Del interés general de los sueños

«Del interés general de los sueños» es el capítulo I del libro Progresión onírica y análisis estructural de los sueños

Ignacio Ruiz Lafita
Licenciado en medicina y psicoanalista

 

«Muchas veces me sentí impulsado a emprender el presente trabajo y siempre me detuve, no porque cediese yo por pereza o insensatez, sino porque me sobrecogía la magnitud y la multiplicidad de las cuestiones que en él se plantean»

Aquel que interesado por el fenómeno onírico se haya tomado la molestia, y haya tenido la fortuna y la oportunidad de conseguir reunir el tiempo suficiente y la paciencia necesaria, como para proceder a una extensa revisión de la literatura onírica existente desde los tiempos de la Antigüedad clásica hasta las comunicaciones científicas más actuales, advertirá sin dificultad, tras las palabras que sirven de encabezamiento a esta introducción, el pensamiento del más célebre intérprete de sueños de la Antigüedad. Si nos permitimos el atrevimiento de emular a tan insigne personaje, al iniciar este texto con las mismas palabras que él empleó para dar comienzo al libro primero de su famoso tratado, no sólo es con el objeto de rendirle un merecido y consabido tributo, ni tan siquiera por el hecho de que nos hallemos identificados con el estado de ánimo que tales palabras parecen destilar, sino también y sobre todo, porque según nuestra opinión tales palabras constituyen un fiel reflejo de la situación con la que aún hoy en día ineludiblemente se tropezará todo aquel investigador que se disponga a realizar un estudio mínimamente serio acerca del fenómeno onírico.

La magnitud y la multiplicidad de las cuestiones que se suscitan al emprender un estudio tal, es impresionante. Cualquiera que se interese en profundidad por el tema podrá comprobarlo, pues se verá inexorablemente conducido, cual tronco que va a la deriva arrastrado por las turbulentas aguas de un caudaloso río, a las más diferentes y profundas pozas del saber. Se comienza por un texto cualquiera, la Traumdeutung por ejemplo, y en el transcurso de los meses y los años las estanterías se van poblando hasta la invasión y el escritorio desnudo, pulcro y ordenado al comienzo, desaparece sepultado bajo un caótico sin fin de polvorientos libros versados en las disciplinas más variopintas.

La Antropología, la Historia, la Mitología, la Religión, la Filosofía, la Lingüística, la Medicina, la Psicología y por supuesto las Neurociencias y el Psicoanálisis, por mencionar sólo algunas de entre las más importantes, se dan cita todas ellas en este trabajo, convocándose mutuamente las unas a las otras, a lo largo del recorrido de este camino que es un viaje sin retorno, que se emprende y se continua a si mismo, sin que el itinerante viajero pueda apenas apercibirse de ello, y cuando lo hace ya es demasiado tarde para dar marcha atrás, y no puede sino continuarlo hasta el final del trayecto.

Así pues los sueños constituyen un singular punto de encuentro, un inevitable cruce de caminos, un foco de convergencia omnímodo donde confluyen, se confrontan y entretejen las más variadas disciplinas, científicas o no, y de entre aquellas las naturales y las humanas. Y no podría ser nunca jamás de otra manera, pues en efecto, nada hay más humano y natural que soñar y nada más natural y humano que tener un sueño.

Y es por causa de un sueño, que alguna vez tuvimos despiertos, que nos vemos arrastrados ahora por la magnitud de esta corriente que nos lleva mientras conmueve las cenagosas y cristalinas aguas de este caudaloso río onírico, y nos hallamos aquí, sobrecogidos ante la multiplicidad de las formas en las que la cosa se nos muestra, para dar cuenta precisamente de eso, de que los sueños son un río que continúa y que progresa, donde la cosa fluye y se procesa.

¿Quién no se ha despertado alguna vez sobresaltado por el contenido de un angustioso sueño, y quién no ha quedado conmocionado por un sueño sorprendente, e incluso, quién no ha tenido un sueño insulso, anodino y baldío que insiste en permanecer inalterable en su conciencia, quién no ha tenido un sueño que recurre y se repite?. Pero… ¿qué extraña cosa son los sueños?

Los sueños son productos del aparato psíquico y en tanto en cuanto productos del mismo no pueden sino manifestar, por defecto o por exceso, las facultades propias de tal aparato y las propiedades inherentes a la materia prima que procesa. Aparato que imperceptible, silenciosa e incesantemente hilvana, teje y a veces borda, la tupida y evanescente trama que los conforma, utilizando para ello los delicados y escurridizos hilos en los que se deslía la cosa. Así pues la percepción, los afectos, la memoria, la conciencia, la simbolización, el lenguaje, el pensamiento y la inteligencia, todas ellas son funciones del aparato que se hallan comprometidas en el estudio de los sueños, pues todas ellas participan en su constitución.

Ahora bien, los sueños, a diferencia de cualquier otro producto psíquico, se producen en las singularísimas condiciones que proporciona a la psique el particular estado de funcionamiento que supone el dormir, y por ello mismo, por no estar interferidos por las habituales condiciones de la vigilia, los sueños están más próximos a la cosa, la velan y la desvelan y parece que la líen, cuando en realidad la leen. Precisamente por ello proporcionan, como objeto de estudio, una atalaya privilegiada desde la cual, por muy lejanos o ajenos que se nos ofrezcan a primera vista, podemos atisbar los horizontes y vislumbrar los orígenes de los mecanismos de funcionamiento puestos en acción en dicho aparato para intentar procesar la cosa.

Así creemos lo entendió Freud y así lo confirman reconocidos investigadores actuales, muy alejados de las posiciones psicoanalíticas. Así por ejemplo un psicólogo cognitivista como David Foulkes escribe en su «Gramática de los Sueños»:

«Los sueños son un problema tan esencial para el estudio de la mente, que su resolución puede ayudar a revelar las estructuras fundamentales del pensamiento humano»

Y un neurofisiólogo, pionero en los estudios sobre el sueño y los sueños, como Michel Jouvet, miembro fundador de la A.P.S.S. (Association of Professional Sleep Societies), sostiene en una de sus últimas publicaciones titulada «El Sueño y los Sueños»:

«Parece que una de las vías que conducen a la explicación del funcionamiento de la mente reside en el estudio de los sueños, puesto que existe una estrecha correlación entre las fluctuaciones energéticas del cerebro y la aparición de éstos. La actividad onírica es una de las últimas fronteras de las neurociencias y comprender lo que es la conciencia onírica, es pues la ultima frontera de la neurobiología, más lejana todavía sin duda que la comprensión de la conciencia despierta»

De lo dicho hasta el momento podría extraerse la errónea conclusión de que los sueños constituyen objeto del interés general o al menos del interés científico en particular. Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que hoy en día la cantidad de textos y comunicaciones científicas es inabarcable, ello es debido a la superproducción y acumulación existente hoy sobre cualquier materia y no a la importancia relativa que se le concede a los sueños, pues lo auténticamente cierto es que el interés que despiertan los sueños, tanto en el ámbito individual como en el científico, es absolutamente insignificante.

Si algo hay que destacar y no debe cesar de sorprendernos, y hasta de maravillarnos, es la inmensa facilidad con la que los sueños son sistemáticamente olvidados, y por lo tanto, ignorados, cuando no vilipendiados, descalificados y despreciados. No podemos por menos que estar en perfecto acuerdo con Eric Fromm cuando en su olvidado «Lenguaje Olvidado» nos recuerda que:

«Hemos perdido el don de asombrarnos. Esta actitud es quizá la razón principal por la que uno de los fenómenos más asombrosos de la vida, los sueños, provoca en nosotros tan poca admiración y tan poca curiosidad. Todos soñamos, no entendemos nuestros sueños, pero nos conducimos como si nada raro pasara mientras dormimos»

Cabría esperar que la actitud de los científicos, consagrados al estudio y esclarecimiento de los fenómenos más inverosímiles, difiriera un tanto de esta actitud general, con la que una aplastante mayoría de los humanos aborda sus propios sueños, pero la situación es muy otra. Ya nos decía Freud en 1917 que:

«Dedicarse a investigar sobre los sueños es considerado no sólo como una ocupación falta de todo valor práctico y absolutamente superflua sino también como un pasatiempo censurable y anticientífico revelador de una tendencia al misticismo. Parece en general inverosímil que un médico se consagre al estudio de los sueños, cuando la neuropatología y la psiquiatría ofrecen tantos fenómenos infinitamente más serios».

Situación que parece no haber variado mucho si atendemos a lo que nos relata Peretz Lavie, uno de los más prestigiosos investigadores actuales del sueño, Decano de la Facultad de Medicina del Technión, en Haifa, y director de uno de los laboratorios del sueño más avanzado del mundo, en la introducción a su obra «El Fascinante Mundo del Sueño»:

«Con frecuencia al entablar conversación por primera vez con una persona que me pregunta a qué me dedico vacilo unos segundos antes de responder, pues la experiencia me ha enseñado que existen dos tipos de reacción a mi respuesta. La primera suele ir acompañada de una sonora carcajada: ¿Pero qué hay que estudiar acerca del sueño? y la segunda es una rápida petición de consejos y medicación para combatir los ronquidos o el insomnio»

Los sueños acompañan al hombre durante toda su vida y desde el principio mismo de su existencia, incluso desde antes de que sea alumbrado a la luz del día, tanto en el sentido ontogénico como en el filogénico, y con toda probabilidad preceden a su propia humanidad, como parece demostrarlo el hecho de que tanto en el feto humano como en todas las aves y mamíferos es posible identificar electroencefalográficamente un trazado similar al correspondiente en el sujeto adulto al sueño paradójico, momento en el cual, se producen los sueños.

La actitud general del hombre en relación al interés que despiertan en él sus propios sueños ha seguido a través de la historia un curso irregular, sinuoso y serpenteante, aumentando y disminuyendo en función de las épocas y culturas imperantes para seguidamente volver a resurgir con ímpetu renovado y posteriormente languidecer de nuevo una vez más y sumirse en un profundo y solaz letargo. En general podría decirse que el interés ha seguido un curso decreciente siendo máximo en los albores de la civilización.
Así se desprende de la lectura de los textos que los antropólogos especializados en las Culturas Primitivas han dedicado al tema. En «La Mentalidad Primitiva» de Lucien Levy Bruhl encontramos la siguiente síntesis:

«Para la mentalidad primitiva, como es sabido, el mundo de lo visible y el mundo de lo invisible forman un todo. La comunicación entre lo que llamamos la realidad sensible y las potencias místicas es pues constante, pero en ninguna parte esta comunicación puede efectuarse de una forma más completa e inmediata que en los sueños, donde el hombre pasa de un mundo al otro sin advertirlo. Tal es en efecto la representación ordinaria que de los sueños se hacen los primitivos. El alma abandona momentáneamente su cuerpo, a veces se va muy lejos y conversa con los espíritus o con los muertos, otras veces son los espíritus de los muertos, o bien de otras potencias, los que vienen a visitar el alma mientras se duerme. Los sueños traen a los primitivos datos que para ellos valen tanto, sino más, que las percepciones obtenidas durante la vigilia. En muchas sociedades primitivas cada uno presta a sus sueños la mayor atención y las gentes se interrogan unas a otras, todas las mañanas, sobre sus sueños, se los cuentan e interpretan. En principio lo visto en sueños es verdad. De nada se puede estar tan seguro como de lo que revelado en sueños, los primitivos creen en todos los sueños sin excepción, algunos pueblos distinguen entre ellos unos que son verídicos y otros que no lo son, considerando estos últimos como meros productos de la imaginación, hecha esta reserva el primitivo no duda de la veracidad de los sueños. Lo que éste muestra ha llegado, lo que anuncia llegará. No es menor la certeza tratándose de un acontecimiento pasado o de algo que tuvo lugar a distancia. Así como las cosas vistas en sueños son reales, los actos cometidos en sueños entrañan la responsabilidad de sus autores y se les puede pedir cuenta por ellos».

Cuando esta singular importancia concedida por el hombre primitivo a los sueños parece no existir, entonces se revela ante nuestros ojos un fenómeno peculiar y muy común en las sociedades primitivas, que ha desaparecido con el desarrollo de la civilización. Así nos lo relata Borislaw Malinowsky tras largos años de convivencia con los nativos de las islas Trobriand.

«Los sueños espontáneos no ocupan un lugar importante en la vida de los nativos. De una manera general parece que sueñan raramente, no conceden mayor interés a sus sueños, no hablan de ellos al despertarse ni los utilizan para explicar una creencia o justificar una línea de conducta. No atribuyen a los sueños ordinarios ninguna significación profética ni tienen un sistema o código para su interpretación simbólica. Así pues los sueños ordinarios desempeñan un papel insignificante en la vida de los nativos, son aparentemente raros y se los olvida fácilmente»

«Pero hay otra clase de sueños que están prescritos y definidos por la costumbre. Los sueños de este género se relacionan con la posición social o las tareas emprendidas por ciertas personas y son una consecuencia de la magia practicada por ellas mismas o ejercidas sobre ellas, cuando no el resultado de la influencia ejercida por seres espirituales. Estos sueños estereotipados, standarizados, son esperados, anhelados y previstos lo que explica su frecuencia y la facilidad con la que se los recuerda. En estos sueños standarizados las visiones de los espíritus de los muertos desempeñan una parte considerable. Estos espíritus se aparecen en circunstancias apropiadas y durante ciertas épocas. Así es como el jefe de una expedición, el organizador tradicional de cazas y pescas o el vigilante de las huertas tendrán, bajo el control de los espíritus de los antepasados, sueños relacionados con su oficio que les indicarán el lugar o el momento propicio para llevarlos a cabo»

«Ahora podemos formular de modo mas preciso la actitud de los indígenas ante los sueños. En tanto que no conceden ninguna importancia a los sueños espontáneos, los demás sueños, los standarizados, están hechos de la misma sustancia de la influencia mágica y poseen una realidad comparable a la del mundo de los espíritus y condicionan de manera determinante la vida del grupo»

Probablemente sea Jackson Stewart Lincoln, autor de «Los sueños en las Culturas Primitivas» quien, con mayor contundencia y énfasis, haya mostrado hasta que punto los sueños han jugado un papel determinante en el origen y desarrollo de las culturas primitivas:

«Un estudio antropológico de los sueños en las culturas primitivas recogidos en todas las partes del mundo, no sólo nos ilustrará sobre la psicología del hombre primitivo sino que sin duda también lo hará sobre la naturaleza, formación y desarrollo de la cultura en sus fases más primitivas»

«Los sueños de los así llamados hombres primitivos se incluyen en dos clases diferentes, los no buscados o espontáneos, y los sueños buscados o inducidos que siguen siempre un patrón o esquema cultural, de especial trascendencia para todos los miembros de la tribu. Ambos tipos de sueños se dan en todas las áreas culturales siendo considerados por los nativos uno de los dos grupos o ambos como eventos de singular trascendencia para la vida individual o cultural de la comunidad. Aunque las teorías de los pueblos primitivos sobre los sueños pueden variar, y su función en la vida del grupo puede diferir en las diferentes culturas, existen las evidencias suficientes como para resaltar el hecho de que los sueños juegan un papel inmensamente importante en la vida tanto individual como colectiva de las sociedades primitivas incluso en aquellos grupos en los que la cantidad de sueños parece no ser muy grande»

«Probablemente es a causa de la equivalente valoración que los primitivos conceden tanto a su propia fantasía como a la realidad del mundo externo por lo que tantos aspectos de la cultura primitiva son un efecto directo de los sueños. Hasta el momento hemos encontrado numerosos ejemplos que corroboran el hecho de que la mayoría de los aspectos de las culturas primitivas a lo largo de todo el mundo, derivan de los sueños. Un detenido examen de las evidencias recogidas muestran que junto a las creencias en la inmortalidad del alma y en los espíritus, junto a la influencia de los sueños sobre las emociones y actividades de los hombres primitivos, numerosas cuestiones específicas de la cultura primitiva deben su origen, al menos en parte, a sueños precedentes. Así se han originado numerosos tipos de totems, muchos actos rituales, numerosas curas o encantamientos y los poderes médicos o chamánicos, así como también la magia, los tabúes y la brujería, muchas ceremonias, canciones y danzas, múltiples objetos y métodos de la cultura material, especialmente en el área del trabajo y en el arte, también se han cometido actos de asesinato y canibalismo, declarado guerras, se han constituido sociedades secretas, se han puesto nombres y se han construido mitos y leyendas. Puesto que estos datos provienen de todas las partes del mundo, uno no puede sino concluir que gran parte de la cultura primitiva es el producto directo de los sueños, o más exactamente, el resultado de los procesos psicológicos y culturales que existen detrás de los sueños. Estos procesos cristalizan en los sueños e influyen en la cultura directamente a partir de estos últimos»

«Para concluir, la importancia de los sueños como iniciadores de la cultura primitiva es un hecho que debe, por lo tanto, ser siempre resaltado en cualquier estudio que intente aproximarse más estrechamente a un conocimiento más profundo de la naturaleza y el origen mismo de la cultura»

La Antropología está plagada de ejemplos que confirman el hecho de que los pueblos primitivos concedían a los sueños una excepcional importancia y de que por lo tanto ejercían una amplia influencia en la vida cultural y social tanto del grupo como del individuo. No es de extrañar que así sea si se piensa junto a uno de los padres de la Antropología moderna como Sir Edward Burnett Tylor, que es a partir de la experiencia empírica de los sueños que el primitivo fue capaz de construir un concepto tal como el de alma o espíritu.

Esta misma idea la recoge Jouvet, en la presentación que escribió para el libro antes mencionado de Lavie, formulándola de la siguiente manera:

«Fue la experiencia de los sueños la que evocó la asunción de la dualidad entre el cuerpo y el alma y lo que aparentemente se convirtió en catalizador de la creación de los conceptos de vida eterna y de Dios»

En realidad ambos no hacen sino continuar y profundizar el pensamiento expresado por Thomas Hobbes en su «Leviathan»:

«De la ignorancia para distinguir los sueños y otras fantasías intensas, de la visión y de la sensación, surgió en el pasado la religión de los gentiles quienes adoraban a sátiros, faunos, ninfas, y otras criaturas semejantes, así como la opinión que hoy en día tienen las gentes incultas de las hadas, duendes, fantasmas y del poder de las brujas»

Todos ellos retoman en última instancia las ideas propuestas mucho tiempo antes por Platón en su «Epinomis» cuando dice:

«Muchos de los cultos a muchos dioses han sido fundados, y lo seguirán siendo, por causa de encuentros soñados con seres sobrenaturales»

Alma, espíritu, transmigración, trascendencia, más allá, muerte, religión o cultura son todos ellos conceptos imprescindibles para poder comprender algo acerca de la esencia del hombre y de su historia. Ello debería ser suficiente para que pudiéramos aproximarnos a la idea del relevante papel que los sueños han desempeñado en la constitución, no sólo de la civilización, sino también de cada uno de nosotros. La Antropología y la Historia están plagadas de ejemplos que certifican la importancia que siempre tuvieron los sueños en las culturas primitivas, remitiremos al lector interesado a la obra de los autores que han consagrado su vida al estudio de los mismos en épocas tan primordiales del desarrollo de la cultura humana tales como Tylor, Lincoln, Malinowsky, Boas, Bland, Seligman, Seafield, Frazer, Hill-Tout, McDougal, Mooney, Radclife, Rivers, Roheim, Rose y tantos otros, pues la literatura al respecto es amplísima, pero nuestra intención aquí se reduce únicamente a ilustrar mínimamente acerca del interés que los sueños despertaron siempre en las culturas llamadas primitivas.

