La compulsión a la repetición y la sociedad de consumo

Katya Muniz
Psicoanalista
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Introducción

Nuestro tiempo es realmente fascinante. Trae al hombre mucho más que confort y satisfacción. Trae la promesa ilusoria de un ideal de plenitud, esperando con eso la eliminación del desamparo. El hombre contemporáneo está marcadamente orientado hacia el consumo y hacia la repetición como arte. Se observa la vida cotidiana como un espectáculo que se desarrolla sin la participación de los sujetos. Todo ha sido privado de su realidad propia al ser transformado en signos e imágenes.

En la cultura del consumo, el hombre contemporáneo es esencialmente consumidor en el sentido de que,  tanto sus deseos como los medios de satisfacerlos, se estructuran por un sistema en el que lo máximo que los individuos pueden hacer es escoger. Además, las relaciones son mediadas por marcas y estilos, que ofrecen una “identidad”, un “valor”, un “reconocimiento” y un “lugar”. Necesidad y utilidad ya no forman parte del escenario.

El modo de vida contemporáneo está promoviendo el surgimiento de nuevas formas de subjetividad. La cultura del narcisismo y el espectáculo transforma la individualidad en objetos desechables. El consumismo se ha convertido en una de las más importantes características del mundo en que vivimos y ha sido objeto de discusiones desde la perspectiva real de su significado.

Según los expertos, consumimos no sólo para suplir nuestras necesidades sino también por el significado de los propios productos, por todo aquello que éstos nos devuelven como beneficio adicional, o sea, estatus e imagen, entre otros.

En tiempos no muy remotos, el marketing estimulaba, por medio de la propaganda y la publicidad, el consumo de bienes y servicios; y,  aunque una parte de la población no se rindiera a tales llamadas, con el paso del tiempo las personas se fueron dando cuenta de que era preciso consumir, ¡y cada vez más!

La compra, basada hasta entonces en las necesidades del individuo, se ha ido sustituyendo gradualmente por la compra por impulso, por la compra de ocasión, por el bajo precio, por los saldos. No eran necesarias muchas excusas para justificar estos excesos.

Cuando el consumidor piensa en adquirir un bien o servicio, las influencias y los procesos mentales a los que está sometido son incontables, y éstos tendrán, sin duda, un gran peso en  el tipo de decisión que tome. El interés por el consumidor y por sus formas de consumo no es algo reciente. Desde que se tienen noticias, las relaciones de intercambio ya trataban de explicar el comportamiento de los compradores, aunque de manera poco estructurada.

Hace más de 150 años,  Karl Marx ya teorizaba sobre la esencia de la posesión, lo que llevó a estudios más complejos sobre la sociedad de consumo. Muchas de las ideas de la teoría freudiana han sido popularizadas por los investigadores de la motivación y usadas por la publicidad.

Pero lo cierto es que todas las teorías sobre el comportamiento no son suficientes para explicar la actitud del consumidor ante una situación de consumo. Nunca se ha consumido tanto ante tanta variedad de productos disponibles, ante  los llamamientos emocionales de las campañas publicitarias y de la propaganda. El deseo de “tener” ha pasado a ser objeto de estudio de las más diversas áreas.

Y, en este contexto, se observa una forma particular de consumo que es el consumo compulsivo, tema de este trabajo de investigación.

¿Cuál el significado del consumo compulsivo en la vida cotidiana del sujeto contemporáneo? Ésta es la cuestión.

La hipótesis de este estudio es que el consumo compulsivo puede ser entendido como un tipo de compulsión a la repetición en el psicoanálisis.

El interés por el tema surgió a partir de una demanda de la práctica clínica, dado que un número significativo de sujetos buscaban ayuda por estar sufriendo este tipo de compulsión. El estudio tiene por objeto describir la sociedad de consumo y describir, igualmente,  el consumo compulsivo y la compulsión a la repetición en el psicoanálisis, utilizando la teoría freudiana.

En la primera parte del trabajo,  se describe la sociedad de consumo y se aborda el consumo compulsivo como una característica y producto de esta sociedad.

En la segunda parte, se describe el fenómeno de la compulsión a la repetición a la luz de la teoría psicoanalítica.

En la tercera y última parte, se relaciona el consumo compulsivo y la compulsión a la repetición.

A nuestro parecer,  el conocimiento obtenido como resultado de este trabajo de investigación será relevante para los que se interesan por este tema. La relevancia de este trabajo también se justifica por la necesidad de estudiar más a fondo la relación entre el consumo compulsivo en la sociedad de consumo y el fenómeno de la compulsión a la repetición en el psicoanálisis.

El método utilizado para la realización de este trabajo ha sido el descriptivo social.

A. La Sociedad De Consumo. El Consumo Compulsivo

  1. La Sociedad De Consumo

Arendt (2000), en  A Condição Humana, entiende el consumismo como un efecto de la transformación histórica del trabajo en labor, y afirma que los individuos consumen porque han aprendido a asociar consumo a felicidad. La búsqueda de la felicidad se convierte en el complemento cultural necesario para la implantación del consumo.

 “…tudo o que ajuda a estimular a produtividade e alivia a dor e o esforço torna-se útil. Em outras palavras, o critério final de avaliação não é de forma alguma a utilidade e o uso, mas a felicidade, isto é, a quantidade de dor e prazer experimentada na produção ou no consumo das coisas” (Arendt-2000-pg.322).

Otra de sus ideas es que el  “Ethos” emocional del consumo es la insatisfacción, y relaciona la adquisición consumista de objetos con insatisfacción psicológica. La autora explica el consumismo de la siguiente forma:

– práctica económica que da origen al  hábito de consumir.

– hábito de consumir que se asienta en la demanda  emocional del placer y la ausencia de dolor.

– insatisfacción psicológica permanente del consumidor.

Para Baudrillard (1974), en La Sociedad de consumo, la insatisfacción emocional es el motor del consumismo. Es el estado mental de insatisfacción lo que convierte al individuo en un consumidor modelo. El autor destaca que la característica de nuestra sociedad es, ante todo, la de ser una sociedad-cultura-consumo que reduce al individuo a la condición de consumidor, como consecuencia de la automatización del sistema de producción: “ya no consumimos cosas, sino únicamente signos”.

Para este autor, la transformación de la mercancía en signo ha sido el destino del capitalismo en el siglo XX. Y el objetivo de esta sociedad es presentar, cada vez más, un gran número de signos nuevos, de imágenes y experiencias para que el sujeto desee y consuma:

“Todo el razonamiento, profano u oculto, sobre el consumo, se articula sobre esta secuencia, que es la de un cuento: un hombre dotado de necesidades que le llevan hacia objetos que le dan satisfacción. Como el hombre no está, sin embargo, nunca satisfecho (cosa que, por lo demás, se le reprocha), la misma historia vuelve a comenzar una y otra vez indefinidamente, con la evidencia difunta de las viejas fábulas.” (Baudrillard-1974-pg.103 .

“Las necesidades en tanto que sistema, son también radicalmente diferentes del goce y de la satisfacción. Son producidas como elementos de sistema, y no como relación de un individuo con un objeto” (Baudrillard-1974-pg.111).

“La verdad del consumo es que éste no es una función de disfrute, de goce, sino una función de producción…el consumo se define como excluyente del goce…el goce definiría el consumo por sí mismo, autónomo y final… cuando se consume, nunca se consume solo (esta es la ilusión del consumidor, cuidadosamente mantenida por todo el razonamiento ideológico sobre el consumo), sino que se entra en un sistema general de intercambio y producción de valores codificados, en el que, a pesar de sí mismo, todos los consumidores están implicados recíprocamente” ( Baudrillard- 1974-pg. 115).

