Felicidad, sociedad y agitación pulsional

Yago Franco
Psicoanalista y escritor de textos psicoanalíticos y ensayos. Miembro titular del Colegio de Psicoanalistas de Argentina y director de MAGMA, grupo inspirado en la obra de Cornelius Castoriadis (www.magma-net.com.ar) y dedicado a la obra de dicho autor

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Una época ni catastrófica ni maravillosa

Algo anda mal. La época parece catastrófica. Bastante de eso hay. Pero también es un momento de cierta apertura, por lo tanto: de incertidumbre. El malestar en la cultura, lo que está más allá del malestar en la cultura y el bienestar en la cultura (bajo la forma de nuevos placeres) coexisten.

No han quedado suprimidas las renuncias que el vivir en sociedad exige, y la exigencia de placer sin límites como promesa de felicidad se ha entronizado como novedad de fines de siglo XX e inicios del XXI. Pero también nuevos caminos para el deseo —eso inmortal que anida en el inconsciente— se han ido abriendo paso.

Solemos hacer hincapié en lo que anda mal, tal nuestra obligación por haber decidido tener una posición crítica respecto de la sociedad y la cultura, así como de tomar permanentemente en consideración —tal como Freud lo hizo— los efectos que vivir en un determinado tipo de sociedad producen en el sujeto, por lo tanto en la clínica. Ello no nos hace perder de vista que no se trata lo histórico social de un todo homogéneo. Que coexisten lo pernicioso tanto como lo beneficioso para el sujeto (ese placer necesario), obviamente con dominancias que cambian de una época a otra y de una cultura a otra. Tan heterogéneo es lo histórico social como lo es un sujeto: alguien que (en la mayoría de los casos) padece pero que también tiene capacidad de disfrute, de placer; que ha vivido momentos de felicidad y también de incertidumbre. Que ha sobrevivido a experiencias de pesadilla que muchos analistas nos preguntamos cómo pudo sobrellevar: cómo ese sujeto que está hablando ante nosotros ha logrado mantenerse sobre sus pies, cómo ha conseguido eludir la locura o el suicidio. La capacidad elaborativa y creadora de la psique –que va de la mano de la indeterminación, que, casualmente, está también presente en el dominio de lo histórico-social- puede permitirle mantenerse a flote al sujeto aun en mares barridos por un vendaval: no hace falta ir lejos para observar lo que esta capacidad puede producir. Tenemos en Argentina a quienes han pasado por los campos durante la última dictadura y sobrevivieron; a las niñas y niños nacidos en cautiverio que muchas décadas después se enteran de su origen y cambian su apellido y se conectan con las familias de sus padres pasando a formar parte de las mismas; también, por supuesto, ese ejemplo que ha atravesado el siglo pasado: el de los sobrevivientes de los campos de exterminio nazi que han logrado construir/crear una vida, muchas veces muy satisfactoria.

Así, estas líneas pueden dar la apariencia de contradecir aseveraciones de otros textos que hemos desarrollado: se trata en realidad del intento de completar el cuadro de situación (¡incompletable por otra parte!). Si hemos hecho de la crítica del orden instituido el eje de nuestros desarrollos, ello no debiera llevar a pensar que eso es todo lo que existe: “hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que han sido soñadas en tu filosofía” (Shakespeare).

Si la pulsión de muerte suele tener una presencia abrumadora en la clínica, no menos cierto es que la lógica de la esperanza, que anida en el deseo, no cede. Sobre el final volveremos a esto último.

Sobre el padre, su nombre, y la declinación del patriarcado

Como ha sido señalado en La interdicción en crisis, algo fundamental y que hace a la estructuración de la psique —la significación de los límites— se encuentra en crisis. Entendamos: no es que haya desaparecido, pero el ideal de lo ilimitado como promesa de felicidad —que es de lo que nos ocuparemos a continuación— dificulta su acción, y esto se hace visible en diversas manifestaciones de la clínica.

