El sujeto y la máquina sociocultural

David Moscovich
Psicoanalista

Una de las cuestiones que reclaman la atención de este trabajo es presentada como pregunta: ¿qué incidencia tienen ciertos fenómenos socioculturales en la construcción de la subjetividad, en la configuración de los modos de subjetivación? Enseguida se insinúa un interrogante complementario: ¿pueden ciertas modificaciones de la estructura social producir cambios significativos en la estructura y en la dinámica del aparato psíquico? En este sentido, me viene a la mente la idea de Piera Aulagnier, contundente por cierto, cuando explica su concepto de contrato narcisista, y algunas manifestaciones clínicas deberían llamar nuestra atención al respecto para determinar en qué medida y bajo qué circunstancias el sujeto se empeña, sin saberlo, en transmitir los mandatos del modelo socio cultural, ubicándose él mismo como agente de un discurso que lo trasciende y que responde a dicho modelo, para obtener a cambio el reconocimiento del Otro de la cultura, alojamiento subjetivo y soporte de la existencia. El contrato narcisista es, podemos decir, de naturaleza universal. No implica de por sí nada patológico. La cuestión que me propongo trabajar aquí, justamente, se refiere a aquellos hechos de la clínica que nos indicarían que algo de ese acuerdo inconsciente entre el sujeto y la cultura se ha vuelto nocivo y susceptible de desencadenar un trastorno psíquico. Creo que si analizamos ese tipo de fenómenos de una manera exclusiva y según lo indicarían los conceptos más clásicos de la teoría psicoanalítica –de los cuales no podemos prescindir en absoluto- corremos el riesgo de descuidar la importancia de la relación del sujeto con el entorno socio cultural del cual él es un efecto, en tanto se halla determinado por lo que acontece en el campo del Otro, y en qué medida algunos elementos o modos de funcionamiento de esa cultura pueden constituirse en agentes patógenos. Este trabajo, entonces, se propone en algún sentido la tarea de articular la historia con la estructura. Y cuestionar al respecto la idea de que la estructura del psiquismo se mantiene inamovible en el transcurso de las épocas y el devenir histórico. Este punto de vista, que aquí me propongo desarrollar, no desconoce el hecho de que, tanto en las neurosis como en las psicosis, la posición del sujeto y su responsabilidad tal y como la entendemos en psicoanálisis resultan determinantes para entender la clínica, tanto como el deseo del analista, es decir, de aquél que dirige la cura. Pero no podemos olvidar las afirmaciones de Freud en ese escrito fulgurante que es El Malestar en la Cultura, cuando desarrolla su severa acusación dirigida a lo que ahí llama superyó cultural, calificándolo de anti psicológico, y sosteniendo que a la cultura no le interesa en absoluto la felicidad del sujeto, sino más bien la renuncia pulsional de la cual, podemos decir, se alimenta. En este sentido, la metáfora de la guarnición militar en la ciudad conquistada, cuando Freud se refiere a la función del superyó, resulta elocuente, y nos revela con claridad que no podemos sin más dejar de lado la incidencia de aquello que denominamos la cultura en la constitución del sujeto y en sus posibilidades de enfermar. Claro es que se pretende formular una serie de hipótesis que justifiquen el desarrollo de unas tales afirmaciones, y no está en nuestro ánimo plantear generalidades banales, referidas del modo más simple al entorno familiar, al ambiente socio económico del sujeto en cuestión, u otras declaraciones por el estilo, que no conducen a nada específico ni provechoso si no lo incluimos en un sistema coherente.

