La máquina cultural y el sujeto dividido

David Moscovich
Psicoanalista

A veces resulta difícil plasmar sobre la hoja escrita aquellos conceptos e ideas necesarios para abordar determinada cuestión científica, y es evidente que una dificultad tal se ve acrecentada cuando se trata sobre temas referidos a las ciencias sociales y psicológicas, en las cuales el grado de abstracción conceptual en muchas ocasiones conspira en contra de la claridad necesaria para que la exposición sea comprensible y no deje lugar a dudas acerca de la intención del autor. Estamos ante un problema inherente a tales ciencias o disciplinas, dadas las complejidades del psiquismo del hombre y de sus relaciones sociales. En este punto, debemos admitir que la idea o el concepto de cultura, si es que nos proponemos establecer su alcance y su “peso específico”, no se puede delimitar de manera ligera. Es más, vamos a partir de la hipótesis provisional de que la oposición que tiende a establecerse habitualmente entre cultura y sujeto debe ser revisada, y de este modo la idea de un sujeto independiente y delimitado del resto de las individualidades, y en todo caso sólo atravesado o descentrado por lo inconsciente, va a quedar cuestionada.

En este contexto podrá resultar llamativo o quizá escandaloso hablar de la cultura como un sujeto, o más directamente de subjetividad cultural, y esto es lo que tengo la intención de desarrollar, consciente de las imprecisiones conceptuales y de las dificultades que puedan aparecer en este recorrido. Voy a referirme a esta cuestión como al eje central de las ideas que estoy exponiendo, pero antes creo que debemos considerar hasta qué punto, en la praxis psicoanalítica, le prestamos atención suficiente a la intrusión de lo cultural o lo social en el sujeto, cuánto profundizamos en la indagación de las relaciones del sujeto con las instituciones y en su posible efecto patógeno.

El análisis profundo de los dinamismos culturales que podemos realizar hoy nos llevaría a pensar que la construcción de la subjetividad no puede diferenciarse claramente de la constitución de los procesos sociales. Dicho de otro modo: el conjunto social se halla tan estrechamente interrelacionado con los individuos que lo componen que se hace muy difícil establecer una línea demarcatoria. O mejor todavía: se nos figura borrosa la frontera que separaría a la sociedad del sujeto. Por eso, quizá no resulte tan extraño hablar de subjetividad cultural, queriendo destacar así la consistencia de esa maquinaria de esa maquinaria infernal que es la cultura. Pero si mencionamos ya la frontera borrosa que demarca el territorio cultural del territorio subjetivo, ¿cómo podemos ahora referirnos a la consistencia de la subjetividad cultural? Y es que en principio, la cultura está hecha de relaciones sociales de las que son partícipes sus miembros individuales, y quizá hasta se pueda llegar a decir que la cultura es eso: las relaciones sociales establecidas entre los sujetos. Vamos a referirnos a la cultura como a una entidad de existencia propia, separada en realidad de los sujetos que la componen, portadora de un discurso que trasciende lo individual y que posee una subjetividad —si se me permite la expresión— que es distinta a la del sujeto del inconsciente, que nada tiene que ver con el yo, pues no posee en sí un “aparato psíquico”y sin embargo piensa —eso piensa—, produce hechos y tiene leyes con las cuales funciona y se empeña en lograr sus objetivos. Cuando digo: separada de los sujetos, me refiero a que los dinamismos propios de las relaciones sociales alcanzan un nivel de complejidad tal que trascienden los espacios subjetivos y se constituyen en sí mismos como la expresión de un nuevo sujeto que funciona de manera autónoma y automática. Esta subjetividad cultural funciona entonces con leyes propias que llegan inclusive a estar fuera del control de los seres humanos: a eso me refiero cuando hablo de automatismo. ¿No contemplamos, a veces, impávidos y espantados, los horrores de las guerras y las escaladas de violencia con la sensación de que los responsables de las decisiones, que los hay sin duda, responden en realidad y sin saberlo a poderes que los sobrepasan? ¿ No vemos acaso cómo millones de seres humanos se consumen en la miseria más cruel en función de lo que dictan las “leyes del mercado”? Estos son sólo algunos ejemplos banales pero la cosa es más profunda, y tampoco se trata de eludir el criterio de responsabilidad subjetiva de cada quien. Todos sabemos que la potencia del norte eligió al “presidente del mundo”, y habrá que preguntarle al sistema democrático dónde está la falla, a pesar de que parece ser el mejor sistema que tenemos, para que estemos todos en manos de un psicópata, o un desquiciado. De todos modos, los avatares de la política hay que dejarlos para los entendidos, y volvamos humildemente a nuestra cuestión, para ver si podemos pisar en terreno seguro.