En  El sistema de los objetos (1969), Baudrillard afirma que los objetos no poseen un valor de uso (finalidad) y un valor de cambio (su precio), sino también un valor de signo, mediante el cual asignan un determinado status a sus propietarios. El valor de signo es el impulso determinante de las prácticas de consumo de la sociedad contemporánea:

El consumo es una actividad de manipulación sistemática de signos. El objeto-símbolo tradicional (las herramientas, los muebles, la casa misma) mediador de la relación real, o de una situación vivida, que lleva claramente impresa en su sustancia y en su forma la dinámica consciente o inconsciente de esta relación, que por lo tanto no es arbitrario, este objeto ligado, impregnado, cargado de connotaciones, pero viviente siempre por su relación de interioridad…, ese objeto no es consumido. Para volverse objeto de consumo es preciso que el objeto se vuelva signo, es decir, exterior, de alguna manera, a una relación que no hace más que significar… El consumo se funda en una falta o carencia, es incontenible.” (Baudrillard-1969-pg. 224).

Campbell (2001), en A Ética romântica e o espirito do consumismo moderno, refiere el sentimentalismo como uno de los orígenes del consumidor moderno. En opinión del autor, el hábito del consumo surgió  con la revolución industrial y el sentimentalismo romántico y justifica la existencia de la insatisfacción aludiendo a un posible hecho: la compulsión por la compra. Articula la demanda emocional por compra de objetos, placer fantasioso, insatisfactorio, que busca insaciablemente nuevos objetos, una demanda repetitiva por la compra.

Los tres autores citados tienen ideas distintas:

Para Arendt, lo que mueve el consumismo es la búsqueda de la felicidad  interior y los objetos se convierten en signos del confort emocional. El consumismo es el resultado de dos fenómenos históricos: la fabricación a gran escala de productos industriales y el principio de la felicidad.

Para Baudrillard, el consumo está disociado de la satisfacción. La insatisfacción psicológica forma parte del hábito de consumir.

Para Campbell, el factor sentimental tiene un papel relevante en la creación del hábito económico. El autor relaciona emoción a consumo. Para él, el consumismo es el resultado de la incorporación de los objetos en función de la insatisfacción sentimental.

Marinas, en  La fábula del bazar (2001) afirma  queel  consumo no es  la compra”:

“Quien se apropia de un bien, de un producto con marca, entra en un espacio social de representaciones y de valor insospechado. Las mercancías son relaciones de producción. Nos relacionamos unos con otros e incluso con nosotros mismos a través de objetos, espacios, estilos. Esta es la cultura del consumo en la que la publicidad y la comunicación no son un plus que viene después de la producción sino que la antecede y la acompaña” (Marinas -2001-pg 18)

Este mismo autor manifiesta que la cultura del consumo posee dimensiones compuestas por niveles, circuitos y fases. En relación a los niveles, cita: el saber hacer, las representaciones, la identificación. En lo que concierne al circuito, describe: compra, gasto y consumo; y, en lo que se refiere a fases clasifica como: antiguo régimen, capitalismo producción, capitalismo consumo.

Por compra se entiende un acto en el cual hay un sujeto y un objeto; y este acto de comprar es el intercambio de la demanda del sujeto que obedece a una necesidad y a la utilidad atribuida al objeto. La regla de esta relación es la maximización de coste-beneficio. El autor relaciona la compra con el saber hacer y con el antiguo régimen.

En el acto de gastar se comprende que existe una superación del plano de la necesidad, el sujeto es considerado un consumidor grupal y la relación no se establece con el objeto sino con la marca. El objeto trasciende a su condición de objeto signo.  Está relacionado con las representaciones en el capitalismo de producción.

“Este signo que recubre al bien, la marca confiere una identidad que permite un reconocimiento y al mismo tiempo suscita la dinámica del deseo. Dinámica ésta capaz de hacernos ir en contra del interés en sentido de lo útil” (Marinas-2001-pg. 25)

El consumo está relacionado con las identificaciones en el capitalismo consumo. Lo que se consume no son objetos o marcas sino metamarcas e imágenes corporativas. Este mismo autor define las metamarcas como constelaciones de marcas:

“confiere formas de identidad que vienen dadas no por la respuesta a la pregunta ‘de quién eres’ o ‘qué haces’, sino más bien ‘qué usas’, a qué estilo de vida eres afín o, en lenguaje juvenil, ‘de qué vas’. Son identidades versátiles que dependen de la renovación de fetiches y de simulacros, son vínculos que forman nuevos segmentos de sujetos sociales.” (Marinas-2001-pg19).

En lo que concierne a las fases, Marinas describe el antiguo régimen como de producción-consumo, que da como formas de identidad las derivadas de linaje u origen: sexo, edad, etnia, una marca natural y que no cambia. El capitalismo-producción lo describe como la fase que corresponde a la ruptura de la industrialización y de la democracia burguesa. La construcción de la identidad en esta fase se centra en la ocupación, y el sujeto valor por lo que hace.

Y por último, describe el capitalismo-consumo en el que las formas de identidad están mediadas por la relación con los objetos, marcas, metamarcas. Las identidades ya no son tales por la pertenencia a un grupo o clase social, sino que son más versátiles y marcadas por afinidades.

Qué es la sociedad de consumo y cómo el consumo viene siendo comprendido como fenómeno social

Una sociedad de consumo es una sociedad que practica el consumismo, es decir, que fomenta la adquisición continua de bienes y servicios efímeros como forma de mantener la producción y el crecimiento económico. Es un concepto utilizado para caracterizar la época contemporánea, que es la era de las masas.

Sociedad de consumo es una de las incontables etiquetas utilizados por intelectuales, académicos, periodistas y  profesionales de marketing para referirse a la sociedad contemporánea. Sociedad ésta que tiene características tales como:

  1. la oferta excede a la demanda, hay gran cantidad y variedad de bienes y servicios a disposición del consumidor.
  2. la oferta resulta de la producción en serie de bienes atractivos y de duración efímera.
  3. patrones de consumo masificado, debido al tipo de oferta;  hay un tipo de presión ejercida sobre el consumidor por medio de la publicidad, que sugiere modelos de compra a seguir.

El consumo se convierte en finalidad en esta sociedad, en la cual, por el hecho de que se deje  de producir para satisfacer las necesidades, el consumidor pasa a estar a servicio de la producción, dando paso a una sociedad de lo desechable. Se consume más de lo necesario y surge el consumismo, que consiste en un consumo indiscriminado y compulsivo.

La sociedad de consumo reduce al individuo a la condición de consumidor como consecuencia de la automatización del sistema de producción. Las nuevas formas referentes al consumo están  relacionadas con los medios de comunicación, con la alta tecnología, con la tecnología de la información, que busca expandir la mentalidad consumista al servicio de los intereses económicos y con los modos de ser y tener del hombre postmoderno. No es la tecnología la que atiende a las necesidades (como nos hacen creer los medios de comunicación) sino la necesidades las que son creadas para atender a la creciente producción y a la elaboración cada vez más diversificada de los bienes de consumo.

En la postmodernidad hay una dinámica de consumo distinta. Ya no hablamos de consumo… sino de consumo consumista. “Ya no consumimos cosas sino tan sólo signos”. Hay una lógica del consumo estructurada en torno al “simulacro”, al hedonismo, y dentro de esta lógica todo se hace en el sentido de atraer al consumidor. Las imágenes juegan un importante papel y los significantes no poseen sentido, ya que no guardan ninguna relación, están desconectados y hay una sobrecarga sensorial. Nos estamos refiriendo al consumo de espectáculo, al consumo de signos.