Si nos proponemos la tarea de explicar qué es la cultura, sería difícil no pecar de redundantes, y no terminar repitiendo las extensas referencias de Freud en el citado ensayo de 1929. Sin embargo, algo de todo ello insiste y nos lleva a afirmar que la cultura consiste en los dinamismos que se derivan de las relaciones sociales, que se plasman en las instituciones. Ante ciertos ejemplos indiscutibles, se presenta la tentación de sostener que la cultura, o algún aspecto particular de la misma, tiene existencia propia, una existencia y un funcionamiento que trascienden a las subjetividades que la componen. La sociología, el psicoanálisis institucional y la economía política, entre otras variadas disciplinas científicas, han realizado extensos análisis que bien pueden dar cuenta de ese funcionamiento cultural. Es que los dinamismos propios de las relaciones sociales, cuando alcanzan cierto nivel de complejidad, terminan por superar los espacios propiamente subjetivos y adquieren un accionar que se caracteriza por su automatismo. En este punto, los sujetos padecen ese funcionamiento automático y quedan posicionados, podemos decir, en el lugar de objeto. Es lo que apreciamos cuando se dice que el sujeto padece a la institución, y se hace objeto de su abuso de poder y de control y queda atrapado en inextricables redes burocráticas. Podemos referirnos por ejemplo a lo que ocurre en el hospital psiquiátrico: normas, reglamentos, horarios y modalidades que revelan la omnipotencia del Otro institucional más allá de la voluntad de quienes lo padecen, en este caso los internados. No me refiero al poder individual del médico que administra un tratamiento farmacológico o determina si el paciente sale o no de permiso de fin de semana, sino más bien al funcionamiento automático de la institución, al hecho de que por ejemplo se desayuna en un pabellón de internación a las 8 horas porque así lo dictamina la norma, se almuerza a tal hora, hay que ir a dormir a tal otra. A veces, las disposiciones se oponen a un elemental sentido común, pero terminan por imponerse, a menos que surja un proceso instituyente que genere una pequeña revolución. ¿Qué podríamos decir de la “mano invisible” del mercado y sus leyes autónomas, que pueden cambiar la vida de miles de personas de un día para el otro, ante la contemplación estupefacta de sus inevitables víctimas? Pero en este punto en particular, aquello que más me interesa es resaltar el mecanismo de esta máquina socio cultural, una máquina que orienta su funcionamiento hacia la obtención de regularidad y de orden cualquier costo, y que empezamos a definir como un elemento de la Cultura, concepto al que le otorgamos un alcance superior o general. Este mecanismo específico –el de la máquina cultural, no el de la Cultura– ocupa todos los espacios sociales: la familia, la escuela, el trabajo, y su objetivo esencial es que la cosa marche, que el sistema funcione y no se detenga nunca. También podemos decir que impone una lógica del sentido que no tolera ningún desborde subjetivo. Se opone, entonces, al deseo inconsciente. Es un dispositivo autónomo de control. En un trabajo anterior, y de manera quizá exagerada, hablé de una subjetividad cultural, para explicar la idea referida a este funcionamiento autónomo, independiente, de la máquina socio cultural. La cuestión es determinar de qué modo el sujeto introyecta en su psiquismo este dispositivo y qué consecuencias patológicas puede desencadenar. Es casi seguro que habrá que asociarlo al superyó en tanto mandato imperativo que se le impone al sujeto y lo ubica como objeto al servicio del aparato productivo, del orden social, del buen funcionamiento de las instituciones. Este es un mecanismo de la sobreproducción, pero no sólo de objetos o mercancías sino también de sentido, que siempre puede llevar las cosas un poco más allá para que nada quede sin explicación o por fuera de su lógica. Quizá haya que relacionar esta hipótesis con el concepto de axiomática, que Deleuze aplica para entender el funcionamiento del capitalismo. Este resulta el punto central, en la medida en que en esta instancia, cuando se impone este elemento de la Cultura, el sujeto como tal está perdido. No hay espacio para el deseo. En la clínica esto se manifiesta por ejemplo en una obsesión por el trabajo, por el cuidado desenfrenado del cuerpo sea que se lo someta a dietas estrictas o a exigentes rutinas de ejercicio físico, que empujan al sujeto a un eclipsamiento del deseo y a la manifestación de una alienante lógica del sentido que no tolera ninguna fisura que lo confronte con la falta. No es difícil advertir, en estas manifestaciones propias de nuestra época tan tomada por aquello que es del orden de lo imaginario, la dependencia del sujeto con respecto a los mandatos de la cultura, que busca imponer su voluntad a través de los medios de comunicación y de toda una serie de dispositivos de los que se vale para obtener su finalidad. Pero aquí es la máquina socio cultural la que hace funcionar de ese modo al sujeto, y remarco su carácter de exterioridad. Entonces, no podemos decir que estamos frente a síntomas en el sentido clásico del término, como sustitución significante, ni ante la compulsión a la repetición en tanto expresión de la pulsión de muerte. Es otra cosa. Se trata de la manifestación de las necesidades de control, de orden y de regularidad de este retoño de la cultura, a la que yo llamo máquina socio cultural, y que somete al sujeto para alcanzar, a través de él, sus propósitos. Entonces, el pensamiento se torna cifrado, cálculo alienante que desaloja al sujeto, que se vuelve en ese momento objeto de un mecanismo que lo trasciende. A partir de este punto, y siempre que se impone esta lógica en la vida cotidiana, es el sujeto mismo el que funciona como una máquina, o mejor dicho, como una pieza o un engranaje de esa máquina cultural.