Tanto en las primeras civilizaciones mesopotámicas como en el antiguo Egipto los sueños ocuparon un lugar preferencial en las concepciones espirituales y religiosas de ambas culturas.

Existen pruebas documentales de que ya en Sumer, civilización no semítica que pobló Mesopotamia en el tercer y cuarto milenio anterior a nuestra era, los reyes de Lagash prestaban especial atención a sus sueños y acudían a los templos en busca de interpretación. El pueblo sumerio aceptaba el origen divino de los sueños y existía una casta sacerdotal, los Ensi, especializada en la interpretación de los mismos. En Sumer se practicaba ya alguna forma de incubación de sueños aunque es posible que no de una manera generalizada. Tal práctica consistía en acudir a pernoctar en determinados templos con el objeto de recibir a través de los sueños importantes directrices para la vida del consultante.

En las civilizaciones posteriores que poblaron Mesopotamia, como fueron, la Acadia, la Asiria y la Babilónica las artes de la magia, la profecía, la adivinación y la interpretación de los sueños estaban ampliamente desarrolladas. Los sueños eran considerados como revelaciones de la voluntad divina o demoníaca. Existían unos sacerdotes, denominados Shabru, especializados en la interpretación de los mismos y también se practicaba la incubación, con las variantes de que en este caso eran los propios sacerdotes los que recibían el sueño o bien el interesado podía delegar en otra persona que acudía al templo en su nombre. En el famoso poema de Gilgamés, alguno de cuyos pasajes datan de 4000 a.c., aunque las versiones que han llegado hasta nosotros son babilónicas, aparecen reflejados dos sueños proféticos que constituyen, junto a las expuestas anteriormente referidas a los reyes sumerios, las referencias históricas más antiguas que se conocen hasta el momento. Se conoce por ejemplo el hecho, mucho más reciente, de que hallándose Alejandro Magno en Babilonia enfermó y envió a sus generales al templo de Marduk para que recibieran en sueños el tratamiento que pudiera curarle.

Como lo atestiguan los famosos sueños del faraón recogidos en la Biblia e interpretados por José, también en el Antiguo Egipto los sueños eran un elemento importante en el conjunto de creencias de la cultura egipcia. En las «Enseñanzas para Merikare», obra fechada hacia el 2100 a.c., el autor sostiene que los sueños son enviados por los dioses para conocer el futuro. Pero también a través de los sueños se recibía valiosa información acerca del tratamiento de las enfermedades, advertencias sobre posibles peligros y consejos o respuestas a las preguntas del soñador. Se conserva lo que podemos considerar el primer tratado sobre los sueños de la historia, pues en el valioso papiro Chester Beatty III que data del 1350 a.c., aunque probablemente es una recopilación de textos más antiguos, se incluye una larga serie de sueños, hasta 108, con sus respectivas interpretaciones. Del análisis del texto se desprende que el método interpretativo de los antiguos egipcios era muy mecánico, es decir, a cada imagen onírica correspondía un determinado significado, sin embargo tal clave interpretativa podía estar basada en un juego de palabras o en una inversión del sentido. En el transcurso de los siglos la incubación de los sueños se convirtió en una práctica más habitual y muchos templos fueron famosos por los mensajes que en ellos se recibían durante el sueño, siendo los consagrados a Isis y Serapis los más importantes.
La Grecia antigua recogió todas estas influencias culturales. Es en Heráclito de Éfeso en el primer autor que hemos de centrar nuestra atención, para este efesio ocurre que para la mayoría de los hombres, ignorantes del «Logos», permanece oculto cuanto hacen en la vigilia del mismo modo que no son conscientes de cuanto hacen cuando están durmiendo. Los ígnaros, esto es, los hombres que se guían exclusivamente por los sentidos y por la opinión, son asimilados a los que sueñan. Mas aún, los sabios que poseen el logos e identifican su pensamiento individual con él, los que conforman la razón singular con la razón universal y tienen un mundo único y común, son los únicos que merecen el nombre de despiertos, por contraposición a los insapientes que desconocen el Logos universal y creen tener un logos privado y un mundo particular y exclusivo, por lo cual son denominados «dormidos», pues el pensar que es coextensivo al ser, es común a todos los sujetos, pero aún siendo imparcial el Logos, la mayoría de los hombres vive como si tuviera un entendimiento particular por eso aún en la vigilia el común de los mortales vive «dormido». Por lo tanto los que duermen, al soñar viven en un mundo privado regido por un logos particular y engañoso, aunque sin saberlo colaboran con el Logos universal, que se olvida mientras se sueña, lo cual provoca la caída en un estado de irracionalidad del que se sale al despertar, momento en el que se recupera la razón.

Esta concepción elemental con la que nos ilustra Heráclito por la que el hombre que sueña se retira del mundo común y habita un mundo propio, eminentemente subjetivo, tardará toda la Historia en ser aceptada, hasta la aparición del venerable Sigmund en el panorama científico, de tal forma que la historia de la onirología no es sino un inmenso rodeo para volver a estos primordiales planteamientos que aquí nos expone Heráclito, de modo que los hombres se las ingeniarán a lo largo de los siglos para una y otra vez poner en el afuera aquello que no procede sino de las profundidades de su propia intimidad, atribuyendo el origen de los sueños a los dioses, los demonios, las emanaciones de los objetos, los estímulos externos provenientes del medio, los influjos de los cuerpos celestes o los estímulos provenientes del interior del cuerpo, todo, cualquier cosa, antes que admitir que los sueños provienen del interior de nuestras escabrosas y desconocidas mentes. Por otra parte no podemos sino quedarnos pasmados de la perspicacia y previdencia psicoanalítica de la que hace gala aquí Heráclito al considerar a la mayoría de los hombres, aún en la vigilia, como hombres «dormidos», es decir, inconscientes.

Según la tradición, tal como aparece reflejada en la obra de Homero, los antiguos griegos distinguían dos tipos de sueños, los valiosos y significativos y los engañosos o no significativos, según procedieran a través de la puerta del cuerno o de la de marfil. Los antiguos griegos creían pues en el origen divino de los sueños y en su capacidad mántica. Existió también en Grecia la practica de la incubación de los sueños que se extendió sobre todo a partir de siglo V a.c. y que alcanzó un alto grado de popularidad como se refleja en el hecho de que llegaran a contabilizarse no menos de 420 templos consagrados a Asclepio, dios de la medicina, donde tales rituales se llevaban a cabo.

Pero el verdadero interés que tienen para nosotros los antiguos griegos, en el contexto general del tema que venimos examinando, es el hecho de que junto a esta línea de pensamiento místico, religioso o esotérico en relación a los sueños, que se mantuvo en el tiempo y fue posteriormente recogida y continuada por los estoicos y más tarde por los peripatéticos, apareció por primera vez en la Historia otra concepción mucho más natural y racional sobre los mismos.

Probablemente corresponda a Demócrito, natural de Abdera, el mérito de ser el pensador con el que se inaugura para el hombre la posibilidad de concebir los sueños como un fenómeno natural y abordar con cierta racionalidad el fenómeno onírico. En efecto, Demócrito en consonancia con su teoría general del conocimiento propone por vez primera una explicación «natural» del origen de los sueños.

De acuerdo con dicha teoría todos los objetos están formados por átomos y emiten de continuo imágenes (eidolas) de si mismos, gracias al flujo de átomos que de ellos se desprenden. Estas imágenes penetran en el cuerpo a través de los poros y de allí pasan al alma donde se constituyen en imágenes de los objetos. He aquí la razón por la cual soñamos pues mientras dormimos las imágenes o ídolos de las cosas siguen penetrando en nuestros cuerpos y poniéndose en contacto con nuestras almas. [Cicerón, Ad Fam]. Dichos ídolos no solo llevan consigo el retrato fiel de los objetos sino que también reproducen los movimientos anímicos, los hábitos y las pasiones de aquellos a quienes representan. [Plutarco, Quaest. conv.] Los mismos dioses no son sino ídolos desprendidos de los cuerpos y de las almas de los mejores hombres. [Sexto, Adv. math]

En Demócrito encontramos pues por primera vez una teoría de los sueños que no solo se presenta como directa y necesaria consecuencia de la teoría del conocimiento sino que posee la suficiente elasticidad y amplitud como para dar razón de los diversos fenómenos oníricos y de su complejo mecanismo. Se trata de una teoría estrictamente materialista y mecanicista que satisface sin embargo la opinión tan común en la antigüedad sobre el carácter adivinatorio de los sueños y sobre la intervención de dioses y demonios en los mismos. Demócrito sabe hacer un lugar a la mántica y a la teología sin necesidad de abjurar de su naturalismo o de admitir tradiciones mitológicas o cuentos fantásticos. [Cappelletti]

En una posición intermedia respecto a las dos anteriores, ciertamente ambivalente, se sitúa el pensamiento de Hipócrates quien, si bien admite la procedencia divina de algunos sueños, no deja de advertir su contenido semiológico y por lo tanto los sueños pasan a ser objeto de una alta estima gracias a su valor diagnostico. Así es posible encontrar en el Corpus Hipocraticum como apéndice al Tratado sobre la Dieta un pequeño escrito «Sobre los sueños» en el que el autor, aunque sin rechazar expresamente las practicas habituales en relación a las enfermedades y los sueños, advierte que:

«En cuanto a todos los sueños que son divinos y que anuncian bienes o males, hay personas que tienen el arte de interpretarlos. También aquellos en los que el alma indica de antemano los padecimientos del cuerpo, también esos los juzgan y unas veces se equivocan y otras aciertan y en ninguno de los casos conocen el porqué de lo que sucede, ni cuando aciertan ni cuando se equivocan, sino que dan consejos a fin de precaverse de que no ocurra algún daño. Mas no enseñan cómo hay que precaverse sino que recomiendan rezar a los dioses. Cierto que es bueno invocar a los dioses, pero conviene invocar a los dioses y ayudarse a sí mismo»

En la introducción a dicho escrito el autor da cuenta de la alta consideración que le merecen los sueños:

«Respecto a los signos que aparecen en los sueños, quien tenga un recto conocimiento de ellos advertirá que poseen una gran influencia de cara a cualquier asunto. De modo que quien sabe juzgar estas cosas rectamente, posee buena parte de la sabiduría»

Con Platón se introduce en la historia una nueva concepción de los sueños pues al considéralos como uno de los caminos que permiten el acceso al conocimiento los dota de una función epistemológica, Así en sus famosos «Diálogos» puede leerse:

«Cuando uno se halla en estado de salud y templanza respecto de sí mismo y se entrega al sueño después de haber despertado su propia razón y haberla dejado nutrida de hermosas palabras y conceptos, cuando ha reflexionado sobre sí mismo y no ha dejado su parte concupiscible ni en necesidad ni en hartura, a fin de que repose y no perturbe a la otra parte mejor con su alegría o con su disgusto sino que la permita observar en su propio ser y pureza e intentar darse cuenta de algo que no sabe, ya sea de las cosas pasadas, ya de las presentes, ya de las futuras, cuando amansa del mismo modo su parte irascible y no duerme con el ánimo excitado por la cólera contra nadie sino que apaciguando estos dos elementos pone en movimiento el tercero en que nace el buen juicio, y así se duerme, bien sabes que es en este estado cuando mejor alcanza la verdad»

En la línea abierta por el filósofo abderita se sitúa el pensamiento de Aristóteles, que es sin duda el autor de la obra más importante que sobre los sueños produjo la Grecia Clásica. En su Parva Naturalis podemos encontrar tres escritos consagrados al tema. El primero dedicado al estudio del fenómeno del dormir, el segundo a los sueños y el tercero a la adivinación a través de los mismos. Sus planteamientos son puramente fisiológicos descarta con delicadeza, pero sin la suficiente contundencia, el origen divino de los mismos y atribuye su causa a las facultades propias al alma del soñador, por lo tanto podemos afirmar que a partir de él los sueños ingresan en el campo de la Psicología.

«Dado que lo imaginativo es lo mismo que lo sensitivo pero que la esencia de lo imaginativo y de lo sensitivo es diferente y teniendo en cuenta que la imaginación es el movimiento que se produce por la sensación en acto y que los sueños son una cierta imagen, es evidente que soñar es propio de la facultad sensitiva del alma en la medida que ésta es imaginativa»

«Es evidente que el movimiento producido por las sensaciones, tanto las del exterior como las del interior del propio cuerpo, no solo existen cuando se está despierto sino también cuando se está dormido, e incluso predominantemente entonces. De día dichos movimientos se ven rechazados y se desvanecen. De noche, en cambio, estos movimientos vuelven al origen de la sensación y se ponen de manifiesto al apaciguarse la confusión de los sentidos. Mientras se duerme las imágenes y los movimientos residuales que resultan de las sensaciones, unas veces se desvanecen completamente y otras aparecen en forma de visiones y sueños incoherentes, pero cuando el movimiento provocado por las sensaciones que proceden de los sentidos perdura, entonces aparecen los sueños coherentes»

Aristóteles no rechaza la adivinación a través de los sueños sino que la explica por medios lógicos y naturales pues considera que en unos casos los sueños pueden muy bien ser causa de los acontecimientos futuros, y en otros pueden ser señales de procesos que ya se han puesto en acción, al tiempo que no vacila en afirmar que en la mayoría de los casos las predicciones no son sino puras coincidencias.

Así pues la cultura griega mantuvo desde siempre y desde escuelas filosóficas y concepciones del mundo muy dispares un interés permanente por el fenómeno onírico. Basta con leer el «Discurso Sacro» de Elio Arístides, famoso retórico del siglo II, para comprobar hasta que punto podía ser habitual en aquella época que un hombre culto prestase atención a sus sueños. El bueno de Arístides, primer hipocondríaco de la historia como lo califica Mauro Mancia, paso media vida incubando enfermedades y la otra media incubando sueños que le conminaban a realizar las barbaridades o proezas más extravagantes, como él mismo nos dice refiriéndose a las prescripciones recibidas en sus sueños: «son justamente lo contrario de lo que uno esperaría, de hecho son precisamente lo que uno naturalmente mas evitaría». A pesar de ello sobrevivió a sus propias curas y murió serenamente a avanzada edad.

Toda esta rica y floreciente tradición onirológica culmina en la figura y obra de Artemidoro de Daldis. Este autor, natural de Éfeso y contemporáneo del anterior, escribió un tratado sobre onirocrítica dividido en cinco libros que es un auténtico compendio teórico-práctico del saber de la época. Él mismo se jacta de su experiencia y dominio sobre el tema y del valor de su trabajo:

«Los autores anteriores a mi no han hecho otra cosa que copiar los unos las obras de los otros exponiendo torpemente cuanto ya había sido espléndidamente expuesto por sus antecesores. En lo que a mi respecta no hay obra de onirocrítica que yo no haya manejado. Además aunque los adivinos que frecuentan las plazas están muy desprestigiados, yo me he mezclado con ellos por espacio de muchos años en las ciudades y las fiestas públicas de Grecia, y también en Asia e Italia y en las islas más grandes y populosas. Por tanto estoy en condiciones de hablar ampliamente sobre cada tema»

Artemidoro critica la posición algo ambigua de Aristóteles sobre el papel jugado por los dioses en la causalidad onírica y reafirma la capacidad natural del alma para predecir el futuro, a la vez que facilita un curioso argumento como prueba de sus tesis:

«Yo no me encuentro en la misma postura de incertidumbre que Aristóteles sobre si la razón del soñar es exterior a nosotros y depende de la divinidad, o por el contrario, existe en nuestro fuero interno alguna causa que predisponga a nuestra alma hacia un cierto estado y origina de forma natural lo que le acontece»

«La visión onírica es un movimiento o una invención multiforme del alma que señala los bienes y los males venideros. Por ser esto así, el alma predice cuanto sucederá con el transcurso del tiempo, tarde o temprano, y todo lo expresa con unas imágenes naturales y apropiadas, llamadas elementos, por considerar ella que en el intervalo nosotros podremos conocer el futuro, una vez instruidos por medio del raciocinio».

«Las visiones de carácter literario no se les presentan jamás a los profanos sino solamente a los que cultivan las letras y a las personas que no carecen de formación. De esto se deduce que los sueños son productos de la mente y que no tienen su origen en ninguna causa externa».

Ahora bien, Artemidoro era un auténtico profesional de la interpretación onírica y por ello distingue claramente aquellos sueños capaces de predecir el futuro, llamados visiones oníricas, de aquellos otros que no lo son, llamados ensueños. Toda su obra está consagrada al estudio de los primeros:

«La visión onírica se distingue del ensueño en que la primera es un indicio de lo que acontecerá y el segundo de lo que existe en el presente. Ciertas pasiones tienen la prerrogativa de aflorar, de imponerse al espíritu y de suscitar determinadas figuraciones. En realidad cuando actúan las pasiones, sucede que se perciben unas imágenes que no expresan el futuro, sino simplemente una rememoración de la realidad».

Artemidoro es un autor clave en la historia de la onirología y de la oniromancia, no solo porque es el único del que se conserva una valiosísima y voluminosa obra sino también, y sobre todo, porque fue el primero, o al menos del que se tenga constancia, en abandonar el primitivo método de interpretación, consistente en sustituir cada elemento del sueño según una clave simbólica prederterminada, e introducir como factores fundamentales para la interpretación ciertas características del soñador y sus circunstancias:

«Tanto para el soñador como para el interprete es ventajoso y necesario que éste conozca quién es el sujeto de la visión onírica, qué actividad desarrolla y cuál es su procedencia, así como su patrimonio, su estado de salud y la edad que tiene»

Por supuesto que para Artemidoro también hay que considerar los diferentes aspectos del sueño y entre otros existen según él seis categorías que hay que valorar:

«Es un principio general que todo lo que aparece en sueños conforme a la naturaleza, a la costumbre, a la ley, al arte o profesión, al nombre y al tiempo tenga un significado favorable, y en cambio resulte perjudicial y sin provecho lo contrario a ellos»

El efesio también es perspicaz en otros sentidos:

«Muchas interpretaciones dependen de la etimología de las palabras»

La obra de Artemidoro es con mucha diferencia el trabajo sobre los sueños más importante de toda la Antigüedad Clásica y habrán de pasar muchos siglos para encontrar algún otro trabajo que esté a su altura.