Ahora, para entender lo que desarrollaremos a continuación, volvamos un momento sobre un debate planteado por el lacanismo acerca de una idea que es retomada por María Cristina Oleaga en su texto y démosle una vuelta de tuerca. Cuando decimos esto último, justamente apelamos a girar una idea, verla desde otra perspectiva, apelando, en este caso, a lo heterogéneo.

Entonces, ¿Declina el Nombre del Padre? ¿Es una mala noticia? Lo sería si fuera el único modo de tramitar lo que aún denominamos Edipo, castración, orden de sexuación, etc. Nombre del Padre: un sintagma perteneciente al Catolicismo y que hemos sostenido que pertenece —más allá de los intentos de Lacan— al universo de significaciones patriarcales, tanto como otros conceptos psicoanalíticos y modos de pensar la sexualidad, la mujer y el hombre. Ir más allá del Padre, que en principio puede parecer una buena idea, un giro en su pensamiento, reiteramos, no hace más que mantenerlo en el eje, rescatarlo. ¿Sostener su declinación implica que habría que restituirlo? ¿Es una posición nostálgica que ha lanzado Miller?, ¿es una propuesta restauradora de un significante que pertenece al campo de significaciones patriarcales?  Nos hemos referido largamente a su presencia en la teoría y clínica psicoanalíticas entre otros textos en La moral sexual psicoanalítica y la nerviosidad institucional y en “Perdónenlo, no sabe lo que hace”. Sobre el padre en psicoanálisis. Lo que podemos agregar es que eso denominado como Nombre del Padre no es lo único que puede tomar a cargo la normalización del mundo deseante, pulsional e identificatorio de los sujetos. Es más: ha sido algo que pertenece a una significación atinente a un momento histórico. Lo que ocurre es que de la mano de la lenta declinación del orden patriarcal —al cual quedó subsumido en la práctica el significante del Nombre del Padre— se producen fenómenos interesantes, preocupantes y complejos al mismo tiempo y que corren por andariveles distintos.

Significantes, significaciones, lucidez y descomposición

Damos por entendido que cada época tiene su Otro, que este ha variado a lo largo de la historia y de una cultura a otra. Damos por supuesto y sabido que la historia es el terreno de la creación, por lo tanto de la indeterminación. Que ello no es sinónimo necesariamente de algo positivo. Y aclaramos: si hablamos de significación es porque la misma pertenece y hace al terreno de lo histórico-social (para decirlo con más propiedad: se trata de una significación imaginaria social), mientras que el significante es algo individual, que pertenece/desciende del magma de significaciones imaginarias sociales en su aleación con las significaciones imaginarias individuales.

Entendemos que coexisten en la crisis de la significación paterna: 1)  Tanto posiciones lúcidas y reflexivas (esa subjetividad reflexiva y deliberativa conceptualizada por Castoriadis) que han sido llevadas adelante por movimientos de mujeres, también de hombres y jóvenes que quieren liberarse del superyó patriarcal, lo cual se ve en la variedad de posiciones subjetivas, incluyendo variaciones en el orden de sexuación previo: no solo las mujeres se liberan del poder del hombre, sino que este también lo hace del poder patriarcal, lo cual hace aparecer como “débiles” y desorientados a los jóvenes de esta época. Como 2) una destitución de significaciones —incluida la del padre— por descomposición, dado el modo de ser del Otro, que exige placer ilimitado, que queda ligado a la promesa de felicidad.

Es –consideramos- esta doble hélice, de destitución lúcida y destitución por descomposición, la que tanto suele confundir en la teorización psicoanalítica y cuya consideración puede contribuir a visualizar con mayor claridad lo que se está produciendo en la subjetividad. Así, estamos en una época de gran complejidad, porque es una época de transición, en la cual “lo viejo no termina de morir, y lo nuevo no termina de nacer” (Gramsci).

