Subjetividades urbanas (violencia, terror y temblor)

Jean Valjean
Psicólogo
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Trabajo premiado en el Tercer Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos realizado por la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo (Argentina).

El mercado global toma lo que considera mejor para reproducir los beneficios y deja el resto; lo que deja no es otra cosa que aquello que no se acopla a su funcionalidad: los sin talento para ganar dinero, los no educados en sus formas, los que no adhieren a su moral. Este ensayo intentará indagar sobre la relación que existe entre políticas de exclusión, violencia social y el exterminio de los excluidos en el capitalismo contemporáneo, pues ello remite directamente a formas de subjetivación que dicho sistema necesita para mantenerse.

En el siglo XIX (Susan George, 2001), los conquistadores incluyeron en sus avances coloniales las tierras, los recursos y personas del territorio conquistado, pues era ese conjunto de activos importante para el sostenimiento de la dominación y la explotación. Asimismo, en el mismo siglo y también en el siglo XX, las colonias recibieron el excedente humano de los países centrales; ello aligeró la presión social, económica y ecológica de esos países. Al mismo tiempo los ejércitos disciplinaban a las masas insumisas; las familias se hacían cargo de los miembros indigentes. Es decir, que los avances de la industria y de la cultura capitalista se produjeron paralelamente al avance de las organizaciones de beneficencia y de contención socioinstitucionales.

Hoy tenemos un mundo lleno, donde los países centrales se plantean que para llegar a un nivel óptimo de población se tendría que reducir; según cálculos de la ONU, para el año 2020 la población mundial oscilará entre 7.200 a 8.500 millones de seres humanos. Esta reducción óptima se alcanzaría con una población de 4.000 millones hacia el año 2020 (seguimos aquí a Susan George, op. cit.). Y el 90% a reducir es población de países pobres.

Estos criterios se fundan en la política que se articula en las nociones de biopoder o de biopolítica. Estas nociones acompañan a los conquistadores modernos en tanto tienen como objetivo ya no la disciplina, el control y el castigo de los individuos identificados con nombre y apellido, sino que se ocupa de los pronósticos, las estrategias y las medidas globales de la población en su conjunto, intentando controlar las relaciones entre la sexualidad, la vida y la muerte.

Su entidad es la población y se entiende con las esperanzas de vida, con las normas de higiene, con las condiciones de salud y los modos de evitar accidentes. De este modo intenta dominar la seguridad e higiene en función de la tasa de mortandad, por ello en el siglo pasado las vacunaciones fueron obligatorias, pues la industria necesitaba que los niños sobrevivieran para convertirse en mano de obra.

Por lo tanto las estrategias de biopoder y de biopolíticas son herramientas preciadas en el intento de ampliar o reducir (como en este período histórico) la tasa de población mundial. Y respecto a la población excluida, ya no hay ejércitos que disciplinen, hoy son cuerpos militares profesionales; hay en los países centrales cada vez menos familias que se ocupan de sus parientes indigentes, y en los países pobres no hay siquiera posibilidades de ello.

Ahora bien, un modo de reducir la población es que las víctimas sean seleccionadas por las mismas víctimas, en tanto pobres delinquen contra pobres que a su vez se defienden. Esa tarea de clasificación queda entonces en manos de los propios excluidos. Pues ya hemos visto que según cálculos de la ONU, hacia el año 2020, la población mundial alcanzará la cifra de entre 7.200 y 8.500 millones de personas —según perspectivas optimistas—, lo que significa una masa humana que estará presionando sobre el sistema capitalista; es decir que para que el mismo sistema funcione de acuerdo a su propia supervivencia, crea la necesidad de producir un genocidio.

Esa estrategia seguramente no será copiada del holocausto provocado por el nazismo, pues allí los victimarios resultaron juzgados por los vencedores y por la historia. Lo que puede gestarse en el actual sistema planetario de globalización, para que superviva el capitalismo y por lo tanto como política del mismo, es una urdimbre de pequeñas estrategias locales que aspirarán a reducir la población en 100 millones por año en dos décadas. Para ello habrá, probablemente, un aumento de la mortandad y consecuentemente una reducción de la fertilidad.

Recordemos que, por otro lado, la política de identidad promueve crear un clima de hostilidad entre grupos raciales, étnicos, de clase, de género, con el fin de reducir la población a partir de matanzas intestinas. Por lo tanto a partir de esa promoción, el individuo se identifica intensamente con un subgrupo étnico, sexual, lingüístico, religioso, y se conecta con una política de los afectos donde ese fuerte sentimiento de pertenencia al subgrupo funciona en detrimento de su autodefinición como filiado a una instancia nacional, o bien como pertenecientes a una comunidad transnacional más amplia.

Esa política de los afectos de pertenencia no sólo instala en cada sujeto la creencia de que los más agresivos particularismos sexuales, religiosos, etc., bastará para sostener su fundamentalismo, sino también deja de lado la noción de ciudadanía en todo nivel social. Se evidencian cambios en esa perspectiva, especialmente en el tramado socio institucional respecto de la acción ciudadana, sus posibles intervenciones y la oposición del gobierno a los movimientos sociales que aúnan y convocan en sí ciudadanos deliberantes y activos.

