El deseo de morir | Notas sobre la pulsión de muerte

Sergio Rodríguez
Psicoanalista

“Renovado verdor del árbol
quién tuviera tu juventud
quién pudiera volver como vuelve la luz
y el sol sobre los campos.”

Arturo Dávalos [1]

Pulsión
Del lat. tardío pulsio, -ônis ‘acción de repeler’.
1. f. Psicol. Impulso o tendencia instintivos.

Real Academia Española

.          .          .

Se trata de un dualismo que propone Freud en 1920, como pulsiones contrarias (pero a la vez inseparablemente unidas), al conjunto de todas las pulsiones que hasta entonces había descrito: pulsión sexual, pulsión de autoconservación, pulsiones yoicas.

Freud designa a las pulsiones de muerte como categoría fundamental de pulsiones, que se oponen a las pulsiones de vida, con el fin de reducir completamente las tensiones, o sea, volver al individuo vivo al estado inorgánico de quietud y reposo. Eso nos facilita preguntarnos: ¿por qué las personas pueden o podrían desear “volver… al estado inorgánico de quietud y reposo”? ¿Además, la muerte, es quietud y reposo? El muerto no reposa, sencillamente dejó de ser un ser vivo, es sólo resto, desecho inorgánico, de aquello que fue.

Freud suponía que estas pulsiones de muerte se orientan en un primer momento hacia el interior del sujeto e intentan destruirlo. Y, en segundo lugar, se manifestarían exteriormente en forma de agresión destructiva.

Las tesis de Freud con referencia a la pulsión de muerte representan la orientación de todo ser viviente a retornar al estado inorgánico, si se admite que un ser vivo aparece después de lo no vivo; y desde esta perspectiva, cada ser vivo deja de existir necesariamente por causas internas y/o externas. Enfermedades, accidentes y/o asesinatos. Pero cada persona ha sido el resultado de un coito entre los padres biológicos, o sea, entre seres vivos, que a través de espermatozoides (vivos) inoculados en ovarios (vivos), dieron vida a un embrión (o más) que luego será/n feto/s hasta ser un bebé o más, paridos.

¿La misión de la libido es hacer inofensiva a esta pulsión, derivándola hacia los objetos del mundo exterior, como pulsión destructiva, pulsión de dominio o voluntad de poder? La libido: ¿tiene misión? O simplemente, es. Y en tanto lo va siendo, va asumiendo funciones.

Según Freud, una parte de esta pulsión desempeña un rol importante en la función sexual. Por ejemplo, en el sadismo y otra parte queda ligada en el organismo, como en el masoquismo erógeno primario.

Uno de los motivos que llevaron a Freud a establecer la existencia de una pulsión de muerte fue considerar los fenómenos de repetición que se observan en los pacientes. Que no pueden ser reducidos a la búsqueda del placer de la libido, o al intento de controlar las experiencias no placenteras. ¿Esto, es solamente así? Otro de los motivos es la importancia de la ambivalencia, tal como se observa en la neurosis obsesiva y en la melancolía. El odio no proviene, por lo menos no exclusivamente, de la vida sexual. Sino también, de la lucha del yo para su afirmación y conservación. El odio es, como relación de objeto, más antiguo que el amor. Observemos a las criaturas pequeñas (días, pocos meses) llorar y gritar como si odiaran, ante satisfacciones que se les niegan. Por supuesto, solamente la disposición y apropiación de la batería significante les permitirá a posteriori, “bautizar” como odio a ciertos efectos de lo enojos.

Las pulsiones contrarias son fuerzas que se enfrentan en el conflicto intrapsíquico. Freud insistió en mantener esta tesis de la pulsión de muerte porque hay hechos que muestran que, aun en los casos de mayor furia destructiva y ciega puede coexistir una satisfacción de la libido.

Pero no es un hecho menor que Freud haya comenzado a promoverla en 1920, en los finales de la Primera Guerra Mundial y su consiguiente desastre humano. Y también cuando él empezaba a transcurrir 64 años, los que, para aquellos tiempos, ya era vejez. La noción de pulsión de muerte, además de tener importancia teórica para Freud, se lo sugerían hechos que tienen valor en la clínica y en la cura. Como las manifestaciones del masoquismo, la reacción terapéutica negativa y el sentimiento de culpa de los neuróticos. Y hacen imposible suponer que el funcionamiento psíquico depende sólo de la tendencia al placer. Con sólo observar, se torna evidente la diferente vitalidad entre niños, prepúberes, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos.

