Corrupción, locura, terrorismo

Armando B. Ginés
Analista político, guionista, redactor creativo y escritor.

Aunque siempre hay picos de intensidad mediática, el fenómeno de la corrupción, recurrente en los sistemas políticos de Occidente, suele caer en el olvido más tarde o temprano. Los asuntos de cierto impacto cierran en falso con algún personaje de segunda fila entre rejas mientras que los actores principales mantienen una impunidad judicial sacrosanta.

Se quiere dar a entender que la corrupción no es estructural en el régimen capitalista sino que presenta casos aislados e individuales pasajeros y puntuales. Sin embargo, la corrupción del capitalismo es inherente al sistema. El capitalismo se basa en la corrupción ideológica, ética, política y económica. Su sustento, con añagazas legales o sin ellas, descansa sobre un dato objetivo: la explotación laboral y el robo institucional de una parte considerable del trabajo ajeno. A partir de esta premisa se construye un edificio jurídico, mítico y de valores que sostienen la ficción democrática bajo los conceptos estrella de libertad, igualdad y participación sociopolítica.

El caso de España en la actualidad es paradigmático para ilustrar lo antedicho. Hay escándalos de corrupción para dar y tomar, y todos ellos se extienden a la esfera política inundando de suciedad a casi todos los colores y formaciones ideológicas. De esta manera, las aguas turbias particulares neutralizan el debate democrático de raíz. Nadie puede convertirse en adalid de la anticorrupción porque todos tienen sus manchas privadas que acallan sus impulsos de sinceridad pública. En España, están tocados tanto el partido del gobierno como su principal opositor y también el nacionalismo conservador catalán, con ramificaciones más o menos graves que ponen en solfa a algún sindicato de gran recorrido histórico.

La sensación es que el capitalismo ha corrompido por activa y pasiva a las elites sociales y políticas en mayor o menor intensidad. Pero la corrupción es mucho más que la suma de los delitos clásicos ligados a ella: soborno, cohecho, tráfico de influencias o prevaricación. Las leyes que amparan y ofrecen cobertura legal a las prebendas y sinecuras de los políticos cuando dejan la actividad parlamentaria o ejecutiva forman asimismo parte de ese gran fenómeno denominado corrupción. Ser político asegura el futuro de cualquier persona, bien con pensiones de por vida o gracias a los empleos en el sector privado como consejeros o floreros de postín que remuneran los servicios prestados en el ejercicio de la función pública o representativa a favor de las multinacionales o empresas punteras beneficiadas directa o indirectamente con la labor política cotidiana mediante leyes, concursos u otras formas mercantiles o administrativas.

Los Estados democráticos occidentales son la expresión del poder hegemónico social y político. No hay Estado neutral. Además de su función represiva, el aparato estatal hace las veces de testaferro de los mercados anónimos. Los políticos de derechas y socialdemócratas no son más que funcionarios de la ideología capitalista dominante, con variantes sutiles para trasladar la idea de visiones o expectativas enfrentadas que escenifiquen la virulenta lucha de clases que subyace bajo el escaparte formalmente democrático del capitalismo neoliberal.

El sistema ha de inventarse líderes y objetivos nuevos constantemente para que la ilusión colectiva tenga referencias distintas cada cierto tiempo. El político capitalista actual es una mercancía de consumo más. Las estanterías políticas, como los fetiches que se adquieren en el supermercado, deben rebosar de novedades para que el impulso consumista no cese jamás. La mercadotecnia mediática sabe muy bien que siempre hay que estar vendiendo algo intangible y original en su superficie para que el régimen no caiga en bancarrota. Futuro y juventud son los tótems que bien envasados aparecen como valores fijos en procesos de crisis aguda del capitalismo históricamente. Sobre ambos factores gira el efecto ilusionante de la democracia capitalista. Son su alimento básico más fecundo hasta la próxima cita con los ajustes económicos del régimen, es decir, el enésimo reparto salvaje de las elites de las plusvalías obtenidas en épocas de alegrías y expansión de los beneficios empresariales.