Pero bien sabemos que aquella política de la identidad permite que cada subgrupo sólo pueda existir en tanto crea en la supremacía de sí y también, correlativamente, en el fundamentalismo que lo sustenta (ya sean negros, blancos, lesbianas, homosexuales, feministas, falócratas, cristianos, judíos o musulmanes).

 Es también evidente que grupos de profesionales son operados por esta política de los afectos identitarios, así la preocupación por sus derechos obtura la visibilidad de un conjunto humano que lo contiene. En tanto cada uno esté sólo trabajosamente preocupado por sus derechos (ya sea a recibir trato especial por errores del pasado, o bien porque son violentados actualmente), se potencian las fragmentaciones y las diferencias.

No será infrecuente que esas políticas también promuevan el asesinato de sus líderes, para fogonear más aún el odio racial, de clase, etc. Y ello no está lejos de la creación de guetos dentro de los mismos países.

En casi todos los países latinoamericanos las villas miseria y las llamadas favelas en Brasil, se hallan guetizadas en función de la desconexión cultural, urbana, económica de estos enclaves marginados al resto de los barrios formales. Se produce entonces un proyecto urbano que tiene como esencia una red de relaciones intersubjetivas que da consistencia a la desconfianza, el recelo y la hostilidad mutua entre uno y otro sector de la población. En la mayoría de las grandes ciudades de Latinoamérica, la población marginada sale mayoritariamente de su gueto por la noche, como un cuerpo social poco visible entre las sombras, pero inevitablemente presente, para recoger desechos de comida, vidrios y cartón. Es una sinuosa línea de pobreza que traza el límite entre dimensiones socioculturales, económicas y en algunos casos también étnicas, en una otredad radical [1].

Incluso podemos comprender cómo desde algunos sectores del Estado y también de los sectores empresariales junto a medios de comunicación, se propaga un  discurso que racializa la población marginada (villera en Argentina, favelizadas en Brasil, por ejemplo), y ello se revela con las políticas de moralización que los gobiernos llevan adelante (ya sea dictaduras o democráticos). Así el gobierno municipal de la Ciudad de Buenos Aires, en su política de erradicación de las villas miserias de los años 1994-96, desplegó en su discurso de justificación de la medida, elementos raciales al hablar de la población villera [2]. Pero también “esta racialización (discursiva y práctica) de la población villera se conjuga y refuerza (en Argentina) con su extranjerización. Así, el villero, sea boliviano, paraguayo o provinciano (pero siempre, “no de aquí”) termina siendo (construido como) el otro repugnante y nocivo” [3].

Por lo demás, esta racialización no se limita a los discursos y prácticas de gobierno, sino que son asumidos fácilmente por la clase media que reacciona frente a los “…negros villeros” —acusación que combina el estigma de clase, lugar y color—…“ [4]. Y ello se complementa con las políticas de penalización y encarcelamiento cada vez más endurecidas, con la clientela de las cárceles, que como sabemos son los sectores marginados y excluidos en lo estructural, pero con inclusión cultural al sueño del consumismo.

Debe reconocerse que hay algunas ventajas para el capitalismo en las políticas identitarias, pues al centrarse la población en el quién es cada uno, en oposición a quién es el otro, se bloquea la solidaridad y ello desbarata cualquier oposición a dicha política; se impide así la creación de frentes y alianzas, de reconocimientos mutuos. Por otro lado esta misma política, que modela los modos de sentir y de pensar de millones de sujetos, trabaja sobre esos modelamientos para promover conflictos internos, mantener separados a los distintos subgrupos y sus miembros e impedir visualizar, por lo tanto, a los verdaderos gestores de la dominación.

Por lo visto, es la política de la máquina paranoica que en su síntesis de disyunción (ser–no ser) crea series divergentes, sobrecodificándolas en función de algún mito de origen. Si reconocemos a los diferentes racismos, encontraremos que esas identidades son en verdad recientes, y si no lo fueran, el centramiento en el quién es prolifera una multiplicidad de fragmentos que se afianzan en retazos de verdades que actúan como causas absolutas que mandan desde el fondo de la historia. Tomemos el ejemplo de cómo los conflictos contemporáneos han adquirido en voces de sus representantes una base fundamentalista. Si recordamos los mensajes de la casa Blanca, entre ellos: vamos a eliminar el Mal de este mundo, es porque se está parado en la vereda benemérita de los Cruzados del Bien, ¿pues que sería el uno sin el otro? Por otro lado los fundamentalistas islámicos reciben de Alá el mandato de la inmolación con su paraíso prometido. Asimismo las matanzas de Sabra y Chatila, fueron justificadas por ser un mandato que el pueblo judío recibió de Jehová.

Este regreso a los Fundamentos Últimos, a las Verdades Consagradas como una Palabra legitimante que desde la base de la historia ordena aún el presente y seguramente todos los presentes que se sucedan. Y se justifica la imposibilidad de toda coexistencia entre judíos y palestinos, entre cristianos y musulmanes, a partir de acuerdos hechos entre los hombres de hoy, en mutua colaboración en la construcción de un solo territorio humano. Si bien ello puede resultar altamente improbable, es significativo el diferencial posicionamiento frente a la Causa que presentan los movimientos que proponen alternativas a los fundamentalismos, ya sean éstos de Mercado, de Oriente u Occidente, pues estos movimientos saben bien que detrás de las Causas se hallan los intereses de sus representantes en tanto mantenimiento del poder y del dinero. En tanto las masas estén convencidas en que el mandato de la Causa aún opera como una realidad fundante que manda desde la Historia, como pensamiento y acción excluyente, la paz no será posible, porque impide el encuentro entre los hombres en tanto son manipulados por la política de la identidad.