La Civilización Romana fue ante todo una sociedad ecléctica que supo absorber las influencias culturales de los diferentes pueblos que habitaban su vasto imperio. En relación a los sueños se puede decir que en líneas generales continuaron las diferentes tradiciones clásicas. Ya en el 291 a.c. se inauguró en la Ínsula Tiberina un templo consagrado a Asclepio, Esculapio para los romanos, así pues también en Roma se continuó practicando la incubación y la adivinación estuvo a cargo de un cuerpo sacerdotal dedicado a ello, los Necori. Da un índice del interés que los romanos profesaban a los sueños el hecho de que el emperador Augusto proclamara un edicto por el cual todo aquel que tuviera un sueño sobre Roma estaba obligado a comunicarlo en el Foro. Respecto a la onirología y la oniromancia los romanos no produjeron nada que supusiese un avance substancial, cabe si acaso resaltar que algunos de sus más brillantes intelectuales adoptaron posiciones cada vez más racionalistas y escépticas. El exponente más notable de esta corriente fue sin duda Cicerón que escribió un tratado sobre los diferentes métodos de adivinación titulado «De Divinatione» en el que se conmina a desechar tales prácticas:

«Rechacemos pues la adivinación por los sueños de la misma manera que todas las otras»

Ello no es óbice para que Cicerón se muestre un claro conocedor de los sueños y del origen de los mismos:

«Todos los sueños tienen la misma razón. El alma, abandonada por el cuerpo aletargado, se agita por sí misma, imagina formas y acciones y cree hablar y oír muchas cosas. En estos momentos de debilidad y abandono se le ofrecen ideas confusas y variadas naciendo principalmente de algunas reliquias de cosas en que hemos pensado o que hemos hecho durante la vigilia»

Por supuesto no faltan entre los romanos insignes pensadores que defienden con pasión la posición contraria al escepticismo manifestado por Cicerón. Así por ejemplo el emperador Marco Aurelio representante del estoicismo tardío manifiesta: «haber logrado a través de los sueños la prescripción de medicinas particularmente eficaces», o un representante de los epicúreos como es Lucrecio quien, además de resaltar la vida onírica de los animales, demuestra conocer no solo la continuidad de los sueños con la vigilia sino también el papel que el relajamiento de la represión cumple en el sueño:

«El afán al que cada uno queda de ordinario encadenado durante el día, o los asuntos en los que nos henos ocupado mucho y en cuya valoración la mente estuvo más concentrada, esos mismos nos parece con mucha frecuencia que los abordamos en sueños»
«Muchos manifiestan en sueños secretos capitales que a menudo han sido la prueba de su propio crimen»

Tampoco faltan entre los romanos los primeros autores cristianos que tratan el tema que nos ocupa. Así Tertuliano en su obra «De Anima» nos ofrece una verdadera teología del sueño y desarrolla la idea de que los sueños son uno de los caminos para acceder al conocimiento de Dios. Por otra parte es el primero que introduce en la génesis de los sueños la figura del Diablo, lo que permite dar una explicación más dinámica a la bipolaridad tan habitual que encontramos en los mismos.

Por la misma época, pero desde Alejandría, nos llega la obra de San Clemente, uno de los primeros padres de la iglesia, «El Pedagogo», en ella se mantiene la idea de que el conocimiento llega al hombre a través de los sueños porque el alma, siempre activa, expresa por medio de los sueños sus propios pensamientos. Así los sueños son utilizados como metáfora moral de un estado espiritual específico de cada hombre.

Como colofón a este pequeño repaso histórico de la Época Clásica mencionaremos a un autor del siglo IV-V, Sinesio de Cirene, discípulo de Hipatia, la última directora de la famosa Biblioteca de Alejandría que murió descuartizada a manos de integristas cristianos, quien publicó un pequeño tratado «Sobre los Sueños». En él Sinesio aparece como el mayor entusiasta en su favor y nos conmina a todos a dedicarles nuestra atención:

«Hemos de aplicarnos mayormente a esta clase de conocimiento porque procede de nosotros mismos, de nuestro interior y es propio de cada una de las almas. Pues bien, debemos dirigirnos a este tipo de adivinación mujeres y varones, viejos y jóvenes, pobres y ricos, particulares y gobernantes, los de la ciudad y los del campo, artesanos y oradores. Ella no declara proscrita a ninguna raza, edad, fortuna o profesión. En todas partes está a disposición de todos»

Pero el verdadero interés que tiene para nosotros la obra de Sinesio radica en el hecho de que siguiendo la vía abierta por Artemidoro en relación a la personalización de la interpretación onírica, la profundiza en el sentido de subrayar la absoluta subjetividad de los sueños, convirtiendo al soñador en el instrumento privilegiado para acceder a una correcta interpretación, lo cual anticipa en cierto sentido el método freudiano de la libre asociación, ello le conduce inevitablemente a la critica de todos sus predecesores:

«Algunos han reunido numerosos libros sobre estas observaciones, pero yo me río de todos ellos y los considero de escaso interés. Pues en el espíritu representativo, incluso en el primer momento de su constitución, una cosa difiere de otra, pues cada una pertenece a una esfera según lo predominante en aquel amasijo. ¿Cómo podrían hacerse visibles los mismos efectos a partir de las mismas causas?. Ni es así, ni podría serlo»

«Se ha de renunciar a la idea de que existan ideas comunes a todos. Que cada uno se tenga a si mismo como materia de este arte, que guarde en su memoria en que hechos se vio envuelto, cuándo y con qué tipo de visiones previas. De la adivinación por medio de los sueños el instrumento es cada uno en persona. De manera que ni aunque queramos podemos abandonar la sede del oráculo»

Con la caída del Imperio Romano y la cristianización de Occidente el panorama cultural cambió radicalmente. Las prácticas consideradas paganas fueron postergadas, cuando no claramente perseguidas o proscritas, los sueños y su interpretación no corrieron mejor suerte. Como consecuencia de ello el interés por los sueños, aún sin desaparecer, sufrió un fuerte retroceso pues fueron objeto del oscurantismo propio de la época.

A pesar de todo en la Alta Edad Media se mantiene arraigada la creencia popular en el valor oracular de los sueños y la antigua distinción entre sueños verdaderos y sueños falsos se trocó, bajo el influjo de la nueva religión imperante, en la de sueños divinos y sueños diabólicos [Schmitt 1985]. Por otra parte el Neoplatonismo había favorecido en gran manera la regresión al misticismo primitivo y los sueños conservaron su función epistemológica en tanto vía de conocimiento. Todo ello produjo un fenómeno que la historiadora Marta Fattori califica como «aristocratización» del sueño, esto es, se privilegian los sueños de los grandes hombres mientras se desprecia el soñar del hombre común, esta actitud tendrá su contrapartida en la posterior «laicización» de los sueños que se produce en el pasaje a la Baja Edad Media como consecuencia de una cierta inversión del orden social que acompaña a una atenuación de la rígida jerarquización anterior.

Podemos proponer como primer representante de esta tendencia a Macrobio, autor del siglo IV, que en su «Comentarius in Sommium Scipioni» desarrolla la idea de una jerarquía entre los soñadores de tal forma que solo deben ser tenidos en cuenta aquellos sueños tenidos por personas ilustres o dotadas de autoridad. Por otra parte Macrobio es conocido por haber diseñado una clasificación de los sueños en cinco tipos que llego a ser clásica, según él se dividen en: sommium, visio, oraculum, insomnium y visum.

Por la misma época a San Agustín, que reconocía el origen divino de algunos sueños: «Dios usa las imágenes oníricas para revelar al hombre cosas útiles de conocer», le preocupaba especialmente la cuestión de la responsabilidad moral del soñador ante aquellos sueños de contenido claramente pecaminoso, para él en los sueños:

«Nos mueven aquellas imágenes que están ausentes de nuestro sentido corporal y se encuentran depositadas en nuestra memoria, o las imágenes que nosotros a nuestro albedrío fabricamos, y disponiendo de ellas las aumentamos o disminuimos cambiándolas de sitio, de figura, de movimiento y de mil cualidades y formas. En esta clase entran también quizás aquellas imágenes que nos burlan mientras dormimos, cuando no son avisos divinos, si bien éstas últimas las padecemos sin querer y aquellas las manejamos a voluntad».

Siguiendo esta línea de pensamiento San Isidoro, que vivió en el siglo VII, afirma en su «Etimologías» que: «A veces Dios quiere indicarnos el futuro para lo cual se sirve de los sueños», mientras que en su «De Tantamentis Somniorum» alerta a los hombres justos acerca de los sueños lujuriosos e ilusorios.

Como mejor muestra de la llamada aristocratización antes mencionada encontramos en el siglo IX la obra de Nicéforo, patriarca de Constantinopla, que escribió un «Libro de los sueños». Este libro está escrito en versos yámbicos, la lengua es refinada, plagada de metáforas y carente de expresiones populares.

Con el paso del tiempo asistimos a un cambio de actitud respecto a los sueños. En la Baja Edad Media, a partir del siglo XII, los sueños dejan de ser considerados como espejo de un orden cosmológico que se rechaza o se identifica proyectivamente con Dios y empiezan a ser aceptados como un fenómeno natural y humano más racionalizado. [Mancia 1999]

Así encontramos posiciones como la de Giovanni Salísbury quien en su «Polícratus» siguiendo el pensamiento sinesiano introduce concepciones más actuales para la interpretación onírica como la de que las diferentes imágenes oníricas pueden tener diferentes significados o Pascale Romano quien además de retomar la antigua concepción de que los sueños pueden contribuir a una certera diagnosis médica, introduce la idea cada vez más extendida de que los significados profundos de los sueños se relacionan directamente con la posición de los astros en la bóveda celeste.

Esta estrecha conexión de la Astrología con la oniromancia procedía de una antigua creencia oriental que se propagó por toda Europa en la Baja edad media merced a la introducción de la Metafísica aristotélica con las traducciones de los autores árabes efectuadas en España e Italia y se mantuvo vigente hasta más allá del Renacimiento. La mayoría de los autores medievales la recogen en sus obras, cabe destacar entre ellos la figura de Vicente de Beauvais quien la menciona como una de las causas de los sueños y la de Alberto Magno quien en su «De Somno et Vigilia» dedica una parte de su texto al sueño premonitorio que atribuye al movimiento de los astros y al «lumen radiale stellarum» que éstos emiten y el alma percibe al dormir.

En el siglo XIII refulge con esplendor propio la figura de Santo Tomás de Aquino por el valor de su monumental obra, «Summa Teológica» y la influencia que supuso para la posteridad. En continua polémica con los filósofos averroistas y los franciscanos agustinistas a Santo Tomás le preocupaba especialmente el tema de la licitud o no de la adivinación a través de los sueños:

«Hay que decir: Que tal como queda dicho la adivinación basada en una opinión falsa es supersticiosa e ilícita. Por eso es necesario considerar qué es lo que puede haber de verdad en lo del conocimiento anticipado del futuro que se adquiere por los sueños»

Por ello se ve obligado a efectuar un estudio pormenorizado de los mismos, en razón de sus causas, que reproducimos a continuación por ser un claro exponente del pensamiento de la época:

«Trataremos pues de averiguar cuál es la causa de los sueños, y si tal causa puede producir o es capaz de conocer los sucesos futuros. Hemos de hacernos cargo de que las causas de los sueños unas veces son internas y otras externas. Y de que hay dos clases de causas internas. En primer lugar las de origen psíquico, por las cuales vienen a la imaginación del hombre mientras duerme las cosas en que su pensamiento y afecto se detuvo mientras estaba despierto. Tales causas de los sueños no son a su vez causa de los sucesos futuros. Por tanto estos sueños tiene una relación puramente accidental con tales sucesos, y si hay coincidencias entre unos y otros es pura casualidad. Otras veces en cambio las causas intrínsecas de los sueños son de orden corporal, y es que por la disposición interior de nuestro cuerpo surgen en la fantasía movimientos conformes con ella, y así, por ejemplo, se imagina en sueños que se está entre agua y nieve el hombre en el que abundan los humores fríos. Por esta razón dicen los médicos que debe prestarse atención a los sueños para conocer las disposiciones internas.

Las causas exteriores de los sueños son así mismo de dos clases: corporales y espirituales. En tanto son corporales en cuanto que la imaginación del que duerme se siente afectada por el aire de la estancia o por el influjo de los cuerpos celestes, de tal modo que aparecen en su interior ciertas representaciones fantásticas en conformidad con la disposición de esos cuerpos celestes. Por otra parte la causa espiritual es a veces Dios, que por ministerio de los ángeles, revela en sueños algunas verdades a los hombres según aquello de Num. 12,6: «Si hubiera entre vosotros algún profeta, yo me apareceré a él en visión o le hablaré en sueños». Otras veces por obra de los demonios surgen en los durmientes ciertas representaciones fantásticas con las que, en ocasiones, revelan sucesos futuros a los que establecen pactos ilícitos con ellos.

Así pues hay que decir que si alguien para pronosticar cosas futuras se basa en aquellos sueños que proceden de la revelación por causa divina o que proceden de causas naturales, intrínsecas o extrínsecas, sin salirse del campo de acción de tales causas no será ilícita la adivinación. Por el contrario si tal adivinación tiene por causa la revelación de los demonios con quienes se han establecido pactos expresos, pues con este fin se les invoca, o tácitos, la adivinación porque se extralimita extendiéndose a más de lo que debe será ilícita y supersticiosa»

Poco tiempo después de su muerte se produce desde París la condena eclesiástica obra de los teólogos agustinianos y que reza así:

«Quod deus vel intelligentia non infunden scientia animae humanae in somno nisi nediante corporae celesti y voluntas et intellectus non moventur in actu per se, sed per causam sempiternam, scilet corpora celestia»

Lo cierto es que por mucho interés que tuvieran las autoridades eclesiásticas en controlar la moralidad y las mentes de sus fieles, su rechazo hacia los sueños era una posición difícil de sostener pues los textos sagrados están trufados de sueños y como recordaba Santo Tomas, está escrito que Dios se aparecerá en visiones y hablará en sueños, y la palabra de Dios es difícil de rebatir. Por ello las tres grandes religiones monoteístas siempre han acogido en su seno el mundo de los sueños.

Así dice el Talmud que: «un sueño sin interpretar es como una carta que no ha sido abierta» y nos proporciona el dato singular de que en tiempos de Jesús convivían en la ciudad de Jerusalén no menos de 25 intérpretes de sueños, cantidad nada despreciable si pensamos en la escasa población de la época. Uno de los autores más representativos del judaísmo como fue Maimónides, en su «Guía para Perplejos», dedica un pormenorizado estudio a las profecías distinguiendo entre ellas once grados en función de la importancia de las mismas y los medios de transmisión. Los dos primeros corresponden al estado de vigilia los cinco siguientes se producen en los sueños y los cuatro últimos corresponden a la visión, teniendo en cuenta las íntimas conexiones entre sueños y visiones, sobre las que él mismo reflexiona, podemos hacernos una idea de la importancia que los sueños tuvieron para el Judaísmo.

«La profecía es una emanación de Dios, exaltado sea, mediante el intelecto en primer término, y seguidamente sobre la facultad imaginativa». «Sabemos así mismo las operaciones de la facultad imaginativa, como son: conservar el recuerdo de los objetos sensibles y combinarlos, así como lo específico de su naturaleza, reproducir, y su más alta y noble actividad se realiza cuando los sentidos cesan en sus funciones: entonces es cuando sobreviene una especie de inspiración, que es la causa de los sueños verdaderos y de las profecías, en que no hay diferencia específica, sino solamente en más o en menos. Ten en cuenta que cuantas veces nos dice un pasaje escrituario de alguien que le habló un ángel, o le fue dirigida la palabra de Dios, sólo pudo ocurrir en sueño o visión profética. No se especifica que en la visión sea factible oír palabras. No obstante, podría admitirse que toda visión en que se trata de palabras oídas, era efectivamente en un principio una visión, pero después pasó a un sopor, trocándose en un sueño»

Por otra parte, según la tradición musulmana, toda la primera parte del Corán fue revelada por Alá a Mahoma a través de los sueños. El propio Mahoma era un ferviente partidario de los sueños y su interpretación, acostumbraba a reunirse cada mañana con sus seguidores más fieles para relatarse e interpretase mutuamente los sueños de la noche precedente. También es a causa de un sueño atribuido al profeta por lo que se produjo la primera escisión entre sus seguidores, la de los sunnitas, división que se mantiene al día de hoy.

Vemos pues que la Tabir, como denominan los musulmanes a la interpretación onírica, tuvo desde siempre una especial relevancia entre ellos. Su representante más egregio fue sin duda Achtmed el Serim, interprete oficial de la corte del emperador abasida Almamún, quien recogió la tradición oniromántica de los indios, persas y egipcios en un texto del que puede encontrarse la primera traducción latina en la obra escrita en 1603 por Nicolás Rigalt y que incluye también la obra de Artemidoro. De la amplia difusión que entre los árabes tuvo siempre la Tabir da cuenta el dato reflejado por Fernández y González en su «Plan para una biblioteca de autores árabes españoles» donde afirma que existen más de 7.700 autores de libros de aquella clase.

El Renacimiento trajo consigo una concepción más humanista e individualista del hombre y ello permitió, por un tiempo, un resurgir del interés por los sueños que tuvo su manifestación en todos los ámbitos de la vida cultural. Los grandes literatos del Renacimiento italiano son una prueba de ello, tanto Dante como Boccaccio recogen en sus obras este nuevo espíritu, que tiene su correlato, en el ámbito de la plástica, en el magnífico «Jardín de las Delicias» de Jerónimo Bosco.

Jerónimo Cardano, prototipo del hombre culto renacentista, no solo fue matemático, filósofo, médico y empedernido jugador de ajedrez sino que su «Libro de los Sueños» es la obra más importante que respecto a la interpretación onírica se había escrito desde los tiempos de Artemidoro. Aunque él se declara explícitamente seguidor de Sinesio, la presencia del autor de Éfeso se respira a lo largo de toda su obra. Paradójicamente es un autor muy poco conocido pues la primera traducción contemporánea es extremadamente reciente.