Entonces, así como hay una destitución lúcida de lo que llamamos significación paterna —que pertenece al orden patriarcal y de la cual el Nombre del Padre es su representante a nivel psíquico y circula intersubjetivamente— , hay una destitución por descomposición del magma de significaciones imaginarias sociales que hacen a este período histórico. Así, coexisten libertades nunca antes conocidas por las mujeres, los jóvenes y el surgimiento de diversidades sexuales que cada vez ocupan más lugar en lo instituido (herederas de las luchas de los y las homosexuales durante el siglo pasado), con un incremento notable del abuso sexual infantil, el femicidio y figuras clínicas que hemos ligado a lo borderline: estados de des-borde tanto hacia el exterior como al interior de la psique.

La significación de los límites y el deseo. Lo ilimitado y la destrucción del deseo

En La interdicción en crisis nos ocupamos de plantear el concepto de significación de los límites, como un instituido social que circula entre los sujetos, y que está más allá de cualquier nombre, sea del padre o quien fuere. Es patrimonio del histórico-social dicha significación y hace a la estructuración de la psique [1]. Y es un universal: trabajo de separación del infans del otro primordial (y de éste de aquél) que puede adquirir distintas formas en distintas épocas y sociedades. El Nombre del Padre ha sido una de ellas. Pero está en crisis, conjuntamente con el orden patriarcal.

Si partimos de considerar que la significación de los límites es algo fundamental para la estructuración de la psique (ante la misma se trata de la castración, las prohibiciones, los ideales, etc. y se produce en por lo menos tres pasos: temprana infancia, final del Edipo, adolescencia), que afecta distintos elementos y registros de la psique y la remodelan, siendo estructurante la que conocemos como represión originaria, si partimos de esa consideración, sostendremos que una cultura en la cual la exigencia y promesa del Otro pasa por el disfrute sin límites y eso está ligado a la felicidad, esto implica una fuerte dificultad para el accionar de dicha significación. La crisis de la misma es la que aparece en lo borderline, pero no solamente en el cuadro clínico así denominado, sino como condición actual de la subjetividad. Y ya hemos referido que lo actual es para nosotros una palabra bifronte: la actualidad en la cual vive el sujeto, y lo actual relacionado con las neurosis actuales tal como fueron conceptualizadas por Freud y a las cuales nos hemos referido en Problemáticas clínicas actuales [2]. Imposibilidad de ligadura por parte del yo, pulsión que queda libre, clínica de un des-borde que afecta considerablemente el dispositivo analítico y la posición del analista. Lo psicosomático, la prevalencia del acto, el ataque de pánico, la descatectización del mundo, la afánisis, etc., pertenecen a ese universo clínico que coexiste con las neurosis: una suerte de neurosis actuales de la época: el quantum pulsional no ligable habitando en el núcleo de las neurosis, ahora ya no como neurastenia o neurosis de angustia, sino como los cuadros citados. Sólo la hipocondría sigue ocupando un lugar, muy asociada a los ataques de pánico.

Lo ilimitado y la agitación pulsional

Ante la exigencia/orden/ideal del placer ilimitado como garantía de felicidad, nos encontramos con un sujeto agotado, empujado a ser empresario de sí mismo (Byhung-Chul Han), creyéndose libre de todo patrón, habiendo devenido el patrón de sí mismo, más explotador que cualquier otro. En realidad se ha transformado en un empleado del gran empresario en el cual ha devenido el Otro, a quien entrega su vida, su valiosa vida, para satisfacer sus demandas (que satisfacen, obviamente, a los dueños del capital). La precarización como realidad, la exclusión como amenaza, completan el cuadro. Y campea una exigencia de rendimiento que es también sin límites. Siempre más. [3]

Se podría pensar que ese siempre más liga al sujeto al deseo; pero es exactamente lo contrario; ese siempre más no hace más que agitar el mundo pulsional, intentando arrasar todo límite: regresionando el deseo a una forma previa al mismo al pretender que este no sea alcanzado por la castración. Es así: si no hay límite no hay deseo y se agitan los mares del registro pulsional y luego estos son algo imposible de contener.

