Terror y creación

Yago Franco
Psicoanalista y escritor de textos psicoanalíticos y ensayos. Miembro titular del Colegio de Psicoanalistas de Argentina y director de MAGMA, grupo inspirado en la obra de Cornelius Castoriadis (www.magma-net.com.ar) y dedicado a la obra de dicho autor
.

Lo que se puede llevar el terror

El terror de los Campos de Concentración nazis, el de los Gulags stalinistas, el terror nuclear (Hiroshima y Nagasaki), el del Terrorismo de Estado en Argentina, el del genocidio armenio, el de las matanzas tribales en África (Ruanda), el de las guerras mundiales… puede llevarse parte de la psique, por lo tanto de la subjetividad, al dejar a un sujeto sin palabras, desanclado de sus afectos, accidentado en su proyecto identificatorio, arrasado en su imaginación radical, empobrecido en su capacidad de subjetivación, es decir: de crear su propio mundo de sentido, ligado a una historia y a un porvenir.

En el terror se produce una fragmentación en la psique por la imposibilidad de metabolización de la situación traumática y catastrófica y, muchas veces, como consecuencia de la renegación de una parte de la realidad para poder sobrevivir. También se produce una fragmentación en el campo social. El siglo XX ha sido prodigo en experiencias colectivas terroríficas, creadas por el hombre. Hay antecedentes en la historia como la colonización de América, a punta de espada y fuego y de la mano de la Santa Inquisición, que devastó pueblos enteros…

Y sin embargo. Y sin embargo el sujeto y los colectivos resisten y, más allá de resistir, crean. Muchas creaciones de los hombres pueden atravesar el horror, el terror. Los pueblos originarios de América han resistido, han logrado —muchos de ellos— preservar su cultura. Y hasta han logrado alzar su voz y hacerse oír ante el mundo: Chiapas. Y en Argentina las Madres de Plaza de Mayo (una verdadera creación/invención, imposible de ser anticipada y siquiera pensada) instituyeron en plena dictadura la lucha por los derechos humanos, llevando a cabo una resistencia activa y pública frente al terrorismo estatal, conjuntamente con las Abuelas de Plaza de Mayo, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), el Servicio de Paz y Justicia (con Adolfo Pérez Ezquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980), el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), entre otros [1]. En ambos casos, las historias se abrieron paso a través del terror. Tal como acontece con tantos sujetos que se ponen de pie luego de sus catástrofes personales, su terror propio, privado.

Lo que se abre paso a través del terror

Todos hemos sido socializados, mejor dicho: somos porque hemos sido socializados. Nuestra psique sólo lo es en tanto socializada. Inseparable de la sociedad, impregnada, formada por ésta en sus distintas instancias. El inconsciente es social —formado por una represión fundante, producido en el discurso y la intromisión pulsional y pulsionante del otro— y el superyó y los ideales lo son por excelencia, tanto como el destino de las pulsiones que es orientado por la sociedad de pertenencia.

Es para todos evidente —o por lo menos debiera serlo— que nacer y ser criados/socializados en una sociedad de reducidores de cabezas, o en una sociedad capitalista, o en una sociedad teocrática, en una sociedad organizada fálicamente alrededor del patriarcado o, en otra, por el matriarcado implica —en todos los casos— distintos elementos aportados para el funcionamiento identificatorio y pulsional. Suficientes en cuanto a generar un campo homogéneo de lo social. Sin embargo, un campo que tiene brechas, que puede ser perforado aunque se muestre tan rígido como el de la novela de Orwell 1984, paradigma de un régimen totalitario, entendible como aquel que quiere darle una forma total a la psique, formarla íntegramente. Esto es al mismo tiempo tan sencillo y visible que es extraño que buena parte de la comunidad psicoanalítica, o de los historiadores, o aún del pensamiento político muestren ceguera y sordera ante la evidencia de que existe la creación humana. Que la historia del humano —y en esto hay cierto paralelo entre la matriz individual y la social— es la historia de la creación y la destrucción de mundos de sentido. Si hay sociedades distintas, o si una sociedad se transforma a lo largo del tiempo, —y no como maquillaje, sino en las profundidades: de una sociedad esclavista a la actual, por ejemplo— es porque algo se ha destruido y algo se ha creado. Algo ha dejado de ser, y en su lugar algo nuevo ha venido a estar, a ser.

Sociedad, sujeto, clínica

Cada psique es un fragmento del mundo instituido, cada sociedad crea diversas subjetividades, coherentes en general entre sí, pero incoherentes al mismo tiempo. Esta particularidad puede apreciarse en las distintas clases sociales, o en las diferencias generacionales, o en el orden de sexuación; hay una subjetividad/tipo de época, y sub-subjetividades.