Para Cardano el arte de la interpretación es perfectamente natural y para ejercitarlo solo es preciso poseer el conocimiento necesario y ciertas cualidades:

«En realidad si consideramos la interpretación, no como destino sino como una cosa natural, como señal y conjetura, no sólo adquiriremos el conocimiento del futuro, sino también el modo de sacar provecho de este conocimiento. Sólo a los sabios les está permitido interpretar los sueños. Se requiere, pues, una naturaleza propicia para ver, un ingenio pronto para interpretar y una no pequeña prudencia para usar este arte»

También las causas que provocan los sueños son perfectamente naturales y conocidas. Según Cardano se dividen en cuatro grupos:

«Hay causas corpóreas e incorpóreas y ambas pueden ser nuevas o existir con anterioridad. Deben distinguirse pues cuatro géneros de sueños. Son causas nuevas y corpóreas los alimentos y las bebidas. Entre las causas ya existentes se encuentran los humores. Las causas incorpóreas y ya presentes son las preocupaciones, los pensamientos, los recuerdos, y los afectos. Las nuevas e incorpóreas están insinuadas en el alma por una causa superior. Los sueños que provienen de una causa superior están provocados por la intervención de los cuerpos celestes»

Como a Artemidoro, a Cardano solo le interesan los sueños en tanto en cuanto son un instrumento para predecir el futuro y éstos tienen causas precisas:

«Es preciso preguntarse ante todo a qué género de sueños pertenecen los que deseamos examinar, y cuales de ellos son verídicos y cuales otros son falsos. De hecho solo revelan el futuro los sugeridos por una causa superior o los que provienen de los humores»

Para Cardano cada sueño puede ser el resultado de una mezcla de las cuatro causas que los provocan y la principal tarea del intérprete es saber distinguir qué imágenes oníricas corresponden a cada una de ellas para rescatar aquellas que conducen a la predicción y desechar las demás por ser ineficaces a tal efecto:

«Me queda por explicar algo que hace extremadamente difícil la interpretación de los sueños. Se trata de distinguir entre el elemento anamnésico y las visiones, de hecho no hay nada que estorbe más la interpretación y la haga más falaz que la mezcla de estos dos elementos, cosa por otro lado frecuentísima. En realidad son poquísimos los sueños en los que no se de alguna mezcla de elementos procedentes de recuerdos del pasado que contaminan todo el sueño»

Cardano demuestra conocer a la perfección el papel que juega la memoria y los complejos mecanismos que rigen la elaboración onírica, incluidas las implicaciones lingüísticas:

«Cuando alguien sueña una cosa que le es extraña, se trata sencillamente de una imagen defectuosamente recordada o del fruto de una transposición. Todos los sueños proceden pues de un conocimiento imperfecto, de la transposición y de la mezcla de las cosas vistas. Todo sueño es reminiscencia y el mecanismo puesto en juego en los sueños es el de la transposición. La transposición se lleva a cabo, o bien por la multiplicidad de las semejanzas y de los aspectos generales en que concuerdan las cosas representadas, o bien por una concordancia considerable de un aspecto general. Se dan transposiciones también en el caso de las palabras»

Lo mismo ocurre a la hora de la interpretación. La variabilidad de la misma y de la subjetividad del soñador no se le escapan a Cardano:

«Debemos considerar que un mismo sueño no tiene el mismo significado para todos y que algunas cosas pueden tener múltiples significados, así como que el contexto de las imágenes determina sus diversos significados. Debe prestarse atención a la secuencia de los acontecimientos en los sueños, a como se pasa de una cosa a otra y a cómo acaba todo. También deben tenerse en cuenta las características del soñador. De ordinario los sueños se transponen de las situaciones generales a las particulares»

Así mismo es consciente de la dificultad que entraña el tema que tiene entre manos:

«No debe admitirse que del estudio de los sueños pueda extraerse una teoría que lleve al hombre al conocimiento exacto, perfecto y específico de su objeto. El tratado de los sueños no podrá por pura lógica conducir a nada definitivo, ni se le podrá circunscribir, ni dar por concluido de una vez por todas. Por este motivo resulta inevitable que la ciencia de los sueños sea una materia de suma dificultad: es ardua porque su misión consiste en intentar contener en lo finito realidades infinitas»

Con Cardano se pone punto y final a esta brillante época de la Historia donde despertó de nuevo el interés por los sueños, pues el Renacimiento trajo consigo no solo este resurgir de la onirología sino también, con Kepler y Copérnico, los primeros vestigios de los fundamentos de la Ciencia y así, con el paso del tiempo, las concepciones sobre los sueños fueron derivando hacia posiciones cada vez mas racionalistas y por lo tanto el escepticismo en relación al valor de los sueños fue aumentando paulatinamente conforme las nuevas concepciones fueron desprendiéndose de los aspectos psicológicos de los mismos. Esta nueva orientación que adquiere el pensamiento sobre los sueños se concreta en el siglo XVII y perdurará durante los siglos posteriores y en realidad se mantiene hasta el día de hoy. Muchos ilustres pensadores y filósofos del siglo XVII, como Hobbes, Leibnitz, Descartes o Pascal, utilizaron los sueños como tema de sus reflexiones filosóficas. Así Descartes principia la primera de sus Meditaciones Metafísicas de la siguiente forma:

«Debo considerar aquí que soy hombre y por consiguiente tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas que esos insensatos cuando están despiertos, y fijándome en este pensamiento, veo de un modo manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten para distinguir con toda claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo»

Y tras seis largas meditaciones, en las que sienta las bases de su conocido método de la duda metódica, termina concluyendo la sexta de la siguiente forma:

«Y debo rechazar, por hiperbólicas y ridículas todas las dudas de estos días pasados, y en particular aquella tan general acerca del sueño, que no podía yo distinguir de la vigilia. Pues advierto ahora entre ellos una muy notable diferencia: y es que nuestra memoria no puede nunca enlazar ni juntar nuestros sueños unos con otros, ni con el curso de la vida, como sí acostumbra a unir las cosas que nos acaecen cuando estamos despiertos»

Esta concepción cartesiana de que los sueños no pueden ser puestos en relación con el curso de la vida despierta supuso sin duda un inexpugnable obstáculo para poder apreciar el contenido psicológico de los mismos sólo removido por el aporte freudiano, a la vez que su aseveración de que la memoria es incapaz de enlazar unos sueños con otros inhabilitó durante siglos al pensamiento científico y filosófico para poder acceder a una concepción de la vida onírica en continuidad. La nueva orientación que adoptó el pensamiento filosófico frente al fenómeno onírico se resume en el pensamiento de Hobbes:

«Las imaginaciones de los que duermen son lo que llamamos sueños. Y también éstas, como todas las demás imaginaciones, han estado antes, total o parcialmente, en la sensación. Y puesto que el cerebro y los nervios, que son órganos necesarios para la sensación, están tan embotados cuando se duerme que no son fácilmente estimulados por la acción de los objetos externos, no puede darse ninguna imaginación al dormir, ni por consiguiente sueños, que no procedan de las partes internas del cuerpo humano. Estas partes internas, debido a las conexiones que tienen con el cerebro y otros órganos, los mantienen en movimiento cuando son perturbadas; con lo cual las imaginaciones que allí se han producido con anterioridad aparecen como si uno hubiera estado despierto, salvo que al estar ahora embotados los órganos de la sensación, como no hay ningún nuevo objeto que pueda dominarlas y oscurecerlas con una impresión más vigorosa, un sueño tiene necesariamente que ser más claro en este silencio de los sentidos que nuestros pensamientos en estado de vigilia, y por eso viene a ser que es un asunto arduo y que muchos tienen por imposible, el distinguir exactamente entre el sentir y el soñar. Y puesto que vemos que los sueños son causados por la perturbación de algunas partes internas del cuerpo, distintas perturbaciones tienen necesariamente que causar sueños diferentes, y de ahí que el sentir frío cuando se está acostado engendre sueños de temor y haga surgir el pensamiento y la imagen de algo temible, y así como la ira causa calor en algunas partes del cuerpo cuando estamos despiertos, así también cuando dormimos un excesivo calentamiento de las partes causa ira y hace surgir en el cerebro la imaginación de un enemigo. Del mismo modo al igual que la amabilidad natural causa deseo, y el deseo produce calor, en otras partes determinadas del cuerpo, así también un calor excesivo en tales partes del cuerpo mientras dormimos hace surgir en el cerebro una determinada imaginación en la que se muestra algún tipo de amabilidad. En suma, nuestros sueños son el reverso de nuestras imaginaciones en estado de vigilia, comenzando el movimiento en un extremo cuando estamos despiertos y en el otro cuando soñamos»

Esta posición culmina en el siglo XVIII con la Ilustración. Para Kant los sueños carecen de todo valor, se producen en un estado de semivigilia y son una mezcla de percepciones y fantasías. Su posición se sintetiza en el aserto de que: «los sueños tienen su base en los desórdenes estomacales». En su libro «Los sueños de un Visionario» se puede leer:

«En los sueños el hombre no está dormido totalmente, siente con claridad en cierta medida y teje las operaciones de su espíritu junto con las impresiones de los sentidos externos. Por ello las recuerda parcialmente, aunque también encuentra burdas y banales quimeras, como inevitablemente tenía que suceder, puesto que se entremezclan ideas de la fantasía con ideas de la sensación externa»

Con el Romanticismo resurgió fugazmente el interés por los sueños, los románticos pusieron en tela de juicio estas ideas sobre el sueño y recalcaron sus potencialidades creativas y su participación en el descubrimiento de nuevas realidades. Esto queda claramente expresado en la obra de Goethe, a quien por otra parte tampoco se le escapa dimensión altamente subjetiva de los sueños y en sus «Conversaciones con Eckermman» se lee:

«Por lo que veo las musas le visitan a usted en sueños y le tratan con marcado favor pues usted mismo reconocerá que ni aún despierto habría podido imaginar algo tan original y tan bello». «Esos cuadros caprichosos (los sueños) puesto que se originan en nosotros pueden muy bien poseer una analogía con nuestra vida y nuestro destino»

Durante el siglo XIX los sueños fueron objeto de interés y estudio por parte de los científicos y de filósofos tales como Schopenhauer, Emerson, Nietzsche o Bergson, que mantuvieron en líneas generales la actitud de sus predecesores.

Arthur Schopenhauer aunque participa de la opinión general sobre la génesis de los sueños concede una cierta participación a la personalidad del soñador en la misma:

«Por la noche, cuando cesa el ensordecedor efecto de las impresiones diurnas, pueden ya conseguir atención, aquellas impresiones, que llegan desde el interior del organismo, análogamente, a como por la noche, oímos fluir una fuente, imperceptible durante el día. A estos estímulos reaccionará el intelecto realizando su peculiar función, esto es, transformándolos en figuras situadas dentro del tiempo y el espacio y obedientes a las normas de causalidad. Tal seria la génesis del fenómeno onírico». «En los sueños hablamos y obramos conforme a como somos»

A Ralph Waldo Emerson los sueños parecen merecerle una muy distinta consideración de la opinión general predominante en la época, según se desprende de la lectura de su «Demonology»:

«Los sueños poseen integridad y verdad poética y hay cierta razón que los gobierna. Su extravagancia corresponde no obstante a una naturaleza más elevada. Nos irritan independizándose de nosotros pero al mismo tiempo nos reconocemos en esa caterva desequilibrada. A menudo son la maduración de opiniones no concretadas. El hombre prudente lee sus sueños para conocerse a sí mismo»

Friedrich Nietzsche representa muy bien el pensamiento general. Para Nietzsche los sueños no son más que la interpretación, completamente arbitraria, por parte de la conciencia de las irritaciones nerviosas. En «El Amanecer del Día» refiriéndose a los sueños escribe:

«Estas invenciones en las que nuestros instintos y nuestros deseos pueden tener libre juego y amplio alcance son el resultado de las interpretaciones de la irritación nerviosa mientras dormimos, interpretaciones absolutamente libres y arbitrarias de los movimientos de la sangre o de nuestros intestinos, de la presión de nuestros brazos y las cubiertas de la cama, o del sonido de una campana, el canto de los gallos, o el revolotear de las polillas»

Para Henri Bergson, que dedico un pequeño estudio al tema, titulado «El Ensueño», los sueños tienen su origen en los estímulos somáticos, pero a diferencia del anterior no cree que los instintos o anhelos que nos dominan tengan ninguna influencia, aunque concede cierta participación al estado afectivo del soñador. Los recuerdos olvidados forman el contenido de los sueños y son los recuerdos que mayor coincidencia presentan con los estímulos somáticos los que toman cuerpo en los sueños:

«De los recuerdos fantasmas que aspiran a saturarse de color y sonoridad, en una palabra, de materialidad, los únicos que logran su objetivo son aquellos que pueden asimilarse a las sensaciones internas y externas que percibimos y los que responden además al tono afectivo de nuestra sensibilidad general. Cuando se efectúa esta unión entre la memoria y la sensación se producen entonces nuestros sueños»

Durante el siglo XIX tanto los fundamentos de la ciencia como sus métodos de investigación se habían consolidado lo suficiente como para despreciar aquellos fenómenos que rezumaran cierto halo de misticismo, esoterismo o irracionalidad. Los sueños fueron objeto de atención por parte de numerosos investigadores científicos de cuyos trabajos da pormenorizada cuenta Freud en el primer capítulo de la Traumdeutung. La publicación en 1873 de la obra de Wundt, «Elementos de Psicología Fisiológica» inaugura para la ciencia una nueva disciplina, la Psicología experimental. Para él, que es el máximo representante del pensamiento científico general, los sueños se producen en un estado de vigilia parcial, carecen de todo interés psicológico y su origen es básicamente somático:

«Probablemente la mayoría de las representaciones oníricas son en realidad ilusiones emanadas de las leves impresiones sensoriales que no se extinguen nunca durante el reposo. A mi juicio desempeñan también un papel esencial, en las ilusiones oníricas, aquellas sensaciones subjetivas visuales o auditivas, que en estado de vigilia nos son conocidas como caos luminoso del campo visual oscuro, zumbido de oídos, etc. entre ellas especialmente, las excitaciones subjetivas de la retina»

Los sueños, por lo tanto, fueron concebidos por el pensamiento dominante de la época como reacciones absolutamente superfluas a las perturbaciones del reposo ocasionadas por un estímulo cualquiera, quedando así despojados de todo valor psicológico y careciendo pues de todo sentido su posible interpretación. Se los comparaba con el sonido que los dedos de un individuo totalmente profano en música producirían sobre un piano al recorrer su teclado al azar. Esta posición queda resumida en las siguientes palabras de Binz:

«Los sueños son un proceso somático inútil en todo caso y hasta patológico en muchos de ellos»

Ante este estado de cosas es pues comprensible que el interés despertado por los sueños al comienzo del siglo XX fuera mínimo en todo caso, lo cual no hace sino magnificar ante nuestros ojos la figura y el trabajo del honorable Sigmund Freud quien en un movimiento contracorriente, cual salmón que remonta las turbulentas aguas del caudaloso río en su viaje de retorno a los orígenes, con la publicación de su Traumdeutung en 1900 recuperó para los sueños el lugar de privilegio que les corresponde dentro del contexto de la vida psíquica. La importancia del pensamiento freudiano y la influencia que ha tenido en todos los ámbitos del saber y la cultura a lo largo del siglo XX ha sido amplia y suficientemente reconocida. Su «Interpretación de los Sueños» siempre fue para él mismo su mayor contribución a la ciencia y todos los entendidos en el tema, aunque discrepen abiertamente de las concepciones freudianas, así lo reconocen:

«La Interpretación de los sueños de Sigmund Freud sigue siendo el trabajo individual más importante de la psicología de los sueños. Es el punto de partida de todo estudio serio de lo sueños en la actualidad» [Foulkes]

«A menos que se parta de un sólido conocimiento del trabajo pionero de Freud, ningún intento de estudiar los sueños y la vida onírica, logrará avanzar en el problema sin originar más confusión que claridad» [Meltzer]

Sin embargo la Traumdeutung tuvo una muy escasa repercusión en los años inmediatamente posteriores a su publicación, lo cual llevó a su autor a añadir en 1909 un pequeño apéndice al final del capítulo I donde nos dice:

«A los pocos críticos que han comentado mi obra, no les puedo contestar sino invitándoles a leerla de nuevo, o simplemente, a leerla»

Con el paso de los años la obra freudiana fue difundiéndose ampliamente y el autor adquirió renombre internacional. En 1909 se fundó la Asociación Psicoanalítica internacional (I.P.A.) y por un tiempo los sueños fueron objeto de estudio y de un ávido interés por parte de numerosos investigadores que veían en esta nueva disciplina, el psicoanálisis, un camino prometedor para abordar la psicología y la psicopatología. Sin embargo el propio desarrollo del psicoanálisis facilitó el que nuevas cuestiones, tales como la relación de objeto o la transferencia, fueran absorbiendo el interés de sus seguidores y con el tiempo los sueños fueron apartados del escenario principal, así se desprende del comentario que el mismo Freud nos ofrece, ya en las postrimerías de su vida, en 1933:

«Hojead conmigo la colección de la Revista Internacional de Psicoanálisis Médico en la cual constan desde 1913 los principales trabajos sobre nuestra ciencia. En el primer tomo hallaréis una sección permanentemente dedicada a la interpretación de los sueños con numerosas aportaciones a los distintos problemas de la teoría de los sueños. Pero conforme vayáis avanzando en vuestra búsqueda veréis que tales aportaciones se hacen cada vez menos frecuentes, hasta la desaparición total de la sección correspondiente. Los analíticos se conducen como si nada tuvieran ya que decir sobre los sueños, como si la teoría sobre los mismos fuera ya cosa acabada»

En los primeros años de la segunda mitad del siglo XX se produjo el descubrimiento científico más importante de la historia de los sueños: el sueño REM y el ciclo del sueño. Dicho descubrimiento atrajo rápidamente la atención de los investigadores y en los años siguientes se desarrolló una intensa labor de investigación que condujo a una proliferación sin precedentes de las publicaciones científicas sobre el tema y culminó con la implantación por todo el mundo desarrollado de los llamados laboratorios del sueño. Lo que comenzó siendo un descubrimiento espectacular y el avance más prometedor en cuanto al estudio de los sueños se refiere, pronto fue derivando hacia el estudio del fenómeno del dormir y sus diversas patologías hasta el punto de que hoy en día en los países más avanzados, los nuevos conocimientos adquiridos han acabado por constituirse en una nueva especialidad médica, la Medicina del Sueño (Sleep Medicine). Como consecuencia de ello, en las últimas décadas, el estudio de los sueños, aunque sin llegar a desaparecer, a vuelto a sumirse en un profundo letargo.

Antes de terminar este capítulo quisiéramos precisar que todo lo que en él se incluye no pretende ser en absoluto una historia del sueño, sino simplemente una aproximación al panorama general que el interés, que los sueños han despertado en el hombre a través de la historia, nos ofrece, cierto es que resulta muy difícil, por no decir imposible, desligar dicho interés de las diferentes concepciones que de los sueños, en cuanto a sus causas y funciones, se han formado los hombres de todas las épocas y culturas. Hago esta precisión con el objeto de animar al lector interesado a beber de las fuentes originales y a consultar a los autores especializados ya que todo lo que antecede, tomado como tal historia, no pasa de ser un pálido reflejo, un esqueleto altamente incompleto de lo que en realidad es la deslumbrante y vigorosa anatomía del impresionante y robusto cuerpo de conocimientos que conforman la onirología. Para concluir quisiéramos enfatizar el hecho de que los sueños han desempeñado, desempeñan y seguirán haciéndolo, un papel fundamental en la constitución y desarrollo de la cultura en general y de cada uno de nosotros en particular y que, por lo tanto, los sueños son uno de los fenómenos mentales más interesantes que podemos encontrar aunque lamentablemente no interesan prácticamente a nadie.

Por último quisiéramos reflejar mínimamente cómo los sueños han influido en el discurrir de los acontecimientos históricos a lo largo del tiempo, con dos mínimos ejemplos. El primero de los cuales constituye un lugar común dentro del campo de la onirología, trátase éste del famoso sueño de Alejandro Magno quien hallándose ya desesperado en su persistente, y hasta ese momento inútil, intento de conquistar la ciudad de Tiro y cuando estaba a punto de claudicar en sus intenciones y retirar el asedio que se prolongaba ya en exceso, tuvo un sueño. En este sueño aparecía un sátiro bailando sobre un escudo, conmocionado por el efecto que tal sueño le produjo, mando llamar al onirocrítico de su corte, el famoso Aristandro, quien ingeniosamente descompuso la palabra sátiro en sus componentes primordiales «sa» y «tiro», resultando ser que «sa» en su lengua significaba «tuya», de tal forma que facilitó a Alejandro la siguiente interpretación: «el sueño significa que Tiro será tuya», así que ante esta interpretación el gran Alejandro cambió de idea y reanudó su ataque, efectivamente en pocos días conquisto la ciudad de Tiro.

El segundo ejemplo es muchísimo mas reciente y ha tenido unas consecuencias determinantes para el desarrollo de la ciencia actual, concretamente en el campo de la química orgánica, se trata del descubrimiento efectuado por el insigne químico alemán Friedrich August Kekulé von Stradnitz de la primera molécula orgánica de estructura anular, esto es, de la molécula elemental del benceno. Dicho problema constituía una de las cuestiones más difíciles y complejas a las que se enfrentaba la química del siglo XIX pues dicha estructura en forma de anillo era a todo punto impensable puesto que hasta ese momento sólo eran conocidas las estructuras moleculares de conformación lineal. Tal descubrimiento lo realizo según él mismo nos refiere gracias a un sueño:

«De nuevo los átomos se arremolinaron a mi alrededor en el ojo de mi mente que estaba llena de imágenes parecidas, podía ver formas grandes y extrañas en forma de largas cadenas, las formas se retorcían como serpientes, de pronto ocurrió algo, una serpiente mordió su propia cola y formó una figura anular que giró ante mis ojos, sentí como si me hubiera alcanzado un rayo y desperté.»

