Narcisismo patológico

Agustín Romano
Licenciado en Psicología

 

Todas las mañanas, el astro del mundo cuando se levanta reflejándose                                                                    en las ondas cree muy asombrado ver otro sol

Tristán I. Hermite

Resumen

El narcisismo es visto por algunos como un aspecto indisociable del ser humano, y a su vez constitutivo y necesario del mismo. Sin embargo, muchas veces, el narcisismo puede tener facetas que dejen su huella marcada en la vida de un individuo, llegando a conformar un trastorno.

En el presente trabajo, desde una perspectiva psicoanalítica, se pretenderá acercar al lector al límite entre un narcisismo que permita al sujeto adaptarse a su medio, y un  narcisismo que pasa a ser patológico.

Palabras clave: narcisismo, psicoanálisis, trastorno narcisista.

Abstract

Narcissism is seen by some people as a constitutive part of the human beings. however, this narcissism may leave a mark in someone’s life, as it becomes a disorder.

Based on Psychoanalitic theory, this article pretends to show its reader what’s the limit between a normal narcissism and a pathological narcissism.

Keywords: narcissism, Psychoanalysis, narcissist disorder.

Introducción

Es de notar que parecería acrecentarse el número de personas que padecen incertidumbres respecto a las fronteras que se sitúan entre el yo y el objeto; yo y yo ideal; vulnerabilidad a las heridas narcisísticas; gran dependencia de los otros e imposibilidad de establecer relaciones  significativas; variaciones en el sentimiento de estima de sí; predominio de defensas tales como negación, idealización, identificación proyectiva…

Se presentaría una perturbación narcisista que se haría notar como riesgo de fragmentación, pérdida de vitalidad y una creciente debilidad del valor del yo; aparecerían dificultades en la regulación de la autoestima, hipocondría, apatía, trastornos del sueño y del apetito, crisis de ideales y valores, ausencia de proyectos. Los mismos se presentarían como síntomas que quizás constituyan motivos de consulta frecuente entre quienes padecen algún trastorno de tipo narcisista.

En una época en que lo apremiante es trascender fronteras, destacarse, marcar una individualidad, rendir culto a los aspectos que nos otorgan una identidad y marcan una diferencia respecto a otro, cabe preguntarse: ¿cuánto vale cada persona?; ¿cuán necesario es el otro para la preservación de la identidad y la autoestima?; ¿qué sucede cuando la dependencia ante los demás deriva en una especie de altruismo, con el consecuente riesgo del sacrificio de intereses personales, en tanto esto permita al sujeto seguir sintiéndose querido?; ¿qué riesgos conlleva el hecho de que el proceso de duelo no sea encausado adecuadamente?; ¿cuándo es que un narcisismo normal pasa a ser patológico?…

Éstas, al igual que otras interrogantes, pretenderán encontrar tentativas de respuesta en el correr del presente trabajo, como necesidad de reflexionar un poco más acerca de estos aspectos planteados, apuntando a considerar la conformación de estructuras depresivas que encuentran su punto de partida en rasgos narcisistas.

Desde la Mitología a la Psicología

Para comenzar este trabajo, es de conveniencia hacer un poco de rastreo histórico en relación al surgimiento del narcisismo, en tanto considerar de dónde proviene dicho término.

Es así que habremos de remitirnos a introducir brevemente el relato aportado por la leyenda griega, la cual cuenta que Narciso, hijo de la ninfa azul Liríope y del dios – río, era un joven poseedor de una extraordinaria belleza, lo cual lo convertía en objeto de codicia por todas las ninfas e incluso por los hombres.

Sin embargo, dentro de una postura orgullosa, permanecía alejado del amor.

Entre las ninfas había una llamado Eco, quien sufrió un castigo impuesto por Hera, la cual la condenó a no poder comunicarle a Narciso sus sentimientos, considerando que el castigo consistía en estar solamente capacitada para repetir los últimos sonidos de lo que oía.

Un día narciso salió a cazar ciervos y Eco lo siguió. Narciso, al descubrir que se había alejado de sus compañeros, gritó:

-          “¿Hay alguien aquí?
-          Aquí (respondió Eco).
-          ¿Por qué huyes de mí?
-          Huyes de mí, respondió Eco, quien corrió a abrazar a Narciso, viéndose apartada  en forma brusca por este:
-          ¡Moriré antes de que puedas yacer conmigo!
-          Yace conmigo. Rogó Eco.”

Narciso hizo caso omiso ante esta súplica, lo cual generó en Eco la imposibilidad de disfrutar el amor que pudiera dispensarle aquel, cayendo así en un estado de melancolía y desesperación. Ante esto, Afrodita, diosa del amor y en uso de sus poderes para vengar lo que Narciso hizo a Eco, condujo a aquel a un lago de una montaña, donde pudo ver reflejada por primera vez su figura, provocando que al contemplar su imagen, éste se enamorara de sí mismo, intentando abrazarse sin éxito.

La imagen desaparecía cada vez que tocaba el agua, generando en Narciso el deseo de poseer esa imagen reflejada de sí mismo en el agua (“¿Cómo podría soportar poseer y al mismo tiempo no poseer?”).

Como resultado, Narciso muere ahogado en un intento de fusión consigo mismo. Se convirtió en una flor que a la orilla del lago seguía contemplándose en su reflejo; esta flor adquirió el nombre de narciso.

Esta leyenda perteneciente a la mitología griega, tiene la capacidad para seguirnos haciendo pensar, incluso hoy, sobre la vigencia que tiene Narciso y el narcisismo aplicado al terreno de la psicología, y dentro de ésta, en los aportes que hacen al Psicoanálisis y la psicopatología.

Tal es así que el motivo de este trabajo pretende de algún modo, dar cuenta de la vinculación entre estos aportes, para poder seguir pensando en lo referente a la producción de “desajustes” cuando la canalización del narcisismo sigue rumbos que no se encaminan hacia el Edipo, en un cauce “normal” acorde a los planteos pautados desde el Psicoanálisis, relativos al adecuado desarrollo psico sexual de los sujetos.

¿Qué se entiende por Narcisismo? Orígenes de la conceptualización del narcisismo aplicado a la Psicología

Tomando como punto de partida, el mito de Narciso, podría conceptualizarse el narcisismo, como el amor a la imagen de sí mismo. El concepto de narcisismo surgiría como componente fundamental de la teoría de la libido.

El narcisismo consiste esencialmente en que un individuo experimente una atracción sexual hacia sí mismo. Solo podría amarse a sí mismo porque en realidad el mismo se ha constituido en si propio ideal.