La compra de un producto que se considera importante por el grupo social al cual pertenece el consumidor produce una inmediata sensación de placer y de realización y, en general, confiere status y reconocimiento a su propietario. También a medida que la novedad se va desgastando, va aumentando la amenaza de que vuelva la sensación de vacío. Cuando esto sucede, la solución estándar es concentrarse en una próxima compra prometedora, en la esperanza de que la satisfacción sea más duradera y más significativa.

En la cultura postmoderna los individuos son objeto del bombardeo de imágenes y objetos descontextualizados, pero que evocan, sin embargo, sueños y deseos hacia un consumo desenfrenado. Las mercancías se han  convertido en verdaderas espejismos culturales que fascinan al consumidor – es la pura producción de signos e imágenes. Los individuos engañados por los anuncios publicitarios incorporan cosas no prioritarias a sus vidas, las falsas necesidades. Un estadio más avanzado del exceso de consumo se manifiesta en un trastorno de comportamiento en algunos individuos que pasan a consumir compulsivamente, el consumo actúa como una droga. Este tema será abordado en el próximo apartado a continuación.

2. El Consumo Compulsivo

Hace cerca de un siglo el fenómeno de la compulsión fue contextualizado por Freud principalmente para la comprensión de la neurosis (compulsión a la repetición). Desde entonces, nuestro mundo ha vivido un espectacular adelanto industrial y tecnológico que es capaz de disminuir, cada vez más, las  distancias. En nuestros días esto está especialmente representado por el descubrimiento e innovación tecnológica del micro-chip, hace poco más de dos décadas, por la difusión de internet y por los viajes espaciales frecuentes, estando asociado a un proceso de globalización cada vez más complejo y creciente, que envuelve y viene influenciando la cultura, la sociedad y la economía. En ese nuevo contexto, están siendo diagnosticadas nuevas patologías que señalan nuevos contornos relacionados con la compulsión (trastornos, estrés, bulimia, ansiedad, etc.), especialmente en grandes centros urbanos.

El consumidor compulsivo consume por el simple hecho de consumir y no ya por la necesidad del objeto consumido. Es el deseo lo que se hace prioritario en el consumo, deseo resultante de la fascinación, de la seducción de lo nuevo, de la novedad de algún objeto o mercancía que puede reemplazar a otros ya anticuados. El consumidor compulsivo es dependiente del acto de consumir. Mientras está consumiendo, siente alivio y placer superando así sus sentimientos de angustia y vacío. Lo que importa es el cebo disfrazado de palabras que es consumido por el sujeto en búsqueda de la ilusión de estar adquiriendo su individualidad. Como toda adicción, una vez que pasa el efecto es necesaria una nueva dosis para volver a sentirse bien.

Compulsión, así como coaccionar, deriva del latín “compellere”, que significa aquello que impele, que constriñe.  Por definición toda compulsión es un tipo de comportamiento que el sujeto es llevado a adoptar por fuerza de coerción interna.

El eje metapsicológico de la compulsión enganchado al consumo se remite a la teoría de las pulsiones en Freud. Se utiliza el concepto de pulsión y sus destinos de experiencia de satisfacción en la producción del síntoma clínico y del malestar cultural actual.

Tomamos el consumo como el acto compulsivo y característico de nuestra cultura de mercado globalizado, que produce consumidores potencialmente compulsivos. Las subjetividades producidas por esta cultura de consumo son gestadas en un mundo saturado de objetos, imágenes e informaciones – todos ellos objetos de satisfacción que suprimen la formación de angustia (falta de objeto) y confrontan al sujeto con la ausencia radical del otro (desamparo).

Lacan confiere tanta importancia al asunto que incluye la repetición como uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. En El Seminario, libro 11 (1964), Lacan asocia la repetición al inconsciente y observa que la repetición inconsciente no consiste en la reproducción de lo idéntico. Se trata de una repetición que genera movimiento; movimiento que va en busca de un objeto. Se trata de una insistencia,  de automatismo de repetición, de compulsión a la repetición. El consumo compulsivo se articula en esta sistemática pulsional donde el síntoma emerge en oposición a la pérdida. Y los síntomas se repiten; se repiten en una búsqueda incesante del objeto perdido. Todo retorna, pero de manera diferente. Todo vuelve, pero de modo nuevo. Un modo nuevo que es la repetición de la alegría de un reencuentro y, simultáneamente, de la angustia de una pérdida inminente.

Por otro lado, Nietzsche, en Hecce homo (1908), evoca la doctrina del eterno retorno, o sea, del movimiento cíclico absoluto e infinitamente repetido de todas las cosas. El mismo retorno, pero de manera diferente. Repetimos siempre, no lo mismo, sino lo nuevo, lo aún no dicho, lo aún no designado, lo no significado. Pues es en esa tendencia donde la “voluntad de potencia encuentra su gozo”.

De esta forma, podemos inferir que la sociedad contemporánea es materialista. Es una sociedad preocupada por “tener, en detrimento de ser”. Una sociedad hedonista, narcisista, marcadamente dirigida al  consumo. La gran cantidad de artículos producidos por la sociedad de consumo indica el imperio de los simulacros, el territorio donde las imágenes predominan, donde las necesidades pasan a identificarse con mercancías.

Parece que la cultura actual no admite el proyecto de aplazamiento de la satisfacción pulsional. Toda su organización lleva a los sujetos rumbo a la descarga pulsional. La compulsividad o compulsión a la repetición se revela por medio de situaciones en las cuales el sujeto desconoce la causa (inconsciente). La compulsión como acción o pensamiento, que cuando no se realiza acarrea angustia, carece de elaboración psíquica y de esta forma hay un aumento de excitación interna, incapaz de ser dominada, de una fuerza imperativa. El consumo compulsivo es un fenómeno repetitivo inconsciente, es un tipo de compulsión a la repetición. Actúa como una adicción, como la droga, el tabaco, el alcohol, la comida y el sexo. Un síntoma contemporáneo, un fenómeno social.

B. La Compulsión a la Repetición en el Psicoanálisis

Para que el tema del trabajo se comprenda mejor, son necesarias algunas consideraciones sobre  las pulsiones.

El fundador del psicoanálisis, Freud, consideraba el concepto de pulsión como su concepto fundamental. En 1915, en sus artículos sobre la   metapsicología, además de dedicar un artículo específico a la represión, también lo hizo a la pulsión y sus caminos o destinos. La  pulsión, por definición, es un concepto entre lo psíquico y  lo somático, representante de  los estímulos interiores del cuerpo, con una exigencia de trabajo que es impuesta a lo psíquico en su relación con el cuerpo. Es una especie de  delegación enviada por lo somático a lo psíquico. Una fuerza constante que insiste.

En relación con la pulsión hay dos elementos: el representante representativo y el afecto, y cada uno de ellos tiene un destino diferente. El destino de  la  representación pulsional es la represión; la pulsión no es reprimida, es una energía, y lo que es reprimido es la  representación de  la  pulsión, las ideas. El afecto no es reprimido, es suprimido, transformado o  atenuado, pues es una intensidad, una cantidad de  la  pulsión.

1. La Hipótesis  dualista de  Freud

Freud replantea su teoría pulsional de- “Yo” y “Sexual”, por “Pulsión de  vida” (yo y sexual) y “Pulsión de  muerte”. La  pulsión de muerte se desconecta, evita el deseo, opera en silencio, no hay representación ni inversión. La  pulsión de  vida se conecta con la representación.

Toda la teoría de la sexualidad de Freud gira en torno al concepto de pulsión. Se trata de un concepto radicalmente nuevo que Freud introdujo, que necesitó crear para poder abordar la sexualidad humana de modo igualmente nuevo, radical y diferente de lo que había hecho hasta entonces. Introducido en 1905, está, en realidad, elaborado a lo largo de  toda su obra.