Así describió su descubrimiento en un congreso científico celebrado en el año 1880 y culminó su exposición con estas magníficas palabras:

«Aprendamos a soñar caballeros y entonces, así, quizás conozcamos la verdad.»

«Muchas veces me sentí impulsado a emprender el presente trabajo y siempre me detuve, no porque cediese yo por pereza o insensatez, sino porque me sobrecogía la magnitud y la multiplicidad de las cuestiones que en él se plantean»

Aquel que interesado por el fenómeno onírico se haya tomado la molestia, y haya tenido la fortuna y la oportunidad de conseguir reunir el tiempo suficiente y la paciencia necesaria, como para proceder a una extensa revisión de la literatura onírica existente desde los tiempos de la Antigüedad clásica hasta las comunicaciones científicas más actuales, advertirá sin dificultad, tras las palabras que sirven de encabezamiento a esta introducción, el pensamiento del más célebre intérprete de sueños de la Antigüedad. Si nos permitimos el atrevimiento de emular a tan insigne personaje, al iniciar este texto con las mismas palabras que él empleó para dar comienzo al libro primero de su famoso tratado, no sólo es con el objeto de rendirle un merecido y consabido tributo, ni tan siquiera por el hecho de que nos hallemos identificados con el estado de ánimo que tales palabras parecen destilar, sino también y sobre todo, porque según nuestra opinión tales palabras constituyen un fiel reflejo de la situación con la que aún hoy en día ineludiblemente se tropezará todo aquel investigador que se disponga a realizar un estudio mínimamente serio acerca del fenómeno onírico.La magnitud y la multiplicidad de las cuestiones que se suscitan al emprender un estudio tal, es impresionante. Cualquiera que se interese en profundidad por el tema podrá comprobarlo, pues se verá inexorablemente conducido, cual tronco que va a la deriva arrastrado por las turbulentas aguas de un caudaloso río, a las más diferentes y profundas pozas del saber. Se comienza por un texto cualquiera, la Traumdeutung por ejemplo, y en el transcurso de los meses y los años las estanterías se van poblando hasta la invasión y el escritorio desnudo, pulcro y ordenado al comienzo, desaparece sepultado bajo un caótico sin fin de polvorientos libros versados en las disciplinas más variopintas.La Antropología, la Historia, la Mitología, la Religión, la Filosofía, la Lingüística, la Medicina, la Psicología y por supuesto las Neurociencias y el Psicoanálisis, por mencionar sólo algunas de entre las más importantes, se dan cita todas ellas en este trabajo, convocándose mutuamente las unas a las otras, a lo largo del recorrido de este camino que es un viaje sin retorno, que se emprende y se continua a si mismo, sin que el itinerante viajero pueda apenas apercibirse de ello, y cuando lo hace ya es demasiado tarde para dar marcha atrás, y no puede sino continuarlo hasta el final del trayecto.Así pues los sueños constituyen un singular punto de encuentro, un inevitable cruce de caminos, un foco de convergencia omnímodo donde confluyen, se confrontan y entretejen las más variadas disciplinas, científicas o no, y de entre aquellas las naturales y las humanas. Y no podría ser nunca jamás de otra manera, pues en efecto, nada hay más humano y natural que soñar y nada más natural y humano que tener un sueño.Y es por causa de un sueño, que alguna vez tuvimos despiertos, que nos vemos arrastrados ahora por la magnitud de esta corriente que nos lleva mientras conmueve las cenagosas y cristalinas aguas de este caudaloso río onírico, y nos hallamos aquí, sobrecogidos ante la multiplicidad de las formas en las que la cosa se nos muestra, para dar cuenta precisamente de eso, de que los sueños son un río que continúa y que progresa, donde la cosa fluye y se procesa.

¿Quién no se ha despertado alguna vez sobresaltado por el contenido de un angustioso sueño, y quién no ha quedado conmocionado por un sueño sorprendente, e incluso, quién no ha tenido un sueño insulso, anodino y baldío que insiste en permanecer inalterable en su conciencia, quién no ha tenido un sueño que recurre y se repite?. Pero… ¿qué extraña cosa son los sueños?

Los sueños son productos del aparato psíquico y en tanto en cuanto productos del mismo no pueden sino manifestar, por defecto o por exceso, las facultades propias de tal aparato y las propiedades inherentes a la materia prima que procesa. Aparato que imperceptible, silenciosa e incesantemente hilvana, teje y a veces borda, la tupida y evanescente trama que los conforma, utilizando para ello los delicados y escurridizos hilos en los que se deslía la cosa. Así pues la percepción, los afectos, la memoria, la conciencia, la simbolización, el lenguaje, el pensamiento y la inteligencia, todas ellas son funciones del aparato que se hallan comprometidas en el estudio de los sueños, pues todas ellas participan en su constitución.

Ahora bien, los sueños, a diferencia de cualquier otro producto psíquico, se producen en las singularísimas condiciones que proporciona a la psique el particular estado de funcionamiento que supone el dormir, y por ello mismo, por no estar interferidos por las habituales condiciones de la vigilia, los sueños están más próximos a la cosa, la velan y la desvelan y parece que la líen, cuando en realidad la leen. Precisamente por ello proporcionan, como objeto de estudio, una atalaya privilegiada desde la cual, por muy lejanos o ajenos que se nos ofrezcan a primera vista, podemos atisbar los horizontes y vislumbrar los orígenes de los mecanismos de funcionamiento puestos en acción en dicho aparato para intentar procesar la cosa.

Así creemos lo entendió Freud y así lo confirman reconocidos investigadores actuales, muy alejados de las posiciones psicoanalíticas. Así por ejemplo un psicólogo cognitivista como David Foulkes escribe en su «Gramática de los Sueños»:

«Los sueños son un problema tan esencial para el estudio de la mente, que su resolución puede ayudar a revelar las estructuras fundamentales del pensamiento humano»

Y un neurofisiólogo, pionero en los estudios sobre el sueño y los sueños, como Michel Jouvet, miembro fundador de la A.P.S.S. (Association of Professional Sleep Societies), sostiene en una de sus últimas publicaciones titulada «El Sueño y los Sueños»:

«Parece que una de las vías que conducen a la explicación del funcionamiento de la mente reside en el estudio de los sueños, puesto que existe una estrecha correlación entre las fluctuaciones energéticas del cerebro y la aparición de éstos. La actividad onírica es una de las últimas fronteras de las neurociencias y comprender lo que es la conciencia onírica, es pues la ultima frontera de la neurobiología, más lejana todavía sin duda que la comprensión de la conciencia despierta»

De lo dicho hasta el momento podría extraerse la errónea conclusión de que los sueños constituyen objeto del interés general o al menos del interés científico en particular. Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que hoy en día la cantidad de textos y comunicaciones científicas es inabarcable, ello es debido a la superproducción y acumulación existente hoy sobre cualquier materia y no a la importancia relativa que se le concede a los sueños, pues lo auténticamente cierto es que el interés que despiertan los sueños, tanto en el ámbito individual como en el científico, es absolutamente insignificante.

Si algo hay que destacar y no debe cesar de sorprendernos, y hasta de maravillarnos, es la inmensa facilidad con la que los sueños son sistemáticamente olvidados, y por lo tanto, ignorados, cuando no vilipendiados, descalificados y despreciados. No podemos por menos que estar en perfecto acuerdo con Eric Fromm cuando en su olvidado «Lenguaje Olvidado» nos recuerda que:

«Hemos perdido el don de asombrarnos. Esta actitud es quizá la razón principal por la que uno de los fenómenos más asombrosos de la vida, los sueños, provoca en nosotros tan poca admiración y tan poca curiosidad. Todos soñamos, no entendemos nuestros sueños, pero nos conducimos como si nada raro pasara mientras dormimos»

Cabría esperar que la actitud de los científicos, consagrados al estudio y esclarecimiento de los fenómenos más inverosímiles, difiriera un tanto de esta actitud general, con la que una aplastante mayoría de los humanos aborda sus propios sueños, pero la situación es muy otra. Ya nos decía Freud en 1917 que:

«Dedicarse a investigar sobre los sueños es considerado no sólo como una ocupación falta de todo valor práctico y absolutamente superflua sino también como un pasatiempo censurable y anticientífico revelador de una tendencia al misticismo. Parece en general inverosímil que un médico se consagre al estudio de los sueños, cuando la neuropatología y la psiquiatría ofrecen tantos fenómenos infinitamente más serios».

Situación que parece no haber variado mucho si atendemos a lo que nos relata Peretz Lavie, uno de los más prestigiosos investigadores actuales del sueño, Decano de la Facultad de Medicina del Technión, en Haifa, y director de uno de los laboratorios del sueño más avanzado del mundo, en la introducción a su obra «El Fascinante Mundo del Sueño»:

«Con frecuencia al entablar conversación por primera vez con una persona que me pregunta a qué me dedico vacilo unos segundos antes de responder, pues la experiencia me ha enseñado que existen dos tipos de reacción a mi respuesta. La primera suele ir acompañada de una sonora carcajada: ¿Pero qué hay que estudiar acerca del sueño? y la segunda es una rápida petición de consejos y medicación para combatir los ronquidos o el insomnio»

Los sueños acompañan al hombre durante toda su vida y desde el principio mismo de su existencia, incluso desde antes de que sea alumbrado a la luz del día, tanto en el sentido ontogénico como en el filogénico, y con toda probabilidad preceden a su propia humanidad, como parece demostrarlo el hecho de que tanto en el feto humano como en todas las aves y mamíferos es posible identificar electroencefalográficamente un trazado similar al correspondiente en el sujeto adulto al sueño paradójico, momento en el cual, se producen los sueños.

La actitud general del hombre en relación al interés que despiertan en él sus propios sueños ha seguido a través de la historia un curso irregular, sinuoso y serpenteante, aumentando y disminuyendo en función de las épocas y culturas imperantes para seguidamente volver a resurgir con ímpetu renovado y posteriormente languidecer de nuevo una vez más y sumirse en un profundo y solaz letargo. En general podría decirse que el interés ha seguido un curso decreciente siendo máximo en los albores de la civilización.
Así se desprende de la lectura de los textos que los antropólogos especializados en las Culturas Primitivas han dedicado al tema. En «La Mentalidad Primitiva» de Lucien Levy Bruhl encontramos la siguiente síntesis:

«Para la mentalidad primitiva, como es sabido, el mundo de lo visible y el mundo de lo invisible forman un todo. La comunicación entre lo que llamamos la realidad sensible y las potencias místicas es pues constante, pero en ninguna parte esta comunicación puede efectuarse de una forma más completa e inmediata que en los sueños, donde el hombre pasa de un mundo al otro sin advertirlo. Tal es en efecto la representación ordinaria que de los sueños se hacen los primitivos. El alma abandona momentáneamente su cuerpo, a veces se va muy lejos y conversa con los espíritus o con los muertos, otras veces son los espíritus de los muertos, o bien de otras potencias, los que vienen a visitar el alma mientras se duerme. Los sueños traen a los primitivos datos que para ellos valen tanto, sino más, que las percepciones obtenidas durante la vigilia. En muchas sociedades primitivas cada uno presta a sus sueños la mayor atención y las gentes se interrogan unas a otras, todas las mañanas, sobre sus sueños, se los cuentan e interpretan. En principio lo visto en sueños es verdad. De nada se puede estar tan seguro como de lo que revelado en sueños, los primitivos creen en todos los sueños sin excepción, algunos pueblos distinguen entre ellos unos que son verídicos y otros que no lo son, considerando estos últimos como meros productos de la imaginación, hecha esta reserva el primitivo no duda de la veracidad de los sueños. Lo que éste muestra ha llegado, lo que anuncia llegará. No es menor la certeza tratándose de un acontecimiento pasado o de algo que tuvo lugar a distancia. Así como las cosas vistas en sueños son reales, los actos cometidos en sueños entrañan la responsabilidad de sus autores y se les puede pedir cuenta por ellos».

Cuando esta singular importancia concedida por el hombre primitivo a los sueños parece no existir, entonces se revela ante nuestros ojos un fenómeno peculiar y muy común en las sociedades primitivas, que ha desaparecido con el desarrollo de la civilización. Así nos lo relata Borislaw Malinowsky tras largos años de convivencia con los nativos de las islas Trobriand.

«Los sueños espontáneos no ocupan un lugar importante en la vida de los nativos. De una manera general parece que sueñan raramente, no conceden mayor interés a sus sueños, no hablan de ellos al despertarse ni los utilizan para explicar una creencia o justificar una línea de conducta. No atribuyen a los sueños ordinarios ninguna significación profética ni tienen un sistema o código para su interpretación simbólica. Así pues los sueños ordinarios desempeñan un papel insignificante en la vida de los nativos, son aparentemente raros y se los olvida fácilmente»

«Pero hay otra clase de sueños que están prescritos y definidos por la costumbre. Los sueños de este género se relacionan con la posición social o las tareas emprendidas por ciertas personas y son una consecuencia de la magia practicada por ellas mismas o ejercidas sobre ellas, cuando no el resultado de la influencia ejercida por seres espirituales. Estos sueños estereotipados, standarizados, son esperados, anhelados y previstos lo que explica su frecuencia y la facilidad con la que se los recuerda. En estos sueños standarizados las visiones de los espíritus de los muertos desempeñan una parte considerable. Estos espíritus se aparecen en circunstancias apropiadas y durante ciertas épocas. Así es como el jefe de una expedición, el organizador tradicional de cazas y pescas o el vigilante de las huertas tendrán, bajo el control de los espíritus de los antepasados, sueños relacionados con su oficio que les indicarán el lugar o el momento propicio para llevarlos a cabo»

«Ahora podemos formular de modo mas preciso la actitud de los indígenas ante los sueños. En tanto que no conceden ninguna importancia a los sueños espontáneos, los demás sueños, los standarizados, están hechos de la misma sustancia de la influencia mágica y poseen una realidad comparable a la del mundo de los espíritus y condicionan de manera determinante la vida del grupo»

Probablemente sea Jackson Stewart Lincoln, autor de «Los sueños en las Culturas Primitivas» quien, con mayor contundencia y énfasis, haya mostrado hasta que punto los sueños han jugado un papel determinante en el origen y desarrollo de las culturas primitivas:

«Un estudio antropológico de los sueños en las culturas primitivas recogidos en todas las partes del mundo, no sólo nos ilustrará sobre la psicología del hombre primitivo sino que sin duda también lo hará sobre la naturaleza, formación y desarrollo de la cultura en sus fases más primitivas»

«Los sueños de los así llamados hombres primitivos se incluyen en dos clases diferentes, los no buscados o espontáneos, y los sueños buscados o inducidos que siguen siempre un patrón o esquema cultural, de especial trascendencia para todos los miembros de la tribu. Ambos tipos de sueños se dan en todas las áreas culturales siendo considerados por los nativos uno de los dos grupos o ambos como eventos de singular trascendencia para la vida individual o cultural de la comunidad. Aunque las teorías de los pueblos primitivos sobre los sueños pueden variar, y su función en la vida del grupo puede diferir en las diferentes culturas, existen las evidencias suficientes como para resaltar el hecho de que los sueños juegan un papel inmensamente importante en la vida tanto individual como colectiva de las sociedades primitivas incluso en aquellos grupos en los que la cantidad de sueños parece no ser muy grande»

«Probablemente es a causa de la equivalente valoración que los primitivos conceden tanto a su propia fantasía como a la realidad del mundo externo por lo que tantos aspectos de la cultura primitiva son un efecto directo de los sueños. Hasta el momento hemos encontrado numerosos ejemplos que corroboran el hecho de que la mayoría de los aspectos de las culturas primitivas a lo largo de todo el mundo, derivan de los sueños. Un detenido examen de las evidencias recogidas muestran que junto a las creencias en la inmortalidad del alma y en los espíritus, junto a la influencia de los sueños sobre las emociones y actividades de los hombres primitivos, numerosas cuestiones específicas de la cultura primitiva deben su origen, al menos en parte, a sueños precedentes. Así se han originado numerosos tipos de totems, muchos actos rituales, numerosas curas o encantamientos y los poderes médicos o chamánicos, así como también la magia, los tabúes y la brujería, muchas ceremonias, canciones y danzas, múltiples objetos y métodos de la cultura material, especialmente en el área del trabajo y en el arte, también se han cometido actos de asesinato y canibalismo, declarado guerras, se han constituido sociedades secretas, se han puesto nombres y se han construido mitos y leyendas. Puesto que estos datos provienen de todas las partes del mundo, uno no puede sino concluir que gran parte de la cultura primitiva es el producto directo de los sueños, o más exactamente, el resultado de los procesos psicológicos y culturales que existen detrás de los sueños. Estos procesos cristalizan en los sueños e influyen en la cultura directamente a partir de estos últimos»

«Para concluir, la importancia de los sueños como iniciadores de la cultura primitiva es un hecho que debe, por lo tanto, ser siempre resaltado en cualquier estudio que intente aproximarse más estrechamente a un conocimiento más profundo de la naturaleza y el origen mismo de la cultura»

La Antropología está plagada de ejemplos que confirman el hecho de que los pueblos primitivos concedían a los sueños una excepcional importancia y de que por lo tanto ejercían una amplia influencia en la vida cultural y social tanto del grupo como del individuo. No es de extrañar que así sea si se piensa junto a uno de los padres de la Antropología moderna como Sir Edward Burnett Tylor, que es a partir de la experiencia empírica de los sueños que el primitivo fue capaz de construir un concepto tal como el de alma o espíritu.

Esta misma idea la recoge Jouvet, en la presentación que escribió para el libro antes mencionado de Lavie, formulándola de la siguiente manera:

«Fue la experiencia de los sueños la que evocó la asunción de la dualidad entre el cuerpo y el alma y lo que aparentemente se convirtió en catalizador de la creación de los conceptos de vida eterna y de Dios»

En realidad ambos no hacen sino continuar y profundizar el pensamiento expresado por Thomas Hobbes en su «Leviathan»:

«De la ignorancia para distinguir los sueños y otras fantasías intensas, de la visión y de la sensación, surgió en el pasado la religión de los gentiles quienes adoraban a sátiros, faunos, ninfas, y otras criaturas semejantes, así como la opinión que hoy en día tienen las gentes incultas de las hadas, duendes, fantasmas y del poder de las brujas»

Todos ellos retoman en última instancia las ideas propuestas mucho tiempo antes por Platón en su «Epinomis» cuando dice:

«Muchos de los cultos a muchos dioses han sido fundados, y lo seguirán siendo, por causa de encuentros soñados con seres sobrenaturales»

Alma, espíritu, transmigración, trascendencia, más allá, muerte, religión o cultura son todos ellos conceptos imprescindibles para poder comprender algo acerca de la esencia del hombre y de su historia. Ello debería ser suficiente para que pudiéramos aproximarnos a la idea del relevante papel que los sueños han desempeñado en la constitución, no sólo de la civilización, sino también de cada uno de nosotros. La Antropología y la Historia están plagadas de ejemplos que certifican la importancia que siempre tuvieron los sueños en las culturas primitivas, remitiremos al lector interesado a la obra de los autores que han consagrado su vida al estudio de los mismos en épocas tan primordiales del desarrollo de la cultura humana tales como Tylor, Lincoln, Malinowsky, Boas, Bland, Seligman, Seafield, Frazer, Hill-Tout, McDougal, Mooney, Radclife, Rivers, Roheim, Rose y tantos otros, pues la literatura al respecto es amplísima, pero nuestra intención aquí se reduce únicamente a ilustrar mínimamente acerca del interés que los sueños despertaron siempre en las culturas llamadas primitivas.

