De los problemas del método científico en psicología

Fernando Gabucio
Doctor en psicología. Profesor titular de la Universidad de Barcelona (España)

 

Cuando los asuntos son complicados no es extraño que se recurra a caracterizaciones que los simplifican radicalmente. En Psicología eso es lo que pasa cuando, por ejemplo, se define la inteligencia diciendo que es lo que miden los tests de inteligencia. En ciencia es lo que ocurre cuando se define el conocimiento científico diciendo que es el que se obtiene mediante la aplicación del método científico. Ese punto de vista reduce drásticamente el problema de entender qué es y cómo funciona la ciencia. Si a continuación somos capaces de ofrecer alguna descripción de en qué consiste el método hecho…, y parece un trabajo sencillo.

Lo que me propongo hacer aquí es repasar brevísimamente tres aproximaciones muy genéricas al estudio de la ciencia para, de alguna manera, insinuar que es muy posible que los psicólogos tengamos algunas cosas que decir como tales, respecto al conocimiento científico. Es sumamente frecuente que cuando se relacionan los espacios conceptuales de “ciencia” por una parte y “psicología” por otra, sea para discutir acerca de la muy densa problemática de la psicología como ciencia. Dicho de otra manera, que como psicólogos científicos nos interese, e incluso nos obsesione, la cientificidad de la psicología, o cómo hacer que la psicología sea científica, cómo construir el conocimiento psicológico a partir de, y en el seno de, el método científico, hasta qué punto toda la psicología es científica, qué áreas o teorías no lo son y por qué, etc. Sin renunciar a ese tema y a esa problemática, es posible tomar la relación entre “ciencia” y “psicología” por otro lado, exactamente, por el otro lado, es decir, es posible interesarse no por el método científico de la psicología, sino por la psicología del quehacer científico. En mi opinión hay múltiples razones para esa inversión y ampliación del tema. El trabajo desarrollado en las últimas décadas acerca de la ciencia hace que resulte patente la insuficiencia de, como decíamos, caracterizar la ciencia como el producto de la aplicación rigurosa y sistemática del método científico. No ya teorías particulares, sino disciplinas o subdisciplinas enteras se ocupan ahora mismo de estudiar ese gran producto y fenómeno que llamamos ciencia. Junto a la más tradicional y asentada Filosofía de la ciencia, prospera la investigación sobre Historia de la ciencia, y en las últimas dos o tres décadas se ha estado llevando a cabo un intenso programa de estudio de Sociología de la ciencia.

Aunque más tímidamente, y con menos impacto hasta el momento, ha surgido también el interés y el trabajo para elaborar una Psicología de la ciencia. Precisamente esa ampliación de nuestros intereses que propongo, desde los problemas de la psicología como ciencia al desarrollo del conocimiento psicológico del quehacer científico, no haría más que sumarse a ese proyecto. Así, no tiene por qué haber mayor problema, ni desde luego contradicción, para los psicólogos, entre intentar ser científicos —la disquisición y el empeño tradicional de la disciplina— y contribuir con nuestras propias herramientas conceptuales y de investigación a dilucidar cómo se hace la ciencia.

Es muy posible, anticipo, que ese doble empeño pudiera contribuir a allanar, en el sentido de comprender, de hacer más diáfanos, tanto el concepto de “ciencia” como el concepto de “psicología”. Y, de rebote, a resituar y redefinir la problemática epistemológica de nuestra disciplina, que no es poca.

Un psicólogo británico, Nicholas Humphrey, escribió no hace tanto tiempo lo siguiente: “Que nadie suponga que la psicología natural —o la psicología con cualquier otro título—no es cosa extraordinariamente difícil.

Filósofos y científicos que, con todas sus teorías y métodos experimentales han estado tratando durante un siglo, más o menos, de desarrollar su propia ciencia del comportamiento humano, han descubierto que la tarea resulta perturbadora y humillante. No hay ni habrá nunca principios newtonianos del comportamiento humano.” (Humphrey, 1983-1987).