Locura

Con la corrupción pasa algo similar a las categorías ideológicas y políticas de locura y terrorismo, en todo momento sujetas a los intereses especulativos de las elites hegemónicas. Tienen sus instantes altos y sus bajones mediáticos en función de los avatares políticos. Es corrupción lo que determina el poder, al igual que lo es el límite de la locura o la definición de conveniencia del concepto terrorismo.

Más allá del diagnóstico médico, loca es toda aquella persona que presenta problemas para adaptarse al sistema establecido. Todo lo que se sale de la norma o de la percepción media entra en el terreno de la locura. Loca es esa persona que en un mundo de corrupción e injusticia generalizada opta por la crítica, por la rebeldía, por la denuncia, por la defensa de los derechos humanos y por hacer frente a los poderosos. Normalmente estas situaciones se saldan con la defenestración y el ostracismo social del individuo relapso y contumaz en sus reivindicaciones contra el poder dominante. La solución es adaptarse, callar, domesticar la capacidad crítica y adoptar conductas no comprometidas con valores progresistas o rebeldes. La “libertad democrática” está plagada de casos como el mencionado.

En otros tiempos, las personas etiquetadas de locas eran recluidas en manicomios o centros especiales de internamiento. Ahora no. En la actualidad la locura es la expresión de una derrota total, engrosando las filas de la abstención activa, la sublimación artística o el sucedáneo contracultural, un segmento éste último muy peculiar de antisistemas neutralizados en un nicho intelectual que mima el capitalismo con artículos y fetiches singulares para dotar a su sedición social de un aura con perfiles de elite consumidora de sí mismo. El ensimismamiento en la imposibilidad de luchar contra el gigante omnipotente capitalista es una asunción de la derrota dulce y de dolor soportable.

Terrorismo

La locura, en sus diferentes versiones, sublima la impotencia política. Pero no siempre el individuo alienado es capaz de gestionar sus pulsiones haciendo violencia solipsista de sus querencias personales. Dado que el sistema democrático está atado y bien atado para que no sucedan quiebras importantes hacia un mundo mejor, el escape ineludible es la ruptura, que en su expresión más aguda lleva a modos de violencia más o menos atemperados y ajustados a los contextos geográficos e históricos concretos.

La violencia estructural capitalista tiene una etiqueta precisa para esa situación límite: el terrorismo. Terrorismo es la violencia que nace o brota de la violencia hegemónica del poder. Es hija, por tanto, de la guerra imperialista, de la lucha de clases, de la injusticia diaria y de la impotencia social. Ahora bien, la categoría terrorismo presenta una ductilidad y maleabilidad asombrosa. Son los Estados capitalistas que ostentan el monopolio legal de la violencia los que determinan quien es o no es terrorista. Y, además, se reservan el derecho de la denominación de origen “terrorista” para adaptarlo a las circunstancias y sus intereses particulares. EE.UU. se arroga la potestad universal de definir el concepto terrorista a su antojo, arbitrariamente.

Los Estados capitalistas precisan de la corrupción, la locura y el terrorismo para mantener la tensión en sus estructuras de valores ideológicos. Hay que luchar contra la corrupción, la locura y el terrorismo sin tregua. La gran mentira reside en que las tres categorías son producto de su sistema económico de dominio de clase. Pero mientras se alimenta el maniqueísmo formal de buenos y malos, la gran masa explotada siempre se pone del lado de la “bondad paternal”, el Estado providencia, la patria, el statu quo, la verdad oficial. Los malos son los que están identificados con etiquetas: los corruptos, los locos, los terroristas. Y los buenos, siempre ganan. Así nos lo han contado en los cuentos infantiles y en las películas de Hollywood.

Gotas de sed (Armando B. Ginés) / CC BY 3.0