Más allá del miedo

Marco Assenatto
Filósofo e investigador
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El centro reaccionario que domina Europa Según su representación convencional, la crisis europea se tensa en torno al choque entre burocracias transnacionales y populismos nacionalistas. En medio quedarían atrapados los diferentes gobiernos empeñados en difíciles reformas.

En Italia, por ejemplo, la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S) parecen encarnar la única oposición al ejecutivo de un Matteo Renzi que jura no querer recibir más lecciones de Bruselas. Una Liga cada día más parecida a un clásico partido de derecha nacional, hasta el punto de que recibe el apoyo entusiasta de Marine Le Pen, y un M5S que, como explicó su diputado Alessandro Di Battista en Il Manifiesto, no persigue objetivos muy diferentes a los de Matteo Salvini, dirigente de la Liga Norte. “Non più sudditi, ma paese sovrano”, “nunca más súbditos, un país soberano”. Este es el programa que el M5S, controlado por Gianroberto Casaleggio a través de Casaleggio Associati, quiere proponer a partir de la convención sobre política exterior organizada en Roma para el 16 de febrero, en la que participarán, entre otros, varios militantes de los comités No Muos, No Camp Darby, Gettiamo le Basi y No dal Molin.

Di Battista, desde luego, tiene la virtud de la claridad: “La propiedad privada está garantizada por la Constitución y estamos de acuerdo en protegerla. Estamos a favor de la soberanía monetaria y de la renta de ciudadanía para que los últimos no se queden atrás. Impulsamos una política de ayuda a las pequeñas y medianas empresas, que son la base del crecimiento económico del país. Luchamos por derechos económicos que antes eran el corazón de la izquierda. No votamos contra los partidos implicados en los gobiernos anteriores, pero sí lo hacemos en temas específicos: junto a la derecha hemos votado en contra del decreto svuota-carceri y la semana pasada en Bruselas votamos con la Liga contra la invasión de la UE por 35.000 toneladas de aceite de oliva tunecino” [NT: el decreto “vacía cárceles” declara en su presentación que se propone restituir a las personas detenida sus derechos fundamentales y hacer frente al hacinamiento carcelario].

En resumen: políticas “seguritarias”, lucha contra la invasión de personas y mercancías procedentes del sur del Mediterráneo, defensa de la propiedad privada, renta de ciudadanía como contribución asistencial a las personas desempleadas, defensa de la soberanía monetaria y política, del Estado nacional y de la centralidad de empresa como verdadera y única base para el crecimiento económico. Así toma cuerpo un perfecto manifiesto rojipardo —cada vez menos rojo y más pardo—, dicho sin querer ofender a los que inesperadamente han decidido asistir al encuentro. Se diría que a fuerza de leer a Chomsky se termina apreciando a Alain de Benoist.

Por otra parte, como ha recordado Marco Bascetta, el contagio reaccionario en Europa parece creciente, tanto que en todos los países de la UE se está cuestionando el Tratado de Schengen, lo que era una vieja bandera de la derecha xenófoba. El cuadro definido por Bascetta, sin embargo, aún es móvil y contradictorio, como si estuviera suspendido en un delicado equilibrio entre tres opciones básicas:

– por un lado, los que sostienen la necesidad de destruir la unión europea para salvar la unión europea, imaginando dos niveles diferentes de integración, tanto para la fronteriza como para la monetaria, vieja receta que emergió en el climax de la crisis financiera y que ahora retorna extendiéndose también al ámbito territorial;

– por otro lado, los que tratan de mantener las cosas como están, cristalizando la hegemonía administrativa de algunos países sobre toda la Eurozona, confirmando su carácter multinacional y descargando todas las contradicciones sobre los socios díscolos, principalmente Grecia, aunque mañana podrían ser España o Italia;

– por último, contra ambos escenarios, se expanden las opciones neosoberanistas.

En este escenario, entre los gobiernos na­cionales y las burocracias financieras se es­tructura una especie de centro reaccionario que gobierna sobre el continente, bajo el estímulo constante de crecientes pulsiones racistas y nacionalistas. De hecho, las tradicionales distinciones políticas entre derecha e izquierda dejan de ser operativas. En Francia, el gobierno socialista y el partido de Sarkozy coinciden —con diferencias superficiales— en responder al crecimiento del Frente Nacional sumando a las medidas de emergencia para la seguridad un plan de emergencia para la economía. En suma, socialistas y republicanos piensan que, ante la crisis, tienen que exacerbar los controles policiales, cambiar el orden constitucional de la República e insistir en las políticas antisociales, típicamente neoliberistas: la reforma de la legislación laboral a partir del informe Badinter (en realidad bastante tímido), poner fin a las 35 horas de jornada semanal, aplicar la liberalización de acuerdo con las directrices del ministro Emma­nuel Macron (muy similares a las contenidas en la Jobs Act o Ley de Empleo aprobada por el gobierno italiano). Mien­tras, en el horizonte se preparan nuevas guerras bajo los auspicios de la OTAN.