Tenemos que encontrar una calificación de lo que es la actividad investigadora de la psicología que extirpe esos dos términos, “perturbadora y humillante”, y la única manera posible es entendiendo por qué viene siendo así, por qué no puede haber principios newtonianos del comportamiento humano, qué rasgos constitutivos tienen los principios newtonianos de la física y qué impide que los haya en relación al comportamiento. Hacer esto requiere, evidentemente, salir del estado de “envidia de la física” en que buena parte de la psicología parece haberse instalado. Eso, a su vez, requiere una “epistemología comparada” que no dé simplemente por supuesto que cierta imagen de la física, probablemente del siglo XIX, determina lo que la psicología debería ser —de forma análoga a como la tradición comparada da por supuesto que el ser humano constituye la forma máxima y suprema de la evolución—. Que la psicología resulte “perturbadora y humillante” debería ser en todo caso algo personal y no institucional o disciplinar. Si se plantea como disciplinar es porque carecemos de una adecuada comprensión de cómo funciona la ciencia, toda la ciencia o, mejor, el entramado de las ciencias. En absoluto propongo que la clave principal, y mucho menos única, de esa comprensión radique en las futuras realizaciones de la psicología de la ciencia. Pero sí que planteo que ésta puede contribuir a la “naturalización de la epistemología”. Al fin y al cabo, el problema del conocimiento seguirá abierto, también, en la medida en que no se resuelva el del conocimiento psicológico —entre otros, por supuesto—. Las tres aproximaciones a las que me referiré son las siguientes:

En primer lugar la que sostiene que la via regia para la elaboración del conocimiento científico consiste en el uso y aplicación del método científico, punto de vista que casi me atrevería a calificar de estándar en el marco de la psicología, tal como la representa, por ejemplo, Mario Bunge (1980). n segundo lugar se encontraría la aproximación que suele autodenominarse construccionismo social, que, como su propio nombre indica, subraya, en muy buena medida contra la idea de método científico, el carácter social de la actividad científica y el carácter construido del conocimiento resultante. Kurt Danziger es un excelente representante de esa aproximación en lo que a la psicología se refiere (1990). En tercer y último lugar, pero de manera menos unitaria y perfilada, podría hallarse una posición que llamaré constructivismo, y que se situaría a caballo de algunos constructivismos filosóficos y la incipiente psicología de la ciencia. Aquí, como decía antes, no hay una posición con una etiqueta sociointelectual definida, no hay escuela unitaria —seguramente, en parte, por algunos de los propios presupuestos epistemológicos subyacentes—. Tomaré como un nombre inicial de referencia el del filósofo norteamericano Hilary Putnam (1987-1994).

Para Mario Bunge (1980) el asunto está claro. La ciencia moderna se inicia con Galileo, y Galileo, aunque no explicite ningún método científico, lo que hace en su trabajo es proponer hipótesis y someterlas a comprobación experimental. Hacer ciencia, a pesar de que se haya sofisticado en varios aspectos, sigue siendo hacer lo que Galileo hizo —así descrito—. Y eso puede describirse como una “formulación actualizada del método científico”. Se procedería de acuerdo con el método científico cuando se siguen una serie de pasos en el intento de hacer avanzar el conocimiento:

  1. Descubrimiento de un problema o una laguna en un conjunto de conocimientos.
  2. Planteamiento del problema de manera precisa.
  3. Búsqueda de los conocimientos y/o instrumentos relevantes al problema.
  4. Tentativa de solución del problema con ayuda de los medios identificados.
  5. Invención de nuevas ideas —hipótesis, teorías o técnicas—, o producción de nuevos datos empíricos que prometan resolver el problema.
  6. Obtención de una solución.
  7. Investigación de las consecuencias de la solución obtenida.
  8. Contrastación —puesta a prueba— de la solución.
  9. Corrección de las hipótesis, teorías, procedimientos o datos empleados en la obtención de la solución incorrecta —con lo que comienza otro ciclo de investigación—.

Nadie negará que ésta es una manera útil y práctica de exponer algunos de los elementos de los que consta la investigación científica. Pero lo que aquí está en juego es si ésta es una manera adecuada y suficiente de caracterizar lo que es hacer ciencia. Tener escrita la receta de un plato sabroso no convierte a nadie en un gran cocinero, y tener escrita la receta del método científico no convierte a nadie en un gran científico. Eso, desde luego, lo reconoce hasta el propio Bunge. Aunque John Stuart Mill lo expresó con mayor crudeza: no existe un método general que no conduzca “en conjunción con la estupidez universal” a malos resultados (citado por Putnam, 1987-1994). Por eso, por parte de Bunge, una vez expuestos los pasos del método, vienen las salvedades y las aclaraciones:

a. “Es una actitud más que un conjunto de reglas para resolver problemas”

b. “para llevar adelante una investigación es menester ‘entrar en materia'” —apropiarse de ciertos conocimientos, advertir qué se ignora, escoger qué se quiere averiguar, etc.—.

