La ética perversa y su relación con la vertiente sádica del superyó

Natalia E. Talavera Baby
Licenciada en Psicología y escritora
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El lado oscuro del superyó

En principio, es posible distinguir dos vertientes en la configuración del superyó. Una vertiente que, por medio de la interdicción, “indica la separación respecto de aquel primer objeto de satisfacción”, es decir la madre y posibilita “la constitución del sujeto como deseante” (Laznik, 2013: 71); otra vertiente que, en la medida en que se relaciona con la pulsión de muerte, entreteje sus aristas con la crueldad y el castigo, confrontando al sujeto con la culpa y el sufrimiento que de ella se desprende.

En lo que respecta a la segunda vertiente, que es la que aquí analizamos, Freud se pregunta por las razones que hacen del gusto humano por la agresión algo inofensivo para la convivencia social. Recordemos que en su obra titulada Más allá del principio de placer, publicada en 1920, Freud destaca un componente sádico en la pulsión sexual, que puede controlar, a manera de una perversión, la sexualidad de la persona. Es este sadismo de la pulsión de muerte el que es lanzado, bajo la influencia de la libido narcisista, a los objetos de la realidad exterior. Como respuesta, propone la introyección de esa agresión, que supone el regreso al punto de partida, que es el propio yo. Ya interiorizada, una parte del yo, que Freud nombra como superyó, recoge esa agresividad y “como “conciencia moral”, está pronta a ejercer contra el yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos, ajenos a él” (Freud, 1929: 119) (1). A raíz de este movimiento, tendrá lugar una tensión en la relación que se establece entre el superyó, que ha devenido severo en sus exigencias, y el yo, que se ha vuelto masoquista y se encuentra sometido a ellas. Esta tensión será denominada por Freud como “conciencia de culpa” (Freud, 1929: 119) o “sentimiento de culpa” (Freud, 1923: 38), y su exteriorización adquirirá la forma de una necesidad de castigo. Así, la culpabilidad se convertirá en una estrategia cultural para despojar al individuo de sus intenciones agresivas contra el prójimo.

Además de lo anterior, la eficacia del superyó para asfixiar el gusto agresivo del individuo radica en una de sus particularidades esenciales: una vigilancia continua que hace de él una instancia omnisapiente. El superyó se arroga la tarea de funcionar como una conciencia moral, representación de los deberes, que desempeña un papel regulador y está encargada de “vigilar y enjuiciar las acciones y los propósitos del yo; ejerce una actividad censora” (Freud, 1929: 132). La dureza del superyó, que se manifiesta en el sentimiento de culpa, implica la percepción por parte del yo de ser vigilado y de la rivalidad que se presenta entre sus aspiraciones y lo que el superyó le demanda. Más que un educador de los ideales de la cultura, el superyó se realiza como un acusador (Cfr. Gallo, 1995: 283). Se trata de un saber inconsciente y sádico que puede homologarse a la figura del juez implacable que con mano dura juzga al yo, valiéndose de una culpa que se apodera de la agresividad que, en principio, cada individuo se permitiría ejercer contra su semejante. El superyó juzga a partir de un saber que no requiere hechos para mantener una verdad de culpabilidad sobre el yo. Es suficiente la generación de una idea, de un pensamiento que jamás deviene una palabra dicha, de una simple intención o incluso alguna omisión para que el superyó eche a andar su condena. Su omnisapiencia se origina en el hecho de la inexistencia de una diferenciación entre la agresión que se realiza en otro y la pura intención; se origina en tanto el superyó se desempeña como una “autoridad inconsciente que siempre estará enterada de la tentación del yo de ejecutar lo malo que promueve cosas agradables” (Gallo, 1995: 288).

Siendo una instancia psíquica que posee un saber, si no total, casi absoluto sobre el sujeto de la responsabilidad, el superyó se constituye como una estructura que inconscientemente es transmitida por medio del lenguaje. De este lenguaje se deriva una ley que no hace referencia únicamente al bienestar de la colectividad, sino que también transmite un goce particular “que en tanto objeto privilegiado de la pulsión agresiva camuflada en lo social, estaría en el fundamento de la función de autocastigo” (Gallo, 1995: 279).En su funcionamiento como una conciencia moral que vigila incansablemente los movimientos y las intenciones del yo, el superyó, en su relación con la pulsión de destrucción, se articula con el castigo y lo que anteriormente se mencionó como el sentimiento de culpa.