En 1905, al introducir la  pulsión, Freud plantea tres de  sus elementos: la  fuente, el objeto y la meta. Sólo en 1915 introduce el cuarto elemento – Drang-  la fuerza de la pulsión. La   Drang ha sido traducida de  diversas formas, como impulso, fuerza o presión. En un texto  metapsicológico llamado Las Pulsiones y sus  vicisitudes, de 1915, es donde Freud presenta ese cuarto elemento de  la  pulsión.

También en relación con las pulsiones, varias concepciones fueron  impregnando todo el trabajo de Freud, pero en el texto citado más arriba – Las pulsiones y sus vicisitudes (1915)-, realizó una recapitulación de dichas concepciones. Sin embargo, la confirmó cómo el límite entre lo somático y  lo psíquico, y también en sus recorridos, la represión fue abordada como uno de los destinos de las pulsiones. Ya en su artículo específico sobre la represión, comienza confirmando:

“Una de las  vicisitudes que un impulso  instintual puede sufrir, es encontrar resistencias que busquen hacerlo inoperante” (Freud-1915- p.169).

En relación con las cuatro características principales de las pulsiones – fuerza, meta, objeto y fuente -, vamos a abordar el elemento metade la  pulsión. Este elemento está conectado con la satisfacción de la pulsión-imposible de ser satisfecha. Acerca del objeto, otro elemento de la  pulsión, Freud dice que éste es lo más variable en la pulsión: puede, de hecho, ser cualquier cosa. Por último, la fuente es  la vía de salida a una pulsión cualquiera.

Con relación a las cuatro vicisitudes de la pulsión, que como las características de las pulsiones tampoco pretendemos considerar extensamente, se pueden clasificar en: la reversión a lo opuesto, el retorno al propio yo y las dos  vicisitudes más importantes de la pulsión, la represión y la sublimación. Estas últimas constituyen dos polos extremos de  posibilidades: cuando hay represión no hay sublimación, cuando hay sublimación no hay represión, dos polos extremos y opuestos. Freud introduce esta estructura de las  vicisitudes de  la  pulsión en 1915.

¿Y los dualismos pulsionales?

Coutinho (2003) manifiesta que Freud presenta por primera vez el primer dualismo pulsional en su artículo sobre las Perturbaciones psicogénicas de la visión, de 1910. En éste opone las pulsiones sexuales a las llamadas pulsiones del yo o de auto-conservación. Según el mismo autor, ese dualismo no puede ser sostenido hasta el final; y no lo fue, por varias razones.

Relata el autor anteriormente citado que, en 1914, el elemento más importante para la futura dialetización de ese dualismo pulsional surge para Freud en el artículo de Introducción al narcisismo, en el cual establece un avance extremadamente importante al distinguir la libido de  objeto, la libido del yo y la libido del ego.

Freud colocó la pulsión del yo o de autoconservación en el mismo campo que  la pulsión sexual. Si existe una libido del objeto y una libido del yo, este último campo, el del yo, se incorporó al de las pulsiones sexuales: el yo es igualmente un objeto que, como tal, puede ser investido por la libido.

Del primer dualismo, por lo tanto, quedan sólo las pulsiones sexuales o de vida, que comprenden tanto las sexuales como las del yo1.

Según  Nasio (1999), las tendencias que nacen en una zona  erógena del cuerpo, aspiran al ideal imposible de  una satisfacción absoluta,  tropiezan con la  represión y, finalmente, se exteriorizan por actos sustitutivos del imposible acto  incestuoso. Esas tendencias se llaman pulsiones sexuales.

Cita el mismo autor:

“Freud  descompone la  pulsión sexual en cuatro elementos. Dejando de  lado la fuente de  donde brota (zona  erógena), la fuerza que empuja y el objetivo que la atrae, la  pulsión se sirve de un objeto por medio del cual intenta llegar a su objetivo ideal. Ese objeto puede ser una cosa o una persona, bien  la propia persona, bien  otra, pero es siempre un objeto fantaseado, y  no real” (Nasio-1999-p.47).

El citado autor define las nociones de necesidad, deseo y amor para situar mejor la diferencia entre placer orgánico y sexual. Define la necesidad como la exigencia de un órgano al que se da satisfacción real con un objeto concreto (el alimento por ejemplo) y no con una fantasía. El deseo, por el contrario, es una expresión de  la  pulsión sexual, o mejor dicho, es la propia pulsión sexual, cuando ésta cumple dos condiciones: primero, que el objetivo sea el absoluto del incesto; segundo, que el medio para llegar a él sea el cuerpo excitado de cualquier otra persona. Finalmente, el amor es también cariño hacia otro, pero de  manera global y  sin el soporte de  una zona  erógena definida.

De acuerdo con  Rudge (1998), no se habla de pulsión en el “Proyecto de  una psicología para  neurólogos”; lo más fascinante que se encuentra en este texto es el mito de la constitución de la pulsión sexual. Dice la  autora:

“Bajo el rótulo de  “deseo”, Freud describe cómo, a partir de la experiencia de satisfacción de la necesidad, que requiere la presencia del semejante, van a surgir facilitaciones, caminos privilegiados – percepciones y movimientos – como guión de la pulsión sexual… Si el interés del psicoanálisis estuvo siempre conectado a  la  pulsión sexual, por su importancia en la clínica de  la neurosis, el abandono de las pulsiones de  auto-conservación no fue  tematizado en el texto  freudiano, aunque Freud, en 1914, indicara que desde el inicio, la separación entre ambas era radical” (Rudge 1998-p.17)

Según esta autora, la problemática conectada a la conservación del individuo, a partir de 1914, cambia radicalmente de estatus y, aunque Freud no lo haya reconocido explícitamente, en cierta forma implica el abandono de la noción de pulsión de  auto-conservación. Dice Rudge:

La Introducción del narcisismo es correlativa al abandono de  una energía específica de  las pulsiones de auto-conservación -el interés- y todo campo pulsional pasa a tener la libido como único sustrato energético, con su cuño sexual reafirmado. El yo, que no existe desde el inicio, se constituye como un objeto por un nuevo acto psíquico, en una dialéctica  penetrada por el erotismo” (Rudge-1998-p18).

A partir de ahora se verá el recorrido del pensamiento que llevó a Freud a  admitir un movimiento más allá del principio del placer y, consecuentemente, a construir su nueva división pulsional entre pulsión de  vida y de muerte.

2. La  repetición más allá del principio del placer

En 1919 Freud percibe en la clínica la existencia del fenómeno de la compulsión a la repetición.

Freud se enfrentó con un hecho nuevo cuando estaba tratando a la joven Dora: el fenómeno de  la repetición.

“El paciente no recuerda cosa alguna de lo que olvidó y reprimió, pero lo expresa por la  representación o lo representa (acts  it out). Lo reproduce no como recuerdo, sino como acción; lo repite, naturalmente, sin saber lo que está repitiendo” (Freud. P.116).

La repetición es la  señal  irrefutable del conflicto psíquico; por una parte, es una resistencia y, por otra, un instrumento terapéutico. Freud vuelve a hablar de repetición en 1912 en el artículo La  dinámica de la transferencia, y en 1914, en Recordar, repetir y elaborar.

En el artículo Lo extraño, de 1919, Freud retoma el tema:

Lo extraño es la categoría de lo que preocupa y que remite a lo que es conocido, lo pasado, y  que es muy familiar” (Freud-1919-p.277).

Lo extraño es algo que vuelve, se repite, pero que al mismo tiempo se presenta como diferente.

Finalmente, en  Más allá del principio del placer (1920), el tema pasa al primer plano de  la  teoría. Más exactamente, en el segundo capítulo, Freud comienza a  esbozar sus nuevas teorías en relación con  las fuerzas que rigen el aparato psíquico. Al describir las neurosis traumáticas, destaca dos factores básicos en su composición: la ausencia de daño físico y el pánico (Schreck). Para entender mejor la  naturaleza y  la importancia de este último elemento en el presente texto, es preciso contextualizarlo entre otras dos modalidades de  reacción psíquica ante un peligro externo, que son: el miedo (Furch) y  la angustia (Angst).