Así puedo mencionar el caso de un paciente que mostraba una singular rigurosidad en la administración de sus tiempos: tiempo para trabajar –un abogado de excelencia, sin “fallas”–, tiempo para dedicarle a su familia, tiempo para el recreo personal, ordenados de manera matemática, y que se sorprendió en demasía cuando le pregunté, en una de las sesiones de un tratamiento que llevaba varios meses, cuál era el tiempo de hacer nada. Algo inconcebible, fuera de todo cálculo posible para este sujeto alienado en el hacer algo. En paralelo, mostraba toda una serie de síntomas obsesivos dirigidos a un amo, su jefe en el estudio jurídico, que evaluaba sus proezas. Luego del trabajo dirigido a detectar la postergación de su deseo y su clásica postura de “borrarse” de aquellas situaciones en las que aquél realmente se podía poner en juego, muchos de esos síntomas se desactivaron y logró acceder a una cierta rectificación subjetiva. Sin embargo, el “manejo de los tiempos” permaneció intacto, como si se tratara de un resto inanalizable. Mi hipótesis sostiene que este accionar absolutamente reglado responde a los intereses de esa máquina socio cultural que busca anular la subjetividad en cuestión, borrar todo registro posible de un deseo y llenar de sentido cualquier posible localización de una falta. Como si se impusiera ahí esa otra operación del poder a la que se refiere Agamben: la que afecta a la capacidad del sujeto de no hacer, es decir, el elegir no ejercer la potencia. La máquina cultural no quiere saber nada con esta posibilidad del sujeto de poder no hacer. Volviendo al comentario clínico, este argumento se diferencia entonces del análisis del fenómeno entendido como una compulsión a la repetición, es decir, en tanto satisfacción pulsional. Desde este punto de vista, podemos afirmar que esta máquina cultural funciona como en paralelo a las formaciones del inconsciente. No se encuentra en estado reprimido. No se explica por medio de la sustitución significante. El sujeto responde a un mandato que desconoce y que proviene de esta intrusión de lo social que lo condiciona a reproducir formas de actuar y de pensar puestas al servicio de intereses que lo superan, y en esta instancia, la maquinaria social se impone y borra la subjetividad. El sujeto de deseo constituye un poderoso obstáculo para el desarrollo de esa maquinaria; si pudiera instaurar un régimen especial, este estaría constituido por entidades productivas, al servicio del orden y la regularidad. La herramienta que utiliza para alcanzar sus fines es el ejercicio del poder, y su principal obstáculo es el desborde subjetivo. Es por ello que a partir de cierto momento del devenir histórico, la psiquiatría en tanto disciplina normativa y la medicina en general, como señala Foucault, se convirtieron en agentes de control social. Y por algún mecanismo que se nos escapa, esta máquina socio cultural se ha incorporado al psiquismo y podemos decir que es una parte constituyente del superyó, pero en tanto agente reproductor de ese control.

Quien mejor se ubica al servicio del orden y la regularidad que persigue la máquina socio cultural es el sujeto paranoico. Se ve claramente en el caso Schreber cómo el sujeto logra la estabilización sosteniendo con la construcción de su delirio los designios del orden universal, al cual debe someterse el propio Dios. La afrenta narcisista que se presenta en la fantasía central de su psicosis, termina siendo asimilada en su sistema delirante, en el que se consiente ser la mujer de Dios, es decir, acepta su transformación en mujer en virtud de intereses superiores: recuperar la bienaventuranza perdida a través de la creación de una nueva humanidad. Como señala con claridad Deleuze, el delirio paranoico es un delirio racial, de supremacía. La máquina delirante, entonces, sustituye a la máquina paterna referida a la gimnasia médica. ¿Acaso los desarrollos teóricos del padre de Schreber no apuntaban claramente al establecimiento de una mejora racial, de un orden social? Rousseau, más profundo sin duda, también pretende ordenar la sociedad del desorden con su contrato social. Un refinamiento de la máquina socio cultural, que tomó prestados los servicios de un paranoico genial.

La máquina socio cultural constituye un espacio autónomo e independiente de la subjetividad, pero se halla instalada en el aparato psíquico de todo sujeto. Al reconocer su funcionamiento, resulta tentador calificarla de instancia psíquica, en tanto aquél se diferencia con claridad del mecanismo de la represión y de la compulsión a la repetición. Es un automatismo, pero uno que proviene del exterior, y el sujeto, sin que sepamos cómo, lo ha incorporado y se ha transformado en su instrumento. Me pregunto lo siguiente: ¿qué acontecimiento de la historia de la humanidad habrá tenido la potencia necesaria para que se instale este funcionamiento automático de la máquina socio cultural, que ha logrado, con el avance de las generaciones, incorporarse en el psiquismo del hombre moderno? Creo que los grandes movimientos de finales de la edad media y que van a desembocar en la revolución industrial nos pueden poner en la pista que estamos buscando. De ningún modo podemos decir que el psiquismo del hombre del medioevo es el mismo que el del obrero industrial o el burgués del siglo XVIII. La cuestión es determinar si la estructura del aparato psíquico, su constitución interna, pueden modificarse en virtud de los grandes cambios sociales. Además, no debemos olvidar que en todo caso se trata de modelos teóricos que nos sirven para entender ciertos fenómenos clínicos, y los modelos pueden agotarse y ser susceptibles de modificaciones.