantea que el aburrimiento es el afecto del hombre a quien el toque de lo real transforma en individuo. “El aburrimiento en el fondo es lo que se produce cuando un sujeto ya no es apto para la sorpresa, para el asombro, hablo siempre del asombro en el sentido fuerte, en el sentido de la “Verbluffang”, del anonadamiento.” Y agrega: “¿Qué es lo que hace que un sujeto pueda perder la aptitud para el asombro, para ser sorprendido, y conocer el aburrimiento? En el aburrimiento diría, lo que nos ocurre es que accedemos a una percepción dolorosa de la repetición, la repetición se da en nosotros bajo el sesgo de lo monótono y por esa dimensión de lo monótono, lo que se produce, si piensan bien en eso, verán que eso coincide con algo (…) eso corresponde con algo del orden de la usura (usure) de la metáfora paterna.” (6)

Cuando surge el aburrimiento el sujeto no duda en recurrir a las diversas mercancías que el mercado ofrece para tratar de colmar la falta de novación, el arrasador sentimiento de no ser apto para la sorpresa; es entonces cuando el objeto del deseo se desvanece y en su lugar se erigen los más diversos paliativos. El sujeto —anestesiado— pierde las posibilidades de pensar en su existencia, su muerte y darle un sentido particular a la vida.

En la incansable búsqueda de objetos pasatiempos, garantes de felicidad, el sujeto procura hallar un reaseguro frente a la emergencia del dolor (psíquico) de vivir dejando en suspenso todo saber acerca de su sufrimiento. Rechazo del saber que también se observa en los modos de establecimiento del lazo social y las posiciones que asumen frente al Otro social.

Heidegger, en sus reflexiones de 1929, elucida como en el aburrimiento (Langeweile) el mundo como un todo y la existencia individual están vinculados entre sí de un modo paradójico. Dirá que el sujeto es apresado por el mundo como una totalidad, pero que esto no lo conmueve sino que lo deja vacío. Ante ello, el sujeto, se precipita a cubrir inmediatamente esa ausencia, ese sobrecogedor horror vacui al que nos asoma el aburrimiento y que lo enlaza íntimamente con la angustia. (7)

El aburrimiento se ofrece como posibilidad de instaurar una fractura en un “mundo públicamente vertebrado”, se muestra como algo que escapa a los engranajes del sistema erigiéndose como “temple fundamental” capaz de permitir el acceso a la experiencia del existir mismo; la laboriosidad cotidiana constituye una fuga de ese estado de ánimo. Nuevamente rechazo del saber.

Es este no-saber el que se hace presente a modo de malestar (en la cultura y en el sujeto) provocando la pérdida progresiva de la subjetivación en pos del imperio del número, de la fórmula; frente a la singularidad de la letra se apela a la nada, a un tiempo que transcurre libre de sujeto, a una vida observada que ocurre detrás una especie de cortina (¿pantalla?) que separa al hombre del mundo exterior librándolo del dolor, de sentir, de saber.

Entonces en una época donde se pregona un ocio ocupado, un tiempo libre colmado de actividades y objetos que evitan el aburrimiento (y la confrontación con la angustia, al decir de Heidegger) se patentiza el singular contrasentido por el cual cuando mayores son las promesas de felicidad, cuanto más se empeña la ciencia en eliminar el dolor y cuantos más objetos se ofrecen al alcance de la mano; mayor es la falta en ser que aflige al sujeto.

Esta sobre-oferta de objetos, la saturación, el tedio, la imposibilidad de interrogar y, más aún, el rechazo del saber se alzan como signos distintivos de un tiempo regido por imágenes que obstaculizan la instauración del lazo social. Impera un exceso de estimulación sensorial, un sentimiento de hartura, de plenitud de sentido que acaba conduciendo al aburrimiento o la (excesiva) satisfacción sensorial.

Empero, si entendemos que la emergencia del sujeto adviene mediada por la alienación en el Otro, sujeción donde hay transferencia de sentido, otorgamiento de consistencia y con ello posibilidad de agujerear esa consistencia, resulta central pensar los modos que asume la subjetivación y los tropiezos que esta enfrenta hoy. Cuando la demanda dirigida al Otro queda detenida, el sujeto permanece suspendido, sin autentificarse, sin valor en su subjetividad; en la plenitud o saturación de sentido no existe consistencia para agujerear, hay por tanto, exaltación de la desunión y caducidad del lazo social.

El arquetipo actual del alma bella, pobre víctima de sus exigencias pulsionales ve su deseo sofocado en la percepción penosa de la repetición, en la monótona significación de su fantasma. Hay en ella un claro rechazo a convivir con la falta que, no obstante, es lo más propio del sujeto: la falta en ser capaz de conducirlo por la vía del deseo. Es allí donde reside la terapéutica más acertada para enfrentar estos nuevos modos de mal-estar.

Referencias

1. BAUMAN, Z . (2007): Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica, México.
2. Nos permitimos aquí el recurso a un juego de palabras para expresar la tendencia del sujeto a la adición y a la adicción.
3. SAN MARTIN, J.E. (1997): Psicosociología del Ocio y del Turismo. Ediciones Aljibe, Málaga.
4. Autotélica (del griego auto: en sí mismo, y telos: finalidad), por cuanto la finalidad de la misma es ella misma. O sea, el disfrute se obtiene al realizar la tarea y no sólo al conseguir terminarla.
5. FREUD , S. (1978): El malestar en la cultura. Amorrortu Editores. Vol. XXI, Buenos Aires.
6. LACAN , J. (Seminario 26, clase del 8 de mayo de 1979): La topología y el tiempo. Inédito.
7. HEIDEGGER , M. (2000): ¿Qué Es Metafísica? Editorial Alianza, Madrid.