Estado seguritario

En referencia a las recientes decisiones de François Hollande, Giorgio Agamben, en uno de los artículos seleccionados por la redacción de Le Monde, ha propuesto una interpretación basada en el paradigma del Estado seguritario. Según Agamben, el debate francés sigue una tendencia más general. Todas las democracias occidentales estarían incubando una inédita forma de gobierno, que ya no se fundaría sobre la razón de Estado sino sobre razones de seguridad. El Estado seguritario inscribe sus instituciones en un conjunto de estrategias administrativas que desmienten el objetivo de prevenir los actos de terrorismo, ya que se deja que ocurran para poder “gobernarles en una dirección que se considere rentable”. Agamben hace la hipótesis de una “relación sistemática entre terrorismo y Estado seguritario” que persigue el objetivo del “control generalizado y sin límites” como única forma de relación entre gobernantes y gobernados.

Ese modelo se basa en dos perversas presuposiones. En primer lugar, la despolitización de la ciudadanía en general, considerada como elemento inactivo que sólo puede ser movilizado desde arriba, por las instituciones, contra imaginarios enemigos extranjeros. En segundo lugar, la “transformación radical de los criterios de verdad y certeza en la esfera pública”. El análisis, hasta aquí, parece congruente. De hecho, tras los atentados terroristas en París, el Gobierno francés y la Presidencia de la República han llevado a cabo un verdadero secuestro del espacio público, a través de un dispositivo que combina las políticas de seguridad y la proliferación hipertrófica de ceremonias blindadas en las que llorar por las víctimas y digerir el propio e invididual miedo.

Por otro lado, es imposible no sorprenderse ante la impresionante frivolidad con que las instituciones eluden cualquier examen mínimamente realista de la eficacia de las medidas antiterroristas aplicadas. Según Agamben, en este tipo de temas los representantes de la República sólo tienen en cuenta “lo que dicen la policía y los medios de comunicación”, instancias que siempre se han considerado poco fiables”. ¿Acaso muestra otra cosa el patético debate sobre la retirada de la nacionalidad, propuesto recientemente por Hollande y Sarkozy al alimón.

Ciertamente, la hipótesis de Agamben tiene el merito de reducir considerablemente la distancia entre los aparatos de gobierno y el planteamiento político de las fuerzas de ultraderecha. En resumen, no esconde la cabeza como el avestruz. Pero el razonamiento queda colgando en el vacío, pues se basa en una indeterminación jurídica definida unilateralmente como ficción. Sin duda, inscribe el terror en el corazón de la racionalización neoliberista, pero no es capaz de comprender sus contradicciones y debilidades. Como siempre, el profeta de la nuda vida encardina sus palabras a lo largo de los rieles del destino de Occidente, incapaz de saltar hacia un lado y romper la jaula de acero.

Un catastrófico callejón sin salida

Sin embargo, quizá valdría la pena acostumbrarse a situar los discursos. La involución francesa se situa en el contexto del colapso político europeo. Ahora es preciso comprender no sólo en qué términos las medidas administrativas seguritarias y xenófobas que varios países están adoptando perfilan una transformación decisiva en la actitud de la gobernanza continental, sino también con qué consecuencias y aporías. Crisis, emergencia, seguridad, son hoy palabras tan redundantes como vacías y banalizadas. La incapacidad política de Europa es flagrante y reconocida por todos. Sin embargo, en este vacío de la política se estructuran estrategias y discursos, técnicas de gobierno e hipótesis administrativas. El presidente Juncker, por ejemplo, no deja de repetir como un mantra amenazador que la crisis del Tratado de Schengen implicaría inevitablemente la implosión de la Unión Monetaria, estableciendo así un singular paralelismo entre los movimientos migratorios, el retorno de los nacionalismos, las guerras y el miedo a la crisis económica y financiera. Una amalgama que sin embargo revela posiciones en torno a las cuales no existe unanimidad.

Una vez más, hay que hacer distinciones. Las elites europeas están sumidas en un sistema de políticas ilógicas que, como ha se­ñalado Bascetta, aunque “se ponen en circulación para sedar la alarma pública, ob­tienen el resultado diametralmente opuesto, la alimentan”.