Es de mencionarse que quien en primera instancia habría utilizado el término “Narcisismo” aplicado a Psicología, fue Paul Näcke, al utilizar el mismo como forma de descripción de una perversión, en tanto el sujeto concedería un trato a su cuerpo como objeto sexual, y no dispensando esa manifestación afectiva a un objeto sexual que no fuese su propio cuerpo, con lo cual se apartaría del fin sexual reproductivo.

Sin embargo, esta concepción podría verse modificada considerando que en uno de los apartados de “Tres Ensayos de Teoría Sexual” (1), texto de Sigmund Freud, se concibe que sería Havelock Ellis, quien por primera vez utilizó este término, al mencionar: “el término “narcisismo” no fue acuñado (…) por Näcke, sino por Havelock Ellis”. En ese mismo apartado, se menciona que en 1927, Ellis examinó en detalle este punto, considerando que los honores debían de ser compartidos entre ambos.

Ellis, en 1898, habría descrito el narcisismo, como una perversión sexual. En 1927, escribió un artículo donde establecía que en 1898, él utilizó el término “Narcissus-like”, como descripción de una actitud psicológica, en tanto al año siguiente, Näcke utiliza el término “Narcismus” para hacer referencia a una perversión sexual. Ellis habría hecho referencia al término en su trabajo: “Autoerotismo, un estudio psicológico”.

Por su parte, Sigmund Freud va haciendo un acercamiento al término, cada vez más depurado. Hay quienes consideran que en su carta 125 a Flies, ya estaría haciendo alguna referencia al término; otros conciben que sería recién en el año 1909 donde afirma en una reunión de la Asociación Psicoanalítica de Viena, que “… el Narcisismo es un estado intermedio necesario para pasar del autoerotismo al amor de objeto…”.

Otros planteos establecen que el término habría aparecido en Freud en 1910, en su intento de explicar la elección de objeto en los homosexuales, quienes se tomarían a sí mismos como objetos sexuales, buscando a individuos de su mismo sexo “para poder amarlos como su madre los amó a ellos”.

En “Tótem y Tabú” (2), su trabajo del año 1913, Freud describe al narcisismo como una estructura, al afirmar que la fase narcisista es una organización que como tal no desaparece jamás por completo.

En 1914, Freud dejó asentado que el narcisismo no sería únicamente una perversión sexual tal como lo designó Ellis en 1898, considerando que muchas personas tienen una predisposición amorosa hacia ellos mismos, de manera predominante o incluso exclusiva; predisposición que no sería esencialmente sexual, oponiéndose incluso el narcisismo a la sexualidad psíquica, que implica la investidura de objeto.

Asimismo, otros acercamientos al término se van sucediendo, por ejemplo en ese mismo año (1914), en la publicación denominada “Introducción al Narcisismo” (3), donde se plantea entre otras cosas, qué lugar tiene el narcisismo en el desarrollo sexual.

En “Introducción al Narcisismo” (4), Freud establece que “las pulsiones autoeróticas son inicialmente primordiales; por lo tanto tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica para que el Narcisismo se constituya…”. Alega que “El primer Narcisismo, es el del niño que se toma a sí mismo como objeto de amor, antes de elegir objetos exteriores”.

Esto ocurre hasta que en 1923, en su obra “El Yo y el Ello” (5), Freud concibe que el “Ello” pasa a ser la fuente que genera la energía libidinal y agresiva del aparato psíquico, en tanto el Yo pasa a constituirse en su depósito; de esta manera, plantea que el Narcisismo del Yo pasa a ser secundario, y que se vería sustraído de los objetos.

Un poco antes, en el año 1917, en su trabajo “Duelo y Melancolía” (6) plantea una explicación del mecanismo de las afecciones narcisistas, que se basaría en la sustitución del amor de objeto por una identificación, para lo cual se requiere una elección narcisista de objeto que tendría como consecuencia, un retroceso de la libido de objeto al Yo.

Podría conceptualizarse que en contrapartida a los planteos de Näcke, Freud estableció en “Introducción del Narcisismo”, que este no sería una perversión, sino el “complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación” (7), atribuyendo dicho egoísmo al interés por sí mismo.

Posteriormente concibe al narcisismo como una fase de la evolución sexual intermedia “entre el autoerotismo y el amor objetal”; el sujeto se toma a sí mismo como objeto amoroso en primera instancia, logrando la unificación de las pulsiones sexuales (libido yoica y objetal), para en el curso del desarrollo psicosexual, tender a elegir un objeto al cual investir libidinalmente.

El Yo es tomado como aquel reservorio de la energía sexual (libido) desde el cual la misma es enviada a los objetos para que estos sean investidos, y siempre se ve dispuesto a ser receptor de esa libido (a través de un proceso de introyección), si es que la libido retorna de los objetos.

Freud hizo referencia a la existencia de dos tipos de narcisismo; primario y secundario respectivamente.

El narcisismo primario remite a un estado precoz en que el individuo deposita su libido en sí mismo, y que esto cursaría paralelamente con el proceso de construcción del Yo. Se reflejaría en el sentimiento de omnipotencia manifestado por los niños sobre sus pensamientos, deseos y actos psíquicos en momentos tempranos de su desarrollo.

Por su parte, el narcisismo secundario estaría pautado por la vuelta sobre el Yo de las investiduras libidinales, las cuales serían retiradas de los objetos del mundo exterior, y que se presentaría a partir del estudio de dos componentes muy importantes del carácter de pacientes esquizofrénicos, tal como son el delirio de grandeza que es producto de una sobreestimación de sí mismo y el extrañamiento respecto al mundo exterior que no satisface al individuo.

En lo referente al plano económico, podría pensarse que hay un equilibrio entre las fuerzas que suponen la libido yoica y la objetal; dicho equilibrio funcionaría de forma inversamente proporcional, en tanto cuanto más se gasta una, más se empobrece la otra.

Esto es claramente apreciable en el enamoramiento, en donde la libido yoica disminuye en beneficio de la libido de objeto.

El narcisismo y su “dependencia” de un “otro

Dependencia de los otros o defensa contra dicha dependencia sería una cuestión a plantearse como inquietud.

Si se busca una ligazón es porque los sujetos temen perder su sentimiento de sí estando solos, resultándoles insoportable la alteridad. Mientras que otros se defienden contra el peligro que acarrearía dicha ligazón, preservando la distancia por miedo a perder sus propios límites y el sentimiento de identidad, tendiendo a la autosuficiencia como modo de negar toda dependencia.

En general, los individuos tienen la necesidad de ser reconocidos por un otro semejante; la necesidad de ayuda, protección y reproducción conlleva a vivir en sociedad donde ser aceptado es un requisito primordial.

Se presenta una dependencia del sujeto a otros semejantes, de modo tal que estos sirvan para poder confirmar la identidad de aquel como ser.

