Lo violento; de lo pulsional a lo social

Alberto Sanen Luna
Psicoanalista, catedrático de la Universidad Insurgentes. Adscrito al Hospital Psiquiátrico Infantil “Dr. Juan N. Navarro” (México)

Llegar a realizar una aproximación a lo violento requiere de poder aprehenderlo, capturarlo, que le podamos apreciar tanto a nivel de fenómeno como al de la imagen que comporta,  de tal manera que lo que se presenta ante nosotros logre formalmente ser alcanzado, para tal efecto se torna indispensable proceder tanto en una reconstrucción como en una deconstrucción y, por que no, a momentos incluso  inventarle, para lograr re-establecer una genealogía alejada de los pre-textos y los pre-juicios.

Estando convocados por el campo de la clínica debemos partir de la construcción que ella hace, a saber del campo del Deseo y de los recorridos que se establecen en el entramado psíquico, en dicho campo desde la perspectiva inaugurada por Freud vemos surgir paulatinamente el espacio de lo pulsional como afirmación de lo que habita a los sujetos, tras la  reinstauración de su primado, no se suscita una emergencia secuencial de la pulsión de muerte o destrucción y tras ello la presentificación de la pulsión de vida el Eros, en realidad se trata de un movimiento simultaneo, amor y odio movilizan al aparato a un punto de tensión tal, que el acting, la puesta en escena o el pasaje al acto constituyen la única posibilidad de subsistencia del sujeto. (1)

Esto responde al juego especular y a la lógica del narcisismo, vías de entrampe o liberación de la imagen y por tanto de la producción del sujeto. Ahora bien, el problema que se nos presenta es el hacer pasar la vida pulsional como el génesis de la violencia, a saber, intentar descifrar la violencia por medio de la explicación de la agresividad; para esta última Freud reserva y distingue dos orígenes: uno determinado por fines eróticos –en el amplio sentido de dicha palabra- y que se engarza con la aproximación sexual donde se mezclan las pulsiones de vida y de muerte; y “otro que versaría en la aniquilación del objeto” (Rangel, 2005), en medida de la frustración que de él emana.

Así, la violencia debe ser distinguida de la agresividad, en medida de que si bien todo acto agresivo es una irrupción quizás violenta para el destinatario, no es así para quien lo realiza; para este último la finalidad esta dada por la puesta a distancia del otro, por la individualización y no por el aniquilamiento, es una marca de advertencia, podríamos decir así que la agresividad “es un pretendido mal” (Lorenz, 1994). Por otra parte si bien la violencia recurre a la agresión como su operación princeps esta no constituye ni su origen ni su fin, se dirige por su parte a la desaparición del otro, la abolición del semejante para instaurar en su lugar un objeto de goce, opera sin reconocer la subjetividad fuera de las fronteras de uno mismo.

Cabe destacar que Freud utiliza solo una vez la palabra violencia, fuera de una condición descriptiva,  lo hace en referencia a la guerra en una carta dirigida a Albert Eisntein. En dicho texto alude a la violencia y al derecho mencionando, “estos que son opuestos para nosotros, seria sumamente fácil demostrar que parten de lo mismo e incluso que se sostienen uno al otro” (Freud, 1932). Y agrega “los principios de interés entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia” (Freud, 1932). Es decir, sitúa a la violencia primeramente en el lugar de una necesidad —en su aspecto aristotélico— tanto en relación con lo necesario forzoso como lo necesario voluntario y después la acota a la vez como camino y como medio de construcción.

Sostener esta afirmación requiere que nos remontemos al origen de la palabra y de la imagen.

La palabra violencia se constituye a partir de bis- fuerza y el participio latus que viene de la palabra fero y cuyo significado es acarrear, podría entonces ser situada como un acarrear con fuerza o llevar con fuerza, y la aplicación de ella implica que se realice en contra de la voluntad de otro;  se desprendería  el requerimiento de dejar a un lado la categorización rutinaria que hacemos de ella y abandonar la perspectiva que le reduce a un ejercicio sádico ejecutado solo por algunos cuantos, es decir la violencia como la locura siempre es cuestión por lo menos de dos, deviniendo de ello su carácter eminentemente social.