Pero todo esto no deriva de la “flecha del destino”. Es consecuencia de una lectura totalmente subalterna del cambio del paradigma económico y político después de la caída del muro de Berlín, dicho así para entendernos. Cuando digo subalterna me refiero a una cultura política que interpreta los movimientos sociales subjetivos sólo en términos de control neoliberista y que es incapaz de imaginar una revolución de los equilibrios geopolíticos e institucionales a la altura de la situación. Esto da como resultado un callejón sin salida catastrófico.

La política exterior occidental en los últimos 25 años está ahí para demostrarlo: todos reconocen su fracaso, pero ningún líder europeo parece capaz de cuestionarla. Nos movemos por tanto sobre un plano absolutamente contradictorio, en el que actuan voluntades intervencionistas mezcladas con nostalgias por el declive de las soberanías estatales, pero mudas en cuanto al ámbito económico y social. El neoliberismo lo impregna todo como un alma negra e insondable que condena a repetir las recetas de los noventa: flexibilidad, privatización, precarización laboral, reducción de los presupuestos públicos, ataque a los derechos sociales.

Sin embargo, ese final de siglo ya está lejano y las respuestas de entonces están agotadas. Entendámonos: nadie puede presentar tales políticas como progresistas, como hizo la Internacional Socialista en la época de la tercera vía de Blair o en Italia durante las dos décadas Prodi-Berlusconi, o co­mo se hizo durante el primer gobierno de Sarkozy en Francia. El neoliberismo europeo ha perdido todo dinamismo y configura una inédita fenomenología de la violencia conservadora, coercitiva y continuada, sobre los cuerpos sociales y sobre las cenizas de las instituciones democráticas nacionales. Funciona poniendo barreras y límites, tiende a convertirse en una técnica de confinamiento de las potencialidades sociales o en exorcismo del impulso distributivo que pese a todo se incuba en ellas.

La implosión socialista

Particularmente significativo, en este contexto, es el colapso de los partidos adheridos a la Internacional Socialista, sobre los que parecen descargarse todas las tensiones del momento. Su subordinación cultural les obliga a vivir en constante espera de las me­didas expansivas prometidas por el go­bernador Mario Draghi o a perseguir posiciones de privilegio -cuando están en el gobierno- entre los países más influyentes, intentado una enésima remodelación de cen­tro para escapar de la catástrofe. El llama­do Partido de la Nación en Italia, el pacto republicano en Francia, la paradójica timidez del PSOE de cara a las propuestas de Podemos, las convulsiones del laborismo respecto a las posiciones de su actual secretario Corbyn, marcan una geografía política que tiende a unir imperativos financieros y nuevas prácticas represivas, causando una inexorable erosión del consenso que se traduce en enfados y crisis de conciencia, cuya última muestra es la salida de Christiane Taubira del gobierno francés.

El problema es que hoy la perspectiva de centro (en sus declinaciones de derecha o izquierda) no tiene nada en común con la que se difundió en los años noventa. La hipótesis reformista no se sostiene ya, el espacio para la competencia por la moderación es residual y todos los sistemas mecánicamente bipolares parecen romperse. La austeridad, en otras palabras, se redefine fuera o incluso contra el ejercicio de la democracia, en una especie de banalización de la crisis que no conduce nunca a decisiones soberanas, sino más bien a la práctica inagotable del compromiso burocrático e institucional. El weberismo está realmente dislocado y de nuevo la realpolitik tiende a caer en brazos de la reacción.

Además, una buena parte de los países europeos se encuentra ya en esa situación. Basta mirar hacia el Este, a aquellos países que, como ha señalado Bascetta, “declaran abiertamente su divergencia con los modelos democráticos occidentales”. Pero la lista es larga, si tomamos en cuenta la actitud ante quienes buscan refugio mantenida por el gobierno danés o en la Baviera de la civilizadísima Alemania, o en Suiza o en el Reino Unido de Cameron, o las deportaciones masivas anunciadas por Suecia y Holanda.

El único derecho de los pobres practicado activamente en el espacio europeo sufre una rastrera y violentísima represión interna. Por otro lado, la banalización de la crisis se traduce en el uso endémico de leyes de excepción contra los derechos de ciudadanía y contra los cuerpos productivos del cognitariado metropolitano: desde la italiana Jobs Act a los miniempleos alemanes y la ley Macron en Francia. ¿No es cierto que todas estas medidas se relacionan con las políticas de orden público? ¿No asistimos a la progresiva crisis del derecho laboral subsumido en la malla del derecho civil?

