Psicopatología psicoanalítica y perspectivismo animista

Chistian Ingo Lenz Dunker
Doctor en Psicología. Psicoanalista
.

Partimos de la idea de que la psicopatología lacaniana articuló la teoría de las estructuras clínicas a partir de una derivación de método del concepto antropológico de estructura. Es en este sentido que las estructuras clínicas en Lacan se presentan como mitos individuales, como cuestiones, como formas del sujeto y del deseo. Ellas deben ser tomadas más como posiciones existenciales, como discursos, o como modalidades de transferencia que como desvíos, anomalías, o pérdida de función.

Junto con el método estructural, Lacan importó su contexto de aplicación, a saber, la premisa totémica, adquirida, por otra parte, por Levi Strauss junto a Freud. El método estructural, conjugado a una teoría dialéctica del deseo y de la historia, permitieron re-escribir el tema freudiano del complejo paterno.

Cabe la crítica de que el discurso sobre la vacuidad del contenido y las puras formas simbólicas características del primer capítulo del estructuralismo, o el discurso de la purificación lógica de la intuición, que marca su continuidad, es potencialmente conformista en relación al meta-diagnóstico de pérdida de la experiencia y su síntoma mas trivial, la hipertrofia de la razón sistémica. Ota llamó aplicación estructuralista a este tercer momento, dispuesto a incorporar el tema de la indeterminación, de formalismo normativo. En él, las descripciones lógicas de las estructuras abandonan definitivamente su función descriptiva y asumen características normativas, procedimentales, y políticas. Si antes las estructuras piensan a los hombres, ahora tendríamos hombres que se piensan a sí mismos siendo pensados por las estructuras.

La psicopatología psicoanalítica viene siendo criticada por su neurótico-centrismo, por su andro-centrismo y por su totemismo naturalista. Como reacción defensiva, se pasa entonces a abogar por un psicótico-centrismo, por un femenino-centrismo, o un relativismo-culturalista. Esta inversión hacia lo contrario preserva la estructura del problema, o sea la centralidad del totemismo y por consecuencia, de la psicopatología basada en las experiencias productivas de determinación. La verdadera crítica debe sustituir la idea de centro por la elipse, de la geometría de la elipse por la topología del toro, o sea una psicopatología no neurótico-céntrica, no se debe contentar con sustituir la de los Nombres-del Padre por los significantes amo, de la neurosis por la psicosis ordinaria ( o por la perversión ordinaria), de lo edípico por lo pre-edípico, sino cuestionar la lógica de la determinación, la razón diagnóstica que preside la construcción y la clínica de los cuadros.

La recusa del totemismo-naturalista, expresado en el mito freudiano de Totem y Tabú, tiene potenciales implicaciones para otro lado de la conversación. Al partir de una distinción básica entre cultura y naturaleza, de la cual el tabú del incesto provee una gramática, el psicoanálisis abandonó el campo de la naturaleza. Ahora, este abandono crea una falsa oposición con la psiquiatría biológica, como si hubiese de un lado una psicopatología de la mente y otra del cerebro. Cruzar el río de vuelta se volvió imposible porque la llave del asunto todavía es la de la cultura con la de la naturaleza. Esto generó una concentración en el segundo polo determinativo, a saber, el de la sociedad. Pero este retroceso no es necesario. Es preciso pensar cual concepto de naturaleza es posible y deseable para la psicopatología psicoanalítica hoy.

El punto problemático es adherir a un relativismo-mono-naturalista, y vernos obligados a defender una psicopatología multiculturalista, que no es, en absoluto, una posición necesaria o decurrente de las tesis lacanianas. Hay otra manera de entrar en la conversación que es abogando un multinaturalismo. No hay ningún motivo, para que en psicoanálisis, defienda la unidad del campo natural, a modo de “res-extensa” cartesiana, ni que ella sostenga que el fondo común entre seres humanos y animales es la animalidad y no humanidad, como piensan los Arawetés.

Como intenté mostrar en otro lugar, la noción de corporeidad en Lacan no es unitaria. Hay una teoría del cuerpo, pero hay lugar para la noción de carne y un para la de organismo. Por lo tanto, la superación del neurótIco-centrismo no se hace, necesariamente, por la admisión del carácter universal de la psicosis humana, como pretende la llamada teoría de la forclusión generalizada, sino puede ocurrir por vías de la recuperación de la categoría de locura, como patología del reconocimiento y del sufrimiento social. La inversión del andro-centrismo tampoco necesita corresponder a su sustitución por el simple opuesto, del feminismo generalizado, derivado de la noción de goce femenino. Lo que nos parece esencial admitir es la existencia de experiencias productivas de indeterminación, equivalente conceptual de la no proporcionalidad entre géneros o entre las modalidades de goce. Pero para eso tendríamos que introducir un tipo de torsión diferente de la torsión simétrica y reflexiva que caracteriza el totemismo.

El animismo perspectivista amerindio tal como descripto por Viveiros de Castro presenta un modelo antropológico concreto, implicando una concepción de reconocimiento alternativa, compatible con la diagnóstica de indeterminación. Al mismo tiempo ella surge como alternativa para sustituir, en la psicopatología psicoanalítica de su actual confinamiento a un multiculturalismo, por el multinaturalismo:

[…] un multiculturalismo supone una diversidad de representaciones subjetivas y parciales, incidentes sobre una naturaleza externa, una y total, indiferente a la representación; los amerindios proponen lo opuesto: una unidad representativa o fenoménica puramente pronominal, aplicada indiferentemente sobre una diversidad real.