Contrariamente, si los hombres son los que toman en sus manos la tarea de tejer una urdimbre de sentido que los haga convivir y coexistir en un mismo territorio, en un mismo mundo, sin negar su identidad étnica pero dejando de lado el exclusivismo y abandonando la legitimación del aquel mandato sectario, la paz puede ser alcanzada. Pero para ello deben dar la espalda a la Causa y sus representantes y ejercer un muevo tipo de ciudadanía. Y esa paz será siempre inestable, pues recordemos con M. Foucault, que estamos en guerra permanente, y la paz es sólo una instancia que media entre combate y combate. Pero, en este campo minado ya es un alivio no pisar un detonador.

Si retomamos nuestros argumentos acerca de la fragmentación que postula la política de la identidad, también es necesario ser conscientes del desprestigio que sufren algunos líderes que luchan contra las tensiones étnicas, raciales, religiosas. Además, las estrategias de la política de la identidad se articulan plenamente a los programas de ajuste, y a las disciplinas neoliberales; pues se obliga a los gobiernos a integrar sus economías nacionales a la globalización y esto gesta el marco para que grupos dominantes locales se enriquezcan, a partir de los bajos salarios, mano de obra barata y maleable, menos intervención gubernamental, etc. Ello es posible en tanto hay luchas fraticidas en esa comunidad.

Quizás un ejemplo de ello sea la política de inseguridad que se disemina en gran parte de Argentina y Latinoamérica. Esa proliferación de atentados, robos, secuestros, gesta no sólo una cada vez más fuerte sensibilidad a lo que se percibe como peligro, sino también que promueve el refugio en identidades de clase, religiosas, étnicas, donde se intensifican las tensiones entre los grupos, los barrios, los vecinos, las comunidades. Esto es en verdad un dominio invisible que manipula los afectos y afectaciones en torno a la política del o. Y ello requiere, por lo visto, un modo de ser ciudadano —adocenado a las instituciones que no le pertenecen y lo dominan haciéndole creer que es libre— ; ese modo se acopla a esa política de proliferación de violentamientos muchas veces invisible.

Veamos la declaración de un habitante de un barrio negro norteamericano: “Mira, antes, si dos pandilleros querían pelear, dejábamos que los dos tipos se agarraran uno contra otro. Pero ahora no es así: si quieres pelearme, yo voy a buscar un revolver para pegarte un tiro; ¿te das cuenta de lo que digo? Cada vez que consigues un arma, eso es lo primero que piensas: nada de tratados de paz y dejar que estos dos tipos se peleen y arreglen sus asuntos como verdaderos hombres grandes. Ahora estoy asustado, porque estos tipos no tienen… quiero decir, ¡no le dan valor a la vida, ningún valor!” [5]

En Argentina y otros países del cono sur, se propaga el discurso de la “tolerancia cero” frente al delito, compuesto en los últimos años a partir de un aumento del índice de criminalidad, como efecto de las políticas de producción de desempleos en todo el mundo; pero también —recordando a R. Merton, sobre el que profundizaremos más adelante— por la publicidad que despliega el sistema acerca de que el que quiere puede vivir dentro del sueño neoliberal. De acuerdo con la Secretaría de Seguridad de la Jefatura de Policía (Bs. As.), entre los años 1991-96 aumentan los actos delictuosos el 68%, asimismo, la tasa de delincuencia aumentó en el mismo período de 77 a 111 cada 10 mil habitantes [6].

Nos dice Loïc Wacquant [7]: “… la línea de pobreza, que equipara la pobreza con los bajos ingresos, ignora y oscurece las dimensiones simbólicas, las características específicas de los procesos de exclusión social”. Este investigador propone analizar la miseria y el delito no como regiones que bordean un sistema que se enriquece, progresan e incluye relativamente (como ocurrió con el Estado de Bienestar), sino que analiza esos fenómenos (el de la miseria y exclusión), como una producción necesaria de esta sociedad en la que progresan algunos, marginalizando a otros. Surge de este modo el “Estado Penal”, justificado por una serie de enunciados que criminalizan la pobreza y que se hace visible con aquellas políticas que aumentan las detenciones y con ello la población carcelaria, junto a la exigencia de “tolerancia cero” con el delito. Además, como al Estado no se le puede exigir seguridad contra el delito, se redoblan las penalizaciones contra el mismo y se recurre también a la seguridad “por mano propia”. Y ello encaja como estrategia con una ideología que necesita del acoso y del desprecio al más débil, suprimiendo en general cualquier posibilidad, en el ciudadano común, de vivir estas situaciones como injusticias, pues aquí también surge el necesario chivo emisario, el marginado y desclasado. Pues también, como lo dice Alejandro Portes “el grave error de las teorías sobre los barrios bajos urbanos ha sido transformar las condiciones sociológicas en rasgos psicológicos e imputar a las víctimas las características distorsionadas de sus victimarios” [8]

En síntesis creemos que es sobre ese o que las víctimas de esa política se mantienen bajo control, seleccionándose cada vez más conscientemente a aquellos que deben pagar con la vida no ser o no caber en este mundo. Esa es una verdad acerca del pertenecer. Pero no la única pues puede pertenecerse de múltiples maneras, sin exclusivismos.