Freud señala que la conciencia de culpa es la angustia que se experimenta ante la pérdida de amor de las figuras que representan la autoridad. Por esta razón, el sujeto trata de acatar los mandatos sociales que se le imponen, ya que en un principio, su sobrevivencia biológica, y posteriormente su sobrevivencia social, dependen del amor de un Otro encargado de sus cuidados. En consecuencia, hay una “renuncia del sujeto a la satisfacción pulsional: se produce la cesión de cierta cuota de goce” (Laznik, 2013: 71). Se pierde con ello “cierta dimensión autoerótica del cuerpo, imposibilidad de “ser uno con el propio cuerpo” (Laznik, 2013: 72). Pero cuando la autoridad es interiorizada y el superyó se instaura, si antes era posible esconder alguna acción reprobatoria, ahora nada puede ocultarse de la mirada superyóica. Esta instancia omnisapiente se torna más severa y con mayor desconfianza que las figuras de autoridad originales, y lo hace con mayor ímpetu en tanto el individuo intenta ser más virtuoso aún “de suerte que en definitiva justamente aquellos que se han acercado más a la santidad son los que más acerbamente se reprochan su condición pecaminosa” (Freud, 1929: 121 y 123). Un ejemplo claro de ello puede ilustrarse con la compulsión en la neurosis obsesiva: por más veces que el individuo lave sus manos el sentimiento de la inmundicia se apodera de sus pensamientos; o por más que sus producciones intelectuales o artísticas merezcan el reconocimiento de algo que se acerca a la perfección, permanece la sensación de una insatisfacción y la necesidad de mejorar su obra hasta el grado de lo imposible.

Frente a ello, la angustia ante el superyó fuerza al individuo a aplicarse un autocastigo. No obstante, a pesar de ello, el sentimiento de culpa sobrevendrá invariablemente, dado que la renuncia pulsional deja de ser suficiente en la medida en que aún persiste el deseo y éste no puede esconderse ante el superyó. Se advierte que el sujeto se enfrenta a un mandato imposible de cumplir. Este registro, como señala Laznik (2013: 72)  “instituye un Otro sin límites, difícil de localizar, al modo de una presencia absoluta y amenazante”.

Aunado a lo que se ha dicho anteriormente, el sentimiento de culpa es definido por Freud como la expresión de un conflicto dado por la ambivalencia que se desprende de la permanente lucha entre las fuerzas de Tánatos y Eros. Dicho conflicto tiene lugar cada vez que un individuo se enfrenta ante la tarea de la convivencia con otro ser humano. Su raíz se encuentra en el acto criminal del asesinato del padre primordial, por lo que puede decirse que la culpa es estructural y fundadora de la cultura (Cfr. Freud, 1929: 128-132). En términos de Gallo (1995: 285), “la culpabilidad es el precio que se paga por quedar inscrito en lo simbólico del lenguaje y en la ley del padre muerto”. En este sentido, el superyó se constituye como el soporte simbólico que sostiene la deuda y ésta, a su vez, se manifiesta como una culpa que no deja de inscribirse en la interacción del superyó con el yo. Con lo anterior, es posible decir que el superyó se articula con la angustia y el Otro (Cfr. Laznik, 2013: 73), pero también una de sus vertientes se entrelaza con la pulsión de destrucción y el castigo. En el urdir de estos conceptos es donde podemos encontrar una relación con la ética del sujeto perverso.

La ética perversa

La estructura perversa se caracteriza fundamentalmente por un rechazo de la “falta en ser”, lo cual implica un modo de funcionamiento distinto, respecto a la neurosis, de las operaciones de la separación y el desamparo.  Estas dos operaciones implican que el sujeto no es causa de sí. Su surgimiento depende del Otro en la medida en que es nombrado por él (nombre propio). Se trata de un significante que “sostiene la posibilidad de la producción del sujeto”, es un significante “como falta, como discontinuidad” que permite la existencia del sujeto “más allá del Otro”. Esta nominación introduce, ante todo, al sujeto en la dimensión simbólica del deseo y por lo tanto en un punto de imposibilidad: “saber quién es para el deseo del Otro” (Laznik, et. al., 2009). Esta imposibilidad, que es inherente a todo ser hablante, es lo que Lacan denomina “Falta en ser” (Cfr. Lacan, 1962: 820-22). Y es justamente lo que el perverso rechaza en la medida en que se asume como el falo que colma el deseo de la madre. Aunado a esto, la angustia es un elemento que juega un papel imprescindible en la estructura perversa. Particularmente en el deseo sádico (2), lo que el perverso busca obtener en su relación con un partenaire es una división. Encarnando el “objeto a” de la voz, el sádico se ofrece como aquel que colma la falta en el Otro, obturando la hiancia que lo define como sujeto. A raíz de ello, surge la angustia. Lacan señala que ésta no es sin objeto (Lacan, 1962-3). Entonces, el sádico apunta a introducir una disociación en el otro a través de la imposición de lo intolerable. Busca aquél límite en el que la división y el sufrimiento se unen en la materialidad del cuerpo. Pero en la estructura perversa “no es tanto el sufrimiento del otro lo que es buscado en la intención sádica, como su angustia” (Lacan, 1962-3). El sádico busca hacer vibrar la existencia esencial del otro como sujeto que se fundamenta justamente en su relación con la angustia. He aquí una primera convergencia entre el superyó en su vertiente sádica y la posición perversa del sujeto. Así como el segundo busca plasmar en el rostro de su partenaire los signos de una esquizia, el superyó hace al yo angustiarse mediante el sentimiento de culpa. La siguiente referencia a Freud aclara aún más esta afirmación: “el sentimiento de culpa no es en el fondo sino una variedad tópica de la angustia, y que en sus fases más tardías coincide enteramente con la angustia frente al superyó” (Freud, 1929: 131).

