El coronavirus como administración tanatopolítica | Reflexiones desde lo políticamente incorrecto

Alejandro Klein
Profesor en la Universidad de Guanajuato (México). Associate Research Fellow-Oxford Institute of Population Ageing
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Son los tiempos fatales del coronavirus. Tiempos de desazón, desconcierto. Poco se entiende. Pero se necesita confiar. Se espera así la respuesta clarividente de los gobiernos y los gobernantes. Hay países que han declarado la cuarentena obligatoria. Otros ensayan otras medidas. Todos indican la posible amenaza del colapso sanitario.

Pero el coronavirus ha implicado otras cosas. Al prohibirse como peligrosa, sospechosa y dañina de contagio la sociabilidad y al preconizarse al aislamiento como la única medida sanitaria eficaz, todo ha pasado a depender de lo virtual. La “tecnología”, como se le denomina.

A no ser que uno realmente e ingenuamente crea que internet es el significante del progreso en nuestra era, se trata de una noticia preocupante: lo virtual, las redes, internet, resulta que han pasado a ser las “salvadoras” del mundo civilizado y el progreso. Debemos, pues, estar agradecidos a internet (Klein, 2013).

Millones de seres iluminados por el espléndido brillo de pantallas amnióticas. Más celular, más televisión, más Netflix, más y más Redes…

Gracias a internet el mundo no se detiene, no colapsa, no cae en las miasmas del oscurantismo. Movimiento eficaz para que las Redes y los capitalistas que ganan fortunas con ellas, pasen a incrementar aún más su tasa de plusvalía.

Legitimización omnipotente de las Redes. Omnipotencia y gloria del mundo virtual. Dentro de él, todo. Fuera de él: lo insignificante. El contacto virtual, las amistades virtuales, el amor virtual, el sexo virtual. Un mundo excrecente de virtualidad (Baudrillard, 1984, 1988, 2008.

El mundo real pasa a ser ahora un apéndice del mundo virtual…El mundo real, paradojalmente, es ahora soso, aburrido y lento. Lo interesante está donde en realidad no hay nada real (Lipovetsky, 1990, 2000).

La sociabilidad ya no es el conjunto, el codo con codo, la sociabilidad es ahora entrar al magma amniótico de las redes, estar pegado, pegoteado a las redes. Una fantasmática de vida intrauterina terrorífica se vuelve posible y además una yuxtaposición de subjetividades donde reina la pregunta inquietante sobre si se trata de la realidad o un malentendido oniroide (Lyotard, 1987).

Y como socio de la gloria internáutica, el ahora reputado prestigio de los gobiernos totalitarios y fuertes, erigidos como los únicos capaces de implementar las medidas radicales y perentorias que exigen estos tiempos de pandemia. Es la hora de China y Corea, admirados, como otrora los gobiernos fascistas, por su fuerza y su voluntad. “El triunfo de la voluntad” que hipnotiza y arranca admiración. La acción dura, fundamentalista, invasiva, paranoicamente controladora de China, Taiwan, Corea, mostrando al mundo que ya no es tiempo de aspavientos liberales.

Pero también es el tiempo de Trump y de Bolsonaro, de todos aquellos que desprecian la empatía, el dolor, la debilidad. Los que dicen, o lo piensan aunque no lo dicen, que esta pandemia es una mala versión de una “gripecita”…

Del otro lado, los gobiernos democráticos deslegitimidados por su timideces y balbuceos, que han costado miles de muertos. Duramente criticados por sus errores terribles y también duramente criticados por dudar, recular, titubear. En tiempos que aspiran al gesto duro e ideologizado, sin piedad de ningún tipo, el gesto que duda es condenado ya sin titubeos. De esta manera, pareciera que Trump, China y Corea son los que han sacado más ventaja ante la guerra del Coronavirus.

Solo decisiones duras, fuertes, implacables, invasivas, parece que pueden salvar al mundo. Europa levantó nuevamente fronteras, fronteras que en realidad hace tiempo que están levantadas contra el inmigrante, el Otro, la alteridad (Klein, 2013).

El añejo proyecto liberal y republicano, termina así por generar más incertidumbres y ambigüedades que sociabilidad común y acogedora, sumergido en una crisis de legitimidad que no augura, lamentablemente, nada bueno (Habermas, 1988, 1989).

El coronavirus no inventa nada, solo expone en su faceta más clara, los procesos de depositación, emergente y chivo expiatorio (Pichon-Riviére, 1981), que denuncian que hace mucho que se han perdido procesos de confianza y confiabilidad, sin los cuales no hay lazo social posible (Giddens, 1993, 1995; Kaës, 1993).