Por tanto, la conectividad como estrategia de tejido conectivo entre los grupos, los hombres y sus subjetividades, permiten suponer verdades relativas, epocales, que surgen del mismo acontecimiento. Y con esas verdades relativas se revela la amistad en tanto el otro no surge en el horizonte como mi límite. Así, nos encontramos en la oposición de dos planos, uno de ellos, de trascendencia, donde la verdad preexiste y se instala imperando como mandato venido del fondo de la historia. El otro plano, el de inmanencia, establece que la ciudadanía (globalizada) participante y creadora del sentido de sus instituciones, sitúe verdades inherentes a la situación, pero portadoras de una eficacia que permite la verdadera amistad entre los hombres.

Contrariamente, la disyunción, consustancial a las identidades fijas y absolutas, no significa sino la persecución mutua entre subgrupos, con una política de la pertenencia determinada, y ello se opone, manifiestamente, a la ética de la amistad, donde la conjunción, es el pivote sobre el cual se tienden las cuerdas de sentidos nuevos y originales que hacen del ser un puro devenir otro.

Siguiendo la argumentación anterior, y adelantándonos al apartado, la linealidad del tiempo cronológico actúa como obstáculo pues impide considerar que el todo no es el conjunto de las partes; pues si ello es así considerado, debe comprenderse que lo universal (el todo) forma parte de la situación singular (la parte) y no al revés, y ello deriva en que esa situación concreta (la parte) posee en sí su propia identidad, y ya no depende de la situación universal, es decir no existe sólo porque el todo como totalidad le otorga existencia y sentido.

De acuerdo con ello, cada situación no debe, necesariamente, encajar en la estrategia global; y esto significa que no importa el objetivo final sino cómo cada situación encierra en sí misma una verdad parcial, independiente de una verdad universal. Esa verdad universal permitió que se llevaran adelante genocidios y múltiples horrores, pues en nombre de Verdades abstractas tales como Mundo Occidental y Cristiano, Patria, —y otros que se sustanciaron en la política de la identidad y pivotaron en la disyunción exclusiva—, se sepultó en el barro y en la sangre a una generación de argentinos (1976-1983). Pero también en nombre de la Verdad del Primer Mundo y de una pertenencia ilusoria e infantil, se liquidó lo que restaba de un país (1990-2001), desolándolo y haciendo de él un desierto, promoviendo otro genocidio (el de los niños y adultos pobres), con el arma del hambre y la represión.

Y en ambos períodos hubo verdades que se repitieron en el imaginario social aunque con características diferenciadas, entre ellas mencionaremos al silencio como mandato, en uno y otro período.

Durante la dictadura ese mandato que casi obligaba a ignorar lo que sucedía con la represión, se acercaba mucho al mecanismo de la renegación, en tanto el sujeto no daba por veraz la realidad que aparecía frente a él. Y se creó así una subjetividad determinada, en un caldo de terror.

Durante la década del 90, se extendió un fenómeno, menos mortífero que el anterior, de silenciamiento social respecto del vaciamiento del Estado y de las empresas públicas. Esa aceptación ya no operaba mayoritariamente por represión, sino por convencimiento de los ciudadanos, en función de la inserción en un modo de vida propio del Primer Mundo. Este silencio por consentimiento mayoritario se parece más a la ilusión como creencia infantil, dominada por el pensamiento mágico de la integración económica y cultural.

Las significaciones centrales en nuestra cultura como el machismo y el racismo, también son matrices de verdades que se instituyen como identitarias y absolutas, funcionales al capitalismo actual; las subjetividades perciben a las diferencias finitas como diferencias absolutas, y en consecuencia despliegan una ciudadanía que lucha por su sometimiento y no por su emancipación, pues al decir de Carlos Marx, no puede ser libre quien somete a otro.

Fragmento de obra de Darío Fo

El actor y escritor Darío Fo (Premio Nobel de Literatura 1997), es un autor que incomoda el buen juicio de los intolerantes. Respecto de la intolerancia es muy esclarecedor el párrafo que desgrana el personaje del Juez de su obra El diablo con las tetas[9], quien dice (de cara al público):

Pero sobre todo quisiera dedicarme a los que esta noche no están…Y si están, están bien enmascarados y escondidos. Me refiero a aquellos espectadores que solamente se ríen si están bien seguros de que se ironiza sobre los demás, los otros, y no importa qué otros. Si se parodia a los que hablan de un modo distinto o a los que llegan de un país distinto, que tienen otro olor, otra transpiración, otro color, desde la cabeza a los pies, y gritar: ¡Ándate a tu país! ¿Por qué no te vas a tu casa? Y si les tiras una piedra o los molés a palos, ¡mejor! Esos que en cada oportunidad dicen: nosotros somos de otra raza, fina, superior. ¡Somos los mejores! Los más inteligentes, los más pícaros. ¡La tenemos más larga! En fin, estoy hablando de los imbéciles, que son una raza muy numerosa. Los imbéciles que a cada momento levantan banderas y cantan himnos, y que están convencidos de que están haciendo “la historia”. Y se tiran contra cualquiera que esté del otro lado del río. Los imbéciles son aquellos que no saben escuchar otros discursos que no sean los propios discursos. Los imbéciles que aplauden cada picardía, que dicen: este nuevo caudillo es un ladrón más, pero si roba para él, ¡nos va a dejar robar un poco a nosotros! ¡Los imbéciles producen desastres tremendos y no se enteran de nada! Y quiero concluir que yo, personalmente prefiero mucho más a los delincuentes de profesión que a los imbéciles normales. Por que los delincuentes, de vez en cuando descansan…¡Los imbéciles jamás!

