So gehen die Deutschen

Yago Franco
Psicoanalista y escritor de textos psicoanalíticos y ensayos. Miembro titular del Colegio de Psicoanalistas de Argentina y director de MAGMA, grupo inspirado en la obra de Cornelius Castoriadis (www.magma-net.com.ar) y dedicado a la obra de dicho autor

¿Qué es Berlín? Esta insistente pregunta acompaña mis pasos por esa ciudad. ¿Puede una ciudad tener síntomas? O, mejor dicho, ¿puede mostrar algo que pugna por hacerse presente para al mismo tiempo dejar de estar, o dejar de ser? Las grúas de Berlín -las innumerables y ubicuas grúas de Berlín- parecen mostrar en sus movimientos, dibujar en ellos, los contornos fantasmales de lo que una vez estuvo y quiere reaparecer. Esas grúas que semejan a las naves extraterrestres de La guerra de los mundos. Marca de la destrucción que asoló a Berlín, pero también de la creación, en un movimiento en el cual destrucción y creación pendulan temporalmente: en el acto de re-crear se muestran las sombras-contornos de lo que fue destruido.

La ciudad fue destruida prácticamente en su totalidad durante la Segunda Guerra, y casi 70 años después de finalizada ésta continúa la tarea de reconstrucción: volver a construir los edificios que estaban en ese entonces, y en el lugar en el cual se encontraban. ¿Para qué? ¿Por qué?

Es W. G. Sebald en Sobre la historia natural de la destrucción [1], quien indaga en la aniquilación de las ciudades de Alemania durante la Segunda Guerra, en sus consecuencias psíquicas y sociales, en qué destino tuvo esa historia en los habitantes.

“Es difícil hacerse hoy una idea medianamente adecuada de las dimensiones que alcanzó la destrucción de las ciudades alemanas en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, y más difícil aún reflexionar sobre los horrores que acompañaron a esa devastación (…) Sólo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre el territorio enemigo… unos 600.000 civiles fueron víctimas de la guerra aérea en Alemania… tres millones y medio de viviendas fueron destruidas… al terminar la guerra había siete millones y medio de personas sin hogar…pero qué significaba realmente todo ello no lo sabemos. (…) Aquella aniquilación hasta entonces sin precedente en la Historia pasó a los anales de la nueva nación que se reconstruía sólo en forma de vagas generalizaciones y parece haber dejado únicamente un rastro de dolor en la conciencia colectiva; quedó excluida en gran parte de la experiencia retrospectiva de los afectados y no ha desempeñado nunca un papel digno de mención en los debates sobre la constitución interna de nuestro país” (pág. 9, 10)

“Debajo de nosotros -dice la guía- estaba el bunker de Hitler, en el cual se suicidó, o por lo menos eso dicen, hay quienes piensan que escapó a América del Sur”. ¿Qué quiere decir eso? ¿Debajo de nosotros? ¿Debajo de la historia? ¿Debajo de nuestra siempre bien considerada Humanidad? ¿Es lo que está por debajo de nuestro reconocimiento del otro como otro, de nosotros como otro del otro? … ¿Es ese líder del genocidio, nada monstruoso, tan humano como cualquiera de nosotros, el que está ahí debajo? ¿O está -también- arriba? Es mejor que esté abajo, ¿no? Pienso: como esa ventana que muestra bibliotecas vacías en el lugar en el que se quemaron libros: libros que desde la Universidad eran arrojados por estudiantes. Fuego para apagar pensamiento, para hacerlo humo. Tal como hicieron con millones en los hornos de los campos.

Cuando algunos dicen que esta sociedad no tiene Otro, ¿pensarán también que en la Alemania de entonces tampoco lo había? ¿O se trata en realidad de que ese llamado Otro puede tener tantos rostros como imaginemos y más? ¿Que sólo si hay Otro puede haber una sociedad, sea nazi, comunista, capitalista, burocrática o autónoma?