En el miedo, además de la percepción de un objeto amenazador, está presente la representación del mismo, como es el caso del objeto fóbico. En la  angustia, aunque haya percepción del objeto de amenaza bajo la forma de una angustia preparatoria, no hay una determinación precisa, tal y como ocurre con el miedo. Ya en el caso del pánico se encuentran ausentes estos dos elementos: tanto la identificación como la preparación ante el objeto. De esta forma, el aparato psíquico es invadido por una profusión de estímulos contra los cuales es incapaz de  defenderse. Este proceso confiere tal intensidad a la escena traumática que su mero recuerdo es considerado por el  psiquismo como un evento actual.

Incluso en lo que se refiere a las neurosis traumáticas, esta reproducción en el momento traumático está marcada por una compulsión a la repetición. Esto ocurre porque el aparato psíquico busca, con la continua reproducción del momento del impacto, crear la angustia preparatoria que se encontraba ausente en el momento del trauma. Sin embargo, tal compulsión no garantiza cualquier indicio de  placer sino, por el contrario, sólo la continuidad del  displacer.

El caso de las neurosis traumáticas no es el único ejemplo clínico para problematizar el mantenimiento de la perspectiva del más allá del principio del  placer. Freud habla del caso del juego infantil del “Fort-da-la” (Freud, 1920, p.26). Según palabras de  Santos (2002):

“A buen seguro, el juego del Fort-da-la es el más complejo de los fenómenos analizados por Freud (los otros dos son el sueño y la repetición  transferencial). A pesar de ser la repetición de  una situación dolorosa -que parte de  la  madre- es acompañado de placer. Así, por un lado  contradice y, por otro, afirma el principio del placer. El placer se encuentra en la  propia actividad de representación, aunque el representante en sí mismo sea doloroso” (Santos-2002-pg97).

Este juego representa una experiencia de repetición que, aunque reproduzca una situación angustiosa, es capaz de dominar el estímulo  no placentero, siendo una repetición del orden del principio del placer. Esto no ocurre con la repetición  transferencial. Ésta constituye para Freud un ejemplo de la no prevalencia del principio del  placer. Dice Santos:

“La repetición en la transferencia produce un nuevo displacer, así como el sueño de la neurosis de accidente produce un nuevo miedo. El sueño, por repetir exactamente la misma escena, resalta aún más el susto como otro, uno más, pero susto al fin y al cabo. Hay aquí una extraña dialéctica de lo mismo y de lo otro. El sujeto que produce el sueño, mientras lo produce, no sabe que se repite. Efectivamente, todavía no se repite, pues no sabe lo que está reproduciendo. Al ser sorprendido por el susto se da cuenta de que la escena ya le era conocida; sólo entonces la  repetición aparece como tal. Es a partir del nuevo susto cuando se cuenta una primera vez, que ya aparece duplicada.” (Santos-2002- pg.102).

¿Por qué la  pulsión se repite? Freud responde:

Una pulsión sería un impulso que habita en lo orgánico animado para restaurar un estado anterior al que el animado tuvo que renunciar por influencia de fuerzas perturbadoras externas -un modo de  elasticidad orgánica o, si se quiere, la expresión de la inercia en la vida orgánica.” (Freud- 1920-pg).

Para García-Roza (2003), al plantear la cuestión de un más allá del principio del placer, Freud no está en modo alguno retomando el punto de vista naturalista con el cual el psicoanálisis rompe desde sus comienzos. Decir que la vida apunta hacia la muerte no significa renunciar a la dimensión simbólica que caracteriza esencialmente al psicoanálisis, sino admitir la posibilidad de un límite de la palabra, de algo que, más allá del principio del  placer, más allá del juego de los signos, demuestra respeto por lo real. El más allá es, por tanto, un residuo y es ese residuo el que va a ser relacionado con el “instinto de muerte”.

De acuerdo con García-Roza (2003), la repetición no representa una cosa, significa algo, es, en su esencia, de naturaleza simbólica. Aquello de lo que nos habla el psicoanálisis, esa repetición interminable, ese juego amoroso que constituye la conexión de Eros con un pasado reencontrado. Lo que se repite aquí es lo sexual, o mejor dicho, la repetición es constituyente de lo sexual. Dice el mismo autor:

“Repetimos un encuentro amoroso que, en sí mismo, ya es una máscara (primer encuentro con la  madre). En los casos en que la repetición aparece desnuda, es decir, cuando se presenta como repetición de lo “mismo” y no como repetición diferencial, como en los rituales obsesivos, encubre una repetición más profunda que se desarrolla en una dimensión vertical y no horizontal, como los disfraces…la repetición se alimenta de la pulsión de  muerte”(García-Roza-2003- pg.44).

“Lo que sin ninguna duda es marcado por la repetición es Eros, la pulsión sexual. Así como nuestro primer encuentro amoroso es ya una repetición, repetición de encuentros que no fueron vividos por nosotros, los demás encuentros son también repeticiones. Lo sexual es lo que se repite, nos dice Freud. Lo que ya vimos, sin embargo, es que esa repetición jamás se desnuda, no apunta hacia un primer término, sino que está irremediablemente constituida por el juego interminable de las máscaras… La sexualidad humana es, esencialmente, disfraz. Esto quiere decir que la repetición no es representación, la máscara no representa un objeto, significa algo.” (García-Roza-2003- p.51).

“La repetición disimula algo fundamentalmente determinante en la función de repetición, que es lo real” (García-Roza-2003-pg.53).

3. La pulsión de muerte

La clínica de Freud cambia a partir de la  pulsión de  muerte. La idea de que moriría joven, la presencia de la guerra y los encuentros que tuvo con la muerte, la pérdida de seres queridos, llevó Freud a volver a pensar en la pulsión.

El concepto de pulsión introducido en 1905 ha sido en realidad elaborado a lo largo de toda la obra de Freud. Se trata de un concepto trabajado a lo largo de toda la  reflexión  freudiana, hasta el fin de su obra.

La pulsión sólo consigue tener el estatus necesario, determinado con precisión, con la  introducción que Freud hace de  la  pulsión de muerte. En 1920, en el texto Más allá del principio del placer Freud introduce un elemento radicalmente nuevo – la pulsión de muerte – cuando dice que lo que subyace a la compulsión, la repetición, es una pulsión y da a esa pulsión el nombre de  pulsión de muerte.

Según Santos (2002), en el nivel de la pulsión, no hay aprendizaje. La  pulsión no trabaja para el equilibrio psíquico o para la buena adaptación y sí lo hace por su propia satisfacción. La hipótesis de que la pulsión es un impulso en dirección a  la muerte entra en franca oposición con la teoría pulsional anterior, en que se suponía una pulsión de auto-conservación y otra de conservación de la  especie.

Lo que hizo Freud, entonces, fue asimilar la pulsión de auto-conservación a  la pulsión que recoge la muerte y oponer a ella la pulsión sexual, que busca mantener la  vida.

Para Coutinho (2003), la pulsión de muerte donde la cosa, el objeto de la pulsión de muerte, es das Ding. Dice el autor:

“Somos movidos por ese  vector y ese  vector es mortífero. Podemos considerar que lo que Lacan denomina “impulso al goce” es precisamente el sentido de ese  vector en dirección a la muerte, concebida como lo hace Freud, en tanto que anulación radical de las tensiones internas vividas por el organismo vivo y  por el  psiquismo. Ese ‘empuje al gozo’ es, en el fondo, un impulso hacia la  muerte, la tendencia del principio de Nirvana a erradicar las tensiones internas de  forma absoluta” (Coutinho-2003- pág. 12).