Tanto en las primeras civilizaciones mesopotámicas como en el antiguo Egipto los sueños ocuparon un lugar preferencial en las concepciones espirituales y religiosas de ambas culturas.

Existen pruebas documentales de que ya en Sumer, civilización no semítica que pobló Mesopotamia en el tercer y cuarto milenio anterior a nuestra era, los reyes de Lagash prestaban especial atención a sus sueños y acudían a los templos en busca de interpretación. El pueblo sumerio aceptaba el origen divino de los sueños y existía una casta sacerdotal, los Ensi, especializada en la interpretación de los mismos. En Sumer se practicaba ya alguna forma de incubación de sueños aunque es posible que no de una manera generalizada. Tal práctica consistía en acudir a pernoctar en determinados templos con el objeto de recibir a través de los sueños importantes directrices para la vida del consultante.

En las civilizaciones posteriores que poblaron Mesopotamia, como fueron, la Acadia, la Asiria y la Babilónica las artes de la magia, la profecía, la adivinación y la interpretación de los sueños estaban ampliamente desarrolladas. Los sueños eran considerados como revelaciones de la voluntad divina o demoníaca. Existían unos sacerdotes, denominados Shabru, especializados en la interpretación de los mismos y también se practicaba la incubación, con las variantes de que en este caso eran los propios sacerdotes los que recibían el sueño o bien el interesado podía delegar en otra persona que acudía al templo en su nombre. En el famoso poema de Gilgamés, alguno de cuyos pasajes datan de 4000 a.c., aunque las versiones que han llegado hasta nosotros son babilónicas, aparecen reflejados dos sueños proféticos que constituyen, junto a las expuestas anteriormente referidas a los reyes sumerios, las referencias históricas más antiguas que se conocen hasta el momento. Se conoce por ejemplo el hecho, mucho más reciente, de que hallándose Alejandro Magno en Babilonia enfermó y envió a sus generales al templo de Marduk para que recibieran en sueños el tratamiento que pudiera curarle.

Como lo atestiguan los famosos sueños del faraón recogidos en la Biblia e interpretados por José, también en el Antiguo Egipto los sueños eran un elemento importante en el conjunto de creencias de la cultura egipcia. En las «Enseñanzas para Merikare», obra fechada hacia el 2100 a.c., el autor sostiene que los sueños son enviados por los dioses para conocer el futuro. Pero también a través de los sueños se recibía valiosa información acerca del tratamiento de las enfermedades, advertencias sobre posibles peligros y consejos o respuestas a las preguntas del soñador. Se conserva lo que podemos considerar el primer tratado sobre los sueños de la historia, pues en el valioso papiro Chester Beatty III que data del 1350 a.c., aunque probablemente es una recopilación de textos más antiguos, se incluye una larga serie de sueños, hasta 108, con sus respectivas interpretaciones. Del análisis del texto se desprende que el método interpretativo de los antiguos egipcios era muy mecánico, es decir, a cada imagen onírica correspondía un determinado significado, sin embargo tal clave interpretativa podía estar basada en un juego de palabras o en una inversión del sentido. En el transcurso de los siglos la incubación de los sueños se convirtió en una práctica más habitual y muchos templos fueron famosos por los mensajes que en ellos se recibían durante el sueño, siendo los consagrados a Isis y Serapis los más importantes.
La Grecia antigua recogió todas estas influencias culturales. Es en Heráclito de Éfeso en el primer autor que hemos de centrar nuestra atención, para este efesio ocurre que para la mayoría de los hombres, ignorantes del «Logos», permanece oculto cuanto hacen en la vigilia del mismo modo que no son conscientes de cuanto hacen cuando están durmiendo. Los ígnaros, esto es, los hombres que se guían exclusivamente por los sentidos y por la opinión, son asimilados a los que sueñan. Mas aún, los sabios que poseen el logos e identifican su pensamiento individual con él, los que conforman la razón singular con la razón universal y tienen un mundo único y común, son los únicos que merecen el nombre de despiertos, por contraposición a los insapientes que desconocen el Logos universal y creen tener un logos privado y un mundo particular y exclusivo, por lo cual son denominados «dormidos», pues el pensar que es coextensivo al ser, es común a todos los sujetos, pero aún siendo imparcial el Logos, la mayoría de los hombres vive como si tuviera un entendimiento particular por eso aún en la vigilia el común de los mortales vive «dormido». Por lo tanto los que duermen, al soñar viven en un mundo privado regido por un logos particular y engañoso, aunque sin saberlo colaboran con el Logos universal, que se olvida mientras se sueña, lo cual provoca la caída en un estado de irracionalidad del que se sale al despertar, momento en el que se recupera la razón.

Esta concepción elemental con la que nos ilustra Heráclito por la que el hombre que sueña se retira del mundo común y habita un mundo propio, eminentemente subjetivo, tardará toda la Historia en ser aceptada, hasta la aparición del venerable Sigmund en el panorama científico, de tal forma que la historia de la onirología no es sino un inmenso rodeo para volver a estos primordiales planteamientos que aquí nos expone Heráclito, de modo que los hombres se las ingeniarán a lo largo de los siglos para una y otra vez poner en el afuera aquello que no procede sino de las profundidades de su propia intimidad, atribuyendo el origen de los sueños a los dioses, los demonios, las emanaciones de los objetos, los estímulos externos provenientes del medio, los influjos de los cuerpos celestes o los estímulos provenientes del interior del cuerpo, todo, cualquier cosa, antes que admitir que los sueños provienen del interior de nuestras escabrosas y desconocidas mentes. Por otra parte no podemos sino quedarnos pasmados de la perspicacia y previdencia psicoanalítica de la que hace gala aquí Heráclito al considerar a la mayoría de los hombres, aún en la vigilia, como hombres «dormidos», es decir, inconscientes.

Según la tradición, tal como aparece reflejada en la obra de Homero, los antiguos griegos distinguían dos tipos de sueños, los valiosos y significativos y los engañosos o no significativos, según procedieran a través de la puerta del cuerno o de la de marfil. Los antiguos griegos creían pues en el origen divino de los sueños y en su capacidad mántica. Existió también en Grecia la practica de la incubación de los sueños que se extendió sobre todo a partir de siglo V a.c. y que alcanzó un alto grado de popularidad como se refleja en el hecho de que llegaran a contabilizarse no menos de 420 templos consagrados a Asclepio, dios de la medicina, donde tales rituales se llevaban a cabo.

Pero el verdadero interés que tienen para nosotros los antiguos griegos, en el contexto general del tema que venimos examinando, es el hecho de que junto a esta línea de pensamiento místico, religioso o esotérico en relación a los sueños, que se mantuvo en el tiempo y fue posteriormente recogida y continuada por los estoicos y más tarde por los peripatéticos, apareció por primera vez en la Historia otra concepción mucho más natural y racional sobre los mismos.

Probablemente corresponda a Demócrito, natural de Abdera, el mérito de ser el pensador con el que se inaugura para el hombre la posibilidad de concebir los sueños como un fenómeno natural y abordar con cierta racionalidad el fenómeno onírico. En efecto, Demócrito en consonancia con su teoría general del conocimiento propone por vez primera una explicación «natural» del origen de los sueños.

De acuerdo con dicha teoría todos los objetos están formados por átomos y emiten de continuo imágenes (eidolas) de si mismos, gracias al flujo de átomos que de ellos se desprenden. Estas imágenes penetran en el cuerpo a través de los poros y de allí pasan al alma donde se constituyen en imágenes de los objetos. He aquí la razón por la cual soñamos pues mientras dormimos las imágenes o ídolos de las cosas siguen penetrando en nuestros cuerpos y poniéndose en contacto con nuestras almas. [Cicerón, Ad Fam]. Dichos ídolos no solo llevan consigo el retrato fiel de los objetos sino que también reproducen los movimientos anímicos, los hábitos y las pasiones de aquellos a quienes representan. [Plutarco, Quaest. conv.] Los mismos dioses no son sino ídolos desprendidos de los cuerpos y de las almas de los mejores hombres. [Sexto, Adv. math]

En Demócrito encontramos pues por primera vez una teoría de los sueños que no solo se presenta como directa y necesaria consecuencia de la teoría del conocimiento sino que posee la suficiente elasticidad y amplitud como para dar razón de los diversos fenómenos oníricos y de su complejo mecanismo. Se trata de una teoría estrictamente materialista y mecanicista que satisface sin embargo la opinión tan común en la antigüedad sobre el carácter adivinatorio de los sueños y sobre la intervención de dioses y demonios en los mismos. Demócrito sabe hacer un lugar a la mántica y a la teología sin necesidad de abjurar de su naturalismo o de admitir tradiciones mitológicas o cuentos fantásticos. [Cappelletti]

En una posición intermedia respecto a las dos anteriores, ciertamente ambivalente, se sitúa el pensamiento de Hipócrates quien, si bien admite la procedencia divina de algunos sueños, no deja de advertir su contenido semiológico y por lo tanto los sueños pasan a ser objeto de una alta estima gracias a su valor diagnostico. Así es posible encontrar en el Corpus Hipocraticum como apéndice al Tratado sobre la Dieta un pequeño escrito «Sobre los sueños» en el que el autor, aunque sin rechazar expresamente las practicas habituales en relación a las enfermedades y los sueños, advierte que:

«En cuanto a todos los sueños que son divinos y que anuncian bienes o males, hay personas que tienen el arte de interpretarlos. También aquellos en los que el alma indica de antemano los padecimientos del cuerpo, también esos los juzgan y unas veces se equivocan y otras aciertan y en ninguno de los casos conocen el porqué de lo que sucede, ni cuando aciertan ni cuando se equivocan, sino que dan consejos a fin de precaverse de que no ocurra algún daño. Mas no enseñan cómo hay que precaverse sino que recomiendan rezar a los dioses. Cierto que es bueno invocar a los dioses, pero conviene invocar a los dioses y ayudarse a sí mismo»

En la introducción a dicho escrito el autor da cuenta de la alta consideración que le merecen los sueños:

«Respecto a los signos que aparecen en los sueños, quien tenga un recto conocimiento de ellos advertirá que poseen una gran influencia de cara a cualquier asunto. De modo que quien sabe juzgar estas cosas rectamente, posee buena parte de la sabiduría»

Con Platón se introduce en la historia una nueva concepción de los sueños pues al considéralos como uno de los caminos que permiten el acceso al conocimiento los dota de una función epistemológica, Así en sus famosos «Diálogos» puede leerse:

«Cuando uno se halla en estado de salud y templanza respecto de sí mismo y se entrega al sueño después de haber despertado su propia razón y haberla dejado nutrida de hermosas palabras y conceptos, cuando ha reflexionado sobre sí mismo y no ha dejado su parte concupiscible ni en necesidad ni en hartura, a fin de que repose y no perturbe a la otra parte mejor con su alegría o con su disgusto sino que la permita observar en su propio ser y pureza e intentar darse cuenta de algo que no sabe, ya sea de las cosas pasadas, ya de las presentes, ya de las futuras, cuando amansa del mismo modo su parte irascible y no duerme con el ánimo excitado por la cólera contra nadie sino que apaciguando estos dos elementos pone en movimiento el tercero en que nace el buen juicio, y así se duerme, bien sabes que es en este estado cuando mejor alcanza la verdad»

En la línea abierta por el filósofo abderita se sitúa el pensamiento de Aristóteles, que es sin duda el autor de la obra más importante que sobre los sueños produjo la Grecia Clásica. En su Parva Naturalis podemos encontrar tres escritos consagrados al tema. El primero dedicado al estudio del fenómeno del dormir, el segundo a los sueños y el tercero a la adivinación a través de los mismos. Sus planteamientos son puramente fisiológicos descarta con delicadeza, pero sin la suficiente contundencia, el origen divino de los mismos y atribuye su causa a las facultades propias al alma del soñador, por lo tanto podemos afirmar que a partir de él los sueños ingresan en el campo de la Psicología.

«Dado que lo imaginativo es lo mismo que lo sensitivo pero que la esencia de lo imaginativo y de lo sensitivo es diferente y teniendo en cuenta que la imaginación es el movimiento que se produce por la sensación en acto y que los sueños son una cierta imagen, es evidente que soñar es propio de la facultad sensitiva del alma en la medida que ésta es imaginativa»

«Es evidente que el movimiento producido por las sensaciones, tanto las del exterior como las del interior del propio cuerpo, no solo existen cuando se está despierto sino también cuando se está dormido, e incluso predominantemente entonces. De día dichos movimientos se ven rechazados y se desvanecen. De noche, en cambio, estos movimientos vuelven al origen de la sensación y se ponen de manifiesto al apaciguarse la confusión de los sentidos. Mientras se duerme las imágenes y los movimientos residuales que resultan de las sensaciones, unas veces se desvanecen completamente y otras aparecen en forma de visiones y sueños incoherentes, pero cuando el movimiento provocado por las sensaciones que proceden de los sentidos perdura, entonces aparecen los sueños coherentes»

Aristóteles no rechaza la adivinación a través de los sueños sino que la explica por medios lógicos y naturales pues considera que en unos casos los sueños pueden muy bien ser causa de los acontecimientos futuros, y en otros pueden ser señales de procesos que ya se han puesto en acción, al tiempo que no vacila en afirmar que en la mayoría de los casos las predicciones no son sino puras coincidencias.

Así pues la cultura griega mantuvo desde siempre y desde escuelas filosóficas y concepciones del mundo muy dispares un interés permanente por el fenómeno onírico. Basta con leer el «Discurso Sacro» de Elio Arístides, famoso retórico del siglo II, para comprobar hasta que punto podía ser habitual en aquella época que un hombre culto prestase atención a sus sueños. El bueno de Arístides, primer hipocondríaco de la historia como lo califica Mauro Mancia, paso media vida incubando enfermedades y la otra media incubando sueños que le conminaban a realizar las barbaridades o proezas más extravagantes, como él mismo nos dice refiriéndose a las prescripciones recibidas en sus sueños: «son justamente lo contrario de lo que uno esperaría, de hecho son precisamente lo que uno naturalmente mas evitaría». A pesar de ello sobrevivió a sus propias curas y murió serenamente a avanzada edad.

Toda esta rica y floreciente tradición onirológica culmina en la figura y obra de Artemidoro de Daldis. Este autor, natural de Éfeso y contemporáneo del anterior, escribió un tratado sobre onirocrítica dividido en cinco libros que es un auténtico compendio teórico-práctico del saber de la época. Él mismo se jacta de su experiencia y dominio sobre el tema y del valor de su trabajo:

«Los autores anteriores a mi no han hecho otra cosa que copiar los unos las obras de los otros exponiendo torpemente cuanto ya había sido espléndidamente expuesto por sus antecesores. En lo que a mi respecta no hay obra de onirocrítica que yo no haya manejado. Además aunque los adivinos que frecuentan las plazas están muy desprestigiados, yo me he mezclado con ellos por espacio de muchos años en las ciudades y las fiestas públicas de Grecia, y también en Asia e Italia y en las islas más grandes y populosas. Por tanto estoy en condiciones de hablar ampliamente sobre cada tema»

Artemidoro critica la posición algo ambigua de Aristóteles sobre el papel jugado por los dioses en la causalidad onírica y reafirma la capacidad natural del alma para predecir el futuro, a la vez que facilita un curioso argumento como prueba de sus tesis:

«Yo no me encuentro en la misma postura de incertidumbre que Aristóteles sobre si la razón del soñar es exterior a nosotros y depende de la divinidad, o por el contrario, existe en nuestro fuero interno alguna causa que predisponga a nuestra alma hacia un cierto estado y origina de forma natural lo que le acontece»

«La visión onírica es un movimiento o una invención multiforme del alma que señala los bienes y los males venideros. Por ser esto así, el alma predice cuanto sucederá con el transcurso del tiempo, tarde o temprano, y todo lo expresa con unas imágenes naturales y apropiadas, llamadas elementos, por considerar ella que en el intervalo nosotros podremos conocer el futuro, una vez instruidos por medio del raciocinio».

«Las visiones de carácter literario no se les presentan jamás a los profanos sino solamente a los que cultivan las letras y a las personas que no carecen de formación. De esto se deduce que los sueños son productos de la mente y que no tienen su origen en ninguna causa externa».

Ahora bien, Artemidoro era un auténtico profesional de la interpretación onírica y por ello distingue claramente aquellos sueños capaces de predecir el futuro, llamados visiones oníricas, de aquellos otros que no lo son, llamados ensueños. Toda su obra está consagrada al estudio de los primeros:

«La visión onírica se distingue del ensueño en que la primera es un indicio de lo que acontecerá y el segundo de lo que existe en el presente. Ciertas pasiones tienen la prerrogativa de aflorar, de imponerse al espíritu y de suscitar determinadas figuraciones. En realidad cuando actúan las pasiones, sucede que se perciben unas imágenes que no expresan el futuro, sino simplemente una rememoración de la realidad».

Artemidoro es un autor clave en la historia de la onirología y de la oniromancia, no solo porque es el único del que se conserva una valiosísima y voluminosa obra sino también, y sobre todo, porque fue el primero, o al menos del que se tenga constancia, en abandonar el primitivo método de interpretación, consistente en sustituir cada elemento del sueño según una clave simbólica prederterminada, e introducir como factores fundamentales para la interpretación ciertas características del soñador y sus circunstancias:

«Tanto para el soñador como para el interprete es ventajoso y necesario que éste conozca quién es el sujeto de la visión onírica, qué actividad desarrolla y cuál es su procedencia, así como su patrimonio, su estado de salud y la edad que tiene»

Por supuesto que para Artemidoro también hay que considerar los diferentes aspectos del sueño y entre otros existen según él seis categorías que hay que valorar:

«Es un principio general que todo lo que aparece en sueños conforme a la naturaleza, a la costumbre, a la ley, al arte o profesión, al nombre y al tiempo tenga un significado favorable, y en cambio resulte perjudicial y sin provecho lo contrario a ellos»

El efesio también es perspicaz en otros sentidos:

«Muchas interpretaciones dependen de la etimología de las palabras»

La obra de Artemidoro es con mucha diferencia el trabajo sobre los sueños más importante de toda la Antigüedad Clásica y habrán de pasar muchos siglos para encontrar algún otro trabajo que esté a su altura.