Hasta aquí, todo esto parece bastante claro. Entonces, ¿funciona el razonamiento de Agamben? Creo que no, que, por el contrario, oculta el espacio de acción posible aquí y ahora. Que previene y compensa el desa­rrollo de una inteligencia subversiva dentro y contra del espacio europeo. Pregun­témonos más bien: ¿cómo es posible que mientras todos, desde Bruselas o desde los gobiernos nacionales, recitan retóricamente que la UE necesita más política, sea gol­pea­do precisamente el único derecho político adquirido desde la fundación de la unión, el derecho a la libre circulación de los ciudadanos en el espacio continental?

El Estado seguritario del que habla Agam­ben se sostiene sobre una paradoja: acentúa el dominio sobre la población en proporción directa a la pérdida de soberanía de los Estados individuales. Esto parece más un relato para los gobernados que una estrategia consciente puesta en marcha por los gobernantes. Sus demostraciones de fuerza son el espejo de la impotencia de los estados individuales en el ámbito de una gobernanza transnacional europea nada reticente a alcanzar compromisos con las tendencias más reaccionarias presentes en la eurozona. Por otro lado, para nada valen las apelaciones a dar marcha atrás al reloj de la historia: cuanto más se insiste en la defensa de la soberanía económica y constitucional de cada país, más se termina en la autocompasión por los territorios perdidos de la República o en la humillación ante los dictados de la troika. En cualquier caso, ese tipo de hipótesis sólo pueden ser interpretadas si las situamos a la derecha y en el exterior del esquema democrático. Si la situación es así, en lugar de tratar de hacer arqueología política de la forma Estado, como hace Agamben renovando los fundamentos teológicos, se debe intentar una fenomenología del espacio político que decante sus fallos y debilidades.

El uso político del miedo

Por ejemplo, después de los ataques de París, Patrick Boucheron y Corey Robin investigaron el juego de espejos desa­rrollado entre las medidas administrativas aplicadas y el uso político del miedo [Robin C. P. Boucheron, L’exercice de la peur. Usages politiques d’une émotion, PUL París, 2015]. De hecho, el estado de emergencia permanente parece ocultar una infraestructura política compleja, un conjunto de dispositivos destinados a vincular el miedo con “contenidos cómodos y, si es posible, lejanos, para escapar a los problemas que realmente plantea la vida social”. Esta perspectiva muestra bien cómo la receta neoliberista, tras un largo periodo en el que buscó el consentimiento de los cuerpos productivos, presentándose así como una fuerza liberadora de los gravámenes burocráticos del Estado de Bienestar y del trabajo asalariado, ha pasado hoy a “hacer temer, en vez de hacer creer, sin hacer comprender nunca. Esa es la mejor manera de hacerse obedecer”.

Boucheron ha escrito: “En el campo de la economía política, por ejemplo, la gestión es el laboratorio de la política del miedo: el miedo que el desempleo inspira a los asa­la­riados es el principal instrumento de do­minación, mientras que los empleadores no tienen nada que temer. Esto podría explicar brevemente, pero con eficacia, la situación de desempleo masivo en la que han entrado las sociedades modernas”.

El mismo esquema de análisis -asustar, para que no se comprenda y para obtener obediencia- es válido para el espectáculo cotidiano ofrecido por los medios de comunicación. Véase, por ejemplo, las reacciones homofóbicas cada vez más generalizadas contra la simple puesta al día de leyes de uniones civiles, o la crónica de los hechos de Colonia, tras los cuales, como recuerda Bascetta, “miles de militantes de extrema derecha se dispondrán a emprender acciones violentas contra los refugiados”. Además, la utilización política del miedo, como sostienen Boucheron y Corey, no sólo es interna, siempre tiene dos direcciones: una mira al interior, al cuerpo de la nación, y otra mira al enemigo lejano.

En el ámbito analítico, es necesario conectar lo que parece dividido. En efecto, al obstinado repliegue tras las barreras nacionales, a la proliferación de controles y medidas represivas, a la exaltación de un hipotético y estático estilo de vida occidental, corresponden perfectamente las intervenciones militares impulsadas por líderes europeos, la alianza con la Turquía de Erdogan y la total subordinación a la OTAN, que ahora, más que paraguas, es el mando efectivo de las prácticas beligerantes que desde Oriente Medio a Siria o al África subsahariana reproducen punto por punto la hipótesis de una guerra entre civilizaciones propuesta por Daesh.