“Con fecha 20 de agosto de 1943 … Friedrich Reck informa de unos cuarenta o cincuenta fugitivos que intentaron asaltar un tren en una estación de Alta Baviera. Al hacerlo una maleta de cartón “cayó al andén, se reventó y se vació de su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Finalmente, el cadáver de un niño asado y momificado, que aquella mujer medio loca llevaba consigo como resto de unos pocos días antes todavía intacto” (pág. 33)

Lo inimaginable e irrepresentable mueve a esas grúas, como viento surgido del abismo del tiempo abierto por haberse estrellado contra lo real, e intentan velarlo nuevamente. ¿Cómo se puede seguir adelante entre el horror de la visión del lager -de haberlo creado y utilizado- y el de escenas como la anterior? Lo traumático deja paso a lo catastrófico, algo más que un trauma: algo imposible de ser asimilado por el sujeto, una catástrofe colectiva que podría haber hecho desaparecer a toda una nación. Pero no es eso lo que ocurrió. ¿Cómo sobrevivió Alemania? ¿Sólo gracias al Plan Marshall?  ¿El llamado “milagro alemán” es fruto de lo económico exclusivamente? ¿Por qué llamarlo “milagro”, por qué ligarlo a algo sobrenatural?

So gehen die Deutschen

Existe lo inexplicable en la Historia. Aquello ante lo cual sólo es posible trazar senderos en su derredor, transitarlos, girar y mirar a través de alguna brecha que apenas permite atisbar algún relámpago en su obscuridad y entonces divisar por menos de un segundo alguna figura, algún contorno. ¿Cómo vivir alrededor de eso inexplicable? ¿cómo pudieron los alemanes desayunar, amar, ir al trabajo, a la universidad, festejar navidad, escuchar música o leer poesía, hacer el amor, ir a la panadería?… ¿Cómo pudieron seguir? ¿Cómo pudieron caminar por las calles, los parques, entre las ruinas y la catástrofe que los rodeaba y los habitaba?

“So gehen die Deutschen”, cantaban los jugadores del equipo alemán campeón del mundial de football 2014, y se mostraban erguidos, derechos, en contraposición a los de la selección argentina a quienes les cantaban “So gehen die Gauchos”, y en su pantomima los mostraban encorvados.

“En un folleto dedicado a la ciudad de Worms en 1945-1955 se dice “el momento reclama hombres hechos y derechos, de actitud y objetivos limpios. Casi todos estarán también en el futuro en la vanguardia de la reconstrucción” (pág. 12)

Caminar erguido/derecho no permite ver la desolación a los pies ni alrededor – y sobre todo, en el mismo sujeto-, es mirar un horizonte alejado de lo que rodea a quien camina de ese modo. Es alejarlo de sí, proyectándolo hacia un espacio-tiempo imaginado, ese horizonte que deja en penumbras lo actual y el pasado. Si una sociedad se encolumna detrás de este ideal, el pasado, lo insoportable de ese pasado, la vergüenza, la culpa, el odio por ese pasado, se desvanecerán a espaldas de los sujetos. Huir hacia delante…

“Así pues, la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva, sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción (…) equivalente a una segunda liquidación, en fases sucesivas, de la propia historia anterior (que) impidió de antemano todo recuerdo; mediante la productividad exigida y la creación de una nueva realidad sin historia, orientó a la población exclusivamente hacia el futuro y la obligó a callar sobre lo que había sucedido” (pág. 12)

W. G. Sebald habla así de amnesia individual y colectiva “para ocultar un mundo del que era imposible hacerse ya una idea”. “La nueva sociedad alemana federal ha traspasado la responsabilidad de las experiencias vividas en la época de su prehistoria a un mecanismo de funcionamiento perfecto que le permite, aun reconociendo de hecho su propio surgimiento de una degradación absoluta, prescindir también por completo de la vida emocional” (pág. 17)  Recuerda que Enzersberger escribió que la inconsciencia fue la condición de su éxito.

