El amor no es una elección

Angélique del Rey
Profesora de filosofía [1]
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Se cae de maduro para cualquiera que amar depende de una elección. Amar es elegir, de entre el conjunto de los seres, a aquellos a los que se quiere ayudar, con los que se quiere ser solidario, a los se les quiere dedicar su cariño, su tiempo, sus bienes, con quienes se quiere construir, crear; en resumen: aquellos con los que se quiere estar y vivir, compartir la vida.

Esta concepción, según la cual seríamos “libres” de amar a quien “queremos”, se manifiesta a través de un conjunto dado de fenómenos contemporáneos, que en su mayor parte se caen de maduros, pero que también pueden causar asombro e incluso resultar chocantes. Ejemplo clásico es el de las relaciones por Internet, encuentros basados en “criterios” según los cuales se supone que elegimos, con total prescindencia, a la “persona indicada”, la que nos va a convenir, la que vamos a… amar: como si el amor fuera un sentimiento que pudiéramos racionalizar. Pero también se pueden mencionar las prácticas de fertilización asistida, en las cuales parejas (o personas solas) que “quieren” a toda costa un hijo llegan automáticamente a decidir, en el proceso que los conduce a la procreación, sobre las condiciones en las cuales sentirán amor. Para ilustrar este último fenómeno, quisiera evocar aquí el caso de una conocida, que me quedó grabado en la memoria por su crudeza: esta joven multiplicaba las prácticas de fertilización asistida y estaba desesperada porque ninguna daba resultados. Finalmente, un día, la cosa funciona… hasta que ella se entera que el feto (de 4 meses de gestación) es portador del cromosoma 21. Le anuncia entonces a todos, llorando, que “tampoco funcionó esta vez: es por culpa de no tener suerte”. En otras palabras el feto, a partir del momento en que era portador de una enfermedad congénita, ¡no tenía siquiera derecho al reconocimiento de su existencia! Otro fenómeno que se puede mencionar es el del duelo y de su concepción contemporánea. “Hacer el duelo”, como dicen los psis de la escuela clásica, en otras palabras seguir amando a la persona fallecida hasta que se pueda “volver a vivir” habiendo integrado ese sufrimiento, se ha hecho cada vez más incomprensible; en lo sucesivo, cuanto antes uno se deshaga de un amor enlutado, tanto mejor. Elegir amar, es también elegir no amar más… en caso de que amar se vuelva doloroso, incómodo, molesto. ¿Para qué pasiones destructivas? ¿De qué sirven lazos que nos atan y nos sujetan contra nuestra “voluntad” y sobre todo, en detrimento de nuestro bienestar?

Es cierto que, desde un punto de vista histórico, la idea de un amor tanto de enamorado como filial o materno emerge con la figura, occidental y moderna, de un sujeto humano libre de decidir tanto sobre sus sentimientos como sobre sus actos. Por muy contrario a la intuición que resulte, el amor no siempre ha sido un criterio de elección del cónyuge, y Elisabeth Badinter ha demostrado también que el amor materno no siempre ha sido central en el vínculo entre hijos y madres. En otros términos, la emergencia del sentimiento de amor está vinculada a la del sentimiento de elección, de opción… aún cuando la experiencia de amar nos remita más al hecho de haber sido elegido que al de elegir.

En otras palabras, existe una paradoja en el centro del sentimiento de amor: al tiempo que implica la figura del sujeto portador de elección, le revela a dicho sujeto los límites de esa figura abstracta, a través de la experiencia de estar “ligado” a los que ama. Lo que la experiencia de amar me enseña, es que amo porque estoy ligado. ¿Por qué tengo tales amigos? Porque fui a tal escuela, tengo tal trabajo, llevo tal vida con tal tipo de relaciones. ¿Por qué quiero a mi hijo a pesar de que haga cosas que me espantan y va a terminar mal? Porque lo he llevado en mi vientre, lo he criado, he compartido con él mi vida, etc. Lo quiero aun cuando eso me haga sufrir.

Y aunque no quiera a todo el mundo, sino concretamente a éste o a aquél, eso todavía no es prueba de que sea “yo” el que lo quiere, ya que ¿quién es finalmente ese yo, aparte de los vínculos que lo constituyen y lo determinan a sentir, pensar y actuar de tal o cual manera? Puedo seguir diciendo que soy “yo” quien elige dar o no mi amor, pero lo que llamo yo no es sino ese ser que está “determinado a actuar —como decía Spinoza— de una manera determinada”; o si no, desde una visión abstracta e ideológica, el yo en el que pienso es un yo vacío, supuesto solamente escoger… en ausencia de toda determinación. Un yo a imagen de ese “yo” evocado por el adolescente en crisis que lanza a la cara de sus padres: “no soy yo quien ha elegido nacer”… ¡Dado que no existía, le era desde luego difícil ser el sujeto de cualquier elección! Ahora bien, el que pretende amar por elección es tan ridículo como el adolescente en cuestión.