Mitos y exclusión

Se fueron generando mitos, como corresponde a la legitimación de las instituciones. Entre ellos, en Occidente, la Razón Ilustrada crea en la Historia el mito del Hombre Triunfante, a partir de naturalizar las convenciones de la etnia occidental. Y para ello, esta ideología necesitó, por ejemplo en Argentina, convertir en chivo expiatorio por un lado a los indígenas en el interior del país, para expropiar sus tierras, y por otro a los anarquistas venidos de afuera pues representaban un peligro latente, pero también a los ineducables por el sistema escolar.

Asimismo, para la detección minuciosa de aquellas desviaciones, fue utilizado el aporte de la cefalometría, la antropometría, y la osteoscopía. Sin embargo, las contribuciones más importantes, recogidas en todo el mundo, provinieron de Europa. La criminalística tuvo su apogeo con su apologista más agudo, el mencionado Cesare Lombroso, quien en el siglo XIX caracterizó al criminal de acuerdo a los rasgos físicos y a las determinaciones genéticas. Esto permitió que se pudiera determinar la insanía como base de la decisión jurídica de exclusión de derechos; los primeros en hacerlo fueron los alienistas y los médicos psiquiatras. Pero otras profesiones surgen en el devenir del siglo XIX, entre ellas la antropología, la sociología, la psicología, etc., que producen su impronta en un encuadre cientificista legitimador de la segregación.

 Los que quedan expropiados de aquellos derechos son los acontratables, los dementes, los idiotas, Estos últimos eran sujetos con capacidades mentales diferentes que se asimilan a la categoría de enfermos mentales, pues la idiocia es considerada una de las cuatro formas de psicosis por Ph. Pinel —estas son: manía, melancolía, demencia e idiocia—. Esta última la define Pinel como la ausencia de todas las facultades mentales, y existían casos donde se revelaba esta enfermedad por el signo de la alteración craneana, terminando de explicitarse a partir del cretinismo. Por último los criminales se agregan a la lista de los acontratables.

Es por ello que la población anormal que ocupaba un espacio público (junto a la cultura inmigrante, la ineducabilidad de algunos niños u otros insumisos), que se desplazaba como una parte del dominio aleatorio de la sociedad (también la locura en la época clásica, nos aclara Foucault), tuvo que soportar el abordaje del pensamiento positivista y racionalista, moderno, clasificatorio y excluyente. Así ese espacio para los corrimientos y despliegues fue acotado y sistematizado con un pensamiento “positivo”. Por ello eran citados con frecuencia autores como el mencionado Cesare Lombroso[10], quien en su función de antropólogo criminal hacia finales del siglo XIX, declaraba que los rasgos fisiognómicos eran determinantes para la realización de un diagnóstico de degeneración y otras patologías asociadas (en las que se incluye la actitud homicida). Es así que este positivista, de neto corte darwiniano, reconoce a “la anomalía más atávica en los criminales por el hoyuelo en el medio del occipital…” (p.10).

El mismo M. Foucault [11] (1998) nos dice de Lombroso: “la ciencia biológica, anatómica, psicológica y psiquiátrica permitirá reconocer de inmediato, en un movimiento político, al que se puede convalidar efectivamente y al que hay que descalificar. Es lo que Lombroso decía en sus aplicaciones de la antropología”

Esos mitos se fundieron con los más propios del capitalismo, entre ellos el del progreso indefinido, el de la igualdad de oportunidades, el del ascenso social progresivo, el de la libertad individual. Ahora bien, ¿es posible ligar aquellas representaciones creadas hace más de 100 años con la actual crisis del capitalismo financiero, en función del desfonde de las subjetividades actuales? Veamos esto.

Recordemos que el proceso de privatizaciones en Latinoamérica de las Empresas Públicas en los años ´90, junto a los efectos propios de la política neoliberal, promovió una multiplicación de despidos y generalizó el desempleo. El discurso oficial insistía que las condiciones de reinserción laboral se darían en tanto los desocupados pudieran prepararse, reeducarse y aprender el uso de tecnología de punta para encontrar un puesto de trabajo. Y ello resultó una gran ficción, un verdadero mito, pues no eran esas las condiciones indispensables para encontrar trabajo, sino que en realidad no había oferta laboral que contuviera tal masa de desocupados. Pero este argumento de la formación recreó la noción de un trato despectivo hacia los pobres y desempleados, en tanto se les atribuye educación inferior, que solo sirven para determinado trabajos, y que en definitiva son responsables excluyente de su propia situación de desempleo.