Afortunadamente se dan algunas condiciones para que lo que es nuestro  vector más radical no funcione de manera autónoma, de forma devastadora, aislada, automática. Lo que pasa es que ese único  vector de  la pulsión de  muerte presenta regiones diferentes y la pulsión, que es esencialmente pulsión de muerte, a partir de la irrupción de la fantasía inconsciente, va a tener dos regiones diferentes: una región que es la pulsión sexual, que es dominada por la  fantasía y regida por el principio del placer; y  otra región, no dominada por la  fantasía, y  que, por tanto, es la  pulsión de muerte propiamente dicha; región que Freud denominaba de “más allá del principio del  placer” (Coutinho-2003- pg.13).

Para García-Roza (2003), la  pulsión de muerte respeta sobre todo los límites de validez del principio del placer; y su referencia, al menos en un primer momento, no es la muerte individual ni tampoco la destrucción, sino la  compulsión a la repetición.

En 1932, en las Nuevas conferencias, Freud afirma que la doctrina de las pulsiones es nuestra mitología, son seres míticos, grandiosos en su determinación. También afirma que las pulsiones se distinguen de un estímulo porque provienen de fuentes de estimulación en el interior del cuerpo.

4. La Compulsión a la repetición en Lacan

Lacan, en Escritos – Del “Trieb” de Freud y del Deseo del Psicoanalista nos habla que libido no es instinto sexual, es una energía constante.

“Su coloración sexual, tan formalmente afirmada por Freud como inscrito en lo que hay de más íntimo en su naturaleza, es color-de-vacío: suspensa en la luz de una hiancia (“béance”). Esa hiancia (“béance”) es aquella con que el deseo toca en los límites que le son impuestos por el principio irónicamente llamado de principio del placer, por estar remitido a una realidad que, por su parte, podemos decir, es aquí tan-solamente campo de la praxis. Es justamente de ese campo que el freudismo recorta un deseo cuyo principio se encuentra esencialmente en imposibilidades” (Lacan-1960-pg.865, 866).

 “Así, es antes la asunción de la castración que crea la falta por la cual se instituye el deseo. El deseo es deseo de deseo, deseo del Otro, como dijimos, o sea, sometido a la ley… la castración fue el resorte absolutamente nuevo que Freud introdujo en el deseo, dando a la falta del deseo el sentido que hubo quedado enigmático en la dialéctica de Sócrates, aunque preservado en el relato del Banquete” (Lacan-1960-pg. 867)

Para Lacan, la pulsión divide el sujeto y el deseo, que sólo se sostiene por la relación, que él desconoce, de esa división con un objeto que la causa. Este es uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, junto con el inconsciente, la transferencia y la repetición.

Lacan propone considerar la repetición como exceso pulsional donde el sujeto que crea excede lo que ya existe. Repetición es creación no es reproducción, lo que repite es lo que produce. Algo vuelve sin cesar, sin que el sujeto lo sepa, sin una intencionalidad por su parte. Este retorno se hace compulsivo y se presenta bajo la forma de un automatismo.

En el Seminario XI, Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis, Lacan distingue las dos vertientes de la repetición, utilizando los conceptos de Aristóteles: Tyche y Automaton. El segundo es la insistencia de los signos, mientras que Tyche trata de lo que está en el origen de la repetición, lo que desencadena la insistencia. En relación a la pulsión de muerte, Lacan conceptualiza lo Real, lo imposible de simbolizar y de enfrentar, lo insoportable.

Tyche es el encuentro con lo real, que retorna siempre al mismo lugar. Para Lacan, lo real está más allá del Automaton, del retorno, de la vuelta, de la insistencia de los signos.

“Así, no hay cómo confundir la repetición ni con el retorno de los signos, ni con la reproducción… la repetición es algo que, en su verdadera naturaleza, está siempre velada en el análisis… lo que se repite, en efecto, es siempre algo que se produce”. (Lacan-1964-pg. 56)

Lacan, en Escritos – Para más Allá del Principio de la Realidad, escribió que el sujeto ignora la imagen que trae al presente por su conducta y que reproduce sin cesar. Ignora que desconoce lo que repite en su conducta y que esa imagen lo explica. Ignora que no sabe de la importancia de la imagen cuando evoca el recuerdo que ella representa.

5. ¿Que es compulsión a la repetición?

“Las pulsiones son nuestros mitos” dijo Freud. Mito en lo que se refiere a aquello que produce el deseo, reproduciendo la relación entre sujeto y objeto perdido.

Tal pérdida establece el mito de un goce sin límites, anterior al encuentro del cuerpo con el lenguaje (fusión con la madre; incesto; paraíso perdido…). Todo esto alude a un mito, a un estado de plenitud originaria que nunca dejamos de añorar. Son muchos los objetos que ocupan ese lugar.

Lacan introduce el término goce para aludir a una satisfacción pulsional, para hablar de un exceso, un más allá del principio del placer que se asimila así a la dimensión de lo Real.

Se entiende como pulsión aquellas fuerzas inconscientes y constantes que insisten en hacerse presentes, donde aparece con frecuencia un significante (elemento lingüístico posible de ser significado por un sujeto). Una fuerza que representa los estímulos internos del cuerpo y que exige trabajo de lo psíquico. Una energía que se conecta con una representación y se transforma en libido (energía ligada). Un impulso del sujeto que tiende a la satisfacción.

La pulsión es una fuerza que rige la dinámica del sujeto, es el origen de su constitución. En la pulsión de vida hay un límite en el placer y en la pulsión de muerte hay un exceso que infringe una ley.

La pulsión necesita ser elaborada, pues cuando no se inscribe en el lenguaje, se repite, y lo que se repite es una actualización, algo del pasado que aparece en el presente. Esa fuerza exige a toda costa satisfacción, una satisfacción imposible de obtener, pues el objeto que daría satisfacción a la pulsión es un objeto que no existe (Das ding/ la cosa) aunque es imaginario y por eso insiste todo el tiempo.

La pulsión quiere “Das ding” y recibe el “objeto a” (objetos externos que ofrecen satisfacción parcial).

El objeto perdido de la historia de cada sujeto puede ser reencontrado en sucesivos sustitutos, en los que el sujeto organiza sus desplazamientos simbólicos y sus inversiones libidinales imaginarias.

Cuando se afirma que las pulsiones son fuerzas inconscientes, se entiende por inconsciente freudiano un descubrimiento que tiene leyes y comporta deseo, que no siempre el sujeto quiere conocer. La instancia simbólica de la ley y la castración a la que todos somos sometidos constituye la verdad del descubrimiento del inconsciente, lugar de las representaciones reprimidas. El inconsciente está formado por representaciones psíquicas de pulsiones que aspiran a derivar su carga; funciona bajo el principio del placer. En el inconsciente no hay ni temporalidad, ni duda, ni orden cronológico.

Freud propone dos funciones de la subjetividad (que él llama de aparato psíquico): el proceso primario basado en el principio del placer, que busca sólo la satisfacción; y el proceso secundario, dominado por el consciente, que busca reprimir los deseos que habitan el proceso primario. Constituye entonces su primera tópica, al afirmar la existencia del inconsciente y del consciente o pre-consciente. Hay una barrera entre el inconsciente y el consciente. Freud formula la subjetividad humana en conflicto, designando la división del sujeto entre lo que él quiere inconscientemente y lo que él conscientemente no quiere o ignora que quiere.

Freud demostró que la pulsión es siempre parcial y tiene una representación lingüística en el inconsciente. Hay una parte que no es representada, que corresponde a la libido, que es parte energética de la pulsión.