Este dos es representado por los griegos, en Bio, o violencia, personificación femenina armada con una coraza y una maza en la mano con la que mata a un niño, referencia clara al poder, el poder como ejecución y como posibilidad y a la vez, por la vía de la poca o mucha resistencia que el otro pueda o quiera oponer. De la reglamentación que se haga de esta relación, desigual, desproporcionada, emergerá un espacio de derecho y con el una praxis especifica donde se situé de inicio un derecho a la subsistencia y a la permanencia (2)

Violencia, como imagen también aparece en el mito de Prometeo al lado de Fuerza castigando al ladrón del fuego, curioso es que no participa del diálogo, esta allí sin hablar mostrando que su sola presencia basta. Quizás debamos reparar en un detalle de la imagen que nos ofrece el pintor Dirk Van Baburen en 1623, donde Violencia porta un báculo, no cualquiera uno que determina el Saber, el caduceo de Hermes, cuyas connotaciones agrupan la prudencia, la previsión y la sabiduría, así como la fortaleza y la solidez de la ética, encontramos así algunas virtudes en la violencia. (3)

El aporte cultural, tanto a nivel de lo imaginario y lo simbólico, logra su anudamiento con la palabra y la creación del Derecho, justo con el imperio romano, donde violento era remitido a cualquier cúmulo de ideas que denotaban, fuerza, ira, poder, etc. Es decir, es del pensamiento de donde emerge la violencia, del argumento firme, serio y no de la sobrestimación que de la descarga corporal se tiene.

Sin embargo quizás debamos retroceder un poco más; la violencia que engendra una sociedad —y no la sociedad que engendra una violencia—  es una dinámica que Freud dilucida y le inscribe en un tiempo mítico donde, tras el asesinato del Padre primordial llevado a cabo por la horda, se torna necesario para la subsistencia del sujeto y del sistema un pacto que garantice  que nadie acceda a ese lugar vacío, de dicho pacto, contrato social dirá Rousseau, emergerá una figura simbólica que más tarde recibirá el nombre de Estado.

Dicho pacto se encuentra entonces relativizado por la cautela de los hombres, en medida de la posibilidad de ser la próxima víctima, se deriva de ello que la custodia de esta dinámica se deposite en el vencedor o mejor dicho los vencedores, por ello que lo que concierne a derecho y al nacimiento del mismo se encuentra en las manos de los fuertes de aquellos que posteriormente se autodenominaran como nobles, no en su sentido de cualidad sino en su emergencia de condición social,  “por ello que el juicio yerra al crear el adjetivo “bueno” para señalar ciertos actos o comportamientos produciendo un deslizamiento o quizás seria mejor decir un emparejamiento entre bueno y correcto, mostrando hasta que punto el campo es invadido por la consideración de lo moral en su malentendido, a saber “el juicio “bueno” no procede de aquellos a quienes se dispensa bondad. Antes bien, fueron “los buenos” mismos, es decir los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior y elevados sentimientos, quienes se sintieron y se valoraron a si mismos y a su obrar como “buenos”…” (Nietzsche, 2005)

Cabe entonces ahora situar a la violencia fuera del campo pulsional y reinscribirle en el ámbito de lo social, apuntalando que no es parte constitutiva del sujeto, no es un inherente o un resto genético de tiempos pasados, sino que es constituyente del mismo, es un plus a ello, efecto del malestar en la cultura pudiéndose incluso entender como a-cultura del malestar.

La violencia como acto muestra la existencia de lo violento como fondo, entendiendo ambos registros como el resultado del encuentro del mundo exterior e interior, el nacimiento de lo humano esta ceñido entonces a lo violento, igual que cualquier manifestación que de este campo devenga (4).