Es interesante constatar que no existía aquí la justificación del “color de piel diferente” sino que la diferencia es esencialmente social. Aunque ideológicamente es un elemento fuertemente diferenciador que justifica la pobreza por la “desidia” y “falta de iniciativa” del pobre, que en el devenir del tiempo se convirtió en indigente. Actualmente algunos discursos mediáticos (radio y televisión) hacen hincapié en que los desocupados subsidiados por el Estado, en verdad, si les ofrecieran trabajo, no los tomarían, pues no desean trabajar. Se propone así crear condiciones de justificación de la supuesta inferioridad de los desclasados, de su debilidad y falta de capacidad de resolución e inteligencia.

Esta interpretación deriva de la influencia del pensamiento positivista donde la evolución de la sociedad se produce según el modelo de la evolución orgánica y la supervivencia del más apto. De este modo, si interpretamos desde esta corriente de pensamiento al delito creciente en la sociedad, veremos que es entendido como una excrecencia de la misma “producto de actos irracionales o el resultado de una falta de represión y control sobre el “sí mismo” que se alcanzaría con la evolución y progreso de la sociedad” [12]. Se erigen entonces modos de interpretar la criminalidad desde el modelo del déficit, ya sea por la privación económica o bien por la privación cultural [13]. Uno u otro positivismo, social el primero e individual el segundo –de acuerdo a la cita anterior-, compiten por la causa del delito, pero no tienen en cuenta lo que Robert Merton aclara en su artículo Estructura social y anomia [14]; esto es, que el delito y las “desviaciones” se producen cuando hay integración cultural  pero al mismo tiempo hay exclusión económica. Incluso en Brasil, en el año 1983, el presidente de una facultad privada de Río de Janeiro, presenta la reedición de los libros de Lombroso; así dice en la presentación: “Las facultades Integradas Estación de Sá, se enorgullecen en poder devolver a la inteligencia brasilera un contacto que se perdiera (…) Las ideas básicas de la escuela positivista italiana pueden ser resumidas con lo siguiente: Ellas estudian la criminalidad a partir de la presunción de que las causas naturales del crimen son encontradas en criminales individuales. Ellas acreditan que existen diferencias fundamentales entre criminales y no criminales, pues el criminal es un hombre menos civilizados que sus contemporáneos (…) Siendo convincentes que la tendencia de los criminales son heredadas y los criminales de nacimiento son incorregibles” [15]

Estas teorizaciones se pueden trasladar al ámbito social y también educativo, donde aún perduran en el sistema consideraciones acerca de incapacidad de algunos niños de proseguir con el currículum estandarizado (intento de integración cultural), y ello se atribuye a su condición social, a su falta de inteligencia y también a su origen étnico o social; pero en realidad se produce pues las exclusiones estructurales no pueden integrar las diferencias de modos y tiempos para aprender ya que no se compadecen con el currículum estándar.  Porque se pretende absurdamente que, por ejemplo, niños y niñas que trabajan en las calles mendigando tengan una cultura enciclopédica o “refinada”, pues como aclaraba Bernard Shaw: se les prepara para que sean lustrabotas y después se les reprocha que sean lustrabotas. Nuevos ejemplo de la racionalidad instrumental.

La crisis que tensiona interiormente a la Argentina y otros países latinoamericanos, resquebrajó la ilusión de que todos podemos hacer negocios o bien que el que está preparado puede ascender en la escala social, y que, además, los más aptos hacen verdaderos negocios. Así, las subjetividades, bajo el sol de las representaciones creadas por la noción de autonomía de la máquina económica respecto de lo político, se moldeaban en la creencia de que la lógica económica es una lógica suelta; de que el responsable de su situación es cada cual exclusivamente, y se halla sin posibilidades de transformación desde los anclajes en la realidad cotidiana. Ello no genera sino una exposición casi sin defensas a las contradicciones más viscerales del capitalismo financiero. Veamos algunas de ellas y sus consecuencias en las representaciones de la subjetividad contemporánea.  Como ejemplo de acciones que se liberan de esas ataduras teníamos al club del trueque en Argentina, red de intercambio de productos —alimenticios, vestuarios, y otros— que prescindía del dinero formal para realizar ese intercambio (que se realiza con créditos como valor acordado entre los miembros del club). Con los créditos se podía veranear, comprar inmuebles, adquirir autos usados; incluso se habían sumado al sistema pequeñas y medianas empresas junto a otros servicios prepagos.

Ello provocó serias preocupaciones en los poderes establecidos, ya que el volumen circulante alcanza los 40 millones; a tal punto es la inquietud que esos poderes inundaron de créditos falsificados al mercado del trueque, desestabilizándolo seriamente. De ese modo se propaga la idea de que nada de las acciones humanas queda por fuera de la lógica implacable del beneficio. Nada puede perderse ni nada está por fuera de la cuantificación.

