Re-planteamientos de lo común en la intervención comunitaria

Alberto Sanen Luna
Psicoanalista. Maestro y especialista en psicoanálisis. Adscrito en el Hospital Psiquiátrico Infantil (México)

Resumen

Al hablar de intervención comunitaria se ha confundido la relación entre individuos con una pedagogía totalizante, a saber, se ha dejado de respetar el saber del otro sobre sí y su comunidad, buscando imponer modelos extraños devenidos de las especialidades en salud mental, produciendo no una puesta en común sino un colonizaje científico.

Palabras clave: otro, salud mental, comunidad, comunión.

Abstract

Speaking of community intervention has confused the relationship between individuals with a totalizing pedagogy, therefore, has failed to respect the other’s know about it and its community, imposing foreign models-turned specialties mental health, producing no commissioning common but a scientific colonizaje.

Keywords: another, mental health, community, communion

“No hay salud sin salud mental y no hay salud mental sin inclusión.”

Toda intervención se sitúa a nivel de una com-unión de tal manera que los linderos del consultorio únicamente son un límite imaginario, un sitio de resguardo; la intervención al impactar en el ámbito de la familia, en las relaciones fraternales y en la comunidad, es una intervención en lo común, llevada a cabo tanto en lo particular y como en lo singular.

En el gabinete se está siempre en presencia de más de dos, es el encuentro de toda una  dinámica antropológica de la psique de los que coinciden por un instante. Este encuentro implica a todos los que viajan con el sujeto, de tal manera que lo que denominamos salud mental comunitaria es la macroproyección de esta situación, donde se multiplica los referentes de uno.

El riesgo actual de abandonar dicha apreciación es alto; inmersos en consideraciones individualistas y parciales, algunas intervenciones tienden al desprecio de la comunión subyacente en los individuos. Algunas sólo realzan la labor de la genética (nivel orgánico del ser) sin percatarse que dicho trabajo de síntesis sólo es posible por un “más que dos” que aportan elementos de sí para la constitución de uno más.

En el otro extremo ciertas aproximaciones que, si bien tienen aprecio por la singularidad y se tornan respetuosas del sujeto deseante, están prontas a abandonar cualquier indicio y saber de la dimensión social, relegándole a este un papel contingente.

El impacto de esquemas de pensamiento como los anteriores determinan que el trabajador de la salud mental en general mire a la comunidad como un ente externo y extraño, y tienda  a taxonomizar lo cotidiano y dirigiendo su intervención a manera de pedagogía totalizante; desplegando un discurso de amo sitúa sus semejantes como ignorantes de su vida y displacer, adjudicándose la figura imaginaria del salvador portador del conocimiento verdadero, este ejercicio de poder contraviene la fundamentación de la praxis pues “el poder, regula, controla lo común y lo amenaza” (Nancy, 2002 46) no lo promueve.

Algunas de las apreciaciones que se movilizan en psiquiatría y psicología comunitaria -pretendiendo ser intervenciones precisas y efectivas o que tan sólo consideran el costo-beneficio, para el Estado, la institución psiquiátrica o el paciente- se desentienden de la vivencia en lo  común. Ninguno sobrevive sin los otros. Por tanto el diseño aún cuando exitoso en cuanto su objetivo -quizás arriesgadamente diríamos- político (entendiéndose como resultante de la lucha de poder y relativo a la polis) se cumple, pero sólo a condición de la imposición de un régimen económico que considera benéfico y beneficioso lo que resulte funcional en una lectura de plusvalía, ocultando que lo funcional puede ser apreciado como el modo en que alguien capta y hace suyos ciertos procederes para con la vida cotidiana.

Resulta indispensable re-considerar la experiencia de lo común; redimensionar lo que nos aproxima al otro, incluso lo que nos emparenta entre todos, “la muerte, el nacimiento y las contingencias de la vida” (Nancy, 2002, 45). Se trata de un intento para resituar en mí al otro, en su dimensión de prójimo (comprendiendo esto no cómo una experiencia de carácter religioso o pedagógico sino en su carácter de marca y sentido del ser) y próximo,  desde allí es posible reconstruir una intervención comunitaria, que tenga posibilidades reales de “rescatar la dimensión del afecto, de poder crear vínculos afectivos con el otro; de trabajar en cercanía de otro ser humano en todos los sentidos desde sus valores, sus costumbres, el respeto por ese otro, la dimensión de la convivencia en la cotidianeidad. Crear la posibilidad de compartir todos los días con ese otro, las necesidades, angustias y alegrías, la posibilidad de integrarse como uno más en el trabajo y no “porque soy psiquiatra me va a tratar de usted y en todo caso veremos cuando lo recibo”, sino tratar de construir “vínculos horizontales” (Cohen, 2001)