¿Y cuál es la ley fundamental de la cultura, aquella que sostiene su funcionamiento y le genera tanto sufrimiento al sujeto? No hablamos del origen de la cultura, lo cual nos remitiría al asesinato del padre y a Tótem y Tabú , ni al deslinde entre naturaleza y cultura que significa la ley de prohibición del incesto, sino de aquella ley que está en el corazón, por así decir, del engranaje de esta máquina cultural: voy a llamarla, simplemente, la ley del poder. Es algo por todos conocido que el poder, con todas las oscuridades que encierra como concepto, produce efectos notorios y bien localizables sobre el Todo-Social, y también sobre el sujeto: el poder se muestra sin disimulos en las instituciones totales, como la penitenciaría y el hospital psiquiátrico, pero también se evidencia en las escuelas, las iglesias y en las familias. Es una parte intrínseca de la estructura social. Y sin embargo, no parece tarea sencilla el definir su modo de funcionamiento y cuáles son los efectos reales de su potencia sobre el sujeto singular. Sí podemos decir que tales efectos le llegan a nuestro sujeto a través del tamiz de las instituciones sociales que conforman el Todo-Social. Y bien; ¿qué es el poder? ¿Cómo se ejercita? ¿Quién lo detenta? Cito un párrafo de Microfísica del Poder: “Para hacer un análisis del poder que no sea económico, ¿de qué disponemos actualmente? Creo que de muy poco. Disponemos en primer lugar de la afirmación de que la apropiación y el poder no se dan, no se cambian ni se retoman sino que se ejercitan, no existen más que en acto. (…) el poder no es principalmente mantenimiento ni reproducción de las relaciones económicas sino ante todo una relación de fuerza. La pregunta consistiría pues ahora en saber: si el poder se ejerce, ¿qué es este ejercicio? ¿en qué consiste? ¿cuál es su funcionamiento?. Hay una respuesta inmediata que me parece proviene de muchos análisis actuales: el poder es esencialmente lo que reprime. El poder reprime la naturaleza, los instintos, a una clase, a los individuos.” Y más adelante: “Siempre se ha estado en desacuerdo, en concreto en lo que se refiere a esta noción de represión. Respecto a las genealogías de las que he hablado, la historia del derecho penal, del poder psiquiátrico, del control de la sexualidad infantil, etc., he intentado mostraros cómo los mecanismos que se ponían en funcionamiento en esta formación del poder eran algo diferente, y de cualquier modo mucho más que represión.” (1)  Es decir, la noción de represión es en realidad insuficiente para el análisis del poder. Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos afirmar que el poder no busca esencialmente reprimir, sino que persigue más bien dos efectos que se complementan y apuntan sus cañones al objetivo de mantener el control social, conteniendo los desbordes subjetivos, más peligrosos quizá que las revueltas o las revoluciones. Esos efectos son: el orden y la regularidad. Mucho más que la represión, están presentes de manera visible y de modo potencial en todas las instituciones sociales.

Se desprende de todo esto que voy a dedicarme a pensar el costado, digamos, negativo del poder, y no los efectos positivos que, según Foucault, pueden desprenderse de su ejercicio. Esta apretada introducción a la temática del poder ha resultado ineludible en virtud de la cuestión que deseo analizar aquí: el lugar del sujeto, del deseo inconsciente tal como lo entendemos en el psicoanálisis, en relación a los mecanismos del poder que lo sojuzgan, lo postergan y lo domestican siempre que se manifiesta, incluso más allá del dispositivo analítico.

El punto entonces sería el siguiente: preguntarnos qué tiene de peligroso y de inquietante el advenimiento del deseo, la emergencia de lo Real, la insistencia de la pulsión, para que el poder persiga todo el tiempo la misma finalidad de ordenar y regularizar eso que “se sale de cuadro”. Así, vamos a poner en una misma línea al poder, al control social y al trabajo del inconsciente en tanto discurso del amo, porque nada quieren saber acerca de la diferencia radical, lo Real del deseo. En efecto, el inconsciente reprimido, dinámico, ejerce un control sobre la emergencia de lo Real, y esto lo hace por la vía de la atribución de sentido: es la envoltura formal, significante, del hueso de lo Real. Podemos decir que el inconsciente también quiere el orden y la regularidad. El trabajo analítico va en el sentido contrario.