Lacan denominó como lo real pulsional a un real de goce imposible de ser simbolizado (que es el concepto de pulsión de muerte), pues se encuentra fuera del ámbito de Eros.

Lo Real es uno de los nombres de la pulsión de muerte que se manifiesta en la culpa, en el masoquismo moral, en los desagrados de la transferencia. La pulsión de muerte es responsable de la repetición, dando al sujeto una satisfacción más allá del principio del placer. Esta repetición forma parte del inconsciente y es articulada en una pulsión que hace que se retorne siempre a un mismo lugar. Retorno al lugar que hace sufrir.

A partir de la pulsión de muerte y de la repetición, Freud hace una revisión de toda su teoría y formula una nueva división de las instancias psíquicas, la llamada segunda tópica: el ello, el yo y el super-yo.

De esta forma, se comprende que la compulsión a la repetición es un fenómeno inconsciente en el que la pulsión se esfuerza para volver a un estado anterior. El sujeto repite algo del pasado en el presente. Es una actualización, algo nuevo que se produce en la repetición y que tiene una dinámica conflictiva.

Este fenómeno está presente en la vida pulsional del sujeto y se caracteriza por ser un exceso que no es simbolizado y por eso se actualiza en la repetición. Es un encuentro imaginario con el objeto perdido nostálgico. Un encuentro que falta.

C. La compulsión a la repetición y el consumo compulsivo

Los síntomas compulsivos están presentes en la sociedad de consumo, especialmente en el consumo compulsivo. Se pretende, en este capítulo, relacionar la compulsión a la repetición y el consumo compulsivo aportando elementos que facilitan la comprensión de dichos fenómenos en la cultura contemporánea.

Se puede decir que los procesos de transformación social y tecnológica nos afectan hasta tal punto que constituyen nuevos fenómenos de orden psíquico que surgen a partir de cambios que interfieren en nuestra vida  cotidiana, en las relaciones y especialmente en nuestra vida interior, en nuestra subjetividad.

En el vocabulario freudiano, el término alemán “Zwang” designa no sólo las compulsiones del pensamiento u obsesiones, sino también las acciones y los afectos compulsivos, determinados por una fuerza interna imperativa. “Zwang” está más próximo a la pulsión y al impulso. O sea, la compulsión viene de una pulsión o estado de tensión, no se sabe por qué, y provoca en algunos casos constrangimento  y angustia en el intento de evitarlo, de controlarlo o por no conseguir realizar la acción.

Es pertinente recordar que la angustia se produce cuando hay una ausencia o insuficiencia de elaboración psíquica que lleva al sujeto a estar sometido a una afluencia de excitación de origen interna que es incapaz de dominar.

Es preciso marcar que la compulsión a la repetición definida por Freud se caracteriza por un proceso inconsciente. Al aclarar lo que se entiende por compulsión, se hace patente que se trata de una respuesta de la mente y del cuerpo, donde se desarrolla alguna reacción o respuesta compensatoria o defensiva de algo que nos afecta y nos causa impacto, y  que no es perceptible conscientemente.

Las compulsiones siempre han existido. Sin embargo, actualmente parecen llamar más la atención. No por su aparición o por su clasificación como nuevas “patologías”, sino por la frecuencia con la que se producen.

¿Por qué estos casos ocurren en la actualidad?

En primer lugar porque a las subjetividades les viene afectando especialmente el aumento de exigencias en nuestro día a día, el desempeño en consonancia con la agilidad de los ámbitos  financieros y productivos. Por detrás de estas exigencias, los medios de comunicación han pasado a tener un papel más determinante, influenciando y formando opiniones en la generación de valores que están conectados fundamentalmente a los intereses de las grandes redes financiero-productivas, de aquello que consumimos.

Esta sería una nueva etapa de lo que se entiende por consumo de masas, de producción a gran escala incluso de carácter no exclusivamente material, pero también regulado por imágenes, ideas, redes virtuales, y que afecta también a la estética, a la imagen de sí mismo.

Se produce una inversión de lo que ocurría anteriormente, cuando el uso y/o la necesidad generaban o conferían valor. Cada vez más se crean demandas por las cosas incluso antes de que éstas sean  producidas. Se trata de cosas que nacen con significados otorgados.

La sociedad de consumo se caracteriza, a su vez, por la producción de bienes culturales, difundidos a través de los medios de comunicación de masas, que imponen formas universales de comportamiento y de consumo. Esta sociedad parece caminar cada vez más en desacuerdo con la posibilidad de que el sujeto se mire y sea visto en su singularidad.

Según esta lógica, una de las formas de compulsión que destaca es la del consumo, en la que el deseo es lo principal. Deseo recurrente de la fascinación, de la seducción de lo nuevo, de la novedad de algún objeto o mercancía mejor para sustituir otro ya superado.

El deseo motivado por el consumo, simplemente por el consumo propiamente dicho, como fuerza motriz, es sustituido por el querer, un querer compulsivo. Las necesidades son creadas para atender a la producción. Los productos evocan deseos, ilusiones que fascinan al consumidor, que consume falsas necesidades, una práctica que lleva al consumo compulsivo.

El consumo sustituye vacíos. El consumo compulsivo es un tipo de compulsión a la repetición. Es un síntoma para la lectura psicoanalítica, entendiendo síntoma como un conflicto entre pulsión sexual y realidad. Conflicto que surge de un nuevo método de satisfacer la libido. Uno de los componentes del conflicto es la libido insatisfecha, que, repudiada por la realidad, busca otra vía para satisfacerse.

Así, encontramos el conflicto entre dos fuerzas opuestas (deseo y defensa): un deseo rechazado que busca satisfacción y la defensa frente a éste determinan una formación de compromiso que sería el síntoma. El síntoma repite una forma infantil de satisfacción, deformada por la censura que surge en el conflicto: es una doble vertiente de goce y malestar, donde la pulsión es satisfecha con el goce pero sin placer, con sufrimiento.

El síntoma, según el diccionario freudiano, es una operación nueva con la característica compulsiva propia de los procesos pulsionales y que no es manejada por la voluntad consciente del “yo”. Es una forma de defensa contra la angustia.

El concepto de deseo ocupa un lugar fundamental en la teoría psicoanalítica. Se puede comprender el deseo como una primera y mítica satisfacción de la necesidad, que apunta hacia un objeto perdido. El sujeto tendrá que conformarse con buscar un objeto sustituto para obtener satisfacción, satisfacción que nunca será alcanzada. De ahí nace el deseo-condenado a la insatisfacción.

El desencuentro entre lo que se espera recibir y lo que realmente se obtiene determina la pérdida del objeto real de la satisfacción: el nacimiento del sujeto del deseo. Según Lacan, el deseo nace de la separación entre necesidad y demanda.

El deseo siempre apuntará hacia el objeto perdido a través de una demanda, pero sólo podrá tener acceso parcial a través de la fantasía/fantasma que lo representa y con los objetos externos sustitutos y nunca alcanzará la satisfacción en su plenitud. (Ej: los objetos de consumo en el consumo compulsivo).

Concluyendo, entonces, el deseo surge del desencuentro entre la expectativa que genera la demanda y la satisfacción obtenida. Esto por una parte provoca una separación del objeto- una falta- que irá hacia la cadena significante (simbólico). Y por otra, producirá un fantasma que retiene parcialmente el objeto (imaginario).

Freud relaciona el fantasma de la escena primaria con lo que representa el origen del sujeto. El fantasma de seducción, con lo que representa el origen de la sexualidad y el fantasma de castración con el origen de la diferencia sexual.

La castración introduce la diferencia sexual y también permite la transformación del goce pulsional sin representación en goce sexual fálico. Reequilibra entonces la función de descarga pulsional del fantasma, donde ocurrirá una búsqueda de satisfacción a través de los objetos de la realidad. La castración determina la relación de deseo del sujeto con los objetos externos.

