El ser y la consciencia (notas de archivo)

Mijaíl Lifschitz
Filósofo y crítico de arte soviético. Miembro activo de la Academia de Bellas Artes de la Unión Soviética y doctor en Filosofía
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“El ser y la consciencia (notas de archivo)” —Bytie i coznanie (arxivnaya zametka)—, fue escrito en algún momento a inicios de la década de 1970 por Mijaíl Lifschitz​ y publicado por primera vez Internet por Víktor Arslanov en el transcurso de los años 90.

El presente texto forma parte de la colección “Textos Libres”, una serie de escritos que Ediciones Edithor coloca a libre disposición para su lectura y difusión.

Traducido directamente del ruso por Víctor Antonio Carrión.

El ser y la consciencia. Tres aspectos de esta relación. Dos polos y su unidad

1. El ser tras la consciencia y el ser ante ella. La consciencia psicológica o socio­psicológicamente dependiente del ser y la consciencia que, en correspondencia con su naturaleza, siente y comprende el mundo exterior, que se controla a sí misma, en una palabra, que siempre tiene su objeto, depende de él. La primera relación es, en esencia, la dependencia ontológica de la consciencia del ser, la segunda es la gnoseológica.

2. Finalmente, con la identidad de estas dos relaciones, pues la dependencia gnoseológica tiene naturaleza ontológica y lo ontológico es gnoseológico, se componen dos aristas de dos tipos de unidad de contrarios y en calidad de forma óptima está la consciencia ontognoseológica en la que se halla la visión y apercepción, y la libertad relativa de la voluntad.

3. El secreto de la consciencia. Ella constituye, en primer lugar, el lado interno del proceso material objetivo. El proceso de la consciencia escolta de por sí el curso de las cosas y si tomamos esta relación en abstracción, entonces nos queda la sustancia espinoziana con dos atributos, de los cuales el atributo del pensamiento es al mismo tiempo su propio epifenómeno, escoltado de la certeza psicológica, aspecto interno y autoconocimiento externo. Aquí lo uno y lo otro convergen y en consecuencia es como si no hubiere ningún problema. La sustancia se piensa a sí misma, el pensamiento es su autoreflejo interno. De allí, Feuerbach: lo que para mí es un acto psicológico, interno, es para otro un acto físico, objetivo. Y allí, donde tú y yo coincidimos —en la infinitud—, allí la propia sustancia, por así decirlo, sobrevive y concibe

2 . Pero en la infinitud, y donde ante nosotros está un acto aislado del pensamiento, el problema renace inmediata y continuamente: por un lado, el proceso fisiológico y social, del otro, su ciega toma de consciencia interna. La contradicción y aporía que surge sobre este suelo: ¿y es vuestra propia teoría el que la toma de consciencia es un epifenómeno psíquico de vuestro ser? En tal caso ¿cómo es posible?

Respuesta: En la identidad de las dos relaciones de consciencia, que también es el principio histórico de la consciencia, donde el período del aspecto de retorno se aproxima a cero, por la naturaleza del pensamiento mismo, si se lo determina, su contenido objetivo significa más que su fundamento físico o social. La salida de la identidad plena es la hendedura, el diferencial. El ser determina la consciencia: aquí el contenido interno objetivo del pensamiento es más amplío y significa más que su barra de soporte. Al igual que el valor real dinero, como mercancía, adelgaza permanentemente en comparación con ese valor que él, como equivalente, refleja tal cual un espejo. Del toro a la tarjeta de crédito y la orden de endoso. De ese modo, resulta posible salir de la simple espontaneidad: la orden de nuestro pensamiento al cuerpo; aunque esto crece imperceptiblemente de las correcciones pequeñas, casi involuntarias, de su equilibrio, como señala Leibniz; da lo mismo el sitio en que el vínculo externo de las cosas empiece a dominar sobre la propia res cogitans, lo universal sobre lo particular. Sobre este suelo no germina, a partir de este diferencial, la posibilidad de un control consciente (ideata) y de transformación del mismísimo mundo externo. De ese modo, el lado activo de la consciencia es el dictado de un mundo mucho más amplío, y este carácter activo implicaría reconocer en sí, como absoluta y arbitraria, junto con Descartes y Malebranche a una sustancia secundaria con todas las vicisitudes filosóficas que de allí derivan. Los marxistas pop, que recurren al carácter activo de la consciencia, aún no comprenden este problema.

En cierto sentido, para el materialismo moderno es realmente necesario regresar a Descartes y Spinoza que, salvo la esfera puramente psicológica del conocimiento imaginativo y la pasión del alma, admitieron lo milagroso de la propiedad de adecuación de nuestra consciencia clara y precisa al contenido objetivo del pensamiento. Es como si el pensamiento fuere, de esa forma, un espejo transparente que no estorba al contenido objetivo para que hable de sí mismo. Finalmente, esta es una convencionalidad, el pensamiento no es un espejo perfectamente transparente, pero tal convencionalidad nos lleva a la comprensión de la naturaleza de la consciencia (o el pensamiento en el sentido amplío, cogitatio). Sin duda, ésta naturaleza no interviene en forma pura en todas partes, como un cuerpo mineral, y, en particular, en ninguna parte interviene como tal, sensu stricte, pero esto no significa que ella esté ausente, que no exista.

