Las cosas necesarias | La ética en Camus [1]

Diego González
Psicólogo
.
La muerte es un acontecimiento en donde las figuras dejan de producir sombras, las siluetas desvanecidas y p
erdidas en el azabache profundo de la noche tan sólo cambian de estado, nunca se van. Este cambio deja una huella en el mundo de los objetos, fantasmas y lugares inconscientes del sujeto. Fue Freud quien insistió en que la realidad psíquica es un constructo tenaz; y que no olvidar algunas figuras de duelo es «es la única forma de perpetuar un amor que no queremos abandonar». En definitiva, la muerte tomada como metáfora, es un fenómeno «absolutamente vital».

Una de las comprensiones de la muerte la ofrece el hombre desde su incapacidad misma de dar explicaciones al fin de su vida. Otra, más literaria y amena, la dan diferentes autores con el llamado «silencio de Dios». Silencio tan presente en el cine de Igmar Bergman, pregunta o juicio que funciona como excusa de una de las épocas más bella de su cine. El «silencio de dios» también fue expuesto por uno de los personajes de Albert Camus en su novela La Peste, el doctor Rieux, quien en un diálogo expone:

— ¿Doctor, cree usted en Dios?
— …el último cura rural que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer las miserias más que a demostrar sus excelencias … cuando me metí en este oficio lo hice un poco abstractamente, en cierto modo, porque lo necesitaba, porque era una situación como otra cualquiera, una de esas que los jóvenes eligen. Acaso también era sumamente difícil para el hijo de un obrero, como yo. Y después he tenido que ver lo que es morir. ¿Sabe usted que hay gentes que se niegan a morir? ¿ha oído usted gritar: » ¡Jamás! » a una mujer en el momento de morir? Yo sí. Y me di cuenta en seguida de que no podría acostumbrarme a ello. Entonces yo era muy joven y me parecía que mi repugnancia alcanzaba al orden mismo del mundo. Luego, me he vuelto más modesto. Simplemente, no me acostumbro a ver morir. No sé más. (88-89).

El discurso de Camus no es nunca un ateísmo frío o radical. Ese ateísmo fácil que encontramos como epílogo de los discursos científicos. Es un ateísmo en el que se reconoce la ausencia de dios como una justificación del proceder ético del hombre; o de su necesidad de acción. Camus nombra con ironía a esos «hombres que quieren ser santos» (sacerdotes), como aquellos hombres alejados de la vida, que al final perdona pues nutren algunas almas desde otras esferas.

La necedad en las cuestiones del ser parte de proponer su análisis mediante disyuntivas. Para aliviar un poco esto proponemos la existencia real de dos mundos. Un mundo de hechos vivos, biológico, tangible y perecedero; y un mundo espiritual, abstracto, etéreo y alejado. Este último es una consecuencia creada por el lenguaje. Herramienta sin la cual el hombre no podría habitar el mundo en el que vive. Por lo tanto, estos dos mundos paralelos articulados por el lenguaje como justificación última, no tienen por qué ser antagónicos. Son una consecuencia lógica.

La verdad es un esfuerzo de la razón. Pero nunca alcanza con la verdad. El hombre es y será un misterio. Es decir, el misterio es un bien necesario ya que el misterio dibuja imágenes que enriquecen el acervo cultural e histórico de las sociedades. Son los artistas y los adoradores de otros sentidos los que viven de recrear esas imágenes. Ellos son un «testigo objetivo», con un «corazón ignorante», y gracias a su candor pueden reproducir la verdad del mundo, que es histórica y poética.

Según Camus las tres certidumbres que pueden tener los hombres son «el amor», «el sufrimiento» y «el exilio». Siguiendo al autor, la paz alcanzada con la muerte «es una paz que no sirve para nada», en donde «el hombre está separado para siempre». El mundo es este, en donde «yo soy el otro»; alguien encargado de comprender que su congénere tiene que soportar el peso y la «miseria» de «existir». Esta comprensión permite esclarecer un aspecto fundamental: «todos los hombres son lo mismo», y esta apuesta de Camus es la base de su ética radical. Una Ética que reconoce en la vida el único instante posible para la acción.

La Peste, de Camus, es una referencia literaria a su ética, una oda a la amistad, al valor, el compromiso y el amor necesario en las sociedades en los momentos catastróficos; ya que como él dijo, «hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio».

La acción final del doctor Rieux, un hombre que perdió en la Peste de Oran a los suyos: su gran amigo Tarrou falleció, su compañero Cotard terminó loco, y su mujer murió, dan fe de su apuesta. El último día de la peste, o de la «liberación de la ciudad»; aquella tarde en que abrió nuevamente sus puertas y en los barrios y las colinas se celebraba el fin de la peste. Ese día en que los viajeros venidos del exterior se reunían con sus amigos; en el momento que empezó a sentir el temor y el rencor de la esperanza, tomó su estetoscopio, caminó entre el barullo de las multitudes que empezaba a perderse en el fin de la ciudad, y fue a auscultar a su viejo paciente asmático. Ya que este era su deber.

Notas

1. Análisis ético desde La Peste, de Albert Camus.