Por fantasma se entiende la representación imaginaria del objeto supuestamente perdido, que encubre a una falta. La función del fantasma/fantasía es transformar el goce en placer. Si falla, el goce impedirá que se ponga en marcha la capacidad de representación de la cadena significante del sujeto, lo que caracteriza el automatismo de la repetición. Cuando desaparece lo que encubre el fantasma, surge la angustia.

Se entiende por goce una tensión pulsional sin representación, una descarga sin límite, sin el freno de la represión (que se sitúa en la figura mítica del incesto y nos hace creer que es absoluto). El goce es inconsciente, fruto de una tensión intolerable que conduce a la repetición.

En líneas generales podemos decir que la naturaleza del deseo está situada en el terreno de la falta y de la incompletud. El síntoma neurótico impide el encuentro con esa falta, bloqueando el circuito del deseo (pulsión-castración-deseo: discurso o fantasma/fantasía). Tiene lugar entonces una descarga pulsional parcial en forma de goce que genera sufrimiento al sujeto. La función del síntoma es permitir una descarga parcial del goce.

El síntoma puede entenderse como un resto de tensión pulsional (el goce) que no puede ser transformada en placer por el fantasma/fantasía y que amenaza la estructura del sujeto.

Cuando el goce se descarga en forma de sufrimiento por el síntoma, ocurre la circulación parcial del deseo. Y cuando el goce del síntoma vuelve a ser tramitado por el fantasma/fantasía existe la circulación del deseo.

Finalmente, todo ser humano está habitado por la pulsión, fuerzas ciegas que lo impulsan hacia lugares para los que el sujeto carece de palabras. Esas pulsiones son inconscientes, son polos de excitación de origen interno y constante. Si no entran en conexión con la cadena significante, se quedan siempre cargadas causando malestar.

El consumo compulsivo como síntoma es esta excitación interna que insiste en estar presente en la búsqueda compulsiva de algo para satisfacerse (la parte invisible del síntoma, que el consumidor no ve y a la que no tiene acceso, pues la ignora). La ilusión de una completitud, de un reencuentro con “el objeto perdido”.

En el consumo compulsivo esos objetos tienen nombres falsos y producen una ilusión de plenitud y satisfacción cuando son consumidos (la parte visible del síntoma, bienes y servicios de consumo a disposición del consumidor). Son los signos, las marcas, las falsas identidades.

De esta forma, el circuito se repite pues las necesidades nunca son satisfechas y los objetos de consumo siempre tienen como función suscitar otras falsas necesidades. Entonces, ante de este escenario, surgen preguntas:

¿Qué se está reprimiendo en la sociedad de consumo?

¿Qué es lo que permite al sujeto?

Se puede inferir que la sociedad de consumo no permite la castración. Incentiva la descarga pulsional y no su elaboración. En este contexto subjetivo se encuentra el consumidor.

El consumo compulsivo tiene un amplio espectro en los días de hoy precisamente porque sus características, tal y como se mencionó anteriormente, se revelan por medio de situaciones que los sujetos desconocen, afectados por su subjetividad. Parece que se tiene cada vez menos tiempo y espacio para la posibilidad de buscar la propia singularidad.

La sociedad de consumo, con sus empresas de lo imaginario, reduce el sujeto a un objeto de la industria. Este sujeto, sin embargo, se manifiesta en el síntoma mostrando el agujero en el saber; se manifiesta en el síntoma compulsivo. El propio sujeto del inconsciente, como sujeto del deseo, denuncia el fingimiento de ese simulacro.

Esta sociedad sabe que toda demanda es una demanda de complementación de ser del sujeto, que es pura falta-de-ser. La sociedad no ignora por completo la teoría psicoanalítica; lo que sí ignora es el sujeto y simplemente hace creer que la complementación es posible.

¿Qué procesos psíquicos hacen posible la superación de la compulsión a la repetición en la sociedad de consumo?

Se piensa que el sujeto tiene que saber sobre su “pulsionalidad”, que tiene que deconstruir un saber idealizado. El psicoanalista se sitúa en el lugar del no saber, para que algo surja del sujeto por su discurso.

Conclusión

En la naturaleza del concepto de repetición no hay conclusión posible. A lo largo de este trabajo se ha abordado el fenómeno del consumo compulsivo como un tipo de compulsión a la repetición. La cuestión de la repetición ha sido analizada a partir de la teoría freudiana.

En este trabajo la repetición se ha abordado sobre todo como una característica inherente al devenir humano, como una dimensión pulsional responsable de la redefinición de las fuerzas que orientan el psiquismo: la pulsión de muerte.

No se trata de una repetición por la propia repetición, al contrario, su aspecto compulsivo pasa a ser el representante de un deseo de cambio, de cuestionamiento de lo instituido; su insistencia apunta sobre todo a la búsqueda de lo nuevo.

Entre los sentidos atribuidos en nuestra lengua al concepto de repetición se encuentra numerosas variaciones: volver a hacer, reproducir…Sin embargo, uno de los términos que más se aproxima al objetivo del presente trabajo es el de la insistencia.

De esta forma, la repetición puede ser tomada como la búsqueda de la ejecución de un determinado objetivo y, más aún, dotada de una insistencia hacia la consecución del mismo. Por lo tanto, más que anhelar algo, la insistencia de la repetición resalta, sobre todo, el arraigo con que se aspira a determinado objetivo.

El trabajo tiene por objeto describir la compulsión a la repetición y el consumo compulsivo, relacionando ambos conceptos con la vida cotidiana del sujeto contemporáneo, inserto en lo social, en la sociedad de consumo, que adora la superficialidad, las máscaras, el consumo y lo nuevo que cambia por instantes.

El destino del capitalismo en el siglo XX ha sido la transformación de las mercancías en signos, y del sujeto en consumidor al servicio del sistema de producción. El consumo es entonces una “actividad de manipulación de signos”, que confiere identidad y reconocimiento. El consumo en exceso lleva al consumismo, un consumo compulsivo. El consumidor compulsivo, un sujeto dependiente del acto de consumir, un repetitivo inconsciente: ahí está el fenómeno de la compulsión a la repetición.

Ante este contexto se ha optado por la teoría psicoanalítica como una forma de lectura, pues el psicoanálisis valora el discurso de un individuo particular, singular, un sujeto del inconsciente marcado por su historia y trayectoria social, el sujeto del desamparo en búsqueda de identificaciones, un sujeto post moderno que busca gratificaciones inmediatas y volcado hacia el consumo.

De esta forma, el postmodernismo, como movimiento de la cultura occidental, estaría presente en la subjetividad de los sujetos que buscan hoy el psicoanálisis. El psicoanálisis, en su perspectiva del decir del inconsciente, marca al sujeto fundado en las pulsiones y solamente pretende que el sujeto se encuentre con su deseo.

Al plantearnos la repetición como fenómeno clínico, es necesario entender por repetición, sobre todo, la repetición del síntoma. La clínica, más específicamente la clínica psicoanalítica, nace de la necesidad humana de entender la naturaleza del síntoma neurótico para poder así, al menos, suavizar los efectos perniciosos que tiene sobre el sujeto.

Para finalizar, citamos una frase de Schopenhauer que tiene mucho que decir sobre el tema de este trabajo y sobre la vida pulsional de cada sujeto inserto en una sociedad:

“El mundo es mi representación (vorstellung)…el mundo es representación de quien representa.”

Notas

1. Las pulsiones, sugiere Lacan (1979), son el “eco en el cuerpo del hecho que tiene una manifestación, pero para que esta manifestación tenga resonancia es preciso que el cuerpo sea sensible a  ella”. P 42.

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Por gentileza de Psicoanálisis en el Sur