¿Cómo se piensa a sí, en nosotros, la sustancia de Spinoza, como actúa ella en nuestras manos? No solo como epifenómeno, producto pasivo, sino como sujeto, esto es, ella piensa y actúa. Nuestra psicología viene a ser aquí solo una pantalla, un órgano de lo absoluto. Nuestro yo alcanza la más grande autonomía justamente en ese momento, cuando nuestras bocas anuncian algo más y confiamos a nuestras manos algo más que sí mismas. La idea griega de musa e inspiración. Ciertas personalidades son ejemplos históricos de la actividad.

Pensar es hacer que lo objetivo piense en nosotros. Actuar libremente es ser sujeto de una realidad mayor fuera de nosotros, casi desprendiéndose de sí mismo, sin sentirse vinculado con su ser insignificante, su trémulo existencialismo. Cómo ejecuta la gente causas inspiradas, incluso ir al ataque. Lo universal siempre es más que lo particular. El ser universal determina lo singular, lo individual. Ésta es la diferencia en el ámbito del propio ser material. Así es posible el carácter activo del pensamiento y la voluntad allende los límites de nuestro estado psicológico pasivo, nuestras reacciones ciegas. Solo apoyados en esta realidad más amplía se puede franquear el umbral de la ceguera, que nuestro ser empírico nos impone. Cómo se realiza eso, requiere, naturalmente, un análisis ulterior.

Pero para el inicio es necesario establecer que el contenido del pensamiento está en el mundo objetivo y no en nosotros. La convicción de que el contenido del pensamiento está en nosotros es una de las ilusiones psicológicas, similar al sujeto ensimismado en esas situaciones, cuando él no es y no puede ser. Sí, la cabeza piensa, pero solo en el sentido de que ella es portadora del código elaborado por la naturaleza y la sociedad, pero a este órgano lo toca el universo completo de galaxias individuales. El pensar no sucede en la cabeza, en general, éste no ocupa un lugar. Pero su contenido está en las cosas, en determinadas situaciones pensables. Lo pensable es una categoría del mundo real, el cuerpo que piensa somos nosotros mismos, el pensar es relación. ¿Qué es lo pensado?

Lo pensado es lo que el idealismo llama espíritu objetivo en las cosas. Este es el sentido general, el flujo general, la tendencia general de las cosas, no la propia letra de la realidad, sino justamente su espíritu, el conjunto de sus relaciones. Este es precisamente el contenido del pensamiento, esto es lo pensable, y no está en nosotros, sino, en primer lugar, fuera de nosotros, se piensa en nosotros. Es difícil seguir siendo un materialista si se parte de la representación de un mundo interno autónomo, que asimiló la filosofía moderna y estuvo presente también en Locke y los viejos materialistas quienes admitieron que todo el contenido de la consciencia es producto de la actividad de la materia, pero un producto ciego, psicológico, sometido únicamente al tratamiento racional que la fuerza de la razón emprende de la nada. La razón humana es la razón del mundo, en un grado u otro, naturalmente, por eso su estupidez es también, en cierto sentido, la estupidez del mundo. Salir de las murallas de la fortaleza del mundo interior, crea una ilusión psicológica similar a nuestra representación de que el sol gira alrededor de la tierra y es imposible. A fin de cuentas, recurriremos al salto vitale de Plejánov, es decir, a la violencia contra ésta ilusión, pero una violencia pequeña, aunque salvadora. Además, la referencia a la práctica no debe ser un paso irracional (v. el neomarxismo).

De esa forma, se obtuvo la fórmula de Kant que ha llegado ya a ser banal, aquí es necesario un verdadero giro copernicano, y en su lugar, para relacionar el contenido del pensamiento en nuestro mundo interno, cercado por un altísima valla desde el exterior, es menester transferir este contenido hacia allá, donde realmente transcurre, es decir, en el mundo exterior que rodea al humano. ¿No significa esto negar el derecho del sujeto humano? Según la noción ordinaria, es así. En realidad, la más auténtica subjetividad que es en sí una forma peculiar del ser individual, no se reduce a la unidad empírica, pero incluso la forma corpórea se desata en relación con el mundo exterior infinito y hasta se puede decir: en él se engendra. No se engendra, en palabras de Kant, el sujeto empírico, sino el trascendental, la personalidad como una de las facetas del universo. Pero solo en éste corte es una personalidad genuina.

Sin esto, como ya se dijo, surge la situación desesperada de mixturar la teoría y el carácter activo con la vida psicológica del cuerpo. Como ilusión, este punto de vista es comprensible e incluso perdonable, pero como posición teórica lleva inevitablemente sea hacia el idealismo subjetivo, sea, en el mejor de los casos, a un materialismo de tipo antiguo que por necesidad, no por intención, es inconsecuente en estas cuestiones fundamentales de la filosofía.

Notas

La cuestión sobre donde transcurre el pensar se relaciona con los problemas que interesaron a los escolásticos en las distintas versiones de ubiedad (Ubignitaet). v. Leibniz Nuevos ensayos, edición rusa, pp. 194-195.