c. “el trabajo reglado, o a reglamento, no se distingue por su creatividad”

d. “hay también un sinnúmero de tácticas o métodos especiales característicos de las distintas ciencias y tecnologías particulares […] no basta leerlas en un manual: hay que vivirlas para comprenderlas”

e. “el método no suple al talento, sino que lo ayuda […] la persona de talento crea nuevos métodos, no a la inversa”

f. “puesto que el método científico es la manera de conducir investigaciones científicas, no puede aprenderse separadamente de éstas”

Sería muy fácil en este punto “llevar el agua a mi molino” y decir que todos esos “aspectos” con los que se matiza la caracterización del método, de la supuesta manera de hacer ciencia, son básica y eminentemente factores psicológicos, factor humano. Si los reducimos a una lista de sustantivos, lo que nos queda es la importancia, para hacer ciencia, de: la actitud, el conocimiento previo, el talento y la creatividad, el aprendizaje, la vivencia y la comprensión.

Volveré a citar en este punto a Nicholas Humphrey, porque resulta oportuno. Él dice: “Pero digan lo que digan los sumos sacerdotes, desde Bacon hasta Popper —no incluye a Bunge—, acerca de cómo debiera pensar la gente, nunca se han acercado siquiera a describir como piensa la gente” (op. cit.). Eso, añadiré, es una tarea ingente, difícil, para la psicología.

Si tuviéramos, entonces, que decir qué significa definir la ciencia como la aplicación del método científico, podríamos extraer las siguientes notas dominantes:

  1. Se postula un procedimiento universal —en lo que a ámbitos de conocimiento se refiere; incluye a todas las ciencias y a la filosofía, para Bunge—, y único.
  2. Parece pivotar exclusivamente sobre un fundamento de racionalidad.
  3. Se describe con carácter de actividad individual, y no social.
  4. Se concibe como fijo, estable, ahistórico.
  5. Funciona de cara a “la verdad”.
  6. Se concibe en términos de racionalidad técnica: lo que está en juego no son los fines perseguidos sino únicamente los medios para alcanzarlos. Hechos y valores se desligan por completo
  7. Suele llevar aparejada la idea de progreso constante.

No es extraño que hayan surgido alternativas a esa consideración del quehacer científico.

Una de ellas, decíamos, es la que representa Kurt Danziger (1990). Algunas de las notas distintivas de esta forma de acercarse a la práctica de la ciencia, y hay que darse cuenta de que esto, así formulado, es ya una renuncia deliberada a caracterizar la ciencia en términos de un método, se entienden bien por contraste con las anteriores. En primer lugar, y por oposición al punto 1 de los anteriores —método como procedimiento universal— Danziger no se ocupa de la ciencia, en el sentido de ocuparse de toda ciencia o de la ciencia en general.

En segundo lugar —y por oposición al punto 3, que concibe el método como ahistórico—, tampoco se ocupa de la psicología en general, sino de la historia de la disciplina desde los inicios de la investigación empírica o, como él enuncia, desde que “sus practicantes —de la psicología— se comprometieron decididamente con métodos prácticos de producción de datos”. En tercer lugar —y por desacuerdo directo con la noción de método científico—, afirma que “el concepto de práctica investigadora es más amplio que el de metodología” —que sería, comparativamente, una abstracción de ciertos aspectos que operan en la práctica investigadora—. En cuarto lugar —y por oposición al supuesto expresado en el punto que entiende el uso del método como un asunto individual—, defiende que “la práctica investigadora es más una práctica social; los investigadores individuales actúan dentro de una red determinada por los consumidores potenciales de los productos de su investigación, y por las tradiciones de prácticas aceptadas que prevalecen en el campo.” En quinto lugar —y frente a los supuestos del papel de la racionalidad y de la verdad en la empresa científica—, se afirma lo siguiente: “Lo que une a los científicos no es simplemente la posesión de unas mismas facultades lógicas o la confrontación ante una misma naturaleza externa. Sus lazos sociales son mucho más complejos. Están relacionados mediante lazos de lealtad, poder y conflicto. Comparten tanto intereses como facultades lógicas, y ocupan posiciones en estructuras sociales más amplias. En ese mundo social la distinción neta entre racional e irracional se rompe.” En sexto y último lugar —y frente al supuesto de la racionalidad técnica—, Danziger opina que “los cambios más significativos en la historia de la práctica científica en psicología fueron cambios en los fines más que mejoras en los medios”. La aproximación de Danziger a las prácticas de investigación de la psicología es, comparada con la de Bunge, claramente más psicosocial, y, por tanto, más psicológica. Pero hay que distinguir el grano de la película de las imágenes que se toman con ella. Aunque hayamos resumido en un conjunto limitado de rasgos ambos enfoques, lo que estamos diciendo en cada caso es muy diferente. En el caso de Bunge y la idea de ciencia definida por el uso del método científico, lo que se ha expuesto es lo fundamental de esa concepción. En el caso de Danziger y su defensa del estudio de las prácticas investigadoras, lo que se ha entresacado es meramente el preámbulo del trabajo. Eso tiene poco valor sin el detallado estudio histórico que le sigue, sin la descripción pormenorizada de las diferentes prácticas de investigación psicológica producidas a lo largo de este siglo —cosa en la que aquí, por razones obvias, no podemos entrar—.