El camino recorrido para dejar la explicación psicoanalítica nos propulsa de inmediato a la vivencia de lo social, pero no deja de hacernos notar que la dimensión subjetiva se encuentra siempre presente, por ejemplo, un problema que acompaña al acto violento, es el sentimiento de ira, sobre todo cuando este deja de tener un sentido, en la medida de vaciarse, de alejarse de una reacción para “convertirse en una norma de vida” (Savater, 2005)

Como respuesta para con la emergencia de la violencia en la sociedad occidental, solamente pudieron surgir dos respuestas; el resaltarle en su aspecto negativo, y como contraparte el exaltar la respuesta pasiva ante ella, el soportar las irrupciones de lo violento y tolerar la ira del otro como medio para una satisfacción secundaria,  para alcanzar la virtud, la gloria o modernamente la llamada madurez, evitando con ello la pena o para ser exactos la condena. Sin embargo esta pasividad es dejada de lado ante el último acto de resistencia y libre determinación del sujeto, ante este panorama solamente se alza un acto, llamado violento, que no es digno ante los ojos sociales, de la salvación, la violencia contra uno mismo, el suicidio, es un crimen tanto contra el hombre como contra Dios.

En ese sentido vemos no solo en el sujeto occidental sino en el hombre mismo su necesidad de la violencia siendo esta la que se presentifica en un más allá de la vida, cabe señalar los castigos que se hacen acreedores aquellos cuyos actos contravienen la ley, alguna ley, castigos violentos establecidos como medio de revancha y venganza inconsciente del violentado e incluso como medio de control del violentador, la violencia nos es mostrada para hacer aparecer ante y en nosotros el terror.

La otra respuesta es clara a la lectura de Foucault, la ejecución del poder como regulador del acontecer humano, el castigo como medio extremo, violencia como facultad derivada del don de gobernar, por supuesto don derivado de la divinidad de los gobernantes, figuras todos ellos simbólicos del padre asesinado.

Entonces lo violento congrega un plus, la dinámica del terror, que si bien se juega como una medida de establecimiento de limites y de control, aparece también como medio de perpetuación de limite y la ley, pero sobre todo de aquellos que le figuran por ejemplo, “el terror no aparece como una fanática conspiración secreta que golpea al Estado, sino como una fanática conspiración secreta llamada Estado” (Eaglenton, 2007)

Un Estado como señala Freud es figuración de un Otro, quizás el padre que manda y castra, desde la perspectiva planteada lo violento y el terror que conlleva, se encontrarían dinamizados no por la desaparición del dogma paterno, por la falta de padre, por la ausencia de Estado, sino por  el triunfo de la “libertad absoluta, la libertad de vacío, que “apela a una libertad tan pura que un acto material (…) puede contaminarla. (…) donde en su esfuerzo por alcanzarlo todo, finalmente cae en la nada” (Eaglenton, 2007), diríamos que el gran peligro para el Deseo no es ni su posibilidad de consumación e incluso su consumación misma sino que es el mismo Deseo y su afán de aniquilamiento

Así donde se abandonó la representación de la ley para serlo, se adquiere el monopolio de la violencia y de los actos, entonces vemos ejercer una “economía del poder” (Foucault, 2001), estratificada, diríamos incluso sofisticada en sus modalidades. A dicha situación debemos agregar un colapso de las referencias simbólicas del orden social y cultural que establecían un punto garante de límite y castración, a saber, un “no-todo”. Ahora,  en una economía de accesibilidad imaginaria se da una inversión a dicha formula, es un “si-todo” a condición de renunciar a un lazo social estabilizador  y hacer del acto la premisa de placer.