Podría conceptualizarse que el narcisismo sería la raíz del vínculo social con todas sus manifestaciones, lo que motiva que en forma conciente o inconciente —sea en un plano real o fantaseado— el sujeto maneje en sui mente un modelo de vínculo con algún otro semejante.

Ser amado por otro, es decir, satisfacer la necesidad narcisística primordial, implica que el otro que me ama a mí está pendiente de mis deseos para satisfacerlos; esto plantea una estructura que deberá modificarse para permitir la convivencia social, lo cual generalmente engloba un problema al toparse el sujeto con la dificultad de abandonar esta estructura.

Si un Super-yo debilitado en sus fuerzas no logra controlar el resentimiento generado por la frustración narcisista de ser valorado y querido, al sentirse rechazado padece la necesidad de canalizar el deseo de dominio, de sometimiento o incluso de aniquilar al otro si se resiste, lo cual constituye ya aspectos psicopatológicos del narcisismo.

Esto no hace más que acentuar la importancia que tiene la respuesta brindad por otro, al resaltar la dependencia del sujeto. El miedo a la soledad, a ser despreciado y a ser marginado, las cuales constituirían heridas narcisistas y podrían disminuir al mínimo la autoestima, son factores que inducen al sujeto a atenerse a las normas que desde lo social se pautan para mantener una convivencia lo más adecuada posible.

Como característica, encontramos que son personas que mantienen vínculos del orden de lo transitorio, en tanto que si perduran, son desinvertidos libidinalmente. La frialdad la distancia, y la indiferencia, son armas efectivas a la hora de contrarrestar los golpes que puede provocar el otro y la realidad a la que se vea expuesto el sujeto.

Racamier (8) conceptualizó a aquel sujeto que “se valoriza a expensas de otro” como perverso-narcisista; refiere a una inclinación aislada, o una defensa, en ciertas personas egocéntricas que enfrentan crisis, duelos, y que buscan en otros sujetos, para alimentar su amor propio, cierta veneración tras haber sufrido una herida narcisista, a tal punto que pareciera que la desvalorización de los otros les brindara valor propio.

Este mismo efecto puede efectuarse al manipular a terceros, a los que somete a cumplir ciertos roles acordes a sus deseos. La manipulación aparece como mecanismo para evadir su dependencia frente a otro.

A la vez que el perverso-narcisista intenta “absorber” una calidad de objeto, deposita en este un sentimiento que se podría calificar como insoportable. Este carácter se muestra de manera inconciente para el sujeto en algunas oportunidades.

Muchas veces, el otro, a quien Racamier llamó “el cómplice”, también se beneficia de esta situación, al admirar al perverso-narcisista por no sentir culpa, al no admitir nunca sus errores.

En ambos se puede influir un cierto desamparo profundo, aunque el perverso-narcisista no lo reconocería, puesto que esto implicaría asumir su necesidad de los demás.

El perverso-narcisista, muchas veces, para llegar a sus fines, dirá sentirse desatendido, ofendido, maltratado por una persona, como estrategia que permita el acercamiento del otro. Por el contrario, podrá pedir disculpas por faltas menores, callando otras más graves. Puede asimismo intentar inducir la culpa en los demás.

La captación del otro pasa también por la observación aguda de sus ideales, necesidades y flaquezas, y una vez que el sujeto logra dicha captación es que puede utilizar al otro en pro de su beneficio.

Las personalidades narcisistas resisten a su fragmentación del Yo. Si tienen éxito en subordinar al otro, haciéndolo entrar en su lógica, se siente seguro en cuanto a la eficacia y lo fundamentado de su procedimiento.

Sus principios se remiten al hecho de que cada uno busca negar su dependencia, rehusar sus insuficiencias, satisfaciendo necesidades “prohibidas” y no dejándose guiar por un “maestro espiritual” (“nadie necesita de un maestro, pero yo sería uno magnífico para ti, único, irremplazable”).

El “otro” como soporte “especular” (aportes lacanianos)

En su trabajo sobre la fase del espejo, Lacan parte de la Imago de la identificación original en el espejo o con el semejante. El sujeto se identifica en su sentimiento de sí mismo con la imagen del otro; imagen que viene a cautivar en él ese sentimiento que tiene de su cuerpo. Esa imagen funciona como adelanto o promesa de unidad, dominio, libertad motriz.

No es meramente algo que se juega en el orden de lo cognitivo, pues la imagen es investida libidinalmente. Para Lacan, la imago produce un efecto de alienación del sujeto, en tanto es en otro que él se identifica y se experimenta al comienzo; no se capta en una relación consigo mismo sino en otro sitio que lo dobla.

Aquí cabe considerar la relación entre narcisismo y agresividad en esa fase de formación del Yo por la imagen del otro, en tanto esa imagen a la vez que atrae produce rechazo, produciendo una tensión: ese otro que yo mismo es otro que yo mismo. El odio trata de hacer pedazos la imago para volver al estado anterior al espejo; implicaría un fracaso de la fase del espejo como identificación imaginaria necesaria y fundamento del narcisismo, con lo cual plantea Lacan que puede entenderse el masoquismo primario y el impulso suicida.

La relación con la imagen del otro es una identificación; de ahí que Lacan use el término Imago, el cual inaugura la dialéctica de las identificaciones del sujeto. La imago es fuente simbólica que da la base en la que va a cristalizarse el Yo.

Para Lacan, la identificación con el objeto crea al sujeto; al Yo. Se da prioridad al otro en la constitución del ser humano.

Consideraciones acerca de la elección de objeto

Resulta conveniente comenzar este punto, haciendo una aclaración previa, referente a que cuando se hace mención al duelo por la pérdida de un objeto, éste no hace referencia exclusiva a un sujeto.

Según la definición de objeto que brinda Freud, la misma estaría vinculada a la noción de pulsión; “el objeto como objeto de la pulsión”, siendo por tanto el objeto, un lugar donde la pulsión alcanza su satisfacción.

Consideremos que como tal, el objeto será contingente, en tanto que si tomamos en cuenta el desarrollo psico-sexual del sujeto, el mismo atraviesa por diferentes fases (oral, anal, fálica), en las cuales se puede distinguir un objeto para cada una de dichas fases.

En el Cuaderno sobre Depresión, de la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay (9), se plantea que “otra noción de objeto es la de objeto de amor. Esta queda vinculada también a la noción de elección de objeto”.

Además se plantea que “con la elección amorosa no interviene solamente la libido de objeto sino también sino también en gran medida participa el narcisimo”.

Otro planteo que podemos encontrar, es que además de ser un objeto a investir o ser un objeto a elegirse, también es un objeto de identificación, donde tenemos una identificación narcisista de carácter especular.