Antes decíamos que parece poco discutible que la descripción de los pasos del método científico que Bunge proporciona resulten una manera útil y práctica de exponer algunos de los elementos de los que consta la investigación científica. Y decíamos también que, en cambio, es más que dudoso que sean una manera adecuada y suficiente de caracterizar lo que es hacer ciencia. Pues bien, ahora estamos en condiciones, en relación a Danziger, de decir exactamente lo contrario. Es posible que no funcione bien como ayuda práctica para emprender una investigación empírica concreta, ni lo pretende, como puede suponerse. Lo que pretende es ayudar a entender la disciplina desde una perspectiva histórica y psicosocial. Por el contrario, debería haber también pocas dudas acerca de que proporciona una descripción —no en lo que aquí se ha recogido, pero sí en el conjunto de la obra citada— más adecuada de lo que ha sido hacer psicología en este siglo de lo que Bunge o cualquier otra aproximación basada en la idea de método científico pueda ofrecer. Como seguramente se intuirá, lo que aquí está en juego es un episodio más de la confrontación entre aproximaciones, en este caso a la ciencia: nomotética, formal, procedimentalista por un lado —Bunge—, o histórica, más idiográfica, sustantiva, de contenido —Danziger—, por otro. Se podría argumentar que la segunda es más exigente desde un punto de vista cognoscitivo.

Pero debemos dar el último paso que nos proponíamos y entrar en esa tercera aproximación que de manera algo inespecífica he llamado constructivista. Aunque no la vaya a desarrollar, conviene que diga que comparte más, creo, con la aproximación psicosocial de Danziger que con la de Bunge.

Nos puede servir de arranque la siguiente afirmación de Hilary Putnam (1987-1994), que no debiera resultar tan extraña después de lo ya dicho: “Mi propia concepción, para ser francos, es que no hay tal cosa como el método científico. El estudio de casos de teorías particulares en física, biología, etc., me ha convencido que ningún paradigma puede ajustarse a todas las diferentes investigaciones que discurren bajo el nombre de ‘ciencia’.” De entre los varios argumentos en los que descansa esa apreciación, vamos a comentar solamente uno. La analogía parece desempeñar un papel cognoscitivo sumamente importante en la actividad científica: “virtualmente toda generalización histórica se apoya en analogías”, dice Putnam. Pero no sólo en historia. En todas las disciplinas se recurre con notable frecuencia al uso de analogías cuando se está intentando entender y explicar fenómenos, procesos, acontecimientos, efectos nuevos. La analogía parece constituir un recurso cognoscitivo de primer orden para afrontar la comprensión de la novedad, dicho así en general, es decir, tanto si hablamos de conocimiento científico como si hablamos de conocimiento no científico. Es un heurístico del pensamiento o, como Goodman ha dicho, “un pluriempleo del pensamiento”. Sencillamente, un problema nos recuerda otro problema, una situación nos recuerda otra situación, un caso nos recuerda otro caso, un fenómeno nos recuerda otro fenómeno, y utilizamos el conocimiento que ya poseemos, el del primer problema, la primera situación, el primer caso, o el primer fenómeno para interpretar el nuevo, el presente y, quizá, resolverlo o entenderlo.

La analogía nos permite categorizar aspectos inciertos de la realidad. Pero si la relevancia psicológica de la analogía parece clara, en cambio su estatuto lógico es insoluble —así lo consideraba el propio Carnap, según Putnam, (op. cit.)—. Sencillamente, “no se conoce ningún criterio para distinguir las analogías ‘buenas’ de las ‘malas'” (op. cit.).