Re-entender o al fin entender esto, llevaría a ubicar nuevamente las posibilidades de ser para con el otro y de incluirlo en mí, maneras que conocemos teóricamente como identificaciones,  formas de identicarse e identificar al otro, de tenerlo como referente ya sea como  ejemplo, amigo, ideal o enemigo y que den pauta a una “ética de la solidaridad” (Eitington, 2012) para con el extranjero, fundamentado en “una politica de la hospitalidad” (Derrida, 2008) en el recibimiento de ese que no soy yo.
Las primeras tres formas estan marcadas por el signo de la confianza, del enaltecimiento  y la admiración, fundan un triedro que da paso a la articulación de lazo social multiforme, con pautas medianamente estables y constantes. Implican un estar comprometido o mejor dicho con-prometido,  aceptando al otro y a mi como prójimo. Condiciones que no estan sujetadas a una instancia moral mucho menos a una dimensión  normativa, sino que debe de partir de un verdadero deseo de estar  mejor con el otro, de un estar mejor con uno mismo y de estar mejor entre todos, es una ética en su pleno sentido. Para alcanzarlo debe suscitarse un encuentro, riesgoso por la proximidad y la posibilidad de colisión y violento por la irrupción misma de un extranjero en el sistema (psíquico y comunitario) y una renuncia a la puesta en marcha de prácticas de poder y estrategias de control.

Pero por el contrario, la práctica comunitaria se ha valido sobre manera de la imposición de marcos operativos y antropológicos devenidos del academismo y de la cientificidad; cuestiones que paulatinamente han llevado al interviniente a situarse como intruso y, por la cercanía que guarda este con lo extraño terminar identificado como el enemigo. Este movimiento por parte del clínico, tiene su pivote en una no-identificación, es decir, en la evitación de la proximidad, de allí se dispara la desaparición del prójimo y su cosificacion.

Esta situación afecta a la comunidad pues es motor de una reconversión de las interrrelaciones personales, paulatinamente la comunidad -cualquiera nos atreveríamos a decir- se ha ido constituyendo en un espacio donde el vecino es entrometido, donde el compañero de viaje es visto como ejecutor, donde todos resultan sospechosos, donde podríamos decir se da la extinción de la esperanza y la emergencia del reinado del terror, a saber hemos pasado de la comunidad a la sociedad con la consecuente evanescencia del individuo.

Dichas condiciones se ven dinamizadas e incluso alentadas por un Estado fallido desde sus cimientos y una sociedad en falla desde su ayeres, que van dando la pauta para el surgimiento de nuevas formas de susbsistencia, para la emergencia de grupos que de manera alguna pudiesen ser apreciados como puntos de re-unión ya que tan sólo se juntan y establecen la ocupacion de un espacio y tiempo al unísono, pero que operan a la manera de  células independientes del organismo social, en ellos el interviniente ha devenido un observador apático de los acontecimientos.

Por ello que una intervención comunitaria que sea ante todo una intervención en uno mismo, parte  de la insistencia de que todos somos nos-otros, permitiendo el impacto del otro en mi e implicaría no hacer un simulacro de la ética, para la obtención de datos y riesgos que concluyen por transformar a los sujetos en indicadores.

Debemos de reentender el lugar, el papel y la función que un trabajador de la salud mental tiene en el orquestamiento del devenir cotidiano de la comunidad pues “es claro que un psiquiatra o un psicólogo no construye casas, ni fabrica calzados o elabora el pan, pero tiene que tener claridad que el pan, un calzado o una vivienda son recursos terapéuticos tan o más importantes, que un psicofármaco o la cama de un hospital y deberá coordinar con las instancias del Estado para que los que proveen estos recursos, lo hagan. O sea: integrar en forma efectiva la dimensión social incorporando a las instituciones del Estado encargadas de gestionar la provisión de alimento; vivienda; pensiones; trabajo; recreación y cultura; etc.” (Cohen, 2001)

El trabajo debe ir desde una experiencia común, como es el encuentro, hasta una experiencia en comunión; de la franca relación interpersonal (como diría Sullivan) hasta la puesta en marcha de una puesta y apuesta en común de relaciones guiadas por el “promover la posibilidad de creer, de confiar en el otro. Ustedes lo deben de saber muy bien, porque esa debe ser su práctica seguramente. En la medida que yo sea capaz de confiar en el otro, el otro va a ser capaz de empezar a confiar en sí mismo; si yo empiezo a creer en ese otro, él va a empezar a creer en si mismo y así empezamos a desencadenar este proceso de rehabilitación, de reinserción.”  (Cohen, 2001)

Planteamos  que como respuesta a la tecnificación se debe de revisar cualquier intervención a la luz de un Humanismo, que no humanitarismo, un ejercicio de aceptación por parte de la comunidad y un no violentar los diferentes códigos pre-existentes en la misma, es imprescindible un “cuestionamiento de si”, anterior a la intromisión en los procesos de lo cotidiano que construyen una comunidad, ese cuestionamiento es “la recepción de lo absolutamente otro” (Levinas, 1964: 62)

Referecias bibliográficas

ARGULLO, R. (2000) Aventura. Una filosofia nomada. España: Plaza y Janés.
COHEN, H. (2001): Principios de la salud mental comunitaria, en http://www.psiquiatriasur.cl/portal/modules/wfdownloads/singlefile.php?cid=2&lid=261
DERIDA, J. (2008): La hospitalidad, Argentina: Ediciones de la flor.
EITINGTON, T. (2012): El extranjero, para una ética de la solidaridad. España: Paidós.
HOUNIE, A, (2010): Sobre la idea de comunismo. Argentina: Paidós.
LEVINAS, E. (1974): Humanismo del otro hombre. México: Siglo XXI.
NANCY, J. (2007): La comunidad enfrentada. Argentina: Cebra.