La Civilización Romana fue ante todo una sociedad ecléctica que supo absorber las influencias culturales de los diferentes pueblos que habitaban su vasto imperio. En relación a los sueños se puede decir que en líneas generales continuaron las diferentes tradiciones clásicas. Ya en el 291 a.c. se inauguró en la Ínsula Tiberina un templo consagrado a Asclepio, Esculapio para los romanos, así pues también en Roma se continuó practicando la incubación y la adivinación estuvo a cargo de un cuerpo sacerdotal dedicado a ello, los Necori. Da un índice del interés que los romanos profesaban a los sueños el hecho de que el emperador Augusto proclamara un edicto por el cual todo aquel que tuviera un sueño sobre Roma estaba obligado a comunicarlo en el Foro. Respecto a la onirología y la oniromancia los romanos no produjeron nada que supusiese un avance substancial, cabe si acaso resaltar que algunos de sus más brillantes intelectuales adoptaron posiciones cada vez más racionalistas y escépticas. El exponente más notable de esta corriente fue sin duda Cicerón que escribió un tratado sobre los diferentes métodos de adivinación titulado «De Divinatione» en el que se conmina a desechar tales prácticas:

«Rechacemos pues la adivinación por los sueños de la misma manera que todas las otras»

Ello no es óbice para que Cicerón se muestre un claro conocedor de los sueños y del origen de los mismos:

«Todos los sueños tienen la misma razón. El alma, abandonada por el cuerpo aletargado, se agita por sí misma, imagina formas y acciones y cree hablar y oír muchas cosas. En estos momentos de debilidad y abandono se le ofrecen ideas confusas y variadas naciendo principalmente de algunas reliquias de cosas en que hemos pensado o que hemos hecho durante la vigilia»

Por supuesto no faltan entre los romanos insignes pensadores que defienden con pasión la posición contraria al escepticismo manifestado por Cicerón. Así por ejemplo el emperador Marco Aurelio representante del estoicismo tardío manifiesta: «haber logrado a través de los sueños la prescripción de medicinas particularmente eficaces», o un representante de los epicúreos como es Lucrecio quien, además de resaltar la vida onírica de los animales, demuestra conocer no solo la continuidad de los sueños con la vigilia sino también el papel que el relajamiento de la represión cumple en el sueño:

«El afán al que cada uno queda de ordinario encadenado durante el día, o los asuntos en los que nos henos ocupado mucho y en cuya valoración la mente estuvo más concentrada, esos mismos nos parece con mucha frecuencia que los abordamos en sueños»
«Muchos manifiestan en sueños secretos capitales que a menudo han sido la prueba de su propio crimen»

Tampoco faltan entre los romanos los primeros autores cristianos que tratan el tema que nos ocupa. Así Tertuliano en su obra «De Anima» nos ofrece una verdadera teología del sueño y desarrolla la idea de que los sueños son uno de los caminos para acceder al conocimiento de Dios. Por otra parte es el primero que introduce en la génesis de los sueños la figura del Diablo, lo que permite dar una explicación más dinámica a la bipolaridad tan habitual que encontramos en los mismos.

Por la misma época, pero desde Alejandría, nos llega la obra de San Clemente, uno de los primeros padres de la iglesia, «El Pedagogo», en ella se mantiene la idea de que el conocimiento llega al hombre a través de los sueños porque el alma, siempre activa, expresa por medio de los sueños sus propios pensamientos. Así los sueños son utilizados como metáfora moral de un estado espiritual específico de cada hombre.

Como colofón a este pequeño repaso histórico de la Época Clásica mencionaremos a un autor del siglo IV-V, Sinesio de Cirene, discípulo de Hipatia, la última directora de la famosa Biblioteca de Alejandría que murió descuartizada a manos de integristas cristianos, quien publicó un pequeño tratado «Sobre los Sueños». En él Sinesio aparece como el mayor entusiasta en su favor y nos conmina a todos a dedicarles nuestra atención:

«Hemos de aplicarnos mayormente a esta clase de conocimiento porque procede de nosotros mismos, de nuestro interior y es propio de cada una de las almas. Pues bien, debemos dirigirnos a este tipo de adivinación mujeres y varones, viejos y jóvenes, pobres y ricos, particulares y gobernantes, los de la ciudad y los del campo, artesanos y oradores. Ella no declara proscrita a ninguna raza, edad, fortuna o profesión. En todas partes está a disposición de todos»

Pero el verdadero interés que tiene para nosotros la obra de Sinesio radica en el hecho de que siguiendo la vía abierta por Artemidoro en relación a la personalización de la interpretación onírica, la profundiza en el sentido de subrayar la absoluta subjetividad de los sueños, convirtiendo al soñador en el instrumento privilegiado para acceder a una correcta interpretación, lo cual anticipa en cierto sentido el método freudiano de la libre asociación, ello le conduce inevitablemente a la critica de todos sus predecesores:

«Algunos han reunido numerosos libros sobre estas observaciones, pero yo me río de todos ellos y los considero de escaso interés. Pues en el espíritu representativo, incluso en el primer momento de su constitución, una cosa difiere de otra, pues cada una pertenece a una esfera según lo predominante en aquel amasijo. ¿Cómo podrían hacerse visibles los mismos efectos a partir de las mismas causas?. Ni es así, ni podría serlo»

«Se ha de renunciar a la idea de que existan ideas comunes a todos. Que cada uno se tenga a si mismo como materia de este arte, que guarde en su memoria en que hechos se vio envuelto, cuándo y con qué tipo de visiones previas. De la adivinación por medio de los sueños el instrumento es cada uno en persona. De manera que ni aunque queramos podemos abandonar la sede del oráculo»

Con la caída del Imperio Romano y la cristianización de Occidente el panorama cultural cambió radicalmente. Las prácticas consideradas paganas fueron postergadas, cuando no claramente perseguidas o proscritas, los sueños y su interpretación no corrieron mejor suerte. Como consecuencia de ello el interés por los sueños, aún sin desaparecer, sufrió un fuerte retroceso pues fueron objeto del oscurantismo propio de la época.

A pesar de todo en la Alta Edad Media se mantiene arraigada la creencia popular en el valor oracular de los sueños y la antigua distinción entre sueños verdaderos y sueños falsos se trocó, bajo el influjo de la nueva religión imperante, en la de sueños divinos y sueños diabólicos [Schmitt 1985]. Por otra parte el Neoplatonismo había favorecido en gran manera la regresión al misticismo primitivo y los sueños conservaron su función epistemológica en tanto vía de conocimiento. Todo ello produjo un fenómeno que la historiadora Marta Fattori califica como «aristocratización» del sueño, esto es, se privilegian los sueños de los grandes hombres mientras se desprecia el soñar del hombre común, esta actitud tendrá su contrapartida en la posterior «laicización» de los sueños que se produce en el pasaje a la Baja Edad Media como consecuencia de una cierta inversión del orden social que acompaña a una atenuación de la rígida jerarquización anterior.

Podemos proponer como primer representante de esta tendencia a Macrobio, autor del siglo IV, que en su «Comentarius in Sommium Scipioni» desarrolla la idea de una jerarquía entre los soñadores de tal forma que solo deben ser tenidos en cuenta aquellos sueños tenidos por personas ilustres o dotadas de autoridad. Por otra parte Macrobio es conocido por haber diseñado una clasificación de los sueños en cinco tipos que llego a ser clásica, según él se dividen en: sommium, visio, oraculum, insomnium y visum.

Por la misma época a San Agustín, que reconocía el origen divino de algunos sueños: «Dios usa las imágenes oníricas para revelar al hombre cosas útiles de conocer», le preocupaba especialmente la cuestión de la responsabilidad moral del soñador ante aquellos sueños de contenido claramente pecaminoso, para él en los sueños:

«Nos mueven aquellas imágenes que están ausentes de nuestro sentido corporal y se encuentran depositadas en nuestra memoria, o las imágenes que nosotros a nuestro albedrío fabricamos, y disponiendo de ellas las aumentamos o disminuimos cambiándolas de sitio, de figura, de movimiento y de mil cualidades y formas. En esta clase entran también quizás aquellas imágenes que nos burlan mientras dormimos, cuando no son avisos divinos, si bien éstas últimas las padecemos sin querer y aquellas las manejamos a voluntad».

Siguiendo esta línea de pensamiento San Isidoro, que vivió en el siglo VII, afirma en su «Etimologías» que: «A veces Dios quiere indicarnos el futuro para lo cual se sirve de los sueños», mientras que en su «De Tantamentis Somniorum» alerta a los hombres justos acerca de los sueños lujuriosos e ilusorios.

Como mejor muestra de la llamada aristocratización antes mencionada encontramos en el siglo IX la obra de Nicéforo, patriarca de Constantinopla, que escribió un «Libro de los sueños». Este libro está escrito en versos yámbicos, la lengua es refinada, plagada de metáforas y carente de expresiones populares.

Con el paso del tiempo asistimos a un cambio de actitud respecto a los sueños. En la Baja Edad Media, a partir del siglo XII, los sueños dejan de ser considerados como espejo de un orden cosmológico que se rechaza o se identifica proyectivamente con Dios y empiezan a ser aceptados como un fenómeno natural y humano más racionalizado. [Mancia 1999]

Así encontramos posiciones como la de Giovanni Salísbury quien en su «Polícratus» siguiendo el pensamiento sinesiano introduce concepciones más actuales para la interpretación onírica como la de que las diferentes imágenes oníricas pueden tener diferentes significados o Pascale Romano quien además de retomar la antigua concepción de que los sueños pueden contribuir a una certera diagnosis médica, introduce la idea cada vez más extendida de que los significados profundos de los sueños se relacionan directamente con la posición de los astros en la bóveda celeste.

Esta estrecha conexión de la Astrología con la oniromancia procedía de una antigua creencia oriental que se propagó por toda Europa en la Baja edad media merced a la introducción de la Metafísica aristotélica con las traducciones de los autores árabes efectuadas en España e Italia y se mantuvo vigente hasta más allá del Renacimiento. La mayoría de los autores medievales la recogen en sus obras, cabe destacar entre ellos la figura de Vicente de Beauvais quien la menciona como una de las causas de los sueños y la de Alberto Magno quien en su «De Somno et Vigilia» dedica una parte de su texto al sueño premonitorio que atribuye al movimiento de los astros y al «lumen radiale stellarum» que éstos emiten y el alma percibe al dormir.

En el siglo XIII refulge con esplendor propio la figura de Santo Tomás de Aquino por el valor de su monumental obra, «Summa Teológica» y la influencia que supuso para la posteridad. En continua polémica con los filósofos averroistas y los franciscanos agustinistas a Santo Tomás le preocupaba especialmente el tema de la licitud o no de la adivinación a través de los sueños:

«Hay que decir: Que tal como queda dicho la adivinación basada en una opinión falsa es supersticiosa e ilícita. Por eso es necesario considerar qué es lo que puede haber de verdad en lo del conocimiento anticipado del futuro que se adquiere por los sueños»

Por ello se ve obligado a efectuar un estudio pormenorizado de los mismos, en razón de sus causas, que reproducimos a continuación por ser un claro exponente del pensamiento de la época:

«Trataremos pues de averiguar cuál es la causa de los sueños, y si tal causa puede producir o es capaz de conocer los sucesos futuros. Hemos de hacernos cargo de que las causas de los sueños unas veces son internas y otras externas. Y de que hay dos clases de causas internas. En primer lugar las de origen psíquico, por las cuales vienen a la imaginación del hombre mientras duerme las cosas en que su pensamiento y afecto se detuvo mientras estaba despierto. Tales causas de los sueños no son a su vez causa de los sucesos futuros. Por tanto estos sueños tiene una relación puramente accidental con tales sucesos, y si hay coincidencias entre unos y otros es pura casualidad. Otras veces en cambio las causas intrínsecas de los sueños son de orden corporal, y es que por la disposición interior de nuestro cuerpo surgen en la fantasía movimientos conformes con ella, y así, por ejemplo, se imagina en sueños que se está entre agua y nieve el hombre en el que abundan los humores fríos. Por esta razón dicen los médicos que debe prestarse atención a los sueños para conocer las disposiciones internas.

Las causas exteriores de los sueños son así mismo de dos clases: corporales y espirituales. En tanto son corporales en cuanto que la imaginación del que duerme se siente afectada por el aire de la estancia o por el influjo de los cuerpos celestes, de tal modo que aparecen en su interior ciertas representaciones fantásticas en conformidad con la disposición de esos cuerpos celestes. Por otra parte la causa espiritual es a veces Dios, que por ministerio de los ángeles, revela en sueños algunas verdades a los hombres según aquello de Num. 12,6: «Si hubiera entre vosotros algún profeta, yo me apareceré a él en visión o le hablaré en sueños». Otras veces por obra de los demonios surgen en los durmientes ciertas representaciones fantásticas con las que, en ocasiones, revelan sucesos futuros a los que establecen pactos ilícitos con ellos.

Así pues hay que decir que si alguien para pronosticar cosas futuras se basa en aquellos sueños que proceden de la revelación por causa divina o que proceden de causas naturales, intrínsecas o extrínsecas, sin salirse del campo de acción de tales causas no será ilícita la adivinación. Por el contrario si tal adivinación tiene por causa la revelación de los demonios con quienes se han establecido pactos expresos, pues con este fin se les invoca, o tácitos, la adivinación porque se extralimita extendiéndose a más de lo que debe será ilícita y supersticiosa»

Poco tiempo después de su muerte se produce desde París la condena eclesiástica obra de los teólogos agustinianos y que reza así:

«Quod deus vel intelligentia non infunden scientia animae humanae in somno nisi nediante corporae celesti y voluntas et intellectus non moventur in actu per se, sed per causam sempiternam, scilet corpora celestia»

Lo cierto es que por mucho interés que tuvieran las autoridades eclesiásticas en controlar la moralidad y las mentes de sus fieles, su rechazo hacia los sueños era una posición difícil de sostener pues los textos sagrados están trufados de sueños y como recordaba Santo Tomas, está escrito que Dios se aparecerá en visiones y hablará en sueños, y la palabra de Dios es difícil de rebatir. Por ello las tres grandes religiones monoteístas siempre han acogido en su seno el mundo de los sueños.

Así dice el Talmud que: «un sueño sin interpretar es como una carta que no ha sido abierta» y nos proporciona el dato singular de que en tiempos de Jesús convivían en la ciudad de Jerusalén no menos de 25 intérpretes de sueños, cantidad nada despreciable si pensamos en la escasa población de la época. Uno de los autores más representativos del judaísmo como fue Maimónides, en su «Guía para Perplejos», dedica un pormenorizado estudio a las profecías distinguiendo entre ellas once grados en función de la importancia de las mismas y los medios de transmisión. Los dos primeros corresponden al estado de vigilia los cinco siguientes se producen en los sueños y los cuatro últimos corresponden a la visión, teniendo en cuenta las íntimas conexiones entre sueños y visiones, sobre las que él mismo reflexiona, podemos hacernos una idea de la importancia que los sueños tuvieron para el Judaísmo.

«La profecía es una emanación de Dios, exaltado sea, mediante el intelecto en primer término, y seguidamente sobre la facultad imaginativa». «Sabemos así mismo las operaciones de la facultad imaginativa, como son: conservar el recuerdo de los objetos sensibles y combinarlos, así como lo específico de su naturaleza, reproducir, y su más alta y noble actividad se realiza cuando los sentidos cesan en sus funciones: entonces es cuando sobreviene una especie de inspiración, que es la causa de los sueños verdaderos y de las profecías, en que no hay diferencia específica, sino solamente en más o en menos. Ten en cuenta que cuantas veces nos dice un pasaje escrituario de alguien que le habló un ángel, o le fue dirigida la palabra de Dios, sólo pudo ocurrir en sueño o visión profética. No se especifica que en la visión sea factible oír palabras. No obstante, podría admitirse que toda visión en que se trata de palabras oídas, era efectivamente en un principio una visión, pero después pasó a un sopor, trocándose en un sueño»

Por otra parte, según la tradición musulmana, toda la primera parte del Corán fue revelada por Alá a Mahoma a través de los sueños. El propio Mahoma era un ferviente partidario de los sueños y su interpretación, acostumbraba a reunirse cada mañana con sus seguidores más fieles para relatarse e interpretase mutuamente los sueños de la noche precedente. También es a causa de un sueño atribuido al profeta por lo que se produjo la primera escisión entre sus seguidores, la de los sunnitas, división que se mantiene al día de hoy.

Vemos pues que la Tabir, como denominan los musulmanes a la interpretación onírica, tuvo desde siempre una especial relevancia entre ellos. Su representante más egregio fue sin duda Achtmed el Serim, interprete oficial de la corte del emperador abasida Almamún, quien recogió la tradición oniromántica de los indios, persas y egipcios en un texto del que puede encontrarse la primera traducción latina en la obra escrita en 1603 por Nicolás Rigalt y que incluye también la obra de Artemidoro. De la amplia difusión que entre los árabes tuvo siempre la Tabir da cuenta el dato reflejado por Fernández y González en su «Plan para una biblioteca de autores árabes españoles» donde afirma que existen más de 7.700 autores de libros de aquella clase.

El Renacimiento trajo consigo una concepción más humanista e individualista del hombre y ello permitió, por un tiempo, un resurgir del interés por los sueños que tuvo su manifestación en todos los ámbitos de la vida cultural. Los grandes literatos del Renacimiento italiano son una prueba de ello, tanto Dante como Boccaccio recogen en sus obras este nuevo espíritu, que tiene su correlato, en el ámbito de la plástica, en el magnífico «Jardín de las Delicias» de Jerónimo Bosco.

Jerónimo Cardano, prototipo del hombre culto renacentista, no solo fue matemático, filósofo, médico y empedernido jugador de ajedrez sino que su «Libro de los Sueños» es la obra más importante que respecto a la interpretación onírica se había escrito desde los tiempos de Artemidoro. Aunque él se declara explícitamente seguidor de Sinesio, la presencia del autor de Éfeso se respira a lo largo de toda su obra. Paradójicamente es un autor muy poco conocido pues la primera traducción contemporánea es extremadamente reciente.