Pero la experiencia adquirida durante el nazismo no se desvaneció por completo, dejando marcas en los sujetos, marcas en su identidad y en su mundo pulsional, en el modo de sublimarlo, que servirían de fundamento para la nueva sociedad:

“Entre los requisitos del milagro económico alemán no sólo figuran las enormes inversiones del Plan Marshall, el comienzo de la Guerra Fría y el desguace de instalaciones industriales anticuadas, realizado con brutal eficiencia por las escuadrillas de bombarderos, también formaron parte de él la indiscutida ética del trabajo aprendida en la sociedad totalitaria, la capacidad de improvisación logística de una economía acosada por todas partes, la experiencia en la movilización de la llamada mano de obra extranjera y la pérdida, en definitiva sólo lamentada por unos pocos, de la pesada carga histórica que, entre 1942 y 1945, fue pasto de las llamas …” “El catalizador, sin embargo, fue una dimensión puramente inmaterial: la corriente hasta hoy no agotada de energía psíquica cuya fuente es el secreto por todos guardado de los cadáveres enterrados en los cimientos de nuestro Estado, un secreto que unió entre sí a todos los alemanes en los años posteriores a la guerra y los sigue uniendo más de lo que cualquier objetivo positivo, por ejemplo la puesta en práctica de la democracia, pudo unirlos nunca” (pág. 18)

Señala así W. G. Sebald que el caldero que fogonea el andar de los alemanes, su obra, su obsesiva perfección, está alimentado por la energía creada en el choque entre los recuerdos ignominiosos y la represión de los mismos, como una suerte de mecanismo colectivo similar al del obsesivo que necesita a través de sus formaciones reactivas, su perfeccionamiento, sus ceremonias, sus mecanismo de anulación (hacer-deshacer-hacer-deshacer…), tomar distancia de lo que vive como sucio, sádico, prohibido, de su mundo pulsional y fantasmático, y distanciarse también de su culpa. La diferencia, la pequeña diferencia, es que en el caso del obsesivo se trata de fantasmas, a fin de cuentas de algo intrapsíquico… en el otro no…

La sencillez y agudeza del análisis de W. G. Sebald alcanza también a la pregunta de por qué Alemania no denunció, no reaccionó, no cuestionó el bombardeo masivo que destruyó muchas de sus ciudades aniquilando a la población civil. Señala que no hubo debate acerca de cómo y por qué el plan de guerra de bombardeo ilimitado “sobre todo porque un pueblo que había asesinado y maltratado a muerte en los campos  a millones de seres humanos no podía pedir cuentas a las potencias vencedoras de la lógica político-militar que dictó la destrucción de las ciudades alemanas”  (pág. 19).

Sigo mi camino por Berlín, por la amplia y bella Unter den Linden y llego así a la Puerta de Brandenburgo. Puerta de Brandenburgo: ¿hacia dónde es esa puerta? ¿Hacia el cielo y el infierno? Detrás (o delante) de ella un iraní me muestra fotos espeluznantes, indescriptibles del destino que en Irán les espera a quienes se oponen al fundamentalismo religioso. Esa puerta fue también testigo del Horror que se abatió sobre Berlín y tantos lugares de Alemania. Antes que la división de ésta fuera el tributo a pagar a los Poderes que se repartieron el mundo.

Caminar por las calles siguiendo la doble hilera de adoquines que recuerdan que allí estuvo el Muro. ¿Qué separaba ese muro?¿Qué estragos provocó ese muro? Miro el lugar en el cual murió desangrado el obrero de la construcción de 18 años Peter Fechter el 17 de agosto de 1962, herido por los guardias cuando intentaba escapar con un amigo hacia Berlín Occidental. Y nadie lo pudo asistir, en el medio de dos trincheras quedó, testimonio de la “racionalidad” de ambos modelos de sociedad.

Mientras, un organillero hace lo suyo frente a la Puerta, imagen nostálgica, patética, haciendo música no se sabe para quién, ya que es ignorado por la mayor parte de la multitud que parece estar siempre desplazándose. Mira hacia la ciudad, y permanece horas en ese sitio, incansable, con su mueca de un dolor risueño y desangelado.

Por gentileza de El psicoanalítico