Las investiduras narcisistas se dan de la siguiente manera: se proyecta sobre el objeto una imagen de sí mismo, de lo que se ha sido, lo que se querría ser o lo que fueron las figuras idealizadas.

En todas sus variantes, el amor narcisista tiene como característica el hecho de no investir al objeto, más no sea por la indiscriminación que este tiene con el sujeto, sea que se manifieste por un exceso de proyección de problemáticas yoicas o por la búsqueda de un ideal o de una representación nostálgica.

A lo que aspira el sujeto cuando enfrenta el mundo, es a reencontrar en éste, su propia imagen, para así preservar la supuesta autonomía que le permita obtener satisfacción plena.

Por tanto, las investiduras narcisistas tienen como propósito el regular el sentimiento de estima de sí de los sujetos.

Si se niega al objeto como otro, se puede preservar la ilusión de que el objeto no se puede perder ni tampoco destruir.

La negación del vínculo con el objeto, así como su alteridad, permiten defender la representación del Yo, que se presentaría como vulnerable, tanto en consistencia como en valor.

El sujeto aspira a reencontrar la perfección narcisista de la que gozó en la infancia mediante la nueva forma del ideal del Yo, que es un modelo al cual intentará ajustarse el sujeto y que representaría las aspiraciones hacia las cuales se dirige el Yo, obteniéndose la satisfacción mediante el cumplimiento de este ideal.

Del narcisismo normal al narcisismo patológico

Podría considerarse al narcisismo normal como el amor y la estima a la imagen propia, siendo las representaciones que el individuo tiene de sí mismo, estables en cierto modo, habiendo cierta coherencia y cohesión entre dichas imágenes.

Sería la catectización libidinal del sí mismo. La catectización normal requiere como condición previa, una integración de imágenes buenas y malas de sí mismo en un autoconcepto que incorpora indisociablemente, los diversos componentes de las representaciones de sí mismo.

Se produce entre estas representaciones, cierta discriminación con respecto a las representaciones que se tiene de los otros; entre imágenes que se tiene de sí mismo y de los otros.

En la catectización libidinal del sí mismo interviene la agresión conjuntamente a la libido. Dicha agresión provendría por ejemplo, del Superyo y el Ello.

Para producirse un narcisismo normal, tendría que presentarse un predominio de la catectización libidinal sobre la agresiva.

Entre las estructuras intrapsíquicas y los factores externos que intervienen en la conformación del narcisismo normal, encontramos al sí-mismo ideal y las metas del Yo; esto implica que el Yo tiene metas que son inconcientes, preconcientes y concientes que determinan sus niveles de aspiración, lo cual marcaría que la autoestima dependerá de la distancia entre el sí mismo real y el ideal.

Otro elemento a considerar son las representaciones objetales, en tanto la autoestima depende también de las relaciones objetales que fueron internalizadas en el pasado, considerando que el amor ofrecido por las representaciones de objetos “buenos” resarcen al sí mismo de las frustraciones de la realidad.

También encontramos factores superyoicos que intervienen en la conformación del narcisismo normal, habiendo dos estructuras superyoicas que regulan la autoestima; una de ellas es el Super-yo crítico, el Super-yo que demanda y castigas, y la otra estructura superyoica es el ideal del Yo, que se dedica a marcar los niveles de aspiración, estableciendo lo que el sí mismo debe ser, y surge de la introyección de imágenes de objetos ideales.

Los factores instintivos y orgánicos también intervienen en la conformación del narcisismo normal. Se hallan vinculados con el Ello y logran aumentar la autoestima cuando se han visto satisfechas las necesidades instintivas y cuando el sí mismo pudo conciliar sus necesidades internas con los requerimientos provenientes del ambiente.

Por su parte, los factores externos se refieren a tres tipos de factores: en primer lugar, las gratificaciones libidinales que provienen de objetos externos; en segundo lugar, las gratificaciones de metas y aspiraciones yoicas a través del buen funcionamiento o éxito social, y en tercer lugar, la gratificación de aspiraciones intelectuales o culturales que son concretadas en el entorno.

La diferencia fundamental entre este narcisismo normal y el patológico, radicaría en que no habría suficiente estabilidad ni cohesión en las representaciones del sí mismo, marcándose una coherencia de características deficitarias entre las representaciones del sí mismo, sin haber gran discriminación entre las representaciones de sí mismo y de los otros.

Cuando se presenta este caso de narcisismo patológico, el individuo encuentra la dificultad al verse incapacitado para utilizar aquellos mecanismos que le puedan resultar eficaces para lograr volver a tener aquella representación de sí mismo, sustituyendo dichos mecanismos por otros de tipo patológicos, a partir de los cuales da su respuesta.

Dichas representaciones que el sujeto tiene de sí mismo, son derivadas a partir de procesos identificatorios, se detectan en otro, en base a la función especular que el otro cumple. Hablaríamos entonces de “relaciones de espejo” de las cuales podría derivar el narcisismo normal o patológico. Las representaciones que el sujeto tenga de sí mismo surgirían a partir del proceso de crianza, a través del cual se hace necesario que el niño reciba esa “narcisización” (“imagen y estima para su imagen”), lo cual arrancaría desde su gestación.

Precisamente, dentro del terreno patológico, cabe considerar que el trastorno narcisista tiene una base de índole depresiva, y esto se daría por constatarse una carencia de representaciones de sí mismo que le permitan al sujeto reconocerse, lo cual generaría que el sujeto tenga dificultades para encontrar una identidad a partir de la cual poder expresarse.

Se considera que existirían tres niveles patológicos en tono al narcisismo: en primer lugar, se encontraría la regresión del narcisismo adulto normal al narcisismo infantil normal, caracterizado porque a diferencia de las expectativos y aspiraciones narcisistas maduras de aquellos secotes que se hallan más libres de conflictos, el contenido de las metas y expectativas yoicas y de las demandas superyoicas ha quedado fijado en un nivel infantil.

Este primer nivel es considerado como el más leve, dentro de los desórdenes narcisistas.

En un segundo lugar, encontraríamos la relación con un objeto que representa al sí mismo mientras el sí mismo se identifica con ese objeto, cosa muy apreciable en los individuos que , ya sea en sus relaciones objetales intrapsíquicas  como en sus relaciones externas con otros, llegan a identificarse y amar a un objeto que los representa a ellos mismos, sea en el presente o en el pasado.

Dentro de los niveles, el más agravado sería el de la relación del sí mismo enaltecido con ese sí mismo enaltecido que se ve proyectado en forma temporaria. La característica es que la relación pasa a ser entre el sí mismo y el sí mismo, y no entre el sí mismo y el objeto.