Marcados por el ideal de unos cuantos sobre lo que es el bienestar, se tiende a llevar a cabo una cirugía estética del mundo y lo que le compone, intervención quirúrgica encaminada a desaparecer todo aquello que atenta contra las costumbres del otro —o de uno— tanto en su condición de semejante como de lugar psíquico, es una progresiva eliminación de lo mutuo, haciendo que se cierna sobre nosotros la devastación subjetiva, aniquilando con ello la individualidad y desatando una forma de acto violento sin palabras, es decir a-simbólico, un acto que da cuenta de la vida pero a condición de despreciarla, de destruirla totalmente

Vemos pues emerger las grandes utopías fantásticas; la destrucción total de la vida y  la eliminación de toda violencia, queriendo permanecer ignorantes respecto a que cualquier cosa que elija re-presentar la violencia, más que revelarla, se colude con ella (Siebers), a saber, al momento de manifestarnos contra ella hacemos uso de la misma, increpamos, torcemos, juzgamos o desplazamos hechos, acciones, acontecimientos y sujetos, hacemos que alguien sea receptor de nuestras protestas aún contra su voluntad, siendo una presa de la violencia de las palabras y los signos.

En medida que no pretendemos hacer una apología de la violencia y tampoco por el camino de su intelectualización banalizarla o incluso lo que seria peor autorizarla, debemos de insistir en que lo anterior no deja sin efecto el que desde un registro distinto de la realidad o incluso en su forma observemos que “la violencia es coacción física, perjuicio, daño, atentado directo, corporal, contra las personas cuya vida, integridad o libertad individual esta en juego” (Antaki, 2000) ya que siguiendo a Jean-Marie Domenach “condenar todas las violencias es absurdo e hipócrita pero hacer un elogio de la violencia es criminal”

De esta manera la violencia sale a nuestro encuentro como acto de devoración o en otras ocasiones de devoción, quizás por ello en la imagen e historia de Prometo calla y hace que Fuerza ejecute, por otra parte Violencia en su carácter de lo violento se nos presenta inefable, por jirones, asociado a la marca de la agresividad, pero también con elementos propios de la inscripción, la irrupción, la transgresión y la creación, es ese Bio que alude a la vida misma siendo entonces que el devenir humano es violento no en su aparecer coloquial, sino en su esencia. (5)

Notas

1. Para una mejor comprensión de lo que comportan estos tres escenarios remito al lector al Diccionario de psicoanálisis de Roland Chemama, Amorrortu.
2. No es extraño considerar en este punto la condición violenta que conlleva la intervención psicoanalítica o de cualquier otra intervención realizada desde el campo psi.
3. Quizás debamos replantearnos la intervención quirúrgica como violencia regulada —sin duda término extraño—  contra el cuerpo, tal como se desprende de la lectura de El cuerpo herido, diccionario filosófico de la cirugía de Pera Cristóbal.
4. Debemos recordar la formulación de “trauma del nacimiento” establecida por O. Rank.
5. Cabe señalar que Bio composición etimológica de violencia se refiere a la condición biográfica de un sujeto, a saber, de un sujeto histórico.

Referencias bibliográficas

ANTAKI, I. (2000): Manual del ciudadano contemporáneo. México: Ariel.
EAGLENTON, T. (2007): Terror sagrado. España: Editorial Complutense.
FOUCAULT, M. (2001): Vigilar y castigar. México: Siglo XXI.
FREUD, S. (1932): “Carta a Albert Einstein en Obras Completas. Argentina: Amorrortu.
FREUD, S. (1913): “Tótem y tabú” en Obras Completas. Argentina: Amorrortu.
GUTIÉRREZ TERRAZAS, J. (2002): La violencia y su relación con la sexualidad. Una precisión psicoanalítica: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=194&a=La-violencia-y-su-relacion-con-la-sexualidad-Una-precision-psicoanalitica.
LORENZ, C. (1994): La agresividad, ese pretendido mal. México: Siglo XXI editores.
NIETZSCHE, F. (2005): Genealogía de la moral. México: Tomo Editores.RANGEL, L. (2005): La crueldad de lo invisible: http://www.cartapsi.org/spip.php?article147.
SAVATER, F.  (2005): Los siete pecados capitales. México: Debate.
SIEBERS, T. (1995): Philosophy and Is Other-Violence: A Survey of Philosophical Repression from Plato to Girard”. Anthropoetics I, 2.