El fenómeno ‘dada’

Rafael Pinilla
Licenciado en Historia del arte

 

Al iniciarse el siglo XX Europa se verá sacudida por un acontecimiento que marcará decisivamente el desarrollo de su historia; en 1914 estallaba la Primera Guerra Mundial, un conflicto que mostraba al mundo la capacidad destructiva y el potencial aniquilador del ser humano. El horror de la guerra acarreará trágicas consecuencias a una Europa que ya no volverá a ser la misma después de cuatro años de sangrientos combates. El hombre occidental, civilizado, había creado con su inteligencia poderosas y sofisticadas armas para destruir a sus semejantes; será este mismo hombre el responsable de la carnicería que supondrá el conflicto hasta entonces más devastador que se había visto.

En este contexto de horror y muerte la expresión artística se mostrará más que sensible. Por un lado, unos iniciarán el retorno al orden y, por otro, se plantearán las radicales anti-propuestas dadaístas. El dadaísmo supondrá una violenta reacción ante la repugnancia de los acontecimientos, ante la inmensa estupidez del ser humano que había sido capaz de destruir a una escala nunca vista cualquier signo de cultura. Los dadaístas se comprometerán espiritualmente a la total abolición de todos y cualquiera de los valores establecidos; sus incendiarios y transgresores postulados se basarán en las ideas de no-arte y anti-arte. Sin embargo, a pesar de esta radical y rotunda negación del arte, el dadaísmo representará una nueva manera de entender el hecho artístico que posteriormente impregnará corrientes como el surrealismo, el Pop-Art o el Arte Conceptual.

El carácter de negación y de absurdo propio del movimiento se encuentra ya implícito en el mismo termino; “Dadá”, que como afirmó Tristán Tzara no significa absolutamente nada. No obstante, a pesar de ello existirá toda una “literatura” sobre el origen de la huidiza palabra; uno de los escritos más conocidos al respecto son los de Jean Arp: “Por lo presente declaro que Tristán Tzara encontró la palabra el 6 de febrero de 1916 a las 6 de la tarde; estaba yo presente con mis 12 hijos, cuando Tzara por primera vez pronunció esa palabra que nos llenó de un justificado entusiasmo. Ocurrió esto en el café de la Terrasse, de Zurich, y yo llevaba un brioche en el agujero izquierdo de la nariz”.

Será precisamente en Suiza, un país neutral durante la guerra, donde se inicien en 1916 las primeras manifestaciones que se pueden considerar plenamente dadaístas. En Zurcí, el poeta rumano Tristán Tzara frecuentará el Cabaret Voltaire, de Hugo Ball, donde realizará junto a otros artistas todo tipo de actividades. Pronto acudirán a la ciudad otras inquietas personalidades tales como Jean Arp y Richard Haulsenbeck; éste último jugará un papel determinante en la introducción del dadaísmo en Berlín en 1918. Tzara y Haulsenbeck eran hombres vinculados al mundo de las letras, y por ello el dadaísmo se puede considerar en origen un fenómeno literario que más tarde se extenderá a otras disciplinas. Pronto Tzara, buen conocedor de las radicales ideas de propaganda futuristas realizará todo tipo de imposibles manifiestos y organizará eventos con un talante abiertamente provocador. Dentro del terreno plástico, Arp empezará a experimentar en sus composiciones con el azar y el automatismo, obteniendo unas sugerentes obras que por muy anti-artísticas que fueran consideradas poseen unas innegables cualidades estéticas.

Por otro lado, en Estados Unidos, en la ciudad de Nueva York, surgirá otro importantísimo núcleo dadaísta, cuyas dos personalidades más destacadas serán Francis Picabia y Marcel Duchamp. Picabia, a pesar de su interesante y a veces insolente obra, no tendrá la trascendencia artística de su amigo Duchamp. Aún hoy en día las ideas de este francés universal continúan siendo un punto de referencia para muchos creadores que de forma más o menos afortunada se aproximan a sus postulados. Duchamp, con sus famosos “ready-made”, nos obligará a reflexionar sobre la esencia misma del arte; objetos vulgares, intrascendentes o neutros serán extraídos de su prosaica existencia para adquirir gracias a la figura del creador una nueva dimensión artística. Para la historia del arte del siglo XX ha quedado el taburete con la rueda de bicicleta, el urinario o el portabotellas entre otras impagables piezas. Después de Duchamp pocos artistas seducirán tanto con un universo tan aparentemente banal.

Con la finalización de la guerra, en la zona alemana el dadaísmo extenderá sus ideales nihilistas por Berlín, Colonia y Hanover. Por lo que respecta a la ciudad de Berlín, George Grosz y Raoul Hausmann se implicarán con su obra en la demoledora crítica de una sociedad totalmente derrotada tras el conflicto. Gras, con sus personalísimas ideas irá mucho más allá de las formulaciones dadaístas y Hausmann se convertirá junto a John Heartfield en el indiscutible maestro del fotomontaje. En Colonia destacará en solitario la figura de Max Ernst, un artista bastante más conocido por su posterior etapa surrealista. En todo caso, antes de embarcarse en la nueva realidad de Breton y los suyos, Ernst ya mostrará un inquietante interés por un mundo de imágenes turbadoras y de pesadilla que después eclosionará en su obra plenamente surreal. En la ciudad de Hanover desarrollará sus actividades plásticas Kurt Schwitters, un personaje cuya obra se encuentra bastante más al margen del trasfondo político que tenían las manifestaciones dadás de Berlín o Colonia. Schwitters manipulará con una maestría excepcional los despojos abandonados por una despreocupada sociedad. En sus composiciones las envolturas de las golosinas, los billetes de tranvía o los fragmentos de madera adquieren una dignidad artística sorprendente.

En el área francesa las propuestas dadaístas no tendrán el vigor y la fuerza que otos centros manifestaban. Sin embargo, Tzara y Picabia llegarán a París con la intención de continuar su particular aventura iniciada años atrás; les seguirán poco después Man Ray y Duchamp. Corrían ya los años 20, la guerra había finalizado y pronto el fuego purificador dadaísta empezará a extinguirse. Ahora era el turno de una nueva realidad, una realidad ligada al inconsciente; el relevo de la vanguardia lo iban a tomar André Breton y el surrealismo.

A pesar de todo el camino estaba ya abierto, y las ideas de los dadaístas iban a marcar por completo el desarrollo artístico del siglo XX. La actitud ante el arte y el hecho artístico tomará un rumbo que aún en la actualidad siguen muchos. De hecho, la herencia dadaísta de radical rebeldía continúa siendo uno de los signos más característicos del arte realizado en el siglo que hace poco hemos dejado atrás.