Así, desaparece la relación objetal, viéndose reemplazada por una relación narcisista en estado puro.

Breve consideración de la introducción del carácter patológico del narcisismo en el terreno de la psiquiatría

El narcisismo logró ingresar dentro de la terminología psiquiátrica, posteriormente a  que Sigmund Freud lo describiera en 1914, dejando en evidencia sus aspectos de carácter patológico.

Desde ese entonces y hasta la fecha, varias son las investigaciones que se han desarrollado para intentar lograr un esclarecimiento tendiente a promover una mayor comprensión de las patologías asociadas a los trastornos narcisistas.

La A.P.A. (Asociación de Psiquiatría Americana) (11), incluso ha considerado al narcisismo como un trastorno que afecta a la personalidad, clasificando en el DSM al Trastorno Narcisista de la Personalidad dentro del apartado “Trastornos de la Personalidad”.

Entre los patrones distintivos, destaca que quien padece este trastorno, tiene la características de ser alguien que se ve guiado por un patrón general de grandiosidad, sea a nivel de la imaginación o del comportamiento, y que al comienzo de la edad adulta y acorde a los diversos contextos, se registrarían una necesidad de admiración y falta de empatía, acorde a lo indicado en un listado de nueve ítems según la clasificación de este manual que estamos considerando:

1)     Tiene un grandioso sentido de autoimportancia (por ejemplo, exagera los logros, capacidades; espera ser reconocido como superior sin unos logros proporcionados).
2)     Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza y amor imaginarios.
3)     Cree que es “especial” y único y que sólo puede ser comprendido por, o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) que son especiales de alto status.
4)     Exige una admiración excesiva.
5)      Es muy pretencioso, por ejemplo tiene expectativas irrazonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas.
6)     Es interpersonalmente explotador, por ejemplo, al sacar provecho de los demás para alcanzar sus propias metas.
7)     Carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.
8)     Frecuentemente envidia a los demás y cree que los demás lo envidian a él.
9)     Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbias.

Los sujetos con este trastorno asumen animosamente el que los otros alaben sus actos y se sorprendan cuando no perciben el otorgamiento de un valor exagerado que de alguna manera esperan por su forma de actuar o pensar, en tanto poseen una autoestima muy vulnerable, siéndoles incluso intolerable una crítica o frustración.

Las críticas pueden obsesionar a estos sujetos y hacer que se sientan desde humillados hasta vacíos, lo cual podría conducir al individuo al retraimiento social.

No deja de ser habitual que los sujetos que padecen este trastorno, no consigan darse cuenta de que los demás tienen sentimientos y necesidades, siendo frecuente que de forma implícita en la exageración de los logros se dé una infravaloración o devaluación de los aportes de quienes los rodean, y en caso de reconocer dichos aportes, es probable que los vean con menosprecio, como signos de debilidad.

Los pacientes con trastornos narcisistas de personalidad, a menudo presentan r, trastorno distímico y recurren al abuso de sustancias, teniendo una prevalencia incrementada entre las personas con anorexia nerviosa.

Los trastornos de personalidad histriónicos, borderline, antisociales, esquizotípicos y paranoides pueden asociarse con el trastorno narcisista de la personalidad, lo cual hará necesario un adecuado diagnóstico diferencial a la hora de tratar a estos sujetos en una instancia clínica.

Las formas patológicas del narcisismo son muy fácilmente identificables al apreciar las relaciones del sujeto; en tanto se observa que estas personas ven afectada su capacidad de amar.

Se observa que sería un paciente que se hace depositario de un sentimiento de vergüenza que lo condiciona, lo cohíbe, y que se encuentra en clara oposición con un deseo de poder llegar a exhibirse abiertamente, demostrando su grandiosidad.

En el DSM-IV-R, se estereotipa un determinado patrón que concentraría el paciente narcisista, pautado por la arrogancia, la exigencia de reconocimiento, la grandiosidad y la necesidad de ser admirado, dejando de lado lo que se consideraba anteriormente, es decir, que el sujeto reúna otras características tales como ser hipervigilante, tímido, vergonzoso, callado, muy sensible, a las críticas y reacciones de los demás hacia él, lo cual lleva a intentar evitar ser centro de atención pública, considerando que podrá llegar a verse rechazado y/o humillado.

Por su parte, el narcisista hipervigilante mantiene su autoestima mediante la evitación de aquellas situaciones que puedan provocarle vulnerabilidad, y para ello implementa la manera de estudiar en detalle a los demás, de modo tal de intentar poder conectarse con sus intenciones, pretendiendo imaginar cómo comportarse frente a ellos con el antedicho fin, y qué reacción podrían llegar a tener los demás en base a la actitud que mantenga el sujeto, lo cual nos podría hacer pensar incluso en ciertas características o rasgos de índole paranoico.

Como se puede apreciar, el narcisismo patológico tiene su gran importancia dentro del terreno de la psiquiatría, al punto tal que la A.P.A., lo tenga incluido en su listado de patologías. Sin embargo, seguir considerando los planteos desde este ámbito, excede el interés de este trabajo, por lo cual se propondrá seguir abordando esta temática desde una línea psicoanalítica.

Adentrándonos en el terreno de la patología: ¿Qué sucede con el Yo cuando se pierde el objeto?

Para poder indagar en pro de intentar dar cuenta de una tentativa de respuesta a esta pregunta, es menester tomar en consideración cómo es la constitución de este Yo, su carácter, sus defensas; de qué modo se manifiestan sus relaciones con los objetos y con otras instancias psíquicas; cómo fue su origen.

Partamos de la base que la consecuente depresión que se suscita tras la pérdida de un objeto se asienta sobre una plataforma de índole narcisista.

Como ya se ha esbozado anteriormente en el correr de este trabajo, la pérdida de un objeto querido implica que el mismo sea descatectizado, para que la libido se reconduzca y se instale sobre el propio yo (narcisismo secundario). El proceso común, esperable en muchos casos, es que el sujeto atraviese por un período de duelo, el cual supone una reacción frente a la pérdida de ese objeto querido.

Tal como lo plantea Freud en “Duelo y Melancolía” (12), muchas persona, acorde al tipo narcisista de elección de objeto, tendrán tal o cual disposición a contraer melancolía.

La distinción básica entre duelo y melancolía concierne a la relación del sujeto con el objeto perdido.

El sufrimiento concierne al sujeto que todavía inviste y que enfrenta la pérdida, el rechazo, la decepción que le impone un objeto investido. Cuando la desinvestidura está al servicio de la pulsión de vida, se mantiene la chance de investir un objeto nuevo; se trata del duelo.