De esta manera se “alaba” el sometimiento oriental a las normas de cuarentena, en nombre de lo “responsable” y en contraste se denuncia con desaprobación la “irresponsabilidad” occidental de gente yendo a playas, parques, filas, subiendo a transportes públicos. Pero ni la actitud oriental es tan responsable, ni la occidental tan hedonista. Del lado oriental no se puede ignorar un sometimiento, del lado occidental no se puede ignorar una tradición individualista, pero tampoco el que para mucha gente son tiempos de sacrificio y más pobreza (Sader y Gentili, 1999).

El coronavirus ha sido presentado como un problema sanitario. Pero las decisiones o postergaciones, prioridades y postergaciones que surgen a partir de él son decisiones políticas coherentes desde un contexto y una trama social.

Planteamos que estas decisiones corresponden a una actitud eminentemente tanatopolítica (Foucault, 1984, 1988, 2004).

Lo tanatopolítico implica que se tiende a multiplicar un relato cada vez más amenazador y terrorífico (como práctica de control disciplinante) en torno a una especie de Apocalipsis por el cual nos acercamos indefectiblemente a un mundo desastroso, virósico en la proliferación de sus miedos, aterrador en la multiplicidad del fracaso de sus sistemas expertos y de mediación, explosivo en la incapacidad de contener lo invasivo que se siente transformado cada vez más en caos y desorden.

Pero, por otro lado, lo tanatopolítico es también esta política de incertidumbre en la cual se plantea el dilema entre la salud y la economía. Se dice: “cuidar la salud o preservar la economía”. Como si se trataran de antinomias. Y en ese momento, tanatopolíticamente, aunque se siguen preservando medidas sanitarias a forma de rituales políticamente correctos, por otro, se ordena, sutil o directamente, que hay que “reabrir” la economía, volver a los trabajos, echar a funcionar otra vez el transporte y las oficinas públicas.

Simultáneamente hijos y nietos mudos de horror, pero paralizados por la contundencia sanitaria, asisten y son cómplices involuntarios del exterminio de sus padres y abuelos en sanatorios, hospitales, cuartos aislados, centros geriátricos y/o pensiones…en un mundo imperturbable que dictamina, sin objeciones, ni reclamos, ni protestas de ningún tipo, que antes que los viejos, los jóvenes y adultos deben ser atendidos sanitariamente.

Tanatopolíticamente, los viejos no mueren sólo por el coronavirus, mueren también por la falta de asistencia deliberada y asistida. Lo que se llama: el colapso del sistema sanitario. Del cual son víctimas también los pobres, los indígenas, los que no tienen agua, los que se hacinan en metros y transporte público, los débiles, los cansinos, los no fuertes, los asmáticos…

Pero, ¿no es necesario también denunciar que esta crisis es inmanente a décadas y décadas de recorte neoliberal de los presupuestos de salud, sindicados como gasto innecesario y deficitario?

Cuando pensamos en la situación de los viejos, los latinos, los pobres, los negros, los que están más expuestos y son más vulnerables al coronavirus, ¿cómo no pensar en una especie de genocidio implícito donde los que sobreviven son los mejores, los adinerados, los más protegidos? El dispositivo social cediendo a la tentación tanatopolítica de un “baño” de limpieza social. La vieja y renovada ideología fascista de la lucha por el predominio del más fuerte, dentro de una banalidad del mal (Arendt, 2004).

Una vez más se demuestra que la realidad existe en función de la Media. Como la Media no denuncia las atrocidades, deslices, torpezas y crueldades, no existe crueldad, indiferencia ni torpezas. Uno se pregunta entonces, ¿la Media es el cuarto poder o es el Único Poder?

Y luego del coronavirus, arremetida de la recesión, arremetida del empobrecimiento, arremetida del desempleo, arremetida de la desesperación de la gente, deshaciendo aún más el pacto social, sin que las deudas y sensibilidades asomen por ningún lado. Los rostros crispados, maduros, preocupados de nuestros dirigentes no admiten discusión ni debate. Si las medidas económicas son severas, es porque el mundo entra en recesión y fin.

Nadie debate nada. Nadie cuestiona nada. Como si todo fuera, en definitiva, obra de un destino funesto y un instituido implacable (Castoriadis, 2004).

¿Cómo no es posible pensar que estamos ante una renovada expresión de la “banalidad del mal”?. Pero, esta vez, ¿dónde están los culpables; y quién llevará a estos modernos Eichmann, si es que existen, si es que se los encuentra, a ser juzgados en Jerusalén?.

Referencias bibliográficas

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