Así, si uno se preguntara qué desea la cultura, podemos afirmar: quiere que la cosa funcione, reproducir el orden establecido, contener el deseo. Viene en nuestra ayuda algo que Piera Aulagnier expresa de manera muy clara: “El discurso social proyecta sobre el infans la misma anticipación que la que caracteriza al discurso parental: mucho antes de que el nuevo sujeto haya nacido, el grupo habrá precatectizado el lugar que se supondrá que ocupará, con la esperanza de que él transmita idénticamente el modelo sociocultural… Se instaura así un pacto de intercambio: el grupo garantiza la transferencia sobre el nuevo ser del reconocimiento que tenía el desaparecido; el nuevo miembro se compromete… a repetir el mismo fragmento de discurso.” (2).

Y sin embargo, algo diverso viene a hacer peligrar el desarrollo hasta aquí esbozado, agregando incertidumbre y dudas sobre las afirmaciones aquí planteadas. En Introducción del narcisismo Freud plantea la división del sujeto de una manera muy particular: “El individuo lleva realmente una existencia doble, en cuanto es fin para sí mismo y eslabón dentro de una cadena de la cual es tributario contra su voluntad, o ,al menos, sin que medie esta.” (3). Justamente, esta sujeción a la cultura, que atraviesa al sujeto, es quizá la causa profunda del sufrimiento psíquico y el fundamento de muchos trastornos patológicos. Pero lo que aquí importa destacar es lo siguiente: sabemos, como queda expresado en El malestar en la cultura, “La investigación y el tratamiento de las neurosis nos han llevado a sustentar dos acusaciones contra el superyó del individuo: con la severidad de sus preceptos y prohibiciones se despreocupa demasiado de la felicidad del yo… al emprender nuestro objetivo terapéutico, muchas veces nos vemos obligados a luchar contra el superyó, esforzándonos por atenuar sus pretensiones. Podemos oponer objeciones muy análogas contra las exigencias éticas del superyó cultural.” (4). El superyó, cuya resistencia en la cura analítica se manifiesta a través del sentimiento inconsciente de culpabilidad y la necesidad de castigo, es el lugarteniente de la cultura, como Freud lo señala en el mismo ensayo: “Por consiguiente, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por un instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada.” (op. Cit. En 4). Pensemos en el enlace que puede existir entre aquello que llamamos la “ley del poder”, nódulo del funcionamiento cultural, y el superyó como instancia psíquica, heredero del ello, heredero del complejo de edipo, pero también de la cultura. Por una parte, el órden y la regularidad que ubicamos como el ideal cultural que el poder persigue, podrían homologarse a ciertas funciones del superyó como instancia censora y vigilante del yo, pues el deseo inconsciente, como ya señalamos, atenta contra la cultura, pone en cuestión su tendencia a la repetición de lo instituido, y no es domesticable, es decir, se opone a la renuncia pulsional que aquella demanda.

Creo que debería pensarse y reflexionar hasta qué punto los psicoanalistas dejamos por fuera del dispositivo estos elementos que hacen a la relación del sujeto con el Todo-Social; nos preguntamos entonces por qué no trabajar en pos de que el sujeto en tratamiento descubra las “leyes de la cultura”que están interiorizadas en calidad de superyó, para que advierta su posición de sirviente de esa máquina infernal que es la cultura. Quizá las perspectivas de la cura analítica serían otras, y muchos los descubrimientos que pueda deparar esa clínica del superyó cultural. Claro es que no se puede ser demasiado optimista: la reacción terapéutica negativa, la necesidad de castigo, el masoquismo primario, constituye el mayor obstáculo al avance del tratamiento y son las coordenadas clínicas de la otra cara del superyó: el imperativo de goce, y la pulsión de muerte. Nos quedará entonces investigar el hecho de que, si como sostuvimos, la cultura y el sujeto no se encuentran de ningún modo en franca oposición sino que más bien aquella está internalizada en nuestro propio psiquismo, quizá la pulsión de muerte opere también a un nivel más elevado, esto es, en el de la propia cultura, que manifestaría así su propia tendencia a la destrucción de sí y al retorno a un estado anterior. Las guerras y atrocidades cometidas por el hombre contra el hombre son un claro componente de esa tendencia a la autodestrucción; expresiones de la pulsión de muerte que obra en el ser humano, pero tambien de la máquina cultural que, a través de sus propios mecanismos reproductores de lo mismo —orden y regularidad— en el fondo busca su fin, arrastrando con ello al sujeto. ¿Podrá el ser humano enfrentar con otras armas a esta máquina infernal?

Notas

1 . M ICHEL FOUCAULT: Microfísica del Poder . E. La Piqueta, tercera edición, 1992.
2 . P IERA AULAGNIER: La Violencia de la Interpretación . Ed. Amorrortu, Bs. As., 1977.
3 . F REUD, SIGMUND: Introducción del Narcisismo , AE, Obras Completas, 1993.
4 . F REUD, SIGMUND: El Malestar en la Cultura , AE, Obras Completas, 1993.