Hay que tener en cuenta que de lo que aquí estamos hablando no es ajeno a algunas de las cuestiones planteadas antes. La analogía es parte de la respuesta a la pregunta acerca del origen de las ideas. ¿De dónde vienen las ideas? Recuérdese que el tercer paso del método científico, según la formulación de Bunge, era “buscar los conocimientos y/o instrumentos relevantes al problema”, el cuarto era la “tentativa de solución del problema con ayuda de los medios identificados”, y el quinto consistía en “inventar nuevas ideas —hipótesis, teorías o técnicas—, o producir nuevos datos empíricos que prometan resolver el problema”. Estos son seguramente los momentos en los que más claramente se requieren el talento y la creatividad que Bunge proclama. Y no se trata de que la analogía sea la única respuesta o la única posibilidad de llevar adelante esas tareas. Pero basta con que admitamos que es un recurso cognoscitivo relevante para que se nos plantee un problema: no tenemos “ningún criterio para distinguir las analogías buenas de las malas”, es decir, no tenemos ningún criterio para llevar adelante con rigor científico, permítaseme la ironía, algunos pasos cruciales del “método científico”. Este problema podría intentar solucionarse, propone Putnam, con “más de lo mismo”, es decir, más rigor y criterios metodológicos. Lo formula así: “Una manera de sortear la dificultad podría consistir en complementar las explicaciones formales actuales del método científico con un conjunto añadido de reglas que determinarían qué analogías son razonables […]. Y continúa: “Pero no parece existir ninguna razón para pensar que tales reglas serían de ninguna forma más simples que una descripción completa de la psicología total de un ser humano idealmente racional.” Pero esta posibilidad, que así formulada ya es considerada inviable por su autor, y que funciona más bien como tope insuperable de su argumentación, se complica todavía más, se mire por donde se mire. En primer lugar, y dicho con contundencia, no hay evidencias psicológicas a favor de “un ser humano idealmente racional”. Esa idea, que es más bien un presupuesto, viene siendo sustituida en la investigación psicológica sobre procesos de pensamiento, que se pretende que incluyen el pensamiento científico, por la de un sujeto psicológico con una racionalidad limitada (véase, por ejemplo, Faust, 1984; Giere, 1988; o Legrenzi, 1998-2000; o, en otro sentido, Barrow, 1998-1999). Pero, en segundo lugar, si tenemos en cuenta las consideraciones psicosociales de Danziger, nos vemos obligados, con él, a admitir, como ya hemos comentado, que en el “mundo social la distinción entre racional e irracional se rompe” (op. cit).

Putnam concluye lo siguiente: “La esperanza de tener un método formal, capaz de ser aislado a partir de nuestros juicios sobre la naturaleza del mundo, parece haberse frustrado. Y si ensanchamos la noción de un método de manera que una formalización de la psicología completa de un ser humano idealmente racional cuente como un ‘método’, no hay razón para pensar que un ‘método’ en ese sentido deba ser independiente de los juicios del ser humano sobre metafísica, estética o cualquier otra cosa.” De acuerdo con la intención, y con la tesis de esta presentación, reformularé esa conclusión en otros términos: que se haya frustrado nuestra confianza para hacer ciencia, y para hacer psicología, en la posesión de un método no sólo no impide, sino que alienta nuestra expectativa de entender psicológicamente en qué consiste hacer ciencia, e incluso, simplemente, nuestra intención de entender psicológicamente. Como reza el título, quizá sea más interesante y prometedora la psicología de la ciencia que los problemas del método de la psicología.

Referencias bibliográficas

BARROW, J. D. (1998-1999): Imposibilidad. Los límites de la ciencia y la ciencia de los límites. Barcelona: Gedisa.
BUNGE, M. (1980): Epistemología. Barcelona: Ariel.
DANZIGER, K. (1990): Constructing the Subject. Historical Origins of Psychological Research. Cambridge: Cambridge University Press.FAUST, D. (1987): The Limits of Scientific Reasoning. Minneapolis: University of Minnesota Press.
GIERE, R. N. (1988): Explaining Science. A Cognitive Approach. Chicago: The University of Chicago Press.
HUNPHREY, N. (1983-1987): La reconquista de la conciencia. México: Fondo de Cultura Económica.
LEGRENZI, P. (1998-2000): Cómo funciona la mente. Madrid: Alianza.
PUTNAM, H. (1987-1994): Las mil caras del realismo. Barcelona: Paidós.