A través del amor se expresa una pertenencia, la inscripción en un orden existente… aunque esa pertenencia nos pese, nos haga sufrir, o aún que su orden se manifieste como algo contrario a nuestra “libertad”. La incapacidad contemporánea para considerar esa pertenencia como compatible con el amor empalma con una similar incapacidad para soportar lo negativo… e integrarlo a la vida. Si el que “amo” me estorba, o si el amor que tengo por él, por ella, me hace sufrir, pienso inmediatamente en romper todo vínculo, en “liberarme”. De allí el evocado rechazo a “hacer el duelo” (del tipo: “¡no es porque ha muerto mi marido que me voy a quedar años pensando en él!); de allí también prácticas bárbaras y cada vez más difundidas como las que consisten en borrar toda huella de ciertos seres de las fotos del pasado; de allí sueños bárbaros, como el de una píldora que nos permita deshacernos de los recuerdos molestos, etc. A través de esas prácticas y sueños cada vez más difundidos se olvida, sin embargo, que ese yo al que se busca liberar de un amor que le pesa… se vacía con esa “liberación”. Sin conflictos, ni el amor, ni la persona que ama pueden subsistir, pues como decía el antiguo sabio Heráclito: “el conflicto es el padre de todas las cosas”.

La concepción del amor como elección implica desde luego la idea de que en el amor todo debe ser “rosa”, sin sombra alguna, sin nada negativo. En efecto, a menos de ser pasablemente neurótico, ¿por qué “elegiría” uno escoger a alguien que lo hace sufrir? Y si en un momento u otro aparece el sufrimiento, ¿por qué elegiríamos seguir amando a la persona que nos hace sufrir? El “para lo mejor y para lo peor” del discurso que celebra el casamiento se ha hecho hoy incomprensible… Ahora bien, lo que ya no se alcanza a comprender, es que en realidad es imposible separar, en el fenómeno amoroso (llamo así de manera amplia a todas las formas de amor), lo “positivo” de lo “negativo”. Puedo, desde luego, intentar hacer una lista de las razones “positivas” de querer a mi cónyuge, a mi hijo o a mis amigos, pero lo que amo de ellos está indisociablemente unido a lo que no me gusta. Amo la “dulzura” de mi cónyuge, no me gusta su “pereza”: ambas están ligadas, ése es él. Sin olvidar que, desde ya, las “razones” positivas de amar cuya lista establezco no tienen nada que ver con las razones, inconmensurables y en parte obscuras, por las cuales he desarrollado este amor. Como cualquier realidad orgánica (“todas las cosas”, según Heráclito), el amor es el “resultado” de una tensión entre elementos contrarios, o por lo menos múltiples y diferenciados. No hay vida sin multiplicidad, sin diferenciación. En un ecosistema, por ejemplo, procesos contrarios y diferenciados se complementan, desde luego, pero aún así sin excluir la violencia, lo negativo, la muerte. Lo mismo pasa con esa realidad que llamamos amor: con un amor viviente. El que, frente a su computadora, pretende encontrar a su alma gemela analizando los criterios de complementariedad con el otro no puede sino equivocar el rumbo… Busca fabricar artificialmente un vínculo mientras sueña que esa fabricación sea “pura”, pura positividad, cuando el amor es algo vivo, y, escuchemos una vez más a Heráclito, “el conflicto es el padre de todas las cosas”.

Pero, me dirán, ¿qué puede significar “amar” si no es elegir, escoger? ¿Y cómo explicar entonces que no amemos a todo el mundo? Amar, es estar enlazado, vinculado. Amamos a nuestro país porque allí hemos nacido, amamos a nuestros padres, a veces “a pesar de todo”, porque nos han criado, amamos a nuestros hijos porque los hemos concebido y criado, queremos a nuestros amigos porque han sido encontrados por nosotros en los sitios que hemos frecuentado y que nos constituyen. Se dice a menudo: “amo a éste o a aquél, o incluso a esto o aquello”: se objetiva el amor, se describe el fenómeno amoroso como un sentimiento unido a un objeto. Ahora bien, esa es una manera abstracta de describir al amor. Como decía Spinoza una vez más en su Tratado de las pasiones (cf. Ética, parte III), el amor no es un afecto primitivo. El afecto primitivo es la alegría: “llamamos amor a la alegría acompañada por la idea de una causa exterior”. La realidad constitutiva del amor es pues la alegría, puro proceso de expresión de nuestro “conatus”, es decir del desarrollo de nuestra potencia de actuar. No amo a “mi padre”: mi padre forma parte de mí, es constitutivo del desarrollo de mi ser, y si no me ha separado por completo de mi potencia de actuar, si no he sido quebrado, destruido, por él (lo cual lamentablemente puede ocurrir), si me ha permitido (incluso a su pesar) desarrollar mi potencia de actuar, puede surgir en mí la idea de que lo amo. Pero en todos los casos, lo quiera yo o no, estoy ligado a él: la vida nos ha ligado, mi vida está ligada a la suya. De allí la dificultad, a veces, de reconocer lazos que sólo generan en nosotros la idea del odio: decididamente, en efecto, los lazos nos eligen, pero no los elegimos a ellos.

 Notas

[1] Angélique del Rey vive en París. Escribió dos libros Las competencias en la escuela (2010) y La tiranía de la evaluación (2012). También es coautora de cinco libros junto con Miguel Benasayag, entre ellos Elogio del conflicto.

Artículo traducido por Miguel Carlos Enrique Tronquoy.

Por gentileza de Topía