En el duelo, tal como se mencionaba, el sujeto ha experimentado una pérdida del objeto amado y en el proceso que supone un determinado tiempo para elaborar adecuadamente la pérdida, dicho sujeto pierde el interés por el mundo exterior sustrayendo la libido de todo objeto que no remita al objeto perdido. Así, el objeto perdido es investido por toda la capacidad libidinal que pueda emplear el sujeto a tal efecto, impidiendo toda nueva ligazón. En el duelo, el Yo pone en funcionamiento un mecaniso de elaboración de dicha pérdida que le permitirá, al cabo de un tiempo, conservar a ese objeto perdido en la realidad pero con renovada investidura libidinal para con el mismo; es un proceso que Freud denominará “trabajo”, el cual supone un desasimiento libidinal del objeto perdido y de todo cuanto remita a él, liberando un monto de energía para nuevas ligazones de objeto. Dicho trabajo sería un trabajo de simbolización, es decir que implicaría la posibilidad de entablar ligazones entre representaciones, que permitirían configurar una “malla”, permitiendo así que circule afecto y aportando la posibilidad de hallar una significación a las propias vivencias respecto de la pérdida (esto en caso de desarrollar un proceso normal, ya que si el duelo se prolonga en el tiempo, sin instalarse una verdadera depresión, entraríamos entonces en el terreno del duelo patológico).

El sufrimiento al que se refería implica tanto una necesidad como un riesgo.

Representa una necesidad en tanto obliga al psiquismo del sujeto a reconocer la diferencia entre fantasía y realidad. El riesgo se pauta por el hecho de que al poder producirse un exceso de dicho sufrimiento, se puede llegar a desinvestir aquello que lo causa.

Citando una vez más el trabajo de la Coordinadora del Psicólogos del Uruguay (13), hallamos que se describen cinco etapas en el duelo normal:

1)     Negación: representa el impacto inicial, que provoca desde aturdimiento hasta posibles momentos de pánico. La persona niega la situación, e intenta desconocer la realidad que le toca vivir.
2)     Enojo o ira: se produce sentimiento de amargura; se intenta buscar culpables por lo que le sucede.
3)     Regateo: hay un intento por demorar la pérdida, para revertir la situación, habiendo idealización del objeto perdido, dejando de lado los aspectos negativos que el mismo pudiera tener y destacando sólo los positivos.
4)     Depresión: la persona ya asume que el objeto se ha perdido, al punto que se piensa constantemente en el mismo. Hay sensación de haber sido “abandonado” por el objeto. La tristeza encuentra su punto de auge.
5)     Aceptación y readaptación: el sujeto logra superar paulatinamente la situación que lo afectaba hasta entonces, y se empieza a recuperar el interés por las tareas habituales.

En el duelo patológico, estos dos últimos puntos no serían factibles de procesarse.

En la melancolía el sujeto parece dar cuenta de la pérdida de un objeto de amor sustraída de su conciencia. El sujeto se comporta como si hubiese sufrido una pérdida real y no puede dar cuenta de lo que ha perdido ni logra precisar la magnitud de dicha pérdida.

En palabras de Freud, tal como lo explicita en “Duelo y Melancolía” (14), se puede apreciar cuál es el proceso que transita la melancolía a partir de su desencadenamiento: “Hubo una elección de objeto, una ligadura de la libido a una persona determinada; por obra de una afrenta real o un desengaño de parte de la persona amada sobrevino un sacudimiento de ese vínculo de objeto. El resultado no fue el normal (…) La investidura de objeto resultó poco resistente, fue cancelada, pero la libido libre no se desplazó a otro objeto sino que se retiró sobre el yo (…) que sirvió para establecer una identificación del yo con el objeto resignado. La sombra del objeto cayó sobre el yo, quien en lo sucesivo pudo ser juzgado por una instancia particular como un objeto, como el objeto abandonado. De esa manera, la pérdida del objeto hubo de mudarse en una pérdida del yo, y el conflicto entre el yo y la persona amada, en una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por identificación”.

Freud plantea tres premisas en torno a la melancolía: la primera, referente a la pérdida del objeto; en la melancolía predominaría el tipo narcisista de elección de objeto. El sujeto ama según el tipo narcisista de elección de objeto; ama en el objeto el rasgo que recuerda lo que él fue y ha perdido, o lo que posee los méritos que él no tiene y desearía tener, es decir, se ama en el otro lo que falta al yo para alcanzar el ideal.

La segunda, que refiere a la ambivalencia de los vínculos de amor previos a la ocurrencia de la pérdida, como conflicto de ambivalencia; el término ambivalencia fue utilizado por primera vez en “Tres Ensayos de Teoría Sexual” (15) en donde Freud la define como una característica de la fase sádico-anal, en la cual “los pares de opuestos pulsionales están plasmados en un grado aproximadamente igual”. Esos pares de opuestos, refieren al amor y al odio.

El amor refiere al puro placer del Yo con el objeto y es la pulsión sexual quien lo comanda. El odio es definido en “Duelo y Melancolía” (16) como la reacción del sujeto ante una amenaza a su narcisismo primario proveniente del mundo exterior. La pulsión yoica se propone preservar la integridad del Yo.

Freud considera al conflicto de ambivalencia como una de las permisas de la melancolía en donde amor y odio están polarizados. El amor por el objeto perdido, se refugia en la identificación narcisista, mientras que el odio se ensaña con el objeto sustitutivo a la manera de una satisfacción sádica. Así Freud define al sadismo dirigido al objeto encarnado por el Yo como un “automartirio gozoso”.

Ese modo de relación conservado con el objeto que Freud denomina como identificación narcisista, exige que sea abandonada la investidura de objeto; una vez que el objeto ha sido introyectado, el Superyo puede considerar al Yo con la característica del objeto perdido, y tratarlo como a un objeto ante el cual la ambivalencia fundamental ha dejado lugar al odio; odio por el abandono, cuya manifestación conciente es la culpa.

Es así que la melancolía aparece como una afección narcisista por excelencia, en la que el conflicto intrapsíquico se juega entre el Yo y el Superyo. En los sujetos que padecen melancolía se observan esos tipos de apego que pueden romperse de manera súbita, tal como comenzaron, ante la presencia de la menor dificultad, lo cual hace que vuelva a aparecer así la decepción que supone la traición.

La tercera premisa, refiere a la regresión de la libido del Yo.

En la melancolía, la enfermedad se comporta como una manera de sustraerse y evitar el enfrentamiento con la hostilidad acuciante; remitiría más a un “desfallecimiento” del Yo de carácter traumático que a una fijación de la libido en un tipo de relación de objeto, por lo cual se estaría haciendo referencia entonces a una regresión de tipo narcisista; regresión en lo que respecta a la organización del Yo, que conduce al enfermo a retraerse del mundo exterior, y a desprenderse de todo objeto de investidura, a diferencia de la regresión de carácter libidinal.