La noción de perspectivismo puede ser aplicada a la razón diagnóstica, por medio de la noción forma de vida. Reconstruir una forma de vida no es apenas tomar la perspectiva del otro, de acuerdo con una inversión simple, ni admitir la inversión dupla, tal como en el sentido más común de la dialéctica intersubjetiva. El tercer tiempo de esta gramática de reconocimiento debe admitir que si son las perspectivas las que crean los sujetos, si no hay conmensurabilidad perfecta entre las perspectivas es porque ellas abordan experiencias de indeterminación, una de las facetas más interesantes de aquello que Lacan llamo Real.

Para el razonamiento tradicional, los diferentes grupos clínicos, cuadros, síntomas y signos que componen una psicopatología comúnmente describen variedades del espíritu reunidas en la unidad material y biológica de los cuerpos. Tenemos por un lado la universalidad objetiva de los cuerpos (mono- naturalismo), y por otro la particularidad variable y subjetiva da la significación (totemismo). La promesa de las neurociencias sugiere que será posible detectar, en el interior de la universalidad de los cuerpos, casos particulares que compondrían así las formas de lo patológico. El viejo sueño de reducción que la liga a la serie totémica del padre simbólico, de la función paterna, de la metáfora paterna, el significante amo, de la versión del padre (père-version). Pero trocar el padre por lo real, sin atentar al capítulo perdido del concepto de naturaleza, parece cuento de ahorcado.

En el universo totémico funciones deícticas tales como ” ayer” o “mañana” son tan lógicamente válidas como relaciones de parentesco como ” hijo de”, “sobrino de”, etc ( op. cit, p. 385) y tan naturales como un pedazo de pez o una canoa. Este contexto trivial define la ” normalidad administrada” como aptitud reflexiva: los seres humanos ven a los humanos como humanos y los animales como animales. “Animales” es la función lógica del argumento en la cual podemos sustituir toda forma de vida que no comparta esta ley totémica. Históricamente: locos, bárbaros, extranjeros, marginales, enfermos, salvajes, niños y así sucesivamente. Es en este punto que el animismo plantea una respuesta alternativa. No existen sólo humanos y animales, hay también formas de vida que como ” espíritus”, ¨pedazos de cuerpos”, ” zombis”, y ” hombres hechos a la ligera” pueden ser, por ejemplo, no-todo humanos o aún-no-animales.

Donde el totemismo reconoce una oposición del tipo hombre/ animal, el animismo percibe un número indeterminado de formas de vida, todas ellas ” humanas”, vestidas con las más diversas “ropas” no humanas. Encontrarse con tales formas de vida “desnudas” es un signo seguro de que las condiciones no son normales, o sea, de que la perspectiva no es normal, pero nunca que el otro no es normal. Es en sentido semejante que Lacan dirá que el concepto de semblante está más cerca de la naturaleza que el artificio, o que la apariencia, no se opone apenas a la esencia, sino a si misma tomada en su realidad de apariencia.

Podemos pensar, de modo homólogo, que la oposición entre psicosis y neurosis, la más fuerte oposición estructural de la psicopatología psicoanalítica, es una oposición semejante a la que estamos detallando entre totemismo y animismo. De hecho, desde el punto de vista del totemismo, que privilegia la metáfora como principio de orden y clase, el animismo representa un déficit y puede ser percibido como una ausencia de ciertas determinaciones. Para la actitud totemista, históricamente prevalente en el psicoanálisis, los animistas trabajan con un tipo de pensamiento mágico propio de los niños, de los psicóticos y de los pueblos primitivos, o sea sus operaciones simbólicas privilegian la metonimia y el fetichismo. En cuanto los totemistas se enfrentan con la diferencia, representada por lo patológico, çreando una multiplicidad de culturas, los animistas-perspeçtivistas admiten que sólo hay una cultura, y las naturalezas individuales son las que varian.

Si la paternidad es una relación adoptada por la neurosis como matriz de todas las otras relaciones, la objetalidad, que es una propiedad de los cuerpos o de los seres, es adoptada por la psicosis como matriz de todas las otras objetalidades. Es suficiente imaginar las diferencias psicopatológicas planteadas de esta manera, para comprender que no hay ningún déficit de simbolización en la psicosis, ninguna carencia de función representativa, sino una diferencia en cuanto al lugar de incidencia de la cuestión estructural: el cuerpo o el sujeto. Las tensiones surgidas en este encuentro no necesitan ser vistas como disputas para ver cual es el sujeto que dispone de la mejor perspectiva, sino para definir cual es el mundo que mejor se ajusta a las perspectivas dadas y determinadas.

El perspectivismo amerindio es un perspectivismo somático, en el cual el cuerpo s entendido como ropa, envoltorio o semblante que debe ser continuamente producido o fabricado. La ropa es concebida como producción de un cuerpo, está más cerca de un equipamiento de inmersión que instrumentaliza acciones, que de una máscara de carnaval, que esconde una identidad esencial:

Todos los cuerpos, el humano inclusive, son concebidos como vestimentas o envoltorios; pero jamás se ven animales asumiendo la vestimenta humana. Lo que se encuentra es humanos vistiendo ropas animales y volviéndose animales, o animales despojándose de sus ropas animales y revelándose como humanos. La forma humana es como el cuerpo dentro del cuerpo, el cuerpo desnudo primordial, el alma del cuerpo.

Traducción de Sara Elena Hassan

Por gentileza de Acheronta