Además, el sentimiento más fuerte y generalizado en la población de algunos países de la región, entre ellos la Argentina, es el miedo, en todas sus variantes, pero principalmente aquel que se manifiesta a través de la angustia y con la sensación de encierro. De acuerdo con el servicio telefónico Salud Mental Responde una empleada pública dice al respecto: “Tengo mucho miedo. Es la primera vez en muchos años que hablar con mis compañeros de trabajo no termina de alcanzarme. Todos decimos lo mismo, todos tenemos el mismo miedo y estoy sin acercarme a ellos, pero tampoco puedo hablar con mi familia. Siento que si llevo mi angustia a mi familia les sumo un problema en lugar de resolvérselos.” [16]

Este silenciamiento forzado, que opera como un mandato que induce a guardar silencio puede entenderse como un intento de renegación de lo social. Esta renegación significa no considerar como existente lo que la realidad muestra con toda evidencia (la inseguridad, el temor al futuro, la inermidad frente a los acontecimientos). Así, cuando el denominador común es el pánico (se multiplican como síntomas los ataques de este tipo), el silencio opera como un reforzador de ese pánico.

Por otro lado, cuando se produce de manera masiva una identificación a la norma del silencio, pues no hay dónde ni ha quien decirles sobre los propios sentimientos y afectos, se llega progresivamente a un aislamiento individual que termina por desgarrar aún más al sujeto. Pero ese desgarramiento del mundo simbólico se articula y potencia con otro tipo de separaciones, en este caso entre las clases sociales y entre los grupos.

Ese desgarro de ninguna manera es inocuo, postula enunciados en cada clase social, pero los más expuestos son los recientemente desclasados de los sectores medios, los desocupados y también los históricamente marginados. En Argentina, de acuerdo a los datos del INDEC [17], en 2002 la brecha que separa los ingresos de los más ricos de los más pobres se amplió a 29,8 veces; es decir, que en el contexto de un ajuste generalizado, los sectores que menos ganan fueron los más afectados por los efectos de la devaluación y la inflación. Dice el mismo organismo que en 1974, aquella distancia entre ingresos de ricos y pobres era de 12,3 veces. Y en el transcurso de la última década fue aumentando progresivamente esa brecha (en 1990 era de 15,6), pues no todos perdieron por igual porque se incrementó la transferencia de riqueza de los sectores de menores recursos hacia los estratos más altos.

A partir de ello, cada uno sospecha de lo improductivo de su lucha cotidiana, pues sin saber exactamente cómo se hunde cada vez más en la arena cenagosa de la realidad que intenta tragarlo con disminución de consumo, con resignación de posiciones sociales y de posibilidades futuras para sus hijos, no ya sólo para sí mismo. Y ello supone un verdadero estancamiento simbólico, tal como lo plantea S. Zizek, para quien “la violencia real es una especie de escenificación que surge cuando la ficción simbólica que garantiza la vida de una comunidad está en peligro” [18].

¿Es “razonable” entonces que el capitalismo crezca e invierta allí donde ha fracasado? Las inversiones más importantes en los EEUU (Susan George, 2001) se han producido -desde el año 1995- en el aumento de seguridad, en la construcción de prisiones y el tratamiento contra el cáncer. En los dos primeros rubros, podemos preguntarnos si en verdad eso que llamamos fracasos no es consustancial al funcionamiento del sistema. Si las consecuencias de inseguridad y aumento de delincuencia no forman parte de las “consecuencias necesarias” del sistema. En EEUU, se gastan hoy en día, más de doscientos mil millones de dólares al año en la industria del control del crimen [19]. Y los jóvenes del gueto sólo conocen al Estado a partir de la presencia de la policía, el guarda de prisión o el oficial de justicia que vigila la libertad condicional. Asimismo, en ese país se triplicó en 15 años la población carcelaria (de 494.000 en 1980 pasó a 1.500.000 en 1994) (ídem); en su mayoría esta población está compuesta por jóvenes pobres urbanos de origen afroamericano. Uno de cada diez jóvenes de 18 a 34 años de ese origen está en la cárcel (ídem).

Y este análisis debe complementarse con la mención de las contrarreformas penales y penitenciarias, que aumenta aún más los aspectos irracionales del sistema; pues se edifican cárceles de máxima seguridad, con severos aislamientos carcelarios a partir de regímenes celulares, y ello en el marco de un debate acerca de los cumplimientos íntegros de las condenas o bien otro tipo de iniciativas semejantes. Pero lo cierto es que aquellas políticas que buscan la prevención especial positiva (rehabilitación) del condenado, dejan paso en estos últimos años a la política de prevención especial negativa (incapacitación). Y aquello que entendemos aquí como “irracional” en verdad conforma una lógica donde hay clientelas penitenciarias que se forman y reclutan en los sectores más marginados de la sociedad. Esta exclusión y su consecuente encierro de ninguna manera persigue la resocialización del condenado, antes bien, esa exclusión que es el encierro carcelario se ordena en esta filosofía punitiva a pesar que la población penitenciaria sigue en constante aumento, y con ello el aumento de la tensión y el delito dentro de las mismas cárceles. Así es que la fuerza penitenciaria muchas veces es la  encargada de “liberar” presos para que delincan y también la policía lo realiza en las comisarías donde se alojan detenidos, —entre otros delitos que cometen las fuerzas del orden— [20]. Podemos observar cómo de ninguna manera la reinserción del condenado es un objetivo evitado para esta lógica de funcionamiento, ya que de acuerdo a un famoso pensador italiano (A. Baratta): “la cárcel no puede producir efectos útiles para la resocialización del condenado (…) a pesar de esto, la finalidad de una reintegración del condenado en la sociedad no debe ser abandonada, sino que debe ser reinterpretada (…) La reintegración social del condenado no puede perseguirse  a través de ella, sino que debe perseguirse a pesar de ella, o sea buscando hacer menos negativas las condiciones (de vida en la cárcel)” [21].