Narcisismo y depresión

Habiendo llegado a este punto, podeos considerar que hay dos tipos básicos de condiciones que se engloban bajo la denominación de trastornos narcisistas: por un lado, nos encontramos con aquel tipo de casos que se caracterizan por permanente baja autoestima o por toparse frente a la dificultad que representa el mantener sostenidamente una imagen valorizada del sujeto, que si bien lo puede lograr por momentos, de todos modos se requiere de continuos suministros externos de este tipo de estímulos, constatándose una gran oscilación en el balance de la autoestima.

Por otra parte, encontramos aquel tipo de personalidades que despliegan su omnipotencia, grandiosidad; denigran al objeto, y logran mantener esa grandiosidad basándose en mecanismos de escisión.

Desde uno u otro tipo de trastorno narcisista, los caminos que llevan a la depresión también son distintos. En relación al primer caso, nos topamos básicamente con dos formas: una de ellas, que sería directa, estaría dada por el hecho de que la pobre representación del sujeto le hace sentir incapaz de alcanzar el objeto del deseo, considerando al mismo como perdido, y encontrándonos así con una forma de depresión de tipo crónica.

En el otro caso, que sería indirecto, estaría dado por las consecuencias que se derivan de las defensas puestas en práctica. A esto se suma la pérdida de oportunidades en la vida real para hacerse de las gratificaciones narcisistas que la autoestima requiere.

Entonces habría que una secuencia que estaría dada de la siguiente manera: trastorno narcisista, marcado por angustias persecutorias, que generarían vergüenza, con la consecuente evitación fóbica y por ende, déficits yoicos que llevarían a una pérdida en la realidad. Este proceso concluiría en sentimientos de omnipotencia y desesperanza para la realización del deseo; por tanto, en depresión.

Con respecto al segundo grupo de trastornos narcisistas, la depresión hace su aparición cuando se derrumba cierta grandiosidad que habría servido para negar la realidad y las limitaciones personales. Entonces teneos que la depresión sería consecuencia de los efectos del narcisismo destructivo sobre las relaciones interpersonales, la inserción en la realidad, o el cuidado de la propia persona.

Podemos concebir el hablar de depresión narcisista, si consideramos que el Yo ideal y los ideales del Yo sucumben, con lo cual no podría hacerse factible la elaboración del trauma narcisista, instaurándose así dicho cuadro psicopatológico.

Este tipo de depresiones implicarían un duelo por el Yo, en contraste con el tipo de depresiones que describe Freud en “Duelo y Melancolía”, en que el duelo es por el objeto. En la depresión narcisista, la pérdida del Yo es lo fundamental, tomando en cuenta que el objeto perdido es el Yo mismo, identificado con su Yo ideal, reaccionando de un modo “paranoico” frente a dicha pérdida, acusando así al objeto que generó la frustración.

Precisamente en relación al objeto, en lo que atañe a los estados de ánimo depresivos, hay una característica que merece destacarse, y es la alternancia que se erige como rasgo de las relaciones duales estrechas que se establecen con el objeto primario, puesto que este no ofrece una modalidad vincular de índole estable, en tanto oscila entre la sobreprotección y la invasión con la dificultad de contener, lo cual conllevaría a que el sujeto, viéndose situado entre aspiraciones de fusión a través de la incorporación pautada por la devoración canibalística y la demanda de exigencia y atención, se vea enfrentado a la constitución de un vínculo inseguro, donde la sombra de la desaparición se muestre presente, con el consecuente sentimiento de desamparo y angustia de desintegración.

En este punto, y siguiendo los planteos de Garbarino (17) en el capítulo “Duelo por el yo y depresión narcisista” de “Estudios sobre narcisismo”, encontramos que dicho autor plantea que la primera consideración que puede hacerse sobre la estructura del Yo en aquellos sujetos que están predispuestos a una depresión de tipo narcisista, es que el Yo ideal es omnipotente, viéndose amenazada dicha omnipotencia al poder llegar a perderse, y esto lo atribuye a que “la omnipotencia caracteriza únicamente a las representaciones de si consciente-preconsciente, considerando que en este tipo de situaciones, dichas representaciones “no tienen un convencimiento absoluto (…) sobre su omnipotencia”, indicando que en oportunidades, la duda gana terreno, lo cual conlleva a que el sujeto acceda al conocimiento de sus sentimientos de vacío e impotencia.

Kohut (18) hablaría de “hombre trágico”, a quien le faltaría un self cohesivo, viéndose incapaz de mantener un proyecto y una identidad que pudiese asegurarle autoestima.

Como mecanismos intervinientes para poder enfrentar esta situación, encontraos la negación, como forma que encuentran las representaciones de sí omnipotentes para evitar todo aquello que pueda desmentirlas. Asimismo, también encontramos el mecanismo de la proyección, en tanto este sirve para poder alegar que todo lo malo que ocurre, tiene un procedencia externa al sujeto, atribuyendo responsabilidad principalmente a alguno (o ambos) de los progenitores por lo que sufre, gozando así el Yo ideal, de una “perfección sin límite” al decir de Garbarino. (19)

A su vez, esto nos hace pensar que la agresividad que contenga el sujeto, la cual se vería incrementada por miedo a que se destruya el objeto necesitado y frustrante, de no ser adecuadamente controlada o manejada, podría derivar en la conformación de una estructura depresiva. La agresividad formaría parte de un proceso, que estaría dado de la siguiente manera: se produciría en primer lugar cierta frustración que generaría rabia, la cual se vería seguida por intentos hostiles para obtener la gratificación deseada.

Posteriormente, cuando el sujeto no es capaz de alcanzar sus metas, sea por razones externas o internas, veos que la agresividad se dirige en contra de la representación del sujeto, con la consiguiente pérdida de autoestima.

El Yo del sujeto, que se ve marcado por la necesidad de otro que cumpla de soporte para su adecuado desarrollo y funcionamiento, adquiere la particularidad, en este caso específico, de convertirse en un Yo no unificado, que cuenta con limitados recursos por los cuales defenderse, predominando defensas primarias, a destacar: escisiones, al igual que identificaciones proyectivas e introyectivas del orden patológico.

Este Yo no unificado trae aparejada conjuntamente con el conflicto de ambivalencia, una configuración narcisista básica en la que las representaciones desvalorizadas que se caracterizan por impotencia, indefensión y dependencia, se integran en un sector del Yo.