Este formateo genera un campo homogéneo, y también un campo de heterogeneidades, ya que los intentos de la sociedad de formatear aspectos fundamentales de la psique —indentificatorios y pulsionales— se encuentran con algo que es central en lo que pretendo sostener. Se encuentran con la metabolización a la que son sometidos por cada sujeto, imperio de la actividad fantaseadora —consciente e inconsciente—, ligada a la imaginación radical de la psique. Esta permite imaginar/pensar en otros mundos, ver algo distinto a lo que se presenta, actividad —además— coincidente con la imaginación instituyente del colectivo social.

Al mismo tiempo, ese mundo social se encuentra con la imposición que la imaginación instituyente del colectivo hace de nuevos elementos que —a su vez— intenta metabolizar mediante mecanismos sociológicos. De este modo, los sujetos no son ni autistas en relación al mundo social: no sobreviven si no logran incorporarlo; ni tampoco son autómatas: no lo incorporan sin modificarlo, sin resistirse y, al mismo tiempo, sin imponerle nuevos sentidos a ese mundo. Y, a nivel del colectivo social, esto implicará un despliegue del imaginario que supone la creación de mundos diferentes. Así como un sujeto no puede crear un mundo social, éste no puede ser creado sin el concurso del imaginario radical que está en los sujetos, entre los sujetos, a través de los sujetos.

Crear un mundo es también crear modos de padecimiento, ya que no hay socialización que, para poder existir, no conlleve renuncias pulsionales aun siendo uno de los destinos del placer de los sujetos, y —al mismo tiempo— generando sufrimiento. Es lo que desde Freud conocemos como el Malestar en la cultura. Pero además, en lo que aquí nos interesa, hay sociedades que no ofrecen un mundo de sentido investible, que pueda contener el despliegue de la pulsión de muerte: es lo que se encuentra más allá del malestar en la cultura. Esto último ya estaba bajo la mirada de Freud en su texto La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna. Implica destrucción del mundo simbólico, del campo tanto representacional como afectivo. Lo que obliga a detenerse en episodios de ejercicio del terror, como los mencionados al inicio, y en el modo de ser de sociedades que dañan la psique de sus integrantes.

No nos detendremos en las consecuencias psíquicas de atravesar experiencias de terrorismo estatal. Tampoco hemos de ocuparnos, en esta ocasión, del padecimiento psíquico debido al terror económico, o sea a la forma que ha tomado en la actualidad el capitalismo. Simplemente queremos recordar que cada época crea sus propios modos de padecimiento, ya sea dándole nuevas formas a padecimientos preexistentes (por ejemplo las neurosis descriptas por Freud), alterándolos al sumarles elementos de la serie de la pulsión de muerte, o generando padecimientos no presentes en épocas pretéritas. Asimismo resaltar que es indispensable distinguir entre aquellos padecimientos ligados al malestar cultural y aquellos que se encuentran más allá de éste, como los vinculados al terrorismo de estado y los actuales, consecuencia del imperio de la significación capitalista. (ver De Elisabeth Von R. a Lisbeth S.: Todos somos borderline http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num1/clinica-franco-todos-somos-borderline.php)

Entonces, hubo un tiempo

Nos interesa resaltar que en Argentina, pese a las condiciones tan adversas para el devenir tanto individual como colectivo impuestas por el Terrorismo de Estado en 1976, se produjeron creaciones e instituciones que siguen los lineamientos de la significación de la autonomía: más libertad e igualdad para todos, cuestionamiento del dominio de una parte de la sociedad sobre otra, cuestionamiento del orden social instituido. En medio del dolor psíquico no se marchitaron —e incluso florecieron— otros modos de significar el mundo que crearon nuevos mundos de sentido, en contradicción y oposición con el impuesto por la dictadura.

Hubo un tiempo en cual el modo del lazo entre hombres y mujeres cambió, en el que los jóvenes tomaron su espacio en el campo social, en el que manifestaron su imaginario a través del rock, la militancia política, el movimiento hippie; hubo un tiempo en el que los homosexuales se plantaron firmemente y también ocuparon su lugar en el escenario para no volver a dejarlo. Hubo un tiempo en el que las mujeres dejaron atrás modelos identificatorios que las hacían dóciles y sumisas ante el orden patriarcal. Un tiempo en el que cambió el modo de crianza. Hubo también un tiempo en el que se instituyó firmemente la necesidad de detener la depredación capitalista del medio ambiente. Un tiempo en el cual el modo de producción económico, la educación, el poder, la familia, la religión, etc., fueron profundamente cuestionados. Ese mundo se consolidó mediante significaciones, durante las décadas de 1960/70.