En realidad cuando crece el capitalismo no genera mayor bienestar, en todo caso, como una máquina estropeada crece rompiendo piezas que repara o desecha para seguir funcionando rompiendo piezas. Así, produce delincuencia y a su vez la destrucción vital de lo humano con el encierro carcelario. Y sobre esas condiciones podemos hablar de un genocidio donde millones de personas en América Latina viven su lenta muerte en los corredores de las cárceles, en los campos y colonias de trabajo, en el aislamiento celular, institutos asilares y psiquiátricos; por ello “las funciones que el sistema penal debe cumplir se han revelado claramente: eliminación (física) y neutralización (arquitectónica, mecánica, etc)de los transgresores de la Ley penal constituyen los pilares fundamentales sobre las cuales se asientan las campañas de “law and order”, “tolerancia cero”, etc., que alimentan semejantes resultados” [22].

Todo ello, desde la racionalidad propia de la razón occidental es racional; en otro momento ahondaremos sobre esta problemática cuando puedan indagarse las condiciones de percepción de desigualdad que alimentan el delito y el aumento de la violencia delictiva.

Notas

[1] Asimismo, L. Wacquant ( Los parias urbanos, 2001) analiza estos procesos de guetización en los barrios negros pobres norteamericanos y en la banlieue francesa, y ello aporta en un sentido epistemológico junto a principios metodológicos que pueden ser útiles para analizar, una vez adecuados a nuestro medio, la pobreza urbana latinoamericana.
[2] Ver Wacquant (2001), p. 25.
[3] Ídem, p. 25 y 26.
[4] Ídem, p. 26.
[5] Ídem, p.51.
[6] Ídem, p.21.
[7] Wacquant, Loïc; Las cárceles de la miseria. Manantial. Bs. As. 1999.
[8] Citado en Wacquant, Loïc; Los parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos de milenio, op. cit. p. 93.
[9] Fo, Darío; El diablo con las tetas. Traducción de Alicia Martínez Pardies. Radar. 12-97.
[10] Lombroso, Cesare; Los criminales. Tor. Bs. As. 1943. p. 10.
[11] Foucault, Michel; Los anormales. F. C. E. Bs. As. 2000. p.147.
[12] Pegoraro, Juan; “A modo de presentación: el síndrome de Aladino y la inseguridad ciudadana”. Revista de Ciencias Sociales Delito y sociedad. Nº 14. Santa Fe. 2000.
[13] Véase por ejemplo la obra de Gottfredson  M. y Hirsch, T; Una teoría general del delito. Stanford University. 1995.
[14] Recordemos aquí la conclusión de Robert Merton (“Estructura social y anomia”. En Teorías y estructuras sociales. FCE. México. 1954) que al estudiar en la década de 1930 la relación entre violencia, delito y economía, afirma que muchos países pobres tienen índices delictivos más bajos que algunos países ricos, y de ello resulta que una sociedad con alto estándar de vida no necesariamente tendrá menos delitos, ya que en verdad, para Merton, el delito se produce donde hay inclusión cultural y exclusión estructural, es decir, económica. De este modo, podemos decir con este autor, un clásico en el estudio de la criminología, que lo que da lugar al delito no es la privación material por sí misma, ni tampoco lo genera la carencia de cultura; sino que se produce cuando hay privación económica en el seno de una cultura que incita a la meritocracia, al sueño de que todos tienen oportunidades de estar incluidos.
[15] Tavares dos Santos, José; “O saber do crime, a noçâo de violencia e a seletividades penal” En Revista  de ciencias Sociales. Delito y Sociedad. Nº 14. 2000. (Traducción hecha por mí).
[16] Estas declaraciones demuestran que en muchos casos la crisis económica sólo profundiza situaciones existentes, sin embargo agudiza el individualismo, el aislamiento multiplican los actos impensados, de origen inconsciente (que podrían llamarse comúnmente “irracionales”). Declaraciones obtenidas de Diario Página 12, 13-01-02.
[17] Bermúdez, Ismael; “Los ingresos de los ricos superan 30 veces a los de los pobres”. Diario Clarín; 14-01-03. p. 8
[18] Zizek, Slavoj; El acoso de las fantasías. Siglo XXI. México. 1999. p.109.
[19] Wacquant, Loïc; Parias urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos de milenio. Manantial. Bs. As. 2001. p.115.
[20] Para indagar sobre esas situaciones, de se hallan comprometidas en el delito la policía y los agentes penitenciarios, remitirse, entre otras fuentes, al Diario Página 12, del 9-5-04.
[21] Baratta, A. Resocialización o Control Social. Por un concepto crítico de “reintegración social” del condenado. (Universidad del Saarland, República Federal de Alemania). 1993.
[22] Rivera Beiras, Iñaki; “Lineamientos garantistas para una transformación radical  y reduccionista de la cárcel”. Revista de Ciencias Sociales Delito y Sociedad. Nº 14. p. 24.

Referencias bibliográficas

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Por gentileza de Topía