En los casos en que hay un predominio del Yo ideal sobre los ideales del Yo, el sujeto se ve necesitado de fuentes externas de aprovisionamiento narcisista; plantea que las fallas se ubicarían en una autoestima insuficiente, falta de confianza y seguridad en sí mismo, alegando que el investimiento narcisístico de la madre “si bien pudo haber sido suficiente para facilitar la cohesión del Yo, no lo ha sido para darle al Yo la autovaloración necesaria para desempeñarse con éxito en la vida”.

Una vez que el objeto querido se ha perdido, los reproches e injurias que el sujeto se dirige a sí mismo, en realidad están apuntando a ese objeto perdido incorporado; siendo el intento de autoeliminación, el último acto del sujeto de desprenderse del objeto, con la intencionalidad de matarlo.

El suicidio melancólico se explica por las tendencia sádicas del sujeto y no es otra cosa que la puesta en acto de la hostilidad y el sadismo, dirigidos al Yo propio del sujeto tomado en tanto objeto.

Retomando los planteos de Lacan (20) en relación al estadío del espejo, que permiten de alguna manera explicar qué sucede en el sujeto melancólico en relación a su imagen, podemos considerar la existencia de una identificación doble, pautada por la identificación con la forma de la especie, por un lado, a través del rostro de la madre (ideal del Yo), y por otra parte, la identificación con el reflejo en el espejo (Yo ideal).

Esto en casos normales; ahora, en sujetos melancólicos, pareciera que los mismos se hubiesen encontrado ante un marco vacío, en el cual no hay imagen en la cual verse reflejado, lo cual hace sentir al sujeto como vacío, puesto que el identificarse con el reflejo del espejo implica verse en relación a una primera mirada que se posa sobre uno mismo.

La pregnancia de la propia imagen tomada como objeto lleva a un destino previsible: la imagen del objeto —el propio sujeto en este caso—, cae sobre el Yo, como manifiesta Freud en “Duelo y Melancolía”, lo cual en el caso de Narciso, lo llevó a encontrar su propia muerte.

Algunas consideraciones finales

La posibilidad de recuperar los vínculos objetales perdidos propicia el nacimiento de un nuevo sujeto, más responsable en el proceso de construcción interminable de su mente, anteriormente aprisionada por las relaciones narcisistas. Si bien esto, no es para dejar de tener presente, que de concretarse la posibilidad de que el paciente tienda a buscar la confianza en sí mismo imprescindible para conducirse con relativa autonomía frente a los demás, probablemente se esté dando un gran paso en la búsqueda de la superación personal, que de hecho catapultarían a una conducción más adecuada en el relacionamiento con los demás, dejando a un lado el encarnizamiento de la dependencia; proceso este que requiere perseverancia, esfuerzo y “dolor”.

Hasta aquí, un intento de acercamiento al abordaje y comprensión de aquellas cuestiones que atañen al narcisismo secundario y las posibles consecuencias que derivarían de un mal encauzamiento de la energía que fluye por el psiquismo de cada sujeto tendiente a preservar su propia integridad mental, al descatectizar el objeto amado una vez que este se ha perdido y dicha energía debe reconducirse al propio Yo.

Resulta necesario, por más evidente que pueda parecer, que el propósito de este trabajo, más allá de las exigencias curriculares que así lo demandan, pretendió conformar un proceso que tendiera a un mayor aprendizaje de los sucesos que ocurren en torno a la clínica del narcisismo.

También debe aclararse que la propuesta de este trabajo, en modo alguno pretendió ser abarcativo en su totalidad, de una temática en la que aún queda mucho por explorar, sino simplemente un ensayo reflexivo, cuya finalidad fuese promulgar la búsqueda de fuentes para lograr aunar conceptos que permitiesen una conceptualización más global del tea tomado en consideración.

Citas bibliográficas

1. Freud, S.: Tres Ensayos de Teoría Sexual, A.E., Tomo VII, p. 199, nº 17.
2. Freud, S.: Tótem y tabú, A.E., Tomo XIII, Bs. As.
3. Freud, S.: Introducción al Narcisismo, A.E., Tomo XIV, Bs. As.
4. Freud, S.: Ob. Cit., p. 74.
5. Freud, S.: El Yo y el Ello, A.E., Tomo XIV, Bs. As.
6. Freud, S.: Duelo y Melancolía, A.E., Tomo XIV, Bs. As.
7. Freud, S.: Ob. Cit., p. 71-72.
8. Racamier, C.: Les Schizophrers. París: Edit. Payot.
9. Coordinadora de Psicólogos del Uruguay, Depresión, Montevideo, p. 9.
10. A.P.A.: DSM IV-R – Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Barcelona: Masson, p. 674-678.
11. A.P.A.: Ob. Cit.
12. Freud, S.: Ob. Cit.
13.Coordinadora de Psicólogos del Uruguay; Ob. Cit., p. 94-95.
14. Freud, S.: Ob. Cit., p. 246-247.
15. Freud, S.: Ob. Cit.
16. Freud, S. Ob.: Cit.
17. Garbarino, H.: “Duelo por el Yo y depresión narcisista”. En Estudios sobre Narcisismo, Montevideo: Editorial Roca Viva, p. 62.
18. Kohut, H.: Análisis del self: el tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de la personalidad, A.E., Bs. As.
19. Garbarino, H.: Ob. Cit.
20. Lacan, J.: El estadio del espejo como formador de la función del yo (“je”) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Escritos 1. España: Siglo Veintiuno.

Referencias bibliográficas

ASOCIACIÓN DE PSIQUIATRÍA AMERICANA (1995): Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson.
AUTORES VARIOS (2000): Depresión. Cuaderno de la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay. Montevideo.
El concepto de Narcisismo
—fragmentos de las obras de Sigmund Freud y de Jacques Lacan sobre el narcisismo—.
FREUD, S. (1976): Duelo y Melancolía. Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
FREUD, S. (1976): El Yo y el Ello. Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
FREUD, S. (1976): Introducción al narcisismo. Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
FREUD, S. (1993): Pulsión y destinos de pulsión. Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
FREUD, S. (1980): Tótem y tabú. Obras completas, Tomo XIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
FREUD, S. (1993): Tres ensayos de teoría sexual. Obras completas, Tomo VII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
GARBARINO, H. (1995): Estudios sobre Narcisismo. Montevideo: Roca Viva.
GRAVES, R. (1992): Los Mitos Griegos. España: Ariel.
KOHUT, H. (1989): Análisis del self: el tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de la personalidad. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
LACAN, J. (1966): El estadio del espejo como formador de la función del yo (“je”) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Escritos 1. España: Siglo Veintiuno Editores.
LAPLANCHE, J.; PONTALIS, J. (1968). Diccionario de Psicoanálisis. España: Labor.
RACAMIER, C. (1980): Les schizophrers. París: Payot.


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