La oposición entre las dos pulsiones fundamentales, de vida y de muerte, se relaciona con los procesos de asimilación y de finalización gradual, en ocasiones de golpe, de la vida. Hasta su pérdida casi total. Digo esto porque elementos como las uñas y los cabellos siguen creciendo posmortem.

Lo que Freud designa como pulsión de muerte tiene como elemento fundamental la tendencia a retornar al estado anterior de reposo absoluto de lo inorgánico. ¿Reposo? A pesar de que la tradición latina usa el RIP “requiescat in pace”, el muerto no está descansando, sino que se está desintegrando biológicamente. Lo que fue, ya no es, aunque por estar muerto no lo pueda advertir.

Freud afirma que el principio del placer representa las exigencias de la libido y en parte podría estar al servicio de las pulsiones de muerte; y lo distingue del principio de nirvana, que es el que permite reducir las tensiones a cero y que estaría enteramente al servicio de las pulsiones de muerte.

La sexualidad representa un principio de cohesión a través de la ligazón; ya que genera unidades cada vez mayores y las mantiene. Las pulsiones destructivas, disuelven y destruyen las cosas.

Las pulsiones de vida, también designadas como Eros, incluyen tanto las pulsiones sexuales como las de autoconservación.

En el texto Más allá del principio del placer (1920), Sigmund Freud plasmó el segundo y definitivo modelo pulsional, cuya aparición causó, en el seno del propio movimiento psicoanalítico, una notable conmoción y un rechazo inicial, por el carácter disruptivo de su principal aportación conceptual: la pulsión de muerte.

Freud se basaba en la experiencia clínica, en la constatación de una serie de fenómenos que obedecen a una tendencia que designó como compulsión a la repetición.

Dicha tendencia aparece en una serie de hechos paradójicos que contradicen la supuesta orientación del sujeto guiado por el principio del placer hacia su bienestar. La reacción terapéutica negativa revela una secreta complacencia del sujeto con el sufrimiento de sus síntomas. Más allá de su anhelo consciente de curación, es una de las manifestaciones clínicas más importantes de dicha compulsión a la repetición.

Freud planteó la existencia de la pulsión de muerte para situar esa fuerza que trabaja silenciosamente, para fines que se sitúan más allá del principio del placer y que subvierten la relación del sujeto con su bienestar.

A partir de ese momento, el dualismo pulsional quedó formulado como la existencia, en permanente contraposición, de pulsiones de vida y pulsiones de muerte.

J. Lacan retomó la elaboración freudiana de la teoría de las pulsiones, y valorizó especialmente los fenómenos que Freud quiso cernir con la noción de pulsión de muerte, abordándolos a partir de nuevos conceptos.

Más allá del principio del placer, es un texto que, como muchos otros, muestra la magistral capacidad expositiva de Freud, apoyada siempre en un estilo preciso y a la vez brillante.

Incluso en un recorrido como el de dicha obra, que lo lleva en algunos momentos por caminos especulativos. Freud hace autocrítica de esto. Pero las observaciones, la argumentación y las sucesivas hipótesis se encadenan de manera rigurosa, lógica y clara.

Cada uno de los siete apartados del texto tiene una función precisa: plantear el problema, añadir elementos y datos procedentes de diversos campos, elaborar y formular conceptos y presentar sus conclusiones… Me permito agregar lo siguiente. A través del pasaje de los años con sus desgastes físicos y enfermedades, se produce una relación diferente con la vida. En la cual se va instalando progresivamente, el deseo de morir, o sea la pulsión de muerte. Pulsión que va tomando dominancia. No hay por qué asustarse de eso, y es mejor vivirlo lo más a conciencia posible, para transitarlo de tal modo de no renunciar a seguir produciendo su propio nombre.

Último planteo de Lacan, cuando plantea para el Nudo Borromeo que un buen desarrollo de las subjetivaciones lleva al Sujeto dividido a poder escribir su propio nombre en sustitución del Nombre del Padre, sin renegar de él.  Ya hablé de diferentes elementos que cultivan la disposición a vivir. Ellos no se pierden, el contrario, se los ama y gusta cada vez más. Compañera o compañero, hijos, nietos, nueras, yernos. No se pierde el amor por ellos, pero el deterioro biológico impide, progresivamente, disfrutarlos todo lo que se querría. Entonces, la pulsión de muerte se va imponiendo.

Notas

1. Agradezco a mi hermano Alex, que me trajo al recuerdo esta estrofa de Arturo Dávalos que cantábamos con nuestros primos cuando éramos adolescentes, y me trajo, además, muchos otros recuerdos juveniles.

Por gentileza de Página|12