No obstante, eso no es todo: podrían abrirse escenarios muy diferentes y contradicciones articuladas de otro modo, allá donde imponentes capacidades de conflicto social han encontrado el coraje necesario para una verticalización política, como en España y Grecia. Vista desde esa perspectiva, la crisis europea parece una ilustración perfecta de la estrecha relación que siempre une el uso político del miedo a la “lenta subversión de los principios republicanos”. Miedo y democracia aparecen entonces como palabras enemigas entre sí. Los ataques al Tratado de Schengen y la práctica de compromisos a la baja que unen a la dirección burocrática y financiera, a los gobiernos nacionales y a las fuerzas de extrema derecha, en la actualidad sirven principalmente para evitar una salida constituyente de la crisis europea. Pero todo esto demuestra que hoy la afirmación de una Europa política es —en sí misma— un programa subversivo, el único posible.

Timor y Securitas

En realidad, es el momento de recuperar las palabras. O, si carecemos de ellas, de recurrir provisionalemte a las imágenes, pa­­ra asimilar el ritmo incierto del momento. Hagamos una pequeña digresión. Mie­do, seguridad, democracia: ¿a dónde nos lleva la arqueología de estos términos? ¿A la refundación teológica de la Forma-Estado, a subvertir por medio de su contracción en enclaves depurados del horrendo monstruo del poder secular, como querría Agamben? Creo que podemos devolver a su remitente esta narración para cándidos siervos y articular un nuevo vocabulario civil.

Patrick Boucheron, reconstruyendo el significado político del célebre fresco de Lorenzetti sobre el Buen Gobierno, ha señalado, frente a la siniestra alegoría del Timor, la dulce figura de la Securitas [P. Boucheron, Conjurer la peur – Siena 1338. Essai sur la force politique des images, París, Seuil, 2013].

Toni Negri ha observado con frecuencia, en sus estudios sobre Spinoza, la necesidad de entrelazar la confianza con la búsqueda de la seguridad. Esto no implica ninguna autonomía de lo político: por el contrario, se trata de reconocer, en la crisis de soberanía que atravesamos, la posibilidad de organizar un desenlace constituyente que vaya más allá de la indignación y del miedo, que vaya al deseo, a la mesura, al ejercicio de la igualdad, de la pietas, de la fortitudo [firmeza y generosidad]. Entonces, la Secu­ritas pierde la oscura connotación que en­contramos en Agamben y se construye como práctica de una “confianza política que se perpetúa sobre la base de las instituciones democráticas, armadas de contrapoder” [Toni. Negri, Essai sur la force politique des images]. En suma, se convierte en virtus imperii que potencia el cuerpo multitudinario en lugar de absorberlo en la representación. Por lo tanto, como escribe Bou­che­ron, la seguridad puede hacerse tangible experimentanto formas de gobierno “que no atenten contra la vida de los cuerpos, que no pesen sobre los modos de la existencia, sino que dejen a las vidas y a los cuerpos afanarse de acuerdo con el movimiento propio de su deseo”.

En lugar de aferrase al Estado seguritario o ahogarse en prácticas destituyentes, se puede intentar conjurarse contra el miedo y transponer la crisis europea haciendo de ella una oportunidad radicalmente democrática. Al menos se debe sentir la necesidad de intentarlo.

Tres espacios de iniciativa

Ahora mismo hay al menos tres ámbitos de iniciativa imprescindibles y no absorbibles por el bloque centrista que gobierna el continente: la lucha por la paz y por la salida de la OTAN, como premisa para el desarrollo de una política exterior continental autónoma; la exigencia del derecho a la libre circulación, contra la suspensión del Tratado de Schengen; y la reivindicación de la naturaleza común y cooperativa de los sujetos productivos como dispositivo central de toda política monetaria, fiscal y laboral. En esos tres campos es imposible cualquier convergencia con la derecha xenófoba, siempre y cuando que se conjuguen con el objetivo explícito de construir instituciones democráticas de lo común, de modificar las relaciones de fuerza a escala continental y de golpear allá donde las autoridades económicas, financieras y tributarias llevan a cabo efectivamente sus alternativas: dejando descomponerse el corpachón muerto de los Estados-nación.

El extremismo de centro y el neosoberanismo son nuestros enemigos. Frente a ellos hay que llevar adelante la iniciativa política. Pero ninguna invención institucional puede ser puesta en práctica fuera de las luchas que tienen la inteligente capacidad de conectar lo laboral y social con los derechos civiles, por la libre circulación y por el acceso a los saberes y conocimientos, por un uso diferente de los territorios y de los espacios metropolitanos. Conjurarse contra el miedo no tiene nada que ver con la simple evocación de una nueva organización de la representación. Más bien, significa proyectar y experimentar contrapoderes efectivos y diseminados, coordinados a nivel continental: en este sentido, las luchas europeas pueden ganar espacio, pero sólo si se conecta la horizontalidad y la diversidad de los conflictos sociales con un salto vertical en el ejercicio del del poder.

Versión original en italiano

Por gentileza de Trasversales