Para Cardano el arte de la interpretación es perfectamente natural y para ejercitarlo solo es preciso poseer el conocimiento necesario y ciertas cualidades:

«En realidad si consideramos la interpretación, no como destino sino como una cosa natural, como señal y conjetura, no sólo adquiriremos el conocimiento del futuro, sino también el modo de sacar provecho de este conocimiento. Sólo a los sabios les está permitido interpretar los sueños. Se requiere, pues, una naturaleza propicia para ver, un ingenio pronto para interpretar y una no pequeña prudencia para usar este arte»

También las causas que provocan los sueños son perfectamente naturales y conocidas. Según Cardano se dividen en cuatro grupos:

«Hay causas corpóreas e incorpóreas y ambas pueden ser nuevas o existir con anterioridad. Deben distinguirse pues cuatro géneros de sueños. Son causas nuevas y corpóreas los alimentos y las bebidas. Entre las causas ya existentes se encuentran los humores. Las causas incorpóreas y ya presentes son las preocupaciones, los pensamientos, los recuerdos, y los afectos. Las nuevas e incorpóreas están insinuadas en el alma por una causa superior. Los sueños que provienen de una causa superior están provocados por la intervención de los cuerpos celestes»

Como a Artemidoro, a Cardano solo le interesan los sueños en tanto en cuanto son un instrumento para predecir el futuro y éstos tienen causas precisas:

«Es preciso preguntarse ante todo a qué género de sueños pertenecen los que deseamos examinar, y cuales de ellos son verídicos y cuales otros son falsos. De hecho solo revelan el futuro los sugeridos por una causa superior o los que provienen de los humores»

Para Cardano cada sueño puede ser el resultado de una mezcla de las cuatro causas que los provocan y la principal tarea del intérprete es saber distinguir qué imágenes oníricas corresponden a cada una de ellas para rescatar aquellas que conducen a la predicción y desechar las demás por ser ineficaces a tal efecto:

«Me queda por explicar algo que hace extremadamente difícil la interpretación de los sueños. Se trata de distinguir entre el elemento anamnésico y las visiones, de hecho no hay nada que estorbe más la interpretación y la haga más falaz que la mezcla de estos dos elementos, cosa por otro lado frecuentísima. En realidad son poquísimos los sueños en los que no se de alguna mezcla de elementos procedentes de recuerdos del pasado que contaminan todo el sueño»

Cardano demuestra conocer a la perfección el papel que juega la memoria y los complejos mecanismos que rigen la elaboración onírica, incluidas las implicaciones lingüísticas:

«Cuando alguien sueña una cosa que le es extraña, se trata sencillamente de una imagen defectuosamente recordada o del fruto de una transposición. Todos los sueños proceden pues de un conocimiento imperfecto, de la transposición y de la mezcla de las cosas vistas. Todo sueño es reminiscencia y el mecanismo puesto en juego en los sueños es el de la transposición. La transposición se lleva a cabo, o bien por la multiplicidad de las semejanzas y de los aspectos generales en que concuerdan las cosas representadas, o bien por una concordancia considerable de un aspecto general. Se dan transposiciones también en el caso de las palabras»

Lo mismo ocurre a la hora de la interpretación. La variabilidad de la misma y de la subjetividad del soñador no se le escapan a Cardano:

«Debemos considerar que un mismo sueño no tiene el mismo significado para todos y que algunas cosas pueden tener múltiples significados, así como que el contexto de las imágenes determina sus diversos significados. Debe prestarse atención a la secuencia de los acontecimientos en los sueños, a como se pasa de una cosa a otra y a cómo acaba todo. También deben tenerse en cuenta las características del soñador. De ordinario los sueños se transponen de las situaciones generales a las particulares»

Así mismo es consciente de la dificultad que entraña el tema que tiene entre manos:

«No debe admitirse que del estudio de los sueños pueda extraerse una teoría que lleve al hombre al conocimiento exacto, perfecto y específico de su objeto. El tratado de los sueños no podrá por pura lógica conducir a nada definitivo, ni se le podrá circunscribir, ni dar por concluido de una vez por todas. Por este motivo resulta inevitable que la ciencia de los sueños sea una materia de suma dificultad: es ardua porque su misión consiste en intentar contener en lo finito realidades infinitas»

Con Cardano se pone punto y final a esta brillante época de la Historia donde despertó de nuevo el interés por los sueños, pues el Renacimiento trajo consigo no solo este resurgir de la onirología sino también, con Kepler y Copérnico, los primeros vestigios de los fundamentos de la Ciencia y así, con el paso del tiempo, las concepciones sobre los sueños fueron derivando hacia posiciones cada vez mas racionalistas y por lo tanto el escepticismo en relación al valor de los sueños fue aumentando paulatinamente conforme las nuevas concepciones fueron desprendiéndose de los aspectos psicológicos de los mismos. Esta nueva orientación que adquiere el pensamiento sobre los sueños se concreta en el siglo XVII y perdurará durante los siglos posteriores y en realidad se mantiene hasta el día de hoy. Muchos ilustres pensadores y filósofos del siglo XVII, como Hobbes, Leibnitz, Descartes o Pascal, utilizaron los sueños como tema de sus reflexiones filosóficas. Así Descartes principia la primera de sus Meditaciones Metafísicas de la siguiente forma:

«Debo considerar aquí que soy hombre y por consiguiente tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas que esos insensatos cuando están despiertos, y fijándome en este pensamiento, veo de un modo manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales que basten para distinguir con toda claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo»

Y tras seis largas meditaciones, en las que sienta las bases de su conocido método de la duda metódica, termina concluyendo la sexta de la siguiente forma:

«Y debo rechazar, por hiperbólicas y ridículas todas las dudas de estos días pasados, y en particular aquella tan general acerca del sueño, que no podía yo distinguir de la vigilia. Pues advierto ahora entre ellos una muy notable diferencia: y es que nuestra memoria no puede nunca enlazar ni juntar nuestros sueños unos con otros, ni con el curso de la vida, como sí acostumbra a unir las cosas que nos acaecen cuando estamos despiertos»

Esta concepción cartesiana de que los sueños no pueden ser puestos en relación con el curso de la vida despierta supuso sin duda un inexpugnable obstáculo para poder apreciar el contenido psicológico de los mismos sólo removido por el aporte freudiano, a la vez que su aseveración de que la memoria es incapaz de enlazar unos sueños con otros inhabilitó durante siglos al pensamiento científico y filosófico para poder acceder a una concepción de la vida onírica en continuidad. La nueva orientación que adoptó el pensamiento filosófico frente al fenómeno onírico se resume en el pensamiento de Hobbes:

«Las imaginaciones de los que duermen son lo que llamamos sueños. Y también éstas, como todas las demás imaginaciones, han estado antes, total o parcialmente, en la sensación. Y puesto que el cerebro y los nervios, que son órganos necesarios para la sensación, están tan embotados cuando se duerme que no son fácilmente estimulados por la acción de los objetos externos, no puede darse ninguna imaginación al dormir, ni por consiguiente sueños, que no procedan de las partes internas del cuerpo humano. Estas partes internas, debido a las conexiones que tienen con el cerebro y otros órganos, los mantienen en movimiento cuando son perturbadas; con lo cual las imaginaciones que allí se han producido con anterioridad aparecen como si uno hubiera estado despierto, salvo que al estar ahora embotados los órganos de la sensación, como no hay ningún nuevo objeto que pueda dominarlas y oscurecerlas con una impresión más vigorosa, un sueño tiene necesariamente que ser más claro en este silencio de los sentidos que nuestros pensamientos en estado de vigilia, y por eso viene a ser que es un asunto arduo y que muchos tienen por imposible, el distinguir exactamente entre el sentir y el soñar. Y puesto que vemos que los sueños son causados por la perturbación de algunas partes internas del cuerpo, distintas perturbaciones tienen necesariamente que causar sueños diferentes, y de ahí que el sentir frío cuando se está acostado engendre sueños de temor y haga surgir el pensamiento y la imagen de algo temible, y así como la ira causa calor en algunas partes del cuerpo cuando estamos despiertos, así también cuando dormimos un excesivo calentamiento de las partes causa ira y hace surgir en el cerebro la imaginación de un enemigo. Del mismo modo al igual que la amabilidad natural causa deseo, y el deseo produce calor, en otras partes determinadas del cuerpo, así también un calor excesivo en tales partes del cuerpo mientras dormimos hace surgir en el cerebro una determinada imaginación en la que se muestra algún tipo de amabilidad. En suma, nuestros sueños son el reverso de nuestras imaginaciones en estado de vigilia, comenzando el movimiento en un extremo cuando estamos despiertos y en el otro cuando soñamos»

Esta posición culmina en el siglo XVIII con la Ilustración. Para Kant los sueños carecen de todo valor, se producen en un estado de semivigilia y son una mezcla de percepciones y fantasías. Su posición se sintetiza en el aserto de que: «los sueños tienen su base en los desórdenes estomacales». En su libro «Los sueños de un Visionario» se puede leer:

«En los sueños el hombre no está dormido totalmente, siente con claridad en cierta medida y teje las operaciones de su espíritu junto con las impresiones de los sentidos externos. Por ello las recuerda parcialmente, aunque también encuentra burdas y banales quimeras, como inevitablemente tenía que suceder, puesto que se entremezclan ideas de la fantasía con ideas de la sensación externa»

Con el Romanticismo resurgió fugazmente el interés por los sueños, los románticos pusieron en tela de juicio estas ideas sobre el sueño y recalcaron sus potencialidades creativas y su participación en el descubrimiento de nuevas realidades. Esto queda claramente expresado en la obra de Goethe, a quien por otra parte tampoco se le escapa dimensión altamente subjetiva de los sueños y en sus «Conversaciones con Eckermman» se lee:

«Por lo que veo las musas le visitan a usted en sueños y le tratan con marcado favor pues usted mismo reconocerá que ni aún despierto habría podido imaginar algo tan original y tan bello». «Esos cuadros caprichosos (los sueños) puesto que se originan en nosotros pueden muy bien poseer una analogía con nuestra vida y nuestro destino»

Durante el siglo XIX los sueños fueron objeto de interés y estudio por parte de los científicos y de filósofos tales como Schopenhauer, Emerson, Nietzsche o Bergson, que mantuvieron en líneas generales la actitud de sus predecesores.

Arthur Schopenhauer aunque participa de la opinión general sobre la génesis de los sueños concede una cierta participación a la personalidad del soñador en la misma:

«Por la noche, cuando cesa el ensordecedor efecto de las impresiones diurnas, pueden ya conseguir atención, aquellas impresiones, que llegan desde el interior del organismo, análogamente, a como por la noche, oímos fluir una fuente, imperceptible durante el día. A estos estímulos reaccionará el intelecto realizando su peculiar función, esto es, transformándolos en figuras situadas dentro del tiempo y el espacio y obedientes a las normas de causalidad. Tal seria la génesis del fenómeno onírico». «En los sueños hablamos y obramos conforme a como somos»

A Ralph Waldo Emerson los sueños parecen merecerle una muy distinta consideración de la opinión general predominante en la época, según se desprende de la lectura de su «Demonology»:

«Los sueños poseen integridad y verdad poética y hay cierta razón que los gobierna. Su extravagancia corresponde no obstante a una naturaleza más elevada. Nos irritan independizándose de nosotros pero al mismo tiempo nos reconocemos en esa caterva desequilibrada. A menudo son la maduración de opiniones no concretadas. El hombre prudente lee sus sueños para conocerse a sí mismo»

Friedrich Nietzsche representa muy bien el pensamiento general. Para Nietzsche los sueños no son más que la interpretación, completamente arbitraria, por parte de la conciencia de las irritaciones nerviosas. En «El Amanecer del Día» refiriéndose a los sueños escribe:

«Estas invenciones en las que nuestros instintos y nuestros deseos pueden tener libre juego y amplio alcance son el resultado de las interpretaciones de la irritación nerviosa mientras dormimos, interpretaciones absolutamente libres y arbitrarias de los movimientos de la sangre o de nuestros intestinos, de la presión de nuestros brazos y las cubiertas de la cama, o del sonido de una campana, el canto de los gallos, o el revolotear de las polillas»

Para Henri Bergson, que dedico un pequeño estudio al tema, titulado «El Ensueño», los sueños tienen su origen en los estímulos somáticos, pero a diferencia del anterior no cree que los instintos o anhelos que nos dominan tengan ninguna influencia, aunque concede cierta participación al estado afectivo del soñador. Los recuerdos olvidados forman el contenido de los sueños y son los recuerdos que mayor coincidencia presentan con los estímulos somáticos los que toman cuerpo en los sueños:

«De los recuerdos fantasmas que aspiran a saturarse de color y sonoridad, en una palabra, de materialidad, los únicos que logran su objetivo son aquellos que pueden asimilarse a las sensaciones internas y externas que percibimos y los que responden además al tono afectivo de nuestra sensibilidad general. Cuando se efectúa esta unión entre la memoria y la sensación se producen entonces nuestros sueños»

Durante el siglo XIX tanto los fundamentos de la ciencia como sus métodos de investigación se habían consolidado lo suficiente como para despreciar aquellos fenómenos que rezumaran cierto halo de misticismo, esoterismo o irracionalidad. Los sueños fueron objeto de atención por parte de numerosos investigadores científicos de cuyos trabajos da pormenorizada cuenta Freud en el primer capítulo de la Traumdeutung. La publicación en 1873 de la obra de Wundt, «Elementos de Psicología Fisiológica» inaugura para la ciencia una nueva disciplina, la Psicología experimental. Para él, que es el máximo representante del pensamiento científico general, los sueños se producen en un estado de vigilia parcial, carecen de todo interés psicológico y su origen es básicamente somático:

«Probablemente la mayoría de las representaciones oníricas son en realidad ilusiones emanadas de las leves impresiones sensoriales que no se extinguen nunca durante el reposo. A mi juicio desempeñan también un papel esencial, en las ilusiones oníricas, aquellas sensaciones subjetivas visuales o auditivas, que en estado de vigilia nos son conocidas como caos luminoso del campo visual oscuro, zumbido de oídos, etc. entre ellas especialmente, las excitaciones subjetivas de la retina»

Los sueños, por lo tanto, fueron concebidos por el pensamiento dominante de la época como reacciones absolutamente superfluas a las perturbaciones del reposo ocasionadas por un estímulo cualquiera, quedando así despojados de todo valor psicológico y careciendo pues de todo sentido su posible interpretación. Se los comparaba con el sonido que los dedos de un individuo totalmente profano en música producirían sobre un piano al recorrer su teclado al azar. Esta posición queda resumida en las siguientes palabras de Binz:

«Los sueños son un proceso somático inútil en todo caso y hasta patológico en muchos de ellos»

Ante este estado de cosas es pues comprensible que el interés despertado por los sueños al comienzo del siglo XX fuera mínimo en todo caso, lo cual no hace sino magnificar ante nuestros ojos la figura y el trabajo del honorable Sigmund Freud quien en un movimiento contracorriente, cual salmón que remonta las turbulentas aguas del caudaloso río en su viaje de retorno a los orígenes, con la publicación de su Traumdeutung en 1900 recuperó para los sueños el lugar de privilegio que les corresponde dentro del contexto de la vida psíquica. La importancia del pensamiento freudiano y la influencia que ha tenido en todos los ámbitos del saber y la cultura a lo largo del siglo XX ha sido amplia y suficientemente reconocida. Su «Interpretación de los Sueños» siempre fue para él mismo su mayor contribución a la ciencia y todos los entendidos en el tema, aunque discrepen abiertamente de las concepciones freudianas, así lo reconocen:

«La Interpretación de los sueños de Sigmund Freud sigue siendo el trabajo individual más importante de la psicología de los sueños. Es el punto de partida de todo estudio serio de lo sueños en la actualidad» [Foulkes]

«A menos que se parta de un sólido conocimiento del trabajo pionero de Freud, ningún intento de estudiar los sueños y la vida onírica, logrará avanzar en el problema sin originar más confusión que claridad» [Meltzer]

Sin embargo la Traumdeutung tuvo una muy escasa repercusión en los años inmediatamente posteriores a su publicación, lo cual llevó a su autor a añadir en 1909 un pequeño apéndice al final del capítulo I donde nos dice:

«A los pocos críticos que han comentado mi obra, no les puedo contestar sino invitándoles a leerla de nuevo, o simplemente, a leerla»

Con el paso de los años la obra freudiana fue difundiéndose ampliamente y el autor adquirió renombre internacional. En 1909 se fundó la Asociación Psicoanalítica internacional (I.P.A.) y por un tiempo los sueños fueron objeto de estudio y de un ávido interés por parte de numerosos investigadores que veían en esta nueva disciplina, el psicoanálisis, un camino prometedor para abordar la psicología y la psicopatología. Sin embargo el propio desarrollo del psicoanálisis facilitó el que nuevas cuestiones, tales como la relación de objeto o la transferencia, fueran absorbiendo el interés de sus seguidores y con el tiempo los sueños fueron apartados del escenario principal, así se desprende del comentario que el mismo Freud nos ofrece, ya en las postrimerías de su vida, en 1933:

«Hojead conmigo la colección de la Revista Internacional de Psicoanálisis Médico en la cual constan desde 1913 los principales trabajos sobre nuestra ciencia. En el primer tomo hallaréis una sección permanentemente dedicada a la interpretación de los sueños con numerosas aportaciones a los distintos problemas de la teoría de los sueños. Pero conforme vayáis avanzando en vuestra búsqueda veréis que tales aportaciones se hacen cada vez menos frecuentes, hasta la desaparición total de la sección correspondiente. Los analíticos se conducen como si nada tuvieran ya que decir sobre los sueños, como si la teoría sobre los mismos fuera ya cosa acabada»

En los primeros años de la segunda mitad del siglo XX se produjo el descubrimiento científico más importante de la historia de los sueños: el sueño REM y el ciclo del sueño. Dicho descubrimiento atrajo rápidamente la atención de los investigadores y en los años siguientes se desarrolló una intensa labor de investigación que condujo a una proliferación sin precedentes de las publicaciones científicas sobre el tema y culminó con la implantación por todo el mundo desarrollado de los llamados laboratorios del sueño. Lo que comenzó siendo un descubrimiento espectacular y el avance más prometedor en cuanto al estudio de los sueños se refiere, pronto fue derivando hacia el estudio del fenómeno del dormir y sus diversas patologías hasta el punto de que hoy en día en los países más avanzados, los nuevos conocimientos adquiridos han acabado por constituirse en una nueva especialidad médica, la Medicina del Sueño (Sleep Medicine). Como consecuencia de ello, en las últimas décadas, el estudio de los sueños, aunque sin llegar a desaparecer, a vuelto a sumirse en un profundo letargo.

Antes de terminar este capítulo quisiéramos precisar que todo lo que en él se incluye no pretende ser en absoluto una historia del sueño, sino simplemente una aproximación al panorama general que el interés, que los sueños han despertado en el hombre a través de la historia, nos ofrece, cierto es que resulta muy difícil, por no decir imposible, desligar dicho interés de las diferentes concepciones que de los sueños, en cuanto a sus causas y funciones, se han formado los hombres de todas las épocas y culturas. Hago esta precisión con el objeto de animar al lector interesado a beber de las fuentes originales y a consultar a los autores especializados ya que todo lo que antecede, tomado como tal historia, no pasa de ser un pálido reflejo, un esqueleto altamente incompleto de lo que en realidad es la deslumbrante y vigorosa anatomía del impresionante y robusto cuerpo de conocimientos que conforman la onirología. Para concluir quisiéramos enfatizar el hecho de que los sueños han desempeñado, desempeñan y seguirán haciéndolo, un papel fundamental en la constitución y desarrollo de la cultura en general y de cada uno de nosotros en particular y que, por lo tanto, los sueños son uno de los fenómenos mentales más interesantes que podemos encontrar aunque lamentablemente no interesan prácticamente a nadie.

Por último quisiéramos reflejar mínimamente cómo los sueños han influido en el discurrir de los acontecimientos históricos a lo largo del tiempo, con dos mínimos ejemplos. El primero de los cuales constituye un lugar común dentro del campo de la onirología, trátase éste del famoso sueño de Alejandro Magno quien hallándose ya desesperado en su persistente, y hasta ese momento inútil, intento de conquistar la ciudad de Tiro y cuando estaba a punto de claudicar en sus intenciones y retirar el asedio que se prolongaba ya en exceso, tuvo un sueño. En este sueño aparecía un sátiro bailando sobre un escudo, conmocionado por el efecto que tal sueño le produjo, mando llamar al onirocrítico de su corte, el famoso Aristandro, quien ingeniosamente descompuso la palabra sátiro en sus componentes primordiales «sa» y «tiro», resultando ser que «sa» en su lengua significaba «tuya», de tal forma que facilitó a Alejandro la siguiente interpretación: «el sueño significa que Tiro será tuya», así que ante esta interpretación el gran Alejandro cambió de idea y reanudó su ataque, efectivamente en pocos días conquisto la ciudad de Tiro.

El segundo ejemplo es muchísimo mas reciente y ha tenido unas consecuencias determinantes para el desarrollo de la ciencia actual, concretamente en el campo de la química orgánica, se trata del descubrimiento efectuado por el insigne químico alemán Friedrich August Kekulé von Stradnitz de la primera molécula orgánica de estructura anular, esto es, de la molécula elemental del benceno. Dicho problema constituía una de las cuestiones más difíciles y complejas a las que se enfrentaba la química del siglo XIX pues dicha estructura en forma de anillo era a todo punto impensable puesto que hasta ese momento sólo eran conocidas las estructuras moleculares de conformación lineal. Tal descubrimiento lo realizo según él mismo nos refiere gracias a un sueño:

«De nuevo los átomos se arremolinaron a mi alrededor en el ojo de mi mente que estaba llena de imágenes parecidas, podía ver formas grandes y extrañas en forma de largas cadenas, las formas se retorcían como serpientes, de pronto ocurrió algo, una serpiente mordió su propia cola y formó una figura anular que giró ante mis ojos, sentí como si me hubiera alcanzado un rayo y desperté»

Así describió su descubrimiento en un congreso científico celebrado en el año 1880 y culminó su exposición con estas magníficas palabras:

«Aprendamos a soñar caballeros y entonces, así, quizás conozcamos la verdad»