Hay que reconocer que algunas de esas significaciones —y de esas subjetividades— fueron tomadas por la New Age, o fueron incorporadas por una cultura que las ha banalizado, cumpliendo con la tarea de toda sociedad cuanto más heterónoma sea: reciclarlo todo, tomar todo sentido que conspire contra el sentido común instituido. Y esto encuentra su paroxismo actualmente en las sociedades dominadas por el imaginario capitalista.

Pero, sorteando dicho intento de pasteurizarlas, esas creaciones están hoy presentes. Pudieron atravesar el muro del terror —incluyendo el económico— y están entre nosotros. Llegaron para quedarse. Porque no es pensable que esos caminos puedan ser desandados. Entre otras cosas, porque en situaciones tan adversas se produjeron cambios en la psique de hombres y mujeres, cambios en sus proyectos identificatorios y en su mundo pulsional: en los fundamentos de la psique.

La imaginación, el poder

Diversos acontecimientos subrayaron e impulsaron a su vez la ola creadora: Mayo del 68, el Cordobazo en Argentina, los movimientos políticos revolucionarios de los 60 y 70, la Primavera de Praga, las luchas contra la guerra de Vietnam, el movimiento hippie, la música de rock en el mundo —el festival de Woodstock— y en Argentina. Y sujetos como John Lennon, el Che Guevara, Julio Cortázar, Pier Paolo Pasolini… o la obra teatral Hair, la experimentación creadora con sustancias alucinógenas (ver al respecto el libro A las puertas de la percepción. Cielo e infierno, de Aldous Huxley), la vida en comunidades, la liberación sexual…

Todo ello habla de un estallido de la imaginación colectiva que, junto con el trabajo de las subjetividades mencionadas (jóvenes, mujeres, homosexuales), creó un campo simbólico que —en buena medida— está hoy presente. Las luchas generacionales de los 60 y 70 fueron absolutamente visibles y explícitas: los jóvenes intentaban (intentábamos) romper con lo heredado, con el molde que venía de sucesivas generaciones, y esto en distintos campos y situaciones. Una lucha generacional y al mismo tiempo contra el poder instituido. (ver el texto de María Cristina Oleaga)

En la tarea de historización —aún en curso— es necesario no perder de vista que dichas luchas no fueron un hecho homogéneo, que hubo choques entre distintos proyectos emancipatorios (como por ejemplo la discusión en Argentina acerca de la lucha armada). La tarea hoy es no idealizarlas, no indultar ni olvidar los errores y las diferencias.

Es indudable que las revoluciones socialistas (rusa, china, cubana) dieron impulso a la idea de que podría crearse otro mundo, otro modo de ser de los sujetos y las sociedades. El eclipse producido en el movimiento emancipador a partir de la caída de la URSS muestra la paradoja de una sociedad totalitaria que sin embargo era un faro orientador para el movimiento emancipatorio a partir de las significaciones y del proyecto que decía defender. Mujeres, jóvenes, homosexuales, cambiaron su lugar en la sociedad, sus subjetividades, independientemente y más allá de dichas revoluciones. Esto se produjo a pesar de que, en dichas revoluciones, muchos de ellos —sobre todo los homosexuales— hallaron un clima claramente discriminatorio y represor. Castoriadis señalará que los cambios en las mujeres (tanto como los de los jóvenes y los homosexuales) no fueron planificados por ningún partido revolucionario (“Reflexiones sobre el “desarrollo” y la “racionalidad”, en Sobre el desarrollo. Barcelona, Editorial Kairos, 1980), ni imaginados o anticipados por los psicoanalistas, los sociólogos, los técnicos, los economistas… un modo de reconocer el papel de la imaginación colectiva instituyente en la creación de nuevas condiciones de vida para los sujetos y las sociedades.

El terror —tanto dictatorial/totalitario como económico— , finalmente, es el intento infructuoso que realiza el poder de poner un freno a algo que se le escurre como el agua al puño que intenta contenerla: la imaginación creadora, tanto sea la de la psique, como la de la sociedad.

Notas

1. Se incluyen los hipervínculos a los respectivos artículos en Wikipedia, recomendándose especialmente la lectura de http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_Sucia_en_la_Argentina

Por gentileza de El psicoanalítico