En una sociedad desbordada de mercancías de todo tipo, en la cual todo puede devenir en ellas, y siendo su adquisición (aun sea de salud y longevidad) lo que garantizaría la felicidad, el desborde pulsional está a la orden del día.

Lógica de la esperanza y deseo

Iniciamos estas líneas mencionando lo heterogéneo de la época y que aun ante el imperio de lo que acabamos de describir, la presencia de Eros, vehiculizado por el deseo, —por lo tanto por la pulsión alcanzada por lo que conocemos como castración, ligada a su vez a la significación de los límites— , sigue siendo una presencia que no debe perderse de vista. En todo análisis el deseo es la brújula que puede hacer que el sujeto salga de su atolladero. Deseo que suele expresarse en formaciones del inconsciente, en la transferencia, en la mirada del yo (Je) sobre el mundo y sus semejantes, etc. El deseo está habitado por una lógica —ha sostenido Green— que es la de la esperanza. ¿Qué es esa lógica?

No es pensada en este caso como pasividad sino como actividad: como esa actividad incesante —e imposible— de búsqueda, que mantiene al ser, vivo. El deseo siempre pugna por alcanzar su satisfacción, una satisfacción imposible de ser realizada plenamente, y así es motor de la vida psíquica.  El deseo hace a la tendencia a la inmortalidad que anida en el inconsciente. Paradójicamente, es a esa tendencia a la que limita la castración, para hacer posible la vida psíquica y el devenir del sujeto y que no se agote en un corto-circuito de satisfacción inmediata. “Vive como mortal. Vive como si fueras inmortal”, retoma Castoriadis de Aristóteles: tender a la inmortalidad cuanto sea posible. La lógica de la esperanza es ese corte que hace que el deseo –al no alcanzar satisfacción plena- siga vivo. Pero marcado por la castración: finalmente, por esa paradójica compañera del deseo como lo es la significación de la mortalidad: tal el verdadero nombre de la significación de los límites.

Si el sujeto está expuesto permanentemente a la hybris —al desborde pulsional—, es la significación de los límites la que puede volver a establecer los bordes de la psique, tanto al interior como con la realidad del otro y de la vida social. Y de ese modo relanzar la lógica de la esperanza, la cual atravesando los distintos estratos psíquicos puede alcanzar manifestaciones como la que escribe Camus en este fragmento de El verano:

… En medio del odio, descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible. En medio de lágrimas, descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos, descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. Me di cuenta, a pesar de todo eso… En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta.”

Un modo de expresar lo inmortal del deseo, pero ligado al principio de realidad (otro de los nombres/consecuencias de la castración); es decir, hay reconocimiento de los límites pero al mismo tiempo un empuje —tal la obstinación del deseo ligado a Eros—. El problema planteado por esta época es que el Otro ha tejido una alianza con Thánatos al clamar por lo ilimitado: y eso ilimitado es el regreso a lo oceánico originario, finalmente, al nirvana, al cero deseo. Porque su promesa de plenitud hace alianza con esa tendencia mortífera de acallar todo el ruido de Eros. La plenitud —más allá de las experiencias místicas, artísticas, amorosas— es la muerte. Y esa plenitud es la que se promete como el acceso a la felicidad.

Notas

[1] La cuestión de reducir el funcionamiento del aparato psíquico al juego de los significantes —ya suficientemente aunque no acabadamente discutida— no será tratada en esta ocasión, ya que nos alejaría del núcleo de este desarrollo. Baste por el momento con entender que hay una pertenencia de los significantes —sobre cuya naturaleza no nos expediremos en esta ocasión— al magma de significaciones imaginarias sociales. Y que el afecto, otro de los representantes representativos de la pulsión, conjuntamente con la represión, ocupa un lugar fundante, tal como lo hemos tratado en El Gran Accidente: la destrucción del afecto.
[2] Texto perteneciente a Paradigma borderline. De la afánisis al ataque de pánico, Buenos Aires, Lugar, 2017.
[3] Ver 2016: odisea en el consumo

Por gentileza de El psicoanalítico