En la perversión, la ética implica la responsabilidad de gozar haciendo cumplir con ello la ley de la naturaleza, el gran Otro sadiano. Lo esencial en la práctica del perverso es hacer gozar al Otro y participar él mismo de ese goce. Hay un pleno repudio por todo aquello que niegue o rechace el goce, pues éste es impuesto como un modelo a seguir. Desde esta perspectiva, de lo que se trata en la perversión es de una moral inversa que promulga un deber desviado de la virtud y del amor al prójimo. Se trata de una ética particular que “consiste en obedecer únicamente a la pasión de la crueldad. Ésta es elevada a la dignidad de principio que debe regir la relación con el otro” (Gallo, 1995: 299).Tomando como paradigma a Sade, el perverso se posiciona en contra de toda responsabilidad moral y de todo deber social. La única responsabilidad que presenta ante el Otro de la ley es la de hacer gozar a todo aquel que se involucre en la escena, sin importar los medios que se usen para tal fin y siguiendo únicamente las motivaciones del capricho. En consecuencia, se construye una ética sostenida por la inmoralidad y el exceso, que se opone a la ética de la virtud y del bien kantianas, y en la cual  “el goce es convertido en principio de la acción” (Gallo, 1995: 295).

Este principio es un principio universal de goce que incluye al partenaire del perverso. Es decir, el otro, en la medida en que participa del pacto perverso dentro de la escena, tiene la responsabilidad de ser el Otro que devuelve recíprocamente el goce cruel que se le ofrece. En este sentido, el código perverso aplica un castigo a la negativa o al rechazo a gozar que manifieste cualquier sujeto implicado en el contrato (Cfr. Gallo, 1995: 296).Hay, pues, una segunda consonancia entre la severidad del superyó y la ética perversa, a saber, el aspecto castigador. Mientras el primero busca carcomer, con la culpabilidad, el alma de quien se entrega a prácticas virtuosas, el segundo sanciona con crueldad al que decide negarse a los placeres que impone el principio ético del goce (3).

El perverso, en tanto obedece a un principio pasional, se asume como aquel que sabe todo acerca del goce. No debe vacilar en su ejecución, sino actuar conforme el saber que obtiene de su fantasma. Es él y nadie más el único conocedor de sus secretos y, por lo tanto, su agente más eficaz. Al igual que con el superyó, en el perverso se manifiesta una omnisapiencia que lo conduce en las cuestiones que conciernen a la satisfacción pulsional en su dimensión destructiva. Ambos, perverso y superyó, en su saber absoluto aplican una vigilancia que vela por el cumplimiento de los principios de la naturaleza.

Si en la neurosis el sadismo superyóico se manifiesta ante un quehacer que obedece a las normas sociales y los deberes que favorecen la convivencia humana; si, en consonancia con ello, el perverso sadiano se propone imponer su crueldad a todo aquel que opte por recorrer los caminos de la rectitud y del bien, cabe cerrar el presente trabajo con algunas preguntas: ¿Cuál sería el modo de funcionamiento del superyó en la estructura perversa? ¿Cómo se podría pensar una clínica de la perversión a partir de esta perspectiva? ¿Qué lugar tendría esta vertiente superyóica en una sociedad cuyos valores se acercan cada vez más a una ética perversa de goce?

Notas

1. Como señala Gallo (1995), cabe suponer que el superyó es una forma psicológica que ha adoptado la pulsión de muerte.

2. En esta ocasión se omitirá mencionar otras modalidades de perversión: masoquismo, exhibicionismo, voyerismo y fetichismo.

3. El ejemplo más paradigmático es la novela de Justine,  escrita por el Marqués de Sade.

 Referencias bibliográficas

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Por gentileza de Acheronta